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3493. La historia y ejecución de José Daniel Miranda Lara, ejemplo de compromiso

Imagen de José Daniel Miranda Lara y de un ramo de flores, junto a su nombre en el Memorial en la tapia del Cementerio de San José

 

Pepa Miranda, activista de la Memoria Histórica y Democrática, nos ofrece el relato de la vida ejemplar de compromiso y asesinato de su abuelo, José Daniel Miranda Lara, que por dignidad y para mantener viva su memoria merecía ser difundida para que se conozca, cuando se aproxima el 85 aniversario de su ejecución por los fascistas, un trágico final que siguió su bisabuelo y otras tres mujeres de la familia, en otra tapia, la del cementerio de Loja. Para que nunca se olvide, para que nunca se repita.

 


Los caminos que seguiste,
 hoy me señalan el mío,
 aunque jamás sabrás que te llevo
 conmigo
 como una lámpara de oro para
 alumbrarme el camino

 Marguerite Yourcenar

 

 

Eran las dos de la madrugada cuando los golpes en la puerta de la vivienda rompía el silencio de la calurosa noche del 28 de julio del 36, dos energúmenos, a las ordenes de los sanguinarios mandos de Falange, apodados el "Rascas o Cortezas" y "la Paquita”, sacaban de la cama a mi abuelo Pepe Miranda Lara y se lo llevaban detenido a la cárcel del pueblo, situada en los bajos del Ayuntamiento de Padul en lo que sería el principio de una tragedia que marcaría la vida de mi familia, generación tras generación, hasta nuestros días. 

 

Nunca conseguí que alguno de los testigos de la terrible madrugada, hiciera un relato completo y coherente de aquella trágica noche, solo frases sueltas, un suspiro que, acompañado de un recuerdo, se quedaba suspendido en el aire sin terminar la frase, palabras sueltas, inconexas dichas más para sí mismas que como respuesta a alguna pregunta. Palabras carentes de sentido, fuera de su contexto, que, en aquellos momentos, me generaban irritación, solo muchos años después he entendido que les aliviaban, les servía de pequeñas válvulas de escape, para librarse del dolor, la locura y el espeso silencio que les rodeo toda la vida.

 

No sería una detención muy diferente de la del resto de sus compañeros y de todos, los que como ellos se habían convertido para los golpistas, en los instrumentos necesarios para emprender una acción rápida y violenta a modo de ejemplo y escarmiento para el resto de la población. No se trataba de una actuación aislada de unos extremistas pendencieros y borrachines, hábilmente utilizados, por su carácter violento. Todo estaba planificado, organizado y dirigido hacia colectivos muy concretos, alcaldes, concejales, médicos, maestros, miembros de Partidos Políticos y Asociaciones Obreras. Todos los detenidos aquella noche no lo fueron por casualidad. 

 

Ya en la primavera anterior, uno de los artífices del golpe de estado el General Mola, había distribuido instrucciones reservadas, en las que se indicaba que “se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado”.

 

A los golpes en la puerta debieron seguir los gritos, los insultos, las palabras soeces y humillantes, en presencia de unos niños, asustados y desconcertados, despertados en mitad de la noche sin saber qué está ocurriendo, para encontrar a su padre empujado e insultado por unos desconocidos, con el miedo que produce desconocer los motivos de esa situación.

 

 

¡Qué miedo el azul del cielo!
¡Negro! * 

 

Los dos adultos, mi bisabuelo y abuela, en ese momento serían conscientes de que estaba ocurriendo, lo que desde hacía 10 días estaban temiendo y esperando. De hecho, en la sede de la Agrupación Socialista habían preparado la salida del pueblo de varios compañeros, escondidos en el doble fondo de un carro, tal como lo hizo el compañero de mi abuelo el doctor Rejón Delgado, otro de los que estaba en la lista junto a los detenidos esa madrugada.

