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2708. Contra el Arte

Luis Quintanilla en New York

Luis Quintanilla, el gran pintor y dibujante español, que durante los primeros quince meses de la contienda fué uno más de los defensores de la libertad de España con las armas en las manos, se halla ahora en New York. De sus contactos con las trincheras ha traído ciento quince dibujos, cuadros, apuntes, etc. Invitado y auspiciado por los artistas norteamericanos, ha expuesto los mismos en New York. Ha tenido tanto éxito que la Editorial "Moder Age Books" ha firmado con él un contrato para publicar sus dibujos en una edición de cincuenta mil copias. Llevaran un prólogo del gran escritor Emest HeminwayQuintanilla pronunció recientemente una conferencia sobre arte en la España republicana, de la cual ofrecemos los siguientes párrafos.

  
"Y he explicado, en más de una ocasión, la indiferencia que sentían las clases privilegiadas de España por toda manifestación artística de nuestra época, bien fuese teatro, música, poesía, pintura o escultura, hasta el punto, no ya de contribuir con sus medios económicos al fomento del arte, sino ni de acudir a ver una exposición, escuchar un recital o un concierto, o contemplar una comedia. Para esas clases privilegiadas éramos unos locos desagradables que metíamos demasiado ruido, y el nivel de apreciación o comprensión que en su ruindad valorizaban nuestro trabajo os lo voy a dar contando una anécdota vivida por mí y bastante conocida de mis amigos. Pasaba unos días en un risueño pueblecito vasco, acompañando a un amigo también pintor, y llegó a él con el fin de descansar, un respetable canónigo español; hombre sano y opulento de ciento y pico de kilos, que al conocernos quiso alternar con nosotros. Comía y bebía bien y presumía de liberal y culto. Un día se acercó al huerto donde mi amigo terminaba un paisaje, miró el cuadro y volviéndose a nosotros exclamó con una inquietud extraña: "Pero vamos a ver, ¿es que os pagan por hacer esto? Mi amigo le contestó que algunos cuadros parecidos le habían valido diez mil pesetas. El respetable canónigo fijó su mirada, se rascó la cabeza y nos dijo nervioso: "No lo creo. Si os dieran diez mil pesetas tendríais aquí siete u ocho personas pintando todo esto y vosotros estaríais fumando un gran cigarro habano". Comprenderéis que una atmósfera intelectual de esta índole resultaba irrespirable.

Con la República del 14 de abril, se inició un aliento para el arte y los artistas. Nuestras ideas fueron protegidas oficialmente y llegábamos ya a ser hasta personas respetables. Los más díscolos colaboradores con el Estado. La labor artística volvía a ponerse en contacto con el pueblo y el actual embajador en Washington, nuestro querido intelectual Fernando de los Ríos, al ocupar en aquel momento la cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes, lanzó una cruzada de pintura, teatro y música por los alegres caminos de toda España. Pero incluso esta belleza molestaba a la negra reacción española y, cuando pudo, aplastó de una patada, la nueva flor del espíritu que empezaba a dar su aroma.

Pasaron dos años que otra vez esta sociedad antiartística, inculta y perversa, únicamente se animaba por conservar el reino de la ignorancia. Le molestaba todo lo que estimula el pensamiento y dignifica la vida, así entre otras hazañas, atacaron y destrozaron una exposición de pinturas y dibujos con sentido de nuestra época, que se celebraba en el Ateneo de Madrid. El grito del ataque fué Arriba España —arriba España es el grito fascista español— y tan arriba quisieron poner a España, que el 17 de julio de 1936 le prendieron fuego por los cuatro vientos. ¿Qué hicimos nosotros, los artistas, en este momento? Los que estábamos capacitados, guardamos los pinceles y las herramientas de trabajo, para coger las armas. Era obligatorio, no solamente por salvar nuestra independencia, sino por salvar nuestra vida orgánica, y la triste prueba la hemos visto, con los brutales asesinatos, que esa negra España, llamada de orden, ha cometido también con los artistas; entre ellos el gran poeta García Lorca, fusilado una noche de lluvia, al borde de un camino granadino. García Lorca nunca había intervenido en la política.


El Arte y la Guerra 

Con las armas seguimos hasta que el Gobierno organizó un ejército y nos retiró a los artistas más bélicos para volver a nuestro trabajo. Se creó oficialmente una casa en Valencia llamada de la Cultura, donde los pensadores, intelectuales y artistas tenían su vida asegurada. La propaganda ocupa parte de ellos, otros laboran en silencio y ya veremos sus frutos, pero todos, contemplamos la destrucción que la barbarie internacional fascista, realiza diariamente sobre nuestras mejores representaciones artísticas. Ataques a Museos, Bibliotecas y Palacios que no son precisamente baluartes de artillería. Todos hemos visto, como después del bombardeo del Museo del Prado la gran familia pictórica española, bajaba de los muros, para meterse en camiones especiales y huir del fascismo hacia Valencia. Así con la mayor dignidad, dada su jerarquía. Velázquez, Herrera, Goya, Morales, dejaban su señorial residencia de más de un centenar de años y encajonados emigraban buscando un rincón sin tanta cultura alemana, italiana, portuguesa y marroquí.

Tengo que decir, y esto es fácilmente comprobable, que lo más puro y distinguido del arte español, se ha pronunciado contra el fascismo. No voy a citar nombres. Pero si en la otra España, la España de la esvástica, el fascio y la Media Luna, queda todavía vivo algún artista de gran valía, seguramente estará muy escondido, pues el propio Unamuno, el Unamuno que jugó con el fascismo, al oír gritar al General Millán Astray en plena solemnidad de la Universidad de Salamanca ¡Viva la Muerte, Muera la cultura!, recibió tal impresión que pocos días después dejaba de existir, sólo, abandonado. Y es lógico que un hombre de mediana sensibilidad no puede admitir una feroz guerra fratricida, para retroceder, en caso de triunfo a las noches obscuras de la edad media o a estar administrado por unos despóticos países extranjeros. Además renunciando al tema de España. ¿Qué nos ofrece el fascismo internacional?

