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3241. Hoy las nubes me trajeron

Rafael Alberti Merelló
(El Puerto de Santa María, 16 de diciembre de 1902 - 28 de octubre de 1999)


Hoy las nubes me trajeron,
volando el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
y qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!
Se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, a caballo, por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.
Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme agua.


Rafael Alberti
Baladas y Canciones del Paraná, 1954






3057. M. Lanoy




Le conocía de vista desde mucho tiempo antes. Solía verlo delante de la puerta de la antigua oficina de Teléfonos, a la entrada de la calle de Alcalá. En aquella parte se juntaba mucha gente, debido a lo estrecho de la acera y a que existían dos cafés muy frecuentados: el Colonial y el Universal. Eran los tiempos en que todas las tardes se exhibía en una de las ventanas del Universal el popular rostro de Vicente Pastor, ya retirado, pero que conservaba en Madrid un prestigio similar al de un buen alcalde a quien hay que agradecer cierto tono de la ciudad.

El hombre a que me refiero estaba de pie junto a la puerta de Teléfonos, esperando algo, pero no presente ni futuro, sino algo que pasó y de lo que él viene a contemplar el recuerdo. Llevaba sombrero flexible, de ala ancha y blanda, sobre una melena canosa que se ensortijaba al final. Tenía un rostro sonrosado, de ojos azules, plácidos, temerosos. La barba, florida, completaba su estampa a lo Alfonso Daudet. Su gesto habitual consistía en tomar entre los dedos de la mano izquierda algunos mechones de junto al labio y rizarlos insistentemente. En cuanto a su traje, hay que decir que no desmerecía del aire de su persona. Una chaqueta usada, correspondiente a modas ya pasadas, y unos estrechos pantalones oscuros, rayados, sobre zapatos amarillos o negros, de puntera aguda.

Lo catalogué como paisajista. Era indudable que aquella persona tenía que salir de cuando en cuando con la caja de pinturas y un caballete a pintar los alrededores de la ciudad. No era el tipo de pintor de estudio, algo más vanidoso, como obispo de la pintura. A él le tenía que agradar sentirse solo y pintar por el placer de recoger un instante en el lienzo. Lo que él viera, lo que a él le agradara, y pintarlo sólo para él. De ahí ese aire pensativo, interior, solitario. Estaba en la ciudad porque hay que saber gustar el movimiento de las gentes, sentir que cada uno que pasa acelera nuestros pensamientos, los arrastra y dirige en miles de direcciones, excita nuestro espíritu y da contenido a nuestras horas. El sitio que escogía era bueno: la gente se atropellaba por ahí. Se entraba y se salía en Teléfonos a resolver algún recado urgente, grave. A dar una señal inequívoca de presencia en los años en que las comunicaciones telefónicas o telegráficas sólo se reservaban para momentos de extrema necesidad.

En el invierno se le veía con un gabán ajustado o con capa española. En el verano, algunos días se ponía zapatos blancos con punteras y talón de color. No cabía equivocarse; paisajista era y paisajista íntimo. Por muchas exposiciones que visitase, no lo encontraba en ninguna de ellas, pero eso no desdecía mi seguridad. Tal vez un día muriera aquel hombre y se supiera que se perdió un gran maestro. Tal vez era tan tímido que no sabía trajinar a los directores de círculos de arte y otros organismos que realizan exposiciones. Pero lo que me importaba más que otra cosa era verlo allí todos los días, al atardecer, siempre con igual atuendo y con los mismos gestos. Era de esos hombres que encierran el sentido de una ciudad y de una hora. Verlos desaparecer equivale a una catástrofe de la que uno cojea el resto de sus días.

Cuando llegó la guerra no tuve tiempo de saber qué le había pasado. Ni supe si seguía acudiendo al lugar de costumbre o si se amedrentó y escapó para siempre. Tenía yo muchos deberes que cumplir, y en lugares alejados del centro de la ciudad. Año y medio después, ya firme el frente de Madrid, fui llamado para atender a la censura de la prensa extranjera. Eran días nerviosos y la curiosidad internacional por nuestra capital sitiada obligaba a los enviados especiales a registrar los momentos de peligro, que ya se hacían monótonos. Un bombardeo de aviación, un cañoneo de la ciudad provocaban a los apresurados corresponsales a una actividad febril, disputándose las máquinas de escribir y los minutos de adelanto en el uso del teléfono. En mi primer día de trabajo tuve mucha tarea, bajo la mirada colérica de los periodistas, a quienes toda dilación les parecía enfadosa. Al fin todos tuvieron su conferencia, gritaron por el hilo su escrito y partieron con igual apresuramiento hacia otras fuentes de información o tras las copas de aperitivo de algún bar que conservase aún buenas bebidas.

La oficina quedó en silencio y me puse a revisar prensa extranjera. Fumaba lentamente en mi pipa las colillas de cigarrillos consumidos antes.

Entonces llegó mi superior a presentarme otro corresponsal.

—Pase usted —le decía en la puerta.

Desde la sombra del pasillo penetró en mi habitación el paisajista. No era otro, no podía serlo, pules no se pueden encontrar dos seres iguales. Estaba algo pálido, y por las puntas de la barba le ascendían blancas llamaradas. Me lo presentó:

—Monsieur Lanoy, corresponsal de "X" (aquí el nombre de un diario francés).

