Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Gerda Taro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gerda Taro. Mostrar todas las entradas

2065. A Gerda Taro, muerta en el frente de Brunete

Gerda Taro (Gerta Pohorylle)
(Stuttgart, Alemania, 1 de agosto de 1910 - El Escorial, 26 de julio de 1937)


Si es verdad que caíste, camarada, 
también es cierto que viviendo sigues 
eterna juventud entre nosotros. 

Lo mismo que la rosa 
vista por la mañana en mayo un día, 
si luego la encontramos, 
muy lejos del rosal, pisoteada, 
perdura en el recuerdo lozanísima, 
así para nosotros, Gerda, eres. 

A pesar de tu muerte y tus despojos, 
el oro viejo que tu pelo era, 
la fresca flor de tu sonrisa al viento 
y tu gracia al saltar, 
burlándote a las balas, 
para grabar escenas de la lucha, 
nos dan aliento, Gerda, todavía. 

En nuestra casa vives, no lo dudes, 
por todos los rincones siempre habitas, 
las paredes reflejan tu figura 
y este dolor tan hondo que sentimos 
lo preside a diario tu presencia. 

La guerra sigue igual, como la vistes. 
y en medio de esta muerte, esta ruina, 
más agudo que silban los obuses, 
más fuerte que la bomba en su estallido, 
te decimos con fe nuestra esperanza: 
que puede más la flor con su hermosura. 


Luis Pérez Infante
Madrid 1936-1937
Publicado en Hora de España  XVII
Barcelona, Mayo 1938










1565. Una muerte en España y un entierro en París

«Mereceríais pequeña Gerda Taro y Robert Capa, un recuerdo visible en cualquier campo de batalla de entonces o en el tronco de cualquier pino de la sierra, para que sintiéramos ondear, aunque invisible, aquella pobre bandera tricolor que combatía por la paz mientras era atacada por los de la guerra». (Rafael Alberti, La arboleda perdida)


María Torres / 1 Agosto 2015

Gerda Taro se implicó hasta pringarse y el resultado fue la muerte. Varios mandos republicanos, entre ellos el general Walter, le habían recomendado abandonar Brunete pues el peligro de bombardeo de la artillería y la aviación era inminente. Pero ella siguió fotografiando. No escuchó. Quería obtener las mejores instantáneas de ese terrible momento histórico. Arriesgando, siempre al límite.

Consiguió salir de Brunete, y en la retirada, alcanzó a subirse junto a su amigo Ted Allan, comisario político de la unidad médica de Dr. Bethune, en el estribo del automóvil negro del general Walters que se encontraba lleno de heridos en su interior.  Fue arrollada accidentalmente por un tanque republicano fuera de control que impactó con el vehículo e hizo caer a Gerda, aplastando con sus cadenas el cuerpo de la pequeña rubia por debajo de la cintura. Cuentan que la vieron agarrar sus tripas con sus manos para devolverlas a su vientre.

Era el 25 de julio de 1937. Poco se podía hacer por ella, pero aún así se intentó. Trasladada al hospital de campaña de la 35ª División en el Escorial, le transfunden sangre, le administran morfina y es intervenida sin éxito. Dicen que pidió un cigarrillo y preguntó por el paradero de sus cámaras. Cuentan también que uno de los médicos comentó que era muy guapa, que parecía una artística de cine y que no tenía miedo. Desde el hospital, Gerda escribió un telegrama para Capa que no se sabe si llegó a su destinatario.

Tras una agonía de varias horas, la fotógrafa que mejor cubrió la guerra española y la primera en caer en acto de servicio, falleció a las cinco de la madrugada del día 26 de julio de 1937.

En una entrevista realizada pocos días antes de morir declaraba: «Cuando piensas en toda esa gente que conocimos y ha muerto en esta ofensiva tienes el sentimiento de que estar vivo es algo desleal».

Rafael Alberti y María Teresa León se trasladaron al hospital, encargaron un ataúd a un carpintero y se llevaron su cadáver a la Alianza de Intelectuales Antifascistas,  donde fue velado y recibió el homenaje de escritores, artistas y militares.

El 28 de julio es llevada a Valencia, sede del gobierno republicano. Rubio Hidalgo, jefe de la oficina de prensa, ofreció el pésame oficial del gobierno. Allí también recibió un homenaje póstumo.

Un día después, Paul Nizan acompañó el féretro de Gerda Taro a París, la ciudad que la recibió a finales del verano de 1933, el año que el Partido Nacionalsocialista ganó las elecciones y Hitler fue proclamado canciller del Reich. Ella era judía, y decidió salir de Stuttgart, su ciudad natal, huyendo de la persecución nazi. Años después, toda su familia sería exterminada tras la invasión nazi de Serbia.

«Siento una especie de alegría y tristeza cuando piso territorio francés. Estoy salvada, pero digo adiós a toda mi vida anterior. No me siento especial. Vivo la misma peripecia de miles de personas obligadas a huir. Tengo suerte. Mis amigos de Stuttgart me ayudan con algo de dinero. Me han prometido envíos periódicos cuando me establezca en París. No sé a qué voy a dedicarme. Espero que me sirvan los idiomas. Me veo obligada a abandonar mi patria, pero me niego a que Hitler gobierne mi destino. Mi futuro».

