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3503. La liberación de París por los republicanos españoles de la 9ª

©El capitán Dronne y el teniente Granell.  Colección Musée de l'Ordre de la Libération



Al 3º Batallón del Regimiento de marcha del Techad siempre se le llamó el "Batallón español". Éramos españoles la mayoría de sus componentes. Pero tengo que decir que jamás existió en la gloriosa División Leclerc diferencia alguna entre franceses y no franceses. Los españoles fuimos siempre considerados como excelentes camaradas por nuestros grandes amigos los franceses y ellos y nosotros, en el combate nos condujimos en todo instante como hermanos.

 

Yo pertenecía a la 9a compañía del batallón. Quiero rendir desde aquí un tributo de respeto y de admiración a los 27 camaradas de ella que murieron en la campaña de Francia. Son innumerables los testimonios y hechos de armas en los que la compañía tomó parte. Numerosas cruces de guerra, 6 medallas militares y las más altas citaciones engalanan nuestras hojas de servicio. Nuestro querido general Leclerc ha dicho varias veces al referirse a los españoles: "A esos no les para nadie".

 

 

La entrada en París

 

La División desembarcó en Normandía en Junio de 1944. A medida que nos adentrábamos en esta hospitalaria y querida tierra francesa, nuestro impulso y nuestra emoción se renovaban cada vez que un poste indicador nos anunciaba: "París… (a tantos kilómetros)". El nombre de la capital de Francia era para nosotros un imán cuya fuerza irresistible de atracción empujábamos hacia lo que consideramos símbolo y meta de la libertad: "la cité Lumière". Las flechas que marcaban la dirección de París y las cifras que concretaban la distancia que de París nos separaba nos obsesionaban de forma tal, que cuando las incidencias nos obligaban a trazar un zig zag en nuestra marcha, pensábamos que el destino nos había vuelto la espalda.

 

¡París... París... París...! Para los españoles el nombre de un gran pueblo heroico resonaba paralelamente en nuestros corazones y en nuestros pensamientos ¡Madrid... ! ¡Madrid... ! ¡Madrid... !

 

El avance fue rápido. Apenas sin descanso, guiadas por el afán de ver libre, completamente libre, la Francia oprimida, nuestras columnas blindadas iban arrollando al ejército alemán. A nuestra retaguardia los pueblos liberados quedaban entregados al frenesí de la libertad. Por todas partes los besos y las flores nos compensaban de la fatiga y de la zozobra. El lirismo es compañero inseparable de la exaltación bélica. Y, a veces al contemplar a las mujeres de Francia frente al espectáculo del ejército liberador, pensaba en aquel verso de Rubén Darío: "... y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores..."

 

Los franceses nos brindaban la "bonne bouteille", cuidadosamente librada a la rapiña alemana y guardada con todo celo para el día esperado de la Liberación. La estela de triunfo y de gloria quedaba también cuajada de dolor y de luto. Nuestro paso se jalonaba con las tumbas de los compañeros caídos en la lucha por la libertad.

 

El 24 de agosto, tras la conquista de Antony, llegamos a Fresnes. La población cayó sin dificultad en nuestro poder, pero los alemanes habían convertido la cárcel en fortaleza difícil de tomar. Hubimos de vencer una férrea resistencia. Fue entonces cuando nuestro destacamento recibió la orden tanto tiempo tan esperada: "Hay que ir a París a ver qué pasa". Alegría nerviosa. Preparativos rápidos. Partida llena de emoción. No sé qué pasó que no encontramos en nuestra documentación ningún plano de la capital. A veces en la guerra lo imprevisto imprime a los acontecimientos rumbos que no hay más remedio que aceptar. Nos decidimos a emprender el viaje sin el plano. Un patriota francés se ofreció espontáneamente a servirnos de guía. A bordo de uno de nuestros blindados inició su "role" de cicerone.

 

Bajo las órdenes del capitán Dronne, del que yo era “adjoint” la columna blindada emprendió al fin la marcha hacia la Meca de nuestro ensueño: PARIS.

 

En el curso de nuestra ruta hallamos varias veces obstruido el camino por los gruesos troncos de árboles que la Resistencia había derribado para obstaculizar la retirada del enemigo. Nos vimos, pues, forzados a continuos altos en la marcha, que siempre aprovechábamos para adquirir información. Como casi siempre, los informadores civiles, poseídos en todo instante del mejor deseo, nos facilitaban datos desconcertantes por contradictorios. Algunos aseguraban que “había muchos alemanes”. Otros que “todos habían huido ya”. Según ciertas referencias, el enemigo tenía emplazada una artillería numerosa. No faltaba quién llamaba especialmente nuestra atención sobre las minas.

 

Nosotros recogíamos y examinábamos cuidadosamente todas las informaciones. Pero por encima de ellas flotaba de continuo la famosa consigna de nuestro general Leclerc: “En avant, en avant, en avant”. Desde mi coche ligero yo escrutaba el horizonte. Al doblar una curva apareció de pronto ante mis ojos algo que me llenó al mismo tiempo de estupor y de impresión. La costumbre me hizo pensar y hablar en francés en aquel momento inenarrable: “Tiens, voilà la Tour Eiffel”. Yo no había estado nunca en París. La visión de la torre de acero, llena para mí de leyenda e historia, me hizo pensar que había alcanzado el objetivo final de mis esfuerzos y de mi vida.

 

Sin incidente alguno y a gran velocidad llegamos al Pont de Sévres. Nuestros informadores nos habían advertido que estaba minado y defendido por varias piezas de artillería, emplazadas en un altozano a la derecha. En nuestra conciencia, como un contrapunto machacón, la consigna del general bordoneaba todos los sonidos y todas las explosiones: “En avant, en avant”. Al fin nuestros tanques alcanzaron las primeras calles de la capital. Los parisienses, sorprendidos, nos tomaron por una columna alemana llegada en dirección contraria de la que ellos podían imaginar. Las gentes precipitábanse en las casas, cerrando puertas y ventanas. Un alto. En la calle desierta percibíamos sólo las miradas que nos espiaban desde los balcones entreabiertos o por el ligero pliegue de un “rideau”. Un viejo, lleno de desconfianza, decidióse a aproximarse a nosotros. Al reparar en nuestros uniformes preguntó con recelo: “Americains?” “Pas americáins, mon vieux, nous sommes la Division Leclerc”. Aquel hombre fue presa de la más indescriptible excitación. No sé si como un demente o como un heraldo de un acontecimiento de esos que las viejas recuerdan a los nietos al amor de la lumbre, con sencilla oratoria, el anciano se apartó de nosotros gritando: “He, eh, Français, Français, c’est la Division Leclerc qui arrive!” No sé siquiera lo que pasó inmediatamente. La desolación de la calle desierta se transformó instantáneamente en un enjambre. La población civil se abalanzaba sobre nosotros. Vivas, aplausos, aclamaciones. Siempre besos y siempre flores. Yo dejé de apercibir las siluetas de nuestros carros y nuestros coches. Racimos de seres humanos los ocultaban de mi vista. Las botellas del buen vino francés se vaciaban sobre nuestras cabezas, a manera de bautismo pagano.

 

Los ojos resplandecían con fulgores extraños. Después se humedecían de llanto. Nosotros llorábamos también. No puedo olvidar el tono viril y escueto de un anciano que se limitó a decirme mientras oprimía mi mano: “Merci, merci”.

 

Tuvimos que empezar por librarnos del peligroso afecto que el pueblo de París nos exteriorizaba. Hubo que echar mano de toda la energía militar para dispersar a nuestros aclamadores. Al final pudimos reemprender la marcha hacia el corazón de la capital. Nos detuvimos por segunda vez en la plaza Sembat. Fue entonces cuando por nuestro aparato de radio transmitimos el parte al Estado Mayor de nuestra División: “Arrivés a París 20 H 45. – Envoyez renforts”.

 

Desde la plaza Sembat nos encaminamos hacia el Hôtel de Ville. Nuestro guía era ahora una mujer. Nadie supo nunca por qué misterioso medio transmisor la noticia de nuestra llegada se había esparcido por todas partes. Nuestro paso por las calles de la capital era saludado por la multitud. Las gentes gritaban enloquecidas: ¡Viva la División Leclerc! Los bailes improvisados en la vía pública obstruían nuestro paso.

 

 

Place de l’ Hôtel de Ville

 

Otra vez el vacío y el recelo. De nuevo se nos confunde con el odiado invasor. El error facilitó la distribución de nuestras fuerzas en disposición de defensa. Dentro del Hôtel de Ville, hecha la luz sobre quiénes éramos y a qué veníamos, los Resistentes que se hallaban en el interior del edificio tuvieron que establecer un servicio de protección para que los entusiasmos no nos asfixiasen. La Resistencia se había apoderado días antes del Hôtel de Ville y lo había defendido heroicamente de los ataques nazis. Introducidos en un pequeño despacho, tuvimos el honor de ser presentados al Préfet de la Séine, monsieur Flouret, quien a su vez nos presentó al Presidente del Comitè Nacional de la Resistencia. La figura menuda y resuelta de monsieur Bidault, con su pequeña estatura y su gran autoridad, simbolizaba en aquel instante, como lo simboliza hoy, la grandeza de la Francia herida y heroica. A su lado estaba el coronel Roll.

