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3200. Miguel Hernández, "era el don de sí mismo"




Era el don de sí mismo
Con arranque inocente,
La generosidad
Por exigencia y pulso
De aquel ser, criatura
De fuego -si no barro,
O ya vidrio con luz que lo traspasa.

Así, de claridades fervoroso,
Encuentra fatalmente su aliado
Más íntimo, más fiel
En ciertos cuerpos leves.
¡Palabras! Signos muy reveladores
Van alumbrando un más allá, descubren
Un mundo fresco, gracia.

Este aprendiz perpetuo de las formas,
Pretéritas, actuales, ya futuras,
Es al fin absorbido
Por un grave tumulto
Que lo arroja al extremo de su dádiva.
Mujer, el hijo, lucha.
Lucha atroz, Límite esperanzado.

Genial: amor, poema.
Español: cárcel, muerte.


Jorge Guillén
El Urogallo, IV, 24, Madrid, noviembre de 1973

















2691. Los últimos días de Víctor Jara

Víctor Jara
(Lonquén, 28 de septiembre de 1932 - Santiago de Chile, 16 de septiembre de 1973)



Cecilia Coll

“Victor alcanzó a llegar a la Universidad cuando los militares golpistas ocupaban las posiciones claves en la capital. Pero la situación todavía era confusa. Víctor pasó por mi oficina y preguntó: 

-¿Qué hacemos? 

-Vamos a esperar 

-¿Qué debo hacer? 

-Quedarte aquí. Animar con tus canciones a los estudiantes, académicos y trabajadores.

En espera del posible ataque fue decidido: trasladar a los estudiantes y otros trabajadores de la Universidad a la Escuela de Artes y Oficios. Era un edificio con paredes mas resistentes.

Como si fuera ahora veo el rostro de Víctor: llama por teléfono de mi oficina a su esposa Joan. 

-Debo quedarme aquí un tiempo. No te preocupes. Espera. Volveré sin falta.

Víctor siempre fue un hombre del deber. Y los siguió siendo en esta peligrosa situación.

Después sufrí mucho por su muerte. Me senté de algún modo culpable ante él. No podía perdonarme el no haberlo mandado entonces a su casa. Debí hacerlo. Aunque más tarde los soldados ya emplazaban ametralladoras pesadas en los techos de los edificios cerca de la Universidad, pero hasta el toque de queda todavía era posible salir. Sin embargo, yo pensaba: en la calle lo pueden identificar y matar...” 


Los soldados irrumpieron en el edificio

Por la noche la Universidad fue rodeada por soldados en carros blindados. Toda la noche estuvieron preparándose para el ataque como si tuvieran delante una fortaleza militar. Después del intenso cañoneo, los soldados irrumpieron en el edificio y emprendieron a culatazos con los estudiantes. El camarógrafo Hugo Araya, que había venido a filmar la inauguración de la exposición, se situó con su cámara frente a los “vencedores” triunfantes. Y casi al instante un balazo lo mató.

A Víctor junto con otros estudiantes lo obligaron a tenderse en el suelo boca abajo.

-Al que se mueva le vuelo la cabeza - gritaban los oficiales. 

Durante varias horas los soldados pisoteaban con sus botas a la gente tendida, sin dejar que se levantasen hasta que llego la orden de trasladar a los “prisioneros” de la Universidad Técnica al Estadio Chile que, al igual que el Nacional, recibía a los prisioneros cautivos. 

  
Salvador Allende murió en su puesto, con las armas en la mano

...Poco después del golpe contrarrevolucionario fascista en Chile la prensa del mundo entero publicó la última foto de Salvador Allende. En esta secuencia histórica el “compañero presidente” en el palacio cercado por los putchistas parece un soldado ante el combate, la cabeza tocada con un casco y empuñando la metralleta en la diestra. El rostro del presidente, igual que el de los valientes defensores de La Moneda que lo acompañan, tiene una grave expresión. Salvador Allende murió en su puesto, con las armas en la mano.

Me interesé por el hombre que aparecía en la foto al lado de Allende. Conversando con los chilenos me enteré que se trataba del médico particular de Salvador Allende, un tal Danilo Bartulín (nieto de emigrados yugoslavos). El 11 de septiembre de 1973 Bartulín fue testigo de las últimas horas de vida del presidente en el edificio de La Moneda, presa de las llamas.