Le saludé con afecto, como cumpliendo un acto que no tenía más remedio que haberse producido en algún momento de nuestra vida.

—Monsieur Lanoy viene todas las tardes a esta hora para poder enviar tranquilamente su papel.

—Muy bien, estoy a sus órdenes.

Cuando se marchó el jefe, M. Lanoy sacó de su bolsillo unos papeles escritos a máquina en las tres copias obligatorias. Mientras yo los leía él se sentó tranquilamente en un sillón. Me miraba con rostro atento, pero sin insistencia molesta. No le interesaba la prisa, no me acuciaba con gestos ni gruñidos para que terminara pronto. Tampoco reclamó la conferencia con París para ganar tiempo durante la lectura. Como si tuviera interés en que la hiciera con la atención debida a un trabajo literario, esperaba con paciencia y daba mayor gravedad a mi deber mecánico de buscar tan sólo si había alguna peligrosa distracción informativa. Pero no la había. Era un hombre consciente y redactaba unas crónicas en un bello francés, comentando el día de la ciudad, dando noticias de lo ocurrido, pero sin olvidar el detalle humano. No empezaba su escrito a la moda americana, con lo más rudo, como los demás corresponsales, destacando los muertos, la sangre, las explosiones. En un día de Madrid había pasado una tragedia, ya habitual, más tremenda aún por eso mismo. Monsieur Lanoy lo sabía así y lo señalaba. Iba narrando, no sorprendiendo. No tuve nada que tachar allí.

Sellé los papeles, le di su copia, pedí la conferencia y le escuché leerla con su dulce pronunciación. Saludaba al principio y se despedía al terminar. Por el otro lado del hilo le preguntaban por la salud: "Qa va, ga va", respondía, y terminaba: "A demain". Hasta el día siguiente a aquella misma hora no le volvía a ver.

Poco a poco fuimos entablando algunas conversaciones. Pensé que aquel hombre se había visto obligado a dejar la paleta por un oficio distinto, como todo el mundo en tiempo de emergencia. Pero no era así. Nunca fue pintor, y le hizo gracia cuando le dije que yo le había tenido por tal. Llevaba en Madrid todo lo que va de siglo, y siempre sirviendo a su viejo diario francés. El sueldo era poco, pero lo completaba ayudando a traducir en la Embajada o prestando pequeños servicios a las misiones extraordinarias que a veces llegaban a Madrid. Se había casado con una española, aunque el hijo fue registrado como francés, y se hallaba en aquellos momentos haciendo su servicio militar en Francia.

—Es curioso —me decía—, yo vine tan sólo por dos años y me quedé aquí.

—Pero ¿no ha vuelto a Francia?

—Sólo tres o cuatro veces.

Le había conquistado Madrid. Claro que otro Madrid que el nuestro. Era aquel donde su barba no resultaba extraña, ni su sombrero y su placidez. Mucha gente de su misma generación se había cambiado hasta el rostro. Cuánto escritor de principio de siglo, que había taconeado por la Puerta del Sol con zapatos agudos, descubriendo los bigotes sobre el embozo de la capa, iba ahora totalmente afeitado y con rostro de banquero. El no, guardaba su línea consigo mismo, como burgués francés atento a la tradición. Si era un islote ahora, ni él mismo se daba cuenta de ello. No tenía yo por qué hacérselo sospechar. Me acostumbré a su charla. A pesar de los años transcurridos y de estar casado con española, hablaba mal el castellano y prefería hacerlo en francés. A mí me agradaba su manera académica de usar el idioma. Empleaba esas formas tan precisas que en lengua tan trabajada suenan como un lugar común. Pero aún siendo fórmulas, tenían el indudable sentido de conquista que tienen las fórmulas de cortesía, por ejemplo.

Así me fui enterando de algunos rasgos de su vida. Lo más curioso era el motivo de su residencia en Madrid. Le conquistó el vino de una taberna.

Era una de las tabernas de la parte alta de la calle de Alcalá. Aunque las casas son relativamente modernas, las tabernas guardan los cánones del mostrador de robusta madera trabajada y la cubierta de zinc, con dos largas pozas, de escasos centímetros de profundidad, por donde circula el agua corriente en que se lavan los vasos. En las paredes hay azulejos hasta más de la mitad de la altura, y por encima una cornisa de madera. El plano de los edificios modernos obliga a que el salón no sea muy grande, pero en las demás habitaciones se van colocando las mesas y puede uno disfrutar de intimidad personal.

Monsieur Lanoy halló bueno el vino de la Mancha y, además, no puso reparos a la cocina española, llegando a disfrutar con las judías con chorizo y los callos a la madrileña. Fueron tiempos en que estaba joven, decía, y como todo el mundo lo trataba bien, se sintió conquistado poco a poco por el ambiente, que llenaba sus necesidades de cordialidad y activaba su espíritu de observación.

