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3176. Lerroux a todos los españoles con motivo de la revolución de octubre de 1934




El Presidente del Consejo de Ministros tiene el honor de dirigirse a los españoles:

A la hora presente, la rebeldía, que ha logrado perturbar el orden público, llega a su apogeo.

Afortunadamente, la ciudadanía española ha sabido sobreponerse a la insensata locura de los mal aconsejados, y el movimiento, que ha tenido graves y dolorosas manifestaciones en pocos lugares del territorio, queda circunscrito, por la actividad y el heroísmo de la fuerza pública, a Asturias y a Cataluña.

En Asturias, el Ejército está adueñado de la situación y en el día de mañana quedará restablecida la normalidad.

En Cataluña, el Presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá.

Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país.

Al hacerlo público, el Gobierno declara que ha esperado hasta agotar todos los medios que la ley pone en sus m anos, sin humillación ni quebrando de su autoridad.

En las horas de la paz no escatimó transigencia.

Declarado el estado de guerra, aplicará sin debilidad ni crueldad, pero enérgicamente, la ley marcial.

Está seguro de que ante la rebeldía social de Asturias y ante la posición antipatriótica de un Gobierno de Cataluña, que se ha declarado faccioso, el alma entera del país entero se levantará, en un arranque de solidaridad nacional, en Cataluña como en Castilla, en Aragón como en Valencia, en Galicia como en Extremadura, y en las Vascongadas, y en Navarra, y en Andalucía, a ponerse al lado del Gobierno para restablecer, con el imperio de la Constitución, del Estatuto y de todas las leyes de la República, la unidad moral y política, que hace de todos los españoles un pueblo libre, de gloriosas tradiciones y glorioso porvenir.

Todos los españoles sentirán en el rostro el sonrojo de la locura que han cometido unos cuantos. El Gobierno les pide que no den asilo en su corazón a ningún sentimiento de odio contra pueblo alguno de nuestra Patria. El patriotismo de Cataluña sabrá imponerse allí mismo a la locura separatista y sabrá conservar las libertades que le ha reconocido la República bajo un Gobierno que sea leal a la Constitución.

En Madrid; como en todas partes, una exaltación de la ciudadanía nos acompaña.

Con ella y bajo el imperio de la ley vamos a seguir la gloriosa historia de España.


Alejandro Lerroux García
Presidente del Consejo de Ministros


Gaceta de Madrid, núm. 280,  7 de octubre de 1934







3085. Un sindicalista salva del fuego la imagen del Cristo de la Santísima Sangre en Denla




El salvador de la escultura había estado condenado por los sucesos de Octubre 

Una iglesia en llamas 

La  vida tranquila de Denia se vio alterada un día por un incendio de dramáticas proporciones. Estaba ardiendo la iglesia de las Agustinas Descalzas. Un cortocircuito habla producido el fuego, y eran inútiles cuantos esfuerzos se hacían para dominar las llamas. El incendio seguía, y la gente contemplaba emocionadamente cómo crepitaban los altares, cómo caían puertas y ventanas, cómo una espesa columna de humo se elevaba al cielo. 

La iglesia era de un gran valor artístico e histórico al mismo tiempo. Fundación real —en la España gloriosa de los Felipes—, el templo guardaba, especialmente, una imagen que tenia los máximos fervores en el pueblo: el Cristo de la Santísima Sangre. Esta imagen tenía en torno suyo una leyenda de milagros. Eran muchos los que en Denia o en los pueblos comarcanos debían al Cristo el remedio de una desgracia o el alivio en una angustiosa situación. 

El incendio iba destrozando todo. Con una increíble rapidez devoraban las llamas cuanto encontraban a su paso. Todas las personas congregadas allí tenían en su pensamiento y en su mirada la misma angustia: la suerte que pudiera correr aquel Cristo de la Santísima Sangre. En los rostros anhelantes se reflejaba esta profunda emoción. 

—¿Y cl Cristo? ¿Qué será del Cristo? 

Algunos tienen la intención de entrar para salvar la imagen milagrosa. Mas todo intento es imposible. Fuertes columnas de humo cierran el paso. No se puede avanzar. El desaliento se pinta en los rostros de los que han de contemplar resignadamente aquella infatigable destrucción de las llamas. El fuego sigue y sigue, y ya la imagen del Cristo, seguramente, arde en la gran hoguera que está consumiendo el templo. 

En las monjitas que habitaban el convento a que pertenecía esta iglesia, el dolor se hace más trágico. Están allí, contemplando la furia del fuego, llorando por los altares destruidos, llorando, sobre todo, por aquella imagen que era la mejor joya del templo: junto a su valor artístico, la escultura tenia para todos una emoción sentimental. Una luz irreal de milagro parecía envolver a la imagen.

Entre los que contemplaban el incendio, entre los que iban y venían queriendo abatir aquel vendaval del fuego, un hombre, de pronto, surge, más decidido que todos. Actitud resuelta, gesto firme. Desafía las llamas, entra en el templo, pasa por entre la humareda. Su decisión causa estupor entre los allí reunidos. Unos a otros se preguntan quién es. 

—Es Baldó —se oye—. Ese muchacho sindicalista...

Momentos después, estaba salvada, merced al gesto valeroso de este hombre, la imagen del Cristo de la Santísima Sangre.


La imagen milagrosa 

Tenía la iglesia destruida un abolengo ilustre: había sido fundada por Felipe III, a instancias de su privado el duque de Denia, en los comienzos del siglo XVII. El propio monarca apadrinó a una de las doce novicias fundadoras del convento, dotadas cada una de ellas por el favorito del rey con seiscientas veintisiete libras anuales. 

