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2966. El Rosal de Andalucía: el rosal de Seisdedos

Casa de Seisdedos (Fotografía Sánchez del Pando, 1933)


(...)

Ya he comentado algunas veces la anécdota representativa del espíritu de Andalucía, victoria blanca sobre negruras de rencores. Es la anécdota del rosal de Seisdedos. Y, fue, el principio de la vida de este símbolo, en Casas Viejas, cuando el asesinato que recordaba aquellas razzias de las cuales hubimos de ser objeto, desarrolladas por las tropas cristianas contra nosotros, cuando nos llamaban moriscos. Ya sé que después ha habido unos cuantos Casas Viejas en Asturias. Veis, pues, cómo no podréis poner ahora intención política en mis palabras. Y fue allí, en Benalup, cuando yo tenía desgarrada la sensibilidad, por todos los dolores y encendida el alma por todas las indignaciones que laceraban y conmovían al genio andaluz, otra vez humillado, ensangrentado e intentando asesinar en los hermanos caudos de mi pueblo jornalero; cuando uno de los condenados a la matanza, a quien el milagro salvó, mi amigo, el jornalero Barberá, tuvo un gesto de elegancia suprema, viniendo a arrancar y a depositar en mis manos, el consuelo de un rosal, cubierto de barro sangriento, plantado en el arriate, junto al quicio de la casa de Seisdedos, ennegrecida por las llamas. Aquel rosal, sobre cuyo tallo habíanse derrumbado los cuerpos de nuestros hermanos, fusilados en la corraleta que se abría delante de la pobre choza; era el único ser vivo, ya muriente, que los vandálicos matadores, dejaron en aquel lugar. Yo, traje el rosal, y lo plante en mi huerto. Y, contaron, de él, los escritores, que cuando arraigara y llegara a florecer las rosas de su cosecha, serían rojas como la sangre que hubo de regarle a borbotones, manando de las fuentes abiertas por las balas en los cuerpos caídos durante la matanza. Y, hasta alguno de esos escritores hubo de nombrarle el Rosal de Andalucia, quien por el color grana de sus flores habría de servir para que hablase al Mundo, pidiendo por siempre venganza, al espíritu de Seisdedos.

Pues bien: llegó la primavera; floreció el Rosal de Andalucía: Deliciosas mosquetas blancas de aroma penetrante, aparecieron salpicando el verdor de las hojas y de las ramas, completando los colores suaves de nuestra bandera andaluza. Una eclosión de paz será la Primavera de nuestro triunfo, la energía de nuestra Esperanza. Habló Seisdedos: el "felah mengu"; hablaron sus compañeros los despreciables flamencos asesinados; los jornaleros andaluces atormentados en vida y matados como alimañas, tal como sus padres moriscos. Y, su palabra perfumada de blancas mosquetas, ungiendo y curando resquemores de venganza, viene diciéndome, desde entonces, lo mismo desde el rosal arraigado en el huerto, que desde el búcaro puesto sobre la mesa de un Estudio; este Verbo Soberano de la Andalucía libre, Madre siempre fecunda de las culturas que encarnaron su Estilo en creaciones de humanidad intensa: Es Selam: Es Selam. La Paz: La palabra más divina entre los hombres. La palabra de venganza de Seisdedos, articulada con pétalos blancos sobre verdor de un Rosal, en el verbo fragante de una mosqueta...

Así se vengan los jornaleros andaluces; los conductores verdaderos de Al-Andalus, escarnecido por su historia heterodoxa. Con fin y como método: La Paz. Triunfará. Con este fín y este método habrá de triunfar sobre todos los pueblos, Andalucía. El Profeta de nuestra última Era de libertad, nombraba al Paraíso Dar es-selam, Casa de la Paz. Ese es el Paraíso al cual aspiran hasta después de muertos, los jornaleros que antes de ser esclavos, fueron los hombres luminosos de Al-Andalus.


Blas Infante
Cartas andalucistas, 1935









1781. Viaje a la aldea del crimen XV



Vuelve el ataque. La choza es un pequeño volcán. Dos cabos de asalto, heridos. El incendio

Las fuerzas recién llegadas se movían con recelo, hasta quedar parapetadas y dispuestas. El viaje había sido sobresaltado. Informes de Medina aseguraban que toda la zona estaba en poder de los revolucionarios. Ya en el pueblo la tragedia estaba en la soledad de las calles, en el gesto de los terratenientes, en las cifras exageradas que se daban al hablar de las bajas de las fuerzas de asalto.

Llegaron a los altos de la colina con el ánimo dispuesto a lo épico. Hay que tener presente que no pocos de los que constituyen esos Cuerpos de represión proceden del Tercio, acostumbrados en Marruecos al olor de la sangre. Ya parapetados, las descargas eran mucho más nutridas.

