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450. La mujer durante el franquismo - 5ª Parte y última

LA MUJER Y LA PRENSA


REVISTAS FEMENINAS PARA MILITANTES

La Sección Femenina, con el propósito de comunicar entre sus lectoras el esquema de mujer que dicha organización venía defendiendo desde 1934, fundó Teresa (1954) que pasó a dirigir Lula de la Lara. También en el mismo año inició la publicación trimestral de Escuela Hogar (1954−1961). La Secretaría Permanente de los Congresos de la Familia Española comenzó en 1959 la publicación de la revista Familia Española. Todas estas publicaciones desaparecieron cuando fue  desmantelada la Secretaría General del Movimiento.

Mujeres libres. A partir de 1964, desde su exilio en Inglaterra, Suceso Portales con la ayuda de las libertarias inglesas, desenterró su revista, cuyo título completo, en esta segunda etapa fue Mujeres libres en el exilio. En ella colaboraron mujeres de diferentes nacionalidades, unas por afinidades ideológicas y otras por identificaciones feministas. Más adelante se incorporó al equipo la catalana Sara Guillén. Con el tiempo Mujeres libres en el exilio trasladó su domicilio a Francia, a la localidad de Montady.

Desde 1964 han aparecido unos cincuenta números, impresos en ciclostil y más modestos que los que vieron la luz durante la guerra civil. Hay textos en francés, inglés y castellano y colaboraciones masculinas.

Publicaciones Periódicas Femeninas de la Acción Católica Española:

- Militante, del Movimiento de Mujeres de A. C. De carácter interno, aunque se han recibido cartas de no militantes o asociadas. Periodicidad mensual, con dos números bimestrales: en total 10 números al año. Tirada de 3.800 a 4.000 ejemplares.

- Frontera Femenina, editada por la HOACF, a efectos internos , en ciclostil y con muy poca tirada.

Publicaciones periódicas de movimientos mixtos: con salida a la calle: Noticias Obreras, editada por la HOAC. Amplia tirada y difusión. Se ocupa de temas obreros y relacionados con el trabajo, pero también de economía, política, asociacionismo, etc. Dentro de éste último, ha tratado temas feministas, ya que hay grupos de militantes que trabajan en ese campo.

Internas, aunque con difusión directa en sus ambientes: Militante Rural, del movimiento Cristiano Rural. Jóvenes, del Movimiento de Jóvenes de A. C. (JAC). Se hace llegar a bastantes jóvenes de uno y otro sexo. Escuela y Utopía, de la J. E. C. No inscrita como publicación periodística, pero con periodicidad bimestral. Movimiento Junior en marcha, publicada por el Movimiento Junio para los educadores y con un Suplemento hecho para los niños y por niños. La J. O. C. tenía también su publicación, con difusión al exterior, pero con sus problemas internos y públicos.


REVISTAS FEMENINAS COMERCIALES.

En 1954 continuaban su publicación las revistas fundadas en la etapa anterior, Hola, Garbo, , Arte y Hogar, Luna y Sol, Gran Mundo.

Los últimos años, en la época franquista, de la prensa dedicada a la mujer, han conocido el mayor boom de las publicaciones de este género bajo el patrocinio de la publicidad. La mayoría de ellas han sido una imitación de la prensa francesa del género, pero sin el poder de aquélla, debido a las limitaciones de la censura.

Empresas de cosméticos, de peluquería, etc., llevaron a cabo la creación de revistas de corta duración como Galas Femeninas (1955−1956), Isis (1955), Maniquí (1960−1965). Hasta el Banco de Bilbao dedicó una revista Ama (1959−1970), patrocinada por C.A.T. (Comisaría General de Abastecimientos). El segundo fue la publicación de Ella (1965) que contó con la exclusiva en España del material de redacción gráfico de la revista francesa Elle. Garbo hizo un intento de incorporar algunas secciones que despertaran el interés de sus lectoras por nuevos temas, como premios literarios y la bolsa. Pero sin éxito. El resto de las revistas que se publicaron en este período (1955−75), suman catorce; todas ellas con el único propósito de atraer la atención de sus lectoras, y por ello sin salirse del conocido terreno de las típicas revistas femeninas. Distinción (1954); Ello (1954−61),Marisol (1954−62); Ilustración Femenina (1957−62); Magda (1958); Cristal (1960); Bella (1962−64); Club Fémina (1962−67); Femenino (1962−64); Mía ( 1964−65); Miss (1966−1967); Belleza y Moda (1969−1970); Vestirama (1971) y Bel (1971).

Ahora bien, las revistas femeninas tradicionales han visto como disminuían sus ventas por el indefinido sentimiento de frustración que inspiran muchas de estas publicaciones, primero porque aunque traten de dar a la mujer la solución individual a sus problemas, no son capaces de resolverles aquellos de carácter general que a todos nos rodean. Y segundo, porque son en sí mismas una contradicción, ya que por un lado tratan de prestar servicio a las lectoras y por otro, a causa de la publicidad le abre las puertas de los sueños, que se convierten a menudo en pesadillas, y la sumerge en la insatisfacción y la angustia puesto que siempre tienen algo a la vista para comprar en perjuicio de su escaso presupuesto la mayoría de las veces.

En los últimos años, la revista femenina se ha convertido en la mejor aliada de la publicidad , atenta al menor cambio en las apetencias del público lector. Cualquier deseo es una orden para mantener en pie estas publicaciones como soporte de unos intereses que mueve miles de millones. En ellas todo es publicidad, directa o indirecta.

A través de la prensa, al igual que en la televisión, se están creando continuamente nuevas necesidades de las que la más antigua es la moda en el vestir.

Desde que la revolución industrial mecaniza la producción de tejidos e incorpora nuevos materiales, la moda se ajusta cada vez más a los ritmos de producción y venta. Lo fundamental era crear la necesidad del cambio de cada temporada para motivar el consumo, que es el que , en definitiva, mueve toda la actividad económica del sector. Y es a partir de ese momento cuando la publicidad se pone en marcha, profundizando en el individualismo y vanidad de cada cual, imponiéndose hábilmente a través del anuncio o del actor o actriz de moda, de cualquier personaje famoso que forzosamente habrá de desencadenar el deseo de rivalidad, temporada tras temporada, insistentemente porque la moda es, en definitiva, otra imposición de la sociedad.

La principal receptora y transmisora de esta manipulación es la mujer porque a la buena disposición femenina para recibir de otros normas por las que regirse, hay que añadir la circunstancia de que nunca una mujer se ha visto tan deseosa de afirmación y diferenciación, tan obsesionada por conquistar esa personalidad que ha de valerle el aprecio de los demás.

Se fomenta su narcisismo, se juega con sus miedos infantiles no superados. La mujer ha resultado ser la víctima de infinidad de productos peligrosos para la salud. Muchas veces, la inesperada necesidad no es más que el disfraz del aburrimiento o la depresión. Pero a través de la mujer puede llegarse al hombre con mayor facilidad, haciéndola creer, además, que ella es la mediadora entre el atractivo del mundo que plantea el anuncio y el hombre. La hace creerse descubridora de muchos a través del espejismo de una publicidad construida, a cuyo fin no se escasea el dinero. En 1976, en el primer semestre se habían invertido en publicidad en revistas para útiles del hogar, 159 millones; para limpieza, 15 millones; para perfumería, 291, y para ropa, 139 millones.

« La mujer, reclamo sexual, salva de la ruina publicitaria infinidad de productos... aumenta las ventas de la prensa más oportunista y funciona como salvavidas de basura comunicativa...»

Por otra parte, es fácilmente comprobable el hecho de que parece como si las mujeres mayores de 25 años estuvieran condenadas a no existir ya: los consejos de belleza, de peinados, de compras, de moda, los anuncios publicitarios siempre reflejan la imagen de una mujer eternamente joven.


PERIODISTAS.

Desde la fundación en 1941 de la Escuela Oficial de Periodismo fue evolucionando, de acuerdo con los tiempos, para terminar obteniendo la categoría de Facultad dentro de la Universidad. Anterior a la E.O.P. fue la de la Iglesia, que impulsada por el diario católico El Debate, empezó a funcionar durante la II República. Fueron muchas las mujeres que salieron con su título, pero lo difícil era encontrar trabajo en las redacciones de la prensa periódica.

