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3500. Un sol incoloro. Juan González del Valle, un intelectual gallego asesinado en el Castillo de Hartheim (1941)

Escritor, poeta, ensayista, académico correspondiente de la R.A.G., catedrático de Lengua y Literatura en varios institutos durante la II República y la Guerra de España, exiliado en Francia, deportado a un campo nazi, asesinado cuando contaba 43 años. Esto es todo lo que se conocía del coruñés Juan González del Valle y González de la Vega, un todo que era apenas nada.


Si ha existido una persona desde hace años interesada en su trayectoria ha sido el profesor Don Xesús Alonso Montero. Por ello, cuando desde la A.R.M.H. me ofrecieron la posibilidad de investigar sobre la vida y obra del malogrado catedrático, no dudé en aceptar la tarea, pensando en Don Xesús, y en mi deseo de devolverle tan solo un poco del conocimiento que él nos ha regalado a lo largo de los años.

 

He de destacar el valioso trabajo de recuperación de la vida y obra del intelectual coruñés, realizada por Don Miguel Longo Formoso, recogida en Juan González del Valle (1898-1941) grácil poeta, sutil prosador, editado por Coruña Historia y Turismo en 2006 y 2007.

 

«¿Qué habrá sido de Juanito del Valle?» Se preguntaban Lois Tobío, Borobó, y hasta el mismo expresidente de la República portuguesa, Bernardino Machado, en una carta a Álvaro Cebreiro.[1] En las páginas de este libro, escrito desde el respeto que debemos siempre a las víctimas, hay algunas respuestas.

 

Juan González del Valle era un intelectual gallego. Aunque tan solo se le conoce un texto en lengua gallega, el prólogo de Valentín Lamas Carvajal. Poesías, una selección de obras escogidas del poeta, único libro que publicó, dejó, sin embargo, múltiples huellas en revistas y periódicos de la época en que le toco vivir. Además de las revistas Casa América Galicia, Vida, Alfar, Ronsel y Galicia, publicó en la onubense Papel de Aleluyas, en la segoviana Manantial, en la francesa Mamomètre, y en El Pueblo Gallego. Durante la Guerra de España colaboró con Hora de España y Nova Galiza.

 

No se aprecia en sus textos ni un átomo de compromiso político, ni antes, ni durante la Guerra de España. Sin embargo, según relató Raimundo García Domínguez, “Borobó”, que le conoció en Madrid en el centro de instrucción para los voluntarios de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza (F.E.T.E), adscritos al Batallón Félix Barzana, cuando las fuerzas facciosas se aproximaban a la capital de la República, Juan González del Valle no dudó en  movilizarse para defenderla.

 

En el Diccionario Biográfico del Socialismo Español de la Fundación Pablo Iglesias, comprobamos que Juan González del Valle fue miembro de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza de la U.G.T de A Coruña y que formó parte de las Milicias de la Cultura en el Batallón Félix Barzana organizado por la FETE-UGT.[2]

 

Defensor de la legalidad del gobierno republicano, no combatió con las armas, pero sí lo hizo con las letras, pues pasó casi toda la contienda impartiendo la docencia hasta que se vio obligado a partir camino del exilio en busca de una libertad incierta y con la tibia esperanza de iniciar una nueva vida. Pero ni tan siquiera esto le fue permitido.

 

En el inicio del exilio, a pesar del desgarro de la lejanía de la tierra por la que había luchado para alcanzar una sociedad más libre, se sintió tan agradecido del acogimiento por parte del país vecino, que quiso alistarse a la Legión Extranjera para devolver a Francia un poco de lo que Francia había hecho por él. Nunca tomaron en serio su solicitud de alistamiento.

 

Tal vez llegó a albergar la esperanza de cruzar algún día en libertad la frontera que le separaba de España, de regresar a su tierra gallega, pero Francia, el país que él consideraba amigo, no titubeó en colaborar con los nazis y con las autoridades franquistas para expulsar de sus fronteras a los “rojos españoles”. Así fue como Juan González del Valle fue sacado a la fuerza de Angouleme, el lugar que consideraba un refugio, y un día de agosto de 1940 es deportado al campo de Mauthausen, donde sin duda comenzó a morir lentamente con poco más de cuarenta años.

 

Raimundo García Domínguez,“Borobó”, pidió a Isaac Díaz Pardo que se investigara la historia de Juan González del Valle, que su obra dispersa fuera publicada y ese deseo se cumple en parte con este libro. Ahora queda que las autoridades de A Coruña cumplan el resto, y que  como pedía “Borobó” en breve podamos leer el nombre de Juan González del Valle en un instituto de la ciudad que le vio nacer.

 

Cuando el pasado está más presente que nunca, recuperamos su historia sepultada en múltiples capas de olvido, para mostrar las luces y las sombras de un hombre atrapado en dos guerras, al que la intolerancia y el horror nazi le hicieron padecer un sufrimiento sin medida y le arrebataron el bien más preciado: la vida. Un hombre, a quien debemos, hoy y siempre, recuerdo, reconocimiento y homenaje, porque en este país tan precario en Memoria, hay que seguir insistiendo en que el olvido es inadmisible.

 

 

María Torres Celada


Introducción al libro Un sol incoloro. Juan González del Valle, un intelectual gallego asesinado en el Castillo de Hartheim (1941), editado por La ARMH junto al colectivo de familiares de deportados Triángulo Azul y la editorial Alkibla, 2023.

 

El libro se puede adquirir a través de la Web de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.




