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3028. ¡Se fue!

Republicanos pasan ante el Palacio Real el 14 de abril de 1931 horas antes de que la Familia Real partiera rumbo
al exilio -  Foto 
ABC


¡Se fue!... ¡Por la carretera
marcha un rey a la frontera!...
¡Un día de primavera
brinda al aire aromas mil!...
¡Se fue, entre finos olores
de los almendros en flores!...
¡Qué gran castigo, lectores!...
¡Dejar a España en Abril!...

¡Se fue!... ¡Las lindes floridas
le daban sus despedidas
con su floración triunfal!...
¡Se fue llevando a ambos lados
de su coche a los soldados
esqueléticos de Annual!...

¡Se fue!... ¡No es duro el castigo;
del pueblo se hizo enemigo
y le abandonó la grey!...
¡No habrá Historia que le absuelva!
¡Que se vaya!... ¡Que no vuelva!...
¡Viva la España sin rey!

¡Se fue!... ¡Sobra toda saña!
¡Ya es triste cruzar la España
cuando es flor todo el país!...
¡Cuando en fecundos olores
florecen todas las flores,
menos las flores de lis!


Luis de Tapia (1871-1937)
La Libertad, 15 de abril de 1931






2595. Amanecía en Madrid el 14 de abril

Madrid, 14 de abril de 1931


Amanecía en Madrid el 14 de abril.

A primeras horas de la mañana entraba en Palacio el conde de Casa Valencia. El rey don Alfonso es de las pocas personas que conozco que se han hecho amigas íntimas de su propio dentista. El conde de Casa Valencia, de personalidad exuberante, había hecho una carrera meteórica a la sombra de Palacio, desde simple sacamuelas a dentista de su majestad, y a partir de ahí le habían llovido los honores: título nobiliario y, más recientemente, secretario de la fundación de la nueva Ciudad Universitaria madrileña, la institución con la que el rey había celebrado el veinticinco aniversario de su coronación. Tuve ocasión de hablar con el conde varias veces y le encontré un hombre afable y dicharachero que evidentemente disfrutaba de su situación y de la publicidad que se le daba. 

En aquella mañana del 14 de abril, el conde de Casa Valencia era portador de malas noticias para su amigo el rey. Llevaba una carta del conde de Romanones en la que este comunicaba al monarca que sería conveniente «se ausentase del país durante algún tiempo». 

La noche anterior hubiera podido parecer que el rey y su familia hacían una demostración de sangre fría al pasar la velada contemplando una película americana. Pero, a la luz de los acontecimientos que comenzaban a precipitarse aquella mañana, estaba claro que no era sangre fría, sino pura inconsciencia lo que había motivado la asistencia del rey y la reina a la sala cinematográfica la noche anterior. El rey era totalmente ajeno a la realidad de su país. Y ahora, demasiado tarde, trataba de reaccionar. Exigía la inmediata presencia de Romanones en Palacio. 

No tardó en personarse el conde ante su majestad para darle cuenta de lo ocurrido en la reunión del Consejo de Ministros celebrada a primeras horas de la mañana. A ella había acudido el jefe de la Guardia Civil, el general Sanjurjo, para informar al gobierno de que, desde su punto de vista, era imposible reprimir las manifestaciones republicanas que se daban en toda España, y mucho menos impedir el acceso al poder de los concejales democráticamente elegidos por el pueblo. La Guardia Civil, según Sanjurjo, no debía ni podía intervenir en aquellos momentos. En el mismo sentido se expresó el general Berenguer, a la sazón ministro de la Guerra, que había tenido la prudencia de enviar, el día antes de las elecciones, una circular a todas las capitanías generales exigiendo se mantuvieran al margen de los acontecimientos que pudieran resultar de las elecciones «de carácter puramente político», como explicitó en su misiva. Un único ministro pidió la intervención del Ejército, don Juan de la Cierva, el «hombre de hierro» de la política española. Pero estaba solo frente a los otros ministros. ¿Cómo podían pedir la intervención del Ejército para anular unas elecciones que ellos mismos habían convocado?

No quedaba otra solución, según sugirió Romanones al monarca, que un entendimiento con los republicanos. La propuesta del rey, que Romanones transmitió a los republicanos, consistía en la inmediata celebración de nuevas elecciones para elegir unas Cortes Constituyentes, que se encargarían de redactar la Constitución deseada por el pueblo. El rey se comprometía a abandonar el país si el resultado de estas nuevas elecciones le era adverso. 

Las negociaciones entre Romanones y los republicanos tuvieron lugar en el domicilio del prestigioso médico don Gregorio Marañón, antiguo amigo del rey y ahora simpatizante de las ideas republicanas. Allí fue donde el conde de Romanones se entrevistó con su adversario político que acababa de salir de la cárcel, Niceto Alcalá Zamora. Este rechazó la propuesta del rey y fue terminante con el conde. No podía haber un período neutral o constituyente. El monarca debía abandonar el país aquella misma tarde. De lo contrario, no respondía de lo que pudiera ocurrir cuando las masas trabajadoras acabaran su jornada. 

El conde de Romanones transmitió el ultimátum de Alcalá Zamora al rey. Este aún trató de convencer a Romanones proponiendo una solución intermedia, la regencia de su primo el infante don Carlos, de reconocido talante liberal. El conde de Romanones expresó su opinión de que ya era demasiado tarde para cualquier solución que no significara la inmediata partida del rey de España. Se pasó entonces a discutir la manera en que debería realizarse. Se descartó la salida por Irún porque se habían registrado disturbios en San Sebastián. Se consideró la posibilidad de que el rey se marchara por la frontera portuguesa, pero finalmente se optó por utilizar la base naval de Cartagena, donde el rey se embarcaría en un buque de la Armada.

Una vez se hubo adoptado esta decisión, Romanones y el rey salieron a una antecámara donde les aguardaban algunos ministros, grandes de España y otras personalidades. Un joven oficial de caballería, el marqués de Cavalcanti, se adelantó para decirle: «¡Pongo mis tropas a disposición de su majestad para la defensa del trono!». El general Berenguer, que estaba a su lado, le increpó: «¡Demuéstreme usted que es capaz de controlar la situación sacando las tropas a la calle! ¡Demuéstremelo!». En ese momento parece ser que intervino el rey y con voz sosegada les dijo: «Caballeros, no hay necesidad de discutir este tema. Mi decisión está tomada. Abandonaré España esta misma noche». Finalmente se acordó que el rey saldría del Palacio aquella misma tarde y que la reina y los infantes se marcharían al día siguiente, para darles tiempo a preparar lo indispensable para el viaje. «No debe su majestad preocuparse por ellos —le dijo Romanones al rey—. Quedan en manos de españoles». A la caída de la tarde, cinco o seis grandes automóviles salían del Palacio por la puerta del Campo del Moro y doce horas después don Alfonso estaba a bordo del crucero Jaime I rumbo a Marsella.

