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1830. Discurso conmemorando el 18 aniversario de la República de 1873

Discurso de Francisco Pi y Margall en el banquete celebrado en el Café de Oriente en conmemoración del décimo octavo aniversario de la proclamación de la República.


Queridos correligionarios: No basta que conmemoremos la República de 1873; es preciso que nos sirva de lección y enseñanza. Si incurriéramos mañana en los mismos errores que entonces, recogeríamos los mismos frutos: la República pasaría otra vez sobre la nación como una tempestad de verano. Recordemos, recordemos aquellos días.

El día 11 de Febrero de 1873 ocurrieron en España gravísimos acontecimientos. Un rey, dos años antes elegido por las Cortes, reconociéndose impotente para resistir al oleaje de los partidos, abdicó por sí y por sus hijos. Reuniéronse en una sola Asamblea el Congreso y el Senado, admitieron la renuncia del rey, le despidieron cortésmente y proclamaron la República.

¿Vino la República oportunamente? No; vino a deshora. Habría venido oportunamente si la hubiesen establecido las Cortes de 1869; vino cuando, fatigada la nación por cinco años de luchas, estaba más sedienta de reposo que de nuevos ensayos; vino cuando ardía la guerra civil en el Norte de España y en la isla de Cuba; vino cuando estaba exhausto el Tesoro, tan exhausto, que los radicales habían debido ya suspender el pago regular de los intereses de la deuda. El Gobierno de la naciente República no pudo cumplir las promesas que en la. oposición había hecho: no pudo ni reducir el ejército, ni abolir las quintas, ni disminuir los gastos que iba agravando la guerra. Esto, por de pronto, acredita que no son siempre beneficiosos los cambios ni aun para los que más los anhelan.

Para colmo de mal, el primer gobierno que se creó se componía de federales y de progresistas, de progresistas que eran ayer ministros del rey y hoy ministros de la República. Podrán ser buenas las coaliciones para destruir; para construir, conozco por propia experiencia, que son detestables. Perdíamos el tiempo en cuestiones frívolas, pasábamos a veces horas discutiendo si a tal o cual provincia habíamos de mandar un gobernador federal ó un gobernador progresista. Esto, por lo menos, prueba que no son siempre buenas ni aceptables las coaliciones.

Los progresistas obraron con nosotros de mala fe. Trece días después de proclamada la República promovían una crisis en el seno del Gabinete. Fundábanla en que el Gobierno, por la heterogeneidad de sus elementos, no podía obrar con la rapidez que las circunstancias exigían y en que nosotros no habíamos determinado los límites de nuestro federalismo. En vano les decíamos que, no a nosotros, sino a las futuras Cortes Constituyentes correspondía marcarlos; insistían en llevar la crisis á las Cortes, diciendo hipócritamente que no podía menos de resolvérsela en nuestro favor puesto que era racional y lógico que rigieran la República los republicanos.

Tan hipócritamente hablaban, que al otro día encontramos invadido el ministerio de la Gobernación por cuatrocientos guardias civiles, el palacio del Congreso ocupado por uno ó dos batallones de línea, las cancelas del vestíbulo guardadas por centinelas con la bayoneta en la boca de los fusiles. Por la noche, calladamente, habían nombrado á Moriones general en jefe de Castilla y destituido á los coroneles en que creyeron ver un obstáculo para sus inicuos planes. Hiciéronlo todo de acuerdo con el Presidente de la Asamblea, que se creyó revestido de una autoridad superior á la del Gobierno.

Vencimos, pero vencimos, gracias por una parte, á su cobardía, gracias por otra al vigor de los ministros federales, á la actitud del pueblo de Madrid, a la lealtad de Córdoba, que no dejó de estar nunca a nuestro lado. Constituyóse aquel día un Gobierno casi homogéneo; pero el mal estaba hecho. Se soliviantaron las pasiones populares y hubo en ciudades de importancia conatos de rebelión que no pudo reprimir el Gobierno sin gastar parte de sus fuerzas. Despechados los progresistas, se aliaron por otro lado con los conservadores y se fueron el 23 de Abril á la plaza de Toros con toda la milicia de la monarquía. Aquel complot era algo más serio que el anterior, ya que en él estaba comprometida gran parte del ejército, y generales corno Balmaseda y el duque de la Torre.