___________________

[1] Busto Aballe, Humberto: Epistolario portugués de Álvaro Cebreiro. Actas do IV Simposio Internacional Luso-Galaico de Filosofía, noviembre 2002, p. 336

[2] Fundación Pablo Iglesias. URL: https://fpabloiglesias.es/entrada-db/gonzalez-del-valle-juan/






3316. Gori Muñoz (Gregorio Muñoz Montoro)

 

Gori Muñoz (Benicalap, 1906 - Buenos Aires, 1978) en su mesa de dibujo


 

Gori Muñoz es el nombre artístico de Gregorio Muñoz Montoro, un artista plástico español republicano, exilado en Buenos Aires, donde alcanzó notable reconocimiento por su obra como escenógrafo y director de arte de cine y teatro.

 

Inicia su vida profesional en España, siendo reconocido por sus trabajos como dibujante, ilustrador y caricaturista. Colabora con revistas y editoras, monta sus primeras exposiciones y recibe becas de la Junta de Ampliación de Estudios que lo llevan a Paris, Bélgica y Holanda.

 

Comprometido con la causa antifascista, durante la Guerra Civil se coloca al servicio del Gobierno de la República. Es responsable por el Taller de Decoración del Pabellón de España de la Exposición Internacional de Paris (1937) y trabaja para la Subsecretaría de Propaganda.

 

Refugiado en Francia tras la derrota republicana, embarca con su mujer María del Carmen García (Carmen Antón) y su primera hija recién nacida, en el Massilia rumbo a Chile. Al llegar a Buenos Aires, en noviembre de 1939, le ofrecen trabajo y allí se queda. Comienza como dibujante, ilustrando libros y revistas, hasta que surge la oportunidad de hacer los decorados de “Los Cuernos de don Friolera”. Es el principio de una brillante carrera como escenógrafo teatral, especialmente en el teatro español del exilio. Fueron 162 montajes en Buenos Aires y Montevideo, incluyendo autores clásicos y modernos, comedias, dramas, espectáculos al aire libre, musicales etc.

 

Como escenógrafo o director de arte, participa en más de 190 películas, entre las cuales La Dama DuendeDios se lo pagueSangre NegraLos IslerosLas aguas bajan turbiasRosaura a las diezEl hombre de la esquina rosada, etc. Es considerado un innovador del decorado cinematográfico y del cine argentino. Recibe por su labor 30 premios de la Asociación de Cronistas, del Instituto de Cinematografía y de la Academia de Artes Cinematográficas de la Argentina.

 

Trabajador incansable y amigo de sus amigos, además de publicar artículos y libros, continúa colaborando como ilustrador en diversas revistas y editoras. Monta varias exposiciones de pintura (Carpetas de viajes, El Teatro en Silencio). En una de sus carpetas encontramos esta frase que resume su filosofía de vida y el secreto de su resiliencia: “Faire le métier qu’on aime et aimer la vie dans les plus petites choses”.

 

Murió em 1978, víctima del mal de Parkinson, sin haber regresado a España. Pidió ser cremado y que sus cenizas fueran arrojadas al río: "ellas solas sabrán encontrar el camino de Valencia". Así se hizo.


 

María Antonia (Tonica) Muñoz-Malajovich

http://gorimunoz.com

 






3272. El general Miaja

A fines del siglo XIX, antes del año 98, el ejército español no era precisamente un ejército popular, pero conservaba todavía, y la sacaba a relucir en las grandes solemnidades, cierta aureola liberal. 

Era el ejército de la guerra de la Independencia y de las guerras civiles. Había luchado en ambos casos por la libertad. Primero, frente al extranjero, es decir, en la política exterior; y después, en la política interior, frente al absolutismo, por la libertad política sin la cual la otra, la libertad nacional, resultaba un engaño. 

Es verdad que ese doble sentido de la libertad se presta a un equivoco en el que han caído y siguen cayendo las naciones y que entonces no supo evitar España. Toda nación, cuando defiende su independencia, se cree muy liberal y lo es, en efecto, mientras lucha por la libertad. Pero, una vez conseguida ésta, hay que mostrar si se es digno de ella. ¿Para qué se ha querido? ¿Para la liberación o para la opresión? ¿Como una finalidad a la que es preciso llegar o solamente como un medio?

La España del siglo XIX, que dio un sentido político que hasta entonces no tenia y desde entonces tuvo en todo el mundo a la palabra liberal, alzó, como otras naciones de aquel siglo y del nuestro, a muchos jefes liberales que no supieron o no quisieron hacer nada con la libertad, mejor dicho, que no supieron hacerla, liberales en Su juventud, reaccionarios en su madurez (tal ha sido y sigue siendo el lugar común de las biografías políticas). 

La libertad no estaba madura, no llegó a madurar porque las condiciones económicas del país no variaron todo lo que debían con la única verdadera revolución liberal que se hizo en España durante el siglo XIX: la desamortización de los bienes de la Iglesia; revolución precursora, en la que España se adelantaba a las demás naciones, pero que no se llevó a fondo.

La restauración monárquica en España, a fines del siglo XIX, fué el triunfo reaccionario de los jefes alzados en su juventud como liberales. Se cumplían las biografías políticas claudicantes. El ejército español de la restauración, traicionado por sus jefes, era, pues, en realidad, un instrumento de la reacción. 

Sin embargo, sus banderas, en algunas conmemoraciones, por ejemplo en la del 2 de mayo, todavía ondeaban con aires de libertad. El 2 de mayo, Bailen, los sitios de Zaragoza y de Gerona, de la guerra de la Independencia, se enlazaban con Luchana, la liberación de Bilbao y hasta con el abrazo de Vergara, que aún podía parecerle ingenuamente al pueblo la derrota del absolutismo carlista. 