Había dos compañías de asalto, y como la concentración de Guardia civil continuaba, había que contar también ocho o diez parejas. Pero la iniciativa allí correspondió en todo momento a los de asalto. Doscientos fusiles disparando sin cesar sobre la choza de barro y ramaje es algo que no se explica aquí, en el lugar del suceso, ante el pequeño cuadrilátero cubierto de cenizas, de las que emerge todavía el esqueleto retorcido de la cama de hierro.

Transcurrieron dos horas de intenso fuego. La madrugaba avanzaba sin que la resistencia del «Seisdedos» cediera.

Habían vacilado en emplear las bombas de mano, porque temían que abrieran brechas en algún lugar resguardado del fuego y pudieran huir los sitiados. Por fin, y con la orden de arrojarlas sólo sobre la techumbre, comenzaron a caer las granadas. Estallaban en los ángulos, en la cima, con estruendo. Dentro seguía el fuego. Dos abrieron brecha en el muro, y entonces, mientras seguían cayendo bombas sobre la techumbre y ésta crujía y se cuarteaba, dos cabos de asalto corrieron a emplazar una ametralladora. Fue necesario el auxilio de una lámpara de bolsillo para colocar los peines, para enlazar los cargadores. Apenas encendida, sonaron dos tiros en la choza, y el cabo José Sánchez recibió en las manos una perdigonada. Al otro, Manuel Martínez, le alcanzaron varias postas en la frente y en la boca. Fueron retirados y substituidos. Ya sin aventurarse a encender luz, la ametralladora se emplazó y comenzó a funcionar. A su fuego regular y mecánico se unían las descargas cerradas de los fusileros y las bombas, que, una tras otra, estallaban sobre la choza.

Así transcurrió una hora más y otra. La techumbre estaba destruida casi por completo. Era un montón de leña. Algunas granadas prendieron en la paja, y eso les sugirió la idea de incendiarla. Se aproximaba el amanecer, y para entonces debía estar todo resuelto. Dentro de la choza seguían disparando. Se oían alaridos y gemidos de mujer.

Debían estar heridos todos. Los guardias lanzaban granadas y la ametralladora había callado y esperaba que intentaran salir los revolucionarios por el boquete abierto, para dispararles a campo libre. De las cercas más próximas a la choza —unos nueve metros— lanzaron dos paquetes de algodón impregnados en gasolina. Luego, algunas tablas y trozos de ramas envueltas en algodón también impregnado. Quedaron interceptadas entre la techumbre y bastaron dos granadas para que la gasolina se inflamara. Entonces cesó el fuego. La choza ardía. Se veía perfectamente el borrico muerto en la cerca de al lado, el cadáver del guardia asomado fuera. 

Fusiles, ametralladoras y bombas callaban, esperando.


Francisco Lago y su hija intentan huir. Los otros siguen disparando.  Por fin...

El fuego daba un rumor creciente entre pequeños estallidos. Iluminada por las llamas, la humareda era gris al principio. Luego, sobre el cielo, que comenzaba a clarear, era negra y se disgregaba hacia el interior. Soplaba, como siempre, a esa hora, un poco de viento del mar. Dentro de la choza los disparos eran muy espaciados. Voces, ayes, insultos y esas frases en las que «Seisdedos» no tuvo parte, sin duda, pero que, habiendo mujeres de dieciocho años y estando allí padres, hijos, hermanos, debieron ser inevitables. Doscientos hombres asistían a aquel espectáculo en silencio, aguardando para impedir que se salvara nadie. La muchacha, que volvió a la choza con la escopeta para su padre, Francisca Lago, asomó un instante entre las llamas. Subió al boquete gateando. Salió cara a los parapetos de los guardias enloquecida, con las ropas y el pelo en llamas. Corrió, dando alaridos, pidiendo auxilio.

La ametralladora la derribó a unos diez pasos de la choza.

También su padre, Francisco Lago, quiso huir.

Probablemente lo hubieran intentado todos, pero los otros cinco debían estar heridos. Francisco no pudo andar tanto trecho como su hija. Quedó muerto en el mismo agujero, al salir. Su cuerpo, que fue doblándose bajo el fuego mecánico de la ametralladora, apareció chamuscado, con quemaduras en las piernas y en la cabeza. La techumbre seguía ardiendo y derrumbándose hacia adentro. Vigas, ramaje, caían en el interior en llamas. Todavía sonaron algunos disparos dentro y cayeron varias granadas más sobre la hoguera. Después, al olor de maderas quemadas sucedió el de la carne. El humo era más denso y apelmazado. Habían cesado los lamentos y los disparos.

Cuatro hombres y una mujer ardían vivos bajo la hoguera: el «Seisdedos», dos hijos, una nuera y un yerno. El fuego iluminaba los alrededores. Todo había terminado. La mayor parte de las fuerzas se iban aventurando ya a bajar. Del cuerpo de la hija de Paco Lago salía humo. Seguían ardiendo sus ropas. Se acercaron y comprobaron que había muerto.

