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2631. Los hombres de la Generalidad en el banquillo

Companys y su gobierno en el banquillo de los acusados del Tribunal de Garantías Constitucionales


Mucho han cambiado las cosas en cuatro años.

Si este salón de Plenos del Tribunal Supremo hablara podría contar muchas cosas. Durante cuatro años, en este salón han ocurrido sucesos sensacionales. Aquí vinimos a principios del año 1931 llenos de emoción republicana, y en el banquillo donde hoy se sientan los hombres de la Generalidad se sentaron entonces, también custodiados por dos inmóviles guardias civiles, los que pocos días después gobernaban la República. ¡Parece que fue ayer! Y , sin embargo, el mundo ha dado muchas vueltas. Algunos de aquellos hombres están hoy ocupando las más altas magistraturas del Estado. Otros están fugitivos o presos. Uno de ellos, el señor Casares Quiroga, después de correr también los más distintos avatares, está aquí hoy tranquilamente esperando a que el Tribunal lo llame para deponer como testigo. 

Nadie está donde estaba entonces. Todos aquellos hombres han recorrido caminos accidentadísimos y largos en tan poco tiempo. Es decir, hay uno, un solo hombre de los que aquellos días fueron protagonistas, que está donde estaba.

El señor Ossorio y Gallardo viste hoy, como durante aquellos días memorables, su toga de defensor. Está donde estaba. Es el único representante de la continuidad en esta sala de las sorpresas, porque hasta los Tribunales, que por ser lo más serio de este salón parecen lo más mutable, también han cambiado mucho. El año 1931 el Tribunal estaba compuesto por imponentes generales. Era el Consejo de Guerra y Marina el encargado de juzgar a los hombres civiles que se habían sublevado por la República.

Año y medio después se operó la transformación radical. Los generales estaban entonces sentados en el banquillo (me refiero al proceso del general Sanjurjo y sus compañeros), y el Tribunal estaba formado, en cambio, por hombres de toga. En la sala sexta del Supremo la que entendía en aquella vista, también sensacional. Hoy, los juzgadores no son tampoco hombres de toga. A los exconsejeros de la Generalidad va a juzgarlos el Tribunal de Garantías. Es el más alto Tribunal de la República, un Tribunal que viste de americana. Mucho han cambiado las cosas en cuatro años.


Audiencia pública

La verdad es que este proceso, a pesar de ser importantísimo, no ha despertado la expectación que otros análogos. Debe de ser porque ya estamos tan acostumbrados a las emociones fuertes que no nos producen sensación. A pesar de todo, hay bastante cola de público. El número uno de la cola lo ocupa todos los días el señor Pi y Sunyer, un ejemplo más de estos cambios bruscos a que nos hemos referido. El señor Pi y Sunyer ha sido durante estos cuatro años consejero de la Generalidad, ministro de Trabajo de la República y alcalde de Barcelona.

Ahora es simplemente un «colista» que siente la vanidad de ser el primero. Vayan ustedes a saber… A lo mejor esto le produce más satisfacción que ser exministro.

Los procesados han llegado en un coche muy grande, con policías y guardias civiles; pero nadie los ha visto más que de lejos. Todos los ocupantes del salón, que ya está lleno, tenemos los ojos fijos en la puerta por donde han de salir los procesados. 

Cuando aparecen, seguidos de los guardias, hay grandes murmullos, y se multiplican los comentarios. 

—Parece que está más viejo Companys… 

—Yo encuentro que está mejor que nunca… 

—Y aquel alto, ¿quién es? —Ese es Lluhí. 

—¡Anda! ¿Pues no decían que estaba enfermo? Tiene un gran aspecto. La cárcel le ha sentado mejor que el Palace, que era donde se hospedaba antes cuando venía a Madrid.

Los comentarios duran mucho rato, todo el rato que tarda el secretario del Tribunal de Garantías en leer una cosa que se llama el apuntamiento y que es un «latazo» muy grande que hay que aguantar siempre que se asiste a un juicio oral.