Vencimos también, disolvimos la Comisión permanente de la Asamblea y convocamos apresuradamente nuevas Cortes creyendo encontrar en ellas el medio de salvar y consolidar la República. Nos enseñaron y os enseñan hoy todas estas deslealtades cuán poco hay que fiar de los que se adhieren hoy a las instituciones que ayer combatían.

En las Cortes no hallamos, desgraciadamente, lo que esperábamos. Culpa fue, en parte, del Gobierno, que, después de haber dirigido á las Cortes un mensaje en que daba razón de su conducta, dimitió sin esperar á que se aprobasen ó desaprobasen sus actos y se negaron sus más importantes hombres á formar parte del nuevo Poder Ejecutivo. Aquellos hombres servían de freno á la ambición de sus correligionarios; caídos, faltó el freno y las ambiciones se desataron con inaudita furia.

Hubo un mal mayor, y en él debéis fijaros particularmente á fin de que conozcáis el daño que produce en los partidos la discordia. Antes de la proclamación de la República estábamos divididos los federales en dos bandos: los benévolos y los intransigentes: los que creíamos que el curso natural de los sucesos nos llevaba á la República, y los que para conseguirla más pronto querían forzar la marcha de los acontecimientos. Después de proclamada la República, aquella división carecía de motivo. Los dos bandos reaparecieron, sin embargo, en las Cortes y se hicieron la más cruda guerra. Sin que los separara cuestión alguna de principios, discutían acaloradamente, y se combatían como si fuesen los más encarnizados enemigos. esta obcecación y aquel error del Gobierno fueron causas que trajeron de continuo perturbada la Asamblea e hicieron inestable y movediza la suerte de los Gobiernos. Aprended lo que son las discordias que en la oposición se engendran. Se fueron acalorando las pasiones, se llegó á creer que los ministros retardaban de intento la constitución federal del país, y surgió el cantonalismo, otra guerra civil sobre la de D. Carlos y la de Cuba. Por la reacción que á toda acción sucede, cayó entonces el Gobierno en otro error más grave: entregó á generales enemigos las fuerzas de la República. Se buscó á los ordenancistas, á los que no habían sido amigos de sublevaciones ni de pronunciamientos, considerando que habían de ser escudo de la legalidad y no volver nunca sus armas contra las instituciones. ¡Ay! Cuando ocurrió el fatal golpe del 3 de Enero, todos aquellos generales se apresuraron a poner su espada al servicio de los dictadores.

Nuestra caída después del golpe del 3 de Enero no pudo ser más honda. No sólo perdimos el poder y la influencia ganada en muchos años; hombres importantes del partido se separaron de nosotros renegando de las ideas federales que con tanto ardor habían defendido en la prensa, en la tribuna, en el seno de las grandes muchedumbres. Vinieron en cambio á decidirse por la República los progresistas, que no quisieron seguir á Sagasta por el camino de la restauración borbónica; pero, no por nuestra República, si no por esa república unitaria que, como tantas veces os he dicho, no es más que una de las fases de la monarquía. Ganó la República en número, no en fuerzas, que no las da la división en dos distintos campos. Parecía natural que por lo menos progresistas y posibilistas formaran un solo partido. En los principios fundamentales, y aun en los procedimientos para después del triunfo, ambos coincidían. No sucedió así; constituyeron dos partidos, porque los unos querían llegar por la evolución y otros por la revolución á la República.

Los federales también nos dividimos. Nosotros sosteníamos y seguimos sosteniendo que no hay federación donde no se afirma la unidad de la nación por el libre consentimiento de las regiones y la unidad de las regiones por la libre voluntad de los municipios, y otros consideraron hasta sacrílego suponer que necesitase de afirmación una nacionalidad que dicen obra de los siglos. Esta división es posible que sea mucho más profunda: no hemos podido arrancar nunca de nuestros adversarios si entienden que de la nación emanan todos los poderes, incluso los regionales y los municipales, ó si creen, como nosotros, que las regiones y los municipios son por derecho propio tan autónomas como la nación misma, y de ellos emanan, por lo tanto, sus poderes.

