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2330. El Primero de Mayo de 1931 en Vigo

«¡Un día de rebelión, no se descanso! (...) Un día en que con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de todo tipo. Un día en que comenzar a disfrutar ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que nos dé la gana». (Octavilla repartida por los trabajadores de EEUU en 1985)


María Torres / Faro de Vigo / 29 Abril 2017

El primer día del mes mayo de 1931 no fue un día cualquiera. Tras siete años de prohibición por la dictadura del general primo de Rivera se celebraba en España el Día del Trabajo. El Gobierno provisional de la recién estrenada República había aprobado por decreto de 22 de abril declarar el primero de mayo fiesta oficial.

Aquel Primero de Mayo de 1931 ha quedado grabado en la memoria del movimiento obrero español. Era viernes y el paro en la ciudad de Vigo fue total. Todas las sociedades de recreo cerraron sus puertas. No circularon tranvías, ni taxis, ni el ferrocarril de la Ramallosa, ni ningún vehículo público o privado, salvo los servicios médicos. No se publicaron los diarios y se cerraron todos los mercados, tablajerías, comercios, bares, cafés, cines, teatros, salas de espectáculos, oficinas, talleres y fábricas. Tan sólo las farmacias de guardia, estancos y administraciones de lotería permanecieron abiertos.

Un decreto del Ministerio de Hacienda señalaba la apertura de estancos y administraciones de Loterías. Los estancos debían abrir si les correspondía el turno dominical. Los establecimientos de venta de lotería tenían prohibido el cierre ya que según la normativa vigente debían permanecer abiertos la víspera de los sorteos. El Gobierno contempló que si cerraban se produciría una baja considerable en la recaudación.

La Federación Gremial de Patronos de Vigo pidió a sus afiliados que no abrieran sus establecimientos. Lo mismo hizo la Cámara de Comercio a través de su presidente Eugenio Fadrique.

El presidente de La Asociación Gremial de Fabricantes de pan, Antonio Valcarce, informó que el día 1 de mayo no se repartiría pan a domicilio ni estarían abiertos los despachos. Para proveer a los vigueses de pan, la apertura de los mismos se prolongaría hasta la medianoche del 30 de abril. La Sociedad de Obreros y Panaderos advirtió a sus trabajadores que «el pan que fuera repartido el primero de mayo sería vulnerando las reglas establecidas por patronos y obreros».

La Asociación de Detallistas de Ultramarinos Unión Comercial cuyo presidente era Vicente Florez, apoyó también el cierre.

La Sociedad de Conductores de Vehículos de Vigo, «consecuente con sus ideales democráticos y deseando fraternizar en la gran fiesta que se avecina el primero de Mayo con todos los demás trabajadores de la ciudad», acordó por unanimidad en asamblea declarar ese día el paro absoluto de todos sus afiliados, rogando «que en honor a la santidad del día se abstengan de sacar sus coches a la calle, ni aún conducidos por ellos mismos». Secundó el paro la Asociación Provincial de Conductores y Autos de Alquiler, cuyo presidente, Ernesto Álvarez solicitó a todos sus afiliados «se abstuvieran de salir con los coches a la calle, recomendándoles la asistencia a la manifestación organizada por los comités de la UGT».

El 1 de mayo de 1931 Vigo era una fiesta. El sentir general de los vigueses era esperanzador ante el cambio y la alegría desbordaba las calles. La bandera republicana engalanaba edificios oficiales y particulares.

Las mujeres de las Juventudes Socialistas salieron a la calle portando un cesto repleto de flores rojas. Habían organizado la Fiesta de la Flor Roja en memoria de los mártires de Chicago, ya que tras sus funerales las casas obreras de esta ciudad exhibieron una flor de seda roja clavada a su puerta en señal de duelo.

