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1º de Mayo en la España leal de 1938

Campaña solidaria para recaudar dinero para «las víctimas del campo facciosos», en Jaén, el 1 de mayo de 1937



(Coral de Primavera) 

Primero de Mayo.
Himnos, sangre, flores.
Primavera guerrera de los trabajadores.
-Di, ¿tú qué harás el Primero de Mayo?
-Mi país está en guerra, campesina.
Yo, como buen soldado de los mares,
haré que el pabellón de la marina
flote sobre los vientos ejemplares.
-Di, ¿tú qué harás el Primero de Mayo?
-Mi país está en guerra. Un aguacero
batir quiere de balas sus labores.
Yo como campesina, marinero,
prepararé mis brazos segadores.
-Di, ¿tú qué harás el Primero de Mayo?
-Mi país está en guerra. Los talleres
multiplican, veloces, la jornada.
Manó a mano del hombre, las mujeres
ofrecerán su sangre acelerada.
-Di, ¿tú qué harás el Primero de Mayo?
-Mi país está en guerra.
Por su cielo, alas de extraños pájaros ladrones.
Yo condecoraré de gloria el vuelo
de los republicanos aviones.
-Di, ¿tú qué harás el Primero de Mayo?
-Mi país está en guerra. Tercamente
haré hablar al fusil ese lenguaje
que empuje a España valerosamente
a conquistar de nuevo su paisaje.
Primero de Mayo.
Himnos, sangre; flores.
Primavera del triunfo de los trabajadores.


Rafael Alberti
Capital de la Gloria 









3387. Primero de Mayo




I

No hay descanso ni paz en esta tierra, 
ni en esta marga calle señalada, 
en estos corazones. 
A vosotros, canteros y pastores, 
obreros de Paris, de Londres y del mundo:
¡No hay descanso ni paz en esta tierra!

II

Hombres, trabajadores lo mismo que vosotros, 
con yuntas de bueyes iguales que los vuestros. 
Con tornos parecidos también de polvo y de romero, 
por el mismo cielo común y parecidas fábricas, 
caminan y trabajan infatigablemente. 

III

Sombres, trabajadores lo mismo que vosotros, 
con hijos tan hermosos 
y sábanas tan pobres en lechos parecidos, 
y tierno pan, tan oloroso como el vuestro, 
pelean y triunfan al pie de los olivos, 
en los trigales rubios, 
sobre la nieve vieja que duerme entre los pinos. 
Bajo un cielo varón, hombres varones, 
fuertes y alegres como lo sois vosotros, 
dejan en el olvido 
el incendio de sus dormitorios y abuelos mutilados. 
¡No hay descanso ni pan en esta tierra 
que paro siempre ha de llamarse España!
Porque somos, hemos de ser, las únicos propietarios del día,
dueños de las ciudades y verdaderos amos de los campos.

IV

Los hombres de las minas. 
Los que trabajan en ganados y montas. 
Los que hacen el pan y los que lo cultivan. 
Los poetas, herreros, leñadores, 
el nombre guardan, y la sangre del pueblo 
en la quemada tierra de las avanzadillas,
en los talleres

V

¡No hay descanso ni pan en esta tierra!
Solo hay flores que viven en tinajas quemadas. 
Castas que terminó la Artillería. 
Hombres que no descansan, 
despiertos siempre, como están los castaños 
hasta que la victoria da los frutos.


Madrid, primero de Mayo de 1937

Lorenzo Varela






3041. La fiesta del Trabajo

Soldados lavando ropa en un frente de Valencia en 1937


Para el hombre saludable y sin vicios, el trabajo es una fiesta. Los huesos gozan girando sobre sus goznes y la carne con fuerza, y la piel, se dilata hermosa en los movimientos de la faena. Aquel que no trabaja no sabe lo que es el descanso puro. Aquel que rehúye el contacto de la herramienta no ve lucir sus manos en la luz. Los dedos dedos y amarillentos del ocio me repugnan, y procuro eclipsarlos con una manifestación de dedos hechos al trato de las barbecheras. Cuerpos armoniosos como árboles son los cuerpos trabajadores. No existe más hermosa fiesta de sangre y armonía que la del trabajo. 

