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3123. Cinco años de destierro de Unamuno




En el año 1924, las críticas de Miguel de Unamuno a Primo de Rivera en distintas publicaciones y artículos de prensa, provocarían la reacción del Directorio Militar. El Consejo de Ministros celebrado el 20 de febrero de 1924 adoptaría, entre otras medidas, el acuerdo de destierro de Unamuno a la isla de Fuerteventura así como la pérdida de su cátedra. 

A los pocos meses de su confinamiento en la isla llegaría el indulto, que decidió no aceptar al saber que no se le reintegraba en su cargo de Catedrático.  Se destierra voluntariamente a Francia; primero a París y después a  Hendaya hasta 1930.


Cinco años de destierro de Unamuno

Yo no acabaré nunca de entender porqué se desterró a don Miguel de España. No hay nada menos motín sindicalista que este hombre incapaz hasta del grupo mínimo. Nunca se descubrirá ni siquiera al primo de Unamuno, no digamos el cófrade. Su hermoso semblante vuelto religioso por el cotidiano pensamiento superior, pondrá siempre gesto de repulsa a la barricada.

Y si no puede ni siquiera hacer motín, ¿por qué se le creyó, y se sigue creyendo, su presencia dañina en España?

Lo que él allá hacía: decir cada tarde a sus amigos de Salamanca o escribirlo en cartas a los de América, que la dictadura era torpe y medioeval, lo dice en Madrid (yo lo he oído), entre vaso de café y vaso de café, cualquier madrileño, en chacota o en trágico, y el Gobierno se guarda bien de ponerse en ridículo con destierro en masa, a lo Mussolini. Esta dictadura de Primo de Rivera, que se defiende con el dato verdaderamente singular de que no ha decretado ni una pena de muerte ¿por qué es cruel, de una larga y subrayada crueldad con el noble viejo?

El me decía a mí que anda en su asunto odio ácido de mujer (odio que es pequeño y vigilante como el diente del cotoncillo). Y, en verdad, no contiene raciocinio viril ni ademán militar esta persecución insistente de un varón cuya honra es cosa inrayable y con el que cualquier abuso de fuerza se vuelve especialmente odioso.

Dos o tres años quedó vacante su cátedra de griego en Salamanca. Yo separo, para guardado entre los pocos hechos limpios de nuestro tiempo, el ejemplo de esos profesores españoles que dos o cuatro veces leyeron la convocatoria a concurso para reemplazar a su sabio y no se presentaban, haciendo fracasar el concurso. Ha habido profesores pobres (y pobre de España es pobre cabal) necesitados de una plaza; ha habido también maestros con preparación si no igual, próxima a la suya en cultura clásica, que desean ejercer en universidad prestigiosa, y unos y otros huyeron la baja tentación de reemplazar al colega doblemente ilustre por el genio y la civilidad consciente. Era esto muy gesto español, muy golilla alta. A mí me emocionaba más que las arengas del Cid. Pero al fin se halló un candidato y, por desgracia, fue un cura. La plaza se llenó: ¡pobre profesor con semejante sombra a su espalda, en el pupitre! El atolondrado, sea quien sea, ha echado a perder uno de los actos colectivos de honestidad más perfecta.

Pero si se ve como muy problemático el que Unamuno pudiera dañar seriamente a la dictadura viviendo en España, con la creación de un nuevo partido oposicionista, por ejemplo, o con el aguijoneo de los actuales, se advierte a la simple vista que, en Francia, le ha dado golpes mortales por el solo caso suyo, llevado y traído en periódicos, revistas y cuentos literarios.