El fascismo no es ni más ni menos que la burguesía armada contra el proletariado y, para justificarse dice que viene a luchar contra el comunismo. Admitámoslo. O sea, una dictadura que viene a luchar contra otra futura dictadura. Pero, ¿qué base sólida, moral, filosófica, e intelectual nos presenta para estimularnos? ¿El pragmatismo? ¿La guerra? ¿La conquista de otros países? No. Nosotros no podemos ser ni pragmáticos, ni guerreros, ni esclavos de dictadores. Nosotros los artistas tenemos que ser sanos de espíritu y dar nuestras ideas con las más bellas palabras de Paz. Cuando se nos fuerza, cuando se nos esclaviza, sale la gota amarga de nuestras almas y por encima de todo dictador también realizaremos nuestra obra; la obra del sarcasmo, de la ironía, del desprecio profundo por el tirano que hoy manda, pero mañana, sobre su sepultura, nuestra labor bailará la danza que se llama Historia.

Hermanos Artistas, ya os he expuesto lo más rápidamente que he podido la situación del arte en mi país. Quiero daros un abrazo de agradecimiento y rogaros que continuéis acordándoos de vuestros hermanos españoles. Un día vendrá que todos juntos podamos cantar libremente. ¿Cuál será la nueva orientación artística en España, después del triunfo del Gobierno? No lo sé, pero todo espíritu que se forma en el dolor suele ser un espíritu puro. A veces el pensamiento, como la bella flor del Loto, necesita del fango para germinar."


Luis Quintanilla
Facetas de la actualidad española, núm. 12,  Abril 1938






1534. Discurso de Fernando de los Ríos en el II Congreso Internacional de Escritores




Señor Presidente de la Cámara española; camaradas escritores:

Hace cinco días, en la madrugada del día 5, llegaba el que os habla al frente de Granada. Los milicianos y soldados saludáronme y se acercaron los evadidos para decirme cuáles eran las últimas noticias de lo que en Granada acontecía. Podéis imaginaros, aquellos que me conocéis, con qué ansiedad yo preguntaría por la suerte cierta que había cabido a una persona que no necesita ser nombrada porque está en la conciencia de todos. Para algunos, sería como un hermano; otros teníamos con él una relación filial. Las noticias fueron estas: tres veces ha sido necesario ensanchar el cementerio de Granada. ¿Por qué? Seis catedráticos de la Universidad, comenzando por el rector; cinco de los once diputados de izquierda; un cuantioso grupo de profesionales y catorce mil obreros. No eran bastantes los tres ensanchamientos y fué preciso entonces distribuir los muertos por los alrededores de Granada. En uno de los pueblos vecinos a Granada, y cuando iba por el camino hacia ese pueblo, fué fusilado Federico García Lorca. Hoy, ya sé dónde está enterrado. Fusilado, ¿por qué? No porque se llamara Federico García Lorca. En él fusilaron a la poesía, no al poeta. Al retirarme, meditaba sobre el sentido y significación de lo que había acontecido en Granada, y me afirmaba en lo que hoy, más que la voz de España, es la gesta de España; no lo que dice, sino lo que hace, y es el mejor de los decires lo que está conmoviendo al mundo y está poblando la conciencia del mundo de emociones, de ideales y de presentimientos.

Nadie puede estimar —no lo estima— que lo que dije días pasados por la radio de Madrid, a saber, que el futuro inmediato de Europa depende de España, es una expresión excesiva. Menos lo será, después de haber escuchado las maravillosas palabras de mi amigo Marinello, si afirmo ahora que, aun más rotundamente que el porvenir inmediato de Europa, depende del fallo histórico de España lo que haya de acontecer en veinte pueblos hispano-americanos. Por una razón que vosotros conoceis muy bien, hispano-americanos, que muchos españoles desconocen, que los más de los europeos ignoran: y es que no sólo por la unidad de ímpetu racial, sino porque la estructura económicosocial que os ahoga la creamos nosotros en el siglo XVI, y hoy, como entonces, el riesgo profundo es una encomienda de tipo militarista y capitalista que impida el que se rejuvenezcan las democracias americanas. Con nuestro triunfo instrumentaríamos de un modo nuevo vuestras democracias; con nuestro aplastamiento, el abatimiento de esas democracias americanas seguiría nuestra suerte. 

Pero hay una mayor dimensión de tipo político en lo que en España acontece. No sois vosotros solos. Es, camarada Cowley, es la propia Norteamérica, la cual, presionada por un fascismo de veinte pueblos, se vería dificultada para continuar su propia tradición democrática; se vería imposibilitada de cumplir aquella concepción que tiene de una unidad política continental americana, porque el abismo sería ya evidente; sería imposible, además, de realizar la coordinación económica del continente americano, porque, vencida aquí la democracia, esos pueblos americanos del Stir que se nutren de tres razas: de la raza alemana, de la raza italiana y de la raza española, si esos tres pueblos nutricios eran tres pueblos despotenciados de libertad y privados de democracia, entonces vuestra labor económica sería imposible, porque Sudamérica difícilmente subsistiría, de igual modo que España sin mengua de su soberanía, y el centro del poder político americano se llamaría Alemania e Italia. 

El problema español tiene enormes dimensiones. ¿De tipo geográfico, político, nada más? No, no. Lo que aquí se está jugando es la suerte de la concepción del nuevo hombre, del nuevo hombre que está buscando el mundo desde que la crisis de la post-guerra se hizo manifiesta. 

Dos momentos ha pasado Europa: el momento medieval, que es el del hombre sustancia de comunidad, pero sin sentido del valor de la individualidad, y la propia comunidad con un sentido trascendente, mas no como realidad terrena. Segunda etapa: se deshace la comunidad y surge el hombre renacentista, que es el hombre intelectual, pleno dueño de sí mismo, ensoberbecido, justamente, de la capacidad creadora de la vida intelectual. Pero ahí llevaba su propia limitación: en que era pura y exclusivamente el orden intelectual, aquel que interesó al hombre creado por el renacimiento. Y de ahí surge una política intelectualista, una política liberal democrática, que se olvida del hombre de carne y hueso, lleno de apetencias y de emociones, y lo deja dotado de libertad y en plena ruina; porque esa libertad era la barbacana desde la cual alevosamente estaba disparando la individualidad contra la unidad real, efectiva y fraterna de la sociedad. Y así hemos llegado a este momento en que se busca un nuevo hombre. 