Cuando cuatro años después regresó a Francia, ya sin vida, el Partido Comunista Francés la declaró mártir antifascista. Junto a la revista Ce Soir calificaron su vida de heroica y ejemplar y organización una impresionante capilla ardiente. Su cadáver fue expuesto en la Maison de la Cultura de París.

El PCF adquirió una tumba con una concesión de cien años en la división 27 del cementerio Pére Lachaise, cerca del muro conmemorativo en homenaje a los miembros de la Comuna de 1871, y donde se encuentra ahora rodeada de las tumbas de grandes filósofos, poetas y estrellas del rock. Se encargó el diseño de la lápida y de un monumento conmemorativo al escultor Alberto Giacometti.

El 1 de agosto, el mismo día que cumplía 27 años, su féretro, envuelto en una bandera roja, acompañado por una multitud llegó al cementerio de Père Lachaise bajo los acordes de la Marcha Fúnebre de Chopin. Recibió los honores que correspondían a una hija de París. Chicas de la Unión de Jeunes Filles de Francia escoltaron el ataúd junto a un gran número de intelectuales y personalidades como el escritor Louis Aragon, -a quien le correspondió dar la triste noticia a Capa que entonces se encontraba en París-, José Bergamín y  Pablo Neruda. Aragón y Neruda pronunciaron un elogio fúnebre.

Su funeral fue también una manifestación de solidaridad con la República española.

Durante un tiempo Gerda protagonizó portadas y noticias en toda la prensa europea y americana. Después su memoria desapareció junto a sus excelentes fotografías. Habría que esperar casi setenta años para recuperar ambas.










1556. Las últimas horas de Gerda Taro, la compañera de Capa, en Brunete

Jesús González de Miguel / 07 Mayo 2015 / Fronterad.com

Dos cámaras, el coche del general Walter y un tanque

Aníbal González, el conductor del tanque, no notó nada cuando las orugas de su máquina pasaron por encima de Gerda Taro. Ningún ruido, ningún movimiento. Lógico. Su tanque pesaba 9.500 kilos y llevaban replegándose toda la mañana por los campos entre Brunete y Villanueva de la Cañada, con la Legión Cóndor sobre sus cabezas arrojándoles todo el hierro que tenían y ametrallándoles en cada kilómetro de su retirada. Hacía un calor de los que te hacen renegar de cada paso. Estar dentro de un tanque con más de cuarenta grados a la sombra tiene que ser un infierno. Normalmente las tripulaciones solían ser mixtas: españoles conduciendo o cargando el cañón de 45 mm, brigadistas internacionales y el comandante y tirador, que podía ser soviético. En el Madrid de 1936, las tripulaciones eran soviéticas pero ahora, en julio de 1937, todo había cambiado, la llegada de nuevos tanques exigía más tripulaciones y ya no importaba tanto el origen de los mismos.

La carretera de Villanueva de la Cañada se hallaba anegada por la retirada de las tropas republicanas, los coches, los tanques, las ambulancias, los camiones, la artillería… Todo el mundo se quería poner a salvo ante el avance de las tropas de Franco, y Aníbal González no tenía tiempo que perder. Gerda y su compañero Ted Allen habían estado toda la mañana en primera fila, haciendo fotos y grabando con la cámara de cine Eyemo. Habían llegado hasta el cuartel del general polaco Walter, con quien le unía a Gerda una gran camaradería, por aquello de ser polacos los dos y haber coincidido también en la ofensiva de La Granja, meses antes, junto con Robert Capa. Pero la acometida de las tropas republicanas estaba dando un vuelco que olía a derrota.

El general Walter (Karol Wacław Świerczewski) les había rogado que abandonasen el lugar, que el frente se estaba viniendo abajo, y que no había tiempo que perder si no querían caer en manos de las tropas de Franco Y así lo hicieron. Todavía les dio tiempo de grabar un ataque aéreo, en el que Gerda, con un enorme derroche de valor, había abandonado la trinchera en la que se protegían de las bombas y con la cámara de cine había tomado unas buenas imágenes de la aviación enemiga sembrando destrucción en el campo de batalla. Tenían que retirarse hacia el Norte. Allí estaba Villanueva, el primer paso hacia la retaguardia.

El camino se iba saturando y ralentizando cada vez más, con toda suerte de soldados y máquinas, y parecía que lo que había empezado como una batalla triunfal y que iba a estrangular a las tropas nacionales en su asedio a Madrid, se estaba desintegrando de forma inexplicable. Habría que empezar de nuevo. Las esperanzas de una victoria definitiva, con un nuevo ejército, se habían convertido en polvo, como el que levantaba aquel ejército en retirada ante el pasmo de alguno de sus jefes y oficiales.

No había tiempo que perder, Gerda y Ted vieron un coche, un Chevrolet Matford negro, que inmediatamente identificaron como el del general Walter: “Nuestro puesto de mando sobre ruedas”, como lo llamaba su ayudante, Alex Szurek. Era un símbolo de seguridad, de escape de aquel pudridero, de aquella derrota insoportable en que se había convertido la ofensiva de Brunete. Aníbal González con su carro de combate formaba parte de un pelotón de cuatro T-26 y sabían que al Oeste se encontraba la carretera que enlazaba con Villanueva. Ya habían caído muchos compañeros y era necesario huir. La aviación republicana había perdido el dominio del cielo y la retirada se había convertido en la “caza del pato” para la aviación enemiga.

