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2865. Convulsiones. Diario del soldado republicano Jaume Cusidó Llobet. Prisioneros catalanes en el ‘Gulag’ de León

Agradezco a los lectores y lectoras de este magnífico y apreciado Blog me permitan darles cuenta de la muy reciente aparición en Ediciones del Lobo Sapiens de una nueva obra de mi autoría, titulada ahora Convulsiones. Diario del soldado republicano Jaume Cusidó Llobet. Prisioneros catalanes en el ‘Gulag’ de León, salida de la imprenta el pasado día 2 de este mes de julio.

El libro ha sido –una vez más- prologado por el insigne historiador e hispanista Sir Paul Preston, y, aún a riesgo de ser tachado de inmodesto, me atrevo a trasladar aquí algunas de sus apreciaciones:

“Pertenece –el autor- al grupo de investigadores minuciosos cuyos trabajos son imprescindibles… Se trata de un estudio enjundioso de lo que él  llama el ‘Gulag’ de León,  y su descubrimiento y reproducción del Diario del soldado republicano Jaume Cusidó Llobet de los últimos meses de la guerra y los primeros del franquismo, es un hallazgo de primera importancia…, y nos ofrece una visión de la guerra civil muy diferente a las de rabia o agresividad que impregnan otros diarios. La inclusión, también, de las cartas que el cautivo Cusidó y su mujer se entrecruzan es otro gran acierto y amplía lo anteriormente dicho…El volumen en total constituye un trabajo impresionante. Primero, saca a la luz un tema prácticamente desconocido hasta ahora: el campo de concentración de prisioneros de guerra que existió en Valencia de Don Juan. Luego, añade información ingente sobre el campo de prisioneros de San Marcos, el campo de concentración de Santa Ana de León y los campos astorganos de Santocildes y La Pajera. Finalmente, revela algo que ha permanecido casi en el más absoluto silencio: los más de 290 catalanes asesinados en León…No dudo que este libro abrirá nuevas puertas en una temática todavía bastante desconocida y ayudará a los investigadores a entender más y mejor el horror que fueron la prisión y campo de concentración de prisioneros de guerra de San Marcos de León y los demás de la ciudad y la provincia, y, cómo no, la Guerra Civil española. Otra vez, estamos en deuda con José Cabañas”.

Por mi parte, en cuanto al contenido de este nuevo trabajo, haría notar que a los Diarios de Jaume Cusidó (uno de tantos y de tantas como hubieron de sufrir en carne propia, ellos y sus allegados, las ignominias y los dramas de una guerra que otros desataron), transcritos, traducidos y contextualizados con numerosas notas, añadí lo siguiente:

La transcripción de algunas de las cartas que el prisionero cruza con su familia en Sabadell mientras se halla confinado en el campo coyantino; el resultado de mis indagaciones sobre tan desconocido campo de concentración como hasta ahora ha sido el que se habilitó durante los años de la guerra y el inicio de la posguerra en los Talleres Casa Ponga de Valencia de Don Juan; el Diario que otro soldado, movilizado en las filas nacionales, Antonio Lobato Cabañas, natural de Jiménez de Jamuz, escribió desde las primeras líneas del frente de Aragón y otros a lo largo de algunos meses de 1937 y 1938, y que traigo como contraste o contrapunto a los que Jaume Cusidó, en parte en el mismo tiempo, compuso al otro lado de las trincheras; una centena de reseñas de cautivos que penaron en la Prisión de Partido de Valencia de Don Juan en los tiempos de la guerra; una extensa relación nominal de los varios centenares de prisioneros de guerra catalanes inhumados en las fosas comunes del cementerio de León en el invierno y la primavera de 1939, fusilados en el campo de tiro militar de Puente Castro tras ser sacados del Campo de Concentración de San Marcos o fallecidos dentro de sus muros por enfermedades y privaciones; una amplia serie de más extensas y detalladas referencias sobre algunos de aquellos y otros que, de la misma procedencia, sobrevivieron a las tribulaciones de su paso por tal campo o por los al menos otros seis que con él vinieron a constituir una especie de particular “gulag” leonés infame y vergonzante, a los que les cupo la desventura de padecer alguno de aquellos aflictivos y afrentosos recintos en los que mayoritariamente (parece que no en todos) se impuso la deshumanización y la crueldad; y un manojo de desgarrados testimonios dejados por otros prisioneros tras haber sufrido alguno o varios de aquellos campos leoneses y las innumerables y brutales violencias de todo tipo que en casi todos se estilaron, en algún caso contrapuestos a los complacientes y falseados relatos que de la vida en ellos se hacía desde los medios de comunicación del régimen que los había establecido.

Agregué además algunos apartados con informaciones y noticias que vienen a sumar nuevos conocimientos sobre los campos de concentración de San Marcos y Santa Ana de León, y a inaugurar prácticamente los que también ahora comenzamos a tener sobre otros dos asimismo apenas conocidos y asentados en Astorga: el de La Pajera, y el que aparece en algunos documentos como Campo de Concentración de Astorga en el Cuartel de Santocildes, asentado en aquel inmenso recinto militar cuyas instalaciones compartían sus prisioneros de guerra con los reclusos de la Prisión Central que también lo habitaban, una situación de coexistencia de unos y otros en el mismo reducto similar a la que se daba en San Marcos de León hasta el inicio de 1939, y que tampoco ha sido hasta el presente nítidamente esclarecida y remarcada, como no lo ha sido la dedicación oficial durante algunos años de la guerra y la posguerra de la Prisión de Partido de Astorga a Prisión de Mujeres, que también ahora desvelo.

Con todo ello, con las penosas odiseas que se cuentan de Jaume Cusidó y de los demás que dejaron testimonio de ellas y de los lugares en los que transcurrieron, con tales retazos de lo que viene a ser un mismo lienzo, fui componiendo a lo largo de casi tres años este libro, que estimo pueda ser de interés para cualquiera que desee aproximarse y mirar de cerca a lo que fue nuestro reciente y cercano pasado, en el que se dieron, en medio de episodios tan bárbaramente negros y terribles como los que aquí se han recogido, fulgurantes y solidarios destellos de humanidad y de altruismo como los que también se relatan. 

Componen así los contenidos señalados las dos piezas o secciones en las que el libro se estructura (bien pudiera decirse, que, aunque relacionados, se trataría de dos libros en uno). Su título, Convulsiones, remite a la referencia que a ellas y a las tragedias en que estas desembocan, y a los votos para que no se repitan, hace el ya entonces exprisionero de guerra Jaume Cusidó en el remate de sus Diarios, y lo hemos adoptado por creerlo idóneo para un trabajo como este, en el que se muestra un extenso haz de las abundantes conmociones y calamidades (personales, familiares, colectivas) que tiempos tornados en aciagos vinieron a deparar a tantos, parte de las muchas que acompañaron a aquella guerra civil que fue “la más horrenda e infausta de las convulsiones que consignó la historia”.

