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3484. Victoria Kent exhorta a las mujeres españolas

Comedor instalado por Unión Republicana de Valencia para los hijos de los milicianos en el aniguo convento de las monjas dominicas
(Foto: Vidal)


¡Mujeres del Frente Popular, mujeres españolas!: Los momentos presentes exigen de nosotras todos los sacrificios; sin embargo, no es necesario que demos el máximo para prestar a nuestros bravos hombres que luchan por la causa de la libertad y de la justicia una ayuda más eficaz y más preciada que la que pudiéramos rendir auxiliándolos directamente.

Todas las mujeres que me escuchan habrán comprendido que se trata de prestar ayuda a las familias de nuestros combatientes.

La lucha imperiosa y recia de nuestras fuerzas por la Independencia obliga a nuestros mejores hombres a combatir lejos de los suyos; no es necesario esforzamos mucho para presentar en la realidad cruda la situación en que quedan las familias de nuestros milicianos: hijos abandonados, mujeres sin lo más necesario, madres que no tienen un trozo de pan que dar a sus hijos, ancianos en medio de la calle, familias enteras abandonadas a la miseria y al dolor. 

Para remediar esta realidad acudo a todas las mujeres de España, a las del Frente Popular en primer termino; en segundo, a aquellas que no militan en nuestros partidos por tibieza de ánimo, pero que tienen vivos los sentimientos humanos que no pueden faltar en ningún alma de mujer, y en último término acudo también a todas las que antepongan su condición de mujer a toda conveniencia ruin, a todo sentimiento bastardo, diciéndoles: es necesario organizar rápidamente refugios para esos niños, hijos y hermanos de nuestros milicianos, refugios donde tengan cubiertas sus necesidades y donde queden alejados de la corrupción callejera; es necesario establecer comedores para las mujeres, adultos, ancianos y obreros que estén sin trabajo como consecuencia de esta situación. 

En cada población es necesario realizar una triple labor: 

Primero. Refugios permanentes para aquellos niños abandonados. 

Segundo. Refugios diurnos para aquellоs niños que tienen familia en triste situación, pero que tienen madre y hogar. 

Tercero. Comedores para mujeres en precaria situación, adultos y ancianos.

¿Cómo organizar todo esto? Tened entendido, mujeres que me escucháis, que todos, absolutamente todos los españoles, están obligados de una manera inexcusable a facilitaros los medios para estas obras. 

Locales los tenéis en cada población: las escuelas. En estos meses, las escuelas están vacías; ahí tenéis refugios para los niños; si tienen jardín o patio, está todo resuelto; si no lo tienen, distribuirlos en grupos de 16 ó 20 lo más y acompañarlos al jardín o a la plaza más próxima unas horas, una o dos veces al día. Posiblemente, en estos locales hay habitaciones independientes para los comedores; si no fuera así, el alcalde de cada ciudad y nuestros partidos están obligados a proporcionarlos. 

Es necesario tener informaciones seguras de la causa del abandono de los niños que tratamos de amparar; todos los niños proletarios caben en nuestra obra; pero hemos de atender de una manera preferente y tierna a los hijos de nuestros bravos guerrilleros, a las familias de nuestros bravos guerrilleros. Esta es nuestra labor inmediata, comedores asistidos con cordialidad, refugios diurnos y permanentes asistidos con amor. 

He estado en el frente, he hablado con nuestros milicianos; no tienen más que una preocupación que ensombrece su alegría en la lucha: el estado en que quedan los suyos. Quitémosles esa preocupación, dejémosles, porque tienen derecho a ello, su alegría clara para el combate y, liberados de esa sombra, cobrarán reforzados arrestos para la lucha. 

Allí donde las fuerzas leales al Gobierno tengan los mandos, que todas las mujeres se den a la obra; organizad tantos refugios como sean necesarios hasta que no quede un niño abandonado; poned en marcha comedores para madres, adultos y ancianos. Esta es nuestra misión en estos momentos; los hombres combaten en los campos; las mujeres debemos combatir el hambre en la ciudad. ¡Mujeres de las villas y aldeas: recoger en vuestro propio hogar a los hijos de los combatientes y compartir el pan y la sal con vuestras hermanas!

Haced esto u otra cosa, pero haced; haced algo eficaz por nuestros hermanos que silenciosamente luchan, vencen y mueren. 

¡Que no quede un hijo de un luchador!

Haced esto u otra cosa, pero haced amparo, ¡que no quede un padre anciano sin cobijo! Izquierda Republicana invita a todas las mujeres a tomar parte en esta obra y es ocioso decir que estoy a disposición del Frente Popular para esta como para toda otra misión que quiera encomendarme. 

Mujeres españolas: sobre los escombros de nuestra patria es necesario levantar la España libre y trabajadora; para esta obra nosotras, las mujeres, necesitamos dar el esfuerzo de nuestros brazos y el calor de nuestro corazón; ni lágrimas ni suspiros; esfuerzo, eficacia, abnegación y sacrificios silenciosos. Esto demanda España de nosotras; esto, nada menos que esto, nos ha tocado en suerte dar a España. Que cada una cumpla con su deber, que mañana será necesario dar cuenta de nuestra obra de hoy. 