Algunos de los guardias se dedicaron a transportar tres cadáveres de otros tantos campesinos a los que habían fusilado «para ahorrarse el cuidado de su custodia», desde el lugar donde cayeron a la choza de «Seisdedos». Comenzaba a amanecer, sin sol, con la niebla de los amaneceres de Marruecos. Dos guardias cogían un cadáver y lo transportaban dificultosamente, apoyando los pies en la resbaladiza grava. A veces hubo que soltarle para no caer.

Volvían a recogerlo y bajaban. Y al lado de la choza lo lanzaban sobre la cerca, como un fardo. Aparecen quemados, naturalmente, por el costado que estaba hacia abajo en contacto con el fuego. Antes de terminar esa triste faena aparecieron por la torrentera dos o tres vecinos curiosos o aterrorizados. Los guardias los ahuyentaron a tiros. Los cinco de la familia de «Seisdedos» que quedaron bajo las brasas rompían la tradición española. 

En Numancia murieron los celtíberos sobre las hogueras. En Valladolid y Toledo, los herejes, también sobre ellas. El «Seisdedos» y los suyos murieron debajo. Claro está que Roma pasó y los celtíberos del Duero siguen organizándose en fratrías con nombres distintos, y que la Inquisición pasó y los herejes siguen e imponen su ley. Y que visto así, en la Historia, los siglos son cortos. Esto sin recordar que existe un sistema capaz de crear vida nueva con toda esta sangre.

La mayor parte de las fuerzas fue desfilando hacia el centro de la población. Quedaron arriba algunos centinelas para que la gente del pueblo no se acercara. Consumida la techumbre, las vigas y travesaños, la mesa de pino y las sillas, los dos taburetes, las culatas de las escopetas, los jergones de paja y la poca grasa de los cuerpos de los sitiados, el fuego fue apagándose. La choza presentaba el aspecto de una fosa cuadrada, con restos humanos cubiertos de ceniza. Las paredes de barro habían desaparecido en su mayor parte y quedaba apenas señalada la base con un reborde que encuadraba los restos y las cenizas.

Los arcos finales de la cabecera y los pies de la cama sobresalían retorcidos.

Sobre aquella fosa cayeron los cuerpos de los tres que fueron muertos fuera de la choza. Rostros afilados por el hambre y por la muerte. Gestos dislocados, con brazos y piernas en extrañas actitudes. Allí quedaron esperando al juez de instrucción.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933







1778. Viaje a la aldea del crimen XIV

Fotografía de Campúa
Noche cerrada. «Seisdedos» no quiere parlamentar. Intento de asalto

Los guardias civiles y los de asalto, después del ataque de «Seisdedos», retrocedieron y fueron a ocupar, con un pequeño rodeo, las alturas inmediatas. Como hemos dicho, esas alturas caían verticalmente sobre la torrentera y alcanzaban hasta cuatro o cinco metros por encima de la choza asediada. La distancia que les separaba en el caso máximo era de un tiro corto de piedra. Ocupadas las alturas fronteras a la choza, rompieron el fuego. Se daban órdenes apresuradas. Los guardias —siete guardias civiles y una compañía entera de asalto— hacían fuego en descargas sobre la choza, de arriba abajo y a una distancia de quince metros. El fuego se dirigía por dos frentes y las balas se cruzaban en la techumbre. Como ignoraban que los sitiados se encontraban en un plano inferior a la rasante del campo, no podían explicarse que después de dos horas de fuego incesante continuaran en pie. El pueblo seguía colina abajo, apenas acusado por los ángulos iluminados aquí y allá por algunas bombillas. También en los momentos en que atenuaba el fuego se oía desde allí el fatigado restallar del motor. Una parte de las fuerzas atendía a los detenidos y cubría la espalda de los restantes. Como el terreno era muy quebrado y lo desconocían por completo, y como las noches sin luna son mucho más negras aquí que en Castilla o en el Norte, cualquier rumor, cualquier sombra o engaño de la vista enturbiada por los nervios determinaba alarmas y disparos en todas direcciones. Aquellas primeras horas de la noche toda la parte alta de la colina crepitaba como una hoguera de ramas verdes.

Dos guardias de asalto intentaron penetrar en la choza por el boquete que la comunicaba con el corralillo de al lado. Saltaron la cerca. «Seisdedos» y su yerno percibieron la maniobra y cambiaron de frente. Hicieron dos disparos. Uno de los guardias retrocedió y volvió a saltar la pequeña tapia. El otro recibió una herida en el hombro y cayó. El resto de las fuerzas no habían advertido lo que ocurría porque las sombras eran muy densas. Una hora después oyeron grandes lamentos y voces pidiendo auxilio.

Cesaron los disparos y se oyó la voz del guardia herido:

—¡No tiréis más! Acercarse y hablarles, que se entregarán.

Los guardias creyeron que eran los de la choza, que era el «Seisdedos», y redoblaron el fuego. Pero seguían los lamentos y de nuevo los guardias dejaron de disparar. 

—¿Quién eres tú?—preguntaron. 