Pronto se hizo un método de vida. Trabajaba en las mañanas, tenía una tertulia de café a primera hora de la tarde. Se retiraba a las cinco para escribir sus crónicas y llevarlas a Teléfonos y transmitirlas. A la salida de esta tarea era cuando se quedaba un buen rato contemplando aquella boca de la Puerta del Sol, "pensando cosas", según decía, Después se iba a la taberna, donde le conocían ya los demás clientes, albañiles, empleados, carniceros, cesantes, todos aquellos que tenían aquel lugar como punto de reunión. El vino era barato y bastante bueno, y Monsieur Lanoy podía contemplar desde la mesa del fondo todo el movimiento gritador y gesticulante de los clientes. Se mecían sus ojos en el vaho del tabaco, ayudados por las libaciones obligatorias, porque siempre era necesario consumir por cortesía de las rondas que a uno le ofrecen, como, por su parte, hay que cumplir el requisito siempre que sea necesario.

Después comía allí mismo. Ya se iba vaciando el local y quedaban tan sólo "los fijos", los abonados a la cocina de la tabernera. Esos eran los íntimos, y conversaban sobre la actualidad o mantenían silencios de gentes que ya se conocen demasiado tiempo. Monsieur Lanoy llevaba cortésmente la charla, elogiaba los platos y su lengua torpe producía una mezcla de risa y simpatía.

Hasta que llegó el día en que "el francés" se casó con la hija del tabernero. La había conocido sirviéndole a la mesa. Era la más curiosa por sus expresiones, la más compasiva por sus torpezas en el castellano, la más atraída por el tono poético que adquieren las palabras corrientes cuando las emplea un extranjero. Le miró primero con simpatía y curiosidad. Las sonrisas de aliento y comprensión pronto se transformaron en los ojos azules de Monsieur Lanoy en detalles de ternura. Después se hicieron novios y llegó un día la sorpresa para las amistades: la hija de don Antonio “El Grillo” anunciaba que “el francés” era su novio y que deseaba hablarle para resolver las cosas que corresponden.
Dudó el padre. No sabían ni él ni su mujer resolver si aquélla era una boda en la que su hija salía ganando o perdiendo. Monsieur Lanoy era un hombre de bien, por el que todo el barrio, o al menos todos los clientes de la taberna, hubieran sacado la cara en cualquier momento. En este sentido era una buena boda; tanto su hija como ellos mismos adquirirían mayor importancia. Pero no había que olvidar que era un extranjero, que el mejor día tendría que volver a su país y allí se perdía todo, porque era hija única la que tenían, y siempre pensaron que el negocio lo podría seguir ella con el infaltable yerno. Y ¿cómo iba a quedarse de tabernero en la calle de Alcalá aquel periodista francés tan plácido y con cara de estampita? Era como para pensarlo. No había que decidirse en seguida. Había que decirle las cosas claras.

Cuando habló con ellos Monsieur Lanoy, no pudieron contestar una palabra ni poner una objeción. Comenzó sorprendiéndoles por lo peinado, cepillado y limpio que llegaba. Después entregó cortésmente un ramo de flores a la señora Eugenia y con educados términos trató de presentar su petición al padre. La señora Eugenia se enterneció tan de repente que comenzó a llorar en silencio, queriendo disimularse tras la espalda del pretendiente. El señor Antonio creyó que si toleraba el discurso tendría que contestar con otro y se vería en mal papel. Por ello cortó rápidamente la escena diciendo:

—Sí. Ya lo sabemos. Pues bien, si usted quiere a la chica y la chica le quiere a usted, no tenemos más que decir.

Monsieur Lanoy se levantó a estrechar la mano del padre, e iba decidido a besar las mejillas de la madre, cuando al verla llorando se cortó y comenzó a balbucear disculpas:

—Por lo que veo, la señora no quiere; en fin, tal vez crea que es pronto; quizá no me conoce lo bastante. Y se fue retirando sin que las cosas quedaran claras del todo. Tuvo que decirle por la noche su novia que todo aquello no significaba ninguna oposición, sino, por el contrario, que estaba contenta y muy emocionada por la atención del ramo de flores.

La boda fue en la Bombilla, con mucho rumbo y derroche de comida, bebida y organillo. Le parecía a él disfrutar de uno de los cuadros más deliciosos de cuantos no trae la vida. Muchos clientes del señor Antonio habían traído a sus mujeres y a sus niñas casaderas. Todos le felicitaban, bebían a su salud y hasta brindaban por Francia. En su grupo se cantó la Marsellesa, casi sin palabras, mosconeando la música.

Bajo la verde sombra de los árboles, ante las mesas de madera con los manteles ya manchados, cuando algunas personas charlan en grupos y otras bailan en la explanada o se levantan para hacerlo, al son del carillonesco organillo de Madrid,. Monsieur Lanoy contemplaba a su mujer y dejaba ir la vista sobre los grupos, parejas, rincones y detalles. Se sentía dentro de alguna tela impresionista francesa, no tanto por el estilo de la pintura como por la orientación de su retina hacia la poesía de los detalles de la vida de los hombres, tal y como son.

Su mujer no comprendía el largo ensimismamiento. Se acercaba a él y lo miraba. El la estrechaba entonces y le decía amorosas expresiones en francés, incapaz de conocer las palabras equivalentes en castellano. La mecían así extraños ecos, deliciosas oleadas de un mundo que se anunciaba lleno de felicidad.

