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3267. Los Reyes




Baltasar

Como pastores nómadas, cuando hiere la espada del invierno,
Tras una estrella incierta vamos, atravesando de noche los desiertos,
Acampados de día junto al muro de alguna ciudad muerta,
Donde aúllan chacales; mientras, abandonada nuestra tierra,
Sale su cetro a plaza, para ambiciosos o charlatanes que aún exploten
El viejo afán humano de atropellar la ley, el orden.
Buscamos la verdad, aunque verdades en abstracto son cosa innecesaria,
Lujo de soñadores, cuando bastan menudas verdades acordadas.
Mala cosa es tener el corazón henchido hasta dar voces, clamar por la verdad, por la justicia.
No se hizo el profeta para el mundo, sino el dúctil sofista
Que toma el mundo como va: guerras, esclavitudes, cárceles y verdugos
Son cosas naturales, y la verdad es sueño, menos que sueño, humo.


Gaspar

Amo el jardín, cuando abren las flores serenas del otoño,
El rumor de los árboles, cuya cima dora la luz toda reposo,
Mientras por la avenida el agua esbelta baila sobre el mármol
Y a lo lejos se escucha, entre el aire más denso, un pájaro.
Cuando la noche llega, y desde el río un viento frío corre
Sobre la piel desnuda, llama la casa al hombre,
Hecha voz tibia, entreabiertos sus muros como una concha oscura,
Con la perla del fuego, donde sueño y deseo juntan sus luces puras.
Un cuerpo virgen junto al lecho aguarda desnudo, temeroso,
Los brazos del amante, cuando a la madrugada penetra y duele el gozo.
Esto es la vida. ¿Qué importan la verdad o el poder junto a esto?
Vivo estoy. Dejadme así pasar el tiempo en embeleso.


Melchor

No hay poder sino en Dios, en Dios sólo perdura la delicia;
El mar fuerte es su brazo, la luz alegre su sonrisa.
Dejad que el ambicioso con sus torres alzadas oscurezca la tierra;
Pasto serán del huracán, con polvo y sombra confundiéndolas.
Dejad que el lujurioso bese y muerda, espasmo tras espasmo;
Allá en lo hondo siente la indiferencia virgen de los huesos castrados.
¿Por qué os doléis, ¡oh reyes!, del poder y la dicha que atrás quedan?
Aunque mi vida es vieja no vive en el pasado, sino espera;
Espera los momentos más dulces, cuando al alma regale
La gracia, y el cuerpo sea al fin risueño, hermoso e ignorante.
Abandonad el oro y los perfumes, que el oro pesa y los aromas aniquilan.
Adonde brilla desnuda la verdad nada se necesita.


Baltasar

Antífona elocuente, retórica profética de raza a quien escapa con el poder la vida.
Pero mi pueblo es joven, es fuerte, y diferente del tuyo israelita.


Gaspar

Si el beso y si la rosa codicio, indiferente hacia los dioses todos,
Es porque beso y rosa pasan. Son más dulces los efímeros gozos.


Melchor

Locos enamorados de las sombras. ¿Olvidáis, tributarios
Como son vuestros reinos del mío, que aún puedo sujetaros
A seguir entre siervos descalzos, el rumbo de mi estrella?
¿Qué es soberbia o lujuria ante el miedo, el gran pecado, la fuerza de la tierra?


Baltasar

Con tu verdad pudiera, si la hallamos, alzar un gran imperio.


Gaspar

Tal vez esa verdad, como una primavera, abra rojos deseos.


Luis Cernuda
Las nubes, (1937-1940)







2755. Poema para una Nochebuena




I El vengador

Te soñé como un ángel
que blandiera la espada
y tiñera de sangre
la tierra pálida;

Como una lava ardiente;
como una catarata
celeste, como nieve
que todo lo olvidara.

A veces, cuando el viento
del sur se desataba;
cuando alzaba el invierno
su llama blanca;

cuando el cielo sombrío
derramaba las ascuas
de la tormenta, he dicho:
«es su venganza».