Dijo su nombre. Le pidieron los de sus jefes, y los soltó de carrerilla. Entonces, y ante el temor de matar al compañero, destacaron a uno de los detenidos, advirtiéndoselo a «Seisdedos». El detenido era Manuel Quijada. Sin quitarle las esposas bajó y se acercó a la choza. No se entendieron. «Seisdedos» no se entregaba.

Pedía que dejaran salir a las mujeres y a un niño; pero advertía que él, por su parte, seguiría defendiéndose. El detenido insistió, y «Seisdedos» repitió su súplica. Los guardias pensaron que aquello era una añagaza para escapar y se negaron. Entonces «Seisdedos» insultó y retó a sus sitiadores. Cuando volvía Quijada cayó herido por seis balas disparadas al mismo tiempo. Balas de máuser. (El forense tiene el informe.) El fuego se reanudó con la misma tenacidad. De la choza disparaban menos, quizá porque no podían hacer puntería y querían ahorrar cartuchos. Pero el guardia seguía gimiendo.

—Asaltad la casa. Si seguís así me vais a matar.

Se fue a intentar el asalto; pero de tal modo aumentó el fuego de los sitiados, que tuvieron que desistir. Eran ya las diez de la noche. El jefe de las fuerzas de asalto dio orden de que pidieran más a Jerez y bombas de mano a Cádiz.

Antes de media noche se oyeron algunas descargas cerradas al otro lado de las cercas. Las balas no pasaron sobre la choza. Se oyeron, en cambio, lamentos, súplicas y gemidos.

Algunos vecinos oyeron con toda claridad voces pidiendo auxilio:

—¡Compañeros, que nos asesinan!


El viejo de la guerrera de rayadillo, muerto. Más fuerzas. Ametralladoras y bombas de mano

En la total obscuridad de aquel sector, las fuerzas pensaron que habían obrado con ligereza al permitir que las chozas próximas quedaran ocupadas. Un destacamento salió para desalojarlas. El guardia de asalto Fidel Madras había recibido una perdigonada en el brazo y la mano derechos, estando a cubierto del fuego del «Seisdedos». Atribuyeron el disparo a algún campesino de los que habitaban en las inmediaciones.

En vano fueron recorriendo las chozas. Sólo había dentro de ellas mujeres, algún niño y viejos inermes. Obligaban a encender luz bajo la amenaza de disparar, y después cacheaban y registraban, haciéndoles salir seguidamente a la calle y marchar hacia el centro del pueblo. En algunas chozas encontraron hombres jóvenes, que fueron acusados de dirigir el movimiento, y esposados, fueron conducidos a las cercas donde estaba el grueso de las fuerzas.

Sucumbieron allí, José Toro y Manuel Pinto, éste hijo único de una anciana de ochenta y dos años, que en el momento de la detención se hallaba enferma en la cama, y que no contaba con más familia. Penetraron también los de asalto en la choza del viejo aquel a quien presentamos al principio vistiendo una guerrera de rayadillo. Era el septuagenario Antonio Barberán. Estaba, en la choza con un nietecillo de once años. Uno de los oficiosos informadores afirmó haberlo visto la noche anterior haciendo acusaciones ante «Seisdedos» y excitando a la rebeldía a los campesinos. Se refería, quizá, a las protestas del viejo —que nadie tomó en cuenta— contra los jóvenes descomedidos que le atropellaban con sus burros en las calles estrechas. Aunque un guardia del puesto declaró que no se había metido en nada, como el viejo, irritado, se levantara lanzando exclamaciones de protesta y el chico insultara a los guardias de asalto, éstos dispararon sobre el anciano, que quedó muerto en la propia choza. Tanto el cadáver del viejo como el de Andrés Montiano fueron llevados aquella misma noche al cementerio.

Cuando se hubieron convencido de que los alrededores de la choza del «Seisdedos» estaban totalmente desalojados, las fuerzas volvieron a su puesto. Seguía la lucha. De la choza partían fogonazos de escopeta con lenta regularidad. De vez en cuando se oía también el estampido del mosquetón cogido por «Seisdedos» al guardia. Estos tiros eran poco frecuentes.

Pero las fuerzas no querían que se hiciera de día sin haber liquidado aquéllo. Todo tenía que estar resuelto aquella misma noche. Al día siguiente, con la luz del día, podían surgir complicaciones. El fuego no cesaba. Advirtieron que ya no tiraban con bala ni con soñeras, sino con perdigón; pero hacia las doce, en lugar de disparar sólo dos escopetas disparaban tres. Sin contar el mosquetón. La muchacha Francisca Lago había vuelto a entrar —nadie ha podido averiguar todavía por dónde ni de qué manera— llevándole a su padre la escopeta prometida. Quedó a su lado, disponiendo la carga. A medianoche tenían dos heridos: Pedro Cruz, con un balazo en la cabeza, y Josefa Franco, con el pecho izquierdo destrozado por un rebote. Francisca Lago había dicho al entrar:

—El guardia de la serca ha palmao, padre.