Se refieren en la obra abundantes atrocidades e ignominias perpetradas en los numerosos recintos de confinamiento de presos y prisioneros desperdigados por la provincia leonesa (7 campos de concentración; prisiones, 9 de partido, la provincial, y la central de Santocildes; destacamentos penales –no menos de 9-, y batallones de trabajadores -12 al menos-, siempre como mínimo; fueron más los encierros): “los piojos, los golpes, las palizas, el frío,… de San Marcos, y que morían en él por las enfermedades y penurias media docena de personas cada día”. “Las noches en San Marcos eran de miedo: en todas ellas sacaban gente a fusilar. De carambola estamos vivos” (según otro testimonio). El año y medio pasado en la astorgana Prisión Central de Santocildes, y que “fue peor que la muerte”. La Prisión Provincial (“un antro de desolación en el que nos trataban como si fuésemos animales; en muchas ocasiones peor. Nos maltrataron con crueldad”, dirá una de sus presas). “La miseria común que a todos nos devoraba” en el campo de Santa Ana–La Pajera de Astorga, “tan hambrientos que algunos comían crudas las berzas descuidadas de las que los labradores suministraban para el rancho de los cautivos”. Santa Ana de León, “lugar donde toda ruindad y villanía tienen cabida, a pesar de que, como muchos otros campos, lleva nombre de santos en la España que está luchando en una Cruzada contra los sin Dios”, con San Marcos, “antros de vileza e ignominia” en los que tantos “conocieron lo peor de la condición humana”.

Pero también se muestran, en admirable oposición a tanta barbarie, las ayudas o intentos de ayudar -no siempre permitidos- de algunas gentes leonesas a los aprisionados en las ergástulas locales, que no dejaron de darse en épocas tan duras, peligrosas y difíciles incluso en el infierno de morideros como aquellos (se dieron en San Marcos de León, y se dieron en Astorga), entre las que contrasta notablemente con las crueldades de otros reclusorios tanto el oasis de magnanimidad y compasión que al mismo tiempo se vivía en el coyantino campo de concentración de Casa Ponga, como el benévolo acogimiento y la generosidad que con sus cautivos tantos vecinos y vecinas de Valencia de Don Juan practicaron, más meritorio en unos tiempos tan sobrados de tragedias, indignidades, miedos y rencores.

Este nuevo libro (en formato 17x24 cms.), que consta de 452 páginas y contiene 90 ilustraciones, además de 626 notas a pie de página, al precio de 25 euros se encuentra ya a la venta en librerías de la provincia y en la sede de Ediciones del Lobo Sapiens (C/ Barahona, 14 – Bajo. dcha, León. Telf.:987170652 - comercial@lobosapiens.net
y, presentada en Valencia de Don Juan el pasado 11 de julio, se presentará en Astorga –en la Biblioteca municipal- el próximo viernes 19 de julio; en Jiménez de Jamuz )mi pueblo) el 8 de agosto; el 23 de agosto en La Bañeza; el 28 de agosto en Ponferrada; en León en septiembre; en Ourense, Lugo y A Coruña en el otoño. 

“La obra que acrecienta lo conocido de los campos de concentración de San Marcos y Santa Ana de León, e inaugura el conocimiento del coyantino de Casa Ponga y los astorganos de La Pajera y Santocildes. Un gran acierto que ayuda a entender el horror de los reclusorios franquistas” (según Paul Preston).

Más información (el Índice, el Prólogo, y la Presentación) sobre el nuevo libro Convulsiones en mi web.


José Cabañas González
14 de julio de 2019






2739. Convite


El relato Convite, de Sol Gómez Arteaga,  está inspirado en una historia que le contó su padre, Antidio Gómez Carriedo, de 83 años de edad, que tenía veintiún meses cuando matan al suyo junto con cuatro paisanos más de su pueblo, Valderas, León, en las tapias del cementerio de Astorga la madrugada del 9 de octubre de 1936. 

Nos cuenta Sol: «En la carta de despedida mi abuelo, José Gómez Chamorro", escribiría a su mujer: "Sacas la ropa al aire para que no se apolille", que tal vez se podría interpretar como "saca a la luz la memoria para que ésta no se entierre". Mi abuela, viuda vitalicia y siempre enlutada, custodió toda su vida la memoria de su marido que las generaciones siguientes recibimos como legado y herencia.

Quiero mencionar unas palabras que mi padre dijo y aparecen grabadas en el documental La historia enterrada, producida en 2016 por Ébano Producciones que dan cuenta de cómo pudieron llegar a sentir y hasta a vivir esos niños, hijos de represaliados de la guerra civil: 
«Ibamos todos los niños que no teníamos padre, tanta era la miseria, al auxilio social, y al salir hubo quien dijo, mira que guapos, si hubiéramos acabado con la raza... No acabaron con nosotros no porque no quisieran acabar, sino para que siguiéramos trabajando para ellos, para que siguiéramos siendo esclavos de ellos.»


Convite

Andrés, insólitamente quieto, mira muy fijo el dintel resquebrajado de la puerta mientras su madre, de rodillas, le abotona la chaqueta del traje que hoy se pone por primera vez. Nota cómo ésta tira de las solapas del cuello hacia arriba e intenta encajarle con precisos toques las hombreras en su sitio. Lleva mucho rato intentando adaptarle el traje a su cuerpo, un imperdible en el talle, unos cuantos alfileres en los bajos. Por último le pone, ya anudada, la corbata de seda. Andrés nota que le oprime el cuello, pero aguanta sin protestar. Está deseando que su madre acabe de una vez.

Paulina los contempla desde atrás.

–Así está muy bien, Socorro. Le queda que ni pintado.

–¿Tú crees? –oye decir a su madre, con un deje de ansiedad en la voz–¿No crees que le queda algo… demasiado grande?

–Y claro, mujer, con esa idea lo diste a arreglar, para que cuando crezca le siga valiendo.

Andrés escucha un gemido muy cerca. Desvía la vista del dintel, mira a su madre que se ha tapado la boca con la mano, que gira la cabeza, esquiva. Entonces contempla su rostro en la luna del espejo. Ve como se limpia, con los dedos índice y corazón, muy rápido, las lágrimas.

–No tengas pesares, Socorro –Paulina pone una mano en el hombro de la madre– es lo mejor que podías hacer.

–Pero él dejó dicho… –su madre habla con un hilo de voz.

–A él le habría gustado –corta tajante Paulina y dirigiéndose al niño–: Y tú, mocoso, arrea a comer a casa de tus primos, si no quieres llegar a las sobras.   