Hería con mi herida,
luchaba con mis armas,
volaba por la vida con
mis alas cortadas.

El vengador, el fuerte
ángel de la venganza,
mataba con la muerte
que a mí me daban.

Y teñía de sangre
la tierra pálida.


II Noche cerrada

Cuántas estrellas tendrá
el mar esta noche...

Cuántas olas, cuántas almas 
en pena, cuántos verdores 
que tan sólo el Vengador 
oculta y conoce... 

Abierta la noche está 
como un gran sueño. Los nombres
los lugares, los caminos, 
las horas, los montes, 
se han borrado. Sólo queda 
soledad y noche. 

Oh, Vengador: 
negras alas, negras músicas, enormes 
horas negras... Vengador: 
soledad y noche. 
Sólo soledad y noche. 

¿Han de alimentar el alma, 
Vengador, tus roncos sones, 
tus negras alas, tu paso 
helado...? ¿Negros crespones 
adornan la dolorida 
soledad del hombre? 


III El niño

Un niño de oro y rosa, ¿puede 
anticipar el alba? 
Una brizna de hierba, ¿puede 
ser el brazo de la venganza? 
El Vengador, ¿es el amor? 
La mano débil, ¿es el hacha? 
Con sangre suya y llanto suyo, 
¿rescata ajena sangre y lágrimas? 

Todo era oscuro. Soledad 
y noche. (El alma aprisionada.) 
Y ahora en la noche se ha encendido 
maravillosa llama. 
Entre espumas de ola y de nube 
el alma canta, liberada. 

Como si fuera el centro ardiente 
del amor que todo lo abrasa. 


IV Noche hermosa

Sabed:: si se la escucha, 
se oye latir la piedra. 
Y resuenan, y acordan y hermanan sus voces los siglos 
en la dura madera. 

Hoy la noche es la mano 
que pulsa la piedra y la estrella, 
y el corazón el dorado racimo 
que va de la estrella a la piedra, 
que va de la piedra a la estrella. 

Qué silenciosa mano 
el corazón aprieta. 
Y cómo cae el zumo 
y rocía la hierba, 
y humedece las calles, 
la silenciosa piedra, 
las fuentes donde todos
 los astros se reflejan. 

Maravillosa llama, 
inextinguible hoguera, 
faro celeste que alumbre a los que anden 
con sus vidas a cuestas, 
cuando ya no seamos 
sino viento que pasa y no mueve la rama, 
sino mar que se agita y no pone temblor en la playa desierta. 

Maravillosa llama, 
inextinguible hoguera, 
encendido celaje 
interior, agua eterna 
que se agita, que corre 
de la piedra a la estrella, 
de la estrella a la piedra... 


José Hierro
Quinta del 42, 1952








2507. Los Reyes son los padres

Vamos a hablar, hijos míos,
ya sabéis que los Reyes son los padres.

Que mataron a los indios por ser buenos
los vaqueros, machistas y cobardes.

Queremos que sepáis que el amor,
como todo lo hermoso, no es pecado.
Que Popeye se alimenta de espinacas
pero también de carne y de pescado.

Que es agente de la CIA el Ratón Mickey
y más que nada, Tarzán, es un racista.
Supermán es asexuado y gilipollas
y todos ellos son anticomunistas.

Que los niños no vienen de París
-y mucho menos de adentro de un repollo-
que los tigres de papel son cuentos chinos:
jamás el Coco se ha comido un rosco.

También el negro es un color hermoso
y no todo lo blanco es trigo limpio.


Quienes manejan las tonalidades
son miserables que se han hecho muy ricos.



Que el Oro de Moscú y el cuarto oscuro,
la cigüeña, la bruja y los angelitos,
son mentiras terroristas de los grandes
para tener engañados a los chicos.

Que ser virgen tampoco es una hazaña:
no hay diferencia entre falda y pantalones.
Para tirar adelante en esta vida
da lo mismo ovarios que cojones.

Acabamos, por hoy, con este rollo.
Hacéis bien si estáis tomando nota,
pero cuidado, que hay que tener presente,
que los padres, como todos, se equivocan.