Se ha hablado mucho sobre esta salida tan precipitada del rey y algunos han llegado a acusarle de cobardía. Creo que la acusación es totalmente injusta. La permanencia del rey en Palacio no hacía sino poner en peligro no solo la vida de su familia y los servidores que estaban dentro, sino también la de muchos que estaban fuera. El rey comprendió perfectamente que el objeto de la ira popular era él y que, al quitarse de en medio, restaba intensidad a la virulencia callejera.

Se trataba, en todo caso, de que llegara a Cartagena de la manera más rápida y discreta posible. De hecho, se produjo un pequeño incidente cuando la comitiva real se paró para repostar en una gasolinera cerca de Murcia y el rey fue reconocido y, al parecer, abucheado. Por otra parte, que la reina abandonara a alguno de sus hijos y se marchara con su marido era impensable. Creo que los acontecimientos han venido a demostrar que el rey actuó de forma perfectamente correcta en este último acto de su vida política. Se marchó de la manera más rápida y discreta posible, y no cayó en la tentación de defender el trono con las armas, lo que hubiera ocasionado un innecesario derramamiento de sangre. 

En aquellos momentos los acontecimientos fuera de Palacio se precipitaban. Los catalanes habían declarado, por su cuenta y riesgo, su propia República. Desde que, a primeras horas de la mañana, la localidad guipuzcoana de Eibar se había pronunciado a favor de la República, llegaban a Madrid cientos y cientos de telegramas de toda España sumándose a esa proclamación. A mediodía conseguí acceder al Ministerio de la Gobernación en la Puerta del Sol. Allí pude entrevistarme con el subsecretario, Mariano Marfil. Normalmente, el ministerio es un hervidero de funcionarios y policías, pero en aquella mañana del 14 de abril se asemejaba a una balsa de aceite. El subsecretario parecía un hombre perdido en una isla desierta. Muy pocos funcionarios habían acudido al trabajo aquella mañana. El ministro tampoco llegaba y el señor Marfil no tenía idea de cuándo llegaría. Los teléfonos sonaban y nadie contestaba. En aquel silencio sepulcral solo podía escucharse, con toda nitidez, la caída del antiguo régimen como fruta madura.

Al salir a la calle pude contemplar un extraño cortejo que venía por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol. Aparentemente, un oficial del Ejército se había hecho con una bandera republicana y, subiéndose sobre un taxi, se dirigía a la Puerta del Sol ondeando los colores de la que iba a ser la nueva bandera de España. Una multitud se había congregado a su alrededor coreando enfervorizada las palabras «República» y «Libertad». A las cuatro de la tarde, la Puerta del Sol estaba de bote en bote. A esa misma hora el rey y su séquito discutían la mejor manera de abandonar el país mientras Alcalá Zamora y sus amigos se dirigían hacia el Ministerio de la Gobernación, aclamados por la muchedumbre. Cuando por fin pudo llegar a la puerta del ministerio gritó: «¡Abran en nombre de la República!». Los guardias obedecieron y Alcalá Zamora subió hasta la planta principal en volandas. Yo di un suspiro de alivio. El ministerio más importante había pasado a manos de la República sin que se derramara una sola gota de sangre.

Es difícil que mis compatriotas ingleses puedan hacerse una idea de lo que significaba en España el Ministerio de la Gobernación. Toda la maquinaria del Estado que controla la vida del país se regía desde este organismo: la temible Guardia Civil que patrullaba los caminos de España recibía sus órdenes desde aquí; la policía en las ciudades no movía un dedo sin el permiso del ministro; los gobernadores civiles que rigen cada provincia española hablaban a diario con el ministro; y en las elecciones que hubo durante la monarquía todo se preparaba desde aquí, se hacían listas de los diputados que se creía iban a ganar las elecciones… y los resultados finales variaban muy poco de los vaticinios realizados en el propio ministerio. 

Quedaba aún por tomar otro bastión de la intransigencia y del feudalismo español: el Ministerio de la Guerra. Afortunadamente, el general Berenguer era hombre de palabra, poco amigo de aventuras. Fue Manuel Azaña, con ese rostro que tanto me recuerda a Mr. Pickwick, el encargado de hacerse cargo de ese ministerio… Y había que ver a Dámaso Berenguer, con cara de póquer, entregando el Ministerio de la Guerra nada menos que a Azaña, el presidente del Ateneo de Madrid, ese «antro» de perversión donde las ideas liberales habían encontrado, desde hacía ya bastantes años, su caldo de cultivo… ¡Si Torquemada levantara la cabeza! 

Caía la noche y la multitud de madrileños había roto el cordón policial que rodeaba el Palacio Real y se dirigía a las puertas. El rey se encontraba ya lejos del lugar, enfilando, por las llanuras de la Mancha, la carretera que le conduciría a Cartagena. Un escuadrón de caballería se había situado delante de las puertas del Palacio. Los soldados parecían desconcertados ante la muchedumbre que les increpaba y no sabían muy bien qué hacer en aquellas circunstancias. Los gritos del gentío iban en aumento y en cualquier momento se podía pasar de las palabras a los hechos. Apareció entonces un automóvil. Iba conducido por el doctor Juan Negrín. Le acompañaban dos jóvenes artistas, el pintor Luis Quintanilla y el escultor Emilio Barral, que moriría en la defensa de Madrid algunos años más tarde. Se bajaron del automóvil y se encararon con los policías que guardaban las puertas del Palacio. El diálogo que sostuvieron con los policías fue, más o menos, el siguiente:

Dr. Negrín: (dirigiéndose a la multitud). —No hay razón para armar este escándalo. El rey se ha marchado, la República ha sido proclamada desde el Ministerio de la Gobernación y este edificio pertenece desde ahora al pueblo español. 

Voz del Pueblo: —Puede ser que lo que usted dice sea verdad, pero no nos gusta la pinta de estos soldados de caballería con el sable desenvainado. 