Andrés abandona el cuarto y sale disparado por la parte de atrás de la casa. En el corral, colgado de una punta de la pared de adobe, está el viejo tirachinas. Lo coge y lo mete en el bolso del pantalón mientras escucha a sus espaldas “Andresín, no te manches”. “Ya sabes lo que te he dicho”. Entorna la puerta de madera medio caída y sale a la calle. Echa a correr cuesta abajo. El corazón le late con fuerza. Es el primer pantalón largo que se pone. Y la primera corbata, que intenta aflojar tirando del nudo, sin conseguirlo. También la primera vez que le invitan sus tíos a comer en la gran casona a la que tantas veces ha ido con su madre y sus hermanos más pequeños. Siempre para lo mismo. Para que les den garbanzos o tocino o unas monedas o un poco de cisco para el brasero. Su tía los recibe en ese comedor inmenso, con todos esos muebles y lámparas y porcelanas y les obsequia con unas cuantas pastillas blancas que a él no le gustan nada, pues saben a medicina y que traga sin masticar. La última vez que estuvieron en casa de la tía, hará dos semanas, ésta dijo: “Me traes a Andrés para el cumpleaños de Luisín”, “Pero Anuncia”, “He dicho que me lo traes y no se hable más”, “Sabes que con nosotros estás cumpli…”, la tía no le dejó acabar, “Además, ese día mataremos un pavo. Tú, Andresín, ¿has comido pavo alguna vez?”. Él negó con la cabeza y la tía Anuncia dijo: “Ves, Socorro, el niño no ha comido pavo nunca”. “Bueno”, acató la madre.

Y aunque nada más salir su madre no parecía muy contenta, como si no quisiera que él fuera a esa comida, de camino pararon en casa del sastre para que el traje que habían llevado a arreglar hacía unos meses estuviera para ese día. “No sé, Socorro, si me lo hubieras dicho antes”. Pero al final hubo suerte. Como suerte, piensa Andrés, es tener unos tíos ricos ellos que son pobres, por si un día tienen un apuro. Eso le dijo a su madre anoche, cuando ya estaban acostados. “Bueno, la rica es ella”, había contestado su madre. “Pero el parentesco, en realidad, es con él. Tu padre y el tío Santos eran hermanos”. “Ahh, ya me parecía a mí”. “¿Qué?”, “Pues eso, que el tío es …, no sé, más como nosotros”, “Anda, deja de decir bobadas y duérmete que vas a despertar a tus hermanos”. Pero no podía dormirse, no sabe si por la inminencia de la comida o qué, y siguió cavilando acerca de los parentescos y llegó a la conclusión de que sus primos salían a la madre. Tenían su mismo pelo color azafrán y nunca hacían pellas, ni se canteaban con los otros niños, ni se subían a los árboles a cazar pájaros y apenas le saludaban cuando le veían, como si no fueran familia, ni primos ni nada. Aunque a partir de hoy, con esto del convite…

Llega a la casa grande, con el portón de hierro con filigranas, y cruza el hermoso jardín plagado de rosales en flor. La criada, una joven de no más de dieciséis años, le recibe con una sonrisa:

–Qué guapo estás hoy, Andresín.

El niño no contesta.

–Ven conmigo, los señores están esperando.

Y mientras le conduce al salón, la criada añade:

–Hoy no habrás traído el tirachinas, eh, tormento, hoy te portarás como Dios manda.

El niño saca el tirachinas del bolso del pantalón y se lo muestra. La criada no puede contener la risa que le viene a borbotones. Andrés también ríe. Su asombrosa puntería y la habilidad con que se sube a los árboles le han valido el reconocimiento de mejor cazador de pájaros del contorno. Una tarde llegó a cazar hasta cuarenta y dos pardales que luego vendió por dos pesetas a un forastero de Dimangos. El dinero se lo entregó a su madre, menos una perra chica que se quedó para un pirulí de casa de la tía Jurela, esos sí que están buenos, de azúcar caramelizado y olea por encima. Y aunque los pájaros son lo que mejor se le dan, a veces dispara a las piernas de las chicas y consigue levantarles un palmo la falda por encima de las rodillas sin que ellas se den cuenta, al menos al principio, porque cuando ya lleva levantadas unas cuantas, alguna de las chicas nota algo extraño y empiezan a sospechar que Andresín, el matapardales, como le llaman, no anda muy lejos.  

Cuando llegan al comedor la criada se ha vuelto de pronto seria y dice, con voz desconocida:

 –Aquí está Andresín, digo…Andrés.

Ya están todos sentados a la mesa que preside la tía. A su lado está el tío Santos y, al lado, su primo pequeño. A él le colocan junto al homenajeado. La criada le pregunta, antes de que tome asiento, si no se quita la chaqueta y él dice “No, no, de momento no”, mientras recuerda las advertencias que le ha hecho su madre: “Saluda cuando llegues”, “Felicita a tu primo”.

–Buenos días –dice, y a su primo–: Felicidades, primo–dudando entre darle la mano o dos besos. Al final le da dos besos.

–Gracias –contesta el otro, levantándose y volviéndose a sentar. Entonces observa que lleva pantalón corto. Y una camisa que le ha visto en el colegio infinidad de veces.

Enseguida llega la criada con la sopera humeante y sirve, ante un gesto de la tía, primero a su primo Luis. Una sopa con trozos grandes y alargados de carne, zanahoria, cebolla y pimientos verdes. Luego le sirve a él. La sopa huele bien. Nada que ver con el caldo que les dan en el comedor del auxilio social todos los días. Está caliente, además. De pronto le entra un hambre atroz pero recuerda las advertencias de su madre: “No te lances al plato, que te conozco, come cuando todos se pongan a comer, demuestra que tienes educación”. Las tripas le rugen sin que pueda evitarlo. Y el nudo de la corbata le oprime una barbaridad. Entonces se quita la chaqueta que cuelga de la silla, luciendo una camisa inmaculada plagada de diminutas jaretas, que era de su padre y que su madre también dio a arreglar. Las mangas están recogidas en graciosas lorzas que irán deshaciendo a medida que crezca. Las tripas le vuelven a crujir cuando la criada sirve a su primo pequeño. Nota que todos los ojos están fijos en él. La criada por fin se retira.    

–Vaya guapo que estás hoy –comenta amable el tío Santos llevando la cuchara al plato.

“Ahora” se dice a sí mismo Andrés, “Ahora es el momento”. Coge con la cuchara el trozo más grande de carne del plato y se lo lleva a la boca.

–Más valía que en vez de llevar el traje al sastre, su madre hubiera comprado un saco de harina.

–Mujer –dice el tío Santos.

Andrés mantiene el trozo de carne en la boca sin tragarla. Piensa en las noches que, para pagar al sastre, su familia ha cenado un mendrugo de pan que su madre consiguió burlarle al ama. Pero hay más cosas. Cosas que él todavía no acierta a entender, relacionadas con la carta que su padre dejó escrita la madrugada del nueve de octubre de mil novecientos treinta y seis, horas antes de que le fusilaran, que su madre lee todas las noches sentada en la cama, cuando cree que todos duermen y que luego guarda bajo el somier “...Me sacas el traje al aire para que no se apolille…”.

