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3506. Barajas. El movimiento obrero y los gobiernos municipales

 


Barajas recupera su pasado obrero


Se publica una investigación sobre el movimiento obrero en el antiguo municipio y su implicación en el Ayuntamiento con motivo del 120 aniversario de la creación de la Agrupación de Trabajadores de Barajas.

 

El 3 de Mayo de 1903, tras la celebración de un mitin obrero al que acudieron 300 personas, quedó constituida la Agrupación de Trabajadores de Barajas, entidad compuesta por jornaleros y albañiles. Comienza así la historia del movimiento obrero de este antiguo municipio, hoy distrito de Madrid, que queda recogida en Barajas. El Movimiento Obrero y los Gobiernos Municipales (1903-1939), un libro fruto de una minuciosa investigación realizada en archivos y hemerotecas.

 

La Agrupación de Trabajadores de Barajas vertebra gran parte de la historia política del municipio desde su creación hasta su obligada disolución en 1939. Impulsaría  dos gobiernos municipales, desde 1904 hasta 1914 (Ayuntamiento Obrero) y desde 1931 hasta 1939 (Ayuntamiento Republicano), que supusieron sendos intentos de modernización de una villa que básicamente vivía de la agricultura y que, como muchas otras de la España rural, se hallaba estancada social y económicamente por causa del caciquismo.

 

Tras su ingreso en UGT (1911) y PSOE (1913), la entidad sería matriz a lo largo de los años de varias otras de carácter sindical y político. De esta forma, propiciaría la creación de la Sociedad de Trabajadores de la Tierra (1914) y de Albañiles de Barajas (1922). Ya en los años treinta impulsaría la creación de las Juventudes Socialistas (1930) y de la Agrupación Socialista de Barajas (1932), ya plenamente integrada en la estructura del partido.

 

La historia de esta sociedad obrera y su implicación municipal ha sido reconstruida acudiendo a fuentes primarias que obran en diferentes archivos, con preponderancia del Archivo de la Villa de Madrid, así como a hemeroteca de la época, destacando las referencias a El Socialista (Fundación Pablo Iglesias) y otros periódicos hoy conservados en la Biblioteca Nacional de España. También es abundante la información procedente de antiguas publicaciones oficiales como la Gaceta de Madrid (predecesora del actual BOE) y el Boletín Oficial de la Provincia de Madrid.

 

La investigación realizada por David Carrascosa, vecino de Barajas, cuenta con el prólogo de Enma López Araujo, Portavoz Adjunta del Grupo Socialista en el Ayuntamiento de Madrid. Está editada por Independendly Published y se puede conseguir en Amazon.







3492. El diputado de las Constituyentes que fue chófer hasta el 14 de abril

El diputado Juan Grau Jassans - Foto: Badosa


Al pié del volante de su "taxi"

Este diputado de las Constituyentes, alto, enjuto de carnes y rostro anguloso, tiene una mirada y un gesto que es todavía el del hombre que anduvo a la aventura por medio mundo, a mamporros con la vida. 

Los periódicos, esta vez, han descartado orígenes y antecedentes; se han detenido poco en lo anecdótico, en lo exterior de todos estos hombres que así aparecen como faltos de historia, cuando hay alguno, como este Juan Grau Jassans, que cuenta en su haber una vida repleta de accidentes, que le retenía, hasta el último momento, al píe del volante de su "taxi", en su oficio sencillo de chófer. Esto sí lo han dicho los periódicos: concejal, diputado luego, y por todo título, taxista. 

—¿Hasta cuándo estuvo usted ejerciendo su oficio? 

—Hasta la misma tarde del 14 de abril —nos responde. 


De Palermo en un barco francés

Juan Grau Jassans, diputado para las Constituyentes de la República, nos había dicho nuestro informador, guarda una historia que es un reportaje. Toda su vida está en la calle, entre las cajas de frutas de los muelles del Grao valenciano, hasta las avenidas internacionales del Broadway. 

—Soy hijo de una familia humilde —nos dice—. Mi padre era mecánico y mi madre trabajaba en una fábrica de tejidos. 

—¿Y su primera salida?

—¡Y casi única! Dejé la escuela apenas cumplidos los catorce años, para entrar de meritorio en una tienda de mercería. Aquel trabajo estaba tan reñido con mi naturaleza que, al primer choque serio de mi carácter, lo abandoné defintiivamente, a los tres años de aprendizaje, en que me entró un deseo invencible de andar y de correr.

Un día marché a Valencia, en un mal pasaje de tercera, que pagué con mis modestos ahorros. Pero esto no tiene la menor importancia. El aprieto fué ya en Valencia, donde al poner píe en tierra y hecho un buen arqueo, me hallé poseedor de la extraordinaria cantidad de sesenta céntimos. Yo, claro, no había medido bien las consecuencias de mi marcha; pero tampoco me preocupé mucho de la gravedad del caso, y menos se me ocurrió volverme atrás. 