Fuera de los hispanófilos franceses, que no llegan a la treintena, el público francés se daba el gusto de ignorar al escritor por completo, como ignoró a Eça de Queiroz que vivió en París no sé cuantos años y al que todavía desconoce. Don Miguel no buscó traductor ni editor. Se sabe su probidad literaria, y su áspero desdén de los que talonean tras de la fama, por hedionda comadre que ella sea. Y sin que él buscara nada, ni aún por excusable tentación de poner un éxito en el otro brazo de la balanza que contiene su desgracia, él ha tenido en París a manos llenas editores, crítica efusiva y redondeado triunfo. Se le traducen una novela y otra novela, una colección de ensayos seguida de otra colección. A Dios no se le ha secado la mano para lavar con el aprecio de los mejores, las torpezas de los otros. Con Valle lnclán y Gómez de la Serna, hace el grupo español domiciliado ya definitivamente en esta lengua, que nunca ha tenido hacia la del otro lado despilfarro de generosidades. A los sesenta años, como Chesterton, sólo hace poco traducido, él entra al francés en gran señor del habla menospreciada en todas partes. De este modo el Don Miguel "enemigo de la raza", como dice por ahí cualquier energúmeno fácil, la sirve y la alimenta de honra, la lleva en sí, hecha don Miguel de Unamuno, artista mayor y hombre sin ajadura.

Su condición de desterrado, en país de civilidad tan ejemplar como Francia (Dios se la guarde y el diablo fascista no se la muerda) ha añadido algunos gramos al entusiasmo netamente artístico; pero cuidado con repetir la majadería de un adulón según el cual su éxito literario en Francia viene de izquierdismo malicioso. ¡Qué necesidad tiene un escritor de su tamaño de contar una campaña política para ser aupado por masonerías y leninismos! Cuidado con la envidia, goyescamente bizca, que también querría mellarle esta espada limpia de su éxito.

Sin ningún servilismo hacia la capital literaria en que ha sido festejado, se lo siente, al contrario en la conversación de cinco horas, español hasta la planta de los pies, español aquí en la tierra y en el cielo, más acérrimamente hispano que el Cervantes que comentó.

El podrá estimar otras razas y sentarse a conocerlas como catar un vino algunas semanas. Lo que no logra es amar manos que rice un gesto de pasión castellana y cuyas virtudes tengan otros nombres que él no aprendió y que ya no puede aprender: ponderación, ritmo sin salto, y sentido común a lo La Fontaine.

Me han contado que de su casa de París (de su apartamento sobrio y casi pobre) se iba por el Metro a un café en que tenía españoles e hispanófilos franceses, a conversar, y que de ahí volvía a su casa por el mismo camino sin ver París, sin pedir noticia de music-halls, con una indiferencia fabulosa de la "Ciudad de las Complacencias". Un día no pudo más con los bulevares y la Plaza de Carrousel, y se fue a su Hendaya casi española. Hendaya le ha dado, entre otros, un poema que yo no he podido leer sin llorar, desgarrón de ese corazón setentañero tan robusto como el algarrobo chileno.

Allá se ha ido a vivir, dicen los aduladores, para aprovechar el primer desorden y pasar la frontera.

Allá se ha ido por recibir más pronto la carta de la mujer y de los hijos y, sobre todo, por tener a su alrededor, un pueblo pirenaico, algo siquiera de la costumbre, del traje, del mueble, de la casa, del rostro españoles. Nunca entenderán los patriotas del tipo de "Marcha de Cádiz" la tragedia de este hombre que vivió refunfuñando contra pequeñas fealdades de su raza, por hambre de la patria perfecta, queriéndola como a una mujer intachable, porque era suya, nunca acabarán de entender, digo, esta manera secreta de nostalgia que casi es agonía. Si fuese un plañidero, escribiría día por día su pena en páginas lloronas que conmoverían a sus adversarios. Pero es ultravarón y sólo de tarde en tarde, como en el discurso conmovedor de Montalvo -ese otro azotador- la amargura le atraviesa el espesor de la dignidad arisca y le destapa la garganta.

Con los tres cuartos de España vivía de acuerdo, allá en su Salamanca que de suya, pudiera llamarse como él; con el otro cuarto se peleaba y se sigue peleando. Este hombre no ha escrito en España sino como quien dice, con España, con ella de la mano, de tinta y de papel. El absurdo mayor con que pueda toparse en este mundo es el de Unamuno, español al rojo-blanco; español cuyos tuétanos pueden con su Cervantes, sus místicos y sus capitanes, desposeído de tierra española bajo sus pies.

