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1906. Primeras impresiones del «campo de la muerte»




Al bajar del tren, mi primera visión a través de la penumbra y de neblina matinal fue una fila de soldados, con el casco de acero, y en la mano el fusil con la bayoneta calada.

Al ver aquella estación, parduzca, desierta, me invadió en seguida un sentimiento de miedo y tristeza. Los SS nos estaban esperando. Aquellos SS de los cuales habíamos oído hablar tanto, con la insignia tan conocida: la calavera en el casco y también en el cuello de la guerrera. Todos eran jóvenes de 18 a 24 años. Algunos llevaban una cinta negra en la parte inferior de la manga, sobre la cual había escrito, en letras blancas, Toten-kopf (cabeza de muerto, o calavera).

De repente, tras una orden gritada en alemán, la jauría se desencadenó. Gritos, empujones, palos, culatazos, para formarnos de tres en tres. Y desgraciados los que no obedecían en seguida! Escoltados por unos 150 SS, atravesamos el pueblo de Mauthausen. Ni un sólo ser viviente en la calle principal. Las casas estaban cerradas. Ni siquiera se oía el ladrido de un perro al pasar nosotros, como si al paso de las hordas hitlerianas llevando su rebaño al matadero, todo ser viviente, hombres y animales, hubieran quedado petrificados. Una vez cruzado el pueblo, comenzó la subida hacia el campo, por un camino estrecho, resbaladizo, donde era difícil avanzar en filas de tres. Había que marchar rápidamente bajo la lluvia de golpes. Antes de llegar al campo varios compatriotas cayeron al suelo, extenuados, siendo pisoteados por sus verdugos. Pudimos recogerlos y arrastrar a varios hasta el campo, al que llegamos después de media hora de marcha, siempre cuesta arriba.

Mi primera impresión fue la de encontrarme ante una inmensa obra de construcción, ya que había muchos hombres empleados en trabajos de excavación. Pasamos el primer control y entramos en el recinto o perímetro exterior, donde me apercibí de las torretas de vigilancia, en las cuales montaba guardia un centinela con ametralladora. Sobre un muro en construcción, un águila inmensa, en cobre verde, dominaba la entrada de la plaza donde estaban los garajes de los SS. No tuve la menor duda: estábamos en uno de aquellos campos de los cuales tanto habíamos oído hablar. Aún tuvimos que subir por unas escaleras de granito y nos encontramos ante las dos torres que debían sostener, más tarde, la puerta de entrada. Digo más tarde, porque en aquella época la fortaleza no estaba terminada. Había veinte barracas, y las alambradas estaban colocadas apenas a dos metros de las puertas de las barracas 1, 6, 11 y 16. Las alambradas estaban sostenidas con postes de madera y enganchadas en aisladores de porcelana. En el primer poste, una placa metálica con esta inscripción: Vorsicht! Lebensgefär (atención, peligro de muerte). Yo no conocía todavía el alemán, pero un relámpago rojo, dibujado junto a la inscripción, me hizo comprender que se trataba de alambradas con corriente eléctrica de alta tensión.


Mariano Constante
Los años rojos - Capítulo V - Mauthausen








1804. Algunos detalles sobre organización de un campo de exterminio

Mauthausen. Fotografía de Francesc Boix 


¡Mauthausen, fatídico nombre! ¡Mauthausen, campo de la muerte! ¡Mauthausen, cuyo nombre da escalofríos sólo con pronunciarlo!

Mauthausen fue, con Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Flossenburg, Neuengamme, Sachsenhausen y Ravensbruck —este último de mujeres—, el término final de la odisea trágica de miles de españoles republicanos, hechos prisioneros por los nazis en Francia desde 1940 a 1944.

En Auschwitz —cerca de Cracovia, en Polonia—, en Sachsensausen —junto a Berlín—, en Flossenburg —entre Nuremberg y Pilsen, en la frontera alemano-checa—, en Neuengamme —cerca de Hamburg—, fueron encerrados un número reducido de españoles. En cambio, en Dachau —cerca de Munich— y Buchenwald —cerca de Leipzig—, hubo bastantes más, procedentes casi todos de las cárceles francesas, por haber participado en acciones armadas de la Resistencia Francesa contra los invasores alemanes. Otros habían sido fusilados en Francia pues, generalmente, cuando los nazis descubrían un republicano español, lo fusilaban inmediatamente. Muchas estelas hay diseminadas por el territorio francés, con las inscripciones: «Aquí fue asesinado un republicano español anónimo.»

