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3448. Encarnación Jiménez, lavandera de Guadalmedina, ha sido fusilada por las hordas de Queipo




Su delito consistía en haber lavado la ropa de los milicianos heridos

El hecho ha sido relatado por un corresponsal. Se trata de un caso revelador y sintomático. El de Encarnación Jiménez. He aquí algunos detalles: 

Encarnación Jiménez era una pobre mujer, ya de edad, que ganaba su triste vida trabajando como lavandera en el Guadalmedina. Y durante los meses últimos se había proporcionado unos jornales lavando ropas de heridos milicianos de los que llevaban para su curación a un hospital. 

La detuvieron unos falangistas. Y la llevaron nada menos que ante un Consejo de guerra. Era después de los primeros días de la ocupación. Se esperaban en el puerto navios de guerra ingleses y Queipo había ordenado que se procediera con prudencia. Ya no se mataba tanto ni con tanta desfachatez escandalosa, si bien se continuaba encarcelando sin tregua. Encarnación Jiménez vióse delante de unos jefes y oficiales que la contemplaron con ojos cansados y soñolientos. (Los matarifes, luego de una larga jornada, deben, de tener la mirada como ellos la tenían.) Y les preguntó qué crimen había cometido para que le llevaran de aquel modo a un Tribunal. 

—Se le acusa —dijo el presidente—de haber ayudado a los "rojos". 

—Yo no me he metido nunca en política. 

—Sí. Pero ha lavado usted la ropa de los milicianos heridos. 

—¿Y eso es un delito? —exclamó, asombrada, Encarnación Jiménez. 

Sí lo era. Y tan grave, tan imperdonable que la condenaron a muerte y la fusilaron aquella misma noche.

Enсaгnación Jiménez, lavandera de Guadalmedina, malagueña, proletaria humilde, no entendía de política. Para ella un herido era un hombre. Y su ropa debe ser lavada.  

Se engañaba. Y el engaño le costó la vida. Un Consejo de guerra de coroneles, comandantes y capitanes del antiguo Ejército español, reunido solemnemente, falló que un herido no es un hombre y que sus ropas no deben ser lavadas cuando ese herido lo fué peleando por el régimen legítimo de España y cuando sus ropas se mancharon con la sangre que hicieron verter las balas facciosas. Y falló además que la culpable del lavado debía ser fusilada sobre la marcha. 

lEncarnaclón Jiménez!... ¡Tú tendrás un monumento a orillas del Guadalmedina! 


Ahora, 7 de marzo de 1937 









3278. Romance de la defensa de Málaga

Refugiados en la catedral de Málaga, 1936



Málaga, tu corazón
tiene fronteras de hielo,
que apagarán tus latidos
si no despiertas a tiempo.
Cuchillos que se quebraron
en Madrid frente a un gran pueblo
quieren clavarte la muerte
cuando te cerca ya el sueño.
¡Málaga, la angustia rueda
alrededor de tu cuerpo!
¡Levanta pronto tu pulso
si no quieres verlo muerto!
¡Málaga, responde ahora,
que si no tu voz no la encuentro,
la España que sangra y muere
desde tu arena hasta Oviedo,
te acusará por ser mármol
cuando la lucha está ardiendo!
¡Despierta, pronto, que viene
una muralla de fuego,
desde Estepona a Marbella
para ennegrecer tu suelo,
quemándote las entrañas
con toda la muerte dentro!
¡Vamos todos a la lucha,
con palas, picos y acero,
que por las costas avanzan
para cortarte los pechos!
¡Vamos, Málaga la Roja,
a estrangularlos sin miedo!
Más firmes que las espigas,
aunque la nieve pisemos,
más despiertos que los ríos
que no conocen el sueño,
más duros que el duro mármol,
más calientes, más sedientos,
¡en pie, todos! ¡preparemos
una barrera de pechos!
Nadie duerma, que el fascismo
no duerme, que está despierto.
Que se levanten ardientes
todos los pulsos de hielo.
Que cada garganta fría
sea un surtidor de fuego.
Que cada brazo caído
sea un surtidor de fuego.
¡Málaga, despierta ahora!
¡Que vibre tu pulso a tiempo!
¡Nadie duerma, que la muerte
está rondando tu cuerpo!


Adolfo Sánchez Vázquez







3212. La odisea de una capitana. Anita Carrillo

Anita Carrillo fué primero una ráfaga del campo andaluz, una de esas niñas que los turistas suelen encontrar "pintorescas" y buenas modelos para sus "kodaks", y que la realidad de la miseria cotidiana obliga a ganarse el pan, el pobre cacho de pan, como un hombre, a la edad en que las niñas de los países sin tanto pintoresquismo y tanto latifundio van a la escuela y tienen juguetes. Luego fué una mocita pinturera que seguía trabajando como no se debería trabajar, y muy pronto, a los dieciocho años, una casadita hacendosa, que tenía su pisito de Málaga como los chorros del oro. Luego fué, igual que su compañero, una militante socialista. Y luego, por fin, igual siempre que su compañero José Torrealva, una buena militante comunlsta de La Línea. Y luego ya... 

Luego viene la sublevación, que sorprendió a Anita Carrillo de dirigente del Partido en La Línea. El viernes 16 de julio, ante la inminencia de ''lo que se veía venir", se reúne en La Línea el Bloque Popular. Los comunistas, por mediación de un informe de los Torrealva, exponen la gravedad de la situación. Como en todas partes: dilaciones, vacilaciones... Nadie responde. El 17 llegan de Algeciras dos coches con oficiales fascistas, que vienen a sublevar la guarnición. Esta, ese día no se subleva, cierto, pero el 18 entra un tabor de Regulares con morteros y ametralladoras, y la guarnición se rinde. Torrealva y Anita, con unos cuantos compañeros, van al Partido y recogen toda la documentación, que Anita quema ella misma en su casa. Tras lo cual, obedeciendo órdenes, marcha a Gibraltar. La Línea ya está totalmente ocupada por los rifeños; los elementos significados de los partidos de izquierda se internan en los huertos. A los tres días, a Anita le llega la noticia de que su marido ha sido muerto; sin pensar más se disfraza y regresa a España. En la Aduana, repleta de falangistas, un carabinero escudriña indolentemente el cabás de esa inglesa estrafalaria, con gafas, sombrero absurdo y falda cubriéndole los tobillos. Anita, pasado ese primer peligro, va derecha a los huertos donde están "los huidos"; allí tiene la alegría de encontrarse vivo a su compañero, y con él y otros tres camaradas se queda a vivir esa vida, que parece inverosímil, de espera de las fuerzas anunciadas de Estepona, que nunca acaban de llegar, pero que aquellos cinco empecinados esperan día tras día, durmiendo en los cañaverales y con seis pistolas y ciento ochenta tiros para defender la existencia de los cinco contra todo lo que pueda surgir. 

Y así, veintiocho días. El que hace veintinueve, lo que sucedió fué un grito desgarrador, brotado con riesgo de la propia vida de quien lo profería, de la garganta angustiada de la hija de un huertano, un viejo luchador: "¡Peeepe! ¡Los civiles!" Estaban copados por los del tricornio y los moros; un huertano, un pobre miserable, los había vendido. Y allí estaban, con ese grito de aviso desesperado metido en el temblor del cuerpo, y sin saber por dónde buscar una salida, ni atreverse a mover. Y así, ¿cuántos minutos o cuántas horas? El hecho es que un camarada del Partido, Manolo Corral, uno de los futuros héroes de la guerra en los frentes del Sur, se vistió de aldeano y cruzó cerca de ellos, descubriéndoles la única posible salida del cañaveral: "Seguidme, que estáis copados." Para seguirle había que saltar tapias; con los fugitivos estaba un chiquillo de quince años, herido, y que no podía andar; Anita se lo puso en la cadera y con él saltó como los demás, tapia tras tapia, de huerto en huerto, hasta el último. Y vuelta a disfrazarse, esta vez de hortelana, con un pañuelo a la cabeza, y a llegar jugándose el todo por el todo, hasta el bote preparado por el bueno de Manolo Corral. 

Al pontón de Gibraltar. ¿A ponerse a salvo? Eso no lo hacen unos comunistas. A pedirle al cónsul pasaportes para volver a Estepona en una motora y empezar a luchar. Torrealva organiza unas compañías de Milicias, el batallón Méjico, que muy pronto se hará famoso como "batallón de choque". Anita es el "responsable político" de la tercera compañía, y al formarse poco después la compañía de ametralladoras y ser nombrado Torrealva comandante, el jefe de la columna nombra a Anita responsable político de esta nueva compañía, "por ser quien más confianza le inspiraba". Por cierto, que el nombramiento se extiende en esta forma: "Al compañero Anita Carrillo." Y hasta el 6 de febrero la existencia de Anita se confunde con la de este "batallón de choque", que tan alto había de dejar el pabellón de los voluntarios malagueños. Después del duro combate del pantano de El Chorro, la "responsable político" es felicitada por el jefe de la columna por el arrojo con que se ha batido, y a petición de la compañía, es propuesta para recompensa. 

