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2769. Caín de España

Un cartel de la CEDA, en vísperas de las elecciones de 1936



Había nacido en un hogar de fanáticos, o de hipócritas, es decir, de jesuítas. Siguiendo la tradición paterna, Caín se encontró un día de catedrático en Salamanca. Su vida fue oscura y gris hasta que, en las Cortes Constituyentes, se levantó a defender su acta de diputado. Para que él lo fuera, habíanse conciliado todos los caciques, usureros y clérigos de la provincia. Y cuéntase que en la ciudad de Salamanca, aunque pequeña, había no menos de 14 conventos de frailes, 23 de monjas y 25 iglesias.

Un buen republicano aragonés, el radical-socialista Sarria, denunció a las Cortes el escándalo que había descubierto en el expediente electoral de Caín, y pidió la anulación de las elecciones. Pero quiso la suerte que, de acceder a lo solicitado, quedara sin acta también Miguel de Unamuno.

Estaba reciente el recuerdo de la rebeldía y el destierro de este hombre extraño; las Cortes eran incautas; Caín se defendió poniendo en juego los resortes dialécticos del jesuitismo; la prensa le ayudó; el candor se impuso, y Caín fue diputado.

La República había nacido con signo de paz. Una mañana de abril se abrió en el cielo el alba de un nuevo día, como una azucena blanca que tuviera por campánula el firmamento empapado de luz. Cantó el pueblo su libertad, olvidando las amarguras de la esclavitud pasada, y rió como un niño, y perdonó como un santo. ¡Qué alegre era el dial ¡Qué buena la paz! Y, en el corazón de cada hombre, nacía un ansia de renovar al mundo sin causar dolor a los hombres, ni perjuicio a las cosas.

A las Cortes Constituyentes concurrió el alma de la nueva España, para legislar la obra de la paz. Las conciencias habían de ser libres; pero la Iglesia respetada. Una nueva forma económica surgiría en el país, transformando la propiedad y reformando la vida del campo, mas sin causar graves quebrantos a los antiguos propietarios. Todos los poderes emanarían del pueblo; pero sin sacrificar en el patíbulo de la justicia histórica, a los representantes del antiguo Estado. Cuando las Cortes Constituyentes legislaban con la vista puesta en los ideales más sublimes de la humanidad, Caín sonreía y acechaba preparando el puñal del odio y de la soberbia con que pensaba asesinar a su patria.

Desde un escaño de las Cortes, comenzó Caín a difundir la ponzoña. Manejó a Dios y a Iglesia como copa de su veneno; excitó el fanatismo de los intolerantes; embaucó la beatería de los necios; fomentó la codicia de los clérigos y la tontuna de los gazmoños, y los envenenó con el odio santo a la República.

De pueblo en pueblo, con abnegación digna de las nobles causas, peregrinó Caín, encizañando a las buenas gentes. Al rico le hablaba de sus riquezas; al pobre, de sus hambres. «Yo te guardaré tus aceitunas, tus rebaños, tus trigos y tus bellotas, aunque los pobres se mueran de hambre», decía a los unos. «Yo sacaré el dinero de donde lo haya, para que todos trabajéis, y os daré la abundancia y la paz que os regatea la República», prometía a los otros. Y así santificaba el egoísmo del avaro sin piedad, y así desvelaba la rebeldía y el rencor del pobre sin ventura. 

Todo le parecía lícito a Caín con tal de realizar sus siniestros designios. Mintió promesas de justicia, difamó honras, desorientó conciencias, malquistó a los hombres, profanó los templos, engañó a Dios tomando su nombre, se alió con el ateo viejo e impúdico, y fue ministro de la República para venderla; descendió al pueblo para envilecerle; subió al Poder para mancharlo de lodo y de sangre; usó de la libertad para hundirla; de la democracia para suprimirla; de la ley para violarla y de la religión para escarnecerla.