Fue inaugurado este convento de Agustinas Descalzas por el mismo Felipe III. Denia tuvo una gran devoción hacia este templo. Devoción que un hecho singular hizo acrecer considerablemente, a partir de 1633. En el mes de Marzo de ese año se declararon en Denia unas fiebres contagiosas, que causaban numerosas victimas entre los habitantes de la ciudad. No se lograba combatir el mal, y el día de la Santísima Sangre (13 de Julio) un religioso, fray Pedro Esteve, bendijo ante el altar en que se veneraba el Cristo citado los panes que había de consumir el pueblo. 

Comieron las gentes ese pan. Inmediatamente decreció la mortalidad, desapareciendo la epidemia. No sólo esto: en el resto del año y en los años sucesivos hubo muchas menos defunciones, como posteriormente se ha podido comprobar por los libros parroquiales. 

Esta es la imagen milagrosa y venerada que un extremista, ha salvado ahora del fuego en Denia.


Cómo ha quedado el templo 

Las huellas dramáticas del incendio están, mudas y dolorosas, en lo que queda en pie de la destruida iglesia de Agustinas Descalzas. Todos sus muros están ennegrecidos, desconchados por las llamas. En las paredes interiores, magníficamente decoradas antes por los altares, sólo hay ahora unas enormes pinceladas negras. El suelo está lleno de escombros y de astillas. Restos de artesonado, hierros retorcidos, trozos calcinados de objetos religiosos... Las puertas han quedado totalmente destruidas. Se desprende de la iglesia destrozada una infinita sensación de tristeza. Nada ha podido ser salvado del templo. Nada, excepto esa escultura que un muchacho de la C.N.T. consiguió liberar de las llamas, jugándose su propia vida.


Cómo cuenta su hecho el sindicalista que salvó al Cristo de la Santísima Sangre 

Un café del Paseo del Marqués del Campo. Unos cuantos hombres de ideas avanzadas se reúnen en él. Se oye el ruido de las fichas de dominó. A veces, entre los comentarios a la partida, se escuchan opiniones de táctica política y de lucha sindical. 

—Ahora cierro a blancas...

—Pues yo os digo que si Pestaña... 

Entre esos muchachos que hablan y juegan al dominó en tomo a una mesa está Baldó, el sindicalista que libró del fuego a la imagen de Cristo de la Santísima Sangre. 

Es un muchacho joven y fuerte, de mirada leal y expresión tranquila. Sigue atentamente las incidencias del juego. Habla marcando mucho las eses, en señal de buen alicantino. 

Cuando le hablamos de aquel gesto suyo con el que logró salvar la imagen, hay en él una sonrisa ingenua, de buen muchacho que no reconoce mérito a lo que hizo. 

—¡Bah! Aquello no tuvo importancia. Me pareció que en aquellos momentos era mi deber. Y me lancé a ello, sin fijarme en si corría o no riesgo, atento sólo a que el fuego no destruyese  aquella escultura tan venerada por Denia. 

—¿Qué le impulsó a usted a lanzarse a las llamas con el propósito de salvar el Cristo? 

Tarda unos momentos en responder Baldó. Por su frente parece pasar el recuerdo de aquellos instantes trágicos. Empieza a hablar, poniendo en sus palabras un firme acento de verdad: 

—Mire usted; le voy a ser sincero. Vi en las monjitas del convento una expresión tan triste, que eso fue lo que me hizo ir en busca del Cristo. Lloraban silenciosamente. Me pareció leer en sus lágrimas la pena por la pérdida de aquella imagen. Fue un instante nada más. Cerca de mí los bomberos aseguraban que no era posible salvar el Cristo. Todos presenciaban consternados cómo el fuego destruía la iglesia. Sin pensarlo casi, sintiendo en el corazón una fuerza secreta que me empujaba, me lancé al fuego. ¡Adelante! Yo, entonces, no me di cuenta de que pudiera correr peligro. A saltos crucé por entre las hogueras, cogí la imagen y salí de nuevo al aire libre, fuera ya de aquel calor espantoso. Mientras estaba en el templo sentí que me ahogaba; sentía junto a mí los lengüatazos de las llamas. ¡Bah! ¿Qué era todo eso al lado de la alegría que vi en los rostros de las monjitas al ver salvada su imagen? Lloraban de gozo. 


El salvador de la imagen estuvo encarcelado por el movimiento de Octubre

—Me han dicho que es usted sindicalista. 

—Sí. Soy un creyente firme de la causa proletaria. Tan firme, que intervine en el movimiento revolucionario de Octubre, y por él estuve después encarcelado. Tampoco tiene importancia. Es cumplir un deber nada más. Creí que entonces mi deber era unirme a la revolución, como he creído ahora que mi deber estaba en salvar esa escultura, por la que estaban llorando las monjitas de Denia. 

La mano de Baldó se tiende leal en signo de despedida. El muchacho rehuye hablar de sí mismo. Pero este admirable gesto suyo no es solo un hecho material, no es simplemente el salvamento de una obra de arte y de fe. Hay en ello, además, un significado espiritual y simbólico, un signo de comprensión y de generosidad, la afirmación de que todas las ideas son posibles y de que por encima del rencor político y social hay un imperativo de amor y de respeto. En esta hora sombría, mientras el hombre es lobo del hombre y mientras el odio y la crueldad separan fratricidamente a los hombres de España, allá, en una ciudad levantina, un muchacho de la C.N.T. salva de la hoguera al Cristo de la Santísima Sangre. 


Mundo Gráfico,
17 de junio de 1936








2973. Los presos de Asturias ¡Acusamos!


"Publicamos a continuación un documento sensacionalmente terrorífico. Las páginas más escalofriantes de “El Jardín de los Suplicios” de Mirbeau no son nada más que una débil sombra al lado de lo que aquí se cuenta, de lo que aquí se dice, de lo que aquí se prueba.

No se trata de invenciones macabras hijas de una fantasía enfermiza a lo Edgard Poe, sino de hechos lacónicamente expuestos, con la frialdad de una noticia telegráfica.

Es la exposición breve, sumaria, de los crímenes cometidos en Asturias, con los presos revolucionarios.