Aquellos mastodontes de metal se habían transformado en objetivos fáciles para los Heinkel 111 y los Junkers 52 y había que ponerse a cubierto. Gerda se acercó al coche y les preguntó si podían acercarles a Villanueva de la Cañada. El conductor del vehículo era de nuevo el checo Josef Edenhoffer, y la queja y el estrés se mezclaban en su cara. El coche iba repleto de heridos, con los asientos y el suelo tintados de sangre. No había sitio, pero los conocía de otras ocasiones y les ofreció los estribos del coche donde podrían ir colgados hasta Villanueva, que estaba a apenas unos kilómetros. Gerda asintió. Dejó su cámara de fotos Leica y la cámara de cine Eyemo en el asiento del copiloto. Se agarraron bien y comenzaron su particular repliegue entre el lamento de los heridos y el polvo, que con el calor, lo inundaba todo.

Aníbal y el pequeño grupo de tanques que le seguía continuaban abriéndose paso por un bosquecillo. El ruido del motor del carro blindado, el calor, las balas que percutían contra su estructura con un característico estruendo metálico, las explosiones en los alrededores, los gritos que se lanzaban los tripulantes… A veces simples gestos porque no conseguían hacerse entender, en parte por el ruido infernal, en parte por los diferentes idiomas de cada uno de los ocupantes. La temperatura había convertido los monos de tanquistas en una segunda piel de sudor y miedo. Con la garganta reseca y los labios blanquecinos, ya que no quedaba una gota de agua, la mente de Aníbal marchaba a cien por hora. Sólo prestaba atención a una voz interior que le decía: “¡Vamos, vamos, hay que salir de esta mierda, venga, venga…!”.

La carretera se iba convirtiendo en una riada de gritos, juramentos, cláxones y cacofonía de motores, agravado por el vuelo rasante, el zumbido aterrador de la aviación franquista. Gerda y Ted comenzaron a oír un ruido de motores a su derecha. Aníbal seguía acelerando, intentando ver algo en medio de los árboles. La carretera debía de andar cerca. Gerda y Ted giraron sus cabezas esperando ver de dónde procedía aquel rumor creciente. Aníbal descubrió un claro entre las ramas e irrumpió en la carretera: un mar de personas y vehículos. A Gerda apenas le dio tiempo a darse cuenta de que un tanque T-26 junto a otros más se le venía encima saliendo de la espesura de forma impetuosa. Josef intentó esquivarlos dando un volantazo y girando a la izquierda. Pero ya era demasiado tarde. Gerda cayó del coche y las orugas pasaron por encima provocándola heridas mortales. Las cadenas la reventaron. Ted se rompió una pierna. Unas fuentes dicen que el coche volcó y otras que consiguió mantenerse en la carretera… con las cámaras en el asiento del copiloto.

Otros testigos aseguran que Gerda había caído por un bache o una explosión anterior, justo detrás de una pequeña valla, y que el tanque, maniobrando hacia atrás o descontrolado, se llevó por delante a la gran promesa de la fotografía europea. La retirada continuaba, pero había que evacuar a Gerda Taro de allí. Unas horas más tarde, cuando pudieron detener sus máquinas blindadas, otro tanquista, de nombre Fernando Plaza, le dijo a Aníbal: “¡Te has cargado a la francesa!”.

Ni se había dado cuenta. Pero sí conocía a la francesa. Todos la conocían como la compañera de Capa. Gerda Taro no saldría viva de la batalla de Brunete. La trasladaron al hospital de El Escorial. Otras fuentes hablan del hospital inglés de El Goloso. En cualquier caso, el daño era espantoso. Una transfusión y morfina para acompañarla hasta su hora es lo único que pudieron hacer por ella. Su obsesión eran sus cámaras, saber dónde estaban. A su compañero Ted, que se había roto el fémur, le escayolaron la pierna. El médico y la enfermera Irene Goldin intentaron que sus últimas horas lo fueran sin dolor. Murió muy temprano, por la mañana. Era el 26 de julio de 1937 y la batalla de Brunete acabaría, en nada, pero con miles de muertos.

Robert Capa, mientras tanto, se encontraba en París, intentando conseguir contratos y permisos para trasladarse junto a Gerda al frente chino-japonés. Podía ser otra gran aventura. Pero descubrió en la consulta de un dentista, en la tercera página de un periódico, que su amada había perdido la vida en la batalla de Brunete. Desde entonces nada iba a ser lo mismo. Se iba a acercar cada vez más a la muerte. Y si te acercas demasiado es más fácil que te acabes encontrando con ella. Moriría en el conflicto indochino al pisar una mina en 1954. La guerra y la parca, inseparables compañeras, le estaban esperando diecisiete años después.


