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2354. Pío XII se pronuncia contra el nazismo con unos años de retraso




El 2 de junio de 1945 el Papa Pío XII se pronuncia contra el nazismo, con unos años de retraso, a través de un discurso al Colegio Cardenalicio con motivo de la Fiesta de San Eugenio.


1. Al recibir, venerables hermanos, con viva gratitud las felicitaciones que en nombre de todos vosotros nos ha presentado el venerable y amadísimo decano del Sacro Colegio, nuestro pensamiento nos lleva a seis años atrás, cuando, en esta misma ocasión, por primera vez, después de la elevación de nuestra indigna persona a la Cátedra de Pedro, nos felicitabais en nuestro santo.

2. El mundo entonces estaba todavía en paz, pero ¡qué paz y cuán precaria! Con el corazón llenó de angustia, en la perplejidad y en la oración, nos inclinábamos sobre esta paz como quien se inclina junto a la cabecera de un agonizante y se obstina con ardiente amor para arrancarlo, aunque contra toda esperanza, de las fauces de la muerte.

3. En las palabras que entonces os dirigimos se traslucía nuestro doloroso presentimiento del estallido de un conflicto que parecía hacerse cada vez más amenazador y cuya extensión y duración nadie habría podido prever.

4. El desarrollo sucesivo de los acontecimientos no sólo ha demostrado, incluso con exceso, la verdad de nuestras previsiones más tristes, sino que incluso las ha superado con mucho.

5. Hoy, después de casi seis años, las luchas fratricidas han cesado en una parte al menos de este mundo devastado por la guerra. Es una paz —si así puede llamarse— bien frágil todavía, y que no podrá persistir y consolidarse sino al precio de asiduos cuidados; una paz cuya tutela impone a toda la Iglesia, al Pastor y a la grey, graves y delicadísimos deberes: ¡paciente prudencia, fidelidad animosa, espíritu de sacrificio! Todos están llamados a consagrarse a ella, cada uno en su oficio y en su propio puesto. Ninguno podrá jamás dedicar a ello ni demasiada premura ni demasiado celo.

6. Por lo que toca a Nos y a nuestro ministerio apostólico, sabemos muy bien, venerables hermanos, que podemos confiar con seguridad en vuestra sabia colaboración, en vuestras incesantes plegarias y en vuestra inalterable devoción.


I. La Iglesia y el nacionalsocialismo

7. En Europa la guerra ha terminado; pero ¡qué estigmas ha dejado impresos! Dijo el divino Maestro: «Todos los que injustamente echen mano a la espada, a espada morirán» (cf. Mt 26,52). Y ahora ¿qué es lo que veis?

8. Veis lo que deja detrás de sí una concepción y una actividad del Estado que no tiene en cuenta para nada los sentimientos más sagrados de la humanidad que pisotea los principios inviolables de la fe cristiana. El mundo entero contempla hoy estupefacto la ruina que de aquéllas se ha seguido.

9. Esta ruina Nos la habíamos visto venir de lejos, y muy pocos, creemos, han seguido con mayor tensión de espíritu la evolución y el desenlace rápido de la inevitable caída. Durante más de doce años, entre los mejores de nuestra edad madura, habíamos vivido, por deber del oficio que se nos había encomendado, en medio del pueblo alemán. En aquella época, con la libertad que las condiciones políticas y sociales de entonces permitían, Nos nos dedicamos a consolidar la situación de la Iglesia católica en Alemania. Nos tuvimos así ocasión de conocer las grandes cualidades de aquel pueblo y estuvimos en relaciones personales con sus mejores representantes. Por esto abrigamos la esperanza de que este pueblo pueda alzarse otra vez a una nueva dignidad y a una nueva vida, después de haber alejado de sí el espectro satánico mostrado por el nacionalsocialismo y una vez que los culpables (como ya hemos tenido ocasión de exponer otras veces) hayan expiado los delitos por ellos cometidos.

10. Mientras no se había perdido todavía el último rayo de esperanza de que aquel movimiento pudiese tomar una dirección diversa y menos perniciosa, ya por el arrepentimiento de sus miembros más moderados, ya por una eficaz oposición de la parte que no consentía del pueblo alemán, la Iglesia hizo cuanto estaba a su alcance para oponer un potente dique a la inundación de aquellas doctrinas, no menos deletéreas que violentas.

11. En la primavera de 1933, el Gobierno alemán solicitó de la Santa Sede la conclusión de un Concordato con el Reich; idea que tuvo el consentimiento también del episcopado y de la mayor parte, al menos de los católicos alemanes. De hecho, ni los Concordatos ya firmados con algunos Estados particulares de Alemania (Länder) ni la Constitución de Weimar parecían asegurarles y garantizarles suficientemente el respeto de sus convicciones, de su fe, de sus derechos y de su libertad de acción. En estas condiciones, estas garantías no podían obtenerse sino mediante un acuerdo, en la forma solemne de un Concordato, con el Gobierno central del Reich. Añádase que habiendo hecho el mismo Gobierno la propuesta, hubiera recaído, en caso de una negativa, sobre la Santa Sede la responsabilidad de cualquier dolorosa consecuencia.

12. Y no es que la Iglesia, por su parte, se dejase ilusionar por excesivas esperanzas ni que con la conclusión del Concordato pretendiese en modo alguno aprobar la doctrina y las tendencias del nacionalsocialismo, como fue entonces expresamente declarado y explicado (cf. L'Osservatore Romano, n.174, del 2 de julio de 1933). Sin embargo, hay que reconocer que el Concordato en los años siguientes proporcionó algunas ventajas o, al menos, impidió mayores males. Efectivamente, a pesar de todas las violaciones de que fue objeto facilitaba a los católicos una base jurídica de defensa, un campo donde atrincherarse para continuar enfrentándose, mientras les fuera posible, con el oleaje siempre creciente de la persecución religiosa.

13. De hecho, la lucha contra la Iglesia se iba exasperando cada vez más: era la destrucción de las organizaciones católicas; era la supresión progresiva de las tan florecientes escuelas católicas públicas y privadas; era la separación forzosa de la juventud de la familia y de la Iglesia; era la opresión ejercida sobre la conciencia de los ciudadanos, particularmente de los funcionarios del Estado; era la denigración sistemática, mediante una propaganda arteramente y rigurosamente organizada, de la Iglesia, del clero, de los fieles, de sus instituciones, de su doctrina, de su historia; era la clausura, la disolución, la confiscación de casas religiosas y de otros institutos eclesiásticos; era el aniquilamiento de la prensa y de la actividad editorial católicas.

14. Para resistir a estos ataques, millones de valerosos católicos, hombres y mujeres, se agrupaban alrededor de sus obispos, cuya voz valiente y severa no dejó jamás de resonar hasta en estos últimos años de guerra; alrededor de sus sacerdotes, para ayudarlos a adaptar incesantemente su apostolado a las cambiadas necesidades y circunstancias; y hasta el fin, con firmeza y paciencia, estos católicos opusieron al frente de la impiedad y del orgullo el frente de la fe, de la oración, de la conducta y de la educación francamente católica.

15. Mientras tanto, la misma Santa Sede, sin titubeos, multiplicaba ante los gobernantes de Alemania sus avisos y sus protestas, exigiéndoles con energía y claridad el respeto y la observancia de los deberes derivados del mismo derecho natural y confirmados en el pacto concordatario. En aquellos críticos años, asociando a la atenta vigilancia del Pastor la paciente longanimidad del Padre, nuestro gran predecesor Pío XI cumplió con intrépida fortaleza su misión de Pontífice supremo.

16. Pero cuando, intentados en vano todos los caminos de la persuasión, se vio con toda evidencia frente a las deliberadas violaciones de un pacto solemne y frente a una persecución religiosa disimulada o manifiesta, pero siempre realizada con dureza, el domingo de Pasión de 1937, en su encíclica Mit brennender Sorge, reveló a la vista del mundo lo que el nacionalsocialismo era en realidad: la apostasía orgullosa de Jesucristo, la negación de su doctrina y de su obra redentora, el culto de la fuerza, la idolatría de la raza y de la sangre, la opresión de la libertad y de la dignidad humana.