No habla, describiendo la tragedia, un "espectador imparcial". Hablan 547 presos que han podido salvarse -algunos de ellos momentáneamente, tan solo- de las sádicas torturas aplicadas especialmente por el comandante Doval, en las Adoratrices, y por el capitán Nilo Tello, en la Cárcel. Exponen lo que han visto, horrorizados, lo que han sentido en sus carnes desgarradas y maceradas, en sus articulaciones descoyuntadas, en sus huesos fracturados y molidos con las culatas de los fusiles.

Los presos de la Cárcel de Oviedo relatan lo que han hecho con ellos y lo realizado con aquellos otros que cayeron muertos, que no pudiendo resistir más se suicidaron o, en estado de locura, tuvieron que ser recluídos para siempre en el Manicomio.

El relato de este crimen jamás igualado culmina, llegando al paroxismo horripilante de la bestialidad más desenfrenada, en el asesinato en masa de los veintisiete presos que sacados, la noche del 24 al 25 de octubre de la Cárcel de Sama de Langreo, son apuñalados, mutilados, destrozados y luego enterrados, algunos con vida aún, en el lugar llamado la “Coraxona” de los montes de Carbayín.

En estas páginas sombrías de torturas y suplicios no se hace hincapié en las fechorías del Tercio y Regulares, “los bravos soldados de la patria”, perpetradas en toda la región asturiana. Los asesinatos de hombres, mujeres, ancianos y niños, la violación de muchachas, los robos desenfrenados de aquellas hordas de forajidos que el gobierno de Lerroux-Gil Robles condujo a Asturias “para salvaguardar la civilización” no son señalados aquí. Los presos únicamente se refieren a lo que han hecho con ellos, a lo que se está haciendo todavía. Es una simple prueba testifical ante el Tribunal de la clase trabajadora de todo el mundo.

La represión llevada a cabo en Asturias supera a las mayores que recuerda la historia moderna. Ha ido más allá que la ferocidad de Mussolini e Hitler. Sólo puede ser parangonada, aunque quizá sea más intensa la española, a la que ejecutaron los sanguinarios Thiers y Gallifet cuando cayó la “Commune” de París. Thiers dió entonces la orden de que se “exterminara a los lobos, a las lobas y a los lobeznos”. Exactamente lo mismo que Lerroux y Gil Robles mandaron hacer en Asturias.

Después de las sangrientas jornadas de últimos de mayo de 1871, las hienas de la burguesía francesa paseaban por las calles de París, y con la contera de sus sombrillas arrancaban los ojos a los cadáveres de los heroicos “communards”.

La perras de la burguesía española ha llegado en su refinamiento y en su perversidad a más aún. La tarea de ensañarse con los cadáveres de los revolucionarios dejaron que lo efectuaran los legionarios y los moros. Ellos han caído, sádicamente, sobre los heridos y enfermos. Un periódico reaccionario de Madrid publicó, en enero el siguiente telegrama procedente de Oviedo, que luego a título de reproducción pudieron publicar algunos diarios de Madrid y Barcelona:

“Las damas católicas de Oviedo hemos creado un cuerpo de enfermeras para acabar con los heridos revolucionarios que se hallan en la Cárcel o en el Hospital. Para ello, o se equivocan los medicamentos o se ponen inyecciones con dosis elevadísimas”.

¿Es posible imaginar criminalidad mayor?

Cuando las primeras noticias del crimen permanente que el gobierno de Lerroux-Gil Robles comete en Asturias fueron publicadas por la prensa extranjera, las agencias oficiosas trataron de desmentir tal información. Sin embargo, posteriormente la verdad no ha podido ser ocultada.

El informe de Fernando de los Ríos, ex ministro de la República, que publicó “Le Populaire”, de París y reprodujo “Acción’, periódico del B.O.C., causó una sensación tan enorme que el Gobierno fué impotente para seguir silenciando lo ocurrido, y no tuvo más remedio que ordenar al Fiscal General de la República que hiciera las correspondientes averiguaciones.

Los presos de la Cárcel de Oviedo se apresuraron a mandar al Fiscal de la República el documento que sigue como un simple avance de lo que se ha hecho con los presos.

En las prisiones de Asturias y en las de todo el país hay miles y miles de presos sufriendo atrozmente los rigores de un régimen criminal que sintiéndose en estado agónico, hace esfuerzos inauditos para sobrevivirse torturando y asesinando sin cesar.

Los trabajadores de Cataluña, de España entera, emocionados, han visto el heroísmo de los trabajadores asturianos durante los días rojos de octubre y ven ahora sus sufrimientos atroces.

La gloriosa COMMUNE asturiana es para todos los obreros una lección transcendental. Ha demostrado que cuando el proletariado está fuertemente unido es invencible. Si el Proletariado astur es martirizado se debe a que la clase trabajadora hispana no supo seguir su magnífico ejemplo, esto es, constituir una poderosa Alianza Obrera y luego combatir hasta triunfar.

Esta poderosa lección no puede, no debe ser olvidada. Precisa superar la situación actual para sacar a los camaradas presos de las garras de la justicia burguesa y para continuar la gesta de octubre hasta el triunfo definitivo, hasta la victoria de la segunda revolución que implante la dictadura del proletariado."

(...)



Cárcel Modelo de Oviedo, a 24 de enero de 1935




Tomado de http://cosal.es/






2462. Estáis de Acuerdo

Madrid, 1934 - Fuerzas de órden público en el Congreso de los Diputados


Es más,
estáis de acuerdo con los asesinos,
con los jueces,
con los legajos turbios de los ministerios,
con esa bala que de pronto puede haceros morder el sabor de las piedras
o esas celdas oscuras de humedad y de oprobio
donde los cuerpos más útiles se refuerzan o mueren.

Estáis,
estáis de acuerdo,
aunque a veces algunos de vosotros pretendáis ignorarlo.