Quintín Cabrera

Fotografía: Cabalgata infantil organizada en Valencia por el Ministerio de Instrucción Pública en enero de 1937









2223. Carta de Julianita, Juanita, Consuelo y Gloria Moreno a Francisco Largo Caballero



Trascribimos una carta de cuatro niñas dirigida a Francisco Largo Caballero, en la que comentan que otros años han “escrito a los magos para que nos echen juguetes, pero esos señores no quieren venir por aquí” y como su madre dice de él que “es el mago de la palabra”, le piden los juguetes que los Reyes Magos no les quieren traer.


Señor Don Francisco Largo Caballero

Muy señor mío y de toda mi consideración y respeto.

Yo soy una niña que voy al colegio con muchas ganas de aprender como mi papa no sabe yo pongo más atención para ver si así puedo conseguir enseñarle para que comprenda mejor los discursos de V. cuando va a escucharle tengo tres hermanitas más pequeñas que yo y otros años e escrito a los magos para que nos echen juguetes pero esos señores no quieren venir por aquí y como yo hago decir a mi mama que V. es el mago de la palabra y que no hay más verdad que la que V. dice me parece que le puedo pedir los juguetes que magos no quieren traer el día 6 porque me le figuro a V. un mago con mejor corazón que esos de oriente porque esos no echan nada más que a los niños ricos y V. creo yo queno desatenderá el ruego de estas 4 hermanitas que creen en V.

Esperando de su buen corazón nos mande unos juguetitos quedan de V. atentas y seguras servidoras que besan su mano.

Julianita Juanita Consuelo y Gloria Moreno


Fuente:  Carmen Magán Merchán
Documentación de Francisco Largo Caballero en la Causa General. Comunicación presentada en las Quintas Jornadas de Archivo y Memoria 2011











2212. La noche del 24 de diciembre en las trincheras

Turron, fruta, tabaco, embutido y una botellita de licor, que, con algunas cosas más, fueron enviados a los luchadores de la República
en la noche del día 24 de diciembre de 1936 (Fotografía de Albero y Segovia)


Hay fiestas arraigadas de tal modo en la entraña popular, en el corazón del pueblo, que no pueden quedar olvidadas o suprimidas, ni aun en momentos tan graves como los que atraviesa actualmente nuestra nación.

La noche del 24 de Diciembre de 1936 no ha pasado como una noche más entre las noches de la guerra, del mismo modo que no pasarán como días cualesquiera el último día del año y la fiesta de los Reyes Magos, ya próxima, en la que miles y miles de juguetes serán repartidos entre los hijos de los combatientes, por iniciativa del Gobierno de la República.

Son fechas marcadas con tinta alegre en el calendario; fechas que no pueden quedar borradas así como asi, porgue tienen calor de hogar y calor de tradición.

El miliciano que en las trincheras forma parte de la muralla humana, de la muralla de pechos descubiertos levantada ante el enemigo, ha tenido también este año, pese a todo, su cena popular. Días vendrán en que esta cena se celebrará al calor del brasero, entre los seres queridos y entre los recuerdos, difuminados por la niebla del tiempo, de las jornadas trágicas que ahora estamos viviendo. Entonces se hablará de esta cena cuyos restos están aún calientes, de esta del 24 de Diciembre de 1936, como de algo único y lejano.

El miliciano, el combatiente del Frente Popular, no se ha quedado sin la alegría de la noche clásica, y hasta las avanzadillas más peligrosas han llegado los productos de las suscripciones, los regalos de los familiares y amigos, los envíos todos de la gente que está en la retaguardia.

En las trincheras ha sido, pues, este que comentamos, lo que tenía que ser: un día de excepción. No ha importado la proximidad del enemigo, y ha sido una cena amenizada con música de silbidos de balas y con coplas flamencas, cantadas al son de la ametralladora.

Han faltado al lado de los bravos defensores de la República los abrazos palpables y el caiiño próximo de los padres, de los hermanos, de los hijos, de todos los seres queridos, en quienes en esta noche ha vivido más permanentemente que nunca el recuerdo del familiar que empuña un fusil tras los parapetos.