El ejército de Martínez Campos, de este tipo perfecto de general traidor, que se sublevó en Sagunto para restaurar el trono de los Borbones, era todavía para el pueblo el ejército de Riego, el héroe muerto por liberal, y el ejército de Espartero, que decía: cúmplase la voluntad nacional, y de Prim, aquel impetuoso que se había presentado a la reina con un soviet de soldados. 

A esta historia militar superviviente en la imaginación del pueblo, se unía la historia clásica de los conquistadores españoles: Hernán Cortés, Pizarro, soldados y campesinos que conquistaban imperios. Mucho antes de que existiera un ejército popular sacado de la revolución —el ejército francés de Napoleón— los españoles que se iban de soldados a América llevaban en su hatillo el bastón de mariscal. 

Así se explica que en el año de 1897 saliera de la Academia de Infantería un segundo teniente, lleno de ilusiones militares e hijo de obreros. Este joven oficial se llamaba José Miaja. 

Era un mozo de pecho ancho y cabeza redonda, nacido en Oviedo. Su padre trabajaba en la Fábrica de Armas; y como el trabajo del padre, sobre todo si es obrero, trasciende al hogar, José Miaja debió en cierto modo familiarizarse, desde chico, con el secreto de esos instrumentos rígidos —los fusiles— que los hombres manejan en todas las direcciones. El oficio del padre tuvo, indudablemente, su parte en la inclinación del hijo. Si no se hubiera destinado al mando, a la dirección de las armas, José Miaja se hubiese dedicado, como su padre, a fabricarlas. 

Entonces los obreros fabricaban los fusiles, pero no los dirigían. Frecuentemente estaban dirigidos contra ellos. El paso de una a otra función con respecto a los fusiles era el ascenso de una a otra clase social, y no bastaba merecerlo, había, además, que agradecerlo. Todavía el soldado que por azares de la guerra ascendía a teniente, podía pasar, si sabía adaptarse a su nueva clase y volverse contra su clase de origen, cuando fuera necesario. Mas, a pesar de la pálida aureola que aun pudiera tener el ejército liberal, no podía admitirse fácilmente que un mozo de la clase humilde entrara a formar parte de la oficialidad por la misma puerta de la Academia que los señoritos de las clases acomodadas.

Los conquistadores de América, capitanes del pueblo; los guerrilleros de la Independencia; los héroes militares de la libertad, toda la vena popular del ejército español, henchida de la sangre más roja del pueblo, no había destruido el prejuicio de la sangre azul en el ejército. Sabido es que antiguamente, en las casas nobles, el hijo mayor heredaba los títulos, era el duque, el conde, el marqués, mientras los otros hijos varones se dedicaban a la carrera de las armas o a la Iglesia como las hembras se casaban o entraban en un convento. Las armas eran de la nobleza y para la nobleza. Los ejércitos estaban así compuestos de jefes de la clase social superior y soldados reclutados en el pueblo hambriento y aventurero. Cuando la clase superior, en los tiempos modernos, no fué ya la nobleza sino la clase media enriquecida, los jefes del ejército salieron no sólo de la aristocracia, sino también de la burguesía, pero de la burguesía que más deseaba heredar los modos de la nobleza, la que más la imitaba. 

José Miaja que, sacrificándose sus padres, había conseguido entrar en la Academia de Infantería, no podía ser bien visto por los señoritos cadetes de la antigua o de la moderna nobleza. Si le tiraba la milicia debía sentar plaza. Era un hijo del pueblo que no estaba hecho para mandar, sino para obedecer. Los que le creaban este ambiente hostil no hubieran podido figurarse que llegaría una ocasión memorable —el 6 de noviembre de 1936— en que el nombre de José Miaja pasaría a la Historia por la virtud de sus dotes de mando. 

La hostilidad de la Academia se recrudeció en los Cuartos de Bandera. Miaja no era más que teniente cuando se perdieron las colonias, en la guerra de 1898, y el ejército recluido en España perdió además su aureola liberal, se hizo completamente reaccionario y no tuvo otra misión que salvar a la monarquía del naufragio. A los militares no les bastaba con ser monárquicos; todos querían ser palaciegos porque ya no fué sólo el inocente prejuicio de la sangre azul, sino intereses más calculados los que dividieron en castas al ejército. Los militares que no eran palaciegos, eran considerados como de una casta inferior, constituían el proletariado de la oficialidad, iban con sus familias numerosas y sus pagas exiguas dé guarnición en guarnición, tenientes, capitanes, comandantes, no pasaban de coroneles. El generalato se reservaba para los que lograban su carrera en Madrid, es decir, para los favoritos. Palacio hacía y deshacía a su conveniencia las carreras militares. 

Naturalmente, el hijo del obrero de la Fábrica Asturiana de Armas, fué un oficial proletario. José Miaja era de los de abajo y tenía un carácter entero. No se dobló, pero tampoco se abatió. Casado muy joven, de teniente, empezó a criar una familia que, como hombre honrado del pueblo, había de ser y ha sido numerosa: siete hijos. Una perspectiva de trabajo militar y de mejora económica se abría en Marruecos. Miaja fué allá y tomó parte en cuatro campañas: la de 1909, la de 1911, la del 13 al 14 y la del 21 al 23. Cuando empezó la primera campaña, era ya capitán por antigüedad, desde 1907. En la campaña de 1911 fué ascendido a comandante por méritos de guerra. En 1918 ascendió a teniente coronel, y en 1925 a coronel. 

Su vida militar había sido la de un oficial disciplinado, fiel cumplidor de las órdenes del Gobierno. 


*


Al advenimiento de la República, no era más que coronel, el grado máximo a que en realidad podía aspirar un oficial proletario. La República le hizo general y fué destinado a Badajoz primero y en seguida a Madrid, en donde tomó el mando de la primera Brigada de Infantería. La República le había reconocido y él a ella. 

