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3503. La liberación de París por los republicanos españoles de la 9ª

©El capitán Dronne y el teniente Granell.  Colección Musée de l'Ordre de la Libération



Al 3º Batallón del Regimiento de marcha del Techad siempre se le llamó el "Batallón español". Éramos españoles la mayoría de sus componentes. Pero tengo que decir que jamás existió en la gloriosa División Leclerc diferencia alguna entre franceses y no franceses. Los españoles fuimos siempre considerados como excelentes camaradas por nuestros grandes amigos los franceses y ellos y nosotros, en el combate nos condujimos en todo instante como hermanos.

 

Yo pertenecía a la 9a compañía del batallón. Quiero rendir desde aquí un tributo de respeto y de admiración a los 27 camaradas de ella que murieron en la campaña de Francia. Son innumerables los testimonios y hechos de armas en los que la compañía tomó parte. Numerosas cruces de guerra, 6 medallas militares y las más altas citaciones engalanan nuestras hojas de servicio. Nuestro querido general Leclerc ha dicho varias veces al referirse a los españoles: "A esos no les para nadie".

 

 

La entrada en París

 

La División desembarcó en Normandía en Junio de 1944. A medida que nos adentrábamos en esta hospitalaria y querida tierra francesa, nuestro impulso y nuestra emoción se renovaban cada vez que un poste indicador nos anunciaba: "París… (a tantos kilómetros)". El nombre de la capital de Francia era para nosotros un imán cuya fuerza irresistible de atracción empujábamos hacia lo que consideramos símbolo y meta de la libertad: "la cité Lumière". Las flechas que marcaban la dirección de París y las cifras que concretaban la distancia que de París nos separaba nos obsesionaban de forma tal, que cuando las incidencias nos obligaban a trazar un zig zag en nuestra marcha, pensábamos que el destino nos había vuelto la espalda.

 

¡París... París... París...! Para los españoles el nombre de un gran pueblo heroico resonaba paralelamente en nuestros corazones y en nuestros pensamientos ¡Madrid... ! ¡Madrid... ! ¡Madrid... !

 

El avance fue rápido. Apenas sin descanso, guiadas por el afán de ver libre, completamente libre, la Francia oprimida, nuestras columnas blindadas iban arrollando al ejército alemán. A nuestra retaguardia los pueblos liberados quedaban entregados al frenesí de la libertad. Por todas partes los besos y las flores nos compensaban de la fatiga y de la zozobra. El lirismo es compañero inseparable de la exaltación bélica. Y, a veces al contemplar a las mujeres de Francia frente al espectáculo del ejército liberador, pensaba en aquel verso de Rubén Darío: "... y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores..."

 

Los franceses nos brindaban la "bonne bouteille", cuidadosamente librada a la rapiña alemana y guardada con todo celo para el día esperado de la Liberación. La estela de triunfo y de gloria quedaba también cuajada de dolor y de luto. Nuestro paso se jalonaba con las tumbas de los compañeros caídos en la lucha por la libertad.

 

El 24 de agosto, tras la conquista de Antony, llegamos a Fresnes. La población cayó sin dificultad en nuestro poder, pero los alemanes habían convertido la cárcel en fortaleza difícil de tomar. Hubimos de vencer una férrea resistencia. Fue entonces cuando nuestro destacamento recibió la orden tanto tiempo tan esperada: "Hay que ir a París a ver qué pasa". Alegría nerviosa. Preparativos rápidos. Partida llena de emoción. No sé qué pasó que no encontramos en nuestra documentación ningún plano de la capital. A veces en la guerra lo imprevisto imprime a los acontecimientos rumbos que no hay más remedio que aceptar. Nos decidimos a emprender el viaje sin el plano. Un patriota francés se ofreció espontáneamente a servirnos de guía. A bordo de uno de nuestros blindados inició su "role" de cicerone.

 

Bajo las órdenes del capitán Dronne, del que yo era “adjoint” la columna blindada emprendió al fin la marcha hacia la Meca de nuestro ensueño: PARIS.

 

En el curso de nuestra ruta hallamos varias veces obstruido el camino por los gruesos troncos de árboles que la Resistencia había derribado para obstaculizar la retirada del enemigo. Nos vimos, pues, forzados a continuos altos en la marcha, que siempre aprovechábamos para adquirir información. Como casi siempre, los informadores civiles, poseídos en todo instante del mejor deseo, nos facilitaban datos desconcertantes por contradictorios. Algunos aseguraban que “había muchos alemanes”. Otros que “todos habían huido ya”. Según ciertas referencias, el enemigo tenía emplazada una artillería numerosa. No faltaba quién llamaba especialmente nuestra atención sobre las minas.

