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2686. La participación de la URSS en la Guerra Civil Española


Josep Puigsech Farràs / Heraldo de Madrid 

La documentación primaria procedente de los actuales archivos de la Federación Rusa, otrora integrados en la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se ha erigido durante los últimos quince años en la columna vertebral que ha permitido llevar a cabo una reconstrucción seria del papel que jugaron los soviéticos en la Guerra Civil Española de 1936-1939. Así, pues, suposiciones y/o interpretaciones ideologizadas totalmente distorsionadas han acabado sucumbiendo ante la realidad que recoge la documentación que estuvo guardada con un celo absoluto hasta el final de la Guerra Fría. El camino que se ha recorrido en los últimos años tiene un valor inmenso, aunque, ciertamente, aún quedan fondos no accesibles a los investigadores –como también sucede, por cierto y sin ir más lejos, con parte de los materiales británicos o franceses sobre la guerra de España-.

Esta base empírica nos permite afirmar, con rotundidad, que la participación de los soviéticos en la guerra de España no correspondió a la de unos diablos rojos, pero tampoco a la de unos ángeles blancos. No fueron figuras maléficas que pretendieron, y consiguieron, dominar la España republicana e imponer su modelo de Estado, avanzando así lo que serían los Estados satélites de la URSS durante la Guerra Fría. Tampoco fueron unas almas caritativas que lucharon altruistamente frente a un bando sublevado al que identificaban como fascista.

La URSS de Yosif Stalin entró en la guerra de España debido, fundamentalmente, a dos factores. Uno, externo al país de los soviets. Y, el otro, derivado del primero, un elemento interno. Respecto al primero, se trató de la internacionalización de la Guerra Civil. El motivo fue la ayuda inmediata que recibieron las tropas sublevadas por parte de las potencias fascistas alemana, italiana y portuguesa, lo que, posteriormente y unido a la petición desesperada y rechazada del Gobierno de la República para recibir ayuda internacional por parte de las potencias liberales como Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, forzó al ejecutivo republicano a pedir ayuda a Moscú como opción alternativa. El otro elemento fue la Política de Seguridad Colectiva. Es decir, la lógica de la política exterior de la URSS en los años treinta. Stalin, consciente del peligro real que suponía la expansión territorial del fascismo en Europa, buscaba una alianza con Londres y París para frenarlo. Si no lo detenía podría implicar a medio/largo plazo un ataque sobre la URSS –y así se evidenció en la Segunda Guerra Mundial-, en tanto que enemigo ideológico de las potencias fascistas. En definitiva, una España fascista aumentaba el peligro potencial para la integridad territorial URSS. Moscú quería evitarlo y, si era posible, incluso tenerla como aliada –que no un satélite- en el Mediterráneo.

Entonces, ¿en qué consistió la presencia soviética en España? La prioridad fue conseguir la victoria militar de la República en el campo de batalla y, hacerlo, a través de una estructura militar profesionalizada y una actuación planificada en el campo de batalla. Los asesores militares soviéticos, junto con el material de guerra enviado desde Moscú –todo ello a partir de octubre de 1936, casi tres meses después del inicio del conflicto-, fueron claves para permitir la resistencia republicana en Madrid en el otoño de 1936, así como para prolongar la capacidad de resistencia de la República hasta 1939. Sin ella, esta última habría sucumbido mucho tiempo antes. Stalin quería ganar la Guerra Civil Española. Pero no pensaba volverse loco para conseguirlo. Si los británicos y franceses no apoyaban a la República, con la que compartían su mismo modelo de Estado, la URSS no iba a volcarse irracionalmente en su ayuda militar a la República. Por lo tanto, no serían ninguna casualidad los recortes en el envío de armamento a la República a partir de noviembre de 1937.