El 6 de febrero... ¿Cómo hablar con serenidad de lo que no debió nunca ocurrir, y es más terrible que cuanto pudiera describirse? Anita está en el cuartel, en su puesto, en Málaga. Se da cuenta de lo que pasa y va a decírselo a su marido, que se encuentra herido en el hospital: que el enemigo está en puertas. Torrealva se niega a creer lo que no puede, lo que no debe ser. El batallón se halla dispersado en tres puntos distintos: "la responsable" no puede abandonarlo. Está bien. Quedará en el cuartel en espera de órdenes. Las órdenes llegan, y las dan los médicos del hospital: hay que evacuarlo en seguida, cómo sea. Anita llena cinco camiones de la columna con heridos y sale al frente de ellos hacia Almería. El batallón se batirá en retirada, con un heroísmo de locura, paso a paso, hasta Motril.

Camino de Almería. Bombardeo por tierra, mar y aire. Los falangistas, valientes ante las mujeres, los niños y los heridos, ametrallan por detrás ese éxodo, que parece resucitar, en pleno siglo XX, los pánicos dé las huidas de los tiempos más remotos de la Historia. (Sólo que entonces no había fascismo, y tamaña barbarie no se podía imaginar.) Anita es contusionada por la explosión de una bomba de avión; sufre fuerte hemoptisis, y al llegar —¡por fin!— a Almería, ingresa en el hospital. 

Hoy, ya está curada. Y fuerte y animosa como el primer día.

—¡Qué magnífica eres, Anita!  

Y la capitán responsable de una compañía de ametralladoras, rápida nos contesta: 

—¿Magnífica? Nada de eso. Soy comunista. 


Margarita Nelken
Estampa, 27 de marzo de 1937







3103. El chiquitín que nació bajo las bombas en la carretera de Málaga a Almería

Es inolvidable esa dramática estampa de los evacuados de Málaga, huyendo carretera adelante, con los chiquillos a cuestas, con los restos de los hogares que en la precipitada marcha pudieron recoger... Entre aquel tropel de gentes doloridas marchaba una mujer,  Antonia López. A su lado, taciturno, prietos los puños y los dientes, su marido, Antonio Muñoz. Este llevaba en brazos a un pequeñuelo que escasamente tenía dos años y que había enfermado durante las últimas horas tristes vividas en Málaga. Los bombardeos de la aviación y la escasez de alimentos de los últimos días habían tenido a los malagueños dentro de un verdadero infierno. 

A las tres de la madrugada había salido de Málaga este matrimonio. Durante el resto de la noche estuvieron oyendo constantemente los cañonazos. Después, los aviones sobre la carretera... 


iNo pudo nacer en Málaga!

Antonia López, joven aún, pero envejecida por las últimas horribles horas vividas en la capital, y aumentado el dolor por la obligada evacuación y penosa marcha, estaba embarazada. Horribles dolores le obligaron a detenerse a poca distancia del pueblecito llamado Almuñecar. Allí mismo, en plena carretera de Málaga a Almería, nació el pequeño Juan. 

En el pueblecito próximo tuvo que quedarse unas horas, y más tarde se la trasladó a Almería. Por pocas horas el pequeñuelo no pudo nacer en Málaga. 


Refugicados

En los magníficos pabellones de la Casa de Maternidad de Barcelona han ido a juntarse bajo el mismo techo pobres mujeres refugiadas de Madrid y de Málaga. Esta guerra cruel les ha llevado allí, juntándolas, después de tener que abandonar sus casas, de tener que separarse de los familiares y hasta de sus propios maridos. Les queda como único consuelo el que han podido continuar al lado de sus queridos pequeñuelos. 

Visitamos la Casa. Nos acompaña una de las simpáticas y abnegadas enfermeras, llamada Dolores Busquets. Tiene a su cargo esta joven la sección destinada a niños en observación. La dependencia, instalada con todo el confort que exige la Medicina moderna, tiene varios departamentos, separados unos de otros con vallas de cristalerías. En cada uno de ellos hay dos camitas de hierro esmaltadas. 

En algunos de los departamentos observamos que hay mujeres que tienen a los «peques». 

—Son sus madres —nos explica la enfermera Busquets—. Todas ellas son refugiadas de Málaga y Madrid, y al ingresar aquí sus pequeños ha sido necesario que pasaran por esta sala de observación. Alguno llegó enfermito de las jornadas de viaje... 


Allí estaba aquella buena mujer 

En uno de los departamentos está Antonia López, aquella buena mujer que dio a luz en el camino de Almería. La encontramos arropando a su pequeño, que duerme en una de las camitas. Al otro lado está el mayor: un rubito de mirar triste. Parece que se haya dado cuenta de todo el drama que viven él y sus familiares. 

—En Málaga vivíamos en el Paseo de los Tilos —dice Antonia López, contestando a nuestra pregunta—. Cuando llegó la orden de evacuar la capital, Antoñito estaba ya enfermo y asustado de los continuos bombardeos que sufríamos. 

—¿Su marido quedó en Andalucía? 

—No. Siguió con nosotros. Nos llevaron a Almería, de donde nos sacaron pronto, trasladándonos hacia Alicante, y de paso por Valencia, a Tortosa, donde estuvimos dos días; después, a Tarragona, y de allí nos trasladaron a Barcelona. El Sindicato de la Metalurgia había encontrado trabajo para mi marido. Desde que llegamos a Barcelona no lo he vuelto a ver. 

—¿Trabajará fuera de la capital? 

—No. Pero lo colocaron en una industria de guerra, y como trabajan los días festivos inclusive, no puede venir. El nene nota mucho su falta. 

—¿En Málaga estuvo su marido en el frente? 

—Allí trabajaba también en otra fábrica, que seguramente estará ya destruida.


Aquel pequeño será catalán 

Juan, que es el pequeño nacido camino de Almería, ha despertado. Su madre va junto a su cunita. Este pequeño, que no pudo nacer en su tierra y que lo primero que oyó al venir al mundo fueron los cañonazos y la aviación facciosa, va a ser catalán. Está sin inscribir y lo vamos a hacer en Barcelona. 

En aquel momento apareció una de las sirvientas de la sección llevando la comida para los pequeñuelos. Se originó tal griterío, que decidimos salir corriendo, sin entretenerles un solo momento en su esperada hora de la papilla. 

Antonia López y sus compañeras de Málaga y de Madrid me han dicho que están muy bien tratadas y satisfechas del acogimiento que se les da; pero... 

Es inevitable. Por muy bien que se encuentren, es imposible borrar de su mente aquellas horas trágicas y el triste recuerdo de la familia deshecha y del hogar perdido. 


J. Aymami-Serra
Mundo Gráfico, 31 de marzo de 1937






2789. La caída de Málaga. Los bombardeos desde el mar II

Tropas italianas entrando en Málaga


La toma de Málaga, victoria italiana


Véase lo que publicaba el Manchester Guardian, reproducido anteayer (12 de Febrero) en la Tribuna y ayer en Messagero:

"El porvenir es demasiada sombrío para los gubernamentales, pero es imposible decir si nos encontramos en la vuelta decisiva del conflicto. En todo caso la victoria de Málaga es ante todo una victoria italiana. 12.000 italianos han desembarcado en Cádiz y siete barcos mercantes italianos han descargado material de guerra en esta ciudad. Parece que la dirección de las operaciones, ha sido confiada a los oficiales italianos y se calcula que los alemanes participaron con 60 aviones de bombardeo que fueron formados para atacar la flota gubernamental. Los soldados italianos elegidos, lo fueron entre los antiguos combatientes de Etiopía; armonizan mejor con los españoles que los alemanes. Estos son los italianos que tomaron la ciudad."

Uno de los oficiales hecho prisionero en el frente de Guadalajara, llevaba una orden del día redactada en italiano, dirigida por el General Mancioni al General Ciangualtiero Arnaldi, que mandaba las tropas italianas en el frente de Málaga. Esta orden del día, tiene fecha 10 de Febrero, dos días después de la conquista de Málaga. He aquí el texto:

"Málaga 10 de Febrero. 

Usted ha escrita una página gloriosa en Málaga. Por esto es que el fascismo avanza y usted y a su vanguardia armada, en lucha por un ideal, han interpretado el espíritu y manifestado el dinamismo. A su comandante el general Arnaldi, el cual les ha conducido a la conquista de Málaga, envío mi agradecimiento, expresando e interpretando así el pensamiento de éste quien les sigue lo lejos. (il pensiero di celui che da lontane vi Segne). 

Firmado el General Manzioni"


Si dos diarios italianos publicaban con la autorización de la censura, por supuesto, sin contradecir y hasta aprobando una opinión inglesa autorizada, el Messagiero del 19 de Marzo escribía textualmente por su parte: "El antifacismo niega la toma de Málaga. ... Pocos días después caía Málaga entre las manos de los nacionalistas, no sin la eficaz ayuda de voluntarios italianos."

En fin, después de la conquista de Málaga el general Gusberti, que mandaba las tropas italianas, ha lanzado la proclama siguiente:

"¡Legionarios de la Columna Gusberti!

Yo estoy contento de poder expresar mis felicitaciones por la intrepidez con la cual ustedes atacaron y destrozaon la fomidable posición de Brechete, abriendo la ruta de Velez, aportando con todo ello una definitiva contribucción a la conquista de Málaga. La conducta de las banderas en el combate, por su arrojo y su disciplina, merece los más elevados elogios que yo estoy cierto de poderos renovar en las acciones futuras. ¡Salud al Rey! ¡Salud al Duce! ¡A nosotros! 