En 1923, muchos tomamos su destierro en broma. Eso sería una temporada cerca del mar, con viento salino grato a tan rojos pulmones. Y no era eso, sino una verdad que va tomando aspecto de tajadura definitiva. Cinco años, cuando se ha llegado a los sesenta, son cifra importante; los cuenta, día por día, un viejo que tiene muchos -seis u ocho- hijos: los ve pasar, sin parpadeo de olvido, su noble mujer, y muchas veces habrá pensado si se le va a morir lejos de sus ojos el compañero. ¡Y qué campañero de los viejos tiempos en que elegir mujer era solemnidad como de tomar órdenes en religión!

Los que le queremos con cariño aupado en reverencia, hemos callado con no sé qué pueril certidumbre de que un hombre unamunesco no se muere fácilmente, porque contiene metales y cauchos en que la muerte tiene para rato. Pues bien, puede morírsenos en estúpido trance de destierro nuestro viejo amado, y entonces vendrán los desagravios y los reproches de velación de difuntos.

España ha empezado de lleno a ocuparse de la América. Desde allá se sigue con aprecio la obra gubernativa de la Ciudad Universitaria. Sin engreimiento podemos decirle que nos merecemos cuanto comienza a hacer por nosotros, pues también empieza a crecer en América un nuevo orgullo español, un sentido claro, como nunca lo hubo, de la honra que representa llevar nombre, rostro y modo españoles. Se desarrolla una verdadera segunda españolización de Chile, de Colombia, hasta de la Argentina. Pero es necesario decir que durante cincuenta años nuestra única relación con la España olvidada de nosotros, fue conservada y defendida por sus escritores. Para el hispanoamericano que no viaja y no llegará nunca al Escorial y para el que no lee historia, su España viva se la daban Galdós, Pereda y Núñez de Arce primero, después los otros, los Unamuno, los Ors, Los Gasset, los Marquina, los Baroja y la admirable generación última, que ha creado, en parte, nuestra nueva sensibilidad y ha cernido, para nosotros, la cultura de Europa. La política española de acercamiento apremiante que desarrolla el Rey en este momento, tiene, pues, una deuda profunda con cada uno de esos que, a su manera desarrollaron diplomacia vital durante el torpe receso y que evitaron la desvinculación hacia la que se iba derechamente. En jerga oficial esto lo llaman "merecer bien de la Patria".

Unamuno viene a constituir uno de los máximos deudores en este sentido, del Gobierno español.

Que se vea, pues, una cosa naturalísima en el que cualquier hombre o cualquier mujer que escribe en Chile o la Argentina, recuerde con tono angustiado a los dirigentes de España lo que significa el Unamuno suyo y de ella, completando cinco años de destierro. Otra cosa fuera zafarse de los intereses de la raza y probar, en la indiferencia, el descastamiento. Es negocio que nos compete la vida y la dicha de Unamuno.

El hombre que recibe en el viento de Hendaya el olor de su tierra querida de modo casi sobrenatural, tiene derecho a contar con todo el suelo de España, no digamos con los cien metros cuadrados de su casa.

-No conoce usted a Unamuno, si cree que él va a aceptar gracia o cosa parecida, de la dictadura, me dice, mientras escribo, un amigo. El no entrará a España en Unamuno agraciado benévolamente; esperará llegar en Don Miguel de Unamuno, con Don pleno y sin deuda contraída hacia gentes inferiores a él.

Y me deja su reparo en perplejidad. Que vuelva, que vuelva, en todo caso a su tierra que sin él parece como desabrida, porque su sabor más absoluto en él está como en nadie, así hable, o escriba, o dispute, o solamente mire con su ojo severo y limpio de santo ciudadano.


Gabriel Mistral
Montpellier, agosto de 1927
Prosa de Gabriela Mistral. Alfonso Calderón, comp. Santiago: Editorial Universitaria, 1989







1862. La mujer, problema del hombre II

Fotografía: José Vidal

Este problema, que intento abordar, es en España, por ahora a lo menos, de difícil solución. Resuelto, sin embargo, en sus líneas generales, en su exterioridad, no resuelto en el fondo, espíritu y esencia de la cuestión.