 

Nosotros recogíamos y examinábamos cuidadosamente todas las informaciones. Pero por encima de ellas flotaba de continuo la famosa consigna de nuestro general Leclerc: “En avant, en avant, en avant”. Desde mi coche ligero yo escrutaba el horizonte. Al doblar una curva apareció de pronto ante mis ojos algo que me llenó al mismo tiempo de estupor y de impresión. La costumbre me hizo pensar y hablar en francés en aquel momento inenarrable: “Tiens, voilà la Tour Eiffel”. Yo no había estado nunca en París. La visión de la torre de acero, llena para mí de leyenda e historia, me hizo pensar que había alcanzado el objetivo final de mis esfuerzos y de mi vida.

 

Sin incidente alguno y a gran velocidad llegamos al Pont de Sévres. Nuestros informadores nos habían advertido que estaba minado y defendido por varias piezas de artillería, emplazadas en un altozano a la derecha. En nuestra conciencia, como un contrapunto machacón, la consigna del general bordoneaba todos los sonidos y todas las explosiones: “En avant, en avant”. Al fin nuestros tanques alcanzaron las primeras calles de la capital. Los parisienses, sorprendidos, nos tomaron por una columna alemana llegada en dirección contraria de la que ellos podían imaginar. Las gentes precipitábanse en las casas, cerrando puertas y ventanas. Un alto. En la calle desierta percibíamos sólo las miradas que nos espiaban desde los balcones entreabiertos o por el ligero pliegue de un “rideau”. Un viejo, lleno de desconfianza, decidióse a aproximarse a nosotros. Al reparar en nuestros uniformes preguntó con recelo: “Americains?” “Pas americáins, mon vieux, nous sommes la Division Leclerc”. Aquel hombre fue presa de la más indescriptible excitación. No sé si como un demente o como un heraldo de un acontecimiento de esos que las viejas recuerdan a los nietos al amor de la lumbre, con sencilla oratoria, el anciano se apartó de nosotros gritando: “He, eh, Français, Français, c’est la Division Leclerc qui arrive!” No sé siquiera lo que pasó inmediatamente. La desolación de la calle desierta se transformó instantáneamente en un enjambre. La población civil se abalanzaba sobre nosotros. Vivas, aplausos, aclamaciones. Siempre besos y siempre flores. Yo dejé de apercibir las siluetas de nuestros carros y nuestros coches. Racimos de seres humanos los ocultaban de mi vista. Las botellas del buen vino francés se vaciaban sobre nuestras cabezas, a manera de bautismo pagano.

 

Los ojos resplandecían con fulgores extraños. Después se humedecían de llanto. Nosotros llorábamos también. No puedo olvidar el tono viril y escueto de un anciano que se limitó a decirme mientras oprimía mi mano: “Merci, merci”.

 

Tuvimos que empezar por librarnos del peligroso afecto que el pueblo de París nos exteriorizaba. Hubo que echar mano de toda la energía militar para dispersar a nuestros aclamadores. Al final pudimos reemprender la marcha hacia el corazón de la capital. Nos detuvimos por segunda vez en la plaza Sembat. Fue entonces cuando por nuestro aparato de radio transmitimos el parte al Estado Mayor de nuestra División: “Arrivés a París 20 H 45. – Envoyez renforts”.

 

Desde la plaza Sembat nos encaminamos hacia el Hôtel de Ville. Nuestro guía era ahora una mujer. Nadie supo nunca por qué misterioso medio transmisor la noticia de nuestra llegada se había esparcido por todas partes. Nuestro paso por las calles de la capital era saludado por la multitud. Las gentes gritaban enloquecidas: ¡Viva la División Leclerc! Los bailes improvisados en la vía pública obstruían nuestro paso.

 

 

Place de l’ Hôtel de Ville

 

Otra vez el vacío y el recelo. De nuevo se nos confunde con el odiado invasor. El error facilitó la distribución de nuestras fuerzas en disposición de defensa. Dentro del Hôtel de Ville, hecha la luz sobre quiénes éramos y a qué veníamos, los Resistentes que se hallaban en el interior del edificio tuvieron que establecer un servicio de protección para que los entusiasmos no nos asfixiasen. La Resistencia se había apoderado días antes del Hôtel de Ville y lo había defendido heroicamente de los ataques nazis. Introducidos en un pequeño despacho, tuvimos el honor de ser presentados al Préfet de la Séine, monsieur Flouret, quien a su vez nos presentó al Presidente del Comitè Nacional de la Resistencia. La figura menuda y resuelta de monsieur Bidault, con su pequeña estatura y su gran autoridad, simbolizaba en aquel instante, como lo simboliza hoy, la grandeza de la Francia herida y heroica. A su lado estaba el coronel Roll.