Si José Miaja no había sido hasta entonces más que un militar disciplinado, íntimamente desligado del medio ambiente monárquico, al llegar la República se sintió ciudadano, comprendió que había sonado la hora del pueblo español. En vez de la biografía claudicante, tan repetida en los jefes del ejército y de los partidos políticos, José Miaja, al llegar a general, no claudicaba sino que se encontraba. 

Conviene decir en este punto que su padre, un obrero de la Fábrica de Armas de Oviedo, era republicano. Gil Robles distinguió en seguida la marca indeleble de republicano que, al calor de los acontecimientos se hacía más señalada en la figura del general y le destituyó del mando de la primera Brigada de Madrid y le mandó a Lérida, para castigarle. Volvían las guarniciones de provincia a ser un castigo para los militares. Miaja volvía a ser un proletario del ejército. Era un general proletario. 

Por poco tiempo. Al formarse el primer gobierno del Frente Popular, fué nombrado ministro interino de la Guerra; después volvió a mandar la primera Brigada de Infantería y, encargado de la División y como Comandante Militar de la Plaza de Madrid, hizo frente al intento de sublevación de la Caballería de Alcalá de Henares, donde él solo con su ayudante, impuso su mando y detuvo a los oficiales sublevados. Con la misma autoridad actuó en Toledo, en un conflicto entre los cadetes del Alcázar y las fuerzas obreras.

Y al estallar la rebelión militar de Sanjurjo, Goded, Franco y Mola, el general faccioso encargado de sublevar a las tropas de Madrid no se atreve a ir a la Comandancia a tomar el mando de la División, porque allí está el republicano Miaja. En aquellos momentos, durante ocho horas. Miaja tuvo también que hacer de ministro de la Guerra. El día 25 de julio, salió de Madrid con su Estado Mayor para Albacete y se hizo dueño de la plaza. Luego dirigió, desde Montoro, las primeras operaciones militares en la provincia de Córdoba e impidió que los rebeldes se apoderaran de Jaén. De agosto a octubre fué Comandante Militar de Valencia. ¿Qué? ¿Iba Miaja a ser ignorado también por la República?

Sus dotes de mando no habían pasado desapercibidas. Era el momento de un general con tesón, el general del ejército popular del «No pasarán». El 25 de octubre, José Miaja es nombrado general de la primera División, y el 6 de noviembre el Gobierno le deja encargado de la defensa de Madrid. 

José Miaja es el Presidente de la Junta de Defensa que pasará a la Historia. Es el militar que en la defensa de Madrid se ha compenetrado con el pueblo, como el teniente Ruiz, como Daoiz y Velarde, el 2 de mayo. Más feliz que ellos, porque ellos fueron héroes que no vieron su triunfo. Miaja ha visto el suyo. El triunfo del pueblo. 


Corpus Barga
Nuestro Ejército, Abril de 1938






2799. Julia Romera Yañez

Julia Romera Yañez nace el 1916 en el seno de una familia obrera, en plena Guerra Europea, una época realmente difícil de la historia de Mazarrón. Con anterioridad a esa fecha ya se dejaban sentir en el pueblo los primeros síntomas de una inminente y anunciada crisis económica. En un párrafo de El Heraldo de Mazarrón, del día 4 de abril de 1905, se decía: “...nadie, absolutamente nadie se interesa por nosotros y como perspectiva para el porvenir, contamos con la paralización de todos los negocios mineros, con la destrucción de los bolas de pesca por no haberse desviado oportunamente la rambla de las Moreras que los ciega e inunda de fangues minerales, y el esquilmamiento de los escasos campos de labor que aún se trabajan, por falta de agua de riego...” La única solución de subsistencia que le quedó a la población trabajadora de Mazarrón, al igual que la de otras localidades mineras murcianas como Águilas, Cartagena, La Unión, Lorca, etc., fue la emigración masiva hacia otras zonas más industrializadas en busca de ese futuro mejor, que no siempre encontraban. José Berruezo Silvente, último alcalde de Santa Coloma durante la etapa republicana y pariente de Julia, en un párrafo de sus memorias refiere así la situación en Mazarrón: “...cuando en junio de 1917 pude obtener el permiso de un mes en la mili para visitar a mis padres, entristecidos por la reciente muerte de mi hermano, ya mayor, encontré un pueblo completamente diferente y cuya juventud había sido barrida por un terrible complejo de circunstancias. La Guerra Europea (1914-1918) había liquidado la infraestructura de explotación de las minas y los obreros habían declarado la huelga general para oponerse a los despidos masivos...”

En el otoñó de 1918, a la ya grave situación que atravesaba la clase trabajadora murciana, vino a sumarse una terrible epidemia de gripe. El día 15 de octubre de 1918 fallecía en su domicilio de Mazarrón, a los treinta años de edad, Francisco Romera Rodríguez, padre de Julia, a consecuencia de una neumonía gripal.

Así transcurrieron tres años hasta que en 1921, ante la pérdida de empleo por parte de varios miembros de la familia Romera-Rodríguez, ésta decidió emigrar a Santa Coloma, donde ya vivía desde hacía dos años una tía de Julia, llamada Mariana Romera Rodríguez, junto con su esposo Diego Berruezo Clemente y sus hijos. Así, se instalaron primero en la calle Ciudadela Alta. Posteriormente, habitaron una casa de la plaza de la Constitución. La Santa Coloma que conoció Julia a su llegada fue la de un pequeño pueblo, eminentemente agrícola, con una población que no alcanzaba todavía la cifra de 3.000 habitantes, pero que debido a la ola migratoria murciana de ese primer tercio de siglo en sólo diez años su población se situaría en torno a los 13.000 habitantes.