*


“Y ésta es la cámara de Capa”. Nos quedamos de piedra. Cuatro amigos llevábamos días visitando el campo de batalla del Ebro, como en una road movie envuelta en amistad e historia. y de pronto, en medio de una de las colecciones particulares más impresionantes de la Guerra Civil que hay en España, en Corbera de Ebro, Pere, su propietario, un payés, generoso y paciente, nos enseña en una rincón una cámara de cine que dice que perteneció al mítico fotógrafo húngaro. “En España, en aquellos años, debía ser la única”, añade con satisfacción. La cámara es una Eyemo, la utilizada por los reporteros gráficos de la época, pequeña, fiable, una joya de su tiempo. A su lado hay una pequeña lata de película. ¿Vacía?

A Capa se le ve con la máquina en algunas de las fotos que su novia, Gera Taro, tomó en España. El asunto nos dejó con la boca abierta. Pero la cámara tiene una historia con más trasfondo. Era la que Gerda llevaba cuando un tanque soviético la aplastó en la batalla de Brunete. La misma que había dejado en el asiento del copiloto del coche del general Walter junto con una Leica que había pertenecido a Capa y que éste le había regalado como prueba de su amor. Todo lo que sabía Taro del arte de la fotografía se lo había enseñado Capa. Lo de que sin valor no hay foto que valga, también. Capa se había convertido en un fotógrafo famoso en la guerra de España, y Gerda iba también camino de convertirse en una leyenda. Allí, en medio de una colección privada, sin apoyo de nadie, Pere atesoraba una de las joyas de la historia de la fotografía, una de las cámaras que, de algún modo, formaban parte de la mitología de la Guerra Civil española, de la muerte de quien se había empeñado en retratar el conflicto de la manera más vívida posible y que había encontrado la muerte en el empeño: Gerda Taro.

Seguimos recorriendo el campo de batalla durante algunos días más, interpretando sus paisajes y situando protagonistas y unidades en cada escenario, estremeciéndonos con cada historia. Pero a veces los grandes y terribles momentos no quieren ser olvidados, vuelven.

En el año 2005 participé en una exposición y en el catálogo Brigadistas. El archivo fotográfico del general Walter. Eran 333 fotos donadas a la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales por la hija del militar polaco, Antonina Swierczevskaja, y tomadas por el general y puede que por otro ayudante durante su paso por la Guerra Civil. En aquella exposición había cuatro instantáneas en las que aparecía el coche de Walter. Desde diciembre de 1936, al mando de la XIV Brigada Internacional, y hasta su relevo del mando de la 35ª División, el 6 de junio de 1938, el general participó en algunos de los episodios más notorios de la contienda: Lopera, Jarama, Brunete, Belchite, Teruel, retirada de Aragón… Y en todos los frentes, según recordaba su ayudante Alex Szurek, el coche, su puesto de mando, estaba peligrosamente en primera línea. “Tengo miedo de estar lejos de mis hombres”, decía, ante el pasmo de su conductor. No era un general de la Gran Guerra, de aquellos que permanecían a buen recaudo en retaguardia. El coche era su segunda casa. Dormía poco, y se recuperaba con pequeñas cabezadas entre viaje y viaje. Su único alimento parecía ser té con galletas.

En aquella jornada del 25 de julio de 1937 el Chevrolet Matford negro se encontraba evacuando heridos. Estaban desbordados. En la exposición había tres fotos donde aparecía el coche en cuyo estribo viajaba Gerda Taro y en el que encontró la muerte. En dos aparece el conductor con Walter. Una parece haber sido hecha en Brihuega y la otra en Aragón en 1938. La tercera corresponde a Brunete. En ésta, con Walter en el centro, el Estado Mayor parece cansado. Sentados en el suelo, con la espalda apoyada contra una pared, aguantando el intenso calor del mes de julio y resguardados detrás del coche. Sobre el estribo del que Gerda Taro sería brutalmente desalojada por un tanque republicano hay un termo.

En las fotos de La Maleta Mexicana aparecen los últimos instantes fotografiados por Gerda en la batalla de Brunete. Al parecer están todos menos los que quedaban en la Leica que le había regalado Capa, que nunca apareció. En sus últimos momentos de lucidez, antes de perder el conocimiento a causa de la morfina, Gerda no dejaba de preguntar una y otra vez si alguien se había hecho cargo de sus cámaras. Según Albert Geist, las fotos que emergen de esos negativos rescatados permiten ver lo último que vio Gerda a través de la lente, es como ver con los ojos de un fantasma: prisioneros, tropas huyendo, un camión explotando, el general Walter en actitud relajada, El Campesino, la torre de la iglesia de Belchite a lo lejos, bajo las bombas…

Walter volvió a la URSS después de la retirada de Aragón en 1938, y la influencia de Aleksandr Orlov (miembro de la policía política soviética, responsable del traslado del oro de la República a Moscú) evitó que fuese depurado en las purgas que se desataron. Salvó el pellejo de milagro, ya que la NKVD había reclamado en dos ocasiones su retorno. Pero la muerte violenta le persiguió hasta el final. Tras haber sobrevivido a la Guerra Civil española y a la Segunda Guerra Mundial como jefe del Ejército polaco, el 28 de marzo de 1947, ya como ministro de Defensa de la nueva Polonia, una emboscada de nacionalistas ucranianos acabó con su vida entre Jablonski y Baligrod.