Los padres decidieron que había llegado la hora de que se fueran.

—¡Eh! ¡Vosotros! No os pensaréis estar aquí toda la tarde.

La hija se levantó en seguida. Observó que el cochero de alquiler que su padre había contratado vino a darle un recado y que eso motivó la observación paterna. Sin duda estaba tomado por horas y ya se iba a vencer el plazo. Monsieur Lanoy se levantó con lentitud y torpeza. Algunos se rieron tomándolo a exceso de bebida. Aunque hubiera tal vez algo de esto, en realidad lo que le costaba mayor esfuerzo era romper un momento que no se va a volver a repetir.

Fueron a un hotel de la Puerta del Sol. Vieron desde el balcón caer la tarde, oyendo las resonancias de los vehículos y las voces de la gente. La mujer se apoyaba sobre su hombro. Estaba hermosa con el peinado alto y una blusa de seda que mostraba el empuje de su levantado seno. Había gracia en la cintura estrecha y en las caderas de su elegante falda "de señora". Cuando la miraba, ella se retiraba un poco para dejarse ver mejor. Tenía una luz profunda su mirada, como si toda la ceremonia de la boda se hubiera hecho para que ella realmente se sintiese capaz de estar junto a él sin apocarse.

Empezaban a correr por las fachadas los luminosos de bombillas que suben y bajan. Ella se apretó junto a él y le dijo:

—¡Qué bonito es Madrid! ¿Verdad?

Y él contestó:

—Para mí desde hoy es el paraíso.


*


Vino después lo normal: buscar casa, instalarse. Y al poco tiempo la guerra del 14, la movilización, el retorno de la hija al hogar paterno y la desesperación durante varios años. El tabernero transformó su tienda en una oficina de propaganda francesa; tenía todos los folletos sobre las atrocidades de los boches y recortaba cromos favorables a los aliados para colocarlos en la pared. Perdió algunas amistades y consolidó otras. Cuando algún pasante penetraba allí y se le ocurría opinar a favor de los alemanes, le tomaba del brazo y lo echaba.

—Usted no sabe lo que dice. Yo sí lo sé, yo sé lo que hacen esos bestias —y se ponía vanidoso—, tengo un hijo peleando en Francia.

A lo lejos había condensado el parentesco dándole consanguinidad. Era el momento preciso. En la alcoba tenían la foto de él, en uniforme, con el casco en la cabeza y aureolado por la barba. Como en cualquier otro traje, su rostro marcaba igual placidez y sosiego, igual lejanía y ternura.

No le ocurrió nada. Terminó la guerra y regresó sin apenas cosas que contar. Los compañeros de la taberna habían envejecido y no se daban por satisfechos cuando Monsieur Lanoy les defraudaba con su falta de aventuras heroicas. Fue oficinista en un Estado Mayor y ascendía de importancia mientras iba alejándose del frente. Sus historias de los obuses que caían en París y el temor al Gran Berta no servían más que para una charla.

De nuevo el hogar, otro, en un último piso del barrio de Salamanca, no lejos de la Embajada, donde había conseguido un empleo temporal. Su oficina, su paseo , su crónica para el diario, su contemplación de la gente al salir de Teléfonos, su comida en la taberna y el regreso a casa, con la mujer que ayudaba todavía a los padres hasta que llegó el hijo. Entonces se retiró a vivir sólo para el marido y el recién nacido.

Después, años y más años, esos años subrepticios que se van echando encima de la gente sin ser vistos, dejando muchas cosas quietas para que uno no se dé cuenta del movimiento de la vida. La cuna del niño fue un juguete de dorados que se hizo viejo y hubo que llevar al desván. El chico fue creciendo con educación francesa en el Instituto Francés y castiza en las calles, donde jugaba con los demás muchachos.

—Ya ve, ahora está en Francia haciendo el servicio militar. Espero que termine antes de que haya otra guerra, y si es así, no lo dejaré ir a pelear —me decía algunas tardes, cuando por el hilo le habían dado noticias del muchacho, casi siempre un simple saludo o palabra de afectó. Regresaba entonces de la cabina del teléfono con deseo de conversar y el rostro algo encendido de alegría. Se sentaba en silencio y al verlo allí me hacía el ocupado, para que comenzase la conversación.

—¡Ah! Veo que fuma usted siempre la pipa —empezaba a decir. Después hilvanaba ya su conversación sobre el hijo o los recuerdos de Madrid. Le interrogaban entonces pidiéndole algunos detalles de su vida. El hombre se consideraba satisfecho con ello y seguía su charla de manera cuidadosa, con' algunos silencios prolongados, en los que se retorcía un mechón de la barba, y sus ojos sonreían sobre algo que no deseaba aclarar.

Pude saber que la taberna ya estaba en otras manos, porque los suegros vivían retirados en el campo. La hija estaba con ellos para evitarse las molestias de la vida en el Madrid de guerra. Vivía él entonces en la trastienda de otra taberna, en la calle de Gravina, de un compadre del suegro.

