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1722. Antifascistas en España. Don José Ortega y Gasset



El fascismo tiene sus enemigos agrupados en estos tres frentes: El social-comunista, el demoliberal-masónico y el populismo católico.

El enemigo más claro –y, por tanto–, menos peligroso, es el comunista. O tú o yo. No hay equívoco, con el comunista. De mucho más peligro es el complejo de los otros grupos antifascistas. No terminan de estar enfrente sin por eso ponerse al lado. Y si se ponen al lado, es para destruir el fascismo desde dentro. Es muy varia la enorme especie de «los antifascistas». De tratarse de algo botánico o zoológico, ya habría surgido un nuevo Linneo que catalogase esas variedades. Pero se trata de algo moral, social, espiritual, de algo que no puede investigar –no ya el biólogo– sino ni siquiera la policía. Se trata de una inquisición. De una alta y grande inquisición. Santa tarea. Tarea santa y grave que vamos a asumir nosotros, en temporáneos, renovados, solemnes y flameantes Autos de F.E.

Elegimos para nuestra primera hoguera, la figura más noble, importante y peligrosa del heterodoxismo español antifascista, el filósofo don José Ortega y Gasset.

Un amigo nuestro nos decía aún hace poco. «Ortega está muy cerca del Fascismo. Nos convendría mucho que el Fascismo en España lo lanzase Ortega.» Supusimos que al decir esto nuestro camarada tenía indicios de una posible y recientísima simpatía de Ortega por el Fascismo. Y ello nos contristó profundamente. No tanto por el Fascismo que hubiese quedado desvirtuado «ipso facto», sino por el propio Ortega. Hubiera sido la más grande deslealtad que Ortega se hubiese hecho a sí mismo: a su ideología tenazmente mantenida en años y libros, a su conducta de alma liberal y laica, cuyos polos morales son –congruentemente– la soberbia y el desdén, virtudes satánicas y ortodoxamente filosóficas. Virtudes heroicas del liberal, que condujeron a Prometeo al castigo celeste del vultúrido corroedor, a Sócrates al castigo ciudadano de beber la cicuta, a Galileo al martirio; a Fausto, al pacto con Mefistófeles, a Werther, al suicidio, a Adán, a la pérdida del Paraíso, y a Satanás, a caer despeñado en los infiernos.

Nuestro fascismo –como el resto de los fascismos europeos– necesitaba y necesita el enemigo liberal. Si no existiese habría que inventarlo, como decía Voltaire de Dios. Necesitaba y necesita nuestro fascismo, un enemigo liberal en España de la fuerza y el talento de un Croce en Italia, de un Einstein o un Mann en Alemania.

Ese papel magnífico y necesario –hoeresses oponiet esse– lo tiene asignado y ganado cumplidamente don José Ortega y Gasset. Le rogamos, con fervor y súplica, que no lo abandone, que no lo traicione ni lo pierda. ¡Qué sería entonces de nosotros! ¡Qué presa victimatoria íbamos a elegir para nuestra santa quema! ¡Tendríamos que declararnos cesantes en este oficio santo del Santo Oficio, con que venimos soñando largamente! Quiero defender a Ortega, contra los que le acusan de filofascismo. Nadie ha escrito y pensado en España contra el fascismo las maravillas heréticas que ha pensado y escrito Ortega. ¡Nadie las mueva, que están a prueba con él! Hasta tal punto es cruel y mortífero en sus ataques, que –si algún día triunfa nuestra F.E.– yo, en mi calidad de Gran Inquisidor, propondría al Gran Consejo Ejecutivo, no la quema o fusilamiento de este gran enemigo, sino su absoluta tolerancia. Precisamente, en su última Charla, García Sanchiz aludía al refinamiento de Mussolini para con Croce. Es la única pluma, la pluma más liberal de Italia, a quien permite escribir y despotricar contra el régimen cuanto le venga en gana. ¿Por qué no haríamos nosotros lo mismo con Ortega, cuando Ortega tiene –sobre Croce– el superior peligro de su seducción superior, de su estilo poético y mágico, de sus sofismas encandilantes, enternecedores y terribles? La grandeza de un alma y de una fe se prueba siempre en el modo de tratar al enemigo grande.