Victoria Kent
Discurso radiado y recogido en Ahora, 28 de julio de 1936







3431. La dimisión de Victoria Kent y la quiebra de la bondad en España

Victoria Kent, en la cárcel de Córdoba, 1932 - Foto: A. de Torres


Verán ustedes... Yo tengo un amigo de hace treinta años. Nos conocimos en una de aquellas redacciones madrileñas de principios del siglo, cuando los periódicos se hacían sin dinero, en la sala de un pisito de quince duros y en tomo a una mesa familiar, con la experiencia de un viejo director y el entusiasmo de media docena de muchachos de buena voluntad. Eran los tiempos felices en que el periodismo, libre, pobre y heroico, estaba al servicio de la opinión y del ideal, porque aun no se había convertido en instrumento usado por los financieros para abrir paso a los negocios.

Mi amigo y yo, que todavía no habíamos cumplido los veinte años, «hinchábamos» los primeros telegramas, novelábamos los primeros sucesos y escribíamos las primeras crónicas de nuestra carrera periodística: una carrera que se nos antojaba camino de fortuna y de gloria, porque ninguno de los dos teníamos entonces sentido práctico alguno. Yo seguí, como ahora sigo, careciendo de él. Mi amigo, en cambio, le adquirió al correr del tiempo, y abandonó el periodismo. Hizo oposiciones a unas plazas de Penales, ganó puesto de vigilante, marchó a ocupar su destino, en tanto que yo iba, año tras año, por todas las rutas del mundo, y durante mucho tiempo no volvimos a vemos ni a saber cada cual de la suerte del otro.

El azar nos reunió últimamente. 

—¿Qué es de ti? —preguntó mi amigo. Y yo sólo pude sonreír y responder: 

—Lo mismo que antes. Sigo haciendo periódicos y sigo siendo pobre. 

Mi amigo me contempló con mal disimulada piedad. A mi vez, preguntó: 

—¿Y tú? 

Mi amigo contestó, satisfecho: 

—Yo ascendí rápidamente. Hace ocho años que soy director de cárcel. ¡Buen puesto! Casa, luz, carbón, un sueldo suficiente, poco trabajo. Ya ves, acabo de pasar un mes de vacaciones en la Costa Azul. 

—¿Entonces vas camino de hacerte rico? 

—No diré tanto; pero no tengo queja del oficio.

—¿Escribes todavía? 

—A veces, por distraer los ocios, emborrono cuartillas. Pero no publico nada. 

Llegando a este punto de la charla, recordé que, cuando éramos compañeros, mi amigo escribía bien, y le propuse: 

—Hazme alguna crónica acerca de los presos que tienes en tu cárcel. Habrá, entre ellos, casos interesantes, y en tus conversaciones con esos infelices recogerás, seguramente, impresiones y datos muy curiosos. 

Mi amigo volvió a contemplarme con piedad, y al cabo de un momento, y un poco frío y distante ya, declaró: 

—Yo a los presos no los veo, ni hablo con ellos nunca. 

No insistí. A pesar del cariño que profeso a mi amigo, y a pesar de nuestros treinta años de amistad, no me atreví a decirle mi extrañeza ante su falta de interés por los reclusos. Tuve la intuición de que nos separaban, en lo concerniente a este asunto, los abismos de la rutina, de los prejuicios y de ese «espíritu de cuerpo» que moldea a los hombres de la misma profesión, creando en ellos una segunda naturaleza e imponiéndoles un carácter standard.


*


He recordado muchas veces esta conversación sostenida con mi amigo, el director de cárcel, al leer los comunicados que dieron a la publicidad ciertos empleados de Prisiones, alzados contra la gestión directiva, humana, inteligente y renovadora de Victoria Kent. Esos señores no pueden comprender que se hayan suprimido las cadenas y grilletes que aun se usaban en las cárceles españolas para vergüenza de España. Esos señores no están dispuestos a tolerar que los presos puedan remitir a la Dirección General, por medio del buzón de reclamaciones, las quejas que tengan del trato que se les da. Esos señores se escandalizan ante el hecho de que Victoria Kent, directora de Prisiones, haya visitado a los presos y haya conversado con ellos y les haya permitido estrechar su mano. ¡Claro está! ¿Cómo van a estar conformes esos señores de la rutina, de los prejuicios y del «espíritu de cuerpo», con disposiciones que, obligándoles a mayor trabajo y exigiendo de ellos un alto concepto de la misión y del deber que les incumben, turban la placidez de su vida, desconciertan sus cálculos y sus previsiones, y a las veces ponen de manifiesto su hasta ahora disimulada incapacidad? Era, pues, la lucha entablada entre la ilustre directora de Prisiones y sus rebeldes subordinados una contienda entre la inteligente y comprensiva bondad de un lado y de otro la obtusa y rutinaria indiferencia. Esta ganó la partida, ya que Victoria Kent ha dejado de ser directora de Prisiones. 


