Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Conde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Conde. Mostrar todas las entradas

3357. El aviador bárbaro sobre Jaén

El hombre que más nos odia ha cogido un avión bombardero y lo ha cargado con bombas de 100 kilos. Luego, navegando por un cielo cuya claridad es mayor que la del agua, mirando los campos soberbios de olivares, tan redondos y señeros, ha entrado al fin en el cielo de la ciudad... Las calles se extienden delgadas y humildes, con su sol y su brisa de pobreza agradecida a la insólita paz en mitad del horror; entre el halago del clima tibio. Y seguidas, una tras otra, el alemán de cabeza mecánica -con un sitio ridículo para la música wagneriana-, ha lanzado sus bombas. Después, sus ojos azules de frío y de vidrios, se han gozado en la tortura de las calles españolas donde nuestros niños se hacen astillas bajo la locura del hierro con trilita.

Quizá las sirenas del Miedo han sonado cuando ya todo es ruina y muerte. El alemán, piloto al servicio de Franco, da vuelta a su aparato, del que la hélice se ha teñido de sangre morada de crepúsculo ...

¡Qué riqueza de campos, y qué asco de seres ametrallados! Un grave aire musical, la muerte de ISOLDA tal vez, se entromete en la armonía del motor.

... Abajo, los cuerpos se recogen a trozos, los llantos se cortan a rodajas. Pero el cielo está impávido; los gavilanes interpretan sus vuelos. Y el alemán bebe manzanilla con el hielo de sus «Zeïs".


Carmen Conde
Mujeres Libres núm. 11








3270. Poema del aire de la Guerra

Foto: Benítez Casaux


El aire está quebrado, camaradas, en larguísimos tajos de gritos; infinitos muslos, muchedumbre de piernas y brazos, ejércitos de manos y de pies estallados, pueblan el aire. Las bocas negras de los cañones enemigos, perforan la tierra donde nuestros hermanos alzan su heroísmo preparando cosechas dramáticas de ojos, corazones y sexos jóvenes, que luego comeremos en frutas.

¡Ay, aire caliente ele los olivares! ¡Ay, tierra regada de sangres nuevas, qué extraordinaria cosecha jugosa nos devolverás después! La muerte te  sirvió cuerpos en vigor, y habrás de ser más generosa que cuando te los incorporaba la miseria, secos y exhaustos.

Por el aire van los estampidos de los obuses, y la risa trágica de las ametralladoras. Por el aire ruedan los cañones su furia de explosiones. Por el aire retumba la voz de Madre, y la del Hijo, y cauta la alegría de la fé en la victoria.

¡Aire de los olivos calientes, qué ancho bosque de llantos te atraviesa como un fuego!

El aire de las ciudades heridas se duele por entre las calles que bombardean Alemania y Roma; como un adolescente ciego, el aire se tropieza con las piedras de negro humo y con los muros derribados. Hay mujeres despanzurradas en mitad del aire, y chiquillos con las fresas de sus corazones al aire. Y hombres, en lo hondo de los valles y en las cimas de las sierras, con el fusil empuñado; vacíos los ojos de ira y duelo, rasgada la última lumbre de la sonrisa. ¡Aire de los montes alzados contra el fascismo y contra sus vestales; aire de las noches alumbradas de carbones encendidos; aire de los ríos menudos, de los hondos ríos luminosos de indiferencia!

Todos se llaman en tu pecho, aire: ¡Madre!, ¡Hijo!, iPadre!, ¡Me bato por la Libertad!, ¡Lucho por la Independencia!

Rajado, sangrante, sin equilibrio en sus piernas de coloso, el aire se aprende nombres ingenuos, nombres de caricias y de promesas ardorosas. ¡Pobre dolor del aire, tan apenado, corriendo por los pueblos que ardieron los extranjeros asalariados, gritando sus brisas inútiles en las casas volcadas, en los jardines en cenizas!

Nuestros hermanos los combatientes, camaradas, saben cuanto amor les trae el aire.

Yo te conjuro, aire, aire, aire, para que juntes en columna todos los gritos, sollozos, duelos que entre tus brazos caben y con tan inmensa arma arremetas contra la Muerte. ¡Llévatela, aire de los hermanos valerosos que, cantando van a buscarla! ¡Rompe las torres de púas donde el enemigo artilla su odio!

Aire dé los calientes olivos; vé a llenar a los hermanos que se te desangran abiertos en haces de sacrificio, mi dolor y mi gratitus por su heroísmo; mis labios llenos de llanto de ternura y mis ojos heridos de suspiros por su bravura!

¡Aire herido de muerte, aire de Libertad, aire del Pueblo!