El silencio se hace, por fin, cuando se levanta a hablar el primero de los procesados. Es el señor Lluhí, consejero que fue de Justicia de la Generalidad de Cataluña. Alto, erguido, serio, contestando con seguridad a las preguntas del presidente. 

—¿Cómo se llama usted? 

—Juan Lluhí Vallescá. 

—¿Su edad? 

—Treinta y siete años.

Al oír esta respuesta, algunas señoritas espectadoras se empinan todo lo que pueden porque no ven bien al procesado desde sus asientos. 

—No está mal eso de treinta y siete años —comentan—, y, además, tiene buen tipo. 

Continúa el presidente: 

—¿Su estado? 

—Casado—contesta inmediatamente el señor Lluhí, y huelga decir que las señoritas que estaban en la sala con el oído alerta y el ojo avizor han hecho un mohín muy significativo. Pierden, por fin, todo su interés por este procesado, que es el más elegante de todos cuando contesta a otra pregunta: 

—¿Tiene usted hijos? 

—Tres hijos. 

Ahora las señoritas espectadoras ya casi se enfadan. Tres hijos a los treinta y siete años. ¡No hay derecho! 

Como los procesados son siete y los testigos treinta o cuarenta, quiere decirse que al día siguiente de comenzar la vista el presidente está fatigado de hacer tantas preguntas y nosotros fatigadísimos de oírlas. Menos mal que, gracias a eso, nos hemos enterado de las interioridades de medio Madrid y de medio Barcelona. Sabemos que el señor Sánchez Guerra tiene treinta y nueve años y que ha sido procesado varias veces por delitos de imprenta. Sabemos también que un alto jefe de la Guardia civil ha nacido en Trujillo. No es tampoco un secreto para nosotros la edad del señor Salazar Alonso ni la de dos capitanes, un comandante, un general de la Guardia civil y varios empleados de la radio de Barcelona. Sabemos también los hijos que tienen todos ellos. Claro que nada de esto nos importaba mucho; pero… el saber no ocupa lugar, como nos decían de niños. 

El primer día de la vista ha transcurrido un poco aburrido. Las declaraciones, aunque han tenido momentos de emoción, han sido lentas, demasiado lentas

Al día siguiente, es decir, el segundo día, se produce el primer movimiento de intensa emoción en la sala. El presidente ha llamado como testigo al señor Pérez Farrás. De este hombre se habla constantemente en el sumario.

Era el comandante de los Mozos de Escuadra, y ha estado condenado a muerte. Ahora cumple cadena perpetua en el Penal de Cartagena. La emoción de la sala se convierte en angustia dramática cuando se produce el careo entre Pérez Farrás y el comandante que mandaba las primeras fuerzas que fueron contra la Generalidad. Los dos están frente a frente. También lo estuvieron hace algunos meses en Barcelona; pero con las armas en la mano.

La tensión aumenta. Estos dos hombres pudieron matarse aquella noche. 

—Yo no disparé contra tus hombres —dice Pérez Farrás. 

—Tú disparaste, o mandaste disparar. Me mataste a seis artilleros. 

¿Y los procesados? ¿Qué cara pondrán ahora los procesados? ¡Es una lástima que no podamos verlas! Todos están de espaldas.