General Gusberti"

El señor Jesús Hernández, Ministro de Instrucción Pública, comunicaba a la salida del Consejo de ministros el 9 de Febrero, la información siguiente: 

"El Gobierno, reunido en Consejo de Ministros, examinó las causas de la caída de Málaga.

Entre las causas, el Gobierno ha tenido que subrayar muy particularmente la colaboración armada de fuerzas extrajeras al ataque contra esta ciudad. No se trata solamente del hecho de que entre las fuerzas insurgentes se hacían resaltar fuertes contingentes de soldados extranjeros, así como de aviones, tanques otros materiales de guerra de procedencia italiana y alemana; se trata de algo más decisivo, como fue la intervención abierta en favor de los insurgentes de los barcos de guerra extranjeros.  

El 7 de febrero por la mañana tres destróyers leales salieron del puerto de Cartagena, en calidad de vanguardia de la flota republicana para librar  batalla con los cruceros rebeldes Canarias, Baleares y Almirante Cervera, que habían bombardeado la costa de Málaga a alguna distancia de nuestras unidades navales auxiliares. 

A las 13.50, como nuestros destróyers avanzaban con prudencia para evitar las dos barreras de submarinos extranjeros, constituidas para impedirles el paso, descubrieron al sur del Cabo de Gata dos cruceros que avanzando por estribor presentaban el flanco a los destróyers, maniobra típica que siempre precede a un ataque de cañón.

Los oficiales de la Marina republicana dedujeron que se encontraban frente el Canarias y el Baleares, cuyas siluetas podían ser confundidas, sobre todo a la distancia que se encontraban, con la de los dos cruceros antes nombrados. 

Los dos cruceros prosiguieron su maniobra para hacer creer más fácilmente a los nuestros, que se trataba efectivamente de barcos de guerra insurgentes. 

Nuestros destróyers, no perdieron de vista a estas dos unidades hasta la entrada de la noche. Durante todo el medio día, los misteriosos cruceros avanzaron a una velocidad máxima, eligiendo una ruta destinada a desviar a nuestros barcos de guerra de los lugares donde verdaderamente operaban los auténticos barcos rebeldes. 

Cuando nuestros destróyers, consideraron que la hora era propicia, redujeron la distancia que les separaba de los dos cruceros, los cuales encendieron sus focos reflectores para darse a conocer como barcos de guerra italianos. 

Está comprobado que uno de estos barcos eran el Muzio Artendolo y el otro el Díaz."


Facetas de la actualidad española, La Habana, Julio de 1937








2788. La caida de Málaga. Los bombardeos desde el mar I


Los buques de guerra Canarias y Cervera. Archivo Rafael Molina 



No fue solamente por los envíos de aviones, armas y municiones, "voluntarios" y de tropas regulares con que el Gobierno italiano sostiene a los rebeldes españoles. También su Marina interviene notablemente.

Es así como Valencia hacía saber el 12 de Diciembre de 1936: "El ministerio de Marina ha recibido un informe técnico de la base naval de Cartagena, iniciado con motivo del torpedeo del crucero Cervantes dentro del puerto de Cartagena el 22 de Novienibre último."

Este informe dice textualmente: "El pedazo de torpedo, pertenece al modelo Whitehead de 533 milímetros, construido en Fiume (Italia). Sus dimensiones son exactamente las mismas que las del modelo de nuestra marina; pero esto torpedo no pertenece a los usados por nuestra marina, porque los que nosotros empleamos, tienen el husillo o rosca de bronce, mientras que éste torpedo lo tiene de acero."

Para destruir el rumor lanzado por los insurgentes, según el cual el Cervantes había sido torpedeado por un submarino español, el Ministro de Marina asegura que todos los submarinos españoles se encuentran bajo las órdenes del Gobierno y que solamente uno de los submarinos de la serie B ha desertado en circunstancias perfectamente conocidas.

El informe insiste sobre este punto: "El calibre de los tubos de los submarinos dé la serie B son de 450 milímetros, mientras que el calibre del torpedo examinado por peritos es de 533 milímetros. No ofrece duda, pues, que el torpedo fué lanzado por un submarino extranjero, probablemente italiano, a juzgar por su origen de fabricación. (Le Temps)"

El 13 de Febrero, 1937, se telegrafiaba igualmente de Valencia: "Sobre varios pequeños pueblos de los alrededores de Valencia, cayeron algunos obuses hacia las dos de la madrugada, lanzados por un submarino. Treinta pequeños obuses alcanzaron el pueblo de Alboraya, tres Almacera y cuatro a Tabernas. Cinco de estos obuses, dañaron y destruyeron varias casas particulares de Alboraya, causando nueve muertos y varios heridos. Una inspección minuciosa hecha esta mañana en el lugar de los hechos, ha demostrado que las localidades en cuestión, no tienen ningún objetivo militar y ni siquiera existe ni una sola fábrica en toda la región. Los habitantes do todos estos pueblos son apacibles pequeños propietarios rurales."

Uno de los pedazos de obús encontrados tiene la siguiente marca: L-2 Gen. 35. XIII Obi 24, II. Estas marcas indican claramente que fue fabricado en Génova en el año 1934.

El 16 de Febrero de 1937, el Departamento de la Defensa de Cataluña en Barcelona, nos comunica: "El sábado por la noche, a las 9.45, hora en que la población de Barcelona se dirigía hacia los espectáculos, esta gran ciudad abierta fuée objeto de un bombardeo por mar. Se estima que el buque que disparó, se encontraba a tres millas de la costa. El bombardeo duró 12 minutos, durante los cuales cayeron por azar 24 obuses produciendo escenas horrorosas. Uno de los obuses, perforó de parte a parte un cinema, que no produjo una verdadera carnicería por extraña casualidad."

Tan pronto como la alarma fué dada, la Radio de la Generalidad pidió a la población que llevara al Departamento de Defensa los pedazos de los proyectiles, con el fin de poder determinar los autores del atentado. Inmediatamente aparecieron grupos portando la siniestra metralla. Rápidamente los técnicos pudieron dedicarse al examen del cual resultó que: Todos los proyectiles llevan la marca L-3-Gen-35, lo que demuestra sin ninguna duda posible que se trata de artefactos italianos fabricados en Génova. El calibre es de 15,24, correspondiente a seis pulgadas. Los navíos rebeldes españoles llevan cañones de 8 pulgadas y los proyectiles que usan son los de la Sociedad Española de Construcción Naval. Se oyeron tres salvas, lo que significa que fueron hechos ocho disparos simultáneos en tres tiempos. El barco disponía pues de ocho cañones en posición de disparar.

El nombre y la posición de los cañones, su calibre, la marca italiana de los obuses, permiten asegurar de una manera absoluta, que se trata de un crucero italiano del tipo Giovanni delle Bando Nere, Alberico di Barbiano, Luigi Cardona o Armando Díaz. Las declaraciones del teniente coronel Guarner del Departamento do Defensa, las fotografías de todos los barcos de guerra italianos que posee nuestro Servicio de Información, permiten asegurar que el barco agresor era uno de los dos últimos citados: Luigi Cardona o el Armando Díaz. Un navío idéntico ha sido visto varias veces el veranó último en el puerto de Barcelona. Es indiscutible que para atreverse a llegar a tan corta distancia, el barco agresor conocía perfectamente nuestro puerto. 

Por otra parte, nuestro Servicio de Transmisiones, ha podido captar después del bombardeo, comunicaciones hechas en lenguaje cifrado con la ayuda de una clave italiana.

En fin, la Italia oficial sostiene a los rebeldes con su propaganda por Radio como se demuestra en esta nota publicada en el periódico Le Temps el día 23 de marzo de 1937: "Una estación clandestina de radiodifusión, bajo el nombre de 'Radio-Verdad" empezó desde hace algunos días, una propaganda facciosa en lengua catalana. La Comisaria do Propaganda, anuncia que no se trata de ninguna nueva estación, pues en realidad son las cuatro estaciones oficiales italianas de Roma, Milán, Génova y Florencia  funcionando al mismo tiempo. Esta propaganda, controlada naturalmente por el gobierno de Roma, se considera como una nueva prueba de la intervención directa de Italia en los asuntos de España." 

Y si tantos navíos españoles fueron confiscados simplemente dentro de los puertos italianos en beneficio de Franco, ¿no es una prueba fehaciente de intervención? Tiene plena razón el Gobierno vasco para publicar el 14 de Febrero la nota siguiente: "Los vapores Artxande-Mendi, Uribitarte, Kualde, Patxi, Vizcaya, Júpiter e Ibdautxu de la matrícula de Bilbao, han sido embargados en los puertos italianos. Nosotros protestamos contra la disposición del Gobierno italiano ordenando el transporte de sus tripulaciones a Sevilla. Pero es en Málaga donde la intervención italiana desplegó toda su fuerza y toda su significación."


Londres, 18 de febrero de 1937

Como respuesta a la cuestión planteada ayer en la Cámara de los Comunes por el diputado laborista Dalton, lord Granborne, Subsecretario de Estado del Foreign Office declaró: Según mis informes, un contingente compuesto alrededor de 6.999 hombres ocupó Málaga el 8 de Febrero y entre ellos había alrededor de 3.000 italianos. 