Un día contó patéticamente en su crónica los efectos de un bombardeo, la destrucción de un hogar reventado por una bomba y el montón de los restos en el fondo del cráter. Tenía aquella narración una íntima corriente de vida que la distanciaba de cuantos papeles similares suyos había leído desde que comencé aquel trabajo. Monsieur Lanoy me miraba leer y se sobaba la barba. Por un detalle, la cuna dorada caída desde el desván y dominando entre los despojos, me di cuenta de que estaba tratando de algo personal y que había herido profundamente su alma. Levanté la vista para devolverle el papel censurado. Le dije:

—¿Su casa?

—Ya no me queda nada más —me contestó indirectamente. Leyó su crónica tratando de conservar entereza, pero era irremediable que se viera obligado a aclarar la garganta con bastante frecuencia. Aquel día no se quedó a conversar conmigo después de la comunicación telefónica.

Cuando me sorprendía comiendo el rancho de alubias o lentejas que me servía de cena se disculpaba de llegar en ese momento y de ningún modo conseguía que me diera su crónica para censurarla. Esperaba a que yo terminase mi comida y me insistía en que me hiciera cuenta de que no había llegado aún. Miraba mi plato y ya tenía el hilo para sus evocaciones.

Encoré des lentilles! —comenzaba. Y después se dirigía por sus recuerdos de París, tratando de completarlos con los míos. Era una lista de restaurantes, de menús, de platos exquisitos. En su tiempo había restaurantes de un franco. Después de la guerra del 14 todo estaba muy caro. Los restaurantes de precio fijo de menos de diez francos eran " infectos". Pero lo mejor era tal o cual plato —y aquí la descripción— de un determinado y escogido restaurante. Al llegar aquí se interrumpía, miraba mi plato y se lamentaba.

—¡Yo hablo de estas cosas y usted con sus lentejas!

En otras ocasiones el viaje era por las tabernas de Madrid, también de un Madrid que había que llamar de anteguerra. Estábamos en una guerra en que todo iba desapareciendo y enterrándose para siempre. Muchas cosas no volverán —conveníamos— porque no podrán siquiera hacerlo. Monsieur Lanoy no sólo había sido fiel a la taberna del suegro, sino que se conocía todas las demás. Y después, su mujer. Su mujer guisaba maravillosamente los platos castizos y también los franceses. — Un día terminará todo esto y usted vendrá a comer con nosotros. Ya verá. Entonces "estará vuelto" mi hijo, que le gustará a usted.

Sí. No dejaría de ir. No sólo a su casa, sino a recorrer toda la diversidad de tabernas madrileñas: manchegas, asturianas, asturianas, gallegas..., todo el mapa de España sostenido por familias que daban de comer y vendían vino. Tan sólo había un reparo en la mente de Monsieur Lanoy, los "colmaos" andaluces. Pero me agradaba saber que en esto coincidíamos igualmente.

—Allí se hace "la" literatura —decía con desprecio.

Me sentía inclinado a seguirle aprendiendo a recoger sus experiencias. No me importaba pensar que mi rostro enrojeciera y mi abundante nariz se convirtiese en una cordillera rubicunda. Aquel hombre poseía secretos de raíz humana que en días de lucha e intolerancia, de callejera muerte imprevisible, contribuían a crear zonas de sosiego.

Después de estas charlas se despedía y se iba con paso lento por la ciudad sin luces. Al poco rato comenzaba la baraúnda de los corresponsales de agencia, de los enviados especiales, de los dinámicos yanquis disputadores de los segundos y las expresiones fulminantes.


*


La guerra terminó mal para nosotros. Perdí mi patria, mi ciudad, un trozo imponderable de la vida, y muchas fibras de las más sensibles se duelen aún de sus amputaciones. He comenzado a drogarme de recuerdos y esperanzas. Por eso evoco hoy la figura de Monsieur Lanoy, grabada para siempre en la zona luminosa de mis mejores días.


Pablo de la Fuente
El señor Cuatro y otras gentes (Santiago de Chile, 1954)









2689. Ley de 15 de julio de 1954 por la que se modifica la Ley de Vagos y Maleantes de 1933




Ley de 15 de julio de 1954  por la que se modifican los artículos 2.° y 6.° de la Ley de Vagos y Maleantes, de 4 de agosto de 1933.


La producción de hechos que ofenden la sana moral de nuestro país por el agravio que causan al tradicional acervo de buenas costumbres, fielmente mantenido en la sociedad española, justifican la adoptación de medidas para evitar su difusión.

Las establecidas por la presente Ley, mediante la que se modifican los artículos segundo y sexto de la de Vagos y Maleantes, de cuatro de agosto de mil novecientos treinta y tres, no son propiamente penas, sino medidas de seguridad, impuestas con finalidad doblemente preventiva, con propósito de garantía colectiva y con la aspiración de corregir a sujetos caídos al más bajo nivel moral. No trata esta Ley de castigar, sino de proteger y reformar.