Pero los milicianos no han estado solos, no se han sentido solos, porque detrás de ellos miles y miles de personas les han demostrado que no les olvidan en ningún momento, que han hecho todo lo humanamente posible para que, a falta del ambiente hogareño, no falte, en cambio, la solidaridad, el apoyo incondicional de los que sienten sus afanes, de los que están compenetrados de tal modo con los que defienden las posiciones leales que más que compañeros unidos en el logro de un mismo afán, son hermanos entrañables en la ventura y en la desventura.

No no ha faltado la alegría en las trincheras en la noche histórica y tradicional del 24 de Diciembre de 1936. De todas las poblaciones en poder del Gobierno del Frente Popular han llegado hasta los lugares donde se habla con la muerte copiosos envíos, camiones enteros cargados de comestibles, de tabaco, de licores, de todo lo que ha podido contribuir a llevar al miliciano la alegría indispensable, la alegría consagrada a través de los siglos, la alegría que ni el tronar de los cañones lia sido bastante para suprimir.

No ha sido malo el aguinaldo del miliciano. No ha sido triste la noche. No podía serlo. El luchador se ha sentido más amparado que nunca, y en este amparo ha encontrado la cantera inagotable de donde sacar energías para la lucha y bravura indomable para arremeter contra el enemigo.


Ramón Martorell
Crónica,  27 de diciembre de 1936










2211. España en Navidad

Niños en el hospital tras ser heridos por un bombardeo


¿Qué luminosa estrella
sobre tu cielo, España?
¿Qué venturas o duelos
profetizan tus astros?
Los ángeles en coro
en nombre de tus muertos:
¿qué mensaje de paz
traen a los hombres?
¿Aún te aguardan mayores
cruces que soportar?
¿Transcurrirán oscuros
otros meses amargos
hasta que te levantes,
tierra de hermosas vidas,
asombro de ilaciones?
Se extiende el borrón negro
mientras prosigue el crimen
y hay hombres que desprecian
tu fama y tu destino;
sin embargo, te hubiera
preferido por madre
a seguir por la senda d
e los que traicionaron,
destructores del mundo,
que blasfeman de Cristo
combatiendo a los pobres.
Navidades. Campanas.
Estruendo de cañones.
Corazones en alto.
El mar de Cataluña
brillante en sus orillas.
Madrid como una estrella.
En ningún tiempo hubo
ejército tan noble.
Con él marcha la vida
hacia la Primavera.


Stanley Richardson
(Traducción de Manuel Altolaguirre)
Hora de España número XIII
Valencia, Enero de 1938









2210. Cuento de Navidad



Nos complace compartir un relato de Sol Gómez Artega. Según sus palabras: "Está basado en una historia que me contó mi madre y que pertenece a su biografía. No es un cuento de memoria histórica propiamente dicho, pero a través del deseo de Clara de tener un abrigo nuevo, trato de poner de relieve las tremendas penurias que había en aquella época.  Es un cuento de una Navidad en que no había de nada, frente a una Navidad en que nos sobra todo. Una mirada al pasado que nos sirva para reflexionar, una vez más, de dónde venimos."


Cuento de Navidad

–¿Qué?, ¿empezamos entonces? –dijo la modista a la abuela Basilia en un aparte, –lo digo porque todavía me debes la chaqueta de tu hijo.

–Mujer, ya te dije que todos los lunes te daría una peseta hasta completar las diecinueve.

Clara, aturdida con los numerosos acontecimientos que habían tenido lugar ese día desde que se levantó por la mañana, escuchaba la conversación de las dos mujeres y miraba, los ojos como platos, el pequeño cuartito de la modista en el que las aprendizas pasaban hilos a las marcas de jaboncillo, cortaban telas, pedaleaban en la máquina de coser sujetando con firmeza la prenda entre las manos.  