Un día su propia audacia, el candor de los demás y la desventura del pueblo le llevaron al Gobierno, y Caín fue en la República ministro de la Guerra. Mientras el pueblo vertía torrentes de sangre en las montañas de Asturias, alaridos de dolor en las cárceles del tormento, ríos de sangre en la orfandad de los hogares enlutados, Caín, desde el Ministerio de la Guerra, rumiaba su gran crimen contra la patria. Depositó Caín en la mente estulta e insolvente de muchos señoritos metidos a militares, el virus del odio a la República. Tocó los resortes de la soberbia, de la vanidad, de la ignorancia y del honor, para exaltar en sus ánimos la aversión hacía el pueblo y sus instituciones democráticas. Y cuando el clamor del pueblo le arrojó de su escondrijo para lanzarlo a la calle, Caín se fue de allí cobardemente, sinuoso y dúctil como el jesuíta, esperando la hora propicia para la culminación del crimen.

Y vino el triunfo del Frente Popular; y se agitaron como poderosas serpientes hacia las urnas las muchedumbres creyentes en la religión civil de la democracia.

Y fue otra vez la República, y otra vez la piedad y el perdón y el olvido. Pero la obra de Caín había ya madurado el fruto de la guerra civil. Los ricos apretaron las bocas de sus bolsas, negando pan y trabajo; las pistolas de los asesinos a sueldo, comenzaron a ensagrentar las calles; en los campos había odio, en los hogares rencor, en los templos fusiles, y en los cuarteles indisciplina.

Una mañana estalló la guerra entre los hermanos de España que dejaron para siempre de serlo. Todas las fuerzas negras de Caín; los militares soberbios, los clérigos fanáticos, los avaros, los rencorosos, los señoritos, los desalmados, se arrojaron contra la República para devorarla; surgieron llamas en los templos, ardieron los bosques, se hundieron las casas, se desplomaron puentes y fortalezas; un viento de desolación y de muerte, sopló sobre el haz de la patria.

Y Caín, en tanto, satisfecho de su obra huyó, abandonando a los suyos, a los que él había congregado. Los entregó a la ira santa del pueblo, para que el huracán de la revolución los devorara. ¡Era la culminación de tu crimen!, ¡Oh Caín de España! ¡Mas no esperes que pueda haber para tí sosiego ni piedad en el cielo ni en la tierra! ¡Dondequiera que vayas la sangre de tus hermanos se levantará en tu camino, como un espectro, pidiendo venganza! ¡Ni entre los vencedores ni entre los vencidos habrá para tí, oh Caín de España, ni un amigo leal, ni una mano piadosa!

¡Aunque te escondieras en el fondo de la tierra, allí surgiría el espectro de la venganza cubierto de sangré, la carne desgarrada pendiendo de los huesos mondos, los ojos encendidos de ira, la garganta hirviendo de amenazas, llamas de odio en el corazón y puñales de castigo en las manos crispadas!

¡Tú envenenaste al pueblo, tú traicionaste a la República, tú ensangrentaste a la Patria, tú encendiste el odio —llama de la guerra— en los corazones! ¡Dondequiera que vayas te seguirá la maldición del pueblo! ¡Caín! ¡ Cain! ¡Cain de mi España!


Fernando Valera
La Tierra, 17 de septiembre de 1936



Cuando Valera en su artículo habla del "Cain de España" se está refiriendo a José María Gil-Robles







2015. Disolución de la II República en el exilio

El embajador de la República en el exilio, Manuel Fernández Feduchy, a la derecha, entrega la sede diplomática al encargado de 
negocios de España en 1977. EFE


Desde 1939 a 1977 las instituciones republicanas en el exterior siguieron representando al Estado emanado de la Constitución española de 1931 tras la victoria de los sublevados en la guerra española. La República española en el exilio nunca fue reconocida por la comunidad internacional.

Tras las elecciones del 15 de junio de 1977, José Maldonado, el último presidente de la República en el exilio, y Fernando Valera Aparicio, el último presidente del Consejo de Ministros, emiten una Declaración del Gobierno de la República española en el exilio, en la que reafirman la legalidad emanada de la Constitución de 1931 y la validez de los procesos electorales de 1931, 1933 y 1936. 

El gobierno republicano en el exilio se disuelve oficialmente sin reconocer expresamente a la monarquía instaurada en 1975 pero aceptando la validez de las elecciones de 1977 y la democracia surgida de ellas.


DECLARACIÓN DE LA PRESIDENCIA Y DEL GOBIERNO DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA EN EXILIO

Las Cortes de la República Española restablecieron su funcionamiento en el exilio con el asentimiento de los grupos políticos que las componían, cuyos miembros habían logrado salir del territorio nacional huyendo de la cruenta represión de la dictadura. Tal decisión se adoptó al amparo de preceptos constitucionales votados y ratificados por los españoles en sucesivas y ejemplares consultas electorales en 1931, 1933 y 1936.