Josefina Carabias
Mundo Gráfico, 5 de junio de 1935  









1959. Discurso de Lluis Companys sobre el Estatuto de Cataluña



Señores diputados, esta tarde entra el Parlamento español en la fase última y definitiva de la resolución del problema de Cataluña, y ello es de un alcance y de un volumen que no es menester subrayar; de ahí que a todos los señores diputados, intervengan o no en este problema, les alcance una gran responsabilidad, y muy singularmente a los diputados de esta minoría catalana, y, quizás, de un modo especial, a mí, porque las circunstancias me han colocado en un puesto de gran responsabilidad muy superior a mis modestas fuerzas. Pero tengo la conciencia clara y la percepción exacta de esta responsabilidad y estoy limpio de pasiones que desvíen el juicio, porque, por ser catalán, catalán hasta los tuétanos, y por ser también racialmente republicano, por mi educación política, por mi historia, por mis antecedentes, por mi emoción española, a través de mi vida llega a mí, como en un impulso automático, la conciencia de esta responsabilidad, y creo que ello dará a mis palabras la discreción que en otro momento no tendrían. Y no digo esto por las breves que ahora voy a pronunciar, que serán, como he manifestado, muy pocas, sino por sucesivas intervenciones. Además, desde este instante quiero pedir a la Cámara, tanto para mí como para mis compañeros, el máximum de comprensión y de buena voluntad que nosotros tendremos para los demás -puesto que a todos nos debe unir igual deseo de acierto-, aun para aquellos que se dejan conducir por la irreflexión o por la obcecación, porque a los que amamos a la República nos importa mucho que este debate se mantenga con alteza de miras, pues por sus antecedentes y por los aspectos que roza y que afectan al sentimiento, es propenso a los estados pasionales, aquí y fuera de aquí, y propenso también a que le utilicen elementos representantes de la política nefasta que todos derrotamos el 14 de abril.

Yo veo, señores diputados, el problema muy preciso y en términos muy concretos, y casi no tendría nada más que decir, sino repetir, sin estar conforme con las consecuencias que se derivan del dictamen de la Comisión, las palabras que acaba de pronunciar el presidente de la misma, y aun reproducir las tesis primordiales de discusión que ha formulado el Sr. Maura.

En otras ocasiones, el problema catalán se ha discutido aquí en sus aspectos doctrinales, en largas disertaciones académicas; pero ahora no es éste el caso. Ahora la República no sólo lo ha reconocido -lo digo aquí y lo proclamo allá-, sino que lo ha encauzado, le ha dado normas de gobierno, y yo afirmo, Sr. Maura, que, además, lo ha definido y ya lo tiene resulto. (Rumores.)

No voy a repetir los antecedentes que están en la memoria de todos; lo ha explicado el Sr. Bello, se ha referido a ellos también el Sr. Maura, con la elocuencia de su talento y alteza de miras con que se ha producido esta tarde. Ha sido el Gobierno el que, por decreto de 21 de abril restauró la Generalidad de Cataluña, constituyó la Asamblea de la Generalidad de Cataluña con las representaciones de los Ayuntamientos; el que nos señaló el camino para formalizar nuestro Estatuto; se elaboró nuestro Estatuto, que contenía la aspiración de Cataluña (entonces no habíamos empezado a discutir la Constitución), y en nuestro estatuto consagramos la voluntad de Cataluña; este Estatuto se presentó aquí en un momento solemne por el presidente de la Generalidad y fue entregado al jefe del Gobierno, Sr. Alcalá Zamora, hoy S.E. el Presidente de la República española; se cambiaron unas palabras cordiales, de tonos levantados, y quiero recordar que entonces todos los comentarios que se hicieron alrededor del Estatuto fueron para considerarlo moderado y prudente. Me remito al juicio de los comentaristas de entonces.

Después se discutió la Constitución, se pronunciaron también discursos doctrinales muy elocuentes, no sólo al discutirse la totalidad, sino también al debatirse cada una de las cuestiones principales que trataban de las facultades de los Poderes regionales. Algunas de las sesiones terminaron bien avanzada la mañana del día siguiente.

Se discutió si la Constitución había de ser federal, y se estimó -contra el criterio de esta minoría, que no insistió en ese punto de vista- que no debía ser federal, para no aplicar un estilo uniforme a las diferentes comprensiones y capacidades de las regiones; se estimó que no debía ser federal (porque el programa federal y la bandera federal se habían enarbolado por todos los partidos republicanos históricos); se creyó que no debía ser federal -repito- porque en algunas regiones no se había despertado el aliento, el espíritu que plasma la personalidad jurídica regional, y empezó a correr la voz, el vocablo de "federable", que es un vocablo impropio, pero que demuestra una intención, y se convino y se hizo una Constitución que creaba, que otorgaba la autonomía a las regiones. Pues bien; yo digo que en aquel momento las Cortes españolas dieron su contestación al Estatuto de Cataluña.