–¿No comes,  Andresín? –pregunta su tía.

Andrés traga sin masticar el trozo de carne que tiene en la boca. Posa la cuchara en la mesa, dice con voz apenas audible: 

–No tengo hambre. Además me tengo que ir.

–Será posible…

Aunque Andrés sabe que es de mala educación levantarse de la mesa en plena comida, coge la chaqueta de la silla y abandona el comedor. Se le ha pasado el hambre de un plumazo. Con paso ligero cruza el jardín de los rosales, empuja la puerta de hierro. Nada más alcanzar la calle se arrepiente de no haberle dicho cuatro cosas a la bruja de su tía, que sabrá ella de la vida. Con el tirachinas en la mano corre hacia el camino de las acacias. El resto de la tarde matará unos pájaros y se los llevará a su madre para que los haga fritos para la cena. Con cuidado de no mancharse ni rasgarse, al subirse a los árboles, el traje nuevo. 


Sol Gómez Arteaga
Los cinco de trasrey, 2012, editado por la Fundación Veintisiete de Marzo


Antidio Gómez Carriedo. Fotografía de José Camó








2651. El día 18 de julio del año 1936 era sábado

Tropas franquistas en León, julio de 1936


Se acabaron las contemplaciones, compañero. Ya se acabó la pachanga, ahora empieza el tiroteo. Ponte en lo peor, porque las señales son mortales de necesidad. Aquí el famoso dilema: «Ser o no ser». Y no es por hacerme el transcendente, pero a mi me parece que solamente aquellos que han montado la función conocen sus respectivos papeles y por tanto el desenlace previsto en el guión... Otra cosa será si no se les coda el diálogo.

El día 18 de julio del año 1936 era sábado. Y, tal como suele suceder por estas regiones mesetarias, el sol se desplomaba con todo su peso y con todo su fuego. Caminar por las escasamente transitadas, porque el miedo guarda la viña, suponía ya por sí solo, un motivo de registro en los anales de la historia que nos disponíamos a hacer entre casi todos. Porque también les había -y acaso fueran los más numerosos- que no quedan saber nada, y que tan sólo aspiraban a que les dejaran en su pacífica mediocridad, en su vagar a tontas y a locas.

En mi condición de Regente de la Imprenta Moderna, me acerco al centro de trabajo por si se hubiera comunicado alguna orden por parte de los sindicatos. Nadie sabía nada. Solamente se conocían las informaciones que se habían filtrado a través de las emisoras: Que las guarniciones de África se habían sublevado, que las multitudes más o menos armadas habían asaltado el Cuartel de la Montaña en Madrid, y que el Gobierno, pese a las noticias contradictorias con las que se intentaba dominar la situación, controlaba perfectamente todos los mecanismos principales de la República. Pese a todos los esfuerzos por serenar los ánimos y por imponer un cierto estado de fe y de confianza en el Gobierno legal, lo cierto es que el pueblo corriente y moliente, no se creía más que lo que veía. Y sobre todo lo que temía. España era un campo probado de sublevaciones, de pronunciamientos, de algaradas militares, y así que se conocía el episodio de un sargento de coraceros que se levantara en armas, el país se echaba a temblar. No porque concediera demasiada importancia a la asonada de los sargentos, sino porque sabía que lo de echarse a la calle e imponer la ley militar a redoble de tambor era una práctica muy ensayada por nuestros esforzados campeones, que solo tener una enorme capacidad de corrosión, y que al final, casi siempre terminaba el pleito reduciendo al pueblo a la condición de paciente y resignado encalador del golpe. Hasta que los caballos de Pavía reventaban. Así es que aunque en la pacífica villa de las torres y de los templos mil, no se apreciaran en la calle todavía motivos demasiado evidentes de alteraciones, todos nos sentíamos oprimidos por una extraña sensación de inseguridad. El desconcierto era tan absoluto, que ni siquiera los Sindicatos, disponían de una estrategia previa para el caso de que tuvieran que abandonar su actitud pasiva y plantear de cara y a todo riesgo una postura de defensa de la República o de decisiva agresión contra las fuerzas que amenazaban la paz republicana.


*


El sábado, día 18 de julio de 1936 puede decirse que fue el día crucial en la historia contemporánea de la Ciudad. Si en ese plazo las autoridades, los sindicatos, los mandos militares afectos a la República hubieran tomado una decisión, sin duda de ningún género que todo hubiera sido distinto. No digo que mejor n ni que peor, porque tampoco estoy a estas alturas por ejercer de oráculo, pero si puedo asegurar que el desenlace general de la tragedia no se hubiera parecido en nada a lo que nos vimos obligados a contemplar y a sufrir. Pero el gobernador, absolutamente sumido en un profundo estupor, no tan sólo no entendía lo que pasaba, sino que ignoraba qué papel era el que le correspondía representar. Y no aceptaba ninguno. Y se le iba el tiempo y la fuerza y la oportunidad en conferencias con la capital de las Españas en llamas, solicitando, se supone que con lágrimas en los ojos, un consejo, una solución.

Los representantes del Frente Popular acudían con puntualidad y disciplina a las citas del gobernador, y entre ellos se producían los inevitables choques, pues que en tanto que los representantes del Partido Comunista, que eran tres, del Partido Sindicalista, que venían a ser otros tres y de la Confederación del Trabajo, que efectivamente tenía el peso específico de su propia naturaleza revolucionaria y de su heroico historial de lucha contra esto y contra aquello, solicitaban el urgente armamento del pueblo, los representantes del Partido Socialista y los de los distintos partidos republicanos, junto con los asesores militares (Capitanes Lozano y Calleja), se resistían a ceder en ese aspecto de la tremenda cuestión, considerando en su fuero interno que si las masas populares eran armadas su control escaparía a toda previsión oficial, produciéndose tal vez un movimiento revolucionario de consecuencias infinitamente peores que las que pudieran derivarse del levantamiento militar, al fin y al cabo, defensor de un orden.

Puede, pues, asegurarse que la República o su representación oficial perdió los papeles para no recobrarles ya nunca, en ese sábado con sol de justicia. Fue un día perdido en conciliábulos, en cálculos estadísticos, en platicas de familia, mientras en la calle, las gentes acudían al trabajo con desgana y con miedo, y comprobaban con alarma cómo en determinados enclaves de la Ciudad (el Palacio Episcopal, la Catedral, el Convento de los Agustinos, el de los Capuchinos y algunos otros centros calificados de lugares de reclutamiento de voluntarios para la lucha contra el comunismo) se movían gentes, se desplazaban reconocidos dirigentes de la derecha más combativa y en suma se preparaban los instrumentos para una pelea anunciada. Había que ser muy ingenuo o muy recalcitrante para no darse cuenta de que en realidad estábamos asistiendo a una sorda agonía: La de un sistema político, la República, que se nos moría desangrada entre las manos. Y no por la fuerza de la razón contraria, sino por la inmensa, por la absurda torpeza de aquellos que se habían hecho cargo de su cuidado y desarrollo. Los cuales -y ya es hora de proclamarlo, compañero- le tenían más pavor a los resultados de un triunfo popular que a una victoria de los generales, al fin y al cabo pertenecientes a los mismos estratos sociales que la ambigua burguesía republicana y que la tibia ideología socialista.