*


Al abandonar su cargo, la señorita Kent ha dirigido a la opinión, por medio de la Prensa, una nota en la que hace breve resumen de su labor. Entresaquemos de esa nota algunos párrafos edificantes. Dice la ex directora de Prisiones:

«En relación con el régimen penitenciario, aumenté la consignación establecida para la alimentación del recluso de 1,15 a 1,50 pesetas, sin pedir para ello suplemento de crédito; es decir, que la cantidad presupuestada para este objeto permitió el aumento cómodamente; establecí buzones para las reclamaciones que la población reclusa tuviera que hacer a la Dirección; implanté la libertad de cultos, haciendo voluntaria la asistencia a la misa; ordené y llevé a efecto la recogida de cadenas y grilletes que existían en las celdas de castigo; permití conferencias y conciertos a solicitud del director de cada prisión; suprimí aquellas cárceles de partido cuyos locales eran más que inmundos, locales compartidos en muchos lugares con escuelas, con casas particulares y con albergues de caballerías, y aquellas que daban un promedio menor a seis detenidos mensuales; permití la entrada a la Prensa, autorizada por el director y controlada por la Dirección, evitando así lo que venía sucediendo y todos conocíamos, la entrada clandestina de toda clase de periódicos; he dotado a las prisiones provinciales y a algunas de partido de camas y mantas, de las que carecían, debiendo hacer notar que las compras efectuadas por mí se diferencian de las últimas realizadas en tiempos de la Monarquía en esta proporción: mantas, se pagaron anteriormente a 28 pesetas; he pagado por las mismas 21 pesetas; sábanas, se pagó el metro anteriormente a 5,50 pesetas: he pagado el metro de la misma clase de tela que usa el Ejército a 2,90 pesetas; jergones, se pagó anteriormente la tela para cada uno a 20 pesetas: he pagado por la misma 12,60 pesetas; camas, confeccionadas en los talleres de las prisiones, costaron anteriormente a 108 pesetas; el modelo que he adoptado en la actualidad vale 47 pesetas.»

«En aquellas cárceles nuevas de regiones excesivamente frías hice instalar calefacción en las enfermerías y en las escuelas. Como debía tenerse en cuenta el presupuesto y el estado de las obras, tan sólo se ha llevado a efecto esta reforma en Salamanca y Burgos. (Este penal está aún sin terminar.) Queda en marcha la nueva cárcel de mujeres de Madrid, en la que se introducen modificaciones como departamentos de políticas, de madres y de jóvenes; duchas, baños y talleres suficientes para la población que ha de albergar.»

«No tengo ni una línea que rectificar en mi actuación. Fui a la Dirección de Prisiones con una misión que cumplir: con la de modificar el régimen penitenciario según las humanas corrientes científicas; fui con un criterio definido, con una línea recta de conducta. Medito acerca de mi gestión, y nada tengo que rectificar.» 


*


Esté usted tranquila, señorita Kent. Nada tiene usted, en efecto, que rectificar. Ha hecho usted, desde su alto cargo, una obra de bien. Ha tratado usted, por todos los medios a su alcance, de humanizar y dignificar la dolorosa existencia de la población penal. Pero eso no lo pueden comprender ni tolerar los funcionarios que —siendo quizá buenas personas en el fondo, como lo es mi amigo, el director de cárcel— no se interesan por los presos ni quieren saber de ellos cosa alguna. 

Que los presos se alimentan mal; que sufren en las celdas de castigo, el tormento del grillete: que carecen de mantas y se hielan durante las terribles noches del invierno castellano; que no escuchan, durante años y años, una palabra amiga ni un consejo cordial; que maltratados, en lugar de buscar camino de luz y de redención, se hunden aún más en las tinieblas de los rencores y de los odios. ¿Qué importa eso al funcionario de Prisiones que tiene buen sueldo, buena casa, buena despensa, leña y carbón abundantes y otros gajes del oficio? 

¡Nada! No le importa nada, señorita Kent. Y está mucho más tranquilo disponiendo de cadenas y grilletes para los presos levantiscos, y no ocupándose de lecturas, ni de conciertos, ni de conferencias, y dejando que el rancho sea lo que el diablo quiera, ya que no ha de ser Dios quien permita ciertas cosas. En España, señorita Kent, la bondad está en quiebra desde hace siglos. Usted quiso heroicamente, restablecer el crédito de la bondad y perdió la batalla. Y es que, a pesar de todo, aun no hemos logrado, por acá, borrar de nuestra tierra y de nuestro cielo la sombra abominable de Felipe Segundo... 


Antonio G. de Linares
Crónica, 12 de junio de 1932








3151. Victoria Kent y la nueva cárcel de mujeres

Victoria Kent con el periodista Ángel Lázaro en 1933 - Foto: Videa


Hay que evitar a toda costa, que en la nueva Prisión se instalen los viejos e inmundos muebles de las antiguas cárceles. Y hay que dotar a este nuevo edificio de la calefacción indispensable a la vida de reclusión de las presas. 


Con Victoria Kent 

Un año fue Victoria Kent directora general de Prisiones. En ese uño dejó semillas que empiezan a fructificar, transformando totalmente la índole de nuestros penales. Esta Cárcel de Mujeres que se acaba de inaugurar en Madrid es uno de esos milagros de Victoria Kent. De este milagro saldrán otros, por ejemplo: la mujer que entre en esta cárcel, nada más entrar sufrirá un choque moral, una crisis de conciencia de la que puede salir su cura definitiva. Porque la sociedad no responde en esta Cárcel al delito con el castigo férreo, inflexible, sino ofreciendo la perspectiva de una vida mejor, en que se puede ser limpio y recto. No es una cárcel, es una escuela llena de luz, de espacio, de blancura...