Dr. Negrín: —Eso se arregla en seguida (y dirigiéndose al escuadrón de caballería). Mi capitán… 

Capitán:. —A sus órdenes, señor. 

Dr. Negrín: —Soy un representante del nuevo Consejo Municipal Republicano de Madrid. En su nombre, le pido que se retire con su escuadrón a una posición más alejada, al Patio de Armas, con objeto de tranquilizar a esta gente. 

Capitán: —Acato sus órdenes, señor. Mi escuadrón se retirará al momento. 

Dr. Negrín: (a la muchedumbre). —¿Qué más queréis, amigos? 

Voz del Pueblo: —Queremos que una bandera republicana ondee en el Palacio Real. 

Dr. Negrín: —Eso será más difícil, porque hemos dado órdenes de que ningún republicano entre en el Palacio hasta que no se haya marchado el último miembro de la familia real… Pero, en fin, veremos lo que se puede hacer… Quintanilla, tráeme una bandera republicana. (Quintanilla se dirige hacia la multitud y, después de unos momentos de incertidumbre, aparece con una magnífica enseña tricolor). 

Dr . Negrín. —Vamos a ver si hay algún voluntario que sepa trepar y coloque la bandera en el balcón central.

De esta forma tan sencilla se consiguió aplacar a las masas. Más tarde, alrededor de la medianoche, miembros de la Guardia Socialista, que llevaban un distintivo rojo en los brazos, tomaron posiciones frente al Palacio Real. Pero su presencia ya no era necesaria. A aquellas alturas de la noche, la multitud había adoptado un aire festivo y no se había producido ningún intento de agresión. Supongo que quienes se encontraban en el interior del Palacio mirarían con preocupación las evoluciones de la multitud que lo rodeaba, temiendo que en cualquier momento se desmandase. Pero, en realidad, el Palacio nunca estuvo en peligro de ser tomado por la multitud y, en cualquier caso, la Guardia Real se habría bastado para defenderlo de un ataque.

A la mañana siguiente, la reina Victoria Eugenia, sus dos hijas y sus tres hijos subían al expreso de Irún en la estación de El Escorial. Les despedían una multitud de amigos y criados. El tren llevaba en aquella solemne ocasión un maquinista singular, el duque de Zaragoza, personaje excéntrico, tan apto para conducir hábilmente la locomotora de un tren como para recitar de corrido los poemas de Lord Byron o Shelley. Conocía de antes al buen duque y en el andén de El Escorial, mientras la familia real española daba sus últimos adioses, le pregunté si era ese su último viaje oficial en una locomotora o pensaba llevar al presidente de la República también… Tengo entendido que el excéntrico duque tuvo ocasión de ser el maquinista de Alcalá Zamora en alguno de sus viajes oficiales.

Así fue como la reina Victoria Eugenia salió de España, conducida por un duque y despedida por un general, Sanjurjo, que, a pesar de haber sido confirmado por la República como capitán general de la Guardia Civil, acudió a despedir a su reina en la estación de El Escorial. El día que la reina Victoria Eugenia salió de España, el 15 de abril, fue proclamado festividad nacional. Los madrileños se habían echado a la calle y gritaban: «No se han marchado, ¡les hemos echado!». Algunos, vestidos con disfraces, caricaturizaban a la familia real y con sus desgarradores llantos y golpes de pecho parodiaban su despedida. Aquello parecía más un carnaval que una revolución. Solo tuve ocasión de presenciar un pequeño incidente. Trataba yo de cruzar la Puerta del Sol para subir por la calle de la Montera cuando vi que por esta bajaba un camión engalanado con las insignias de la hoz y el martillo, y en el que se representaban las virtudes de la Rusia soviética, acompañado de una veintena de chicos y chicas con el puño en alto y cantando La Internacional. Al llegar el cortejo a la Puerta del Sol se produjo un enorme abucheo. La gente les increpaba gritando: «¡Abajo el comunismo! ¡Queremos la fiesta en paz! ¡Bolcheviques, a Moscú!», y frases similares. Apareció, no sé muy bien de dónde, un destacamento de policía que se encargó de conducirles lejos de aquel lugar y, al punto, la alegría y el buen humor volvieron a hacer acto de presencia entre la muchedumbre.

Y es que, en aquel día, todo parecía color de rosa. Se había producido un cambio de rumbo radical en el Estado español, un viraje de ciento ochenta grados, y todo ello casi sin incidentes, sin apenas derramamiento de sangre… ¡Pobres españoles! ¡Qué ilusos eran, éramos, en aquella mañana del 15 de abril, celebrando la caída de un régimen, el fin del feudalismo en España! Y el feudalismo, que había dejado caer a don Alfonso porque ya no le era útil, seguía tan fuerte como antes…


Henry Buckley
Vida y muerte de la República Española









1805. Lo que será la República española XI

Senyera cubriendo el féretro de Blasco Ibáñez en su despacho de Menton, el 28 de enero de 1928. Junto a él su esposa Elena Ortúzar,
sus hijos Sigfrido, 
Libertad y Mario, y su yerno Fernardo Llorca (Fotografía Casa Museo de Blasco Ibáñez)


XI. Y creyendo en este ideal quiero vivir y morir

Porque creo firmemente que la República es la única solución posible de los males que sufre España actualmente; porque considero que esta forma de gobierno puede torcer en una buena orientación el curso de nuestra historia, elevando a cierta parte del pueblo español sobre el escepticismo repugnante o la bestial indiferencia en que le han educado los reyes y sus auxiliares; porque siento en mí una chispa del nuevo ideal que debe reemplazar al ideal muerto, y bien muerto, que en otros tiempos guió a nuestra raza, poseo la energía de una segunda juventud y marcho adelante, ignorando el miedo al obstáculo y al peligro.

Todos los días recibo amenazas de muerte, cartas groseras o anónimas repletas de insultos y calumnias. Creo inútil repetir aquí las persecuciones de que soy objeto por parte del rey y de sus defensores, gentes que solo son capaces de emplear la injuria y no pueden alegar en defensa de dicho monarca una sola razón que resulte aceptable ante la opinión universal. Con las pesetas de los contribuyentes españoles pagan a mercenarios de la pluma y a pobres diablos ganosos de notoriedad, para que escriban contra mí, sea lo que sea.

Si esperan cansarme o infundirme miedo, pierden el tiempo. Jamás me he sentido tan fuerte, tan satisfecho de mí mismo, con la tranquilidad interior que proporciona el cumplimiento del deber.