¿Qué puede aportar España a esa concepción del nuevo hombre? Camaradas que me escucháis: la historia de España es mucho más profunda y trágica y más compleja de lo que se nos suele enseñar. Yo quiero despertar en vosotros el recuerdo no más que de estos tres, hechos: 1808, el 19 de julio —¡19 de julio, españoles!—, por vez primera, el Ejército de Napoleón era vencido en Bailen, como por vez primera ha sido vencido ahora el Ejército fascista en Brihuega. ¿Y qué era lo que movía y estimulaba y servía de escuela a la conciencia española? No va a tardar más de un año en decirlo, porque en 1809, en Cádiz, se pronuncia, por vez primera en el mundo, y España se la da al diccionario político la palabra "liberal". Cuando un pueblo descubre Un concepto, es que en la sustancia biológica de la raza va disuelta la apetencia que ese concepto exterioriza. España creó la voz "liberal" porque era un pueblo secularmente hambriento de libertad. 1822. Estamos en ese instante en que, dominando el absolutismo en Europa,. Aquí, durante los tres mal llamados años, como dijo Fernando VII, domina la libertad, y el más grande filósofo de Europa en aquel entonces. Jeremías Bentham, publica un folleto diciendo: En este instante, para el mundo europeo no hay más que una esperanza: España. 

Me diréis: Todo eso descubre no más que una cosa: hambre de libertad. Exacto. Pero, ¿cuál es la tragedia de nuestra historia desde el siglo XVI? Cuando España, frente al mundo, quiere afirmar, con la contrarreforma, la idea de la comunidad, se contesta por Europa: idea de la individualidad, pero, en este instante, lo que hay en la conciencia española es la apetencia de concertar estos opuestos, es el ansia viva de afirmar la idea de una comunidad común, enraizada en la economía, en la participación, en el provecho y en el goce, de todos aquellos valores nobles que ha creado la cultura; y, al mismo tiempo, que esta conciencia de la comunidad no sirva para aplastar a la individualidad, sino para potenciarla. 

Todo el sentido de la historia de España, todo el drama de la cultura española gira en torno a la conciliación de esos dos opuestos aparentes que, para las conciencias modernas, lejos de serlo, son los extremos que se conciertan y, a su vez, se complementan. En busca de ese ideal vamos. España tiene toda una tradición, toda una serie de motivos, para estimar que tal vez ningún otro pueblo como él pueda aportar en este instante lo que él puede llevar al acervo histórico. Hoy existe una razón para que, al criarse esta conciencia de comunidad, no sea una conciencia de comunidad vacía. Y es que no es una conciencia intelectualista, sino real e ideal. Como real, ha bebido en el dolor, en el que no quiso beber el siglo XVI ni el siglo xix; y al beber en el dolor, ha recogido la unidad del espíritu, que es mucho más que la vida intelectual, vida intelectual que no es sino una parte ínfima de la vida del espíritu. Ahí está el mundo de la emoción, el mundo de la poesía, el mundo de la pasión, el mundo, incluso, del absurdo, que para el español es un valor maijavilloso y vital. Yo le he dicho más de una vez a algún amigo francés: o usted se prepara para comprender lo absurdo, que visto con los ojos de la razón no tiene sentido y visto con los ojos de la pasión se llama lo humano, o usted no entenderá a mi España. Y no entenderá tampoco aquella magnífica distinción de Pascal: «Il y a une logique du coeur et une logique de la pensée.» Los pueblos que tienen lógica del pensamiento, tienen una lógica; pero los que tienen una lógica del corazón, también la tienen. Y el pueblo simbolizador de esa lógica del corazón, en Europa, se llama España. Camaradas: Si hay algo contrario a esto hoy en el mapa espiritual del mundo, es el fascismo, porque niega las dos afirmaciones que a nosotros más nos importa: de un lado, la sustantividad de la individualidad; de otro, el valor de la comunidad como centro autónomo de la creación espiritual. El trata de sustituir a esto por una organización coercitiva que va de fuera adentro, en vez de venir de dentro afuera, que es lo único que tiene valor creador en el mundo de la cultura.

Pues bien; precisamente porque así está planteado el problema, cada uno de nosotros necesitamos considerarnos hoy como cruzados de este ideal, y yo os pido, escritores del mundo que nos honráis con vuestra presencia, que sigáis asnidándonos, con vuestra cooperación, en el magnífico esfuerzo de nuestra dramática España. 

Si yo hubiera de sintetizar en una palabra llena de hondos y nobles equívocos —el equívoco forma parte del absurdo y, por consiguiente, vosotros, poetas, perfectamente lo comprendéis—; si hubiéramos de buscar una palabra simbolizadora del ansia íntima que en este instante está movilizando la emoción española, y averiguar, por tanto, lo que constituye hoy la intención emocional de España, yo diría que es y busca la encarnación, sí, la encarnación; hacer carne y sangre el verbo del ideal, no vivir mirando solamente a la estrella del ideal como algo que no tiene sentido de realidad, sino pugnar por encarnarlo, porque es la manera única de hacer una nueva Humanidad, y al hacer una nueva Humanidad, hacer el nuevo hombre que anhelamos. 

Camaradas de todos los países: Ayudadnos para ir en pos de esa estrella y a la realización de esa encarnación. ¡Salud! 


Fernando de los Ríos
Valencia, 10 de Julio de 1937

Publicado en Hora de España VIII
Valencia, Agosto 1937 










1484. La Constitución, por Fernando de los Ríos

Fernando de los Ríos Urruti
(Ronda, 8 de diciembre de 1897 - Nueva York, 31 de mayo de 1949)



«En una autocracia, la desobediencia es un deber; 
en una democracia, la obediencia es una necesidad»
Fernando de los Ríos

 


El 31 de mayo de 1949 fallecía en el exilio Fernando de los Ríos Urruti. Testigo del golpe militar de Primo de Rivera en 1923, se opuso a la colaboración con la dictadura militar. Participó en el Pacto de San Sebastián de 1930 y tras el fracaso de la sublevación de Jaca fué encarcelado. Diputado por Granada en 1931, fué nombrado Ministro de Justicia del gobierno provisional de la II República española, cargo que ocuparía también en el primer gobierno del bienio reformista bajo la presidencia de Manuel Azaña. Posteriormente ocupó la cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes, hasta la dimisión de Azaña en septiembre de 1933.