El campo de Ravensbruck «albergó» a varias compatriotas nuestras, todas ellas miembros también de la Resistencia Francesa. Algunas de ellas fueron trasladadas a Mauthausen, en 1945, al evacuar aquel campo los nazis. Hubo españoles aislados que fueron encerrados en otros campos, donde perecieron. Este fue el caso en Terezin, en Checoslovaquia, donde estuvo, y murió, un solo español (oficialmente inscrito; no se sabe si los hubo «extraoficiales»). Pero el núcleo más importante de españoles fue deportado a Mauthausen.

Los campos de concentración fueron clasificados por los SS en tres categorías: la I, la II y la III.

Por ejemplo: Dachau y Sachsenhausen eran de la categoría I; es decir, la de los «recuperables».

Buchenwald, Flossenburg, Neuengamme, Auschwitz I, eran de la categoría II, Mauthausen fue clasificado en la categoría III; es decir, la de los «irrecuperables». La más terrible de todas.

La clasificación en estas tres categorías fue hecha por Reinhard Heydrich, uno de los principales jefes de las SS. Y dio el visto bueno Himmler, jefe supremo de las SS.

Los presos de Mauthausen eran considerados enemigos peligrosísimos del III Reich. De ahí su etiqueta de «irrecuperables», sin ninguna posibilidad de liberación. Ningún preso entrado allí debía salir con vida, tal era el designio de las SS. Además de la clasificación mencionada, dada por los altos dignatarios nazis, Mauthausen fue considerado como Vernichtungs Lager (campo de exterminio), en el lenguaje que los SS empleaban entre sí.

Esto no quiere decir que en los otros campos no se emplearan los mismos métodos que en Mauthausen. La clasificación de Heydrich sólo fue respetada en los primeros tiempos de su promulgación (enero de 1941). Más tarde, las mismas consignas fueron dadas para Auschwitz y Buchenwald, quedado sin efecto las primeras catalogaciones, puesto que la exterminación se practicaba metódicamente en la mayoría de los campos.

Que se sepa, Mauthausen fue el único campo donde nunca pudo penetrar la Cruz Roja Internacional, ni delegación internacional alguna.

El campo de Mauthausen, situado en la cima de una colina que domina el valle del Danubio, hubiera podido ser un paraje idílico, dado su situación geográfica, si no hubiera tenido el triste privilegio de ser construido para el exterminio de miles de personas. En una de las vertientes de la colina está situada la cantera de Wienergraben. Esta cantera pertenecía al ayuntamiento de Viena antes de la anexión de Austria de 1938. Los SS la adquirieron para explotarla con la mano de obra del campo, en el verano de 1938. Un grupo de prisioneros traídos de Dachau empezó la construcción de dicho campo. La mayoría de esos detenidos eran delincuentes comunes a los que, más tarde, se agregaron detenidos políticos austríacos y alemanes, destinados a trabajar en la cantera. La empresa de explotación de la cantera de Mauthausen era de los SS, y todo el producto de la extracción de la piedra iba a la «caja particular» de los SS. Es decir, el beneficio de su producción no servía al Reich alemán, sino integralmente a los SS, sin que éstos dieran cuenta a nadie de aquel «negocio». Para comprender eso es necesario explicar, brevemente, qué eran los SS y su organización.

SS era la abreviación de «Schutz-Stafel» (Secciones de Seguridad). El cuerpo de los SS fue constituido, en 1933, con los grupos de choque del partido nazi. No estaban subordinados a ningún organismo existente en Alemania. La fidelidad a su propio partido y al Estado tenía menos importancia que la «lealtad incondicional» al Führer. Habían sido creados para defender e imponer las ideas de su jefe, Adolf Hitler, y eran la emanación de su dictadura personal, dependiendo de la voluntad absoluta del Führer. De ahí el que se considerasen como hombres superiores, como una élite, como prototipos de una raza escogida, y que, por eso, sus poderes fueran ilimitados.

Estas, y muchas otras, eran las razones que hacían posible que sus actividades fuesen ultrasecretas. Poseían un estatuto privilegiado que hacía de ellos los instrumentos de la aplicación del estado de excepción, con la supresión total de las garantías del derecho individual y colectivo.

Hitler nombró a su hombre de confianza, Himmler, jefe supremo de esta organización (Reichsführer SS).

Todos los campos de exterminio nazis en Alemania, y en los territorios ocupados, fueron administrados y vigilados por los SS. Mauthausen se contó entre los más terribles de aquellos campos.