Por resuelto lo dimos también nosotros, al crear la palabra “amor libre”. Pero, ¿quién, hasta ahora, ha puesto en práctica el verdadero amor libre? El que hasta ahora hemos conocido sólo se diferencia en prescindir de la consagración religiosa y legal. Pero, aparte esto, continúa siendo la unión subordinada de una mujer a un hombre, unión más penosa, más  coaccionadora de la libertad femenina, porque, al prescindir del beneplácito social, la deja, en la debilidad de su desorientación y del equívoco moral en que ambas morales la colocan, más a merced del varón. Es decir, el esfuerzo hecho al libertarse, casi siempre por amor, muy pocas veces por íntima convicción, del lazo matrimonial, la ofrece temerosa e indefensa al capricho masculino ante la animosidad familiar y social.

Sé de algunas pobres mujeres que, de estar casadas en vez de estar unidas, hubieran ya abandonado al marido—marido, amo y señor y nada más—que las engañó con el espejuelo de una palabra hoy aun  ilusoria. Y no se separan por el que dirán, por el orgullo doloroso de no dar motivos al enemigo para cantar victoria. Y no hablemos de ese otro amor libre que consiste en catar mujeres, abandonándolas al cabo de dos meses con la insolencia triunfante del seductor. No hablemos tampoco, fuerza es decirlo, de ese otro amor libre, practicado por no pocas mujeres, que en nada se diferencia de la prostitución.

Tema delicado y difícil es éste. Tema que requiere largos debates, y, desde luego, el paso progresivo de la vida y el combate continuo para lograr la consolidación de la personalidad femenina y la humanización, naturalización de los dos sexos.

El problema sexual sólo preocupa a los seres humanos. Bien es cierto que sólo entre ellos disfrutan de los beneficios de una moral sinuosa, múltiple y variable. La moral de los demás animales, simple y única, les exime de toda preocupación, les deja libres e independientes dentro del marco de la Naturaleza.  Nosotros, seres superiores, vivimos encerrados dentro de los espesos muros de una serie de frases huecas, de vacíos conceptos, que han ido emitiendo cuantos, para su conveniencia propia, necesitaban echar un candado más en la cadena que nos ata. ¿Cómo desligarnos de esa serie de encadenamientos, cómo huir de esa superposición de ataúdes morales que nos mantienen en el fondo de un enorme sepulcro?

¿Será preciso volver al dadá inicial, aplicar a la vida humana el caprichoso juego de palabras de un pasatiempo literario?

El problema, para los superficiales, los domesticados y los simples, no existe. Para los primeros, la vida humana y la palabra amor carecen de transcendencia. Para los segundos, animales domésticos, están perfectamente regulados dentro de las paredes de su gallinero, bajo la mirada benévola del juez, el cura y la opinión del mundo que ambos representan. Para los terceros, viven en una seminconsciencia que les permite desenvolver su vida, es decir: nacer, existir, procrear y morir, mecánicamente.

El problema sólo se plantea para los inquietos y los inadaptados, para los que viven, en una palabra. Para los que, en otro mundo, ante otra moral, ante ninguna moral, poetizarían, impulsarían y crearían la vida maravillosa, diversa y múltiple del sentimiento, la sensibilidad y el intelecto, la vida intensa y completa de la insaciable sed y el hambre infinito.

No obstante, me doy cuenta de que, abandonando la idea central que me hace escribir estos artículos, me enfrasco en una serie de consideraciones que desvían la atención del lector del tema propuesto.

La mujer, indiscutiblemente, es hoy un problema para el hombre. Un problema múltiple y diverso, en cualquiera de sus fases y en todas sus manifestaciones vitales. No hablemos ahora del distinto problema que es el hombre para la mujer.

Algunas veces, conversaciones oídas y mujeres observadas, me sugirieron un pensamiento singular: Admiré profundamente que, un mundo donde la mayoría de las mujeres son tan estúpidas, hubiera dejado, relativamente, por lo menos, un considerable lastre de estupidez en el correr de los siglos.

La mujer, por causas fácilmente explicables, de las que el imperativo sexual es de las principales, es, inconscientemente, el eje del mundo. Su influencia sobre el hombre, desde la infancia hasta la edad madura, resulta considerable. Todos hemos visto hombres formales, muy dueños de sí, inteligentes y capaces, perder los estribos ante la sonrisa insinuante de una mujer coqueta. Todos sabemos que, en el fondo de la historia de todos los pueblos, la mano femenina ha detentado unas extrañas e invisibles riendas. Y esto, siendo esclava; y esto, mantenida en la ignorancia, bestia de placer o máquina incubadora de hijos. Y, como es natural, esclava, ha esclavizado; embrutecida, ha embrutecido; debilitada por las leyes y morales, sólo ha pensado en debilitar a su tirano, que, mientras con una mano la encadenaba, con la otra cedía a todos sus caprichos y habilidades de gata mimosa.