¿Qué son esos silencios,
esas caras de tempestad oculta,
reprimida,
cuando el mantel se abre ante vosotros lo mismo que un insulto,
igual que una limosna que nos ata a vuestro pobre pensamiento,
a vuestra bolsa despreciable siempre pendiente en vuestros ojos?

Estáis,
estáis de acuerdo.
No pretendáis negarlo.
Es inútil.

Hay que huir,
que desprenderse de ese tronco podrido,
de esa raíz comida de gusanos
y rodar a distancia de vosotros para poder haceros frente
y exterminaros confundiéndonos con los que hicieron vuestras fábricas,
labraron vuestras tierras,
agonizaron en vuestros dominios.
Porque es cierto que estáis,
que estáis todos de acuerdo con la muerte.


Rafael Alberti, 1934
De un momento a otro, 1934-1939










2149. Ley de 11 de octubre de 1934 restableciendo la pena de muerte

Puerta del Sol de Madrid, 7 de octubre de 1934 - Manifestación contra los sucesos de Octubre


En 1932 la Segunda República Española abolió la pena de muerte. Tras la Revolución de Octubre de 1934, el Gobierno de Alejandro Lerroux y la C.E.D.A. procedieron a promulgar la Ley de 11 de octubre, restableciendo parcialmente la pena capital.


MINISTERIO DE JUSTICIA 

EL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA ESPAÑOLA, 

A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed:

Que las CORTES han decretado y sancionado la siguiente 


L E Y 

Artículo 1°.- El que con propósito de perturbar el orden público, aterrorizar a los habitantes de una población o realizar alguna venganza de carácter social, utilizara substancias explosivas o inflamables o empleare cualquier otro medio o artificio proporcionado y suficiente para producir graves da­ños, originar accidentes ferroviarios o en otros medios de locomoción terrestre o aérea, será castigado:

Primero. Con la pena de reclusión mayor a muerte cuando resultare alguna persona muerta o con lesiones de las que define y sanciona el artículo 423 del Código penal en los números primero y segundo.

Segundo. Con la de reclusión mayor si de resultas del hecho hubiere quedado alguna persona lesionada con las características definidas en el número tercero del precitado artículo 423 o hubiere riesgo inminente de que sufrieran lesiones varias personas reunidas en el sitio en que el estrago se produjera.

Tercero. Con la de presidio menor a presidio mayor, cuando fuere cualquiera otro el efecto producido por el delito.


Artículo 2°.- El que, sin la debida autorización, fabricare, tuviere o transportare materias explosivas o inflamables, o aunque las poseyera de un modo legítimo las expendiere o facilitare sin suficientes previas garantías a los que luego las emplearen para cometer los delitos que define el artículo anterior, será castigado con las penas de arresto mayor en su grado máximo a presidio mayor.

Artículo 3°.- El que sin inducir directamente a otros a ejecutar el delito castigado en el artículo 1° provocase públicamente a cometerlo o hiciere la apología de esta infracción o de su autor, será castigado con la pena de arresto mayor en su grado máximo a prisión menor. 

Artículo 4°.- El que formare parte de una asociación o colectividad organizada o interviniere en una conspiración que tuviere por objeto cometer los delitos previstos en el artículo 1°, será castigado con la pena de prisión menor.

Artículo 5°.- El robo con violencia o intimidación en las personas ejecutado por dos o más malhechores, cuando alguno de ellos llevare armas y del hecho resultase homicidio o lesiones de las a que se refiere el número 1° del artículo 1° de esta Ley, será castigado con la pena de reclusión mayor a muerte.

Cuando resultasen víctimas con lesiones graves comprendidas en los números 3° y siguientes del artículo 423 del Código penal, el Tribunal, teniendo en cuenta la alarma producida, el estado de alteración del orden público que pudiese existir cuando el hecho se realizare, los antecedentes de los delincuentes y las demás circunstancias que hubieran podido influir en el propó­sito criminal, podrá aplicar la pena de reclusión mayor o las que respectivamente establece el artículo 494 del vigente Código penal.

Artículo 6°.- El conocimiento de las causas por los delitos a que esta Ley se refiere corresponderá a los Tribunales de Derecho de la jurisdicción ordinaria, salvo el caso de declaración del estado de guerra, en que se estará a lo dispuesto en la ley de Orden pú­blico, siguiéndose en su tramitación el procedimiento establecido en los artículos 68 y siguientes de la referida Ley, aun cuando no estén declarados el estado de prevención o de alarma.

Será de aplicación en su caso lo prevenido en los artículos 145 y 947 de la ley de Enjuiciamiento criminal. Si en los supuestos a que se refieren esos preceptos el procesado o procesados no designaren abogado defensor o renunciaren al designado y fuere preciso el nombramiento de oficio, éste sólo podrá recaer en letrados que lleven más de diez años en el ejercicio de la profesión y paguen cuota igual o superior a la fija.

En la aplicación de las penas establecidas en los artículos anteriores los Tribunales procederán conforme a su prudente arbitrio, dentro de los límites legales, sin perjuicio de la facultad que para imponer penas en grado inferior concedan las disposiciones generales del Código penal.

Para la ejecución de las penas no reguladas en las leyes vigentes se considera que se hallan en vigor los artículos 102 al 105 del Código penal de 1870 y reforma de 9 de Abril de 1900.

Artículo final.- La presente Ley comenzará a regir al día siguiente de su publicación en la Gaceta de Madrid; sólo estará en vigor durante un año, a contar desde dicha fecha, y será de aplicación ineludible a todos los hechos cometidos durante el plazo de su vigencia. La prórroga de ésta únicamente podrá decretarse por medio de una Ley.

Quedan totalmente derogados cuantos preceptos legales se opongan a su exacta aplicación.

Por tanto, 

Mando a todos los ciudadanos que coadyuven al cumplimiento de esta Ley, así como a todos los Tribunales y Autoridades que la hagan cumplir.