Entre las más destacadas se puede citar a Carmen Castro, con una sección dedicada a la mujer en el diario Ya, Concha Castroviejo, Carmen Bravo Villasante, que colabora con toda la prensa nacional, Consuelo de la Gándara, Pilar Nervión, corresponsal del diario Pueblo en Roma y París, Ana María Matute, con una columna semanal en Destino(1960−1965) y una crónica semanal en Diario Femenino. Margarita Landi, Lola Aguado, Carmen Llorca, Marta Portal, Aurora Díaz Plaza, María Fortunata Prieto Barral, corresponsal en Paría de Sábado Gráfico, Familia Española, Lecturas, suplemento de ABC, María Ángeles Arazo, redactora de Las Provincias.

Pilar Urbano, que colaboró en Las Provincias, Levante, Jornada, Nuevo Diario, y desde 1976, una de las cronistas políticas de ABC. Además, era una de las componentes de los Desayunos del Ritz, junto con Pilar Cernuda, Julia Navarro, Raquel Heredia, entre otras.

Rosa Montero, cronista de El País, Premio Mundo en 1978, actualmente redactora de El País.

Carmen Sarmiento, que después de estudiar en la Escuela Oficial de Periodismo, entró en los Servicios Informativos TVE. Como no le gustaba el periodismo que hacía se fue a América a estudiar Televisión en Brasil. De regreso a España trabajó en Informe Semanal. Con motivo del Año Internacional de la Mujer, se desplazó a México, donde del 19 de junio a 2 de julio se celebró una conferencia que reunió a más de 6.000 personas. De sus experiencias en esta reunión internacional, publicó un libro titulado La Mujer, una revolución en marcha.

La escritora Elena Soriano Jara fue fundadora de la revista literaria bimestral El Urogallo (1969−1973), de la que fue desde un principio financiadora, redactora−jefe, Secretaria y diagramadora. En sus números tuvo colaboraciones de José Luis Abellán, Gloria Fuertes, Julio Cortázar, Dolores Medios , Pablo Neruda, etc.


LA MUJER EN ESPAÑA
Biblioteca Gonzalo de Berceo








422. La mujer durante el franquismo - 3ª parte




MUJER Y TRABAJO


Al término de la Guerra civil

Al terminar la guerra, y ante la imposibilidad de poner en marcha la economía, que respondiera a las necesidades más imperiosas y, como consecuencia, la creación de más puestos de trabajo, se había producido otra batalla, la de lograr reducir el paro, a base de arrinconar a la mujer, que durante la guerra había sustituido a los hombres donde fue necesario.

Por el fuero del Trabajo se apartaba a la mujer del trabajo fuera de casa. El Estado regulará el trabajo a domicilio y liberará a la mujer de la oficina y de la fábrica. Más tarde se aprobaba un Decreto en el sentido de que el nuevo Estado trataría de que la mujer dedicase su atención al hogar separándola de los puestos de trabajo . otra de las medidas a tomar fue la pérdida del empleo a la mujer casada cuyo marido rebasara una cifra determinada de ingresos.

También se implantó el subsidio familiar de 30 pesetas, mensuales a partir de dos hijos, con aumentos escalonados según el número de ellos, instituyéndose además, incitaciones a la natalidad. Sin embargo, a partir de 1946 se privó de este plus familiar para todos los hombres trabajadores cuyas mujeres lo hicieran también.

El nuevo Estado no sólo se preocupaba de liberar a la mujer proletaria de la fábrica, también se preocupó de liberar a la mujer educada de un trabajo prestigioso y productivo y en los años cuarenta se le cerraron los siguientes puestos: abogado del Estado, Agente de Cambio y Bolsa, médico de Prisiones, Técnico de Aduanas, Fiscal, Juez, Magistrado, entre otros.

Se hizo necesario crear condiciones legales ideológicas y culturales que tendían por una parte a limitar el acceso de la mujer al trabajo y, por otra, a dirigirla hacia sectores tradicionalmente considerados femeninos (servicios, fábricas textiles, de calzado, tabacalera, escuela elemental y maternal). Muchas de ellas pudieron experimentar las diferencias de salario, que llegaba a un 30%. Además, en muchos centros, las obreras en el momento de casarse eran despedidas, con una indemnización suavizada con el nombre de dote nupcial.

Y sin embargo, al margen de las declaraciones oficiales, miles de mujeres trabajaban en el campo diariamente mientras la Sección Femenina de FET y de las JONS organizaba cursillos de puericultura, labores, cocina, decoración y jardinería. Aunque en 1940 en el sector agrícola los hombres constituían el 94,5% estos datos no significaban que la mujer no realizase trabajos agrícolas, ya que cada 100 mujeres que trabajaban en el campo, 70 lo hacían en concepto de ayuda familiar, sin cobrar salario alguno, por lo que no figuraban en ningún tipo de censo. En el sector industrial sólo participaban un 15% de mujeres y en el sector servicios casi un 23%. Sin embargo, una forma de trabajo que técnicamente entraría en el sector servicios, el trabajo asalariado como servidora doméstica, agrupaba a finales de los 40 a más de medio millón de mujeres, con una tarea próxima a las catorce horas diarias.

Trabajar fuera de casa en una sociedad como la que existía durante la dictadura franquista, que recoge la diferencia entre lo exterior y lo interior, representa un paso importante en la lucha por la liberación de la mujer, pues rompe con la separación entre lo privado y lo público y permite a las mujeres tener una mayor conciencia de su condición. Pero es importante no caer en la trampa de aceptar sumisamente y con resignación la situación opresiva de lo que significa el mundo del trabajo, tal y como estaba en esos momento concebido para las mujeres. Y es necesario también, conocer los obstáculos con los que se encuentran en la práctica muchas mujeres trabajadoras en las sociedades industriales, quienes la mayoría de las veces no son consideradas en un plano de exacta igualdad con los hombres.

Trabajar fuera de casa, manteniendo al mismo tiempo la organización de la familia actual, obliga a muchas mujeres a realizar un complicado esfuerzo para no desvalorizarse a sí mismas ni quedar desvalorizadas ante los demás. Entre otras cosas, porque la fuerte presión social, inculcada de ideología patriarcal, intenta culpabilizar a las que son madres y que al mismo tiempo trabajan fuera de casa, ya que su entrada en el mundo exterior implica la debilitación de papel que la sociedad le otorga en primer lugar, que es el de cuidadora y educadora de la familia.

El burgués del siglo XIX creía que se prestigiaba como persona social si conseguía convertir a la esposa y a los hijos en inactivos, al margen del mundo del trabajo, y solo empezó a aceptar que sus mujeres trabajasen si se dedicaban a los oficios que en cierto modo, alargan el concepto doméstico del trabajo femenino y suelen ser ayudantes, como el de mecanografía, secretaria, dependienta o enfermera. Sin embargo, se acepta sin culpabilización alguna que miles y miles de mujeres proletarias realizasen trabajos agotadores en los talleres o fábricas y en el campo, puesto que su mano de obra, barata y mal considerada, era necesaria para la economía del Estado.

Pero, de una forma u otra, el caso es que la gran mayoría de las mujeres de la sociedad industrial ha entrado en el mundo de la producción por la puerta de servicio. Casi siempre se les ha encargado tareas manuales, rutinarias, sin interés y sin posibilidades de creación individual. Su salario es, por lo general, inferior al de sus compañeros hombres, aunque realicen trabajos similares, y pocas veces se las promociona, aunque valgan para ello, para que ocupen cargos directivos o de mayor responsabilidad. Se ha infiltrado de tal modo la ideología patriarcal dentro del trabajo, que se acostumbra a mantenerlas en condiciones inferiores y de clara subordinación a sus compañeros, ya que se da por sentado que un compañero varón se siente humillado si una mujer le da órdenes. Estos factores psicológicos son de carácter histórico y cultural, pero se han introducido en el subconsciente de hombres y mujeres, condicionando sus relaciones laborales. Muchas mujeres, a su vez, llevan sus aspiraciones hacia aquellas profesiones llamadas femeninas, y se autoexcluyen, desde la adolescencia, de otros oficios que les traerían más satisfacciones, por temor a entrar en un terreno que les han enseñado a no considerar como propio. Desde niñas están destinadas al matrimonio, y el trabajo solo es pensado como algo transitorio o secundario, aunque muchas de ellas hayan desgastado su mente y su cuerpo toda la vida para ayudar a mantener a la familia.