Facetas de la actualidad española, La Habana, Julio de 1937










2391. Gerald Brenan y el 18 de julio de 1936



La tarde del sábado 18 de julio cogí el autobús de Málaga para hacer algunas compras. Estaba tan acostumbrado a ver caras tensas y sonrisas heladas, llenas de aprensión, que en un principio no noté nada especial en el ambiente. Después me di cuenta de que los policías en la plaza de la Constitución parecían más nerviosos de lo normal. Estiraban el cuello para mirar calle arriba y calle abajo, se manoseaban los cinturones y uno de ellos estaba decididamente ojeroso. Lo achaqué a que llevaban muchos meses haciendo horas extraordinarias y no dormían lo suficiente.

Después de comprar las cosas que necesitaba fui a una librería de la calle Larios atendida por dos jóvenes muy serios e inmaculadamente vestidos. No tenían el libro que yo quería, una nueva publicación sobre la reforma agraria, así que cogí un ejemplar del diario local El Popular y empecé a leerlo. Los titulares decían, «Rebelión militar en Marruecos. Ceuta y Melilla capturadas por los facciosos» pero a continuación venían unas declaraciones tranquilizadoras del primer ministro Casares Quiroga: «El Gobierno es dueño absoluto de la situación. Nadie, absolutamente nadie en España, ha participado en esa absurda conspiración».

Decidí tomar un café rápidamente, recoger unos pantalones que estaban en el tinte y coger el trenecito para Churriana antes de que pasara algo. Pero cuando iba aún camino del café oí la música de una banda y vi al final de la calle un grupo de gente, hombres en su mayor parte, que avanzaban por la Alameda. Más allá venía una compañía de soldados. Un oficial marchaba delante de ellos mirando al frente, los hombres seguían con las armas al hombro y a continuación venía una banda de música. Detrás la calle estaba abarrotada de obreros, y otros avanzaban junto a los soldados hablando con ellos.

«¿Qué vais a hacer?», preguntaban.

«Vamos a la Aduana a proclamar la ley marcial por orden del Gobierno».

«No, el Gobierno no ha ordenado eso».

«Bueno, ésas son nuestras órdenes».

Todos gritaban o hablaban muy excitados, así que como no deseaba verme envuelto lo que fuera a suceder, decidí prescindir del café y volver a casa inmediatamente. Parece ser que otras personas tuvieron la misma idea que yo, porque las tiendas estaban echando los cierres, las mujeres y las personas mejor vestidas se apresuraban y las calles laterales se iban quedando desiertas. De repente, en lo alto de la calle Larios apareció un tropel de hombres corriendo para reunirse con los que seguían a los soldados. Pero, ¡y mis pantalones! Me hacían mucha falta, de manera que entré en el tinte que estaba muy cerca, y me enteré de que no estarían listos hasta el día siguiente por causa de una huelga.

Cuando salía oí unos disparos que venían de la Aduana y después el tableteo de los fusiles ametralladores.

«Ay, Dios mío», exclamó la mujer de la tienda. «¿Qué es eso?».

«El levantamiento militar», contesté.

«Por Dios*, no me diga eso», dijo ella. «¡Qué criminales!» .

Aunque no venían balas hacia la calle donde estábamos, todo el mundo había empezado a correr, unos pocos hacia donde sonaban los disparos pero la mayoría en dirección opuesta. Abandoné la idea de llegar a la estación, que hubiera significado cruzar la línea de fuego, y decidí coger el autobús. Tenía la parada muy cerca del mercado y saldría al cabo de unos minutos.

Aumentaba el tiroteo. Además del metódico tableteo de los fusiles ametralladores, se podía oír el seco ladrido de los rifles y de las pistolas. La intensidad del ruido era sorprendente: se diría que estaba en marcha una verdadera batalla. No parecía haber ninguna razón para dejarse ganar por el pánico y no corrí como todo el mundo, aunque apreté el paso. Al torcer la esquina antes de llegar al mercado vi desaparecer el autobús en lontananza. Un hombre de edad, uno de los dos fontaneros de nuestro pueblo, llegó al mismo tiempo que yo. Sacó un enorme reloj niquelado y lo miró.

«Ha salido siete minutos antes de la hora», exclamó. «Todo porque se están oyendo unos tiros. ¡Vaya, qué cobardes!»

Tendremos que andar», dije. Y nos pusimos en camino.

Al llegar al puente al final de la Alameda descubrimos que las balas pasaban zumbando entre las ramas de los árboles y rebotaban en el parapeto de piedra. El autobús se había aventurado a cruzarlo. No nos sentimos inclinados a correr ese riesgo de manera que dimos la vuelta para cruzar el río por otro puente. Tuvimos que atravesar un barrio popular. Las calles estaban llenas de hombres y mujeres que se afanaban como hormigas cuando se mete un palo en un hormiguero. Unos cuantos corrían pistola en mano para unirse a la lucha, mientras que los demás hablaban excitados. Llegamos a la carretera general y conseguimos que un camión nos dejara en casa.

Cuando me desperté a la mañana siguiente lo primero que hice fue escuchar. No se oía nada. Vi a Maria, nuestra criada, cogiendo unas rosas en el jardín y salí a preguntarle qué noticias había.

«Dicen que los fascistas han sido derrotados contestó, «y que ahora van a hacer la revolución».

Hablaba muy enfadada y casi sin mirarme, porque no le gustaba nada el comunismo libertario ni, a decir verdad, cualquier otra cosa nueva.

«Puede verlo desde el mirador»», dijo. «La mitad de Málaga está ardiendo».

Fui a mirar. Altas columnas de humo se alzaban desde varias partes de la ciudad. La noche anterior vimos dos fuegos antes de irnos a la cama; ahora parecía haber por lo menos veinte.

Desayunamos como de costumbre en el jardín debajo del níspero. Antonio escardaba las patatas como si nada hubiera sucedido. Las cañas de Indias, las dalias y las rosas brillaban con el sol de las primeras horas de la mañana y las mariposas rojas y de color azufre revoloteaban perezosamente a su alrededor. Parecía imposible creer que acababa de empezar una resolución anarquista.

María salió con aire serio a retirar los platos del desayuno.

«Se pueden ver unas cosas estupendas en la calle», dijo.

«¿Qué es ello?».

Se quedó allí con los brazos cruzados y una sonrisa irónica en los labios.

«Vaya a verlo usted mismo», dijo. «Quizá quiera unirse a ellos».

Entramos en la casa y miramos por una de las ventanas del piso alto. Camiones y automóviles cruzaban a toda velocidad llenos hasta los topes de obreros armados con fusiles, pistolas, cuchillos e incluso espadas. Iban sentados sobre el techo, de pie sobre los guardabarros, colgando del cuello de los conductores o asomando por las ventanillas; todos apuntando con sus armas hacia la calle, de manera que los camiones estaban literalmente erizados de ellas. Saludaban a los que pasaban con el brazo izquierdo doblado y el puño cerrado, exclamando Salud* y seguían apuntando con sus armas hasta que se les devolvía el saludo de la misma manera. En todos los camiones y coches ondeaban al viento banderas rojas con letras pintadas sobre ellas: C.N.T., F.A.I., U.G.T., U.H.P., pero nunca P.C. Algunos iban a toda velocidad entre vítores poco entusiastas, mientras otros casi se arrastraban.

«¿Qué están haciendo?», pregunté.

«Son patrullas armadas», dijo Rosario, «y buscan fascistas».

«Fusilan a todos los ricos», dijo María. «Tenga cuidado no le fusilen a usted».

«Calla, mujer», dijo su hermana. «Don Geraldo no es un fascista. Aquí la única fascista de verdad eres tú».

«Sí», dije yo. «Vamos a denunciarla».

Alonso el pintor, nos había seguido al piso de arriba.

«Estoy seguro», dijo, «si se trata de eso, que Don Geraldo es tan buen comunista como cualquiera de nosotros».

«Claro que lo soy», dije. «Quiero que todo el mundo sea tan rico como yo».

«Eso es verdadero comunismo», dijo Alonso. «Aquí, la mayoría de los comunistas sólo quieren que todos sean tan pobres como ellos».

«Bien», exclamé, «¡la gran Revolución ha llegado al fin!».

«¡Qué revolución!», dijo despectivamente. «¿Qué se cree usted que va a pasar? Nada».

Una pareja de jóvenes del comité* del pueblo, con unos mosquetes antiquísimos, vino a hacer un registro en busca de armas. Fueron muy corteses. Dije no poseer ninguna pero que no tenía inconveniente a que registrasen la casa. Aunque evidentemente no me creyeron, puesto que cualquier persona en España que podía comprar una pistola lo había hecho, fingieron lo contrario.

«Estas son las armas de don Geraldo», dijo Rosario, apareciendo con una porra de endrino irlandés que yo llevaba cuando salía de patrulla durante la primera guerra mundial. «Está a su servicio», dije.

La examinaron admirativamente.

«Caramba, con eso se puede matar fascistas», dijeron, «pero no se la vamos a quitar».

«Por supuesto que no», dijo Rosario, que tenía un carácter algo agitanado. «Lo necesitamos nosotros. Aunque no lo sepáis, don Geraldo es más comunista libertario que vosotros».