En el año 2008 fue desvelada la identidad del miliciano golpeado por la muerte en la foto más famosa de toda la contienda española, la que tomó Robert Capa. Se trataba de Federico Borrel García. Un mito en blanco y negro. Al año siguiente, el periodista de El País Jacinto Antón entrevistaba a los descendientes del tanquista albaceteño que accidentalmente acabó con la vida de otro mito, Gerda Taro. Dos personajes salían de las sombras, volvían del pasado y tomaban forma, como fotos recién reveladas en el laboratorio.

Al terminar la guerra, Aníbal González fue uno de los últimos en atravesar la frontera francesa a bordo de su tanque. Volvió a España y le internaron primero en un campo de concentración en Lérida y luego en un campo de trabajo de Agramunt. Le esperaba, como a muchos españoles, la amarga y larga derrota, y una posguerra gris y vengativa. Durante años se ocupó de proyectar las películas en el pueblo. Cabe pensar que en aquellas largas tardes de domingo, con Carmen Sevilla, el NO-DO y Raza en la pantalla, de vez en cuando le vendría a la cabeza aquella triste frase: “¡Te has cargado a la francesa!”.


Jesús González de Miguel es historiador. Autor del libro La batalla del Jarama. Febrero de 1937. Testimonios desde un frente de la Guerra Civil (La Esfera de los Libros, 2004), ha escrito numerosos artículos para las revistas Historia 16, La Aventura de la Historia, Serga o Desperta Ferro. También ha participado en la realización de diferentes documentales para la BBC y el Canal de la Historia, y colaborado en las exposiciones Brigadistas. El archivo fotográfico del general Walter Voluntarios de la Libertad. Las Brigadas Internacionales. Es uno de los fundadores y responsables del Museo de la batalla del Jarama ubicado en Morata de Tajuña (Madrid).









1031. A Gerda Taro, muerta en el frente de Brunete



Si es verdad que caíste, camarada,
también es cierto que viviendo sigues
eterna juventud entre nosotros.

Lo mismo que la rosa
vista por la mañana en mayo un día,
si luego la encontramos
muy lejos del rosal, pisoteada,
perdura en el recuerdo lozanísima,
así para nosotros, Gerda, eres.

A pesar de tu muerte y tus despojos,
el oro viejo que tu pelo era,
la fresca flor de tu sonrisa al viento
y tu gracia al saltar
burlándote a las balas,
para grabar escenas de la lucha,
nos dan aliento, Gerda, todavía.

En nuestra casa vives, no lo dudes;
por todos los rincones siempre habitas;
las paredes reflejan tu figura,
y este dolor tan hondo que sentimos
lo preside a diario tu presencia.

La guerra sigue igual, como la viste.
Y en medio de esta muerte, esta ruina,
más agudo que silban los obuses,
más fuerte que la bomba en su estallido,
te decimos con fe nuestra esperanza:
que puede más la flor con su hermosura.


Luis Pérez Infante
El Mono Azul, nº 28, el 12 de agosto de 1937










697. Gerda Taro, in memoriam

Gerda Taro
1 de agosto de 1910 – 26 de julio de 1937


"Gerda Taro llevaba colgados de su hombro los aparatos fotográficos. Ella y Capa, también fotógrafo entusiasta, fueron los huéspedes más queridos de la Alianza de Intelectuales, y eso que hubo tantos. Con toda naturalidad, después del inesperado recibimiento de León Felipe, se instalaron junto a nosotros.

Iban constantemente al frente y regresaban cansados y felices. (…) Gerda y Capa eran dos seres alegres y jóvenes capaces de reírse cuando el plato estaba vacío, cuando el fotógrafo americano Harry decía que fumaba “yerbos”, cuando Santiago Ontañón decía que las lentejas tenían gusanos que nos miraban, o Darío Cramona hablaba de sus sueños interminables y hambrientos, o Langston Hughes hablaba con diminutivos aprendidos en México. Entre nosotros Gerda Taro se convirtió en la indispensable. A ninguno se le ocurría temer por esta muchacha decidida que con su máquina fotográfica en bandolera se iba al frente como cualquier soldado, y, sin embargo, un día alguien que llamó precipitadamente a nuestra puerta gritó: María Teresa en el Frente del Escorial han herido a Gerda Taro.

La batalla de Brunete ha sido muchas veces contada. Fue la que libró a Madrid del cerco completo, dejando libre una carretera que nos unió hasta última hora con Levante. Sabíamos que había sido dura y violenta. A pesar de las dificultades de la Unión Soviética por aprovisionarnos de armas y de los barcos hundidos, comenzábamos a tener armamento. Cuando llegaron los primeros tanques con instructores soviéticos me invitaron a ira a la base, situada ya no recuerdo dónde. Nuestros soldados acariciaban el acero como si fuese la piel de un caballo. Me invitaron a dar un paseo, y como la negra honrilla manda siempre, dije que sí y me pusieron un casco en la cabeza y me izaron en el tanque.
(...)