Por otro lado, la citada ayuda fue solicitada por el Gobierno de la República. Y pagada, religiosamente, como resultado de unas transacciones comerciales realizadas libremente entre las dos partes. Sí. Buena parte de las reservas de oro del Banco de España tuvieron como destino Moscú. Pero no olvidemos que otra, menor, fue utilizada para pagar una compra de armas a Francia al inicio de la guerra…y con unos precios también fuera de mercado. Es más, las relaciones comerciales entre la URSS y la República crecerían como la espuma durante los años de la guerra. Se firmaron diferentes acuerdos comerciales, siempre centralizados entre el Gobierno de la República y los asesores comerciales soviéticos enviados a España. Las autoridades republicanas compraban armas, alimentos, materias primas para la industria de guerra o productos textiles, entre otros. Y ello aumentó la identificación de muchos ciudadanos republicanos con la URSS. Al fin y al cabo, era el único país que se había dignado a ayudarlos.

Los soviéticos no utilizaron la ayuda militar a cambio de imponer su modelo político en España. Desde el primer momento apoyaron el modelo liberal democrático para la República. Y así se mantuvieron hasta el último día de su presencia en el país. Sólo así, Stalin podía albergar la esperanza de conseguir una alianza con Londres y París, al margen de no tener interés en expandir su modelo de Estado debido a la política estalinista del socialismo en un único país. Apoyaron la recuperación del poder de las instituciones del Estado republicano, manifestando abiertamente su apoyo al Gobierno de la República y, en el caso de la autonomía catalana, al Gobierno de la Generalitat. Ciertamente, tuvieron contactos con la cúpula política y militar de la República, pero jamás la coaccionaron ni controlaron. El Partido Comunista de España (PCE) y el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) crecieron en número de militantes y presencia política al calor de la ayuda soviética a la República.

La revolución obrera, defendida por los anarcosindicalistas y los comunistas heterodoxos del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) quedó descartada por Moscú y, con ello, también su apoyo al modelo de milicias y columnas que defendía este colectivo. A partir de aquí, hubo diferencias en el trato a estos protagonistas. Los anarquistas recibieron un trato relativamente cordial –que no de amistad-, especialmente en Cataluña ante la consciencia de su enorme peso social y político, con el objetivo de integrarlos en el proyecto de recomposición del poder institucional del Estado republicano. En cambio, con el POUM la cosa fue diferente. Muy diferente. Desde el primer momento fueron identificados como el enemigo trotskista en España y, por ello, como el enemigo al que se tenía que derrotar sin tapujos. La paranoia de Stalin sobre el trotskismo, identificándolo como una eficaz y activa oposición interna a su poder en la URSS, llegó a España. Primero, marginando al POUM de las esferas públicas, con la complicidad de las autoridades gubernamentales. Después, haciendo lo mismo de las instituciones del poder republicano. Y, finalmente, asesinando a su máximo dirigente, Andreu Nin. Este último fue una de las víctimas, que no superaron la veintena durante toda la Guerra Civil, de la actividad de los servicios secretos en España. La presencia de estos últimos fue mínima numéricamente y su influencia global en el conflicto inapreciable. Sus actividades consistieron desde potenciar los servicios de espionaje republicano hasta organizar el contraespionaje versus aquellos elementos a los que radiografiaban como enemigos del pueblo –habitualmente brigadistas internacionales-. También incluyeron la vigilancia sobre los supuestos trotskistas, los citados brigadistas y los anarquistas, así como los comunistas españoles. Y, por supuesto, actuaron como policía secreta.

Una buena parte de los soviéticos que participaron en la guerra de España acabaron fusilados tras su vuelta a la URSS. Unos antes, y otros más tarde. Su paso por la Guerra Civil se convirtió en una excusa ideal para Stalin para acusarlos de connivencia con el fascismo-trotskismo y/o ineficacia en sus misiones. Pero estas depuraciones formaban parte de una dinámica mucho más general. Stalin había iniciado en 1936 un proceso de depuraciones generalizadas en el conjunto de los brazos del Estado soviético que nada tenían que ver con la lógica de la Guerra Civil, sino con su obsesión, enfermiza, por los supuestos enemigos internos a su poder.

Estas son las realidades sobre la presencia soviética en la Guerra Civil Española. Ni más, ni menos. Unas evidencias fundamentadas en la documentación primaria de procedencia soviética. Es decir, en las fuentes originales.










