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1979. Martí, camino de su muerte

José Martí Pérez
(La Habana, 28 de enero de 1853 - Dos Ríos, 19 de mayo de 1895)


Suelen dividirse los hombres que han dejado memoria de sí en aquellos que hacen y aquellos que cantan o piensan sobre lo que otros hicieron o simplemente sobre lo que pasa en su torno: poetas y aún filósofos -si por filósofo se entiende el que se siente obligado a dar cuenta del Mundo que encuentra, a la luz de una idea que lo juzga e ilumina-. Y no es frecuente que ambas cosas, la acción y su comentario, el hacer y la expresión se reúnan en un hombre solo. El hombre de acción, se ha dicho, piensa después de haber actuado y rara vez lo cuenta y menos aún, echa sobre sí la penosa tarea de descifrarlo. El hombre de acción suele destacarse por su mutismo.

Diríase que el hombre de acción y el poeta viven tiempos distintos y que mantienen una distinta relación con lo más decisivo de la vida, con la muerte. Al hombre de acción la muerte parece llegarle de improviso, le sobreviene como a un cazador cazado. A todo el que no medita o poetice, la muerte le llega de sorpresa. Mientras que al poeta y al meditador aunque no le hayan dedicado sus pensamientos, la muerte les llega desde adentro, de un modo íntimo, como la madurez natural de un fruto logrado, pues no se trata de un proceso de la conciencia, sino de la intimidad; y del modo en que se vive el instante, vaciándolo de su sentido recóndito, descubriendo su relación con el remoto instante ya ido, anticipando el porvenir. Poetizar es recordar; meditar más bien anticipar o anticiparse, viviendo de antemano, proyectando. Y es este doble movimiento de la intimidad el que parece crear ese modo de ir hacia la muerte, haciéndose amigo de ella, como la finalidad de la vida y no su brusco término.

No parece haber huella de presentimiento, ni la más leve preocupación ante la muerte en esas últimas páginas que Martí escribiera el Diario de Cabo Haitiano a Entrerios. Quizás él no imaginaba que iba hacia su fin, o quizás no quiso transcribirlo, mas la existencia misma del Diario, su tono y una específica calidad como de misterioso temblor del alma ante las cosas que parecen herirle, hace que sea un testimonio de los más preciosos y raros que un hombre puede dejar, más que un testamento, cosa del pensar; un itinerario de su morir, cosa del ser.

Es la cercanía de la muerte gran reveladora; no hay además de ella sino esa angustia de la culpa para hacer que el fondo secreto de la persona salga a la luz, se manifieste, en esa acción que es la Confesión, la simple confesión literaria. Más los autores de Confesiones lo han hecho desde una conciencia ganada por la angustia, empujados por el anhelo de darse a comprender.

Cuando no se siente esta angustia de la falta, y la muerte se deja sentir desde adentro, es porque algo ha sucedido; algo que devuelve el estado de inocencia -esa inocencia que suponemos en el niño-, un candor que es desnudez del alma que se deja herir por toda cosa, que vibra despidiéndose sin saberlo; y una paz profunda en ese adiós.

Es lo que el Diario de Cabo Haitiano, de José Martí, trasmite a quien lo lee; va desnudo y sin secreto, sin sombra de máscara casi, como si hubiera muerto ya… y estaba vivo; viva, sin defensa alguna, toda su sensibilidad que recoge la imagen de cada árbol, de cada mata, de cada gesto y figura viviente: la jutía degollada para el condumio, la taza de café con que les acogen los amigos y seguidores. Y aquellos forajidos fusilado el uno, salvados por él los otros dos -"aconsejé y obtuve el perdón". Percibe la diferente forma que el terror toma en cada uno de ellos. Nada se le escapa, ni el color de unas flores ni las nubes que pasan por el cielo, ni el vestido de una niña, ni la actitud remisa de algunos hombres esclavos del salario. Quizás él no supiera claramente dónde iba o no quisiera -por pudor ante el misterio último saberlo- pero sí sabía de dónde venía, aunque apenas lo deje entrever. Pues ¿qué le ha pasado a un hombre que se deja herir con tanta paz y que alcanza tiempo para escribir esas miles de heridas que todas las cosas le infieren? Diríase que ha ido más allá de la esperanza, que la ha dejado atrás.

¿De la esperanza? No dudaba del triunfo de la causa a que se había entregado; lo sabía cierto, inevitablemente cierto, más allá de los combates que faltaran por dar, cierto en virtud de la necesidad histórica, la sabía cierta quizás porque había cumplido… ¿Qué le había pasado, pues?

Hay algo que cuando se cumple deja al protagonista como en la orla de la vida; el sacrificio. Difícil palabra, imposible casi de usar, por el abuso que de ella hizo el romanticismo y por algo más grave aún: porque el sacrificio es la acción que vence a la ambigüedad en que se debate siempre la vida de todo hombre y más aún la del hombre de acción. De sacrifico suele revestirse toda ambición desmedida. Y hay cosas que solo de otro pueden decirse que cuando se dicen de sí mismo: sacrificio, humildad, suenan a falso. ¿Se entiende acaso que alguien diga: "yo que soy tan humilde"? Deja de serlo en ese mismo instante; así el que sabe que se sacrifica de modo consciente, torna ambigua, dudosa esta acción que necesita, para ser cumplida, ser inocente.

Ser realizada en la inocencia, no quiere decir no ser sentida. Pero el sentimiento es tan íntimo y total que no deja lugar a la elocución. No puede ser declarado; se siente, pero no se sabe.

Iba hacia su muerte, la suya; pues solo alcanza una muerte propia, aquel que ha cumplido hasta el fin. Quien ha realizado su hazaña pasando por todos los momentos esenciales que hacen humana la vida del hombre: angustia, amargura vencida a fuerza de generosidad; soledad, esa soledad en que el ser se siente a sí mismo temblando y como perdido en la inmensidad del universo y también la compañía de todas las cosas, las más altas y lejanas y las más humildes y próximas. Quien ha realizado el doble viaje: el descenso a los infiernos de la angustia y el vuelo de la certidumbre. Martí había recorrido la órbita de un hombre que asume total, íntegramente su vida: por eso teme su muerte propia, íntima, que le esperaba como el signo supremo de su ser.

Se había vencido a sí mismo -que tal cosa es sacrificarse-. Nacido poeta tuvo que ser hombre de acción. Y toda acción es de por sí violenta. Todos los dones que había recibido -dones y castigos al par que hacen de un hombre poeta- habían de tirar de su ser para llevarle a una aventura íntima, a una de esas aventuras que se llevan a cabo apartándose del mundo y de todo lo que es lucha. No quiso. Y se le siente y se le ve revistiéndose de su condición terrestre, imponiéndose el deber de ser hombre; cumpliendo como en sacrificio ritual de la virilidad, el entrar en la violencia. Al hacerlo así, apuró su destino de hombre: pues no tenía vocación guerrera y fue a la guerra -laberinto de violencias- por destino. Pertenecía a esa clase de seres a quienes la simple violencia que es todo vivir, el de todos los días, le es un cilicio y hasta una cruz. Su destino no le estuvo dictado por su temperamento, ni por un deseo de evasión; se hizo a sí mismo en contra de sí, de sus gustos. Por amor a la libertad vivió en una absoluta obediencia. Y eso es el modo más alto y noble de ser hombre.

La Historia nos presenta a lo largo de las épocas personajes de una rara calidad que los separa de todos los de su rango. En el Imperio Romano es Marco Aurelio, quien deja sentir su tormento de ser emperador, de tener que mandar, que ser inexorable, él que hablaba a solas consigo mismo, en largos insomnios de la conciencia en vela. Y es Hamlet en el mundo de la ficción, -tan real- que habiendo nacido para soñar y meditar tuvo que hacer por su mano la justicia. Son "los débiles" que por una paradoja de la condición humana han de ser los más fuertes, y lo logran.