17. Como toque de trompeta que da la alarma, el documento pontificio, vigoroso —demasiado vigoroso, pensaba ya entonces más de uno—, hizo estremecer a los espíritus y a los corazones.

18. Muchos —incluso fuera de las fronteras de Alemania—, que hasta entonces habían cerrado los ojos ante la incompatibilidad de la concepción nacionalsocialista con la doctrina cristiana, tuvieron que reconocer y confesar su error.

19. Muchos, ¡pero no todos! Otros, en las mismas filas de los fieles, estaban demasiado cegados por sus prejuicios y seducidos por la esperanza de ventajas políticas. La evidencia de los hechos señalados por nuestro predecesor no logró convencerles, y menos todavía inducirles a modificar su conducta. ¿Es acaso una mera coincidencia el que algunas regiones, más duramente castigadas luego por el sistema nacionalsocialista, hayan sido precisamente aquellas en donde la encíclica Mit brennender Sorge había sido poco o nada escuchada?

20. ¿Habría sido tal vez posible entonces, con oportunas y tempestivas providencias políticas, frenar de una vez para siempre el desencadenamiento de la violencia brutal y colocar al pueblo alemán en condiciones de liberarse de los tentáculos que lo estrechaban? ¿Habría sido posible ahorrar de este modo a Europa y al mundo la invasión de esta inmensa marea de sangre? Nadie osaría dar una respuesta segura. Pero, de todos modos, nadie podría acusar a la Iglesia de no haber denunciado y señalado a tiempo el verdadero carácter del movimiento nacionalsocialista y el peligro al cual éste exponía la civilización cristiana.

21. «Quien eleva la raza, o el pueblo, o el Estado, o una determinada forma de Estado, los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana... a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y los diviniza con culto idolátrico, pervierte y falsea el orden de las cosas creado y querido por Dios» (Mit brennender SorgeAAS 29 [1937] 149 y 151).

22. En esta proposición de la encíclica se compendia la radical oposición entre el Estado nacionalsocialista y la Iglesia católica. Llegadas las cosas a este punto, la Iglesia no podía ya, sin faltar a su misión, renunciar a tomar posición ante todo el mundo. Con este acto, sin embargo, se convertía una vez más en «blanco de contradicciones» (Lc 2,34. ), ante el cual los espíritus en lucha venían a dividirse en dos bandos opuestos.

23. Los católicos alemanes estuvieron, puede decirse, de acuerdo en reconocer que la encíclica Mit brennender Sorge había aportado luz, dirección, consuelo y apoyo a todos los que consideraban seria-mente y practicaban coherentemente la religión de Cristo. No podía, sin embargo, faltar la reacción de parte de aquellos que habían sido condenados, y, de hecho, el año 1937 fue para la Iglesia católica en Alemania un año de indecibles amarguras y de terribles tempestades.

24. Los grandes acontecimientos políticos que caracterizaron los dos años siguientes, y después la guerra, no atenuaron en modo alguno la hostilidad del nacionalsocialismo contra la Iglesia, hostilidad que se manifestó hasta estos últimos meses, cuando sus secuaces se lisonjeaban aún de poder acabar para siempre con la Iglesia tan pronto como lograran la victoria militar. Autorizados e indiscutibles testimonios nos tenían informados de estos proyectos, que, por lo demás, se revelaban por sí mismos con las reiteradas y cada vez más adversas acciones contra la Iglesia católica en Austria, en Alsacia-Lorena y, sobre todo, en aquellas regiones de Polonia que ya durante la guerra habían sido incorporadas al antiguo Reich; todo fue allí perseguido, todo aniquilado, es decir, todo aquello a que podía llegar la violencia exterior.

25. Continuando la obra de nuestro predecesor, Nos mismo durante la guerra no hemos cesado, especialmente en nuestros mensajes, de contraponer a las destructoras e inexorables aplicaciones de la doctrina nacionalsocialista, que llegaban hasta a valerse de los más refinados métodos científicos para torturar y suprimir personas con frecuencia inocentes, las exigencias y las normas indefectibles de la humanidad y de la fe cristiana. Era éste para Nos el más oportuno y podríamos incluso decir el único camino eficaz para proclamar en presencia del mundo los inmutables principios de la ley moral y para confirmar, en medio de tantos horrores y tantas violencias, las mentes y los corazones de los católicos alemanes en los ideales superiores de la verdad y de la justicia. Y tales solicitudes no quedaron sin fruto. Sabemos en efecto, que nuestros mensajes, principalmente el de Navidad de 1942, a pesar de toda clase de prohibiciones y de obstáculos, fueron objeto de estudio en las conferencias diocesanas del clero en Alemania y luego expuestos y explicados al pueblo católico.

26. Pero si los gobernantes de Alemania habían resuelto destruir la Iglesia católica aun en el antiguo Reich, la Providencia había dispuesto las cosas de otro modo. ¡Las tribulaciones causadas a la Iglesia por el nacionalsocialismo han terminado con el repentino y trágico fin del perseguidor!

27. De las prisiones, de los campos de concentración, de los penales, salen ahora, junto a los detenidos políticos, también las falanges de aquellos sacerdotes y seglares cuyo único crimen había sido la fidelidad a Cristo y a la fe de sus padres y la valerosa observancia de los deberes sacerdotales. Nos hemos orado ardientemente por todos ellos y Nos nos hemos esforzado con todos los medios, siempre que ha sido posible, para hacerles llegar nuestra paternal palabra de aliento y las bendiciones de nuestro corazón paterno.

28. En realidad, cuanto más se levanta el velo que ocultaba hasta ahora los sufrimientos de la Iglesia bajo el régimen nacionalsocialista, tanto más se evidencia la firmeza, frecuentemente inconmovible hasta la muerte de innumerables católicos y la gloriosa parte que en tan noble lid ha tenido el clero. Aunque no poseemos todavía datos estadísticos completos, Nos no podemos, sin embargo, abstenernos de mencionar aquí, como ejemplo, algunas, al menos, de las abundantes noticias que nos han llegado de  sacerdotes y de seglares que, internados en el campo de concentración de Dachau, fueron hallados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús (Cf. Hch 5,41).

29. En primera línea, por el número y por la dureza del trato sufrido, se hallaban los sacerdotes polacos. De 1940 a 1945 fueron recluidos en el mismo campo 2.800 eclesiásticos y religiosos de aquella nación, entre los cuales el obispo auxiliar de Wladislavia, que murió allí de tifus. En abril pasado quedaban solamente allí 816. Los demás habían muerto, a excepción de dos o tres, trasladados a otro campo. En el verano de 1942 se dio el número de 480 ministros del culto, de lengua alemana, recluidos allí; de los cuales, 45 protestantes, y todos los demás sacerdotes católicos. No obstante el continuo afluir de nuevos internados, especialmente de algunas diócesis de Baviera, de Renania y de Westfalia, su número, a causa de la gran mortandad, a principios de este año, no pasaba de 350. Y no se deben pasar en silencio los pertenecientes a los territorios ocupados: Holanda, Bélgica, Francia (entre ellos el obispo de Clermont), Luxemburgo, Eslovenia, Italia. Indecibles padecimientos han soportado muchos de aquellos sacerdotes y de aquellos seglares por causa de la fe y de su vocación. En cierta ocasión, el odio de los impíos contra Cristo llegó al punto de parodiar en un sacerdote internado con alambre espinoso, la flagelación y la coronación de espinas del Redentor.

30. Las víctimas generosas que durante doce años, desde 1933, en Alemania han hecho a Cristo y a su Iglesia el sacrificio de sus propios bienes, de la propia libertad y de la propia vida, alzan a Dios sus manos en oblación expiatoria. Dígnese el justo Juez aceptarla en reparación de tantos delitos cometidos contra la humanidad, no menos que con daño del presente y del porvenir del propio pueblo, especialmente de la desgraciada juventud, y desarmar, finalmente, el brazo de su Ángel exterminador.