Madrid a once de Octubre de mil novecientos treinta y cuatro. 


Niceto Alcalá-Zamora y Torres

El Ministro de Justicia,
Rafael Aizpún Santafé


Publicado en la Gaceta de Madrid núm. 290 el 17 de octubre de 1934










2139. Octubre de 1934: Recuerdos de un insurrecto

La trágica imagen de los revolucionarios muertos, introducidos indiscriminadamente en cajas de madera tras ser incinerados
sus cuerpos 
en el horno del parque de limpiezas de Oviedo


Yo he sido un insurrecto. Así lo estimó el Consejo de Guerra en su tiempo y, de acuerdo con las leyes en vigor, como tal pagué lo que se llama mi «deuda a la sociedad». Combatí en compañía de miles de camaradas de la cuenca minera, resulté herido como algunos centenares, estuve en la cárcel como otros miles más. No hay, pues, nada de excepcional en la vida de un simple sublevado, cuyas acciones fueron debidamente sancionadas en su tiempo. A este aspecto puramente, exclusivamente personal, se le puede poner cruz y raya. Es pasado. 

No obstante, como la mayoría de los asturianos y como otros muchos compatriotas de otras regiones, he sido, además, actor o testigo. Y como tal, pese al tiempo transcurrido, quiero aclarar algún que otro detalle, alguna que otra anécdota, todo ello en apariencia insignificante, pero que es, también, Historia. Y cuando algunos escribieron la de Octubre lo hicieron con pasión de combatientes de uno u otro bando en presencia, dejando de lado la veracidad histórica, cuanto no correspondía a su propia interpretación de los hechos, exagerando hechos, agrandando o disminuyendo figuras convertidas en leyendas, gestos convertidos en gestas. Tomemos, pues, como ejemplo, algunos hechos precisos de los que personalmente puedo dar fe.


La rendición del teniente de la Guardia civil Torrens

En plena crisis no de Gobierno —había tantas...— sino de régimen, el Presidente de la República, a la sazón Don Niceto Alcalá Zamora, paseábase por tierras de Castilla. En Valladolid, inauguraba el Consejo Nacional de Riegos; en León, presenciaba unas maniobras militares dirigidas por el general López Ochoa. Así, hasta finales de septiembre, en que acudió, el día 29, al homenaje rendido en Salamanca a don Miguel de Unamuno. En ninguno de sus discursos don Niceto hizo referencia a la gravedad de la situación, cuando, desde los socialistas hasta José Antonio, anunciaban el aluvión. Unicamente una vez, hizo esta sorprendente afirmación:

—«Un horizonte diáfano y sin nubes en lo que queda de 1934».

Días después —una semana apenas— se producía el estallido, la terrible contienda que tuvo repercusiones extraordinarias en Asturias, aun cuando haya habido conatos, tentativas fallidas en otros lugares de fa geografía nacional.

El día cinco del mes histórico, a las dos de la madrugada, en la pequeña localidad de Figaredo y de boca del hijo mayor de Manuel Llaneza, recibí la orden de salir a la calle, orden que transmití al resto de comprometidos para la acción y que, la víspera, habían pasado la noche en vela esperando la consigna que no llegó. A las seis, cada cual estaba en su puesto, requisadas ya las armas en posesión, hasta entonces, de elementos derechistas de la localidad, más las de los guardas jurados de las empresas mineras desarmados sin resistencia de su parte. Y, como había previsto nuestro grupo —nuestros grupos, pues cada nueve hombres componían uno el mando de un responsable— se fue en dirección del pueblo de Ujo, del otro lado del río Caudal, considerando que los compañeros de Valdecuna y de Mieres se encargarían del Cuartel de la Guardia Civil de Santullano. Despacio, ya que los guardias de Ujo se habían parapetado del otro lado del río y tiraban sobre nuestra columna, logramos pasar el puente, haciendo retroceder a la patrulla en dirección del cuartel. Cuando llegamos a las cercanías de éste, nos encontramos con los compañeros de la localidad, a los que nos unimos y, hacia las siete, el cerco era total. Desde un principio empezó el tiroteo entre sitiados y sitiadores, los primeros habiendo creído, al principio, que se trataba de una huelga de tantas como había conocido en el pasado la cuenca minera, según confesión de uno de los guardias al autor de este trabajo. Yo, en compañía de un gigantón de Cuna, me metí debajo de un vagón de mercancías estacionado cerca del cuartel, frente a lá Estación del Norte,. para intentar lanzar, desde allí, paquetes de dinamita. Juan, mi compañero, salió de debajo del vagón y, cuando, en pie, iba a lanzar un paquete de explosivos, recibió una bala en el vientre, se plegó en dos, cayó al suelo y la dinamita estalló cerca de él. Fue el primer y único muerto en esta operación.

Más tarde, vista la resistencia de los guardias, mandados por el teniente Torrens, arreció el ataque, ya desde la parte trasera —la Estación del Norte—, ya por la parte delantera donde el cuartel estaba separado de los revolucionarios por una plazoleta. De repente, un joven socialista de Ujo, Amador, se lanzó en dirección de la puerta del cuartel y yo le seguí, por reflejo, sin tener en cuenta que era una operación suicida, lo que probaba nuestra inexperiencia en el arte de la guerra. Así estuvimos ambos, ante la puerta cerrada, durante algún tiempo y sin correr, en principio sin ningún peligro gracias al ángulo muerto, a menos, lo que no creíamos, que un defensor dejara caer una granada a lo largo de la ventana. Inesperadamente, a las nueve en punto de la mañana, se abre la puerta del cuartel —una de las dos puertas—. Sale el primero, pistola en mano, tomada por el cañón, el teniente jefe del puesto. Amador se precipita y toma el arma. Seguidamente, van saliendo los guardias, desarmados, que son detenidos por los revolucionarios. Amador y yo, entramos los primeros en el cuartel rendido. En aquel momento, ya rendida la guarnición, aparece un grupo de revolucionarios en medio de los cuales está Don José Sela y Sela, banquero, ex-alcalde de Mieres, al que los de Santullano, donde él vivía y en cuyo domicilio fuera detenido, traían para presionar a la guarnición mandada por Torrens. Demasiado tarde. Amador y yo, encontramos dentro del cuartel bombas de mano, varias cajas de municiones, tres de ellas abiertas pero casi llenas, varios fusiles en el suelo. Poco después todo este material fue requisado y enviado a los frentes. El lector se preguntará, extrañado, el porqué de estos detalles en apariencia sin importancia. La razón es que hemos leído en un libro, por los demás muy documentado, aparecido no hace mucho, afirmaciones como éstas: 