Mariano Constante
Los años rojos - Capítulo V - Mauthausen









186 escalones

Evoqué horrorizado aquel trayecto que a mí me parecía ya muy lejano. Con el pensamiento retrocedí cuatro años, para encontrarme en aquel inmenso cráter que formaba la cantera de Wiener Graben. Allí habían sido llevados los primeros españoles llegados a Mauthausen, donde se consumaron los exterminios más tremendos de prisioneros en 1940 y 1941. El primer propósito de los SS al comprobar la especialidad de los españoles en la construcción fue el de hacerles erigir la escalera de granito, que, desde el fondo de la cantera, alcanzaría la cima del acantilado dando acceso al campo, y que permitiría el transporte de piedras para la construcción de la fortaleza. Fue una obra digna de los faraones, y en menos de diez meses los ciento ochenta y seis escalones de desigual altura fueron construidos, uno a uno, con los bloques de granito que otros españoles extraían de “la montaña de la muerte” (totenberg, como decían los campesinos austríacos de la región). La construcción de aquella escalera había costado miles de vidas españolas. Cuando llegué yo al campo fui destinado, junto a mis compañeros, a la cantera maldita. Los trabajos de la construcción de la escalera estaban muy adelantados y nos pusieron a empedrar el sendero que, desde lo alto de los ciento ochenta y seis peldaños, llegaba hasta el campo. Si bien más tarde se adoquinaron los caminos y calzadas adyacentes al campo, aquel sendero fue empedrado de una manera increíble: los bloques de granito, que debíamos subir sobre nuestros hombros desde el fondo de la cantera, eran colocados de canto o inclinados, nunca llanos, haciendo huecos que terminaban en el borde afilado de la piedra vecina. Así, cuando se andaba sobre ellos era dificilísimo mantenerse de pie, sobre todo con los zuecos de madera, ocasionando torceduras de pies que hacían chocar los tobillos contra el canto de aquellos bloques cortantes como cuchillos. ¿Cuántos miles de deportados habían muerto a consecuencia de aquellas heridas, o de las producidas por la piedra que, al perder el equilibrio, dejaba caer el compañero que andaba delante?


Mariano Constante
"Yo fuí ordenanza de los SS", Ediciones Martínez Roca, 1976





1264. Recordando a Mariano Constante

Recordamos en el quinto aniversario de su muerte a Mariano Constante. Militante de la JSU, combatió desde los dieciséis años en la Guerra española en la 43ª División del EPR. Fue uno de los oficiales más jóvenes. Estuvo en la "Bolsa de Bielsa” y se exilió a Francia en febrero de 1939 donde luchó contra los nazis hasta su captura y deportación a Mauthausen en 1941. En el campo de exterminio organizó junto a otros españoles una red clandestina de resistencia y ayudó a muchos prisioneros a sobrevivir. 

«Fue entonces cuando me prometí –si llegaba al término de la contienda con vida-,relatar lo que fue el calvario de los españoles en Mauthausen. Era necesario que el mundo supiese lo que había sido aquello, para que las generaciones futuras impidiesen el resurgimiento de una ideología como la de los nazis»



El 22 de junio de 1941 se produjo un acontecimiento importante. Coincidió con la invasión de la URSS por tropas de Alemania. Los SS decretaron una desinfección general del campo. Nos levantaron a las tres de la mañana y nos dieron la orden de cerrar las puertas y ventanas, pegándoles unas tiras de papel para que los gases no pudieran escaparse por las ranuras. Aquella desinfección se hizo con los mismos gases que empleaban para exterminar a los prisioneros. Fuimos concentrados, completamente desnudos, en la plaza donde estaban los garajes SS. El frío de la noche era muy intenso, pese a encontrarnos en junio; por el contrario, durante el día el sol causó grandes bajas en nuestras filas. Aprovechamos el hecho de encontrarnos todos reunidos para discutir y ver qué forma de organización podíamos crear allí. Bajo la amenaza de las ametralladoras, voluntariamente «aislados» de los bandidos alemanes, tuvimos pequeñas reuniones de las cuales salió la organización política clandestina española. Manuel, Pepe, Santiago, Bonet, Pagés, Tarragó, Juncosa y yo fuimos designados por nuestros compañeros para asumir la dirección de la misma, con la colaboración de otros camaradas, naturalmente. Al principio se trataba de la organización del partido comunista español, compuesta por los elementos más activos de la lucha, en aquel lugar como en los otros campos. Pero nuestro objetivo era crear una organización nacional española. Mis compañeros y compatriotas me habían vuelto a confiar una responsabilidad en la dirección de la misma. Esa organización sería el germen del Comité Internacional de Mauthausen, tiempo más, tarde. Ahora, sin embargo, el lugar y las circunstancias eran excepcionales. Asumí con orgullo la prueba de confianza de mis compatriotas. No ignoraba las dificultades que nos esperaban, además de las cotidianas, pero el ejemplo de voluntad y de tenacidad de mis compañeros me espoleaba el ánimo. En el transcurso de aquel día, y por los altavoces que los SS habían colgado en la muralla para que escucháramos su propaganda, nos enteramos de que la Alemania nazi había atacado a la URSS. A media noche regresamos al campo, que según los SS estaba desinfectado. Sin embargo, al entrar en las barracas, muchos de nuestros compañeros cayeron al suelo víctimas de las emanaciones de los gases mal evacuados. Así que pasamos todo el resto de la noche sin dormir.