Y aun en la vida que no quedará escrita en la historia, en la vida anónima, la paradoja viene a ser la misma, son los llamados débiles quienes alcanzan la suprema fortaleza. Pues en esto no hay diferencia esencial alguna: es la moral única que podrían enunciarse en una forma valedera para cualquier condición humana: Toma tu Cruz, vale decir "asume tu destino", por mucho que contraríe a tu deseo, a tu placer, y aun a los dones que recibiste por la naturaleza. Lo cual lleva, cuando se hace, a tener que inventarse a sí mismo, a tener que crearse a sí mismo, rehaciéndose en cada instante, viviendo con la conciencia desvelada todos los menudos incidentes sobre los que los demás resbalan. Así José Martí a lo largo de su vida; escribir su biografía sería escribir la biografía de un puro sacrificio.

Y solo así se explica esa inocencia poética que le acompaña en todos los momentos de su acción y que se hace nítida en el extremo de la pureza que es la simplicidad, cuando va camino de su muerte. Había llegado a esa etapa final de la perfección moral que es el desasimiento: ¿qué podía temer si nada tenía que ambicionar? Se había ido reduciendo a sí mismo hasta quedarse en el esqueleto y menos y más aún, en ese fondo último de la persona, en algo intangible. El mismo lo dice en esas páginas como suelen decirse las íntimas verdades refiriéndolas a otro: El no quiere gente a caballo, ni lo monta él, ni tiene a bien los capotes de goma, sino la lluvia pura sufrida en silencio.

La lluvia pura sufrida en silencio… es el mismo Martí quien la sufre y la ha elegido como el elemento de su ser. La intemperie. El trabajo incesante de los hombres ha sido desde siempre el hacerse una casa y una casa es también la Cultura, las Leyes, la Historia… y hasta el Arte. Pero ha habido hombres que han querido vivir a la intemperie, para sentir hasta calarles los huesos esa lluvia incesante que siempre cae, sin protección, sin albergue. La lluvia pura del destino aceptado como algo celeste. Soportar la inclemencia que viene del cielo, de lo que está sobre nuestras cabezas. Es la forma de ser habitante del Planeta, de vivir un destino humano sobre la Tierra. Y esto para dejar una Casa hecha para los otros, para todos.

Por eso Martí no podía dejar de ser universal, de sentir universalmente el trozo de historia que le tocó vivir. Pues que su acción brotó del amor y fue mantenida por la conciencia en vela. Dejó esta acta de nacimiento a la Nación Cubana: haber nacido, no de una ambición partidaria y particularista, -de un afán de escisión-, sino de un anhelo de integrarse en la Historia Universal. Por ello, la idea de Libertad fue el eje y el último argumento de su obra, pues la Historia Universal es en el fondo la Historia de la Libertad.

Y la universalidad no excluye, sino que exige para conjugarse con ella la intimidad más entrañable. En un repliegue del campo cubano le esperaba la muerte, la suya, esa que solo alcanzan los limpios y humildes de corazón. Y él describe este lugar donde cayera: …El bello estribo de copudo verdor, dónde con un ancho recodo al frente se encuentran los dos ríos: el Contramaestre le entra allí al Cauto… allí hay arboleda oscura y una gran ceiba.

Y junto a la ceiba, ese árbol que pudiera ser la más pura expresión de la tierra y del cielo de Cuba que parece tocar con su copa, habría de caer para levantarse en una doble existencia: allí donde ya no hay más lluvia que sufrir y aquí, como un desvelado guardián de su pueblo, pura voz para ser oída en el silencio. A su muerte podrían aplicársele aquellos versos del poeta Antonio Machado -alguien que obtuvo su muerte propia por el sacrificio-: Y cuando llegue el día del último viaje -y esté al partir la nave que nunca ha de tornar- me encontraréis a bordo, ligero de equipaje -casi desnudo, como los hijos del mar.


María Zambrano
La Gaceta de Cuba (La Habana), núm. 3,  1994









1806. España en Martí

José Martí Pérez
(La Habana, 28 de enero de 1853 - Dos Ríos, 19 de mayo de 1895)


Mi padre era español: era su gloria/ Los domingos, vestir a sus hijos.../ Pelear, bueno; no tienen que pelear, mejor:/ Aún por el derecho, es un pecado/ Verter sangre, y se ha de/ hallar al fin el modo de evitarlo. Pero si no,/ santo sencillo de la barba blanca,/ ni a sangre inútil llama tu hijo,/ ni servirá en su patria el extranjero./ Mi padre era español: era su gloria,/ Rendida la semana, irse el domingo,/ conmigo de la manoJosé Martí


La presencia de España es una de las más ricas constantes en la vida de nuestro Libertador. La tierra de sus padres está presente en su palabra y en su escritura, en su tono y en su temperamento. España levanta su frente apasionada y dolorosa desde el fondo de su meditación y de su ademán. España es su sangre y su agonía; España está en su nacimiento y en su muerte. Martí es, fidelidad poderosa, distinto de lo español, con ímpetu español.

Se ha repetido mucho que es característica acusada en la acción política de nuestro héroe la de no mostrar iracundia por el enemigo de todos los días. Ello es cierto, y está visto que ninguno de los revolucionarios americanos expresa tan cordial estimación por su adversario como José Martí. Pero es bueno que se aclare de inmediato que tal postura no obedece a blanduras sentimentales ni a cómodo ademán seráfico. Las razones para actitud tan esclarecida y ejemplar son profundas y firmes y arrancan, es importante precisarlo, de un claro entendimiento revolucionario. 

Nadie dejó en su tiempo un panorama tan vívido y veraz de la España empedernida de retrasos, manejada por una monarquía reaccionaria, explotada por terratenientes de entraña feudal y envenenada por una clarecía ignorante y parasitaria; pero nadie mantuvo tan firme estimación por el pueblo de la península, tan anhelosa vigilancia por sus brotes renovadores y tan robusta fe en su porvenir democrático y creador. Y una cosa y la otra se producen en virtud de los criterios fundamentales que integran e impulsan su acción revolucionaria.

Para un hombre de su tarea y destino no es difícil distinguir entre el grupo gobernante, ensoberbecido y rapaz, y la masa popular, capaz de todas las justicias y excelencias. Por ello, su enjuiciamiento del privilegio que oprime a España posee la misma penetración y energía que el reconocimiento permanente de las firmes calidades del pueblo.

Para que tenga Martí un entrañado conocimiento de lo español -de lo español penetrando en él; de él penetrando en lo español- se dan todas las circunstancias favorables: nace de valenciano y de canaria y conoce -en la avidez de los primeros años, y en los de la madurez anticipada-, la realidad española colonial que es Cuba y la realidad española metropolitana que son Madrid y Zaragoza. Lo primero está en El presidio político en Cuba; lo segundo, en Cuba y la Primera República Española. Pero también descubre muy a tiempo la otra realidad, la que late desvelada e insumisa -inmortal-, en las gentes de la calle y del campo, la que se recoge con verdad y elocuencia en artículos, discursos, cartas y poemas, la que palpita en su mejor hombría y en su más sorprendente creación.


Deber y devoción

Para entender hasta el fondo lo que significa lo español en Martí hay que tener presente tanto su naturaleza cordial y ardorosa como su encarnizado sentido del deber político. Desde que tuvo conciencia del mundo, quedó convencido de que el poder español debía ser derrotado en Cuba. Cuando muchos vacilan, él persiste; cuando combatientes de larga ejecutoria se dejan ganar por la idea de un posible entendimiento con la metrópoli, Martí reitera, predica y exalta su separatismo integral.

Pero no puede olvidarse que esa postura incambiable, que va haciéndose con el tiempo razón de su vida, está inserta en una naturaleza clara, vasta y tierna a la que llegan, en sus más varias solicitaciones, todas las señales humanas; las españolas también, que encuentran en el origen de su sangre un acogimiento cóncavo y entrañado. Recuérdese que la adolescencia y la primera juventud de nuestro héroe -"la poca flor de su vida"...-, se abren en tierras españolas y que allí, a contrapelo de la adultez del mabí irreductible, le cercan las gracias de un idioma amado con la raíz y las calidades de un pueblo que se comunica anchamente, gozosamente, con su entendimiento y sensibilidad.