 

Monsieur Bidault quiso conocer nuestros elementos efectivos. El deber militar nos impidió complacerle de momento. El hoy Presidente del Gobierno provisional de la República Francesa no se determinaba a dar la orden de que fuese transmitida por radio la noticia de nuestra entrada en París. Una falsa noticia en tal sentido habría motivado recientemente una brutal represión de los alemanes. Más de 2.000 franceses fueron encarcelados y, algunos, pasados por las armas. Nos fue forzoso aguardar reserva hasta que consideramos despejada la situación. Hoy yo puedo decir desde este micrófono que la "avant garde" de la División Leclerc que entonces se encontraba en la Plaza del Hôtel de Ville sólo estaba integrada por una sección de tanques, 2 de carros blindados y una de Ingenieros. En total, 120 hombres y 22 vehículos. Algunos de los carros blindados tenían nombres como estos: MADRID, DON QUIJOTE, GUERNIKA, GUADALAJARA, TERUEL, SANTANDER, BRUNETE...

 

El Presidente del Consejo Nacional de la Resistencia ordenó finalmente que la gran nueva fuese oficialmente confirmada por radio. No digo transmitida, porque todo el país la conocía ya. Las campanas de Nôtre Damme conmovieron nuestros espíritus y oprimieron nuestros corazones que el combate no había endurecido del todo. Gritos, cantos, vítores... Y los compases de la Marsellesa, que humedecieron nuestros ojos y atenazaban nuestras gargantas. Bengalas, disparos al aire. Libertad y Victoria. Yo sentía flojos todos mis resortes nerviosos. La emoción es capaz de lo que no consigue el miedo, que también habíamos sentido muchas veces. No me era posible moverme. Intenté en vano sumar mi voz a las que cantaban la Marsellesa. Ni siquiera podía pestañear, temeroso de que las lágrimas comenzaran a descender por mis mejillas.

 

Nuestros sentidos todos parecían igualmente privados de todo impulso. Y siempre, transformada en escena viva, la letra del verso de Rubén Darío: "...La más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores". La fiereza de los vencedores se había disipado bajo la emoción.

 

Después llegó la noche: guardia defensiva en torno al Hôtel de Ville. Nos llegaban informes según los cuales los alemanes se concentraban en la Bastilla y en la Concordia. Era de prever el ataque.

 

El júbilo de la población llegó al paroxismo. La gran plaza estaba abarrotada. Las bengalas y las explosiones del magnesio de los fotógrafos iluminaban el objetivo que nuestros tanques y nuestros blindados presentaban. Nos costó más trabajo vencer la admiración de los parisienses que la resistencia alemana. Después vino todo lo demás. Es de sobra conocido. El contacto con las fuerzas de nuestra División nos tranquilizó al fin. París estaba definitivamente liberado.

 

Mi compañía figuró en la vanguardia del desfile de la Victoria celebrado el 26 de Agosto. Dos días más tarde contemplaba yo desde el Sacré Coeur el panorama del París libre. Lloré una vez más. Ahora, cuando termine esta desordenada narración retrospectiva, no sé si lloraré también.

 

 

Amado Granell

Heraldo de España, París, 7 de septiembre de 1946

 

 


2422. Agosto 1944: Los españoles en la Liberación de Paris. Testimonio de un anarquista español

Manuel Lozano


En el cuarto piso de un viejo caserón del XIX distrito de Paris es donde reside Manuel Lozano. Uno de esos viejos caserones achaparrados y centenarios, como todavía se hallan en ciertos distritos de Paris, y que evocan irresistiblemente el universo dostoievskiano o el de Eugenio Sue. En cada rellano de escalera, se espera uno a ver aparecer a Raskolnikov, despavorido y sanguinolento, terminado de cometer su crimen.

En el piso de Manuel, son radicalmente diferentes las imágenes que se fijan al espíritu. Apenas atravesado el umbral, el mundo del gran escritor ruso deja la plaza libre al de Cervantes. Es que el parecido entre el dueño del sitio y el inmortal “Caballero de la triste figura” es sorprendente: la misma delgadez de cuerpo, la misma altura soberana un poco encorvada; el mismo idealismo también, intransigente y utópico.

Sobre las paredes cubiertas de innumerables dibujitos abstractos sobresalen los recuerdos, testimonios de un pasado poco común: fotografías, claro, pero también condecoraciones militares y citaciones diversas. Una de ellas llama particularmente la atención la que atribuye al “soldado Manuel Lozano” la cruz de guerra. Lleva en la cabecera el membrete de la segunda división blindada, esta fechada el 31 de octubre de 1944, y firmada por el general Leclerc.

Manuel recuerda. Hace cuarenta y un años, el 24 de agosto de 1944, un destacamento de la segunda división blindada, mandado por el capitán Dronne, marchaba en silencio hacia Paris. Manuel iba a la cabeza del convoy, en el coche de mando, justo delante del jeep del capitán. Hacia las nueve menos cuarto de la tarde, se franquea la Puerta de Italia. El vehículo en el cual van Manuel, cuatro soldados más, españoles también, y un subteniente francés, es el primero de las fuerzas aliadas en entrar en la capital ocupada.


Su país que ya no reconoce

Todo empieza en julio de 1936, cuando los ejércitos españoles de África, rápidamente puestos a disposición del general Franco, deciden sublevarse contra el gobierno legal de la República. En ese mes de julio tórrido, Manuel trabaja en los vastos viñedos alrededor de Jerez de la Frontera, su ciudad natal. A los 19 años, ya es miembro, desde 1932, del sindicato de arrumbadores, y frecuenta las Juventudes Libertarias. Por eso, nada de asombroso si Manuel, cuando Jerez cae bajo el dominio de los rebeldes, se escapa para juntarse con las fuerzas del ejército republicano.

Las vicisitudes de la guerra van entonces a conducirlo a muchos frentes, de Málaga a Murcia, pasando por Granada, Marbella, Almería y Alicante. En marzo de 1939, es la derrota de los republicanos. Manuel, como millares de sus compañeros de infortunio, decide irse de España, su país que ya no reconoce. El 28 de marzo, se embarca entonces a bordo de la “Joven María”, y el primero de abril, la silueta tranquila del Puerto de Orán, territorio francés en aquella época, se perfila en fin al horizonte. La esperanza es inmensa: después del infierno de los combates y la amargura de la derrota, la libertad solo esta a unas leguas de distancia. La realidad, desgraciadamente, seria diferente.

“Había un montón de barcos cargados de refugiados. Las autoridades no les permitían bajar, ni les suministraban. Había muchas enfermedades...”

No obstante, Manuel y sus compañeros consiguen desembarcar y perderse entre la muchedumbre abigarrada que transitaba por Orán en los años cuarenta. En seguida se dan cuenta de la extrema precariedad de su situación. Refugiados clandestinos, sin hablar ni una palabra de francés, y, sobre todo, sin un céntimo en el bolsillo, ¿que  podían hacer?, ¿adónde podían ir?

“En el puerto, cuenta Manuel, un viejo pescador nos había indicado la dirección de un hotel donde, si teníamos dinero, aceptarían alojarnos y darnos de comer. Pero no teníamos otra cosa que una vieja cartera llena de documentos inútiles. Sin embargo, fuimos a ver al propietario a quien yo le dije (hablaba español) que la cartera contenía dinero con el cual podríamos pagarle. El me creyó, sin ninguna sospecha, nos ofreció de comer, y luego, nos condujo a nuestra habitación.”


¡Esto no es un hotel! ¡Es un campo de concentración!

La aventura, empezada bajo los mejores auspicios, se terminaría rápidamente tomando otro cariz. Al día siguiente de su llegada, mientras se esta paseando por las calles animadas de Oran, Manuel es detenido por la policía e inmediatamente encerrado en un campo reservado a los refugiados españoles clandestinos. El refiere:

“En los muelles de Orán, había unos hangares donde meterían unas mercancías. Allí habían instalado un campo, rodeado de alambre de púas y vigilado la noche y el día por la guardia móvil y por Senegaleses. Las condiciones de vida eran terribles. El segundo día de mi detención, pedí hablarle al director del campo. Era de origen árabe, pequeñito, bien vestido de blanco, pero muy cínico. Yo le dije que quería jabón y una tolla para lavarme. Y el tío, con las manos en los bolsillos, empezó a dar vueltas y se echó a reír: ¿Tú te crees en un hotel? ¡Esto es un campo de concentración!”

No hay que imaginarse que Manuel vivió allí una experiencia única. A partir de 1939, son centenas de millares de refugiados españoles huyendo del terror franquista que las autoridades francesas encierran sistemáticamente en lo que no se puede llamar sino campos de concentración.