Aquella noche, la Ciudad se cubrió de sombras y cerró los ojos, con el corazón encogido. Fue una noche de pesadilla, en la cual pocos pudieron dormir acosados por el miedo.


*


El día 19, domingo, las gentes se echan a la calle. Nadie piensa que en un día tan señalado, tan litúrgico, pueda utilizarse para hacer una revolución. Ni siquiera de derechas. Y acude a la calle a enterarse de la marcha de los acontecimientos. Estos no pueden ser, por lo que respecta a la Ciudad, situada en la cruz de los caminos que llevan a las Asturias, a Galicia la Varona desde las tierras dramáticas de Castilla-Valladolid, ni más amargos ni más amenazadores: Valladolid se ha rendido a los sublevados; Burgos se ha colocado en cabeza de los pueblos en armas, Salamanca se convierte en cuartel general de los amotinados, Asturias, donde el General Aranda, masón y republicano, juega su partida con cartas marcadas, domina la situación; Galicia se ha colocado al lado del bando de milites airados.

¿León resiste? No; lo que sucede es que a León le han llegado, empujados, mediante engaños, por Aranda, desde las zonas mineras, más de tres mil mineros como ejército liberador. Han venido a León en camiones, sin armas, aunque con una gran dotación de dinamita. Y en León deciden armarse para emprender la auténtica Cruzada de liberación de los pueblos sometidos por los milites sublevados. La presencia de estos miles de hombres, tan fuertes, tan disciplinados, tan seguros de su fuerza y de la empresa que se disponen a acometer, reanima a las desfallecidas huestes republicanas de la Ciudad. No todo está perdido, dicen algunos de los más despavoridos. Como se ha declarado el estado de guerra, ante las noticias que van llegando de los distintos frentes abiertos en la Península, el Consejo Popular que figura en sesión permanente en el Gobierno Civil, acuerda suspender la extrema medida. Tampoco servía para mucho, dado que con estado de guerra y sin él, los comprometidos en el asalto al poder, seguían agrupando fuerzas y estableciendo estrategias. Pero en este mundo traidor el que no se engaña a sí mismo es porque no quiere. Y los ilustres miembros de la Ejecutiva provincial estaban dispuestos a engañarse.

Llegó, como respuesta a las angustiosas demandas del Gobierno Civil, nada menos que el Inspector General del Ejército, Juan Rodríguez Caminero. Vino, vio y se marchó sin decir ni esta boca es mía, ni este ejército tampoco. Nadie supo nunca a qué había venido a León el general Caminero, como no fuera a comprobar el estado de confusión en que se encontraban las llamadas fuerzas vivas, tan decisivamente muertas que acabaron precisamente, con las botas puestas, apresados en su propio refugio del Gobierno Civil.

El Paseo de la Condesa de Sagasta hubo de convertirse en cuartel al aire libre donde los tres o cuatro mil mineros astur-leoneses encontraron acogimiento, mientras sus mandos celebraban activas conferencias con las autoridades militares y civiles para que les fueran otorgadas las armas que el General Aranda les prometiera cuando les empujó a salir del Principado. Fueron estas conversaciones sin duda el capítulo más perverso, más sucio, más nauseabundo de esta guerra de trampas y de traiciones que nos disponíamos a soportar. Es necesario que desde Madrid se imponga al mando militar de León que les sean entregadas armas a los mineros en marcha. Y el General Carlos Bosch, gobernador militar, acaba accediendo. Y se entregan doscientos fusiles y cuatro ametralladoras, tan inservibles que con ellas en la mano fueron machacados los portadores. Pero claro es, el pueblo nada sabe. Más aún, ha de pasar mucho tiempo hasta que se conozca el forro siniestro de aquella operación, en la que tomaron parte los militares comprometidos, con la inhibición de los otros militares, empezando por el General Caminero, de tan infausto recuerdo.

El heterogéneo ejército miliciano constituyó el motivo principal de la curiosidad y del entusiasmo de los vecinos acomplejados y temerosos de la Villa. Y hacia su acuartelamiento al aire libre, a la orilla del Padre Bernesga, acudió el pueblo, para expresarles su gratitud por el bello gesto de venir a salvarle. ¿A salvarnos? Ni ellos mismos consiguieron su propio rescate. Que por tierras leonesas dejaron la piel. Y es que aunque no acabáramos de aceptarlo, la verdad era que estábamos en guerra, los unos contra los otros.

Cuando la hueste minera abandonó el Paseo, rumbo a la muerte sin sentido, el lugar quedó cubierto de latas y de residuos diversos, que son como la señal, la huella del paso de las tropas cuando van de algara...

Del episodio del engaño que sufrieron estos hombres alistados para la guerra en defensa de la República, solo se tienen referencias interesadas, unas para ocultar lo que la operación tuvo de manipulación tramposa y consecuentemente criminal, porque como resultado de ella, acabaron centenares de seres humanos, («En el amor y en la guerra todos los medios son buenos, compañero») y otros para exaltar hasta lo sublime lo que no dejó de ser una muestra más de la incompetencia criminal con que algunos habían asumido la responsabilidad de controlar el desafuero.

Pero a mi me fue dado conocer de viva voz y en situación verdaderamente grave, en la que no caben ni juegos de palabras ni artificios dialécticos, la verdad del curioso episodio: Por una de las muchas variaciones de los vientos del favor y de la fortuna, que desde siempre han movido mi barca, me vi en la carcelona de Puerta Castillo, inculpado de todavía no se exactamente qué delito y debilidad, porque de los débiles y confiados suele ser el infierno de las cárceles y de las condenaciones, y metido en una celdona grande en la que convivíamos, si a esto se le puede llamar convivir, cuando lo lógico sería decir malmorir, no menos de sesenta personas de toda índole y condición: Desde el comerciante de la plaza hasta el obrero carpintero o el profesor de matemáticas. Los más antiguos y se supone que por derecho de veteranía, ocupaban los seis camastros existentes y al resto de la manada encarcelada, nos servía el santo suelo de lecho propicio, porque a todo se acostumbra uno, y justamente pegado a mi costado, que el espacio no nos permitía desaprovechar terrenos vacíos, me correspondió la compañía del Teniente de Guardias de Asalto, Emilio Fernández, uno de los militares en los cuales la República confiaba y cuyos consejos con más vigor e inconsciencia fueron desoídos.