31. Con una insistencia siempre creciente, el nacionalsocialismo ha querido denunciar a la Iglesia como enemiga del pueblo alemán. La injusticia manifiesta de la acusación habría herido en lo más vivo los sentimientos de los católicos alemanes y nuestros mismos sentimientos si hubiera salido de otros labios; pero en los labios de tales acusadores, lejos de ser un agravio, es el testimonio más brillante y más honroso de la oposición firme y constante mantenida por la Iglesia contra las doctrinas y métodos tan deletéreos, por el bien de la verdadera civilización y del mismo pueblo alemán, al que deseamos que, liberado de los errores que lo han precipitado en el abismo, pueda encontrar su salvación en los manantiales puros de la verdadera paz y de la verdadera felicidad, en los manantiales de la verdad, de la humildad, de la caridad, que junto con la Iglesia brotaron del corazón de Cristo.


II. Mirada hacia el porvenir


32. ¡Dura lección la de los últimos años! ¡Ojalá que al menos sea comprendida y resulte provechosa a las otras naciones. Erudimini, qui gubernatis terram! (Sal 2, 10). Este es el anhelo más ardiente de todo el que ame sinceramente a la humanidad. Víctima de un despiadado agotamiento, de un cínico desprecio de la vida y de los derechos del hombre, la humanidad no tiene más que un deseo, no aspira más que a una sola cosa: vivir tranquila y pacíficamente en la dignidad y en el honrado trabajo.

33. Y por esto ansía que se acabe de una vez con ese descaro con el que la familia y el hogar doméstico en los años de la guerra han sido maltratados y profanados; descaro que clama al cielo y se ha convertido en uno de los más graves peligros no solamente para la religión y la moral, sino también para la ordenada convivencia humana; culpa que ha creado sobre todo esas multitudes de desconcertados, de desilusionados, de desesperados, que van a engrosar las masas de la revolución y del desorden, asalariados por una tiranía no menos despótica que aquella que se ha querido abatir.

34. Las naciones, principalmente las medianas y pequeñas, reclaman que se les deje tomar las riendas de su propia destino. Se les puede inducir a que, con plena aquiescencia, en interés del progreso común, contraigan vínculos que modifiquen sus derechos soberanos. Pero después de haber contribuido con su parte, con su larga parte, de sacrificios para destruir el sistema de la violencia brutal, tienen derecho a no aceptar que se les imponga un nuevo sistema político o cultural que la gran mayoría de sus poblaciones resueltamente rechaza.

35. Piensan, y con razón, que la obligación principal de los organizadores de la paz es la de acabar con el juego criminal de la guerra y la de tutelar los derechos vitales y los deberes recíprocos entre grandes y pequeños, poderosos y débiles.

36. En el fondo de su conciencia, los pueblos comprenden que sus gobernantes quedarían desacreditados si al loco delirio de una hegemonía de la fuerza no sucediese la victoria del derecho. El pensamiento de una nueva organización de la paz ha surgido —nadie podría ponerlo en duda— de la más recta y leal voluntad. Toda la humanidad sigue con ansia el desarrollo de tan noble empresa. ¡Qué amarga desilusión sería si llegase a faltar, si resultasen vanos tantos años de sufrimientos y de renuncias, dejando triunfar nuevamente aquel espíritu de opresión, del que el mundo espera, finalmente, verse libre para siempre! ¡Pobre mundo, al que se podía entonces aplicar la palabra de Jesús : que su nueva condición ha venido a ser peor que la antigua, de la que con tanta dificultad había salido! (cf. Lc 11, 24-26).

37. Las condiciones políticas y sociales nos ponen en los labios estas palabras de aviso. Desgraciadamente hemos tenido que deplorar en más de una región muertes de sacerdotes, deportaciones de personas civiles, matanzas de ciudadanos sin proceso o por venganza privada; ni son menos tristes las noticias que nos han llegado de Eslovenia y de Croacia.

38. Pero no queremos perder el ánimo. Los discursos que durante estas últimas semanas han pronunciado hombres competentes y responsables dejan entender que tienen puesta la mirada en el triunfo del derecho, no sólo como fin político, sino también, y más todavía como deber moral.

39. Por esto, Nos de todo corazón dirigimos a nuestros hijos y a nuestras hijas del universo entero una calurosa invitación a la plegaria : que ésta llegue a los oídos de cuantos reconocen en Dios el Padre amantísimo de todos los hombres creados a su imagen y semejanza, de cuantos saben que en el pecho de Cristo late un corazón divino rico en misericordia, fuente profunda e inagotable de todo bien y de todo amor, de toda paz y de toda reconciliación.

40. Como no hace mucho avisábamos, el camino desde la tregua de las armas a la paz verdadera y sincera será difícil y largo, demasiado largo para las ansiosas aspiraciones de una humanidad hambrienta de orden y de calma. Pero es inevitable que sea así. Y tal vez es incluso mejor. Hay que dejar que se apacigüe primero la tempestad de las pasiones sobreexcitadas : «motos praestat componere fluctus» (Virgilio, Eneida 1, 135). Es necesario que el odio, la desconfianza, los incentivos de un nacionalismo extremo, cedan el puesto a la concepción de prudentes consejos, al germinar de planes pacíficos, a la serenidad del cambio de impresiones y a la mutua comprensión fraterna.

41. Dígnese el Espíritu Santo, luz de las inteligencias, dulce Señor de los corazones, oír las plegarias de su Iglesia y guiar en su difícil tarea a quienes, conforme a su elevada misión, se esfuerzan sinceramente, a pesar de los obstáculos y de las contradicciones, por llegar al fin tan universalmente, tan ardientemente deseado: la paz, la verdadera paz digna de este nombre. Una paz fundada y confirmada sobre la sinceridad y la lealtad, sobre la justicia y la realidad; una paz de leal y resuelto esfuerzo por vencer o prevenir aquellas condiciones económicas y sociales que, como en el pasado, podrían fácilmente también en el futuro llevar a nuevos conflictos armados; una paz que pueda ser aprobada por todas las almas rectas de cualquier pueblo y de cualquier nación; una paz que las generaciones futuras puedan considerar con gratitud como el fruto feliz de un tiempo desgraciado; una paz que señale en los siglos un cambio definitivo de dirección en la afirmación de la dignidad humana y del orden en la libertad; una paz que sea como la magna carta que ha clausurado la era obscura de la violencia; una paz que, bajo la guía misericordiosa de Dios, nos haga pasar a través de la prosperidad temporal de manera que no perdamos la felicidad eterna (Cf. Oración del domingo tercero después de Pentecostés).

42. Pero, antes de conseguir esta paz, es también verdad que millones de hombres, en el hogar doméstico o en la guerra, en las prisiones o en el destierro, deben gustar aún la amargura del cáliz. ¡Cuánto anhelamos Nos ver el fin de sus sufrimientos y de sus angustias, la realización de sus deseos! También por ellos, por toda la humanidad, que con ellos y en ellos sufre, se alce al Omnipotente nuestra humilde y ardiente oración.

43. Mientras tanto, nos produce un inmenso consuelo, venerables hermanos, el pensamiento de que vosotros tomáis parte en nuestras preocupaciones, en nuestras oraciones, en nuestras esperanzas, y que, en todo el mundo, obispos, sacerdotes y fieles unen sus súplicas a las nuestras en la gran voz de la Iglesia universal. En testimonio de nuestro profundo agradecimiento y como prenda de las infinitas misericordias y de los favores divinos, a vosotros, a ellos y a cuantos están unidos a Nos en el deseo y en la busca de la paz, impartimos.










1947. Bombardeo de Guernica. Repercusiones: proposiciones de paz de las dos Romas

Si Pearl Harbor fue un terrible golpe para los americanos, podrá figurarse el lector lo que significó para los vascos la destrucción de Guernica, símbolo viviente de todo lo que era más querido por ellos. Era dar en el corazón mismo de la pequeña nación vasca y en el corazón de todos sus hijos, aun en el de aquellos que vivían en las más apartadas regiones del globo. Pero entre Pearl Harbor -objetivo puramente militar- y Guernica -objetivo puramente civil existe una íntima relación, que se hace más palpable después de vividos los cinco años que los separan; ambos son jalones dolorosos de una nueva táctica bélica, salvaje y cobarde, pues si Guernica fue el primer ensayo de destrucción totalitaria, Pearl Harbor ha sido el último, principio y fin de un trágico eslabón de matanzas colectivas, perpetradas por quienes se valieron de la cobardía y egoísmo de las naciones poderosas, para atacar primeramente a los débiles, y por último a los fuertes.