1) Que el teniente Torrens se defendió heroicamente durante veinticuatro horas;

2) Que se vió obligado a rendirse por falta de municiones. Ignoro de donde viene la información, pero ésta es falsa en su totalidad. Acaso se encuentre aquí la razón del comportamiento ulterior de Torrens que se puso, voluntariamente, al servicio de los insurrectos. Creo, por referencias directas, es decir, por conversaciones con el citado oficial, que nunca tuvo la intención de hacer de su cuartel un Numancia, al contrario. Y no por que hubiera sido un cobarde.


La resistencia del Centro Católico de Moreda

La sumisión acabada, sin que hubiera en mi presencia malos tratos para con los guardias detenidos, nos reunimos algunos jefes de grupo y decidimos ir a apoyar a los moredanos quienes, al parecer, tenían dificultades con un grupo numeroso de falangistas y algunos otros adherentes al Sindicato «amarillo» de Madera Peña. Otros, se fueron hacia Mieres para ponerse a disposición del Comité revolucionario.

Efectivamente, un grupo de una veintena de falangistas, en su mayoría al menos, se habían atrincherado, bien armados (¿cómo, quién les había procurado las armas con anterioridad a la sublevación y para qué?), en el Centro Católico, de fácil defensa: por un lado, el río; por los otros tres, la plazoleta batida por los cercados. Sin embargo, la mayor parte de los historiadores dejan en blanco esta página de la Historia y olvidan la heróica resistencia de aquel puñado de hombres frente a centenares de mineros. También en este caso cabe preguntarse la rázón del silencio, que no se puede achacar al desconocimiento.

Los sitiados se batieron con valentía y tesón. Al atardecer del día cinco, varios insurrectos llegaron hasta la plaza acompañados de un sacerdote de edad, al que enviaron al Centro para parlamentar la rendición, prometiendo buen trato a los que se rindieran. El sacerdote, muerto de miedo (nada hay de despectivo ni de insultante en esta afirmación) avanzó en dirección de la puerta, que se abrió ante él. Entró, los sitiados no le dejaron salir y el combate continuó durante toda la noche, sin resultado.

Al amanecer del día seis se dió el asalto. Eran, aproximadamente, las seis de la mañana. Los sitiados salieron por puertas y ventanas, se lanzaron hacia el río para atravesarlo corriendo -allí es poco profundo el Aller-. Yo estaba entonces en el andén de la Estación de ferrocarril desde donde contemplé la caza al hombre. Vi caer, en medio del río, al pobre sacerdote. ¿Quién lo mató? Todos y nadie. Es decir: nunca se sabrá de qué arma o armas salió o salieron los proyectiles que le segaron la vida. No obstante, andando el tiempo, me encontré en la Cárcel Modelo de Oviedo, con tres hermanos -una hermana estaba en la sección de mujeres- todos ellos acusados de asesinato del sacerdote y por este delito condenados.

Cabe hoy rendir homenaje a los que se defendieron heróicamente tanto más cuanto que fueron adversarios desgraciados; murieron por lo que creyeron era una causa justa. Y, al mismo tiempo, poner de relieve como la Historia, caprichosamente, pasa de largo y echa sobre estos cadáveres el manto del olvido.


El frente de Vega del Rey

Terminada ya la «limpieza» de esta parte de la zona minera, instaladas ya en los puestos de dirección las nuevas autoridades salidas del seno de las Alianzas Obreras (obreras y «campesinas» durante el corto período de predominio comunista en la organización provincial) que dirigían la insurrección, los correos y enlaces nos iban informando, cómo y cuándo podían, sobre la situación movediza de los frentes de combate. Los principales se situaban, al parecer, en Oviedo y sus cercanías, por un lado, y, por el otro, en la zona de Campomanes. Como este sector estaba más cerca de Moreda, decidimos, de acuerdo con el flamante Comité revolucionario de la localidad, ir hacia allá, carretera de León arriba. Estábamos disponibles y, sin estar seguros de que nuestro esfuerzo fuera necesario, nos presentamos en este frente sin línea contigua, fluido, sinuoso, incierto y peligroso. La idea resultó excelente y nuestra presencia fue aceptada con satisfacción por los que allí dirigían el combate. Hay que decir que «el mando» tenía la misma fluidez que las líneas entre adversarios. Era difícil saber quién era quién, lo que cada cual representaba y el sector del que era responsable. No podía, en realidad, ser de otra manera al segundo día de la revolución.

A nuestra llegada entramos en la batalla que se había iniciado hacia el mediodía del día seis, sin encontrar el mando unificado del sector; intervinimos en algunas escaramuzas en las que participaron, del otro lado, fuerzas de la Guardia Civil. El «frente» se convertía en una serie de encuentros sucesivos o paralelos. En algunos casos, los choques fueron violentos y, para nosotros no acostumbrados a la guerra, resultaron durísimos. Nos batíamos contra tropas bien pertrechadas, disciplinadas, bien mandadas (aun cuando la operación Boch haya dado los pésimos resultados que se conocen). El único punto débil de los gubernamentales era, probablemente, el que hubieran creído, al principio, que la sublevación no era sino una insignificante y desorganizada revuelta y no la decisión bien pensada, madurada, de conquistar el poder político en España. (Ahí están, para probar esta aserción, documentos y declaraciones oficiales del Partido dirigente de la insurrección, el P.S.O.E.). No sería justo el que los observadores de ayer y de hoy se mofen de nuestra insuficiencia. Sobre el papel, antes de lanzarnos a la calle, todo estaba previsto y estudiado... salvo lo imprevisible. Mas esta falla en el mando revolucionario fue subsanada por la combatividad, el espíritu de iniciativa, individual o colectiva según los casos, de los sublevados. Pero dejemos de lado consideraciones que pudieran parecer subjetivas para volver al relato propiamente dicho.