En el año 1930, Julia trabajaba en Pañolerías Baró, S.A. Con la llegada de la República, la CNT, que había permanecido en la clandestinidad , volvió a reorganizarse y abrió un local en la esquina del actual paseo Lorenzo Serra con la avenida de Santa Coloma. Muchos trabajadores y trabajadoras de Pañolerías Baró, entre ellos Julia, se afiliaron al sindicato.

Paralelamente a los sindicatos, con absoluta independencia, funcionaron las Juventudes Libertarias, que organizaron la Biblioteca, dieron charlas de orientación cultural y cursos de enseñanza gratuita a otros jóvenes que ya por su edad no podían asistir a la escuela; también realizaban excursiones y giras campestres, que tenían algunas veces carácter comarcal, reuniéndose entonces una enorme cantidad de gente joven. También distribuían la prensa confederal, editaban panfletos,  gestionaban las actividades de la Biblioteca y llegaron a editar una revista llamada Aurora Libre.

Las Juventudes Libertarias colaboraron con los maestros en la Escuela Racionalista que se había instalado en la Casa del Pueblo, dando clases nocturnas a jóvenes que ya no estaban en edad escolar y a adultos después de acabar su jornada laboral.

Posiblemente, entre los años 1934-1935 ingresó Julia en esta organización.  Pero su participación más destacada en las Juventudes Libertarias fue a partir de julio de 1936, Julia fue nombrada secretaria general, cargo que alternó durante el período de guerra con el de tesorera. Una vez finalizada la guerra, Julia Romera no marcha al exilio, a pesar de su labor durante el conflicto, al quedarse al cuidado de su abuela y de una tía. El  27 de enero de 1939, las tropas del Cuerpo de Ejército Marroquí que ocuparon Santa Coloma.

El 30 de mayo es detenida por la Guardia Civil de Santa Coloma,  y tras pasar tres interminables días a merced de la arbitrariedad de sus captores, Julia "quasi sense poder caminar, amb el ventre inflat per les lesions que li havien provocat", fue trasladada al "Teatro Cervantes" de Badalona, donde habían habilitado unas dependencias para servir de cárcel de mujeres. Este traslado se produjo para que la detenida prestara declaración ante el juez militar de esa localidad, acto que no tuvo lugar oficialmente hasta el día 31 de octubre del mismo año, según consta en el Sumario.

Posteriormente fue trasladada a la prisión de mujeres de Les Corts, en espera de la celebración del Consejo de Guerra Sumarísimo y de Urgencia, que tuvo lugar en el Palacio de Justicia de Barcelona el día 2 de enero de 1940. La sentencia: cinco penas de muerte, ocho penas de reclusión perpetua, dos penas de 20 años, cuatro penas de 15 años, dos penas de 6 años y tres absoluciones a los que no tenían todavía 16 años, aunque fueron puestos a disposición del Tribunal Tutelar de Menores.

La petición fiscal para Julia era de pena de muerte, siendo condenada por el Tribunal Militar a reclusión perpetua. La sentencia pronunciada el mismo día del juicio fue ratificada y declarada Firme y ejecutoria por el auditor de Guerra el día 7 de marzo de 1940.

En la cárcel, Julia compartió celda con Conxita Vives y la actriz Maruja Tomás durante gran parte de su estancia en la cárcel. Compartían entre todas la poca comida que les traían sus familiares y amigos. Durante este tiempo recibió las visitas y el aliento de su tía Concepción y de su primo José. También la visitaron en alguna ocasión algunas amigas y amigos. Reproducimos a continuación una de las cartas que escribe desde su cautiverio: 

"Te quejas y tachas de excesivamente dura mi carta para contigo, quizás sea así, pero no te extrañe al así hablarte ya que tú sabes mi manera de ser y digo las cosas y las llamo al desnudo tal y como mi corazón me lo dicta, ya sé que mi manera de ser me costará sufrir y llevar muchos desengaños, pero que haremos soy así y nada ni nadie me podrá cambiar, soy una chiquilla que no tolero las hipocresías ni convencionalismos de la sociedad, eso es todo, pero en el fondo no soy mala.

A finales del verano de 1941, tras varios procesos febriles, el médico de la prisión le detectó el bacilo de Koch que le afectaba ya a varios órganos vitales. La enfermedad, consecuencia directa de las lesiones internas producidas por los golpes recibidos en los interrogatorios y la cárcel, necesitaba para su curación de reposo, buena alimentación, administración de antibióticos y otros cuidados que, por supuesto, Julia no recibió. Fue ingresada en la enfermería de la cárcel cuando la evolución del mal era ya irreversible. El sábado 6 de septiembre,  a las veintidós horas,  fallecía en esas mismas dependencias después de haber rehusado los "auxilios espirituales" que le ofrecía el sacerdote de la cárcel. Las compañeras de Julia recaudaron entre todas las presas algo de dinero para que pudiera tener un entierro digno.











2729. Guerra de trincheras: las milicias en el Frente del Norte

Amalio Presmanes. Foto cedida por su hija Rosa Elvira Presmanes


Amalio, cómo no, gracias a su coraje y total entrega, estuvo en primera línea en el denominado Frente del Norte y fue nombrado comisario político con rango militar de comandante, al mando de un grupo de combate.

Los republicanos del norte no disponían de tropas suficientes, ya que no poseían un ejército organizado para poder lanzar ofensivas contra los territorios de Castilla y León. Sus efectivos estaban divididos por regiones: las milicias asturianas, las cántabras y las vascas; el equipo y armamento del que disponían era muy inferior al de los ejércitos republicanos de la zona centro.