Los resplandores de Guernica arrasada anunciaron al mundo que había comenzado la conquista del continente europeo por la violencia totalitaria; los escombros ensangrentados de Pearl Harbor han sido el anuncio de la conquista de otras partes del mundo. Por muchas millas que separen Guernica de Pearl Harbor, ambas tienen la misma significación histórica, ambas han sido víctimas de los mismos errores suicidas, y ambas marcan con sus cicatrices palpitantes el camino que ha de seguir la humanidad si no quiere verse abyectamente subyugada en una nueva esclavitud. Los hombres de hoy tienen que aprender a leer en ruinas y cadáveres si han de adquirir la ciencia que enseña que tardar es perecer, y más si a la tardanza van unidas las contemplaciones. Muy lejos estaban Guernica y Pearl Harbor, de América o de la India, pero la mística de la historia las ha llevado hasta la puerta misma de todos los hogares. Para la injusticia no hay fronteras ni distancias, y cuando ésta se produce, sea donde sea, es preciso ayudar a extirparla a los que la padecen, pues nadie sabe quién va a ser víctima de su próximo brote. Si quienes debían hubiesen madrugado para no permitir que se perpetrase la inmolación de Guernica, es muy probable que los Estados Unidos no hubiesen tenido que contar los cadáveres de sus hijos asesinados en Pearl Harbor.

Quienes amaban la libertad y la veían amenazada, pronto se dieron cuenta de lo que significaba la destrucción de Guernica. La humanidad empezaba a reaccionar ante aquel aldabonazo macabro que anunciaba al mundo una era de dolor y de lágrimas. Y contemplaba con horror aquel espectáculo de espanto, que al mostrarlo al pueblo americano había hecho decir al senador Borah: "Aquí el fascismo presenta al mundo su obra maestra. Ha colgado en las paredes de la civilización un cuadro, que jamás será descolgado ni se borrará de la memoria de los hombres".

Aquel clamor de indignación que se levantó por doquier, hizo meditar y preocuparse a quienes se habían confabulado para terminar con la libertad en el mundo. El ensayo para perpretar sucesivos asesinatos colectivos les había resultado excesivo. Además, no hay que olvidar que Franco era el paladín de una cruzada que pretendía monopolizar la defensa del orden y la civilización cristiana en oposición al comunismo.

Por eso se produjeron entonces algunos hechos que, a pesar de su importancia, no han sido tratados hasta ahora en ningún libro. Como solamente los conocemos las personas que intervinimos en ellos, voy a permitirme relatarlos sucintamente.

Los actores principales son personas tan venerables como el actual Papa pío XII, y otras dos que, aunque menos venerables, son bastante conocidas: Mussolini y el Conde Ciano. Toda la documentación referente a estos asuntos se halla en uno de los archivos de la Presidencia del Gobierno Vasco en un lugar de Europa que no conviene mencionar. Pero mi memoria es lo bastante fiel para que la confrontación que en su día se haga sea tan exacta como han sido siempre mis afrrmaciones.

Hacia mediados de mayo de 1937, dos semanas después del bombardeo de Guernica, llegó a Bilbao por los aires una personalidad vasca. Nosotros teníamos organizada una linea se servicio aéreo, de un solo avión, que nos unia con el mundo civilizado a los vascos que luchábamos cercados por todas partes. Dicha persona era de mi absoluta confianza y podía prestar oído al enemigo sin comprometer nada. En aquella ocasión traía un encargo delicado y espinoso.

Un diplomático italiano, el Conde Cavaletti de Sabina, había llegado al sur de Francia, tal vez con el pretexto de descansar en alguno de aquellos deleitosos parajes tan codiciados por los italianos, pero en realidad con un encargo del Conde Ciano para mí como Presidente del Gobierno Vasco. Se trataba de una proposición que nacía del propio Mussolini y venía expresada en una nota verbal y en unas ampliaciones que serian ratificadas asimismo de palabra.

La nota verbal expresaba en primer término el deseo del Duce de llegar a una paz separada con los vascos, mediante la entrega -reza textualmente- de Bilbao, a sus tropas, verificada la cual, Italia garantizaba el cumplimiento de unas cláusulas muy humanas para tranquilidad del País Vasco, y de garantía para los miembros de nuestro Gobierno, jefes políticos y militares vascos. Terminaba la nota señalando el procedimiento a seguir para iniciar las negociaciones; yo, como Presidente Vasco, dirigiría a Mussolini un telegrama pidiéndole su intervención, basándome para ello en motivos puramente humanitarios. Se me ofrecia la clave oficial secreta italiana, que podria utilizar libremente.

-¿Qué sucede en Roma? -me pregunte extrañado; mi perplejidad hubiese aumentado de haberme enterado entonces, que al mismo tiempo que del Quirinal se me enviaba aquella proposición, salía telegráficamente del Vaticano un ofrecimiento de paz también dirigido a mi, por el Cardenal-Secretario de Estado monseñor Paccelli, en la actualidad Su Santidad Pío XII. De ello hablaré más adelante.

El amigo vasco me dijo:

-El Conde pide una respuesta lo más rápida posible.

A mí me extrañó que un diplomático interesase la urgencia en asunto tan trascendental, pero a pesar de ello di la respuesta a mi amigo inmediatamente:

-Conteste usted a ese señor -le dije- que los vascos no admitirnos ninguna proposición donde se mencione la palabra rendición.

Y mi amigo se marchó en el avión a Francia, y por el mismo conducto volvió a los pocos días. Vino a verme a la Presidencia.

-El Conde Cavaletti me ha pedido ser recibido por usted aquí -me dijo.

-¿En Bilbao? -le interrogué asombrado.

-Vendría en un avión italiano -continuó-, pero sin colores ni señales de ninguna clase.

-No, por favor -le interrumpí-, ya tenemos bastante con los aparatos italianos que nos bombardean todos los días. Si ese señor lo cree necesario, que venga, pero con usted, y en nuestro avión. Yo garantizo que no le pasará nada.

Tal vez extrañe a alguien esta complacencia mía con el enviado de un Jefe de Estado que nos atacaba sin que nosotros le hubiésemos hecho nada. Pero siempre ha sido norma mia no rechazar una plática, cuando en ella puedo oír algo interesante. Siendo el tema de importancia, acepto parlamento con personas de la más diversa condición. Como yo creo fIrmemente en lo que creo, no tengo miedo a las opiniones ajenas, y en más de una ocasión me han proporcionado útiles enseñanzas. Además, siempre suele quedar algo en el ánimo del contrincante con quien se conversa.

-La proposición italiana -me dijo mi compatriota- es más importante de lo que la nota refleja.

 -¿Más inportante que un ofrecimiento de paz separada? -le argüí.

-Sí -añadió el emisario-, el mismo conde me ha manifestado que, una vez enviado por usted el telegrama al Duce, podrán comenzar las conversaciones en las que se estudiará incluso la posibilidad de un protectorado italiano sobre Euzkadi.

-¡Pero si eso no lo consiguió ni la Roma de Augusto! -le dije sonriendo.

-Pues el Duce pretende intentarlo -continuó el amigo-, y el ensayo vasco le servirá para llegar a idénticas conclusiones con los catalanes, y luego a la paz con la República.

Soy hombre poco inclinado a expansiones de indignación, y como tampoco estaban las cosas para soltar carcajadas, opté por responderle lo más serenamente posible:

-Dígale al conde de mi parte, que mi respuesta anterior queda en pie, y que, en caso de que persista en su idea de venir a Bilbao, que mantengo con la misma firmeza las garantías para su seguridad personal.

Pero todo quedó en nada. Cavaletti de Sabina afirmó al intermediario vasco que le había impresionado la sinceridad de nuestra garantía, aunque él -le dijo- "no hubiera podido garantizarnos lo mismo". Y yo me quedé con las ganas de escuchar de labios del discípulo de Maquiavelo -supongo que lo sería-la explicación de la pintoresca tesis de un protectorado italiano sobre los vascos.