Carmen Conde
Frente del Sur, 1937

Publicado en Mujeres Libres núm. 12







3199. Habla la viuda de Miguel Hernández

No somos los españoles aficionados a escribir simple y honradamente nuestras biografías o nuestras memorias. Exceso de pudor o de miedo ante la opinión ajena privan a la historia literaria de aportaciones del mayor interés sin duda. A diferencia de escritoras y escritores de otros países, la vida íntima de las españolas se recata, con detrimento del importante documento humano que podrían ofrecer. Si alguna de ellas se atreve a decir algo propio, lo enmascara con difusa literatura. Saltándose todos los prejuicios, una mujer del pueblo, ajena hasta hoy a exposiciones escritas de sus sentimientos y vivencias, adviene al grupo de las calladas, contándonos en voz alta y sencilla, densa de dramatismo, su vida y su dolor con y por uno de los hombres más puros, de los poetas más grandes de nuestra España contemporánea. Me refiero a Josefina Manresa, viuda de Miguel Hernández. La lectura de su obra denuncia una palpitación ronca de sollozos reprimidos. Ni por una sola vez destaca la mujer si no es en función de aquel a quien evoca. Cuenta –y sus referencias nos hacen recordar las de Doña Francisca Sánchez de Rubén Darío, por lo que atañe a los depredadores del archivo de los poetas– lo fundamental de su dignísma existencia: su encuentro y su amor por el poeta Miguel Hernández, que murió en la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942.

Una juventud marcada por doble destino de muerte, la de su padre a manos de irresponsables, y la de su marido, en la posguerra. Flanqueada su vida por dos hombres que el odio, disfrazándose de cualquiera cosa, eliminó de un modo u otro, Josefina Manresa cuenta serenamente cómo y por qué ella es huérfana y viuda a causa de nuestra tristísima guerra civil y sus consecuencias.

Amor, entrega total al marido y al hijo de ambos; dolor, hambre, humillaciones en lo más delicado de su ser; decepciones compartidas con el que nunca perdió las ilusiones y la esperanza de salir vivo de las cárceles que se sucedían en su turismo involuntario. Todo lo va relatando Josefina Manresa porque quiere dejar claras muchas cosas que quedaban confusas a causa de mala interpretación o ligera afirmación. Y la denuncia escueta de quienes no ayudaron a Miguel en su doliente estado, y la de los que se aprovecharon ruinmente de la confianza que Josefina Manresa puso en sus manos: retratos, originales, cartas que nunca recuperó... Y no hablemos de ciertas ediciones piratas a raíz de la muerte del poeta. En distinta circunstancia la amada de Rubén Darío, la castellana de Navalsaúz, experimentó semejantes sustracciones por parte de ciertos desaprensivos que lograron el acceso a su archivo rubeniano, despojándolo de documentos valiosos. 

Leyendo a Josefina Manresa no puedo por menos que identificar alguna de sus quejas con las de Doña Francisca Sánchez en cuanto a lo que a apropiación indebida de originales y cartas de su archivo se refiere.

Este libro, Recuerdos la viuda de Miguel Hernández, era necesario; completa la biografía del poeta y detalla vivencias conocidas solo por ellos. No pretende hacer literatura: habla con propiedad y al margen de pretensiones literarias; sin embargo encuentran sus palabras sencillas un eco profundo en el corazón de sus lectores.

Acertada decisión la de Josefina Manresa, aportando al conocimiento de su marido, como hombre dueño de poderosa y noble arquitectura poética y humana, una serie de curiosos detalles que demuestran, a la vez, la calidad de la elegida para el amor y la maternidad. Las cartas desde su última cárcel, por ejemplo, nos ofrecen la categoría espiritual de un Miguel Hernández que ya está en su inmortalidad bien merecida. 

Eludiendo los brevísimos comentarios que la autora cree oportuno hacer para que determinados personajes o acciones aparezcan en su dimensión justa, el libro posee un cálido interés, muestra la hermosa entrega propia de la mujer que Miguel Hernández supo querer para esposa y madre de sus hijos. El río de la desventura no logró apagar los recuerdos del poeta en la vida voluntariamente apartada, recatada, de la viuda que mantiene su llanto por la desaparición del hombre, y el orgullo de su esclarecida obra poética que, con su colaboración apasionada, fue extendiéndose por todo el mundo de la literatura, ganándose la admiración y la adhesión de los lectores. 

Muchos nombres para los que guarda su gratitud Josefina, concurren a las páginas de su libro; muchas fotos significativas las ilustran también. A mí, que gusto de la verdad y la valentía de mantenerla, este libro me ha conmovido profundamente. Si en algo pudiere herir, quizá, a alguien piénsese en la llaneza de la autora, en su obsesivo afán por fijar la auténtica imagen de su poeta y marido, que merece respeto y estimación. 

Recuerdos la viuda de Miguel Hernández es un valioso documento humano y social. Habla de amor, de duelos, de hambre, de dolor, y no falla en ningún instante en decir lo que quería. Bienvenido sea este primer libro de nuestro tiempo, escrito por una mujer, si no literata, que escribe con grandeza de espíritu en cuanto a su único amor se refiere. Con respeto se la lee por su sobriedad en el relato de tanta desgracia como la persiguió tan inmerecidamente.