Por inverosímil que parezca, Danilo se salvó por milagro y emigró de Chile. Me entrevisté con el en México, donde estuve en 1976 por artes del periodismo. Danilo Bartulín me habló del último combate del “compañero presidente”. La conversación ya concluía cuando supe una noticia inesperada. Danilo Bartulín pasó junto con Víctor Jara los últimos días de vida del cantante en el Estadio de Chile. 

La entrevista terminó ya entrada la noche. Danilo hablaba pausadamente, con esfuerzo. Lo escuchaba sintiendo que un dolor inextinguible me oprimía el corazón.

Reproduzco el relato de Danilo Bartulín. 


Relato de Danilo Bartulín


“Cuando me detuvieron, me llevaron al Estadio de Chile. Fue por la tarde del 12 de septiembre. Allí ya había muchos prisioneros. Junto con otros presos nos ordenaron ponernos en fila con las manos en la nuca. De repente un oficial me reconoció: 

-Es el médico de Salvador Allende.

El comandante Manrique, un fascista empedernido, se acercó a mi, desabrochó la funda, sacó la pistola y apuntándome a la cabeza dijo: 

-Ha llegado tu hora.

Y dirigiéndose a los soldados ordeno:

-Sepárenlo de los demás y dejénmelo a mi. 

Me apartaron del grupo y me dieron un empujón que me tiró por la tierra. Vi a un grupo de jóvenes que los soldados iban arreando, apuntándolos con metralletas. 

Al comandante le dijeron: 

-Son los de la Universidad Técnica. 

Los pusieron en fila también. Manrique recorrió la fila y señaló con el dedo a un preso:

-A ese me lo dejan a mi también. 

No quería dar crédito a mis ojos. Se trataba de Víctor Jara. Varios soldados se animaron: “Aquí esta el cantante Jara...”. Pero el oficial les cortó:

-Este señor quiere pasar por otro. Es un líder extremista. 

Esa calificación era suficiente para justificar el asesinato. 

Poco después a Víctor y a mi nos separaron de otros prisioneros y nos metieron en un pasillo frío. Estuvieron pegándonos desde las siete de la tarde hasta las tres de la madrugada. Nos encontrábamos tumbados en el suelo sin poder movernos. Estábamos aislados de otros presos políticos. A eso de las tres de la madrugada vino un teniente que me invitó a sentarme. Empezó a preguntarme sobre Allende y me tendió un cigarrillo. Fumé. Mientras tanto, Víctor seguía tendido en el suelo. Le entregué la mitad del cigarrillo, puesto que el teniente no quiso dar otro a Víctor.

Casi tres días estuvimos juntos Víctor y yo en el Estadio de Chile. A nosotros casi no nos daban de comer. Engañábamos el hambre con agua. Víctor tenia la cara llena de moretones y un ojo cerrado por la hinchazón.

Conversamos mucho en ese tiempo, Víctor me habló de su familia, de su mujer y sus hijas a quienes quería mucho, de sus espectáculos en el teatro y de las nuevas canciones que soñaba hacer... En el mismo estadio donde nos tenían presos, a Víctor le habían aplaudido cuando ganó el concurso de la Nueva Canción Chilena en el festival.
    
Víctor se mostraba pesimista respecto a su destino. Pensaba que no saldría de allí. Traté de animarlo. Aunque presentía su próxima muerte, seguía siendo el de siempre. Se portaba con valor, con dignidad, no pedía gracia a sus torturadores...” 
    
Aquí interrumpo la grabación de mi conversación con Danilo Bartulín para completarla con los testimonios de otros ex-prisioneros del Estadio de Chile, a quienes también entrevisté. 