Una gran nube de humo flotaba sobre Málaga. Con los prismáticos pude distinguir treinta o cuarenta casas que estaban ardiendo. Me dijeron que prendían fuego a todas las casas de los fascistas. Al anochecer el espectáculo era impresionante y nos llegamos hasta la iglesia para verlo mejor. Un pequeño grupo se había reunido allí, pero nadie parecía saber más que nosotros sobre lo que estaba ocurriendo. Debido al fracaso de la sublevación militar en Málaga, se daba por hecho que había sucedido lo mismo en todas partes. Pocos miembros de la clase obrera veían más allá de su provincia.

El tiroteo continuaba con la misma intensidad en la dirección de la Aduana. Una ametralladora disparaba en la calle Larios de cuando en cuando, aunque estaba completamente vacía. Hacia el anochecer llegó un hombre con una camisa roja y un brazo en cabestrillo con manchas de sangre. En la otra mano llevaba una lata de gasolina. Arrojó algo del líquido sobre la puerta de una tienda que estaba justo enfrente y luego echó una cerilla encendida. El fuego prendió inmediatamente. Al ver que las llamas subían el hombre inició una especie de danza jubilosa. Después dando tumbos y haciendo cabriolas, cruzó la calle hacia ellas y echó el resto de la gasolina contra una librería —la misma que yo había visitado unas horas antes— situada en la casa siguiente a la que servía de asilo a Jan Woolley y a su hija, pero separada de ella por una callecita muy estrecha. Luego desapareció.

Las dos casas se incendiaron rápidamente. El calor procedente de la librería pronto se hizo muy intenso y el fuego se propagó al toldo del café de abajo. Los soldados, transportados hasta allí desde el edificio de la Aduana, tomaron posesión de la calle. Apostaron piquetes en las esquinas y los oficiales paseaban arriba y abajo entre los fuegos como si nada estuviera pasando. Las personas del apartamento en que se encontraba Mrs. Woolley conocían a algunos y se asomaron a las ventanas para hablar con ellos. Para entonces el fuego de las ametralladoras y los disparos de fusil habían cesado. Pronto empezaron a desperdigarse los soldados y los oficiales terminaron también por desaparecer.

Mientras tanto las llamas de la librería daban un calor casi insoportable, el café de abajo se incendió y ellas comprendieron que si no se marchaban arderían también. Con un martillo de partir carbón tiraron el tabique que les separaba de la casa de al lado y siguieron empleando la misma técnica para avanzar calle abajo. Casi ninguno de aquellos pisos lujosos estaba ocupado, ya que los propietarios habían sido avisados con tiempo, y probablemente estaban ya en Gibraltar. Pero en algunas de las casas la gente había disparado desde los tejados y Jan Woolley tenía la impresión de que por esa razón la familia del segundo piso se había negado a recibirlas.

El resto de aquella noche pasó tranquilamente, si se exceptúa el crepitar de las llamas, tan fuertes que resultaba necesario gritar para entenderse. El aire era tan sofocante que no cabía pensar en dormir. Al amanecer hubo un momento aterrador. De las estrechas calles, a su izquierda, que daban a la Plaza de la Constitución, fue saliendo una densa masa de trabajadores, todos armados, llevando banderas rojas y avanzando con decisión. Gritaban y cantaban al andar, pero el sonido que se alzaba de aquella masa enfurecida no era un ruido humano, sino más bien el rítmico vibrar de una dinamo.

Siguieron adelante en línea recta, llenando por completo la amplia calle y después se detuvieron frente a una casa. Rompieron la puerta, registraron las habitaciones rápidamente y después de echar gasolina sobre los muebles la prendieron fuego. Lo que más llamó la atención de Jan Woolley fue la forma tan metódica que tenían de trabajar. Las casas eran seleccionadas con cuidado y a las personas que estaban dentro se las avisaba antes de iniciar el fuego. Después llegó el coche de los bomberos y se quedó allí para evitar que las llamas se extendieran a las casas vecinas. Las razones para la selección no estaban del todo claras. Normalmente debía de tratarse de casas pertenecientes a los peces gordos de la derecha, pero a veces parecía que incendiaban algunas casas porque habían visto a gente disparando desde ellas. Jan distinguió con claridad hombres que corrían por los tejados y disparaban sobre el apretado gentío que llenaba la calle.

Para las ocho la multitud se había trasladado a otra zona de la ciudad dejando que la calle se quemara sola. Jan y su hija decidieron salir y escapar a toda prisa, mientras que sus anfitriones, que les habían tratado todo el tiempo con gran amabilidad, prefirieron quedarse donde estaban. Les ayudaron a descolgarse por una ventana a un callejón detrás de la casa. Su problema inmediato era encontrar un hotel donde les dieran café y se les permitiera descansar, pero Jan no conocía bien la ciudad y hablaba poco español. Se tropezaron con un inglés, aparentemente uno de los comerciantes de la ciudad, pero tenía mucha prisa y no se ofreció a escoltarlas hasta un sitio seguro. Un obrero español las tomó bajo su protección y las condujo a un hotel junto a la catedral. Allí se sintieron a salvo. Estaban haciendo café y les habían asignado ya una habitación cuando llegó un grupo de incendiarios y ordenó que evacuaran el hotel porque iban a prender fuego a una imprenta de los conservadores en la casa de al lado y había peligro de que se extendiera al hotel.

Decidieron entonces volver a Torremolinos si era posible. Otro obrero se ofreció a protegerlas y trató de encontrarles un taxi, y, cuando esto resultó imposible, de que las llevaran en el camión de una de las patrullas armadas, pero todos iban hasta los topes. De manera que no quedaba otra solución que andar. Como la carretera general parecía estar demasiado concurrida, decidieron hacerlo por la playa. Pero sus aventuras no habían terminado aún. Cuando pasaban junto a las chozas de los pescadores, se vieron acosadas por unas mujeres que les pedían dinero y no se libraron de ellas hasta haberles entregado todo lo que tenían. Después tuvieron que vadear el río, pero al llegar al banco de arena en la otra orilla, lo encontraron ocupado por una manada de toros negros. Esto significaba dar un rodeo tierra adentro hasta el puente del ferrocarril, y a partir de ahí siguieron la vía que llevaba a Torremolinos. En total, unas diez millas por terreno accidentado.

Avanzaba la tarde y si quería llegar a casa antes de que se hiciera de noche tenía que salir inmediatamente. Crucé colinas bajas de tierra roja plantadas de olivos. A mi izquierda las montañas estaban adornadas con sombras profundas, como pliegues en una tela gruesa, mientras a mi derecha veía el mar, liso y tranquilo como una losa de mármol y de un color cobalto tan intenso que hacía pensar más en un raro y precioso objet de luxe que en un elemento de la naturaleza. Me detuvo una patrulla de dos hombres armados con fusiles, pero me dejaron pasar. Después vi una columna de humo que se alzaba delante de mí. Al alcanzar la cumbre de la colina me di cuenta que procedía de un cortijo muy grande, cuyo propietario, don Eugenio Gross, un hombre afable pero de genio brusco, no gozaba de simpatías entre sus jornaleros.

Aquí radio Barcelona. Aquí radio Barcelona. Ha sido restablablecido. El orden ha sido completamente restablecido. Los aviones del pueblo de la España democrática acaban de salir para bombardear Zaragoza. Ha sido restablecido el orden. Todos los que disparen desde los tejados de las casas, todos los que tengan las persianas bajadas, todos los que no entreguen sus armas o escondan a algún fascista serán juzgados sumarísimamente...»

La voz estridente del locutor barcelonés y sus breves frases repetidas como conjuros daban una aterradora imagen de guerra y calamidades. En la estación de Madrid había más calma. El locutor hablaba en un tono correcto, sin apresuramientos, resultando casi tan tranquilizador y condescendiente como los de la BBC. Pero las frecuentes interrupciones del programa, las instrucciones para capturar a los que disparaban desde los tejados y la inmediata refutación de todo lo que se decía en Lisboa o Burgos eran menos alentadoras. Una vez a medianoche el presidente de la República, don Manuel Azaña, habló. Pronunció un emotivo discurso, pidiendo firmeza y decisión para enfrentarse con una rebelión injustificada de las fuerzas armadas y ofreciendo la esperanza de libertad y justicia para todo el mundo, fueran cuales fuesen sus simpatías u opiniones.

La única estación de los rebeldes que podíamos oír era Sevilla. Aquí la atracción estelar era una asombrosa personalidad de la radio, el general Queipo de Llano, que con su audacia y energía había ganado para los insurgentes una ciudad clave, Sevilla, con sólo un puñado de tropas. Sus programas, retransmitidos de noche, eran precedidos por una introducción encaminada, como el repiqueteo de castañuelas entre bastidores antes de que la bailarina aparezca en el escenario, a aumentar la expectación.

«Dentro de cinco minutos hablará el excelentísimo señor general Queipo de Llano, comandante de las fuerzas del ejército de salvación en el sur de España... Dentro de tres minutos hablará el excelentísimo señor general... Dentro de un minuto...»

Después se oía el ruido de alguien que llegaba deprisa, una pregunta a su estado mayor: «¿Están esperando, no es cierto?», y a continuación empezaba.