Ese es el legítimo origen de los gobiernos de la República que se han venido sucediendo desde entonces, con el esencial designio de devolverle al pueblo el libre ejercicio de los derechos cívicos, propiciando así el establecimiento en nuestro país de un régimen auténtico de convivencia.

Consecuentes con ese propósito, las Instituciones de la República Española en el exilio realizaron, por todos los medios a su alcance y con diversa fortuna, una acción ininterrumpida que no había de cesar mientras a los españoles no se nos brindara la ocasión de hacer surgir una nueva legalidad democrática.

Hoy se proclama el resultado oficial de las elecciones generales que se han celebrado el día 15 de este mes en nuestro país. Numerosas son las taras de esa consulta electoral, que no ha de pasar a la historia como arquetipo de pureza, tanto por lo que se refiere al contenido de la ley que la ha regulado como por el modo con el que se llevó a cabo la consulta.

Por lo que toca a la ley, elaborada por los mismos neodemócratas que presidieron los comicios, baste señalar la injusticia que denota la enorme desproporción que existe entre el número de los votos obtenidos por las formaciones que son en rigor democráticas, las de izquierda, y el número de escaños, que, con arreglo a esa Ley, se les atribuyen.

Y, por lo que concierne a las modalidades de la contienda, no podemos dejar de denunciar, en primer término, la incalificable discriminación de la que fueron víctimas algunos partidos, al verse impedidos de participar en ella. Figura entre estos precisamente el que es republicano de manera específica, partido de indiscutible ejecutoria democrática y heredero espiritual y continuador de la obra de aquellos hombres insignes -venerables y venerados- que rigieron los destinos de España durante las dos primeras Repúblicas. Habrá que añadir a este respecto las múltiples coacciones de que han sido víctimas por parte del poder y de sus organismos subalternos las fuerzas de la democracia.

Todas esas argucias, sin embargo, no han podido impedir el triunfo de las organizaciones progresistas, tanto en el área nacional como en las de las nacionalidades vasca y catalana dentro de sus respectivos territorios, triunfo de las fuerzas más afines, que nosotros celebramos como propio.

Finalmente, la numerosa participación electoral, claro exponente del elevado civismo de nuestros compatriotas –que es además un categórico mentis para quienes les tuvieron sojuzgados alegando la inexistencia de ese sentimiento- y unido a aquella el general consenso con el que se acepta en el país el resultado de la confrontación, nos mueven, a pesar de sus anomalías, a aceptar ese resultado.

Las Instituciones de la República en el exilio ponen así término a la misión histórica que se habían impuesto. Y quienes las han mantenido hasta hoy, se sienten satisfechos porque tienen la convicción de haber cumplido con su deber.

Ahora parece claro que va a iniciarse una nueva etapa histórica. En ella no hemos de estar ausentes individualmente, dispuestos a seguir defendiendo nuestros ideales, persuadidos además de que el pleno desarrollo político y económico de nuestro país y con ellos la paz y la convivencia entre los españoles solo serán realizables con la República.


José Maldonado
Fernando Valera
París, 21 de junio de 1977









1924. Fernando Valera, último presidente del Gobierno de la República en el exilio

«Hemos salvaguardado la legitimidad popular»

A  Fernando Valera se le calificó en cierta ocasión como el penúltimo republicano. Hoy, después de la deportiva disolución de la República en el exilio, más bien habría que decir que ha sido el último republicano, o al menos el último presidente del Gobierno de la República española. Parodiando ciertos protocolos, podríamos decir: «¡La República ha muerto; viva la República!»

Tras las elecciones del 15 de junio de 1977, tienen doble valor las palabras que Valera pronunció en febrero de 1976: «Nosotros sostenemos la tesis, respecto al punto de vista del Derecho, de que no somos un poder, no tenemos un territorio nacional, no tenemos súbditos, no tenemos hacienda; no tenemos más que el deber de proclamar que España tiene derecho a mantener la legitimidad de la República. Las Cortes hicieron la Constitución legítima de España y luego ... bueno, luego hubo lo que hubo: la sublevación militar, la intervención extranjera, la guerra civil, la revolución ... Pero a nosotros nos parece que todo eso no basta para suprimir una legitimidad que solamente puede ser cambiada por el pueblo español libremente consultado. Partiendo de esto, en tanto que el pueblo libremente no haya hablado y no haya dicho que ha cambiado su voluntad y que lo que quiere es otra cosa, nosotros sostenemos que la representación legitima de la voluntad de España es la República y al decir la República no decimos nuestras personas, sino las instituciones».