2278. El día que murió Stalin



Manuel Leguineche / El País, 10 de septiembre de 1978

Carmen Polo de Franco acudió a orar ante Nuestro Padre Jesús de Medinaceli, y Gabriel Arias Salgado, ministro de Información, dictó rigurosas instrucciones a la censura de prensa sobre cómo debería titularse en los periódicos españoles la noticia de la muerte de Stalin. La consigna era de absoluta sobriedad. La desaparición del "anticristo", como lo había llamado Pío XII; el hombre que tenía un pacto con el diablo, como creía seriamente Arias Salgado, podía desencadenar el apocalipsis. Se habló, incluso, de un ataque atómico a Corea. El embajador norteamericano en Madrid, Staton Griffis, fue todavía más lejos: hizo extrapolaciones tremendistas, hoy desmentidas por la historia. Dijo: "Franco es España y España es Franco. Ni aun los que claman por la vuelta del Rey desean el riesgo de las incertidumbres que podrían resultar de ese cambio".

El equipo médico, que no era el habitual, porque a éste lo había enviado a un campo de concentración el ilustre enfermo, facilitó el primer boletín a las seis horas y diecinueve minutos del 4 de marzo de 1953. Era escueto. Contenía tan sólo cuatro palabras: "Stalin está gravemente enfermo". Un minuto después se supieron nuevos detalles. "Durante la noche del 1 al 2 de marzo, Stalin sufrió una hemorragia cerebral y ha perdido el uso de la palabra. Tiene paralizados el brazo derecho y la pierna izquierda". A partir de ese momento se sucedieron las informaciones. La agencia Tass lanzó un flash por sus teletipos: "El pulso late a 120 y el ritmo respiratorio es de 38 por minuto". Pocos segundos antes de las siete, el Comité Central se decidió a hacer público su primer comunicado: "El camarada Stalin ha perdido el conocimiento. El Comité Central y el Consejo de Ministros confían en que el partido y el pueblo soviético sabrán en estos días difíciles manifestar la mayor unidad y cohesión y redoblar su energía para la edificación del comunismo en nuestro país".

Ocho médicos habían acudido al apartamento del Kremlin presididos por el comisario de Sanidad doctor A. F. Tretyakov y el doctor L. I. Kuperin. A las ocho de la mañana el locutor de lujo de Radio Moscú, Yuri Levitan, leyó el comunicado. Lo hizo entrecortadamente, arrastrando las palabras. No era el mismo Yuri Levitan de los días fastos, el vibrante locutor capaz de convertir la lectura de las últimas cifras del Plan Quinquenal en una lección de oratoria. De las fábricas donde trabajan 55 millones de obreros del Estado, a los koljoses, de las oficinas en las que se atarean diez millones de funcionarios y aparatehiki a los cuarteles, la noticia paralizó a la inmensa Rusia. Los comunicados, cada vez más prolijos, se repitieron por la radio a lo largo del día. La Pravda, que salió con cuatro horas de retraso, los reprodujo en primera página: «Ha habido una arritmia completa. La presión de la sangre, añadía, entre otras cosas, alcanzó un máximo de 220 y un mínimo de 120. La temperatura fue de 38,2. Se observa falta de oxígeno. En este momento se están aplicando cierto número de medidas terapéuticas con objeto de restaurar las funciones vitales del organismo.» El boletín no convencía a un lector atento y menos si éste era galeno. «Hasta se dudó si había sido redactado de buena fe. Era casi inconcebible que un hombre que había sufrido una hemorragia tan copiosa pudiera continuar con vida», escribe el biógrafo Robert Payne. Algunos de los párrafos parecían escritos por un inexperto. Los observadores advirtieron también que el comunicado había sido redactado a vuelapluma y que «era obra de muchas manos, movidas por numerosos y varios motivos». ¿Qué sucedía en realidad mientras la radio emitía música fúnebre y Alexis, el patriarca de Rusia, impetraba las oraciones del pueblo para que Stalin sanase? En torno al lecho de muerte de Iosif Visarionovich Yugachvili, de 73 años y 1,65 de estatura, dictador de las Rusias durante veintinueve años, se libraba una implacable lucha por el poder. El desenlace de esa lucha se supo al día siguiente, 5 de marzo, cuando la Pravda mencionó en su editorial «La espléndida unidad del partido y el pueblo» un nombre junto a los de Lenin y Stalin. El heredero pasaba a ser el delfín del padrecilo, el rollizo -110 kilos—, bajo de estatura, de ojos como el tizón, hijo de un latifundista y servil cumplidor de todos los deseos del mariscal, Georgy Malenkov. En realidad todos los que le sucedieron desde Vorochilov, el compañero de Stalin en las noches de vino del Cáucaso, hasta el comisario Beria, pasando por Kafanovich, Bulganin y Molotov. eran los hombres de confianza de Stalin. Serían los encargados de transmitir al mundo una imagen más tranquilizadora de los rumbos del poder en Rusia, los precursores del deshielo. Tres años más tarde, Nikita Jruschov consumó la liquidación por derribo del estalinismo y sus abusos al ratificar en el XX Congreso del Partido, celebrado a puerta cerrada, el relanzamiento del principio leninista de la coexistencia pacífica.