Pedro Cruz se mantuvo hecho un ovillo en el suelo, con la cabeza ensangrentada. Su sobrina, Mariquilla Silva, quiso hacerle un vendaje y curarle; pero vio que había muerto.

Como el cadáver dificultaba los movimientos, fue sacado el del guardia y asomado a la cerca de al lado, donde quedó colgado hacia el corralillo. El de Pedro ocupó su lugar sobre el arca. Junto al cadáver del guardia dejaron dos gorras en lo alto de dos listones, que fueron acribilladas a balazos. Trataron de distraerlos para que pudieran huir las mujeres y el niño. Los atacantes, que tenían linternas de bolsillo y dejaron dos enfocando la choza desde lo alto, se dieron cuenta de la maniobra y arreciaron el fuego sobre la techumbre y los flancos. El guardia del corralillo seguía gritando y pidiendo auxilio, a pesar de lo que dijo Francisca Lago. En otro instante en que cesó el fuego, «Seisdedos» volvió a pedir una tregua para que se retiraran las mujeres y el chico. Los sitiadores consintieron en que saliera sólo el último. En cuanto a las mujeres, podía ser una estratagema para huir todos disfrazados. El muchacho salió, saltó la cerca sin dificultad y bajó hacia el pueblo corriendo.

«Seisdedos» ordenó a Mariquilla:

—¡Anda tú también! ¡Vivo!

Ella se resistía. «Seisdedos» la empujó. Mariquilla se vio fuera, sintió unas ráfagas de luz a su alrededor y corrió a resguardarse junto al borrico. Le hicieron fuego; pero pudo saltar y huir. El animal quedó acribillado a balazos.

En aquel momento llegaba otra compañía de asalto completa, con bombas de mano y ametralladoras.

Sería la una de la madrugada o quizá algo más. Los cuatro hombres que quedaban en la choza tenían las armas siguientes: dos escopetas con perdigón conejero, una con postas sotreras y el mosquetón del guardia, al que todavía le quedaban lo menos ochenta tiros. Quedaban allí dentro dos mujeres: Francisca Lago, de dieciocho años, y Josefa Franco, de algo más de treinta. Ésta, herida.

Cuando comprobaron que Mariquilla, «la Libertaria», se había salvado, se sintieron reanimados. Era un verdadero triunfo. Quizá «Seisdedos» pensó que no se acabaría del todo su familia.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933







1775. Viaje a la aldea del crimen XIII




Dentro de la choza. Cuatro hombres, tres mujeres y un chaval de diez años. «Esto está perdió.»

Después de abandonar el Sindicato, «Seisdedos» subió a la choza acompañado de los suyos.

Entraron y se fueron acomodando como pudieron, en silencio. Las escopetas de la casa —dos— volvieron a colgarse en la viga. El yerno, José Silva, se lamentó de haber perdido la suya en la escaramuza de la carretera. No contestó nadie. Estaban allí el viejo «Seisdedos», encorvado, con los codos en las rodillas; sus hijos Pedro y Paco, el yerno, el vecino y primo Francisco Lago Gutiérrez, su hija Paca Lago, de dieciocho años; la nuera de «Seisdedos» —viuda—, Josefa Franco, y dos nietos: Mariquilla —diecisiete años morenos y gentiles, con una alegría natural— y un chaval, hermano suyo, de diez años. Nadie pensaba en la defensa. De ser así no se hubieran quedado con sólo dos escopetas y hubieran hecho salir a las tres mujeres y al niño. Estaban en su casa, esperando, como los demás, los acontecimientos. Sabían que iban a detenerlos y que saldrían codo con codo, y aguardaban sin saber por qué. Ignoraban lo que habría sucedido lejos del pueblo. Oyeron tiros lejanos. Luego, más próximos.

Mariquilla miraba sus alpargatas rotas, por donde asomaban dos dedos desnudos enrojecidos por el frío.

Llevaba un vestidillo ligero —ya lo llevó en verano— muy remendado. No suspiraba demasiado por otros vestidos, por tres razones: porque no se encontraba fea con aquél, porque sabía que no podía pretender otro y, finalmente, porque el frío era cosa de viejos y estaba harta de oír decir a la gente, cuando se quejaba:

—Yo, a tu edá...

—Cuando se tiene tu tiempo.

Por esas tres razones no se quejaba tampoco de ir sin medias. Mariquilla, no sólo no se quejaba, sino que estaba alegre casi siempre, con motivo o sin él. Mariquilla Silva Cruz, morena gentil, con una tilde de melancolía entre dos sonrisas o dos frases dichas como ella las dice, atropelladamente, pero bien enderezadas a su objeto, había de revelar luego, en la cárcel, en la calle, ante los fotógrafos, con los periodistas, una inteligencia natural y una discreción muy superiores a lo usual en las personas cultivadas de la ciudad. Mariquilla animaba a sus parientes:

—Tota, la cárse, ¿no es eso?

Soltaba a reír, tiraba del pelo a Josefa y advertía:

—No piense, mujé. Allá iremos tos.