Llegada la noche del seis de octubre, se inicia un repliegue por nuestra parte. En cuanto a los gubernamentales, con temeridad rayana en la inconsciencia, avanzaron en dirección del lugar donde habrían de sufrir el humillante asedio de las bandas de mineros inexpertos en el arte de la guerra. Aún ahora, a los cuarenta años, examinando la situación de entonces, nos resulta difícil el comprender por qué las tropas, bajo el mando directo de un oficial superior, penetraron en aquel pozo que les hubiera podido servir de tumba colectiva en lugar de intentar ocupar las alturas de Santa Cristina y Ronzón. Nuestra táctica fue, precisamente, la de dejar venir al adversario, esperar a que estuviera en las peores condiciones para atacarle. Así nació lo que la Historia registrará como «el .frente de Vega del Rey», pueblecito minúsculo compuesto de un puñado de casitas a lo largo de la estrecha carretera, en el fondo de una valle cerrado, dominado por las posiciones antes citadas: en una de ellas una capilla que es una joya de arte, en la otra un viejo caserón señorial que sirvió de cocina y dormitorio a algunos combatientes de nuestros grupos.

Los sitiados, dándose cuenta, demasiado tarde, de la situación, atacaron, intentando abrir una brecha, proseguir su camino, romper el cerco; pero sus esfuerzos resultaron vanos. Soportaron también numerosas tentativas y algunos asaltos masivos de los milicianos. Obtuvimos entonces éxitos parciales, mal explotados, lo que pareció, no obstante, hacer mella en los soldados sitiados. Algunos, desde las avanzadillas que ocupaban y defendían, nos hacían séñas. como para indicarnos su deseo de rendirse; nunca supe, corno se afirmó entonces, si alguno se pasó a nuestras filas, pero, en conjunto, los hombres de Boch resistieron.


El «burro dinamitero»

De todos los asturianos —y de muchos españoles— es conocido el episodio, anécdota cruel, acaso estúpida, que hiciera célebre el gran poeta Rafael Alberti. Un autor contemporáneo cuenta así la escena: 

«A alguien, más cruel que luchador, se le ocurrió cargar unos asnos con unos bidones de gasolina y dinamita, prenderles una mecha, darles unos cuantos garrotazos, y enfilarlos rumbo a Campomanes. Los pobres acémilas emprendieron una veloz carrera pero ¡oh misterios del instinto!, al llegar a la bifurcación del camino se fueron todos a trotar hacia Pola de Lena que era donde tenían su pesebre. Al entrar en el pueblo, muy cerca de la iglesia, se produjeron las explosiones. Los daños fueron considerables, el vecindario y la milicianada corrieron de un lado para otro aterrorizados y... de los pobres asnos nunca más se supo» (F. Aguado Sánchez. «La revolución de octubre de 1934» Ed. San Martín. Madrid 1972).

Así se escribe la Historia. Lo malo es que nada hay de cierto en este relato. Lo puedo afirmar por la simple razón... de que fui yo uno de esos «crueles más que luchadores» que han participado en el hecho. He aquí, acaso por primera vez, la verdad escueta: No había varios burros sino un burro. No pudo irse camino de Campomanes, puesto que se le mandó prado abajo, en dirección de las casas de Vega del Rey, a unos metros, entre cien y doscientos, no más, y a partir de Ronzón. En medio del prado, es decir, entre los sitiados y nosotros, se descompuso el pobre asno, que fue abatido por los revolucionarios porque, a mitad del camino, el anirnal se volvió y empezó a subir en dirección de nuestras propias líneas. Entre este lugar y la villa de Pola de Lena hay kilómetros, muchas pendientes, por lo que hubiera sido necesario haberle puesto muchísimos metros de mecha, en previsión de esta huida. Y la que encendimos sobre el pobre acémila tenía solamente unas cuartas.

No se trataba tampoco de bidones de gasolina, sino de pipotes de vino vacíos que habíamos encontrado en la bodega del caserón señorial de Ronzón, en los que habíamos introducido dinamita y cascos de botellas, piedras, etc, algunos de los cuales habían sido lanzados anteriormente, rodando prado abajo, y que hacían un ruido impresionante al estallar ante los muros de las casas, pese a lo cual nadie levantó la bandera blanca de la rendición. Lo que sí creo recordar es el haber visto en la mirada de los testigos y de los actores del hecho cierta tristeza y, acaso también, el rencor por haberse dejado arrastrar por este juego cruel e insensato, aun cuando la víctima fuera un ser irracional...


La muerte de los rehenes. Entre el error y la calumnia

Amanecía el ocho de octubre. Hacia las siete de la mañana corrió el rumor de que los sitiados estaban dispuestos a rendirse. Desde la posición que yo ocupaba con mis compañeros de Figaredo, a lo largo del camino del caserón y la aldea, vimos una bandera blanca al lado de una de las casas; alguien dijo que los soldados habían impuesto la rendición a sus jefes «porque no querían tirar contra sus hermanos de clase» que «eran carne de su carne». Recelosamente, van apareciendo los insurrectos a lo largo del camino. Nosotros —yo entre ellos—, siguiendo a un pequeño grupo, avanzamos hasta entrar en contacto con los dos soldados que montaban la guardia al borde de la carretera. Varios compañeros pasaron al otro lado y, cosa que me llamó la atención y me causó gran extrañeza, a medida que pasaban iban dejando sus armas en manos de los centinelas. Al acercarme a ellos, uno me pidió la mía, amablemente y con la sonrisa en los labios. Mi reacción fue inmediata:

—No —le contesté—, los que os rendís sois vosotros. Tenéis que entregarnos las vuestras.