Hace cuatro meses nada más, antes de que publicase mi primer folleto sobre Alfonso XIII y la tiranía del Directorio, era yo, para los diarios monárquicos de Madrid, un gran novelista, una gloria nacional, comentando con satisfacción patriótica mis triunfos en el extranjero y los honores de que era objeto. Después de haber escrito contra Alfonso XIII, soy para los mismos periódicos un cualquiera, un escritor despreciable, y como no pueden negar mis éxitos fuera de España dicen que dentro de ella mis novelas son poco leídas, cuando algunas han llegado, como es sabido, a la más alta cifra de tiraje conocida en la época presente, tanto en España como en la América de lengua española.

Esto demuestra el apasionamiento grotesco y la pequeñez de espíritu de los que pretenden dirigir la opinión desde Madrid, bajo el reinado de Alfonso XIII. Para ser escritor en este desgraciado país hay que creer en la gloria militar y la sabiduría política de ese métome—en—todo coronado que quiso hacer una prueba de monarquía absoluta con un general presidiable, y ahora no sabe cómo salir del atolladero.

Repito que me siento satisfecho de mi cambio de existencia.

Podía haber permanecido indiferente ante los males de mi patria. Para algunos españoles a lo Sancho Panza esto hubiera sido lo oportuno. Los grandes diarios de Madrid, al servicio del rey, me habrían declarado genio, al envejecer un poco; los honores oficiales habrían llovido sobre mí; tal vez hubiese gozado el altísimo honor de que Alfonso XIII me diese algún día la mano, dedicando elogios a mis novelas (sin haberlas leído, pues los deportes no te dejaron nunca tiempo para leer), «honor» que trastornó las cabezas de algunos españoles ilustres, ya desaparecidos o anulados actualmente por su servilismo para la vida ciudadana, los cuales hicieron palpable con dicho trastorno lo poco que valían como hombres.

Pero en tal caso las gentes habrían recordado mi ignominia, hasta después de mi muerte, diciendo así: «Hubo un escritor que en pleno despotismo pudo protestar. Tenía todo lo necesario para cumplir este deber patriótico: vida independiente, fortuna, un nombre conocido en el mundo. Sus escritos eran traducidos a los idiomas más importantes, podía contar con d apoyo de miles y miles de diarios extranjeros, y sin embargo permaneció callado, indiferente a los males de su país. Fue un mal español, un individuo de crueles egoísmos, tal vez obró así por miedo. Dejemos aparte al novelista y digamos que el hombre fue digno de eterno menosprecio.»

No; pase lo que pase, estoy tranquilo, y contemplo sin miedo el porvenir porque sé que este dirá de mi:

«Pudo mantenerse al margen del combate y, sin embargo, se lanzó a él, convencido de que no iba a ganar nada y en cambio iba a perder mucho. Se unió sin vacilar con Miguel de Unamuno, con Eduardo Ortega, que luchaban valerosamente por la dignidad española antes de su llegada, sin fijarse en si sus nuevos compañeros de combate eran pocos o muchos. Dedicó el resto de su vida a la resurrección de España, al triunfo de la República, y solo tuvo una ambición: ocupar el extremo más saliente de la primera línea de asalto, donde se reciben los golpes más terribles, donde pueden devolverse más directos y certeros.»


Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo X








1780. Aceptación de los Derechos Dinásticos por Juan de Borbón

Fotografía de Campúa
Alfonso XIII, renunció a la corona el 15 de enero de 1941 en favor de su hijo Juan. Un mes después fallecería en Roma.


Señor:

Con el ánimo embargado por la emoción más profunda, me hago cargo de la notificación solemne en que Vuestra Majestad me comunica haber renunciado a la Corona de España.

Cuando la Historia enjuicie el reinado de Alfonso XIII no podrá menos de reconocer, sin faltar a la justicia, la abnegación y el amor a la Patria, que han inspirado todos los actos de Vuestra Majestad, aun aquellos más discutidos por la pasión política.

No obstante haber luchado con la infecundidad de formas estatales impuestas por los tiempos, pero desviadas de nuestra mejor tradición, aparecerá ese período como uno de los más prósperos de nuestra Historia.

En él se renovó la cultura superior de España; se extendieron a grandes zonas de las clases populares los beneficios de la educación; aumentó la población, el bienestar general y el nivel de vida; nació puede decirse, en nuestra Patria, la gran industria, y adquirió gran impulso la Marina, coexistiendo una legislación social más generosa que la de cualquier país europeo contemporáneo, y gracias a la energía, clarividencia política y decidida actitud personal de Vuestra Majestad, luchando contra un falso estado de opinión, se salvó para España la posesión de nuestros territorios de África, que tantas posibilidades ofrecen para el porvenir, organizándose y templándose en su conquista el espíritu combativo y patriótico de un Ejército que, en definitiva, había de salvar a España en el trance tremendo y doloroso de la última guerra civil.

Los sufrimientos padecidos por nuestro pueblo con ocasión de esta gran Cruzada Nacional y la sangre vertida generosamente por tantos mártires gloriosos de Dios y de la Patria, hacen que se agrave el sentimiento de la responsabilidad con que recibo los derechos a la Corona de España, que recae en mi persona, según la ley histórica imprescriptible, cerrándose por designio providencial el ciclo de las disensiones, sobre la legitimidad de la sucesión, que fueron, en gran parte, causa de las guerras civiles del pasado siglo.

Ruego a Dios me conceda los dones de acierto, firmeza y perseverancia necesarios para cumplir los fines a que me destina. Cuando sus designios me lleven a ceñir la Corona de España, lo haré con el propósito irrevocable de restaurar el sentido político y social de nuestra Monarquía Tradicional, renovando el aliento cordial y generoso que la dio vida, y que sobre nuestra fe católica, y sobre la conciencia de nuestra Unidad de destino, cimentó la Unidad política y la Grandeza de España.

Con este objetivo fundamental, cuando llegue la hora de cumplir mi deber y mi deseo de servir a nuestra Patria, me esforzaré en asegurar su Unidad moral y su continuidad histórica; mitigaré con afecto y autoridad de padre, recientes dolores, y satisfaré, eficazmente, los anhelos de la gran masa de españoles que aspiran a una vida más justa y mejor.

Réstame, como hijo, pedir a Vuestra Majestad su bendición de padre, para que ella me ayude en todos los momentos a cumplir, en bien de España, los trascendentales deberes que la decisión de Vuestra Majestad me impone.


