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3465. Disposiciones




XXV

Disposiciones 

Compañeros, enterradme en Isla Negra,
frente al mar que conozco, a cada área rugosa
de piedras y de olas que mis ojos perdidos
no volverán a ver.

Cada día de océano
me trajo niebla o puros derrumbes de turquesa,
o simple extensión, agua rectilínea, invariable,
lo que pedí, el espacio que devoró mi frente.

Cada paso enlutado de cormorán, el vuelo
de grandes aves grises que amaban el invierno,
y cada tenebroso círculo de sargazo
y cada grave ola que sacude su frío,
y más aún, la tierra que un escondido herbario
secreto, hijo de brumas y de sales, roído
por el ácido viento, minúsculas corolas
de la costa pegadas a la infinita arena:
todas las llaves húmedas de la tierra marina
conocen cada estado de mi alegría,
                                                  saben
que allí quiero dormir entre los párpados
del mar y de la tierra ...
                             Quiero ser arrastrado
hacia abajo en las lluvias que el salvaje
viento del mar combate y desmenuza,
y luego por los cauces subterráneos, seguir
hacia la primavera profunda que renace.

Abrid junto a mí el hueco de la que amo, y un día
dejadla que otra vez me acompañe en la tierra.


Pablo Neruda
Canto General, 1950







3447. La Guerra (1936)




España, envuelta en sueño, despertando
como una cabellera con espigas,
te vi nacer, tal vez, entre las breñas
y las tinieblas, labradora,
levantarte entre las encinas y los montes
y recorrer el aire con las venas abiertas.
Pero te vi atacada en las esquinas
por los antiguos bandoleros. Iban
enmascarados, con sus cruces hechas
de víboras, con los pies metidos
en el glacial pantano de los muertos.
Entonces vi tu cuerpo desprendido
de matorrales, roto
sobre la arena encarnizada, abierto,
sin mundo, aguijoneado en la agonía.
Hasta hoy corre el agua de tus peñas
entre los calabozos, y sostienes
tu corona de púas en silencio,
a ver quién puede más, si tus dolores
o los rostros que cruzan sin mirarte.
Yo viví con tu aurora de fusiles,
y quiero que de nuevo pueblo y pólvora
sacudan los ramajes deshonrados
hasta que tiemble el sueño y se reúnan
los frutos divididos en la tierra.


Pablo Neruda
Canto General, 1950








3439. Pablo Neruda, poeta del amor




Entre las personas que entran de golpe y hondo en la vida de uno cuento a Pablo. Nos enfrentamos por primera vez una noche de hace más de dos años. Acabábamos de llegar a Madrid, él con polvo en la frente y los talones de la India, yo con tierra de barbecho en las costuras de los pantalones. Yo me sentí compañero entrañable suyo desde los primeros momentos. Hemos vivido muchas horas buenas juntos, en su casa, en la de Vicente Aleixandre, con Federico García Lorca, con Delia, con Maruca. Lo he visto sufrir, y ha compartido conmigo su pan y sus sufrimientos y los de cada uno, y he compartido con él los tiempos decisivos de mi poesía. La suya ha sido una profunda enseñanza y una profunda experiencia para mí.

Llega a América, de Chile. donde nació (creo que el 12 de julio de 1904), con una voz tan ancha, tan intensa, de tanta altura que el continente americano logra en él su clamor más propio de estos últimos tiempos. España se honra cuando la pisa con su pisada de caballo vago. Pablo recorre los horizontes de España con su mirada lenta y se siente amarrado con raíces y hombres a la gleba febril que reluce con sus pies de animal ensimismado y errante.

Poca poesía como la suya nos deja ese sabor a tiempo y a muerte que sobrecoge. Poca poesía como la suya tan penetrada de una vida que ama dolorosa y airadamente: tan palpitante del ímpetu de las pasiones del hombre. Emocionado de tristezas siempre, clama, y siempre es un clamor que conmueve como un terremoto, que se clava en los huesos.