Durante la resistencia de Gijón, Amalio estuvo encargado de controlar los almacenes de víveres para la población y para los milicianos, pero también participó en uno de los hechos más notorios de la contienda asturiana: el asedio y asalto final a los cuarteles de Simancas y el de Zapadores, que habían sido tomados desde el inicio de la contienda por el ejército sublevado.

El cuartel de Simancas era un emplazamiento estratégico ya que se encuentra en un alto desde donde se domina una parte importante de la ciudad y su bahía. En julio de 1936, las fuerzas militares de Gijón se correspondían a las tropas del regimiento Simancas y a las del VIII Batallón de Ingenieros, con guarnición en el cercano cuartel de El Coto. A su mando estaba Antonio Pinilla, jefe de este regimiento, comprometido con los rebeldes franquistas, que se habían atrincherado en el de Simancas, desde donde los francotiradores causaban muchas bajas entre la población.

El asalto para liberar el cuartel fue durísimo y la resistencia, tenaz. Se sometió el edificio al bombardeo aéreo, al cañoneo de artillería de diferentes calibres y a la dinamita para derribar los muros del cuartel. Tenía que tomarse el cuartel al coste que fuera, y dicho coste fue muy caro. Amalio siempre explicaba triste y emocionado que tuvieron que «jugarse» a los palitos quién se iba a colocar un cinturón con explosivos, para inmolarse y, de esta manera, abrir paso al resto de los milicianos. No había otra manera de lograrlo y el 21 de agosto la suerte le tocó a una mujer miliciana. Gracias a ella, finalmente abrieron el boquete por donde pudieron pasar los milicianos y tomarlo. Al fin la gesta del asedio al cuartel de Simancas se había coronado con éxito después de un largo mes de lucha. Amalio siempre citaba la miliciana que dio su vida para conseguirlo pero yo, a día de hoy, no recuerdo su nombre, que queda en el anonimato de la historia.

Hace pocos años, en una visita a Gijón, pude observar aún las marcas de las balas en los muros del cuartel, y mientras contemplaba el monolito alzado cerca de las puertas del cuartel a la gloria de los muertos habidos en el bando nacionalistas por Dios y por España, sin ninguna alusión a los milicianos republicanos, la tristeza me embargó pensando en la valiente acción de la miliciana.

El cuartel de Zapadores también fue un bastión de resistencia de los sublevados. En su asedio —según consta en la causa— también participó Amalio, pero no recuerdo que contase nada significativo al respecto. Sí nos contaba que estas operaciones las hacían a menudo como expertos dinamiteros, para llevar a cabo acciones especiales y concretas en pequeño grupo.

Asimismo, en la causa del juicio de guerra sumarísimo contra él, de 1942, consta que participó en la voladura del puente de Cornellana del río Narcea, pero de ello no recuerdo escucharle anécdota alguna. La causa recoge este episodio: «El entusiasmo por la causa roja, prueba elocuente de ello es que sus servicios fueron premiados y citados en la Orden General del 9 de agosto de 1937 del Ejercito del Norte, que en el artículo primero dice así: “Se premia la meritoria actuación de este individuo, ascendiéndole a cabo por el ardor y espíritu demostrado, volando el puente de Cornellana del rio Narcea, en la carretera de Oviedo a La Coruña”».

Curiosamente, este documento que le nombra cabo por esta acción fue también un elemento de suerte. Era inverosímil nombrar cabo a un comisario político, y como no pudieron obtener ninguna constancia documentada del hecho, ello impidió la condena de pena de muerte.

Así, a pesar de haber sido acusado, finalizada la guerra, como comandante, comisario político, y solo constar su ascenso a cabo por la acción en el puente de Cornellana, le impusieron tan solo una condena de 30 años de prisión, a lo cual también contribuyeron los buenos antecedentes dados por los curas asturianos a los que había salvado la vida de una ejecución inminente en 1934, cuando Amalio defendió que fueran juzgados, y no ejecutados.

El avance de los sublevados para conquistar Bilbao fue imparable y en junio de 1937 se produjo la Batalla de Bilbao, en la que participó Amalio. La población estaba siendo desplazada hacia Santander, y el Gobierno vasco se retiró a la aldea de Trucios, tras dejar en la capital una Junta de Defensa de Bilbao. Tras una valerosa y enconada defensa del Ejército del Norte, las tropas sublevadas pudieron entrar por donde la fortificación era más débil, dato que había sido filtrado al enemigo por el traidor comandante Goicoechea, tras un intenso bombardeo de la artillería y la aviación franquistas. Los hombres del italiano comandante Nanetti, republicano y comunista, huyeron cruzando el rio Nervión, sin volar los puentes tras de sí dejando abierta la carretera de Bilbao. El 17 de junio de 1937 cayeron 20.000 bombas sobre Bilbao. Los bombardeos sobre Guernica habían tenido lugar dos meses antes[1].

El 18 de junio el republicano general Ulibarri mandó retirar el resto de sus tropas de la ciudad de Bilbao.  La última de estas unidades salió de la ciudad en la madrugada del 19 de junio y era necesario retardar la entrada a la ciudad de las tropas fascistas. Con esta finalidad Amalio, con un pequeño grupo de expertos, dinamitaron la mayoría de los puentes de la ría. Esta era una de las acciones a las que siempre hacía mención después de pasados tantos años. Siempre que voy a Bilbao, veo todos aquellos magníficos puentes sobre la ría, y pienso en él.  La voladura de puentes fue el final de la denominada «Batalla de Bilbao» y los milicianos fueron batiéndose en retirada hacia Santander.