Mi Auto de F.E. sobre Ortega, va a consistir hoy en aportar a su proceso una documentación exacta y sumaria de textos. No de acusaciones. Va a consistir en situarle en su frente liberal que representa egregiamente. Va a consistir –con mis acusaciones textuales– en que nadie pueda ya confundirle con nuestra fe. Su fe precisamente consiste en su escepticismo de la Fé. En creer –como buen filósofo– que hay muchas fés, y, por tanto, ninguna válida y verdadera. Su fe consiste en la Razón: un instrumento humano, que sólo vale para destruir la Fe. Por donde Ortega, al proclamar la supremacía de la Razón sobre la Fe, anula la esencia misma del fascismo, que es la Fe sobre la Razón. (La Razón en el fascismo sólo vale para articular y cimentar más la Fe. Para hacerla manejable, comunicable.)


*


Sería necesario transcribir la casi total obra de Ortega para corroborar lo que decimos. Esa labor la ha hecho recientemente una Editorial, y nos remitimos a la consulta de tales obras completas. Pero una Antología nos va a bastar.

1) En realidad, Ortega sabe poco sobre el Fascismo y sus orígenes:

«No he estado en Italia hace muchos años y poseo muy pocos datos sobre el Fascismo. Todo será que me equivoque una vez más.»

2) Aunque Ortega –más que por honestidad, por coquetería intelectual- presume que va a equivocarse sobre el Fascismo, insiste y afirma que es un movimiento peyorante, anormal, vulgar y sin altura política.

El fascismo no tiene programa. «Si se observa la vida pública de los países donde el triunfo de los más ha avanzado más –son los países mediterráneos– sorprende notar que en ellos se vive políticamente al día.» «El Poder público se halla en un representante de masas.» «Vive sin programa de vida, sin proyecto.»

Esta idea, expresada hacia 1926, la había expresado ya anteriormente: «Tiene que vivir al día, y a nadie se le ocurra verlo proyectado sobre el futuro. No siquiera teóricamente conseguiremos imaginar una forma futura y estable de organización política desviándose de él.»

«El fascismo es un resultado y no un comienzo.» «Es la debilidad de los demás.» «Es una seudoalborada: primitivismo.»

«Es un modo anormal de gobierno impuesto por las circunstancias.»

3) ¿Cómo ve Ortega a un Lenin en el bolchevismo y a un Mussolini en el fascismo?

«Bolchevismo y fascismo: movimientos típicos de hombres-masas, dirigidos como todos los son, por HOMBRES MEDIOCRES.»

«Bolchevismo y Fascismo no están «a la altura de los tiempos». Por eso no es interesante, históricamente, lo que acontece en Rusia.»

«Cuanto más indómito vea el Fascismo ejercer la gobernación, peor pensaré de la salud política de Italia.»

4) Fundamentalmente, ¿qué es el Fascismo para Ortega?

«La acción directa, o sea la violencia. La Charta Magna de la barbarie.» Eso por un lado. Y por otro: «La Broma, el triunfo del Señorito Satisfecho.» (Ortega fue el inventor del apóstrofe «señorito» para lanzarlo en la revolución española. Hacia 1926. Téngase esto en cuenta para cuando se encuentre ese apóstrofe esgrimido con pistolas y vergajos por las masas, inconscientes y subvertidas.)

«El Fascismo no quiere dar razones ni quiere tener razón. Sino imponer sus opiniones. Es el derecho de no tener razón. Es la razón de la sinrazón.» «El alma vulgar sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad.»

5) Si el Fascismo es el triunfo de la masa, de lo vulgar, de lo mediocre, de lo horrendo, ¿dónde estará la felicidad política para Ortega? En el siglo XVIII, en el liberalismo, en el happy few de las minorías selectas. En el músico de Mallarmé, que toca para unos pocos.

«La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Prototipo de la acción indirecta. Esto es, el Parlamento.»

Lo cual llega a enternecer a Ortega: «semejante ternura, convivir con el enemigo.»

«¡Trámites, normas, cortesía, usos intermediarios, justicia, razón!»

«El liberalismo tenía una razón, y eso hay que dársela per soecula soeculorum.»

«En el sufragio universal no deciden las masas, sino que su papel consistió en adherir a la decisión de una u otra minoría. Estas presentaban sus «programas» –excelente vocablo–. Los programas eran, en efecto, programas de vida colectiva.»

6) ¿Cuál es, pues, el mayor peligro para ese liberalismo, ese sufragio universal, ese siglo XVIII de minorías selectas, y para esa Razón, diosa de Ortega? El Estado. Ortega llega a decir esto sobre Mussolini y el Estado fascista:

«El mayor peligro: el Estado. Mussolini se encontró con un Estado admirablemente constituido, no por el, sino precisamente por las fuerzas, e ideas que él combate; por la democracia liberal. El se limita a usarlo incontinentemente. Si algo ha conseguido, es tan menudo, poco visible y nada sustantivo.»

