Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta 1943. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1943. Mostrar todas las entradas

3319. Antonio Machado

Antonio Machado camino del exilio en Raset cerca de Cerviá de Ter (Gerona) a finales de enero de 1939


Antonio Machado, persona íntegra, de enterezas y hombría de bien, supo llevar a su vida la entrañable serenidad que en su lírica se aprecia. Y cuando decimos vida al referirnos a nuestro poeta, no aludimos a biografía, que aventura y aconteceres apenas tuvo. Hijo del insigne folklorista del mismo nombre, nació en Sevilla, julio de 1875, en la casa de las Dueñas, antiguo palacio del Duque de Alba mencionado en alguna de sus poesías. Andaluz en el que se produce un clarísimo fenómeno de castellanización —toda su vida transcurre entre la árida meseta y el cálido mediodía— , en el espíritu de esas dos regiones, esencia de la península, nutrió el de su lírica, como en otro tiempo hicieran Francisco de Medrano y San Juan de la Cruz. Su niñez, hasta los ochos años, fué sevillana. Después vivió en Madrid, estudiando en el Instituto Libre de Enseñanza, y a fines del siglo realizó un viaje a París, seguido de otros que hizo por diversos lugares de España. En 1907 fué nombrado catedrático de Lengua francesa en Soria, en donde se casó y perdió a su esposa, cuyo recuerdo, según él mismo decía, le acompañó siempre. Bueno a carta cabal —«soy, en el buen sentido de la palabra, bueno»— , humanamente llano, afable, balbuciente, tímido, vive después en Baeza, en Segovia, ciudades pequeñas por las que pasea distraído, con su aspecto derrotado, descuidada la indumentaria, sencillo, noble, modesto. En 1932 se traslada al Instituto Calderón de Madrid, en cuya ciudad fué sorprendido por la rebelión de militares primero y el cerco de extranjeros después. Como Goya en otras y semejantes circunstancias, su vida y su obra marcharon acordes con el vivir y el hacer populares. En los últimos meses de 1936 llega a Valencia, reside en la Casa de la Cultura y más tarde habita en Rocafort, pueblo levantino, comenzando, en todo ese va y ven, su colaboración, que había de ser constante, en la revista Hora de España. Interviene en los debates del Congreso Internacional de Escritores celebrado en Valencia y Madrid —julio de 1937—, trasladándose después a Barcelona, de donde salió —enero de 1939—, en aquel triste río, humano y fugitivo, a dar a la mar del morir o del destierro, que para él todo fué uno. «Donde acaba el pobre río, la inmensa mar nos espera», escribió cierta vez. En Collioure (Pirineos orientales), pueblo francés próximo a la frontera española, «casi desnudo, como los hijos de la mar», según había vaticinado, recibió tierra el 23 de febrero de 1939.

Los pasos que dio en vida hallaron fiel reflejo en su lírica. Atraviesa la época decadente y ridícula de fin de siglo, intacto, sin ser influido por ella. Amigo y admirador de Darío, aunque a veces adopta las formas de éste, el alejandrino sobre todo, no existe, realmente, ninguna semejanza entre la poesía del nicaragüense y la suya. Muy al contrario, el verso de Machado, hondo y grave, es esencialmente opuesto al modernismo, de lujoso idioma exterior, sensual, todo apariencia, tan cargado de moda. Si en su obra no hay relación directa con las bogas del momento —y a ello debe esa nota de clásico envida, de poeta estable, con valor permanente y eterno—, en cambio pueden señalarse claras influencias de las tierras en que habitó. Su lirismo primero, el de Soledades, galerías y otros poemas, tiene muy evidentes huellas andaluzas, y también, en relación con ellas, rasgos del mejor romanticismo, del más digno. El andalucismo culto del Machado de comienzos de siglo, debe ser comprendido ligándolo íntimamente a la figura del otro gran se villano y romántico, Gustavo Adolfo Bécquer, a quien debe la sensación de mundo soñado, de galería interior, de poesía desnuda, y el palpitar de su palabra, que procede del alma, próximo a las Rimas. Nostalgia, transparencia y construcciones poéticas basadas en el recuerdo se unen en esa obra a la poesía española espiritual de Manrique y Quevedo, a quienes recuerda por su fondo moral y su pensamiento de empaque varonil, sencillo y a veces melancólico. 