Cuando nosotros votamos el Estatuto expresamos nuestra voluntad; alrededor de la discusión de la Constitución, con el pensamiento de todos vosotros fijo en el Estatuto de Cataluña, dibujamos otro Estatuto, formamos la figura de otro Estatuto, que quedó calcado en la ley fundamental del país y que nosotros aplicamos y realizamos porque acatamos este precepto constitucional. Porque lo difícil es la posición del Sr. Maura, que acepta unos principios para luego deducir consecuencias absolutamente encontradas y diferentes.

Cuando se discuta cada una de las atribuciones trataremos de esas observaciones que el Sr. Maura ha formulado a las diferentes facultades que se atribuyen a Cataluña en el Estatuto, en el dictamen o en el voto particular de los Sres. Xiráu y Liuhí; pero ahora me importa decir que S.s. casi está en el mismo plano en que nos encontrábamos antes, cuando se hablaba y se trataba de conceder a Cataluña lo que se llamó una "autonomía bien entendica".

En el fondo del pensamiento de S.S. creo que lo que late, aunque S.S. lo ha negado, quizá por cortesía o galantería, es una desconfianza a la madurez y a la capacidad de Cataluña. Pues bien, nosotros decimos que Cataluña está preparada, está capacitada, es digna de que se le conceda la más amplia autonomía, y decimos, además, que con ella empezaremos la instauración de un régimen autonómico, que contribuirá a fortalecer la unidad de España de manera más firme y más segura que lo ha hecho el experimento peligroso porq ue hemos pasado de la monarquía unitaria borbónica.

Si los preceptos constitucionales, señores diputados, dicen que pueden concederse a las regiones, sin mengua del Estado, éstas las otras facultades, nosotros pedimos a quienes impugnen para Cataluña alguna de estas facultades que razonen los motivos de su negativa. Nos encontramos con una Constitución que dice que pueden ser otorgadas a las regiones determinadas facultades que formen su vida regional autónoma -y estaba puesto el pensamiento de todos los señores diputados, al discutirse la Constitución, en el Estatuto de Cataluña-, y por eso a aquellos que impugnen el otorgamiento de esas facultades les pedimos nos expliquen los motivos que le induzcan a ello. (El Sr. Maura pronuncia palabras que no se perciben claramente.) Sí, el Sr. Maura ya los ha dicho; él ha iniciado ese camino; pero yo invito a todos los demás señores representantes de núcleos políticos, de fuerzas parlamentarias, a que expresen con la misma claridad su opinión.

No contento uno por uno los extremos del discurso del señor Maura, en relación con lo que acabo de decir, por dos razones: primera, porque sería una discusión, la que entabláramos, ociosa, puesto que luego, al discutirse las atribuciones, tendríamos que repetirla; y segunda, porque no tengo capacidad bastante para improvisar ahora en las materias a que ha aludido. Señores diputados: mi intervención ha sido únicamente para formalizar esta posición de la minoría catalana; nosotros realizamos y cumplimos la Constitución; nosotros deseamos que los debates se mantengan con alteza de miras, y daremos el ejemplo de esta conducta y de esta corrección para todos los señores diputados. (Muy bien.- Aplausos.)


Lluis Companys

Diario de Sesiones, 6 de mayo de 1932













1646. Última carta de Lluís Companys a Carme Ballester

Escrita pocas horas antes de ser ejecutado, el presidente de la Generalitat expresa no sólo el amor por su segunda esposa, sino también la esperanza de que podrá rehacer su vida con el apoyo de la resto de la familia.


A la meva estimada esposa Carme Ballester de Companys.

Esposa meva, la més bona, i estimada de les esposes:

T'escric a la vetlla del Consell de Guerra. Penso que podré entregar a la Ramoneta una quartilla que he fet, i si de cas, en els últims moments, les conversacions verbals i últimes. També aquesta carta i una per a la meva filla Maria, tot lo que serà tramès quan sia possible.

No faria falta lo que dic en la quartilla repetida. Però ho he fet també per tu mateixa, vida meva. Conec la teva bondat i t'estimo tant que una de les coses que més me preocupen, aimada meva, Carme meva, ets tu. En aquella quartilla vaig consignar la meva absoluta confiança en tu. I vull que no oblidis que has d'ésser previsora per la teva salut, que necessites cuidados, i que jo et recomano i t'ho mano en lo menester que no t'abandonis.