 

Mi abuela, ya muy mayor, recordaba cómo lo animaba a que se marchara, y cómo él siempre le respondía que: “no tenía nada que temer, porque nada había hecho”, además de no estar dispuesto a dejarla sola con cinco niños, y el abuelo mayor y enfermo. Cuando ella hablaba de esos trágicos momentos, lo hacía con una mezcla de tristeza y melancolía, pero sobre todo con el orgullo de haber compartido los mejores años de su vida con un hombre excepcional y el brillo de sus los ojos, era el de una adolescente hablando de su héroe, del hombre al que admiró y sobre todo amó profundamente durante toda su larga vida.

 

En la cárcel de Padul estuvieron solo cuatro días, terribles y frenéticos días para mi abuela y bisabuelo, tratando de encontrar a alguien que pudiera ayudarles, que pudiera hacer alguna gestión para sacarle de la cárcel, en medio del miedo y la desesperación de ir tocando en puertas que no se abrían, con el tiempo que se les escapaba sin poder hacer nada para salvar su vida.

 

Solo 40 años después, escuché a mi abuela hablar de aquellos hechos, cuando trataba de convencernos, a mi padre y a mí, de que no apareciéramos en las candidaturas a las primeras elecciones municipales de abril del 79, tras la vuelta a la Democracia. Nos repetía, casi llorando: “no os señaléis más” que bastante hubo con ellos, os va a pasar como al abuelo, que cuando pasó lo que pasó, nadie lo conocía, nadie podía, o nadie quería hacer nada por salvarlo…

 

Y seguía contándonos cómo lo recordaba en el patio de la casa rodeado de sus compañeros. “El abuelo, decía, tan grande, en medio de todos ellos, que le escuchaban casi sin respirar, era la imagen de Cristo rodeado de sus discípulos. Y como a Cristo a él también lo abandonaron todos. ¡con lo que él había ayudado a todo el que pasaba por un apuro! Y tras un profundo suspiro, terminaba diciendo: “tanta lucha para nada, y tanta pena y tanto sufrimiento para toda la vida, que eso nadie sabe lo que fue…”

 


¡Negro de día en Agosto!
¡Qué miedo!* 

 

De la estancia en la cárcel de Granada, a la que fueron trasladados el día 1 de agosto poco sabemos, no hay ningún tipo de documentación, las fichas se quemaron en el patio de la prisión y si algo queda no es posible consultarlo. Solo hay un testimonio gráfico, la mitad de una foto, (desconozco quien pueda tener la otra mitad) en la que aparece mi abuelo con otras cuatro personas en el patio de la cárcel. Dos de ellos también de Padul corrieron su misma suerte, también fueron fusilados la misma madrugada. De los otros dos desconocidos no hay ningún dato, ni nombre en el reverso, ni nadie del entorno familiar que los conociera.

 

Había visto esa imagen muchas veces en la “caja de fotos” de mi abuela, pero cuando me dijeron el lugar en el que estaban, tuve la sensación de que la veía por primera vez y, desde entonces, no ha dejado de sorprenderme. Me inquieta la serenidad con la que esos hombres miran a la cámara, no hay nada que haga sospechar el lugar donde están y lo que les espera. Si tenemos en cuenta que solo estuvieron seis días en ese lugar de tortura, dolor y miedo, en esa antesala de la muerte, es posible que algunos, o todos, ya estuvieran en “capilla”. Esa foto, como casi todo, no deja de ser una incógnita más de todas las que rodean su asesinato.

 

Y no deja de ser doloroso, que casi un siglo después sigamos reclamando justicia y buscando los restos de personas que, en un momento de la historia de este país, debieron pensar que ya estaba bien de abusos y de injusticias, que había llegado el momento de actuar para conseguir una sociedad más justa, más igualitaria y más solidaria. Actuación inspirada y sustentada por los sólidos valores republicanos de los que eran firmes defensores. Se encontraron desde un primer momento con la oposición frontal de la derecha local, cuyos miembros no estaban dispuestos a perder ni uno solo de sus privilegios, para lo que no dudaron en utilizar la fuerza y el terror para lograr sus objetivos.

 


¡Qué espanto en la siesta azul!
¡Negro!* 

 

La historia de mi abuelo no difiere demasiado de la de miles de personas que aquellos primeros días, tras el Golpe de Estado, se convirtieron en instrumentos de los golpistas para implantar el terror para escarmiento de la población.