Se traslada al yermo castellano, pasa años en Soria, «árida y fría», y entonces cultiva el paisaje y la descripción de la alta meseta, gris y adusta, en poemas en donde asoman un tanto la elocuencia y el énfasis, faltándoles, acaso, la extraordinaria justeza de su primera época. Campos de Castilla, su nuevo libro, le señala con toda evidencia como el único poeta en verso del 98. Ya en su obra anterior se apreciaban trazas de esa generación —pesimismo, ausencia de retórica, tristeza— , que ahora acentúa con su preocupación por el destino de España, con su amor a la tierra, su acercamiento al pueblo y por el sentido social que aparece en sus versos. El afán crítico mostrado en ellos, rasgo propio de la citada generación, deja traslucir la ideología de origen krausista, común a muchos de sus contemporáneos y maestros, que en Machado se manifiesta con personales influjos de Kant y Schopenhauer. Uno de los aspectos de Campos de Castilla, el de los proverbios rimados, se prolonga en Nuevas canciones, obra compuesta, en su mayor parte, de poesía sentenciosa lírico-popular, en la que se confunden pensamiento y canción como es norma entre sus paisanos. 

Los últimos escritos de este poeta, casi todos en prosa, contienen su «arte poética», metafísica y glosas de toda índole, con las que prueba el hondo conocimiento que tuvo de la filosofía, por la que estaban sus preferencias, y su certeza peculiar para el comentario, cualidad que hizo de él un «pobrecito hablador» de nuestra época. Antonio Machado ocupa, con Juan Ramón Jiménez, el más alto rango en la poesía española contemporánea. Gran poeta menor, de obra breve por concentrada e intensa, identificó hombría de bien y nombradía, hombre y nombre, uniendo a su profunda lírica, expresión viva de nuestro pueblo, su muy honrada y noble existencia, limpio azogue en donde puso sus ojos toda la España leal.


José Ricardo Morales
Poetas en el destierro
Editorial Cruz del Sur, 1943





3059. Poetas en el destierro



El pueblo español hubo de pasar, reciente y dolorosamente, por una de sus pruebas más rigurosas, urdida y provocada, según se usa, a sus espaldas, y en ella, como le cuadra, supo sentar cátedra de bien morir, de honrada muerte. Nuestro destino, signo o cruz que llevamos a cuestas, ese sino que es contra dicción de un sí y un no, condujo a nuestro país al conflicto de sus valores afirmativos contra el no de los negados y los renegados. La adversa ria fuerza del sino, del pro y el contra, nos llevó a la cervantina fuerza de la sangre, y sobre España anduvo de nuevo la muerte en danza al son que le tocaban quienes no son y la desataron. El árbol poético español actual, de abrileña hermosura, el más lozano que desde los siglos de oro haya existido, sintió, con la guerra, desmochados y hendidos a sangre y fuego sus más espléndidos y verdecientes ramos. Su poesía, que era, como la eterna, de sangre y de fuego, ardorosa corriente, «llama de amor viva», letra que nos salía de la sangre, conoció la sangría y la mala muerte que sus enemigos le procuraron. Mucha sangre y mucha vida corrieron por nuestra tierra, y por muchas terribles y malas muertes pasaron nuestras letras y quienes las creaban. Trágica ausencia de los enterrados, la de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández, dueños de su bien morir, vivos siempre en su obra, a cuyo mundo poético, el de sus creaciones, supieron llevar el otro mundo, el de la muerte, rondadora perpe tua de nuestra literatura. Dura suerte también — aquí, en este otro mundo, el nuevo mundo, el tercero y no en discordia, sino en humanísima concordia con nosotros— la de aquellos que están fuera de sí y de lo suyo, los exilados, la de los que no tienen sobre qué caerse muertos, no por mengua de holgura, que les sobra, ni de hacienda, que también está de más, sino por falta de su razón de vida y muerte, que es la tierra, hecha viento durable en la palabra desterrados. 

A los que se tragó la tierra, los enterrados, y a los que la lejana tierra les estraga, los desterrados, hay que juntar también aquellos poetas que en España quedaron heridos por la, para ellos, peor de las muertes: la del silencio. Allá estarán con la lengua viva de nuestro idioma muerta y seca, muda su viva voz inmutable, en espera y desespero de concederle su libre curso y aventura. Con ellos, con los que callan y no otorgan, con los que dan la callada por respuesta en vida y en muerte, está nuestro pensamiento al reunir, en este haz de la antología, a quienes tienen el venturoso privilegio de poder echar a vuelo cuanto de hermosamente bueno les viene a la pluma.

Como en otros siglos, en tiempos de amargor para la patria, a los desterrados corresponde levantar la voz con que nuestra malherida España, vueltas las tornas, se dirá a sí misma y a todos lo mucho que deba decirse. Sólo suena el río cuando agua lleva. Escuchémoslo aquí cantando y sonando, contante y sonante en su limpio manantial, hablando y cantando claro en el venero puro y eterno de la lírica española, fuente honda y estremecida que si no nace ahora de la tierra asolada de España, surge de la otra tierra que es carne viva en sus mejores hijos, tierra o carne desolada y doliente, humana y conmovida de los poetas españoles en destierro


José Ricardo Morales
Poetas en el destierro
Editorial Cruz del Sur, 1943







2811. Yo soy el gran blasfemo

Felipe Camino Galicia de la Rosa (León Felipe)
(Tábara, 11 de abril de 1884 - Ciudad de México, 18 de septiembre de 1968)



El grito suena bien en el vientre de la cueva,
el salmo bajo el mediodía de los templos
y la canción en el crepúsculo…
El grito es el primero.