Comenzamos nuestro trabajo clandestino cerca de todos los españoles, tanto en los lugares de trabajo como en los blocks. Perseguíamos varios objetivos: mantener nuestros principios y nuestra moral. Se trataba de hacer comprender a unos y a otros que, para luchar en el interior del campo, era necesario tener una voluntad inquebrantable de combate y de esperanza, sin la cual nada era posible; tener confianza en la victoria final; luchar contra la depravación y la corrupción, evitando hacer el juego de los SS, para perjudicar a otros presos políticos; solidaridad total en cualquier momento y circunstancia; hacer lo posible para impedir que los de «delito común» nos robasen nuestra escasa comida; intentar introducir españoles de confianza en los lugares de trabajo donde hubiera posibilidades de ayudar a los demás y, en lo posible, también en las barracas; conseguir informaciones y vigilar la conducta de los SS, con el fin de hacer frente y prever sus reacciones; establecer contacto con los deportados políticos de otras nacionalidades.

En aquella época había muy pocos «políticos» verdaderos: tan sólo varios austríacos, unos cuantos alemanes y unos pocos polacos. En fin, había que aconsejar a todos el sabotaje, la pasividad, y todo cuanto pudiera representar una forma de lucha contra los SS y sus métodos, convencidos de que así ayudaríamos a los demás a sobre-vivir hasta la victoria. Aunque sólo se salvaran un puñado...

Estos pueden parecer objetivos casi quiméricos, incluso, cuajados de infantilismo, pero ninguno de ellos carecía de importancia y eran el resultado de un verdadero estudio por nuestra parte. Eran el producto de «nuestra experiencia». En una jornada de trabajo, estar «inactivo» durante media hora podía representar salvar la vida de un hombre «aquel día» y, con ello, dar lugar a que al día siguiente su situación mejorara. Conocer y observar la actuación de un SS era poder burlar su castigo, evitando una de sus «ofensivas» durante la cual algún hombre podía sucumbir. Esconder a uno de nuestros compañeros durante unos minutos, en el transcurso de un control SS, era impedir quizá que le inyectaran el contenido de la jeringa de bencina. La pasividad metódica en el trabajo —muchas veces con el riesgo de represalias— era la certeza de un menor desgaste de nuestro debilitado organismo. La ruptura de un pico, de una pala, de una vagoneta, o de una pieza de las máquinas de la cantera, era entorpecer su producción destruyendo parte —una ínfima parte, es cierto— del potencial de guerra del III Reich. Más tarde, cuando se fabricó material de guerra, los sabotajes serían más importantes. En cuanto al cacito de sopa o a los miligramos de pan que se entregaban al compañero exangüe, podían representar una fuerza suplementaria que podía permitirle unos días, unas semanas más de vida. En Mauthausen era necesario calcular todo meticulosamente, hasta el más mínimo detalle, para poder conservar la esperanza de sobrevivir.