En su afán de ir contra el sentido eterno y ecuménico de lo romano, llega a complicar nada menos que a Lucano y a Séneca, a quien inscribe en el «Servicio a la República española».

«Lucano o Séneca –finos provinciales–» (obsérvese el característico adjetivo de finos) al llegar a Roma «sentían contraérseles el corazón por la melancolía de los edificios eternos.» «Ya nada nuevo podía pasar en el mundo.»

7) Para Ortega, Fascismo es sinónimo de Servilismo. Su alma se queda desilusionada frente a esta época nuestra de serviles.

«Incapaz el espíritu de mantenerse por sí mismo en pie, busca una tabla donde salvarse del naufragio y escruta en torno, con humilde mirada de can, alguien que le ampare... Es el can que busca un amo. El hombre, en un increíble afán de servidumbre, quiere servir ante todo. El nombre que mejor cuadra al espíritu que se inicia quizá sea el de espíritu servil.»

8) Estos textos que he ido citando no son muy recientes. Pero Ortega los ha corroborado hasta última hora. Basta leer los editoriales y fondos de «El Sol» en esta su última fase, que él orienta u occidenta; allí están esas estimaciones suyas reiteradas y refundidas en mil modos. Basta aludir también a la acogida que tales opiniones tienen en Francia y en París, últimamente. André Therive, en la Revue Mondiale de 15 de septiembre, formaba una antología de honor al liberalismo con las conferencias y pareceres más últimos de Ortega. «Il n'a pas été touché par cette spéce de messianisme que professent, bien commodément, les champions du présent.» «Il n'y voit pas une victoire de la jeunesse, mais une offensive de la puerilité.» «Quand la Raison n'impose plus ses règles une servitude plus lourde s'installe vite á sa place.» «S'il y a une verité génerale d'époque, una verdad del Tiempo –dit Ortega– elle ressemble plutot a celle qu'on révérait a la fin du XIX siècle: réjouissons nous-en. C'etait le culte del l'homme, de la liberté, et ma foi, de la Raison.»


*


Ese es Ortega, como Croce, como Mann, como Einstein: culto del Humanismo, de lo Liberal, de la Razón. El siglo XIX, la burguesía selecta, la impiedad por los humildes, el desprecio del Estado –nuevo caballero andante– protector de los desvalidos, de las pobres masas. Ese es Ortega: soberbio, desdeñoso y satánico, frente al hombre auténticamente superior cuando toma la inconfundible forma del Héroe. Cuando este Héroe trasciende a piedad por los débiles, trasciende a cristianismo, a catolicidad, a eternidad.

Nos hace mucha falta, camaradas, que Ortega siga manteniendo –con ese magistral talento– esas herejías e impiedades. Para tenerlas presentes a todas horas. Para no caer nosotros en su pecado. Esto os lo dice profunda y religiosamente,


El Gran Inquisidor
Falange Española
Madrid, 7 de diciembre de 1933
Número 1 - página 12









1699. La situación española

Franco, acompañado de Antonio Correa y dirigentes falangistas, pasa revista a la centuria "Guillermo Lambruschini" delante de la
Jefatura Provincial del Movimiento. Barcelona, 28 de enero de 1942. Pérez de Rozas (AFB)


Franco continua en el poder. Espera seguir en él y, no consiguiéndolo con sus amigos tradicionales, trata de hacerlo con el apoyo de las democracias. Habla de la España falangista como de una “democracia orgánica”, y ha tenido la idea de un “bloque católico”, en el que España sería participante. Con ello cree hacer bastantes concesiones para reclamar un puesto en la Conferencia de la Paz. Ha pretendido que las naciones que han sabido mantenerse en paz han de ser consideradas más aptas para entender en los problemas que plantee la paz misma.

Simultáneamente se iniciaban relaciones para formar un Gobierno de transición. El mismo Franco se ha ofrecido, en vano hasta ahora, al partido monárquico, mientras en París, Miguel Maura se decía mandatario de los republicanos españoles para entrar en contacto con el Caudillo.

Frente a Franco están los republicanos españoles y los Aliados, que han adoptado una actitud ambigua y se relacionan diplomáticamente con España. Monseñor Spelmann utiliza su crédito en favor de Franco, y los conservadores británicos esperaron las proposiciones del dictador para negarle todo derecho moral a participar en la Conferencia de la Paz.