Había muchos de esos campos en África del Norte. Había muchos más todavía en el mediodía de Francia, en particular en el departamento de los Pirineos Orientales, y los nombres de Barcarès, Saint-Cyprien o Argelès siguen resonando en la memoria de los antiguos refugiados españoles tan siniestramente como Drancy o Struthof en la de otras víctimas de los campos de concentración. Pues teniendo en cuenta los testimonios de estos refugiados y los trabajos de los historiadores (1), las condiciones de vida y los tratamientos en esos campos eran realmente inhumanos, en todo caso indigno de las tradiciones democráticas y liberales de Francia.

Por su parte, Manuel conocería cinco campos diferentes, en Argelia y en Marruecos. El régimen es parecido al de los trabajos forzados: todos los días, hay que manejar el pico y la pala, en las minas y las canteras.


“Les dábamos miedo a los oficiales...”

La liberación llega en noviembre del 42. Cuando los Angloamericanos desembarcan en África del Norte, firman un pacto con Darlan (próximo colaborador de Pétain que se hallaba aquí por casualidad), suprimen los campos, y ponen en libertad a los prisioneros. Se crean entonces los Cuerpos Francos de África, siendo todos sus miembros voluntarios antifascistas de diferentes horizontes, Italianos, Alemanes, Españoles, etc. Manuel es uno de ellos. Comienza entonces la larga y difícil campaña de África durante la cual los Cuerpos Francos de África, incorporados a la segunda división blindada, se distinguirían tomando Bizerta en abril del 43.

En la división de Leclerc, Manuel formaba parte de la novena compañía del Tercer Regimiento de Infantería del Tchad, una compañía bastante diferente a las demás en la medida en que era casi exclusivamente compuesta de españoles. En ella estaban representadas todas las familias políticas de este amplio Frente Republicano que, durante tres años, había combatido desesperadamente la rebelión franquista: republicanos moderados, socialistas, comunistas y, desde luego, anarquistas, los más numerosos.

En su libro de recuerdos publicado el año pasado (2), el capitán Dronne, a quien Leclerc le atribuyó, en el mes de agosto del 43, el mando de “la nueve”, dice de los voluntarios españoles que “eran magníficos soldados, guerreros valientes y experimentados...” (P. 262)

También cita una frase del general Leclerc referente a ellos: “Todo el mundo les tiene miedo...” Esta afirmación de Leclerc choca a Manuel. El exclama: “Nosotros les dábamos miedo a los oficiales porque los poníamos a prueba antes de darles la confianza. Si ellos chaqueteaban, nos negábamos a obedecerles. Por eso nos tenían miedo todos los oficiales franceses. "


“Los alemanes pagaban la mantequilla bien caro...”

En el mes de mayo de 1944, es el embarco para Inglaterra, con vistas a la vasta ofensiva aliada que, a esas fechas, aún no está prevista para el 6 de junio. Manuel pondrá sus pies por primera vez sobre el territorio francés el 4 de agosto, en compañía de todas las tropas de la segunda división blindada.

En su libro de recuerdos, el capitán Dronne cuenta algunas anécdotas sorprendentes que sitúan los acontecimientos en un contexto al cual la imaginaría un poco idílica de esa época, llena de alborozo y de efervescencia populares, no nos tenía acostumbrados.

Así por ejemplo, este encuentro, el 5 de agosto, con una vieja campesina normanda (P. 274-275):

“...El acento español debe sorprenderla a nuestra interlocutora. Hay que arrancarle las respuestas (...) ¿Usted debe estar contenta de hallarse liberada? Silencio. Insisten: ¡Usted estará contenta por lo menos de haber sido desembarazada de los alemanes!

Ella levanta la cabeza y contesta lentamente: "Los señores alemanes eran bien amables, pagaban la mantequilla bien caro.” Más adelante, página 292: “...He enviado a Baños y a algunos hombres con bidones para comprar gasolina".

Ellos entraron en una casa de campo. Un viejo labrador fue a llenar los bidones y se los trajo. ¿Cuanto?, preguntó Baños -Los alemanes pagaban 250 francos el litro, contestó el tío. -250 francos, demasiado caro, dijo Baños. -Pero no van Ustedes a cambiar los precios, exclamó el tío enfadado...”

En fin, pagina 296:

“Los soldados me han señalado que algunos civiles han emprendido la visita sistemática de los vehículos alemanes abandonados, para hacer “recuperación”, en particular para recoger las baterías.”

Cuando a Manuel se le recuerda estas anécdotas, él asiente con fuerza: “!Eso es cierto! En Ecouché, yo ví a un tío que entraba en todas las casas con un saco, para robar.”

¿Y los aplausos, el recibimiento caluroso y entusiasta de la población, el alborozo? “Eso era en las grandes ciudades, pero no en las zonas rurales.”


El encuentro con Leclerc

Del 4 al 19 de agosto, la segunda división blindada libra su batalla de Normandía: Alençon es liberada, y luego, después de siete días de violentos combates, Ecouché. El 19 de agosto estalla la insurrección de Paris. El 22, el general Leclerc recibe del general Bradley, su superior jerárquico, la autorización de ir hacia Paris. El 23, la división se pone en movimiento y se dirige hacia la capital. Pero los alemanes resisten. Las escaramuzas son frecuentes, en Longjumeau, Anton y Fresnes retardan el avance del convoy. El 24, los combates continúan. Son particularmente difíciles en la Croix-de-Berny, a una docena de kilómetros de Paris. El capitán Dronne consigue no obstante romper el cerco con su compañía y, al ver que ante el es libre el camino, decide lanzarse para llegar a la capital lo más pronto posible.

Pero súbitamente, Dronne recibe la orden, por radio, de parar su avance y replegarse sobre el eje, a unos seiscientos metros al sur de la Croix-de-Berny. Juzgando absurda esta decisión, Dronne se niega a obedecer y continúa su camino. Pero la orden es repetida dos veces, con vigor, y el capitán Dronne obedece finalmente.

Ocurre entonces el celebre episodio, del encuentro con Leclerc, que califica la orden de “estúpida” y le ordena a Dronne lanzarse sobre París, con las tropas que pueda reunir, y sin preocuparse de nada sino de llegar cuanto antes al corazón de la capital.


Una sorprendente imprecisión

Aquí se presentan dos cuestiones que las diversas fuentes consultadas no permiten claramente dilucidar.

La primera consiste en saber quién dio la orden al capitán Dronne de replegarse hacia la Croix-de-Berny, y por que razón. Los historiadores y los actores de esos acontecimientos dan prueba de una sorprendente imprecisión sobre este asunto. Manuel tiene la convicción de que fue del estado mayor del general Leclerc de donde vino la orden. Mas entonces, ¿quién tenia interés, dentro del estado mayor, en dar una orden que el propio general Leclerc iba a anular unos minutos después y que, sin esa intervención, hubiese probablemente impedido al capitán Dronne y a la nueve que llegaran las primeros a París? Y sobre todo, ¿por qué?

Se pueden avanzar dos hipótesis, entre las más probables.

La primera es que la orden de replegarse sobre la Croix-de-Berny correspondía a preocupaciones estrictamente militares, al estimar el estado mayor que la dificultad de los combates alrededor de la Croix-de-Berny justificaba que el destacamento de Dronne volviese hacia atrás y viniese a prestar su ayuda. Para Manuel, quien, recordémoslo, se hallaba en las primeras filas de la nueve, esta explicación es altamente improbable: “No había ningún peligro en la Croix-de-Berny. No existía ninguna resistencia. No había nada, nada, nada. El camino estaba libre.” De hecho, en su libro de recuerdos, el capitán Dronne no precisa en absoluto que tuvo que combatir una vez llegado al punto de destino fijado, cerca de la Croix-de-Berny.

No es menos incierta la segunda hipótesis, pero es más subversiva. Pudo ser que la orden fuese dada por uno o varios miembros del estado mayor del general Leclerc, inquietos por ver una compañía constituido casi exclusivamente de españoles, anarquistas en su mayoría, entrar la primera en la capital. En suma, esta explicación no es la más extravagante. La reciente polémica suscitada en Francia por la película de Mosco sobre el asunto del grupo Manouchian (3) recuerda bien que las consideraciones nacionalistas no estuvieron ausentes, ni mucho menos, en los combates de la resistencia y de la liberación.

Una segunda cuestión, de menor importancia, consiste en saber por qué razón el general Leclerc designó a Dronne, luego la nueve, para que entraran los primeros en París. Manuel no vacila un segundo:

“Como Leclerc era un hombre experimentado, sabia que con una compañía de Españoles, podía estar tranquilo, por si acaso hubiese jaleo. Entre los soldados, ya parte de los oficiales franceses que habían tomado parte en la campaña de África, los Españoles solos conocían bien la guerra.”

En realidad, los hechos históricos obligan a reconocer que el escoger la nueve fue probablemente una consecuencia indirecta de la iniciativa del capitán Dronne, más que el resultado de una confianza particular de Leclerc en la competencia militar del os españoles. Iniciativa de Dronne, recordémoslo, que había consistido en sobre pasar la Croix-de-Berny, de modo que su compañía era la mejor emplazada para lanzarse la primera hacia París. No cabe duda que Leclerc hubiese dado la misma orden a cualquier destacamento que se hubiese hallado en ese mismo sitio en esos momentos precisos.