Tras el golpe de estado de julio de 1936, se hizo cargo de la embajada española en Francia. Fue nombrado embajador en los Estados Unidos hasta el final de la Guerra que comenzó ajercer de profesor en la New School for Social Research de Nueva York. Entre 1945 y 1946 formó parte del gobierno en el exilio que presidió José Giral en calidad de ministro de Estado.

Trascribimos su intervención como portavoz del grupo parlamentario socialista en el debate del proyecto de Constitución de 1931.


«Señores diputados, al hablar, consumiendo un turno de totalidad, en nombre de la minoría socialista, lo hacemos para fijar la posición del partido ante la Constitución que va a ser objeto de examen; lo hacemos impelidos por una necesidad: la de decir públicamente cuál es la razón de nuestro pleno acatamiento al proyecto de Constitución que va a ser objeto de debate. No vamos, en nuestra intervención, a hacer un análisis de lo que pudiéramos llamar instrumentación jurídica de las Instituciones de la nueva Corporación que vamos a estructurar mediante la ordenación constitucional que vamos a dar al Estado, sino que nos vamos a limitar exclusivamente a unos comentarios sobre las directrices políticas de esa Constitución. 

Señores diputados, en los dos momentos en que históricamente se ha creado el Estado moderno, España no sólo ha estado presente, sino que ha sido una de las participadoras más vivas en la génesis de ese Estado. El primer instante es el siglo XVI, cuando se crea el nuevo Estado absoluto, centralizador, con una nueva administración; los artífices de ese Estado son España, Francia e Inglaterra. El segundo instante de creación del nuevo Estado moderno es el advenimiento del régimen constitucional, y en ese momento, en 1810-1812, España crea uno de los tipos constitucionales en que se funda toda la ordenación constitucional del mundo, porque hay un texto suizo en que se dice cómo, incluso entre los aldeanos de las montañas suizas, circulaba la Carta de 1812; porque es un texto que influye en la formación constitucional de los países escandinavos; porque es un texto en que se inspira toda la ordenación constitucional hispanoamericana y portuguesa. 

En 1812 no sólo creamos un tipo constitucional, sino que, además, como había acontecido en el siglo XVI, creamos el vocablo que va a servir para polarizar todas las reivindicaciones históricas: creamos la palabra “liberal”. Y por una de esas internas y finas razones históricas, en el siglo XVI dimos pretexto para que, con motivo de un acto de Carlos V, se pronunciara en Italia, fustigando ese acto imperial, la expresión ragione di Stato (razón de Estado). Es decir, que la “razón de Estado”, concepto en el que va a culminar el Estado-Poder del siglo XVI, como la palabra “liberal”, concepto en que va a culminar el ansia reivindicatoria del siglo XIX, nacen: la una, de una manera plena de nuestro suelo, y la otra, con ocasión de nuestras acciones. 

¡Razón de Estado! ¡Liberal! ¿Vamos a permanecer ausentes en este tercer momento creador de la historia del Estado? Si no permanecemos ausentes, si vamos a hacer una nueva aportación, ello exige de nosotros que ahondemos en nosotros mismos para buscar la flor de nuestro espíritu y aportarla al instante de responsabilidad que nos ha tocado vivir. Hemos sido siempre, desde que tenemos una personalidad estatal, un pueblo creador, un pueblo fundador. Crear es una manera de limitarse, la forma suprema de la limitación, pero evidentemente limitación. Lo que se crea, una vez creado, encierra a nuestro espíritu, aun cuando, a su vez, queda una latencia que asegure el mañana creador. Dentro de cada creación hay un mundo de posibilidades. España fue creadora, y necesita serlo, y para ello tenemos el imperativo deber de comportarnos en forma tal que hagamos posible nuevas formas jurídicas. 

¿Por qué ha sido creadora España? ¿Por qué? Porque es un pueblo de artistas, y la característica del artista es su capacidad para crear formas. Y España ha creado formas en la plástica pictórica, de igual suerte que ha creado formas en la plástica jurídica y política; formas que llega ahora el momento de hacer posible que continúen produciéndose. Crear, decíamos, es una manera de limitarse; pero, además, toda fuerza creadora, una vez que crea, ama lo creado y se limita por ese amor a su creación. Señores diputados, henos ante una de las razones más decisivas y poderosas para que rindamos acatamiento y proclamemos públicamente nuestro respeto a la Constitución que va a ser forjada. Esa Constitución es algo creado por el esfuerzo de la comunidad española, y así como hay el deber de crear, hay el deber de respetar lo creado. En una autocracia, la desobediencia es un deber; en una democracia, la obediencia es una necesidad (Aplausos.) 

Este Poder que nace en esta Constitución es un Poder querido, deseado, hijo legítimo de la voluntad de la comunidad española; es una creación de la voluntad jurídica de la comunidad democrática española. Y, porque es un hijo de sus entrañas, tenemos que amarle, que respetarle y, además, que dejar suficientemente flexibles sus normas, de suerte que no hagan imposible un mañana que lo supere. Toda la antítesis de la historia española gira en torno a esos símbolos del siglo XVI y del XIX. Nosotros hemos sido los más altos representantes de la idea del Estado-Poder; y si hemos sido creadores de la palabra “liberal”, no hemos sido, desgraciadamente, simbolizadores de un Estado liberal. 