Por otra parte, en momentos de fuerte regresión económica y de gran falta de trabajo, las mujeres son vistas como competidoras por sus compañeros de trabajo, los cuales se reafirman en las posturas más conservadoras reclamando que el lugar de la mujer está en su casa. El hogar vuelve a ser de nuevo el refugio protector contra el mundo exterior, y la esposa, el paraíso perdido de los hombres que tienen que luchar por su propio derecho al trabajo. Y entonces las mujeres han de aceptar trabajos casuales para ayudar a la frágil economía familiar, trabajos mal pagados y desprestigiados socialmente.

Se ha olvidado, entonces, a la mayoría de las mujeres en la zona de las llamadas profesiones femeninas, que prolongan la vida doméstica de la cocina, costura, e incluso del cuidado de la belleza, aunque aquí también se admite que en la cima de la pirámide están los grandes cocineros , modistos y peluqueros, pues los hombres son creadores y las mujeres artesanas. Se atribuye al hombre el poder de la creación e invención, y se hace creer a las mujeres que son solo transmisoras del pensamiento masculino.


EL TRABAJO DE LA MUJER A FINALES DEL FRANQUISMO

La doble tarea de las mujers trabajadoras

Al no considerar que las tareas domésticas forman parte de la vida laboral de millones y millones de mujeres, se ha desprestigiado socialmente el trabajo del ama de casa y se la ha reducido a la nada económicamente. Por otra parte, casi todas las mujeres que trabajan además fuera del hogar se ven forzadas a llevar cotidianamente una doble jornada laboral, dentro y fuera de la casa. El lenguaje publicitario describe muchas veces, sin proponérselo, la vida del ama de casa que, además, trabaja.

No es de extrañar que el absentismo femenino sea, según las estadísticas, superior en las mujeres casadas y con los hijos menores que las solteras, lo que prueba que es la doble responsabilidad lo que les resulta agobiante y no el hecho de trabajar fuera de casa. La mujer trabajadora casada no dispone de tiempo libre para sí misma, pues se duplican sus 40 ó 48 horas semanales entre el trabajo fuera de casa, las tareas domésticas y los constantes desplazamientos. Su vida se transforma, normalmente, en una espiral enloquecida que pasa por una triple función agotadora, como es la de trabajadora, esposa y madre. El desgaste físico y mental se hace casi inevitable.

Aquellas mujeres que han conseguido ser respetadas y valoradas en el mundo exterior del trabajo, sea profesional o artístico, muchas veces se convierten en seres mimados por la misma sociedad que discrimina a la gran masa de mujeres trabajadoras. Si no se dan cuenta que son unas privilegiadas y que han podido realizarse gracias a su origen acomodado o porque han renunciado a facetas más íntimas de su vida personal, pueden ser utilizadas como falsos ejemplos tendentes a demostrar que , en esta época de autarquía, cualquier mujer se liberará con solo conseguir un trabajo. Ciertas teorías de apariencia liberal tratan de hacer creer que en este mundo solo es posible ser una profesional si se renuncia a una relación afectiva estable o la maternidad. Esta separación ha arrastrado a algunas mujeres a la frustración, a una amarga soledad, a una vida que las lleva a renunciar a importantes aspiraciones, pues es difícil tener una clara conciencia de que esta opción no es más que una rígida imposición social.

Por otra parte, la ideología del hombre burgués, que en el siglo pasado quiso colocar, para su prestigio, a la mujer dentro del altar pasivo del hogar, ha transcendido a otras clases sociales, y hoy muchos maridos proletarios se sienten orgullosos de que sus mujeres no trabajen, de que ellos puedan mantenerlas. Se admite como natural el prejuicio de que el marido, que representa la máxima jerarquía dentro de la familia, se sienta desgraciado si su mujer gana más dinero que él.

Así, las sociedades industriales avanzadas han mantenido el mundo del trabajo en base a la rígida estructuración entre el mundo exterior y el mundo interior. Muchas mujeres se sienten dentro del mundo del trabajo productivo como miembros ajenos y circunstanciales. Se piensa en la necesidad del trabajo femenino solo cuando favorece a los intereses de una minoría, puesto que la economía capitalista se desarrolla en aras de mayores beneficios para unos pocos y no se considera el derecho , real y no solo formal, al trabajo para todos, hombres y mujeres , como un derecho propio. La organización jerárquica patriarcal se prolonga en el campo de las relaciones laborales, y muchas mujeres lo aceptan con resignación.

La incorporación de la mujer al mundo del trabajo es, por tanto, un paso importante y decisivo, pero no el único medio en la lucha por su liberación, ya que al mismo tiempo es necesario que se transforme el concepto actual de trabajo desequilibrado y se creen las bases para que desaparezca la opresión y marginación de la mujer dentro del hogar.


El papel del ama de casa

En la sociedad franquista, se considera el trabajo del ama de casa como improductivo, puesto que no proporciona productos acabados y solo están destinados al uso. En una sociedad en que solo se valora a las gentes por lo que ganan, el trabajo de las amas de casa carece de valor y prestigio, de una forma tal que ha condicionado, incluso, la psicología de las mujeres. Se ha estudiado sólo la economía externa, industrial y rural, y en muchas ocasiones se ha marginado la economía familiar, puesto que es tradicional en cuanto a su tecnología y modos de producción. De ahí que se considere a las amas de casa como población inactiva.

A pesar del avance tecnológico de la sociedad occidental, dentro del hogar, la relación entre el marido y la esposa es comparable a la que mantenían los hombres durante el feudalismo: los siervos trabajaban para el señor a cambio de protección. La mayoría de los servicios, que podían ser atendidos por servicios colectivos, como el cuidado de la salud, la transformación de alimentos para su consumo, la protección de niños y ancianos, la limpieza, etc., siguen siendo atendidos individualmente por el ama de casa a través de la organización familiar y en el centro más universal y, al mismo tiempo, más aislado: el hogar. El proceso del tiempo doméstico se ha estancado frente al del trabajo industrial porque no se considera rentable. No importa el tiempo que se gasta en este trabajo, pues este tiempo no tiene ningún efecto sobre el capital. Lo que realmente importa es que el trabajo rinda beneficios. La socialización del trabajo doméstico, que podría ser posible si la sociedad se reorganizara de otra forma, no tolera beneficios directos ano ser que se necesite la mano de obra femenina.

Es en la vida cotidiana del ama de casa donde resulta más evidente la contradicción entre la legislación y la realidad de todos los días. A los niños se les educa para hacer algo en la vida mientras que a las niñas, principalmente, se les encamina para estar en la casa. El hogar será su mundo en el futuro: ahí gobernarán. Las consecuencias psíquicas de una clasificación socio−económica tan rígida son, en gran parte, determinantes, pues las niñas crecen inseguras y con miedo a ese mundo externo que les está, más o menos, negado.

Económicamente, el matrimonio es el intercambio de la parte de salario que aporta el varón por los servicios que aporta la mujer mediante su trabajo en el hogar. La casa es un centro de trabajo que compra al exterior los bienes de consumo, los reparte, los trasforma para ser consumidos, los vuelve a comprar y los vuelve a consumir. Es un trabajo que empieza y termina todos los días. Además de este trabajo, existe la otra función del ama de casa: la reproductiva. Concebir hijos, cuidarlos, criarlos con el fin de que a su vez se incorporen a la producción externa, si son varones, o doméstica, si son mujeres.

El trabajo doméstico se convierte en una rueda inacabable de pequeñas tareas no especializadas, pero que suplen infinidad de trabajos externos, como el de limpiadora, enfermera, cocinera, planchadora, pedagoga, etc. Para suplir servicios tan diversos se necesitaría una masa laboral superior al número de amas de casa, de ahí su necesidad económica.