Poeta clásico es aquel que da una solución a su vida y, por tanto, a su obra. Romántico aquel que no resuelve nada ni en su obra ni en su vida. Neruda no se impone a sus pasiones, canta bajo la imposición de ellas desenfrenadamente. Tiene como todo poeta, clásico o romántico, vicios poéticos. Uno de ellos es el de que se entrega con frecuencia a la lógica interna, antinatural, sin respeto para la lógica natural del que le escucha. Impudor poético, vicio romántico: hablar de lo más íntimo, de lo que solo pertenece a unos cuantos seres queridos, en público. Publicar dolores, desgracias, con demasiado desenfado. Inconsciencia poética: no perdonar imagen ni objeto que se le viene al paso.


Migel Hernández
Junio de 1936
La obra completa de Miguel Hernández, 2017









3292. Oda a la Paz

Pablo Neruda
(Parral, 12 de julio de 1904 - Santiago de Chile, 23 de septiembre de 1973)


Paz para los crepúsculos que vienen,
paz para el puente, paz para el vino,
paz para las letras que me buscan
y que en mi sangre suben enredando
el viejo canto con tierra y amores,
paz para la ciudad en la mañana
cuando despierta el pan, paz para el río
Mississippi, río de las raíces:
paz para la camisa de mi hermano,
paz en el libro como un sello de aire,
paz para el gran koljós de Kíev,
paz para las cenizas de estos muertos
y de estos otros muertos, paz para el hierro
negro de Brooklyn, paz para el cartero
de casa en casa como el dia,
paz para el coreógrafo que grita
con un embudo a las enredaderas,
paz para mi mano derecha,
que sólo quiere escribir Rosario:
paz para el boliviano secreto
como una piedra de estaño, paz
para que tú te cases, paz para todos
los aserraderos de Bío Bío,
paz para el corazón desgarrado
de España guerrillera:
paz para el pequeño Museo de Wyoming
en donde lo más dulce
es una almohada con un corazón bordado,
paz para el panadero y sus amores
y paz para la harina: paz
para todo el trigo que debe nacer,
para todo el amor que buscará follaje,
paz para todos los que viven: paz
para todas las tierras y las aguas.


Yo aquí me despido, vuelvo
a mi casa, en mis sueños,
vuelvo a la Patagonia en donde
el viento golpea los establos
y salpica hielo el Océano.
Soy nada más que un poeta: os amo a todos,
ando errante por el mundo que amo:
en mi patria encarcelan mineros
y los soldados mandan a los jueces.
Pero yo amo hasta las raíces
de mi pequeño país frío.
Si tuviera que morir mil veces
allí quiero morir:
si tuviera que nacer mil veces
allí quiero nacer,
cerca de la araucaria salvaje,
del vendaval del viento sur,
de las campanas recién compradas.
Que nadie piense en mí.
Pensemos en toda la tierra,
golpeando con amor en la mesa.
No quiero que vuelva la sangre
a empapar el pan, los frijoles,
la música: quiero que venga
conmigo el minero, la niña,
el abogado, el marinero,
el fabricante de muñecas,
que entremos al cine y salgamos
a beber el vino más rojo.

Yo no vengo a resolver nada.

Yo vine aquí para cantar
y para que cantes conmigo.


Pablo Neruda
Canto general, 1950







3162. Testamento




XXIII

Testamento (I)

Dejo a los sindicatos
del cobre, del carbón y del salitre
mi casa junto al mar de Isla Negra.
Quiero que allí reposen los maltratados hijos
de mi patria, saqueada por hachas y traidores,
desbaratada en su sagrada sangre,
consumida en volcánicos harapos.

Quiero que al limpio amor que recorriera
mi dominio, descansen los cansados,
se sienten a mi mesa los oscuros,
duerman sobre mi cama los heridos.