La ofensiva de los sublevados para llegar a Santander no se produjo hasta el 14 de agosto y, dado su mayor número de fuerzas, lograron una decisiva victoria en apenas unas semanas. De esta manera, el ejército sublevado, con el apoyo de la Legión Cóndor y el Corpo Truppe Volontarie, destruyó las fuerzas republicanas en la cornisa cantábrica, se hizo con el control de Vizcaya, y después de haber completado la conquista de Guipúzcoa, cerró el acceso terrestre con Francia. En Asturias, aún resistía lo que quedaba del Ejército republicano del Norte. Pero desde el sur, los sublevados habían conseguido establecer un pasillo directo a Oviedo y terminaron con el cerco de las milicias republicanas.

Mientras todo esto sucedía, en Barcelona se estaban produciendo los graves enfrentamientos entre las fuerzas del POUM y las comunistas; y se perpetraba el asesinato de Andreu Nin por agentes a las órdenes directas de Moscú. Cabe preguntarse si, en Asturias, aquellos milicianos, valerosos combatientes comunistas, conocían lo que estaba sucediendo y si era así, cómo les llegaba dicha información y cómo lo justificaban.

La URSS no formalizó las relaciones diplomáticas con la República española hasta el inicio de la Guerra Civil. Tal como plantea el historiador Arnau González Vilalta[2], en la exposición «Une Catalogne indépendent?», Stalin no estaba intentando expandir la revolución sino romper el asedio de Hitler. Las intenciones de los soviéticos en España eran frenar a los revolucionarios anarquistas y convertir la Cataluña y la España republicanas en un estado liberal democrático.


Rosa Elvira Presmanes García
Amalio: fuego, vapor y armas
Editorial Tintamotora, 2018


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[1] El ejército sublevado fue el primero, en toda la historia, de llevar a cabo bombardeos sistemáticos contra la población civil. Madrid, Durango, Guernica, Cartagena, Alicante, Valencia, Alcañiz, Reus, Tarragona, Lleida, Barcelona, Granollers, Figueras, fueron ciudades bombardeadas por la Legión Cóndor alemana, la Aviación Legionaria italiana o por la aviación sublevada.

[2] Arnau González Vilalta, profesor de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona.










2712. Amalio. Fuego, vapor y armas

Hay que dar las gracias a Rosa Elvira por haberse decidido finalmente a escribir la historia de su padre. Amalio. Fuego, vapor y armas es la biografía de un militante comunista cuya trayectoria personal impresiona por su radicalidad y coherencia. Amalio participó muy joven en la lucha contra la dictadura cubana de Machado, ayudó a organizar la revolución asturiana del 34, y ya como comisario político con grado de comandante intervino en la guerra contra la sublevación fascista de 1936. Fue detenido y torturado. Murió el año 1988, y a pesar de que su vida no fue fácil, nunca renunció a sus ideales. Pero el libro que ha escrito Rosa Elvira es mucho que una simple biografía. Constituye un esfuerzo extraordinario por entender la vida de Amalio, es decir, por descifrar el sentido de una vida militante dedicada por completo a luchar contra el capitalismo y por una  sociedad más justa. Descifrar el sentido significa valorar. Valorar no es juzgar. El gran mérito del libro reside en que Rosa Elvira se atreve a valorar la vida de Amalio desde nuestra actualidad y en tanto que hija suya, y lo hace sin ocultar ni ocultarse nada. Desde la ambigua -para decirlo suavemente intervención de la URSS durante la guerra civil– hasta la tristeza amarga de su padre  en la última etapa de su existencia. Se trata, pues, de un texto complejo construido a partir de fragmentos de historia oral que remiten a vicisitudes personales, de crónicas históricas del movimiento obrero, y también  de acertadas valoraciones políticas. Bajo estos desarrollos llenos de interés existe, sin embargo, otro texto. Un texto más recóndito compuesto por una pluralidad de preguntas encadenadas y que, de alguna manera, son las que han movido Rosa Elvira a tomar la decisión de escribir este libro. Estas preguntas giran especialmente en torno a la relación entre la verdad y la lucha política.

Amalio. Fuego, vapor y armas no se inscribe, por tanto, en un ejercicio más de recuperación de la memoria. Sabemos que la mejor manera de controlar el presente consiste en escribir una historia del pasado. Los relatos históricos implican a menudo una reducción de complejidad que resulta muy útil al poder para legitimarse. Por eso contra el olvido no hay que oponer la memoria sino la verdad. La exposición que Rosa Elvira realiza de la vida de Amalio persigue un único objetivo: esclarecer la verdad que habita en la vida de Amalio. Movida por el profundo amor de la hija que trata de comprender pero también mediante una mirada crítica sin indulgencia, la figura de Amalio se nos muestra simultáneamente como: héroe, perdedor, y víctima de sí mismo. En otras palabras, la verdad que Amalio encarna está hecha de valentía y generosidad, pero también de sentimientos férreos y de obediencia acrítica. No nos engañemos: vivir - vivir realmente - es quemar la propia vida. Quemar la vida es vivir por y para una idea. Esa idea para Amalio era el comunismo. Muchos aún estamos de acuerdo. El problema se plantea cuando nos preguntamos cuánto hay que sacrificar para avanzar hacia su realización. Amalio afirmaba “Primero el partido, después la familia” y su hija se estremecía al oírle. Rosa Elvira se pregunta si “Durante la guerra, con el papel de Stalin, el POUM en España etc ¿no se enteró o no quiso enterarse?”. No encontraremos una respuesta clara y categórica aunque sí numerosos indicios. Rosa Elvira trata de desentrañar el momento de su politización como la unión entre búsqueda de equidad y desamparo, nos describe “su conducta irreprochable y probada honradez”, y concluye que si pudo atravesar tanto sufrimiento fue gracias a “su convencimiento”. Este mismo convencimiento que luego le haría tan difícil adaptarse a una situación en la que la felicidad de los vencedores y de los vencidos coincidía en la celebración del consumo. Y es en este punto que la hija de Amalio toma realmente la palabra, y lo hace para reconciliarse finalmente con su padre. Pero esta reconciliación que supone un reconocimiento total implica también una desmitificación. Para sobrellevar la derrota, las mujeres de su entorno – esposa y dos hijas -  sostuvieron el mito del padre-héroe. En un giro feminista que ahonda con dureza pero sin resentimiento, Rosa Elvira reivindica que, paradójicamente, fueron ellas las que salvaron al héroe. Ellas, su mujer y sus hijas, fueron las que salvaron del vacío al héroe caído.