Escuela para adultas, para tantas desdichadas -el porcentaje es enorme-, que no tuvieron escuela en su niñez, y cuyo delito está amasado con miseria y con ignorancia. A este terrible mal de España: Ignorancia, Ignorancia, Ignorancia, Ignorancia, sólo se puede responder responder con esta medicina: Escuelas, Escuelas, Escuelas ...

Y Victoria Kent, en lugar de hacer una Cárcel, ha hecho eso, una escuela. Una cárcel que es una escuela.

—Sí. O creemos que nuestra función sirve para modificar al delincuente, o no tenemos fe ninguna —me dice Victoria Kent—. Si no tenemos fe, todas las mazmorras y los castigos son pocos. Sobra preocuparse del delincuente. Si tenemos alguna fe, hay que demostrarlo. Hipocresías, no. Trato humano o trato de alimaña; pero sería monstruoso responder al delito con el delito. Yo tengo fe absoluta en el régimen e corrección, de pedagogía. Odio el viejo sistema penal que consideraba al preso como un ser aparte, indigno de la mínima beligerancia humana... 

¡Qué mujer es esta mujer! Claro que a esta piedad, a esta comprensión, también puede llegar el hombre por el camino de la sensibilidad. Sin embargo, dijérase que aún en el hombre es una condición en cierto modo femenina la compasión por el alma deformada que cae en el delito, esta caridad de que es preciso llenarse para hacer que el puño crispado se resuelva en un ademán cordial. Por eso, en labios de mujer suenan tan propiamente estas palabras. Aquella gallega insigne que se llamó doña Concepción Arenal —Santa Concepción Arenal para el preso— comprobaría, oyendo hablar a Victoria Kent, que su apostolado ha tenido continuadoras. 

—Hábleme de esta obra, de la nueva Cárcel de Mujeres —le decimos—. ¿Cómo fué posible? 

—Verá usted. Era una idea mía de siempre. Iba alimentándose día a día, en una mezcla de indignación y de dolor, viendo la antigua Cárcel de la calle de Quiñones. Cuando al advenimiento de la República fuí nombrada directora de Prisiones, aproveché un sobrante del presupuesto, y dije: «Ahora hago la Cárcel.» 

—¿Con cuánto?

—Era una cantidad insignificante. Unas veintidós mil pesetas. Cantidad irrisoria para una obra de ese alcance; pero yo estaba dispuesta a buscar el dinero a toda costa. Don Femando de los Ríos, ministro entonces del Ramo, me dio facilidades, y una buena mañana ponía la primera piedra del edificio don Álvaro de Albornoz, que había pasado a ocupar la cartera de Justicia.

Habla Victoria Kent llena de entusiasmo. Su rostro grave —ese rostro anguloso, de fuertes pómulos, piel morena, frente pensativa bajo el pelo negro— se ilumina lleno de satisfacción.

Estamos en su despacho de abogado. Victoria Kent ha dejado sobre la mesa un montón de papeles que tenía entre manos cuando llegamos. Fuera, en la habitación inmediata, se oye el teclear de una máquina. Es su secretaria. Se advierte enseguida que Victoria Kent es una mujer llena de trabajo. 

—Hemos tenido mucha suerte —prosigue con el tema de la Cárcel—. Porque Montoto es un hombre que toma con alma las cosas.

—¿Quién es Montoto? 

—El contratista. Se trata de un hombre puntual, virtud en España de valor inestimable. Ha cumplido a conciencia. Yo le dije: «Usted me deja registros de todo.» Y así lo ha hecho. Allí puede verse, desde los cimientos, en qué se ha empleado el dinero. Cuando usted vea la Cárcel, me dirá. «Mucha luz, mucha luz», advertí al arquitecto, don Manuel Sáenz de Vicuña... Una casa como la quisiera uno para vivir. Luz por todas partes. Todo se ha logrado. Ya me dirá cuando la vea usted. 

—Ahora lo que hace falta —decimos— es completar la obra de esa institución suya.

Y es que no nos hemos olvidado —¡cómo puede olvidarse en este momento!— de aquella campaña injusta que hubo de sufrir esta mujer cuando se esforzaba por humanizar todo lo posible la vida de las prisiones españolas. 

Cuando aludimos a esto, Victoria Kent tiene un gesto de dulzura indulgente, y dice: 

—Es un problema delicado. La evolución en la psicología del guardián depende, claro está, del régimen y la condición de las prisiones. Por otra parte, hay que hacerse cargo de lo que supone la lucha diaria con el preso, el cual tiene casi siempre una personalidad fuerte. Una personalidad a su modo, claro es; pero, desde luego, no es un hombre vulgar, de borrosa psicología. Por eso habría que pensar en un sistema de servicio alterno que le permitiera al guardián evadirse de su ambiente habitual durante algún tiempo, ocupándose en otra cosa. La rutina llega a hacemos en ocasiones perezosos para aceptar cualquier sugestión que venga a turbar nuestros métodos. Recuerdo lo que me pasó en el penal del Puerto de Santa María... 