En países como España, en donde la mayoría de las mujeres son semianalfabetas, en donde muchas lo desconocen  todo, criadas para el hogar, siervas del cura, sacerdotisas del dios “qué dirán” y de la diosa “costumbre”, cerradas a toda innovación, sin más horizontes que el matrimonio y la procreación de unos hijos para los que ninguna preparación reciben, a los que nada podrán enseñar, de los que únicamente pueden ser la madre, adorada con un poco de piedad de sentimiento protector; pero, a pesar de todo, y por encima de todo, dominando y desequilibrando al hombre con una sonrisa, con una mirada de coqueta o de virgen maliciosa e hipócrita, en España, repito, admiremos el progreso habido y sorprendámonos de no oír aún, por la noche, el paso lúgubre de la Hermandad del Santo Oficio y de que no veamos aún apedrear a las mujeres adúlteras.

Porque ningún hombre es tan terrible y riguroso en esa materia como una mujer. A este respecto me acude a la memoria que, con motivo de un adulterio famoso en Madrid—no recuerdo exactamente los nombres; sé sólo que ella se llamaba María de Lourdes, que el esposo los sorprendió infraganti, y que el cobarde amante la abandonó a las balas del marido—fueron las mujeres las más iracundas, las que con más furor celebraron la muerte de la pobre amadora y la absolución del esposo asesino. Hace ya años de esto. Recuerdo que yo era una adolescente, que aún no había tenido motivos para que me preocuparan estas cuestiones y que aún no había pensado en juzgar y observar. Sin embargo, me exasperaba oír los juicios de las mujeres que hablaban del hecho, que tuvo mucho eco, por la condición social de los protagonistas del suceso. Me desesperaba no comprendiendo su saña contra la infeliz muerta, cuyo único delito había sido amar, y me desesperaba más, oyendo dar la razón al marido, al macho dominador, que mató a la mujer porque era su propiedad. Recuerdo también la indignación que entre un corro de coléricas y pudibundas mujeres produjeron unas palabras mías, que juzgaron insolentes e impropias de mi edad. No hice más que repetir una frase de Jesús: “El que esté limpio de pecado, que tire la primera piedra.”

¿Pero cómo hablar, cómo convencer a una mujer encerrada dentro de sí misma, llevando en ella el atavismo de mil generaciones, naciendo con el cerebro convertido en disco emisor de la serie de conceptos que, en el correr del tiempo, en él fueron estampados? ¿Cómo luchar contra el espíritu invisible de millones de seres, contra ese algo impalpable e indefinible que llaman el medio ambiente?

Yo admiro sinceramente al hombre que logra, a vuelta de razonamientos, poco a poco, a fuerza de una propaganda difícil y extraordinaria, hacer de una muchacha española su compañera. Lo admiraría más, si fuese capaz de ser digno de su obra, si lo supiera continuar. Admiro al que logra serlo y continuarla. Pero, en estas conversaciones laicas, el amor es casi siempre el autor único. Bendigámoslo, si la conversión ha sido algo más que un espejismo de los sentidos, si no ha sido sólo una lucha un poco tonta entre dos astucias y dos deseos.

El trabajo que hay que hacer, trabajo abandonado, del que se preocuparon y se preocupan muy poco cuantos planean la sociedad futura y cuantos discuten los problemas post-revolucionarios, es mayor y más difícil de lo que a simple vista parece. Yo sonrío leyendo las elucubraciones de los teóricos, los profundos pensamientos de los filósofos, las transcendentes conclusiones de los pensadores, y pienso que todo aquello: teorías, pensamientos y conclusiones, estadísticas y planos, sistemas filosóficos y enunciados sociales, puede borrarlos, destruirlos, convertirlos en frases y meras utopías, una mirada femenina.