En mayo ocupa el trabajo su mediodía. Por eso los jornaleros aprovechan su fecha primera para festejarle. El azadón pone más hiriente su quijada y canta con más pasión el yunque. Los aposentos donde el hombre y la mujer acostumbran a amarse son casi fragorosos. El amor también es trabajo. Mayo es un taller de mujeres y hombres, raíces y animales que resuenan de un modo musical amando y trabajando. La mujer anhela durante este mes, como nunca, ser madre y la tierra es doblemente materna. A las puertas de mayo hay una escritura luminosa que dice: FECUNDIDAD. 

Todo, unido al estruendo de la guerra, hace de este mayo una sonora esfera, espumosa de venas, balas, flores. España aparece bajo un brillo ansioso de laboriosidad. Se presiente la voz de la cigarra. Da la viña su primer perfume y enlaza frenéticamente sus brotes con unas y otras. Este mayo hispano es como una explosión de huertos, fusiles y vientres floridos.

Dicen que la mala hierba no muere jamás: lo creo. Pero se la puede aplastar, que no retoñe, que no crezca. Los malos jaramagos que se apoderan de los trigos, los tizones mezquinos, son extirpados por los escardadores, y las espigas llegan hasta donde merecen llegar. 

Siempre han abundado en mayo las pendencias y las violentas muertes. Este mayo, mientras la pólvora exige fuego con más ansia que en los demás meses, va, tal vez, a decidir la victoria del pueblo, que lucha como las espigas paneras contra el fascismo de malos jaramagos y tizones. 


Miguel Hernández
Frente Sur (Jaén), 18 de abril de 1937







2612. Primero de mayo de 1937

El Hospital Provincial de Madrid adornado con colgaduras el día 1º de mayo


Seis años atrás, la clase trabajadora española celebraba el Primero de Mayo en medio de un gran entusiasmo, el corazón henchido de esperanza. Quince días antes había caído el odiado régimen monárquico. La República del 14 de abril vivía su luna de miel. Y Alcalá Zamora, presidente del gobierno provisional, prometía a la multitud obrera la iniciación de una nueva era, la era de la justicia social.

Pero el verdadero carácter de la transformación política que acababa de sufrir España no tardó en manifestarse. La burguesía, con el auxilio directo de los socialistas, se aprovechó del entusiasmo popular para emprender rápida y eficazmente la consolidación de sus posiciones quebrantadas, para afianzar, bajo la máscara democrática, su dominación, puesta en peligro por el movimiento revolucionario de las masas. Inspirada por su certero espíritu de clase, frenó la propia revolución, conservando, esencialmente, las bases económicas de la monarquía y manteniendo incólume el mecanismo estatal del régimen derribado.

El idilio de abril, como era de esperar, fue breve. Contrariamente a lo que pretendía la burguesía, la revolución no sólo no había terminado, sino que entraba en una nueva fase llena de peligros ya la par de grandes posibilidades. ”El periodo que se abre – decíamos por aquel entonces – no es un periodo de paz, sino un periodo de lucha encendida. Y en esta lucha estarán en juego los intereses fundamentales de la clase trabajadora y todo su porvenir. La clase obrera será derrotada si en el momento crítico no dispone de los elementos de combate necesarios; triunfará, si cuenta con estos elementos, si se desprende de todo contacto con la democracia burguesa, practica una política netamente de clase y sabe aprovechar el momento oportuno para dar el asalto al poder”.

En efecto, la lucha de clases recobró todos sus derechos, con más intensidad todavía que durante la monarquía, pues, en régimen democrático los antagonismos de clase se manifiestan en toda su desnudez, y la experiencia de los últimos seis años vino a demostrar que la democracia burguesa, incapaz de resolver los problemas fundamentales del país, preparaba el terreno al fascismo, y que la única salida de la situación era la revolución proletaria.

En la sublevación militar del 19 de julio, y la guerra civil y la revolución subsiguientes, se ha condensado, por decirlo así, toda esta experiencia. Y es en este momento crucial de nuestra historia ”en que están en juego los intereses fundamentales de la clase trabajadora y todo su porvenir”, cuando partidos que pretenden ser obreros y marxistas intentan yugular la revolución, frustrar las inmensas posibilidades que se ofrecen al proletariado español, sacrificando sus intereses superiores – que coinciden con los de la humanidad civilizada – a la República democrática parlamentaria, es decir, a la burguesía y a su régimen de explotación.