 

Mi abuelo era un empresario local, trabajador, honesto y muy respetuoso con todo el mundo. Muchos han sido los testimonios de personas que le conocieron, que me han hablado de su honestidad su seriedad y su buen hacer como empresario.

 

Era el Presidente de la Casa del Pueblo de Padul y actuaba como asesor de la Corporación Municipal en la que su padre era el Alcalde. Era un miembro muy activo de la Agrupación socialista siendo el fundador y Presidente de la Sociedad Obrera “La Alianza”, cuyos Estatutos son una lección de socialismo real y pragmático.

 

Los socialistas de Padul, estaban convencidos de que la acción política y la lucha eran los únicos medios a su alcance para transformar el mundo, su pequeño mundo. La autonomía económica de que gozaban muchos de sus afiliados, sus profundas convicciones republicanas, sus trayectorias vitales (algunos tenían carreras universitarias, habían vivido en países extranjeros o procedían de otros lugares del país) les hacían tener una visión distinta de la realidad social del municipio, y no aceptaban ni las condiciones laborales, ni de vida de la mayoría de la población, ni la marginación, ni el analfabetismo, ni la miseria, ni los abusos.

 

Ellos estaban dispuestos a cambiar todo lo que consideraban injusticias contra la población más indefensa, y así lo recogen también en los Estatutos de la Sociedad Obrera La Alianza. Estatutos que se presentan en el Gobierno Civil de Granada el día 15 de mayo de 1931, firmados por mi abuelo como Presidente y un señor llamado Eugenio Cueto como vocal. Esta fecha y otras noticias de la prensa local, me hace pensar, que cuando se proclama la República, ya venían de un largo recorrido de lucha y activismo político.

 

En la Casa del Pueblo hablaban de libertad, de educación y progreso, de cooperativas de trabajo y de crear mecanismos para proteger a sus familias si sufrían algún infortunio. Hablaban de futuro y de cómo afrontarlo con medidas concretas, de libertad y de cómo ejercerla, de las cuestiones que les preocupaban y afectaban a sus vidas, del escaso trabajo y de la humillante manera en que los propietarios lo distribuían, de los salarios de miseria, y frente a eso veían en la creación de cooperativas una solución para superar la miseria a que les sometían, y quizás influenciados por la Institución Libre de Enseñanza, la educación de sus hijos también era motivo de debate y preocupación. Todo este hervidero de ideas y acción les abrían una puerta a la esperanza y por primera vez tenían confianza en un futuro que seria mucho mejor para ellos y sus hijos, porque ya la resignación no era su única opción. Empezaban a no resignarse a aceptar la explotación laboral, ni la marginación, ni el analfabetismo, ni la miseria, con el fatalismo que se acepta lo inevitable.

 

Todo esto, para la derecha era una amenaza y un riesgo, eso suponía que se tambalearan los cimientos de una sociedad que había permanecido siglos inamovible, donde la riqueza estaba en manos de unos pocos que utilizaba al resto en régimen de semiesclavitud, para seguir incrementando su patrimonio.

 


¡Negro en las rosas y el rio!
¡Qué miedo!*

 

Esa derecha, no estaba dispuesta a perder ni uno solo de sus privilegios, y reaccionó de manera virulenta. Hay un informe del presidente del Sindicato Agrario local dirigido a Lerroux en el que acusa a los socialistas de generar conflictos entre los trabajadores agrícolas incitándoles a actos violentos. Dan cuenta de que la Casa del Pueblo se había convertido en un lugar de conspiración y agitación social en la que sus afiliados son manejados a su antojo por su Presidente (mi abuelo) y en la que se recibe con frecuencia a los elementos más exaltados del socialismo granadino.

