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2936. Oración a la patria

Marcos Ana
(Alconada, Salamanca, 20 de enero de 1920- Madrid, 24 de noviembre de 2016)


                  España, Patria mía,
                  abre a tus hijos tu corazón.
                  tu viejo corazón de catedral y monte
                  y junta nuestras manos para secar tu llanto.

                  Álzanos del abismo
                  las derribadas Albas
                  que dejaron oscura entre dos mares
                  tu verde geografía.

                  Sólo para la sombra que te inunda
                  rompieron los goznes de tus puertas.
                  Sólo el pálido hachazo del dolor
                  tuvo francos litorales.

                  Y así vino tu llanto
                  subió desde tu entraña
                  hasta pudrir raíces,
                  hasta dejar desnudo el hueso de tu pena.


                  Marcos Ana
                  Poemas de la prisión y la vida, 2011
          






2741. No rogamos clemencia

Marcos Ana (Fernando Macarro Castillo)
(Alconada, Salamanca, 20 de enero de 1920 - Madrid, 24 de noviembre de 2016)


No rogamos clemencia. Yo no pido
perdón por la vida que me deben.
Odio la voz delgada que se postra
y el corazón que llora de rodillas
y esas frentes vencidas, en el polvo,
hecha añicos la luz del pensamiento.

Yo no pido clemencia. Yo no junto
las manos temblorosas en un ruego.
Arden bosques de orgullo en mi palabra
cuando exigen que las puertas
de la venganza oscura se derriben
y a los hombres descuelguen de sus cruces.

Yo no pido clemencia. Yo denuncio
al dictador cadáver que gobierna
la vida de los hombres con un hacha
y ahora quiere dejar para escarmiento
mi cabeza cortada en una pica.

Yo no pido clemencia.
Doy banderas.
Paso de mano en mano el golpeado
corazón de mi pueblo prisionero.


Marcos Ana
Poemas de la prisión y la vida









2520. Imaginaria

Miguel Vázquez Pesquera
(Santander, 1921 - 4 de septiembre de 2010)


Al pintor Miguel Vázquez.
Al que sorprendí una noche llorando
en la cárcel de Burgos


Oídme amigos. He visto
con los ojos soñolientos
algo que quiero contaros.
Es la madrugada. Un preso
enfrente de mí despierta.
Se incorpora sobre un codo.
Lía un cigarro. Se sienta.
Mientras fuma tiene ausente
la mirada, como dormida la frente
(Sueña el viento en la ventana)
Tira el cigarro. Se inclina.
Saca un pedazo de pan,
se lo come lentamente
y después… rompe a llorar.
(Quizás no tenga importancia…
Yo os lo cuento)
Ya sabéis que a mi las losas
me han gastado hasta los huesos
del corazón,
pero ver llorar a un hombre
es algo, siempre, tremendo.
Y este preso no es un árbol
que se ha roto. Sigue ileso.
Pero de pronto ha venido
todo lo “suyo” a su encuentro
en esta noche tranquila…
Con su dolor en mi pecho
le miro. No puede verme.
Sus ojos están muy lejos.
Sus ojos cerca, llorando
tan suave, tan hondamente
que apenas si mueve el aire
y el silencio.
Un “alerta” le estremece.
(Por el patio
se oye cruzar el relevo).


Marcos Ana







2486. Yo denuncio

Marcos Ana
(Alconada, Salamanca, 20 de enero de 1920 - Madrid, 24 de noviembre de 2016)


Yo no pido clemencia. Yo no pido
con un hilo de voz descolorida
perdón para la vida que me deben.
Odio la voz delgada que se postra
y el corazón que llora de rodillas
y esas frentes vertidas en el polvo,
hecha añicos la luz del pensamiento.

Yo no pido clemencia. Yo no junto
las manos temblorosas en un ruego.
Arden voces de orgullo en mi palabra
cuando exigen -sin llanto- que las puertas
de la venganza oscura se derriben
y a los hombres descuelguen de sus cruces.