El chico pensaba en lo que les contaría a sus amigos después, y en si por ser muy pequeño no le querrían llevar a la cárcel, una cosa tan de hombres. El padre de Mariquilla y del chaval rumiaba y gruñía:

—¡Los trenes! ¿No dijiste tu, Josefa, que no andaban los trenes?

Josefa se encogió de hombros:

—Yo no los vi. Estuve a la mira media hora y no vi ná.

—Pues yo sí —terciaba Mariquilla.

Francisco Lago temía que hubieran entrado en su casa los guardias. El chico aseguraba que los había visto romper la puerta y salir con una escopeta. Juraba que iban armados con trabucos. «Seisdedos» levantó la cabeza y miró las dos armas colgadas a los lados de la litografía libertaria:

—Esas no se las llevan.

Como si quisieran responderle, se oyeron dos tiros próximos. «Seisdedos» se levantó y cogió la escopeta de la culata rajada. Repitió:

—Por lo menos, ésta no se la llevan.

Pedro, el hijo mayor, se levantó, sin decir nada, y cogió la otra. Los dos empujaron a los demás hacia el agujero que comunicaba con la cerca inmediata. Podían salir por allí. Se negaban todos. Cuando fueron las mujeres a salir, las voces y los tiros de los ojeadores las amedrentaron. Estaban demasiado cerca. Paco, el hijo menor, pensó un instante que los que llegaban podrían ser compañeros del Sindicato.

Entre el tejado y la cerca había aspilleras naturales, porque no ajustaba bien. Miró. Se retiró y le dijo a su padre que mirara. «Seisdedos», con el ojo izquierdo casi cerrado, retrocedió y dijo secamente:

—Esto está perdió.

No se podían mover. Nueve personas en el recinto que dejaba libre el lecho apenas cabrían de pie.

«Seisdedos» aseguró las tablas de la puerta. Quedaban casi en sombras. Insistió en que se marcharan las mujeres y el niño por el agujero que comunicaba con la cerca de al lado, pero nadie se movió. Como se oían las voces y los tiros de los guardias, pensaron los hombres que las mujeres tenían miedo, y no insistieron. «Seisdedos» miraba por las aspilleras. La choza estaba dominada por unos altozanos que la rodeaban por tres frentes. Se alzaban algunos hasta cuatro metros por encima del tejado, y el más lejano estaría a unos quince metros de distancia. Para abarcar la cima de los de la derecha tenía que romper ramaje y arrancar paja.

—A pedradas pueden echar la choza abajo —pensó «Seisdedos».

Luego insistió en que debían irse los demás. Allí quedarían él y otro. Había dos escopetas. Podía quedarse el mejor tirador. Se sintió aludido su yerno José Silva, padre de Mariquilla. Nadie se movía. El viejo explicó a su manera, sintiendo ya cerca los pasos de los guardias:

—Yo soy viejo y no sirvo pa ná. El año que viene ya no podría ganarlo.

Callaban todos. Se habían hecho el propósito firme de esperar lo que fuera alrededor del viejo. Éste añadió:

—He tardao treinta años en comensá; pero ya sabéis que no me gusta deja las cosa a medias.

Marcharse.

Callaban. Josefa balbució:

—¿Pa qué? Ya nos separarán en la cárse.

—¿En la cárse? —replicó «Seisdedos»—.Yo no voy a la cárse.

Francisca Lago quería ir a buscar una escopeta para su padre. Salió sin que pudieran impedirlo, y cuando advirtieron su ausencia, el padre dijo:

—Es templá. Gorverá.

Todos estaban tranquilos, menos el viejo, que no ocultaba su disgusto por la testarudez de los demás, y los dos hijos, uno de los cuales repetía a menudo:

—Ha debido fallar tó en Medina, en Jeré.

El otro replicó una vez, encogiéndose de hombros:

—La idea es la idea.

Los pasos de los guardias sonaban allí mismo. Crujieron las tablas de la puerta bajo un culatazo. Al segundo se abrió de par en par. José Silva y «Seisdedos» dispararon sin tiempo para echarse la escopeta a la cara. Un guardia cayó hacia atrás. Se llenó la choza de humo de pólvora. «Seisdedos» salió, recogió el fusil, quiso quitarle los cartuchos; pero era demasiado dificultoso, y arrastró al herido hacia adentro.

Volvió a cerrar la puerta.

Era un guardia de asalto. Paco Cruz, hijo del «Seisdedos», manejaba bien el fusil de cuando estuvo en «el moro». No había sitio para el guardia y lo dejaron sobre el arca. Josefa Franco le quitaba las municiones de las cartucheras y las depositaba en el suelo. A los disparos había sucedido fuera un hondo silencio. Mariquilla, más pálida, miraba de reojo al guardia. Josefa dijo secamente:

—Ha muerto.