El capitán Dronne y su compañía de Españoles, por lo tanto, fueron los que la suerte, en la persona del general Leclerc, escogió para que fuesen los primeros en entrar en la capital.


70% de españoles en la tropa que entró la primera en París

Curiosamente, es muy difícil determinar con precisión cuáles fueron las tropas que acompañaron a la nueve y al capitán Dronne en su misión. Las diferentes fuentes consultadas, cuando no son contradictorias, son incompletas o excesivamente vagas. Es tanto más curioso cuanto que muchos actores de aquella época siguen viviendo, en particular el capitán Dronne, y que, por consiguiente, las informaciones no deberían faltar.

Sea lo que fuere, pienso que se puede, sin gran riesgo de errores, detallar como sigue la composición del destacamento que, ese 24 de agosto de 1944 hacia las nueve menos cuarto, entraba en París, varias horas antes que el grueso de las tropas de la segunda división blindada:

-Dos de las tres secciones que componían la novena compañía del Tercer R.M.T, la nueve, acompañadas del vehículo de mando en el cual iba Manuel, es decir once vehículos blindados en total.

-Una sección de tres tanques Sherman que provenían de las primera y segunda compañías del Regimiento 501.

-Una sección del cuerpo de ingenieros compuesta de dos vehículos blindados y dos camiones G.M.C.

-Un jeep en el cual iba el capitán Dronne y su conductor.

En fin, ciertas fuentes informativas indican también la presencia de un vehiculo blindado de reparaciones, incluso de una o dos ambulancias. Procedamos ahora a una evaluación del destacamento con arreglo a las diferentes nacionalidades representadas. La sección de tanques y la del cuerpo de ingenieros las componían franceses, unos cuarenta hombres en total. (Manuel precisa que la mayor parte de los hombres del cuerpo de ingenieros, que él calcula en 25 más o menos, eran argelinos). Las dos secciones de la nueve las componían unos noventa hombres, todos españoles. El coche de mando iba ocupado por cinco soldados españoles, entre ellos Manuel, y un subteniente francés.

En resumen, el 70% por lo menos de los hombres que componían la tropa de Dronne eran españoles. Esto merece ya que lo señalemos. Digna de atención también es la elección de Dronne en lo que se refiere al emplazamiento de los diferentes elementos de su destacamento antes de la entrada a París: en cabeza, el coche de mando seguido por el jeep del capitán y de las dos secciones de la nueve. En la cola del convoy, los tres tanques y la sección de ingenieros.

Todo ello, en resumidas cuentas, no tendría mucha importancia si la mayor parte de los historiadores y los escritores franceses de la liberación no se hubiesen ingeniado para ignorar, deliberadamente o no, no sólo el predominio, sino también la simple existencia de los españoles en el destacamento que, está bien comprobado, fue el primero que entró en la capital.

Entre las obras más conocidas, citemos la de Dominique Lapierre y Larry Collins (4)y la de Henri Michel (5). Ni una ni otra hacen la menor alusión a una cualquier presencia de españoles en el destacamento de Dronne. Mejor todavía, Henri Michel escribe pagina 131: “Si, verdaderamente, Americanos, Franceses libres y F.F.I (Fuerzas francesas del interior, la resistencia -NDLR-) son indisociables en esta victoria aliada que fue la liberación de París...” Hay en esta afirmación una preocupación por restringir el campo de los vencedores que es bien dudosa.


Una voluntad de omitir la presencia de los españoles

Admitamos sin embargo que a los autores de esas dos obras les hayan podido inducir en error fuentes de información comunes, falsas o incompletas.

La primera obra importante que se escribió sobre la liberación de París fue la de Adrien Dansette, publicada en 1946 (6). En ella, Dansette no indica ninguna presencia de españoles al lado del capitán Dronne. Ahora bien, lo que se podía atribuir a una falta de informaciones precisas y exactas en el caso de Lapierre y Collins y Henri Michel no puede serlo, en lo que se refiere a Dansette, sino a una voluntad de omitir, de pasar por alto una verdad histórica indiscutible. Por qué motivo: sin duda por oscuras preocupaciones nacionalistas, frecuentes en aquella época.

Sea lo que fuere, la omisión voluntaria de Dansette no da lugar a dudas. Ante las muchas partes que hacían constar la presencia activa de los Españoles a la vanguardia de los combates, ¡él pretende que se trataba de Marroquíes! Asimismo, Dansette afirma que fueron los tres tanques Sherman -cuyos nombres elocuentemente galos (Montmirail, Romilly y Champaubert) él cita con un placer evidente- los que llegaron primero al ayuntamiento de París, a la vanguardia del destacamento del capitán Dronne. Y ello a pesar de las numerosas declaraciones del propio capitán Dronne según las cuales eran bien unos vehículos blindados repletos de combatientes españoles, y que llevaban nombres tan poco equívocos como “Madrid”, “Teruel”,“Ebro” o “Guadalajara”, los que iban en cabeza del convoy.

Es posible que el ostracismo que, en Francia, desde hace cuarenta años, afecta a los combatientes españoles de la liberación lo haya originado una información errónea al principio. Es posible, pero no es probable. Primero porque muchos testigos y actores de aquellos acontecimientos viven todavía, y que la obra de Dansette no es la única fuente de documentación existente. Luego porque los escritores e historiadores franceses de la liberación más conocidos han manifiestamente descuidado, cuando no la ignoraban, la participación decisiva de los españoles, mientras exaltaban de modo a menudo excesivo la de los combatientes franceses.


El mito de los franceses liberados por ellos mismos

Al respecto, el “mito de los tres tanques”, lanzado por Dansette, ha sido un gran éxito. En la página 316 de su celebre obra, Dominique Lapierre y Larry Collins escriben: “En unos minutos, Dronne había constituido su pequeño destacamento. Este se componía de tres Sherman que llevaban nombres de victorias napoleónicas, “Romilly”, “Montmirail”, y “Champaubert”, y media docena de vehículos blindados...”

Asimismo, es siempre chocante constatar a que punto las fotografías que ilustran los libros sobre la liberación de París son minuciosamente escogidas de tal modo que se ponga en relieve tal acción de los F.F.I, tal hecho de armas de las Fuerzas Francesas Libres, etc. Y sin embargo, no faltan las fotografías de combatientes españoles, identificables por los nombres que llevan sus vehículos. Así es como, progresivamente, se ha constituido el mito de “los Franceses liberados por ellos mismos”. Mito inaugurado por de Gaulle con su célebre discurso del 25 de agosto en el ayuntamiento de París, recogido por generaciones de escritores y de historiadores, luego asimilado por una comunidad nacionalista, frustrada de una victoria a la cual había participado sólo con circunspección.

Es este consenso nacional alrededor de una tranquilizadora mitificación histórica el que ha venido a quebrantar, algunas semanas ha, la película de Mosco, cuyo interés reside menos en la acusación del Partido Comunista Frances respecto al grupo Manouchian, que en el recuerdo de los combates heroicos que los trabajadores inmigrados llevaron a cabo en Francia contra el invasor nazi.

Sin duda, muchos franceses participaron valiente y activamente en los combates de la resistencia, interna y externa, contra el fascismo y el nazismo. Pero, seamos honrados, los franceses, en su mayoría, nunca abandonaron, durante esas horas decisivas, su inquebrantable pasividad.


“Ir a buscar a los colaboradores franceses...

Manuel tiene cabalmente conciencia de todos estos problemas que se presentaron inmediatamente después de la liberación. Pero afirma con energía que en aquella época, lo que más importaba era la lucha de todos contra los nazis: “No había problemas de nacionalidades o de ideologías.”

No obstante, pequeños incidentes opusieron los combatientes españoles y sus camaradas de combate de las Fuerzas Francesas del Interior (F.F.I). Incidentes que traducen, parece ser, dos concepciones divergentes de la guerra de liberación.

“En Ecouché, los F.F.I cogieron prisioneros y los encerraron en un hangar, no dándoles nada de comer. Fuimos nosotros, los Españoles, quienes les dimos pan y agua.”

Otro incidente, de la misma índole, ocurrió en el Bosque de Bolonia (cerca de París), donde se había instalado la nueve, tras el desfile del 26 de agosto en los Campos Eliseo:

“Vinieron muchas chicas, que decían que habían tenido relaciones con soldados alemanes. Y los F.F.I venían a buscarlas para cortarles el pelo. Nosotros les dijimos a los F.F.I: aquí no hay quien toque a una de estas mujeres. ¿Han salido con Alemanes? Mientras no hayan delatado a nadie, no tiene importancia. Ir a buscar a los colaboradores franceses, no a estas pobres desgraciadas.”


“Hubiéramos llegado hasta Barcelona...

Después de los violentos combates del 25 de agosto en París, luego el célebre desfile del 26 en los Campos Eliseo, al cual participo Manuel a bordo del coche de mando de la nueve, vendrá la liberación de Estrasburgo el 23 de septiembre, el paso por el campo de Dachau, recientemente liberado por los Americanos, luego la última etapa, Berchtesgaden, la más celebre guarida de Hitler. Anécdota divertida, fue un soldado de la nueve, Fernández, quien condujo hasta París el coche de Hitler, una mercedes blindada.