El Primero de Mayo de este año coincide con la fase más crítica de este momento histórico. La burguesía, atemorizada en los primeros meses de la revolución, levanta la cabeza e intenta consolidar sus posiciones. Especulando con la guerra y sus dificultades, intenta arrebatar – con innegable éxito en algunos aspectos – las conquistas del proletariado. Y, como en todos los periodos revolucionarios, halla su auxiliar más eficaz en el reformismo. Pero la relación de fuerzas, aunque modificada en estos últimos tiempos, sigue siendo favorable al proletariado. Para que esta relación de fuerzas favorable sea decisiva, es preciso que la clase obrera recobre la plena confianza en sí misma, rompa las amarras que la atan a la democracia burguesa y emprenda resueltamente el camino de la conquista del poder. Hoy todavía es tiempo. Mañana será tarde.

Y que no se deje sugestionar por los que so pretexto de subordinarlo todo a las necesidades de la guerra, pretenden establecer una ”unión sagrada” a base de concesiones constantes del proletariado a sus enemigos de clase. La guerra tiene una importancia inmensa, pero está indisolublemente ligada a la revolución. La burguesía preferirá la derrota militar al triunfo de la clase trabajadora, para cuyo aplastamiento no vacilará, si las circunstancias lo exigen, en aliarse con sus enemigos de hoy. Sólo un gobierno obrero y campesino es capaz de organizar la victoria, de montar una potente industria bélica, de llevar la guerra hasta el fin, de crear una auténtica moral de guerra en la retaguardia, de sacrificar todos los intereses particulares al interés general.

Sólo un gobierno obrero y campesino, que rompa todo contacto con la burguesía nacional y con el imperialismo extranjero, e imprima un vigoroso impulso a la revolución internacional, puede aplastar definitivamente al fascismo, tanto en la retaguardia, como en el frente.

La consigna que arrastró a las masas populares al Primero de Mayo de 1913, fue: ¡Viva la República del 14 de abril! La consigna de las masas trabajadoras de España, en este Primero de Mayo trágico y glorioso, debe ser: ¡Viva la revolución social! ¡Viva el gobierno obrero y campesino! Sólo con el triunfo de esta consigna no habrá resultado estéril el generoso sacrificio del proletariado español ni su magnífico heroísmo, sin precedentes en la Historia.


Andreu Nin
La Batalla, 1 de mayo de 1937








2330. El Primero de Mayo de 1931 en Vigo

«¡Un día de rebelión, no se descanso! (...) Un día en que con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de todo tipo. Un día en que comenzar a disfrutar ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que nos dé la gana»(Octavilla repartida por los trabajadores de EEUU en 1985)


María Torres / Faro de Vigo / 29 Abril 2017

El primer día del mes mayo de 1931 no fue un día cualquiera. Tras siete años de prohibición por la dictadura del general primo de Rivera se celebraba en España el Día del Trabajo. El Gobierno provisional de la recién estrenada República había aprobado por decreto de 22 de abril declarar el primero de mayo fiesta oficial.

Aquel Primero de Mayo de 1931 ha quedado grabado en la memoria del movimiento obrero español. Era viernes y el paro en la ciudad de Vigo fue total. Todas las sociedades de recreo cerraron sus puertas. No circularon tranvías, ni taxis, ni el ferrocarril de la Ramallosa, ni ningún vehículo público o privado, salvo los servicios médicos. No se publicaron los diarios y se cerraron todos los mercados, tablajerías, comercios, bares, cafés, cines, teatros, salas de espectáculos, oficinas, talleres y fábricas. Tan sólo las farmacias de guardia, estancos y administraciones de lotería permanecieron abiertos.

Un decreto del Ministerio de Hacienda señalaba la apertura de estancos y administraciones de Loterías. Los estancos debían abrir si les correspondía el turno dominical. Los establecimientos de venta de lotería tenían prohibido el cierre ya que según la normativa vigente debían permanecer abiertos la víspera de los sorteos. El Gobierno contempló que si cerraban se produciría una baja considerable en la recaudación.