Al mismo tiempo los Aliados favorecen la oposición republicana. La noción de democracia falangista sólo halló en ellos un eco de incredulidad. Y se deja que la Prensa y ciertas personalidades subrayen que España no estuvo nunca en paz, ya que por su no-beligerancia ha retenido divisiones francesas en su frontera, ha combatido contra Rusia y aprovechó la difícil situación de Inglaterra para modificar por un golpe de fuerza el Estatuto de Tanger.

Diversas fracciones de opinión republicana-parlamentaria, movimientos de izquierda republicana y, sobre todo, organizaciones sindicales, C.N.T.-U.G.T., niegan a Unión Nacional el derecho de hablar en nombre de todos. La principal razón que aducen es la presencia en la O. N. U., de hombres del antiguo régimen que tienen algo que ver en la represión de Asturias en 1934.

En todo caso hay más probabilidades de que la unión de los republicanos se haga en torno a Indalecio Prieto, que está en México. Todo esto no impide que los republicanos preparen al unísono la caída del régimen franquista y que se asombren de la incertidumbre de la política Aliada.

Como se ve todavía hay Pirineos. Si hemos de desear que no los haya, habremos de convenir que no será posible hasta el día en que España, sea nuestra amiga. Preguntan algunos lectores el motivo que tenemos para dar esta interpretación a los asuntos de España. Es preciso tomar partido en ciertos casos; y si Francia se ve obligada hoy a guerrear contra el fascismo, ha de hacerlo totalmente o no hacerlo. Queremos que nuestras informaciones sean objetivas; pero en un problema en que el honor de los pueblos libres coincide con el interés de Francia, no debemos permanecer neutrales.

No tenemos por qué intervenir en los asuntos de España. Creemos incluso que los republicanos españoles han de calibrar el momento oportuno para actuar con seguridad. Pero también sabemos que una presión política Aliada bastaría para apresurar la caída de Franco y evitar que se derrame la sangre de uno de los pueblos más generosos de Europa. Y sería una cobardía no hacer lo posible para evitarlo.

Nada perdería Francia. Los únicos amigos que tenemos en España son los republicanos. Pero son los más en número. Entre estos hay seiscientos cuarenta mil que no olvidaremos jamás. Hace seis años que viven desesperadamente en las prisiones franquistas. Los españoles han conocido, como nosotros, la desgracia de luchar sin esperanza. Ellos y nosotros hemos entrado en una comunidad espiritual y cordial que no se eclipsará jamás. No queremos amistades de las que no podamos sentirnos honrados y esta amistad con España nos honra tanto como nos obliga. Francia republicana no puede tener dos políticas, puesto que no tiene más que una palabra.


Albert Camus
Combat, 21 de noviembre 1944









1603. El veraneo, el régimen y la moral cristiana

María Torres / 26 Agosto 2015


En 1958 la Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad del Secretariado del Episcopado Español (a partir de 1966  pasó a denominarse Comisión Episcopal de Fe y Costumbres), editó las Normas de decencia cristiana, un librito de 85 páginas cuyo precio de venta al público era de 5 pesetas.

La vida religiosa, el hogar, los esposos, el noviazgo, trato de los jóvenes, educación de la castidad, vestido y ornato del cuerpo, diversiones, deportes, el veraneo, vida de sociedad, los espectáculos, el arte, el lujo, las profesiones, la mujer en la vida pública y profesional, la autoridad, conforman los capítulos de este texto.

Nos vamos a detener en el capítulo XIII dedicado a el veraneo. La Iglesia debía velar por la moral, especialmente la de las mujeres, y poner coto a la invasión paganizante y desnudista de extranjeros que vilipendiaban el honor de España y el sentimiento católico de la patria. Querían playas libres de pecado.

El Veraneo. 

118. Se ha dicho que el veraneo es el invierno de las almas. Es tiempo, ciertamente en que el mundo, el demonio y la carne hacen mayor estrago en las almas. Pero Dios, que nos ha dado tantas bellezas y tantos modos de recreo, tiene derecho a esperar de su criatura racional otra correspondencia, más conforme con la razón y con la fe.

119. El veraneo, fuera de los lugares habituales de residencia, no será peligroso si pensamos que Dios está en todas partes, que nos ve, y que sus mandamientos obligan siempre y en todo lugar. Debemos tener muy presente que el mal ejemplo, especialmente para el pueblo sencillo, puede ser causa de gravísimo escándalo, digno de los terribles anatemas de Cristo.