Esa fue mi primera experiencia; la segunda llamaba a mi puerta para decirme: En la retirada de Brunete, Gerda Taro iba subida en el estribo de un camión, la rozó un tanque y la han llevado al Escorial, herida. Cuando llegamos al Escorial ya había muerto. Nos dijeron: Era una valiente. Como no había anestesia para operarla nos pidió un cigarrillo. Fumando rabiosamente la operaron, pero no había remedio. Abrieron una puerta y la vimos tumbada en un cuarto vacío, cubierta por una sábana. Qué pequeñita se había quedado. Durante las guerras faltan siempre cajas para enterrar a los valientes. No encontramos ninguna. Por fin nos buscaron un camión y allí, entre cajones, tendieron a Gerda Taro. La guerra, amiga, no tiene miramientos, balbuceamos, y cuando echó a andar el camión nosotros lo seguimos y atravesamos campos ardiendo y casi no nos dimos cuenta que los aviones franquistas nos estaban bombardeando.

Depositamos a Gerda en el jardín de invierno de la Alianza de Intelectuales. Velamos a la pequeña heroína francesa como a un soldado. Los milicianos le dieron guardia de honor y fueron desfilando comisiones obreras, jefes militares, amigos, vecinas que iban enterándose… y hacían un gran esfuerzo para no santiguarse. Yo dije a la mujer de nuestro portero: Santíguate, mujer, quién sabe si le hubiese gustado a Gerda verte. Al día siguiente se llevaron el pobre cuerpecito de Gerda Taro a París donde fue recibido como el de un soldado que regresa con su deber cumplido.”


María Teresa León, Memoria de la Melancolía










51. La maleta mexicana




Hay descubrimientos capaces de inspirar cuestiones esenciales. ¿A quién pertenecen los recuerdos, las imágenes, las huellas del tiempo? ¿Cómo leemos el pasado? ¿Cómo nos acercamos a la historia?



A finales de diciembre de 2007, al término de un largo y misterioso viaje, llegaron al International Center of Photography de Nueva York (ICP) tres cajitas de cartón. Estas maltrechas cajas, que se conocen como “la maleta mexicana”, contenían los míticos negativos de Robert Capa sobre la Guerra Civil española.

Hacía años que corrían rumores sobre la supervivencia de estos negativos, desaparecidos del estudio de Capa en París al principio de la Segunda Guerra Mundial, pero de nada habían servido los esfuerzos de su hermano Cornell, fundador del ICP, por rastrear las distintas versiones, ni su ahínco en buscar los negativos. Tuvo que esperar hasta sus 89 años para ver el contenido de las cajas: 126 rollos de película, no sólo de Robert Capa, sino de Gerda Taro y David Seymour (llamado “Chim”), tres de los principales fotógrafos de la Guerra Civil española. El conjunto de estos rollos forma un documento de valor incalculable sobre la evolución de la fotografía y el fotoperiodismo bélico, pero también sobre el gran pulso político por marcar el rumbo de la historia española y frenar la expansión del fascismo en el mundo.

Los rollos de la “maleta mexicana” se dividen aproximadamente en tercios, entre Chim, Capa y Taro. Casi todas las tomas son de la Guerra Civil española, y fueron hechas entre mayo de 1936 y la primavera de 1939. Hay dos excepciones: dos rollos de Fred Stein expuestos en París a finales de 1935, con la famosa imagen de Gerda Taro escribiendo a máquina y la de Taro y Capa en un café, y otros dos rollos del viaje a Bélgica de Capa, en mayo de 1939. La presencia de estos cuatro rollos junto a las películas de España es de difícil explicación.

No contiene la “maleta” una colección íntegra de los reportajes sobre la Guerra Civil de Capa, Taro o Chim, pero sí muchos de los más importantes. De Capa hay imágenes de edificios destruidos en Madrid, de la batalla de Teruel, de la batalla del Segre y de la movilización para la defensa de Barcelona en enero de 1939, sin olvidar las del multitudinario éxodo de Tarragona a Barcelona y la frontera francesa. Hay varios rollos de sus reportajes sobre los campos de refugiados españoles en Argelès-sur-Mer y Barcarès, hechos en marzo de 1939.

También la célebre imagen de Chim de una mujer amamantando a un bebé durante una reunión sobre la reforma agraria, tomada en Extremadura en mayo de 1936, así como sus retratos de Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Aparecen también muchas imágenes de sus reportajes sobre el País Vasco y la batalla de Oviedo.

De Taro dinámicas imágenes de la instrucción del nuevo Ejército Popular en Valencia, del puerto de Navacerrada, en el frente de Segovia, y las últimas fotos que hizo al cubrir la batalla de Brunete, donde murió el 25 de julio de 1937.

Los tres fotógrafos, inmigrantes judíos de Hungría, Alemania y Polonia, se instalaron en el París culturalmente abierto de principios de los años treinta. Amigos y colegas, hicieron varios viajes juntos por España. Publicaron en las principales revistas europeas y americanas que informaban sobre la guerra, con aportaciones frecuentes a RegardsCe Soir y Vu, y más tarde a Life. La suma de sus reportajes compone uno de los documentos visuales más importantes de la guerra. Hasta 1995, estos negativos se consideraban prácticamente perdidos.