En junio llegaron también a Mauthausen los primeros grupos importantes de judíos. El grupo más numeroso venía de Holanda. Trescientos cincuenta o cuatrocientos judíos fueron enviados a la Straffkompanie (compañía de castigo). Es decir, dentro de Mauthausen, pese al régimen horroroso que soportábamos, todavía había un lugar más terrible, reservado a los castigados, a los judíos y, más tarde, a los soviéticos. Esta compañía tenía que acarrear las piedras sobre las espaldas, subiéndolas de la cantera, y soportar un trato atroz, hasta su total exterminación. El grupo de holandeses, y más tarde otros de diferentes países, tenía que transportar los bloques de granito no solamente al campo para construir sus murallas, sino también al mortífero «comando Siedlungsbau», distante unos tres kilómetros de la cantera. Los bloques de granito pesaban un mínimo de 70 kilos. También a nosotros nos obligaban a veces, cuando éramos castigados, a transportar dichos bloques, y más de un español murió aplastado bajo uno de ellos. La diferencia de los judíos con respecto a nosotros era que la exterminación nuestra se hacía de manera lenta, metódica, aprovechando nuestro trabajo, la de ellos era total y rápida. Al final de cada jornada, los supervivientes debían llevar sus muertos al crematorio. Raros fueron los judíos que sobrevivieron 15 días.

Gracias al cacito de sopa de «reenganche», que recibía en el block, pude resistir mejor algún tiempo, pero aquella sopa fue suprimida y sustituida por café. Cuando digo café —así lo llamaban ellos— podría decir un compuesto de mezclas que no tenían nada que ver con el café. En septiembre de 1941 yo pesaría unos cuarenta kilos. Estaba como la mayoría de nuestros compatriotas; éramos verdaderos esqueletos ambulantes. Hasta tal punto que cuando estábamos formados y pegaban a uno, éste, al caer al suelo, hacía caer toda la fila como en un juego de bolos. Sin embargo, aún tenía fuerza para ir a reuniones con mis compatriotas, para discutir y organizar cosas. Es cierto que aquello era una fatiga suplementaria, pero era bueno poder hablar de nuestras luchas, de nuestras esperanzas, de la forma de burlar los SS, del final de la guerra, y de la victoria, en la que creíamos firmemente. Eran cosas tan importantes, y casi más, que recibir un plato de sopa. Los incrédulos quizá sonrían, pero, sin aquella actividad, sin la voluntad que nos animaba, no creo que nos hubiera sido posible resistir. Había que esforzarse en pensar en otras cosas, porque caer en el desaliento y la desmoralización era correr de cabeza a una muerte irremediable. Con todo, un día creí llegada mi última hora. Fui atenazado por un cólico y una maligna disentería provocados por unas hierbas que había comido y por el agua. Tenía mucha sed y me puse a beber en el sifón que habíamos construido para la evacuación del agua. Yo había mirado a un lado y a otro sin percibir la presencia de ningún SS, pero uno de ellos estaba escondido detrás de la barraca almacén y me vio:

—¡Español, ven aquí!

Me quedé paralizado por el miedo. Lanzó de nuevo la orden:

—Ven aquí, y salta dentro del pozo.

—Pero, si estoy vestido...

—Eso es lo que quiero: que saltes vestido dentro del pozo.

Y, al mismo tiempo que me hablaba, me empujaba con un mango de pico hasta que caí en el agua. El pozo medía unos dos metros y medio de profundidad. Me agarré al borde con las manos, manteniendo la cabeza fuera del agua. El SS se acercó al borde y me pisoteó las manos con sus botas de talón herrado. Riendo y gritando como un energúmeno, me repetía:

—¡Perro español! ¡Cerdo «bolchevique! » Hínchate de agua y bebe por última vez.

Pese al dolor, yo no me soltaba. Entonces el SS comenzó a golpearme y, apoyando su bota sobre mi cabeza, intentó sumergirme enteramente. Durante más de un cuarto de hora «jugó» conmigo, a su antojo, empujando mi cabeza dentro del agua. En lo alto del terraplén, la jauría de kapos estaba reunida riéndose de las «proezas» del SS. Cuando se cansó de torturarme, algo sorprendido quizás al no verme ahogado, llamó a dos españoles para que me sacaran del pozo. Los dos amigos que me auparon eran del grupo de adoquinadores. Me llevaron junto a ellos y me ayudaron en mi trabajo, puesto que con mis manos heridas yo no podía hacer prácticamente nada. ¡Esta era la solidaridad de los españoles! Al regresar al campo los camaradas me sostenían ayudándome a andar, ya que estaba medio muerto. Por el camino me entraron unos fuertes dolores de vientre y la disentería empezó a hacer de las suyas. En la barraca, cuando el jefe supo lo ocurrido con el SS en el trabajo, me hizo entrar en el lavabo —cosa rara: sin pegarme— y me ordenó que me limpiara, sin meterme bajo la ducha de agua helada. Luego me encerró con los muertos y moribundos y, sobre las diez de la noche, vino a buscarme, dándome una camisa y un calzoncillo limpios. ¿Por qué había hecho conmigo lo que no hacía con los otros? ¿Era posible que fuera capaz de tener lástima de alguien, cuando todos los días mataba a nuestros compatriotas bajo la ducha y a porrazos? Dos años más tarde me hizo sus confidencias, diciéndome que le había impresionado mucho el estado en que me había dejado el SS. ¡Ironías del hampa de Mauthausen!