Pero detrás hay una ideología que define este trabajo como esencial y que lo convierte en inalterable. Se sustenta, este trabajo, con la idea de que la posición natural de la mujer está dentro de la familia. Además de que se le niega socialmente el carácter de trabajo, éste no es intercambiable, pues el único lugar donde se desarrolla es el propio hogar. No es creativo sino rutinario y no se dispone de libertad para elegir un tiempo propio. No existen vacaciones ni jornadas laborales, pues aunque el ama de casa, según su clase social, disponga de horas de ocio, su tiempo está condicionado por los horarios de los demás miembros de la familia. Y difícilmente se puede optar por el abandono de este trabajo.

El papel del ama de casa ha condicionado en gran parte la conciencia femenina y no es de extrañar que la subordinación y sumisión que éste implica haya sido el gran determinante en la lucha del nuevo feminismo, más acusado a finales de la dictadura del General Franco. Y que considera que solo liberándose del trabajo doméstico, como una imposición social, económica y cultural, socializando las tareas que el ama de casa tiene que asumir individualmente, será posible distinguir una autonomía auténtica de la mujer.


LA MUJER EN ESPAÑA
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Catálogo general en línea









408. La ‘mili’ de las señoritas

   


Hace 35 años desapareció el Servicio Social, el pasaporte de las mujeres al mercado laboral. Tres gaditanas recuerdan su paso por una institución controlada por la Sección Femenina.


PEDRO INGELMO / Diario de Cádiz | 21.10.2012

“Mis hermanas mayores me contaron que lo primero que recibía la chica que entraba a prestar el Servicio Social era un broche con la SS, figúrate. Una SS”. Mary Paz, una mujer vivaracha que hizo el Servicio Social después, sobre 1964 o 1965, no recuerda que le dieran ningún broche como a sus hermanas, ni tampoco haber hecho gimnasia con puchos (unos pantalones bombachos), pero sí recuerda que en una sociedad muy cerrada para las mujeres, el trabajo obligatorio durante tres meses para poder recibir la cartilla que daba acceso al mercado laboral, de secretarias habitualmente, era una especie de salida al mundo, un rito iniciático que durante mucho tiempo fue conocido como la ‘mili’ de las señoritas. Duró 40 años, todo el franquismo. Empezó en 1937 y terminó en 1977. Tres millones de mujeres entre 17 y 35 años cumplieron el servicio.

Paquita Durán, secretaria provincial de la Sección Femenina en los años 50 y que ha declinado participar en la elaboración de este reportaje porque “aquello son cosas pasadas”, recibe una mañana de 1962 en la estación de Cádiz a Pilar Primo de Rivera, condesa del Castillo de la Mota, hermana del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, y fundadora, a su vez, de la Sección Femenina en 1934. Lleva bajo el brazo el último decálogo elaborado por las ideólogas de la institución. Se trata de un manual de la esposa ideal. Se puede leer: “Si (tu marido) sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer.

Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que haya podido experimentar”. O: “No te quejes si llega tarde, si va a divertirse sin ti o si no llega en toda la noche. Trata de entender su mundo de compromisos”. O: “A su llegada a casa déjalo hablar, recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos”.

Curiosamente, Pilar Primo de Rivera, como casi todas las dirigentes de la Sección Femenina, es soltera. “Las instructoras de Falange eran, para muchas, el símbolo de la liberación de la mujer”, cuenta la escritora Carmen Alcalde en sus memorias Vete y ama. De hecho, eran las únicas mujeres que formaban parte de la oficialidad, lo que se hacía patente en las ofrendas a los caídos de cada lugar en Cuelgamuros, bajo la cruz inmensa, intimidadora, del Valle de los Caídos, donde la delegada de la Sección Femenina acompañaba al subjefe provincial del Movimiento, los consejeros provinciales y algún concejal del Ayuntamiento.

“Aquí no rezamos como las monjas -decían a las chicas que iban a sus locales-. Nosotras preferimos cantar la mirada, clara y lejos/ la frente levantada, somos deportistas y bailamos danzas regionales. ¿Quieres afiliarte?” Charo, trabajadora en la actualidad de la delegación provincial de Empleo, recuerda su juventud en —-Vejer y el local que ocupaba la Sección Femenina. “Yo quería ir porque me decían que allí se bailaba y que enseñaban cosas, pero mi abuela me lo prohibió. ¡Nada de política!, me decía”. Un tiempo después, sobre 1974, prestaría el Servicio Social en Cádiz, en el colegio Santa Teresa, del Campo del Sur, para niños huérfanos, lo que le recuerda que, en aquella época, “las niñas de madres solteras tenían que hacer la primera comunión con vestido corto”. En Santa Teresa arregló las cuentas y pasó la contabilidad a a máquina. “Como terminé el trabajo en un mes y me quedaban otros dos me trasladaron a la plaza Mina, a Educación, para rellenar becas”. No tiene un mal recuerdo de aquello, todo lo contrario: “Pensaba: ¡un trabajo fuera de casa! Estoy capacitada para trabajar”. Esos tres meses le animaron a entrar en el mercado laboral, ya que tenía el salvoconducto, la cartilla del Servicio Social, para ello y, durante un tiempo, fue administrativa del hospital de Mora, pero, en cualquier caso, su educación le tenía que conducir a aquello para lo que estaba preparada: “Obediencia al marido y portarte bien con él. Dejé el trabajo para casarme, ni se me pasó por la cabeza compatibilizar una cosa con la otra. Y fui feliz. Mi marido trabajaba y yo cuidaba de los niños. Lo que se consideraba una vida cómoda. Pero los chicos crecen, los tiempos cambian y piensas que qué haces metida en casa. Pero en aquella época…” En aquella época su suegra, “una mujer alegre que siempre estaba cantando”, le contaba cómo había criado a sus ocho hijos y sólo salía el día del Corpus.

También le contaba, “con pena, que le hubiera gustado estudiar Medicina, pero hija, en esos tiempos no se estudiaba”.

En aquella época, la mujer no tenía derecho a sacar dinero del banco sin la firma de su marido, la propiedad de la vivienda era en exclusiva del marido y la transmisión iba a la familia de él y nunca a la mujer. No había muchas chicas que estudiaran en la universidad. “Casi todas las chicas estudiábamos un secretariado en la Institución del Generalísimo Franco en Cádiz”, cuenta Noni, trabajadora de la Junta de Andalucía en la actualidad. Este centro, situado en el solar de lo que parece que nunca será la Ciudad de la Justicia, orientaba a las chicas menos pudientes hacia alguna tarea profesional gracias a las llamadas becas P.I.O (Principio de Igualdad de Oportunidades), como cuenta Charo Barrios en su magnífico blog gastronómico Come en Casa. Noni no recuerda que de joven tuviera ningún interés en casarse. Quería trabajar y, por tanto, tenía que pasar por el piso de la Sección Femenina en la plaza de España. “Allí enseñaban electricidad y creo recordar que alguna clase dí, aunque lo cierto es que no sé ni cambiar un enchufe”. Su Servicio Social fue en Cáritas y el Hospital de Mujeres. No consigue relacionar situaciones de necesidad de entonces y de ahora “porque trabajaba en la oficina, pero sí recuerdo que íbamos con las monjitas a llevar comida a las casas de las familias necesitadas”.

La Sección Femenina competía con Cáritas en la tarea de repartir alimentos en la época del hambre. En Cádiz se instaló a finales de la Guerra Civil la llamada Granja Azul en el barrio de San Severiano. Llegó a producir 400.000 huevos anuales. Sus trabajadoras eran las chicas del Servicio Social.