 

No dudaron en impedir la celebración de un mitin organizado por mi abuelo (según algunos testimonios, era un extraordinario mitinero) en el que estaba prevista la intervención de Don Fernando de los Ríos, Ramón Lamoneda, y el Doctor Rejón, concejal y compañero, y él mismo. No solo les recibieron a tiros, si no que les tuvieron secuestrados en un corralón, donde se habían refugiado, hasta la llegada de la las Fuerzas de Seguridad. Existe un documento en el Archivo del Congreso en el que Don Fernando de los Ríos manifiesta su queja por la tardanza de las fuerzas del orden en acudir a rescatarlos.

 

La celebración de elecciones era motivo de enfrentamientos y denuncias para impedir a los socialistas ejercer su derecho al voto o formar parte de mesas electorales o los pucherazos electorales que incluso dio lugar a la anulación de las últimas elecciones celebradas en abril del 36.

 

Tras años de enfrentamientos con la derecha local que, desde la proclamación de la Republica y el nombramiento de la primera Comisión Gestora, trataron de acabar con ellos de todas las formas posibles, con acusaciones, denuncias, coacciones; el Golpe de Estado les dio la oportunidad de actuar inmediatamente contra quienes trataban de arrebatarles sus privilegios. Solo 10 días después del Golpe la mayoría de los miembros, alcaldes y concejales socialistas estaban encarcelados, habían huido hacia un exilio del que nunca volverían o terminaron frente a un paredón, en un barranco o una cuneta, de los que posiblemente nunca serán recuperados.

 


¡Negro de día en mi tierra!
¡Negro!*

 

Muchas veces he pensado cómo serían las últimas horas de vida de mi abuelo:

 

¿Cómo viviría esos tensos momentos desde que el carcelero abrió la puerta de la celda y comenzó a leer los nombres, hasta que se encontró en la tapia frente a los fusiles cargados de muerte?

 

Qué sudor frío recorrería su cuerpo al oír su nombre? ¿Por qué no hay ni una nota de despedida? ¿Qué desesperación sentiría al pensar en sus niños? En su mujer tan joven y tan alegre, en su padre ya mayor…

 

Mi abuelo era un hombre fuerte y muy valiente (lo demostró en numerosas ocasiones), pero en esos momentos, no dejaba de ser un ser humano ante la muerte. Una muerte cruel e injusta, como todas las de los seres humanos, que esa y otras muchas madrugadas, vivieron tan trágicos momentos.

 

Y tendría miedo, mucho miedo y rabia y abandono y dolor…

 


¡Sobre las paredes blancas!
¡Qué miedo!*


Solo tenía 40 años y toda una vida de ilusiones y proyectos por delante.

 

Cuando se conoció su asesinato, la Guardia Civil apostó a una pareja en la puerta de su domicilio para impedir a su familia que pudieran llorarle acompañados de familiares y amigos. 

 

Mi bisabuelo, también llamado Pepe Miranda, siete días después del fusilamiento de su hijo dejó un estremecedor escrito en el que relata su detención y encarcelamiento, las personas que lo detuvieron y de las noticias que le llegaron de su asesinato. Ese día de agosto no podía sospechar que solo cuatro meses después, él con tres mujeres más de la familia, serian asesinados en otra tapia, la del cementerio de Loja.

 

Esa madrugada del 7 de agosto, como tantas otras madrugadas, a muchas personas se le rompieron de golpe sus sueños, sus proyectos, sus ilusiones, y empezó la etapa más trágica y negra de la historia de este país, y el silencio cayó como una losa sobre la vida y muerte de muchos hombres y mujeres en un intento de ocultar y olvidar a los que fueron los auténticos héroes de aquellos hechos.

 

Ellos fueron los que permanecieron leales a la Republica y los que pagaron con su vida sus ansias de libertad, su deseo de un mundo mejor, más justo, solidario y fraterno. Hoy, tantas décadas después, nos sigue hiriendo que este país siga sin saldar con ellos una deuda de gratitud y de justicia, los familiares seguimos buscando sus restos, reclamando el reconocimiento de su heroísmo y la dignificación de su memoria, y, en mi caso, cumpliendo la voluntad de mi bisabuelo, que en una libreta en medio de muchas fechas y datos de nacimientos, bautizos, casamientos, dejó camuflado el relato de la detención y asesinato de su hijo para conocimiento de los más curiosos de la familia y para que nunca lo olvidaran.  

