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3178. Tercera carta de Miguel Hernández a María Cegarra

(Sin fecha, final de octubre / primeros de noviembre 1935)


Querida María:

Ya hace tanto tiempo que no me escribes, que me decido a escribirte yo a ti. No sé los motivos del silencio tuyo. Supongo que serán muchas tus ocupaciones, pues no puedo creer que te hiriera ninguna de las cosas que te decía en mi última carta de hace tiempo. Pienso en ti y te veo tan sola en ese pueblo tristísimo, que me da angustia, María. Por eso me gustaría estar escribiéndote continuamente, cosa que me es imposible hacer por varias razones. ¿Me equivoco al pensarte sola? Ya sé que tienes tu familia, pero hay necesidades y congojas tan íntimas que no puede curar más que un buen amigo de la misma especie. Ya me dijiste ahí aquella tarde, que deseabas venir por aquí alguna vez. Me alegraría tanto que tu deseo, que yo he experimentado hasta la exasperación, se satisficiera cuanto antes... Yo te acompañaría a donde quisieras por este laberinto peligroso de gentes. He hablado mucho de tí a mis mejores amigos y amigas, y ya quieren conocerte. ¿ Cuando vendrás por aquí María? Mira, que sea pronto. Yo estoy cansado de vivir aquí. Busco la manera de escaparme a la tierra que sea.

No quiero seguir haciendo biografías de toreros y vida de oficina. Paso muchos días tristes, y no me consuela nada en absoluto. Después de todo me digo  que no debiera haber salido nunca de pastor. Presiento que la insatisfacción de ahora será de siempre. Me arrepiento de haberte dicho que vengas. Te irás desengañada y verás que nada vale la pena.

Se ven muchas cosas mezquinas en todas partes. No saldremos de animales nunca. No vengas, María, no vengas: sigue en tu casa con tus cosas. Hazte novia, si ya no lo eres, del hombre más sencillo y más vulgar que te quiera, y ten hijos, y sigue escribiendo en tu soledad.

Perdóname, si te he dicho antes o ahora algo inconveniente. Me pongo a escribir y dejo que la tinta exprese lo que voy sintiendo al pensar en tu vida a través de la mía. Por eso no quiero que tomes en cuenta lo que no te parezca bien. Tu eres dueña de tu corazón y puedes hacer y harás siempre lo que oigas en su sangre. No dejes de escribirme, María.

Dime muchas cosas, muchas cosas, muchas cosas, las más sencillas y las más pequeñas de tu vida, sobre todo. Llena tu soledad de mi un poco y dime como ruedan los días para ti. Quisiera que no tardaras en escribirme. Necesito ahora noticias de todos mis amigos lejanos más que nunca. Estoy sólo, a pesar de todo, más sólo que tú, aquí. ¿Te ha escrito alguien hablándote de tu libro? Aleixandre me dijo hace días que te iba a escribir y a decirte que le había gustado mucho tu libro. Es quien más me ha preguntado por tí.

Saluda mucho a tus padres y a tu simpática hermana por mí. Tu, María, recibe, en cuanto quiera, todo el corazón que puedo darte de mí, con un adiós.


Miguel 






3147. Segunda carta de Miguel Hernández a María Cegarra

Carmen Conde y María Cegarra

(Sin fecha. Últimos días de septiembre / primeros de octubre de 1935)


Mi apreciada María:

Agradezco tu mandado de libros y letras infinitamente. Reparto unos entre mis mejores amigos y me quedo con las otras para siempre. Alegra los ojos ver tus verdes cartas que huelen tan bien, que trae el cartero oliendo entre las demás. Me asombra recibirlas con ese olor penetrante que no le quitan ni el roce con las otras, ni la cartera de los mensajeros, ni la distancia que recorre de mano en mano y de tren en tren. Bueno ¿sabes que he acabado ya mi nueva cosa? Estoy muy contento por ahora; no sé si mañana mismo estaré de otro semblante y corazón. No creo, no creo, María querida, que yo sea nunca un poderoso del dinero como tú quieres. Me enfada que pienses eso de mi. Yo no tendré dinero nunca, María. No me sirve para nada. Me basta con tener el pan justo del día, y no preocuparme de si mañana será otro día.

He hablado, porque me lo hallé en Cruz y Raya, con el idiota Miguel Pérez Perrero; le dije que hiciera una nota sobre tu libro, que llevaba en la mano yo y le ofrecí; me dijo que no tenía tiempo y que si a mi me parecía bien que la hiciese yo y me la publicaría en su página. A mi no me desagradó la idea; pero cuando se explicó un poco más, resultó que la nota había de ser de ocho líneas o diez a lo más. Como comprenderás, esto no es nada, y es ridículo mandar una nota así. ¿No te parece?

A Concha Méndez y Manolo Altolaguirre he dado un ejemplar de tu libro y creo que me darán varios de los publicados por ellos de ellos mismos y de otros poetas para tí. En cuanto los tenga en mi mano, te los enviaré, María buena.

Verdaderamente, no es posible que tú estés conforme del todo con la vida que llevas en tu pueblo. Cuando me dijiste ahí que estabas contenta y eras feliz en ese reducido aire minero, no me lo creí. Adiviné que hablabas así porque sabías que yo venia de casa de Carmen y me había dicho que llevabas una vida muy... no sé como dijo... Pero yo te pregunté de tu estado ahí por mí mismo, porque sé que, con familia y todo, a veces es insoportable la vida ahí para uno, que necesita contactos con estas gentes que escriben, y mienten, y pecan, y murmuran, y envidian, como nosotros mismos y como todo el mundo.