Y junto a esos planes, a esas estadísticas, a esas consideraciones y organizaciones de sociedades, veo yo una casa y una mujer y unos hijos. Una mujer ignorante, obtusa, cerrada al progreso; una mujer que rezará mientras el hombre se bata;  una mujer que transmitirá a los hijos todos sus prejuicios y supersticiones, su debilidad milenaria de ser desconocedor de la Naturaleza y de la Vida; su miedosa mentalidad de salvaje, para el que el relámpago es un rayo de la cólera de Dios y el trueno su voz tonante. Una mujer para la que no existirán grandes causas; que no sentirá los ardores y los entusiasmos ideales de su partenaire en la comedia de la vida. Una mujer que no se preocupará de la sociedad futura, para la que el porvenir se reduce al inmediato mañana en que habrá de ir a la compra y hacer la colada. Una mujer que será, sin embargo, la que moldeará los hijos del hombre, la que, Dios supremo, los hará a su imagen y semejanza.

¿Servirán de algo los planeamientos de sociedades futuras, las estadísticas y los cálculos, la misma sangre generosa que por ello se derrame, ante esa fuerza muerta poderosa, ante esa potencia negativa, ante ese terrible e incalculable factor de retroceso, cadena que nos liga al ayer, que nos enlaza al pasado obscuro, que nos transmite la mentalidad del salvaje y el temor pueril de una eterna infancia?

No, no servirán de nada. Al lado del teórico, del pensador, del filósofo, del revolucionario, para los que la palabra mujer desaparece unida a la abstracción hombre o ser humano,  es preciso, es imprescindible, que vaya un sembrador singular y sutil, un maestro en una ciencia nueva, un ser quizá inencontrable y semidivino que recree y rehaga, que refunda, que despierte, que llame al corazón distante y al cerebro cerrado.

En mí estas palabras sorprenderán un poco. Nadie ha defendido más a la mujer; nadie siente con más intensidad la solidaridad y el orgullo del sexo; nadie cree más que yo en la personalidad femenina, que ha de ser cada día, que es ya cada  día, más firme, recta y clara. Pero yo me doy cuenta del estado moral de mi sexo, de la gran labor, difícil y extraordinaria, que tenemos, por delante. Difícil y extraordinaria, porque es precisa una creación personal e intima, una autodidaxia, una autovivificación femenina. No creo en Pigmaliones creadores de mujeres ideales, en Andreidas frías y mecánicas, despojadas del atribulo sublime de la pasión y sus locuras sobrehumanas. Por esto he dicho que es preciso un sembrador singular y sutil, un maestro en una ciencia nueva, un ser quizá, inencontrable y  semidivino...

La tarea es ardua y la labor lenta. Y debemos empezar por convencer de la necesidad de ella. Yo ya estoy convencida. Convencida, porque sé la influencia de mi sexo, decisiva, fundamental y absoluta. Sé, y lo repetiré hasta la saciedad, que todo esfuerzo se estrellará, impotente e inútil, si no se ha resuelto antes el problema transcendental, definitivo, que son la mujer para el hombre y el hombre y la mujer para la Vida toda.

Estos artículos, que continuaré, quizá no guarden la necesaria correlación. Los escribo al correr de la pluma, sin plan determinado y exponiendo los pensamientos que he ido acumulando, mediante una observación continua y directa. Quizá un día, enriqueciéndolos con nuevas observaciones, con un nuevo caudal de experiencia y de mayores consideraciones, los refunda y los una, ampliándolos en longitud y esencia.


Federica Montseny
La Revista Blanca. Sociología, Ciencia y Arte
Barcelona, 1 de febrero de 1927









1379. Machado es elegido académico

«Es un honor al cual no aspiré nunca; casi me atreveré a decir que aspiré a no tenerlo nunca. Pero Dios da pañuelo a quien no tiene narices..».
(Antonio Machado)


El 24 de marzo de 1927 Antonio Machado es elegido académico de número de la Real Academia de la Lengua Española, (Silla V).

En 1931 redactó un proyecto de discurso de ingreso pero nunca llego a leerlo ni a tomar posesión de su puesto en la Academia.

El 23 de marzo de 1997, el poeta Ángel González, uno de los más aplicados biógrafos y estudiosos de la figura y la obra de Antonio Machado, dedicó su discurso de ingreso a Las otras soledades de Antonio Machado.