Llega a tanto la identificación con el medio, que leyendo las crónicas de Martí sobre la vida política madrileña , sus juicios son los de un español más, metido en los entresijos parlamentarios y en las peripecias de las peñas literarias, vibrando siempre en el apasionamiento del instante. Unido después a gentes de excepción por la cultura y la conducta, envuelto en el grato ambiente universitario de Zaragoza, el poder de la amistad, en él avasallante y sagrado y el dominio del amor -desangramiento vitalicio de su costado-, lo atan para siempre a la tierra maternal, contra la que habrá de revolverse como combatiente incansable: Para Aragón, en España/ Tengo yo en mi corazón/ Un lugar, todo Aragón...

Como siempre en Martí, la señal intensa y plena de sus conflictos aparece en el verso, en el "verso amigo" que es su refugio y su consuelo. En uno de sus poemas más divulgados se enfrentan su amor español, en su encarnación popular y artística, y el muro del deber que lo sitúa frente a España. Una bailarina española, esta que acaba de morir ahora en tierras de Francia, la Bella Otero, remueve en él todo un mundo de vivencias -imaginaciones, reminiscencias, nostalgias, ímpetus-, y queda en el breve relámpago de movimiento y color una conjunción de instantes contradictorios que integran la más rica unidad: el ritmo violento y rotundo de la danza del pueblo, la música que arrulla y manda, el dibujo neto y retador de la mujer, que es "convite" y "fuga".

Los versos de "La bailarina española" son hermanos -hijos más bien- de la mujer, la música y el baile. El españolismo lo circunda y penetra todo y el poeta es una nota profunda de su propio canto. Se miran fijamente a los ojos la obra de arte, ingenua y madura a un tiempo, y el reclamo inapelable de la misión. El mambí puede llegar hasta un espectáculo que goza, con familiar sabiduría porque han quitado "el banderón de la acera". De otro modo, el hondo deleite -que anda tanto en el baile del pueblo como en el espectador apasionado-, quedaría soterrado, aplazado, pero nunca muerto bajo el mandato austero. En solo cuatro versos, la fiesta de los ojos, el entusiasmo recóndito y la severidad del apostolado: Baila muy bien la española;/ Es blanco y rojo el mantón:/ ¡Vuelve, fosca, a su rincón/ El alma trémula y sola!

Por estas razones, tan hondas y firmes, el juicio martiano de lo español será siempre un juicio desde adentro. De ahí su perspicacia, su sintonía y su verdad en el señalamiento de las cualidades del pueblo peninsular y el sorprendente juicio sobre sus más importantes problemas. Mil veces se yergue contra lo mucho que hay en Madrid de ociosidad achulada y de engreída molicie, pero se gozará con la alegría sana de su pueblo, en cuyas particularidades más típicas se sumerge y nada como en aguas propias. Hay un tierno mimo caricioso cuando, en el "Norte revuelto y brutal", lo asaltan los recuerdos de la calle madrileña. En unas navidades de Nueva York, que son allí, dice "de toma y daca", vive de nuevo la algazara desgarrada, sincera, directa, ruidosa de la Nochebuena de Madrid: "Óyense allá por todas partes, en los contornos de la ancha Plaza Mayor, chirimías y dulzainas; y una madre gentil ha puesto alas de cera a su hijo alegre, y la otra, cachucha de soldado, y esta compra tambor y aquella zampoña, y la señora Petra está celosa porque no tiene en su ventorrillo un tan galano nacimiento, hecho de cartón pardo y polvo de oro, como el que hace cerca de ella la corpulenta señora María..."

En muchos momentos la palabra de Martí, al asomarse sobre España, recuerda la visión y la manera del grande Antonio Machado. Como él, no se deja arrastrar por criterios simplistas y románticos y pone al descubierto, como el autor de Galerías, la huella repulsiva, impresa por la barbarie regresiva en una masa desdichada. Saben los dos grandes poetas que como cambie el régimen social se borrará la huella y nacerá una humanidad sin estigmas, de claro ímpetu creador. Para ellos, como para Quevedo, lo importante es arrojar la cara, no el espejo.

No es ésta la ocasión de ofrecer siquiera una muestra elocuente del enjuiciamiento martiano de la España de su tiempo. Así como al juzgar a los Estados Unidos distingue y distancia a Cutting, el bandido, de Lincoln, el libertador, al mirar hacia la tierra maternal enfrenta a Felipe II, cabeza de opresiones seculares, al Alcalde de Mósteles, ejemplo de limpia valentía popular. El bravo Alcalde lugareño pertenece a la que llama "la noble España nueva" y es parte del "sobrio y espiritual pueblo de España".

Por encima de la huella del grillete que le puso la España oficial en las Canteras de San Lázaro, sitúa Martí, su "fe en el mejoramiento humano" y en la "utilidad de la virtud". Recordemos: "A España se le puede amar, y los mismos que sentimos todavía sus latigazos sobre el hígado la queremos bien; pero no por lo que fue ni por lo que violó, ni por lo que ella misma ha echado con generosa indignación abajo, sino por la hermosura de su tierra, carácter romántico y sincero de sus hijos, ardorosa voluntad con que entra ahora en el concierto humano y razones históricas que a todos se alcanzan, y son como aquellas que ligan con los padres ignorantes, descuidados y malos a los hijos buenos".

En el enjuiciamiento español de Martí se descubre la pugna de enfoques característica de un meditador situado en la cresta de dos vertientes históricas e ideológicas. A veces, se deja llevar por sus residuos románticos y entiende que el retraso español nace de la pereza que engendra lo benigno y bello del medio físico. "Su suelo -dice aludiendo al de la península-, calentado por los rayos del sol y sombreado por los naranjos; allí donde las mujeres inflaman como lava ardiente, donde las flores perfuman el aire, donde aún las ruinas sonríen y el alba ofende la vista con sus resplandores; donde los campos sembrados de amapolas semejan lagos de sangre, donde las cabañas, cual nido de rosales, parecen sumergir a los moradores en la felicidad..." han estorbado la entrada del pueblo español en el desarrollo industrial que distingue su tiempo.

Tiene el mayor interés que hombre de la filiación de Martí descubra -cosa sorprendente entre sus contemporáneos americanos-, la relación entre la organización económica y la naturaleza del aporte cultural y artístico. En un artículo de singular interés, escrito en inglés y aparecido en el Sun de Nueva York el 26 de noviembre de 1880, establece que para que España produzca una literatura, una poesía distinta y mejor, ha de superar su retraso social y económico. Oigamos sus razones: "Las esparcidas y humeantes ruinas de la vieja sociedad todavía no se han transformado en los nuevos elementos de la época democrática. La poesía de la naturaleza no puede mover sola los corazones de una sociedad que tiene empeñadas las más amargas cuestiones en los más oscuros campos de batalla. Dos gigantes, el pasado y el porvenir, lidian actualmente. Los soldados gritan ¡adelante! Y apenas tienen tiempo para preguntarse dónde están, y morir después. Cada cual en su afán de abrirse paso por entre las polvorientas ruinas, carece de tiempo para detenerse y contemplar las bellezas de la Naturaleza, la gran consoladora. Una de las abundosas fuentes de la poesía está pues, seca y la otra es insuficiente. La tierra de don Pedro y de Felipe cantará verdaderamente poesía el día en que una nueva sociedad se asiente y el reposo general permita al pueblo nadar tranquilo en el mar sin riberas de la naturaleza.

Situada la cuestión en tan firmes términos, y dentro de un entendimiento materialista que contradice los criterios mil veces expuestos por Martí, reitera su fe en el pueblo español y advierte firmes señales de esperanza: "Empiezan a ver (los españoles) que no pueden quedarse árabes ni convertirse en gitanos. Desde que el mundo entero razona y las fábricas de vapor ocupan los lugares de inmensos arenales, ellos, a su vez, deben razonar con el mundo, trabajar en sus fábricas y buscarse sitio entre los que piensan como Herbert Spencer, se quejan como Heine, dudan como Byron y desprecian como Leopardi. Con sus manos españolas deben herir las cuerdas de la lira humana".

Consecuencia obligada de ese ancho criterio revolucionario es la preocupación de nuestro héroe porque la República que anhela cuente, en su nacimiento y desarrollo, con el aporte de los españoles residentes en Cuba. Aparte destacar en Patria las virtudes de españoles fieles a la causa libertadora -cosa que hace con singular emoción-, no olvida Martí exhortar a la masa hispana que convive con los cubanos; para ello pone mucho cuidado en definir contra quién se hace la guerra y contra qué España se produce. Recordemos sus frecuentes advertencias: "Esta no es la pelea del cubano contra el español sino la del Alcalde de Mósteles contra Felipe II".