La Federación Gremial de Patronos de Vigo pidió a sus afiliados que no abrieran sus establecimientos. Lo mismo hizo la Cámara de Comercio a través de su presidente Eugenio Fadrique.

El presidente de La Asociación Gremial de Fabricantes de pan, Antonio Valcarce, informó que el día 1 de mayo no se repartiría pan a domicilio ni estarían abiertos los despachos. Para proveer a los vigueses de pan, la apertura de los mismos se prolongaría hasta la medianoche del 30 de abril. La Sociedad de Obreros y Panaderos advirtió a sus trabajadores que «el pan que fuera repartido el primero de mayo sería vulnerando las reglas establecidas por patronos y obreros».

La Asociación de Detallistas de Ultramarinos Unión Comercial cuyo presidente era Vicente Florez, apoyó también el cierre.

La Sociedad de Conductores de Vehículos de Vigo, «consecuente con sus ideales democráticos y deseando fraternizar en la gran fiesta que se avecina el primero de Mayo con todos los demás trabajadores de la ciudad», acordó por unanimidad en asamblea declarar ese día el paro absoluto de todos sus afiliados, rogando «que en honor a la santidad del día se abstengan de sacar sus coches a la calle, ni aún conducidos por ellos mismos». Secundó el paro la Asociación Provincial de Conductores y Autos de Alquiler, cuyo presidente, Ernesto Álvarez solicitó a todos sus afiliados «se abstuvieran de salir con los coches a la calle, recomendándoles la asistencia a la manifestación organizada por los comités de la UGT».

El 1 de mayo de 1931 Vigo era una fiesta. El sentir general de los vigueses era esperanzador ante el cambio y la alegría desbordaba las calles. La bandera republicana engalanaba edificios oficiales y particulares.

Las mujeres de las Juventudes Socialistas salieron a la calle portando un cesto repleto de flores rojas. Habían organizado la Fiesta de la Flor Roja en memoria de los mártires de Chicago, ya que tras sus funerales las casas obreras de esta ciudad exhibieron una flor de seda roja clavada a su puerta en señal de duelo.

La cita, para los que quisieran acompañar la bandera de la sociedad obrera hasta la salida de la manifestación, se había fijado a las nueve y media de la mañana en la Casa del Pueblo situada en la avenida de García Barbón, un edificio diseñado por Gómez Román en 1910 e inaugurado un año más tarde para el sindicato de la UGT,  que fue demolido en 1952 para construir la nueva sede de la Delegación provincial de Sindicatos del régimen franquista.

Las sociedades obreras, agrupaciones socialistas y republicanas, sociedades de agricultores y simpatizantes fueron convocados a formar en la manifestación del Día del Trabajo de nueve a diez de la mañana en Las Traviesas, debiendo colocarse en la Gran Vía por el orden que marcasen las Comisiones organizadoras formadas por Juventudes Socialistas y republicanas, ataviadas con un brazalete rojo.

Desde las ocho de la mañana comenzaron a afluir a Las Traviesas vigueses de todas las clases sociales. Muchos de ellos miembros de los distintos sindicatos de la Casa del Pueblo, portando banderas y estandartes. También acudieron las Sociedades de Agricultores de Vigo y Lavadores. A las diez y media, la llegada de la corporación municipal fue recibida con grandes aplausos. Media hora después quedó formada la manifestación que discurrió en perfecto orden. Presidiendo en primera fila, los alcaldes de Vigo y Lavadores, Enrique Blein y José Antela, acompañados de los concejales. Tras ellos un grupo de jóvenes socialistas llevaban a hombros a tres niñas vestidas con los colores de la bandera republicana. Les seguían Heraclio Botana y Emilio Martínez Garrido, junto a los presidentes de los sindicatos obreros de Vigo y Lavadores. Detrás  las sociedades de la Federación de Trabajadores de Vigo y Federación Agraria de Vigo y Lavadores, las Agrupaciones Socialistas de Vigo, Lavadores y Teis, miembros del Partido Republicano Vigués, la Juventud Republicana, la Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA), el Coro Mixto de las Juventudes Socialistas, funcionarios, maestros nacionales... Al frente gaitas, grupos de músicos y la Banda Municipal.