En el ánimo de los españoles sin embargo, no se había terminado la misión de la segunda división blindada. “Habíamos entrado en la división Leclerc pensando que después de Francia, iríamos a liberar España.”

Primera desilusión, primer engaño. Más tarde, iban a desdeñar, incluso a negar elpapel capital que habían desempeñado los Españoles en la liberación de París y deFrancia. Por el momento, les quitaban lo que, ante todo, había motivado su lucha: la esperanza de librar España de un régimen que, con el de Salazar en Portugal, iba a ser el único fascismo histórico que no se hundió en el torbellino liberador desencadenadoa raíz del derrumbamiento del Tercer Reich.

Manuel recuerda: “Antes de Estrasburgo, comprendimos que no íbamos a liberar España. En mi compañía, la nueve, todo el mundo estaba dispuesto a desertar con todo el material. Campos, el jefe de la tercera sección, tomó contacto con los guerrilleros de la Unión Nacional que combatían en los Pirineos. Pero la Unión Nacional estaba manejada por los comunistas, y tuvimos que renunciar.”

¿Pero si el caso no hubiese sido así, si los comunistas no hubiesen predominado en la Unión Nacional? “Entonces hubiésemos embarcado la compañía, y no sólo la compañía, sino todos losotros batallones donde había Españoles. Lo teníamos estudiado todo. Con los camiones cargados de material, de gasolina, hubiéramos llegado hasta Barcelona. En tal caso, quién sabe si no se hubiese podido cambiar el curso de la historia...”


Laurent Giménez, 1985
Grupo Cultural de Estudios Sociales de Melbourne
 








2421. Una compañía española en la batalla de Francia y de Alemania (1944-1945)

El capitán Dronne (centro), el sargento Martín Bernal (a su derecha), el teniente Amado Granell (a la derecha de la imagen)
París; 25 de agosto de 1944


Existió una unidad del Ejército regular compuesta casi por completo por voluntarios españoles: la 9.° Compañía del Regimiento de Marcha del Chad, la Nueve, de la famosa 2ª División Blindada del General Leclerc. Tuve el honor y el orgullo de ser el jefe de esta Nueve, desde su constitución en el curso del verano de 1943 hasta la primavera de 1945. Me adoptaron desde el principio, debido quizá a que había llegado del hospital, todavía mal recuperado de mis heridas, con un brazo en cabestrillo. El Regimiento de Marcha del Chad nació en Argelia, en la región de Djidjelli. Entre los alistados hubo numerosos españoles procedentes en particular de los Cuerpos Francos de África. Estos Cuerpos Francos habían sido formados por voluntarios a partir del desembarco americano en Marruecos y Argelia. Entre estos voluntarios había un buen número de españoles, casi todos evadidos de los campos de trabajadores que construían la línea férrea de Colomb-Béchar. Muchos de ellos eran militares transformados en trabajadores forzados desde 1940 bajo la vigilancia de las comisiones de armisticio alemana e italiana.

Los voluntarios españoles fueron repartidos en diferente proporción entre todas las unidades. Un alto porcentaje fue dirigido al Tercer Batallón del Chad, mandado por un oficial que había combatido en las Brigadas Internacionales en España, el Comandante Putz, oficial dinámico, experimentado, valiente. La 11 Compañía, la Compañía de Acompañamiento y la Compañía de Apoyo también recibieron voluntarios españoles. Pero el mayor número de ellos fue enviado a la 9ª, que adoptó la denominación de Compañía Española y familiarmente la de La Nueve.

Casi todos ellos habían participado en la guerra de España del lado de los republicanos. Habían vivido innumerables aventuras y tribulaciones. Algunos habían llegado al continente africano en barca. La mayor parte habían atravesado los Pirineos, vivido un tiempo más o menos largo en los campos de refugiados, y luego servido en el Ejército francés de 1939-40.

Conocían el amargo recuerdo de haber sufrido dos derrotas. Un inmenso deseo de revancha y de victoria les empujaba. La perspectiva de unirse a los franceses libres surgidos de las arenas del desierto, de pasar a las órdenes de un joven jefe ya aureolado de leyenda, el general Leclerc, les daba una gran confianza.

Desde Argelia, la División fue transferida a Marruecos y se instaló entre Rabat y Casablanca para recibir su material, familiarizarse con él, entrenarse. La mayor parte carecía por completo de conocimientos de mecánica. Se pusieron a la obra con ardor. Rápidamente, la cadena de montaje de la Nueve se puso al nivel de los mejores por la rapidez y la calidad de su trabajo.

Los treinta suboficiales eran en gran mayoría españoles, contándose entre ellos el teniente Campos, jefe de la 3ª sección, un coloso originario de las Canarias; Moreno, adjunto al subteniente Montoya; Bernal (Garcés), adjunto al teniente Elías. Había también dos alemanes, antiguos miembros de la Legión Extranjera y de las Brigadas Internacionales, destacando Reiter, experto en armamento e invencible as del combate.

La casi totalidad de los cabos y de los soldados eran españoles. Había sin embargo, algunas excepciones: un brasileño, un hispanomexicano, un portugués, algunos eslavos, una media docena de franceses, un italiano, dos o tres apátridas. Pero los españoles eran la mayoría con mucho. Se hablaba más español que francés. La mayor parte de los carros llevaban nombres de España: Madrid, Brunete, Ebro, Guadalajara, Guipúzcoa, Guernica...

Los recuerdos de la guerra de España eran todavía próximos y pesados. Las divergencias de opiniones, de ideales, de tendencias no estaban olvidadas y se manifestaban a veces en rivalidades entre hombres y entre grupos; pero, en definitiva, nunca fueron peligrosas y una armonía general y un buen acuerdo terminaron por reinar en el conjunto de la compañía. El orgullo español se manifestaba por cualquier causa. En Inglaterra, por ejemplo —donde pasamos algunos meses antes de desembarcar en Normandía— todos trataron de comportarse ante la población británica como verdaderos embajadores de la España eterna: vistiendo con cuidado, afeitándose de la misma forma; algunos, de barba muy cerrada, se rasuraban dos veces al día.

Poseían ya la experiencia del combate. Y eran bravos, de una bravura a veces excesiva. Tras cada combate, los vacíos se llenaban con jóvenes franceses, casi todos carentes de toda instrucción militar. Los viejos luchadores tomaban bajo su protección a estos reclutas inexperimentados, formándolos y protegiéndolos; se comportaban como padres preocupados. Muy rápidamente, en el curso de la campaña, la Nueve se hizo célebre en toda la división.


En la Batalla de Normandia

La 2ª D.B., no fue lanzada hasta los primeros días de agosto de 1944, cuando se amplió la cabeza de puente. Incluida en el Ejército del general americano Patton que había abierto una estrecha brecha a la altura de Avranches, participó en el gran movimiento de cerco de las fuerzas alemanas de Normandía.

Los encuentros se sucedían, con violencia variable. Ampliábamos nuestro conocimiento de los Panzer alemanes, y sobre todo de los famosos Panther. Son muy superiores a los Sherman, en blindaje y sobre todo en cañón. A pesar de esta desventaja, nuestro destacamento no lo hace mal. Y es cierto que la aviación americana es la dueña absoluta del cielo durante el día.

Con su sección, el teniente Campos da un osado golpe de mano, acorrala y captura a ciento treinta alemanes, sin causar apenas heridos ni destrucciones en los vehículos, y libera a ocho americanos prisioneros. La jornada del 16 de agosto es particularmente dura. Tenemos pérdidas, entre ellas los sargentos Pujol y Poreski, muertos en combate cuerpo a cuerpo. Los bombardeos y los encuentros se repiten durante todo el día.

El 17 por la tarde, la 3ª sección del teniente Campos rechaza un contraataque alemán: grupos de SS han franqueado la orilla del Orne, se han infiltrado en nuestro flanco, y atacan. Al principio de la acción, el soldado Helio Roberto es gravemente herido por disparos en el vientre; al caer, abate a uno de sus asaltantes. Poco antes de las 18, todo ha terminado. Campos ha llevado el asunto admirablemente. Variamos nuestros dispositivos noche y día, lo que desorienta a nuestros adversarios. El 19 de agosto por la mañana, llegan tropas británicas. Se ha realizado la unión. La batalla de Normandía se acaba. Hacemos el balance. Hemos infligido duras pérdidas al enemigo. También nosotros las hemos sufrido, pero felizmente mucho más ligeras: siete muertos en combate y diez heridos graves evacuados.

Llegado el momento del reposo, la compañía se rehace, reemplaza, repara y pone en buen estado su material y su armamento; alista también a los primeros voluntarios que vienen a llenar los vacíos. Todos somos optimistas: hemos conocido el éxito del desembarco en la costa de Provenza. Esperamos pues la orden de avanzar sobre París. Pero tarda en llegar.