 

Monsieur Bidault quiso conocer nuestros elementos efectivos. El deber militar nos impidió complacerle de momento. El hoy Presidente del Gobierno provisional de la República Francesa no se determinaba a dar la orden de que fuese transmitida por radio la noticia de nuestra entrada en París. Una falsa noticia en tal sentido habría motivado recientemente una brutal represión de los alemanes. Más de 2.000 franceses fueron encarcelados y, algunos, pasados por las armas. Nos fue forzoso aguardar reserva hasta que consideramos despejada la situación. Hoy yo puedo decir desde este micrófono que la "avant garde" de la División Leclerc que entonces se encontraba en la Plaza del Hôtel de Ville sólo estaba integrada por una sección de tanques, 2 de carros blindados y una de Ingenieros. En total, 120 hombres y 22 vehículos. Algunos de los carros blindados tenían nombres como estos: MADRID, DON QUIJOTE, GUERNIKA, GUADALAJARA, TERUEL, SANTANDER, BRUNETE...

 

El Presidente del Consejo Nacional de la Resistencia ordenó finalmente que la gran nueva fuese oficialmente confirmada por radio. No digo transmitida, porque todo el país la conocía ya. Las campanas de Nôtre Damme conmovieron nuestros espíritus y oprimieron nuestros corazones que el combate no había endurecido del todo. Gritos, cantos, vítores... Y los compases de la Marsellesa, que humedecieron nuestros ojos y atenazaban nuestras gargantas. Bengalas, disparos al aire. Libertad y Victoria. Yo sentía flojos todos mis resortes nerviosos. La emoción es capaz de lo que no consigue el miedo, que también habíamos sentido muchas veces. No me era posible moverme. Intenté en vano sumar mi voz a las que cantaban la Marsellesa. Ni siquiera podía pestañear, temeroso de que las lágrimas comenzaran a descender por mis mejillas.

 

Nuestros sentidos todos parecían igualmente privados de todo impulso. Y siempre, transformada en escena viva, la letra del verso de Rubén Darío: "...La más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores". La fiereza de los vencedores se había disipado bajo la emoción.

 

Después llegó la noche: guardia defensiva en torno al Hôtel de Ville. Nos llegaban informes según los cuales los alemanes se concentraban en la Bastilla y en la Concordia. Era de prever el ataque.

 

El júbilo de la población llegó al paroxismo. La gran plaza estaba abarrotada. Las bengalas y las explosiones del magnesio de los fotógrafos iluminaban el objetivo que nuestros tanques y nuestros blindados presentaban. Nos costó más trabajo vencer la admiración de los parisienses que la resistencia alemana. Después vino todo lo demás. Es de sobra conocido. El contacto con las fuerzas de nuestra División nos tranquilizó al fin. París estaba definitivamente liberado.

 

Mi compañía figuró en la vanguardia del desfile de la Victoria celebrado el 26 de Agosto. Dos días más tarde contemplaba yo desde el Sacré Coeur el panorama del París libre. Lloré una vez más. Ahora, cuando termine esta desordenada narración retrospectiva, no sé si lloraré también.

 

 

Amado Granell

Heraldo de España, París, 7 de septiembre de 1946

 

 


3452. Lamento

Manuel Altolaguirre Bolín
(Málaga, 29 de junio de 1905 - Burgos, 26 de julio de 1959)


Como de una semilla nace un bosque,
de mi pequeño corazón hundido
creció una selva de dolor y llanto.
Humo y clamor oscurecían el cielo
que se alejaba de mi triste fronda,
cuando negó la tierra a mis raíces
linfas para el verdor oscurecido.
¿Cómo pudo secarse una esperanza,
hasta su queja dar con tanto fuego?

La pequeñez de mi secreta herida
me hace llorar aún más que la hermosura
del incendio que de ellas se dilata.


Manuel Altolaguirre
Poemas de las islas invitadas, 1944







3430. Una voz


Quiero ser, quiero estar,
quiero vestirme
como una forma de hombre
cotidiano
y conocer la altura de los montes,
la producción del hierro,
el precio del carbón
y de la harina,
la estadística exacta
de los niños que mueren
sin techado
y el programa político
que ha de salvar,
junto al amor, el cuero,
el algodón, el hule,
el dolor, la artisela
y el pecado.
Y en medio de la calle,
sin mirar los semáforos,
como un niño sin juego,
me meto por el mundo...


Pero esta voz errante,
cautiva, que navega
dentro de mí, me salva.
Y asesinado,
atropellado,
roto,
perseguido y sin nombre,



me hace nacer de nuevo
en cada instante
—payaso sin timón—
y dulce me sonríe...

¿Será tal vez el ángel de mi guarda?