La cita, para los que quisieran acompañar la bandera de la sociedad obrera hasta la salida de la manifestación, se había fijado a las nueve y media de la mañana en la Casa del Pueblo situada en la avenida de García Barbón, un edificio diseñado por Gómez Román en 1910 e inaugurado un año más tarde para el sindicato de la UGT,  que fue demolido en 1952 para construir la nueva sede de la Delegación provincial de Sindicatos del régimen franquista.

Las sociedades obreras, agrupaciones socialistas y republicanas, sociedades de agricultores y simpatizantes fueron convocados a formar en la manifestación del Día del Trabajo de nueve a diez de la mañana en Las Traviesas, debiendo colocarse en la Gran Vía por el orden que marcasen las Comisiones organizadoras formadas por Juventudes Socialistas y republicanas, ataviadas con un brazalete rojo.

Desde las ocho de la mañana comenzaron a afluir a Las Traviesas vigueses de todas las clases sociales. Muchos de ellos miembros de los distintos sindicatos de la Casa del Pueblo, portando banderas y estandartes. También acudieron las Sociedades de Agricultores de Vigo y Lavadores. A las diez y media, la llegada de la corporación municipal fue recibida con grandes aplausos. Media hora después quedó formada la manifestación que discurrió en perfecto orden. Presidiendo en primera fila, los alcaldes de Vigo y Lavadores, Enrique Blein y José Antela, acompañados de los concejales. Tras ellos un grupo de jóvenes socialistas llevaban a hombros a tres niñas vestidas con los colores de la bandera republicana. Les seguían Heraclio Botana y Emilio Martínez Garrido, junto a los presidentes de los sindicatos obreros de Vigo y Lavadores. Detrás  las sociedades de la Federación de Trabajadores de Vigo y Federación Agraria de Vigo y Lavadores, las Agrupaciones Socialistas de Vigo, Lavadores y Teis, miembros del Partido Republicano Vigués, la Juventud Republicana, la Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA), el Coro Mixto de las Juventudes Socialistas, funcionarios, maestros nacionales... Al frente gaitas, grupos de músicos y la Banda Municipal.

Cuando la manifestación comenzó a avanzar se escuchó una impresionante salva de bombas. Los manifestantes y las grandes pancartas repletas de peticiones obreras que portaban, cubrieron el trayecto hasta la Casa del Pueblo a través de las calles López Mora, Pi y Margall, Paseo de Ramón Franco, Elduayen, Puerta del Sol, Policarpo Sanz y avenida García Barbón. A lo largo del recorrido iban incorporándose más ciudadanos. La prensa de la época llegó a calcular la participación en treinta mil personas.  Al llegar a la Puerta del Sol, se cantó la Internacional, y se escuchó la Marsellesa y el Himno de Riego. Desde los balcones, el público observaba y aplaudía a los manifestantes.

En la Casa del Pueblo, Heraclio Botana, presidente de la Agrupación Socialista, situado ya en una de las ventanas del edificio, reclamó silencio a la multitud que no paraba de lanzar vivas a la República y al Partido Socialista. Pronunció un breve discurso en el que resaltó el significado de aquella grandiosa manifestación en el momento histórico en que había que construir y no destruir, solicitando a los manifestantes se disolvieran con orden. Una estruendosa ovación cerró el discurso del líder socialista. A continuación tomó la palabra el concejal Sr. Andrade, portador del estandarte de la ciudad que por primera vez entraba en la Casa del Pueblo. Gritó vivas a la República, a la Casa del Pueblo y a la Agrupación Socialista, que fueron respondidos acompañados de aplausos.

Una vez disuelta la manifestación, las Sociedades de Castrelos, Sárdoma y Freixeiro se trasladaron al cementerio de esta última parroquia para rendir homenaje a Saturnino Iglesias Figueroa, malogrado luchador agrario. El presidente de la Sociedad de Agricultores de Freixeiro, Sr. López Araujo, pidió un minuto de silencio «no sólo en memoria del gran luchador que aquí recordáis, sino en la de aquellos que en iguales condiciones yacen en este sagrado recinto y que han sido compañeros incansables y defensores de nuestra sincera y noble causa agraria». Y añadió: «recoger este ejemplo y continuar luchando sin cesar hasta conseguir para siempre la redención del campo gallego».