El caso fue que este excelente militar y ejemplar ciudadano, después de un rocambolesco vagar por tierras de Portugal, fue entregado por la policía salazarista a la Guardia Civil de Tuy y desde aquella plaza remitido a León, tierra de su procedencia. Fue sometido a proceso y condenado a muerte. Y en aquella celdona esperaba desde hacía semanas el cumplimiento de la sentencia. (No creo que exista nada más cruel, más inhumano, que la espera de la muerte todos los días, a todas las horas, sin poder descansar en ningún instante, sin dominar la angustia inevitable que cualquier ruido produce).

Las noches del Teniente Emilio, eran de tal dramaticidad que imponía respeto. Y todos le acompañábamos en sus monstruosas pesadillas. En voz baja, como en confesión con la propia conciencia, el Teniente consumía horas y horas de la noche para explicarme la verdad de lo ocurrido en aquella operación de la entrega de los fusiles a los mineros, que era, a lo que parecía, una de las acusaciones más determinantes de su condena a muerte.

Había elevado hasta las más altas autoridades militares de la nación largos y puntuales escritos de descargo, en los cuales intentaba probar que gracias a su decisiva intervención, los fusiles que se les dieron a los mineros habían sido previamente limados los cerrojos convirtiéndoles en armas perfectamente inútiles. No le sirvió de nada el recurso, por el cual se declaraba autor de la inutilización de las armas de que se dotó a los mineros. Y una noche, ya rayando el alba, rechinaron de manera muy especial los cerrojos de la celdona. Y el Teniente Emilio Fernández, sin descomponer el rostro, se puso en pie y dijo solamente: «Vienen a por mí». Fue fusilado.

Repasando otro día el capítulo de mis desventuras, en la compañía confortadora de Don Victorio Campos, capellán de las Hermanitas de los Pobres y beneficiado de la Catedral, hombre generoso por naturaleza, por convicción, por costumbre y por auténtico entendimiento de la doctrina cristiana, me reveló que fue él precisamente, juntamente con Sor Micaela, que era la Madre Superiora de la Comunidad, el que había proporcionado los medios para que el Teniente Emilio Fernández abandonara España, vestido de monja y en la compañía de la magnífica madre Micaela.


*


Habían tocado generala. La moneda estaba en el aire. Cara o cruz. No cabía otra opción, porque ni las monedas ni las guerras, una vez lanzadas al aire, se quedan de perfil. Aquí si que no se admitía la declaración de neutralidad. El que no está conmigo está contra mi. Y cada uno, en la medida que podía entender el texto, acababa por aceptar la cara o la cruz que le tocara en el reparto.

A mi me tocó siempre la cruz. Y en pos de mi destino acudía de un lado para otro, de la Casa del Pueblo al Gobierno Civil, de la calle al café Central, del centro de trabajo a la Federación local. A cualquier lugar en el que pudiera encontrar respuesta a esta tremenda pregunta que se hacían cuando menos cincuenta mil ciudadanos: «¿Qué hacemos?». Y no hacíamos nada, en espera de una respuesta que enderezara nuestros pasos.


Victoriano Crémer
Ante el espejo
Fundación Saber.es - Biblioteca Digital Leonesa





2594. Proclamación de la II República en León




El recuerdo es un espejo estrafalario que no siempre devuelve la imagen que se le pone delante con la debida corrección. O a lo peor la figura que se nos da su que nos sometemos al análisis azogado del cristal al que nos miramos, no es, ni mucho menos aquella que nos imaginamos, que quisiéramos que nos sirviera para andar por el mundo. Con la imagen suele suceder lo que con la propia voz, que nos resulta desconocida, como salida de otro pozo que el que alimentamos con nuestras aguas estancadas.

De modo que el ejercicio de reconstruir aquel día glorioso (según todas las señales emitidas por los sismógrafos políticos del país) en el cual el pueblo de León se echó a la calle para celebrar o concelebrar la proclamación de la República, puede resultar bastante distinto del que durante su transcurso disfrutábamos. El año 1931 se nos aparecía tan cargado de anuncios, de premoniciones, de augurios, que cuando se nos anunció que España, como el gato de Ossorio y Gallardo, había dejado de ser monárquica para convertirse en República («De trabajadores de todas clases» se apostilló en la Constitución, echando la fantasía a volar), nos sentimos obligados a testimoniar nuestra personal e intransferible adhesión, pienso hoy que no porque tuviéramos una fe de carboneros en la nueva institución, sino porque, seguíamos imaginando, lo importante que es que algo se mueva. Aunque fuera para dejar las cosas como estaban, o peor si cabe.

Porque es que solamente si se producía una convulsión profunda en la vida pública nos podía ser permitido a los ciudadanos de tercera soñar en un ascenso en la escala social.

Nadie sabe quien pudo ser el que convocara a la ciudadanía, pero el hecho fue que a la caída de la tarde del día 14 o 15 de Abril cuando ya habían traspasado las fronteras provinciales algunas de las actitudes de comunidades fronterizas, como Castilla o Galicia, o también cuando algunos poblados de nuestra propia geografía parecían indicarnos el camino, tales Valderas o Sahagún, tan henchidas de fervor republicano, pronunciándose por la República en gestación, el caso fue, digo que, sin que nadie supiera ni quien convocaba, ni quien empujaba, ni por supuesto cual pudiera ser el resultado de la reunión masiva, allí, en la Plaza del Ayuntamiento, al pie de la Casa de la Poridad, que también se decía, nos encontramos todos: los plebeyos y los señores, los doctos y los ignorantes, los ricos y los pobres, los clérigos y los seglares, y ya en un plano de absoluta unanimidad, hasta los militares y los paisanos. Exactamente como si hubieran sonado las trompetas del Juicio y la plaza adoquinada de San Marcelo, se hubiera convertido en el Valle de Josafat. Y allí, naturalmente, estaban los representantes de los Partidos supuestamente congregantes: el Partido Republicano Socialista, y el Partido Socialista a secas; el Partido de Izquierda Republicana y el Partido de Defensa de la República; los grupos sindicales de las distintas ramas ensambladas en la Federación Local y hasta los agrícolas de las agrupaciones Cooperativas,... Todos, absolutamente todos, convencidos de que a España le había llegado el momento de la regeneración y que si perdíamos esta oportunidad, habríamos sellado nuestro suicidio como nación progresista. Porque todos creían en la República; hasta los monárquicos de toda la vida.

La verdad es que así que la Plaza se llenó de personal bullente, gritador y jaranero, aquello tomó un cierto tono de romería, en la que solamente faltaban los chiringuitos, las casetas para la venta de morcilla, chorizos entrecallados y vino de la tierra, como en la romera famosa de la Virgen del Camino, por las fiestas de San Froilán, obispo. Se gritaban proclamas, se voceaban títulos, se nominaban cargos, se recordaban cantares y textos hímnicos. Y en el balcón principal de la Casa asomaban su rostro, primero tímidamente pero con absoluto descaro a medida que transcurría el acto, algunos de los más significados adictos, sin duda proponiéndose para la ocupación de escaños, de estrados y de cargos relevantes.

