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2797. O Campo da Rata

Reimundo Patiño, amigo de Johán Casal, dió a conocer este poema tras la muerte de su autor en enero de 1960.


O Campo da Rata

Na Coruña, perto do mar, hai un campo inzado de ratas. Alí foron asesinados polos feixistas milleiros de homes inocentes.

Finou o home, en recuadas, no mencer.

Sonos, arelas, ilusións, todo xace eslixado no aer estatío.


Pro o berro inda sigue no ár coma ás mancadas, a caer, a urrar no seu redor.

E si vive aínda
se aínda vibra e treme e
se estremece
será para que escoites.

I

Cecais voltaremos un día
Cecais resusitaremos.
Cecais nos ceibaremos desta realidade.

Pro agora somentes as sombras da morte
o deserto, o vento salaínte, o cabalo quieto na lus coma un agoiro.
Agora somentes o arrepío núo da morte: Vougo.
Sós, sempre sós, rondando ós vivos, coma mortes vagantes, coma espritos medoñentos.
Estabarramos ó redor das fiestras acesas onde durmen.
Facemos por espertalos, berramos, petamos nos seus vidros con bateladas de anguria;
Mais durmen. Apousan, non escoltan.
E voltamos á cova por ver de durmir.
E seguimos chorando eternamente.
Cecais ista realidade se troque un día en sonos:
E haxa amor e dozura nas nosas vidas, desaparezca o vougo, veña a ternura.
Pro agora somentes hai escuridade.

II

Unha escuridade mesta cobriu os nosos ollos,
-Estaban limpos e cheos de luminosidade-
Cando a morte infreixíbele
E inagardada
Chegou.
Pódese dicir que amencía.
Pódese falar daqueles campos verdecidos no inverno.
Abrocharan as follas nas albres dos camiños.
O camiñar dos pés sobre da lama semellaba un brando esbarrar pola lus da mañá.
A lus enchía todo de espranza.
E unha escuridade mesta cubriu as nosas frontes coma sono.
A morte
Ciscou as ilusións e o sangue.
A espranza caeu naquil abrente Baixo os fusils xiados.
sentín como a terra i o sangue mesturábanse na miña boca.

III

Os sonos voaron cecais naquel abrente.
Como o fume condensado e preto dos disparos.
Como o eco espido das detonacións.
Como o berro incontido das nosas almas:
“Viva Galiza ceibe”.
Era cousa de nenos. Era un xogo. Morrer así berrando na mañán de inverno,
Perto do mar nevado, Baixo do abren,te, sobre da herba chea de viscosidade.
Perdela vida por sonos coma nun sono.
Quen podería coidar na morte naqui intre?
Perdela vida por ilusións que voaron co lume dos disparos que se perderon aos berros
daqueles homes mortos no chan.

IV

Ficaron boca abaixo.
Cas mans estricadas.
Na mañán acesa e inzada de amenceres: o ulor do mar, da terra mollada,
da herba e do fume lonxano do toxo queimado.
Ficaron esquecidos, valdeiros, xa para apodrecer.
A se desfacer n aterra paso a paso.
A se perder para sempre.
Ista é a realidade.

V

Alguén recolleu o sono dun neno?
Alguén recolleu a verba, o berro, a ollada implacable do que se aferra cheo de vida á vida camiño das tebras?:
Ou perdéronse para sempre?,
¿Desfixéronse no vougo coma o eco arreciado dos seus berros e desapareceron no ren xa sen remedio, ou aínda alentan, e teñen espranza de abrochar na terra como os homes?
Alguén recolleu o sono dun neno?