Hermano, ésta es mi casa, entra en el mundo
de flor marina y piedra constelada
que levanté luchando en mi pobreza.
Aquí nació el sonido en mi ventana
como en una creciente caracola
y luego estableció sus latitudes
en mi desordenada geología.

Tu vienes de abrasados corredores,
de túneles mordidos por el odio,
por el salto sulfúrico del viento:
aquí tienes la paz que te destino,
agua y espacio de mi oceanía.



Testamento (II)

Dejo mis viejos libros, recogidos
en rincones del mundo, venerados
en su tipografía majestuosa,
a los nuevos poetas de América,
                               a los que un día
hilarán en el ronco telar interrumpido 
las significaciones de mañana.

Ellos habrán nacido cuando el agreste puño
de leñadores muertos y mineros
haya dado una vida innumerable
para limpiar la catedral torcida, 
el grano desquiciado, el filamento
que enredó nuestras ávidas llanuras.
Toquen ellos infierno, este pasado
que aplastó los diamantes, y defiendan
los mundos cereales de su canto, 
lo que nació en el árbol del martirio.

Sobre los huesos de caciques, lejos
de nuestra herencia traicionada, en pleno
aire de pueblos que caminan solos,
ellos van a poblar el estatuto 20
de un largo sufrimiento victorioso.

Que amen como yo amé mi Manrique, mi Góngora,
mi Garcilaso, mi Quevedo:
                                     fueron
titánicos guardianes, armaduras 
de platino y nevada transparencia, 
que me enseñaron el rigor, y busquen
en mi Lautréamont viejos lamentos
entre pestilenciales agonías.
Que en Maiakovsky vean cómo ascendió la estrella
y cómo de sus rayos nacieron las espigas. 


Pablo Neruda
Canto General, 1950









3104. El fuego cruel

Evacuación de la calle San Roque de Madrid, 1936


Aquella guerra! El tiempo
un año y otro y otro
deja caer como si fueran tierra
para enterrar
aquello
que no quiere morir: claveles,
agua,
cielo,
la España, a cuya puerta
toqué, para que abrieran,
entonces, allá lejos,
y una rama cristalina
me acogió en el estío
dándome sombra y claridad,
frescura
de antigua luz que corre
desgranada
en el canto:
de antiguo canto fresco
que solicita
nueva
boca para cantarlo.
Y allí llegué para cumplir mi canto.
Ya he cantado y contado
lo que con manos llenas me dio España,
y lo que me robó con agonía,
lo que de un rato a otro
me quitó de la vida
sin dejar en el hueco
más que llanto,
llanto del viento en una cueva amarga,
llanto de sangre sobre la memoria.

Aquella guerra! No faltó la luz
ni la verdad,
no hizo falta la dicha sino el pan,
estuvo allí el amor, pero no los carbones:
había hombre, frente, ojos, valor
para la más acribillada gesta
y caían las manos como espigas cortadas
sin que se conociera la derrota,
esto es, había poder de hombre y de alma,
pero no había fusiles
y ahora les pregunto
después de tanto olvido:
qué hacer? qué hacer? qué hacer?

Respóndanme, callados,
ebrios de aquel silencio, soñadores
de aquella falsa paz y falso sueño,
qué hacer con sólo cólera en las cejas?
con sólo puños, poesía, pájaros,
razon, dolor, qué hacer con las palomas?
qué hacer con la pureza y con la ira
si delante de ti se te desgrana
el racimo del mundo
y ya la muerte
ocupa
la mesa
el lecho
la plaza
el teatro
la casa vecina
y blindada se acerca desde Albacete y Soria,
por costa y páramo, por ciudad y río,
calle por calle,
y llega,
y no hay sino la piel para pelearle,
no hay sino las banderas y los puños
y el triste honor ensangrentado
con los pies rotos,
entre polvo y piedra,
por el duro camino catalán
bajo las balas últimas
caminando
ay! hermanos valientes, al destierro!