Carmen Conde,
Pueblo, 13 de junio de 1980, pág. 9 





2962. Mientras los hombres mueren

Carmen Conde Abellán
(Cartagena, 15 de agosto de 1907 - Majadahonda, 8 de enero de 1996
)


Mientras los hombres mueren fue escrito en un tiempo de inmenso dolor por lo que la guerra destruía y seguirá destruyendo. No unos hombres determinados sino todos los hombres son llorados aquí con el profundo desconsuelo que siente una mujer ante los inescrutables designios que permiten el horror donde vivía la confiada sonrisa.

Los poemas "A los niños muertos en la guerra" que figuran en este mismo libro, me fueron arrancados de la entraña con más profunda desesperación todavía.

Todo dolor es inútil. Lo supe entonces y lo sé mejor ahora. Y, sin embargo, decir en voz alta cuanto se está sufriendo por lo irremediable, parece que borra todos los límites entre los demás y nosotros.

Y ese fue el único consuelo que entonces encontré.


I

Mientras los hombres mueren os digo yo, la que canta desoladas provincias del Duelo, que se me rompen sollozos y angustias contra barcos de ébano furibundo; y la fruta par de mis labios quema de suspiros porque los cielos se han dejado hincar imprecaciones sombrías.

A los hombres que mueren yo los sigo en su buscar por entre las raíces y los veneros fangosos, pues ellos y yo tenemos igual designio de ensueño debajo de la tierra.

¡Cállense todos los que no se sientan doblar de agonía hoy, día de espanto abrasado por teas de gritos, que esta mujer os dice que la muerte está en no ver, no oír, ni saber. ni morir!


II

¿Ninguna mano puede sacar el puñal que me ha multiplicado el corazón...? ¿Son los felices de pan , o los heridos de pánico los míos? Llevo mis dedos al costado que fue de Cristo y me zumba la sangre de dos mil años de terror inútil.

¿Quién monta esos caballos azules de fríos que corren las mesetas donde el pasado alzó murallas de Ávila y Segovía trágicas? ¿Qué cinturas metálicas de guerreros se bañan en el Tajo y en el Guadalquivir por donde se tradujo al romance Atenas y Arabia?

La tierra está nutrida de simientes frescas porque los seres que se incorporan, desfrutecidos, devuelven intacto el caudal de generaciones que no tuvieron tiempo de crear.

¡Y mi corazón en puñal, como el vuestro, hermanos de la sangre en llamas, tiene cada día más rotas sus geografías de latidos!


III

En la más ahondada raíz del mar clavaron mis hermanos sus gritos de terror: "No queremos morir", y los ojos hacían más azules a los gritos. Y el mar se fue creciendo, monte y monte denso de carne verde, con cuellos de alados encajes, hasta que el cielo lo recibió poseyéndolo en clamores.

Yo iba por las noches negras sin rosas de sol en mi frente. ¿Cómo encender mis sienes si aquellos a los que yo amaba tanto apagaban sus brasas en el gemido desbocado del morir?

¡Dadme un barco con el más esbelto pabellón de sonrisas para alcanzar el llanto que brotas tu, Mar, y que nacen los míos en agonía desbordante! ¡Que yo quiero ser fuerte, que yo quiero ser ágil, que yo contendré la vida que se derrama por la vid de los muertos!


IV

¡El duelo!
Vienen gritando las voces por entre las alamedas de suspiros.
¡El duelo!
Vienen gritando las madres sobre ascuas desorbitadas de llantos.
¡El duelo! ¡El duelo! ¡El duelo¡ -grito yo, sola, río de orillas quemadas. Y hay luces sin llamas, pánicos en clavos largos a la carne sacudida, bajo mi duelo conciencia del espíritu.


V

La muerte en el aire

Alguien contó en la desguarnecida noche sin ángeles una desgarradora música de lágrimas. Los seres que ya se liberaron del espanto del día estridencial de duelos escucharon con voraz oreja y aprendieron los golpes estrictos del corazón arrastrando de la almohada.

Quien decía, habló de continentes y de volcadas mares; pero una primavera sencilla de hojas, sin riesgo de plumas hizo el contrapunto agudo. Los que atendían. sonrieron dichosos de oler el azul de la vida tierna.

¡Ay de los desvelados que ninguna promesa, ninguna palabra duermen en dicha!

Se quedarán fijos, eternos abiertos ojos despavoridos contra los abismos en donde la voz de la muerte rueda piedra sin musgo, serpea río con espinas.


Carmen Conde
Mientras los hombres mueren, (Valencia 1938-1939)







2805. Miguel





MIGUEL: ¡qué joven eras con tus ojos azules y fanáticos, con tu cara de tierra fresca sin arar, y tus dientes fríos de blancor, y aquella risa del mar mío que subía por todo tú y te retemblaba en los brazos!