En Teis también se celebró la Fiesta del Trabajo organizada por el Sindicato de Agricultores con un mitin al aire libre en el que intervino el concejal José Martínez Covelo, quien saludó el nacimiento de la República y criticó duramente «a los miembros de la última dinastía y a cuantos a su sombra medraron a costa de las miserias del país». A continuación intervinieron el maestro de Vigo José López Varela y el abogado Manuel María González.


Homenaje de los tranviarios a Ricardo Mella

Los miembros del Sindicato de Tranviarios de Vigo tributaron un homenaje en el cementerio civil al hombre que además de su jefe fue su defensor, Ricardo Mella, fallecido en 1925. Antes de que formara la manifestación de Las Traviesas, numerosas personas se trasladaron a Pereiró y colocaron una corona de flores naturales sobre el mausoleo del anarquista gallego.

Invitado por el Sindicato, Ramón Fernández Mato glosó la vida de Ricardo Mella en un discurso emocionado. Comenzó diciendo que en aquel instante lucía el sol «porque en lo alto, como aquí abajo, peleaba la gran alegría de aquel día germinal de Mayo, con las lágrimas que aún brotan al recuerdo del gran sembrador que se llamó Ricardo Mella». Se refirió a la condición del cementerio civil afirmando que «el muro que separa los dos campos de la muerte no llega hasta las alturas en donde todos los hombres puros de corazón comparten de seguro un mismo cielo sin medianerías raquíticas». Recordó la gran obra de Mella y evocó la huella que depositó en el pensamiento del proletariado español y su encendido amor a los humildes «que al cabo de siete años cubiertos por la losa sepulcral e ignominiosa de la dictadura, se abre en cosecha de rosas en la gratitud del pueblo vigués». Añadió que «la corona que se traía a la tumba de Mella no era de flores agostadas por el sol insano de la tiranía, sino esponjadas por la savia virginal de la democracia triunfante» y terminó exclamando: «Ricardo Mella, titán del dolor y del entusiasmo, ya puedes descansar en paz porque los que te amamos ya somos libres».

Así transcurrió el Primero de Mayo de 1931 en Vigo. Siete años después, al finalizar la Guerra de España, Franco suprimió este día festivo y de reivindicación obrera y se inventó el Día de la Exaltación del Trabajo (18 de julio, que conmemoraba la fecha de su rebelión). Y cuando el papa Pío XII declaró en 1955 el Primero de Mayo como la festividad de San José Artesano, obligó al régimen franquista a buscarle un lugar en el calendario. La celebración se disfrazó de actuaciones folclóricas en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid.

Pero el 1 de mayo de 1931 brilló la aurora de Justicia por la que tanto se luchó y aún seguimos luchando. Ya lo dijo Ricardo Mella: «La lucha es dura y es larga. Luchemos». 











1739. La gran mentira

Es viejo cuento. Con el señuelo de la revolución, con el higuí de la libertad, se ha embobado siempre a las gentes. La enhiesta cucaña se ha hecho sólo para los hábiles trepadores. Abajo quedan boquiabiertos los papanatas que fiaron en cantos de sirena.

El hecho no es únicamente imputable a los encasillados aquí o allá. Las formas de engaño son tan varias como varios los programas y las promesas. Arriba, en medio y abajo se dan igualmente cucos que saben encaramarse sobre los lomos de la simplicidad popular.