120. Preciso es que no se dejen en el verano los medios habituales de piedad, y aun se aumenten, pues el descanso lo permite, ya que la vida sobrenatural no puede tener vacaciones, como no las tienen los enemigos del alma, que entonces se mueven con más afán.

121. Especial peligro ofrecen para la moralidad los baños públicos en playas, piscinas, orillas de río, etcétera.

122. La autoridad gubernativa suele (solía) dar todos los años oportunas instrucciones, que deben ser cumplidas con sumisión y hechas cumplir por los agentes de la misma autoridad y aun por los particulares, los cuales deben denunciar todos los actos públicos ofensivos a la moral.

123. Deben evitarse los baños mixtos (individuos de distintos sexos), que entrañan casi siempre ocasión próxima de pecado y de escándalo, por muchas precauciones que se tomen, y más, si cabe, en las piscinas, donde lo reducido del espacio y la aglomeración de personas hacen más próximo el peligro. Ni se atenúa porque las piscinas sean propiedad particular y aun familiares.

Únicamente pueden tolerarse las piscinas mixtas infantiles, siempre que sean sólo para niños que no han llegado al uso de razón. Pero tampoco deben ser éstos admitidos en las piscinas de mayores, de sexo distinto, por las imágenes que pueden quedarles para el día de mañana.

124. En las piscinas para hombres sólo puede tolerarse el simple bañador, y son más aceptables las variedades parecidas a la prenda llamada "Meyba".

125. Para las mujeres solas el traje debe de ser tal que cubra el tronco, y con faldillas para fuera del agua.

126. En los baños mixtos, si de ningún modo se puede evitar, el traje de hombres y mujeres debe ser más modesto y emplearse sólo para el agua, cubriéndose al salir con el albornoz. Evítese la convivencia en la playa y fuera de ella con estas prendas.

127. En los concursos de natación públicos obsérvese lo dicho en los números 125 y 126.

128. Los baños escolares deben hacerse con separación de sexos, con trajes convenientes, por edades afines y bajo la vigilancia de los directores de los centros docentes.

129. Los baños de sol no deben ser pretexto para abusar del desnudo, que ordinariamente no es necesario, y que cuando lo es, debe practicarse lejos de la vista de otras personas.

130. Presentan especiales peligros las excursiones campestres, con baño mixto en un estanque o río; pues a los inconvenientes del baño público en general hay que añadir los que provienen de la frivolidad, ligereza y excesiva libertad de un día de excursión.

Desde el inicio de la Guerra en 1936 en las zonas ocupadas por los rebeldes, y también durante la posguerra, la moral imperante fue la dictada por la Iglesia. No había ciudad costera sin un bando del Gobernador civil supervisado por el obispo de turno cuando se aproximaba la estación estival. 

En el verano de 1937 el Gobierno Civil de La Coruña se puso manos a la obra con el diseño de los bañadores: «El traje de baño debe de ser de tela de buena calidad, no transparente, que cubra el cuerpo sin ceñirlo». Las mujeres debían usar trajes hasta las rodillas, bien enteros o compuestos de blusa y falda. Y por si esto fuera poco y con el fín de no ofender la moral de la época, estaban obligadas a ponerse pantalones cuyos perniles debían tener como mínimo una anchura de 40 cms.

En cuanto a los escotes, su diseño parece obra de la alta costura parisina más que de la censura franquista: «El escote del traje estará limitado por el pecho como máximo por una línea de 20 cms. de anchura y que correrá paralela a 10 cms. de la clavícula. Por la espalda podrá tener la misma anchura de 20 cms. y estará limitada por otra línea que será paralela a la de los hombros, a 24 cms. de ella. El escote estará confeccionado de modo que nunca puedan separarse del cuerpo sus bordes, por muy virulentas y forzadas que sean las actitudes de quiénes lo usen».

Las mangas también eran asunto de riguroso estudio: «Las mangas distarán, cuando menos, 15 cms. del codo por la parte inferior e irán ceñidas de tal forma que en ninguna ocasión un movimiento brusco descubra la axila».

Ellos no se quedaban atrás: «Las mismas condiciones respecto a escotes y mangas tendrán los trajes de baño de los hombres, quienes usarán pantalones cuyos perniles sean de 40 cms. de ancho y acabarán cuando menos a 10 de las rodillas».