También aspira la misma Ley a proteger la paz social y la tranquilidad pública contra las actividades, no constitutivas de delito o cuya delincuencia consta, pero no puede ser inmediatamente probada, de sujetos que, por su habilidad, escapan a través de las mallas de la Ley o eluden su aplicación, por cuya causa constituyen un serio peligro para una ordenada vida de la colectividad

En su virtud, y de conformidad con la propuesta elaborada por las Cortes españolas,

DISPONGO:

Artículo primero.- Los números segundo y undécimo del artículo segundo y el número segundo del artículo sexto de la Ley de Vagos y Maleantes, de cuatro de agosto de mil novecientos treinta y tres, quedan redactados en la siguiente forma:

«Artículo segundo.- Número segundo.- Los homosexuales, rufianes y proxenetas.»

«Artículo segundo.- Número undécimo.- Podrán asimismo ser declarados peligrosos como antisociales los que, en sus actividades y propagandas, reiteradamente inciten a la ejecución de delitos de terrorismo o de atraco y los que públicamente hagan la apología de dichos delitos.

También podrán ser objeto de igual declaración los que, de cualquier manera, perturben con su conducta o pusieren en peligro la paz social o la tranquilidad pública.»

«Artículo sexto.- Número segundo.- A los homosexuales, rufianes y proxenetas, a los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos mentales o lisiados, se les aplicarán, para que las cumplan todas sucesivamente, las medidas siguientes:

a) Internado en un establecimiento de trabajo o Colonia Agrícola. Los homosexuales sometidos a esta medida de seguridad deberán ser internados en Instituciones especiales y, en todo caso, con absoluta separación de los demás.

b) Prohibición de residir en determinado lugar o territorio y obligación de declarar su domicilio.

c) Sumisión a la vigilancia de los Delegados.»

Artículo segundo.- Quedan derogadas cuantas disposiciones se opongan a las establecidas en la presente Ley y autorizado el Ministro de Justicia para dictar las medidas necesarias para su ejecución y cumplimiento, dejando subsistentes las facultades gubernativas que en materia de orden público, moralidad y disciplina social tiene actualmente atribuidas el Ministerio de la Gobernación.

Dada en el Palacio de El Pardo a quince de julio de mil novecientos cincuenta y cuatro.

Francisco Franco











1048. Balada del que nunca fue a Granada




¡Qué lejos por mares, campos y montañas!
Ya otros soles miran mi cabeza cana. Nunca fui a Granada.
Mi cabeza cana, los años perdidos.
Quiero hallar los viejos, borrados caminos.
Nunca vi Granada.

Dadle un ramo verde de luz a mi mano.
Una rienda corta y un galope largo.
Nunca entré en Granada.

¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?
¿Quién los claros ecos libres de sus aires?
Nunca fui a Granada.

¿Quién hoy sus jardines aprisiona y pone
cadenas al habla de sus surtidores?
Nunca vi Granada.

Venid los que nunca fuisteis a Granada.
Hay sangre caída, sangre que me llama.
Nunca entré en Granada.

Hay sangre caída del mejor hermano.
Sangre por los mirtos y aguas de los patios.
Nunca fui a Granada.

Del mejor amigo, por los arrayanes.
Sangre por el Darro, por el Genil sangre.
Nunca vi Granada.

Si altas son las torres, el valor es alto.
Venid por montañas, por mares y campos.
Entraré en Granada.


Rafael Alberti
Baladas y canciones del Paraná, 1954









19 de Julio de 1936

Tejado de la Iglesia de Santa Cristina en Madrid. 19 de Julio, 1936 - Foto Díaz Casariego


El 19 de Julio de 1936 comenzó en España la segunda guerra mundial. Hoy conmemoramos esa fecha. La guerra ha terminado en todas partes salvo, precisamente, en España. El pretexto de no terminarla es la obligación de prepararse para la tercera guerra mundial. Esto resume la tragedia de la España republicana, que ha visto imponérsele la guerra civil y extranjera por jefes militares rebeldes, y que, hoy, aún ve que se le siguen imponiendo los mismos jefes, en nombre de la guerra extranjera. Durante 20 años, una de las causas más justas que puedan encontrarse deformada, y en ocasiones, traicionada por los intereses más poderosos de un mundo entregado a las luchas del Poder. La causa de la República se ha encontrado y se encontrará siempre identificada con la de la paz; esa es sin duda su justificación.

Desgraciadamente el mundo no ha cesado de estar en guerra desde el 19 de Julio de 1936 y la República española, en consecuencia, no ha dejado de ser traicionada o cínicamente utilizada. Por esto resulta quizá inútil dirigirse, como lo hemos hecho otras veces, al espíritu de justicia y de libertad, a la conciencia de los gobiernos. Un gobierno, por definición, no tiene conciencia. Tiene, a veces, una política, y es todo. Quizá la manera más segura de abogar por la República española, no es ya decir que es indigno para las democracias matar por segunda vez a aquellos que han luchado y han muerto por nuestra libertad, por la libertad de todos. Este lenguaje es el de la verdad en el desierto.

La mejor manera sería tal vez decir que si sostener a Franco no se justifica más que por la necesidad de asegurar la defensa del Occidente, no se justifica de ninguna manera.

Es preciso que se sepa que la defensa del Occidente, perderá sus justificaciones y sus mejores combatientes si permite el mantenimiento de un régimen de usurpación y tiranía.