“Poder y Libertad.” ¡Cosa profunda, dato revelador, el hecho de que en el propio siglo XVI sea España el pueblo donde nace un pensador que lleva la exquisitez del análisis de conciencia y del valor de los contenidos subjetivos de conciencia a estimar que, cuando se establece una discrepancia entre la justificación de la guerra y la convicción personal de que no hay tal justificación, debe prevalecer la convicción subjetiva incluso sobre el mandamiento del emperador. Es esto lo que, cuando hubo de señalarlo en Ginebra el que en estos momentos habla, despertó un enorme interés entre los juristas; porque a esto a que solamente llegó, durante la guerra, Inglaterra, había llegado un teólogo jurista español en el siglo XVI. Es decir, eternamente perviven estos dos extremos del dramatismo jurídico y político de la conciencia española: “Poder y Libertad” ¿Vamos a superar esta antítesis? Esto es lo que resulta indispensable, imperioso, para nosotros: superación de la antítesis; porque nuestra historia constitucional ofrece, a su vez, un caso totalmente único en la dialéctica histórica. 

Cuando llega el momento de construir el Estado constitucional, disolvemos nuestra estructura administrativa maravillosa de los siglos XVII y XVIII; disolvemos la organización de la economía popular que había sido obra de siglos, y se entabla, en lo que se refiere a lo estrictamente político, una lucha que engendra dos líneas paralelas que están en función la una de la otra. 1812: afirmación de la conciencia liberal; respuesta en 1834 con un Estatuto autocrático. 1837: afirmación liberal; respuesta en 1845 con una fórmula pactada y doctrinaria. 1869: afirmación liberal; 1876: nueva respuesta doctrinaria. Y ahora, en la dialéctica histórica, resulta fatal, para que fuera cumpliéndose la línea del destino histórico de España, el que hiciésemos una Constitución de tipo liberal. 

Pero nosotros necesitamos, no meramente una Constitución de tipo liberal, sino una Constitución superadora de esa gran antítesis de Poder y Libertad; y para lograrlo, republicanos y socialistas, necesitamos reconocer nosotros que el Poder, con todo lo que entraña de realidad este vocablo, “Poder” es absolutamente esencial a la vida de una organización estatal, cualquiera que sea la estructura que adopte. Y vosotros, fuerzas históricas, que habéis desconocido que los elementos nucleares del liberalismo son los elementos condicionantes de toda cultura moderna, elementos adheridos, imposibles de eliminar de la modernidad, del espíritu actual, elementos que significan el ser asilo de todas las posibilidades de la cultura, vosotros, digo, a vuestra vez, tenéis que declarar que el liberalismo es absolutamente de esencia al mañana histórico español. Sólo cuando se llegue a esta cópula de Poder y Libertad, nosotros podremos superar nuestro ayer y salir al campo de un mañana nuevo. 

Es tan absolutamente indispensable que nos percatemos de lo que lleva en sí esta idea de superación de la antítesis entre Poder y Libertad en nuestra historia, que a causa de la lucha de algunos elementos que figuran, o creen figurar en el campo de las izquierdas, a causa de esa lucha contra los elementos autoritarios, ellos han absorbido la esencia autoritaria, y la ejercen en la forma más indignificable del antiguo autoritarismo; a saber: procurando intimidar mediante el terror a la conciencia individual, como hicieron antaño... (Grandes aplausos, que impiden oír el final de la frase.) Esto no es Derecho; esto es un residuo del alma primigénica, sobre el cual viven instintos de carácter disolvente de todo lo que significa civilidad. 

Hace tiempo, hace ya diez años, retornaba de Rusia el que habla y, entonces, como ahora, entonces, a la vista de una experiencia, ahora recogiendo todo lo que lleva vivido, de nuevo reafirma y subraya su criterio de que la divisoria de la Historia se forma, a este respecto, entre los que consideran que la finalidad está en vencer y los que consideramos que la finalidad está en convencer. Y nosotros pertenecemos a las fuerzas históricas que no aspiran a vencer, sino en tanto en cuanto convenzan, pero nada más. (Aplausos.) 

Es apremiante la superación a que me refiero, porque ha resurgido ahora en la historia la idea del Estado-Poder, y ha resurgido y se ha rejuvenecido con un ansia negadora de lo que representan los valores liberales y los valores de democracia. Resurge la idea del Estado-Poder en Rusia; resurge la idea del nudo Poder en Italia; y esa negación que entraña esta concepción de Estado-Poder, esta negación, lleva en sí dos afirmaciones fecundas, que tenemos que recoger. Esa posición del Estado-Poder significa de un modo positivo para nosotros la eliminación de cuanto entraña el liberalismo económico, y, de otra parte, la eliminación de cuanto representa una democracia inorgánica y sin sentido del límite de su capacidad para la actuación. La eliminación del liberalismo económico es hoy, después de lo que está aconteciendo en la historia económica de Europa y en la historia de los Estados Unidos, algo de carácter absolutamente incuestionable. No se puede mantener aquella posición típicamente liberal que ha prevalecido en Europa, más o menos atenuadamente, hasta 1914, y que ha seguido subsistiendo en los Estados Unidos casi hasta estos días; aún no está rectificada en su esencia esa posición en los Estados Unidos, y ello muestra a cualquiera que analice lo que acontece en aquel país o someta a examen lo que ha pasado en Europa, que allá donde las fuerzas económicas son potentes, estructuradas en “trusts", “cartels”, “concerns”, sindicatos de industrias, etc., no hay posibilidad de garantía para la libertad política. Es decir, que necesitamos subvertir el supuesto de la organización política del siglo XIX y decir en forma estilizada, aun cuando no responda de una manera plena a un criterio de absoluta exactitud, que “economía libre” quiere decir “hombre esclavo” y que, en cambio, una economía sojuzgada y sometida es lo único que hace posible una verdadera posición de libertad para el hombre. 

