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2908. Cómo se educa a los hijos de los combatientes en el Hogar Infantil del 5° Regimiento




La visión más directa, dramática y espectacular de la guerra es la de los campos de batalla: las ametralladoras, las trincheras, las casas trágicamente mutiladas, la muerte entre un coro de cañonazos y de gritos. Pero hay también, callada y dolorosa, otra estampa de la Sierra: el dolor en la retaguardia, las hileras de viudas y de huérfanos, las familias deshechas porque el padre, o el hermano, o el hijo quedaron allá, sobre una tierra encharcada de sangre. 

Muchas instituciones acogen ahora en Madrid a los chiquillos cuyos padres combaten en los frentes o a los chiquillos que pudieron escapar de los lugares de lucha, en un éxodo sombrío. Esa es la guerra, vista desde la retaguardia, en sus estampas trágicas y silenciosas. 

Muchos de aquellos chiquillos son ya, sin saberlo ellos mismos, huérfanos. El padre marchó un día alegremente, fusil al hombro. Primero, unas cartas largas, con detalles menudos de la vida de campaña. Las cartas se fueron espaciando, y un día dejaron de llegar. Nada más. Aquel silencio largo del ausente era la muerte, era la orfandad. 

Uno de esos grandes hogares colectivos para chiquillos de los combatientes es este que el Socorro Rojo Internacional tiene establecido en lo que era hasta hace unos meses Asilo de Convalecientes, en la calle de Abascal. Es un edificio grande y claro, de enormes salas, de sobria decoración. Están recogidos en él unos doscientos setenta chiquillos, entre niños y niñas. Su edad varía entre los seis y los catorce años. De esos niños, la mayor parte tienen a sus padres combatiendo en los frentes; el resto son evadidos de los lugares de lucha.

—Mi padre hace ya cerca de tres meses que se marchó a la Sierra. 

—El mío está en Avila 

—Y yo vine con mi familia desde Talavera

Todos estos peques aquí recogidos —¿cuántos son ya huérfanos sin saberlo?— reciben al mismo tiempo asistencia y educación. Su jornada empieza pronto: a las siete y media de la mañana. Gimnasia, clases, recreo. Pronto habrá también talleres: zapatería, mecánica, carpintería... En ellos empezarán a forjarse para la vida futura los chiquillos mayores aquí recogidos. Los de ahora son, en su mayor parte, párvulos, peques entre los seis y los ocho años, más cerca de la escuela que del taller. 

Encargados de la enseñanza de los chiquillos están cuatro maestros y cuatro maestras. Hay, además, un equipo de cuidadoras, para vigilarlos en todo momento, para atender a los más chiquitines, a los que exclusivamente por sí solos no pueden valerse. Además, y con sujeción a un orden establecido, los maestros y maestras se turnan para, después de acabadas las horas de lección, seguir conviviendo con los chiquillos. Es decir: se busca que no exista una separación entre hogar y escuela, que ambos conceptos y ambos ambientes se fundan para esos niños en una misma vida, en un mismo fondo para sus horas.

El juego, el recreo. El juego en que, insensiblemente, van los muchachos mostrando y forjando su inclinación espiritual. Se les da, por ejemplo, plastilina para modelar cuantas figuras les sugiere su imaginación. Con ese barro de colores alegres hacen muñecos, carros, casas, muebles, bichos... Hay figuras que son verdaderas y pequeñas obras de arte, signo de una gran habilidad manual, promesa y temblor ingenuo de lo que quizá puede ser un día maestría escultórica. 

Muchos días, acabado el ritmo normal de la jornada, se dan conferencias a los muchachos. Se les habla, en un tono sencillo y fácil, asequible para ellos, de temas de cultura popular o de temas políticos. Ellos escuchan con una atención absorta las palabras que van abriéndoles mundos nuevos, que van haciendo surco en sus frentes para las ideas que serán más tarde su pasión de hombres.

Los chiquillos tienen su periódico. Es un periódico mural, pegado sobre la pared de un pasillo inmediato a uno de los amplísimos comedores. Los peques hacen para su periódico dibujos y textos. Dibujos, casi siempre, sobre figuras y temas de esta apasionada hora española de hoy. El texto es, igualmente, sobre motivos de actualidad. Así, por ejemplo, uno de esos breves artículos infantiles comienza de este modo: «Prepárame el desayuno, que me voy a marchar a una reunión que tenemos hoy los compañeros. Asistí a la junta con gran entusiasmo; hablamos de algunas cosas que teníamos que hacer. Al salir de la reunión, dije a un compañero; «Oye, Carlos, ¿qué representan las Milicias populares en España hoy para ti?» Y el compañero Carlos me contestó: «Hombre, pues los que han sustituido a los guardias de Asalto.» Yo me eché a reír, diciéndole: «Compañero, estás muy equivocado...» 