Rolando Carrasco, ex-director de la radio sindical Luis Emilio Recabarren: 


Relato de Rolando Carrasco

“Dos veces vi a Víctor en el Estadio de Chile. Fueron unos encuentros breves. El 13 o 14 de septiembre, por lo visto, por la mañana, pasé cerca del pasillo donde tenían a los prisioneros aislados. Allí estaba Víctor Jara, sentado en una silla de madera, extenuado, con rastros de azotes en la frente y las mejillas. Se sonrió al verme. Nos saludamos. Al día siguiente pasé de nuevo por allí y otra vez nuestras miradas se cruzaron. Nos saludamos. Al igual que el día anterior, su rostro se iluminó con una sonrisa que me reconfortó el alma. ¡Llevaba ya tanto tiempo en este maldito pasillo! De vez en cuando los guardias venían por él y se lo llevaban a no se donde.

Ahora era difícil imaginar que todavía el 10 de septiembre estuviéramos bromeando alegremente en la emisora. En los estudios Víctor y yo escuchábamos la grabación de su nueva canción: Marcha de los constructores. El disco tenía que salir pronto. Jara quería que la emisora de la Central Única de Trabajadores fuera la primera en transmitir esta marcha, compuesta a petición de los obreros de la construcción. El 11 de septiembre nuestra emisora fue saqueada por los golpistas al negarse a obedecer a la junta fascista. Al ver a Jara en el estadio, pensé con amargura que seguramente aquella última grabación de Víctor habría sido destruida y el disco no saldría... Víctor estaba reservado y callado, mientras que en mi memoria sonaba la voz del cantante...”

A veces los verdugos dejaban en paz a Víctor Jara y Danilo Bartulín, porque tenían demasiado “trabajo” en el estadio. Después de torturarlo, parecía que se habían olvidado del artista. Fue el propio Víctor que pasó o casualmente lo enviaron con otros prisioneros. 


He aquí lo que me contó Carlos Orellana, ex-colaborador del Departamento de cultura e información de la Universidad Técnica (Dirección de Extensión y Comunicaciones), que fue detenido junto con Jara: 

  
Relato de Carlos Orellana

“Por dentro el Estadio cubierto de Chile estaba iluminado constantemente por los reflectores y no tardamos en perder la noción del día y la noche. Víctor estuvo algún tiempo con nosotros, pero no recuerdo cuándo lo sacaron de nuestro grupo. No se si fue al día siguiente o al tercero de nuestra estancia allí.

“Normalmente en el estadio anunciaban por los altavoces el apellido del prisionero ordenándole presentarse en tal o cual lugar. Pero a Jara lo vino a buscar un soldado. En este momento Víctor estaba sentado entre Boris Navia, jurista de la Universidad, y yo. El soldado se acercó silenciosamente y sin pronunciar una palabra tocó el hombro de Víctor haciéndole señas para que lo siguiera. Tanto yo, como otros prisioneros teníamos la impresión de que los militares no querían decir en voz alta que a Jara se lo llevaban a alguna parte... Cuando el cantante se levantó -seguramente, no pensaba volver sano y salvo- tuvo tiempo de sacar del bolsillo una hoja arrugada de papel y se la dio furtivamente a Boris Navia. Era el poema Estadio de Chile, compuesto por Víctor. 

“Mas tarde, ya en el Estadio Nacional durante los primeros interrogatorios, entre las cosas de Boris Navia, encontraron el papel con el poema, lo escondía en un calcetín. El poema denunciaba el fascismo y la dictadura. Los militares creyeron que su autor era Boris y lo apalearon sin piedad. Le quitaron el poema. Pero con la ayuda de los compañeros Boris pudo hacer varias copias a mano del poema. Una de las copias fue a parar a manos de Ernesto Araneda, destacado comunista y ex-senador, que también estaba preso. No sé como logró salvar el poema y enviarlo fuera. Después de la muerte del cantante el partido editó en la clandestinidad este poema, que fue rápidamente divulgado y se hizo famoso...

  
En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros

“Por última vez vi a Víctor en el Estadio de Chile, unas horas después de que se lo llevara el soldado. Hubo un momento cuando se podía moverse mas o menos libre por las graderías. Se me acercó un estudiante de la Universidad. Había visto a Víctor en un pasillo y en algún momento Víctor le insinuó que quería hablar conmigo. Cuando me acerqué al pasillo, Jara pidió al guardia que lo acompañara al baño. Me dirigí allá también. Allí pudimos intercambiar varias frases. Por el rostro ensangrentado de Víctor comprendí que lo torturaban cruelmente. Pero no me llamó para quejarse o pedir algo para él personalmente. A Víctor le parecía sospechoso un “prisionero”, también de la Universidad Técnica que deambulaba por el estadio sin temor, charlaba y hasta bromeaba con los militares. Todo eso parecía muy extraño. Víctor pensó -y tenía razón- que se trataba de un soplón, infiltrado expresamente. Jara creía su deber advertirnos a nosotros, profesores, colaboradores y estudiantes de la Universidad Técnica. En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros. Después de este encuentro no lo volví a ver...”