Tenia escasos diez y siete años, un buen apetito y un anhelo insaciable de andar, de ver cosas, de ser libre. Pues nada, que había caído en Valencia en un tiempo excelente: los naranjos, rebosantes de fruta, me ofrecieron la posibilidad, por lo menos, de no morir de inanición. Viví en el Grao dos semanas así: me desayunaba con naranjas, almorzaba naranjas y cenaba naranjas.

El menú resultaba poco variado, pero no puede negarse que era sano. 

—¿Cómo resolvió usted aquella situación? 

—A decir verdad, aún lo ignoro. En mis horas de ocio —veinticuatro cada veinticuatro horas— tuve ocasión de relacionarme con gente de mar. Estábamos en plena conflagración mundial, y la marina atravesaba una crisis aguda de hombres. Una mañana, en que por hallarlas más a mano, decidí desayunarme con las naranjas de un cajón de los que había en el muelle para la exportación, en el momento mismo de apoderarme de una de ellas, una voz a mí espalda me recriminó: 

—Te vas a pasar una temporadilla a la sombra. ¡Eso no se hace! 

Volví el rostro y me encontré con un hombre imponente; un auténtico lobo de mar como esos que ya había visto en las ilustraciones de las novelas de Julio Verne y que tanta impresión me habían causado. No tardamos mucho en hacernos amigos. 

—Tú lo que quieres —me dijo— es comer. Tú tienes vocación de marinero. 

Me lo quedé mirando sin responderle nada, y a los dos días vino a mí encuentro, muy alegre, agitando al aire la documentación y el permiso de embarque para mí. 

—Ya he encontrado lo tuyo: una plaza de palero en un barco francés que hace el viaje a Inglaterra. Al principio, el trabajo es muy rudo, pero ya te irás acostumbrando hasta que pares en maquinista. 

Y así fué como me hice a la mar, con rumbo a Liverpool, la primavera del año 16, cuando ejercer el oficio de la marinería era una audacia y un heroísmo... 


Haciendo de camarero en La Habana 


—No sé si nací o no para marino. El hecho es que lo fui tomando el gusto, y hubo un momento en que lo confundí con mí verdadera vocación. Hice algunos viajes de Liverpool a Marsella, y siempre a la búsqueda de una nave en que enrolarme con rumbo a Norteamérica. La encontré al fín, pero cuando una mañana amarró en Boston nuestro trasatlántico, ¡adiós ilusiones! Resulta que no me dejaban desembarcar porque, según la Ley, el marinero termina su viaje en el puerto en que se enroló. 

—¿Y no desembarcó usted? 

—Eso no se pregunta —nos ataja con una sonrisa—. Desembarqué. Me valí de la noche, como ocurre en las novelas. Y me encontré en Boston, una ciudad desconocida, en una noche cerrada y sin un centavo en el bolsillo, porque los diez con que desembarqué tuve que abonarlos en el trayecto del puerto a la ciudad. Permanecí poco en Boston y emprendí rumbo hacia La Habana, en donde trabajé de camarero. El oficio no me interesaba. No era nada movido para una persona que, como yo, tenía entonces el alma de azogue. Lo dejé con una excusa banal, porque estaba muy bien considerado en la casa en que me hallaba. Todo consistió en un mal gesto que me hizo derribar la cafetera sobre la espalda de un cliente, y a mí que se me antojó no pasarle la mano por la espalda... 


Por tierras de Yucat

Por aquellos días se inició una corriente de emigración hacía el Estado de Yucatán, en donde se hacía la tala de la cimbara. Me enrolé, y me llevaron a Mérida con no sé cuantos emigrados más. Uno de los más ricos hacendados de esta población, que conocía Barcelona, se interesó y tomó mucho interés por mí al saberme barcelonés, y me contrató para su hacienda. 

Era un trabajo brutal, en una tierra cuajada de reptiles, árida, seca y desierta. Me nombraron segundo encargado, me armaron de un gran machete, me calaron un enorme sombrero y me hicieron dueño de un hermoso caballo. He dicho dueño por decir, ya que yo no sabía montar, y el caballo no era el más a propósito para aprender con él. 

Al irlo a tomar de las bridas el primer día, se dio a trotar tan desaforadamente que me llevó arrastrando como cosa de un kilómetro, imposibilitándome durante un mes y pico para todo trabajo. 


Acusado de un complot de intento de asesinato de Wilson

—Ai cabo de muy poco tiempo de vida normal, ya ardía de nuevo en deseos de ir a otra parte. Quería conocer de cerca la vida de los yanquis, y un día me encaminé hacia el puerto del Progreso y me enrolé en un barco como segundo cocinero. 

—¿También? 

—No. No se alarme usted. Yo no sabía de la cocina más cosa que comer. Así es que no pude extrañar que apenas llegados a Nueva Orleáns me tuvieran preparada la cuenta. Al fin y al cabo, no era otro mi deseo. Marché en tren a Nueva York, y ya en ese monstruo de ciudad comienza la parte más seria de mi vida, acusado en un complot absolutamente imaginario. Se trataba nada menos que de un intento de asesinato de Wilson. 