Las otras soledades de Antonio Machado

Señores Académicos:

Como es bien sabido, Antonio Machado, académico electo desde 1927, comenzó a escribir un proyectado discurso de ingreso en la Academia Española hacia 1929, e interrumpió su redacción definitivamente en 1931 por razones que se desconocen, aunque yo creo que pueden deducirse del preámbulo de ese proyecto. 

En ese texto inacabado, las primeras palabras de Machado son para expresar la "muy alta idea" que tiene de la Academia, y para confesar que se siente demasiado honrado por la elección: un honor en su caso desmedido y perturbador. Tras esas declaraciones, pasa el poeta a hacer algunas consideraciones un tanto inesperadas y ambiguas acerca de su aspiración a vivir de realidades que no estén en pugna —dice textualmente— "con la norma ideal que habíamos sacado de nuestra experiencia". ¿Insinúa Machado que la condición de académico podría ser una de esas  realidades que pugnan con su norma ideal? Como aclara enseguida, el ingreso en la Academia le plantea efectivamente un conflicto entre la realidad y el ideal, pero son las deficiencias de su propia realidad, y en ningún caso las atribuibles a la Academia, las que establecen ese desajuste: Antonio Machado no cree tener "las dotes específicas del académico". Y para acreditar su falta de cualidades presenta un desastroso historial de deméritos que justificaría, no ya la revocación de su nombramiento académico, sino la expulsión del instituto de segunda enseñanza donde daba clases. El no es humanista, ni filólogo, ni erudito; sus letras son pobres; ha olvidado casi todo lo que ha leído; las bellas letras nunca le apasionaron, etc. Es evidente que Machado no está diciendo la verdad: el desarrollo posterior de su discurso, tan rico en erudición e ideas originales, lo desmiente.

"No se achique usted tanto, señor Rodríguez. Agrada la modestia pero no el propio menosprecio", dice Juan de Mairena a uno de sus más aventajados discípulos, que había comenzado en semejantes términos un ejercicio de retórica. Yo sospecho que Mairena se estaba riendo del académico electo, que se autodenigra de modo tan inmisericorde como injusto, aunque, en mi opinión, con una intención benemérita: disimular, para no ofender a la institución que le había abierto las puertas, su falta de simpatía por lo académico, que en otras ocasiones no tuvo empacho en declarar. "Pasé por el Instituto y la Universidad" —escribe en 1913 a Juan Ramón Jiménez—, "pero de estos centros no tengo huella alguna, como no sea mi aversión a todo lo académico".

Más o menos repite ese juicio en carta a Ortega, en la que incurre en otras imprudencias: además de decirle que la vida —"la calle, el café, el teatro, la taberna"— es "algo muy superior a la universidad", comete el doble error de llamarlo "maestro", y de elogiar la obra de "el gran Menéndez Pelayo". Con nada de eso está de acuerdo Ortega, que —abriendo un largo capítulo de desavenencias con el poeta, del que daré noticia más detallada— le expresa su disgusto a vuelta de correo: el desdén por la universidad puede implicar desdén a su persona, la palabra "maestro" connota vejez, y de Menéndez y Pelayo no es partidario. Desde entonces Machado llamará a Ortega "joven maestro" y rebajará su entusiasmo por don Marcelino, pero reafirmará, siempre que a mano venga, su aversión por la universidad. "El árbol de la cultura" —insiste tercamente Mairena— "no tiene más savia que nuestra propia sangre, y sus raíces no habéis de hallarlas sino por azar en las aulas de nuestras escuelas, Academias, Universidades, etc.".











35. Carta a un amor que no fue



“Pienso en ti, y todo lo que soy se parte en pedazos”
Federico García Lorca


Federico García Lorca y Salvador Dalí vivieron en la España de los años 20 una de las historias de amor más fascinantes y tristes. Se conocieron en 1922 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, cuando Federico tenía 24 años y Salvador 18.

Según Ian Gibson la relación se desarrolló en clave de una homosexualidad trágicamente asumida por Lorca y esforzadamente rechazada por  Dalí.

Mantuvieron, a pesar de todo, una estrecha relación personal y artística hasta 1928 en que se produjo el distanciamiento entre los dos.