Más volvamos a la grabación de la entrevista con Danilo Bartulín 

“El estadio, que daba cabida a cinco mil personas, estaba repleto. Para dominar a los prisioneros, por la noche cegaban con potentes reflectores. Ametralladoras pesadas sobre trípodes apuntaban a las graderías llenas de gente para amedrentar a los prisioneros.

“Pronto empezaron a trasladar urgentemente a los prisioneros al Estadio Nacional donde a los militares les era más fácil controlar la situación. En el último grupo formado para ir al Nacional estábamos Víctor y yo. En total eramos unas cincuenta personas. De pronto apareció el comandante Manrique, recorrió la fila y ordenó salir a Víctor Jara, Litre Quiroga, conocido jurista y comunista, y a mi.

-Llévenlos abajo -dijo. 


Abajo nos esperaba la muerte

“Yo sabía que ‘abajo’ nos esperaba la muerte. Allí tenían habilitada una cámara, en lo que había sido guardarropía y varios baños. Muchos de nuestros compañeros fueron llevados allí, pero nadie volvió. Una vez que me condujeron al interrogatorio y, al pasar, vi un montón de cadáveres, de cuerpos masacrados y desmembrados. Luego sacaban los cadáveres en camiones y los dejaban tirados en la calle.

“Abajo’ nos metieron a Víctor y a mi en un mismo baño. En el baño vecino estaba Litre Quiroga. Víctor y yo comprendimos que no teníamos salvación: éramos los últimos prisioneros del Estadio de Chile. Pero inesperadamente se dio la orden de que yo saliera. Víctor y yo nos despedimos en silencio, con una sola mirada. Me llevaron a un camión blindado con el motor en marcha, me metieron dentro y cerraron la puerta. El camión estaba lleno de prisioneros. Así fui a parar al Estadio Nacional. Solo estando allí comprendí porque no me habían dejado con Víctor en la cámara de condenados a muerte. Al verme entre los recién llegados, un coronel de carabineros dijo: 

“-Es él. Tiene que decirnos todo lo que sepa de Allende. 
   
“Empezaron constantes interrogatorios y torturas. Querían que hiciera ciertas “confesiones” para desacreditar la vida y la personalidad del presidente popular. Tres veces me hicieron pasar por simulacros de fusilamiento...

“Luego supe que el cuerpo de Víctor había sido descubierto cerca del cementerio Metropolitano y el cadáver de Litre Quiroga, en una calle de Santiago. Naturalmente, los militares mataron aquella misma noche a los dos prisioneros que quedaban en el Estadio de Chile y luego arrojaron sus cuerpos en la ciudad para que pareciera que habían muerto en un tiroteo callejero...”

Danilo Bartulín concluyó su relato y recordó que estando todavía yo en Santiago los secuaces de la junta divulgaron la versión de que el cantante había atacado con metralleta a una patrulla militar y ésta, defendiéndose, lo mató. 

Pero la única arma de Víctor era la guitarra. A Danilo Bartulin lo torturaron para sonsacarle los datos secretos que podía saber el médico particular del presidente. Pero ¿que “secretos” podía saber el cantante?... A Víctor lo torturaron y asesinaron porque odiaban sus canciones. 