Y a pesar de ir tan tapaditos, tenían prohibido tumbarse en la arena de la playa, aún cubiertos con albornoz, aunque si estaba permitido permanecer sentado siempre y cuando se guardara la debida discreción.

En 1940 el Gobernador civil de Valencia dictó un bando informando que procedería a acotar todas las playas de su competencia para «establecer tres zonas correspondientes a mujeres, hombres y familias». Prohibió el uso de casetas para personas de distinto sexo aunque pertenecieran a la misma familia y exigió que los trajes de baño fueran  «completos de cuerpo, con escote limitado en pecho y espalda», y las mujeres «falda sobre el maillot hasta la rodilla». Los hombres tenían prohibido utilizar slip. Siempre que se salía del agua era obligatorio el uso de albornoz.

Cuentan que este Gobernador, de nombre Francisco Planas de Tovar, llegó a multar a su propio hijo por no ponerse el albornoz al salir de darse un baño en el mar.

En el año 1941 se celebró en El Ferrol, que por aquel entonces era de El Caudillo, un Congreso de Eucaristía. Uno de los acuerdos adoptados en el mismo fue «intensificar las campañas de austeridad y modestia contra la moda descocada en el vestir, en los modales, relaciones, playas, deportes, etc. impuestas por la masoneria».

La maquinaria represiva del Estado se puso manos a la obra y ese mismo año la Dirección General de Seguridad, siguiendo las instrucciones dictadas por la Iglesia, elaboró una circular sobre moralidad en las playas, que fué debidamente remitida a todos los Gobernadores civiles:

«Al acercarse la estación estival, y en defensa de la moralidad pública, esta Dirección General hace públicas las siguientes disposiciones, habiéndose cursado a las autoridades competentes instrucciones en el sentido de imponer sanciones a todos cuantos las infrinjan: 

1ª Queda prohibido el uso de prendas de baño indecorosas, exigiendo que cubran el pecho y espaldas debidamente, además de que lleven faldas para las mujeres y pantalón de deporte para los hombres.

2ª Queda prohibida la permanencia en playa, clubs, bares, etc., bailes y excursiones y, en general, fuera del agua, en traje de baño, ya que éste tienen su empleo adecuado y no puede consentirse más allá de su verdadero destino.

3ª Queda prohibido que hombres y mujeres se desnuden o vistan en la playa, fuera de la caseta cerrada.

4ª Queda prohibida cualquier manifestación de desnudismo o de incorrección, en el mismo aspecto, que pugne con la honestidad y el buen gusto tradicionales entre los españoles.

5ª Quedan prohibidos los baños de sol sin albornoz, con excepción de los tomados en solarios tapados al exterior. Por la autoridad gubernativa se procederá a castigar a los infractores, haciéndose público el nombre de los corregidos».


Los infractores de estas normas eran multados y sus nombres se hacían públicos para que sirviera de ejemplo y escarmiento. Comenzaron a ponerse de moda las famosas "faltas contra la moral" y el "escándalo público".


Vamos, que hasta los desnudos desaparecieron de la Historia del Arte y tanta era la obsesión por el acuciante problema de la moralidad en el baño y la higiene de los bañistas que en mayo de 1951 se celebró en Valencia el Primer Congreso Nacional de Moralidad en Playas, Piscinas y Márgenes de Ríos, bajo los auspicios de la Comisión Episcopal de Moralidad y Ortodoxia de España y al que acudieron representantes civiles y prelados  de todas las provincias. Según sus asistentes se adoptaron grandes decisiones moralizadoras encaminadas a evitar las tentaciones, instando a los poderes públicos a frenar la invasión nudista extranjera y a mantener la prohibición de que personas de distinto sexo pudieran tomar el sol juntos.

Era obligatoria la separación de sexos en playas y piscinas, estableciéndose turnos con distinto horario para mujeres y hombres. El hecho de pertenecer a una misma familia no exoneraba del cumplimiento de estas reglas. 

En el periódico Falange de 19 de julio de 1957, se publicaba la siguiente nota:

«Muy oportuno la circular del Ministerio de la Gobernación recordando las disposiciones vigentes sobre trajes de baños y modos de permanecer en las playas. En las citadas normas se prohíbe el uso de prendas de baño que resulten indecorosas como son esos llamados bañadores de "dos piezas" para las mujeres y el "slips" para los hombres. Aquellas deberán llevar el pecho y la espalda cubiertos y usar faldillas, y éstos llevar pantalones de deportes (…) Para que esa circular no sea letra mojada, hace falta la mejor colaboración de los agentes de la autoridad que deberán impedir la permanencia en las playas de quienes usen prendas de baño que estén reñidas con la decencia y el decoro».