Cuando la manifestación comenzó a avanzar se escuchó una impresionante salva de bombas. Los manifestantes y las grandes pancartas repletas de peticiones obreras que portaban, cubrieron el trayecto hasta la Casa del Pueblo a través de las calles López Mora, Pi y Margall, Paseo de Ramón Franco, Elduayen, Puerta del Sol, Policarpo Sanz y avenida García Barbón. A lo largo del recorrido iban incorporándose más ciudadanos. La prensa de la época llegó a calcular la participación en treinta mil personas.  Al llegar a la Puerta del Sol, se cantó la Internacional, y se escuchó la Marsellesa y el Himno de Riego. Desde los balcones, el público observaba y aplaudía a los manifestantes.

En la Casa del Pueblo, Heraclio Botana, presidente de la Agrupación Socialista, situado ya en una de las ventanas del edificio, reclamó silencio a la multitud que no paraba de lanzar vivas a la República y al Partido Socialista. Pronunció un breve discurso en el que resaltó el significado de aquella grandiosa manifestación en el momento histórico en que había que construir y no destruir, solicitando a los manifestantes se disolvieran con orden. Una estruendosa ovación cerró el discurso del líder socialista. A continuación tomó la palabra el concejal Sr. Andrade, portador del estandarte de la ciudad que por primera vez entraba en la Casa del Pueblo. Gritó vivas a la República, a la Casa del Pueblo y a la Agrupación Socialista, que fueron respondidos acompañados de aplausos.

Una vez disuelta la manifestación, las Sociedades de Castrelos, Sárdoma y Freixeiro se trasladaron al cementerio de esta última parroquia para rendir homenaje a Saturnino Iglesias Figueroa, malogrado luchador agrario. El presidente de la Sociedad de Agricultores de Freixeiro, Sr. López Araujo, pidió un minuto de silencio «no sólo en memoria del gran luchador que aquí recordáis, sino en la de aquellos que en iguales condiciones yacen en este sagrado recinto y que han sido compañeros incansables y defensores de nuestra sincera y noble causa agraria». Y añadió: «recoger este ejemplo y continuar luchando sin cesar hasta conseguir para siempre la redención del campo gallego».

En Teis también se celebró la Fiesta del Trabajo organizada por el Sindicato de Agricultores con un mitin al aire libre en el que intervino el concejal José Martínez Covelo, quien saludó el nacimiento de la República y criticó duramente «a los miembros de la última dinastía y a cuantos a su sombra medraron a costa de las miserias del país». A continuación intervinieron el maestro de Vigo José López Varela y el abogado Manuel María González.


Homenaje de los tranviarios a Ricardo Mella

Los miembros del Sindicato de Tranviarios de Vigo tributaron un homenaje en el cementerio civil al hombre que además de su jefe fue su defensor, Ricardo Mella, fallecido en 1925. Antes de que formara la manifestación de Las Traviesas, numerosas personas se trasladaron a Pereiró y colocaron una corona de flores naturales sobre el mausoleo del anarquista gallego.

Invitado por el Sindicato, Ramón Fernández Mato glosó la vida de Ricardo Mella en un discurso emocionado. Comenzó diciendo que en aquel instante lucía el sol «porque en lo alto, como aquí abajo, peleaba la gran alegría de aquel día germinal de Mayo, con las lágrimas que aún brotan al recuerdo del gran sembrador que se llamó Ricardo Mella». Se refirió a la condición del cementerio civil afirmando que «el muro que separa los dos campos de la muerte no llega hasta las alturas en donde todos los hombres puros de corazón comparten de seguro un mismo cielo sin medianerías raquíticas»Recordó la gran obra de Mella y evocó la huella que depositó en el pensamiento del proletariado español y su encendido amor a los humildes «que al cabo de siete años cubiertos por la losa sepulcral e ignominiosa de la dictadura, se abre en cosecha de rosas en la gratitud del pueblo vigués». Añadió que «la corona que se traía a la tumba de Mella no era de flores agostadas por el sol insano de la tiranía, sino esponjadas por la savia virginal de la democracia triunfante» y terminó exclamando: «Ricardo Mella, titán del dolor y del entusiasmo, ya puedes descansar en paz porque los que te amamos ya somos libres».