Se quejaban los hombres de no tener bastantes armas, y «Seisdedos», que había soplado el cañón y vuelto a cargar la recámara, miró otra vez por las aspilleras. Luego sacó los dos jergones de la cama y los arrastró hasta la puerta. Asomó el cañón por un ángulo. Fuera iba haciéndose de noche. Volvió a mirar adentro y vio al chico con los ojos redondos como un gato puestos en el cadáver del guardia. «Seisdedos» se pasó la mano por la barba, tiró de dos pelos en el labio inferior y repitió:

—Esto está perdió.

Al mismo tiempo sonaron dos descargas fuera, y tembló la techumbre acribillada. Sonaban las balas en la cerca de barro y gruñían entre las vigas. Las mujeres, por orden de «Seisdedos», se acurrucaron en el suelo. Josefa Franco sacaba un brazo crispado entre los harapos y quería alcanzar las hoses. Menuda y débil, se la veía vibrar bajo los disparos y crispar también la boca en insultos. Como no llegaba a las hoses, cogía soñeras de la mesa y llenaba los bolsillos de «Seisdedos»



Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933







1773. Viaje a la aldea del crimen XII

Guardias de asalto en Casas Viejas (Foto: Alfonso)


Una vieja teoría respecto al delito. Filosofía mural en verso

Si la ley no existe mientras no ha sido consagrada por su uso y aplicación, lo mismo se podría decir del delito, invirtiendo los términos. El delito no existe mientras no es reconocido por los jueces y sancionado. En este caso de Casas Viejas, mientras no lo haya conocido y condenado la opinión. Por lo tanto, en Casas Viejas no sucedió nada hasta que nosotros lo hemos contado. Nada de particular tenía que los propietarios de Casas Viejas quisieran evitar ese delito. Al menos, ésta era la teoría de ellos.

En los patios de las cárceles y de los presidios, los delincuentes de «sangre», de pura sangre propia y de sangre ajena, tienen una idea análoga del delito. El hecho criminoso no es todavía el delito. Lo es cuando, conocido por los periódicos, descubierto por los funcionarios del Estado, la opinión y los jueces, a la par o en discrepancia, según los casos, crean la atmósfera de la inmoralidad a su alrededor, en contraste con los sentimientos normales y morales de los demás. Entonces el criminal se siente criminal.

Hasta entonces se considera un hombre como los demás, que ha cometido un hecho extraordinario.

En la Cárcel Modelo, de Madrid, pudimos comprobar el año 1927 esa observación. Nos habían dado una celda común que tenía las paredes llenas de grafitos. Por allí habían pasado, a lo largo de los años, los tipos más variados de delincuentes, dejando sus huellas en las paredes. Estaban casi todos los géneros literarios. Verso, prosa, diálogos dramáticos. Y al lado de la castiza y rotunda expresión española, una frase comedida en francés, y más arriba, una larga parrafada en inglés. Nos entretuvimos en copiarlas.

Los versos estaban al lado de la puerta, y decían:

Has de estudiar la moral
en el Código penal,
y ten por lema profundo
que el mal no es mal
hasta que lo sabe el mundo.

Versos que acreditaban a un delincuente de la escuela retórica de Campoamor y que nos interesaban porque venían a corroborar aquella teoría de los asesinos profesionales de que lo malo no es el crimen, sino las dificultades de la ocultación, ya que el crimen comenzaba en cuanto era descubierto y divulgado.

Luego supimos que los versos los había escrito un alto empleado de una gran Compañía, que fue allá por diversos delitos. Uno, de sangre.

«Las dificultades de la ocultación.» Iba a existir el crimen en el momento en que lo descubriéramos.

Había que evitar ese crimen. Los que se lo propusieron en Casas Viejas eran también de la escuela retórica de Campoamor, probablemente, y, desde luego, cofrades del filósofo y poeta mural que estuvo en la cárcel y que tenía a la cabecera de su cama un crucifijo de plata que le había llevado su mujer.


El «comunismo». Dudas sobre la propiedad.  Se incautan de una tienda, pero...

Desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde, el pueblo estuvo en manos de los revoltosos. La primera jornada no comenzaba con escenas de terror. Lo de la plaza era una lucha regular. Constantemente los obreros ofrecían la paz a los guardias si se entregaban. Aquel pequeño foco, donde a veces sonaba algún tiro, no impedía que los revolucionarios se sintieran dueños del pueblo. 

La superioridad manifiesta de sus fuerzas les permitía asaltar el cuartel, pegarle fuego. Pero nadie pensó en ello. «Seisdedos» insistió en que bastaba con no dejarles salir. Había que vigilar el cuartel, sin ofrecer blanco a los fusiles y sin quemar mucha pólvora.

—Cuando los guardias gasten las munisiones ya saldrán.

La gente fue afluyendo al Sindicato. En realidad, estaban en asamblea permanente desde la tarde anterior. Entraban y salían los grupos y eran constantes los debates y las discusiones. Había que tratar muchas cosas. El comunismo libertario estaba implantado, y la gente no comía aún. El hambre quedaba en pie, esperando consignas para desbordarse en acción. Las casas de los propietarios seguían intactas. Había dos tiendas de comestibles, sobre las que nada se había acordado. «Seisdedos», cuando se decidía a proponer un acuerdo en relación con todo eso, se encontraba con que no disponía enteramente de su conciencia. Preguntaba entonces a José Silva:

—¿Dise que han hablao por teléfono?