¿Quienes se encargaban de imponer las normas sobre la moral? Los obispos a través de sus pastorales que defendían desde el púlpito. En 1961 el Obispo de Zamora, en una pastoral de 24 de mayo sobre la modestia cristiana, manifestaba: «Hemos entrado hace unos días en el calor estival, y los peligros morales que por ello suelen agudizarse, nos hacen sentir más vivamente la necesidad de dirigiros esta exhortación pastoral… Es que se va creando o se ha creado ya un ambiente de libertad y desenvoltura veraniega, que se juzga natural y lícito lo que en otras circunstancias se tendría por escandaloso (...) Al llegar los meses de verano, el desbordamiento del impudor envuelve aún a los hombres, y llega a tan intolerables excesos, que las Autoridades civiles, velando por la decencia pública, se ven precisadas cada año a dictar disposiciones y tomar medidas especiales para refrenar tanto abuso».

Además de las pastorales, los libros, las circulares y los bandos siempre había un guardia dispuesto a sancionar la infracción a la moral. Y siempre había vigías que prevenían a los bañistas con aquello de «¡Qué viene la moral!».

Pero con lo que no contaban los obispos era con la llegada del turismo en la España católica de los años cincuenta y la revolución que supuso la aparición del bikini. Cientos de mujeres europeas tomaban el sol indecorosamente con el ombligo al aire.

Beatriz Ledesma, la primera española que usó bikini en Benidorm
Corría el año de 1952 y en Benidorm una turista fue multada con cuarenta mil pesetas por estar sentada en un chiringuito de playa vestida solo con el dos piezas, lo que provocó un escándalo mayúsculo. Pedro Zaragoza, el entonces alcalde y jefe local del Movimiento, que quería convertir Benidorm en el destino turístico de Europa, legalizó con una ordenanza el uso de esta prenda de baño en todo el término municipal, convirtiendo a Benidorm en el primer pueblo español en el que el uso del bikini estaba permitido y donde se sancionaba a cualquiera que osase enfrentarse con las mujeres que lo utilizaban.

Pero el asunto no terminó ahí. La guerra del bikini acababa de comenzar. Vecinos instransigentes denunciaron al alcalde ante el Arzobispado de Valencia, que inició un proceso para excomulgarle con el beneplácito de Luis Jiménez y Arias Salgado. Ante la falta de apoyos el alcalde de Benidorm tomó una solución drástica. Viajó hasta Madrid en su vespa para hablar personalmente con Franco. Cuando salió del Palacio de El Pardo, llevaba consigo el consentimiento tácito del dictador. Desde ese momento el bikini se lució en las playas y calles de Benidorm.

La moral no se mide por el tamaño del traje del baño, ni porque personas de distintos sexos compartan espacio en una playa o una piscina. 

Una gran parte del cristianismo considera la moral como la determinación de lo que dicta lo bueno y lo malo. El mal es el pecado, la injusticia, la maldad, aquello que se opone al bien.

¿Que hay de moral en un régimen que ejerció la represión de forma institucionalizada durante más de cuarenta años?









1429. La muerte de García Lorca comentada por sus asesinos




Hemos tenido ocasión de leer en el periódico Unidad, que editan los falangistas de San Sebastián, un encanallado y enfático artículo titulado: A la España imperial le han asesinado su mejor poeta. Se refiere a Federico García Lorca. Suponemos el asombro del lector, que será, sin duda, tan grande como el nuestro. Y suponemos su ira ante tal monstruosidad y cinismo.

Nunca hubiéramos creído que esos escritores lamentables, esos envilecidos «cantores» de Franco, llegasen, en su falta absoluta de honestidad, hasta el punto de glorificar a sus víctimas, cuando creen que esto conviene a sus intereses o los intereses de sus amos. El mundo entero ha reaccionado con indignación ante el cobarde asesinato, y ellos, por lo visto, han recibido la consigna de embrollar en lo posible este asunto, quemando incienso en torno al recuerdo del poeta muerto, y tratando, en lo posible, de atribuir este crimen a «los rojos».