La promesa democrática, la promesa social, todo sirve para mantener en pie la torre blindada de la explotación de las multitudes. Y sirve naturalmente para acaudillar masas, para gobernar rebaños y esquilmarlos libremente. Aun cuando se intenta redimirnos del espíritu gregario, aun cuando se procura que cada cual se haga su propia personalidad y se redima por sí mismo, nos estrellamos contra los hábitos adquiridos, contra los sedimentos poderosos de la educación y contra la ignorancia forzosa de los más. Los mismos propagandistas de la real independencia del individuo, si no son bastante fuertes para sacudir todo homenaje y toda sumisión, suelen verse alzados sobre las espaldas de los que no comprenden la vida sin cucañas y sin premios. Que quieran que no, han de trepar; y a poco que les ciegue la vanidad o la ambición, se verán como por ensalmo llevados a las más altas cumbres de la superioridad negada. Es fenómeno harto humano para que por nadie pueda ser puesto en duda.

La gran mentira alienta y sostiene este miserable estado de cosas. La gran mentira alienta y apuntala fuertemente este ruin e infame andamiaje social que constituye el gobierno y la explotación, el gobierno y la explotación organizados, y también aquella explotación y aquel gobierno que se ejercen en la vida ordinaria por todo género de entidades sociales, económicas y políticas.

Y la gran mentira es una promesa de libertad repetida en todos los tonos y cantada por todos los revolucionarios; libertad reglada, tasada, medida, ancha o estrechamente, según las anchas o estrechas miras de sus panegiristas. Es la mentira universal sostenida y fomentada por la fe de los ingenuos, por la creencia de los sencillos, por la bondad de los nobles y sinceros tanto como por la incredulidad y la cuquería de los que dirigen, de los que capitanean, de los que esquilman el rebaño humano.

En esa gran mentira entramos todos y sálvese el que pueda. Las cosas derivan siempre en el sentido de la corriente. Vamos todos por ella más o menos arrastrados, porque la mentira es cosa sustancial en nuestro propio organismo: la hemos mamado, la hemos engordado, la hemos acariciado desde la cuna y la acariciaremos hasta la tumba. Revolverse contra la herencia es posible, y más que posible, necesario e indispensable. Sacudirse la pesadumbre del andamiaje que nos estruja, no es fácil, pero tampoco imposible. La evolución, el progreso humano, se cumplen en virtud de estas rebeldías de la conciencia, del entendimiento y de la voluntad.

Mas es menester que no nos hagamos la ilusión de la rebeldía, que no disfracemos la mentira con otra mentira. Somos a millares los que nos imaginamos libres y no hacemos sino obedecer una buena consigna. Cuando el mandato no viene de fuera, viene de dentro. Un prejuicio, una fe, una preferencia nos somete al escritor estimado, al periódico querido, al libro que más nos agrada. Obedecemos sin que se quiera nuestra obediencia y, a poco andar, conseguiremos que nos mande quien ni soñado había en ello. ¡Qué no será cuando el propagandista, el escritor, el orador lleven allá dentro de su alma un poco de ambición y un poco de domadores de multitudes! La mentira, grande ya, se acrece y lo allana todo. No hay espacio libre para la verdad pura y simple, sencilla, diáfana de la propia independencia por la conciencia y por la ciencia propias.

Llamarnos demócratas, socialistas, anarquistas, lo que sea, y ser interiormente esclavos, es cosa corriente y moliente en que pocos ponen reparos. Para casi todo el mundo lo principal es una palabra vibrante, una idea bien perfilada, un programa bien adobado. Y la mentira sigue y sigue laborando sin tregua. El engaño es común, es hasta impersonal, como si fuera de él no pudiéramos coexistir.

Revolverse, pues, contra la gran mentira, sacudirse el enorme peso de la herencia de embustes que nos seducen con el señuelo de la revolución y de la libertad, valdrá tanto como autoemanciparse interiormente por el conocimiento y por la experiencia, comenzando a marchar sin andaderas. Cada uno ha de hacer su propia obra, ha de acometer su propia redención.

Utopía, se gritará. Bueno; lo que se quiera; pero a condición de reconocer entonces que la vida es imposible sin amos tangibles o intangibles, seres vivientes o entidades metafísicas; que la existencia no tendría realidad fuera de la gran mentira de todos los tiempos.