El pueblo, después de cuarenta años, por fin ha podido hablar, y lo ha hecho con serenidad y, sobre todo, con claridad y elocuencia. Ha sido un primer paso. Después vendrán las Cortes Constituyentes, el referéndum de aceptación, las elecciones municipales ... en una palabra, la democracia, la voz del pueblo. Pero entretanto la legitimidad ha vuelto a las urnas, y los republicanos la han devuelto al pueblo.


EL VALERA POLÍTICO

—¿Qué cargos ocupó en la República?

—Presidí la Candidatura Republicana en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, siendo elegido Concejal del Ayuntamiento de Valencia, e interviniendo activamente en la jornada del 14 de abril. Después, Diputado Constituyente en 1931; primer Secretario de la Comisión de Constitución; miembro del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Republicano Radical Socialista; Director General de Agricultura en 1932, durante el Gobierno Azaña; Subsecretario de Justicia en el Gobierno Martínez Barrio; Diputado de Unión Republicana en 1936; Director General de Industria (1936); Subsecretario de Comunicaciones (1936); Subsecretario de Obras Públicas en 1937, puesto del que dimití por disentir de la hegemonía dada por el Gobierno Negrín al Partido Comunista y exclusión de la C.N.T.; y miembro de la Diputación Permanente de Cortes.

—Y en el exilio, ¿qué puestos ha desempeñado?

—Director General de Información con el Gobierno Giral; Ministro de Hacienda con el Gobierno Llopis; Ministro de Hacienda con los dos Gobiernos de don Álvaro de Albornoz; Ministro de Estado y Relaciones internacionales con el Gobierno Gordón Ordáx y Vice-Presidente del Consejo de Ministros; otro tanto con los Gobiernos del general don Emilio Herrera y de don Claudia Sánchez-Albornoz; finalmente, Presidente del Consejo de Ministros al dimitir don Claudia Sánchez-Albornoz y fallecer don Luis Jiménez de Asúa, Presidente de la República, a quien sucedió don José Maldonado.

—¿Qué Gobiernos han estado al lado de la República en el exilio?

—A raíz de la sesión de Cortes celebrada en México y constitución del Gobierno Giral, fueron reconociendo la legitimidad de nuestras Instituciones diversos Gobiernos, entre ellos: Costa Rica, Guatemala, México, Panamá, Venezuela, Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumanía y Yugoslavia. Pero a raíz de un violento discurso de don Indalecio Prieto, en nombre de la minoría socialista, contra el Gobierno de que formaban parte sus correligionarios don Fernando de los Ríos y don Trifón Gómez, se interrumpió la cosecha de reconocimientos diplomáticos que se presentaba prometedora.

Estos reconocimientos se fueron apagando paulatinamente por razones diversas que seda largo explicar, pero cuya causa común fue la iniciativa del Gobierno republicano de no mantener relaciones con Gobiernos dependientes de imperialismos extranjeros o impuestos por golpes de Estado. De ahí la razón de que sólo se mantuvieran hasta el último momento las relaciones con México y Yugoslavia.

—La disolución de la República, ¿quiere decir que Valera acepta la Monarquía?

—A título personal, como ciudadano, y no ya como expresidente del Gobierno, yo no me inclino ante la Monarquía. que no ha sido restaurada por la voluntad soberana de la nación. Al pueblo español no se le ha planteado de frente la verdadera alternativa política.

—¿Ha tenido algún contacto con el presidente Suárez?

—No, ni lo ha solicitado. Y yo, tampoco.

—¿Y con la oposición?

—Con personalidades aisladas, sí; con las representaciones autorizadas no, por las mismas razones.

—¿Cómo se autodefiniría políticamente?