La víspera del regreso de Europa del presidente de los Estados Unidos, nos detuvieron a catorce españoles y nos metieron, sin más explicaciones, en un calabozo. Al siguiente día nos enteramos de las causas de nuestra detención porque todos los periódicos de Nueva York daban la noticia en primera página, con grandes titulares: "Catorce españoles detenidos cuando estaban preparando un complot para el asesinato de Wilson." Una cosa sería, como usted ve. Nos sometieron a un interrogatorio severísimo. 

"¿Dónde tienen ustedes las bombas? ¿Dónde han guardado las bombas? ¿De qué han llenado ustedes las bombas?" 

Todavía no sabemos de qué bombas se trataba, de qué complot ni de qué niño muerto. Pero el caso fué que nos costó nuestro disgusto y mucho trabajo que nos dejasen en libertad. 


Conspirando a ochenta kilómetros por hora

Y aquí tenemos a nuestro hombre, el hoy diputado a Cortes por la provincia de Barcelona Juan Grau Jassans, tostado por todos los soles de la tierra, facturado a Europa en un trasatlántico español.

—Traía pasaporte para Barcelona, pero me quedé en Cádiz, fui a La Línea y estuve trabajando en Gibraltar de dependiente de ultramarinos en un economato para la tropa. Un salto a Tánger, y más tarde, una épica entrada en las ramblas por esa puerta de la Paz que figura en todas las colecciones de postales barcelonesas para turistas. 

Necesitaba ganarme la vida. Trabajar. Pero ¿en qué? Pues... en lo primero que viniese a mano. Y aprendí a conducir un automóvil. Entonces, mi intervención en la vida política y social se hace más intensa. A pesar de todo, no dejo un momento mi trabajo. Conspiro trabajando: en mi coche y en los momentos más difíciles, se maduraban combinaciones revolucionarias, se conspiraba a sesenta, a ochenta por hora, en las barbas mismas de la Policía, sin despertar la menor sospecha. Y en mi coche me sorprendía el 14 de abril, y aquel día les salieron alas a los neumáticos ...


J.D.B.
Estampa, 8 de agosto de 1931









3444. Las modistillas viguesas quieren una República de orden

Modistillas viguesas - Foto: Pacheco



Las modistillas viguesas quieren una República de orden y admiran a Ramón Franco y prefieren los hombres morenos.


Vigo y La Coruña son actualmente las dos rivales gallegas, las dos capitales más importantes de aquella región; ambas cosmopolitas y de brillante y limpia historia. 

Vigo, quizá más comercial, más dinámico y activo, con una base más sólida en la industria, es una ciudad menos espiritual que La Coruña. Vigo ofrece todas las características de una moderna ciudad norteamericana: vida agitada, nerviosa, en la que se acusa constantemente la «lucha por el minuto», el afán del trabajo... 

La Coruña es otra cosa. La sensación que allí se experimenta es la de hallarse en una ciudad en la que todo el mundo vive de sus rentas. El ritmo de la vida es mis lento, más suave, más frívolo... Es, en fín, La Coruña una ciudad femenina, luminosa y riente como una mañana de Mayo.


*


Unos días en la «perla del Atlántico», con la valiosa colaboración de Pacheco, el fotógrafo de Crónica, son suficientes para hacer una serie de reportajes de la hermosa ciudad de la Oliva. 

—¿Por cuál empezaremos? 

—Dése una vuelta por la calle del Príncipe y las «avenidas», y hable de nuestras modistillas. No lo piense más. 


Queremos una República de orden

Un amigo me presenta. 

Cuando se enteran de que van a salir retratadas en Crónica, saltan de contentas. Hablamos de política. 

Una me dice resueltamente: 

—Aquí todas somos revolucionarias, ¿sabe? 

Las otras repiten a coro: 

—Pero revolucionarias pacíficas, de orden. 

Y una morenita de ojos azules, aclara: 

—Queremos una República moderada, sin sangre. Digalo usted en Crónica. 

—Se lo prometo 

—¿Usted conoce a Ramón Franco? 

—Le conoce todo el mundo. ¿Por qué me lo pregunta? 

Duda unos momentos antes de contestarme. Al fín se decide: 

—Qué simpático es, ¿verdad? 

—Y que valiente —tercia otra—. Mire... 

Y me enseña un retrato del famoso piloto del Plus Ultra que lleva guardado cuidadosamente en el bolso. 

—Le advierto a usted que es casado... 

—¿Pero es que sólo se puede admirar a los hombres solteros?... 

Es una razón que convence. 


Preferimos los hombres morenos

Pasamos al tema amoroso. Y como si se hubiesen puesto de acuerdo, responden todas a mi pregunta: 

—Nos repugnan esos niños tontos, afeminados, que se depilan las cejas y antes de salir a la calle ensayan la forma de caminar y de accionar ante el espejo. 