Seguramente el rasgo más nuevo y más interesante en este régimen de vida que siguen los acogidos en este Hogar del Hijo del Combatiente es lo que hay de autodeterminación y autoadministración en estos muchachos. Los distintos grupos tienen sus responsables, elegidos por los mismos chiquillos cuando éstos son ya mayores, o, si son pequeños todavía, designados por aquellos otros de mayor edad. Los muchachos celebran sus reuniones y hablan y discuten sobre problemas que afectan a su vida en la residencia. Observaciones, quejas, sugestiones... El responsable es el encargado de recoger todo esto y darle la tramitación correspondiente. Se educa de este modo a los chiquillos en el concepto de la propia responsabilidad y de la iniciativa propia. 

Esta es la vida que llevan esos centenares de niños y niñas acogidos en el Hogar del Hijo del Combatiente. Ese es el espíritu en que se va modelando su personalidad naciente, surgida a la vida en la hora más tensa de España. Ellos, aquí, juegan, corren y ríen. Estudian o se disponen a entrar en el taller. Sus padres, en tanto, luchan allá, en un duelo dramático con la Muerte. O quizá cayeron ya sobre la tierra enrojecida por la sangre. 


Mundo Gráfico, 21 de octubre de 1936









2901. Las muchachas del Socorro Ro¡o Internacional recaudan diariamente en las calles de Madrid de diez mil pesetas

Muchachas postulantes, con los afiliados de la organización encargados de los distintos servicios de la Sección Este de Madrid
(Foto Vicente López Videa)



La lucha y el Socorro Rojo

A los pocos días de iniciarse el actual movimiento empezaron a verse en las calles de Madrid las muchachas del Socorro Rojo Internacional. Llevaban sobre el pecho una cartulina, en la que constaban su nombre y la Sección del Socorro a que pertenecían. En la mano, la metálica hucha. 

—Para los heridos, compañero. 

En aquellos primeros días eran pocas aún las muchachas que postulaban por las calles. Pero día a día se fueron viendo más. Hoy son ya más de doscientas, que realizan a lo largo da todo el día una infatigable labor. Se les ve en las calles, en los mercados, en el Metro, en el tranvía, en los espectáculos, en los comercios... 

—Compañero, para los heridos. 

El Socorro Rojo Internacional, que tenía ya una actuación constante y definida, se ha visto ahora obligado a intensificar esa acción. La guerra lo exigía. Muchos de sus militantes hubieron de ir a la campaña. Los que quedaron aquí, los que fueron volviendo, se dedicaron fervorosamente a la tarea de organizar el auxilio que hiciese más suave el dolor de la guerra. Había que atender a los heridos, y a las familias de las víctimas, y a los niños que quedaban abandonados. Y a ello se lanzaron por las calles de Madrid esos dos centenares de muchachas —cartulina sobre el pecho y en la mano la metálica hucha—, cuyo mejor afán es ser las primeras en la recaudación. 


En la Sección Este 

—Nosotros —nos dicen en la Sección Este del Socorro— llevamos muy pocos días actuando: nueve solamente. Estaban en el frente los directivos de esto, y por ello se retrasó la labor organizadora de nuestra Sección. En esos nueve días hemos obtenido una recaudación total de 15.794 pesetas. Es decir, una recaudación media de más de mil setecientas pesetas diarias. Tenga usted en cuenta que se llega a esta cifra a través en general, del donativo menudo, de la perra casi siempre. Nos parece, a juzgar por lo conseguido en los pocos días que llevamos organizados, que nuestra Sección es la que más se mueve entre las de Madrid. 

Nos facilita estos datos sobre la organización Miguel Sanz, el secretario de la entidad. Con él colabora entusiásticamente la señorita Rafaela González, que lleva la administración interna de la Sección Este, y que es militante del Socorro desde hace tiempo. 

Esta Sección Este del Socorro Rojo se halla instalada ahora en el palacio —sobriedad, buen gusto— que en la calle de Lista tenía el marqués de Urquijo. En la planta baja se ha montado una pequeña oficina. Cerca, una mesa, sobre la que se vuelca el contenido de las huchas, cuando regresan las postulantes, para contar lo recaudado y distribuirlo según la clase de moneda. Se utiliza también la cocina para comedor de las muchachas postulantes. El resto del palacio no se utiliza, y sus muebles y objetos de arte se cuidan celosamente. 


Dinero, ropas, muebles... 

—Además —dicen— del donativo en dinero que se recoge en las calles, tenemos el donativo que se nos hace directamente a nuestro local. Las huchas son, claro, para la cosa menuda, para el perreo... Los que aquí nos entregan son donativos de más importancia. Al que quiere, se le da un recibo por la cantidad entregada. Vea usted la lista de hoy: uno de veinticinco pesetas, otros de quince, éstos de cinco... Hay también quien nos da mantas, sábanas, colchones, camisas... Hoy precisamente nos han ofrecido una cama, y esta tarde iremos a recogerla. 