—¿Qué fué ello? 

—Había allí unos viejos a quienes el rancho ordinario les hacía daño. Cosas de la edad, naturalmente. El sistema del racionado, igual para todas las prisiones, hacía que aquellos ancianos se tuvieran que quedar sin cenar o sufrir los efectos de un rancho que ya no podía digerir su organismo gastado. Yo dije: «¿Por qué no se les hace una colación especial para la noche, que resultaría, incluso, más económica?» Sonrieron muy amablemente de mi idea, pero yo comprendía que en el fondo les sorprendía un poco. 

Por cierto —añade— que pude conseguir algo en favor de esos viejos durante mi paso por la Dirección. 

Una ley según la cual todo penado que cumpla setenta años es puesto en libertad condicional, sea cual fuere su situación procesal. 

—La última pregunta, Victoria: ¿Cree usted que el Cuerpo de Prisiones evoluciona de acuerdo con nuestro tiempo? 

—Creo que hay una gran diferencia entre lo actual y lo pretérito.


La obra

Se halla la nueva Cárcel de Mujeres en la calle Nueva del Este, esquina a la del Marqués de Mondéjar. A sus espaldas se extiende el ancho campo de Castilla. 

La impresión que produce es la de uno de esos edificios modernos para viviendas. No hay, al entrar, la menor impresión de rastrillo. Puertas recias, pero cuya estructura y combinación de barrotes aleja todo recuerdo de las clásicas rejas carcelarias. Igual los hierros que guardan las ventanas. 

La señorita Luisa Terán, oficial del Cuerpo Femenino de Prisiones —otra creación de Victoria Kent— nos va guiando a través del edificio. Claridad, amplitud, alegría. Patios anchos, llenos de sol. Azoteas amplias y luminosas. 

He aquí, concretamente, las condiciones de este reformatorio y otros datos:

Tiene capacidad para 450 reclusas. 

El primer cuerpo del edificio está destinado a la Administración, viviendas del director y del administrador del establecimiento y al cuerpo de guardia exterior. Hay otro pabellón —el central— con dos viviendas para los empleados, y un tercer pabellón independiente, cuya planta baja ocupará el economato. En la alta, viviendas del personal. 

En la nueva prisión prestarán servicio el director, don Francisco Machado; el director adjunto, el administrador y 27 oficiales femeninos y siete masculinos.

Comedores, salones de trabajo y lectura. La cocina general es magnífica, amplia y llena de luz, como todas las estancias; hay agua corriente, luz eléctrica, timbres. Existen en el edificio 45 cuartos de baño, 110 lavabos, 125 waters, 42 bidets, 24 baños de pies y 11 teléfonos interiores. Seis azoteas y otros tantos patios, y además, la azotea general y la destinada a tendederos. 

La planta de sótanos se utilizará para ampliación de la prisión, para lavaderos mecánicos y para almacenes del economato. En los lavaderos hay una modernísima estufa de desinfección de ropa. 

En la primera planta están los locutorios públicos judiciales, el despacho de jueces y abogados, el  pabellón de sociales (con ocho celdas, dotadas de todos los servicios): locales para la filiación, el salón de actos, 75 dormitorios independientes, una enfermería, cocina, comedores, escuela, talleres y biblioteca. 

En la segunda planta hay cinco dormitorios, cada uno con 25 camas; quirófano, otra enfermería y el departamento de madres, que podrán tener consigo a sus hijos. Para ello se han dispuesto habitaciones especiales con toda clase de servicios independientes. 

El edificio ha costado unos cuatro millones de pesetas. En Diciembre de 1931 fué colocada la primera piedra. 


Detalles 

No hay celdas de castigo. Hay, eso sí, unas celdas de aislamiento para las reclusas rebeldes; pero sin más pena que la que supone vivir aislada de las demás. 

Se ha cuidado de evitar el dormitorio en común, procurando al propio tiempo que no exista la soledad celular. Para esto hay un tabique que divide los dormitorios hasta una altura prudencial, prolongándose en una tela metálica que permite dialogar a las reclusas entre sí. 


Lo inadmisible

Pero hay algo tremendo que viene a manchar esta obra con el sello de la vieja desidia española. Algo inconcebible. Y es lo siguiente:

Todos los muebles, viejos, carcomidos, llenos seguramente algunos de ellos de miseria, que hay en la antigua Cárcel de Mujeres y en la Prisión de Alcalá, han empezado a ser trasladados aquí. Es como si vaciásemos sobre un mantel sin mácula los residuos de un basurero. Algo absurdo, a lo que no daríamos crédito si no lo viesen nuestros ojos. 

Las razones son que «no hay presupuesto». Esperamos que se remedie este mal antes de que el nuevo edificio se contagie de la vieja podredumbre.

Esperamos también que no lleguen los días del invierno sin que quede instalada la calefacción, que es otro detalle olvidado al final, ¿Cómo podrá vivirse en este enorme edificio —pisos y zócalos de azulejos— sin contar con la calefacción? 