Xohán Casal, 1956
A Trabe de Ouro 47 - Publicación Galega de Pensamiento Crítico, Blanco Edicions, S.L., 2001

La fotografía pertenece al libro O camino de abaixo. Edición de Teresa Bermúdez. Xerais, 2005  








2774. Carta de Ramona Romero, esposa del deportado coruñés Francisco Pena




Francisco Pena Romero sobrevivió al infierno de Mauthausen y Gusen durante cinco largos años. Había nacido el 6 de enero de 1909 en Cabo da Cruz, Boiro, (A Coruña), y tras el golpe de estado franquista, intentó huir, fue detenido y se vio obligado a alistarse en las tropas golpistas y desertó de las mismas para combatir junto al ejército republicano. Tuvo que separarse de su mujer Ramona y su pequeño hijo Francisco, con los que se reuniría en Francia trece años más tarde.  

Transcribimos la carta que su esposa Ramona remitió en 1956 a la Oficina Francesa para la Protección de Refugiados y Apátridas (OFPRA), en la que solicita el estatus de refugiada y relata la represión a la que estuvo sometida ella y toda su familia por parte de las autoridades franquistas.

Agradecemos a sus nietas Silvia y Cristina que hayan querido compartir este valioso testimonio de puño y letra de una mujer valiente.


París, 29 de enero de 1956

(...)

Mi marido; Francisco Pena Romero, se alistó en el ejército republicano desde el comienzo de la guerra civil. El 2 de febrero de 1939 se refugiaba en Francia, campo de Barcares (Pirineos Orientales) y después se incorporo a la 33 Compañía de Trabajadores Extranjeros.

El 22 de junio de 1940 fue detenido en Saint-Die por los alemanes e internado en un Stalag de Estrasburgo, de donde fue deportado a Mauthausen hasta la liberación.

Mi marido es titular de la carta de deportado político nº II-0II-65-48 establecida por el Ministerio de Antiguos Combatientes.

Al finalizar la guerra, mi marido, cuya salud estaba muy comprometida, fue hospitalizado en un centro de deportados en donde estuvo desde 1945 hasta 1946.

Yo hubiera deseado, por lo que a mí respecta, reunirme con él en Francia tan pronto eso hubiera sido posible; pero mi marido se encontró, en los primeros años después de la liberación, con problemas materiales difíciles de resolver, tal como el alojamiento y la busca de trabajo susceptible de hacernos subsistir.

Por fin pude obtener el 2 de Octubre de 1949, de las autoridades españolas, la autorización de poder ir a Francia después de ocho meses de diligencias e intervenciones múltiples.

Debo precisar que toda nuestra familia es tradicionalmente republicana.

Después de la marcha de mi marido en 1936, vivimos un verdadero calvario. La guardia civil franquista me afectó personalmente a hacer trabajos de carretera por cuenta de Falange. Estos trabajos de fuerza tuve que efectuarlos en Boiro (Coruña) sin ninguna remuneración.

Mi hermano, de 15 años de edad, fue detenido. Mis padres maltratados.

Mi hijo fue aterrorizado por un jefe falangista, amenazándole de muerte, reprochándole las actividades de su padre.

Una casa que teníamos en construcción fue destruida y nos prohibieron reconstruirla, robándonos los materiales de construcción.

En los años que siguieron, además de las vejaciones constantes y las multas que tuve que pagar, fui obligada a confeccionar pantalones y camisas por cuenta de los falangistas, algunas veces toda la noche.

En fin, estaba sujeta a la vigilancia permanente de la policía y recibía sus visitas a cualquier hora del día y de la noche.

Este es el tributo que he tenido que pagar por nuestras convicciones y por nuestra oposición al régimen después de la marcha de mi marido.

Si no hubiera tenido a mi cargo a mi padre y a mi madre, ambos de 70 años de edad, y a mi hermano, entonces de 15 años de edad, hubiera intentado reunirme con mi marido al final de la guerra civil. Pero no podía abandonarles en ese momento.

Desde que mi marido pudo encontrar trabajo y restablecerse hice cuanto estaba en mis manos para expatriarme.

Espero que a la luz de estas informaciones, le será posible atribuirme la calidad de refugiado, ya que le fue concedida a mi marido.