 

 

Pepa Miranda

Publicado en El independiente de Granada, 4 de julio de 2021

 

 

*Estrofas intercaladas del poema de Juan Ramón Jiménez ‘Trascielo del cielo azul’.  









3217. La reconquista de Granada

Ayuntamiento de Granada, 1937


¡Ay, quién te viera, Granada! 
No son los Abencerrajes 
los que te tienen tomada. 
Un río de sangre espesa 
por tus callejuelas baja, 
manchando de odio y de luto 
la blancura de tus casas. 
¡Ay, quién te viera, 
por los moriscos, tomada! 
Mozas con senos cortados 
no salen a sus ventanas; 
los suplicios del martirio 
las tienen amortajadas. 
¡Ay, si te viera el rey moro 
por los moriscos tomada! 
Verde vega es en Valencia, 
aún más verde es en Granada; 
los hombres que la sembraron 
ya van por Sierra Nevada. 
Campesinos de Jaén 
y Málaga, la gallarda,
jinetes en bravas yeguas 
cabalgan sobre Granada. 
¡Oh, la ciudad de los Cámenes, 
el clavel y la albahaca! 
¡Deshecha en sombras y llanto, 
espera ser libertada! 
Corriendo de Norte a Sur 
—día y noche, sol y agua—
los jinetes andaluces, 
pusieron cerco a Granada. 
Campesinos, luchadores: 
¡tierras que pisa mi jaca 
generales sin honor nunca 
podrán conquistarlas! 
Ya gime el Generalife. 
Ya se estremece la Alhambra. 
Los cascos de los caballos 
suenan de la noche al alba. 
¡Ay, qué rosa amanecida 
verá conquistar Granada! 


Plá y Beltrán
El Mono Azul, 24 de septiembre de 1936







3155. El fusilamiento de un gran poeta del pueblo: Federico García Lorca


El fusilamiento de un gran poeta del pueblo: Federico García Lorca

Federico García Lorca ha sido fusilado por los rebeldes en Granada.

No ha sido sólo el mundo intelectual el que se ha conmovido. El pueblo, a pesar de su aparente indiferencia por los creadores de arte, también ha vibrado, herido en su sensibilidad por la muerte del poeta, porque Federico García Lorca era, quizá la figura más representativa de ese arte nuevo, generoso, apasionado y fuerte, que, buscando su inspiración en la más pura cantera popular, tiene por meta alcanzar el corazón y la inteligencia del pueblo.

Hemos padecido en España mucho tiempo el snobismo del arte por el arte, del «arte deshumanizado», del arte como una concepción egolátrica, digna sólo de una élite o minoría de elegidos. El mito del poeta encastillado en su torre de marfil siguió la vanidosa concepción del «intelectual puro», del ensayista egolátrico, del profesor pedante y dogmático, del poeta aislado por el culteranismo desorbitado y que, a título de ente de vanguardia, desdeñaba a la multitud y de parapetaba tras una retórica petulante, obscura y enigmática.

Todos pretendían pasar por seres de excepción, augures y vates insuflados de soberbia, a los que sólo sus aduladores y exégetas eran dignos de comprender. Escritores, ensayistas, poetas y artistas afectados de un orgullo de clase,  un aristocratismo estúpido, desdeñaban al pueblo y fingían despreciar su aplauso, considerándolo como un premio a la vulgaridad.

Ha faltado en España durante mucho tiempo la compenetración espiritual entre los artistas y el pueblo, porque aquéllos han creído un acto de abdicación intelectual el buscar al pueblo y crear sus obras para él, el educarlo y hacerlo sentir.

Lo  popular para esos pensadores y artistas ególatras no era más que signo de chabacanería y plebeyez.

Preferían espigar en los campos de la metafísica inextricable, o aislarse en las conceptuosidades del «arte puro», o servir la curiosidad de los clientes ricos y la burguesía despreocupada, sirviéndoles un arte adulador, dengoso, doméstico y almibarado, que no perturbase con fuerte emoción sus digestiones.