Sin embargo, aquel 5 de marzo de 1956 Jruschov y los seis ministros lloraban los kiries sobre la cabecera del enfermo. El último boletín fue redactado en la misma jerga médica que los anteriores. Todo hacía creer que por medio de aquella profusión de términos especializados se tratara de evitar al pueblo el conocimiento de lo irreversible. José Stalin, el hombre de acero («la stal», «soy de acero», acostumbraba a gritar en el seminario), murió, como Lenin y Roosevelt, de derrame cerebral. El hecho sucedió hacia las diez de la noche, pero la noticia no se divulgó a las repúblicas rusas en vela hasta la madrugada del 5 al 6 de marzo. Radio Moscú emitió la Sinfonía patética de Tchaikovsky, y a continuación el locutor dio lectura a la noticia: «El corazón de José Stalin ha dejado de latir en su apartamento del Kremlin. La muerte del mariscal constituye una pérdida irreparable para los trabajadores de la Unión Soviética y del mundo entero...» Eran las tres horas y siete minutos de la madrugada. La radio pasó a ofrecer la Suite en re de Bach.

En un colegio español, el autor de este artículo formaba filas en un largo corredor con sus compañeros de clase cuando circuló nerviosamente la noticia de la muerte de Stalin. Parecía imposible. «El anticristo», así le había llamado Pío XII, había desaparecido. Los buenos padres lanzaron suspiros de alivio en patios y claustros y la España oficial, que había convertido a Stalin en un monstruo inmortal, se quitó el gran peso de encima. Las rogativas, los ayunos por la conversión del anticristo no habían servido para nada, pero aquella tarde Pío XII, a través de las antenas de Radio Vaticano, pidió una última oración por su alma. Los diarios españoles, que costaban por entonces setenta céntimos, dieron con sospechosa parquedad la noticia. Los dos días anteriores a la muerte de Stalin se ocuparon con atención del estado del enfermo. Uno de los titulares más llamativos fue éste: «A los rusos jóvenes les parece increíble que haya podido enfermar Stalin.» O este otro: «Ni diez médicos pueden ya salvarle.» Pero la noticia de la muerte se publicó con recelo, como con temor a que una gruesa tipografía pudiera resucitar a una de las bestias negras del régimen de Franco. En realidad, el ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, había dictado rigurosas instrucciones a los camaradas censores de la Dirección General de Prensa, las columnas a que debería titularse la noticia y las ilustraciones con que iría acompañada. La consigna era de absoluta sobriedad. ¿Por qué? Quizá porque, como Arias Salgado aseguraba, Stalin tenía un pacto con el diablo. Eduardo Haro Tecglen ha contado en Tiempo de Historia que fue testigo de una intervención de Arias Salgado en el curso de un almuerzo con periodistas: «Stalin viaja con frecuencia», afirmaba el ministro de Información de Franco, «y no se dan explicaciones de dónde va. Pero nosotros lo sabemos. Se va a la República de Azerbaiján, y allí, en un pozo abandonado de las perforaciones petrolíferas, se le aparece el diablo, que surge de las profundidades de la tierra. Stalin recibe las instrucciones diabólicas sobre cuanto ha de hacer en política. Las sigue al pie de la letra y esto explica sus éxitos pasajeros».