La destrucción de Guernica y la execrable matanza de vascos que había sido perpetrada, tuvo derivaciones de una mayor trascendencia. Se trataba de un pueblo cristiano, de un pueblo ordenado y laborioso poseedor de una vigorosa constitución social, y de un tesoro de tradición democrática y de auténtica libertad. El mito de la Cruzada se venía abajo, amenazando dejar al descubierto a los muchos diablos que se escondían detrás de la Cruz. Había que evitar a todo trance tamaño desastre, que de ocurrir hubiese sumido en desprestigio, más que a los falsos cruzados, a quienes, por ayudarlos, resultaban cómplices de los crímenes de aquéllos. Y para ello, no había otra solución que hacer desaparecer la causa que podía originar el descalabro, lo que podía realizarse de dos maneras: exterminando al pueblo vasco, o apartándolo de la lucha.

El Vaticano, en un noble afán de pacificación, intentó la segunda solución. El Cardenal-Secretario de Estado redactó un mensaje telegráfico que iba dirigido a mí como Presidente Vasco, a juzgar por el tratamiento. Y esto no era de extrañar, por ser yo católico de profundas convicciones que a Dios agradezco.

Invocaba el documento la conveniencia de poner fin a la contienda en beneficio de los altos intereses espirituales comprometidos. La proposición de paz que se me hacia -a la cual calificaba el documento de generosa o humanitaria-, contaba con la aquiescencia de los generales Franco y Mola, según se hacía constar explícitamente en el preámbulo. Se exigia de nosotros la rendición y entrega de Bilbao y del resto del territorio vasco, tal como se hallaba, sin ser destruido. A cambio se nos prometía el respeto de vidas y haciendas para todos los vascos, y la salida al extranjero de los dirigentes políticos y jefes militares. "Las provincias vascas -decia el documento-, disfrutarán del régimen administrativo que tenga la provincia de España más privilegiada" (sic). Terminaba con unas reflexiones redactadas, como todo el documento, en términos pacificadores.

Para un jefe católico, de un país en su casi totalidad católico, la prueba hubiera sido dura, aun cuando la justicia de nuestra causa y nuestra firmeza y lealtad eran suficiente satisfacción para nosotros. Y digo "hubiera", porque yo no me enteré de la existencia de dicho documento telegráfico hasta mucho tiempo más tarde -nada menos que tres años más tarde-, cuando me hallaba en París en el exilio. Un violento artículo -falso desde el principio hasta el fin contra los vascos y concretamente contra mí, debido a la pluma del Padre jesuita J. de Bivort de la Saudee, aparecido en la "Revue de Deux Mondes", del 10 de febrero de 1940, nos descubrió su existencia, así como la de unos hechos absolutamente desconocidos para nosotros.

Lo relatado en el artículo era lo siguiente: Monseñor Valerio Valeri, Nuncio Apostólico en París, fue encomendado por el Vaticano de una misión extremadamente delicada: la de "favorecer unas negociaciones de paz entre el General Franco y el Gobierno de Euzkadi, en vista de que yo no contestaba a un mensaje que se me había enviado desde el Vaticano". "El Quai d'Orsay, así como varios miembros del cuerpo diplomático y algunas personalidades residentes en París prestaron su benévolo concurso. Entre ellas un antiguo jefe de Estado -el ex Presidente de Méjico señor de la Barra-jugó un papel de primer plano." Fue a fines de febrero y en el curso del mes de marzo de 1937, tiempo en que el Cardenal Gomá actuaba oficiosamente de Nuncio cerca del General Franco. Algunas semanas más tarde (por aquellos días Guernica fue arrasada) el Primado de España hizo cuanto estuvo de su parte para que el Generalísimo de los Ejércitos Españoles propusiera al Gobierno Vasco unas condiciones de paz aceptables, y elaboró con el General Mola un proyecto que fue sometido al General Franco.

Tres eran los puntos que se proponían al señor Aguirre para que la paz fuese aceptada: 1.º, se respetarían vidas y bienes a todos aquellos que depusieran sus armas; 2.°, se facilitaría la huida de los jefes; 3.º, serían sometidos a los Tribunales Militares Ordinarios únicamente los autores de crimenes de derecho común.

No solamente el General Franco dio su aquiescencia para que dichas proposiciones fuesen hechas al Gobierno Vasco, sino que en un gesto de magnanimidad añadió otras dos más: 1.º, las Provincias Vascas disfrutarían de los mismos privilegios económicos, políticos y jurídos que Navarra, la provincia más privilegiada de España; 2.º, las mejoras económicas y sociales de las Provincias Vascas serian respetadas y aplicadas siguiendo las directrices de la Encíclica Rerum Novarum, a medida que la situación financiera de España lo permitiese.

Si estas condíciones no eran aceptadas antes de la ruptura del cinturón de Bilbao, el ejército nacional entraría en esta villa en plan de conquista.

Este proyecto fue oficialmente comunicado al señor Aguirre. Una alta personalidad eclesiástica española partió inmediatamente para San Juan de Luz y Biarritz con intención de entrevistarse con el Canónigo Onaindia, cuya influencia sobre el Gobierno Vasco podía ser factor importante para la aceptación de las proposiciones. Después de quince días, éste (sic) pidió que dos cláusulas fuesen añadidas a las proposiciones del General Franco: 1.º, El Presidente del Gobierno de Euzkadi no sería considerado como un traidor, y 2.°, se guardaría un secreto diplomático sobre estas negociaciones y condiciones de rendición.

El General Franco respondió que él no trataba sino sobre condiciones generales de rendición y no de intereses particulares. Por otra parte, él había prometido actuar para favorecer la huida de los jefes. En respuesta a la segunda demanda se comprometía a guardar el secreto.

El señor Aguirre exigió todavía una condición más. Pretendía que todas las cláusulas fuesen garantizadas oficialmente por una potencia extranjera. Esta condición fue rechazada por los jefes nacionales como deshonrosa para ellos. Era ya el mes de mayo de 1937 ...

He aquí el relato que nos dejó petrificados. Estábamos ya en febrero de 1940, y yo, el principal personaje de todas estas supuestas negociaciones, nada sabía de todo ello. Llamé al Canónigo señor Onaindia. Tampoco él sabía nada. ¿Qué persona o grupo de personas habían cometido la incorrección de suplantar mi autoridad? ¿Quién les había autorizado a enviar unas contraproposiciones reñidas con mi dignidad y mi honor? O si no, ¿qué es lo que se tramaba en las sombras? ¿Quién había inventado toda esta burda historia?

Pero algo más importante había aún; era un telegrama que el Cardenal Paccelli me había enviado directamente a mí, en vista del fracaso de las mencionadas "negociaciones". Con el fín de aclarar la verdad, rogué al señor Onaindia visitara al Nuncio en mi nombre para pedirle una entrevista. Tenía verdadero empeño en desentrañar todo este misterio. El Nuncio contestó que "siendo yo para él una personalidad política oficiosamente reconocida en París", tendria que consultar al Vaticano antes de aceptar mi visita. Encargó también al señor Onaindia que me comunicara que creía en absoluto en mi ignorancia sobre el asunto en cuestión. Le mostró entonces el texto del telegrama dirigido a mí por el Cardenal Paccelli en los primeros días de mayo de 1937 del cual no quiso entregar una copia al señor Onaindia, quien lo retuvo en la memoria casi íntegro.

Hicimos toda suerte de averiguaciones para dar con el paradero del citado telegrama y al fin dimos con la explicación. Había sido enviado por el Vaticano a Barcelona vía Roma, en lugar de hacerlo, como supongo que sería su intención, por el cable submarino Londres-Bilbao, pues en Barcelona funcionaban los servicios telegráficos del Gobierno de la República Española. Además se trataba de un mensaje abierto, sin clave alguna, es decir, fácil de comprender por cualquiera que lo leyera. Cuando nos enteramos de ello -habían ya transcurrido tres años- no podíamos comprender que la diplomacia vaticana, siempre tan previsora y sutil, hubiese actuado tan ligeramente en un asunto de semejante transcendencia.