Si el meu fill viu, no penso que manquin l'ajut dels meus amics. Per altres conductes (potser el meu defensor) potser rebràs altra carta, expressió del meu amor, doncs aprofitaré tots els conductes que tingui.

Reacciona, repeteixo, contra l'abatiment. Relaciona't, distreu-te. Així ho vull. Cerca companyia d'alguna família, potser més tard, i quan sia possible, les meves germanes. Fes lo que te dic, perquè jo, el teu Lluís, ja no patiré; així desitjo que ho facis, amor meu. Busca també el consol de les creences i el trobaràs.

Me sento serè i tranquil. És Déu que ha posat les coses i les decisions per donar-me aquest destí i m'omple d'una serenitat extraordinària. Li dono les gràcies puix havent tots de fer el mateix camí, m'ha reservat una fi tan hermosa, per Catalunya i els meus ideals, que revaloritza la meva humil persona. Tu que m'estimes i has d'estimar doncs el record que pugui deixar, has de comprendre això.

No admetis, doncs, condols, ni ploris. Aixeca el cap. Aquesta mort, que afrontaré plàcidament i serenament, dignifica. Vida meva, moriré estimant-te. El teu retrat el portaré amb mi. I el darrer pensament serà per tu i els meus fills, amb l'amor a Catalunya. Te besa, el teu espòs, Lluís.



*



A mi querida esposa Carmen Ballester de Companys. 

Esposa mía, la más buena, y estimada de las esposas: 

Te escribo en la vigilia del Consejo de Guerra. Pienso que podré entregar a la Ramoneta una cuartilla que he hecho, y si acaso, en los últimos momentos, las conversaciones verbales y últimas. También esta carta y una para mi hija María, todo lo que será enviado cuando sea posible. 

No haría falta lo que digo en la cuartilla repetida. Pero lo he hecho también por ti misma, vida mía. Conozco tu bondad y te quiero tanto que una de las cosas que más me preocupan, amada mía, Carmen mía, eres tú. En esa cuartilla voy consignar mi absoluta confianza en ti. Y quiero que no olvides que tienes que ser previsora ​​por tu salud, que necesitas cuidados, y que yo te recomiendo y te lo mando en el menester que no te abandones. 

Si mi hijo vive, no pienso que carezca de la ayuda de mis amigos. Por otros conductos (quizás mi defensor) quizás recibirás otra carta, expresión de mi amor, pues aprovecharé todos los conductos que tenga.

Reacciona, repito, contra el abatimiento. Relaciónate, distraeté. Así lo quiero. Busca compañía de alguna familia, quizás más tarde, y cuando sea posible, mis hermanas. Haz lo que te digo, porque yo, tu Luis, ya no sufriré; así deseo que lo hagas, amor mío. Busca también el consuelo de las creencias y lo encontrarás. 

Me siento sereno y tranquilo. Es Dios que ha puesto las cosas y las decisiones para darme este destino y me llena de una serenidad extraordinaria. Le doy las gracias por cuanto habiendo todos de hacer el mismo camino, me ha reservado un fin tan hermoso, por Cataluña y mis ideales, que revaloriza mi humilde persona. Tú que me quieres y tienes que amar pues el recuerdo que pueda dejar, debes comprender esto. 

No admitas, pues, condolencias, ni llores. Levanta la cabeza. Esta muerte, que afrontaré plácidamente y serenamente, dignifica. Vida mía, moriré amándote. Tu retrato lo llevaré conmigo. Y el último pensamiento será para ti y mis hijos, con el amor a Cataluña. Te besa, tu esposo, Luis. 