Emilio Prados
Litoral (México) núm. 1, 1944








3258. Lamento de un joven arador




A Ramón Gaya

Una vez, siendo niño, era el verano,
un viejo labrador me llevó un día
sobre su curvo arado en el que dueño
recorría la tierra. Fue un instante

de azarosa belleza en que allí erguido
sobre el madero arcaico, vi moverse
mi fe sobre una oscura espuma densa
que a mi paso se abría. Tras mis hombros,

el anciano velaba mi entusiasmo,
como esos genios que más tarde he visto
en un vaso pintado protegiendo
la adorable inocencia y en los lindes,

de aquella complaciente tierra negra,
bajo los centenarios olivares,
mis padres, con sombrillas, me miraban,
como dioses que aprueban. Encendidas,

como chispas de oro, las cigarras
en torno nos traían los calores
de su ventura, mientras que aquel rapto
convertíame en sueño que redime

de tantas postraciones venideras.
Sueño sin duda, sueño desolado,
que brilla en mi memoria como un ángel
que vino y me tocó y alzó su vuelo.

Heme aquí entre el hollín de las ciudades,
la lividez, la envidia y el acento
lúgubre de una lucha despiadada,
sombra de aquel instante que destella.


Juan Gil-Albert
Lamento de un joven arador, publicado en las Ilusiones con los poemas de El Convaleciente. Buenos Aires, 10 de noviembre de 1944.









3058. ¿Será el día de la victoria también mi día?




James Mercer Langston Hughes, escritor negro del llamado Renacimiento de Harlem, nació en Joplin (Missouri) el 1 de febrero del año 1902. Defensor de la República española, llegó a España en 1937 como corresponsal del periódico The Afro-American de Baltimore, y siguió con especial interés la vida de los brigadistas negros del batallón Lincoln. Tras su paso por la contienda española publicó Escritos sobre España, obra que reúne artículos, crónicas, memorias y poemas.


¿Será el día de la victoria también mi día?

Ahí,
La Segunda Guerra Mundial.


Queridos compatriotas americanos,
os escribo esta carta
esperando que los tiempos sean mejores
cuando esta guerra
haya terminado.
Soy un yanki de piel oscura
que conduce un tanque.
Os pregunto, ¿SERÁ EL DÍA DE LA VICTORIA
TAMBIÉN MI DÍA?

Llevo un uniforme de los EE.UU.
He inflingido mucho daño al enemigo,
he hecho retroceder
a los alemanes y a los japoneses,
desde Birmania hasta el Rin.
En cada línea de batalla,
he arrojado derrota
sobre el regazo del fascista.

Soy un negro americano
entregado a defender mi tierra
Ejército, Armada, Fuerzas Aéreas—
ahí estoy.
Transporto municiones,
lucho—o hago de estibador, también.
Me enfrento a la muerte como vosotros
en cualquier sitio.

He visto yacer a mi compañero
en el lugar donde cayó.
Lo he visto morir.
Le prometí que intentaría
hacer de nuestra tierra una tierra
donde su hijo pudiera ser un hombre—
donde no hubiera más pájaros de Jim Crow
en el cielo.

Así que esto es lo que quiero saber:
cuando veamos el resplandor de la Victoria,
¿dejareis todavía que Jim Crow
me retenga?
Cuando toda esa gente extranjera que ha esperado—
italianos, chinos, daneses—sea liberada,
¿seguiré yo siendo un desdichado
porque soy negro?

Aquí en mi tierra natal, mi propia tierra,
¿seguirán vigentes las leyes de Jim Crow?
¿Seguirá Dixie linchándome
cuando regrese?
¿O vosotros, compañeros de armas
de las fábricas y las granjas,
os daréis cuenta que esta guerra
fue luchada para que aprendiéramos?

Cuando me quite el uniforme,
¿estaré a salvo de peligro—
o me haréis a mí lo mismo
que hicieron los alemanes a los judíos?
Cuando haya ayudado a salvar este mundo,
¿seguiré todavía esclavizado al color?
¿O cambiará la Victoria
vuestras ideas anticuadas?

No podéis decir que no luché
para aplastar el poder de los fascistas.
No podéis decir que no estuve con vosotros
en cada batalla.
Como soldado, y como amigo.
Cuando esta guerra llegue a su fin,
¿me meteréis en un coche de Jim Crow
como si fuera ganado?

¿U os pondréis de pie como hombres
en su hogar y tomareis partido
por la Democracia?
Es todo lo que os pido.
Cuando dejemos a un lado las pistolas
para celebrar
nuestro Día de la Victoria
¿SERÁ EL DÍA DE LA VICTORIA TAMBIÉN MI DÍA?
Es todo lo que quiero saber.

Atentamente,
GI Joe


Langston Hughes, 1944
Traducción: A. Catalán
Fuente: Le Monocle de Mon Oncle
Poema original en inglés: Poets.org