Yo no pido clemencia. Yo denuncio
al dictador cadáver que gobierna
la vida de los hombres con un hacha
y ahora quiere dejar para escarmiento
mi cabeza cortada en una pica.

Yo no pido clemencia.
Doy banderas.
Paso de mano el golpeado
corazón de mi pueblo prisionero.


Marcos Ana
Las soledades del muro, 1977










2190. A Marcos Ana

Fernando Macarro Castillo (Marcos Ana)
(Alconada, Salamanca, 20 de enero de 1920 - Madrid, 24 de noviembre de 2016)

¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
Quevedo


No hablo por hablar. Escribo
hablando sencillamente:
como en un cantar de amigo.

Nãzim, Marcos, Lina Odena,
Nina van Zandt, compañeros,
en la libertad más bella.

La libertad del que forja
un pueblo libre: Miguel
Hernández cavó la aurora.

¡Ah de la vida! Preguntas
a tientas: «el mar», «el campo»…
Las olas se han vuelto mudas.

Veintidós años… Decidme
cómo es un árbol. Quién silba
arriba en el aire libre.

Quién me recuerda. Quién llama
desde el fondo de una mina.
Espaciosa y triste España.

La libertad por el suelo.
Tú la levantas, la apoyas
en el hombro del obrero.

El olivo y las espigas
te dan la mano, se pasan,
brisa a brisa, la consigna.

Como en un cantar de amigo,
escribo lo que me dictan
la fábrica y el olivo.


Blas de Otero
Que trata de España










2189. Hasta siempre Marcos Ana

Fernando Macarro Castillo (Marcos Ana)
(Alconada, Salamanca, 20 de enero de 1920 - Madrid, 24 de noviembre de 2016)


No enterrarán tu nombre... 
Arderá en mi palabra, 
lo subiré a mis labios de la pena más viva, 
escarbaré en el llanto 
y hundido en sus raíces te subirá en sus hombros 
mi voz al nuevo día.


Ha muerto Marcos Ana, hijo de jornaleros, que un día decidió ingresar en las Juventudes Socialistas Unificadas y que con tan solo 15 años decidió marcharse voluntario al frente a luchar contra el fascismo. 

Se hizo comunista y le hicieron preso de larga duración después de condenarlo a muerte. Vivió las horas más inciertas de su existencia, pero ni la cárcel ni la sombra de la muerte pudieron con él. Fue un profesor de optimismo que jamás consideró su vida perdida.

Le robaron la juventud y la mitad de su vida y se hizo poeta en el territorio hostil de una celda. Apretó el corazón, memorizó la geometría de un patio bajo un cielo de estaño, donde su corazón giraba clavado, desnudo, clamando. Tan solo tenía un patio y un trozo de cielo.

23 años de encierro, nueve mil días y nueve mil noches en los que sus poemas volaron como palomas mensajeras y atravesaron las celdas, los patios y los muros, llevando su nombre y el grito de la libertad a través del mundo y sembrando la tierra con una simiente infinita.

En 1961 llegó la precaria libertad, la única que podía conseguir en España, y se dispuso a estrenar la vida. La que había perdido, la que se dejó en los patios y en las celdas ya no podía recuperarla. Puso a caminar su reloj desde el segundero de la incertidumbre e inició la tarea de su destino: continuó luchando contra la infamia y la mentira, expandió su voz encarcelada y en él volvieron a vivir muchos de los que cayeron.

Se ha ido Marcos Ana sin ver triunfar los ideales por los que luchó, por los que lucharon también toda una generación. Se ha ido sin rencor, con el corazón abierto. 

Nos ha dejado su poesía y su ejemplo. Nos ha dejado su memoria que seguirá viva en nosotros. Nos ha dejado "lágrimas que tienen estatura de estrellas indomables y es de acero o de roble su ternura". Nos ha dejado tanto ...

Y recordad:

¡Camaradas, a las doce
todos los pulsos en hora!











2183. Libertad y vida

Que salga el preso,
que beba la luz y el aire su herida.