Así transcurrió el Primero de Mayo de 1931 en Vigo. Siete años después, al finalizar la Guerra de España, Franco suprimió este día festivo y de reivindicación obrera y se inventó el Día de la Exaltación del Trabajo (18 de julio, que conmemoraba la fecha de su rebelión). Y cuando el papa Pío XII declaró en 1955 el Primero de Mayo como la festividad de San José Artesano, obligó al régimen franquista a buscarle un lugar en el calendario. La celebración se disfrazó de actuaciones folclóricas en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid.

Pero el 1 de mayo de 1931 brilló la aurora de Justicia por la que tanto se luchó y aún seguimos luchando. Ya lo dijo Ricardo Mella: «La lucha es dura y es larga. Luchemos». 











1954. Los hombres mueren; las ideas quedan

Otra vez ante nosotros, envuelta en la gloria del renacer primaveral, la fecha simbólica del Primero de Mayo, grabada con letras de fuego en el corazón y el cerebro de los obreros del mundo. Hay en las multitudes proletarias una ingenua alegría ante su fiesta anual. Y un orgullo en lo más íntimo al comprobar la fuerza propia, al ver paralizarse la vida de un pueblo, de una ciudad, de un país; al demostrar a todos, amigos y enemigos, que ellos son el motor y el cerebro; que sin ellos, ni saldrían de la entraña de los montes el hierro y el carbón, ni marcharían las máquinas, ni la tierra sentiría los dolores del alumbramiento al llegar el instante fecundo de las grandes cosechas.

Pero hay quienes con esto se conforman. Con esta alegría de la fiesta propia, con este orgullo de la potencialidad demostrada, tienen suficiente. Para ellos, el Primero de Mayo es una fiesta: más alegre, mas luminosa, más grata que ninguna otra; pero fiesta al fin. Día de jolgorio y de vagar; día de excursiones, alegrías y risas. Y el Primero de Mayo no es ni debe ser una fiesta. El Primero de Mayo es todo lo contrario: es un anuncio de combate, de lucha, de victoria quizá; pero de victoria que será preciso conquistar con dolor...

Allá en lontananza, en los orígenes de la fiesta, se ven cuatro cuerpos de obreros bamboleándose en el extremo de una cuerda embreada. Y su recuerdo no es propicio a jolgorios ni diversiones. El Primero de Mayo es día de meditación; la fuerza demostrada debe de servir de estímulo; el paro no es un fin, sino un camino. Y es un camino tan largo el que nos queda por recorrer, que no admite desmayos ni descansos. El Primero de Mayo debe servir para hacer un recuento de fuerzas. Y para seguir después, por encima de los caídos, hacia adelante...

Para los obreros del mundo el Primero de Mayo es día de obligada evocación para los mártires de Chicago; para los obreros españoles, si el recuerdo de Parsons, Spies, Lingg, Fisher y Engel debe servir de lección y ejemplo, el Primero de Mayo debiera también servir para evocar nuestros mártires, para recordar a cuantos cayeron en España, para revivir mentalmente a los que con su heroísmo señalaron un camino a seguir. Porque ningún proletariado del mundo ha luchado tanto quizá como ha combatido el proletariado español. Y si son admirables los héroes obreros, cayeran donde cayeren, los nuestros, los que sentimos más cerca porque combatieron a nuestro lado, porque son carne de nuestra carne, también supieron de bravuras y heroísmos, de generosidades y sacrificios.

Antes de que cayeran los mártires de Chicago habían caído los mártires de Jerez. Y después la trágica cuenta ha seguido aumentando sin cesar: Alcalá del Valle, Barcelona, Vera de Bidasoa, Pasajes, Málaga, Sevilla, Arnedo, Casas Viejas, sabían mucho de luchas y sacrificios, de trozos de plomo que muerden en los cuerpos de los obreros, de patíbulos que escalan luchadores heroicos, de relámpagos que salen de armas homicidas y van a tronchar en flor vidas de hombres jóvenes "que intentaban huir".