Recientemente, por causas que no creo de necesidad recordaros, han venido aproximándose á nosotros hombres importantes del partido progresista, tal vez los de mayor importancia. Apellídanse federales, y proclaman con nosotros la autonomía de los municipios y de las regiones. han constituido estos hombres la agrupación centralista, y por de pronto han tenido la fortuna de concentrar y reunir fuerzas desparramadas que, lejos de dar vigor, debilitaban á los partidos de la República. ¿Habría sido en nosotros prudente alejarlos ni mirarlos con desvío? ¿No teníamos, por lo contrario, el deber de ofrecerles nuestra amistad, y aun de procurar que más ó menos tarde llegáramos á fundirnos en un solo cuerpo? Yo estuve siempre por la formación de grandes partidos, primeramente por la fuerza que consigo llevan, luego porque imposibilitan el desarrollo de desatentadas y locas ambiciones y dan á cada cual el puesto que le corresponde según sus virtudes y sus talentos.

Yo, advertidlo bien, no he de consentir jamás la abdicación de ninguno de los principios que constituyen nuestro dogma. Si entre los centralistas y nosotros los principios son o llegan a ser idénticos, tendré á gran fortuna que ellos y nosotros constituyéramos un solo partido; si algo nos separa, y es más lo que nos une, celebraré todavía estar con ellos en cordial inteligencia. La autonomía política, administrativa y económica de los municipios y las regiones, ¿no seria acaso vínculo suficiente para que estuviéramos cordialmente unidos?

Inteligencia la quiero yo también con los demás partidos republicanos. Discutamos todos de buena fe nuestras respectivas ideas, busquemos las razones que les sirvan de fundamento, veamos por serios debates si podemos llegar a común convicción, ya que no en todos, en los más de nuestros principios. ¿Perderemos algo en estas discusiones? Del choque de contrarias ideas brota la luz para los entendimientos.

No se trata ya de discutir en la prensa ni en la tribuna, sino en los campos de batalla, dicen algunos republicanos. Cansado estoy de repetir que no creo que por las vías legales pueda llegarse á la República. Por el Parlamento no se llega aquí ni siquiera á un mal cambio de Gabinete. No hay posibilidad de llegar por estos caminos á mudanza alguna, ínterin los gobiernos, para conseguir el triunfo de sus candidatos, no vacilen en recurrir á la coacción y la violencia. ¿Quiere decir esto que hayamos de fiar a la sola fuerza de las armas el triunfo de la República? Si así es, ¿por qué escribimos periódicos? ¿Por qué celebramos reuniones públicas? ¿Por qué nos asociarnos públicamente y no vacilamos en hablar bajo el receloso oído de los delegados del Gobierno? ¿Por qué hemos acudido hoy á las urnas v acudían antes los correligionarios de muchas ciudades para conseguir cargos concejiles y diputaciones de provincia? Si de la sola fuerza debemos esperar el poder, están vetados para nosotros todos estos medios de propaganda.

Si somos verdaderos revolucionarios, no debernos alardear de tales ni en casinos, ni en clubs, ni en lugares públicos. Debemos preparar las revoluciones en lugares donde no nos oigan ni nos vean nuestros enemigos. ¿Qué significa estar constantemente con la revolución en los labios y no en las manos? ¿Qué significa amenazar siempre para no dar nunca, prometer lo que no se ha de cumplir, fascinar al pueblo con ilusiones que ha de ver mañana desvanecidas? ¿Es esto de hombres serios?, ¿es de hombres dignos?

Las revoluciones, las verdaderas revoluciones, las trae, más que la voluntad de los hombres, el curso de los acontecimientos. Lucharon los progresistas del año 1843 al 1854 y nunca vencieron. ¿Quién vino a facilitarles el triunfo? Uno de sus capitales enemigos, el general O'Donnell. Lucharon del año 56 al 68, y siempre fueron vencidos. ¿Quién les facilitó la victoria? Topete, que había sido ministro de Narváez; Serrano, que ya el año 44 los había abandonado. Y cuenta que del 1843 al 1854 habían tenido á su frente los progresistas un general como Espartero, que había forzado el puente de Luchana y puesto fin á una guerra en los campos de Vergara, y del 56 al 58 un general como Prim, que ejercía grande influencia en el ejército por sus legendarias proezas en las costas de Africa. Pueden venir acontecimientos como los del año 54 y el año 68, y para cuando lleguen bueno es que viváis apercibidos; mas es impropio de hombres hacer en todo tiempo y sazón alarde de revolucionarios. Los que tal hacen me producen el efecto de esas mujeres perdidas que hablan constantemente de una honradez que no tienen.