Comentamos este artículo, no ya para rebatir sus intencionados errores, sino más bien para mostrar lo que es un escrito característico de la «espiritualidad» fascista. Esa falsedad al servicio del crimen, esa mentira dorada, bella vestidura para espíritus mezquinos, que a sí misma se llama «doctrina poética y religiosa de Falange». ¡Con este manto de cielo ya no hay en la tierra negrura que nos manche!

El estilo pomposo, lumínico, tristemente barroco, propio de los seguidores de Eugenio Montes, y esas frases grandilocuentes y retóricas, ocultan una actitud grosera, pedante, un «modo» que quiere ser señorial, muy a la española antigua, gallardo y cargado de plumas, pero que es sólo cursilería, cursilería y zafiedad.

Es curioso leer entre líneas lo qne no se quiere decir en este artículo. Comienza el autor expresando líricamente un repentino pesar por el crimen: «Conmovido por esa sucesión de formas qne sólo la vida puede ofrecernos, en estos días furiosos de lluvia, de sol encadenado, en lo más íntimo de mi ser ha empezado a dolerme tu muerte». Luego, fingiendo ser un caballero: «Yo afirmo que ni la Falange Española ni el Ejército de España tomaron parte en tu muerte». Y ahí es donde queda lanzado ese germen de confusión que quieren sembrar. En un juramento hecho por «la sangre vertida en un campo de honor».

Luego sigue: «Tus sentimientos eran los de la Falange: querías Patria, Pan y Justicia para todos». No vamos nosotros ahora a explicar lo que ellos entienden, lo que entiende la Falange, por Patria, Pan y Justicia para todos. Lo sabemos ya de sobra. Y en cuanto a los sentimientos y simpatías de Federico, expresados reiteradamente por él en público y privado, evidentes en su obra y en su vida, eran, como todo el mundo sabe, justamente lo contrario de los de Falange; aunque estúpidamente, con torpe demagogia, este Luis Hurtado, que dice haber sido íntimo de Lorca, y que es en absoluto desconocido para los verdaderos e íntimos amigos del poeta, diga otra cosa. Con el procedimiento usado por un pedante así podríamos convertir inmediatamente en fascista al mismo Lenin.

El articulista, por otra parte, no debe quedar muy convencido con sus afirmaciones, pues al decir que Lorca estaría con ellos si viviese, agrega: «La Falange perdona siempre y olvida». Y, naturalmente, eso que le tenían que perdonar a Federico es lo que no le perdonaron, lo que no le perdonarían nunca. Y por eso fué asesinado bárbaramente.

Siguiendo en su risible lirismo, el Sr. Hurtado se arrebata o cae lánguido. Pero topamos de pronto, en medio de su prosa absurda, llena de reminiscencias de todo, con esta frase, con este verso bien conocido: «El crimen fué en Granada».

No cabe pensar en una coincidencia casual; el momento escogido y el tono empleado no dejan lugar a dudas: el verso es de Antonio Machado y precisamente del sentido y bello poema que éste dedicó a Federico al enterarse de su muerte. Es un lamento, es una maldición a los asesinos; pero los asesinos cogen estas palabras de dolor auténtico, este verso del célebre poeta, y lo utilizan sin remordimientos. Porque necesitan ahora fingir dolor para que los crean buenos y sensibles. Pero no nos engañan, no engañan a nadie, sus lágrimas de cocodrilo.

Y aún dice algo más este Hurtado: Federico García Lorca no ha muerto, no. Tengamos fe, creamos en el espíritu, creamos en Dios. No importan los pequeños accidentes aquí en la tierra, si tenemos la vista muy alta. Lorca, dice este señor, no ha muerto. No ha muerto, no, dice este falangista de las flechas sobre el corazón. No ha sido asesinado, sino tan sólo que: «Los cien mil violines de la envidia se llevaron tu cuerpo para siempre». Ya lo sabemos : fué la envidia, sí, pero la envidia es ya violines. No son puñales los que entraron en su cuerpo, fueron sólo los violines de la gloria.

Ellos odian el materialismo, son «idealistas». Por eso hablan asi. Pero nosotros tenemos una idea bien precisa de lo que significan su lirismo y su grandeza.

Los que nos angustiamos de verdad con la muerte del poeta, sus amigos, compañeros y discípulos, el pueblo entero, los que queremos de verdad Patria, Pan y Justicia para todos, sabemos claramente qué crímenes y qué ultrajes pueden esperarse de esa Falange, de ese Ejército y de esa España negra, vestida de luces, que ha asesinado a Federico García Lorca.


S.B. 
Hora de España V
Valencia, mayo 1937