Contra los hábitos de la subordinación nada podrán en tal caso las más ardientes predicaciones. Triunfantes, habrán destruido las formas externas, no la esencia de la esclavitud. Y la historia se repetirá hasta la consumación de los siglos.

La utopía no quiere más rebaños. Frente a la servidumbre voluntaria no hay otro ariete que la extrema exaltación de la personalidad.

Seamos con todo y con todos respetuosos —el mutuo respeto es condición esencial de la libertad—, pero seamos nosotros mismos. Antes bien hay que ser realmente libres que proclamárselo. Soñamos en superarnos y aún no hemos sabido libertarnos. Es también una secuela de la gran mentira.


Ricardo Mella
Acción Libertaria núm. 25, Gijón
30 de junio de 1911

ricardomella.org







1442. Primero de Mayo




¿No te sientes, obrero, un poco poeta, un poco loco, un poco dichoso? Mira que estamos en el gran día de las flores, de la resurrección de la vida. Mira que estamos en plena renovación, en plena savia, en pleno amor. Todo canta la gloria de Mayo florido.

Tú puedes, como las jovencitas que van a cantar sus virginales anhelos al pie del altar, tú puedes rendir tu culto de entusiasmo, de vigor, de energía, al dios de las victorias. Has vencido, y los cánticos de triunfo no estarían mal en gargantas de energúmenos.

Es también tu día Primero de Mayo. Tienes tu fiesta y tu icono. Diviértete, pero ríe, ríe, bebe, baila, canta: marcha en correcta y nutrida formación hacia el mañana dichoso. Tus héroes delante; delante tus pendones; llega a las puertas de la sinagoga autoritaria, reza tu anual plegaria, y vuelve a cantar, a danzar, a beber, a reír, a perorar, a divertirte. Tienes tu fiesta y tu icono. Es también tu fiesta el Primero de Mayo.

¿Sabes cómo se llama tu ídolo? Santa Rutina Te Ilumine. ¿Sabes lo que festejas y por qué lo festejas? Que la divina imagen de la esclavitud haga en tu cerebro la claridad de todas las verdades. Marcha, marcha como rebaño, como recua, como piara, tras tus pendones y tus héroes. Al final de la jornada, con la voz ronca, los huesos magullados, turbia la mirada, vacilante el pensamiento por el cansancio, acaso encontrarás yerto el hogar, dormidos tus amores, muertas tus esperanzas, fallidas tus locuras. La mísera realidad de tus miserias acaso barra de tu mente las oleadas de demencia y de poesía del florido Mayo. Has cumplido con tu deber de buen ciudadano, de obrero disciplinado, de fervoroso creyente. Y puedes dormir tranquilo.

Por los siglos de los siglos tu culto rutinario será infecundo. Tus procesiones como tantas otras mojigangas befa de las gentes. Un pasatiempo, una curiosidad un anacronismo, y nada más. Los unos dicen, los otros escuchan; aquéllos aplauden, éstos sonríen. Puede el jolgorio continuar. Pasados trescientos sesenta y cinco días repetirán la misma pantomima hecha con igual gravedad y aplomo. Por algo alcanzaste la cumbre de la capacidad política, de la educación cívica, del poder social. La domesticidad es el signo clarividente de la civilización.

¿No ves cómo tiemblan de pavor las adineradas gentes? ¿No ves los sobresaltos de los poderosos? En este día dichoso todo se conmueve: Estado, Propiedad, Iglesia, Milicia, Magistratura. Sólo tú eres sereno, magnífico, estamos por decir, mayestático. Eres el dueño del cotarro.

Haces bien en sentirte, en este día famoso, un poco poeta, un poco loco, un poco feliz. Mañana será tarde. Te espera el taller, la fábrica, el surco; te espera un capataz bárbaro, un burgués soez. ¡Quién sabe si darás con tus molidos huesos en la cárcel! De todos modos aprovéchate: la ilusión de la libertad bien vale una juerga.