En el documento capital de la Revolución liderada por Martí, en el Manifiesto de Montecristi, no solo aparece la preocupación sino que se enfatiza y reitera cuantiosamente. Recordemos: "La guerra no es contra el español que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento de la Patria que se ganen podrá gozar respetado, y aun amado, de la libertad que solo arrollará a los que salgan imprevisores al camino..." "¿Ni con qué derecho nos odiarán los españoles si los cubanos no los odiamos?" "Los cubanos empezamos la guerra y los cubanos y los españoles la terminaremos...".

¿Sería mucho imaginar suponer que Martí quería lograr la colaboración de los españoles en el reforzamiento de la economía propia y en la pelea que sabía inevitable contra el imperialismo naciente de los Estados Unidos? No olvidemos que más de una vez el líder del 95 teme que los españoles, que significan un peso considerable en los negocios cubanos, se empavorezcan ante el triunfo cercano de las Revolución y busquen la defensa de sus intereses en un entendimiento con los Estados Unidos. En fecha muy significativa, el 2 de mayo de 1895, escriben Máximo Gómez y Martí una carta al director del New York Herald. En ella leemos: "...y esos cubanos de adopción (los españoles de Cuba) si por temor injusto vuelven los ojos al Norte, como buscando amparo a las represalias, que no ocurrirán jamás, de la República de Cuba, ya no los vuelven, arrepentidos y avergonzados, al arma que habrían de poner contra el pecho de sus hijos..."

Solo encuentra explicación en la ancha perspicacia martiana este interés de fundir la voluntad de todos los españoles residentes, ricos o no, en la construcción de su República. Conocía como pocos los prejuicios de todo orden -el racista en lugar muy destacado-, que se levantaban contra su obra y entendía su deber sumar todas las fuerzas positivas para lograr, primero, la derrota del poder español, después, la de la penetración imperialista. Pero ha de añadirse, desde luego, cuanto había en su previsión de confianza y fe en el poder del vínculo de la sangre y en la condición recia, levantada y valerosa de las gentes de la tierra de sus padres.


El padre

Podríamos discurrir largamente sobre el modo en que fortalece la devoción española de Martí la presencia de sus padres. Alude de continuo a las virtudes fundamentales de Don Mariano y Doña Leonor como excelencias unidas a su origen. Ve en ellos la expresión cumplida de las cualidades de un gran pueblo sojuzgado, y lo que empieza en tierno amor termina en inspiración orientadora. El hijo sabio, que "viene de todas partes y hacia todas partes va", pide, andando el tiempo, consejo y señal al padre de pocas letras y mucha abnegación.

Entre las cartas numerosas que confirman la estimación del hijo por el padre, no es posible olvidar aquella en que le dice a su hermana Amelia: "Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es hombre de virtud extraordinaria. Ahora que vivo, ahora sé todo el valor de su energía y de todos los raros y excelsos méritos de su naturaleza pura y franca..." "...es sencillamente un hombre admirable. Fue honrado, cuando ya nadie lo es. Y ha llevado la honradez en la médula como lleva el perfume una flor, y la dureza una roca. Ha sido más que honrado; ha sido casto..." Y este amor hecho de profundos respetos va cuajando en una identificación sobria y callada que es, al fin, mandato austero de virtud y entereza.

Don Mariano ha muerto. El hijo trabaja día y noche en su oficina sombría de Nueva York por poner a un pueblo en pie de lucha. Sobre la mesa, dentro de un marco de bronce, vigilan dos ojos de silencioso heroísmo. El hijo toma la pluma y escribe unos versos -de españolísimas resonancias-, que quedan en apunte inconcluso:

Viejo de la barba blanca/ Que contemplándome estás/ Desde tu marco de bronce/ En mi mesa de pensar:/ Ya te escucho, ya te escucho:/ Hijo, más, un poco más:/ Piensa en mi barba de plata,/ Fue del mucho trabajar./ Piensa en mis ojos serenos,/ Fue de no ver nunca atrás:/ Piensa en el bien de mi muerte/ Que lo gané con luchar/ Piensa en el bien de/ Que lo gané con penar./ Yo no fui de esos ruines/ Viejos turbios que verás/ Hartos de logros impuros/ Parecer sin/ Cual el monte aquel he sido/ Que ya no veré jamás/ Azul en lo junto a tierra,/ No: yo pasé por la vida/ Mansamente ... / Como los montes he sido

Vamos, pues, yo voy contigo/ Ya sé que muriendo vas:/ Pero el pensar en la muerte/ Ya es ser cobarde! ¡A pensar,/ Hijo, en el bien de los hombres,/ Que así no te cansarás!/ El llanto a la espalda: el llanto/ Donde no te vean llorar:/ Hay tanta lágrima afuera,/ Y vienes a darnos más?

Cuando lo ve zozobrar/ Quejarse es un crimen, hijo/ Calla: date: ¡Un poco más!/ La barba muerta me tiembla,/ Hijo de verte temblar./ Recojo el cuerpo deshecho/ Cierro los labios amargos.

En su novela Amistad Funesta, hecha toda de sustancias autobiográficas, nos deja Martí la mejor estampa del español bueno en don Manuel del Valle y en su mujer, que tiene "el alma madraza de la española pobre". En don Manuel y en doña Andrea está, aún dentro de diferencias temperamentales, muy acusadas, mucho de la sobria entereza y de la severa ternura que encontró al nacer. Esa hondura humana, ese modo vital, tiñen para siempre el tránsito apasionado de nuestro grande hombre. Así se confirma en un poema de radiante madurez:

Cuando me vino el honor/ De la tierra generosa,/No pensé en Blanca ni en Rosa/ Ni en lo grande del favor./ Pensé en el pobre artillero/ Que está en la tumba callado:/ Pensé en mi padre el soldado:/ Pensé en mi padre, el obrero.

Y en unos versos poco conocidos, sorprendentes por su encantadora sencillez, Martí escribe: Mi padre fue español: era su gloria/ Rendida la semana, irse el Domingo/ Conmigo de la mano...


La huella en la letra

Pero claro está que la españolidad de Martí, afincada en la tierra siempre removida y sedienta de su parcela sentimental, hace presencia en un costado esencial de su personalidad, en la expresión literaria.

Fue nuestro hombre escritor de alma y cuerpo enteros; un sumo varón literario, que dijo Alfonso Reyes. La palabra, dicha o escrita, fue en él un arma poderosa, lista a todos los milagros. Después de darle muchas vueltas a las relaciones entre lo político y lo literario, queda claro que Martí es un caso en que la capacidad expresiva en él insuperable, fue un modo de ser, una categoría de la existencia, manifestada en todos y cada uno de sus menesteres. Y como se había formado en el amor y el entendimiento de una gran lengua y de una gran literatura, lo español está en la raíz de cuanto salió de su boca y de su pluma.

Pero, el caso de la españolidad literaria de Martí es en verdad uno de los sucesos culturales más necesitados de atención y estudio. Que fue Martí un escritor universal en el sentido más ancho y exacto del término, es cosa averiguada. Hombre alguno de su tiempo manejó, en el orbe hispánico, tantas noticias y saberes. El hecho de haber vivido sus últimos 15 años -los que le hacen la estatura impar-, en un mirador tan alto como Nueva York, ofreció a su desbordada curiosidad una información cabal de las literaturas de su tiempo. Ello le permitió ofrecer, a todos los pueblos de América -como reconoce Juan Ramón Jiménez- libros y autores solo por él frecuentados. Gente como Whitman, Emerson, Longfellow, Pushkin, Thoreau y Wilde llegaron al público hispánico a través de su comprensión sorprendente.

Su anhelosa vigilancia sobre la escritura de todo un continente lo llevó a proclamar una y otra vez la necesidad de conocer todas las literaturas para no quedar en servidor de alguna de ellas y, predicando con el ejemplo, su obra extensa y varia está cruzada de las más inesperadas presencias y de los aires más encontrados. ¿Cómo, escritor de tantas lecturas y lenguas y sensibilidad tan asaeteada de la nueva forma excelente, pudo defender su legado español y enriquecerlo frente a todo?