Memoria.cat 
Asociación Memoria e Historia de Manresa 










1345. El regreso de Lluis Companys

Lluís Companys, a su llegada a Barcelona el 1 marzo de 1936 (Josep Brangulí / Fundacion Telefonica)

«Tornarem a sofrir, tornarem a lluitar, 
tornarem a véncer»


María Torres / 1 marzo 2015

1 de marzo de 1936. Lluis Companys ha viajado en tren desde que salió del penal del Puerto de Santamaría. El penúltimo trayecto de su periplo es la Estación de Castelldefels. Allí le espera el coche presidencial, un Hispano-Suiza descubierto, que realizará el resto del trayecto hasta Barcelona, escoltado por dos motoristas.

Toma asiento en el vehículo. Está enfermo y cubre su boca con un pañuelo. A su lado, Carles Pi i Suñer, Alcalde de Barcelona. 

La comitiva llega a Barcelona. Su destino es la Plaza de la República (Ahora Sant Jaume). Le reciben más de setecientas mil personas con desbordada alegría. Barcelona es una fiesta. Ondean miles de banderas, llueven flores, bandadas de palomas sobrevuelan sobre los asistentes que emiten un grito unánime: «¡Visca Companys! ¡Visca Catalunya!».

Desde el balcón del palacio de la Generalitat, Lluis Companys, embargado por la emoción, pronuncia el siguiente discurso (1):


¡Catalanes! ¡Catalanes!: 

Comprenderéis que tengo que hacer un esfuerzo para superar la emoción de estos instantes y poderos dirigir la palabra. Es mi pueblo, nuestro pueblo, es esta Plaza y es este balcón ... ¡Volvemos a retomar nuestra labor tras horas dolorosas y amargas!. Por la voluntad, por el afecto y por la simpatía de la sagrada ola popular, estamos otra vez aquí.

Venimos para servir a los ideales. Llevamos el alma empapada de sentimiento; nada de venganzas, pero sí un nuevo espíritu de justicia y reparación. Recogemos las lecciones de la experiencia. Volveremos a sufrir, volveremos a luchar y volveremos a ganar. (Grandes aplausos.)

Difícil es la tarea que nos espera; pero yo digo que estamos posesionados de nuestra fuerza, que nos llevará adelante por Cataluña y por la República. (Aplausos)

Desde que hemos salido del exilio, hermanos queridos, nos hemos encontrado por tierras de Andalucía y por tierras de Castilla bajo el manto comprensivo de la República, hemos encontrado palabras clamorosas de afecto. Yo recojo ahora su voz, y de todo corazón les envío nuestra simpatía y nuestra solidaridad para construir una República libre, de acuerdo con la voluntad del pueblo. ¡Ciudadanos! ¡Catalanes! Yo no quiero, en el proceso y en el curso de las horas históricas que vivimos, yo no quiero terminar mis breves palabras de saludo, sin rendir homenaje a la memoria santa y al espíritu inmortal de Francesc Maciá. (Grandes aplausos que duran largo rato) ¡Ciudadanos, salud! Mis fuerzas se agotan. Quiero, sin embargo, recordar a los que en aquella jornada dolorosa murieron. Todos los mártires del ideal. Y quiero terminar sólo con un grito que condense nuestros amores, con el grito de la tierra siempre eterna e inabatible; con el grito de nuestra voluntad y de nuestro sentimiento; con el grito de: ¡Viva!, ¡Viva!, Viva Cataluña!

(La ovación y los vivas del público, al terminar el discurso del Presidente, continuaron durante muchos minutos)


*


Catalans! Catalans! 

Comprendreu que he de fer un esforç per a superar l’emoció d’aquests instants i poder-vos dirigir la paraula. És el meu poble, el nostre poble, és aquesta Plaça i és aquest balcó... !Tornem a reprendre la nostra tasca després d’hores doloroses i amargues! Per la voluntat, per l’afecte i per la simpatia de la sagrada onada popular, som altra vegada ací.