Juan, Príncipe de Asturias
16 de enero de 1941








1701. Discurso de Juan Carlos de Borbón al ser proclamado Rey




En esta hora cargada de emoción y esperanza, llena de dolor por los acontecimientos que acabamos de vivir, asumo la corona del Reino con pleno sentido de mi responsabilidad ante el pueblo español y de la honrosa obligación que para mí implica el cumplimiento de las leyes y el respeto de una tradición centenaria que ahora coinciden en el trono. Como rey de España, título que me confieren la tradición histórica, las Leyes Fundamentales del Reino y el mandato legítimo de los españoles, me honro en dirigiros el primer mensaje de la Corona que brota de lo más profundo de mi corazón.

Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio.

El cumplimiento del deber está por encima de cualquier otra circunstancia. Esta norma me la enseñó mi padre desde niño, y ha sido una constante en mi familia, que ha querido servir a España con todas sus fuerzas. La Monarquía será fiel guardián de esa herencia y procurará en todo momento mantener la más estrecha relación con el pueblo. La institución que personifico integra a todos los españoles y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco porque a todos nos incumbe por igual el deber de servir a España. Que todos entiendan que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional.

El Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber y con estos propósitos afirmo solemnemente que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidos a cumplir con mi deber. Pido a Dios su ayuda para acertar siempre en las difíciles decisiones que el destino alzará ante nosotros. Con su gracia y con el ejemplo de tantos predecesores que unificaron, pacificaron y engrandecieron a todos los pueblos de España, deseo ser capaz de actuar como moderador, como guardián del sistema constitucional y como promotor de la justicia. Que nadie tema que su causa sea olvidada, que nadie espere una ventaja o un privilegio. Juntos podremos hacerlo todo si a todos damos su justa oportunidad.

Guardaré y haré guardar las leyes, sabiendo que el servicio del pueblo es el fin que justifica toda mi función.

Soy plenamente consciente de que un gran pueblo como el nuestro pide perfeccionamientos profundos. Escuchar, canalizar y estimular estas demandas es para mí un deber que acepto con decisión. La patria es una empresa colectiva que a todos compete, su fortaleza y su grandeza deben apoyarse por ello en la voluntad manifiesta de cuantos la integramos. Pero las naciones más grandes y prósperas, donde el orden, la libertad y la justicia han resplandecido mejor, son aquellas que más profundamente han sabido respetar su propia historia. La justicia es el supuesto para la libertad con dignidad, con prosperidad y con grandeza. Insistamos en la construcción de un orden justo, un orden donde tanto la actividad pública como la privada se hallen bajo la salvaguardia jurisdiccional. Un orden justo, igual para todos, permite reconocer dentro de la unidad del Reino y del Estado las peculiaridades regionales, como expresión de la diversidad de pueblos que constituyen la sagrada realidad de España. El Rey quiere serlo de todos a un tiempo y de cada uno en su cultura, en su historia y en su tradición.

Esta hora dinámica y cambiante exige una capacidad creadora para integrar en objetivos comunes las distintas y deseables opiniones, que dan riqueza y variedad a este pueblo español, que lleno de cualidades, se entrega generoso cuando se le convoca a una tarea realista y ambiciosa. La Corona entiende como un deber el reconocimiento y la tutela de los valores del espíritu.

Como primer soldado de la nación, me dedicaré con ahínco a que las fuerzas armadas de España, ejemplo de patriotismo y disciplina, tengan la eficacia y la potencia que requiere nuestro pueblo.

La Corona entiende, también, como deber fundamental, el reconocimiento de los derechos sociales y económicos, cuyo fin es asegurar a todos los españoles las condiciones de carácter material que les permitan el efectivo ejercicio de todas sus libertades. Por lo tanto, hoy, queremos proclamar, que no queremos ni un español sin trabajo, ni un trabajo que no permita a quien lo ejerce mantener con dignidad su vida personal y familiar, con acceso a los bienes de la cultura y de la economía para él y para sus hijos. Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional.

El Rey, que es y se siente profundamente católico, expresa su más respetuosa consideración para la Iglesia. La doctrina católica, singularmente enraizada en nuestro pueblo, conforta a los católicos con la luz de su magisterio. El respeto a la dignidad de la persona que supone el principio de libertad religiosa es un elemento esencial para la armoniosa convivencia.

España es el núcleo originario de una gran familia de pueblos hermanos. Cuanto suponga potenciar la comunidad de intereses, el intercambio de ideales y la cooperación mutua es un interés común que debe ser estimulado.

La idea de Europa sería incompleta sin una referencia a la presencia del hombre español y sin una consideración del hacer de muchos de mis predecesores. Europa deberá contar con España y los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan y que todos extraigamos las consecuencias que se derivan. Es una necesidad del momento,

No sería fiel a la tradición de mi sangre si ahora no recordase que durante generaciones, los españoles hemos luchado por restaurar la integridad territorial de nuestro solar patrio. El Rey asume este objetivo con la más plena de las convicciones. Os prometo firmeza y prudencia.

Confío en que todos sabremos cumplir la misión en la que estamos comprometidos.

Si todos permanecemos unidos, habremos ganado el futuro. ¡Viva España!


Juan Carlos de Borbón
22 de noviembre de 1975









1487. "Por tu negro verbo de Mateo Morral"

Mateo Morral Roca
(Sabadell, 1880 - Torrejón de Ardoz, 2 de junio de 1906)


«Mi patria no es el mundo, mi patria no es Europa, mi patria es de un almendro la dulce, fresca, inolvidable sombra»  Mateo Morral


María Torres / 2  Junio 2015

Mateo Morral Roca es un joven de Sabadell de familia adinerada. Padre empresario textil y madre católica y conservadora. Estudiante brillante, con trece años, es enviado por su familia a Francia y Alemania para ampliar sus estudios. Conoce el anarquismo y trabaja como obrero mientras estudia mecánica.

Regresa a Sabadell a los veinte años para asumir responsabilidades en el negocio ante la enfermedad del hermano mayor. Dos años después viaja por Europa como representante de la empresa familiar y entabla contacto con Malasteta. Se convierte en un importante empresario y a la vez en un activista destacado del anarquismo, cuya intención era socializar la fábrica familiar en cuanto pasara a su poder. Enseña a los obreros solidaridad, organización y sistema de lucha obrera. Ante esta situación el padre lo aparta de la empresa y de la familia. Le entrega dinero para que se establezca por su cuenta y Mateo decide marchar a Barcelona.