Y como dato curioso cabe consignar que mientras en el mundo entero han sido los obreros industriales, los trabajadores de la ciudad, los que han llevado el peso del combate social y los que han sufrido los más cruentos dolores, en España son los campesinos, son los labriegos quienes luchan en vanguardia, quienes combaten con más fe, quienes caen en mayor número. La historia de las luchas sociales contemporáneas españolas se abre con la tragedia campesina de Jerez, pasa por la barbarie de Benalup de Sidonia y termina -por ahora- en la rebelión de diciembre, donde, si lucharon los trabajadores zaragozanos y logroñeses, fueron los campesinos de Aragón y Rioja quienes se lanzaron a la pelea con mayores energías.

Acaso de este hecho innegable, de esta mayor participación de los campesinos en la lucha social, debieran extraerse grandes enseñanzas. Por lo menos, no debe pasar desapercibido para nosotros. Y todos debemos ver en el labriego el pilar más firme, el sostén básico, el luchador más esforzado, en este duro caminar que todavía nos queda por recorrer...

El Primero de Mayo tiene su origen en una brutalidad, en una intransigencia, en una intolerancia. Frente al avance social, al empuje arrollador de una idea generosa de igualdad y amor, se alzan como trágica maldición los cuatro patíbulos. Se repetía la historia de siempre. Toda idea generosa tropezó con el cadalso; frente a cada hombre que predicó la verdad se levantó el valladar de la intolerancia cruel y estúpida; cada avance humano hubo de regarse con la sangre de cuantos vislumbraron la verdad.

Cuando Sócrates avizoraba nuevos horizontes, en sus carnes prendió la barbarie; cuando Cristo llegó a entrever la verdad, sobre sus hombros colgaron una cruz; cuando Juan Hus, y Giordano Bruno, y Miguel Servet, llegaron a comprender ideas santificadoras, las llamas del fanatismos tostaron sus cuerpos; cuando los mártires de Chicago, los de Jerez y los de Montjuich; cuando Spies, Parsons, Lamela, Ferrer y Seguí señalaron a las muchedumbres un camino de redención, el patíbulo o el balazo terminaron con ellos.

Pero si la cicuta y la cruz, la hoguera, el fusil y la horca pudieron acabar con unas vidas generosas y nobles, las ideas sobrevivieron a la muerte. El sacrificio de los mártires fue su mejor abono. Y triunfaron las ideas de Sócrates y Cristo, de Hus y Servet; como en definitiva triunfarán las ideas de todos los luchadores modernos; de todos los mártires de hoy, de los trabajadores cuyo sacrificio se conmemora en un Primero de Mayo que no tiene de fiesta sino aquello que es anuncio de victoria final.


Eduardo Guzmán
La Tierra, 1 de mayo de 1934


Imagen:  El clavario de los desherados de Eugenio Blasco Ferrer. Publicada en Tiempos Nuevos, núm. 1
Barcelona, 5 de mayo de 1934











1443. A las Juventudes Socialistas Unificadas

Discurso de Antonio Machado a las Juventudes Socialistas Unificadas. Valencia, 1 de mayo de 1937.

Acaso el mejor consejo que puede darse a un joven es que lo sea realmente. Ya sé que a muchos parecerá superfluo este consejo. A mi juicio, no lo es. Porque siempre puede servir para contrarrestar el consejo contrario, implícito en una educación perversa: procura ser viejo lo ante posible.  

Se vela por la pureza de la niñez; se la defiende, sobre todo, de los peligros de una pubescencia anticipada. Muy pocos velan por la pureza de la juventud; a muy pocos inquieta el peligro, no menos grave, de una vejez prematura. Sabemos ya, y acaso lo hemos creído siempre, que la infancia no se enturbia a sí misma, y hemos adquirido un respeto al niño, loable, en verdad, si no alcanzase los linderos de la idolatría. Se sigue creyendo, en cambio, que toda la turbulencia que advertimos en los jóvenes es de fuente juvenil, y que al joven sólo puede curarle la vejez. Yo he pensado siempre lo contrario. Por ello he dicho siempre a los jóvenes: adelante con vuestra juventud. No que ella se extienda más allá de sus naturales límites en el tiempo, sino que dentro de ellos la viváis plenamente. Adelante, sobre todo, con vuestra faena juvenil: ella es absolutamente intransferible; nadie la hará si vosotros no la hacéis. 