—No saben ni hacernos el amor siquiera. 

—A mí, el hombre me gusta que tenga carácter Para eso es el hombre Y el que se deja dominar por la mujer merece el desprecio de los de su sexo. 

—Yo lo quiero moreno, con el pelo ondulado y sin bigote. Y, sobre todo, que tenga talento y buenos sentimientos. 

—Pues el mío ha de tener el pelo rubio y los ojos azules. 

—Ay, hija, vaya un gusto el tuyo— le reprochan todas. 

Yo intervengo, conciliador: 

—Un momento. Un momento. Vamos a proceder a una votación. ¿Les parece? 

—Sí, sí— contestan. 

—Bueno, vamos a ver: ¿a usted cómo le gusta? 

—Moreno. 

—¿Y a usted? 

—Moreno. 

—¿Y a usted?... 

Y de esta forma ha terminado la discusión, porque la mayoría se ha pronunciado en favor de los hombres morenos. 

Ya lo saben los rubios; en Vigo han sido derrotados. 

No tienen partido. 


El amor a la profesión

—¿Están ustedes contentas con su profesión? 

—¿Y por qué no hemos de estarlo? 

—Yo, por mi parte, no la cambiaría por otra. 

—Ni yo. 

Una se ha reservado su opinión. Es rubia, con el talle suave y ondulante, y unos ojos misteriosos que reflejan un espíritu melancólico. Lord Byron se hubiese enamorado de ella en el acto. Yo la observo en silencio. 

—Y usted, señorita: si no fuese modistilla, ¿qué le gustaría ser? 

—Qué sé yo... Artista de cine. 

—Me lo suponía. 


Aspiramos a tener un taller propio

Es la hora de entrar a los talleres. Se despiden. Antes formulo la última pregunta: 

—Dentro de su profesión ¿a qué aspiran ustedes? 

—Pues a tener un taller propio y... a casarnos con un hombre que nos haga felices. ¡Adiós, adiós!... 

Se han ido. Sus risas cantarinas y picarescas suenan en la calle del Príncipe como el eco lejano de una canción de juventud ... 


J. Conde Rivera
Crónica, 21 de junio de 1931








3442. La mujer en la Pedagogía. María de Maeztu

María de Maeztu en la Residencia de Señoritas, 1931 (Foto: César Benítez)


Hace 15 años en Madrid, una mujer sola y sin apoyo inicial de nadie, puso en movimiento la idea de fundar la Residencia de Señoritas, donde las mujeres, principalmente provincianas, tuvieran un hogar acogedor donde albergarse que les permitiera asistir a la universidad y formar su cultura. El propósito cayó en medio de la indiferencia y del escepticismo de aquel tiempo en que el tema cultural de la mujer interesaba a tan poca gente. Pero María de Maeztu, autora de la idea, es hija de inglesa y vasco, y no se amilanó por los obstáculos. Luchó denodadamente, y por fín logró ver realizado su propósito. La Residencia de Señoritas comenzó a funcionar bajo un plan modesto, con el reducido pensionado de tres alumnas.

Hoy está instalado en diez hoteles rodeados de jardines. El pensionado asciende a 200 alumnas. Posee buena biblioteca, laboratorios para estudios y prácticas de Química e Historia Natural y magnífico campo de tenis. El Instituto Internacional de Boston, que tan nobilísima ayuda presta a la formación cultural de la mujer española, les ha concedido el espléndido edificio de la calle de Miguel Ángel, donde tienen instalados los salones de la biblioteca, la dirección y las oficinas. 

Como en 1915, María de Maeztu sigue siendo la inspiradora y directora de este gran núcleo de cultura femenina. E igual que entonces, perdura el lema espiritual y docente original de su fundación: "perfeccionamiento de la naturaleza humana por medio del cultivo desinteresado del espíritu, del desenvolvimiento de los sentimientos más puros y de la formación moral del carácter".

A los tres lustros de existencia —primavera de edad, madurez de formación—  la Residencia de Señoritas es, sin duda, la más solida y brillante institución docente femenina que tenemos en España, y al frente de ella ha sabido demostrar María de Maeztu que no sólo es una gran figura de la pedagogía española, sino formidable propulsora de este gran movimiento femenino. 

Por tal motivo, hemos recabado su criterio sobre los tres temas enunciados a continuación, en torno a la Universidad, a la juventud y a la mujer, sobre los que muy pocas personas en nuestro país pueden hablar con tanta autoridad y experiencia como la señorita Maeztu.