Tened fe en las ideas, propagadlas y difundidlas hasta que constituyan el ambiente que respiramos los españoles. Os hablan de que la propaganda está hecha. Ved lo que ha sucedido en las elecciones. Hemos triunfado en las ciudades populosas, cuando no material, moralmente. Los que nos han perdido son esos pueblos rurales a que no ha llegado aún la voz de nuestros correligionarios, pueblos tan ignorantes como débiles, que doblan sumisos la cabeza á los caciques y á los agentes del Gobierno. Ya saben lo que han hecho los que los han adscrito á las ciudades y á los grandes centros fabriles: por sus votos, dados ó malamente repartidos, han contrarrestado los de las ciudades.

Propagad las ideas, difundidlas y, si verdaderamente deseáis el triunfo de la República, sed disciplinados, no promováis nunca entre vosotros la discordia. Dirigid vuestros ataques á los enemigos, no á los amigos ni á los que estén en las lindes de vuestro campo. Para todo fin inmediato y concreto no vaciléis en aceptar ó buscar el apoyo de los demás republicanos. Huid sólo de las coaliciones permanentes.

Las coaliciones permanentes, os lo he dicho repetidas veces, no sirven sino para enervar á los partidos que las forman. ¿Lo dudáis? Ved lo que ha sido esa que llamaron coalición de la prensa y tomó después el pomposo nombre de Asamblea nacional republicana. Os prometió que os traería pronto la República: ¿os la ha traído? Decía que se bastaba sola para vencer á nuestros enemigos: ¿los ha vencido? Observad ahora la conducta de los pocos federales que con ella fueron: ¿han roto lanzas como antes por la federación que nosotros defendemos? ¿Los habéis visto en vuestros meetings salir á la defensa de nuestros principios? ¿Publican en sus periódicos nuestros discursos ni nuestros acuerdos? ¡Oh, no! Toda su labor consiste en manchar de lodo la frente de los federales.

Ya los habéis visto en las últimas elecciones. Ellos, que se llamaban coalicionistas por excelencia, fueron los únicos que se negaron á coligarse con nosotros para batir á la monarquía en su propia corte. Huid, sí; huid de esas vergonzosas coaliciones. Coaligaos para hacer algo que las circunstancias demanden, no para convertir la coalición en una sociedad de aplausos mutuos.

Conseguido el fin de la coalición, la coalición debe deshacerse á fin de que cada partido recobre la libertad de que necesita para la defensa de sus particulares principios. La hicimos para las elecciones: con las elecciones ha concluido. Trabajemos ahora todos con fe y con decisión por nuestras doctrinas, y llegaremos al deseado triunfo de la República. La monarquía tiene extenuadas sus fuerzas: no puede salir de Cánovas y de Sagasta. Cuando quiere constituir un ministerio como el de Martínez Campos ó el de Posada Herrera, tiene ministerio por tres meses; sólo con Cánovas ó con Sagasta lo tiene por años. No es impacientéis: como tengáis prudencia y decisión, llegaréis á la suspirada meta.


Francisco Pi y Margall
El Nuevo Régimen (semanario federal)
Madrid, 11 de Febrero de 1891









1420. Mis recuerdos de la gloriosa revolución: Pí y Margall

Recordamos a Francesc Pí y Margall,  (Barcelona, 20 de abril de 1824 - Madrid, 29 de noviembre de 1901, Madrid), Ministro de Gobernación y Presidente de la Primera República española.  


Cuando D. Francisco Pí y Margall fue a posesionarse de la cartera de Gobernación, después de proclamada la República (1873), era yo modesto empleado del Ministerio, donde permanecí hasta que D. Eduardo Chao, elegido Ministro de Fomento, me llevó a su secre­taría particular.