(...) Desde que salí de la cárcel, he tratado de vivir cada día al máximo, tal vez en un intento de recuperar aquellos años que me robaron.

Cuando obtuve mi anhelada libertad, algo tan normal como ir al campo, que tan deseoso estaba de ver, me producía un verdadero vértigo. No podía soportar un horizonte lejano, acostumbrados como estaban mis ojos a la verticalidad y a las distancias cortas. La inmensidad me revolvía el estómago y me producía vómitos. Estudios médicos confirman que el preso, tras más de tres años de cautiverio, empieza a experimentar algunas transformaciones, no solo psíquicas, sino también físicas. Después de veintitrés años, a mi cuerpo le costó mucho adaptarse a la sensación de libertad. Se producen cambios en la visión, en los límites de los espacios, en los oídos, en los músculos. Se sufren dolores de cabeza y fuertes mareos; los nervios visuales han perdido muchas de sus facultades.

¿Cómo podía ser tan dura la libertad, cuando era lo que más deseaba? Un niño nace y se adapta a la vida de forma natural, pero estaba naciendo a los cuarenta y tres años en un extraño planeta, completamente nuevo para mí. Creo que fue el proceso más difícil que he tenido que superar en mi vida. Cosas como tocar la cabeza de un niño, pisar la hierba, mirar las estrellas sin miedo, estar con una mujer, me dejaban noqueado. Solamente estaba tranquilo en mitad de las calles, rodeado de edificios, o en el interior de una habitación.

El 17 de noviembre de 1961 salí en libertad. No recuerdo si hacía mucho frío. Tan solo quería disfrutar de que ya no estaba encerrado. Era un feliz inadaptado. Una nueva vida me estaba esperando. Entonces yo no era consciente de que la dirección del Partido Comunista tenía preparado un futuro para Marcos Ana fuera de España, donde consideraron que sería más útil.

—Prepárese para salir en libertad; después de comer, cuando se arreglen los papeles, podrá usted marcharse — me dijo el director de la prisión.

Franco había anunciado la libertad para todos los presos políticos que llevaran más de veinte años en la cárcel. Fue una especie de brindis al sol, pues del penal de Burgos, de los cuatrocientos sesenta y cinco presos que había entonces, solamente yo cumplía el requisito. Aquello fue el éxito de la generosa campaña mundial de Amnistía Internacional, entonces recién nacida.

Antes de salir, avisé a mi familia y me reuní con algunos compañeros para enviar el mensaje de mi libertad. Desde París, el aparato del partido se pondría en marcha para sacarme fuera de España.

Mi segunda madre, que es mi hermana mayor, Margarita, me esperaba fuera con el tío José y un pariente que tenía un taxi y que nos llevaría a Madrid. Nos abrazamos con fuerza; mi hermana no paraba de besarme, de tocarme, como si aquello fuera un milagro. Realmente lo era: había superado miles de noches y de sacas, frío, hambre, torturas. Y allí estaba, de pie, para salir a mi vida. Miré una última vez hacia atrás y, aunque el penal desde fuera no parecía tan siniestro, mis ojos adivinaban los recovecos donde quedaban mis compañeros y en los que se hacinaría el miedo, todavía durante varios años.

Margarita quería ir a Burgos a ver a algunos familiares, pero yo quise alejarme de allí enseguida, aunque la cárcel me seguiría aún como mi propia sombra. Entonces comencé a padecer los primeros episodios de inadaptación. A los pocos kilómetros tuvimos que parar. Estaba deslumbrado por la luz exterior y las emociones vividas: la despedida de los compañeros, el reencuentro, aquel mundo que pasaba por la ventanilla del coche. Comencé a sentirme mejor al atardecer. Por la noche me instalé en la casa de mi hermana en Alcalá de Henares. Charlamos hasta altas horas de la madrugada. No recuerdo si dormí bien, pero seguro que soñé con la cárcel. Las galerías de aquellas prisiones surgen todavía hoy en mi sueños más profundos, como una pesadilla.