Queda de V. su más sincera segura servidora.


Ramona Romero de Pena









1888. Los poetas no mueren: Miguel Hernández

Carmen Conde, Antonio Oliver y Miguel Hernández, con otros intelectuales, en el faro de Cabo de Palos, agosto de 1935


Hace muchos años, casi en mi adolescencia, conocí al jovencísimo Miguel Hernández, en Orihuela, su tierra: La Oleza de Gabriel Miró. Aparte de las cartas que él nos escribía a mi marido y a mí, a Cartagena (nuestra triste ciudad natal), le vimos «físicamente» en un homenaje que los muchachos de Orihuela organizaron a Gabriel Miró, con descubrimiento de un busto y todo con la asistencia de las autoridades de la República y con discurso (no muy ortodoxo) del escritor y ahora embajador Ernesto Giménez Caballero. Como lo que este genial hombre dijo en aquella tarde y en aquella placita del homenaje citado resultó extemporáneo para algunos de los que escuchaban, al protestar éstos –justificadamente, hay que reconocerlo– se produjo un incidente con intervención de autoridades y demás. Aclaradas las cosas, y divertido el propio Giménez Caballero (al que nunca se le podrá olvidar su magnífica, su espléndida Gaceta Literaria de aquellos tiempos), fuimos a reposar a lo que se llama Casino de Orihuela, y que lo es. Allí nos acompañó el muchacho Miguel Hernández que estaba escribiendo su primer libro, Perito en lunas, muchos de cuyos originales nos regaló. Nos asomamos a uno de los balcones del casino (estaba conmigo una muchacha entonces muy prometedora en literatura, hermana de un genial escritor muerto ya, María Cegarra Salcedo) que daban sobre el río, sobre el limoso y lentísimo río de Orihuela. Miguel habló y habló, cosas las que dijo estupendas: acababa de dejar las cabras y estudiaba a los clásicos, y escribía y dentro de poco le publicaría su libro primero una editorial que regía el gran Raimundo de los Reyes (actualmente redactor jefe del diario católico madrileño Ya), poemas asombrosamente buenos y perfectos. Fue una tarde y una charla aquella viendo resbalar el Segura, que no olvidaré.

Después de Perito en lunas Miguel se vino a Madrid. José Bergamín y su revista Cruz y Raya le acogieron generosamente. Se hizo amigo de un joven inquietísimo, audaz, inteligente, mordaz pero justo en sus juicios que se llamaba Enrique Azcoaga. Trabajó con José María de Cossío –hoy académico– en Espasa Calpe en una monumental obra sobre toros y toreros. Para entonces ya estábamos también nosotros en Madrid, luchando con las circunstancias ya que, por ser súbditos de «la tierra de nadie» jamás anduvimos por terrenos firmes y acaudalados. Antes, llevamos a Miguel a Cartagena, a una Universidad Popular que habíamos fundado y sosteníamos a nuestras expensas y cuya única finalidad –única– era propagar la cultura entre los que más la necesitaban, sin usar como trampolín para nada nuestro trabajo desinteresado y generoso. (Naturalmente que esto no lo entendió jamás nadie, pero es lógico). Miguel leyó versos, dio conferencias, caminó con nosotros por los campos y las playas de la provincia, fue nuestro huésped y nuestro orgullo. Iba, recto, hacia la gloria que tiene ya.

Otros libros, un auto sacramental entre ellos, salieron de su pluma. A Miguel le conocían ya y le estimaban Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, etc. Él, sencillo y noble, se movía con la máxima modestia y pobreza. A nuestra mesa, como a la de otros compañeros, acudía con frecuencia y alegría para todos. Y poco después, llegó la guerra… La guerra española irrestañable.