Leonardo Kosichev
La guitarra y el poncho de Víctor Jara










2448. A Pablo Neruda, con Chile en el corazón

Pablo Neruda
(Parral, Chile, 12 de julio de 1904 - Santiago de Chile, 23 de septiembre de 1973)



No dormiréis, malditos de la espada,
cuervos nocturnos de sangrientas uñas,
tristes cobardes de las sombras tristes,
violadores de muertos.
No dormiréis.
Su noble canto, su pasión abierta,
su estatura más alta que las cumbres,
con el cántico libre de su pueblo
os ahogarán un día.
No dormiréis.
Venid a ver su casa asesinada,
la miseria fecal de vuestro odio,
su inmenso corazón pisoteado,
su pura mano herida.
No dormiréis.
No dormiréis porque ninguno duerme.
No dormiréis porque su luz os ciega.
No dormiréis porque la muerte es sólo
vuestra victoria.
No dormiréis jamás porque estáis muertos.


Rafael Alberti









2275. Carta de Salvador Puig Antich a su hermana Merçona

Salvador Puig Antich 
(Barcelona, 30 de mayo de 1948 - 2 de marzo de 1974)


En diciembre de 1973 y desde la cárcel Modelo de Barcelona, Salvador Puig escribe a su hermana Merçona.


Barcelona - diciembre -1973

Merçona:

... Escribe ... Escribe. La inspiración se resiste. Hay tal galimatías en mí que al intentar expresar detalles o ideas es una verdadera batalla. 

Se que detrás las nubes, allí, aún muy lejos me espera quien es capaz de andar un mar, o saltar una montaña ? Porqué la niebla oscurece el paisaje? Y el sol, es que nunca llega? Dónde se han escondido las nubes de los cuentos? Han perdido la varita mágica?

Preguntas, cuestiones, interrogantes y puntos suspensivos. La imaginación ayuda o es la niebla que oscurece el paisaje? Decirte ... ¡tantas cosas! ... y que decirte?

Donde estén unos ojos que aportan las palabras!

Algún día te hablaré de mí pero espera. Espera que todo en mí explote, me exprima y deje reposar el peso. Cuantos más años tiene el vino, mejor sabor, más "bouquet".

Es ahora cuando empieza la batalla. "En guerra con mis entrañas". (...)

No. No quiero poner una palabras tras otra (demasiado fácil). Quiero mostrar sentimientos. Cómo darte las gracias, por tantas cosas?

Algunas veces -¡malditos años!- me tienta darte consejos. Yo? De qué? Por qué? Pocas cosas sé y menos explicarlas. Eres tu... tu sola ... y "porque vivimos a golpes" nosotros solos - cada uno-  nos hacemos  Recuerdo tus preguntas -muchas-, tu afán por saber. Sé, sin que tu lo supieras, como me impresionaban tus respuestas.

Y el perro (Rie), la cotorra, el caballo allá en el establo, y tu. Los estudios, los deberes, los amigos y tu. La ..., la familia, el cuñado (con perdón) y tu. Tu y yo. Hermanos. Ahijada y padrino. Y no, sin ironía, nos parecemos. Y más, Y más. Mucho más...

Has terminado ya de leerla? Guardala, rompela. Pero no dejes de mirar, allí, a lo lejos (Horizonte, mar, montañas). Es proyectándonos en el futuro, sintiendo el peso del presente, nuestra razón de ser.

"Siento esta noche / heridas de muerte / las palabras" (R. Alberti)

T ' estima.