—Diciendo que soy un político sin vocación de poder. Soy incapaz de mandar a nadie, ni de avenirme a que nadie me mande. Dionisia Ridruejo escribió en cierta ocasión que me interesaban más las «Eneadas» de Plotino que la lucha política; es decir, que soy más bien un discípulo de la Academia platónica que un ciudadano del Ágora. Y sin embargo, he trabajado más que ningún hombre de mi generación en la tribuna política, hablada o escrita; pero mi aspiración se orientó siempre hacia la milenaria sentencia de Pitágoras: «¡Oh Legislador!, no hagas leyes para el pueblo, haz pueblo para las leyes».


LA REPÚBLICA Y SU HISTORIA

—¿Cuál ha sido la labor política y social de la República en estos 40 años?

Inmensa. Necesitaría una enciclopedia para dar cuenta circunstanciada. Sírvanle de ejemplo los ocho o diez volúmenes, copiosísimos, que ha publicado don Félix Gordón Ordás. para dar una idea parcial de su gestión.

Una de las aspiraciones que yo tengo «si el cielo me da salud y vida», como decía el general Franco, es publicar la documentación que se haya podido conservar en los archivos del Gobierno republicano. En realidad, se podría decir, con justicia, que es la existencia de las instituciones legítimas y en buena parte la acción del Gobierno republicano, desamparada de todo el mundo, dentro v fuera de España, la que ha impedido que la tiranía franquista, aún reconocida por la diplomacia internacional y sostenida económicamente por tirios y troyanos, no haya podido alcanzar nunca títulos morales de legitimidad.

—¿Cuál fue el periodo y la acción más importante de la República?

—A mi juicio, todos, aunque aparentemente fuera más eficaz durante los primeros Gobiernos, cuando le amparaba un estatuto diplomático y era recibida y escuchada en las Cancillerías, en los Parlamentos, en la Unión Interparlamentaria y en las Organizaciones Internacionales, entre ellas las europeas, a cuyo nacimiento y orientación yo mismo creo haber contribuido eficazmente.

Todo ello se podrá comprobar si un día tenemos las asistencias y medios necesarios para publicar nuestros archivos.

—Y la financiación de la República, ¿cómo fue posible?

—Una de mis aspiraciones es poder dar conocimiento cabal de la misma. En síntesis, puede decirse que siempre los recursos de que las Instituciones Republicanas dispusieron fueron muy reducidos, en comparación con la empresa a realizar, sosteniéndose por la austeridad y espíritu de sacrificio de sus servidores, desde el presidente Martínez Barrios hasta el último ordenanza.

También puedo anticipar que con la excepción del Gobierno mexicano, hubo unanimidad entre todos los depositarios de fondos provenientes de España para no reintegrarlos a pretexto de que no reunían los títulos suficientes de legitimidad.

—¿Tuvieron que recurrir a las ayudas o donativos?

—Desde que los republicanos, con el Gobierno presidido por don Álvaro de Albornoz, aceptaron la misión de mantener a solas la legitimidad republicana, las Instituciones han vivido de las ayudas y donativos que principalmente don Félix Gordón Ordás, don Julio Just, y yo, hemos ido obteniendo con nuestra acción y prestigio personales. A título de ejemplo, citaré un sólo episodio: En 1961, llegó un momento en que la caja del Gobierno estaba a cero, siendo muchísimas las obligaciones y algunas las deudas. El presidente Martínez Barrio me llamó y me dijo: «Es menester que el próximo verano, aprovechando las vacaciones universitarias -yo ejercía un cargo interino en la Enseñanza francesa, que me ayudaba a vivir modestamente-, se desplace usted a América e intente, como hizo usted en 1948, encontrar algunas ayudas económicas». Yo estoy dispuesto -le respondí- como siempre, «¿pero dónde están los recursos iniciales para el billete circular en avión y la estancia en las diferentes Repúblicas Americanas?» «Los recursos se los procura usted como pueda», fue la solución del Presidente.

Aquel día escribí a unos amigos republicanos de Valencia. exportadores de naranja, que habían fundado una entidad comercial, con el anagrama de A.R.D.E. -Asociación Regional De Exportadores, no Acción Republicana Democrática Española-, exponiéndoles el encargo recibido del señor Presidente y solicitando su colaboración económica.