Ya sabemos que Martí, durante sus años de estudiante madrileño, había leído sin cansancio los clásicos de Rivadeneyra, y sobre ello tenemos el buen testimonio de Julio Burell. Lo supo bien Gabriela Mistral, que dejó escrito con gracia y verdad aquello de que nuestro hombre había pasado por los setenta rodillos de Rivadeneyra, quedando ileso. Pero muchos hicieron lo mismo en su tiempo y pocos acrecieron la herencia con autenticidad tan gallarda, con novedad tan leal. El españolismo literario de Martí es como una impregnación del tuétano creador; algo así como si a una planta en desarrollo le hubiéramos inyectado en lo más recóndito del tallo una sustancia singular, capaz de mostrar su color en toda floración y en todo fruto. En tal caso, la sustancia inyectada debe poseer raras virtudes enérgicas -como las que tuvo la obra de la Edad de Oro de la literatura española-, pero el organismo que recibe tal sustancia debe poseer una avidez sin fronteras ni término, una predisposición radical, sanguínea, de las que no admiten ni la vacilación, ni la debilidad ni la tregua.

Martí es el ejemplo mejor para confirmar que una gran originalidad -y no conoce lo hispánico artista más original-, no se empequeñece sino que se acrecienta y afirma cuando se da entrada a todas las aguas, siempre que se tengan fuerzas para regirlas con mano infalible. Confieso la honda impresión que me causó ver los grabados en que Goya reproduce los grandes óleos de Velázquez. Tan insigne humildad no puede darse sino en el que tenga poder, como el autor de los Caprichos, para contradecir, con genial, con inusitada expresión, a los modelos primordiales. Solo el que posee fuerza omnipotente puede resistir y utilizar el cuerpo a cuerpo con los gigantes.

Una posesión tan plena de la intimidad de las fuentes clásicas de España -posesión que peca por exceso, al decir del autor de Platero y yo- aparece en Martí por dos caminos principales: por las notas dominantes en una etapa o en un género peninsular y por la notoria influencia de sus más altos creadores. Hemos dado algún espacio a descubrir y explicar estas presencias insignes, y todo aconseja aludirlas ahora al paso, como testimonio de una fidelidad sin pausas.

Digamos algo, en primer término, de la huella española en la prosa martiana; acudiremos después a descubrirla en su poesía.

Por mil razones, los escritores españoles que son contemporáneos de Martí influyen en su obra. Los casos de Campoamor y de Bécquer, entre otros, son ostensibles; pero ocurre que el superior entendimiento de la tarea creadora y las facultades de excepción rechazan pronto tales huellas, y lo que permanece como afluencia primordial es el legado histórico de la grande escritura hispánica, desde los romances y cancioneros anónimos hasta las figuras dominantes del siglo XVII.

Es evidente que los modos genéricos de la expresión española se ahondan en Martí cuando se enfrenta a situaciones similares a las que dan nacimiento a aquellos modos. Así, es fácil encontrar la huella de los grandes escritores de la etapa preclásica en una porción hermosa y cumplida -culminante- de su literatura, en sus diarios de campaña. En ellos el gran escritor avanza embriagado en la realización de su largo sueño libertador, y al decir su diaria faena mambisa, le salen al paso las poderosas afluencias de las crónicas medievales de Castilla y el realismo prodigioso -recio y sutil- de los viejos romances. Y en el silencio del campamento, en las treguas de la noche sin sueño en que retornan viejas lastimaduras y se abren heridas que parecían cerradas y el espíritu quiere escaparse por el camino vertical de las palmas, sentimos revivir lo más puro, lo más afilado del misticismo español del XVII. Por el día, manda el Romancero; por la noche "los dos mansos luises".

En lo que mira a las huellas mayores, ya han sido descubiertas las de más reiterada aparición, desde el parentesco esquinado y contradictorio con Baltasar Gracián hasta la impronta permanente y profunda de Quevedo y de Santa Teresa de Jesús. Existen otras huellas, numerosas, pero aludimos a las primordiales.

En cuanto a la señal gracianesca en el período martiense, pudiéramos decir que es, desde cierto punto de mira, la más firme comprobación de su ascendencia hispánica. No pueden haber existido dos personalidades más distintas y contrarias que el jesuita aragonés y el libertador cubano y, sin embargo, se tocan en la angustia de la palabra exacta y del giro inesperado, cayendo los dos en esa espiral desvelada que involuciona sin cesar hasta el enrarecimiento, exigiendo al lector un duro esfuerzo interpretativo no siempre satisfecho. Como en ciertas familias, el padre y el hijo son del todo distintos y, no obstante, un gesto los denuncia. Muy espesa ha de ser la sangre que tal logra.

El magisterio de Quevedo, acatado y proclamado por el mismo Martí, está más cerca de nuestro hombre, aun cuando existan entre el sarcasmo amargo del autor de Los sueños y la angustia esperanzada de nuestro escritor distancias insalvables. Pero el ánimo adoctrinador, la mucha ciencia, el lirismo soberano y la belleza en lo exigente los unen en profundas cercanías.

El teresianismo de nuestro Apóstol, tan reiterado y evidente, es en verdad una gozosa comunión. La abulense, como el habanero, están insertos de por vida en una tarea fundadora que ha de suscitarles estorbos y quebrantos en cada hora. Los dos tienen el ánima adhesiva y la ternura a punto, y los dos han de acallar la complacencia cordial ante la dureza de una misión que terminará con sus vidas. Y por una coincidencia no bien aclarada en su origen comunicador, los dos poetas, que viven en el examen de los elementos menudos y domésticos que exige la obra militante, se nos escapan de continuo con alas místicas de las más afiladas puntas. Llega a tanto el parecido literario, que los giros y períodos suenan a coro de voces. 


El verso

La poesía de Martí, solicitada e influida como su prosa por múltiples corrientes, es, en lo más logrado, continuidad superada de las mejores señales líricas de España. Desde luego que la causa de tan mantenida, de tan radical filiación, está en que el verso, en que la forma poética cuaja en moldes consabidos, que tiene mucho que ver con los senderos de la invención lírica. La sonoridad orquestal del endecasílabo español es un camino excelente en Martí para la oda civil y las grandes lamentaciones elocuentes; de igual modo que el verso menor, lo mismo en los cuartetos de Versos Sencillos que en las seguidillas de Ismaelillo, acogen e incitan su más rica intimidad. Desde luego que la auténtica genialidad de Martí apunta más alto que los poetas españoles que le son contemporáneos -como el hombre es mayor, también lo es la obra-, y queda por ello su poema como el más rico, complejo y sorprendente de su día. En su estrofa se juntan las mejores resonancias clásicas con las simientes de una poesía de dinámica novedad, de un modo lírico que se desprende de la rica matriz con los jugos bebidos en ella.

Ya se sabe que lo popular español -el modo sentencioso y sabio de los romances y los cancioneros-, logra en la poesía martiana encarnaciones a un tiempo leales y distintas: ejemplo no superado de traslación de valores populares a la más exigente modernidad. Habrá que encontrar algún día la razón profunda de esta hazaña, caso primordial de la fuerza de la tradición y del poder actualizante y superador de los grandes poetas.

Lo que hemos anotado con obligada precipitación da una idea del modo en que retoñó en tierras de América, en una isla del Caribe, el ímpetu creador de un gran pueblo europeo. La españolidad de Martí es una gran lección de contornos universales y de inextinguible vigencia. Ella nos dice cómo la honestidad cenital y el entendimiento de los valores esenciales tienen impulso para dar nueva vida a las virtudes soterradas; ella nos ofrece a medida de cuanto puede colaborar el genio nacional de una gran patria al cauce creador de otros pueblos.


Final

No hay entusiasmo vano ni contagio místico cuando imaginamos, leyendo a Martí, la España que quiso y evocó, regida por su pueblo y dueña de sus destinos, la España de su padre, obrero y soldado, la España de la rabia y de la idea que soñó con Martí, Antonio Machado. Esa España nueva, que está naciendo ahora en las fábricas y en los campos, en los astilleros y en las minas en las escuelas y universidades, en la rabia y en la idea de sus verdaderos representantes.