Pablo Neruda
Memorial de Isla Negra, 1964







3004. Vallejo sobrevive

Otro hombre fue Vallejo. Nunca olvidaré su gran cabeza amarilla, parecida a las que se ven en las antiguas ventanas del Perú. Vallejo era serio y puro. Se murió en París. Se murió del aire sucio de París, del río sucio de donde han sacado tantos muertos. Vallejo se murió de hambre y de asfixia. Si lo hubiéramos traído a su Perú, si lo hubiéramos hecho respirar aire y tierra peruana, tal vez estaría viviente y cantando.

He escrito en distintas épocas dos poemas sobre mi amigo entrañable, sobre mi buen camarada. En ellos creo que está descrita la biografía de nuestra amistad descentralizada. El primero, "Oda a César Vallejo", aparece en el primer tomo de Odas elementales.

En los últimos tiempos, en esta pequeña guerra de la literatura, guerra mantenida por pequeños soldados de dientes feroces, han estado lanzando a Vallejo, a la sombra de César Vallejo, a la ausencia de César Vallejo, a la poesía de César Vallejo, contra mí y mi poesía. Esto puede pasar en todas partes. Se trata de herir a los que trabajaron mucho. Decir: "éste no es bueno; Vallejo sí que era bueno". Si Neruda estuviese muerto lo lanzarían contra Vallejo vivo.

El segundo poema, cuyo título es una sola letra (la letra V), aparece en Estravagario.

Para buscar lo indefinible, la guía o el hilo que une el hombre a la obra, hablo de aquellos que tuvieron algo o mucho que ver conmigo. Vivimos en parte la vida juntos y ahora yo los sobrevivo. No tengo otro medio de indagar lo que se ha dado en llamar el misterio poético y que yo llamaría la claridad poética.

Tiene que haber alguna relación entre las manos y la obra, entre los ojos, las vísceras, la sangre del hombre y su trabajo. Pero) yo no tengo teoría. No ando con un dogma debajo del brazo para dejárselo caer en la cabeza a nadie. Como casi todos los seres, todo lo veo claro el lunes, todo lo veo oscuro el martes y pienso que este año es claro-oscuro. Los próximos años serán de color azul.


Pablo Neruda
Confieso que he vivido. Memorias
Capítulo 11 - La poesía es un oficio








2958. Residencia en la tierra. Un artículo de Miguel Hernández en El Sol, 2 de enero de 1936





Ha llegado este libro a mis manos, y su lectura —repetida inagotablemente— se graba para siempre en mi sangre.

Es una guitarra del corazón la que oigo, es un Pablo del corazón el que veo ante mi, cubierto de relicarios de barro, triste y amargo, húmedo y sonando como una intima rabia al arrancarse. Es un roble con la piel descortesada, las heridas del hacha y el tiempo al aire, el tronco desgarrado y el alma hecha aposento de pajares afligidos; un río invernal lo ataca, lo recome y lo deja con las raíces en carne viva sobre las orillas donde truenan toros enamorados. 

Necesito comunicar el entusiasmo que me altera desde que he leído "Residencia en la tierra". Ganas me dan de echarme puñados de arena en los ojos, de cogerme los dedos con las puertas, de trepar hasta la copa del pino más dificultoso y alto. Sería la mejor manera de expresar la borrascosa admiración que despierta en mi un poeta de este tamaño de gigante. Es un peligro para mi escribir sobre este libro, y me parece que no diré casi nada de lo mucho que siento. Temiendo escribo. 


La forma

Hay poetas cuya voz cabe en un dedal, en un verso de tres sílabas; hacen mal en extenderse hasta el alejandrino. Se parecen a loa ríos que llevan mucho lecho y ningún caudal.