A los pocos días me enviaban una suma equivalente a unos 1.500 dólares, suficiente para la compra del billete circular en avión. Visité toda América, desde Estados Unidos hasta la Patagonia. Pronuncié en dos meses más de sesenta conferencias pagadas, que ingresé en la caja vacía del Gobierno, y obtuve algunas ayudas, que nos permitieron momentáneamente salir del atasco. De todo esto dará cuenta circunstanciada el Gobierno, si tenemos los medios económicos necesarios para hacerlo. Mientras las instituciones han sido mantenidas por los republicanos, nunca hemos dispuesto de ningunos fondos procedentes del Estado Español, ni de las entidades que se fundaron a raíz de la derrota para auxilio y protección de los refugiados. 

—¿Han cobrado los miembros de la República?

—Lo que se llama sueldos, no; asignaciones siempre modestas, a titulo de gastos de representación, cuando la hacienda  lo permitía. Todo el mundo ha vivido de otra cosa. Baste decir que don Claudio Sánchez Albornoz, mientras fue Presidente del Gobierno, sólo percibía una modesta asignación mensual, que ni siquiera cubría los gastos de su viaje anual de Buenos Aires a París para presidir las reuniones del Consejo de Ministros, durante las vacaciones universitarias de Argentina, donde residía.

—¿Cuándo podremos disponer de sus archivos?

—Cuando podamos reunirlos y organizarlos. Mucha y muy importante parte de ellos se perderá definitivamente, por falta de medios materiales para conservarlos.


VALERA Y LA MASONERÍA

—Actualmente es usted Grado 33, pero ¿cuándo ingresó en la Masonería?

—Mis primeros contactos directos con la Masonería tuvieron lugar a través de Mario Blasco-lbáñez, que fue quien me inició «bajo la bóveda celeste», en Valencia, allá por el año 1924. Mi vida masónica no comenzó en el Gran Oriente, sino en la Obediencia de la Gran Logia Española. Juntamente con Mario Blasco-Ibáñez, el eminente poeta valenciano Puig Espert y el telegrafista y socialista Fernando Montero, formamos la Logia Thyris de la que ellos fueron «las luces» y yo el orador. Más tarde la Logia Thyris se fundió con otra del Gran Oriente Español. En aquellos tiempos anteriores a la República hice yo mi formación y promoción masónica, siendo iniciado sucesiva y regularmente en los grados simbólicos de Aprendiz, Compañero y Maestro, e ingresando en la Masonería filosófica del Rito Escocés antiguo y aceptado, bajo los auspicios del Supremo Consejo del Grado 33 para España.

—¿Ha desempeñado la Masonería española un papel en la Historia de España?

—Sí, pero no de manera directa, ya que la Masonería no es una Institución política, sino iniciática y esotérica. Su acción es más bien de carácter moral y en el plano de la conciencia, formando ciudadanos de buenas costumbres, tolerantes y de fraternales sentimientos, y asociándolos para hacer el bien entre sí y en el medio social en que se desenvuelven.

—¿Cómo definirla a la Masonería?

—La Francmasonería es una alianza universal basada en la solidaridad. Su fin es el perfeccionamiento moral de la humanidad; su divisa, Libertad, Igualdad y Fraternidad ... Ella proclama los principios de una moral universal propia de todos los pueblos y aplicable a todas las condiciones ... No impone límite alguno a la búsqueda de la verdad ... Todo francmasón es un hombre esencialmente libre, que no depende más que de su propia conciencia.

—¿Qué puede aportar la Masonería en el momento político actual?

—La Francmasonería, o más concretamente, los francmasones, han contribuido poderosamente a la formación de la España moderna, todavía en ciernes, es decir, la España liberal y democrática y civilizada que ahora parece alborear de nuevo, tras el funesto eclipse de casi cuarenta años. La lista de masones ilustres cuyos nombres llenan el martirologio y la hagiografía de la libertad sería interminable. Sin saberlo, los madrileños pasean por las calles de Madrid recorriendo un catálogo elocuente de la acción de la Francmasonería en España.

En el inmediato futuro, la misión de la Francmasonería es seguir siendo leal a su tradición. El francmasón, o mejor dicho, la Orden, en cuanto Institución filosófica, no hace, ni hizo, ni hará política; pero forma ciudadanos libres que ilustran v ennoblecen la acción de los diversos movimientos políticos y sociales en que cada uno de ellos milita en el mundo profano. Las Logias masónicas, cualquiera que sea la flaqueza humana de quienes las formamos, son por naturaleza un foco que irradia moralidad, tolerancia y fraternidad, como la hoguera irradia calor y luz.

—Pero la Masonería, ¿es o no una sociedad secreta?