Esa mano de obra femenina gratuita no tenía por qué ser mal vista por las ‘trabajadoras’. Mary Paz, que se ha jubilado recientemente, fue destinada a una biblioteca pública. Le gustó el trabajo de bibliotecaria, aunque cree recordar que “hacíamos poca cosa”. Por entonces, ya en 1964, el Servicio Social había perdido buena parte de su tarea de adoctrinamiento. No recuerda Mary Paz charlas sobre la mujer ideal al estilo de las que Pilar Primo de Rivera repartió sólo un par de años antes entre sus delegadas de la sección Femenina. “Mis hermanas, más mayores, sí que aprendían a hacer gimanasia, a cocinar y a coser. Era muy distraído”. En realidad, la educación de la mujer ideal se impregnaba de la propia sociedad. Las tres, Mary Paz, Noni y Charo, coinciden en recordar los primeros tonteos con los chicos en la plaza Mina, bien vigiladas por las madres. “O los paseos de las parejitas alrededor del árbol gordo de la Alameda, donde siempre iba incorporada una carabina (acompañante)”, apunta Mary Paz, que alguna vez acompañó a su madre de la mano para vigilar con quién iban las hermanas mayores “y a mí me daba mucha vergüenza”.

Pese a ello, el pensamiento de Mary Paz tenía que ser adelantado para la época: “Yo no me quería casar porque no quería aguantar a nadie”, aunque reconoce que, por entonces, ella misma se daba cuenta de que, al menos en su familia, “la mujer estaba muy protegida. Pasaría lo que pasase con la política, pero yo recuerdo aquella época como muy feliz”.

En cualquier caso, Mary Paz, Charo y Noni fueron, como miles de mujeres de su generación, las que rompieron con una dinámica, aquella que dejó escrita Pilar Primo de Rivera en su ideario: “Para lamujer, la tierra es la familia. Por eso, además de darle a las afiliadas la mística que las eleva, tenemos que apegarlas con nuestras enseñanzas a la labor diaria, al hijo, a la cocina, al ajuar, ala huerta, tenemos que conseguir que encuentre allí la mujer toda su vida y el hombre todo su descanso”.






407. La mujer durante el franquismo - 2ª parte




EDUCACIÓN DE LAS MUJERES BASADA EN EL GÉNERO


En el franquismo los dos componentes del nacional catolicismo, falangismo y catolicismo coinciden en la exaltación del patriarcado y la glorificación de la maternidad. Esta última como misión determinante de la vida de las mujeres, definiéndolas como productoras y reproductoras de hijos y de ideología por lo que su principal función social será la maternidad. De una característica biológica, la posibilidad de ser madres se deduce la obligación cultural de la maternidad, rodeada de un complicado sistema de valores y sentimientos que condicionan sus comportamientos. De aquí se derivará su aislamiento en le espacio privado, su separación del mundo productivo y político y el adjudicarle unos valores culturalmente definidos como femeninos, destinados a salvaguardar esta vocación maternal, supuestamente innata en la condición femenina.

Como consecuencia, si al hombre se le identifica con la razón y a la mujer con el sentimiento, mientras los varones, mediante la educación, desarrollan sus capacidades intelectuales y se forman para dominar y transformar el mundo, las mujeres perfeccionan las sentimentales encaminadas a formarlas en su papel de futuras madres y esposas. Al mismo tiempo quedará alejado de su formación todo aquello que se defina como masculino ya que estorbará en los objetivos a conseguir.

«El problema de la educación femenina exige un planteamiento nuevo. En primer lugar se impone una vuelta a la sana tradición que veía en la mujer la hija, la esposa y la madre y no la intelectual pedantesca que intenta en vano igualar en vano a los dominios de la Ciencia. cada cosa en su sitio. Y el de la mujer no es el foro, ni el taller, ni la fábrica, sino el hogar, cuidando de la casa y de los hijos, y de los hábitos primeros y fundamentales de su vida volitiva y poniendo en los ocios del marido una suave lumbre de espiritualidad y de amor».

Esta educación que defiende las diferencias descansará, en el caso de las mujeres, en dos principios, como pueden ser, la separación de sexos y la feminización de la enseñanza, estrechamente relacionadas ya que parten de la base de la consideración de hombres y mujeres como seres que desempeñarán en la sociedad papeles distintos, por lo que se pretende una educación diferenciada y, para poder impartirla de manera adecuada, separada para cada sexo.

Por otra parte, la de sentencia definitiva de la educación mixta se fundamenta en la eficacia educativa, al defender que cada sexo realizará mejor sus respectivos aprendizajes por separado y que el maestro para el niño y la maestra para la niña serán modelos diferentes de conducta que facilitarán un aprendizaje más correcto de actitudes y comportamientos.

Relacionada con este principio se encuentra la feminización de la enseñanza, la elaboración de un vitae y de unas prácticas educativas que ayuden a una formación diferenciada de las mujeres, potenciando los valores considerados desde la perspectiva genérica como femeninos, una educación en la que destaque la sensibilidad frente al intelecto, la intuición sobre la racionalidad, la práctica sobre la teoría. De las distintas cualidades se derivan diferentes funciones sociales y por ello la educación de las mujeres debe ser contrapuesta de manera considerada a la masculina, es decir, específica y separada del hombre, ya que tiene distintas cualidades fisionómicas y anímicas y que va a cumplir una misión distinta de la del hombre, reina del hogar.

En el ámbito de la educación formal, la aplicación del principio de democratización de la enseñanza concreta en una amplia escolarización y en la posibilidad de un acceso generalizado a los diferentes niveles educativos, no fue una de las prioridades del Nuevo Régimen. Si añadimos a esto el género, se encuentra que el mínimo acceso de las mujeres a los niveles de secundaria y universitarios en las primeras décadas del franquismo se intentará fundamentar e incluso incitar mediante una base teórica en la que se expresa el rechazo de la formación intelectual de las mujeres. La mujer erudita, preocupada por su desarrollo cultural y profesional, será definida como poco femenina. Si en la etapa republicana se había aumentado el acceso de las mujeres a la educación secundaria y a la Universidad, habían desempeñado profesiones como la abogacía o la medicina, habían sido parlamentarias, escritoras y periodistas, conformando un modelo de mujer que pensaba, discutía, ejercía una profesión y votaba, es decir, habían completado su formación personal e intelectual.

La Iglesia católica coincide en la condena a las mujeres independientes y críticas, planteando que frente a las mujeres Bachilleres , presuntuosas y sabias, deben formarse amas de casa, expertas en la práctica de su papel tradicional. El jesuita Herrera Oria condena la supuesta intelectualización de las mujeres y el abandono de sus papeles tradicionales y sugiere, además, una condena a una problemática corresponsabilidad en las tareas domésticas.


Diferenciación de sexos en las asignaturas comunes

En lo que respecta a la diferenciación de programas en asignaturas comunes a ambos sexos, la razón utilizada es que a pesar de que la materia es la misma los objetivos a alcanzar son diferentes, condicionados por los papeles que cada uno ha de desempeñar. Por ello hay programas distintos en Formación del Espíritu Nacional, ya que los hombres requieren una formación para la vida política pública y las mujeres para la familiar. La Educación Física se encamina a formar soldados en los hombres y madres en las mujeres, y la Música en donde se formará el espíritu patriótico de los niños y el cultural en ellas.

En la Formación del Espíritu Nacional(FEN) se defiende que hombres y mujeres sirven de forme diferente a la Patria: ellos con las armas y como miembros activos de la política, ellas en la retaguardia, en el día a día, con su ejemplar sacrificio cotidiano, sin participar en la vía pública. Por tanto, en los programas de esta materia predominarán los contenidos de teoría política en la masculina y los referidos a la disposición de servicio, sobre todo a través de la familia, en los destinados a ellas.

En el campo de la Educación Física puede observarse que mientras en los hombres se trataba de una auténtica formación premilitar, en la que predominaba la disciplina corporal encaminada a conseguir la resistencia física para aguantar las privaciones de la batalla. La de las mujeres se encaminaba a conseguir que fueran sanas, eficaces y bien preparadas para las continuas maternidades. Por ello, los ejercicios estaban programados en un intento de asociar su frágil naturaleza y sus necesidades reproductoras futuras, rechazando todas aquellas disciplinas deportivas que pudieran masculinizar su imagen corporal.

La música sólo era cursada por los niños más pequeños quienes veían reducido todo su aprendizaje musical a la enseñanza de marchas e himnos militares y patrióticos, acompañados de saber marcar militarmente el paso. Por el contrario, las niñas contaban con una amplia programación que incluía solfeo y numerosas canciones populares aunque sin menospreciar a los himnos patrióticos.