A pesar de su oriundez democrática, los ministros todos que se habían sucedido en aquel departamento desde la revolución de Septiembre eran personas amantes del confort y de la buena mesa; y si alguna vez tenían que comer en el Ministerio, se servían del restaurant de Hermann, esta­blecido en la calle del Caballero de Gracia, o de otro semejante en calidad.

Bastaba que el ministro dijese: -“Que me sirvan aquí la comida”- para que el portero mayor se apresurara a enviar re­cado a un restaurant de nota, encargando que la comida fuese de lo bueno, pues iba a comérsela todo un excelentísimo señor ministro responsable.

Después, el mayor, sin regatear, satisfa­cía el importe del cubierto con cargo al capítulo de imprevistos, y todo quedaba en casa.

D. Francisco Pí tomó posesión de la car­tera por la tarde, y al hacerse cargo de los infinitos asuntos que tenía que despachar, creyó oportuno permanecer en el Ministe­rio algunas horas seguidas. Llamó, pues, al portero y le dijo:

-Que vayan a mi casa y digan a mi es­posa que no me espere a comer.

-Perfectamente- contestó el servidor haciendo una profunda reverencia y gi­rando sobre sus talones.

Media hora después el celoso funciona­rio entraba en el despacho del ministro para preguntarle:

-Su excelencia ¿quiere que encargue la comida?

-No- dijo Pi; y continuó trabajando.

Un poco más tarde, el portero se presen­taba otra vez en el despacho del ministro diciendo:

-Su excelencia ¿quiere comer?

-He dicho que no- contestaba Pi.

Y pasaron dos horas, al cabo de las cua­les el ministro llamó al portero.

-Mande usted que me traigan la comi­da- le dijo.

-¿De casa de Hermann o de Los dos Cisnes?

-De la fonda de Barcelona.

-¿Cómo?
-Sí; tome usted estas tres pesetas y que digan al amo que la comida es para mí.

-¡Señor, estas cosas se pagan de gastos imprevistos!...- replicó el portero.

-Pues yo tengo la costumbre de pagar lo que como.

Y quieras que no, puso en manos del portero las tres pesetas.

El caso se divulgó bien pronto por el Ministerio, produciendo gran admiración y no pocos comentarios. La admiración su­bió de punto al saber que el nuevo minis­tro había elegido secretario particular suyo a Paco Sala, un mísero escribiente que prestaba sus servicios en un nego­ciado.

Hasta aquel entonces los ministros inves­tían con dicho cargo a personas de cierta importancia, y era cosa novísima la de confiar la secretaría particular a un escri­bientillo humilde, por lo cual no faltó fun­cionario de ideas elevadas, que dijera en tono de desprecio:

-¡Vaya un ministro! ¿Qué va usted a es­perar de un hombre que se hace servir cubiertos de tres pesetas y nombra secre­tario particular a un oficial cuarto de ad­ministración.

Pí introdujo en el orden interior del Mi­nisterio reformas muy convenientes.

Cuando Chao le dijo que deseaba llevar­me a su lado, sin que por eso dejase de pertenecer a la secretaría de Gobernación, donde figuraba yo como empleado de oposición, Pi se opuso diciendo:

-Yo no puedo consentir que un em­pleado de esta casa preste sus servicios en ninguna otra.

-Es una costumbre establecida.

-Lo habrá sido, pero ya no lo es.

-¿De manera?...

-De manera que lo que usted debe ha­cer es llevárselo a la plantilla de Fomento. Y así lo hizo Chao, en vista de que su compañero y amigo se mostraba dispuesto a no permitir incorrecciones ni abusos; pero a mí me ocasionó un grave perjuicio, puesto que al pasar a otro Ministerio perdí mis derechos, adquiridos merced a unos exámenes.

El habilitado del Ministerio se presentó cierto día en el despacho del jefe y le hizo entrega de una buena suma.

-¿Qué es esto?- preguntó Pi.

-La consignación del mes. .

-¡Qué consignación!

-La de gastos secretos. De ella puede usted disponer a su antojo y sin dar cuen­ta de su inversión.