Misión de la Universidad 

—La misión de la Universidad, en cualquier país y en determinada época, dependerá del concepto que se tenga de la Escuela y del Instituto —habla la maestra—. Estas tres instituciones han de formar el hombre culto y prepararle para el ejercicio de su profesión o para su labor investigadora y científica. Sin Universidad es cierto que no hay Escuela; pero sin Escuela ni Instituto, no hay Universidad. Si la Escuela primaria no educa, la voluntad no forma el carácter y da al niño los elementos de instrucción —número, forma y palabra— sobre los cuales hace descansar Pestalozzi toda la enseñanza elemental; y si el Instituto no crea el hábito de pensar, ni forma el juicio con la intensificación de las Matemáticas y de las lenguas clásicas, la Universidad, a pesar de sus altas aspiraciones, no podrá hacer con sus alumnos una recia labor científica. Los tres grados de la enseñanza —primaria, secundaria y superior— son correlativos y están en función el uno del otro. Toda reforma universitaria debe implicar la de la Escuela y la del Instituto, para que colaboren estrechamente al mismo fin. 

—La actividad docente (enseñanza de las disciplinas que forman el plan de estudios) y la actividad investigadora (creación de la Ciencia) corresponde a aptitudes muy distintas do la mente humana que rara vez se dan juntas. El investigador o el especialista son los hombres que tienen talento analítico; en cambio el que trasmite la ciencia y busca el camino más adecuado para llegar a la inteligencia del alumno y exponerle con claridad y precisión las ideas centrales de la materia que explica, ha de poseer talento sintético. No me atrevo a afirmar hasta donde puede realizar la Universidad ambas funciones por no conocer con honda intimidad la vida universitaria. Pero creo que la enseñanza en este grado de la cultura, más aún que los anteriores, debe de ser intuitiva, esto es, creadora; que no se limite el alumno a recibir el conocimiento ya hecho, sino que lo recree y elabore de nuevo en su mente hasta convertirlo en médula mental. Además considero esencial que el profesor esté en estrecha comunicación con sus alumnos para conocer las almas jóvenes y ganar así si confianza. 

—Creo que la reforma más urgente que se impone en la Universidad es suprimir esas clases de centenares de alumnos que existen actualmente, distribuyéndolos en grupos pequeños donde el maestro pueda realizar con el estudiante una labor activa y educadora.


La mujer ante la cultura

—Soy optimista. Si no creyese que la mujer tiene la misma capacidad que el hombre para recibir y asimilar el contenido de la cultura superior, no estaría al frente de esta Residencia, cuyo propósito inicial al fundarse no fué otro que el de responder afirmativamente a esta pregunta. Y, en efecto, por mí han contestado varios centenares de mujeres jóvenes que han pasado por las aulas universitarias en los quince años que tiene de vida esta casa: licenciadas y doctoras en todas las Facultades, que han sido el honor y el orgullo de su clase y han merecido y obtenido las más altas calificaciones. 

—Ahora bien, ¿cuál será el papel de la mujer en las creaciones científicas? El camino recorrido es todavía demasiado breve para un vaticinio rotundo. Cuando yo fundé esta Residencia, apenas había una muchacha estudiando en la Universidad. Hoy, en algunas Facultades, hay más mujeres que hombres y, si continuamos a este paso, no sería aventurado afirmar que dentro de algunos años gran parte de las actividades intelectuales estarán en manos femeninas. Por consiguiente, no se puede decir hasta dónde puede llegar su potencia creadora y su desarrollo científico; pero por la experiencia ya adquirida, hay que sentirse grandemente optimista. 


Reflexión sobre la juventud actual

—Si he de juzgar por esta agrupación de mujeres jóvenes que conmigo viven, tengo que decir que la juventud actual es mejor, más sana y sincera, más libre de prejuicios, más recta y clara en su conducta, más valiente y decidida que las de nuestra generación. Algunos opinan que es menos generosa y más egoísta. No lo sé, pero el egoísmo es respetable y legítimo cuando sirve a la salvación de la propia vida interior. Aquel falso recato, aquel miedo ante la lucha por la vida y el temor a perder su jerarquía, que mantenía a la mujer de la clase media española, en el hogar, atenta a la labor de encaje, esperando al príncipe libertador y ajena a toda inquietad intelectual, ha dado paso a una otra mujer de vida más limpia y auténtica. Nuestra juventud es rebelde, pero esto no es una cualidad peculiar de nuestra época. Lo ha sido siempre, y tiene que serlo en esa edad en que el nivel de las aguas tranquilas no se ha conseguido. Hasta este instante, en los años de infancia y adolescencia, ha vivido el muchacho sumido en el mundo de la fantasía, entre sueños y en sueños. Era como una cosa entre otras cosas; no sentía la necesidad de pronunciarse a si mismo como distinto, solo y único. Pero en este momento, con la formación de la personalidad, se opera un milagro insospechado: surge la conciencia que distingue el yo del no yo; las cosas y las personas están infinitamente lejanas... le parece que no tienen por qué respetarlas. Por primera vez se encuentra dueño de sí mismo y formando parte de una generación que con él empieza; advierte la distancia que le separa de sus padres y maestros y se rebela porque aspira a la formación de un mundo nuevo y mejor. Se siente libre y no admite más traba ni mandato que el que ha de dictarle su conciencia moral. Por eso la educación no puede hacer más que robustecer esta conciencia. 