Es un joven culto y reservado que asiste como oyente a las clases de Odón de Buén. Colabora en la Cooperativa anarquista barcelonesa y consigue un empleo como traductor y bibliotecario en la Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia. Escribe Pensamientos revolucionarios de Nicolás Estévanez.  Pío Baroja apuntó en sus memorias que fue Estévanez, un republicano federal, quien se ocupó de transportar desde Francia a Barcelona, envuelta en una bandera francesa, la bomba que usaría Mateo Morral el 31 de mayo de 1906.

Odón de Buen lo define así: «Tenía más el aspecto de un místico, reservado, impenetrable, pero nada sombrío, respetuoso hasta el extremo que en alguna excursión a que se asoció, jamás se sentaba en la mesa ni comenzaba a comer antes que los demás lo hicieran. (…) Atendía a las explicaciones con fervor y nadie podía imaginar que un hombre así fuera capaz de preparar fríamente, y realizar después, un acto terrorista».


20 de mayo de 1906

Mateo Morral, de 26 años, delgado, moreno, con bigote poblado, de aspecto humilde y mal vestido, parte hacia Madrid. Porta una lujosa maleta de cuero inglés en la que esconde una bomba. A su paso por Zaragoza adquiere productos químicos y dos cajas de caudales para aumentar su poder destructivo.

A pesar de que nunca llegó a probarse, todo apunta a que el artefacto lo pagó Francisco Ferrer Guardia, quien sería fusilado el 13 de octubre de 1909, acusado de dirigir la revuelta de la Semana Trágica de Barcelona, en la que ni siquiera participó.


21 de mayo de 1906

Mateo Morral se aloja en la Fonda Iberia en el número 2 de la calle Arenal de Madrid. También alquila una habitación exterior en la cuarta planta de una pensión de la Calle Mayor número 88. En ambas se registra con su nombre y paga cuatro días por adelantado con sendos billetes de quinientas pesetas. 

Cada día encarga un ramo de flores que conserva en agua. Declara a los dueños de la pensión que es monárquico y comparte su deseo de arrojar flores a la comitiva real a su paso por la calle de la pensión.

En la habitación de la calle Mayor termina de preparar la bomba que transportaba en su maleta y la esconde bajo la cama. Se trata de una bomba tipo Orsini que explota al impacto porque carece de dispositivo de tiempo o de espoleta.

Tiempo antes Mateo Morral había escrito una descripción minuciosa de cómo debía fabricarse un explosivo en un libro titulado Pensamiento revolucionario.

Cada día sale a las diez de la mañana y regresa a su cuarto de cuatro a seis de la tarde. Frecuenta la imprenta de “El Motín”, que dirige José Nakens, quien se jactaba tener a 47 redactores excomulgados por la iglesia de Roma.

También acude con frecuencia a la horchatería Candelas en la calle de Alcalá, situada en el edificio de La Equitativa, frente a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, punto de reunión de escritores y artistas modernistas. Allí es conocido por los hermanos Pío y Ricardo Baroja, así como por Valle Inclán y Ramón Gómez de la Serna.


26 de mayo de 1906

A las seis de la tarde Mateo Morral se encuentra en el Paseo de Coches de El Retiro junto a otro hombre. Cubre su cabeza con un Frégoli. Mateo y su acompañante desplazan uno de los bancos frente a un árbol y se sientan en él de espaldas al paseo. Unidos como si estuvieran atados por los codos, se entretienen en grabar algo sobre la corteza del árbol.

Un hombre les observa desde cierta distancia. Cuando comienza a echarse la noche se aproxima, pero Mateo Morral, ocultando el tronco del árbol con su cuerpo, le increpa: «¿A usted qué le importa lo que estemos haciendo?»

Un día después. Vicente García Ruipérez, el curioso viandante, regresa al Parque y se acerca al árbol, descubriendo que a la altura del suelo y en el tronco del mismo se encuentra tallado el siguiente mensaje: «Ejecutado será Alfonso XIII el día de su enlace. Un irredento» 

Junto a la firma se observa la palabra «Dinamita». Todo el texto se encuentra dentro de una calavera con dos tibias cruzadas rodeadas por un círculo.

Detalla este suceso el ABC del 15 de junio de 1906, fecha en que se hace pública la imagen del árbol tallado con la amenaza.


Foto Archivo ABC


30 de mayo de 1906

Mateo Morral pasa la mañana lanzando naranjas desde la ventana de la habitación alquilada en la calle Mayor. Intenta aproximarse a un blanco que alberga en su imaginación. Unos guardias le llaman al orden y abandona el ensayo.

Se dirige a la horchatería Candelas con dos compañeros anarquistas, Francisco Iribarne, alias Ibarra y el polaco Dutrem Semovich. Se encuentran con el pintor Leandro Oroz con quien tienen un altercado, al asegurarles el pintor que los anarquistas dejaban de serlo cuando juntaban cinco duros.


31 de mayo de 1906

Mateo Morral se encierra en su habitación. Pone como excusa un dolor de estómago y pide que no se le moleste.

El pueblo de Madrid desconoce que él es un anarquista de acción, partidario del uso de la violencia terrorista como medio para propagar sus ideas libertarias y de lucha contra el capitalismo.

Es jueves y la ciudad es un hervidero. Desde primeras horas de la mañana la gente se arremolina en las calles, impidiendo incluso la circulación de los tranvías que tuvo que ser cortada.

La comitiva nupcial, que rinde el trayecto entre la Iglesia de los Jerónimos y el Palacio hace su entrada por la calle Mayor bajo los aplausos de la multitud. En ese momento a la altura del número 88 se escucha una fuerte explosión.

A las 13:55 horas Mateo Morral lanza la bomba envuelta en un ramo de pálidas flores. Un regalo mortal cuya trayectoria es desviada al tropezar con los cables del tranvía o por una de las pancartas desplegadas en la zona. El artefacto en lugar de caer contra la carroza real lo hace contra la calzada matando a 24 personas e hiriendo a un centenar, entre las que se encuentra el cochero que cae herido desde el pescante, así como varios soldados de la escolta. 