Salvador


La carta ha sido transcrita de la página del MIL-GAC









2156. A Pablo Neruda



Hace dos años nos reuniamos en esta misma sala para celebrar la concesión del Premio Nobel a Pablo Neruda, y hoy nos volvemos a reunir para llorar su muerte. Dramática y significativa muerte la del gran poeta y gran amigo nuestro. Aún no salimos de la consternación que el triste acontecimiento nos produjo. Moria Pablo en una hora de atroz martirio para su pueblo. El noble presidente Allende caia asesinado por los gorilas traidores en el Palacio de la Moneda defendiendo los principios por los que luchara toda su vida; en las fábricas, en las universidades, en las calles mismas eran ametrallados miles de obreros y estudiantes por el solo hecho de serlo; un terror desenfrenado, vesánico, el terror fascista que no encuentra limites para saciarse, se abatia, como instrumento del imperialismo y de su brazo ejecutor, la CIA, sobre hombres y mujeres inocentes, y el corazón del poeta se rompe ante tanta infamia, tanta bestialidad y tanto dolor. La muerte de Neruda es por eso un crimen más del fascismo chileno, que hoy condena el mundo entero. Pero los que allanaron y arrasaron su casa no podrán allanar la inmensa morada, la morada universal en que desde ahora vive para siempre Pablo Neruda. Y los que quemaron sus libros no podrán destruir su obra, su caudalosa y generosa obra, que sigue iluminando el corazón de los hombres, como no lograrán destruir las ideas que dieron conciencia política al pueblo de Chile y que un dia lo ayudarán a recobrar su destino, pese a la brutal agresión que ahora lo desangra. Ya en el entierro mismo de Pablo el pueblo dio la primera respuesta a sus feroces verdugos. Al paso del ataúd por las calles de la capital chilena se fue improvisando un nutrido cortejo que llegó a sumar a miles de personas, quienes cantando  unas veces los himnos revolucionarios y recitando otras versos de Neruda, acompañó el cadáver del poeta hasta su tumba, donde también se alzaron voces de protesta, de indignación, de lucha. Y es que la cauda que deja un poeta tan grande y verdadero, un poeta tan entrañado en el alma de su pueblo como Pablo Neruda, no la borran todos los espadones fascistas confabulados.

La obra poética que Pablo Neruda levantó verso a verso, piedra a piedra, hombre a hombre, su potencialidad expresiva, su asombrosa versatilidad y, sobre todo, su originalidad imarchitable y su sentido profundamente humanista, se alejan de lo común: entran en el espacio de lo portentoso. Cincuenta años de navegaciones no le vieron repetir una singladura, aunque la nave fuera siempre la misma. Parecía que cada mañana tocaba y miraba por vez primera los bordes de la tierra. Era poeta que nacía todos los dias con una visión nueva, con un mayor dominio de las formas verbales, con una fe más ancha en los destinos humanos.

La palabra poética de Pablo Neruda, vasta como un continente, cantó todos los continentes, los de la tierra y los del hombre. Primero, tras la canción de amor juvenil que ha recorrido todos los idiomas, fue la búsqueda desolada impuesta por la soledad: la inmersión en los seres y las cosas para llegar a su cotidiano misterio y recoger sus nocturnas materias apenas reveladas. Luego, el abrir los ojos, el conmoverse hasta la última fibra ante el dolor del mundo y, como consecuencia, el extender el canto por encima de todas las fronteras y todas las limitaciones con que la poesia gustaba aún de automutilarse,  tanto en sus motivos profundos como en la utilización del lenguaje. Ningún poeta de esta época -y quizá de época alguna- logró reunir en su voz, como Pablo Neruda, mayor suma de sufrimientos y de anhelos, de sueños y de tempestades. Como una cordillera errante y resonante, su acento supo ganar los confines más remotos, y en todas partes, torrecial y profundo, dejó un rayo de cólera y de belleza, de ternura y de rebeldía.

Conviene recordar aquí que este segundo nacimiento de Neruda para la poesía, esta línea divisoria que marca dos tiempos y dos actitudes en su obra, tiene una clave, y esa clave tiene un nombre: España. El encuentro de Pablo Neruda con España o, para mayor exactitud, con el pueblo heroico de España, con el pueblo traicionado y agredido, determina un cambio radical, esencial, en su poesia. Un cambio que no es necesriamente una retractación, sino un nuevo descubrimiento del mundo y una nueva forma de interpretarlo. Aqui radica, precisamente, lo sustancial de este fenómeno. La poesia de Neruda, sin renunciar a los tesoros conquistados, tesoros extraidos, como en una nueva fábula, de las grietas telúricas y de las grietas humanas, abandona entonces lo subterráneo, sube de los abismos ciegos, deja de hurgar en las vetas oscuras, en la flor venenosa, y se instala, rutilante y humilde, en la frente del hombre, en sus estrella dolorosa y esperanzada. Mira hacia arriba. Se entrega a los demás. Da la espalda a un mundo cuyas caducidadas y miserias ha sacado como un buzo a la superficie, y abre los brazos al mundo que está naciendo entre grandes heridas y resplandores. El poeta mismo lo dejó escrito en su "Testamento de otoño":

"Me preguntaron una vez/por qué escribia tan oscuro,/pueden preguntarlo a la noche,/al mineral a las raíces./Yo no supe qué contestar/hasta que luego y después/me agredieron dos desalmados/acusándome de sencillo:/Que responda el agua que corre,/y me fui corriendo y cantando".