Durante varios días fui al trabajo casi arrastrándome, y mis manos quedaron deformes para siempre debido a los golpes recibidos.


Mariano Constante
Los años rojos, Pp. 128-133
1974, Ediciones Martínez Roca, S. A








942. Mauthausen, 5 de mayo de 1945



5 de mayo de 1945. Durante toda la mañana prosiguieron las negociaciones con nuestros nuevos guardianes que no se atrevían a comprometerse y tenían miedo de deponer las armas; sin embargo, teníamos la certeza de que, si el campo era atacado, no se opondrían a que nosotros nos hiciésemos cargo de su defensa.

A las 13 h. 14 min., tres o cuatro vehículos blindados con el distintivo americano se presentaron inopinadamente. Se originó una oleada de entusiasmo en la enorme masa humana recluida en el campo. Pero esas fuerzas aliadas no eran más que una avanzadilla de la vanguardia americana y hacia las 17 h regresaron a su base, que se hallaba situada a unos 30 kilómetros de Mauthausen, cerca de Linz, dejando al campo en plena efervescencia.

El AMI recibió de inmediato la orden de adueñarse a la fuerza de las armas y de asumir la responsabilidad del orden dentro del campo.

La situación era bastante confusa y peligrosa. La lucha había cesado en el oeste, dado que los alemanes ya no ofrecían resistencia organizada a los americanos; pero, unos 50 o 60 kilómetros al este y al sureste, proseguía aún la lucha encarnizada. Poderosas unidades SS, mandadas por Bachmayer y otros verdugos cuyas terribles hazañas eran bien conocidas en el campo, se hallaban a menos de diez kilómetros de distancia. Sabíamos sobradamente de lo que eran capaces y, caso de que se batiesen en retirada, temíamos que se ensañasen con nosotros.

La policía de Viena se dejó desarmar sin oponer resistencia. Sus oficiales huyeron y los agentes, más bien satisfechos de salir tan bien parados, se alejaron de aquel lugar donde tantos crímenes habían sido cometidos. No les fue hecho el menor daño. Incluso, varios de ellos solicitaron constituirse prisioneros para no correr el riesgo de encontrase con SS que les podrían pedir cuentas.

En menos que canta un gallo, las torres de vigilancia y el frontón de la puerta monumental quedaron cubiertos de carteles en honor de los ejércitos aliados y de banderas surgidas como por arte de magia. En el mástil principal, donde unos días antes aún ondeaba el siniestro estandarte negro con calavera, ondea ahora alegremente la bandera de la República española. ¡Ah! ¡Ojalá hubieseis podido ver vosotros, queridos camaradas que habéis perdido la vida en este infierno este grandioso espectáculo que hubiese constituido vuestra venganza y vuestro eterno consuelo…!


Triángulo  Azul. Los republicanos españoles en Mauthausen.
M. Constante y M. Razola







940. Nadie saldrá vivo de aquí




Uno de los supervivientes de Mauthausen, donde pasó los cinco años que duró la Guerra Mundial, Antonio García Barón, ha contado su llegada al campo en los siguientes términos:

En el primer discurso nada más llegar al campo de exterminio nos dijeron más o menos lo siguiente:

«España no os quiere; os ha arrebatado la nacionalidad, la razón de ser. Nadie saldrá vivo de aquí; estáis condenados a muerte sin juicio previo. La primera que os ha condenado es España». Hileras de SS formaban con sus perros lobos, como una doble jauría dispuesta a tirarse sobre los presos. Nuestra patria sería a partir de entonces aquel campo situado en Austria.

«... Entraréis por la puerta: saldréis por la chimenea». El campo tenía a la entrada un portón con un águila prusiana de cobre verde, puesto de ametrallador cada doce metros, alambradas electrificadas, guardias, torres de vigilancia y barracas en forma de rectángulo, de cinco en cinco. Era una fortaleza medieval levantada con el sudor de los deportados, con piedras de la cantera, la Wiener-Graben. La muralla de circunvalación no se terminó nunca. A lo largo de hectárea y media, calculo yo, se extendían la cocina, la enfermería, el Revier, las cámaras de gas, el crematorio, las oficinas y la lavandería.