A toda velocidad sobre París

El 22 de agosto, caída la tarde, llega la orden. Toda la División levanta el campo el 23 por la mañana. Las vanguardias americanas han sobrepasado Chartres y ocupan el Sena a uno y otro lado de la capital. El alto mando americano duda. No quiere batallas callejeras que podrían ser ásperas y largas. La tempestad azota la costa normanda. Los desembarcos de gasolina y de municiones han sufrido retrasos. El camino hacia adelante es difícil y prolongado a lo largo de caminos en los que las obras de arte han sido destruidas;los ferrocarriles están inutilizables; las unidades ocupadas corren el riesgo de carecer de carburantes y de municiones. Las noticias que se filtran desde París son inquietantes: la población se ha sublevado contra el ocupante. Los responsables políticos y militares americanos no quieren verse mezclados en las competencias políticas que estallan en el París insurreccionado. Por el contrario, el general Leclerc y el general De Gaulle, que se encuentra en Normandía, pretenden entrar en la capital para evitar que sufra la suerte de Varsovia, para impedir destrucciones y masacres. Las llamadas de socorro de los insurrectos se hacen cada vez más apremiantes.

De noche, bajo avalanchas de lluvia, avanzamos a ciegas. Vamos a entrar en contacto con las fuerzas alemanas que defienden la periferia de París. El suelo está anegado. Nos encontramos aprisionados, ahogados. Los vehículos se atrancan. A duras penas nos preparamos para el combate.

Los enfrentamientos se suceden en un extraño ambiente de kermesse. Una multitud entusiasta, surgida de todas partes, rodea los carros, los hombres, y los paraliza. De pronto, suenan ráfagas, estallan obuses. La multitud se dispersa. Guardo la imagen de una chiquilla radiante que, subida en la torrecilla de un carro, cae a lo largo del blindado, cubierta de sangre: ha recibido una ráfaga en pleno rostro. Extraña batalla: cuando cesa el fuego, la gente vuelve; desaparecen de nuevo cuando se reanuda. ¡Cuantos imprudentes han pagado con su vida su loca alegría! Una alegría rara, pero invencible, retardadora, que da respiro al enemigo y lo favorece.

Tengo la sensación de que el camino hacia París está abierto. Súbitamente, por radio, recibo la orden de retroceder sobre el eje al sur de la Croix de Berny. Decisión absurda: el eje está ya demasiado obstruido. Conviene, por el contrario, alejarse y sobrepasarlo. Mis observaciones no son atendidas. La orden es confirmada, brutal: retroceder sobre el eje. Furioso, asiento. Dejo la columna un poco atrás, para no aglutinarla sobre el eje, donde hay demasiada gente y vehículos. Avanzo solo, a pie para hacerme una idea y establecer la unión. Caigo sobre el general Leclerc, que golpea el suelo con su bastón, lo que en él es un signo de mal humor. Está furioso al constatar que la columna se ha detenido y que no maniobra. Me apostrofa:

—Dronne, ¿qué ha hecho usted?

Le explico la orden que he recibido, que para mí es fácil desbordar las resistencias, y que es posible lanzarse hacia París sin demasiados riesgos:

—No se ejecutan las órdenes idiotas, truena.

Se pone más sonriente. Me hace precisar mi idea. Reflexiona algunos instantes. Y de pronto, lanza:

—«Bueno, arrójese sobre París. Pase por donde quiera, arrójese al corazón de París, diga a los parisienses que no se desmoralicen, dígales que toda la división estará en París mañana por la mañana.»

Por la tarde avanzamos. Son las 19 pasadas. El general Leclerc está inquieto. Ha recibido informes alarmantes de París. Teme represalias alemanas contra la población. Quiere asegurarse, volver a dar esperanza a los parisienses, actuar con el máximo de rapidez.

No dispongo más que de dos secciones, las secciones de Campos y de Elías, y de la sección de mando de la Nueve. La sección Montoya está detenida y clavada en el suelo ante la Croix de Berny. Su jefe, Montoya, será herido. Dos secciones de combate, es poco. Leclerc me ordena tomar las unidades disponibles que se encuentren en las proximidades.

La pequeña columna se mueve a las 20 horas. Guiada por un parisiense, se oculta fuera de las grandes arterias a la derecha de Fresnes, a través de las localidades de la zona Sur, en medio de una población delirante. Hombres, mujeres, niños abren camino en algunas calles obstruidas por árboles caídos, cargan los troncos de la misma manera que las columnas de hormigas transportan los granos de trigo.

20,45. Llegamos a la Puerta de Italia. Es París. Hay gente en el lugar. Huyen a nuestra vista; nos toman por una columna de alemanes. La plaza se ha vaciado. Parten gritos de las casas: «¡Son los americanos!» Salen todos. Luego se oye. «¡Son franceses!» Es el entusiasmo. Una alsaciana en traje regional se instala sobre la cubierta del jeep del capitán. Pero no estamos allí para efusiones y abrazos. Es preciso enfilar hacia el corazón de París. Guiado por un armenio que conduce un curioso ingenio, el festivo jeep con la alsaciana colocada sobre la cubierta, la pequeña columna se lanza a toda velocidad hacia el Sena, evitando a la vez las barricadas elevadas por la resistencia y los puntos de apoyo alemanes. El fragor de los motores y de las cadenas domina el ruido de algunas detonaciones. Atravesado el Sena por el puente de Austerlitz, recorrida la longitud de los muelles, desembocamos en la plaza del Ayuntamiento. El gran reloj de la fachada del monumento marca exactamente 21 h, 22. El reloj anda según la hora alemana. Todavía es de día. El capitán dispone la columna alrededor del Ayuntamiento para detener un posible contraataque. Luego, junto con el teniente Granel y el soldado Pirlian, entra en el Ayuntamiento de París, sube arriba y penetra en el gran salón donde el estado mayor político de la Resistencia parisiense está reunido, siendo su presidente Georges Bidault. Es el encuentro de los voluntarios de la Francia Libre venidos de ultramar y de la resistencia interior. Momento de intensa emoción. La frenética alegría engendra una bella conmoción. Felizmente, una larga ráfaga de ametralladora disparada desde el exterior, pasa por las grandes ventanas abiertas y destroza la gran araña del salón imprudentemente iluminado. Esto hace volver a las realidades. El ocupante está todavía aquí. No son tres carros Sherman, quince orugas y algunos vehículos quienes pueden destruirlo, capturarlo o cazarlo.

Todas las campanas de París se han puesto a sonar, en último lugar el gran Bourdon de Nuestra Señora. Tocan por la liberación. Noticia todavía prematura que hace salir a los parisienses a las calles y suscita reacciones de los alemanes, nerviosos y desmoralizados. El capitán deja el mando al teniente Granell, y cerrada ya la noche, va a tomar contacto con el estado mayor militar de la Resistencia en la Prefectura de Policía, que ha sido ocupada por policías insurrectos.

La misión ordenada por el general Leclerc ha sido cumplida. Los parisienses saben que los blindados aliados han entrado en París, ignoran cuántos son, pero han tomado confianza de nuevo. A la caída de la noche, un pequeño avión Piper de observación se lanzó en vuelo rasante hasta la Prefectura y lanzó un mensaje. Están allí el general Chaban, el nuevo prefecto de Policía Luizet, y Parodi, que tienen rango de ministro del Gobierno Provisional y que representa al general De Gaulle. En la mañana del 25 de agosto nuestro pequeño destacamento ocupa la central telefónica de Archives. El golpe duro llega en la calle del Temple. De una casa situada al otro lado de la Central, un grupo de soldados alemanes y de civiles abre instantáneamente fuego; el subteniente Elías es herido en pleno pecho; luego el sargento Cortés y el jefe de carro Caron. Este último no sobrevivirá. Elías y Cortés, gravemente heridos, pasarán varios meses en el hospital.

Los diversos destacamentos de la D.B. dirigen la batalla en todo París y suprimen las resistencias alemanas una tras otra. El general Von Choltitz, comandante del Gross París, es capturado y firma la rendición de las tropas situadas bajo su mando. De noche, París está liberado. La capital ha escapado a la destrucción ordenada por Hitler. París, salvado, liberado, intacto, ¡es un verdadero milagro!

Por la tarde, la multitud se agolpa en la plaza del Ayuntamiento. Espera al general Leclerc. Es el general De Gaulle quien se presenta. Es delirantemente ovacionado.

En la mañana del 26 de agosto, se produce el descenso triunfal de los Campos Elíseos, desde el Arco de Triunfo. El general De Gaulle y todos los estados mayores marchan a pie hasta la plaza de la Concordia en medio de una frenética marea humana, difícilmente contenida. Los hombres de la Nueve sobre sus orugas les siguen inmediatamente detrás y aseguran la protección adecuada. En la plaza de la Concordia, los oficiales suben a automóviles y se dirigen a Nuestra Señora. Cuando entran, una ráfaga estalla. El misterio nunca ha sido bien aclarado. Con toda seguridad, algunos tiradores situados en los tejados han abierto fuego sobre el cortejo. Entre la multitud enfebrecida, hay numerosos hombres armados, auténticos resistentes y sobre todo resistentes de última hora inexperimentados, que se han hecho con armas que portaban los alemanes en el momento de su rendición. De entre la multitud, numerosos tiradores hacen fuego hacia los tejados. Hay militares que se mezclan. El petardazo se extiende a través de la ciudad. Será difícilmente calmado. Mucho ruido para tan poca cosa.