El trabajo de las reclusas es sedentario. Ateridas de frío, no podrían mover los dedos en los crudos días del invierno.


El triunfo

Victoria Kent: hay un triunfo inmediato, fácil, que busca congraciarse con todo y con todos. No nos sirve. Hay otro triunfo que va germinando en silencio en esa lucha que supone todo empeño verdaderamente creador. Esto es lo noble y lo fecundo.

Usted lo ha realizado en esta obra a la que quiere bautizar con su nombre: «Casa de Victoria Kent», para que ninguna denominación carcelaria caiga sobre ella.

Por esta obra, con todo fervor, nuestro homenaje.


Ángel Lázaro
Crónica, 17 de septiembre de 1933









2743. ¡Queremos votar! ¡Queremos votar!




Las sufragistas españolas no están dispuestas a que se les retrase el ejercicio de su derecho al voto ¿A quién vas a votar las mujeres y por qué? Lo que opinan las tres diputadas de las Constituyentes.


Algunas tienen prisa

No bien se había apaciguado un tanto el revuelo producido a raíz de la concesión del voto femenino, cuando ya tenemos otra vez el asunto sobre el tapete. 

Se trata, según parece, de una cosa gravísima. 

La Cámara lo aprobó demasiado deprisa y quiere volver sobre ello mediante una disposición transitoria. Están en su perfecto derecho los legisladores, ¿pero se van a conformar las mujeres? Probablemente algunas no solo se mostrarán de acuerdo con esta enmienda, sino que les parecerá de perlas. Pero hay un sector de mujeres que no están dispuestas a transigir en ningún caso. Estas señoras están en pie de guerra, según parece, hasta el punto de que el miércoles por la tarde y no bien se había presentado a la Cámara la enmienda firmada por los señores Castro, Abeytúa, Peñalba, etc., etc., por medio de la cual se restringe por ahora el sufragio femenino, irrumpió violentamente en los pasillos del Congreso gran cantidad de señoras. Iban muchas. Algún periódico ha dicho que más de cien. Lo cierto es que en un momento se hicieron dueñas del Congreso.

—¡Queremos votar… y en seguida.

Es preciso impedir que las Cortes vuelvan sobre lo que ya tienen acordado! ¡Queremos ver al señor Besteiro!…

Los ujieres corrían de un lado para otro sin saber qué hacer ante aquella invasión. Los diputados no se mostraban tan alarmados, y, en general, oponían galantes sonrisas a la actitud bélica de las señoras mientras comentaban en voz baja: 

—¡Pues las hay muy guapas! ¡Verdaderamente no sabe uno para qué quieren el voto!

Mientras esperaban al señor Besteiro un diputado se acercó a interpelarlas.

—¿Pero, de verdad tienen ustedes tanta prisa por votar?

—¡Ya lo creo! La mujer no puede perder semejante conquista. 

—Si no la pierden. Se trata sencillamente de que empiecen por ejercer su derecho en las elecciones municipales. Hay que empezar despacio… otra cosa sería quizá un peligro… 

Todas se volvieron airadas contra él, ¡pobre hombre!, y claro, lo achicaron. 

—Todo eso son habilidades, ¿sabe usted? Lo que quieren ustedes es que no votemos en tres o cuatro años y, ¡eso no! 

—¡La enmienda es un pastel! 

—¡No lo consentiremos!


Lo que opinan las tres diputadas

No se sabe qué decisión tomarán los señores diputados ante esta campaña sufragista que parece han iniciado las mujeres españolas. Probablemente prosperará la enmienda calificada por ellas de pastel. 

¿Pero de verdad la mayoría de las mujeres tienen esta prisa por votar? 

Con objeto de orientar un poco a los lectores sobre este asunto, he querido conocer la opinión de algunas mujeres representativas. Para empezar nadie mejor que las tres diputadas.

No están unidas; cada una pertenece a un partido distinto y cada una piensa de distinta manera. 

Victoria Kent (radical-socialista), cree que el voto debe retrasarse. A este fin presenta también al Parlamento una proposición igual en el fondo que la de los señores mencionados al principio, pero expresada con más claridad. Esto no quiere decir que yo sea contraria a la concesión del voto. En este momento lo estimo un poco peligroso. La prueba la tiene usted en que las derechas están encantadas de que voten las mujeres. Esas mismas derechas se oponían al sufragio universal en tiempos, alegando que la masa no estaba preparada. ¿Por qué no se oponen ahora, sabiendo como saben que la inmensa mayoría de las mujeres tampoco lo están?… Ese es el peligro.

Así opina Victoria Kent, pero Clara Campoamor (radical) opina de modo distinto. 

—Las mujeres pueden, quieren y deben votar. No le quepa a usted duda, y la prueba está en que contra el voto no se han esgrimido aún argumentos serios. Todos dicen lo mismo: «que no le interesa la política»…, «que no está preparada»…, «que votará al cura»…, «que es un peligro»… Nada de esto es cierto, y si lo fuera, nadie más que los hombres serían los culpables. ¿Por qué las han tenido sin enterarlas de nada? ¿Por qué no las han apartado de la influencia religiosa? 