D. Francisco, sin replicar, cogió los billetes y los guardó en el cajón de su mesa.

Al mes siguiente volvio a presentársele el habilitado y a hacerle entrega de una suma igual que, como la otra, se guardó D. Francisco en el cajón.

Mientras estuvo al frente del Ministerio la escena se repitió todos los meses; pero llegó el día de la marcha, y D. Francisco, llamando al habilitado, le hizo entrega de todo cuanto había recibido hasta aquella fecha, diciéndole:

-Ahí tiene usted íntegra la consignación de gastos secretos.

-¿Cómo?- exclamó el funcionario, retrocediendo sorprendido. -¿No ha gastado usted nada?

-Ni una peseta.

-No importa; eso es de usted.

-¡Quiá! Esto es de la nación.

-Pero...

-No hay pero. Recoja usted esa suma y déle de nuevo entrada en los libros de con­tabilidad. Y Pi se marchó a su casa con las manos metidas en los bolsillos.

Dos meses más tarde el exministro de la Gobernación se vio necesitado de recursos y buscó en su cartera un billete de Banco de cuatro mil reales que creía poseer y que le había sido entregado por un cliente en el Ministerio.

El billete no estaba allí; D. Francisco lo buscó con afán, pero todo fue inútil. De pronto penetró en su memoria un rayo de luz.

-Ya sé dónde está- se dijo. -Entre los billetes que devolví al habilitado.

Y escribió a éste, diciéndole poco más o menos:

“Mientras fui ministro, una persona a quien defendí en un pleito me entregó en mi despacho un billete de cuatro mil rea­les. El billete lo encerré en el cajón de la mesa donde guardaba los correspondien­tes a la consignación de gastos secretos. Al hacer a usted entrega de dicha suma, me olvidé de separar el que me pertenecía, y ahora se lo reclamo, suponiendo que no sea victima de un error”.

El habilitado echó sus cuentas; hizo las necesarias comprobaciones, y convencido de que era justa la reclamación, devolvió a D. Francisco el billete.

Y se hizo cruces al ver que puedan exis­tir en el mundo personas como D. Fran­cisco Pi y Margall.


Luis Taboada
"El Gran Titirimundi". Memorias y escritos autobiográficos de Luis Taboada.









1308. La Revolución de 1873. Recuerdos

La madrugada del 10 de Febrero tuvieron los jefes del partido federal noticia de estar decidido Amadeo de Saboya a renunciar a la corona. Reuniéronse en las primeras horas de la mañana y se dirigieron á la Presidencia del Consejo de Ministros para encarecer la necesidad de sustituir la monarquía con la República. Mal humorado y peor dispuesto encontraron al Sr. Ruiz Zorrilla, que parecía abrigar aun la esperanza de que desistiera el Rey de su propósito y en el caso de que el Rey no desistiera, quería establecer un gobierno provisional como el de 1868. Pasaron después al ministerio de la Guerra, y, contra lo que esperaban, oyeron de labios del general Córdoba que la República se imponía, pues no era posible elegir nuevo Rey después del fracaso de la monarquía democrática, sobre todo, cuando no había en España ni fuera de España príncipe a quien volver los ojos.

El ánimo del Gobierno era no parecer aquel día en las Cortes, y dar, como suele decirse, tiempo al tiempo, con el fin de acomodar a sus propósitos los acontecimientos. No lo consintieron los jefes del partido federal; y en cuanto se abrió la sesión del Congreso encargaron a los que tenían presentadas proposiciones de ley que las defendiesen lo más largamente que pudieran hasta que se presentase algún ministro a quien cupiera dirigir preguntas sobre la gravísima crisis por que la nación pasaba.

Horas transcurrieron sin que el Gobierno pareciese; mas en cuanto le supo el Sr. Figueras en el Palacio del Congreso, pidió la palabra y la usó quejándose amargamente de que no estuvieran presentes los ministros, cosa que no había sucedido ni aun cuando se trataba de insignificantes cambios de gabinete. Tan enérgica y ruda fue la queja, que parecieron como por encanto los ministros todos, y el Sr. Ruiz Zorrilla se limitó a escudarse con que nada ocurría oficialmente, pues ni había venido la renuncia del Rey a las Cortes ni estaba siquiera en las manos del Gobierno. Queriendo o no, declaró, sin embargo, que Amadeo estaba irrevocablemente resuelto a presentarla, con lo cual dio lugar a que se tuviera por existente la crisis, por imposible todo arrepentimiento del monarca y por absolutamente necesario poner al abrigo de todo riesgo la libertad y el orden.