Y eso es lo que nosotros representamos; vamos hacia una economía planificada, hacia una economía sojuzgada, hacia una economía sometida, hacia una economía disciplinada y subordinada al interés público. Es decir, que en el orden liberal y en el orden democrático se necesita una rectificación principal, porque en el orden democrático no es posible tampoco que subsista una democracia inorgánica, que no tiene el sentido de su limitación, de su capacidad, de su aptitud. Aquí reside la crisis de la democracia. Es indispensable que lleguemos a diferenciar el fin y los medios, el qué hacer y el cómo lo hacemos, la posibilidad y la necesidad. La determinación del fin, el juicio de carácter finalista, eso le corresponderá siempre a la democracia, el decir cuáles son sus necesidades, qué es lo que quiere, qué es lo que ansía; ¡pero que la democracia sepa limitarse, porque si, llegado ese punto, no se detiene y avanza y quiere determinar el modo como hay que hacer lo que ella quiere realizar, entonces el juicio de finalidad invade el campo del juicio de tecnicidad! El cómo hacerlo es campo reservado a la ciencia; el qué hacer es el campo que está absolutamente reservado al “demos” en su gran actuación política. 

La gran virtud de toda política consiste en saber conjugar posibilidad y necesidad. La necesidad es aquello que señala el pueblo; para decir que tiene hambre de tierra no necesita ciencia; ésta viene después, a decir cómo es posible satisfacer esa hambre que es imperativa. Conjugar posibilidad y necesidad, he aquí la obra del político. La necesidad la indica el pueblo; la posibilidad, la ciencia. Y hay ocasiones en que el científico le dice a su país que es posible hacer algo que todavía, desgraciadamente, el pueblo por su incultura no ha estimado necesario. Es decir, despierta en las conciencias la conciencia de una necesidad que no ha sentido. 

Es preciso, pues, para nuestra Constitución, de una parte, superar la antítesis histórica que constituye el drama histórico español, y, de otra parte, superar lo que está ya superado en la experiencia, liberalismo económico y democracia inorgánica. 

¿Lo ha conseguido la Constitución? A mi juicio, hasta donde esto es posible en una Constitución que no puede menos de ser transaccional, como lo es todo lo que se está haciendo, porque la revolución no es hija de una de las fuerzas que aquí nos congregamos, sino hija de los sectores republicanos y socialistas que aquí nos reunimos. La Constitución lo realiza hasta donde esto es realizable; y no lo realiza porque lo declare taxativamente en sus normas, sino porque felizmente las ha dotado de una flexibilidad tal, que están llenas de posibilidades y henchidas de promesas para cualquiera que algún día ocupe ese banco azul. La Constitución, a mi juicio, en conjunto, salvo discrepancias parciales que en su día llegará el momento de señalar, es un acierto, un profundo acierto. Comienza siendo un acierto aquella declaración a virtud de la cual quedan incorporadas al derecho público interno español las normas universales del derecho internacional. Esto, a nosotros especialmente, nos impresiona, porque responde a nuestro sentido de patria, que no es, cualesquiera que sean las palabras que se hacen rodar a este respecto, no es una negación, no; es un sentido ecuménico de la política, a virtud del cual nosotros decimos que la patria es para el Mundo, y la insertamos en él y queremos llevar al Mundo los valores hispánicos y que se tiña la Historia del color ideal de la sangre espiritual de los valores engendrados por la conciencia española. No decimos “el Mundo para España”, con aquel sentido patriótico que envenenó la conciencia de la amada Alemania. Lo que nosotros decimos es “España para el Mundo”. Y este es el sentido universalista orgánico de nuestro concepto de patria. Por eso acogemos con profundo cariño, con enorme devoción esta declaración de nuestra Constitución. 

Es un acierto en el proyecto la manera como está resuelto lo de la personalidad regional. No era posible en 1931 (respeto todo criterio dispar), no era posible, a mi juicio, recoger la tradición formalista y unitaria del siglo XIX y darle una vestidura federal a todas las regiones, incluso a aquellas que no tuvieron el sentimiento de su necesidad. No; es en función de una necesidad social y para vestir jurídicamente esa necesidad como surge el principio de la autonomía de las regiones con personalidad histórica y como nace aquella serie de garantías que habéis adoptado para que no se desvirtúe este proceso inequívoco en que se ha de mostrar la voluntad regional que aspira a un Estatuto. Es este principio, a su vez, de una enorme trascendencia. Yo creo, y me dirijo a algunos de mis queridos amigos de Cataluña, creo que, aceptado este principio por la Cámara, se inicia realmente una nueva etapa histórica en España; se inicia, porque la que hasta ahora había dado su forma jurídica a la personalidad estatal española, había sido Castilla; Castilla que, desde que nace históricamente, tal vez por una necesidad (sin duda, no tal vez), organiza el Estado en forma centralista; y si ahora Castilla se siente convencida de que es eficaz, históricamente, una nueva estructura del Estado, ¡ah!, entonces, como Castilla para mí simboliza el genio político español, y no creo que haya en toda España sino el genio político de Castilla; como Castilla es el genio político, esto implica para mí que, si auscultamos el alma de Castilla, hallaremos que ha surgido en ella un nuevo ideal de Estado, y si ha surgido en Castilla un nuevo ideal de Estado, entonces Castilla y la España castellanizada y todo lo que sigue el guión de la España castellanizada está llamado a grandes empresas históricas. 

Yo creo en el genio de Castilla y en el genio político de nuestra raza, sobre todo, señores, desde que he estado en contacto con América. Desde El Colorado, en el centro de El Colorado, le señalan a uno, cerca del meridiano 40, donde está el Fuerte Vázquez, hasta dónde llegó por el norte la línea de expansión del espíritu hispánico, que en el sur comienza con la Tierra del Fuego. Cuando se baja de El Colorado a Nuevo Méjico, en medio de bosques vírgenes, hay una ciudad, Santa Fe, y en aquella ciudad, una noche, descendientes de españoles, señoras y señores, me hicieron sentir la más intensa emoción histórica que, como español, he experimentado: sensación de escalofrío. Solo siendo muchacho había sentido una emoción pareja, aun cuando no tan intensa. En la montaña Saleve, en los años juveniles, me dijeron, señalando al Jura: “Por allí pasó César.” En Santa Fe, en Nuevo Méjico, señoras y señores, me decían: “por allí pasaron los conquistadores”. Y la línea por donde pasaron los conquistadores era una línea de fundaciones; y cuando se entra en Méjico, se tiene de continuo la impresión de que nuestra España fue la Roma del siglo XVI: calzadas, acueductos, escuelas; ¡las únicas piedras del siglo XVI y del siglo XVII que hay en todo el continente americano son nuestras! Es el genio político de Castilla (Muy bien, muy bien. Grandes y prolongados aplausos.) 