La voz da Pablo Neruda es un clamor oceánico que no se puede limitar, es un lamento demasiado primitivo y grande, que no admite presidios retóricos. Estamos escuchando la voz virgen del hombre que arrastra por la tierra sus instintos de león; es un rugido, y a los rugidos nadie intenta ponerles trabas. Busca en otros la sujeción a lo que se llama oficialmente la forma. En él se dan las cosas como en la Biblia y el mar: libre y grandiosamente. Canta como un profeta desventurado.

Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso, 
entre el sabor creciente, poniendo el oído
en la pura circulación, en el aumento,
cediendo sin rumbo el paso lo que arriba, 
a lo que surge vestido de cadenas y claveles,
yo sueño sobrellevando mis vestigios morales

Y advierte en su canción:

Nada hay de precipitado ni de alegre, ni de forma orgullosa;
todo aparece haciéndose con evidente pobreza...

La desconsolada lluvia, que sólo sabe prodigarse y llorar,

Se me parece, con su desvarío, solitaria en el mundo muerto...

La lluvia

rechazada al caer y sin forma obstinada.

Rehuye la crueldad del perfil, le repugna el frío de lo premeditado y artificioso: la forma obstinada. La poesía no es cuestión de consonante: es cuestión de corazón. Exige prácticas del consonante al joven que empieza y al viejo que no acaba. Basta con que Pablo Neruda diga en versos completamente anárquicos:

Hecha de olas en lingotes y tenazas blancas, 
tu salud de manzana furiosa se estira sin límite,
el túnel temblador en que escucha tu estómago,
tus manos hijas de la harina y el cielo...

para que no se pueda pedir más; la forma ha sido vencida y superada. 


El solitario poeta

El hombre anda solo por el mundo; pero en general no lo sabe. Se da cuenta de la infinita soledad del hombre que además de hombre es poeta. Para él están reservadas desde el principio las terribles tempestades de la soledad. Pablo Neruda, el solitario poeta, se sabe profundamente solo y se queja de su soledad, que aumentan los muertos con su silencio y los vivos con su trato Esa queja de su soledad está manifiesta en toda su poesía de insatisfecho, tremendo y desangrado sensualismo. Su voz pasional, desolada, tierna y lúgubre siempre, es a veces sorda y mansa como la de un tambor apaleado lleno de tierra, y a veces, furiosa y fatal como la del hacha. Parece estar rodeada de desiertos, mares y crepúsculos lluviosos. 

Fiel como una condena a cada cuerpo ...

Como el sueño que canta genialmente, la soledad lo sigue

Hay mucha sombra, muchos acontecimientos funerarios
en mis desamparadas pasiones y desolados besos 

Insatisfacción, dolorosa Insatisfacción inapagable, demuestran estos versos. Encuentra las imágenes más trágicas y angustiosas para expresar el desamparo de su soledad: 

Y por un agujero de alfiler corre un río de sangre sin consuelo...

Busca una comparación de su soledad y la encuentra y nos sobrecoge terriblemente. Es

... una sola botella
andando por los mares ...

Es el sur del Océano, "esa región tan sola", donde 

no hay nadie sino el viento, nadie 
sino la lluvia que cae sobre las aguas del mar, 
nadie sino la lluvia que crece sobre el mar. 

Es el vino

... el vino amargamente sumergido. 
el vino ciego y subterráneo y solo. 

En medio de ese desamparo, el remedio es llorar, desesperarse, cansarse a grito tendido:  

Sucede que me canso de ser hombre. 
Sucedo que me canso de mis pies y mis uñas 
y mi pelo y mi sombra. 
Sucede que me canso de ser hombre. 

El remedio es esperar en su desesperación la repetición monótona del tiempo, y los días lo ven llegar con su "cara de cárcel"... 

... porque estoy triste y viejo, 
y conozco la tierra, y estoy triste. 


El corazón

Hace unos días me pidió una muchacha lejana y querida: "Escríbeme una carta que te salga del corazón." Yo le hubiera mandado versos de Pablo Neruda. Su poesía tiene para mi mucho de eso: es como una sucesión de cartas y cartas amorosas, intimas, familiares, de despedida y muerte, saliendo y saliendo inagotablemente del corazón. 