Puesto que los gobiernos occidentales han decidido no tomar en consideración más que las realidades, podemos decirles que las convicciones de una parte de Europa forman parte también de la realidad; y que no será posible negarlas hasta el fin. Los gobiernos del siglo XX tienen una desgraciada tendencia a estimar que la opinión y las conciencias se pueden gobernar como las fuerzas del mundo físico. Y es cierto que por las técnicas de la propaganda o del terror, han llegado a dar a las opiniones y a las conciencias una consternante elasticidad. Sin embargo, hay un límite en todas las cosas, y en particular en la flexibilidad de la opinión. Se ha podido mixtificar la conciencia revolucionaria hasta hacerla exaltar los éxitos miserables de la tiranía. El ejercicio mismo de esa tiranía, sin embargo, hace esta mistificación evidente y de ahí que en medio de este siglo la conciencia revolucionaria se rebela de nuevo y vuelve a sus orígenes. Por otro lado, se ha podido mixtificar el ideal de la libertad por el cual los pueblos y los individuos han sabido combatir mientras que sus gobiernos capitulaban. Se ha podido hacer esperar a esos pueblos, hacerles admitir compromisos cada vez más graves. Pero se ha llegado a un límite que se hace necesario denunciar claramente que, pasado el cual, ya no será posible utilizar las conciencias libres; muy al contrario, será necesario combatirlas a ellas también. Este límite, para nosotros europeos que hemos tomado conciencia de nuestro destino y de nuestras verdades el 19 de Julio de 1936, es España y sus libertades.

La peor falta que pueden cometer los gobiernos es la de ignorar la realidad de esos límites. Nuestra peor bajeza sería el tolerarles esa ignorancia. Yo he leído artículos muy curiosos que un periódico que nos tiene acostumbrados a la neutralidad, consagra a lo que él entiende por problema español. En uno de ellos dice que los jefes republicanos españoles, ya no creen mucho en la República. Si esto fuera verdad podríamos temer las peores consecuencias para esa República. Pero el autor de esos artículos, Mr. Greach, hablando de esos jefes republicanos, agrega: “al menos los que viven en España”.

Por desgracia para el señor Greach, por fortuna para la libertad de Europa, esos jefes republicanos no pueden vivir en España en su mayor parte. Y los que viven no pueden encontrarse con ellos en los ministerios ni en los salones de Madrid que él frecuenta. Los que él conoce, que se titulan republicanos, han dejado de creer en la República. Pero han dejado de creer desde el momento en que han aceptado por segunda vez a sus verdugos.

Los verdaderos, los únicos jefes republicanos que viven en España tienen una opinión tan categórica que me temo no dé satisfacción al señor Greach, ni a los que para servir a Franco no cesan de aducir el peligro de una guerra y la defensa del Occidente. Lo que es interesante conocer es opinión de los combatientes clandestinos que es la única que puede indicarnos los límites a que nos debemos atener y que no debemos rebasar. Por ello yo desearía que mi voz fuera más fuerte que lo es para que llegara directamente a los que tienen la misión de definir la política occidental, en función de la realidad, para hacerles llegar sin ambigüedades las declaraciones del Movimiento Clandestino español más poderoso. Esas declaraciones, de cuya autenticidad respondo, son breves. Helas aquí:

“Por las costumbres, la cultura y la civilización, pertenecemos al mundo occidental y estamos contra el mundo oriental. Pero mientras Franco siga en el Poder, haremos todo lo necesario para impedir que ni un solo de los españoles tome las armas para defender el Occidente. Estamos organizados y dispuestos a cumplir lo que decimos”.

Esta es una realidad que los realistas del Occidente harán muy bien en meditar. Y no solamente en lo concerniente a España, puesto que el combatiente que se expresa así, y cuya vida está amenazada permanentemente, es el hermano de armas de centenares y miles de europeos que son como él y que están decididos a luchar por sus libertades y por ciertos valores del Occidente. Y saben también que toda lucha supone un mínimo de realismo, pero jamás confundirán el realismo con el cinismo, no estando, por consiguiente dispuestos a empuñar las armas para defender al Occidente con los moros de Franco y con los admiradores de Hitler.

Sea como sea, hay un límite que no podrá ser rebasado. Durante diez años hemos comido el pan de la derrota y la vergüenza. El día de la liberación, en la cúspide de la más grande esperanza, hemos aprendido que la victoria renunciar a algunas de nuestras ilusiones. ¿A algunas solamente? Sin duda. Después de todo, no somos unos niños. Pero, sin embargo no a todas, las ilusiones; no a nuestra fidelidad más esencial. Sobre este límite que trazamos está España, que nos ayuda a ver claro. Ningún combate será justo si se hace, en realidad contra el pueblo español. Y si se hace contra él, se hará contra nosotros. Ninguna Europa, ninguna cultura será libre si se erigen sobre la servidumbre del pueblo español. Y si se erigen sobre esa servidumbre, se hará contra nosotros.

El inteligente realismo de los políticos occidentales llegará finalmente a ganar para su causa cinco aeródromos y tres mil oficiales españoles, pero habrán renunciado definitivamente a conquistar centenares de millares de europeos. Después, esos genios políticos se congratularán en medio de las ruinas. A menos que los realistas entiendan realmente el significado del realismo y comprendan, en fin, que el mejor aliado de la Rusia soviética no es hoy el comunismo español, sino el mismo general Franco y sus apoyos occidentales.