"Las jabatas del Socorro" 

Más de treinta muchachas son las encargadas de la postulación en la Sección Este del Socorro. Son casi siempre chicas que tienen a sus padres o a sus hermanos en el frente y que quieren de este modo contribuir desde la retaguardia a la lucha. 

—Hay en todas ellas —dice Miguel Sanz, el secretario de la organización— el estímulo de ser más que las compañeras en la recaudación. Su mejor alegría es saber que han traído más dinero que las otras. La «campeón» es hasta ahora una muchacha muy joven, Ángeles Lázaro. Sólo en la mañana de hoy, desde las diez hasta la una, nos ha traído ciento treinta y ocho pesetas con veinte céntimos. 

He aquí algunas de las muchachas que más lucidas recaudaciones obtienen en la misma Sección; Carmen Corral, Felicidad Castejón , Amparo Sanz, Carmen García, Felisa Fraile, Lucía Sánchez, Concepción Gómez, Anita García... Empiezan su trabajo alrededor de las diez de la mañana, y están hasta la una. Comen en el local de la Sección, y a las cuatro reanudan la tarea, hasta las ocho, aproximadamente. Cuando tienen llena la hucha, van al local social, donde aquella es abierta y vaciada, para contar y contabilizar su contenido. Y una vez hecha esta operación, otra vez a la calle. 

Rivalizan las muchachas en entusiasmo y actividad. «Las jabatas del Socorro», las llaman muchos y se llaman ellas a sí mismas. El equipo que opera en la barriada de Ventas es acaso el que bate el record de esa infatigable actividad. 

El público las atiende y las trata, en general, muy bien. Claro es que hay alguna excepción. Pero éstas son —justo es decirlo— contadísimas. Algunas postulantes se atreven a subir a los pisos, y hay vecinos que las invitan a pasar y las obsequian. Hace muy pocos días, por ejemplo, en un hotelito, el dueño pidió a la muchacha que llegó con la hucha del Socorro, su nombre y el teléfono de la Sección. Cuando ella se fué, el hombre llamó por teléfono al Socorro, comprobó que la muchacha estaba, en efecto, autorizada, y envió inmediatamente cincuenta pesetas.


La acogida popular a las postulantes 

El comercio acoge igualmente muy bien a las chicas del Socorro. Hay tiendas en las que no les admiten los vales para recoger, por ejemplo, «monos»; les dan éstos gratuitamente. Un comerciante de la calle del Humilladero les dio hace unos días jerseys. En las pastelerías les invitan. Y todo ello además del donativo para la hucha. 

La recaudación diaria que vienen a obtener todas las muchachas de las organizaciones del Socorro es de ocho a diez mil pesetas. Los días mejores son, claro, el sábado y el domingo; por la mayor concurrencia popular en las calles, en los cafés y en los espectáculos. Todo el dinero recaudado se destina a los hospitales de sangre que sostiene el Socorro, a los familiares de las víctimas, a los que luchan en el frente —envíos de víveres y ropas—, a los niños... En estos días, la Sección Este ultima la organización de una cocina de guerra que irá al frente abundantemente provista y con todo el personal necesario. Se trabaja también en la preparación de algunos festivales, entre ellos una corrida de toros, para la que ya se cuenta con ofrecimientos de gran interés. Toda una labor amplia y fervorosa, a la que prestan su colaboración incansable esas muchachas que en las calles madrileñas se os acercan, con una cartulina prendida al pecho y una hucha en la mano. 

—Para los heridos, compañero. 


J.M.A. 
Mundo Gráfico, 26 de agosto de 1936







2889. Alberto Leiva. Cuatro días y cuatro noches andando hacia Madrid

Alberto Leiva (Fotografía de Vicente López Videa)


La odisea de un chaval de doce años. Cuatro días y cuatro noches andando hacia Madrid 

Alberto Leiva es un chaval de doce años, fuerte y vivaz, de rostro tostado y de ojos grandes y expresivos. Es suelto de ademán y rápido de gesto. Habla con un marcado acento cordobés, y hay en todo él la viveza de su tierra meridional. 

Es andaluz, y está ahora en Madrid, en una de las residencias para hijos de combatientes y de evadidos. Vive con centenares de compañeros. Otros chavales como él, que a lo largo de todo el día estudian o se divierten en el jardín y en las estancias de la enorme casona que les sirve hoy de albergue. 

Los chiquillos juegan y ríen, y nada en sus rostros delata el drama que pesa ya sobre sus pequeñas vidas. Entre esos dramas está el de Alberto Leiva. Doce años nada más, y ya sobre su espíritu la carga de un dolor, que irá haciéndose más grande a medida que los días pasen y que la conciencia adquiera todo su valor en la personalidad todavía balbuciente. 