Federico García Lorca supo romper ese cerco estúpido de egolatría e incomprensión. Su cultura no le hizo orgulloso ni le permitió la indiferencia olímpica; su arte, de la más fina y aguda sensibilidad, fue al pueblo a buscar inspiración, y volvió al pueblo hecho emoción.

El dio la pauta de lo que había de ser el nuevo arte en consonancia con el espíritu de su época, con la transformación enorme, preñada de inquietudes, que en el mundo se está realizando.

Federico García Lorca se llenó de pasión popular, de dramatismo popular; vio en el pueblo el más rico y puro venero de emoción y de arte, convivió con él, supo de sus amarguras desgarradas, y de sus ansias insatisfechas, y de sus dolores legendarios. Conoció a los hombres de los caminos y a las hembras de los arrabales; sintió en su carne y en su alma ese profundo dolor del pueblo que ni el pintoresquismo ni el folklore logran disfrazar, y de esa esencia viva, cruda, patética, luminosa y sombría al mismo tiempo, impregnó sus versos y saturó sus dramas.

Tiene hoy un valor de símbolo y augurio trágico recordar que la primera obra teatral de Federico García Lorca se tituló Mariana de Pineda, la heroína andaluza fusilada por bordar «la bandera de la Libertad». García Lorca cae por la misma causa. Sus manos de poeta habían bordado también una magnífica bandera de arte liberal, popular y español.

El Romancero gitano. Bodas de sangre. Yerma —rojo de drama, oro de arte, morado de pasión—, eran una magnífica enseña de sentido liberal, democrático y popular.

Con Alejandro Casona, García Lorca traía a nuestro teatro, anquilosado en conflictos domésticos de una burguesía frivola, aires nuevos, vibraciones magníficas del ambiente de la calle, las emociones y las inquietudes de una España democrática, que —ahora se está viendo— es capaz de forjar todo un mundo nuevo en un gigantesco alarde de heroísmo y sacrificio.

Descanse en paz el gran poeta inmolado. Y si es cierto, como creían los gentiles, que el alma de sus criaturas acompaña al Olimpo a su creador, ¡qué magnífico cortejo, barroco y brillante, habrá llevado García Lorca en su tránsito! Con él irían Antoñito el Cimborrio, bronce y sueño gitano, bravo y enamorado, y cantándole «alegrías», la Zapaterita, arisca y celosa; y Yerma, la hembra por excelencia que brama el dolor de sus entrañas estériles, y todo un coro de lavanderas serranas y de gitanillas pintureras, y de mozos cetrinos caballista y cantores... Aglomeración barroca, carne, sangre y alma del pueblo, veta magnífica de la España que hoy se bate por la libertad.

Y también en ese cortejo, y cerrándolo con su paso rítmico y marcial, los «civiles», la «pareja» «con alma de charol», que García Lorca viera por los caminos, y que quizá ya llevaran en la recámara de sus máuseres las balas que hablan de destrozar la vida del poeta.


Juan Ferragut
Mundo Gráfico, 16 de septiembre de 1936







2715. Noticiario de un poeta en la U.R.S.S. IV - El poeta Svetlov, cosaco de Ucrania

EL POETA SVETLOV, COSACO DE UCRANIA 
 
XVIII. La casa de los escritores, de Moscú, de los «obreros de la inteligencia», es alta y grande, inmensa, de corredores largos con puertas numeradas, de ventanas a un patio y a la calle. Allí viven casi todos, en unos íntimos departamentos: tres o cuatro habitaciones, cocina, cuarto de baño. Si descorriéramos los tabiques como la tapa de una caja, veríamos trabajando, simultáneamente, en los distintos pisos, a Vera Imber, Bruno Jasienski, Nicolás Asseef, Leónidas Leonov, Svetlov... Pero esta noche estamos a 35 bajo cero y en los ojos nos salen imperdibles de hielo que no nos dejan ver desde afuera. Entramos. Subimos. En el 56, el poeta Asseef nos aguarda, con té y los mejores dulces de la Unión Soviética.

—¿Ha venido Svetlov?

—No.

—¿Y Aragón y su mujer?

—Tampoco.