Hay un turno de voces:
yo grito,
tú rezas,
él canta…
El grito es el primero.

Y hay un turno de bridas:
él las lleva,
tú las llevas,
yo las llevo.
Y a la hora de las sombras subterráneas
la blasfemia reclama sus derechos.

Los caballos piafan ya enganchados y la carroza aguarda…
¿Quién la lleva? Yo: el blasfemo.
Yo la llevo, yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.

Éste es el poeta,
tú eres el salmista,
ése es el que llora,
tú eres el que grita…
yo soy el blasfemo.
Yo la llevo. Yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.

¡Arriba! ¡Subid todos!
¡Vamos hacia el infierno!

La aijada tiene su ritmo,
y la tralla,
y el frito,
y el aullido…
y la blasfemia del cochero.
¡Arre!
¡Músicos, poetas y salmistas;
obispos y guerreros!
Voy a cantar.

Vida mía, vida mía,
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Vida mía, vida mía,
tengo un ojo pitañoso
y el otro con ictericia.
Vida mía, vida mía,
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Esta es mi copla, la copla de mi carne,
la copla de mi cuerpo.
Mas si mis ojos están sucios
los vuestros están ciegos.

¡Músicos,
poetas y salmistas;
obispos y guerreros!
Voy a cantar otra vez.

El viejo rey de Castilla
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
El viejo rey de Castilla
tiene una pierna leprosa
y la otra sifilítica.
El viejo rey de Castilla
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Esta es la copla de mi tierra,
la copla de mi reino.
Mas si mi reino está podrido
su espíritu es eterno.

¡Músicos,
poetas y salmistas;
obispos y guerreros!…
Llevadme de nuevo el compás.

En los cuernos de la mitra
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
En los cuernos de la mitra
hay una plegaria verde
y otra plegaria amarilla.
En los cuernos de la mitra
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Ésta es la copla de mi alma,
de mi alma sin templo
porque la bestia negra apocalíptica,
lo ha llenado de estiércol.

Tres veces cantó el gallo,
tres veces negó Pedro,
tres veces canto yo:
por mi carne,
por mi patria
y por mi templo…
Por todo lo que tuve
y ya no tengo…

¡Arre! ¡Arre! ¡Arre!
¡Vamos al infierno!
Tú con el laúd,
éste con el salterio,
aquel con la bocina,
ése con su lamento,
vosotros con la espada,
y yo, como Don Juan y como Job,
maldiciendo, blasfemando…
cada cual con su instrumento.

Vamos bien,
no hemos errado el sendero.
Conjugad otra vez:
éste es el poeta,
tú eres el salmista,
ése es el que llora,
tú eres el que grita.
Yo soy el blasfemo…
¿Y el sabio? ¿Donde está el sabio? ¡Eh, tu!
Tú que sabes lo que pesan las piedras y lo que corre el viento…
¿Cuál es la velocidad de las tinieblas y la dureza del silencio?
¿No contestas?… Pues las bridas son mías.
Yo la llevo,
yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.

Músicos, sabios,
poetas y salmistas,
obispos y guerreros…
Dejadme todavía preguntar:
¿Quién ha roto la luna del espejo?
¿Quién ha sido?
¿La piedra de la huelga,
la pistola del gángster,
o el tapón del champaña que disparó el banquero?
¿Quién ha sido?
¿El canto rodado del poeta,
el reculón del sabio, o el empujón del necio?
¿Quién ha sido,
la vara del juez, el báculo o el cetro?
¿Quien ha sido?
¿Nadie sabe quién ha sido?
Pues las bridas son mías.
¡Adelante! ¡Arre! ¡Arre!…
¡Vamos hacia el infierno!

Ya no hay otro camino.
«¿Llegaremos a tiempo?»
«¿Antes de que amanezca?»
«Desde luego.»

Y para hacer más corta la jornada
ahora cantaremos en coro,
y cantaremos las coplas
del Gran Conserje Pedro.
Yo llevaré la voz cantante
y vosotros el estribillo
con lúgubre ritmo de allegreto.

(Copla)
Vino la guerra.
Y para hacer obuses y torpedos
los soldados iban recogiendo
todos los hierros viejos de la ciudad.
Y Pedro, el Gran Conserje Pedro,
le dijo a un soldado:
«Tomad esto…»
Y le dio las llaves del templo.

(Estribillo)
Pedro, Pedro…
El Gran Conserje Pedro
que ha vendido las llaves del templo.