La información sobre la muerte de Stalin se monopolizó en los despachos de la agencia Efe. El periodista Manuel Casares fue enviado a Washington para interpretar la desaparición de «Iván el terrible». «Correrá la sangre en el Kremlin. Ha muerto», escribía, «el hijo del zapatero borracho, que ni siquiera era ruso, sino georgiano. Atracador de bancos, se casó cinco veces; todas sus mujeres desaparecieron misteriosamente». Luego recogía textos de la prensa norteamericana: «Se teme que los príncipes herederos precipiten la guerra internacional para conseguir la unión interna.» O también: «Atención, pueden lanzar la bomba atómica en Corea.» El ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo declaraba a su paso por Manila: «La muerte de Stalin representa un grave peligro para Occidente.» La esposa del jefe del Estado acudía a orar ante Nuestro Padre Jesús de Medinaceli. En la España de aquellos primeros días de marzo de 1953 la afición futbolística seguía conmovida la pugna entre el Barcelona y el Real Madrid por la ficha de Di Stéfano. Luis Miguel Dominguín confirmaba, a la otra media España aficionada a los toros, que su retirada era un hecho: «No pienso torear más y no hay nada de mi boda con Lola Flores», manifestaba a los reporteros a su vuelta de América. Se estrenaba Muchachas de Bagdad, con Carmen Sevilla, y Corea hora cero, con Robert Mitchum. ¿Y qué creen ustedes que declaraba a los periodistas el ex embajador norteamericano en Madrid Staton Griffis? Esto: «Franco es España y España es Franco. Ni aun los que claman por la vuelta del Rey desean el riesgo de las incertidumbres que podrían resultar de ese cambio.»

La agencia Efe dio carpetazo al tema de la muerte y exequias de Stalin con breves impresiones de algunos políticos extranjeros sobre la personalidad del dictador desaparecido. Así, Averell Harriman, que había sido embajador en Moscú, afirmaba: «Es el hombre más sádico y cruel con que he tropezado en mi vida.» Y también, quizá por ser español, incluía la del asesino de Trotsky, encerrado en una cárcel de México, Ramón Mercader: «El mundo no sabe qué gran hombre ha perdido.» El que desde luego no lo sabía era Franco. Cuenta también Haro Tecglen que poco tiempo después el jefe del Estado recibió a una comisión de periodistas que se quejaban de la crisis de la prensa española. «¿De qué se lamentan», les respondió Franco. Recientemente me ha asombrado ver el poco interés que han dado ustedes a la noticia de la muerte de Stalin. Era un acontecimiento de primera magnitud, hubiera hecho vender miles y miles de periódicos y, sin embargo, ninguno ha sabido sacarle punta. ¡Y no me dirán ustedes que se lo prohibió la censura!»

Los diarios españoles ni siquiera pudieron especular con las hipótesis nacidas a la sombra del Kremlin sobre las causas reales del fallecimiento del zar rojo. En Moscú los parques estaban nevados, el viento de la estepa soplaba sobre los cientos de miles de personas que guardaban una kilométrica cola junto a la Casa Sindical, en cuyo salón de columnas estaba expuesto el féretro forrado de satén. A Stalin le habían vestido con el uniforme de generalísimo. Tenía un puño cerrado. A sus pies podían verse las medallas sobre cojines encarnados. Aunque se podía advertir que tenía (defecto de nacimiento) un brazo más largo que otro, eso no era culpa del embalsamador. El viejo Zbarsky había hecho un buen trabajo. Fue también el que embalsamó a Lenin, pero ahora superaba su obra anterior; no en vano le acababan de sacar de un campo de concentración. Pero, ¿habían matado al hombre que más poder ha acumulado en la historia del mundo, al que Lenin llamó «rudo y zafio», al industrializador del país, al gran estratega que derrotó a Hitler, al astuto negociador que asombró y venció por la mano a Churchill, De Gaulle y Roosevelt o Truman, en Yalta, Teherán o Potsdam; al hombre desconfiado, sin pasiones (sólo las tuvo para la venganza), frío, planificador de las purgas que a partir de 1924 costaron la vida a millones de rusos? Según algunos rumores, había sido arrojado al suelo en el curso de una fuerte discusión con Malenkov y Beria. La cabeza de Stalin habría chocado con el mármol al caer. Según otros, Stalin habría bebido una copa de coñac francés..., con veneno.Se extendía también la creencia, al parecer verosímil, de que Stalin, ya en el límite de la paranoia, del aislamiento y la manía persecutoria, se disponía a desencadenar una nueva chistka, o purga, más sangrienta que las anteriores.