MIGUEL: ¡qué pena tan negra, tan de las raíces, me da que te hayas muerto en esa ciudad donde han cambiado con rencor tu vida por otra vida joven que nosotros no matamos!

MIGUEL: me parecía que eras mi hijo más noble, mi amigo más alegre, mi hermano más joven, la mano que más limpia cogió mi mano, los ojos azules más locos de azul, y te lloro con la desesperada amargura que tenemos los que nos vamos muriendo aquí.

MIGUEL: estamos solos con nuestros muertos. Uno después de otro tenemos que ir a juntarnos con vosotros los que ya os habéis desplomado para esperarnos con vuestra sonrisa de yerba entre los dientes.


Carmen Conde
(Castilla, en el año de su muerte 1942) 
Poesía completa, edición y prólogo de Emilio Miró, Madrid, Castalia, 2007






2385. No dejasteis vuestros nombres




No dejasteis vuestros nombres.
Fuisteis padres, hermanos, maridos,
hijos, amantes, novios…,
con vuestros esqueletos.
Sin dejar nombres, sin medallas sobre la muerte,
sin arroparos con banderas,
caísteis unos tras otros en montones.
Caíais, sementabais el suelo
sin dejar de vosotros
ni siquiera los nombres.

Ya están todos en uno, en un solo nombre
se os junta millares.
Cuando os llamen trompetas del Juicio
acudiréis en robusta Unidad.
Aquí cuando os pensamos decimos tan sólo:
Libertad.


Carmen Conde









2227. Es mía y no mía la muerte

Carmen Conde Abellán
(Cartagena, 15 de agosto de 1907 - Madrid, 8 de enero de 1996)


Es mía y no mía la muerte.
Es la muerte de los que nacieron conmigo
y cansados de ver morir o de matar,
van muriéndose en cuerpos que se resisten
a dejar de ser vivos.
La muerte va dentro, sin espasmos funerales,
grandiosa a fuerza de copiosidad.
Se fue quedando la risa triste
en su fanales de labios…
El bosque de los que no resistieron morir,
pulula en torno mío.
¡Es un bosque que canta en cien leguas
sus salmos de eternidad!

Me he dormido en el umbral de la luz y no hallo
más sombra que mi adhesión a la Sombra.
¡Nadie puede levantar a los muertos!
¡Con tal velocidad se deshacen!
Un muerto es un charco muy pronto:
un pequeño y odioso charco oscuro,
que no recuerda a nada vivo…
No se comprende, viéndole,
que los pies hayan sido otra cosa
que hueso con líquido miserable escondido,
capaz de llevar a los otros charcos a lugares
donde la oquedad del cráneo se llenara
de lúgubres resonancias.
¿Qué vino reconocería su siembra
en el vino mefítico que es un muerto
hecho este charco de ausencias?


Carmen Conde










2079. A los niños muertos por la guerra

Carmen Conde, explicando músicas y cantos populares durante las Misiones Pedagógicas en La Murta (Murcia)
15 de marzo de 1935


¡No los deshojéis, cañones; no los tricéis, ametralladoras, bombas grandísimas que caéis del cielo hondo y que parecéis dones de las nubes anchas, no rompáis los cuerpecitos de los niños!

¿No siente el plomo piedad de estos hombros de leche rosada, de estas sangrecitas dulces, de estas pieles de labios? ¿Ningún aviador enemigo tiene niñitos que levanten sus manos al viento de las hélices?

No. El enemigo no parece padre, y acaso es huérfano también. Por eso los niños se quiebran en tajos humeantes, y hay por los jardines cabelleras de musgos, rodillas con seda rasgada; suelto todo entre los árboles quebrados, con duelo sostenido de gritos que ayer eran cometas y hoy son pobres encías partidas que ya no gustarán mazorcas ni pezones frescos de madres enamoradas...


Carmen Conde
Mientras los hombres mueren (1936-1939)


Recordando a Carmen Conde en el aniversario de su nacimiento en Cartagena el 15 de agosto de 1907.













1888. Los poetas no mueren: Miguel Hernández

Carmen Conde, Antonio Oliver y Miguel Hernández, con otros intelectuales, en el faro de Cabo de Palos, agosto de 1935