La tierra de Martí, que fue agonía y deber para su oficio apostólico, ha hecho verdad su propósito de independencia plena. Ya Cuba, por obra de la Revolución encabezada por el compañero Fidel Castro es, como ansiaba Martí, como lo dejó dicho en una fase cargada de sentido y de porvenir, "libre de España y de los Estados Unidos". Ya podemos, sin turbación ni rubor, mirar hacia la luz de su frente paternal, ya podemos llevarle a la tumba el ramo de flores y la bandera que pidió, mudando el texto de su voto. El cumplimiento de su mandato -dentro de niveles distintos y más altos-, nos permite ofrecerle hoy una Patria digna de su sacrificio y de su genio, una Patria con bandera, con flores y sin amo; una Patria martiana.

Pero, la medida universal que alienta en lo martiano nos dice que todavía queda por cumplir una parte primordial de su deseo. Fue él quien dijo que la Patria es solo la porción de mundo que nos ha tocado contemplar más de cerca, con lo que advertía que el deber revolucionario, que el impulso libertador, para ser pleno, no puede admitir ni reconocer fronteras.

Ofreciendo toda la magnitud de su pensamiento revolucionario, dejó escrito el Apóstol José Martí en versos ejemplares que "la esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo". Es indispensable, para cumplir con el querer martiano, limpiar la mundo de su pena mayor, hacer hombres libres a los que hoy esclaviza el imperialismo, denunciado firme y lúcidamente por el líder del 95. Poseemos hoy más razones de las que sustentaron el pensamiento de José Martí para poder afirmar, con plena convicción, que todos los pueblos y todos los hombres derrotarán a sus opresores. Basta con que la conciencia libertadora se muestre unida y combatiente acudiendo a los medios indispensables para vencer al común enemigo.

Por primera vez al recordar a Martí podemos afirmar que no está lejos el cumplimiento de su propósito mayor. Puede el imperialismo acumular tropas y armas sobre el pueblo heroico del Viet Nam, puede todavía asesinar libertadores en el Congo y en Santo Domingo, puede cegar vidas, acortarlas, en muchos parajes de la tierra comidos por la miseria que engendra su presencia; pero todo eso es la marca de la violencia sin sentido ni riberas, que precede a los grandes derrumbes. La victoria de los pueblos se advierte en su unión, en una decisión inapelable, que podrá más que diferencias ocasionales y rencillas míseras. La época grande y feliz en que vivimos, la que estrecha pueblos y convoca continentes, tiene la responsabilidad de liquidar el imperialismo, abriendo vías a la definitiva liberación humana.

En la gran tarea cumplirá su cuota de deber el pueblo español. Sobre él cae hoy un horror inmedible. Sobre sus campos, por largo tiempo recintos de la miseria y el terror, se abate ahora, como un viento de destrucción y de muerte, como una maldición infernal, la barbarie atómica. De tanto crimen nacerá, más alta que la injuria, una fuerza que, al traer la libertad, echará a andar sobre nuevas alturas aquel genio popular de gesto inconfundible y universal avidez que animó, desde la entraña, la acción y la creación de José Martí. Cuando cuaje la gran obra, cuando advenga el gran día, mediremos mejor el tamaño de un hombre que, al ser fiel a ese genio, trabajó por su liberación y que, al luchar desde Cuba contra los que le han cerrado el paso con hierro y engaño, sirvió los valores más altos de España.

En la obra libertadora y creadora de nuestro guiador se desborda, por debajo de la intención de los opresores de España y de Cuba, un ímpetu libertador que marcha ya unido, proyectado contra las mismas fuerzas regresivas. Por ello, el varón de deberes y de bellezas es hoy un inspirador clarividente y poderoso en la lucha de la tierra de sus padres y de la tierra de sus hijos. Cuando nos demos las manos en la común victoria, se habrá hecho verdad su anhelo de una nueva España. Trabajemos sin descanso, compañeros españoles y cubanos, por hacerle esta pleitesía a la grandeza permanente, a la creciente grandeza de José Martí.


Juan Marinello Vidaurreta
Discurso pronunciado en los salones de la Sociedad de Amistad Cubano-Española, el 11 de febrero de 1966








1283. La República española ante la Revolución cubana

"La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse o vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio" (José Martí)


Recordamos a José Marti, símbolo de la libertad en Cuba, (La Habana, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, 19 de mayo de 1895).

El lider de la independencia cubana fue desterrado a España durante casi cuatro años por su participación en el movimiento revolucionario de la entonces colonia española. Entre 1871 y 1874 vivió en Madrid y Zaragoza. Se matriculo en Derecho. Frecuentó el Ateneo y participó en sus debates políticos y literarios. Visitó con frecuencia la Academia de Bellas Artes de San Fernando junto a los hermanos Madrazo. Disfrutó de las tertulias de los cafés madrileños donde alternó con Benito Pérez Galdós, Mariano José de Larra, José Echegaray, Leopoldo Alas Clarín, Armando Palacio Valdés,  y Nicolás Salmerón.

Participó de la alegría del pueblo español cuando se proclama la Primera República Española, ondeando la bandera cubana. Pocos se percataron de que se trataba de la bandera de Cuba Libre.

Martí regresó una segunda vez deportado a España en 1879. Apenas estuvo dos meses y asistió a sesiones del Congreso,  se congratuló con Pi y Margall y se relacionó con Castelar. No dejó de pedir una República para España.

El texto que os mostramos a continuación fué escrito por José Martí con motivo de la proclamación de la I República en España. Su llegada había le había hecho albergar esperanzas en cuanto a la libertad de su pueblo. Manifiesta su deseo de que España otorgue la independencia a Cuba y espera que el nuevo Gobierno respete el derecho de autodeterminación de los pueblos y la forja de las libertades.


La República española ante la Revolución cubana

La gloria y el triunfo no son más que un estímulo al cumplimiento del deber. En la vida práctica de las ideas, el poder no es más que el respeto a todas las manifestaciones de la justicia, la voluntad firme ante todos los consejos de la crueldad o del orgullo. –Y cuando el acatamiento a la justicia desaparece, y el cumplimiento del deber se desconoce, infamia envuelve el triunfo y la gloria, vida insensata y odiosa vive el poder.

Hombre de buena voluntad, saludo a la República que triunfa, la saludo hoy como la maldeciré mañana cuando una República ahogue a otra República, cuando un pueblo libre al fin comprima las libertades de otro pueblo, cuando una nación que se explica que lo es, subyugue y someta a otra nación que le ha de probar que quiere serlo. –Si la libertad de la tiranía es tremenda, la tiranía de la libertad repugna, estremece, espanta.

La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre. La República española abre eras de felicidad para su patria: cuide de limpiar su frente de todas las manchas que la nublan, –que no se va tranquilo ni seguro por sendas de remordimientos y opresiones, por sendas que entorpezcan la violación más sencilla, la comprensión más pequeña del deseo popular.

No ha de ser respetada voluntad que comprime otra voluntad. Sobre el sufragio libre, sobre el sufragio consciente e instruido, sobre el espíritu que anima el cuerpo sacratísimo de los derechos, sobre el verbo engendrador de libertades álzase hoy la República española. ¿Podrá imponer jamás su voluntad a quien la exprese por medio del sufragio? ¿podrá rechazar jamás la voluntad unánime de un pueblo, cuando por voluntad del pueblo, y libre y unánime voluntad se levanta?

No prejuzgo yo actos de la República española, ni entiendo yo que haya de ser la República tímida o cobarde. Pero sí le advierto que el acto está siempre propenso a la injusticia, sí le recuerdo que la injusticia es la muerte del respeto ajeno, sí le aviso que ser injusto es la necesidad de ser maldito, sí la conjuro a que no infame nunca la conciencia universal de la honra, que no excluye por cierto la honra patria, pero que exige que la honra patria viva dentro de la honra universal.