Pilar de Baviera, una de los testigos, describe que: «Cayó en la calzada, con un ruido espantoso, un gran ramo de flores; hubo una explosión como el disparo de un cañón grande, un olor nauseabundo, una llamarada; y el coche real se bamboleó y se inclinó, envuelto en una nube de humo negro, tan espesa que el Rey no pudo ver a la Reina, quien se había echado hacia atrás con los ojos cerrados, de manera que, por el momento el Rey creyó que había muerto. (…) Seguidamente [el Rey] se apeó y ayudo a la Reina a salir del coche. Estaba conmovida, pero también era dueña de sí. En el acto de bajar se mancharon de sangre sus zapatos y su traje. Dando el abrazo a la Reina, el Rey intentó evitar que viera a los muertos y heridos mientras la conducía al coche de respeto. (…) El ejemplo del soberano y de su séquito calmó en cierta medida a la muchedumbre horrorizada. Antes de seguir a la Reina dentro del coche de respeto, se volvió el Rey hacia su cuñado, el infante don Carlos de Borbón-Sicilia, y los oficiales apiñados alrededor del carruaje y dijo en voz alta, clara y deliberada: «¡Despacio, muy despacio, a Palacio!». 

El satén blanco bordado en plata y salpicado de azucenas y azahares del traje de la reina Victoria Eugenia quedó manchado de sangre plebeya.

Tras consumar el atentado, Mateo Morral huye por la escalera perdiéndose entre la multitud que corre aterrorizada y se dirige a la redacción de El Motín. Acude junto a José Nakens, confiado por su papel protector con Angiolillo, el ejecutor de Cánovas del Castillo nueve años antes. Nakens consigue esconderlo esa noche en el barrio de las Ventas y de madrugada parte a pie por la carretera de Aragón.


Calle Mayor de Madrid - 31 de mayo de 1906 tras el atentado


2 de junio de 1906

Hacia el mediodía llega a la estación de Torrejón de Ardoz con la intención de comprar un billete de tren,  pero huye al descubrir que ha sido identificado. En un cartel observa su descripción y la recompensa de 25.000 pesetas por su captura.

Tras vagar sin rumbo fijo se dirige a cenar a la Venta de los Jaireces, próxima a la estación. Fructuoso Vega, guarda de una finca le reconoce y pretende llevarlo ante la Guardia civil. Mateo Morral le dispara con la pistola Browning que lleva oculta y acaba con su vida. Después se dispara a sí mismo en el pecho, falleciendo en el acto.

La versión oficial facilitada por el Conde de Romanones es la que sigue: «Un guarda de Aldovea, finca cercana a Madrid, sospechando, al cruzarse con un desconocido, que pudiera ser el autor del atentado, le dio el alto; al conducirlo camino del vecino pueblo de Torrejón para entregarlo a la Guardia Civil, Morral, al verse perdido, se revolvió contra él, matándolo de un tiro; y, después, apoyando rápidamente el arma bajo la tetilla izquierda, disparó, atravesándole el corazón y cayendo muerto».

Los cadáveres de Fructuoso Vega y Mateo Morral fueron expuestos en el Ayuntamiento de Torrejón.

Durante más de un siglo esta ha sido la versión de la muerte de Mateo Morral que figura en los libros de Historia. 


3 de junio de 1906

Mateo Morral es conducido a Madrid y depositado en la cripta del Hospital del Buen Suceso.

Allí acuden Ricardo Baroja, que elabora un aguafuerte del cadáver del anarquista, su hermano Pío y Valle Inclán.

En el prólogo de La dama errante (1908), cuenta Pío Baroja: «Yo no creo que hablé nunca con Morral (sic). El hombre era oscuro y silencioso; formaba parte del corro de oyentes que, todavía hace años, tenían las mesas de los cafés donde charlaban los literatos. (...). Después de cometido el atentado y encontrado a Morral muerto cerca de Torrejón de Ardoz, quise ir al hospital del Buen Suceso a ver su cadáver; pero no me dejaron pasar. En cambio, mi hermano Ricardo pasó e hizo un dibujo y luego un aguafuerte del anarquista en la cripta del Buen Suceso. Mi hermano se había acercado al médico militar que estaba de guardia a solicitar el paso, y le vio leyendo una novela mía, también de anarquistas, Aurora Roja. Hablaron los dos con este motivo, y el médico le acompañó a ver a Mateo Morral muerto.»

En 1924, Valle Inclán prologa la novela El pedigree de Ricardo Baroja, y también comenta su presencia en la cripta del Buen Suceso: «En aquellas ramplonas postrimerías, trabé conocimiento con Ricardo Baroja. Treinta años hace que somos amigos. Juntos y fraternos, conversando todas las noches en el rincón de un café, hemos pasado de jóvenes a viejos. Juntos y diletantes asistimos al barnizaje de las exposiciones y a los teatros, a las revueltas populares y a las verbenas: Par a par, hemos sido mirones en bodas reales y fusilamientos. Mateo Morral, pasajero hacia su fin, estuvo en nuestra tertulia la última noche. Le conocimos juntos, y juntos fuimos a verle muerto. Ricardo Baroja hizo entonces una bella aguafuerte: Yo guardo la primera prueba.»


Mateo Morral en el depósito


4 de junio de 1906

A Mateo Morral se le realiza la autopsia el Hospital del Buen Suceso.

El conde de Romanones describe que: «La bala le había dejado un pequeño orificio perfectamente limpio en el pecho; su rostro juvenil y exento de los estigmas del criminal nato, mostraba completa placidez; sus manos cuidadas y pulidas denotaban al hombre de condición acomodada.»

El dictamen del médico que hizo el reconocimiento del cadáver señala: «Cadáver de hombre que representa tener de 24 a 26 años, moreno, con el pelo negro, formando en la región frontal un tupé de grandes dimensiones, con la barba crecida y el bigote al parecer recientemente cortado con tijeras. Viste traje de tela azul, teniendo desabrochada la blusa. Lleva puestos calcetines color café y alpargatas nuevas, de tela verde, ojetes dorados y planta de cáñamo. En el centro del tórax presenta una herida penetrante, al parecer de arma de fuego, con orificio de entrada de centímetro y medio aproximadamente de diámetro. Los bordes de un color negruzco como de quemadura de pólvora. De esta herida se desprende pequeña cantidad de sangre ya coagulada que corre a lo largo del pecho. La camisa está manchada de sangre. En el dedo medio de la mano derecha y en la parte izquierda de la primera falange, hay una pequeña erosión, al parecer no reciente. En el pómulo puede verse una equimosis; en la frente una pequeña erosión; otra de mayores dimensiones en el labio inferior, próxima a la barbilla. Los ojos los tiene entreabiertos.»