Hace muchos años, casi en mi adolescencia, conocí al jovencísimo Miguel Hernández, en Orihuela, su tierra: La Oleza de Gabriel Miró. Aparte de las cartas que él nos escribía a mi marido y a mí, a Cartagena (nuestra triste ciudad natal), le vimos «físicamente» en un homenaje que los muchachos de Orihuela organizaron a Gabriel Miró, con descubrimiento de un busto y todo con la asistencia de las autoridades de la República y con discurso (no muy ortodoxo) del escritor y ahora embajador Ernesto Giménez Caballero. Como lo que este genial hombre dijo en aquella tarde y en aquella placita del homenaje citado resultó extemporáneo para algunos de los que escuchaban, al protestar éstos –justificadamente, hay que reconocerlo– se produjo un incidente con intervención de autoridades y demás. Aclaradas las cosas, y divertido el propio Giménez Caballero (al que nunca se le podrá olvidar su magnífica, su espléndida Gaceta Literaria de aquellos tiempos), fuimos a reposar a lo que se llama Casino de Orihuela, y que lo es. Allí nos acompañó el muchacho Miguel Hernández que estaba escribiendo su primer libro, Perito en lunas, muchos de cuyos originales nos regaló. Nos asomamos a uno de los balcones del casino (estaba conmigo una muchacha entonces muy prometedora en literatura, hermana de un genial escritor muerto ya, María Cegarra Salcedo) que daban sobre el río, sobre el limoso y lentísimo río de Orihuela. Miguel habló y habló, cosas las que dijo estupendas: acababa de dejar las cabras y estudiaba a los clásicos, y escribía y dentro de poco le publicaría su libro primero una editorial que regía el gran Raimundo de los Reyes (actualmente redactor jefe del diario católico madrileño Ya), poemas asombrosamente buenos y perfectos. Fue una tarde y una charla aquella viendo resbalar el Segura, que no olvidaré.

Después de Perito en lunas Miguel se vino a Madrid. José Bergamín y su revista Cruz y Raya le acogieron generosamente. Se hizo amigo de un joven inquietísimo, audaz, inteligente, mordaz pero justo en sus juicios que se llamaba Enrique Azcoaga. Trabajó con José María de Cossío –hoy académico– en Espasa Calpe en una monumental obra sobre toros y toreros. Para entonces ya estábamos también nosotros en Madrid, luchando con las circunstancias ya que, por ser súbditos de «la tierra de nadie» jamás anduvimos por terrenos firmes y acaudalados. Antes, llevamos a Miguel a Cartagena, a una Universidad Popular que habíamos fundado y sosteníamos a nuestras expensas y cuya única finalidad –única– era propagar la cultura entre los que más la necesitaban, sin usar como trampolín para nada nuestro trabajo desinteresado y generoso. (Naturalmente que esto no lo entendió jamás nadie, pero es lógico). Miguel leyó versos, dio conferencias, caminó con nosotros por los campos y las playas de la provincia, fue nuestro huésped y nuestro orgullo. Iba, recto, hacia la gloria que tiene ya.

Otros libros, un auto sacramental entre ellos, salieron de su pluma. A Miguel le conocían ya y le estimaban Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, etc. Él, sencillo y noble, se movía con la máxima modestia y pobreza. A nuestra mesa, como a la de otros compañeros, acudía con frecuencia y alegría para todos. Y poco después, llegó la guerra… La guerra española irrestañable.

En la guerra Miguel hizo lo que tantos que pensaban, sentían como él y que, además, estaban forzosamente en zona roja. No voy a explicarlo, pues lo saben todos ya. Cuando terminó la guerra, huyó, se escondió, regresó a la querencia de su tierra, Orihuela, donde tenía su mujer e hijo, y allí… Dios perdone a Orihuela. De la cárcel, por muchas gestiones que se hicieron –y fueron las más ansiosas las de muchos prohombres del partido triunfante, sépase– no volvió a salir. Es decir, salió muerto para que lo enterraran, precisamente, muy cerca de donde estaba enterrado el otro joven cruelmente sacrificado: José Antonio Primo de Rivera. Vecinos de sepultura, y jóvenes los dos, cada uno en su mundo, tuvieron la misma tierra para morir y ser cubiertos por ella. 

La obra que dejó escrita Miguel no es una obra madura; hubiera sido de insuperable talla de haber vivido él; pero es una obra absolutamente cierta, hermosísima, entrañable, que se hunde en el corazón de sus lectores y lo aprisiona. Muchos han escrito ya sobre ella; muchos que no le conocieron y que  o han tratado la figura desde un punto de vista de la enemistad al régimen bajo el cual murió desgraciadamente, o le han exaltado contra este mismo régimen. Desapasionadamente aún no se ha escrito sobre Miguel. Lo sé. Ni siquiera yo podría hacerlo, porque yo le conocí, le quise, le admiré y era su amiga. Véanse los libros de Juan Guerrero Zamora (gran jerarca ahora de Radio Nacional, buen escritor y arbitrario e incongruente hombre); de Concha Zardoya, formidable erudita y profesora desde hace doce años en USA, escritora concienzuda y de singular porte. Y, esto me parece mejor si cabe: véase el prólogo que a sus obras completas –y a su antología en Losada– ha puesto María de Gracia Ifach. María de Gracia Ifach conoció a Miguel en plena guerra, en Valencia, y aunque no lo tratara tanto como yo, por ejemplo, le conoció lo bastante y le admiró para haber hecho algo que nadie hizo por él: recoger a su hijo durante una larga temporada en su casa de Valencia, después de la guerra, y estudiar a fondo la obra del padre. Recomiendo las obras completas de Losada, Buenos Aires, para saber algo más y mejor del inmortal Miguel Hernández. 