Quiero que me perdones lo mucho que tardo en contestarte. No quiero decirte nada para disculparme. Sé que tú comprenderás perfectamente que estar ahí da más tiempo y gana para escribir que estar aquí, y rodeado de cosas, trabajos y cuestiones de vida y muerte como estoy.

He dicho a Neruda que te escriba si puede y me lo ha prometido.

Pronto te mandaré la revista que va a publicarse de poesía, Caballo verde, en la que verás un poema largo, y diferente de todo lo que conoces mío. Vecino de la muerte.

Te recuerdo muchísimo y espero que un día me des la noticia gozosa de que vienes por aquí.

Saluda mucho a tu padre, madre, y hermana, de quien recuerdo su voz y su confitura y tu acéptame esta mano que te tiendo idealmente Miguel tu amigo

¡Adiós María!








2467. Presencia de Miguel




Nadie,
–ni antes ni después de ti–
Supo, sabe
Pronunciar mi nombre.

Hacías una creación de la palabra,
Del tono, del sonido, del acento.
Voz nueva, distinta.
Con rumor de campos.
Alzada en solitaria espiga.
Crecida en anchas claridades.
Levantada en blancura de nubes y rebaños.
Despierta en ecos jamás aparecidos.
Tú, asombrado al oirte.
Sorprendida yo.
Alado allazgo.
Emicionado palpitante vuelo,
con hondura de verso.
De cielo las alturas.
¿En dónde hallaste el ¡María!
rotundo, sonoro,
a un tiempo débil, fuerte,
limpiamente nacido
en traslúcido aliento?
¿De donde los tactos de sus sílabas?

A tus llamadas me encontré. 
Sin moverme acudía.

Entonces de mí supe
la belleza de las cálidas letras.
Que me envuelven y acompañan.
Entonces vinieron a mi mundo
sueños, ilusiones, esperanzas.
Entonces nacía "El rayo que no cesa".
Y mis pequeños poemas, tristes, asustados.
Entonces…
Te recuerdo en mi nombre
-aprendido de ti-
Que conmigo inseparable, llevo.
Inconsumible, ingrávido.
Sin muerte y sin dolor.


María Cegarra
Tránsito, Murcia, 1979









2106. Carta de Miguel Hernández a María Cegarra

Madrid,  7 de septiembre de 1935

Querida amiga María: No puedes imaginarte cuánto he pensado en tu persona desde nuestro reencuentro en tu pueblo. ¡Qué poco nos hemos tratado! ¿no te parece? Te conocí de pronto en Orihuela, te hablé unos momentos; te vi en Cartagena después otros instantes y, por fin, este agosto pasado, inolvidables para mí, los días que estuve por esas tierras, logré hablarte durante varias horas. ¿Por qué no nos veremos con más constancia? Sólo me queda de tu compañía tu libro y dos mendrugos de mineral. Nada más, aunque no es poco.

He leído tu libro muy bien: ¡qué a la perfección te reflejan esos poemas femeninos, rociados de pólenes de las minas y el corazón, sumergidos en melancolía, mar y soledades! A mi sencillo parecer has hecho una obra que ya quisieran hacer muchas de las mujeres poetas de por aquí. Perdóname, María: no sé que decirte más, sobre tus páginas. Ya sabes que no sé hablar acertado de nadie. Te diré que me han conmovido muchos de tus poemas y que te agradezco eternamente el mío. ¿ Cuándo vendrás por Madrid? Quiero que te conozcan mis amigos mucho. He hablado de ti a Neruda, hablaré a Vicente Aleixandre y a quien a mi me interesa más poéticamente. Pablo me ha pedido tu descripción y se la he hecho de modo que has salido muy favorecida. ¡Perdón! Le prestaré mi libro tuyo; si puedes enviarme algunos ejemplares y los repartiré entre quienes crea conveniente. Voy dando fin a mi tragedia, y pronto empezaremos Maruja Mallo y yo a preocuparnos de su estreno.

Me acuerdo mucho de tí y de tu padre, hermana y madre, tan simpáticos. ¡Ah! también del jardín íntimo que es tu casa. El otro día quité de la solapa de mi chaqueta aquel nardo que me regalaste. María: ha llegado conmigo hasta Madrid: no debió mustiarse nunca. Deseándote en tu ambiente aldeano muchas cosas buenas y esperando verte pronto, te saludo con mucho cariño:

Adiós.
Miguel 










1889. Entonces

Miguel Hernández con excursionistas de la Universidad Popular de Cartagena en Cabo de Palos, agosto de 1935


Miquel estuvo aquí 
en mi tierra de minas 
cercana de los mares, 
en mi calle, 
en mi casa, 
conmigo... 

Miguel traía de su Oleza vegetal 
una carga de sol que lo abrasaba. 
Fundido en arcilla parecía, 
gleba roja levantada del surco. 
En los labios un silbo de poeta 
apretado de versos. 
Dos topacios los ojos 
tallados con las luces del pensamiento, 
luciérnagas de pozos infinitos 
con presencia de árbol y de honduras. 

Sí “la muerte llena de agujeros” 
y “el luto y la tristeza” le acabaron. 
Aunque la fecha es otra y diferente 
y los crespones el viento se llevara, 
recién muerto está, caliente para siempre, 
por nacido a la vida que no acaba. 
El tiempo de llorarle permanece. 
Las horas de sentirlo no terminan. 

Perito en lunas, amigo de los astros. 
Rayo de alma sin cesar vertido. 
Tu barro lumbre ahora, en la lumbre de Dios. 
Inconsumible eterno fuego de bellezas. 

En este recuerdo de Miguel 
soy de entonces, aunque me encuentre hoy. 
Y canto calladamente en sufrido destino 
la nana de la cebolla con los brazos vacíos. 


María Cegarra
La Unión, primavera de 1976