Y: «En los órganos genitales manifiesta padecer blenorragia y con un suspensorio como preservativo de la orquitis.»

En la bolsa de viaje de Morral se encontró medicación para tratar la sífilis.


Mateo Morral, con el disparo en el pecho


El sumario 220/1906

En el sumario 220/1906 existen cuatro fotografías que tras un estudio científico llevado a cabo por un comité de expertos encabezado por la doctora en Medicina Legal y Forense María del Mar Robledo Acinas, por el criminalista Javier Durán, por José Romero Tamaral, un experto investigador criminal y por Ioannis Koutsourais, criminalista de reconocido prestigio internacional, demuestra que Morral no se suicidó con la citada pistola Browning. Este arma no se acredita en el sumario, tan solo se menciona. El calibre de la Browning puede ser de 7,65 o de 9 milímetros. El orificio en el pecho de Mateo Morral tenía un agujero de un centímetro y medio de diámetro. Se descarta el suicidio, que el disparo fuera hecho a bocajarro o a quemarropa ya que el disparo mortal se realizó a más de metro y medio de distancia. 

El sumario llevado a cabo por el juzgado especial del distrito de Buenavista, bajo la dirección del Juez Manuel del Valle y Llano está lleno de irregularidades. A lo largo de muchos de sus folios al anarquista se le llama Moral, Morrals o Morán, no señalando su nombre exacto hasta muy avanzado el procedimiento.

Tras el atentado se inicia una investigación en busca de cómplices. Ferrer Guardia es encausado acusado de enviar dinero en un cheque a Nakens para sufragar los gastos de Mateo Morral, pero nunca se pudo probar este hecho y es absuelto. José Nakens es condenado a nueve años por el delito de colaborar en la huida de Mateo Morral. Aunque durante el proceso no pudo demostrarse relación entre ellos, se tuvo en cuenta la manifestación que hizo en su diario «que llegaba a considerar de más baja condición moral al delator que al asesino.» Cumplió dos años de encarcelamiento, siendo indultado durante el gobierno de Maura.

No se investigó a un hombre que hizo una oferta de diez mil pesetas a una mujer para que entregara en mano el ramo mortal a Alfonso XIII y la posibilidad de que el atentado obedeciera a un plan elaborado entre varias personas. Nunca se pudo probar que Mateo Morral actuare en compañía de otros.


La repercusión mediática

Tras su muerte, Mateo Morral se convierte en un mártir de la causa anarquista. El periódico Les Temps Nouveaux, en un artículo de redacción anónima justifica el atentado y catologa su resultado de éxito: «Nadie pensaba que a la inmensa bacanal de un pueblo ebrio de sumisión, pudiera alguien juntar su estrofa de rebeldía. Nadie absolutamente dudaba ante la algazara general que un descontento turbara la fiesta, cambiando las risotadas en temblor de espanto. Nosotros no dormíamos, esperando burlar todas las previsiones […] Se trataba sirviéndonos de un lugar común de aguar la fiesta y fue ensangrentada sobrepasando toda esperanza. Contra toda la fanfarronada desplegada ese día, nuestra acción se afirma valiente y épica.»

Para Pío Baroja Mateo Morral era «el único joven que existía en España». Esta afirmación le supone al autor varias acusaciones de apología del terrorismo. Aún así, la historia del anarquista le inspira el personaje de Nilo Brull en la novela La dama errante (1908): «España hoy es un cuarto oscuro que huele mal; pero la pobre juventud de los rincones españoles quiere salir del ahogo y, como no puede, de cuando en cuando se entrega a la desesperación. Ahí está Mateo Morral: rabioso, enfermo, furioso, pero joven, el único joven que ha habido en España desde hace tiempo.»

Años más tarde, en Desde la última vuelta del camino, escribe: «El año 1906 fue el atentado de Mateo Morral en la calle Mayor contra los reyes. Este atentado nos produjo una impresión extraordinaria. Creo que también la produjo en Madrid y en España. Todo el mundo se preguntó qué objeto podía tener aquello. Por lo que nos dijeron, Mateo Morral, el autor del atentado, solía ir a la cervecería de la calle de Alcalá donde nos reuníamos por entonces varios escritores. Parece que le acompañaban Francisco Iribarne, un tal Ibarra, ex empleado del tranvía y luego tabernero, y un polaco Dutrem Semovich, viajante o corredor de un producto farmacéutico llamado la Lecitina Billón. Ibarra estuvo preso después del crimen. El polaco e Ibarra recuerdo que tuvieron una noche un gran altercado con el pintor Leandro Oroz, que dijo que los anarquistas dejaban de serlo en cuanto tenían cinco duros en el bolsillo.»

Ramón del Valle Inclán publica en Los Aliados en 1918 el poema Rosa de Llamas, reivindicando la figura de Mateo Morral.

Claras lejanías... Dunas escampadas...
La luz y la sombra gladiando en el monte.
Tragedia divina de rojas espadas
Y alados mancebos, sobre el horizonte.

El camino blanco, el herrén barroso,
la sombra lejana de uno que camina,
Y en medio del yermo, el perro rabioso,
Terrible el gañido de su sed canina.

...¡No muerdan los canes de la duna ascética
La sombra sombría del que va sin bienes,
El alma en combate, la expresión frenética,
Y el ramo de venas saltante en las sienes!...

En mi senda estabas, mendigo escotero,
Con tu torbellino de acciones y ciencias:
Las rojas blasfemias por pan justiciero,
Y las utopías de nuevas conciencias.

¡Tú fuiste en mi vida una llamarada
Por tu negro verbo de Mateo Morral!
¡Por su dolor negro! ¡Por su alma enconada,
Que estalló en las ruedas del Carro Real!...

En Luces de Bohemia añade una escena en 1924, homenajeando de nuevo a Mateo Morral, con el personaje de Mateo, un anarquista catalán que dialoga con Max Estrella.


Años después

Con la proclamación de la II República española en 1931, el nombre de varias calles es sustituido por el de Mateo Morral.

Al finalizar la Guerra española, la figura de Mateo Morral vuelve a ser denostada incluso por quienes anteriormente le habían ensalzado.

¿Cómo hubiera sido la historia del Estado español si el ramo de flores que lanzó Mateo Morral no llega a desviar su trayectoria?