Es fácil comprender lo que había sucedido con el telegrama. Tan pronto como llegó a Barcelona, el telegrafista que lo recibió dio cuenta de su contenido al Gobierno de la República Española, que a la sazón se encontraba en Valencia. Hubo consultas y hasta secreto jurado entre los miembros del Gabinete que conocieron su texto. Se reunieron secretamente con excepción del ministro vasco señor Irujo, el catalán señor Ayguadé, el señor Prieto, según me lo aseguró él mismo, y quizá algún otro ministro, por no haber sido convocados. Acordaron silenciar el telegrama sin darme traslado del mismo, colocándome en situación de conciencia en que me habían dejado quienes se comportaban de manera tan poco digna. Entre la desvergüenza de quienes se atribuyeron mi autoridad para tratar de unas condiciones de paz que yo desconocía, y la deplorable conducta de los que interceptaban telegramas dirigidos a personas de responsabilidad, consiguieron que los vascos y más concretamente yo, apareciésemos ante el Vaticano como un pueblo incivil, que ni siquiera tenia la cortesía de contestar, aunque no fuera más que para agradecer la intervención y rechazar las ofertas.

El Nuncio, Monseñor Valerio Valeri, que anteriormente había demostrado su afecto hacia los vascos en ocasiones de tribulación para éstos, no solamente aceptó nuestras explicaciones y reconoció la veracidad de las pruebas que le sometimos, sino que admitió también que en la visita que el ex Presidente mejicano señor de la Barra había hecho al Delegado del Gobierno Vasco en París, aquél se limitó a una exploración diplomática tan vaga que ni siquiera nombró a la persona que le enviaba, ni mostró documento alguno. Hizo lo que otras muchas personas de buena intención, que con autoridad o sin ella se acercaban a nosotros en aquella época, para hacernos preguntas de este tenor: "¿Pero no creen ustedes que ya es hora de que termine esta terrible guerra?". "¿Cómo podría llegarse a encontrar una fórmula de paz?", etc.

Herido en mis más íntimos sentimientos, redacté entonces un largo escrito dirigido al Cardenal Maglione, Secretario de Estado del Vaticano, para que fuese entregado al Santo Padre. En él hacía una historia documental de los hechos acaecidos, poniendo en claro la conducta correcta de los vascos, al mismo tiempo que pedía con apremio se me diesen los nombres de aquellas personas que habían suplantado mi personalidad, manchando mi honor de hombre y de vasco. Este escrito fue entregado en la Nunciatura de París el 7 de mayo de 1940. No hubo posibilidad de una respuesta, porque la catástrofe de Francia se produjo pocos días después, y, con ella, mi desaparición aparente del mundo de los vivos.

He traído conjuntamente a colación estos dos episodios en que intervienen las dos Romas, la cristiana y la pagana, para mostrar cómo ambas en competencia quisieron llegar a una paz con los vascos. La causa que motivó ambos intentos de pacificación fue la misma: la enorme repercusión que tuvo en el mundo la destrucción de Guernica. Pero las razones psicológicas eran diferentes: por un lado, un Duce que hacía la merced de brindar la paz a un pueblo injustamente agredido por él, y por otro lado, un Papa que percibe claramente todo el significado de la lucha de un pueblo que defiende su libertad aun cuando haya sido atacado en nombre de la civilización cristiana, siendo ese pueblo un pedazo auténtico de dicha civilización.

Las claras mentes del anciano Papa y del Cardenal Pacelli comprendieron con certera visión de futuro el drama de nuestro pueblo, pero mal pudo tener eficacia su afán de pacificación que, como queda expuesto, ni llegó siquiera a conocimiento del Gobierno de Euzkadi.

Fue tal vez providencial, además de ser ejemplar y edificante, que un pueblo auténticamente religioso, como es el vasco, se mantuviese en la lucha al lado de la libertad y la democracia, demostrando así a los recelosos y a los equivocados que la libertad y la fe caben juntamente en el corazón de los hombres. Para que la humanidad no olvide esta verdad, han luchado y siguen luchando los vascos. Toda la sangre y lágrimas que vertieron, todos los dolores y amarguras que padecieron y padecen los darán por bien empleados, si con ello han contribuido a que la fe y la libertad puedan vivir hermanadas en el alma humana, evitando así la destructora labor de quienes se arrogan la representación de Dios, al mismo tiempo que niegan a Cristo.


José Antonio Agirre
De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, 1942










1498. Discurso de Pío XII a los oficiales y soldados españoles (Los vencedores)

El 11 de junio de 1939, Pio XII recibe en el Vaticano a soldados españoles, y voluntarios italianos que han combatido en la Guerra  de España.


Bienvenidos seáis, Jefes, Oficiales y soldados de la Católica España, hijos Nuestros muy amados, que habéis venido a proporcionar a vuestro Padre un inmenso consuelo. Nos consuela ver en vosotros a los defensores sufridos, esforzados y leales de la fe y de la cultura de vuestra patria, que, como os decíamos en Nuestro Mensaje-Radio, «habéis sabido sacrificaros hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la religión».

Al veros ante Nos cubiertos de gloria por vuestro valor cristiano, Nuestro pensamiento se dirige sobre todo a vuestros compañeros que murieron en campaña, y Nuestro corazón de Padre se conmueve ante le generosidad da tantas madres y ante las lágrimas de tantos huérfanos, a quienes la muerte ha privado de sus seres más queridos. Decidles de Nuestra parte que unan sus penas a las de la Virgen de los Dolores y las ofrezcan a Dios con cristiana resignación por la paz del mundo.

Recordamos aquellos días de amargura en que «la sombra de la patria vacilante» —patriae trepidantis imago en frase del poeta cordobés Lucano—, os hizo comprender que España, sin hogares cristianos y sin templos coronados por la cruz de Jesucristo, no sería España, aquella España grande, siempre valerosa y más que valerosa caballeresca y más que caballeresca cristiana. Y al resplandor de ese pensamiento quiso Dios que brotaran en vuestro corazón generoso dos grandes amores: el amor a la religión que os garantiza la eterna felicidad del alma, y el amor a la patria que os brinda el bienestar honesto de la presente vida.

Estos dos amores han sido los que encendieron en vosotros el fuego del entusiasmo, lo mantuvieron vigoroso en las horas del sacrificio y lo llevaron finalmente con valor al triunfo del ideal cristiano y a la victoria.

Recordando aquel pensamiento de S. Juan de la Cruz : «el alma que anda en amor ni cansa ni se cansa», Nuestro más vivo anhelo es, que esos mismos dos amores os alienten en la tarea de reconstruir la patria, emulando y a ser posible superando las tradiciones católicas de su glorioso pasado.

Con la firme esperanza del Apóstol S. Pablo, de que «el Dios de la paz y del amor estará con vosotros» (2Cor, 13, 2) y en prenda de abundantes gracias, hacemos que descienda sobre vosotros y sobre las personas y cosas que tenéis en el pensamiento o lleváis en el corazón, sobre el Generalísimo y sus fieles cooperadores, sobre estas Damas enfermeras, que os han asistido, sobre vuestras familias y sobre todos los fieles de la Católica España, Nuestra Bendición Apostólica.


Pío XII
11 de Junio de 1939









857. Obispos perplejos, el concilio curioso y Franco irritado

El Vaticano II puso en evidencia la estrecha relación de los prelados españoles con la dictadura, con gran desprestigió para los protagonistas.

Juan G. Bedoya - 20 OCT 2012 - El País.

“Cuando los obispos españoles intervenían en el aula conciliar, los padres conciliares aprovechaban para salir al baño”, escribió el dominico francés Yves Congar, uno de los grandes artífices intelectuales del Vaticano II por encargo del papa Juan XXIII. Creado cardenal a los 91 años (en 1994) por Juan Pablo II, podría pensarse que apreciación tan dura de Congar estuvo guiada por su proverbial dureza de trato, cargada de razones contra todo totalitarismo fascista por los cinco años que estuvo prisionero en un campo de concentración nazi. Que gran parte de los prelados españoles “vendiesen la figura de un dictador como el gran salvador del Cristianismo” (así escribió), le parecía execrable. Europa, librada sangrientamente de la infamia nazi-fascista y en plena guerra fría contra el totalitarismo comunista soviético, llevaba dos décadas en la dirección opuesta.

Los obispos españoles vivieron el Concilio Vaticano II ( 1962 a 1965) perplejos o avergonzados. Sin comprender gran parte de los documentos del concilio. Resistentes, la inmensa mayoría, a los cambios ordenados por el Vaticano. Preocupados por la reacción del jefe del Estado, el dictador Francisco Franco, al que debían, muchos de ellos, el rango episcopal. Comprometidos a cumplir lo mandado por el Papa, pero sin idea de cómo compaginarlo con el patriotismo católico (nacionalcatólico) surgido de un golpe de Estado criminal que seguían bendiciendo como una gloriosa cruzada cristiana.