Barcelona, 31 de julio de 1927
Café de la Rambla

Mi querido Salvador:

Cuando arrancó el automóvil, la oca empezó a graznar y a decirme cosas del Duomo de Milán.

Yo estuve a punto de tirarme del coche para quedarme contigo (contiguito) en Cadaqués, pero me detenía el expresivo reloj pulsera de Pepe y la nariz de Pepe que echaba en la mañana al baño de maría de París un canalito de sangre clara duro en su cara lastimosa.

Al despedirme de los Qucurucuchs en el recodo de la carretera, te he visto pequeño comiéndote una manecita roja con aceite y utilizando un pequeño tenedor de yeso que te sacabas de los ojos. Todo con una ternura de pollo recién salido del cascarón y tiu tiu y de pirriti mano. !Ay¡

Ahora sudo y sufro un calor insoportable. Cadaqués tiene la alegría y la permanencia de belleza neutra del sitio donde ha nacido venus  pero ya no se recuerda.

Va hacia la belleza pura. Desaparecieron las viñas y se exaltan día por día las aristas que son como las alas y las olas que son como las aristas. Un día la luna, mojada con elasticidad de pez mojado y la torre de la iglesia oscilará de goma blanda sobre las casas, duras o lastimosas de cal o de pan mascado. Yo me entusiasmo pensando en los descubrimientos que vas a hacer de Cadaqués y recuerdo al Salvador Dalí neófito lamiendo la cáscara del crepúsculo sin entrar dentro todavía, la cáscara rosa palidísima de cangrejo puesto boca arriba.

Hoy ya estás dentro. Desde aquí siento ( !ay¡ hijo mío que pena ) el chorrito suave de la bella sangrante del bosque de aparatos y oigo crepitar dos bestiecitas como el sonido de los cacahuetes cuando se parten con los dedos. La mujer seccionada es el poema más bello que se puede hacer de la sangre y tiene más sangre que toda la que se derramó en la Guerra Europea, que era sangre caliente y no tenía otro fin que el de regar la tierra y aplacar un sed simbólica de erotismo y fe. Tu sangre pictórica y en general toda la concepción plástica de tu estética fisiológica tiene un aire concreto y tan proporcionado, tan lógico y tan verdadero de pura poesía que adquiere la categoría de lo que no es necesario para vivir.

Se puede decir: "Iba cansado y me senté a la sombra y frescura de aquella sangre" o decir:

"Bajé el monte y corrì toda la playa hasta encontrar la cabeza melancólica donde se agrupaban los sabrosos bostecitos crepitantes tan útiles para la buena digestión".

Ahora sé lo que pierdo separándome de tì. La impresión que me da Barcelona es la impresión de que todo el mundo juega y suda con una preocupación de olvido. Todo es confuso y embistiente como la estética de la llama, todo indeciso y desquiciado. Allí en Cadaqués la gente se siente no en el solo suelo todas las sinuosidades y poros de las plantas de los pies. Ahora veo como en Cadaqués me sentía los hombros. Es una delicia para mi recordar las curvas resbaladizas de mis hombros donde por primera vez he sentido en ellos la circulación de la sangre en cuatro tubitos esponjosos que temblaban con movimiento de nadador herido.

Quisiera llorar pero con el llanto sin conciencia de Lluís Salleras o con el canto estupendo de cuando tu padre tararea la sardana "una lágrima".

Me he portado como un burro indecente contigo que eres lo mejor que hay para mí. A medida que pasan los minutos lo veo claro y tengo verdadero sentimiento. Pero esto sólo aumenta mi cariño por ti y mi adhesión por tu pensamiento y calidad humana.

Esta noche ceno con todos los amigos de Barcelona y brindaré por ti y por mi estancia en Cadaqués pues las plazas del exprés estaban tomadas.

Saluda a tu padre , a tu hermana Ana María a quien tanto quiero y a Raimunda.

Acuérdate de mí cuando estés en la playa y sobre todo cuando pintes las crepitantes y únicas cenicitas  ¡y mis cenicitas¡ Pon mi nombre en el cuadro para que mi nombre sirva para algo en el mundo y dame un abrazo que bien lo necesita tu Federico.

¡Hace un calor espantoso!
¡Pobrecito!
Que hagas el artículo de mi exposición y que me escribas hijito.



Federico