La tercera disposición consistía en la matización de los contenidos, impartiendo los mismos pero realzando unos u otros aspectos según sus destinatarios fueran hombres o mujeres. Así, en historia, mientras los hombres marcarían la virilidad de los héroes españoles, se trataría de profundizar en las virtudes femeninas de las heroínas: la maternidad en Isabel la Católica, la prudencia en la Latina, el sacrificio de Santa Teresa de Jesús...

Los libros de texto contribuían a la jerarquización mediante la representación de la mujer sólo como madre y realizando tareas domésticas, su ausencia como protagonista de la Historia, la edición de versiones diferentes de los mismos textos o la existencia de libros sólo para niñas. Textos e ilustraciones formarán mujeres−madre, mediante la presentación de grupos y estructuras familiares muy habituales, con funciones y deberes diferenciados según el sexo. Así el padre representará la autoridad, el miembro de la familia que sale fuera de casa para ganar el sustento diario que mantiene a toso el conjunto familiar y que, dentro del hogar, descansa. Por el contrario, la madre se ocupa de administrar el hogar, y de mantenerlo en orden, tanto material como espiritualmente. Los trabajos que hace se reducen a los domésticos y fuera de esto, sólo aparee realizando faenas de tipo agrícola y aquellas profesiones consideradas femeninas (maestra, enfermera, mecanógrafa). Ella se ocupa del bienestar de la familia.


Educación desde la Falange

De manera paralela la Falange se encargaba, a través de la Sección Femenina, de completar la educación femenina. Franco les había responsabilizado de llevar a todos los hogares de España el mensaje falangista y durante su existencia nunca dejaron de cumplir sus órdenes. Se trata de que las mujeres continúen la transmisión de ideas y valores falangistas. Para ello puso en pie un soporte de instituciones gracias al que llegaba a todas las mujeres, tanto de campo como de ciudad, amas de casa o trabajadoras, jóvenes o adultas, falangistas militantes o no, en el tiempo de descanso o de trabajo.

Pilar Primo de Rivera, la hermana del Fundador José Antonio, se convirtió en la cabeza y el alma de la Sección Femenina, en la máxima Mando y en la auténtica conservadora de las esencias falangistas. Tal vez por ello sea la parte femenina de la organización falangista que más tarde en adaptarse a los nuevos tiempos y continúe hasta casi el final del franquismo transmitiendo una ideología superada por los hombres. Su modelo de mujer se identifica con el de madre y su educación se dirige a formarla como buena ama de casa y reproductora, suprimiendo todas aquellas materias que resten importancia a la formación del hogar.

El conjunto de mujeres era educado en los principios falangistas gracias a su introducción en el sistema formal, en el que contaban con sus propias escuelas de primaria, de Enfermeras y de Magisterio además de los servicios complementarios de Colegios Mayores y Menores y, sobre todo, mediante las Escuelas de Hogar que comprendían las materias de labores del hogar, economía doméstica, puericultura y cocina, y se complementaban con las enseñanzas de Formación del Espíritu Nacional, de gimnasia y de música. Cursarlas era obligatorio en el Bachillerato y en las Escuelas Normales femeninas siendo impartidas por instructoras de la propia organización con lo que se facilitaba su acceso e influencia ideológica en lugares como los colegios regidos por ordenes religiosas. Las maestras de enseñanza primaria para poder ejercer el Magisterio en escuelas estaban obligadas, antes de la Oposición, a cursar durante un mes estas materias, en cursos que recibían en verano en Albergues en calidad de internas. Se garantizaba así el contacto con la organización de todas las maestras españolas, una influencia ciertamente privilegiada.

La educación de las mujeres españolas durante todo el franquismo estuvo guiada por los principios doctrinales de la separación de sexos y feminización, pero debe tenerse en cuenta que fueron adaptándose a las necesidades sociales y la evolución político−económica que el país conoció a lo largo de los cuarenta años, ya que, a pesar de las intenciones inmovilistas, la sociedad femenina iba evolucionando, produciéndose sucesivas crisis que afectarían a la educación. Aunque cabe destacar que siempre existieron grupos de personas que representaban alternativas a los modelos oficiales, minorías que no dejaron de oponerse al Régimen y cuya influencia contribuyó a la modernización del mismo.


LOS AÑOS CUARENTA

Cuando termina la guerra civil, el Nuevo Régimen siente la necesidad de reconstruir la Patria a partir de una España con falta de personas y también por carencia de ideales, fruto de las ideologías disolventes de la etapa republicana, que han atacado sus esencias tradicionales. Se trata, por tanto, de recuperar una España Imperial y, por esta razón, se reivindica la mujer−madre, reproductora de hijos y de costumbres. El millón de muertos en el conflicto el medio millón de exiliados y las víctimas de la represión emprendida por los vencedores y que supondría la eliminación física de todo tipo de discrepantes, supusieron un enorme descenso de habitantes y por ello, de mano de obra productiva. Pero para recuperar los niveles de producción hacía falta personas y sólo las mujeres serían capaces de ocuparse de ello.

Dentro del aparato educativo formal, la enseñanza primaria se caracterizará por la publicación, en 1945, de la Ley de Enseñanza Primaria que permanecerá en vigor hasta 1970. en lo que hace referencia a la educación de las mujeres establecerá de manera rotunda y detallada los principios de separación de sexos y feminización de la enseñanza.

Su división en dos etapas diferenciadas, de 6 a 10 años, general, y de 10 a 12 años, especial, hace que las mujeres queden todavía discriminadas y que realmente a los 10 años abandonen la escuela porque ni piensan continuar el bachillerato ni integrarse en el mundo laboral. Es una educación con un fuerte contenido religioso, patriótico y de formación hogareña, como se encarga de recordar la Junta Provincial de 1ª Enseñanza de Valencia a las Juntas Municipales de Educación primaria.

«Función de la escuela: Es importante la cultura; es deseable y debe cultivarse la fortaleza física; pero lo es más el temple del alma, la rectitud de la conciencia, el valor, el espíritu de sacrificio y hermandad, la conducta siempre ajustada a nuestro fin imperial y eterno. Sin olvidar el distinto matiz que ha de tener la educación de cada sexo, la prohibición de la coeducación, inadmisible como sistema pedagógico, y la educación familiar. Educación para el hogar: Es la familia sana, fundamento de la sociedad; y la española es todavía la más sana del mundo; precisa preservarla de contagios disolventes, y para ello, educar a nuestras mujeres con esa aspiración: que sean, ante todo, mujeres, el alma del hogar y aglutinante de la familia; que ellos son el trono y el reino de la mujer cristiana y española; y sin que con ello se proscriba la cultura femenina deseable, hay que tener en cuenta ante todo, que el sistema educativo de la mujer, debe mirar fundamentalmente al hogar; y que esto no debe olvidarse en ninguna escuela».

En lo que respecta a la enseñanza secundaria, surte el efecto deseado en una década en la que las mujeres que podían estar cursando el Bachillerato eran necesarias en sus casas o trabajando. Prueba de esta eficaz campaña de desprestigio de la secundaria femenina es que las niñas que recibían este tipo de enseñanza suponían un 36% del total del alumnado al comenzar la década, y habían disminuido a un 35% en el curso 1949−50.

Es en el nivel de enseñanza superior o universitaria en donde se percibe con mayor claridad los efectos de la ideología sexista predominante en el franquismo. Si ya se consideraba el Bachillerato como escasamente adecuado para la mente femenina, mucho menos propio será la formación universitaria y de la teoría se pasó a la práctica viendo las mujeres prohibido su acceso a las carreras de Judicatura y de Diplomacia, además de su exclusión de la vida militar y eclesiástica. Por tanto, quedaban excluidas de los tres órganos del poder social: Justicia, Ejército e Iglesia.

En el ámbito no formal, la Sección Femenina de los años cuarenta centra su atención en el fomento de la maternidad acompañado de la lucha contra la mortalidad infantil, concretada en campañas a favor de la lactancia materna, concursos de bebés, confección de canastillas y la labor de las divulgadoras rurales, con formación de enfermeras y asistentes sociales, que en los barrios marginales y en las zonas rurales se encargaban de proporcionar a las madres conocimientos teóricos y prácticas de puericultura.