Si la convocatoria del Vaticano II supuso una sorpresa para la mayoría de los 2.540 obispos de todo el mundo con derecho a ser padres conciliares (hoy son casi el doble), fue, en cambio, un mazazo para los jerarcas del catolicismo español. Su papel en Roma, entre 1962 y 1965, no iba ser muy brillante, sentados con mucha improvisación y mucha ignorancia teológica en los escaños del graderío central de la basílica de San Pedro. Ante los ojos del mundo, por primera vez mediante la televisión, allí oyeron hablar en positivo de libertad religiosa como uno de los derechos humanos, de tolerancia, de misericordia ante el error y de la iglesia del pueblo. Era justo lo contrario de lo que predicaban en sus diócesis, bien por convicción personal, bien forzados por el régimen militar que les había aupado y los trataba como a príncipes, colmándoles de privilegios a cambio de fidelidad. Salvo muy contadas excepciones, su papel en el Vaticano fue irrelevante, a veces incluso extravagante. Eran seis cardenales, un patriarca, 10 arzobispos y 69 obispos, muchos por encima de los 80 años de edad y con un gran complejo de inferioridad pese a llegar cargados de un mesianismo nacionalcatólico. Muchos creían tener una misión nacional, como sus antecesores en Trento, y estaban dispuestos a cumplirla sin contemplaciones. Pronto bebieron del cáliz de la amargura, cuando toparon con el desprecio de muchos de sus colegas o, como mucho, con la curiosidad infantil del resto, que creía que la España de Franco era como “la Rusia de Stalin pero con muchos curas”.

El famoso obispo de Chiapas, Samuel Ruiz, que llegó al concilio con apenas 35 años, contó cómo impresionó en el aula conciliar un documento sin firma en el que se denunciaba que en España había curas en las cárceles por hablar vasco y catalán, y torturas terribles, y persecuciones y fusilamientos por razones puramente políticas. “Pensamos que era una calumnia. Franco se nos presentaba como una especie de libertador ante el comunismo. Pero supimos que algunos obispos habían suspendido su estancia en Roma para volver a España, se dijo que para ver a Franco antes de actuar”.

Muchos vinieron a ver a Franco, efectivamente: los arzobispos Casimiro Morcillo (Madrid) o Pedro Cantero Cuadrado (Zaragoza), ex capellán de Caballería y procurador en Cortes por designación de Franco en el momento del concilio, entre los principales. El dictador les advirtió sobre las “calamidades” que ocasionaría a España la inminente proclamación conciliar de la dignidad humana y la libertad religiosa como derechos humanos irrenunciable. En la España nacionalcatólica se había fusilado a protestantes, judíos y masones, y muchas personas seguían encarceladas por sus creencias religiosas. Franco también les dijo que era inasumible la anunciada separación Estado-Iglesia.

Cuenta en sus memorias el fallecido arzobispo de Pamplona, José María Cirarda, que cuando los padres conciliares entraban en la basílica de San Pedro para votar la declaración Dignitatis Humanae se encontró al obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain. Estaba pálido. Rezaba "para que Dios intervenga para impedir la aprobación de dicha declaración". ¿Cómo podrá hacer Dios tal cosa? Pildain contestó a Cirarda: "Utinam ruat cuppula Santi Petri super nos", haciendo caer sobre los presentes la cúpula de San Pedro. Eran tiempos en los que los obispos sabían latín. Cirarda había sido antes obispo de Bilbao y Santander, y fue objeto del insólito y brutal anticlericalismo de derechas de la época. Fue también el prelado encargado por la Curia vaticana de comparecer ante la prensa en español para contar cómo iba el concilio.

Desprestigios o irrelevancias aparte, es un lugar común que el Vaticano II fue un amargo trago para buena parte del episcopado español. Esto escribió otro gran teólogo en aquel concilio, el jesuita alemán Karl Ranher: “La mayoría de los obispos españoles piensan que solo venimos a abolir el Vaticano I. Son una suerte de monofisitas papales que nos consideran a nosotros (los partidarios de una reforma) como nestorianos episcopalistas”.

También son críticos algunos protagonistas españoles. Esto dijo el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que tenía entonces 55 años y reconoció más tarde que en las dos primeras sesiones conciliares estuvo “un poco desconcertado”. “En el episcopado había un grupo que era claramente carca. Estaban en contra de todo lo que oliese a novedad. Creían que todo aquello desautorizaba al Estado español. Cuando en la primera sesión del concilio (1962), alguien, no se supo quién, distribuyó en el aula una especie de panfleto antifranquista, se molestaron mucho e incluso llegaron a preparar un documento de réplica en el que se defendía a Franco. No llegó a prosperar. Entonces era Fraga ministro de Información y esperaba aquel documento para difundirlo a todo tambor. Hubiera sido tremendo que la impresión de nuestro pueblo fuera la de que los obispos habíamos ido al concilio para defender a Franco”.

Tarancón remacha la idea incluyéndose a sí mismo. “La unidad católica era para nosotros como la base de la realidad de España. Era casi un dogma católico-patriótico. Confundíamos el régimen con España. Criticar a Franco era criticar a España”. Habían aprendido la consigna por boca del responsable de propaganda del régimen en aquel momento, Manuel Fraga Iribarne, que, para que lucieran como se merecía España en la Roma del concilio, les abrió a los obispos una lujosa oficina de dos pisos en la avenida Gregorio VII, a tiro piedra del Vaticano. Incluso les recomendó un director de oficina, el sacerdote Jesús Iribarren. Duró poco en el cardo.

Cuenta en sus memorias el arzobispo Cirarda: “Todo marchó bien el año 62, pero en la primavera del 63, don Jesús publicó en Ecclesia (la revista de los obispos) un artículo que molestó al ministro. Informaba sobre un congreso de periodistas católicos en Paría, en el que se denunció abiertamente la falta de libertad de la prensa en España”. Fraga se juró entonces que el tal Iribarren nunca llegaría a obispos. En realidad, el temperamental ministro de Información y Turismo de Franco se jactaba con frecuencia de dar o quitar él mismo tan preciado rango eclesiástico. Iribarren, por tanto, nunca fue obispo. Pero Fraga no pudo cortarle las alas. Al contrario, en 1968 fue elegido secretario general de la Unión Católica Internacional de la Prensa y vivió en París, sede del organismo, hasta que en 1972 los obispos lo eligieron secretario general de la Conferencia Episcopal Española, a instancias del cardenal Tarancón, su presidente. Ocupó ese cargo hasta 1982.

Quien peor lo pasó en Roma los tres años del Vaticano II fue el cardenal primado de Toledo, Enrique Pla i Deniel (Barcelona, 1876 - Toledo, 1968). Franquista empedernido, inmisericorde con los vencidos, fue el primero que bendijo el criminal golpe militar de 1936 como una cruzada de “los hijos de Dios contra la España de los sin Dios, de los hijos de Caín, contra la no España”. Lo hizo bien temprano, el 30 de septiembre de 1936, en Salamanca, de donde era obispo diocesano, con una pastoral de título agustiniano: ‘Las dos ciudades’. Fue en su palacio episcopal donde el golpista general Franco instaló el cuartel general en los primeros meses de la guerra, hasta su traslado a Burgos.

Pla i Deniel volvió a la carga con una interpretación teológica y moral del resultado de una guerra ganada por los suyos con la inestimable ayuda de la Alemania de Hitler (nazismo), la Italia de Mussolini (fascismo) y miles de soldados moro-musulmanes. ‘El triunfo de la ciudad de Dios y la resurrección de España”, tituló en 1939 la nueva pastoral. Aprovechaba sin pudor para pasar la cuenta al nuevo régimen, con exigencias nada baratas: sostenimiento del culto y el clero mediante el Presupuesto del Estado, la pronta recristianización de España y la inmediata restauración del fuero eclesiástico. No hizo un gesto de disgusto cuando Franco prohibió publicar en España la encíclica ‘Mit brennender Sorge’ (en alemán ‘Con ardiente inquietud’), de Pío XI contra el nazismo.