Mi liberación tuvo una fuerte repercusión internacional. El Ministerio de Información y Turismo, dirigido entonces por Manuel Fraga, publicó un folleto: Marcos Ana, asesino. En él se recordaban las acusaciones de asesinato por las que me habían condenado a muerte. Aunque ya no hay por qué, quiero decir una vez más que nada de aquello era cierto, pues si hubiera sido así me habrían fusilado muchos años atrás y nunca me habría salvado de morir en el paredón del cementerio. Este libelo llegó a las embajadas de los paises que visité durante los últimos quince años del franquismo.

Sin embargo, a pesar de su enorme difusión, su rencor chocaba de frente con mi mensaje solidario. Se tradujo a todos los idiomas y sus calumnias me perseguían. Solamente la prensa más reaccionaria sigue tomando en serio aquella sarta de mentiras. Los presos políticos españoles, con remite desde la prisión de Burgos, indignados por las infamias, enviaron una carta a la opinión pública de todo el mundo.

Hasta nuestras prisiones han llegado los ecos de la campaña de insidias y los turbios manejos con los que la camarilla franquista ha tratado de enfangar la personalidad de nuestro antiguo compañero de prisión, el poeta Marcos Ana. 

Con esta sucia maniobra pretende la dictadura destruir la realidad viva y testimonial de este hombre, víctima de la represión despótica y que ha pasado casi toda su vida en las cárceles; junto a tantos otros que aún permanecemos en ellas. (…).
  
(...)

Como digo, salí de la cárcel virgen y mártir. Había entrado con diecinueve años y sin conocer a una sola mujer de forma íntima. A veces las miraba embobado cuando caminaban por la calle y las seguía durante un ratito. Para mí eran algo completamente nuevo. Hay una mujer, Isabel, que me ayudó mucho en este trance. Un día, paseando por la calle, me encontré con José Luis, el hijo de los dueños de la tienda donde había trabajado de dependiente hasta que empezó la guerra. Se mostró muy contento de verme. Me llevó a tomar algo y, después, me invitó a visitar un cabaret. Al principio me pareció que aquello no era muy moral. Pero la excitación que me produjo la invitación ganó la partida. En el cabaret había mujeres bailando con muy poca ropa, iban de acá para allá, charlando con otros hombres. Mi amigo me avisó entonces de que tenía que marcharse, pues llegaba tarde a una cena que había organizado en su casa. Se alejó un instante de mí y regresó con una mujer muy joven y atractiva. Le dio un sobre con dinero y le dijo: «Esto es para que pases la noche con mi amigo». Yo estaba un poco bloqueado ante la presencia de aquella hermosa mujer que me invitaba a que fuésemos a un hotel. Entonces, aterrorizado, le dije que prefería pasear un poco, ir despacio, y no me quedó otra que contar la verdad: aquella era mi primera vez. Ella, conmovida, me tomó de la mano y salimos a pasear. Me invitó a cenar en un lugar de la Plaza de España y me escuchó como quien atiende a un niño contar sus miedos. Fue muy cariñosa. Finalmente fuimos a un hotel del centro, creo recordar que en la calle Echegaray. Volví a avisarle, lleno de inseguridad:

—No sé qué hacer ahora. 

Y ella, acariciándome, me dijo:

—No te preocupes, que tú no tienes que hacer nada. 

Pasamos la noche juntos. A la mañana siguiente ella trajo chocolate con churros para desayunar. Me dejó en la chaqueta el sobre con el dinero y una nota: «Para que vuelvas esta noche». Estuve pensándolo todo el día. Deseaba que pasasen las horas, pero finalmente no fui. No quería romper la magia de aquella primera noche juntos. Al día siguiente, caminando por la calle, pasé por delante de una floristería y entré. Gasté las quinientas pesetas que había en el sobre en un enorme ramo de flores. Fui al hotel y le dejé el ramo junto con una nota: «Para Isabel, mi primer amor». 

Aunque su cariñoso recuerdo me visita con frecuencia, nunca volvimos a vernos. 