Desde Nuremberg nos habían trasladado en vagones -ocho caballos, cuarenta hombres- hacinados en el convoy de la muerte, sin nada para comer, sin agua y con las puertas precintadas. El aprendizaje del terror: los SS nos sacaron de allí a culatazos, entre blasfemias y gritos que sonaban como descargas de fusilería. Desde la estación nos llevaron andando hasta el campo. En las casas del pueblo nadie se asomó para vernos pasar. Yo vestía de azul oscuro, ropa militar francesa. Al llegar me desnudaron, me arrebataron todo lo que llevaba conmigo -pocas cosas, unos recuerdos, unas fotos familiares-, me vistieron de presidiario -un uniforme de rayas verticales azules, blancas y grises, un casquete- y me pelaron todo el cuerpo con la máquina de cuatro ceros. Me cosieron el triángulo azul y puntapié en el culo. Tomaron unas notas para mi ficha. Nos hicieron formar desnudos y nos enviaron a la ducha, que por cierto era elegantísima. Nosotros recibimos agua. Otros gas letal. Así empezó la cuarentena que duró unos días.

Cuando llegamos el 10 de agosto de 1940 -prosigue Antonio García Barón- quedaban tan solo cinco españoles supervivientes del primer grupo, con remiendos en sus harapos, maltrechos, tocados por la muerte, escuálidos por la disentería, demacrados, con los hígados desechos, los pulmones averiados, el corazón debilitado y los ojos vidriosos.

Los alemanes necesitaban mano de obra que con los deportados obtenían gratis. Los campos eran canteras de trabajo en los que fabricaban bloques de piedra y ladrillos para la construcción, para autopistas, para sus grandiosos proyectos.

A Mauthausen llegaron el 10 de agosto de 1940, 392 españoles, según el testimonio de Antonio García Barón. «En 1942 éramos por lo menos 7800, quizás 10000, tan solo sobrevivimos 1600», dice.

M. Razola y M. Constante, en su obra Triangle bleu. Les républicains espagnols à Mauthausen. 1940-1945 reproducen las siguientes cifras oficiales tomadas de los ficheros de Mauthausen rescatados: pasaron por aquel campo 9067 españoles; de ellos, 4000 fueron exterminados en Gusen y 2584 en Mauthausen y en los comandos. En total, 6784 españoles fueron exterminados, es decir el 70 por 100 de ellos.

Mariano Constante, también superviviente de Mauthausen, ha narrado sus primeras impresiones del «campo de la muerte» en términos parecidos a los de García Barón:

Al bajar del tren, mi primera visión a través de la penumbra y de la neblina matinal fue una fila de soldados, con el casco de acero, y en la mano el fusil con la bayoneta calada.

Al ver aquella estación; parduzca, desierta, me invadió enseguida un sentimiento de miedo y tristeza. Los SS nos estaban esperando. Aquellos SS de los cuales habíamos oído hablar tanto, con la insignia tan conocida: la calavera en el casco y también en el cuello de la guerrera. Todos eran jóvenes de 18 a 24 años. Algunos llevaban una cinta negra en la parte inferior de la manga, sobre la cual había escrito, en letras blancas, toten-kopf (cabeza de muerto, o calavera).

De repente, tras una orden gritada en alemán, la jauría se desencadenó. Gritos, empujones, palos, culatazos, para formarnos de tres en tres. ¡Y desgraciados los que no obedecían enseguida! Escoltados por unos 150 SS, atravesamos el pueblo de Mauthausen. Ni un solo ser viviente en la calle principal. Las casas estaban cerradas. Ni siquiera se oía el ladrido de un perro al pasar nosotros, como si al paso de las hordas hitlerianas llevando su rebaño al matadero, todo ser viviente, hombres y animales, hubieran quedado petrificados. Una vez cruzado el pueblo, comenzó la subida hacia el campo, por un camino estrecho, resbaladizo, donde era difícil avanzar en filas de tres. Había que marchar rápidamente bajo la lluvia de golpes. Antes de llegar al campo varios compatriotas cayeron al suelo, extenuados, siendo pisoteados por sus verdugos. Pudimos recogerlos y arrastrar a varios hasta el campo, al que llegamos después de media hora de marcha, siempre cuesta arriba.