Toda la División reposa, repara, se completa, rápidamente rehace sus fuerzas en el Bosque de Bolonia. Son las breves delicias de Capua. Se retrasa el avituallamiento de gasolina. 


De París a Lorena

El carburante y la orden de marcha terminan por llegar. Dejamos el Bosque de Bolonia y París el 8 de septiembre al alba. Marchamos hacia el Este, hacia Lorena, el Rhin y Alemania.

El 12 de septiembre, prosigue el avance, con choques con un enemigo en retirada, que instala defensas escalonadas sobre un terreno difícil, dividido parcialmente, boscoso.

Mientras que el grueso de la División libra una gran batalla de carros en Dompaire, nuestro grupo establece una cabeza de puente sobre el Mosela, en Chatel.

Múltiples combates, a menudo violentos, detienen nuestro avance. Operamos en varios destacamentos de infantería y carros con apoyo de artillería, en coordinación con las autoametralladoras. Estamos muy dispersados, nos desplazamos sin cesar, ocupamos mucho volumen. El 15 de septiembre... Uno de nuestros carros, demasiado avanzado sobre una cresta, recibe un obús. Los españoles consiguen sacar del carro, que explota y arde, a cuatro de los cinco miembros del equipo, muy gravemente heridos y quemados.

El 16 de septiembre a la caída de la tarde, la sección de Campos se repliega y se instala defensivamente unida a la sección de Montoya y los carros de la 501. Minamos con cuidado los itinerarios por los cuales los Panzer alemanes pueden infiltrarse.

Antes de la caída de la noche, los alemanes entablan un ataque en toda regla. El cabo Cortés pone fuera de combate un grueso Panther a golpes de bazooka, después de un verdadero cuerpo a cuerpo con el monstruo de acero. Somos atacados por una división blindada entera. La batalla se endurece; la noche es relativamente clara, sin embargo los blindados enemigos son poco visibles al abrigo de las cubiertas y de los desfiladeros. Con medios muy superiores, los alemanes acentúan su presión. Una de nuestras orugas ha sido tocada, el sargento Díez está mortalmente herido. Dos de nuestros carros arden... Tenemos pérdidas: tres muertos contando al sargento Díez, nueve heridos evacuados, entre ellos el subteniente Montoya. El sargento Fermín Pujol, el hermano de Pujol, Constante, ha sido muerto en Ecouché, se hace curar sobre el terreno. Se niega a dejarse evacuar y vuelve a ocupar su puesto de combate.

En la noche del 16 al 17 de septiembre, hacia las dos de la madrugada, recibimos la orden de replegarnos y volver a cruzar el Mosela antes del alba. Tenemos ante nosotros un adversario demasiado superior en medios. Los hombres están furiosos; tienen la sensación de haber entregado una victoria. Al alba, todos nos encontramos en Nomexy, en la orilla izquierda del Mosela. El enemigo no recuperará Chatel, vacío, hasta la llegada del día. Los alemanes y sobre todo sus siniestros aliados, los milicianos franceses, ejercerán crueles represalias contra los civiles que allí han quedado. Fusilarán en primer lugar al alcalde. Desde la tarde del 18 de septiembre, orden de partida. Volvemos a Nomexy para apoyar a la subagrupación del coronel Cantarel, que ha recibido la misión de recuperar Chatel.

El 19 por la mañana... Progresamos en marcha hacia el Este. Múltiples choques con fuerzas alemanas en repliegue. El teniente Granell lanza con mucha fuerza su destacamento al ataque. Garcés está herido.

El grueso de la División, apoyado por la aviación americana, ha ganado una gran batalla de carros en Dompaire y ha infligido una severa derrota a los alemanes... Nuestro material ha sido puesto a prueba. Nuestros efectivos se han visto reducidos a un total de 136.

El 26 de septiembre, el capitán, el jefe ayudante Campos, el sargento Pujol y el cabo Cariño López son llamados a Nancy, donde el general De Gaulle en persona les condecora.

Cerca de dos meses, vamos a inmovilizarnos. La guerra de posiciones sucede a la guerra de movimientos. Algunos dramas, algunos ataques marcan esta larga espera. La configuración del terreno es favorable a los alemanes, que ocupan los puntos dominantes.

El 14 de octubre, una de nuestras patrullas cae en una emboscada en el pueblo de Menarmont. Su jefe, el sargento Ramón Etarict, un catalán, un as, un hombre cultivado y valiente, y el soldado Vázquez, dos bravos entre los bravos, son muertos. El capitán va a recuperar la patrulla con tres carros ligeros y dos orugas. Al día siguiente, Etarict y Vázquez son inhumados en el pequeño cementerio vosgo de St. Maurice sur Mortagne.

Finales de octubre, la División recibe la misión de ocupar Baccarat y su región. Campos y algunos hombres atacan con bazooka un carro alemán, que se demuestra invulnerable y que responde con el cañón. Campos queda herido. A la izquierda, la sección del sargento-jefe Moreno, que ha reemplazado al subteniente Montoya, avanza con metralleta y con granadas y hace saltar un carro con bazooka. En el centro, Granell dirige al asalto a los infantes de a pie. El cabo Montaner, aislado un momento, es capturado por un grupo de alemanes; finalmente, es él quien va a entregar a sus guardianes como prisioneros. Unos cincuenta cadáveres alemanes han quedado sobre el terreno. Nosotros tenemos también pérdidas (seis muertos, de los cuales tres de la Nueve, y trece heridos, de los cuales cinco de la Nueve). Nuestros muertos, el sargento Careno y los soldados González y Perea, han sido inhumados en el cementerio de Vacqueville.

El 3 de noviembre, el sargento Gualda descubre un documento preciso: el plan alemán de minado de todo el sector. Somos relevados por americanos. Bajo la lluvia y los obuses, abandonamos Vacqueville. Nos instalamos en la pueblo de Azerailles. La mayor parte de las casas está destruida; las otras han sido desvalijadas por los alemanes antes de su marcha.

Llueve. Pateamos en el agua. En el horizonte, percibimos en el cielo gris la línea blanquecina de los Vosgos. Ya nieva. 12 de noviembre: despertar en la nieve, hace frío.

No se prevé de inmediato ninguna misión de envergadura. El general hace partir un primer contingente de permisos para una breve ausencia, entre ellos el capitán, que no ha vuelto a ver a su familia desde la primavera de 1939, y seis suboficiales y soldados.


El camino sobre Estrasburgo y el Rhin

El 16 de noviembre por la mañana, un primer contingente de permisos se va. A las 14,15, llega la inesperada orden: la Nueve forma parte de una subagrupación a las órdenes del teniente coronel La Horie, que tiene por misión ocupar Badonvillers. La compañía reducida va a batirse durante toda la mañana contra un adversario tenaz, mordiente, sólidamente situado, bien provisto de armas. Es preciso rendir las resistencias una tras otra. En el último bastión, el coronel alemán responsable del sector se dispara una bala en la cabeza; los últimos defensores salen y se rinden.

Finalmente, Badonvilliers es tomado, inundado, ocupado. Pero la cuestión ha sido caliente, nos ha costado cara. La compañía ha perdido seis muertos y catorce heridos evacuados, la mayoría gravemente afectados. Entre los muertos, se cuentan antiguos y valerosos elementos como el sargento Bullosa, los soldados Antonio Martínez, Nicolás López...

Las secciones son puestas bajo las órdenes jóvenes suboficiales. Moreno, promovido a ayudante, ejerce las funciones de oficial adjunto.

Leclerc pone a punto su plan: rápidamente, indica a cada columna su itinerario y su misión. El 21 de noviembre por la mañana, la cabeza de columna está dispuesta desperdigarse sobre la llanura de Alsacia. Saverne es desbordado. El camino está conquistado.

Sin dejar al enemigo tomar un respiro, Leclerc lanza lo esencial de sus fuerzas sobre Estrasburgo. La infantería americana sigue en apoyo.

El 23 de noviembre, al levantarse el día, dos agrupaciones de la División se lanzan sobre Estrasburgo por cinco itinerarios diferentes. Misión: ir adelante lo más rápidamente posible, desbordar las resistencias y ocupar el puente de Kehl, el gran paso sobre el Rhin. 10,30: la subagrupación del coronel Rouvillois entra en Estrasburgo. La sorpresa es total: los habitantes se encuentran en sus ocupaciones como un día ordinario. A través de la ciudad, Rouvillois corre a toda velocidad hacia el Rhin, franquea las exclusas y el Petit-Rhin, y llega ante Kehl. La defensa alemana se organiza... El puente salta. La División no ha podido entrar en Alemania por sorpresa. Pero Estrasburgo es conquistado y ocupado intacto... la bandera azul blanca-roja ha sido izada en la punta de la flecha de la catedral de Estrasburgo. El juramento de Koufra se ha realizado. El juramento de Koufra fue pronunciado el 2 de marzo de 1941 por el coronel Leclerc después de la toma de la célebre ciudadela italiana en el corazón del Sahara: «No nos detendremos hasta que la bandera francesa ondee sobre Metz y Estrasburgo.»