Todos los días, a una determinada hora, tenía que estar en casa para recibir una llamada del aparato del partido, que trabajaba para sacarme de España. Una mañana, un hombre de rostro amable vino a buscarme. Intercambiamos una consigna y me hizo saber que una pareja joven me esperaba en un coche en la calle. Emprendimos el viaje, que transcurrió tranquilo. Al llegar a la frontera, en Irún, nos desviamos de la carretera unos kilómetros, me entregaron un pasaporte falso y me aleccionaron sobre las posibles preguntas que podrían hacerme los agentes. Intentaron enseñarme a pronunciar el nombre francés que aparecía en el pasaporte, pero no podía decirlo con naturalidad, no se me dan bien los idiomas. Así que la mujer me puso una bufanda y me dijo que me hiciera el enfermo.

—No hay necesidad de que hables. 

Muy tranquila, cuando llegamos a la frontera entregó los pasaportes y dijo al agente de aduanas: 

—Tenemos prisa, mi marido está muy enfermo. 

Así crucé la frontera española y entré en Francia, mi futuro hogar en el exilio hasta la llegada de la democracia española. Entonces, por primera vez, me sentí liberado. Se disipó el miedo. Podía hablar, moverme y salir y entrar sin reparar en que alguien estuviese al acecho. Era una sensación nueva. Paré a dormir con la joven pareja en un hotel cuando ya nos habíamos alejado lo suficiente de España. Tiempo después descubrí que aquella aguerrida mujer se llamaba Lolita, Dolores Sánchez. Y el chófer era su marido.

En París, formalmente documentado como refugiado político, empezó una vorágine. Mi vida pública marcaría el rumbo de los años venideros. 

Mi acto de bienvenida a París tuvo lugar en la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura). Me presentó el gran poeta Louis Aragon, acompañado de Michel Schuwer, secretario de la Conferencia de Europa Occidental por España. Acudieron muchos firmantes del llamamiento a favor de la amnistía. Revisando los recortes de periódico que conservo de entonces, he descubierto que allí estaban también Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Juliette Gréco y Maurice Thorez, entre otros muchos. Sinceramente conmovido y nervioso, pronuncié unas palabras de gratitud y leí un poema para finalizar, Pequeña carta al mundo. Así empieza:

Tengo el alma desgarrada 
de tirar, pero no puedo 
arrancarme estos cerrojos 
que me atraviesan el pecho. 
Siete mil doscientas veces 
la luna cruza mi cielo 
y otras tantas, la dorada 
libertad cruza mi sueño. 
El Sol me hace crecer flores, 
¿para qué si estéril veo 
que entre los muros mi sangre 
se me deshoja en silencio?

Unos días después de aquella cálida bienvenida, la Conferencia de Europa Occidental por España convocó una reunión, que se celebró en el Ayuntamiento de París. Allí conocí a los responsables del trabajo solidario en cada país de Europa. Todos me invitaron a visitar su tierra. Me sentía abrumado, pero a la vez un horizonte inmenso se abría ante mí para llevar el mensaje de los compañeros encarcelados. Era feliz. 

Enseguida el Partido Comunista se puso en contacto conmigo, alertado de mi llegada a París. Antonio Mije, dirigente histórico del PCE, me invitó a una reunión en la que conocí a algunos camaradas que formaban parte de la dirección. Entre ellos estaba Santiago Carrillo, a quien vería innumerables veces, ya que la conexión entre los dos fue inmediata. Aunque vivía en la clandestinidad y ni los propios compañeros conocían su dirección, en una ocasión me invitó a visitar su casa, donde pude saludar a su mujer, Carmen, y a sus hijos.

Les expuse que yo no quería limitar mi trabajo al marco del partido, sino abrir camino para la solidaridad. El Socorro Popular Francés, que había luchado por mi libertad, me cedió un despacho en su sede. Y así empecé a trabajar. Desde allí planifiqué mis actividades y mis viajes. Muchos camaradas, desde rincones del mundo muy lejanos, me enviaban cartas de apoyo. Desgraciadamente, he perdido con el paso de los años una carta que conservaba con mucho cariño, en papel muy fino y tinta verde, que desde Santiago de Chile me envió mi querido Pablo Neruda. Transcribo aquí un fragmento: 

Quiero enviarte, Marcos Ana, algunas palabras, y qué poca cosa son, qué débiles las siento cuando se enfrentan a tu largo cautiverio. ¡Qué poca y pequeña luz para la sombra de España! 