Es un acierto la manera como se han recogido en la Constitución instituciones de derecho público, que provienen principalmente del derecho público aragonés y catalán, pero que habían emigrado de España y que ahora retornan. El derecho de amparo y lo que llamáis “Comisión permanente”, pero que antiguamente se denominaba la “Diputación permanente de Cortes”. Es un acierto la manera como habéis justificado incluso la propiedad privada, o sea en razón de la función que desempeña, lo cual quiere decir que, si funcionalmente se justifica como propiedad privada, queda sometida al discernimiento de normas de derecho público, ya que será preciso discernir en cada momento si la función está cumplida o incumplida. 

Es también un acierto (y en este punto nosotros especialmente advertimos cómo en ese proyecto de Constitución hay parte de nuestro espíritu) cuanto se refiere a derecho social, sindicatos, vida económica en general y Consejos técnicos. Para nosotros (el momento en que se halla España va a justificar que consagre unas palabras más de las que de otra suerte hubiera dedicado a este tema) la economía, como dije antes, tiene que organizarse de un modo público, y los órganos de gestión de esa economía habrán de ser los sindicatos; sindicatos en los que estén verticalmente contenidos todos los elementos que los constituyen, desde el técnico gestor hasta el obrero; pero el sindicato, en nuestra concepción, es esto, no más, pero tampoco menos: es el órgano de gestión de la economía supeditado a intereses de carácter público. Aquí comienza nuestra discrepancia teórica con el sindicalismo. 

Permitirán los señores diputados que, por la naturaleza del problema, por los intereses ideológicos en lucha y por la significación que aspiramos a tener ante España, yo subraye esta cuestión. Nosotros, ni creemos que el órgano sindical tiene que circunscribirse a satisfacer egoísmos corporativos, ni creemos que la pluralidad de los órganos sindicales pueda quedar en una relación de mera coordinación. Para el sindicalismo, el Sindicato es el órgano de poder; después de él no hay nada. Para nosotros, el Sindicato es el órgano de gestión; por encima de él está el juicio de carácter político, al cual tiene él que estar subordinado. Para nosotros, el Sindicato es exactamente como para el sindicalista el órgano que ha creado la vida moderna, llamado a disciplinar, incluso moralmente, a la sociedad actual. De suerte que todo el mundo tiene que ser profesional, dentro de un Sindicato. Pero para el sindicalismo el valor supremo es el profesional; para nosotros, el valor supremo es el hombre que desborda de todo profesionalismo; son los intereses humanos, los intereses del hombre los que el socialismo considera que tiene como misión custodiar el Estado, y en nombre de esos valores humanos, eternos, supraprofesionales, le pide al Sindicato que se subordine y acepte la guía; pero ellos viven bajo el mito, mito que procede de Saint-Simon y culmina en Proudhon, de creer que es posible un mero Estado administrativo en que la relación de los Sindicatos sea una coordinación engendrada por el contrato; es decir, surge de nuevo ese problema que yo señalaba ante la Cámara, el de la coordinación; pero ésta es puramente vida de relación civil y contractual. Mas ¿y cuando la coordinación determinada en el contrato no es acatada? Entonces surge la necesidad de la subordinación, y de ahí el carácter esencial y eterno de los órganos de poder. 

Y aquí está, para nosotros, el punto clave de nuestra discrepancia teórica y de la razón de nuestra discrepancia táctica, porque cuando el Poder, que como hemos visto es esencial, surge de las entrañas de una democracia, ¡ah!, entonces el Poder es “mi Poder”, yo he influido en la formación suya e, incluso como minoritario, he influido en su gestación, allí está la imposta de mi espíritu y no hay razón que justifique el desacato a sus mandatos. (Muy bien.) ¡Poder! He aquí un gran problema para las fuerzas catalanas. Si las fuerzas llegan a conseguir que elementos obreros (hoy místicamente sugestionados por una visión paradisíaca, por una edad de oro, a virtud de la cual quedaría eliminada de la Historia la autoridad y subsistente no más el Estado gestor o administrativo), si consiguieran las fuerzas catalanas ahora, al replegarse sobre su región, despertar en las fuerzas obreras la conciencia de la responsabilidad e incorporarlas a la vida civil en su más alto sentido, habrían hecho el más grande servicio que pudieran ellos hacer a la Historia de España, porque Cataluña ejerce una inmensa sugestión sobre algunas regiones y especialmente sobre nuestra Andalucía. Vosotros tenéis ese ponzoñoso lema del “tot o res”, y nosotros en Andalucía tenemos lo mismo; a la conciencia del labriego andaluz lo que fundamentalmente le atrae es la posibilidad metafísica de la conquista de un reino absoluto. Cuando se le brinda con la relatividad de un bien, hace un gesto de menosprecio y hasta en ocasiones extrae de su riquísimo anecdotario y de su riquísimo libro de proverbios expresiones como ésta: “para poco pan, ninguno.” He aquí cómo es indispensable trabajar todos por la rectificación de los estados de conciencia de nuestro pueblo y por una más rica y plena visión de vida. 

Los Consejos técnicos son, a mi juicio, una pieza totalmente nueva en la vida constitucional; si los desarrollamos debidamente –todos hemos de colaborar a ello, algunos con especial entusiasmo-, los Consejos técnicos pueden ser el órgano en el cual desemboque, de una parte, el sindicato, con todo lo que el sindicato moviliza socialmente, y de otra, el técnico. Es decir, que la crisis de la democracia, la pugna entre democracia y competencia puede resolverse dentro del Consejo técnico, el cual, de otra parte, debidamente coordinado con la Cámara, transformará a ésta, porque en vez de discurrir la Cámara sobre algo desprovisto de toda documentación y de todo antecedente, se verá obligada a discurrir sobre un texto elaborado por personas competentes y esto creará un sentimiento de responsabilidad que hará que se retraiga de intervenciones quien no esté capacitado para ello. El Consejo técnico puede, pues, satisfacer una necesidad de la democracia moderna y transformar el régimen parlamentario como es imperativo hacerlo. 