Las imágenes de mujeres reales y transgresoras no son las que se encuentran en los medios educativos formales pero sí en otras instancias también socializadoras. Por ello, a pesar del empeño del Régimen, capaz de censuras y manipulaciones con tal de difundir una imagen idealizada de la mujer−madre asexuada , piadosa, patriótica, ejemplar, se vislumbra una realidad cotidiana menos ideal y mucho más cercana a las contradicciones propias de toda sociedad gracias a la existencia de otros medios que no pueden ser controlados totalmente.

La radio se convertirá en los años cuarenta, en uno de los instrumentos de socialización de las mujeres de mayor alcance tanto por los espacios de audiencia que crea como por los propios mensajes transmitidos. La radio puede escucharse en el ámbito privado, al mismo tiempo que se realizan los trabajos domésticos, y en el público, mientras se trabaja en almacenes, fábricas... e incluso podía llegar a fomentar la audición conjunta. En esta época las mujeres trabajaran al sonido de las melodías populares y los programas de mayor éxito.

Por último, cabe destacar uno de los medios que mayor influencia han tenido en la socialización de la mujer, como puede ser la publicidad. Los anuncios publicitarios están destinados a crear y satisfacer las necesidades, a materializar los sueños y a convertirse en mensajes imprescindibles para aconsejar a las consumidoras, que ello mismos provocan y satisfacen. Son un testimonio asombroso de la evolución y la transformación de los modelos de mujer y de las relaciones sociales en estas décadas. Los productos anunciados en revistas y diarios nos muestran la miserable realidad. Las mujeres se encontrarán con la ayuda de los mensajes publicitarios para poder ejercer su misión y con esta finalidad abundarán los anuncios de productos de higiene corporal y de limpieza, de similares de alimentos, de productos farmacéuticos.


LOS AÑOS CINCUENTA

Los años cincuenta significaron la continuación y pervivencia temporal del modelo teórico diseñado en la década anterior que puede sintetizarse en la frase fijada como lema por la Sección Femenina: mujeres para Dios, para la Patria y para el hogar, es decir, cristianas, decentes, patrióticas y perfectas amas de casa, prototipo que sufre algunas modificaciones respecto al precedente como consecuencia de la mejora de las condiciones socioeconómicas y que coincide con el vigente a nivel mundial.

Las mujeres son educadas con escasas ayudas al terreno teórico aunque de manera lenta iban produciéndose incorporaciones cuantitativas que producirán los grandes cambios de los años sesenta. Si reducimos el análisis de la educación de las mujeres al ámbito formal, puede afirmarse que es un década inmovilista persistiendo en ella los principios básicos de la educación femenina hasta el punto de que la mayor novedad en el interior de las escuelas pueda encontrarse en la aparición del reparto de la leche americana, fruto de los acuerdos con los americanos y que proporciona un acuerdo de olor y sabor desagradables que simboliza a la perfección esta década.

En la enseñanza primaria continua la obligatoriedad de la separación de los sexos y trata de reforzarse el principio de fiminización. Varias disposiciones legales aprobaron la convivencia de seguir siendo el maestro modelo para los alumnos y maestra para las alumnas y la importancia de cursar las niñas las materias propias de su sexo. Este nivel de enseñanza puede considerarse como una prolongación del anterior, y en el de secundaria se producirán importantes novedades estructurales, al promulgarse la Ley de Ordenación de la Enseñanza Media de 23/02/1953 que permanecerá en vigor hasta la Reforma de 1970.

Así, se consolida la feminización de la secundaria con la obligación de cursar las materias de Escuela de Hogar en todos los cursos de los niveles elemental y superior y la inclusión en las pruebas de reválida de una prueba específica sobre estas materias, cuya no superación privaba de obtener el correspondiente título. La insistencia en esta cuestión y la realidad de la progresiva incorporación de las mujeres a la secundaria y al mundo del trabajo llevará a la creación de un Bachillerato Laboral Femenino (1957), adaptación del Bachillerato Laboral creado en 1953 como alternativa al Universitario. Esta adecuación de la enseñanza a las necesidades de las mujeres fue respaldada por la Sección Femenina.

El nivel de enseñanza universitaria es el único que tiene transformaciones en estos años, ya que se produce un aumento en la incorporación de la mujer a la Universidad, incremento que se puede calificar como lento y constante.

El aparato educativo formal produce los ideales de feminidad y discriminación consustanciales al franquismo. La pobreza de la enseñanza primaria, la escasez de institutos femeninos y el predominio de la privada, atenderían a los rasgos más destacados de los cincuenta.

La Sección Femenina avanza con su labor de educación falangista, aunque con algunos matices diferentes, obligada por las distintas condiciones socioeconómicas que se crean en el país. Continúa de manera dominante su campaña a favor de la maternidad física e ideológica pero centrándose más en el aspecto teórico e ideológico, con conferencias sobre diferentes aspectos de la misma, aunque sin olvidar la necesidad de reproducción, fomentada por el Régimen, que continuaba premiando la natalidad. Así, en marzo de 1956, el Caudillo entregaba en Madrid el primer premio de natalidad a un matrimonio con 22 hijos de los que vivían 20, teniendo el padre 78 años y la madre 55.

En el aspecto social, los 50 fueron los años en que comenzaron a coger fuerza los fenómenos de la inmigración del campo a la ciudad, de la emigración a Europa y de la afluencia de turistas. Poco a poco el franquismo toma conciencia de la necesidad de adaptar su ideología a los nuevos tiempos pero sin perder sus esencias, intentando que la sociedad asimile su necesidad pero sin renunciar a sus principios fundamentales. Estos cambios se ven en los medios de comunicación, quienes persisten en su labor de educación de las mujeres en nuevos patrones.

La radio empieza a modernizarse y alcanza su esplendor en esta época. Continúa la emisión de canciones con características parecidas a las de la etapa anterior y, desde el punto de vista de la educación femenina surgen dos nuevos tipos de programas que alcanzarán gran audiencia en esta etapa y en la siguiente. Los espacios femeninos suelen girar alrededor de algún producto de cosmética o del hogar. Son de ideología reaccionaria y muy marcados por la censura.

La publicidad se convertirá en la educadora de los ciudadanos y ciudadanas que necesitan aprender de los usos y costumbres de una sociedad urbana y una clase social burguesa a la que desean pertenecer. Hombres y mujeres que acababan de abandonar la sociedad rural necesitaban modelos que les reeducaran para desempeñar eficazmente su nuevo papel. Por ello, las mujeres copiarían los vestidos, peinados y productos de cosmética de las modelos publicitarias.

Los cincuenta terminan con una mujer educada pero que empieza a conocer una realidad económica y social distinta, a la que tendrá que adaptarse. Las necesidades reales superarán los márgenes que el franquismo se empeñaba en mantener, en este caso, a las mujeres.


LOS AÑOS SESENTA

El modelo de planificación económica propuesto por los tecnócratas supuso la hegemonía de los ideales de eficacia y rentabilidad, que se reflejarían en la economía y en la vida política. Los Planes de Desarrollo y las divisas procedentes del turismo y la emigración acabarían con la tradicional mujer ahorradora, capaz de autoabastecer a su familia, y ofrecerían como alternativa la consumidora eficaz y ordenada, a la que se convencerá de que el trabajo doméstico forma parte importante de la economía nacional. Sigue vigente el modelo de mujer reproductora que alcanza en estos años gran importancia y se produce un auténtico boom de natalidades, dando lugar a la denominada generación de los baby boom.