Como no tenemos intérprete, hasta la llegada de Luis Aragón hablamos por señas, a voces, a gritos estridentes, como si fuéramos sordos, llegando casi a arrancarnos uno a otro los botones de la chaqueta para dar expresión a nuestra charla y entusiasmo por la poesía. Al fin llegan Aragón y su compañera. Son más de las doce y media. Pero ¿y Svetlov? Porque Asseef nos ha llamado a su casa para que conozcamos a Svetlov, poeta de Ucrania.

Da la una. Se habla de Georgia, de una brigada de escritores que para el mes de abril irá al Tadjikistán, invitada por el Soviet del país. Un viaje de aventuras. Cuatro días en aeroplano. Desiertos sin oasis. Fuego por las noches, bajo las tiendas, para espantar las arañas venenosas. Alturas. Frío. Paso por desfiladeros y saltos sobre abismos, colgados de una cuerda o por una tabla. Visita a Samarcanda, a Pamir, a los primeros «koljoses» de Oriente, del otro lado de la frontera india.

Dan las dos. Se habla de Mirsky. Al príncipe Dimitri S. Mirsky ya le había yo conocido, una tarde, en la isla de Port-Cross, al sur de Francia. Al castillo de Julio Supervielle arribó, de visita, como acompañante de André Gide. El, sin duda, por aquellos días, contribuía al esclarecimiento de la Unión Soviética en el espíritu de Gide, avivándole el trance, poniéndole en camino de las declaraciones de admiración y de entusiasmo que unos meses después hiciera en la N.R.F., recibidas con mordeduras y ladridos de la otra banda. Entonces supe algo de la historia de Mirsky, a quien volví a encontrar, de pronto, al lado de mi mesa, comiendo en el hotel Novo Moskovskaia de Moscú. Ahora me hablan de él, traduciéndome su biografía, completándomela. Dimitri S. Mirsky, hijo del general príncipe Mirsky, que era ministro del Interior en vísperas de la Revolución de 1905, combatió con su regimiento en el frente alemán y fue herido. En 1917 sirvió en Asia Menor. Dos años más tarde se alistó como voluntario en el ejército blanco de Denikin, y después fue internado en Polonia, de donde huyó para formar parte de la emigración contrarrevolucionaria que hoy se arrastra por los cabarés de Berlín, de París o de Londres. Desde 1922, Mirsky residió en esta capital, desempeñando la cátedra de Literatura rusa en el King's College. Un día, en agosto de 1929, recibe de un editor inglés el encargo de escribir una vida de Lenin, que acepta, según él mismo explica luego, sin saber gran cosa del asunto. Comenzó a leer sus obras. A medida que se fue adentrando en su lectura, más grande se le iba apareciendo la personalidad de Lenin. Este naturalmente, le llevó a Marx. Después de un estudio profundo del marxismo, de apoderarse de su método, y un análisis serio de la revolución rusa, Mirsky llega a escribir una Vida de Lenin, de las mejores publicadas hasta la fecha. A poco de aparecido el libro, aclamado con entusiasmo en la Unión Soviética, pidió volver a su país. Se le admitió. Y ahora Dimitri S. Mirsky, antes príncipe contrarrevolucionario, es uno de los mejores militantes del partido.

Dadas las dos y media, cuando ya nos levantábamos para irnos, apareció Svetlov. Venía de una fiesta y algo mareado. Un pelo negro de gitano, como batido, le chorreaba por los ojos. Su mujer, riéndose, le sostenía. Era una muchacha rubia, sana, de las Juventudes Comunistas, con calcetines rojos y jersey.

—He bebido bastante. Volveré dentro de una hora. Los camaradas españoles me entienden.

Nos dio la mano y se marchó a dormir.