Acababa de llegar a Nava con su abuela Basilia pues su abuela Paula,  con la que vivía en Dimangos la temporada que los padres fueron destinados a una casilla de camineros a treinta kilómetros del pueblo más próximo llevándose a su hermano Martín, se acababa de romper la cadera. El traslado se había producido esa misma mañana después de una larga disputa entre las dos abuelas, ya que ambas insistían en hacerse cargo de ella. La decisión final habían dejado que la tomara la niña que, harta de que la abuela Paula le obligara a coser una mantelería para su ajuar que parecía no terminar nunca, optó por irse con su abuela Basilia.

Lo primero que había hecho ésta al llegar a Nava fue llevarla donde “la pañera” y con el dinero del jornal que acababa de cobrar, comprar un paño verde oliva para hacerle un abrigo nuevo pues el que llevaba, había dicho, le quedaba pequeño y estaba muy gastado. Luego se habían acercado al taller de la modista, en mitad de la calle de la cuesta.

La modista tomó a Clara de la mano, la llevó cerca de la ventana y se arrodilló para tomarle medidas con la cinta métrica que llevaba colgada del cuello.

–Se lo haremos holgado –dijo– para que cuando crezca la siga valiendo. Con solapa y manga ranglán como marca la moda.

Como ni la abuela Basilia ni Clara sabían lo que era eso, la modista sacó una revista de figurines que ponía “PARÍS” en la portada y les mostró el dibujo de una mujer con un sombrero diminuto y un abrigo muy parecido al que Clara había visto a una actriz muy guapa la única vez que estuvo en el cine. A Clara el dibujo de la mujer le fascinó. Como también le fascinó el ambiente del pequeño taller lleno de retazos de tela por todas partes que le hizo acordarse por primera vez desde que esa mañana salió de Dimangos, de su abuela Paula. “Bueno, me voy”, le había dicho dándole un beso en la mejilla tras coger un fardelito con sus cosas y ésta, el ceño fruncido, los labios apretados, quedó postrada en cama viéndolas partir.

Una vez por semana Clara iba a probarse el abrigo en el taller de costura y ese momento era esperado por la niña con enorme expectación. Nada más llegar la modista descolgaba el abrigo del maniquí y se lo iba poniendo frente a un espejo que había en la pared, primero el cuerpo, luego una manga que prendía con alfileres, después la otra. “Ahora gírate”, le decía, y Clara, aunque le costaba quitar la vista de ese espejo que le devolvía cada vez un poco más la imagen de la modelo que había visto el primer día en la revista de figurines, obedecía. “Levanta el codo, no, así no, como si fueras a llevarte una cuchara a la boca”, “Mirad –les decía a las chicas más jóvenes–, “vamos a darle un piquete aquí y aquí”.

Para entonces las aprendizas la trataban con confianza, le regalaban trozos indivisibles de tela o algún botón. Con estos retales había hecho en secreto un muñeco de trapo al que puso de nombre Popi que llevaba siempre consigo en el bolso de su viejo abrigo. “Pronto estrenas, eh”, le decían, “Seguro que para Navidad ya está”. Una tarde una de las aprendizas descubrió el muñeco sobresaliendo del bolso y dijo en voz alta, de manera que todas las demás lo oyeron: “Anda, ¿no vas a estrenar un abrigo de mayor? Pues déjate ya de muñecos”. Pero Clara, que había hecho a Popi con sus propias manos, lo apretó protectoramente en su regazo.

El día que por fin estuvo el abrigo, la abuela Basilia y Clara fueron a buscarlo al taller. Al entrar Clara lo vio colgado del maniquí y pensó que una vez más la modista querría probárselo, pero en vez de eso las llevó a un aparte como el primer día.

–El abrigo cuesta veinticinco pesetas.

–Me lo apuntas en el cuaderno y el lunes sin falta empiezo a pagarte.

–No, Basilia, llevas dos semanas sin pagarme la peseta que todos los lunes me dijiste me ibas a dar por la chaqueta de tu hijo.

–Estos días los jornales están más escasos. En esta época no hay labor en el campo.

–Lo siento, pero mientras no me des algo el abrigo de la niña se queda aquí. 