Puede ser que estas advertencias sean, inútiles, pero por el momento luz esperanzadora. Que esas advertencias sean hechas; que un combatiente español haya podido expresarse en el lenguaje que he reproducido, demuestra, al menos, que ninguna derrota será definitiva, mientras el pueblo español, como acaba de demostrarlo, conserve su fuerza combativa. Aunque parezca una paradoja el pueblo español, hambriento, sojuzgado, excluido de la comunidad de naciones es el testimonio viviente y el fiel guardián de nuestra esperanza. En todos los casos es bien diferente de los jefes a que alude el señor Greach. Tan activo, luchador y sufrido que llena de confusión a los teóricos del realismo que han declarado que ese pueblo sólo aspiraba a su tranquilidad. Ante los hechos esos teóricos se han visto obligados a arrojar lastre. Los diarios donde se expresan laboriosamente los que pretenden ser la élite europea, se han apresurado a explicar el fenómeno de las huelgas de tal manera que dejan intactas las fuerzas del régimen franquista. Su último hallazgo ha consistido el de que esas huelas han sido favorecidas por la burguesía y por el ejército. Pero la realidad incontrovertible es que esas huelgas han sido llevadas a cabo por los que trabajan y sufren. Y si los obispos y patronos españoles se hubieran aprovechado de ellas para expresar su oposición sin comprometerse, aún serían más despreciables por haberse aprovechado de los sufrimientos y de la sangre del pueblo español para expresar lo que son incapaces de hacer personalmente. Pero, como decimos esos movimientos huelguísticos han sido espontáneos y ello garantiza la realidad de las declaraciones de nuestro camarada y fundamenta la única esperanza que alimentamos.

Guardémonos muy bien de creer que la causa republicana vacila. Guardémonos de creer que Europa agoniza. Lo que agoniza del Este al Oeste, son sus ideologías. Quizá Europa -de la que España es solidaria- es tan miserable a causa de haberse alejado toda ella -y hasta su propio pensamiento revolucionario- de un manantial de vida generosa, de un pensamiento que asocia la justicia y la libertad en una unidad carnal, alejada igualmente de las filosofías burguesas y del socialismo cesarista. Los pueblos de España de Italia y de Francia guardan el secreto de este pensamiento; y los guardarán todavía, para que sirva llegado el momento a un renacimiento. Ese día el 19 de Julio de 1936 será también una de las fechas de la segunda revolución del siglo; fecha, que tiene su raíz en la Commune de París, que camina siempre bajo la apariencia de la derrota, pero que no ha terminado aún de sacudir el mundo y que, para terminar, llevará al hombre más lejos que ha podido llevarle la revolución rusa de 1917. Nutrida por España y, en general, por el genio libertario, ella nos devolverá un día una España y una Europa, y con ellas nuevos alientos para combatir, al fin, a cielo abierto. Al menos esto constituye nuestra esperanza y nuestras razones de luchar.

¡Camaradas españoles! Al decir esto no olvido que si veinte años significan poca cosa ante la historia, esos veinte que hemos pasado han pesado como un peso terrible sobre muchos de los españoles en el silencio del exilio. Hay algo de lo que no puedo hablar por haberlo repetido demasiado y es el deseo apasionado que tengo de verlos recobrar la única tierra que es a su medida. Esta noche siento la amargura que deben sentir si hablo solamente de luchas y de combates renovados, en lugar de hablar de la justa felicidad a que tienen derecho. Pero todo lo que podemos hacer para justificar tanto sufrimiento y tantos muertos es llevar en nosotros sus esperanzas y tantos muertos es llevar en nosotros sus esperanzas, hacer que esas esperanzas no sean defraudadas y que esos muertos no estén solos.

Estos veinte años implacables han usado a muchos hombres en su tarea y han forjado a otros cuyo destino ha de justificar a los primeros. Tan duro como esto parezca, sólo es así como los pueblos y las civilizaciones se levantan. Después de todo es de ustedes, españoles, es de España, en parte, de donde algunos de nosotros hemos aprendido a mantenernos en pie y a aceptar sin desfallecimiento el pesado deber de la libertad. Para Europa y para nosotros, franceses, a menudo, sin saberlo, han sido y son los maestros de la libertad, nos toca compartirlo con ustedes, sin desfallecimiento y sin compromiso.

Esa es su justificación. Yo he encontrado en la historia, desde que tengo la edad de hombre, a muchos vencedores con rostro odioso. Porque leía en ellos el odio a la soledad. Y es que, cuando no eran vencedores, no eran nada. Para existir les era necesario matar y esclavizar. Pero hay otra raza de hombres que nos ayuda a respirar, que no ha encontrado la existencia y la libertad sino en la libertad y en la felicidad de todos y que puede, por consiguiente, encontrar, hasta en la derrota, razones de vivir y de amar. Esos hombres, aun  derrotados, no estarán nunca solos.


Albert Camus, España libre
Publicado en la revista Temoins Montreux (Suiza) en la primavera de 1954