Y lo verdaderamente curioso, ya que no milagroso, era comprobar cómo la plaza se cubría de banderas republicanas, de gorros frigios, de telones con la hoz y con el martillo, de negras y rojas enseñas de la Confederación Nacional del Trabajo y de la Federación Anarquista Ibérica. ¿De dónde habían salido? ¿Quién las había preparado con tantísima oportunidad? Nadie lo preguntaba. Y como suele suceder cuando se produce el prodigio, nadie mostraba extrañeza, como si aquel flamear de oriflamas revolucionadas resultara en plena monarquía la cosa más natural.

Con el cancionero, la muchedumbre se hacía un pequeño lío.

Porque la verdad era que nadie se sabía las letras de los cánticos levantiscos, ni por supuesto la letra del llamado himno Nacional. «La Marsellesa», «El himno de Riego» y la «Internacional» formaban el repertorio más atacado por la masa coral, pero al desconocer letra y música de los mismos, lo que se escuchaba en la plaza era un gran rumor, un feroz murmullo, como el de un mar enfurecido. Y los más preparados para el evento, ponían letras a músicas que de algo les sonaban. El himno de Riego, se empavonaba con la letra subversiva de los radicales:

Si los frailes y curas supieran
la paliza que van a llevar subirían
al coro cantando
libertad, libertad, libertad...

Socialistas e internacionalistas ácratas competían en la interpretación de la Internacional, aunque solamente alguno sobrepasaba el conocimiento mínimo:

Arriba los pobres del mundo
en pie los esclavos sin pan...


Victoriano Crémer
Ante el espejo
Fundación Saber.es - Biblioteca Digital Leonesa





2335. Historia de una maestra



                                                   
                                                                           A los lestrigones y a los cíclopes, al temible Poseidón no temas, pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino, si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita emoción te toca cuerpo y alma.
                                         Ítaca. C.P. Cavafis



La maestra

Si me dicen que me iba a prometer con el hombre más rico del pueblo, cuando en el año veintitrés llegué a Valderas con mi plaza recién estrenada de maestra ni por asomo lo hubiera creído, porque yo lo que quería era enseñar según las ideas que mis maestros, formados en la Institución Libre de Enseñanza, me habían inculcado. Pero ocurrió. Y con la misma inutilidad que supone luchar contra una manada de lestrigones me enamoré, casi sin darme cuenta, de ese hombre serio y delgado y distinguido, demasiado contrapuesto a lo que yo era.

La primera vez que le vi con su traje gris a rayas fue en la puerta de la escuela el día que iniciábamos las clases, acompañando a sus dos hijos. Llamaba la atención por lo elegante que iba pero, sobre todo, porque el resto de acompañantes eran todas mujeres. Enseguida me enteré por  éstas que su esposa había muerto al dar a luz al menor de sus hijos.

En un aparte me dio la bienvenida al pueblo y me confió a sus hijos para que los instruyera. “Pablo”, dijo mientras revolvía el cabello rubio de un niño que no dejaba de mirarme con unos ojos enormes y confiados “es el benjamín de la casa  y muy inquieto, ¿eh, Pablo? Esta noche, sin ir más lejos, no ha dormido por conocer a la nueva maestra. Juanito, en cambio, es distinto”… —el muchacho casi adolescente rehuyó mi mirada— A Juanito  hay que saberlo llevar”.

No volví a saber de él hasta unos días después. Y fue a través de Teresa, su criada, que se presentó un viernes por la tarde en la escuela mientras ensayábamos una obra de teatro con doce o quince adultos. La vi tan entusiasmada que le propuse sumarse al grupo. No puedo, en casa de mi amo siempre hay mucha tarea…”y mostrándome una cesta en la que asomaban un queso y un roscón continuó—“Ay qué tonta, se me olvidaba, mi amo me  manda que le entregue esto”. “Pues dile que lo acepto si te deja venir a los ensayos”. “Pero yo…no puedo…” Y era tal su nerviosismo que antes de que terminara la frase cogí la cesta de mimbre, la puse en la mesa y le dije: Anda y ve tranquila, mujer. Esto ya lo arreglo yo”.

Lo que Teresa no sabía era que el domingo a la salida de misa  me iba a acercar a Juan y le iba a pedir que le dejara participar en la obra. No mostró ninguna oposición y sí bastante interés. Mientras le explicaba que se trataba de una adaptación del “Adiós, Cordera” de Clarín, en el que además de Rosa, Pinín y Cordera introducía todo un coro de personajes inventados para que participara el mayor número de gente, me encontré que habíamos llegado a la puerta de mi casa. Al despedirnos me dio su mano, esa mano larga y nervuda y distinguida que estreché, apenas unos segundos,  entre la mía.

Y como si a través de ese leve roce hubiéramos firmado un pacto tácito, ya todos los viernes Teresa aparecía, puntualísima, en la escuela, trayendo siempre algún manjar que compartíamos al final del ensayo y todos los domingos su amo, a la salida de misa, me acompañaba a casa. Ese pequeño trayecto en que hablábamos de las clases, de sus negocios,  de sus salidas a la ciudad, de la preocupación que sentía por la educación de sus hijos, el mayor sobre todo, tan cerrado en sí mismo, o mis clases y ensayos, se fue convirtiendo para mí en uno de los momentos más importantes de la semana.


El hijo mayor

La imagen de mi madre frente al espejo probándose la mantilla blanca es quizá el recuerdo más nítido que conservo de ella. Yo entonces tenía tres años y la miraba escondido dentro del armario de su habitación, aunque ella nunca lo supo. Meses más tarde los mayores me dirían que había muerto al dar a luz a ese renacuajo, no entendí que ella ya no estuviera y en su lugar quedara él, ni tampoco verme privado de su amor, de sus juegos, de su beso de buenas noches al irme  a dormir.

Y como no lo entendí llegué a la conclusión de que mi madre iba a volver. Por las noches, tapado bajo las sábanas, se obraba el milagro. Mi madre me hablaba bajo y yo le contestaba y ella me volvía a hablar, y así hasta quedarme dormido. A veces  aparecía en mis sueños con su mantilla blanca y todo su rostro era una sonrisa blanca.

Dejó de visitarme al poco de llegar la maestra al pueblo. Fue la noche que el tío Gabriel,  los ojos como ascuas, me soltó que se murmuraba que mi padre y la maestra eran novios: “Esa mujerzuela pretende mancillar el nombre de tu madre, ocupar su puesto, convertirse en la reina de este lugar. Y tu padre, Juanito, no lo ves, ya no os quiere. Tienes que ayudarme”.  