Y mucho antes, en plena guerra de España habia dicho también:

"Preguntareis:¿por qué su poesía/no nos habla del suelo, de las hojas,/de los grandes volcanes de su pais natal?/¡Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver/la sangre por las calles,/venid a ver la sangre/por las calles!"

La razón, como se ve, es simple. Simple y profunda. El poeta se identificó a plenitud con el hombre, o al revés. El poeta vio en la tragedia de España su propia tragedia: la tragedia de todos los hombres, una tragedia de la que nadie podía desertar. Los más grandes poetas de aquella hora pensaron lo mismo. Hay unas palabras del propio Neruda que no dejan lugar a dudas. Cuando publicó "Las furias y las penas" declaró en unas líneas:"En 1934 fue escrito este poema. ¡Cuántas cosas han sobrevenido desde entonces! España, donde lo escribí, es una cintura de ruinas. ¡Ay! si con sólo una gota de poesía o de amor pudiéramos aplacar la ira del mundo, pero eso lo pueden sólo la lucha y el corazón resuelto. El mundo ha cambiado y mi poesía ha cambiado. Juro defender hasta mi muerte lo que han asesinado en España:el derecho a la felicidad." Pablo Neruda se convirtió desde entonces, y través de su dilatada obra posterior, en algo asi como la conciencia estética y civil de nuestra época. Todo lo abraza, todo lo canta. Todo, por unos caminos o por otros, llega a su sensibilidad. Parece decir: la poesia puede estar en todas las cosas, en lo individual y en lo co- lectivo, en el vuelo de una abeja y en el grito de una multitud. La poesía no admite apellidos ni, menos, apodos. Es, cuando lo es de modo auténtico, poesia simplemente. Un día somos herméticos, y al otro transparentes. Hoy mi verso se embriaga entre los brazos de la mujer que amo, y mañana será ola restallante contra la injusticia y el error.

Toda la vieja polémica, tan inútil como absurda, sobre la llamada poesía pura y la llamada poesia social —semejante a la que todavía padecemos en la plástica sobre el llamado arte abstracto y el llamado arte figurativo— hace crisis en la voz universal y descomunal de Pablo Neruda. Una crisis que se resuelve en favor de la poesía. Al cabo del tiempo, el poeta de "Residencia en la tierra" es el mismo poeta del "Canto General"; el poeta de las "Odas elementales" es el mismo poeta de "Estravagario". Los poemas amorosos de la primera época se abrazan y confunden con los poemas sociales y aun políticos de años después. Caidas y hallazgos deslumbrantes, errores e intuiciones geniales, son ya partes inseparables de un mismo cuerpo. En la poesia de Neruda, en esta poesía combatida a veces como portadora de elementos dogmáticos, partidistas, se diria que habita la tolerancia misma. A lo largo de ella sentimos el secreto indivisible de la facultad creadora y se reafirma en nosotros la convicción de que los dogmatismos radican precisamente en aquellos que niegan a la poesía su maravilloso don de ubicuidad, su prodigiosa capacidad para brotar en los más diversos climas del espíritu. ¿Quién ha llegado aún a definir la poesia? ¿Quién ha logrado sorprender su verdadero rostro? ¿Alguién ha podido apropiársela —¡Oh, ilusiones de Juan Ramón! para disfrutar exclusivamente de ella? ¿No está acaso la poesía en Whitman lo mismo que en Mallarmé, en Valery lo mismo que en Maiakovski, en Nazim Hikmet lo mismo que en Rilke? Hace años, cuando algunos poetas dirigían su mirada a los graves conflictos sociales, a los grandes dramas humanos, los celosos guardianes de la poesia pura se desataban en ofensiva contra ellos, y ellos, a su vez, solian también, de vez en cuando, arremeter contra sus antagonistas, olvidando unos y otros toda una tradición ejemplar en la que no es posible separar los frutos del pensamiento humano. Hoy, las nuevas generaciones, los jóvenes poetas, tienen una actitud mucho más comprensiva y, a pesar de ciertas corrientes de irracionalismo que se mueven en la política y el arte, muestran una clara preocupación por los problemas sociales o lo que fluye, vive en torno a esos problemas. Pero no por eso lanzan excomuniones,  ni deja incluso de haber entre ellos mismo quienes cultivan también el poema de condición intimista. No en balde los últimos decenios han esclarecido tantas cosas esenciales y están contribuyendo a desterrar viejos y torpes pleitos que son la negación del espiritu creador.