En la guerra Miguel hizo lo que tantos que pensaban, sentían como él y que, además, estaban forzosamente en zona roja. No voy a explicarlo, pues lo saben todos ya. Cuando terminó la guerra, huyó, se escondió, regresó a la querencia de su tierra, Orihuela, donde tenía su mujer e hijo, y allí… Dios perdone a Orihuela. De la cárcel, por muchas gestiones que se hicieron –y fueron las más ansiosas las de muchos prohombres del partido triunfante, sépase– no volvió a salir. Es decir, salió muerto para que lo enterraran, precisamente, muy cerca de donde estaba enterrado el otro joven cruelmente sacrificado: José Antonio Primo de Rivera. Vecinos de sepultura, y jóvenes los dos, cada uno en su mundo, tuvieron la misma tierra para morir y ser cubiertos por ella. 

La obra que dejó escrita Miguel no es una obra madura; hubiera sido de insuperable talla de haber vivido él; pero es una obra absolutamente cierta, hermosísima, entrañable, que se hunde en el corazón de sus lectores y lo aprisiona. Muchos han escrito ya sobre ella; muchos que no le conocieron y que  o han tratado la figura desde un punto de vista de la enemistad al régimen bajo el cual murió desgraciadamente, o le han exaltado contra este mismo régimen. Desapasionadamente aún no se ha escrito sobre Miguel. Lo sé. Ni siquiera yo podría hacerlo, porque yo le conocí, le quise, le admiré y era su amiga. Véanse los libros de Juan Guerrero Zamora (gran jerarca ahora de Radio Nacional, buen escritor y arbitrario e incongruente hombre); de Concha Zardoya, formidable erudita y profesora desde hace doce años en USA, escritora concienzuda y de singular porte. Y, esto me parece mejor si cabe: véase el prólogo que a sus obras completas –y a su antología en Losada– ha puesto María de Gracia Ifach. María de Gracia Ifach conoció a Miguel en plena guerra, en Valencia, y aunque no lo tratara tanto como yo, por ejemplo, le conoció lo bastante y le admiró para haber hecho algo que nadie hizo por él: recoger a su hijo durante una larga temporada en su casa de Valencia, después de la guerra, y estudiar a fondo la obra del padre. Recomiendo las obras completas de Losada, Buenos Aires, para saber algo más y mejor del inmortal Miguel Hernández. 

Aquí van, para el curioso lector, unas fotos inéditas aún. Las hice yo, o las hicieron para mí, con él. En unas está en Cabo de Palos, con un grupo de jóvenes de nuestra querida y perseguida Universidad Popular; en otra, está con mi marido y conmigo en un molino de velas (el del tío Poli) que había frente a nuestra casa de Los Dolores, Cartagena. En otra, ¡ay!, está dibujado por un compañero de la cárcel, cerca ya de su muerte. El dibujo que se le hizo en la cárcel, muerto, no me atrevo ni a mirarlo. Me duele. 

Miguel Hernández no fue el que persiguió la mala suerte y el torpe rencor de unos paisanos suyos. Ni es el que exaltan otros que pretenden desfigurar las cosas para inútiles revanchas. Miguel era un chiquillo, y de sus cartas a Josefina, su mujer, se pueden obtener datos que le retratan como lo que es todo poeta: rebelde, independiente, indomable, suyo, y, sin partido. Un carnet, una actuación en guerra no debe constar para fijar una figura en el futuro. Hombre del pueblo reaccionó como cualquier hombre del pueblo, pero él era poeta. Yun poeta no es nunca un carnet ni un número ¿Por qué lo olvidarán los hombres que no son poetas? 

Amigo mío querido, víctima de la fatalidad, que te conozcan de otra manera –la más aproximada a la verdad– estoy deseando yo, la que vivió y vive en la tierra de nadie. ¡Tu obra es hermosa, y merece admiración y estima de los mejores! Tu pobre criatura herida es una simiente más que el calor de amor de los que te recordamos alimenta para que florezca como dios promete a los que estuvieron cerca de él.


Carmen Conde
El Día, Madrid 1956