En esta nueva situación socioeconómica la Sección Femenina presenta la Ley de Derechos políticos, concretamente, en 1961, con el objetivo de adaptar el antiguo fuero de los españoles a las necesidades del desarrollismo y reconocer la progresiva existencia de mujeres trabajadoras. Una ley contradictoria en la que junto al reconocimiento del derecho de la mujer soltera a ocupar puestos de trabajo asalariado con igual salario para un mismo trabajo, se valora el trabajo doméstico y se sigue manteniendo la permanencia de la mujer casada en el hogar. Pilar Primo de Rivera mantiene que:

«La ley en vez de ser feminista sea, por el contrario, el apoyo que los varones otorgan a la mujer como vaso más flaco. ¡Qué más quisiéramos que el salario del hombre fuera lo suficientemente remunerador para que la mujer, sobre todo la casada, no tuviera que trabajar por necesidad! Yo os aseguro que si la vida familiar estuviera suficientemente dotada, el 90% de las mujeres no trabajarían. Para nosotras es mucho más cómodo y más apetecible tener todos los problemas resueltos. Pero hay numerosas familias que no sólo en España sino en el mundo que no pueden prescindir del trabajo de la mujer precisamente para que la atención y la educación de los hijos, fin primordial del matrimonio, sean suficientes». 

Por otro lado, los 60 significan la entrada de las mujeres en el sistema educativo formal. Al 50% que le corresponde primaria, se une la incorporación de secundaria, alcanzando el 45,6% y en las Universidades el 26%. Esta década representa, para las mujeres, el acceso de la educación secundaria mientras que el reto universitario se conseguirá posteriormente. Sólo hay una importante deficiencia en este avance, que es la que corresponde al analfabetismo que, entre las mujeres, supera el 10%.

La modernización tiene su reflejo en la publicación de los Cuestionarios del ciclo de formación manual correspondientes al Bachillerato Laboral Femenino de la Modalidad Industrial y Minera, en el que van incorporándose conocimientos como, conceptos de fontanería doméstica, el estudio de los aparatos eléctricos domésticos y de los gases utilizados para los aparatos domésticos, conceptos de electricidad, etc. Se observa que, posiblemente, en las Escuelas de Artes y Oficios Artísticos es donde mejor puede apreciarse la evolución de la incorporación de las mujeres a la formación profesional, ya que se produce un importante acceso que llega a representar el 45,12 en el año 1965.

La enseñanza universitaria presenta una incorporación masiva en cantidad y rápida en el tiempo a partir del principio de los 60, como consecuencia directa del gran aumento producido en la escolarización de mujeres en el Bachillerato. Por otra parte se produce la superación de las diferencias en el acceso a ciertas Facultades por razones de sexo, considerándose así, un ingreso masivo: Ciencias, Derecho y Medicina, triplican su cifra en toda la década. En Filosofía y letras se observa por primera vez un descenso en el porcentaje, mientras que Farmacia sigue aumentando su alumnado, predominando las mujeres.

En los sesenta, se pone en marcha la Campaña Nacional de Alfabetización (Decreto 24/07/1963) dirigida a elevar el nivel cultural de una población que necesitaba una formación más específica y compleja que la que se solicitaba en una sociedad agraria. Esto también favorece a los hombres. Prueba de esta intención de aumento de la productividad, es la publicación de anuncios destinados a hacer ver a los empresarios las ventajas de la alfabetización de sus empleados.

«¡Empresario! Procura la alfabetización y elevación cultural de todos tus trabajadores y así, además de cumplir con graves obligaciones, legales y morales, aumentarás la productividad de tu negocio».

La Sección Femenina también se adapta a los nuevos tiempos. Las falangistas dedicarán sus esfuerzos a formarlas y desplazan los esfuerzos del área de campesinas, privilegiada en los cuarenta, a la de Sindicadas, potenciando su participación en los sindicatos y en la vida política y cultural. Pero al mismo tiempo modernizan sus planteamientos respecto a las mujeres casadas a las que quieren convertir en amas de casa modernas que deben continuar apartadas del mundo laboral, dedicadas al cuidado del marido y los hijos pero ya no tan centradas en la economía de subsistencia para la que las habían preparado sino a la actual del consumismo. La finalidad es conseguir una mujer más culta, mejor preparada, capaz de realizar todos los gastos necesarios para conseguir la máxima comodidad en su hogar y para su familia, pero que siga considerándolo como centro de su vida. Dentro de este tema, las Escuelas de Hogar se convierten en centros culturales, en donde se pronunciaban conferencias de temas religiosos, políticos y de actualidad nacional e internacional además de los clásicos cursillos de decoración, cocina, etc...

Una de las novedades planteadas por la modernización de la Sección Femenina desde la perspectiva desarrollista, es la apreciación del trabajo doméstico como una contribución a la economía nacional, por lo que exigen su conocimiento social y salarial. A partir de esta valoración surgen las primeras reivindicaciones de salario de las amas de casa, valoración positiva que hace aumentar la autoestima de las mujeres pero con el equilibrio de tener que contribuir a perpetuar la división de papeles y ámbitos de actuación de hombres y mujeres. Consecuencia que también se extrae de su planteamiento de los horarios de media jornada, jornada partida o por horas para las mujeres, que les permiten compaginar el trabajo dentro y fuera de casa, es decir, mantener la doble jornada.

Puede afirmarse que, finalizados los 60, el modelo falangista femenino había evolucionado hacia el de un mujer que, consentía una especial formación integral como persona, reconociendo el derecho de las mujeres solteras a realizar trabajos pagados, valorando el trabajo de las casadas e intentando una mayor participación en la vida política y sindical. Las nuevas mujeres que deseaba la Sección Femenina de finales de los 60 están representadas por las universitarias del SEU, las sindicalistas activas, las alcaldesas elegidas a través del tercio familiar, las amas de casa que asistían a los Círculos Medina y reivindicaban un salario por su trabajo.

El aumento de la capacidad adquisitiva y e tiempo libre del que comienzan a disfrutar los españoles hacen que se consuma más y más, y serán los medios de comunicación quienes reflejarán con mayor precisión los cambios ocurridos. El ideal femenino continúa siendo reunir las cualidades tradicionales de realizar a la perfección las tareas domésticas, ser laboriosa, buena, alegre, dulce y atractiva, y así mantener la finalidad de una boda que permanece invariable, como el mensaje conservador, que también permanece.

En el cine, los primeros 60 representan una continuación de la década anterior, con el éxito de mujeres frágiles e inocentes, como Natalie Wood, Audrey Hepburn, o Julie Andrews, mientras que el mito erótico seguirá siendo Marilyn Monroe, que representará a la perfección el papel de mujer seductora. Finalizando los 60 surgen los nuevos modelos de mujer que necesita la estética pop dominante, mujeres dulces pero independientes. En España surgen las imitadoras de Audrey Hepburn como Enriqueta Carballeira o Sonia Bruno y a finales de los sesenta, las chicas modernas, que reciben el nombre de ye−Yes: Concha Velasco o Teresa Gimpera aunque la máxima representante continúa siendo Sara Montiel.

La publicidad conoce una época brillante. En una sociedad en la que ha aumentado el nivel adquisitivo de buena parte de la población, el consumo aumenta y se extienden los mensajes dirigidos a crear y satisfacer necesidades. Las mujeres son el público perfecto por ser, a su vez, protagonistas y usuarias, y aumentan la calidad y cantidad de los anuncios. Esta publicidad enseña a las mujeres cómo comportarse, qué productos usar y cómo vestirse y arreglarse de acuerdo a las nuevas exigencias de la sociedad.

Al finalizar la década de los sesenta las mujeres han evolucionado desde el modelo tradicional, vinculado al estilo católico y al conservadurismo falangista, a uno modernizado, aunque ideológicamente se pretende igual al de los primeros años del franquismo, ha sufrido transformaciones debido a las necesidades económico−sociales. Su socialización en este nuevo modelo se ha producido por los mensajes recibidos a través de los medios de comunicación y la práctica diaria que, ha forzado su acceso a niveles educativos cada vez superiores.


LA MUJER EN ESPAÑA
Biblioteca Gonzalo de Berceo


La Biblioteca Gonzalo de Berceo agradece a Mª del Carmen Agulló Díaz (profesora titular del Departamento de educación comparada e historia de la educación de la Universidad de Valencia) que ha permitido publicar estas líneas, extracto del capítulo (pps. 243-295) "Azul y rosa": franquismo y educación femenina", incluido en el libro "Estudios sobre la política educativa durante el franquismo", coordinado por Alejandro Mayordomo y publicado por la Universidad de Valencia en 1999.