Aún no se sabe exactamente cómo llegaron a Ciudad de México. En octubre de 1939, cuando el ejército alemán se acercaba a París, Robert Capa zarpó para Nueva York para no ser capturado por los alemanes, y hecho prisionero. Por lo que sabemos, dejó todos sus negativos en su estudio parisino del número 37 de la rue Froidevaux, al cuidado de su técnico de laboratorio (y también fotógrafo) Imre “Csiki” Weiss (1911–2006). En una carta fechada el 5 de julio de 1975, Weiss recordaba lo siguiente: “En 1939, cuando los alemanes se acercaban a París, metí todos los negativos de Bob en una mochila y me la llevé en bicicleta a Burdeos, para intentar embarcarla a México. Por la calle me encontré con un chileno, y le pedí que llevara mis paquetes de película a su consulado, para que no les pasara nada. Accedió.” Csiki, otro emigrante húngaro judío, no logró salir del territorio controlado por los franceses. Estuvo en un campo de reclusión de Marruecos hasta 1941, cuando quedó en libertad gracias a la ayuda de los hermanos Capa. A México llegó el mismo año.

La carta de Csiki de 1975 podría ser el documento más antiguo del que se tiene noticia sobre la historia de los negativos desaparecidos. Ni John Morris, editor fotográfico que conoció a Capa en Nueva York en 1939 y fue amigo íntimo y colega suyo hasta su muerte, ni Inge Bondi, que ingresó en la agencia neoyorquina de Magnum en 1950 y trabajó veinte años para ella, recuerdan que Capa mencionase los negativos desaparecidos, o se mostrase apenado por la desaparición de muchas de sus imágenes más célebres de la Guerra Civil española.

En 1979, con motivo de la inclusión de la obra de Capa en la Biennale de Venecia, Cornell hizo público un llamamiento a la comunidad fotográfica para recibir cualquier información sobre los negativos perdidos de su hermano, después de que apareciese un texto de John Steinbeck sobre la obra de Capa en la revista francesa Photo“En 1940 –escribía Cornell Capa-, ante el avance del ejército alemán, mi hermano le dio a un amigo suyo una maleta llena de documentos y negativos. De camino a Marsella, el amigo confió la maleta a un veterano de la Guerra Civil española, para que la escondiese en el sótano de un consulado latinoamericano. Aquí termina la historia. Todos los intentos de encontrar la maleta han sido en vano. Naturalmente, puede producirse un milagro. Si alguien tiene información sobre la maleta, que se ponga en contacto conmigo, y tendrá de antemano mi infinita gratitud.”  

Por desgracia no salió nada nuevo a relucir. Se habló de un viaje a Chile para localizar el “consulado latinoamericano”. Hasta se realizó una excavación en Francia, donde alguien dijo que habían sido enterrados los negativos, pero no se encontró nada.

Actualmente sabemos que en algún momento la maleta llegó a manos del general Francisco Aguilar González, el embajador mexicano ante el gobierno de Vichy en 1941–1942. Ignoramos cuándo, y en qué circunstancias. Es muy probable que en el entorno de clandestinidad y nerviosismo de los miles de refugiados judíos y extranjeros que buscaban visados para salir de Francia por el sur, Csiki se diera cuenta de lo peligroso de su situación, y le diera los negativos a alguien que pudiera ponerlos a salvo o esconderlos sin demora. Aún no está claro que Aguilar fuera receptor consciente de los negativos, o tuviera alguna idea de su importancia (suponiendo que fuera consciente de tenerlos). Tan posible es que sobrevivieran porque se conocía su valor, como que lo hicieran por desconocimiento, pasando discretamente desapercibidos. Más tarde, Aguilar regresó a Ciudad de México, y cabe suponer que se llevó los negativos en su equipaje. Murió en 1971. El paradero de los negativos no llegó a saberse en vida de Capa.

Desde entonces ha habido tres noticias sobre hallazgos importantes de obras de Capa/Taro/Chim en lugares inesperados. En 1970, el investigador español Carlos Serrano, que trabajaba en los Archives Nationales de París, descubrió ocho cuadernos de contactos con negativos hechos en España por Capa, Taro y Chim. Estos cuadernos (de formato reducido, unos 20 x 25 cm) contienen unas 2500 imágenes pequeñas de 1936-1939 pegadas a las páginas, básicamente a modo de hojas de contactos. Fueron confeccionados para mostrar todo el espectro de los reportajes a posibles editores, y poder llevar la cuenta de qué imágenes usaban las revistas. Algunas imágenes llevan números consecutivos. También las hay con datos de publicación y otras anotaciones. Algunas identifican al fotógrafo, pero no todas. En conjunto, estos cuadernos son los testimonios más personales y completos de la obra de los tres fotógrafos. Las pertenencias de Capa incluían un cuaderno similar, con imágenes de agosto de 1936 hechas por él y Taro. Actualmente forma parte de la colección del International Center of Photography. Los otros ocho cuadernos siguen en los Archives Nationales de París.

La historia de los cuadernos también tiene su interés. Según los números de registro, forman parte de una colección del Ministerio de Interior y Seguridad de Estado francés que ingresó en el archivo en 1952 sin ninguna indicación sobre la fecha o causa de la obtención del material. Algunos números de registro de los cuadernos corresponden a los papeles personales de Gustav Rengler, detenido por la policía francesa en septiembre de 1939, y otros a una carpeta de la Agence Espagne, la agencia comunista que distribuía noticias y fotos de la Guerra Civil española en Francia, y que tal vez fuera asaltada por las mismas fechas. Richard Whelan, el biógrafo de Capa, ha apuntado la posibilidad de que la agencia tomase prestados los cuadernos (dada su condición de instrumento para vender fotos), y no los devolviese.