—El americano Lindsey, en su último libro, cita datos muy curiosos de rebeldías de muchachos y muchachas jóvenes, pero no estoy de acuerdo con él al señalar la causa del mal. "El joven —dice— salta por encima de la ley y la quebranta porque la ley se empeña en desconocer sus necesidades vitales; y añade que "la hipocresía de la sociedad es la única responsable y culpable de este fracaso". No; yo entiendo que el desconocimiento que se tiene de los impulsos y anhelos de la juventud ha producido esta incomprensión que padecemos. El padre no conoce al hijo; el maestro no conoce al discípulo; el uno vive ausente del otro. 


Tito L. Menéndez
Ahora, 24 de abril de 1931







3437. Intrusismo monacal y clerical

Dije en las Cortes, cuando se discutía el famoso artículo 24 de la Constitución: “Hay monjas confiteras, reposteras, pasteleras, planchadoras, confeccionistas, comadronas y no sé si hasta amas de cría. Hay frailes chocolateros, aguardenteros, licoreros, taberneros, fondistas; y no pocas órdenes religiosas han convertido los históricos santuarios, erigidos por la hispana piedad, en “meublés” y casas de citas, adonde llevan las mecanógrafas y las institutrices que corrompen los ricachos de Madrid y de Barcelona.”

En el Diario de Sesiones quedó eso y nadie lo ha movido. Ni lo moverá, porque esa verdad es una mole que pesa más que el abad de Montserrat cuando sale del refectorio.

El intrusismo monacal y clerical no afecta sólo a las industrias, comercios y actividades que especifiqué en el Congreso. Abarca muchísimos ramos más.

Hay que advertir que esos y otros trabajos no los realiza la clerecía directamente. Explota dichos negocios valiéndose de legos, motilas y mandilones o marmitones, de huérfanos y devotados de ambos sexos, que no son más que obreros a los que se alimenta, viste y aloja de cualquier modo y no se les paga el jornal.

Hay que organizar enseguida un sindicato de sacristanes, monaguillos, mandaderos, novicios y fámulos de casas religiosas, para defenderse de la avaricia de la Iglesia.

No sólo defrauda ésta al Estado, a quien no paga contribución alguna; a los obreros, a quienes resta trabajo; a industriales y mercaderes, a quienes pisa los negocios e invade el terreno, sino que roba a los maestros, a los médicos y a los abogados.

Las tres cuartas partes de los niños de España los moldea el clero a su gusto en deformatorios mal llamados escuelas servidas por dómines zafios y antipedagógicos.

Los hospitales, jurisdicción propia de la ciencia médica laica, los controla todos la caridad, o sea bigardos ensotanados, con menos conocimientos y cultura que una cocinera.

Pero a quienes usurpan los sacerdotes más funciones es a procuradores y abogados.

Los curas administran fincas rústicas y urbanas, redactan contratos, dictan testamentos, arreglan matrimonios. Desde los confesionarios se dirigen más hogares que desde los bufetes y estudios jurídicos.

En fin, que España entera es un inmenso beaterio.

La República ha de aseptizar, fumigar y desratizar el país, o en cada pueblo habrá que empuñar de nuevo la tea purificadora o hacer lo que en La Solana.


Ángel Samblancat
La Traca núm. 109, 17 de junio de 1933








3435. Juanita Rivera Mateos, maestra y alcaldesa de Villodre (Palencia)

Villodre. También ocupa la Alcaldía una profesora. La señorita Juanita Rivera Mateos. De Extremadura. Nacida en Montánchez (Cáceres). Siete hermanas y todas maestras. Una de ellas, alcaldesa de Ontanilia (Guadalajara). Cuatro años en Villodre. Y desde el primer día, unida a todos los vecinos sin distinción de clases, por una amistad franca y sincera. Muy contenta en este pueblecito de Castilla... 

—Desde que he sido nombrada presidente de la Comisión gestora —nos dice la señorita Rivera— mi ideal es procurar el más exacto cumplimiento de todas las disposiciones que se reciban de la superioridad, y procurar por todos los medios la armonía de los vecinos en pro de la paz del pueblo y bien de la República. 

Mi preocupación constante —continúa— es el poder llegar a la construcción de un grupo escolar. Donde actualmente doy las clases se echan de menos las condiciones higiénicas y pedagógicas, y eso que con la ayuda de los niños lo vamos adecentando... Este friso lo hice yo con mis alumnos. Y con ellos planté, en la parcelita de terreno de entrada a la escuela, esos arbolitos y esos rosales. En primavera da gusto verlos... 

El mayor cariño lo pongo en la clase de adultos. A ella consagro los mayores entusiasmos, y los alumnos están encantados... 