Cuando la tristeza nos hace dar con la boca en el pecho, la lectura de un libro triste nos consuela. Me ha descansado este libro al pasar el otoño entre la luz vespertina de todas sus horas y las hojas azotándome la cara. Son cosas del corazón las cosas que lo inundan, asuntos del corazón que no podrán comprender los que tienen por corazón una oficina o una maquinaria. Me irrita oír a los oficinistas de la poesía, me angustia ver este libro entre sus manos. Si se pudiera impedir la entrada a las narices —porque son las narices y no el corazón lo que meten en un libro de poesía— de estos hombres, pediría fervorosamente que se les impidiera. Cuando comentan perjudican.  

Para poder respirar la atmósfera del libro de Pablo Neruda se necesita una imaginación muy trabajada, no muy trabajosa, y un corazón de sentimiento y guitarra. No tiene derecho el superficial que llega y tropieza en sus poemas a decir ni pío, que es lo más que puede articular su frivolidad de gorrión. 

Para ellos no se escriben sangrientamente cosas como ésta:  

Oh niña entre las rosas, oh prisión de palomas, 
oh presidio de peces y rosales,
tu alma es una botella llena de sal sedienta, 
y una campana llena de uvas es tu piel. 

Uno de esos "ellos", folletinista, filósofo, editor y algo, hizo una antología de las mil mejores poesías castellanas —según él—, y colocando —naturalmente—  algunas tristes tonterías suyas, puso como ejemplo de mala poesía estos versos de Pablo Neruda: 

Bajo las tumbas, bajo las cenizas, 
bajo los caracoles congelados, 
bajo las últimas aguas terrestres, 
vienes volando 

Pero me olvido del corazón, que es mi faena, ocupándome de nadie. Digo que Pablo Neruda va a las cosas con el corazón, no con la cabeza. Rodea las cosas de insignias del corazón, y se arrodilla ante ellas para darlas como perdidas, aun teniéndolas bajo su poder. Un sentimiento de pérdida irreparable alienta en toda su poesía. Canta siempre como desposeído de algo idolatrado, como si le faltara el calor de la criatura más entrañablemente querida.

Como si la vida no tuviera remedio, como si se hallara mortalmente herido y derribado bajo el peso de una desgracia intensa. exclama:

Mi corazón es tarde y sin orillas

No encuentra orillas a que acogerse. Parece hablar por boca de la botella flotante y desamparada en alta mar. Me da este verso una emoción de sirena de barco náufrago sonando dramática entre sombra y agua. 

Ese sonido revuelto, dolorido y opaco que sale de su pecho lo lleva a imaginar su corazón como un caracol marino en una costa solitaria esperando una boca que lo sople. Con una grandeza y un acento desolado, de hermosura infinita, desarrolla la imagen en el poema "Barcarola":  

... y soplarás en mi corazón de miedo frío, 
soplarás en la sangre sola de mi corazón.
soplarás en su movimiento de paloma con llamas.
sonarán sus negras sílabas de sangre, 
crecerán sus incesantes aguas rojas,
y sonará, sonará a sombras, 
sonará como la muerte, 
llamarla como un tubo lleno de viento o llanto, 
o una botella echando espanto a borbotones.

Esta ea la especie de poesía que prefiero, porque sale del corazón y entra en él directa. Odio los juegos poéticos del solo. cerebro. Quiero las manifestaciones de la sangre y no las de la razón, que lo echa a perder todo con su condición de hielo pensante. 