Clara notó que las aprendizas, más silenciosas que de costumbre, las miraban de reojo. Y un rubor estrenado le abrasó las mejillas. Entonces hincó con fuerza las uñas en el muñeco de trapo que siempre llevaba consigo en el bolso.

Se acercaba la Navidad y el abrigo seguía en casa de la modista. Durante el día, al ir o al volver del colegio, Clara evitaba pasar por delante del taller y que las aprendizas la vieran. Pero al oscurecido se acercaba hasta la calle de la cuesta y, asomada a la ventana de la modista, contemplaba el abrigo colgado del maniquí. Entonces deseaba tenerlo sobre su cuerpo, apretar el paño verde oliva sobre su piel, sentir su calor. Era lo que más deseaba del mundo. Y por primera vez se sentía miserable con su viejo abrigo gastado en la culera y esas marcas impúdicas que evidenciaban que le habían sacado varias veces los bajos y las mangas. Le hubiera gustado preguntarle a su abuela Basilia cuándo iban buscar el abrigo nuevo ahora que se acercaba la Navidad, pero no se atrevía. Muchas noches soñaba que lo llevaba puesto y toda la gente del pueblo la miraba y comentaba lo elegante que estaba y lo mucho que había crecido. Era un sueño bonito. En cambio, otras soñaba que le quedaba tan pequeño y apretado al cuerpo que todo el mundo  se reía de ella. Entonces se lo quitaba y lo tiraba a un pozo, pero enseguida tenía frío y al asomar la cabeza al brocal sólo distinguía un agujero negro. Despertaba sollozando y acercaba el muñeco a su rostro para que le secara las lágrimas.

Un día la abuela Paula la estaba esperando a la salida del recreo. Había llegado a Nava en tren burra con ayuda de dos bastones para que la viera el  médico.

Clara corrió a sus brazos.

La abuela, después de contemplarla largamente, le dijo:

–¿Qué te pasa, Clara, que estás más pálida y delgada?

La niña se echó a llorar y le contó lo del abrigo. La abuela Paula la escuchó muy seria y se fue sin decir nada, caminando despacito, más encogida que de costumbre, apoyada en sus bastones. Mientras Clara la veía partir pensó que era normal que su abuela hubiera dejado de quererla después de haberse ido de su lado y dejarla así, tan postrada. Pero la víspera de Nochebuena su abuela Paula volvió a aparecer. La dijo que había venido a vender en la plaza los pollos de corral, tan viejos que no hacían más que ensuciar y que quería que la acompañara a casa de la modista.

–¿A qué? –preguntó Clara dando un respingo. 

–A coger el abrigo de las dos abuelas. Basilia te compró el paño y yo te pago la hechura. Venga, vamos.

En el taller fue sacando de un fardito que llevaba entre la ropa, peseta a peseta, las veinticinco que costaba el abrigo. Clara también las contó, una a una, en su cabeza. La modista envolvió el abrigo en papel de estraza y se lo dio a la niña que lo acogió en sus brazos. Las aprendizas le sonrieron al salir.

Ya en la calle Clara se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos a la abuela Paula. Y comprendió que por fin ésta la había perdonado, o que tal vez nunca estuvo tan enfadada como ella creía. También pensó que no se estaba tan mal bordando la mantelería del ajuar en vez de muñecos que parecían cosa de crías. Se acordó de Popi pero esta vez tenía los brazos ocupados para tocarlo.

–Y dime, abuela, ¿cuando vuelvo contigo?

La abuela Paula tardó un poco en contestar:

–Para verano que habrás terminado la escuela y mi pierna estará más fortalecida. Vísperas del Carmen te mandaré a buscar y celebraremos nuestro reencuentro con natillas.

Clara echó la cuenta. Todavía tendría que esperar parte del invierno y   una primavera. Levantó la vista hacia su abuela que asentía levemente con la cabeza. Dos estaciones no parecían, después de todo, mucho tiempo. Esperaría. Claro que lo haría. Luego siguieron caminando cuesta abajo.


Sol Gómez Arteaga
Los cinco de Trasrey y otros relatos, 2012