Afortunadamente, aquí no tenemos problema de paro obrero, y como todo marcha muy bien, no encuentro complicaciones en la Alcaldía. Los acuerdos se adoptan todos por unanimidad y esto me satisface de una manera muy extraordinaria. 

Tiene razón la señorita Rivera. Hará una buena alcaldesa, por su clara inteligencia y por su programa municipal, con el que se propone mejorar en todo lo posible el campesino pueblo de Villodre. 


Eusterio B. Alario

Estampa, 4 de marzo de 1933






3431. La dimisión de Victoria Kent y la quiebra de la bondad en España

Victoria Kent, en la cárcel de Córdoba, 1932 - Foto: A. de Torres


Verán ustedes... Yo tengo un amigo de hace treinta años. Nos conocimos en una de aquellas redacciones madrileñas de principios del siglo, cuando los periódicos se hacían sin dinero, en la sala de un pisito de quince duros y en tomo a una mesa familiar, con la experiencia de un viejo director y el entusiasmo de media docena de muchachos de buena voluntad. Eran los tiempos felices en que el periodismo, libre, pobre y heroico, estaba al servicio de la opinión y del ideal, porque aun no se había convertido en instrumento usado por los financieros para abrir paso a los negocios.

Mi amigo y yo, que todavía no habíamos cumplido los veinte años, «hinchábamos» los primeros telegramas, novelábamos los primeros sucesos y escribíamos las primeras crónicas de nuestra carrera periodística: una carrera que se nos antojaba camino de fortuna y de gloria, porque ninguno de los dos teníamos entonces sentido práctico alguno. Yo seguí, como ahora sigo, careciendo de él. Mi amigo, en cambio, le adquirió al correr del tiempo, y abandonó el periodismo. Hizo oposiciones a unas plazas de Penales, ganó puesto de vigilante, marchó a ocupar su destino, en tanto que yo iba, año tras año, por todas las rutas del mundo, y durante mucho tiempo no volvimos a vemos ni a saber cada cual de la suerte del otro.

El azar nos reunió últimamente. 

—¿Qué es de ti? —preguntó mi amigo. Y yo sólo pude sonreír y responder: 

—Lo mismo que antes. Sigo haciendo periódicos y sigo siendo pobre. 

Mi amigo me contempló con mal disimulada piedad. A mi vez, preguntó: 

—¿Y tú? 

Mi amigo contestó, satisfecho: 

—Yo ascendí rápidamente. Hace ocho años que soy director de cárcel. ¡Buen puesto! Casa, luz, carbón, un sueldo suficiente, poco trabajo. Ya ves, acabo de pasar un mes de vacaciones en la Costa Azul. 

—¿Entonces vas camino de hacerte rico? 

—No diré tanto; pero no tengo queja del oficio.

—¿Escribes todavía? 

—A veces, por distraer los ocios, emborrono cuartillas. Pero no publico nada. 

Llegando a este punto de la charla, recordé que, cuando éramos compañeros, mi amigo escribía bien, y le propuse: 

—Hazme alguna crónica acerca de los presos que tienes en tu cárcel. Habrá, entre ellos, casos interesantes, y en tus conversaciones con esos infelices recogerás, seguramente, impresiones y datos muy curiosos. 

Mi amigo volvió a contemplarme con piedad, y al cabo de un momento, y un poco frío y distante ya, declaró: 

—Yo a los presos no los veo, ni hablo con ellos nunca. 

No insistí. A pesar del cariño que profeso a mi amigo, y a pesar de nuestros treinta años de amistad, no me atreví a decirle mi extrañeza ante su falta de interés por los reclusos. Tuve la intuición de que nos separaban, en lo concerniente a este asunto, los abismos de la rutina, de los prejuicios y de ese «espíritu de cuerpo» que moldea a los hombres de la misma profesión, creando en ellos una segunda naturaleza e imponiéndoles un carácter standard.


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He recordado muchas veces esta conversación sostenida con mi amigo, el director de cárcel, al leer los comunicados que dieron a la publicidad ciertos empleados de Prisiones, alzados contra la gestión directiva, humana, inteligente y renovadora de Victoria Kent. Esos señores no pueden comprender que se hayan suprimido las cadenas y grilletes que aun se usaban en las cárceles españolas para vergüenza de España. Esos señores no están dispuestos a tolerar que los presos puedan remitir a la Dirección General, por medio del buzón de reclamaciones, las quejas que tengan del trato que se les da. Esos señores se escandalizan ante el hecho de que Victoria Kent, directora de Prisiones, haya visitado a los presos y haya conversado con ellos y les haya permitido estrechar su mano. ¡Claro está! ¿Cómo van a estar conformes esos señores de la rutina, de los prejuicios y del «espíritu de cuerpo», con disposiciones que, obligándoles a mayor trabajo y exigiendo de ellos un alto concepto de la misión y del deber que les incumben, turban la placidez de su vida, desconciertan sus cálculos y sus previsiones, y a las veces ponen de manifiesto su hasta ahora disimulada incapacidad? Era, pues, la lucha entablada entre la ilustre directora de Prisiones y sus rebeldes subordinados una contienda entre la inteligente y comprensiva bondad de un lado y de otro la obtusa y rutinaria indiferencia. Esta ganó la partida, ya que Victoria Kent ha dejado de ser directora de Prisiones. 