Desde aquellos días en que perdimos —los pueblos y los poetas— la guerra, perdimos también todos gran parte de la poesía y muchos perdieron la vida o la libertad.

Así se me murieron muchos poetas y sufrimos también nosotros tormento y muerte. 

(…). 

Tú eres el rostro que esperábamos, resurrecto, resplandeciente, como si en ti volvieran a vivir luchando los que cayeron.

Te recibimos en la ardiente poesía militante que seguirá peleando porque no solo tiene sílabas sino sangre. Te abrazamos con infinita ternura y con la viva fraternidad de quienes siempre te esperaron. 

Pablo Neruda.

Este abrazo transoceánico elevó mi entusiasmo. Quería partir cuanto antes hacia América Latina. En el cono sur del continente, la solidaridad con la amnistía de los presos había sido muy intensa. Pero como he dicho, ya me había comprometido a hacer otros viajes por Europa. Durante los años 1962 y 1963 apenas paré un segundo; me pasaba la vida de avión en avión, cruzando el cielo. 

En mitad de aquella incesante actividad seguía intentando adaptarme a la vida, con sus momentos extraños y traumáticos. Esta difícil puesta en marcha fue especialmente complicada con las mujeres, cuya presencia seguía removiendo mis complejos e inseguridades más profundas. La cultura masculina de la época poco me ayudaba a solventar mis dudas y bloqueos. Bravucones y llenos de mofa, al oír mi historia, los hombres lo único que hacían era ensalzar sus hazañas y conquistas, y aquello me hacía aún más inexperto y pequeño a su lado. Puede parecer una tontería, pero para mí no lo fue. Yo era entonces un torpe sentimental que con cuarenta y tres años no sabía desenvolverse bien con las mujeres. Mi aprendizaje tuvo lugar a fuerza de anécdotas.

(...)

Poco a poco, tras la libertad, me fui convirtiendo en un hombre normal, es decir, logré adaptarme a la vida. Pero nunca dejé de pensar en los presos que continuaban en las cárceles. En lugar de encontrar refugio en la familia y desquitarme con ellos del tiempo perdido, mi decisión fue ponerme en marcha: llamé a las puertas de todo el mundo llevando el mensaje de aquellos que había dejado atrás. Nunca me sentiré libre si hay un hermano prisionero. Ni entonces, ni ahora. Por eso he seguido viajando a aquellos lugares donde no hay libertad: al Sáhara, a Palestina, siempre bajo la bandera de la solidaridad, para conocer la situación de otros pueblos. Mi experiencia me ha hecho ser muy sensible a cualquier tipo de injusticia, pero no es necesario pasar por la cárcel para sentir que todos formamos parte de lo mismo y que la justicia debe repartirse tanto aquí como en cualquier lugar del mundo.


Marcos Ana
Vale la pena luchar











1791. Mi corazón es patio




Mi corazón es patio


A María Teresa León


La tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño.
Soñé que el mundo era
un redondo espectáculo
envuelto por el cielo,
con ciudades y campos
en paz, con trigo y besos,
con ríos, montes y anchos
mares donde navegan
corazones y barcos.

Pero el mundo es un patio
(Un patio donde giran
los hombres sin espacio)

A veces, cuando subo
a mi ventana, palpo
con mis ojos la vida
de luz que voy soñando.
y entonces, digo: “El mundo
es algo más que el patio
y estas losas terribles
donde me voy gastando”.
Y oigo colinas libres,
voces entre los álamos,
la charla azul del río
que ciñe mi cadalso.
“Es la vida”, me dicen
los aromas, el canto
rojo de los jilgueros,
la música en el vaso
blanco y azul del día,
la risa de un muchacho…
Pero soñar es despierto
(mi reja es el costado
de un sueño
que da al campo)

Amanezco, y ya todo
—fuera del sueño— es patio:
un patio donde giran
los hombres sin espacio.
¡Hace ya tantos siglos
que nací emparedado,
que me olvidé del mundo,
de cómo canta el árbol,
de la pasión que enciende
el amor en los labios,
de si hay puertas sin llaves
y otras manos sin clavos!
Yo ya creo que todo
—fuera del sueño— es patio.