Aquí van, para el curioso lector, unas fotos inéditas aún. Las hice yo, o las hicieron para mí, con él. En unas está en Cabo de Palos, con un grupo de jóvenes de nuestra querida y perseguida Universidad Popular; en otra, está con mi marido y conmigo en un molino de velas (el del tío Poli) que había frente a nuestra casa de Los Dolores, Cartagena. En otra, ¡ay!, está dibujado por un compañero de la cárcel, cerca ya de su muerte. El dibujo que se le hizo en la cárcel, muerto, no me atrevo ni a mirarlo. Me duele. 

Miguel Hernández no fue el que persiguió la mala suerte y el torpe rencor de unos paisanos suyos. Ni es el que exaltan otros que pretenden desfigurar las cosas para inútiles revanchas. Miguel era un chiquillo, y de sus cartas a Josefina, su mujer, se pueden obtener datos que le retratan como lo que es todo poeta: rebelde, independiente, indomable, suyo, y, sin partido. Un carnet, una actuación en guerra no debe constar para fijar una figura en el futuro. Hombre del pueblo reaccionó como cualquier hombre del pueblo, pero él era poeta. Yun poeta no es nunca un carnet ni un número ¿Por qué lo olvidarán los hombres que no son poetas? 

Amigo mío querido, víctima de la fatalidad, que te conozcan de otra manera –la más aproximada a la verdad– estoy deseando yo, la que vivió y vive en la tierra de nadie. ¡Tu obra es hermosa, y merece admiración y estima de los mejores! Tu pobre criatura herida es una simiente más que el calor de amor de los que te recordamos alimenta para que florezca como dios promete a los que estuvieron cerca de él.


Carmen Conde
El Día, Madrid 1956









1766. Madrid (1939)

Carmen Conde Abellán
(Cartagena, Murcia, 15 de agosto de 1907 - Madrid, 8 de enero de 1996)


Hace seis meses que terminó la guerra civil española, y uno casi que empezó la de Alemania-Polonia-Inglaterra-Francia. No nos habíamos repuesto, ni remotamente, de nuestras inquietudes, cuando muchísimo menos de las catástrofes y ya estamos dentro de la órbita dramática de la amenaza nueva. Aquí, cárceles, campos de concentración, penas de muerte; hambre, persecución, centenares de hojas con centenares de avales; los oprimidos de ayer tiranizan a los oprimidos de siempre que, por primera vez han osado revelarse contra el látigo. ¿Cómo aprobar la actuación salvaje de los que escapando de todo control, robaron y asesinaron a los ricos, a los curas, y a los déspotas? Iríamos contra el más elemental principio, el derecho de la vida. Pero, acabada, rendida la guerra, ¿a qué éxito social conduce ensañarse con los vencidos? Bien que el delincuente sufra pena; pero, ¿son delincuentes todos los que apoyaban al gobierno legítimo de la España republicana? Constituido aquel Estado, por la libre voluntad de todo el país, los que le declaran la guerra en julio de 1936 fueron verdaderos delincuentes. Su actitud desencadenó las fuerzas ciegas, primitivas de las masas; ¿cómo podría esperarse que reaccionaran gentes oscuras, sojuzgadas, hambrientas, ignorantes, que propagandas violentas iban envenenando progresivamente? La única acción satisfactoria, pacífica, era la educación sistemática del país; la evolución creciente. Pero las clases ricas, aristócratas y clericales, estaban debilitadas por siglos de incuria y demolicie; la pereza mental y sensible se había petrificado; masas tan nefastas, la de abajo como la de arriba, se enfrentaron por virtud del choque bélico. Una clase servicial, la militar, se puso al servicio de los agonizantes. El Ejército se suicidó en sus principios éticos, como el pueblo en los suyos dejándose ensangrentar por los forajidos. Precisamente el dolor, la amargura, de los partidarios de la libertad, han sido los mejores colaboradores del Ejército perjuro. No se podían aprobar, ni con pasividad, ni con inhibición siquiera, los desastres que causó la sublevación. De los casos individuales de criminalidad, de asalto, de salvajismo, se llegó a la organización del fraude, del sabotaje, del nuevo despotismo. Surgió una clase responsable, que atiborrada de ignorancia suplía, gracias al esfuerzo, las funciones más serias del Estado. Se demostró hasta la saciedad que un pueblo es capaz de vivir tan rápidamente sus etapas de acomodación, que alcanza la edad adulta con facilidad suma. Los abismos de incultura no cuentan ya que se trata de acción. Para un día lejano, los dirigentes sueñan y dibujan grandes proyectos de enriquecimiento instructivo. El sabio es ya tabú. Del brujo que solo veía en el hombre un clerical, un militarista, un carca, llegamos al aprovechamiento de cuanto era una realidad digna. El afán de seleccionar la cultura llevaba, implícito, el de no ver ya si era o no, de la situación quien la ostentaba. ¿Qué ocurría en la otra España?