Vuelvo a lo que llamaba el texto escondido. El relato de la vida política de Amalio nos plantea muchas preguntas. Un primer grupo de preguntas se refiere a la concepción de la revolución entendida como “toma del poder”. Este modelo de cambio revolucionario que Lenin y no Marx teorizó, defendía que el partido comunista constituía la vanguardia de la clase obrera, y era el encargado de organizar esta toma del poder. Esta concepción de la política no es defendible en la actualidad. La organización que desea impulsar una ruptura con el capitalismo no puede funcionar con criterios capitalistas de eficacia. No se trata de una crítica moralista. Desgraciadamente la experiencia histórica es ya larga. Los medios no se justifican por los fines, o lo que es igual, la organización revolucionaria debe en cierto modo prefigurar ya la sociedad que quiere construir. O por lo menos tiene que intentarlo. Podríamos decir que si la experiencia histórica invalida esta concepción dirigista y autoritaria de la política, la propia evolución de la realidad nos obliga también a abandonar los análisis demasiado simplistas sobre los que se apoyaba. Cuando la realidad y el capitalismo coinciden progresivamente porque no hay un afuera, creer que el poder está centralizado –allí ante nuestros ojos– evidentemente es erróneo. El poder se difunde, y nosotros en tanto que piezas de la máquina capitalista somos las piezas que la hace funcionar. Para sobrevivir en esta sociedad tenemos que interiorizar las reglas de funcionamiento del mercado, pues de lo contrario estamos condenados a ser residuos, unas sombras estigmatizadas. Esta transformación de la realidad capitalista emborrona las contradicciones, multiplica las desigualdades, y a la vez, homogeneiza lo social. En definitiva, se produce una fragmentación paradójicamente generalizada que dificulta alcanzar un punto de vista de clase. El concepto de clase construido a partir de la identidad trabajo se hace demasiado estrecho, y es necesario añadirle nuevas determinaciones procedentes de la crítica feminista y de los estudios postcoloniales. En estas condiciones,  y a pesar de que la lucha de clases deja de ser el proceso central en el que subsumir el funcionamiento de toda la sociedad, sería un error abandonar este concepto. La lucha de clases no lo explica todo pero aún sirve muy bien como criterio de lo político. Ellos y Nosotros. Ellas/Nosotros/Ellos/Nosotras... Se trata de una dualidad compleja que establece una línea de división siempre situada y nunca fija.

Sin embargo, existen otras preguntas que ni la experiencia histórica ni la mutación de la realidad han alterado. Son preguntas que insisten y nos siguen interpelando con toda su fuerza. ¿Cuánta esperanza se necesita para luchar? Esperanza significa ilusión, y la palabra ilusión está cargada de ambigüedad ya que remite tanto a la verdad como al engaño. ¿Por qué desde una mirada actual la vida de Amalio es intempestiva? Es intempestiva porque como vida política comporta un derroche de generosidad y de valentía que para nosotros resulta incomprensible. Pero en su coherencia hay una oscuridad a la que Rosa Elvira se asoma sin miedo. El precio que Amalio paga por su coherencia es la necesidad del autoengaño. En otras palabras, la fidelidad total al partido comunista. O lo que es lo mismo, convertirse en un “hombre de pensamiento dirigido” según la expresión terrible aunque acertada formulada por un dirigente del partido comunista finalmente expulsado, y que Rosa Elvira cita.

Cuando la idea que mueve una vida política se hace absoluta, la verdad se pierde lentamente, y se inicia el camino que lleva a  la separación entre pensantes y ejecutantes, a la burocratización, y en definitiva, a la imposición de la autoreferencialidad dentro y fuera de la organización.   Seguramente es así. Pero esta conclusión es demasiado tranquilizadora. Más allá de lo que podríamos llamar el “caso Amalio”, está claro que sin ilusión es imposible luchar a favor de una sociedad más justa. Resistirse a un capital -que como afirmaba Amalio- “no tiene entrañas” requiere una decisión libre de dudas. Por esa razón,  la cuestión que ineludiblemente se nos plantea es la necesidad de un cierto autoengaño si queremos permanecer en pie y no doblegarnos. “La mejor lucha es la que se hace sin esperanza” hemos afirmado desde el colectivo Espai en Blanc. Esta frase es cierta, y a la vez, equivocada. Siempre en lo más hondo de cada cual existe un hálito de esperanza. Si apartamos la noción de autoengaño podemos llegar a una formulación afirmativa: ¿cuánta verdad estamos dispuestos a soportar, y a pesar de todo, seguir luchando contra este capitalismo asesino? Es mérito de Rosa Elvira atreverse también a profundizar en esta dirección.


Santiago López Petit
Prólogo de Amalio. Fuego, vapor y armas, de Rosa Elvira Premanes García