Por eso el día que vino a casa, con motivo de la celebración del cumpleaños de Pablo, me levanté en mitad de la comida. No soportaba su presencia. Y cuando más tarde mi padre entró en mi cuarto y me pidió explicaciones se las di. Claro que se las di. Le dije que esa mujerzuela estaba mancillando el nombre de mi madre y lo que era peor, él era el culpable, él, que lo permitía. Nunca me había pegado y me dolió su bofetada, pero más por la certeza de que mi tío llevaba razón que por el dolor físico. Le odié profundamente.


La maestra

La primera y la única vez que entré en la enorme casona decorada con todos esos muebles antiquísimos y todos esos cuadros y esas figuras valiosas, fue el día de la celebración del cumpleaños de Pablo. No me pasó por alto la foto de su esposa fallecida, el cabello cubierto por una mantilla blanca, presidiendo desde el aparador de nogal la enorme mesa en la que estábamos sentados una veintena de invitados. Y mientras Teresa, vestida para la ocasión con uniforme y cofia, nos servía una sopa de higadillos, me sorprendió que Gabriel, el cuñado de Juan, con el que apenas había cruzado dos palabras desde mi llegada al pueblo, me espetara:

—Esa obra suya tiene revuelta a esa panda de pueblerinos analfabetos.

Me quedé paralizada mirando un trozo de hígado que nadaba en el plato humeante y ya iba a replicar cuando Juan, que presidía la mesa, se adelantó:

—No hay nada malo en que la gente se instruya en su tiempo libre. Es, desde luego, mucho mejor que andar emborrachándose en las tabernas. 

Busqué la mirada de Teresa que en esos momentos había dejado de servir la sopa. Gabriel se levantó de la silla y tambaleándose, abandonó la sala, murmurando al salir “Maldita  chusma”.

—Teresa—zanjó Juan— siga  sirviendo, por favor.

Aunque el resto de la comida transcurrió en un intento de todos los invitados por borrar el incidente,  a partir de ese momento me sentí como una intrusa y mi único deseo era salir de allí. Así que cuando Pablo apagó las velas me levanté, dije que tenía que irme. Mientras cruzaba el amplio comedor me di cuenta que Juanito había desaparecido. Juan quiso acompañarme, pero me negué en rotundo. En su lugar lo hizo Teresa, que no hacía más que repetir: “Si ya lo sabía yo…” “¿Qué sabías tú, mujer?” Entonces me contó que en el lavadero por poco se pega con Panina, cuando ésta dijo que el señorito Juan y la maestra estaban liados.

Así que era eso. Podía entender que hubiera gente en el pueblo, entre ellos Gabriel,  que no vieran con buenos ojos la obra  que con tanto esfuerzo, viernes tras viernes, ensayábamos, porque la cultura daba poder a la gente, les abría a otras posibilidades. Pero lo que no me podía imaginar era que personas que participaban en la misma, como era el caso de Panina, me  criticaran sin motivo. Estaba furiosa con Gabriel, con Panina, con Juan, pero sobre todo estaba furiosa conmigo misma. Y aunque no pude olvidarle dejé de ir a misa, me refugié en mis clases, en mis lecturas, —en esos días había descubierto a un poeta griego, Cavafis, que ya tanto influiría en mi vida— y, sobre todo, en los ensayos.

El día que por fin la obra estuvo en condiciones de ser representada resultó un éxito. Tres veces tuvimos que salir a saludar porque los aplausos no cesaban. Juan esperaba tras las cortinas con un ramo de violetas entre las manos. Lo cogí, le di las gracias. Y una vez más me acompañó a casa. Por el camino no hablamos. Pero al llegar a la puerta me pidió que me casara con él. Así, sin más. Allí mismo le dije que sí porque entendí que no podía ni quería luchar más contra una manada de lestrigones interiores. Lo que no sabía, lo que no podía saber entonces, era que los lestrigones no estaban dentro de mí, sino fuera y tan cerca.


El hijo mayor

Cuando mi padre abrió la puerta yo sujetaba el arma con las dos manos. Al verme me miró con sorpresa, yo, a pesar del odio acumulado todo ese tiempo, le debí mirar con ojos de terror. Creo que las manos me temblaban.

—¿Qué haces, Juan, hijo?

El tío Gabriel, que estaba detrás de la puerta, dio un paso.

—Venga dispara.

Mi padre miró hacia atrás, buscando la procedencia de la voz.

El tío Gabriel repitió:

—Venga, Juanito, dispara ya.

Pero yo no me movía. Y mis manos cada vez temblaban más. Entonces con la rapidez de un lince, el tío Gabriel se puso a mi lado y me quito el arma. Vi cómo le disparaba, directo al corazón y también vi como mi padre lanzaba un profundo gemido y caía de rodillas y se desplomaba, mirándome con esos ojos atónitos que yo no podía dejar de mirar. Mi tío debió de ponerme el arma en las manos antes de salir, de eso no me doy cuenta. Lo que si se es que luego vinieron todos y me vieron arrodillado sobre él y pensaron que yo le había matado. No lo desmentí entonces ni más tarde cuando el juez me preguntó. No lo hice nunca. No hubo cárcel, era menor de edad y además hijo del hombre más rico del pueblo, pero mi castigo ha sido peor que cien años de encierro. Desde entonces las pocas noches que consigo dormir mi madre se me aparece en mis sueños, el cabello cubierto por una mantilla negra, el rostro contraído por el dolor.


El tío Gabriel

Mi hermana era pura como una flor de azahar. No tenía que haber muerto. No se lo merecía. ¡Perra vida los golpes que da! Además, si mi cuñado se hubiera arrimado a una de su clase quizá lo hubiera entendido, pero fue a elegir a esa mujer que quería ponerlo todo patas arriba, hacer lo blanco negro, ir contra natura. Porque ¿dónde se ha visto enseñar a los obreros? Ellos están ahí para lo que están, para servir a sus amos y nada más. Y ella era peor que todos, con esas ideas que no sé de donde había sacado.

No, no podía permitir que la maestra usurpara el papel de mi hermana, por eso juré ante su foto de novia que esos dos no estarían juntos.

Y Juanito era el blanco perfecto para llevar a cabo mi plan. El que saldría indemne. Él, que la odiaba tanto como yo. Pero no pudo hacerlo. En el fondo era un cobarde. Claro que yo sí pude. Yo le maté.

Esa fue la primera muerte de otras muchas en las que yo participé años más tarde. Pero ya todas las muertes han sido la misma muerte y todos los rostros el mismo rostro.


El hijo pequeño

En cuanto pude me fui del pueblo. Después he sabido por  Teresa que el tío Gabriel y mi hermano evitan cruzarse dentro de la casa y si lo hacen ni se miran. Son dos fantasmas que huyen de su propia sombra. Pero a veces me entra algo parecido a la nostalgia y me siento tentado a volver. Como este fin de semana que estuve en Valderas y en la tumba de mi padre vi un ramo de violetas frescas. Lo primero que pensé fue en la maestra, pero luego pensé que no, hace años ella también se fue del pueblo.


Sol Gómez Argeaga, "El sol a la tinaja"