Venim per servir els ideals. Portem l’ànima amarada de sentiment; res de venjances, però sí un nou esperit de justícia i reparació. Recollim les lliçons de l’experiència. Tornarem a sofrir, tornarem a lluitar i tornarem a guanyar. (Grans aplaudiments)

Difícil és la tasca que ens espera; però jo dic que estem possessionats de la nostra força, que ens portarà endavant per Catalunya i per la República. (Aplaudiments) 

D’ençà que hem sortit de l’exili, germans estimats, ens hem trobat per terres d’Andalusia i per terres de Castella sota el mantell comprensiu de la República, hem trobat paraules clamoroses d’afecte. Jo recullo ara la seva veu, i de tot cor els envio la nostra simpatia i la nostra solidaritat per tal de construir una República lliure, d’acord amb la voluntat del poble. Ciutadans! Catalans! Jo no vull, en el procés i en el curs de les hores històriques que vivim, jo no vull acabar les meves breus paraules de salutació, sense retre homenatge a la memòria santa i a l’esperit immortal de Francesc Macià... (Grans aplaudiments que duren llarga estona.) Ciutadans, salut! Les meves forces s’esgoten. Vull, però, recordar els qui en aquella jornada dolorosa varen morir: En Compte, l’Alba i tots els màrtirs de l’ideal. I vull acabar només amb un crit que condensi els nostres amors, amb el crit de la terra sempre eterna i inabatible; amb el crit de la nostra voluntat i del nostre sentiment; amb el crit de: Visca!, Visca!, Visca Catalunya!



(1) Publicado en el diario La Humanidad, 3 de marzo de 1936







1136. Canto en la muerte y resurrección de Lluis Companys.

Cuando por la colina donde otros muertos siguen
vivos, como semillas sangrientas y enterradas
creció y creció tu sombra hasta apagar el aire
y se arrugó la forma de la almendra nevada
y se extendió tu paso como un sonido frío
que caía desde una catedral congelada,
tu corazón golpeaba las puertas más eternas:
la casa de los muertos capitanes de España.
 

Joven padre caído con la flor en el pecho,
con la flor en el pecho de la luz catalana,
con el clavel mojado de sangre inextinguible,
con la amapola viva sobre la luz quebrada,
tu frente ha recibido la eternidad del hombre,
entre los enterrados corazones de España.

Tu alma tuvo el aceite virginal de la aldea
y el áspero rocío de tu tierra dorada
y todas las raíces de Cataluña herida
recibían la sangre del manantial de tu alma,
las grutas estelares donde el mar combatido
deshace sus azules bajo la espuma brava,
y el hombre y el olivo duermen en el perfume
que dejo por la tierra tu sangre derramada.

Deja que rumbo a rumbo de Cataluña roja
y que de punta a punta de las piedras de España
paseen los claveles de tu viviente herida
y mojen los pañuelos en tu sangre sagrada,
los hijos de Castilla que no pueden llorarte
porque eres en lo eterno de piedra castellana,
las niñas de Galicia que lloran como ríos,
los niños gigantescos de la mina asturiana,
todos, los pescadores de Euzkadi, los del sur, los que tienen
otro capitán muerto que vengar en Granada,
tu patria guerrillera que escarba el territorio
encontrando los viejos manantiales de España.

Guerrilleros de todas las regiones, salud,
tocad, tocad la sangre bajo la tierra amada:
es la misma, caída por la extensión lluviosa
del norte y sobre el sur de corteza abrasada:
atacad a los mismos enemigos amargos,
levantad una sola bandera iluminada:
unidos por la sangre del capitán Companys
reunida en la tierra con la sangre de España!


Pablo Neruda


Lluis Companys fue ejecutado a las 06:30 horas de la mañana del 15 de octubre de 1940 en el Foso de Santa Eulalia del Castillo de Monjuic.










1135. Lluis Companys, por Ramón Suárez Picallo




María Torres / 15 Octubre 2014


Lluís Companys, Presidente de la Generalitat de Catalunya, fue capturado por la Gestapo y la policía franquista en la localidad bretona de Ar Baol (La Baule, en francés) el 13 de agosto de 1940. La entrega a las autoridades franquistas se realizó el 29 de septiembre por el policía español Pedro Urraca Rendueles -el agente 477- a través de la frontera de Irún. Este agente escribió en su dietario de 1940 una página dedicada a Lluís Companys, donde señalaba que el presidente estaba dispuesto al sacrificio.