El invierno alsaciano

El capitán vuelve a la Nueve el 27 de noviembre, tras su permiso. Ha cambiado mucho. Ya no es la compañía española del principio. Se ha convertido en una compañía franco-española. Muchos de los antiguos ya no están allí: han sido muertos o gravemente heridos. La unidad ha sido probada moralmente: el recuerdo de los camaradas perdidos entristece a soldados y a cuadros; el frío sorprende duramente a estos hombres; de los cuales muchos no han conocido hasta ahora más que el sol y el calor; piensan en España, algunos piensan ir allí y reemprender el combate.

La Nueve tiene un nuevo rostro. El teniente Granell, psíquicamente afectado, dado de baja por enfermedad, ha sido sustituido por el teniente Dehen. La primera sección está mandada por el ayudante Moreno; la segunda por el sargento Calero, que pronto será sustituido por el subteniente Porteres.

De finales de noviembre a finales de diciembre de 1944, la Nueve tomará parte en una serie de encuentros en la llanura de Alsacia, entre los Vosgos y el Rhin, al sur de Estrasburgo. La toma de cada pueblo precisa combates y suscita inmediatos contraataques. La aviación alemana ha vuelto a su actividad. Surge bastante a menudo en vuelo raso y nos ametralla.

Entre las noticias recibidas, un español evadido de Alemania.

El ayudante-jefe Campos ha vuelto recientemente a la compañía. Se pensaba para él la creación de un grupo franco, conveniente a su carácter. Había desaparecido cuando el asunto de Binderheim. Formaba parte de un destacamento que operaba a nuestra derecha. Según su costumbre había partido en patrulla solitaria. No había vuelto. Debió caer en una emboscada. Nadie tendrá ya nunca noticias de él. Este misterio dará origen a una serie de leyendas. El personaje se prestaba: era un fuera de serie.

Fines de diciembre de 1944, somos relevados. La Nueve es puesta en relativo reposo, dispuesta a proseguir a la primera alerta. Hace cada vez más frío; los blindados ya no dependerán de los caminos: podrán evolucionar sobre el suelo helado.

El día 1 de enero, al advenimiento del año 1945, es digna y alegremente festejado. Sin embargo, los hombres y el material han sido duramente castigados. Muchos de los antiguos han desaparecido, muertos o heridos. La unidad necesita un buen reposo para rehacerse moralmente, psíquicamente, materialmente. Se habla de ello; y la 2ª D.B. comienza a ser relevada por una división de infantería del Primer Ejército, la antigua primera División Francesa Libre.

En la noche del 1 al 2 de enero, llega la orden de partida. Los alemanes han contraatacado a través de las Ardenas; aprovechando el mal tiempo, la niebla, la nieve, que impiden salir a los aviadores aliados, han aplastado al Ejército de Patton. El alto mando americano ha decidido rectificar su frente y evacuar Estrasburgo y la Alsacia del Norte. El general De Gaulle, Presidente del Gobierno Provisional Francés,... decide conservar Estrasburgo y Alsacia. Clásico conflicto entre el poder militar y el poder político. La 2ª D.B., que formaba parte del Ejército americano, debía obedecer sus órdenes. Pero, en su calidad de dueño del poder político de Francia, el general De Gaulle encargó al Primer Ejército Francés la defensa de Estrasburgo. Los acontecimientos le dieron la razón. Y la capital de Alsacia escapó a una reocupación que le hubiera costado cara.

En todas las localidades que atravesábamos, los habitantes, desesperados, nos acusaban de abandonarlos y traicionarlos.

Estamos dispuestos para cerrar el camino a una ofensiva alemana. Tenemos que desconfiar de pequeñas unidades enemigas vestidas con uniformes americanos que operan con carros y material americanos.

El 19 de enero, orden de partida. Volvemos a Alsacia. Vamos a finalizar la liberación entre los Vosgos y el Rhin en unión con el Primer Ejército. El tiempo era espantoso: frío, nieve, hielo. Los vehículos, ruedas y cadenas, resbalaban sobre la nieve helada. Los alemanes se defienden ferozmente. 

Al día siguiente por la tarde, la Legión de la 1.° D.F.L. ataca, con el apoyo de nuestros carros y de las secciones de Moreno y Porteres. Durante la noche, la sección de Moreno, instalada en el extremo de un bosque, sufre un ataque de la infantería apoyada por tiros de artillería.

El frío aumenta; numerosos cuadros y soldados tienen los pies helados. Necesitaríamos calzado de nieve; el que ha llegado ha ido a proteger los preciosos pies del personal de los estados mayores y de los servicios. La consigna es mantenerse, liquidando la bolsa y llegar al Rhin.

El 29 de enero nos enteramos que el teniente coronel Putz ha sido muerto. La noticia apena a todo el mundo y en particular a los españoles.

Ahora conocemos una novedad: aviones alemanes de una extraordinaria velocidad, aviones a reacción; una «arma nueva» impresionante; en picado sorprenden y abaten a cada golpe un avión aliado; y sus ataques son impresionantes, las bombas nos caen encima sin que hayamos tenido tiempo de reaccionar.

El frío persiste. Alcanza 22 grados bajo cero. Todavía pies helados.

La sección de Aboville se bate cuerpo a cuerpo con infantes que durante la noche se han infiltrado en el bosque. El 31 de enero, el frío ha disminuido. Igualmente, comienza a deshelar. La tragedia de los pies congelados se termina. El enemigo decrece por todas partes. Parece que se ha defendido duramente para mantener en paso sobre el último puente a través del Rhin que puede utilizar, en Mrckblsheim.

Los fusileros-marinos de la 1ª D.F.L. llegan al puente de Markblsheim sobre el Rhin. No está destruido. En seguida nos enteramos que algunos alsacianos civiles habían imposibilitado concienzudamente al capitán alemán encargado de hacerlo saltar. La orilla alemana aparece abandonada. Único signo de vida: algunas ligeras humaredas que se escapan de los blockhaus.

El 2 de febrero, la Nueve marcha a Selestat. En esta batalla de la bolsa, ha perdido cuatro muertos, once heridos y cincuenta hombres evacuados por graves congelaciones en los pies. Cinco de sus orugas han sido puestas fuera de combate. La batalla de Alsacia ha terminado.


Último acto

Los grandes combates han finalizado. La Nueve se acantona en el pueblo de Vicq Sur Nahon. El capitán es encargado de una misión por el general Leclerc. El teniente Dehen le reemplaza.

La Nueve, ahora comandada por Dehen, promovido a capitán, terminará la guerra en Berghtesgaden, la ciudad santa del nazismo, en el corazón del macizo alpino.

La resistencia alemana solamente se manifiesta por los puentes destruidos. Nuestros destacamentos atraviesan a toda velocidad pueblos empavesados por banderas blancas en los tejados de todas las casas. Los soldados alemanes levantan los brazos y van a reunirse en las carreteras en largas filas de prisioneros que, sin guardianes, van tranquilamente, en buen orden, hacia la retaguardia.

El Obersalzberg, la alta planicie sobre la que los dignatarios nazis y Hitler tienen sus villas, no está intacto: ha sido bombardeado y demolido en parte por la aviación aliada.

Zapadores de la 12.ª Compañía van a izar en el nido de águila de Hitler, allá arriba, sobre el Kehlstein, una gran bandera tricolor que una dama de Alejandría de Egipto había bordado para el capitán Dronne, entonces en el hospital.

Es el fin. Los Ejércitos alemanes de los Alpes han capitulado; una última víctima: el subteniente Peters ha sido abatido, asesinado más exactamente, cuando remontaba una columna que acababa de rendirse.

Los voluntarios españoles de la Nueve contribuyeron a escribir una gran página de historia con su valor y su sangre. Tuvieron la gloria de entrar los primeros en París, de participar en el camino hacia Estrasburgo, y de terminar su epopeya en Berchstesgaden.

Jalonaron su itinerario con las tumbas de sus muertos. Treinta y cinco de ellos fueron muertos en combate o fallecieron por heridas. Más de sesenta fueron heridos.

Tuvieron el valor del soldado. Tuvieron también el valor cívico. La mayor parte de ellos habían sido lanzados muy jóvenes a la guerra civil española. No tenían ninguna formación profesional. No tenían oficio, solamente sabían pelear. Todos se pusieron al trabajo con ardor y corazón. Casi todos se hicieron con una situación envidiable. La mayor parte quedaron en Francia. Otros volvieron a África del Norte, de donde debieron marchar, obligados por los acontecimientos. Otros incluso volvieron a España, como el teniente Granel y el sargento Caballero.

Es para mí una inmensa satisfacción y un gran honor haber sido el compañero de hombres tales, y una gran alegría el volver a verles. Han guardado el recuerdo y la amistad; muchos de ellos se encuentran en el curso de una reunión anual; la Nueve continúa existiendo en las memorias.


Raymond Dronne
Tiempo de Historia nº 85, diciembre 1981