Dígalo el que la vivió.

Sin embargo, una descomposición feroz se infiltraba en los organismos; el enemigo trabajaba sin tregua. Tenía derecho, porque sólo veía de acá lo que se hacía malo; feo, torpe, sectario; en definitiva cada uno ve aquello que armoniza con su temperamento. Allí y aquí, debió ser lo mismo. Y cosas buenas y hermosas las hacían todos; pues ni las virtudes ni los vicios están adscritos a un solo aspecto de la sociedad.

El hecho de que el Gobierno no atendiera a sus compromisos con el pueblo, producía descontento. Un Ejército militarista había impuesto desde el primer día una disciplina insobornable. Aquí los soldados fueron antes guerrilleros, milicianos; y la confianza que da ir entre compañeros se relajó -si lo hubo alguna vez- el deber de hacer frente al enemigo, lentamente, y solamente en los campos de batalla. Recordemos, no obstante, que Pío Baroja, hablando en sus Memorias de un hombre de acción de la guerra civil (eterna) entre carlistas y liberales, dice "como los defectos de las masas no son sino la suma de los individuales". España está podrida y como tal había que actuar en todas partes. Esencias nobles tiene, en todas partes, y ellas solo hicieron lo único que tenían el deber de hacer: apartarse, pensar, ver, sufrir; pues en balde se entregaron al ardor de influir provechosamente. Una revolución necesita consumirse a sí misma. De ella no será posible tomar después sino aquellos materiales cuya incombustibilidad es signo de templanza, exponente de sólida cimentación para el futuro. 

Cuando un ser no puede convencer con palabras, recurre a las armas que son las defensoras de su debilidad. Cuando fracasa con ellas, vuelve a las palabras angustiosamente. Tal la Propagan de guerra en uno y otro bando. La rendición de Madrid y Levante y parte de Andalucía fue hija del desaliento, de la convicción del fracaso, NO GUERREROS SINO MORAL. Las dos Españas luchaban bien, pero fracasaron a la par. Si una, la roja, se adelantó no puede la otra cantar victoria. Sobre la paz ficticia flotaba la irreconciliabilidad ancestral. Si los vencedores pueden arruinar a los vencidos bien saben que un día del mañana pagarán sus contribución más cara que otras veces.

Porque no son las guerras civiles hechos que se liquiden con la conquista de la tierra. Son explosiones horribles de las disensiones raciales del país. Inútil guerrear. Lo que se impone es un régimen educativo, de tolerancia en vías de acomodación entre todos; que las excelencias se sumen, y los defectos se limen hasta borrarlos. Un bien común, nacional, nos importa a todos. Ningún individuo debe creerse desligado de los otros, ninguna clase superior a ninguna. Cada cual en su función para la marcha del todo social, y en cada caso el máximo cordial de deberes y derechos.

Pero tal concepto de la vida no ha sido tenido en cuenta por ninguna parte combatiente, y ahora, ¿qué? Millares de expatriados, de muertos, de presos, de escondidos, de castigados. ¿Por culpas? ¡Bah! Por represalias, en muchísimas ocasiones inmerecidas, contra la idea que defendieron cuando había una guerra.

¿Generosidad que, en definitiva es diplomacia? ¡Dejaríamos de ser españoles! Pueblo bárbaro que coloca por encima de sus intereses, no la idea espiritual que sería un exponente de su potencia soñadora, sino la cerrazón fanática que sustituye a la idea, al verdadero espíritu.

Un pueblo traicionado por sus últimos gobernantes, entregado como un esclavo, rendido, decepcionado, ¡que jubiloso habría caído en poder del vencedor si este se mostrara clemente, comprensivo y unidor de todos los sufrientes! Falló la diplomacia. No es Maquiavelo quien podría venir a la España de nuestros días, a tomar motivos para sus filosofares sociales. Somos fieles a la tradición. Por rara casualidad nace en el Príncipe. Y es lo curioso que el Estado español presenta habla sin cesar del Imperio y de sus fundadores, sin recordar honradamente la Historia; (¡Propaganda, propaganda! Lo que sustituye a las armas, cuando estas se han contagiado de la debilidad que defendieron)

Y ahora, ¿qué hacemos? Los que nos conservamos libres y procuramos enriquecer y sanar nuestros espíritus y ahora nos hallamos desposeídos por la guerra y por la paz de las humildes casas que constituyeron nuestra hacienda ¿a qué nos dedicamos? Un sistema policiaco nos impide buscar trabajo a la luz del día porque vivimos en la España sometida; un imperativo ético nos impide ofrecernos a aquello que no sentimos plenamente; y en tal actitud somos consecuentes con el ayer próximo, en el que tampoco hicimos otra cosa que poseernos en soledad y en limpieza total.