El interpelado, tranquilamente, tan amablemente, me contestó:

—Como usted quiera. Esas son nuestras órdenes. No podemos hacer otra cosa.

Me volví hacia los que me seguían:

—¡Es una encerrona! -les grite-. Vámonos hacia arriba.

Así lo hicieron. Pero una veintena de revolucionarios habían quedado en poder de los sitiados.

Cuando estábamos a medio camino empezó un fuerte tiroteo. Nunca se sabrá quién empezó, acaso los nuestros por haber descubierto la jugarreta. El caso es que los cercados se quedaron con los prisioneros incautos caídos en la trampa de la negociación, los cuales, una vez atados, fueron colocados en medio de la carretera. Astucia de guerra empleada antes y después. Nuestros compañeros quedaban entre dos fuegos. Eran las siete y cuarto de la mañana del día ocho y no el diez de octubre corno dicen algunos historiadores. Soy afirmativo: en aquel lugar y a esta hora resulté herido. Hay, pues, probablemente, un malentendido entre este hecho y algunas otras tentativas hechas, algunas de ellas, por el propio teniente Torrens, para intentar convencer a los sitiados de que se rindieran. En un folletito publicado por el Gobierno de la República, a primeros de 1935, se dice que...:

«En uno de los intervalos de la lucha, los defensores de las casas sitiadas en Vega del Rey vieron avanzar prado abajo, al otro lado de la carretera, a un hombre vestido de paisano que llevaba una bandera blanca. Este hombre que, al principio creyeron era un casero de Ronzón (al venir de la parte de Ronzón no venía por el otro lado de la carretera otro error. Resultó luego ser otro individuo). El parlamentario se puso al habla con algunos hombres civiles que había en las casas sitiadas. Salió a parlamentar el propietario de Pola de Lena, señor García Tuñón, que se hallaba con los sitiados por haberle sorprendido allí los acontecimientos cuando regresaba de Valladolid. El emisario intimó a los defensores de las casas para que se rindieran: «Dígalo usted a los jefes de las fuerzas». «Los defensores son militares —contestó el señor García Tuñón— y no pueden rendirse».

Hasta aquí, como observará el lector, hay hechos inverosímiles dada la situación: un hombre solo, prado abajo, un civil que se adelanta a negociar cuando todo está —o debiera estar— en manos de los militares, el anuncio de la llegada de un tren blindado (que llegaría mucho más tarde). Una suspensión del fuego simplemente porque un hombre se adelanta a hablar «con algunos civiles» antes que con García Tuñón, éste que discute, habla y contesta en nombre de las tropas. Es una versión voluntariamente errónea, por no decir más, sin ningún valor histórico. Pero, veamos más adelante:

«Verificábase el parlamento en la misma carretera, a la puerta de las casas sitiadas. Habíase suspendido el fuego mientras deliberaban los parlamentarios. Pero los soldados, que seguían atentos a la defensa, advirtieron que, mientras se verificaba el parlamento, iban avanzando cautelosamente unos veinte hombres, provistos de bombas de mano, que, cuando se quiso advertir, estaban a la puerta misma del edificio (?) y rodearon a los parlamentarios. Algunos de ellos, considerando ganada la partida, se metieron en la casa (obsérvese con qué facilidad se llegaba hasta la o las casas donde estaba el general en jefe, pese a los centinelas) con una bomba de mano e inmediatamente les sujetaron. Sus compañeros fueron también hechos prisioneros y metidos en el interior de la vivienda».

«Se abrió el fuego inmediatamente y los que intentaron el golpe de mano quedaron prisioneros».

El embrollo para explicar lo inexplicable es mayúsculo, corno se puede ver. Seguidamente, el citado folleto —oficial, no hay que olvidarlo— habla de «detalles dramáticos» para detenerse más adelante sobre «un detalle de generosidad».

«Era imposible tener en la casa a los prisioneros y, para poder moverse en aquel recinto estrecho, se decidió que los prisioneros fueran colocados en la parte de afuera, atados, y resguardados en la medida de lo posible... Así se hizo pero, como los rebeldes seguían tirando sobre los sitiados, los prisioneros, que se vieron en peligro, empezaron a gritar a sus camaradas diciéndoles: «No tiréis, camaradas, que nos vais a matar».

He aquí el «detalle de generosidad»:

«La furia de los asaltantes era tal que ni por consideración de que sacrificarían a sus compañeros se detuvieron. Hicieron una descarga cerrada y cuatro de los prisioneros cayeron mortalmente heridos. Entonces, los soldados defensores de la casa, exponiendo sus vidas, retiraron a los restantes prisioneros revolucionarios de aquel lugar, pues hubieran sido asesinados por sus propios compañeros de no retirárselos».

Yo, ya herido, testigo y actor, como tantos otros, guardo aún en la memoria los gritos angustiosos de los rehenes colocados, bien atados los unos a los otros, en medio de la carretera. Y afirmo, simplemente, que no hay nada de cierto en el relato gubernamental.

Otras cosas podría contar que desmoronarían aserciones malintencionadas, pero estas puntualizaciones eran necesarias como introducción a un trabajo más amplio que deberá ser hecho antes de que el tiempo haga su obra destructora y que la memoria de los hombres que participaron en aquel hecho histórico desfallezca. Es necesario ir terminando con esa manera maniquea de escribir los acontecimientos, colocando siempre a los malos de un lado y a los buenos del otro. Hubo actos de heroísmo por ambas partes, y en ambos lados condenables acciones individuales y colectivas.


Alberto Fernández