Hoy, lo vivido sólo le parece aún a este muchacho como un sueño, del que le apartan los juegos y los amigos, del que le aparta, sobre todo, su escasa edad. Mas cuando el niño vaya muriendo y el hombre surja, el recuerdo de la tragedia —el mismo sombrío recuerdo en tantos otros niños españoles— se hará más patético en la frente de este Alberto Leiva del rostro tostado y los grandes ojos expresivos. 

Rápidamente, a saltos, como si no quisiera acordarse de ello, ha ido evocando sus horas malas. Parecía, mientras hablaba, que tiraban de él, más poderosos que el recuerdo de drama vivido, los juegos y las palabras de los compañeros que corrían cerca. 

Es de Montilla. Su padre era el presidente de la Sociedad de Carpinteros de este pueblo cordobés. Ardía la provincia en las llamas de la guerra civil. Un día, la lucha estalló allí mismo, en las blancas calles montillanas, ante las casas bajas, que se cerraban precipitadamente. Sonaban los fusiles y las ametralladoras. Se oían gritos. A trechos, un silencio impresionante. 

En casa de Alberto Leiva, los siete chiquillos del matrimonio se acurrucaban junto a la madre. Los tiros tejían un eco de tragedia sobre el hogar proletario. La hermana mayor —catorce años— sostenía en brazos al último de los hermanos: un chiquillo de un año nada más. 

Así, recluidos en el hogar, hubieron de estar muchas horas, sin poder salir. Cuando parecía ya extinguida la lucha pensaron en marchar de la casa, en huir del pueblo. El matrimonio y los chiquillos salieron. No había acabado aún el drama de Montilla. Allí mismo, casi a la puerta de la casa, quedó muerto el padre. Al escuchar los tiros, este Alberto Leiva, que está hoy en Madrid, echó a correr. Le pareció, en la huida, que los soldados detenían a su madre. No vio más. Dobló la primera esquina, Cruzó calles y calles hasta verse en las afueras del pueblo. Sobre su oído y sobre su corazón seguían resonando aquellos tiros que habían matado a su padre. Corría y Corría, anhelante, angustiado. Iban quedando lejos las casas blancas del pueblo. Ya Montilla era sólo un caserío perdido en la distancia. 

—Yo sólo pensaba en correr, en ir lejos de allí... —dice ahora, al recordar las horas de la huida febril a través de los campos cordobeses. 

Muchas horas así. Y no le fatigaba el andar. Cuando fue de noche y el sueño le venció, se tendió a un lado del camino. Pero su obsesión única era la de andar, la de alejarse de Montilla. Caminaba de día y de noche. Así llegó a Espejo. Después, a Villa del Río. Ya no recuerda los nombres de pueblos. Andaba y andaba, sin saber hacia dónde iba. 

De vez en cuando encontraba por la carretera patrullas de soldados. Le paraban, le preguntaban adonde iba. El decía que a Madrid, ignorando realmente si aquel camino llevaba en efecto a Madrid. Los soldados le dejaban seguir. 

—Bueno, muchacho, vete. 

Así, sobre los caminos, cuatro días con sus cuatro noches, en su corazón el recuerdo del padre muerto, de la madre y los hermanos distantes. Para él apenas existían el hambre y el sueño. Sólo aquel afán único de escapar, de llegar a tierra de paz. Cuando el sueño podía más que las piernas, se echaba a dormir a los lados del camino. Si el hambre le azuzaba, entraba en las huertas y cogía fruta. 

Al cabo de esos cuatro días con sus cuatro noches vio que un coche avanzaba por la carretera. El coche se detuvo ante el chiquillo. Unos hombres se bajaron e hicieron al muchacho unas cuantas preguntas.

Este coche era del Socorro Rojo Internacional. Subieron en él al muchacho. Unas horas después, Alberto Leiva estaba en Madrid, en una de las oficinas del Socorro. Al día siguiente ingresaba en la residencia en que ahora está, y en la que lleva ya un mes. Allí juega, estudia y se dispone a aprender un oficio.

No ha vuelto a saber nada de Montilla. Nada de su madre y de sus hermanos. ¿Está la madre en la cárcel? ¿Pudieron escapar, como él, y están en algún otro pueblo? Alberto Leiva, aquí, en Madrid, sin los suyos, se siente sólo, huérfano. 

Pero él prefiere no hablar de su drama, de su odisea. Es todavía un niño, y tiene ya un pasado. Como en un escape de esa realidad triste, prefiere hablar de su porvenir, del oficio que quiere aprender afanosamente. 

—¿Qué vas a ser?

—Carpintero. Como mi padre. 


J.M.A. 
Mundo Gráfico, 21 de octubre de 1936