Aquí —continúa la señorita Campoamor— hay un dilema. O la mujer es capaz de ejercitar este derecho como los hombres, o no es capaz. En el primer caso, hay que respetárselo, igual si se inclina a la derecha que si se inclina a la izquierda. Me parece que democraticamente no hay otra solución. En el segundo caso, o sea en el de los que creen que la mujer no es capaz para el voto y que se aprovecharán de él los enemigos de la República, todavía la tesis es más absurda. Sería tanto como conceder a los reaccionarios más habilidad para captarse el voto de la mujer que la que pueden tener los republicanos de veras.

—¿Pero usted cree que las mujeres tienen mucho interés en votar?

—Yo solo sé que, desde hace dos meses, no dejo de recibir cartas y telegramas de mujeres de todas partes felicitándome por esta campaña. 

—¿Pero usted no cree, como muchos diputados, que el voto femenino puede constituir un peligro para la República?

—Yo no creo que la mujer española se muestre ingrata con esta República, que le concede todo cuanto se le negó antes. 

Todavía falta una diputada a quien preguntar. ¿Como cuál de estas dos pensará? Véanlo ustedes. La señorita Nelken es también sufragista «templada», como la señorita Kent. 

—En principio, la concesión del voto a la mujer, acompañada del disfrute de todos los derechos civiles, me parece un avance muy estimable. Pero… hay que buscar el momento oportuno, porque si no puede resultar todo lo contrario.


Lo que opina una joven católico-monárquica

No importa el nombre. Se trata sencillamente de una joven como hay muchas. Respetuosa con la religión, admiradora del ex rey personalmente, entusiasta de la Corte y de las fiestas aristocráticas… 

—¿Usted cree que debemos votar las mujeres? 

—No faltaba más. Debemos votar y votaremos. ¡Y qué triunfo va a ser el nuestro! Pero aún llegaremos a tiempo para evitar que se cometan estos atropellos contra la religión. Ya verá usted cómo nosotras tendremos más valor que los hombres y nos impondremos acabando con todo esto. 

Cuánto me alegro ahora de no haber dado el nombre. Y más con este Casares Quiroga, que manda a la gente a esos sitios tan raros…


Lo que opina una joven marxista

Tampoco doy el nombre, por si acaso. Bromitas con esa Ley de Defensa de la República… ¡en ningún caso! 

—Yo no creo que sea ningún disparate la concesión del voto a la mujer. Es más, creo que todas las mujeres conscientes están deseando votar. ¿Que muchas son reaccionarias? Es verdad. Pero ¿no van a poder más los cientos de miles de obreras y mujeres de obreros que hay en España? Pero todo esto es secundario; lo interesante, no le quepa a usted duda, es que, con voto o sin él, en España hay ya una nueva generación de mujeres dispuestas a trabajar por la revolución social, que es lo interesante.

—Pero usted, concretamente usted, ¿a quién votaría? 

—No lo sé. A todos los políticos, nuevos y viejos, los encuentro demasiado burgueses.


Lo que opina una cacharrera

Sí, no cabe duda, las mujeres quieren votar. Lo que no se sabe, lo que no se puede adelantar, es el resultado, no obstante haber tratado de tomarles el pulso político.

Al terminar de recoger esta información he pasado por una cacharrería de barrio. La dueña y su hija están dentro. ¿Por qué no preguntarles? También ellas van a volar.

Con no sé qué pretexto les he hecho la pregunta y, enseguida, contesta la madre: 

—Pues, verá usted, no sé lo que decirla. Yo siempre he sido republicana, lo cual que a mi hombre le «mandé» que votara a la República en el mes de abril. Pero es que ahora me han dicho que no sé qué me van a hacer con la tienda.

—Oye, tú —dice dirigiéndose a la chica—, ¿qué es eso que ha dicho padre que harán con la tienda? 

—Nacionalizarla, madre; pero eso no es malo —contesta la muchacha en tono de bachillera. 

—Pues eso, francamente, no me gusta, aunque no sé lo que es. Pero mientras no me lo pongan en claro, ni mi hombre ni yo volvemos a votar la República.

—Diga usted que no —interviene la chica rápidamente—. Es que mi madre está muy anticuada, pero ya la convenceré yo para que vote a Largo Caballero.


Josefina Carabias
Ahora, 29 de noviembre de 1931












2127. Prisiones y prisioneros. (En recuerdo de Victoria Kent)

Victoria Kent como directora general de Prisiones visitando la cárcel de Málaga, 1931


La crisis de la prisión no es problema sacado a la luz ayer. Ya hace años que penalistas y sociólogos lo han señalado sosteniendo que la prisión mantiene al hombre apartado de la sociedad y sumido en el aislamiento, pero ni corrige ni es panacea contra el delito, sino que lleva en sí los defectos de aquellos lugares de detención y cárceles del pasado, sin que con el tiempo la prisión haya recogido modificaciones que han venido señalando los progresos de las teorías penales y penitenciarias.Hablar de la situación actual de las prisiones es hablar del prisionero, es hablar de la situación del hombre privado de libertad, separado de la sociedad. El reo entra en la prisión llevando en su mente la obsesión de los años, meses y días que se le cierran las puertas que le separan de la vida.