Engendrado por las ideas republicanas entendió el pueblo cubano que su honra andaba mal con el Gobierno que le negaba el derecho de tenerla. Y como no la tenía, y como sentía potente su necesidad, fue a buscarla en el sacrificio y el martirio, allí donde han solido ir a encontrarla los republicanos españoles. Yo apartaría con ira mis ojos de los republicanos mezquinos y suicidas que negasen a aquel pueblo vejado, agarrotado, oprimido, esquilmado, vendido, el derecho de insurrección por tantas insurrecciones de la República española sancionado. Vendida estaba Cuba a la ambición de sus dominadores; vendida estaba a la explotación de sus tiranos. Así lo ha dicho muchas veces la República proclamada. De tiranos los ha acusado muchas veces la República triunfante. Ella me oye: ella me defienda.

La lucha ha sido para Cuba muerte de sus hijos más queridos, pérdida de su prosperidad que maldecía, porque era prosperidad esclava y deshonrada, porque el Gobierno le permitía la riqueza a trueque de la infamia, y Cuba quería su pobreza a trueque de aquella concesión maldita del Gobierno. ¡Pesar profundo por los que condenen la explosión de la honra del esclavo, la voluntad enérgica de Cuba!

Pidió, rogó, gimió, esperó. ¿Cómo ha de tener derecho a condenarla quien contestó a sus ruegos con la burla, con nuevas vejaciones a su esperanza?

Hable en buen hora el soberbio de la honra mancillada, –tristes que no entienden que sólo hay honra en la satisfacción de la justicia:–defienda en buen hora el comerciante el venero de riquezas que escapa a su deseo:–pretenda alguno en buen hora que no conviene a España la separación de las Antillas. Entiendo, al fin, que el amor de la mercancía turbe el espíritu, entiendo que la sinrazón viva en el cerebro, entiendo que el orgullo desmedido condene lo que para sí mismo realza, y busca, y adquiere; pero no entiendo que haya cieno allí donde debe haber corazón.

Bendijeron los ricos cubanos su miseria, fecundóse el campo de la lucha con sangre de los mártires, y España sabe que los vivos no se han espantado de los muertos, que la insurrección era consecuencia de una revolución, que la libertad había encontrado una patria más, que hubiera sido española si España hubiera querido, pero que era libre a pesar de la voluntad de España.

No ceden los insurrectos. Como la Península quemó a Sagunto, Cuba quemó a Bayamo; la lucha que Cuba quiso humanizar, sigue tremenda por la voluntad de España, que rechazó la humanización; cuatro años ha que sin demanda de tregua, sin señal de ceder en su empeño, piden, y la piden muriendo, como los republicanos españoles han pedido su libertad tantas veces, su independencia de la opresión, su libertad del honor. ¿Cómo ha de haber republicano honrado que se atreva a negar para un pueblo derecho que él usó para sí?

Mi patria escribe con sangre su resolución irrevocable. Sobre los cadáveres de sus hijos se alza a decir que desea firmemente su independencia. Y luchan, y mueren. Y mueren tanto los hijos de la Península como los hijos de mi patria. ¿No espantará a la República española saber que los españoles mueren por combatir a otros republicanos?

Ella ha querido que España respete su voluntad, que es la voluntad de los espíritus honrados: ella ha de respetar la voluntad cubana que quiere lo mismo que ella quiere, pero que lo quiere sola, porque sola ha estado para pedirlo, porque sola ha perdido sus hijos muy amados, porque nadie ha tenido el valor de defenderla, porque entiende a cuánto alcanza su vitalidad, porque sabe que una guerra llena de detalles espantosos ha de ser siempre lazo sangriento, porque no puede amar a los que la han tratado sin compasión, porque sobre cimientos de cadáveres recientes y de ruinas humeantes no se levantan edificios de cordialidad y de paz. No la invoquen los que la hollaron. No quieran paz sangrienta los que saben que lo ha de ser.

La República niega el derecho de conquista. Derecho de conquista hizo a Cuba de España.

La República condena a los que oprimen. Derecho de opresión y de explotación vergonzosa y de persecución encarnizada ha usado España perpetuamente sobre Cuba.

La República no puede, pues, retener lo que fue adquirido por un derecho que ella niega, y conservado por una serie de violaciones de derecho que anatematiza.

La República se levanta en hombros del sufragio universal, de la voluntad unánime del pueblo.

Y Cuba se levanta así. Su plebiscito es su martirologio. Su sufragio es su revolución. ¿Cuándo expresa más firmemente un pueblo sus deseos que cuando se alza en armas para conseguirlos?

Y si Cuba proclama su independencia por el mismo derecho que se proclama la República, ¿cómo ha de negar la República a Cuba su derecho de ser libre, que es el mismo que ella usó para serlo? ¿Cómo ha de negarse a sí misma la República? ¿Cómo ha de disponer de la suerte de un pueblo imponiéndole una vida en la que no entra su completa y libre y evidentísima voluntad?

El Presidente del Gobierno republicano ha dicho que si las Cortes Constituyentes no votaran la República, los republicanos abandonarían el poder, volverían a la oposición, acatarían a la voluntad popular. ¿Cómo el que así da poder omnímodo a la voluntad de un pueblo, no ha de oír y respetar y acatar la voluntad de otro? Ante la República ha cesado ya el delito de ser cubano, aquel tremendo pecado original de mi patria amadísima de que sólo lavaba el bautismo de la degradación y de la infamia.

¡Viva Cuba española! dijo el que había de ser Presidente de la Asamblea, y la Asamblea dijo con él. –Ellos, levantados al poder por el sufragio, niegan el derecho de sufragio al instante de haber subido al poder; maltrataron la razón y la justicia, maltrataron la gratitud los que dijeron como el señor Martos. –¡No! –En nombre de la libertad, en nombre del respeto a la voluntad ajena, en nombre de la voluntad soberana de los pueblos, en nombre del derecho, en nombre de la conciencia, en nombre de la República, ¡no!–¡Viva Cuba española, si ella quiere, y si ella quiere ¡viva Cuba libre!

Si Cuba ha decidido su emancipación; si ha querido siempre su emancipación para alzarse en República; si se arrojó a lograr sus derechos antes que España los lograse; si ha sabido sacrificarse por su libertad, ¿querrá la República española sujetar a la fuerza a aquella que el martirio ha erigido en República cubana? –¿Querrá la República dominar en ella contra su voluntad?

Mas dirán ahora que puesto que España da a Cuba los derechos que pedía, su insurrección no tiene ya razón de existir. –No pienso sin amargura en este pobre argumento, y en verdad que de la dureza de mis razones habrá de culparse a aquellos que las provocan. –España quiere ya hacer bien a Cuba. ¿Qué derecho tiene España para ser benéfica después de haber sido tan cruel?–Y si es para recuperar su honra ¿qué derecho tiene para hacerse pagar con la libertad de un pueblo, honra que no supo tener a tiempo, beneficios que el pueblo no le pide, porque ha sabido conquistárselos ya?–¿Cómo quiere que se acepte ahora lo que tantas veces no ha sabido dar? ¿Cómo ha de consentir la revolución cubana que España conceda como dueña derechos que tanta sangre y tanto duelo ha costado a Cuba defender?–España expía ahora terriblemente sus pecados coloniales, que en tal extremo la ponen que no tiene ya derecho a remediarlos. –La ley de sus errores la condena a no aparecer bondadosa. Tendría derecho para serlo si hubiera evitado aquella inmensa, aquella innumerable serie de profundísimos males. Tendría derecho para serlo si hubiera sido siquiera humana en la prosecución de aquella guerra que ha hecho bárbara e impía.

Y yo olvido ahora que Cuba tiene formada la firme decisión de no pertenecer a España: pienso sólo en que Cuba no puede ya pertenecerle. La sima que dividía a España y Cuba se ha llenado, por la voluntad de España, de cadáveres. –No vive sobre los cadáveres amor ni concordia;–no merece perdón el que no supo perdonar. Cuba sabe que la República no viene vestida de muerte, pero no puede olvidar tantos días de cadalso y de dolor. España ha llegado tarde; la ley del tiempo la condena.