(Un patio bajo un cielo
de fosa, desgarrado,
que acuchillan y acotan
muros y pararrayos).

Ya ni el sueño me lleva
hacia mis libres años.
Ya todo, todo, todo,
—hasta en el sueño— es patio.
Un patio donde gira
mi corazón, clavado;
mi corazón, desnudo;
mi corazón, clamando;
mi corazón, que tiene
la forma gris de un patio.
(Un patio donde giran
los hombres sin descanso)


Marcos Ana
“Poemas de la prisión y la vida”











1693. Carta de Rafael Alberti y María Teresa León a Marcos Ana

Marcos Ana consiguió la libertad, tras 23 años de cárcel, el 17 de noviembre de 1961


Querido amigo nuestro, de Rafael y María Teresa:

Hoy sabemos lo que es el júbilo. Estamos contentos.

Has salido de los años amargos con tu juventud intacta. Estrenas la vida. Has ingresado por la puerta grande al amor de tus gentes: tus gentes somos nosotros, tu familia, la que sufría esperándote.

A veces ocurren estas cosas, y un hombre con sus sufrimientos de hombre, aunque existan otros con las mismas penas, resume en él los símbolos dispersos. Esto te ocurrió a ti. Durante estos años tu nombre ha corrido con sus pequeñas sílabas al rojo, despertando a los que dormitaban. Tuvo ese poder. Tus palabras rítmicas eran las voces al unísono de muchos, la angustia de las casas sin fuego de hombre, las mujeres sin cobija de varón, los niños llenos de preguntas sin respuesta. Nos acostumbramos a tender la mano con dos lágrimas en la palma, rogando a todos los que quisieran oír.

Oyeron muchos, tantos que asombró lo vivo del recuerdo de nuestra lucha heroica, inacabada en el corazón de los mejores ciudadanos del mundo.

Durante años, te digo, hemos tendido la mano para detener a los que parecían tener prisa en olvidar. No, no podemos hacerlo aunque queramos porque nuestra razón está en nuestra paciencia. Aunque parezcamos mendigos, los españoles debemos seguir pidiendo, contando, hablando, iluminando las cárceles oscuras para que la gente mire y vea y comprenda.

Has de saber, Marcos Ana, cómo ha habido compatriotas tuyos vigilando siempre. Deberías conocer a las mujeres llenas de coraje para el amor al prójimo, cómo responden cuando el sufrimiento las necesita. Hubieras debido verlas ir de aquí para allá, repitiendo verdades simples con su mano tendida, protegiendo de lejos vuestras noches encarceladas. Pedían y pedían luz para vuestros ojos, justicia y todo eso a que parecen tener derecho los hombres cuando están en libertad.

Así tu nombre pasó de boca en boca desde la universidad hasta la pequeña reunión de vecinos. Eras para estas mujeres el hijo que le salió poeta, tal vez el amante encadenado. España, algo olvidada en sus contornos físicos por todos nosotros, hijos del alejamiento, resonaba por ti otra vez. Tu voz nos permitía descubrir a las gentes una generación española nueva. Era la generación blanca, los hijos de vencedores y vencidos que se unían. Estabas entre ellos. Nos llegaron libros y libros de poetas. Habían puesto la mano sobre España y temblaba.

“Pongo la mano sobre España y quema...” —dice López Pacheco—, “Pongo la mano sobre España y tiembla...”

Tú estabas en tu patio y ellos, en el ancho patio carcelario de fuera, temblaban y coincidían. Su voz y tu voz eran el mismo llamamiento. Resultaba emocionante ver levantarse, paladines del futuro, a los jóvenes poetas de España.