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Al abandonar su cargo, la señorita Kent ha dirigido a la opinión, por medio de la Prensa, una nota en la que hace breve resumen de su labor. Entresaquemos de esa nota algunos párrafos edificantes. Dice la ex directora de Prisiones:

«En relación con el régimen penitenciario, aumenté la consignación establecida para la alimentación del recluso de 1,15 a 1,50 pesetas, sin pedir para ello suplemento de crédito; es decir, que la cantidad presupuestada para este objeto permitió el aumento cómodamente; establecí buzones para las reclamaciones que la población reclusa tuviera que hacer a la Dirección; implanté la libertad de cultos, haciendo voluntaria la asistencia a la misa; ordené y llevé a efecto la recogida de cadenas y grilletes que existían en las celdas de castigo; permití conferencias y conciertos a solicitud del director de cada prisión; suprimí aquellas cárceles de partido cuyos locales eran más que inmundos, locales compartidos en muchos lugares con escuelas, con casas particulares y con albergues de caballerías, y aquellas que daban un promedio menor a seis detenidos mensuales; permití la entrada a la Prensa, autorizada por el director y controlada por la Dirección, evitando así lo que venía sucediendo y todos conocíamos, la entrada clandestina de toda clase de periódicos; he dotado a las prisiones provinciales y a algunas de partido de camas y mantas, de las que carecían, debiendo hacer notar que las compras efectuadas por mí se diferencian de las últimas realizadas en tiempos de la Monarquía en esta proporción: mantas, se pagaron anteriormente a 28 pesetas; he pagado por las mismas 21 pesetas; sábanas, se pagó el metro anteriormente a 5,50 pesetas: he pagado el metro de la misma clase de tela que usa el Ejército a 2,90 pesetas; jergones, se pagó anteriormente la tela para cada uno a 20 pesetas: he pagado por la misma 12,60 pesetas; camas, confeccionadas en los talleres de las prisiones, costaron anteriormente a 108 pesetas; el modelo que he adoptado en la actualidad vale 47 pesetas.»

«En aquellas cárceles nuevas de regiones excesivamente frías hice instalar calefacción en las enfermerías y en las escuelas. Como debía tenerse en cuenta el presupuesto y el estado de las obras, tan sólo se ha llevado a efecto esta reforma en Salamanca y Burgos. (Este penal está aún sin terminar.) Queda en marcha la nueva cárcel de mujeres de Madrid, en la que se introducen modificaciones como departamentos de políticas, de madres y de jóvenes; duchas, baños y talleres suficientes para la población que ha de albergar.»

«No tengo ni una línea que rectificar en mi actuación. Fui a la Dirección de Prisiones con una misión que cumplir: con la de modificar el régimen penitenciario según las humanas corrientes científicas; fui con un criterio definido, con una línea recta de conducta. Medito acerca de mi gestión, y nada tengo que rectificar.» 


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Esté usted tranquila, señorita Kent. Nada tiene usted, en efecto, que rectificar. Ha hecho usted, desde su alto cargo, una obra de bien. Ha tratado usted, por todos los medios a su alcance, de humanizar y dignificar la dolorosa existencia de la población penal. Pero eso no lo pueden comprender ni tolerar los funcionarios que —siendo quizá buenas personas en el fondo, como lo es mi amigo, el director de cárcel— no se interesan por los presos ni quieren saber de ellos cosa alguna. 

Que los presos se alimentan mal; que sufren en las celdas de castigo, el tormento del grillete: que carecen de mantas y se hielan durante las terribles noches del invierno castellano; que no escuchan, durante años y años, una palabra amiga ni un consejo cordial; que maltratados, en lugar de buscar camino de luz y de redención, se hunden aún más en las tinieblas de los rencores y de los odios. ¿Qué importa eso al funcionario de Prisiones que tiene buen sueldo, buena casa, buena despensa, leña y carbón abundantes y otros gajes del oficio? 

¡Nada! No le importa nada, señorita Kent. Y está mucho más tranquilo disponiendo de cadenas y grilletes para los presos levantiscos, y no ocupándose de lecturas, ni de conciertos, ni de conferencias, y dejando que el rancho sea lo que el diablo quiera, ya que no ha de ser Dios quien permita ciertas cosas. En España, señorita Kent, la bondad está en quiebra desde hace siglos. Usted quiso heroicamente, restablecer el crédito de la bondad y perdió la batalla. Y es que, a pesar de todo, aun no hemos logrado, por acá, borrar de nuestra tierra y de nuestro cielo la sombra abominable de Felipe Segundo... 


Antonio G. de Linares
Crónica, 12 de junio de 1932