Cuando Silva afirmaba, «Seisdedos» se quedaba pensativo.

—Hay sangre ya —dijo al fin—, y nos contestarán, si llega er caso, de la misma manera. Que estén todos dispuestos a dar la cara y vamos a ver lo que se hase con estas compañeras.

Fueron a una tienda que hay junto a la plaza. A las mujeres no las coaccionaba tal o cual disparo. Dos del Sindicato ocuparon la tienda y distribuyeron algunos víveres. Pocos y malos. El dueño protestaba, poniendo el grito en el cielo. «Seisdedos» había vuelto a la plaza e intentaba convencer de nuevo a los guardias.

Tanto protestaba, y con tales súplicas, el tendero, que de los pocos fondos del Sindicato le pagaron los víveres los mismos obreros que habían ocupado la tienda, pidiéndole recibo. La mayoría de los obreros, con la ilusión del triunfo, no pensaban en comer ni en dormir. Esa misma ilusión les había apagado súbitamente el odio secular contra los terratenientes. Más de cien obreros con armas no hay duda de que hubieran podido asaltar cuatro casas, donde no se sabe si les esperaban dispuestos a defenderse; pero, en caso afirmativo, apenas había cuatro hombres en cada una. «Seisdedos» iba a la plaza a disponer que regresaran todos al Sindicato, menos dos centinelas, que quedarían a la vista de la casa-cuartel. Dentro de ella parecían muy atareados en la cura de los heridos, y no atendían a la defensa, reservándose quizá para un caso de asalto. Lo urgente era organizar en el Sindicato la vida bajo el régimen recién instaurado. La lucha con los guardias había determinado una exaltada situación de ánimo en la mayor parte de los obreros. Gritaban y amenazaban algunos para el día en que no tuvieran más remedio que salir. «Seisdedos» no hacía caso. Al Sindicato. La intervención de «Seisdedos» comenzó a desviar de la casa-cuartel la atención de los campesinos. Al Sindicato. La asamblea permanente tenía instantes en que hacía labor de fondo. Era cuando «Seisdedos» estaba presente. Siendo, probablemente, el más viejo, revelaba una agilidad mental y una actividad verdaderamente juveniles. Cuando entró «Seisdedos» se dieron vivas al comunismo libertario ya la revolución. «Seisdedos» no sabía pronunciar discursos, pero comenzó levantando la mano y echándose con la otra atrás la culata de la escopeta

—¡Compañeros! Hemos conseguido nuestro objetivo, o, mejor dicho, la primera parte de él. ¡Se han acabao las limosnas!

Le interrumpieron con vítores. Quiso seguir:

—La tierra va a ser nuestra.

Otra vez le interrumpieron: —¡A labrarlo, a labrarlo tó!

«Seisdedos» dejó que vitorearan y vocearan un rato, mientras soplaba la tinta fresca de unos números que había hecho Juan Galindo, también del Comité. Eran cálculos aproximados sobre la nueva economía. Se sobreponían a los rencores y a los odios para afrontar la trágica cuestión del hambre como un problema económico, y lo afrontaban con altura. Las despensas de los propietarios estaban intactas. Lo que se llevaron de la tienda lo habían pagado. No se explicaban bien los cauces que a la revolución se le querían dar; pero lo cierto es que toda la mañana trataron de eso en el Sindicato, y que mientras éste tomaba acuerdos nadie asaltó, ni saqueó, ni incendió. La ilusión de la tierra que iban a poseer les hacía olvidarlo todo. Se hablaba con voluptuosidad de las hectáreas, de los arados y de las yuntas. Continuaba la asamblea a las doce del día. Se había aprobado, con ligeras modificaciones, la comunicación a la comarcal. Dinero para iniciar la conquista de la tierra o para celebrar las nupcias del campesino con la tierra ya conquistada. Comenzaban a tratar de la conducta a seguir con los propietarios, cuando llegaron por la parte oeste dos largos truenos, cuyo eco rebotó en las últimas casas, en la plaza y en los altos calveros. Pensaron si serían cañonazos. Luego se supo que eran fuerzas de la Guardia civil y de asalto, que antes de entrar en el pueblo hacían descargas al aire para avisar su llegada a los sitiados, y también para tantear el estado de resistencia del pueblo. «Seisdedos» interrumpió la asamblea:

—To cristo a sus casas y a esperá. Si se dan malas, salir ustés al campo y reunirse en el Atalaya.

Dieron de nuevo vivas al comunismo libertario y se retiró cada cual por su camino. Avisaron a los centinelas que se retiraran también. Con esto quedaron las calles del pueblo totalmente desiertas. Cada cual aguardaba en su casa.



Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933