—Sería mejor decir esotérica o mística, en el sentido original del vocablo. El secreto masónico estriba en la naturaleza misma de la Orden y de su doctrina. No hay espía que pueda desentrañarlo, porque el secreto no es una cosa, si no un estado de conciencia, una vida.


VALERA Y FRANCO

—¿Qué ha sido Franco para Valera, como persona privada?

—No he tenido relación privada con el general Franco. La tuve amistosa con su hermano Ramón, quien, como es sabido, fue iniciado francmasón en París, en una Logia Española, durante su breve emigración política a raíz del intento revolucionario fracasado de diciembre de 1930. Considero que privadamente el general Franco era personalmoral y decente. No así políticamente.

—¿Qué ha sido Franco para la Historia de España?

—Como dije a raíz de su primer internamiento clínico, en 1974, Franco es el verdadero responsable de la Guerra Civil. El Pronunciamiento preparado por Mola y parte del Ejército peninsular, había fracasado prácticamente, y no habría degenerado en Guerra Civil sin la aportación de Franco al frente del Ejército colonial que fue trasladado a la península por la Aviación ítalo-alemana, convirtiendo el Pronunciamiento fracasado en Guerra Civil, una nueva invasión y conquista de España, como la de Muza y Tarik en 711, incluso con los Don Opas y los Witiza peninsulares.

—¿Porqué persiguió Franco a la Masonería?

—Lo ignoro. He oído decir que intentó ser iniciado en Marruecos y su solicitud fue denegada, pero no lo creo, ni creo que bastara para explicar su feroz persecución de la Orden, que atribuyo más bien a su «pragmatismo político», doctrina ahora de moda, que todos los políticos practican para disimular tras un noble vocablo filosófico, adulterando su auténtico significado, la falta de sindéresis. Mis noticias son de que Franco no se distinguía por sus fervores religiosos, y que el fanatismo inquisitorial de que dio muestras desde el poder, fue eso: pragmatismo.

—¿Es verdad que varios generales que participaron en el «Alzamiento» eran masones?

—Lamentablemente, es cierto. Queipo de Llano tengo entendido que fue iniciado en París. en circunstancias parecidas a las de Ramón Franco, y el general Cabanellas, que fue el primer jefe de la Junta de Burgos, era desde luego un ilustre masón, si bien creo obligado decir en su disculpa que él nunca pensó que el Pronunciamiento militar había de degenerar en Guerra Civil, y en prolongada dictadura totalitaria. El «Alzamiento» se preparó contra el Gobierno, y no contra el Régimen, si bien una vez fracasado y precisamente por la intervención del General Franco, degeneró en Guerra Civil, al cabo victoriosa, merced a la intervención extranjera.


VALERA, EN SU VIDA PRIVADA

—¿Cómo se autodefine?

—Creo que nadie se conoce a sí mismo, ni yo tampoco. Creo ser un espíritu esencialmente religioso, pero mi religión es en cierto modo universal. Aunque específicamente cristiano, del Cristo de los Evangelios, me he inspirado muchas veces en la doctrina y en el ejemplo de los fundadores de otras religiones, principalmente la brahamánica y la budista. En mi vocación por la filosofía mística, he buscado principalmente en las fuentes neoplatónicas de Plotino, en los místicos del Islam y de Israel, y en los grandes místicos castellanos. Los santos predilectos de la Iglesia Cristiana han sido para mí, San Juan Evangelista, San Juan de la Cruz y San Francisco de Asís.

—¿Cuál ha sido su postura frente al comunismo?

—Creo ser el pensador y escritor español de mi tiempo que más profundamente ha combatido las raíces mitológicas del comunismo. Recuérdese mi libro «Tópicos revolucionarios», publicado en 1931, con prólogo de Gregorio Marañón, en el que defendí mis ideas revolucionarias frente a la mitología marxista.

—Cuál ha sido su postura frente al fascismo? 

—Que contesten mi vida y mis cuarenta años de exilio. El fascismo, como el comunismo, son dos sistemas totalitarios que exaltan el poder del Estado al precio de anular la independencia individual del hombre. Yo he entendido siempre que es el hombre quien hace la Ciudad, y no a la inversa. Lo que me interesa es el hombre.

—¿Por qué sigue en el exilio?