Este era Svetlov, el que esperábamos desde las once para oírle decir su poema Granada, popular en toda la Unión Soviética desde la guerra civil y repetido siempre por Maiakovski, su amigo. Ya en casa de Aragón, una tarde, Brik, otro poeta, lo había recitado, haciéndome al francés una ligera traducción, dándome cuenta entonces de su ritmo y de su extraordinaria semejanza con los viejos romancillos españoles. Pero yo quería oírselo al propio Svetlov, ver cómo lo cantaba, antes de decidirme a traducirlo al castellano, ayudado por Kelyin, el catedrático de la Universidad. Mas Svetlov se había emborrachado aquella noche y dormido después profundamente. Nicolás Asseef, al despedirnos, se reía en la escalera, dadas las cuatro de la mañana.

XIX. La poesía, al abrirse las puertas de la Revolución de Octubre, tropieza de boca con la épica, con la nueva epopeya de los obreros de las fábricas y de los hombres del campo. Se ensancha, se hace exterior, se manifiesta para todos. La anécdota pequeña, los grandes hechos heroicos encuentran nuevamente sus intérpretes, héroes ellos mismos de sus cantos, como este Svetlov, cosaco de las estepas en la guerra civil. Cuando luchaba por libertar Ucrania de los blancos, al ir al asalto de una aldea se imaginó él, no sabe por qué impulso misterioso, que iba a la toma de Granada para darle la tierra a los campesinos andaluces. Su poema, traducido, queda así:

Granada

Lentos cabalgábamos
hacia los combates
y entre nuestros dientes
iba «Manzanita».
Y esta canción hoy
permanece y tiembla
en la hierba joven,
jade de la estepa.
Pero otra canción
sobre un país lejano
llevaba mi amigo
sola en su caballo.
Cantaba mirando
su suelo natal.
—¡Granada, Granada,
Granada mía
iba repitiéndola
siempre, de memoria.
¿Dónde halló este mozo
la pena española?
Dime tú, Alesándrosk,
y dime tú, Jarkov,
¿cuándo comenzasteis
a hablar castellano?
Respóndeme, Ucrania:
¿no guardan tus henos
la gorra de piel
de Taras Chefchenco?
Amigo, ¿de dónde
viene tu canción?
—¡Granada, Granada,
Granada mía!
Es un soñador.
Lenta es su palabra.
—Hermano, en un libro
me encontré a Granada.
Su nombre es muy bello
su gloria es muy alta.
Es una provincia
en el sur de España.
Me fui a guerrear,
dejando mi casa,
para dar la tierra
a los de Granada.
Adiós, mis parientes
adiós, mi familia...
¡Granada, Granada,
Granada mía!
Íbamos soñando
para aprender pronto
la lengua de fuego
de las baterías.
El sol se elevaba
cayendo de nuevo.
Se rinde el caballo
de andar por la estepa.
Pero en los violines
del tiempo, la tropa
tocaba con arcos
tristes «Manzanita».
¿Dónde está, mi amigo,
dónde tu canción;
Granada, Granada,
Granada mía?
Herido, su cuerpo
se deslizó a tierra;
dejó su montura
por la vez primera.
Vi: sobre el cadáver
se inclinó la luna
y los labios muertos
dijeron: Grana...
A un sitio lejano,
a un remanso célico
se marchó mi amigo
llevando su canto,
Nunca más oyeron
los pueblos natales:
—¡Granada, Granada,
Granada mía!
El destacamento
no advirtió su pérdida,
y vio «Manzanita»
el fin de la guerra.
Sólo por el cielo
resbaló, despacio,
de lluvia, una lágrima
al sol del ocaso.
Y nuevas canciones
inventó la vida...
No, no hay que afligirse
por ellas, muchachos.
No, no hay que, no hay que,
no hay que, compañeros...
¡Granada, Granada,
Granada mía!

Amigo Svetlov, ¿de quién te vino a ti este canto, este romance, donde, como en los más viejos españoles, hablan las ciudades, y los guerreros sólo después de muertos dejan su caballo? Únicamente tu corazón, unido al de los pobres campesinos del mundo, pudo ponerte delante de los ojos la lejana Granada, batiéndote, ilusionado, por ella al libertar de los ejércitos blancos las aldeas de tu país. Sí; sólo tu corazón, cuando por las estepas cantabas, fatigado, «Manzanita».


Rafael Alberti
Luz, Madrid, 1 de agosto, 1933