Uno de los graves pecados de España, tal vez el más grave, acaso el que hoy purgamos con la tragedia de nuestra patria, es el que pudiéramos llamar “gran pecado de las juventudes viejas”. Yo las conozco bien, amigos queridos, perdonadme esta pequeña jactancia. En mi ya larga vida, he visto desfilar varias promociones y diversos equipos de jóvenes pervertidos por la vejez; ratas de sacristía, flores de patinillo, repugnantes lombrices de caño sucio. Los conozco bien. Y son esos mismos jóvenes sin juventud los que hoy, ya maduros, mejor diré, ya podridos, levantan, en la retaguardia de sus ejércitos mercenarios, los mismos que decidieron, fría y cobardemente, vender a su patria y traicionar el porvenir de su pueblo. Son esos mismos también, aunque no siempre lo parezcan, los que hoy quisieran corromperos, sembrar la confusión y el desorden en vuestras filas, los enemigos de vuestra disciplina, en suma, cualesquiera que sean los ideales que digan profesar. 

¡La disciplina!... He aquí una palabra que vosotros, jóvenes socialistas unificados, no necesitáis, por fortuna, que yo recuerde. Porque vosotros sabéis que la disciplina, útil para el logro de todas las empresas humanas, es imprescindible en tiempos de guerra. De disciplina sabéis vosotros, por jóvenes, mucho más que nosotros, los viejos, pudiéramos enseñaros. Contra lo que se cree, o afecta creerse, también la disciplina es una virtud esencialmente juvenil, que muy rara vez alcanzan los viejos. Sólo la edad generosa, abierta a todas las posibilidades del porvenir, realiza gustosa el sacrificio de todo lo mezquinamente individual a las férreas normas colectivas que el ideal impone. Sólo los jóvenes verdaderos saben obedecer sin humillación a sus capitanes, velar por el prestigio, sin sombra de adulación, de los hombres que, en los momentos de peligro, manejan el timón de nuestras naves; sólo ellos saben que en tiempo de guerra y de tempestad los capitanes y los pilotos, cuando están en sus puestos, son sagrados. 

Nada temo de la indisciplina juvenil, porque nunca he creído en ella. Mucho temo, mucho he temido siempre de la mansa indisciplina de la vejez, de esa vejes anárquica, en el sentido peyorativo de estas dos palabras –un hombre encanecido en actividades heroicas sabe guardar como un tesoro la llamada íntegra de su juventud, y un anarquistas verdadero puede ser un santo-, de ese espíritu díscolo y rebelde a toda idealidad, siempre avaro de bienes materiales, codicioso de mando para imponer la servidumbre, que, en suma, sólo obedece a lo más groseramente individual: los humores y apetitos de su cuerpo averiado, sus rencores más turbios, sus lujurias más extemporáneas. A eso, que es la vejez misma, he temido siempre. 

Si reparáis en la breve historia de nuestra República, que se inaugura magníficamente con signo juvenil, dominada por hombres que gobiernan y legislan atentos al porvenir de su pueblo, veréis que es un hombre profundamente viejo, un alma decrépita de ramera averiada y reblandecida, el llamado Lerroux, quien se encarga de acarrear a ella, de amontonar sobre ella -¡nuestra noble República!- todos los escombros de la rancia política de derribo, toda la cochambre de la inagotable picaresca española. A esto llamaba él ensanchar la base de la República. 

Yo os saludo, pues, jóvenes socialistas unificados, con un respeto que no siempre puedo sentir por los ancianos de mi tiempo, porque muchos de ellos estaban deshaciendo a España y vosotros pretendéis hacerla. Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de medios concebidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia; veo claramente que es ésa la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir. Ella coincide plenamente con vuestra juventud, y es una tarea magnífica, no lo dudéis. De modo que, no sólo por jóvenes verdaderos, sino también por socialistas, yo os saludo con entera cordialidad. Y en cuanto habéis sabido unificaros, que es mucho más que uniros, o juntaros, para hacer ruido, contáis con toda mi simpatía y con mi más sincera admiración. 


Antonio Machado
Valencia, 1 de mayo de 1937
Publicado en La guerra (1936-1937)