Es un acierto de la Constitución el principio de que la aptitud sea el camino para llegar a conquistar las posiciones directivas en el orden intelectual; es decir, que se abra vía a la aptitud en el orden pedagógico. Es la única forma de conseguir lo que llaman los norteamericanos la renovación vertical de las capas sociales; la ascensión de las capas sociales humildes, pero en condiciones de llegar a desempeñar funciones rectoras. 

Es, por último, un acierto la manera como habéis resuelto el Tribunal de las Garantías Constitucionales. 

Aceptamos, pues, de una manera plena esa Constitución en su sentido interno, y nos reservamos, para cuando llegue el momento de la discusión del articulado, el proponer enmiendas. Señores republicanos, que en un mañana próximo vais a tener el Poder plenamente: nosotros acatamos esta Constitución, pero todo acatamiento jurídico, sobre todo político, es condicional, es a condición de que el nuevo orden de autoridad que va a ser creado, a su vez acate y se mueva dentro de la órbita constitucional que aquí vamos a aprobar. Yo lo ansío, lo espero, porque la República ha venido por un hambre de justicia que existía en España y para satisfacer esa hambre de justicia. Estamos convencidos de que no basta a un pueblo la voluntad de vivir; la voluntad de vivir es suficiente en ocasiones meramente para existir, pero es totalmente insuficiente para crear valores culturales. Para lograr esto otro, se necesita despertar la fe, la esperanza en la conciencia nacional; se necesita conseguir que ella se considere movida y atraída por un ideal; es decir, que éste sea motor y centro de atracción de la vida. 

Sabemos nosotros que en la Historia no hay ni línea recta ni línea curva impecables; pero también sabemos que el zigzagueo y la ruptura sólo se desvanecen mediante la ingencia de una voluntad enamorada de un objetivo concreto. 

La situación histórica para España es admirable, porque los dos pueblos que han simbolizado el capitalismo industrial en Europa, Inglaterra y Alemania, se encuentran en un momento de declive profundo. Inglaterra la vemos, como un personaje de la tragedia griega, avanzar, tal vez, a una situación dramática imposible de evitar; la vemos caer en términos tales que desde el año 1921, que culmina su crisis económica, hasta hoy, no ha podido rectificar en su base la razón de esa crisis económica, y cuando quiere rejuvenecer su utillaje, racionalizar su industria, se encuentra con que aquello que la rejuvenece crea, a su vez, una situación social más y más angustiosa. Quiere modificar su ritmo de trabajo, que es lo más difícil, porque el ritmo de trabajo es un tempo vital, y al modificarlo, al dar un ritmo de más presteza y celeridad a su trabajo, por disminuir las unidades de tiempo, aumenta la capacidad de producción, y de nuevo esto repercute en su vida social y tiene, con motivo de ello, un aumento en el ejército de parados. Sus cien millones de libras esterlinas ya no puede costearlos con sus ahorros, y va liquidando su cartera de valores. Y Alemania, la gran Alemania, de ser un pueblo, como lo era hasta 1914, colonizador financieramente, ya hoy es un pueblo financiera y económicamente colonizado; y ha fracasado el supuesto sobre el cual se levantaba la economía de los Estados Unidos, supuesto consistente, primero, en una posición inhibitoria del Estado, con respecto a la actividad de las grandes fuerzas económicas, con lo cual el Estado no era el gobernante, sino el gobernado, y de otra parte, creía que no tenía por qué ocuparse de política socia, porque sus altos salarios aseguraban una capacidad de ahorro tal, que el día en que viniera el paro, ellos mismos podían subvenir a sus necesidades. Todo eso ha fracasado. 

Estamos, pues, en un momento de reajuste de la economía mundial, y como la economía ha sido siempre el supuesto de la estructura político–jurídica del Estado, estamos en vísperas de creación de un nuevo Estado. Nosotros tenemos que comportarnos como lo que fuimos, como creadores. La coyuntura es propicia para España, en el orden económico y en el orden ideal. Vamos, pues, a trabajar con afanosidad para aprobar cuanto antes no solo la Constitución, sino esa ley agraria, ese proyecto de reforma agraria, dentro del cual, naturalmente, nosotros pediremos algunas modificaciones fundamentales, que, a nuestro juicio, afectan a aspectos fundamentales; pero no podemos satisfacernos ni con la Constitución, ni con la ley agraria; es, a su vez, indispensable que esta Cámara no se disuelva sin aprobar algunas otras leyes, porque, de lo contrario, el índice normativo legal de la Constitución no tendrá virtualidad suficiente. Es preciso que nosotros saquemos todo el partido que estamos obligados a sacar de la Constitución. 


Históricamente estamos, pues, en condiciones excelentes no sólo para potenciar nuestra vida nacional, sino para crearnos una posición extraordinaria en el mundo internacional, porque yo quiero deciros, señores diputados, para vuestra meditación, que creo firmemente en la posibilidad de un Anfictionado hispánico; y lo creo porque he tenido contacto suficiente con la juventud americana para conocer y para afirmar que esto no es una leyenda, que esto no es un motivo de mero halago para nuestra imaginación de españoles, sino que es una posibilidad efectiva. Mas para lograrlo es preciso merecerlo, y para merecerlo necesitamos aquí darnos cuenta de que no estamos haciendo una Constitución de carácter provinciano, local o exclusivamente español. No; aspiramos a algo infinitamente más grande: aspiramos a ser merecedores de la herencia de todos nuestros antepasados. Y si, para eso, es preciso limpiarnos el alma de algún rencor, debemos hacerlo, porque es preciso que España tenga la sensación de que somos hombres que llevamos la mancera firmemente y que abrimos las entrañas de la tierra española para arrojar en ella, a voleo, simientes de justicia.» 

(Los señores diputados, puestos en pie, tributan al orador una ovación clamorosa que se prolonga durante largo rato, uniéndose a estos aplausos los tributados por gran parte de los asistentes a las tribunas.)


Fernando de los Ríos
3 de septiembre de 1931