—Tres largos años rojos poblaron la ancha tierra de simiente infinita...

Era nuestra simiente la que se levantaba y nos sentimos orgullosos. Ahora estás a su lado. Sabemos qué difícil es andar la ancha tierra de la patria cuando parece ajena, pero estás, pisas barro español, nuestro barro, el primero de la estirpe, aquel modelado con errores, lágrimas, sangre, fe y amor. Sabemos que tu paz interior ya no depende de ti sino de nosotros. Nosotros que debemos seguir pidiendo por los que quedaron suplicando la normalidad española, cosa que parece más difícil que ir a las estrellas. La normalidad española, que quiere decir la continuidad de la historia de una patria común, el hacer marchar el reloj, sacándolo de esa hora de la indiferencia, el conformismo, la ocultación y la mentira donde esté, hacer que España recobre el paso, despierte su instinto vital, se sacuda opresiones y los españoles marchen juntos hacia objetivos nacionales y sociales e históricos que sienten ya latirles en las venas.

Ahora que andas libre, Marcos Ana, piensa alguna vez en nosotros. Nada nos debes porque los deberes de conciencia no adeudan y túeras nuestro deber y los demás que quedaron siguen siéndolo.

Lo que deseamos de ti, Marcos Ana, es tu poesía. Sigue dándonos tu voz, sigue diciendo a las gentes la tragedia de España, que nosotros seguiremos tendiendo la mano a las gentes, deteniéndolas: ¡Eh!, ¿no ven ustedes? Miren, en mi mano derecha están dos lágrimas que ningún viento pudo secar. Se llaman: España.

Hasta pronto, amigo, hasta pronto. Te besamos como besaríamos a Antonio Machado, a Federico, a Miguel...

Estamos orgullosos de ti. La limpieza de tu sangre valiente nos regocija. Te queremos y estamos orgullosos de decírtelo.


Tus Rafael y María Teresa.

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Antes de mandarte esta carta, Marcos Ana, han llegado las noticias que están conmoviendo al mundo. España retoma la tarea de su libertad. Los alertas de los mineros asturianos huelguistas los oímos con todos los poros del alma.

Ahora, los españoles tienen que tomar sobre sí la tarea de su destino.

Nuestras palabras de unión de los españoles, de coordinación de esfuerzos, de desapasionamientos mezquinos para apasionarnos todos por el gran rescate de la patria se está concretando en realidades. De nuevo vuelven las letras de su nombre: España ha de estar en los titulares de los diarios. Lo que parecía imposible de hacer se hace. Otra vez la majeza, la hombría, la decisión. Puedo decirte que hay asombro en los comentarios y nosotros nos reímos y nos regocijamos, porque es la decisión de un pueblo entero la que se va dibujando en los telegramas que llegan. No, España no es corral de mansos. Puede que ésta no sea más que la primera etapa del asalto decisivo a la libertad, pero ahí los tenemos, proletarios unidos, obreros a quienes no se engaña. Ellos y los intelectuales y las mujeres y las madres de familia y todos presienten que les han robado algo. Sí, durante estos años les han robado la palabra decisiva, la voluntad popular expresada, la libre disposición de destino del pueblo.

Veinticinco años son muchos para nosotros mortales, pero pocos para una nación. Que no vengan ahora los hábiles en provocar rencillas atemorizando a las gentes. La guerra civil española ha concluido y la liberación de España debe ser obra de todos los españoles. No necesito decir qué cerca estamos de todos ellos estudiantes, intelectuales, obreros andaluces, vascos, asturianos, catalanes... Siempre causa sorpresa la llegada de la aurora. En un prodigio al que los hombres no se han podido acostumbrar. Desde la raya de esa incertidumbre, pero seguros de que los rosados dedos del albatocarán el dulce rostro de España te abrazamos de nuevo.


"Te llamo desde un muro"
© Fundación Editorial el perro y la rana, 2008
Venezuela