¿Crear arte? ¡Dichosa ventura si lo consiguiéramos como cuando éramos jóvenes, que la entrega a la obra nos llenaba de loca felicidad sobre la lucha diaria económica dura y amarga! ¿Y cómo evadirse de la crisis de nuestro tiempo? Los años de guerra nos han obligado a proyectarnos poco o mucho, hacia fuera. El seísmo de la paz - que ha decepcionado hasta a los que pueden disfrutar de sus ventajas-, nos ha arrojado tan fuera de nosotros, que..., ¿De dónde sacar fuerzas para la abstracción imprescindible que la creación requiere?

Las vinculaciones familiares, las costumbres, se diluyeron con los días de la guerra; y no es esta paz momento propicio para reanudarlas. ¿El hogar, la familia?; ¡Ay, paradoja tremenda! Los años de dolor, de muerte colectiva, de combates y bombas, han sido los más despreocupados de mi vida.

¿Dónde hallar una luz? El mundo tiembla. La temida Asia se empieza a mover hacia Europa, y en su movimiento, no es ademán fatuo, sino exacto y férreo venir. Yo no temo a las guerras ya; se que de ellas se sale, o se muere, con una impermeable corteza indiferente. La Historia es más grande que las Artes, porque estas las hacen los hombres pensativos, radiantes de divinidad, propios de estancias diáfanas del Tiempo, y aquella es producto del ímpetu destructor de los pueblos. Cuando se construye, no se hace historia, se hace arte. Por eso ahora hay déficit de belleza estética, porque el dinamismo ha sustituido a la contemplación.

¡Mi generación! Da pena hablar de la flor que una mano de hierro estruja sin adherirse siquiera su perfume.

Ayer: Un ensueño ardiente. Hoy: una espera desilusionada. Mañana..., ¡Que cansancio tendremos, que resentimiento! No seremos capaces de gozar de los jóvenes, y pensaremos sobre ellos como sobre nuestras almas pensaron los viejos. ¿Es porqué ninguna vida se realizó por lo que no podemos realizarnos? 

Pero yo estoy viva, sana, fuerte, y si ahora me debato entre sombras se que contengo potencias sin estrenar, afanes, heroísmos. Y mi heroísmo es saber lograr esperar.

Los que no abren en su vida un tiempo sin tiempo, no conocen el violento dolor de retenerse. Esto me lo dan mis dos patrias: la intransigente y la liberal. Porque yo soy de las dos. Todos somos de las dos Españas.

Y ha empezado, con la agonía ya larga de la civilización cristiana, la hora inevitable de ser así o de otro modo. Ser uno para la unidad.

¿Cual?

Es mi unidad aquella a la que aspiro desde mi infancia: la de la creación. Búsquese honradamente cada cual la suya.


Carmen Conde
Mientras los hombres mueren  (Valencia, 1938-1939)







1586. A Carmen Conde

Carmen Conde Abellán
(Cartagena, 15 de agosto de 1907 - Madrid, 8 de enero de 1996)


Carmen, ¿te acuerdas?
Fealdad, hermosura sólo es un nombre.
Aquella niña miraba con ojos grandes.
Trenes, barcos, tranvías, árboles, azucenas,
todo pasaba lentamente, girando
por aquellos ojos tan grandes.
Y un rostro podía allí reflejarse un instante, bellísimo, absorto,
en aquel espejo tan limpio,
que, como amasándolo en su pura luz, clarísimo lo entregaba.
Como podía verse, al instante siguiente, el rostro duro, injurioso
que por un azar se cruzase,
y que piadosamente se devolvía.

La niña crecía. Maduraban los frutos
con su mano. Crecía más, y unas flores
repentinas rodaban
desde sus dedos frescos
Sin pensarlo enredaba su pelo
en árboles o en penumbra. Besaba y cantaba,
mientras los lisos pájaros le decían secreta su fuga.
Pero ella quedaba. Siempre quedaba. En el borde del mar
sus dedos menudos tocaban, sabían,
y la espuma se retiraba. ¡Qué libre, ese cielo!
Crecía y decía. ¿Se llamaba...?

Pero no lo diré. Su nombre se escucha
en la cueva profunda donde el viento la nombra,
sin entrar. Y se oye en el mudo
silencio con que la ola en la noche rompe en la playa.
Y en el árbol inmóvil. Y en el tiempo...

Pero allí está, en lo alto, quieta, dormida, en un borde, en peligro. 
Siempre en peligro, en el borde, dormida, diciendo.
¡Oh, qué claros ojos abiertos, con mundo en su fondo!
¡Oh, qué claros ojos abiertos, con mundo en su fondo!
Y allí dormida, diciendo, ignorando, enseñando, inquiriendo...

Oh, dinos, dinos, Carmen, si la niña ha crecido.


Vicente Aleixandre