Solo incumplió la orden el obispo de Calahorra-Logroño, Fidel García, y lo pagaría bien caro. Fue uno de los pocos prelados españoles que lucieron en el concilio, al que llegó desde su retiro con los jesuitas en la Universidad de Deusto (Bilbao). Por enfrentarse a Franco, la policía secreta le montó un simulacro de pendencia, con un doble del prelado que, con sotana episcopal, recorría los prostíbulo de Barcelona e, incluso, los de París. Asqueado por la falta de apoyo de sus colegas (el arzobispo Modrego, de Barcelona, llegó a creer la patraña policial), abandonó su cargo y se recluyó en Deusto. La revancha la tomó en el concilio, donde brilló muy por encima de sus hermanos antiguos colegas, sobre todo en defensa de la libertad de conciencia y contra la persecución de las otras religiones.

Sobre los calvarios del obispo Fidel García con el régimen franquista hay ya varios libros, entre otros el escrito por un magistrado del Tribunal Superior de Madrid, Antonio Arizmendi, junto al historiador Patricio de Blas. Se titula Conspiración contra el obispo de Calahorra. Denuncia y crónica de una canallada (Editorial Edaf). Arizmendi es hijo del abogado de la diócesis de Calahorra cuando Fidel García decidió dimitir. Su queja principal es que los obispos actuales tampoco están interesados en la verdad ni en rehabilitar el buen nombre de su ilustre predecesor. Franco, remordido años después, ordenó a su ministro de Justicia que ofreciese una reparación moral al prelado. Pero las disculpas tenían que quedarse en privado. El obispo rechazó el insólito ofrecimiento, de nuevo asqueado. Quien peor se portó fue el cardenal Tarancón, “un amigo fiel de Franco”, según Arizmendi. En carta de 14 de febrero de 1982, el cardenal le dice a éste: “Monseñor Fidel García fue un gran obispo, pero la verdad es que no sé cómo se pueden encauzar las cosas para reivindicar su memoria”.

Tampoco se solidarizó Pla con el cardenal Isidro Gomá, primado de Toledo, censurado también por el dictador cuando, en un gesto de arrepentimiento, quiso publicar en enero de 1940 la pastoral ‘Lecciones de la guerra y deberes de la paz’. “La guerra civil ha sido un castigo; ahora es indispensable llegar a una reconciliación si queremos evitar los daños que el odio ha producido”, escribía Gomá. Murió meses después, completamente abatido, y Franco firmó su esquela a media página en el Boletín Oficial del Estado del 24 de agosto ordenando que se le tributasen “los honores fúnebres que las ordenanzas señalan para el Capital General que muere en plaza donde tiene mando en jefe”. Su sustituto en la primatura episcopal fue Pla i Deniel.

Se supone la cara de pasmo que debió poner Pla cuando en visita al Vaticano, siendo ya primado de Toledo y cardenal, el arzobispo Giovanni Battista Montini, la mano derecha de Pío XII en política exterior y futuro papa Pablo VI, le dijo que su petición de acabar en España “con los hijos de Caín” (según Pla, la otra España que partía en mitades), era “poco cristiana” y debía ser “rectificada de inmediato”. Pla se defendió. Según él, Franco salvó a la Iglesia; Franco paga la reconstrucción de templos y nos construye seminarios (5.106 millones en ese apartado, ofrece el dato); Franco paga salarios, Franco ha entregado a los obispos la enseñanza primaria y secundaria...

El futuro Papa corta: “Bien, entiendo. Pero la cizaña no puede extirparse. La cizaña ha de convivir con el trigo para que la bondad de este sobresalga”. El Vaticano aspiraba a la reconciliación de los españoles y está suficientemente demostrado que el objetivo del franquismo y de la jerarquía de la Iglesia católica del momento fue impedir esa reconciliación. Es a partir de esa visita de Pla al Vaticano, cree Tarancón, cuando Juan XXIII y su cardenal preferido, Montini, al que ya ve como su sucesor en la silla de Pedro, deciden que hay que preparar un golpe de mano en el episcopado español, poniendo al frente a personas que, poco a poco, vayan separando a la Iglesia católica de dictadura tan poco cristiana. El liderazgo lo asumirá Tarancón, que cumplirá en encargo con habilidad vaticana. “Franco no tiene futuro. La Iglesia española, si quiere sobrevivir a su régimen y a su muerte, deberá irse separando poco a poco, pero completamente”, le dice Montini, textualmente. Cuando el régimen franquista percibe la operación, hay un debate en presencia de Franco sobre cómo reaccionar. Franco se desespera por lo que escucha. Le dice más tarde a su ministro de información y propaganda, Manuel Fraga: “¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa? ¿Acaso cree que soy un payaso de circo?” Pronto el régimen abrirá una cárcel en Zamora solo para curas, condenados por predicar en euskera, catalán o gallego, por homilías contra la tortura, o por que exigir libertades para sus fieles.

Había otro factor que explica la proverbial incompetencia intelectual de buena parte del episcopado español. Es que no formaron equipo ni se prepararon para tan especial acontecimiento eclesial. Lo subraya Martín Descalzo. “Cada cual presenta el voto que Dios le inspira, sin tratarlo con nadie, mirando no sólo al bien de la Iglesia, sino también al efecto psicológico en la propia Diócesis. No tienen contacto. No planifican las tareas, ni hacen la distribución de temas”.

Era un episcopado sin cabeza. Escribe en sus Memorias uno de los obispos asistentes, Jacinto Argaya, prelado de Mondoñedo-Ferrol. “Hemos venido sin dirección, especialmente porque, siguiendo una costumbre jerárquica inveterada se suponía que el líder tenía que ser el obispo más anciano y, en este caso, su situación era casi senil”. Se refiere al cardenal Pla y Deniel, de 88 años.

Añade el obispo Argaya: “El Episcopado español, colectivamente, no se mueve ni se prepara. Falta dirección, está prácticamente acéfalo por la extrema ancianidad del Primado. Habremos de actuar en francotiradores. Pla está decrépito. Me ha dado pena ver que cargo de tanta responsabilidad esté en manos tan débiles y en tan envejecida cabeza. Realmente, entre cardenales de curia, arzobispos y obispos, con cargos de altísima responsabilidad, hay algunos decrépitos y casi acabados por los años -dignos por otra parte, de toda veneración- a quienes en el mundo civil, político o económico, no se les confiarían, ciertamente, cargos de dirección o de mando. Es evidente que hay que rejuvenecer y hacer más vigorosa la dirección de grandes diócesis y congregaciones romanas. No debe estar la Iglesia posconciliar regida por una gerontocracia”.

Antes de abrirse el concilio, el episcopado español ya había presentado sus credenciales de recelo al proyecto de aggiornamento’de Juan XXIII. El Vaticano, por orden del Papa, les había consultado (como a todos los obispos del mundo) sobre qué temas debería tratar el Concilio. Casi todos se limitaron a pedir la condena solemne del comunismo y la intensificación de la devoción a la Virgen.

Los obispos españoles llegaron también a Roma muy huérfanos de asesores y peritos en teología. Escribe Argaya: “Regreso del Vaticano con el eclesíologo padre Salaverri, S.J. Reunión vespertina de los obispos españoles, bajo la presidencia de los cardenales. No he observado en la deliberación ni criterio único ni peso en la dirección. Los consultores Jiménez Urresti y Peinador han leído dos estudios, contradictorios entre si. En general, hemos vivido físicamente aislados del Episcopado mundial. Este alejamiento ha sido debido a que, ordinariamente, no poseemos más idiomas fuera del patrio y del latín… Hay que atribuir este relativo aislamiento al complejo de inferioridad que los españoles, incluidos los obispos, llevamos en la masa de la sangre”.

Enfrente, se alzaban los episcopados de la Europa católica de los años 60, rodeados de teólogos de alto renombre: Rahner, Schilleebec, Von Baltasar, Yves Congar, De Lubac, Chenou, incluso los más jóvenes Hans Küng y Joseph Ratzinger, que llegaban juntos (jerarquía y pensadores) curtidos ya en palabras como renovación y aggiornamento, decididos a hacer la Reforma de la Contrarreforma.