Pero, amigo mío, si no sabes más, si no quieres más, si nada más haces y pretendes, resígnate a ser esclavo por los siglos de los siglos, que bien te lo habrás merecido. El Primero de Mayo será tu INRI.


Ricardo Mella
«Acción Libertaria», núm. 20. Gijón, 28 abril 1911













957. Vota, pero escucha

Tuve, en vísperas de las pasadas elecciones, la humorada de asomarme al paraíso de cierto teatro donde se celebraba un mitin electoral. Era para mí un espectáculo nuevo en el que tomaban parte antiguos amigos de amplias ideas con gentes nuevas de limitadísimas orientaciones. Salí de allí con la cabeza caliente y los pies fríos. Tuve que soportar una regular jaqueca de providencialismo político y, naturalmente, sufrí las consecuencias. Estoy maravillado. No pasan días por las gentes. No hay experiencia bastante fuerte para abrirles los ojos. No hay razón que los aparte de la rutina.

Como los creyentes que todo lo fían a la providencia, así los radicales, aunque se llamen socialistas, continúan ponien­do sus esperanzas en los concejales y diputados y ministros del respectivo partido. «Nuestros concejales harán esto y lo otro y lo de más allá.» «Nuestros diputados conquistarán tanto y cuanto y tanto más.» «Nuestros ministros decretarán, crearán, transformarán cuanto haya que decretar, crear y transformar.» Tal es la enseñanza de ayer, de hoy y de ma­ñana. Y así el pueblo, a quien se apela a toda hora, sigue aprendiendo que no tiene otra cosa que hacer sino votar y esperar pacientemente a que todo se le dé hecho. Y va y vota y espera.

Tentado estuve de pedir la palabra y arremeter de frente contra la falaz rutina que así adormece a las gentes. Tentado estuve de gritar al obrero allí presente y en gran mayoría:

«Vota, si, vota; pero escucha. Tu primer deber es salir de aquí y seguidamente actuar por cuenta propia. Ve y en cada barrio abre una escuela laica, funda un periódico, una biblioteca; organiza un centro de cultura, un sindicato, un círculo obrero, una cooperación, algo de lo mucho que te queda por hacer. Y verás, cuando esto hayas hecho, como los concejales, los diputados y los ministros, aunque no sean tus representantes, los representantes de tus ideas, siguen esta corriente de acción y, por seguirla, promulgan leyes que ni les pides ni necesitas; administran conforme a estas ten­dencias, aunque tu nada les exijas; gobiernan, en fin, según el ambiente por ti creado directamente, aunque a ti maldito lo que te importe de lo que ellos hagan. Mientras que ahora, como te cruzas de brazos y duermes sobre los laureles del voto-providencia, concejales, diputados y ministros, por muy radicales y socialistas que sean, continuarán la rutina de los discursos vacíos, de las leyes necias y de la administración cominera. Y suspirarás por la instrucción popular, y conti­nuarás tan burro como antes, clamarás por la libertad y tan amarrado como antes a la argolla del salario seguirás, de­mandarás equidad, justicia, solidaridad, y te darán fárragos y más fárragos de decretos, de leyes, reglamentos, pero ni una pizca de aquello a que tienes derecho y no gozas porque ni sabes ni quieres tomártelo por tu mano.

«¿Quieres cultura, libertad, igualdad, justicia? Pues ve y conquístalas, no quieras que otros vengan a dártelas. La fuerza que tú no tengas, siéndolo todo, no la tendrán unos cuantos, pequeña parte de ti mismo. Ese milagro de la política no se ha realizado nunca, no se realizará jamás. Tu emancipación será tu obra misma, o no te emanciparás en todos los siglos de los siglos.

«Y ahora ve y vota y remacha tu cadena.»


Ricardo Mella Cea
Solidaridad Obrera núm. 4
Gijón, 25 de diciembre de 1909