Cierto que el Derecho penal tiene señaladas la libertad condicional, la sentencia indeterminada, la suspensión temporal de la pena, etcétera, pero la vida del recluso está sujeta a un régimen en el que son posibles violencias, abusos de autoridad, tratos inhumanos en esas vidas tronchadas ya por su base, y es que, en general -salvamos las excepciones- las autoridades penitenciarias abrigan el concepto de penalización. Todas estas causas han llevado a subversiones y violencias en la población reclusa en muchas prisiones de nuestro país, en las que se han dado suicidios, asesinatos y muertes sospechosas.


Intentos de reformas del régimen penitenciario

La II República, su primer acto consistió en una disposición por la cual concedió una amplia y generosa amnistía. Su presidente puso en nuestras manos las aspiraciones del Gobierno respecto al régimen penitenciario existente. Sencillamente hemos de señalar las modificaciones que nos fueron posibles introducir en las prisiones en aquel período demasiado corto.

Las celdas de castigo, las cadenas y grilletes fueron suprimidos en todas las prisiones y penales. Con el mismo presupuesto anterior, afinamos su distribución con todo detalle y aumentamos el capítulo destinado a la alimentación de los reclusos sin necesidad de pedir suplemento de crédito. Ateniéndonos a los principios básicos de nuestro régimen, fue establecida la libertad de cultos y la asistencia a la misa quedó voluntaria para los reclusos. El culto se siguió celebrando como siempre. Se dispuso se celebraran conferencias y conciertos a solicitud del director de la prisión; asimismo, se permitió la entrada de la prensa para los reclusos, siempre que fuera autorizada por el director. De este modo se evitó lo que venía sucediendo: la entrada clandestina de periódicos e impresos poco aptos para la población penitenciaria.

Dos reformas causaron honda sensación: la supresión de 115 cárceles de partido, de pequeños pueblos cuyos locales eran inmundos, compartido en muchos lugares con escuelas y hasta con albergues de caballerías. Se cerraron también aquellas pequeñas prisiones que daban un promedio menor a seis detenidos mensuales.

La segunda reforma introducida, que causó no sólo sensación, sino alarma, en ciertos sectores reaccionarios o ignorantes de los problemas penitenciarios, fue los permisos de salida de ciertos reclusos. Debemos puntualizar que esos permisos se concedían teniendo en cuenta la conducta del recluso y sus condiciones familiares y el informe del director. Se hace necesario afirmar que esos permisos fueron respetados en sus límites impuestos; ningún recluso dejó de presentarse en la prisión en el día señalado. Debemos reconocer que las circunstancias sociales de aquella época diferían mucho de las actuales.

Otra medida -a nuestro juicio justa y humanitaria- fue el decreto por el cual debía ser puesto en libertad -hombre o mujer- al cumplir en prisión setenta años, fuese cual fuese el delito que hubiese cometido.

Considerando que uno de los problemas más graves que debíamos resolver era la reforma del cuerpo de prisiones. Esa convicción nos llevó a la creación del Instituto de Estudios Penales, en cuyo programa se unían el Derecho penal y el Derecho penitenciario, pero la gran misión del Instituto era la preparación de los funcionarios del cuerpo de prisiones. Pudimos poner en marcha el cuerpo femenino de prisiones, pero no llegamos a ver el resultado de la formación de los funcionarios, que era nuestra máxima aspiración. El período de nuestra actuación fue breve y no pudimos realizar la amplia labor proyectada.

Hemos pasado por unos años largos e inquietantes, dolorosos; hoy vemos en el horizonte un rayo de esperanza en el camino de la lejana reforma penitenciaria. La Dirección General de Instituciones Penitenciarias está en las manos de un hombre que ha dedicado su vida al estudio y práctica del Derecho penal y del Derecho penitenciario, temas que puede encontrar el estudioso en sus varias obras publicadas con antelación por dicho director general, don Carlos García Valdés.

Hoy se lleva a la práctica en ciertas prisiones el régimen abierto y funcionan las llamadas Universidades de Educación a Distancia para aquellos reclusos en los que concurren circunstancias varias -siempre bajo el criterio del director del establecimiento-; una de esas universidades funciona perfectamente en Valencia. Los permisos de salida se siguen sosteniendo.

Pues bien, este hombre ha sido objeto de un atentado, afortunadamente fallido; después de ese atentado leemos estas declaraciones suyas: «La pena de muerte, ni a los grapos». Extraemos de otra declaración los párrafos siguientes: «Quiero dejar bien claro que un grupo de mercenarios no me va a coaccionar para dejar la Dirección de Instituciones Penitenciarlas. Este atentado fallido no hará más que reforzar mi actitud en la Dirección General de Prisiones.»

Este hombre en el que hasta hoy se cifran las esperanzas de los que abrigamos el ideal de la reforma de las prisiones y devolver a la vida social al prisionero, apto para el disfrute de la libertad. Para lograr estas finalidades las prisiones actuales no sirven, hay que acabar con ellas. Tenemos que poner en marcha nuevos establecimientos que estudien y amparen la personalidad del delincuente. El hombre es lo que importa.


Victoria Kent / El País / 27 Mayo 1979