—Es muy complejo. Podría decir en síntesis que por razones «ecológicas». Yo no puedo ya, ni económica, ni familiar, ni políticamente vivir en una sociedad sin Leyes e Instituciones Republicanas. En una ocasión repliqué al Dr. Marañón, hace muchos años, cuando me hizo la misma pregunta: «Pero vamos a ver, si yo regreso a España, ¿podré militar en un Partido Republicano, podré exponer libremente en la tribuna, en la prensa y en libros, mis ideas liberales, y aún libertarias, podré asistir a las reuniones de la Logia Masónica, podré adorar a Dios como mi corazón me dice que debo adorarle, sin la ostentación pagana del culto religioso que se acostumbra en España, etc., etc.? ... -«No. eso no». - «Pues entonces no sería yo quien regresara a España, sino mi cuerpo sin alma, mi cadáver, como decía Quevedo. Usted me ofrece que vuelva a España como el Dante entró en el Infierno, dejándome la conciencia a la puerta de los Pirineos ... » 


Entrevista realizada por José A. Ferrer Benimeli
1 de agosto de 1977
Publicada en Tiempo de Historia núm. 33, págs. 71-77










861. La República española y Albert Camus




El 2 de febrero 1949, él Gobierno de la II República Española en el exilio a través de Fernando Valera, Ministro de Justicia, entregó al Albert Camus la Encomienda de la Orden de la Liberación de la República como reconocimiento y homenaje al trabajo intenso y emocional realizado por Albert Camus en favor de la libertad del pueblo español. Pocas distinciones han sido tan merecidas como ésta. Camus fue un hombre que nunca perdió el compromiso contra la injusticia y mantuvo el apoyo a la República española hasta su muerte, al mismo tiempo, denunciando incansablemente al régimen fascista de Franco.




En nombre del señor Presidente de la República Española gran Maestre de la Orden de la Liberación, debo hacer un breve saludo al señor Albert Camus: muy breve, a fin de que esta ceremonia guarde su carácter íntimo y cordial.

Esta cruz -como la cruz del Cristo sangrante-, es más bien el símbolo de un drama de dimensiones universales.

Para el que la ofrece, es la afirmación de una voluntad y de una esperanza inmortales de conquistar y de merecer la libertad, la patria y la República, para los que la aceptan representa la manifestación de una solidaridad con el dolor y la gloria de un gran pueblo, víctima y campeón a la vez de esta tragedia inaudita; inaudita por el sufrimiento heroico de España y por la inmensa injusticia de la humanidad.

Cuando ustedes los hombres humanos de todas las patrias, de todas las creencias, de todas las razas y de todos los rincones del planeta, aceptan esta condecoración que se les ofrece por un Gobierno sin poder material, sin riqueza y sin territorio, ello significa a los ojos de la España dolorida, que existe aún una esperanza de Libertad, esta fuerza creadora del alma, fuente inagotable de juventud, de renacimiento y de eternidad que hay aún esperanza de Patria, puesto que los hombres que han recuperado la suya nos acompañarán y nos ayudarán hasta que sea reconquistada la nuestra. Que aun hay esperanza de República, ya que los mejores espíritus de nuestro tiempo: “¡Nosotros contamos con ellos, Señor Camús"!

Contamos con la confianza y a la amistad con que nos han honrado y triunfaremos, estamos seguros, contra la “peste totalitaria” que en España, como en todas partes, “ha vestido a los hombres con uniforme” y les ha provisto de un “certificado de existencia”, dejándoles vacíos de su humanidad; triunfaremos porque somos orgullosos en tanto que españoles y el orgullo -usted lo ha dicho-, es la única arma contra la cual la tiranía es impotente; triunfaremos porque después de haber sufrido tanto y de haber tan encarnizadamente combatido, todavía podemos decir, como el Diego de su Estado de Sitio: “Ni odio ni miedo, esa es nuestra victoria”.

En nombre del pueblo español, en nombre del señor Presidente de la República y de su Gobierno, gracias señor Camus, por lo que ha hecho para ayudar a la liberación de España”.


Fernando Varela




Albert Camus, agradeció la distinción al Gobierno de la República y dijo: “Nada hice que justifique el galardón con que me honran. Cumplí con mi deber y en esta conducta persistiré siempre”. 

Terminó expresando su fe en el triunfo de la verdad y de la justicia que el pueblo español defiende.