Era una estrella de la radio. Toda su personalidad, cruel, bufonesca y satirica, pero maravillosamente viva y auténtica, llegaba a través del micrófono. Y esto sucedía porque no trataba de conseguir ningún tipo de efecto retórico, sino que decía simplemente lo que se le pasaba por la cabeza. Su voz aguardentosa (sólo más adelante me dijeron que no bebía) también colaboraba. Se sentaba allí, con su uniforme de gala y el pecho cubierto de medallas y con su estado mayor, vestido de la misma manera, en posición de firmes, detrás de él. Queipo se mostraba siempre natural y tranquilo. A veces, por ejemplo, no entendía sus anotaciones. Entonces se volvía a sus acompañantes y decía, «No veo lo que dice aquí. ¿Hemos matado quinientos o cinco mil rojos?».

«Quinientos, mi general».

«Bueno, no importa. Da lo mismo si esta vez sólo han sido quinientos. Porque vamos a matar a cinco mil; no, quinientos mil. Quinientos mil nada más para empezar, y después ya veremos. Escuche usted esto, señor Prieto. Me parece que oigo cómo el señor Prieto escucha a pesar de ¿cómo lo diría? de su... diámetro, debido a los millones del gobierno que se comió el otro día y... a pesar del espantoso miedo que tiene a que lo cojamos. Sí, señor Prieto, escuche usted bien, quinientos mil para empezar y cuando lo cojamos, antes de terminar con usted vamos a pelarle como una patata».

Sus emisiones estaban repletas de anécdotas groseras, chistes, insultos, cosas absurdas, todo extraordinariamente vivo y colorista pero estremecedor cuando nos dábamos cuenta de las ejecuciones en masa que se sucedían a su alrededor, de las que nos informaban los fugitivos, en una ciudad donde todos los trabajadores eran anarquistas o comunistas. Algunas figuras aparecían todas las noches en sus programas: Prieto, el socialista más moderado, siempre corno cacique gordo o como estafador y La Pasionaria como prostituta escapada de un burdel. Toda la derecha creía estas cosas, aunque en realidad era la mujer de un minero y una persona de vida muy austera. El nombre con que se la conocía era debido a su elocuencia.

Pero Queipo de Llano no soportaba a la Falange, aunque a veces tenía que dejarles utilizar la radio. En una ocasión cometió una equivocación y dijo canalla fascista en lugar de canalla marxista*. Una voz dolorida le corrigió.

«No, no mi general, marxista» .

«¿Qué más da?» dijo el general. «Los dos son canaille». Y luego, sin detenerse, Si, «canaille roja de Málaga, ¡espera hasta que llegue ahí dentro de diez días! Me sentaré en un café de la calle Larios bebiendo cerveza y por cada sorbo mío caeréis diez. Fusilaré a diez», continuó a voz en grito, «por cada uno de los nuestros que fusiléis, aunque tenga que sacaros de la tumba para hacerlo».

La mayoría de sus programas acababan de manera parecida. «¡Canalla marxista! Canalla marxista, repito, cuando os cojamos sabremos cómo trataros. Os vamos a despellejar vivos. ¡Canalla, canalla!».

Estas emisiones eran todavía más repugnantes cuando uno recordaba la historia de Queipo de Llano. No tenía razón alguna para sentir rencor contra los republicanos, que le habían favorecido y ascendido. Hasta una o dos semanas antes mantuvo las mejores relaciones personales con Prieto, al que ahora interpelaba de manera tan brutal. Había sido republicano desde la caída de la monarquía, juró fidelidad al gobierno, que puso en él su confianza, para después faltar a su juramento y traicionarle. Este es el tipo de personas que se destacan en las guerras civiles y las revoluciones, cuando la ambición se antepone a cualquier otro sentimiento. Pero hay que explicar como justificación de sus retransmisiones —las cuales, además, debido al miedo y a la indignación que causaron contribuyeron tanto a provocar represalias en el otro bando—, que Queipo, con un puñado de tropas de dudosa lealtad (hasta que llegó un contingente de la legión extranjera) estaba conteniendo a una población en la que toda la clase obrera era hostil y se sentía obligado a gobernar por el terror. Pero no le disgustaba hacerlo porque era un sádico por naturaleza y las ejecuciones continuaron durante meses sin interrupciones cuando su posición estaba asegurada.

La guerra estaba empezando de verdad para nosotros. Una tarde, mientras tomábamos el té en el jardín, un avión pasó por encima y dejó caer varias bombas a unas cincuenta yardas. Pero eran sólo del tamaño de granadas de mano y, al dar sobre tierra blanda, no hicieron ningún daño. Al día siguiente las bombas fueron más grandes, dañando algunas casas del pueblo pero sin herir a nadie. De todas formas causaron gran terror entre la población femenina. A partir de entonces, cada vez que se oía el motor de un aeroplano, se producía una carrera de faldas negras hacia nuestra casa porque ofrecía mejor protección. Allí se acuclillaban, gruñendo y gimiendo, y despidiendo ese olor fuerte y desagradable que produce el miedo.

Los hombres se alistaron en un cuerpo de voluntarios al que el gobernador civil proporcionó fusiles, y unos pocos sargentos de infantería trataron de adiestrados. Pero había poco tiempo y al cabo de una o dos horas de instrucción los mandaba al frente en camiones. Muy pronto, según el periódico y la radio locales, avanzaban ya gloriosamente hacia Córdoba y Granada, sojuzgadas por los insurgentes. Sin embargo su progreso se veía obstaculizado por los puestos de la guardia civil. A juzgar por los relatos de la prensa, la lucha había tomado un carácter medieval. Se hablaba del sitio de castillos moros y torres de vigía y cuando, en un avance repentino, las tropas republicanas capturaron Puente Genil, de la provincia de Córdoba, se anunció orgullosamente que después de la contienda quedaría anexionado a Málaga. Estábamos envueltos en una guerra local, como en los días de los reinos de taifas*, y nuestros enemigos eran Córdoba y Granada. Lo que sucediera en el resto de España no tenía nada que ver con nosotros.

La milicia me daba la impresión de ser un cuerpo poco eficaz. En primer lugar no estaban en absoluto preparados y muchos de ellos no sabían cómo hacer fuego con sus fusiles. Además los andaluces nunca han tenido una gran reputación como soldados. Se veía poco entusiasmo entre los hombres: ellos querían hacer la guerra en sus calles y en su pueblo y no fuera de él. Por otra parte, el principio anarquista de la libertad de elección presentaba muchos inconvenientes. Un hombre se incorporaba voluntariamente y de la misma manera podía abandonar la milicia; yo hablé con un miliciano que al oír cómo le pasaba zumbando una bala, se fue a su casa sin que nadie hiciera la menor objeción. La moral en Málaga era muy baja porque la ciudad estaba rodeada de enemigos por todos lados con la excepción del Este, donde la carretera de la costa enlazaba con el resto de la España republicana. Las comunicaciones podían quedar cortadas en cualquier momento y esto hacía que se produjera el pánico con frecuencia. Una noche corrió el rumor de que tropas moras se aproximaban desde Algeciras y casi toda la población de Churriana se trasladó a las montañas y pasó allí la noche. Los moros tenían una justificada reputación de matanzas y violaciones. Por recomendación de Bertrand Russell, me habían nombrado corresponsal del Manchester Guardian. Conseguí una bicicleta e iba todos los días a Málaga para enterarme de las noticias. Los bombardeos se habían convertido en un rito diario y las bombas eran más grandes. Una tarde calurosa —el termómetro no bajaba de los 90Fº — decidí bañarme junto al muelle de madera que entonces se metía en el mar cerca del restaurante Antonio Martín. El acorazado Jaime I estaba anclado a unos cientos de yardas de la orilla cuando repentinamente una pareja de aviones se acercó en vuelo rasante y empezaron a bombardearlo. Es mucho más desagradable que lo bombardeen a uno dentro del agua que en tierra y me salí lo más deprisa que pude. Otra tarde un único avión voló sobre la ciudad. La amplia calle por la que yo iba andando se llenó inmediatamente de obreros que empezaron a dispararle con rifles, pistolas y revólveres. En estas ocasiones siempre se producían accidentes. Es probable que muriera más gente al herirse ellos o herir a sus amigos que por las bombas del enemigo. Un joven, novio* de María, la criada, se mató de un tiro en nuestro portal porque no había aprendido a manejar el seguro.

Estos ataques aéreos, aunque no producían daños militares, provocaban profunda indignación y deseo de revancha. En respuesta, la fuerza aérea malagueña, compuesta de cuatro pequeños aviones de pasajeros, hizo una salida para bombardear la Alhambra; se decía que al lado habían instalado una batería, y los pilotos aseguraron haberla acertado, aunque en realidad no dieron en el blanco. Pero la gente de la calle pedía sangre. Durante los primeros ocho días después del alzamiento, como pude comprobar más adelante, nadie fue ejecutado, aunque la prisión estaba llena de sospechosos. Pero ya empezaban a discutir si cada vez que hubiera un ataque aéreo que causara bajas, no habría que sacar unos cuantos prisioneros de la cárcel y fusilarlos. También hicieron su aparición grupos de terroristas reclutados entre los miembros de la F.A.I. que recorrían la ciudad y el campo en busca de fascistas. De repente, en unos días, esta palabra, fascista, apenas oída antes, llegó a significar un ser casi mítico, un enemigo de la raza humana, algo así como las brujas en el siglo XVII. Las emisiones de Queipo de Llano habían contribuido a ello creando una imagen de furia sádica y de salvajismo. Gente así tenía que ser exterminada.