Pidióse que se declarase el Congreso en sesión permanente; y el Sr. Figueras de tal modo lo defendió y con tal firmeza y habilidad rechazó los argumentos que en contra se le hizo, que consiguió hacerlo prevalecer, a pesar de la resistencia del señor Ruiz Zorrilla, el más tenaz de los ministros en combatirlo.

Logróse con esto, no sólo hacer imposible que Amadeo retrocediera, sino también precipitar los acontecimientos, pues no podía ya consentir Amadeo que se prolongase situación tan difícil y tan expuesta a que, soliviantadas las pasiones, se alzase en armas el pueblo. Reanudóse la sesión a las tres de la tarde del día 11, y no recordamos haber presenciado sesión más solemne.

Se empezó leyendo la abdicación del rey por sí y por sus hijos, y, después de leída y oída con profundo silencio, el Sr. Rivero, Presidente del Congreso, propuso que se reunieran en una las dos Cámaras, puesto que en las dos estaba la soberanía de la Nación, y al efecto se dirigiera un mensaje al Senado. Minutos después entraba en el Congreso el Senado precedido de sus maceros, y los Presidentes de los dos cuerpos se dirigían las siguientes palabras. El Presidente del Senado: «Sr. Presidente del Congreso, el Senado español, en virtud del acuerdo que acaba de tomar, viene aquí a formar una sola Asamblea ante las necesidades de la patria.» El Presidente del Congreso: «Señores senadores, tomad asiento para que constituyan los dos cuerpos las Cortes soberanas de la Nación. El espectáculo era imponente, los senadores se sentaban mudos entre los diputados como poseídos de la honda emoción que embargaba todos los ánimos.

Se leyó por segunda vez la renuncia de Amadeo, se la aceptó junto con la del Gobierno, se nombró la Comisión que debía contestar al mensaje del rey, y á poco se leía un bello y cortés documento, que se debía á la pluma del Sr. Castelar y era vivo reflejo de nuestra proverbial hidalguía. Documentos son harto conocidos para que aquí los transcribamos. Fueron dignos el uno del otro, y ambos produjeron gran sensación, así en los representantes del pueblo, como en los espectadores de las tribunas, entre los cuales figuraban casi todos los ministros de las demás naciones. Nombróse una Comisión para que entregara a Amadeo el mensaje de las Cortes, y otra para que le acompañase hasta la frontera, y poco después se leía la siguiente proposición de ley:

«La Asamblea Nacional reasume todos los poderes y declara como forma de gobierno de la Nación la República, dejando su organización a las Cortes Constituyentes. Se procederá, desde luego, al nombramiento directo de un Poder ejecutivo, que será amovible y responsable ante las Cortes.»

A pesar de tratarse de un cambio tan radical en nuestras instituciones, no dió la proposición lugar a rudos ni acalorados debates; los más acérrimos enemigos de la República doblaban la cabeza ante la inexorable ley de las circunstancias, y se circunscribían a salvar sus opiniones o manifestar el temor de que no correspondiera la nueva forma de gobierno a las esperanzas de los que con tanto calor la habían defendido y estaban llamados a regirla. Eran sosegados y patrióticos, así los discursos de los que defendían la proposición, como las breves arengas de los que las combatían, y la discusión llevaba todo aquel sello de majestad que desde un principio caracterizó sesión tan grandiosa.

Vino desgraciadamente a turbarla el Sr. Ruiz Zorrilla afectando temores que de seguro no abrigaba. «Vengo, dijo, no con el fin de terciar en el debate, sino con el de anunciar el peligro que se corre con no haber sustituido a los ministros del rey por otros ministros. No hay ya Gobierno que responda de lo que pueda acontecer en Madrid y en las provincias, puesto que lo constituíamos mis compañeros y yo y se nos aceptó la renuncia.»