Yo he dicho en otra ocasión que los republicanos españoles tuvimos siempre como nuestro a Pablo Neruda. Sentimos que Pablo Neruda, además de un poeta chileno, además de un poeta latinoamericano, es también un poeta esañol. Y no sólo por razones de lengua y de cultura, que ya sería bastante, sino, lo que es más significativo, por su identificación plena con la España desangrada e insurgente, con la España de la República y de Guernica, con la España de la agonía y de la esperanza. Hoy, después de la tragedia chilena, Pablo Neruda es más nuestro que nunca. Las dramáticas circunstancias de su muerte lo acercan más a nosotros, lo acercan más a España. Sus ojos en agonía, como los de nuestro Antonio Machado al pasar los Pirineos y morir en Colliure en l939, debieron sin duda reflejar el mismo panorama de desolación y de muerte, la misma angustia, el mismo dolor, y acaso también la misma certidumbre de el mañana no pertenece a los enemigos de la cultura, sino a los que la crean con sus manos y con su espíritu.

Desde 1936, es decir, desde la iniciación de la guerra española, toda la obra de Pablo Neruda está recorrida por el sentimiento de España. En plena contienda, el poeta escribe su libro "España en el corazón", que los propios sodados de la República imprimen en el frente. Es un libro desgarrador, violentamente condenatorio. Al poeta se le transforma a veces la voz en llamarada, en aullido, en grito sordo, ante la crueldad inaudita de los agresores, y otras veces solloza como un niño con las madres de los milicianos muertos. España el dolor indecible de España, se le mete en el corazón a Neruda fisicamente, lo conmueve, lo tortura acaso como ningún otro suceso antes vivido.

Pero después de este libro, forman muchedumbre los poemas que Pablo Neruda escribió sobre el mismo tema español. En México o en Chile, en la Unión Soviética o en China, en Italia o en Hungría, en Francia o en Polonia, en el mar o en la tierra, alli donde se encontraba el recuerdo de España volvia a la poesia de Neruda con la misma intensida y el mismo fuego. No es posible enumerar aquí los muchos poemas escritos por Neruda acerca del drama español. Permitidme, sin embargo, que lea uno solamente. Este poema lo compuso Pablo en su destierro europeo de los años cincuenta, y en algunos de sus fragmentos dice así:

"España, España corazón violeta,/me has faltado del pecho, tú me faltas/no como falta el sol en la cintura/sino como la sal en la garganta,/como el pan en los dientes, como el odio/en la colmena negra como el dia/sobre los sobresaltos de la aurora,/pero no es eso aún, como el tejido/del elemento visceral, profundo/párpado que no mira y que no cede,/terreno mineral, rosa de hueso/abierta en mi razón como un castillo.

Ven a mí, devuélveme la torre/que me robaron, devuélveme la lengua/y el pueblo que me esperan, asómbrame/con la unidad final de tu hermosura./Levántate en tu sangre y en tu fuego:/la sangre que tu diste, la primera,/y el fuego, nido de tu luz sagrada"

Fiel a su palabra -"juro defender hasta mi muerte lo que han asesinado en España- Pablo Neruda llegó hasta sus últimos momentos abrazado a los principios revolucionarios que tan valerosamente supo mantener siempre; abrazado a la poesía, carne de su espíritu, razón de su vida. Con la noche del fascismo ensombreciendo su frente, si, pero también estoy seguro de ello, con la esperanza, con la certeza de que su pueblo se levantará contra las salvajes sombras que hoy tratan de estrangularlo, para ahuyentarlas definitivamente de su tierra y seguir su camino hacia el socialismo.


Juan Rejano
Homenaje a Pablo Neruda realizado en el Ateneo Español de México el 21 de octubre de 1973