Mi primer atisbo de este aspecto siniestro de la revolución data de fines de julio. Un camión armado de juventudes de la F.A.I. se presentó en nuestro pueblo, declarando que habían venido para llevarse a los fascistas locales a la prisión de Málaga. Un hombre muy impopular, un carabinero retirado, estaba confinado en el calabozo del pueblo y como me dijeron que también pretendían llevarse a un amigo mío llamado Juan Navaja, me apresuré a salir a la calle para ver si podía intervenir en favor suyo. Al llegar encontré un camión abarrotado de muchachos —sólo uno tenía más de veinte años—, vestidos con camisas rojas y armados de fusiles y metralletas. No habían encontrado a Juan, pero después de un gran revuelo y de muchas protestas de la gente que se había reunido, se llevaron al carabinero. Como garantía de que no lo liquidarían durante el viaje, permitieron que su mujer y su hija lo acompañaran. Apenas había salido el camión cuando llegaron los dos secretarios del comité del pueblo. Indignados ante esta autoritaria manera de proceder, montaron en un coche, alcanzaron el camión y obligaron a los muchachos a devolver al prisionero. Porque los principios del comunismo libertario exigían que cada pueblo juzgara a sus propios habitantes.

Aquella tarde los dos secretarios del comité vinieron a verme para solicitar un donativo. Uno de ellos era un hombre joven y agradable de menos de treinta años que hablaba un castellano muy correcto. El otro era unos doce años mayor: elegido por su elocuencia, podía haber sido en época distinta un fraile franciscano, de grandes ojos húmedos y hablar suave y suplicante. Se sentaron a beber un vaso de cerveza conmigo y les felicité por haber rescatado al carabinero.

«Yo soy partidario de matar a Ios realmente malos», dijo el primero. «La muerte no es nada. Se acaba enseguida, así que ¿por qué temerla? Pero este carabinero no era demasiado malo y ahora que ha recibido una lección quizá se arrepienta y se haga bueno».

Su compañero de más edad se mostró de acuerdo con él. «Hubiera sido terrible que lo fusilaran. Es un hijo del pueblo. Su familia vive entre nosotros. ¿Cómo podríamos mirarles a la cara si dejáramos que lo mataran?».

Y empezó a extenderse con tono lacrimoso en comentarios sobre el terror que el pobre hombre habría padecido. Quizá, como escribí en mi diario, no existe tanta diferencia como uno podría imaginar entre la piedad sentimental de esta clase y una satisfacción de tipo sádico. En épocas revolucionarias, reflexionaba yo, se hace bien desconfiando de todos los que encuentran un estímulo emocional en la muerte violenta o en el sufrimiento de otros. Esto no sucede en las guerras entre naciones.

Pero el carabinero no estaba a salvo. Pocos días después las juventudes de la F.A.I  volvieron con sus camisas color rojo sangre y su camión erizado de armas y se lo llevaron. Los dos secretarios del comité habían sido advertidos de que podía ser peligroso tratar de resistir la voluntad del pueblo y habían salido de Churriana para no estar presentes. Nadie se atrevió a oponerse a aquella partida de terroristas. Mientras pedaleaba en mi bicicleta camino de Málaga al día siguiente, vi el cuerpo del pobre hombre a un lado de la carretera: no era ya un ser humano sino un simple muñeco roto.

Las personas sentenciadas a muerte no eran sin embargo las más conspicuas. Los comités de los sindicatos* no habían preparado listas de sus enemigos antes del alzamiento. Su desconocimiento de quiénes deberían eliminar por razones ideológicas ponía de manifiesto una ingenuidad casi conmovedora. Mataban simplemente a la gente que no les gustaba; de ordinario, hombres de posición muy humilde que habían ejercido algún tipo de tiranía sobre ellos. Era como si en un motín militar se fusilara a todos los sargentos pero a muy pocos oficiales. Un caso aparte fue la ejecución de todos los sacerdotes y frailes así como los miembros de la familia Larios, propietarios de la gran fábrica de algodón. En todas las revoluciones del siglo pasado habían sido los primeros en sufrir las consecuencias. Pero a los terratenientes no les pasó nada. Vivían en sus cortijos, que no eran grandes, y eran bien conocidos de los hombres que trabajaban en sus tierras. Entre ellos, por ejemplo, mi vecino el coronel Ruiz, conocido por el «coronel del millón de pesetas». La historia que se contaba era que cuando trabajaba en Marruecos como habilitado, se había dejado tentar por un paquete que contenía un millón de pesetas en billetes, y subiéndose a su coche se marchó con él. Al descubrir que le perseguían, se detuvo junto a un kiosko de periódicos en Larache, envolvió los billetes en un papel impermeable, y los arrojó encima del kiosko. Le registraron nada más detenerlo pero al faltar la evidencia del robo tuvieron que dejarlo en libertad aunque le obligaron a retirarse del ejército. Dos años después volvió a Larache, encontró el hato de billetes todavía sobre el techo del kiosko y se lo llevó a casa. Gastó el dinero en comprar un buen cortijo en Churriana. Cuando unos años después el general Primo de Rivera subió al poder, a él le pareció prudente retirarse por una temporada a París. Pero tampoco esta vez se encontró evidencia alguna contra él, así que regresó a su casa. Como en el interregno había quedado viudo, se casó con su ama de llaves. Fue este matrimonio, más incluso que el escándalo financiero, lo que le distanció de los otros miembros de su clase, los cuales se negaron a aceptar a su mujer. Como represalia no quiso suscribirse al periódico conservador El Debate y lo hizo en cambio al liberal El Sol, aunque carecía de convicciones políticas. Esto le hizo bienquisto de la izquierda y cuando murió, su hijo, un simpático homo-sexual muy divertido, heredó su popularidad.

El panadero de Alhaurín, conocido con el nombre de el Guacho, había sido durante cierto tiempo buen amigo mío. Hacía un pan moreno excelente que traía todos los días a lomos de burro y, como era el primer anarquista que conocí, entablaba conversación con él frecuentemente. Estaba bastante al tanto de la literatura libertaria y se mostró muy cordial cuando le dije que había leído uno de los libros de Kropotkin y conocía incluso a uno de sus amigos. Era muy fanático en todo y especialmente sobre los alimentos. El vino, el café y el té eran en su opinión drogas perniciosas que había que prohibir, mientras que la carne y el pescado no sólo envenenaban el cuerpo sino que destruían las defensas morales. De hecho ni siquiera creía que fuera conveniente comer pan: si siguiéramos a la naturaleza como era nuestro deber, tendríamos que vivir únicamente de los frutos de la tierra sin cocinar.

Una de aquellas mañanas le alcancé por el camino mientras volvía en burro a su pueblo y fui andando a su lado algún trecho. No recuerdo cómo, las ejecuciones sumarias de los jóvenes de la FA.I. salieron a relucir.

«Es lo único que se puede hacer» dijo, «con los incurables. Por el bien de todos tenemos que empezar eliminando a unos cuantos; de no ser así nunca mejoraremos la situación del mundo. Y, ¿por qué ha de importarles tanto morir? En realidad no les importa, pero no se dan cuenta. La vida sólo tiene sentido para los que poseen una buena disposición. Los corrompidos y los malvados no conocen las verdaderas satisfacciones».

«Usted dice», repliqué, «que sólo unos pocos son malos. Pero cuando esos pocos hayan muerto, encontrarán ustedes otros. Y cuando esos hayan desaparecido, descubrirán más. Cuando se empieza a matar a los malos, ¿dónde pararse, si, como usted mismo admitió, todos los hombres tienen mucho de malo en ellos?».

«No, no», protestó. «Mataremos sólo a los incorregibles.

«Entonces» contesté, «acabarán ustedes por matarme también a mí. Aunque nunca me opondré a un régimen de libertad e igualdad, probablemente encontraré difícil aclimatarme a la vida de un bracero, por ejemplo, Es difícil cambiar de costumbres repentinamente. Los ricos quizá sean explotadores, pero arrojarlos a la calle sin más ni más sólo sirve para crear una nueva tiranía».

«Ah, pero usted lo entiende todo al revés» dijo. «Está usted pensando en el comunismo ruso, que para nosotros es lo mismo que esclavitud. Nadie le pedirá que cambie de costumbres, con la excepción quizá de unas pocas que obstaculicen la libertad de otros». «Bien» contesté, «déjeme decirle que soy un inglés liberal que odia el derramamiento de sangre y la revolución. Creo que debemos tratar de cambiar las condiciones sociales de manera gradual y usando la fuerza lo menos posible. Dentro de unos años el desarrollo científico nos permitirá abolir la pobreza y quizá también la riqueza. Pero una vez que ha llegado la revolución por culpa de los del otro lado, espero que tengan ustedes éxito en sus planes y consigan establecer el comunismo libertario. Aunque estoy seguro de que no lo conseguirán si matan a demasiada gente, porque la sangre llama a la sangre. Tienen que reeducar a sus enemigos, no destruirlos».

«Venceremos» dijo, arreando a su borrico. «Se respira ya la justicia. No se nos puede denegar por más tiempo».

Cuando seis meses más tarde los nacionalistas entraron en Málaga el Guacho se negó a huir: prendió fuego a su casa y murió entre las llamas.