Las cosas

¿De qué elementos prescinde Pablo Neruda? De ninguno. Es un enorme río desbordado que todo lo arrastra en su corriente turbia y tormentosa. Es la vida con sus plagas y sus tumultos animales de siempre, la tierra con su flora y su fauna, el mar con sus secretos y ahogados. Todo está en Pablo Neruda; todo lo atiende, todo lo canta. Su sangre está siempre atenta al llamamiento enamorado de las cosas que lo rodean desde los cuatro puntos cardinales. Su voz quiere responder, y se acongoja respondiendo a la de cada objeto con que tropieza. Es un amor y un dolor infinitos por todo. El mundo circula por sus venas. Su corazón ea un sistema planetario de penas, recuerdos y pasiones. Las cosas, las adoradas cosas, lo atormentan y lo inundan: 

Pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho, 
las noches de sustancia infinita caen en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio
me piden lo profético que hay en mí con melancolía
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
¡Ay! y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso. 

Ante su voz desmesurada y poderosa, ¡qué ridículos encuentro el romancillo, la cosita, los cuatro versos tartamudos, verbales, vacíos, incoloros, ingeniosos; el poemilla relamido y breve que tantos cultivan y acatan! 

Estoy harto de tanto arte menor y puro. Me emociona la confusión desordenada y caótica de la Biblia, donde veo espectáculos grandes, cataclismos, desventuras, mundos revueltos, y oigo alaridos y derrumbamientos de sangre. Me revienta la vocecilla mínima que se extasia ante un chopo, le dispara cuatro versitos y cree que ya esta hecho todo en poesía. 

Basta de remilgos y empalagos de poetas que parecen monjas confiteras, todo primor, todo punta de dedo azucarado. Pido poetas de las dimensiones de Pablo Neruda para acabar con tanta confitura rimada. 


El tiempo y la muerte

Se ciernen trágicamente la amenaza y el castigo mudos del tiempo y la muerte en la poesía de Pablo Neruda. El tiempo es para él humo silencioso, lengua  hostil, polvo podrido:

... una lengua de años diferentes 
del tiempo. Es una cola 
de ásperas crines, unas manos de piedra llenas de ira,
y el color de las casas enmudece, y estallan 
las decisiones de la arquitectura, 
un pie terrible ensucia los balcones ...
... todo se cubre de un sabor mortal 
a retroceso y humedad herida. 

El tiempo, desde el comienzo del mundo del libro, galopa, huella y destruye:  

Solamente las aguas rechazan su influencia,
su color y su olor d» olvidado fantasma ...

El tiempo y la muerte:   

Hay cementerios solos, 
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón paseando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro;
como un naufragio hacia dentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón
como irnos cayendo desde la piel al alma. 

El tiempo, manifestándose en el fantasma de un buque de carga, en una calle destruida, sobre la ropa, en el fondo del mar: 

Hay meses seriamente acumulados en una vestidura
que queremos oler llorando con los ojos cerrados, 
y hay años en un solo ciego signo del agua 
depositada y verde.

Y la muerte:

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo, 
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

El tiempo, que viene, odiándonos, a besarnos la frente, y nos la tizna; que cae y no se oye su caída; que pasa y no se va:  

... algo que toca y gasta apenas,
una confusa huella sin sonido ni pájaros,
un desvanecimiento de perfumes y razas.

Y la muerte:

La muerte está en los catres, 
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla,
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

El tiempo y la muerte, golpeándolo y exterminándolo todo en silencio inútilmente, porque 

Ahí están, ahí están 
los besos arrastrados por el polvo junto a un triste navío,
ahí están las sonrisas desaparecidas, los trajes que una mano
sacude llamando el alba:
parece que la boca de la muerte no quiere morder rostros,
dedos, palabras, ojos;
ahí están otra vez como grandes peces que completan el cielo
con su azul material vagamente invencible.

Con estos versos nostálgicos y rotundos acaba "Residencia en la tierra", libro de proporciones, valor e  importancia definitivos, que, revolucionario da aspecto y eterno de voz, viene a empequeñecer y derribar cosas consideradas hasta hoy como grandes y resistentes.


Miguel Hernández
El Sol, 2 de enero de 1936