En 1978 apareció en París más material de Capa. Bernard Matussière, que vive en el antiguo estudio del fotógrafo (el número 37 de la rue Froidevaux), descubrió en el desván 97 negativos, 27 copias de época y un cuaderno de contactos de China. Matussière heredó el apartamento del fotógrafo Émile Muller, para quien trabajó como ayudante durante dieciocho años. Muller no sólo conocía a Capa, sino que quedó a cargo del contenido del apartamento de este último a su marcha de París con Weiss, en 1939. Las fotos encontradas en el desván, donde imperaba un gran desorden, correspondían a los reportajes de Capa sobre el Front Populaire en París, la Guerra Civil española y la guerra entre China y Japón. Matussiere hizo público el descubrimiento en junio de 1983, en un artículo de Photo. Tras su publicación, entregó los negativos a Cornell Capa, y tanto ellos como los cuadernos han pasado a formar parte de la colección del ICP.

En 1979 aparecieron unas 97 fotos de la Guerra Civil española en el Ministerio de Asuntos Exteriores sueco. Esta colección de copias formaba parte de una caja de documentos y cartas propiedad de Juan Negrín, primer ministro de la Segunda República española, que vivió exiliado en Francia desde el final de la guerra hasta su muerte, en 1956. Según Lennart Petri, embajador sueco en España, los documentos fueron depositados en la legación sueca de Vichy, dentro de una pequeña maleta (en circunstancias que ignoramos). A finales de la Segunda Guerra Mundial esta maleta fue enviada al archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores sueco. La mayoría de los documentos y cartas datan de los últimos meses de la guerra, sobre todo de enero de 1939, y estaban ordenados en tres partes: documentos del Ministerio de Defensa Nacional, documentos de otros ministerios y correspondencia general, en orden alfabético. No se sabe muy bien por qué obraban las copias en manos de Negrín; una hipótesis es que se las diera el propio Capa en 1938 o 1939, posiblemente para su distribución, o con vistas a que fueran publicadas o expuestas en algún momento.

Estas imágenes, de entre agosto de 1936 y enero de 1938, son de Capa, Taro, Chim y una incorporación inesperada al grupo: Fred Stein. Abarcan toda la guerra: los reportajes de Capa sobre el bombardeo de Madrid de finales de 1936 y la batalla de Teruel del invierno de 1937, los de Taro sobre Segovia y Madrid de 1937 y las fotos del País Vasco de Chim. (El grupo incluye una de las dos copias de época conocidas de Muerte de un miliciano.) Actualmente, los documentos están en el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca.

Los negativos contenidos en la “maleta mexicana” fueron descubiertos entre los efectos del general Aguilar por el director de cine mexicano Benjamin Tarver, quien los heredó a la muerte de su tía, amiga del general. En febrero de 1995, tras ver una exposición de fotos de la Guerra Civil del fotoperiodista holandés Carel Blazer en Ciudad de México, Tarver se puso en contacto con Jerald R. Green, profesor de Queens College, para pedirle consejo sobre cómo catalogar el material y hacerlo accesible al público. “Naturalmente, la prudencia parece aconsejar que el material se convierta en un archivo accesible a estudiosos e investigadores de la Guerra Civil española”, escribió Tarver. Green, amigo de Cornell Capa, se puso en contacto con él y le informó del contenido de la carta.

Desde entonces, Cornell Capa multiplicó sus esfuerzos por establecer contacto con Tarver y hacerse con el material. Lo extraño del caso es que Tarver le eludía, y no mostraba el menor interés. En otoño de 2003, mientras se preparaban las exposiciones del ICP sobre Capa y Taro de 2007, el difunto Richard Whelan, biógrafo de Capa, y Brian Wallis, conservador jefe del ICP, protagonizaron otro esfuerzo por devolver los negativos a Cornell Capa. A principios de 2007 Wallis se benefició de la ayuda de la comisaria independiente, y directora de cine, Trisha Ziff, que vivía en Ciudad de México. El primer encuentro entre Ziff y Tarver se produjo en mayo de 2007. Hicieron falta varios meses para convencer a Tarver de que los negativos tenían que estar en el ICP, junto al resto del archivo de Capa y Taro, y a una nutrida colección de Chim. No hubo ningún tipo de pago. El 19 de diciembre, Ziff llegó al ICP con la “maleta mexicana”. Los negativos perdidos volvían finalmente a casa.


El Museu Nacional d'Art de Catalunya, en coproducción con el International Center of Photography de Nueva York (ICP), presenta por primera vez en España las fotografías tomadas por Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour Chim en la Guerra Civil española cuyo rastro se había perdido desde 1939.
http://museum.icp.org/mexican_suitcase/castella/historia.html
Este video muestra algunas de las mejores imágenes de la exposición “La Maleta Mexicana” que acoge actualmente el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). La muestra exhibe más de 4 mil negativos y documentos.