Diez días después del alzamiento nos despertó una bomba de considerable tamaño que cayó a las cuatro de la madrugada; el ruido venia del aeródromo militar. Corrimos al mirador a tiempo para ver cómo, según todos los indicios, otra bomba iba a caer encima de la villa construida por don Carlos Crooke Larios, el anterior propietario de nuestra casa, junto a los hangares donde se hacían las reparaciones. Nos vestimos a toda prisa y salimos hacia allí con vendas y desinfectante por si había algún herido. Pero al llegar los encontramos a todos sanos y salvos: la bomba se había quedado un poco corta. Sin embargo, su casa estaba demasiado cerca del aeródromo para que resultase agradable, así que les invitamos a alojarse con nosotros.

La familia consistía en don Carlos y su mujer, con sus dos hijas y tres hijos, de los cuales el más joven era todavía un niño. Pronto descubrimos que habíamos tenido suerte al recibirlos como huéspedes. Don Carlos era un hombre alto, más bien corpulento, con una elegante nariz romana, completamente calvo y unos modales llenos de vida, casi de adolescente. Su mujer, doña María Luisa, era una de las mujeres más encantadoras que he conocido, esposa y madre devota, buena administradora y excelente cocinera, amable y con palabras cariñosas para con todo el mundo y todavía bien parecida a pesar de sus cuarenta y pico años. Estaban todos muy unidos pero no tenían dinero. Tratando de enriquecerse pasaron seis o siete años con una granja de ovejas en Tierra de Fuego, pero regresaron de aquellas heladas regiones tan pobres como se marcharon. Después se dedicaron a criar pollos. Aparentemente, habían venido a nuestra casa buscando un refugio contra las bombas, pero descubrí gradualmente que necesitaban aún más otro tipo de protección, porque don Carlos estaba muy implicado en el alzamiento.

Era una especie de Micawber, rebosante de optimismo y buen humor y siempre dispuesto a contar historias divertidas sobre sus experiencias. Una de ellas tenía que ver con la noche del alzamiento. Había ido a Málaga, nos dijo, a visitar a un amigo que regentaba un hotel y se vio inmovilizado allí al comenzar los disparos. Mientras tenía lugar el tiroteo frente a la Aduana, los francotiradores disparaban esporádicamente desde los tejados y las ventanas de la calle donde estaba el hotel. Un grupo de obreros armados se acercó para decir al propietario que como disparaban desde una de las ventanas del hotel iban a quemar el edificio. El dueño les rogó que registraran las habitaciones antes de hacerlo y ellos aceptaron pero no encontraron nada. Como seguían teniendo sospechas, ordenaron que todas las personas del hotel se sentaran delante del portal para que se les viera desde la calle. Esto era una prueba muy desagradable para personas de derechas, pero no tenían otra opción e hicieron lo que se les decía.

Don Carlos era un hombre muy observador y había notado con anterioridad que alguien disparaba a intervalos regulares desde una de las ventanas de los dormitorios. Se dedicó a tener los ojos muy abiertos para descubrir quién era. Entre las veinte personas, había una mujer de unos treinta años, soltera, con gafas y que había trabajado de oficinista en telégrafos. Comprobó que de cuando en cuando desaparecía durante unos minutos. La siguió escaleras arriba, vio cómo se acercaba a una ventana del segundo piso y disparaba hacia la calle con una browning.

Don Carlos habló con el propietario del hotel y la detuvieron cuando bajaba.

«No es un arma de verdad», dijo ella, entregando la pistola. «La uso para matar perros».

El dueño retiró la munición, limpió el cañón y se la entregó a la primera patrulla que pasó por allí.

«Tenía que estar un poco loca», dijo mi mujer.

«¿Loca?», exclamó don Carlos. «Oh, no; era una española típica».

Como ya he dicho, solía ir a Málaga todos los días en mi bicicleta y volvía con las noticias. Casi todos los actos de vandalismo agradaban a don Carlos. Cuando le dije que tanto la librería de derechas como el edificio de la prensa conservadora habían ardido hasta los cimientos se mostró encantado.

«Bien», exclamó. «Bien. Eso nos evitará el trabajo de tener que quemarlos nosotros».

Comprendí que era falangista y había ido a Málaga el día del alzamiento con una pistola en el bolsillo, dispuesto a usarla si las cosas iban bien. Ahora se pasaba las noches pegado a la radio escuchando Sevilla. Los programas sádicos del general Queipo de Llano le encantaban, mientras que su mujer no quería oírlos y decía: «Qué indecente! iVaya qué chulo!».

Hasta entonces yo no había sentido necesidad de tomar partido en la guerra. Por una parte no me gustaban las revoluciones y no tenía fe en la practicabilidad del comunismo libertario, y por otra sentía una fuerte antipatía hacia los generales sublevados. Ellos habían empezado esta guerra fratricida, completamente sin necesidad, según me parecía entender. Sin embargo, ¿debería tomar posiciones, por esa simple razón, en los asuntos internos de un país extranjero? Las emisiones sevillanas me hicieron cambiar de idea, inclinándome considerablemente a la izquierda. Los republicanos no tenían ningún Queipo de Llano. Era evidente que las ejecuciones masivas en Sevilla superaban con mucho a todo lo que pasaba en Málaga y habían comenzado desde el primer día. Mientras Sevilla, Córdoba y Granada estaban bañadas en sangre, en Málaga se trataba sólo de salpicaduras. Decidí inclinarme por el lado que matara menos. El grado de ferocidad estaba en relación inversa con el nivel de honradez y de civilización. Además, aunque de momento no le di demasiada importancia, la propaganda de los rebeldes se mostraba radicalmente hostil con los países democráticos. El liberalismo, proclamaban, constituía un primer paso hacia el comunismo: Roosevelt e incluso Chamberlain eran rojos o estaban muy cerca de serlo. Los rebeldes habían empezado a fusilar ya a todas las personas de ideología liberal. Se proclamaba a Hitler y Mussolini dirigentes de la nueva Europa. Parecía claro que la España nacionalista se pondría del lado de Alemania e Italia en la guerra que se avecinaba y estaría en condiciones de cerrar el Mediterráneo a nuestra flota. Sin embargo no fueron éstas las consideraciones que me decidieron. Mis simpatías naturales van siempre hacia el más débil y no con los opresores. Mis sentimientos, aunque no siempre mi razón, se inclinaban sin duda hacia la izquierda. Esto significaba que yo debía tomar partido por la clase obrera, tan cruelmente pisoteada, aunque me faltara fe en sus planes futuros.

En todas las revoluciones hay un momento de delirio y borrachera cuando se rompen las cadenas del pasado y hace su aparición un futuro dorado. Todos, hasta los enemigos del orden nuevo, son camaradas; todo el mundo ama a los demás. Este instante había sido ejemplificado en Málaga por las carreras desatadas de las patrullas motorizadas al día siguiente del alzamiento, pero la ciudad misma no había hecho la menor manifestación de júbilo. Las calles vacías, las casas carbonizadas y humeantes y los rostros sombríos expresaban la exasperación de la gente ante el ataque del que habían sido objeto. Sólo las banderas rojas y las colgaduras en las casas y en los vehículos hablaban de una revolución en marcha. Una revolución bien triste en la que nadie parecía saber qué hacer o adónde ir. De repente se produjo un cambio; por lo menos en las apariencias. Casi en una noche desaparecieron las banderas rojas o fueron reemplazadas por otras de la República. Esto se hizo por orden del gobierno y estaba encaminado a impresionar favorablemente a las potencias democráticas, de cuya actitud, se pensaba, iba a depender el resultado del conflicto. También se hicieron algunos intentos para impedir los fusilamientos no autorizados que, a medida que la rebelión militar progresaba, iban en aumento. Se colocaron guardias a las puertas de los hoteles y se pudo circular por el centro de la ciudad incluso de noche. Pero las ejecuciones continuaban. Después de cada ataque aéreo se sacaba de la cárcel a cierto número de hombres y se les fusilaba como represalia. Esto lo exigía la opinión pública y había que aceptarlo. Pero los asesinatos cometidos por los pequeños grupos terroristas eran otra cosa. Estos «incontrolados», como empezaba a llamárseles, aunque se les mantenía alejados del centro de la ciudad, dominaban en los barrios extremos y en los pueblos de alrededor. El gobernador civil, que se había visto obligado a enviar al frente las reducidas fuerzas de la policía, no podía hacer otra cosa que un llamamiento a los comités de los sindicatos, que eran los dueños de la ciudad. Estos respondieron afirmativamente, porque también se oponían a estas ejecuciones no autorizadas, de manera que Málaga se vio cubierta de carteles pidiendo en nombre de la C.N.T. y de la F.A.I., así como de los socialistas y comunistas, poner fin a estos crímenes que «manchan el buen nombre de la revolución». La razón de que las ejecuciones continuaran era la naturaleza de la F.A.I. No se trataba de un grupo organizado, sino que consistía en cierto número de grupos sin cohesión y sin autoridad central. Probablemente la mayoría de sus miembros desaprobaban por completo estas ejecuciones, pero el único medio de controlar a los grupos que las instigaban hubiera sido el uso de la fuerza. Y esto les desagradaba extraordinariamente. La primera víctima en todas las revoluciones es la moral.


Gerald Brenan
Memoria personal
Tiempo de Historia, números 80-81, julio-agosto 1981