Companys fue llevado a la Dirección General de Seguridad en Madrid, torturado hasta el 3 de octubre que es trasladado al castillo de Montjuic habilitado como prisión. El 14 de octubre de 1940, a las diez de la mañana, fue juzgado en consejo de guerra.  El juicio farsa duró apenas una hora. Como ya había sido juzgado en rebeldía en aplicación retroactiva de la Ley de Responsabilidades Políticas por un tribunal especial de Barcelona, en esta ocasión se le juzgó  por "Adhesión a la rebelión militar" y se le sentenció  a la pena de muerte por fusilamiento. No tardó el caudilloporlagraciadedios en firmar el "enterado". Al día siguiente, 15 de octubre, Companys era fusilado en el foso de Santa Eulalia del Castillo de Montjuïc. No quiso que le vendaran los ojos y sus ultimas palabras fueron:  "Per Catalunya".


Hoy le recordamos con un texto de Ramón Suarez Picallo publicado publicado en el diario La Hora en Santiago de Chile el día 18 de octubre de 1942.



*

Los catalanes residentes en América y los demócratas de toda España, celebran estos días, el segundo aniversario de la inmolación de Luis Companys, ex diputado a las Cortes republicanas, ex Ministro de Marina de la República, y después de la muerte de Francisco Maciá, Presidente de la Generalidad de Cataluña.

¿Qué día y de qué modo fue muerto Luis Companys? No se sabe aún de un modo cierto. Terminada la guerra en Cataluña entró en Francia por Le Pertus, el 8 de febrero de 1939. Su primera preocupación fue un hijo enfermo en un Sanatorio francés. Para pagar su pensión durante un año, se desprendió de todo el dinero que llevaba y que era toda su fortuna -35.000 francos-; cuando Francia fue invadida, alguien lo invitó a salir ofreciéndole medios. Se negó Luis Companys, para no apartarse de su hijo enfermo. Lo atrapó la Gestapo y lo mandó a España. Secretamente fue juzgado por un Tribunal Militar y condenado a muerte. Una mañana del suave y luminoso otoño catalán, salió de la capilla hacia el patíbulo. ¿Fusilamiento o garrote vil? No se sabe. Lo que se sabe es que Companys, salió descalzo para que la carne de sus pies, en el tránsito supremo, tocase la tierra amada de su dulce Cataluña.

La noticia corrió como un reguero de pólvora encendida de Pirineo al Ebro. ¡Han ejecutado a Companys! Durante un mes en todas las ciudades y villas y aldeas de Cataluña, todo el Mundo vistió luto. ¿Por quién? Por un familiar muy querido –decían las gentes-. El familiar era el Presidente bien amado de un pueblo. Amado como lo fueron muy pocos gobernantes. Por demócrata, por honesto, por patriota y por bondadoso.

Companys, abogado ilustre, defendió mil veces a los sindicatos obreros de Cataluña. Hijo de campesinos acomodados fue paladín del bienestar de los labradores catalanes que eran ricos en una tierra pobre. Catalanista fervoroso, jamás perdía de vista la solidaridad debida a los demás pueblos ibéricos que quería ver unidos dentro de un Gran Estado español federal y democrático. Tenía enemigos políticos, reaccionarios ciegos que lo persiguieron y lo maltrataron. Pese a ello, en los duros momentos de la guerra civil, con el pueblo en armas, se dedicó a salvar vidas de adversarios con ahínco tesonero. Amparados por su autoridad política y por su prestigio personal, cruzaron la frontera antiguos gobernantes monárquicos que lo habían encarcelado, agitadores que lo habían injuriado y hasta algún Príncipe de la Iglesia que lo había excomulgado.

Ante el Tribunal que lo condenó, no pronunció un solo nombre. No conocía a nadie. ¡El que conocía y amaba a todo el Mundo! Ese era Luis Companys, el inmolado Presidente de Cataluña. Descalzo y humilde como San Francisco, marchó hacia la muerte física para entrar en la inmortalidad. Como un santo, un mártir o héroe. Así lo evocan, estos días, los catalanes y todos los hombres libres del Mundo.


Ramón Suárez Picallo
La Hora en Santiago de Chile, 18 de octubre de 1942