Pero el testimonio de Svetlena Alliluyeva, hija de Stalin (que escogió la libertad con la ayuda de la CIA) es concluyente. Escribe en Veinte cartas a un amigo: «Mi padre tuvo una muerte terrible y difícil. La agonía fue angustiosa. Se extinguía a los ojos de todos. De improviso, en el último minuto, abrió los ojos y dirigió una mirada a toda la asistencia, una mirada extraña, furiosa, llena de temor a... la muerte, así como ante los rostros desconocidos de los médicos que se inclinaban sobre él. Su mirada se posó en todos los presentes en una fracción de minuto y, entonces, en un gesto horroroso que aún hoy no puedo comprender, ni tampoco puedo olvidar, levantó la mano izquierda, la única que podía mover...»

Existe otro testimonio estremecedor, el de Panteleimon Ponomarenko, embajador en Polonia: «Stalin yacía inmóvil, sin duda muerto. De pronto Beria se puso a  gritar en tono alborozado: “¡Camaradas, qué hora tan maravillosa! ¡Somos libres!, por fin ha muerto el tirano.” De repente vimos que Stalin abría un ojo. Beria cayó de rodillas llorando y pidió I perdón en medio de una crisis de histeria. “Querido Josip Visarionovich, usted sabe lo fiel que le he sido. Créame, volveré a serle fiel de nuevo.” Stalin no pronunció una palabra, lentamente cerró un ojo y luego el otro.» Tres meses después (¿venganza póstuma del dictador?), Beria fue ejecutado.

¿Era el ex seminarista de Gori «el político más hábil de su tiempo pero el más cruel de la historia», como me lo definió hace pocos  meses, en su casa de Belgrado, el primer disidente, Milovan Yilas, autor de Conversaciones con Stalin.

¿Era «un politicastro de provincias», como sostiene Trotsky en la biografía de su gran enemigo? ¿Un «personaje mediocre», como asegura el trotskista Isaac Deutscher, autor de una de las mejores biografías del zar rojo? ¿«Un hipócrita perfectamente sano que nunca fue revolucionario, ni siquiera marxista», como afirma en Orígenes y consecuencias del stalinismo el profesor de la Universidad de Leningrado Roy Medvedev? ¿Un «demiurgo impotente convertido por el azar en el instrumento automático de un sistema», como se pregunta Jean Benoit en su estudio del dictador? ¿«Un accidente del comunismo, surgido en un momento concreto en un marco espacio temporal, la Rusia posrevolucionaria, atrasada, crispada por las consecuencias de la guerra civil, el aislamiento internacional, la hostilidad del mundo capitalista», como justifica en cierto modo el profesor de la Universidad de Poitiers Jean Ellenstein en su libro Una historia del fenómeno stalinista.

El debate sigue. «Doblad, triplicad la guardia ante la tumba de Stalin, a fin de que jamás sienta la tentación de escaparse», escribió el poeta Eugeni Evtuchenko. Hace unos días se celebró un acto en el Kremlin para conmemorar, en presencia de Brejnev y el Politburó, los sesenta años del Ejército Rojo. Cuando el ministro de Defensa pronunció en su discurso el nombre del «camarada generalísimo Stalin» gran parte de los presentes se pusieron en pie espontáneamente, como impulsados por un resorte, y aplaudieron durante varios minutos. José Stalin se atusó los mostachos, encendió su pipa y, en efecto, sintió la tentación de evadirse de su tumba de granito rojo debajo de la muralla del Kremlin.