(Copla)
Pedro… Te dijo el Señor de los Olivos
cuando heriste con tu espada al siervo:
«Mete esa espada en la vaina,
que yo sé a lo que vengo.»
Y la metiste…
con las cajas de caudales en el templo.

(Estribillo)
Pedro, Pedro,
el Gran Conserje Pedro,
amigo de soldados y banqueros.

(Copla)
Y ahora tenemos que ir al cielo
dando un gran rodeo
por el camino del infierno,
cavando un largo túnel en el suelo
y preguntando a las raíces y a los topos,
porqué ya no hay campanas ni espadañas, Pedro,
y los pájaros… todos tus pájaros se han muerto.

(Estribillo)
¡Pedro, Pedro,
todos tus pájaros se han muerto!


Sin embargo, señores,
yo no soy un escéptico
y hay unas cuantas cosas en que creo.
Por ejemplo, creo en el Sol, en el Diluvio y en el estiércol;
en la blasfemia, en las lágrimas y en el infierno;
en la guadaña y en el Viento;
en el lagar, en la piedra redonda del amolador y en la piedra redonda del viejo molinero;
y en el hacha que derriba los árboles y descuartiza los salmos y los versos;
en la locura y en el sueño…
y en el gas de la fiebre también creo,
en ese gas ingrávido, expansivo y etéreo,
antifilosófico, antidogmático y antidialéctico
que revienta los globos…
los grandes globos, los globitos y el cerebro.
Y creo que hay luz en el rito,
luz en el culto y luz en el misterio.
Creo que el agua se hace vino,
y sangre el vino,
sangre de Dios y sangre de mi cuerpo.
Creo que el trigo se hace harina y carne la harina…,
carne de Dios y carne de mi cuerpo.
Creo que un hombre honrado cuando nos da su pan
tiene el cuerpo de Cristo entre los dedos.

Éste es mi credo.
Éste es mi viejo credo y pronto será el vuestro.
Ya lo iréis aprendiendo.
Con él entraremos por la puerta norte
y saldremos por el postigo del infierno.

El infierno no es un fin, es un medio…
Nos salvaremos por el fuego.
Y no es un fuego eterno.
Pero es, como las lágrimas,
un elevado precio
que hay que pagarle a Dios,
sin bulas ni descuentos,
para entrar en el reino de la luz,
en el reino de los hombre,
en el reino de los héroes,
en el reino que vosotros habéis llamado siempre
el reino beatífico del cielo.

¡Vamos allá!
¿Estamos todos?
Hagamos el último recuento:
Éste es el salmista,
el que deshizo el salmo
cuando dijo con ira y sin consejo:
«Tú eres el Dios que venga mis agravios
y sujeta debajo de mí, pueblos.»
Y éste es el poeta luciferino,
el que inventó el poema
esterilizado y antiséptico
y guardó en autoclaves la canción,
puritano, orgulloso y fariseo.

¡Oh, puristas y estetas!
Aún no está limpio vuestro verso
y su última escoria ha de dejarla
en los crisoles del infierno.
Aquí van los artistas sodomitas,
los pintores bizcos
y los poetas inversos.

No lloréis.
Pero no digáis tampoco
que la Luz y el Amor se ven mejor
torciendo la mirada o torciendo el sexo.
Ni llanto ni ufanía. Vamos al gran taller,
a la gran fragua
donde se enderezan los entuertos.

Aquel es el que grita,
el hombre de la furia,
y aquel otro el que llora,
el hombre del lamento.
Allá va el rey leproso y sifilítico,
éste es el sabio tímido,
cargado de tarjetas y de miedo.

Aquí van el juez y el gángster
los dos juntos en el mismo verso.
Éste es el Presidente
demócrata y guerrero
que desnudó la espada en el verano
y debió desnudarla en el invierno.

¡Ay del que se armó tan sólo
para defender su granero,
y no se armó
para defender primero el pan de todos!
¡Ay, del que dice todavía:
nos proponemos conservar lo nuestro!
Allí va el demagogo,
aquél es el banquero,
éstos son los cristianos
-que ahora se llaman los «cristeros»-
Y éste es el hombre de la mitra,
la bestia de dos cuernos,
el que vendió las llaves…
el Gran Conserje Pedro…

¡Aquí van todos!
Y aquí voy yo con ellos.
Aquí voy yo también, yo, el hombre de la tralla,
el de los ojos sucios… el blasfemo.

Sí.
Ahora ya sin hogar y sin reino
sin canción y sin salmo,
sin llaves y sin templo…
yo la llevo, yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.

Se va del salmo al llanto,
del llanto al grito,
del grito al veneno…
¡Arre! ¡Arre!
¡Y se gana la luz desde el infierno!


León Felipe
Ganarás la luz, 1943