Mi impresión fue la de encontrarme ante una inmensa obra de construcción, ya que había muchos hombres empleados en trabajos de excavación. Pasamos el primer control y entramos en el recinto o perímetro exterior, donde me apercibí de las torretas de vigilancia, en las cuales montaba guardia un centinela con ametralladora. Sobre un muro en construcción, un águila inmensa, en cobre verde, dominaba la entrada de la plaza donde estaban los garajes de los SS. No tuve la menor duda: estábamos en uno de aquellos campos de los cuales tanto habíamos oído hablar. Aún tuvimos que subir por unas escaleras de granito y nos encontramos ante las dos torres que debían sostener, más tarde, la puerta de entrada. Digo más tarde, porque en aquella época la fortaleza no estaba terminada. Había veinte barracas, y las alambradas estaban colocadas apenas a dos metros de las barracas 1, 6, 11 y 16. Las alambradas estaban sostenidas con postes de madera y enganchadas en aisladores de porcelana. En el primer poste una placa metálica con esta inscripción:Vorsicht! Lebensgefär (atención, peligro de muerte). Yo no conocía todavía el alemán, pero un relámpago rojo, dibujado junto a la inscripción, me hizo comprender que se trataba de alambradas con corriente eléctrica de alta tensión.

¡Una verdadera visión de pesadilla!

Miré en torno nuestro y vi a los SS con los látigos de nervios de buey, rodeados de varios colosos (capos), vestidos con trajes de presidiarios, que vociferaban y amenazaban a otros presos que trabajaban. Las alambradas de alta tensión, el humo negro y el olor a carne quemada que venía de una gran chimenea situada al fondo de la plazoleta donde nos encontrábamos, el aspecto siniestro de las barracas, todo ello parecía un cuadro dantesco. Sentí una opresión inmensa, atenazadora, que me hacía un nudo en la garganta, de donde no podía salir una sola palabra. Aquella imagen era la que yo me hacía del infierno. Pero, franqueado el umbral de las dos torres, no quedaba ya lugar ni para comparaciones, ni para recuerdos de ninguna clase.

Esperando nuestro turno para entrar en las duchas y desinfección, vi pasar cuatro presidiarios cargados con piedras, y me quedé estupefacto al oírles hablar español. Les pregunté:

-¿Sois españoles?

-Sí, pero no nos hables, porque los SS y los kapos te molerían a palos si ven que lo haces. Espera, vendremos a vuestro lado a cargar piedras. Si tenéis cigarrillos y comida tiradlos al suelo, pues os lo quitarán todo.

Unos minutos más tarde vinieron a cargar algunas piedras cerca de nosotros. Quedé sorprendido de la delgadez de sus cuerpos. Eran auténticos esqueletos.

-¿Qué es este campo? ¿Hace tiempo que estáis aquí?

Uno de ellos se acercó un poco y me dijo:

-Sí, amigo. Yo llegué aquí el 10 de agosto de 1940. Me trajeron directamente de Francia. Este es un campo de exterminio, y los alemanes nos han dicho que nadie saldrá vivo de aquí. Tened cuidado. Obedeced enseguida sus órdenes para evitar que os «liquiden» a golpes.

Cargó una piedra sobre sus hombros y se alejó. La forma de sus huesos se marcaba sobre su uniforme. ¡En aquel infierno había españoles desde ocho meses antes!

En Dachau los españoles ocupaban dos barracas conocidas como las de los Spanische Kämpfer (combatientes españoles). Dachau fue el último Campo liberado, el 19 de abril de 1945, por las fuerzas del Ejército norteamericano. Sólo 260 supervivientes españoles pudieron contarlo.

Buchenwald se alzaba en una colina a 9 km de Weimar. De los 240000 prisioneros que pasaron por este Campo, perecieron 56000, unos asesinados, otros a consecuencia del hambre, del frío o de las torturas. Varios miles de españoles pasaron por Buchenwald. Entre ellos Jorge Semprún quien, detenido en septiembre de 1943 por la Gestapo, fue enviado a este Campo en un angosto vagón precintado. La mayoría de los españoles internados en Buchenwald murieron en la cantera, en la enfermería o en Dora (fábrica subterránea anexa donde a partir de 1943 se fabricaban los V1 y V2 que lanzaban sobre Londres). Más de 10000 muertos costó la construcción de los túneles y la instalación de aquella fábrica. Muchos de ellos eran españoles.


Félix Santos
Españoles en la liberación de Francia: 1939-1945
Capítulo III