Luego de aprobada la proposición sobre la forma de gobierno, se había de elegir un poder ejecutivo; dentro de una o dos horas, cuando más, había de quedar nombrado; la pretensión del Sr. Ruiz Zorrilla era, sobre intempestiva, malévola. En vano contestó el Sr. Rivero que él respondía del orden de Madrid y en toda España contando con la cooperación de los ministros dimitentes; el Sr. Ruiz Zorrilla insistió en su loca pretensión a pesar de las interrupciones de sus propios amigos, que no podían menos de mirar con enojo que por tales medios se interrumpiera el curso regular de los debates y se dificultara la constitución de ese mismo poder que tan necesario se consideraba para la conservación del orden. Propuso el Sr. Rivero a la Asamblea la reintegración de los últimos ministros del rey en las funciones de gobierno; y, como el Sr. Ruiz Zorrilla pidiera la palabra con airado acento, hubo nuevas interrupciones y murmullos y se puso en pie gran número de representantes.

Dejóse llevar entonces de sus ímpetus el señor Rivero, y con voz imperiosa y firme: «Señores ministros, dijo, en nombre de la patria, en nombre de la Asamblea Nacional, os mando que bajéis á vuestro banco y ejerzáis las funciones que como gobierno os corresponden.» Pidió la palabra el Sr. Martos, y el Sr. Rivero, con voz de trueno, repuso: «No hay palabra. En nombre de la Asamblea, y para robustecer la autoridad del presidente, exijo que los anteriores ministros obedezcan y pasen a ocupar el banco.»

Estas palabras, a no dudarlo imprudentes, torcieron, como no puede imaginar el lector, la marcha de los acontecimientos. ¿Quién ha investido de la dictadura al presidente? preguntó un diputado; y el Sr. Martos, que no dejó de pedir la palabra hasta que se la concedieron, pronunció un discurso tan breve como enérgico, que acabó con la autoridad del Sr. Rivero. «Hablo, dijo, después de una resistencia indebida, que hubiera valido más que no se mostrase, porque no está bien que contra la voluntad de nadie parezca que empiezan las formas de la tiranía cuando acaba la monarquía y amanece la República.» Tan herido se sintió el Sr. Rivero, que abandonó su sillón y lo dejó al presidente del Senado.

¡Incidente funesto! ¡Hora aciaga! Continuaron los debates sobre la forma de gobierno; pero ya lánguidos y sin aquella serenidad con que empezaron. Fue aprobada la proposición por 258 votos contra 32, y quedó proclamada la República. Hubo de nombrarse  continuación el Poder ejecutivo, y aquí fue donde empezó á sentirse la influencia del malhadado incidente.

La proclamación de la República se debía principalmente a los Sres. Rivero y Figueras. El Sr. Rivero la venía preparando desde muchos meses, convencido como estaba de que a la corta o a la larga había de entregarse Amadeo a los conservadores y atajar los pasos de la revolución de Septiembre. La constitución del futuro Gobierno de la República estaba también resuelta de antemano. El Sr. Rivero había de ser presidente del Poder ejecutivo y el señor Figueras presidente de la Asamblea. Gracias al incidente del Sr. Zorrilla y a la irritabilidad del Sr. Rivero, que herido en su amor propio se negó a todo acomodamiento, pasó el Sr. Figueras a presidir el Poder ejecutivo y el Sr. Martos a presidir la Asamblea. Trece días después, el Sr. Martos, prevaliéndose del cargo que ocupaba, fraguó contra el Gobierno una conspiración que no surtió efecto merced a su debilidad y a la energía de los ministros federales. Habían entrado a formar parte del Gobierno hombres importantes del partido radical, y en ellos encontró apoyo el Sr. Martos para su conjura. Podrán ser buenas las coaliciones para destruir; para construir son pésimas.


Francisco Pi y Margall, 
El Nuevo Régimen. Semanario federal *


* Fundado y dirigido por Francisco Pi y Margall,  fue el órgano del Consejo Federal del Partido Republicano Federal y comenzó a publicarse el 17 de enero de 1891 y dejó de publicarse en 1930. Se puede consultar los ejemplares en la Hemeroteca digital de la BNE.