La República conoce cómo la separa de la Isla sin ventura ancho espacio que llenan los muertos;–la República oye como yo su voz aterradora;–la República sabe que para conservar a Cuba, nuevos cadáveres se han de amontonar, sangre abundantísima se ha de verter;–sabe que para subyugar, someter, violentar la voluntad de aquel pueblo, han de morir sus mismos hijos. –¿Y consentirá que mueran para lo que, si no fuera la muerte de la legalidad, sería el suicidio de su honra?–¡Espanto si lo consiente!–¡Míseros los que se atrevan a verter la sangre de los que piden las mismas libertades que pidieron ellos! ¡Míseros los que así abjuren de su derecho a la felicidad, al honor, a la consideración de los humanos!

Y se habla de integridad del territorio. –El Océano Atlántico destruye este ridículo argumento. A los que así abusan del patriotismo del pueblo, a los que así le arrastran y le engañan, manos enemigas pudieran señalarle un punto inglés, manos severas la Florida, manos necias la vasta Lusitania.

Y no constituye la tierra eso que llaman integridad de la patria. Patria es algo más que opresión, algo más que pedazos de terreno sin libertad y sin vida, algo más que derecho de posesión a la fuerza. Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.

Y no viven los cubanos como los peninsulares viven; no es la historia de los cubanos la historia de los peninsulares; lo que para España fue gloria inmarcesible, España misma ha querido que sea para ellos desgracia profundísima. De distinto comercio se alimentan, con distintos países se relacionan, con opuestas costumbres se regocijan. No hay entre ellos aspiraciones comunes, ni fines idénticos, ni recuerdos amados que los unan. El espíritu cubano piensa con amargura en las tristezas que le ha traído el espíritu español; lucha vigorosamente contra la dominación de España. –Y si faltan, pues, todas las comunidades, todas las identidades que hacen la patria íntegra, se invoca un fantasma que no ha de responder, se invoca una mentira engañadora cuando se invoca la integridad de la patria. –Los pueblos no se unen sino con lazos de fraternidad y de amor.

Si España no ha querido ser nunca hermana de Cuba, ¿con qué razón ha de pretender ahora que Cuba sea su hermana?–Sujetar a Cuba a la nación española sería ejercer sobre ella un derecho de conquista, hoy más que nunca vejatorio y repugnante. La República no puede ejercerlo sin atraer sobre su cabeza culpable la execración de los pueblos honrados.

Muchas veces pidió Cuba a España los derechos que hoy le querrá España conceder. Y si muchas veces se negó España a otorgarlos, a otorgar los que ella tenía, ¿cómo ha de atreverse a extrañar que Cuba se niegue a su vez a aceptar como don tardío, honor que ha comprado con la sangre más generosa de sus hijos, honor que busca hoy todavía con una voluntad inquebrantable y una firmeza que nadie ha de romper?

Por distintas necesidades apremiados, dotados de opuestísimos caracteres, rodeados de distintos países, hondamente divididos por crueldades pasadas, sin razón para amar a la Península, sin voluntad alguna en Cuba para pertenecer a ella, excitados por los dolores que sobre Cuba ha acumulado España, ¿no es locura pretender que se fundan en uno dos pueblos por naturaleza, por costumbres, por necesidades, por tradiciones, por falta de amor, separados, unidos sólo por recuerdos de luto y de dolor?

Dicen que la separación de Cuba sería el fraccionamiento de la patria. Fuéralo así si la patria fuese esa idea egoísta y sórdida de dominación y de avaricia. Pero, aun siéndolo, la conservación de Cuba para España contra su más explícita y poderosa voluntad, que siempre es poderosa la voluntad de un pueblo que lucha por su independencia, sería el fraccionamiento de la honra de la patria que invocan.

Imponerse es de tiranos. Oprimir es de infames. No querrá nunca la República española ser tiránica y cobarde. No ha de sacrificar así el bien patrio a que tras tantas dificultades llega noblemente. No ha de manchar así honor que tanto le cuesta.

Si la lucha unánime y persistente de Cuba demuestra su deseo firmísimo de conseguir su emancipación; si son de amargura y de dolor los recuerdos que la unen a España; si cree que paga cara la sonoridad de la lengua española con las vidas ilustres que España le ha hecho perder, ¿querrá esta España nueva, regenerada España que se llama República española, envolverse en la mengua de una más que todas injusta, impía, irracional opresión? Tal error sería este, que espero que no obrará jamás obra tan llena de miseria.

Y en Cuba hay 400.000 negros esclavos, para los que, antes que España, decretaron los revolucionarios libertad –y hay negros bozales de 10 años, y niños de 11, y ancianos venerables de 80, y negros idiotas de 100 en los presidios políticos del Gobierno, –y son azotados por las calles, y mutilados por los golpes, y viven muriendo así. Y en Cuba fusilan a los sospechosos, y a los comisionados del Gobierno, y a las mujeres, y las violan, y las arrastran, y sufren muerte instantánea los que pelean por la patria, y muerte lenta y sombría aquellos cuya muerte instantánea no se ha podido disculpar. Y hay jefes sentenciados a presidio por cebarse en cadáveres de insurrectos, –y los ha habido indultados por presentar en la mesa partes de un cuerpo de insurrecto mutilado, –y tantos horrores hay que yo no los quiero recordar a la República, ni quiero decirles que los estorbe, –que son tales y tan tremendos, que indicarle que los ha de corregir es atentar a su honor.

Pero esto demuestra cómo es ya imposible la unión de Cuba a España, si ha de ser unión fructífera, leal y cariñosa, –cómo es necesaria resolución justa y patriótica;–que sólo obrando con razón perfecta se decide la suerte de los pueblos, y sólo obedeciendo estrictamente a la justicia se honra a la patria, desfigurada por los soberbios, envilecida por los ambiciosos, menguada por los necios, y por sus hechos en Cuba tan poco merecedora de fortuna.

Cuba reclama la independencia a que tiene derecho por la vida propia que sabe que posee, por la enérgica constancia de sus hijos, por la riqueza de su territorio, por la natural independencia de este, y, más que por todo, y esta razón está sobre todas las razones, porque así es la voluntad firme y unánime del pueblo cubano.

Si la conservación de Cuba para España ha de ser, y no podrá conservarse sino siéndolo, olvido de la razón, violaciones del derecho, imposición de la voluntad, mancilla de la honra, indigno será quien quiera conservar la riqueza cubana a tanta costa; indigno será quien deje pensar a las naciones que sacrifica su honra a la riqueza.

Hoy que la virtud es sólo el cumplimiento del deber, no ya su exageración heroica, no consienta su mengua la República, sepa cimentar sobre justicia sabia y generosa su Gobierno, no rija a un pueblo contra su voluntad–ella que hace emanar de la voluntad del pueblo todos los poderes;–no luche contra sí misma, no se infame, no tema, no se pliegue a exigencias de soberbia ridícula, ni de orgullo exagerado, ni de disfrazadas ambiciones; reconozca, puesto que el derecho, y la necesidad, y las Repúblicas, y la alteza de la idea republicana la reconocen, la independencia de Cuba; firme así su dominación sobre esta que, no siendo más que la consecuencia legítima de sus principios, el cumplimiento estricto de la justicia, sería, sin embargo, la más inmarcesible de sus glorias. –Harto tiempo han oprimido a España la indecisión y los temores;–tenga, al fin, España el valor de ser gloriosa.

¿Temerá el Gobierno de la República que el pueblo no respete esta levantada solución? Esto sería confesar que el pueblo español no es republicano.

¿No se atreverá a persuadir al pueblo de que esto es lo que le impone su honor verdadero? Esto significaría que prefiere el poder a la satisfacción de la conciencia.

¿No pensará como pienso el Gobierno republicano? Esto querría decir que la República española ni acata la voluntad del pueblo soberano, ni ha llegado a entender el ideal de la República.

No pienso yo que cederá al temor. –Pero si cediera, esta enajenación de su derecho sería la señal primera de la pérdida de todos.

Si no obra como yo entiendo que debe obrar, porque no entiende como yo, esto significa que tiene en más las reminiscencias de sus errores pasados que la extensión, sublime por lo ilimitada y por lo pura, de las nuevas ideas;–que turban aún su espíritu orgullo irracional por glorias harto dolorosas, deseo de retener cosas que no debió poseer jamás, porque nunca las supo poseer.

Y si como yo piensa, si encuentra resistencia, si la desafía, aunque no premiase su esfuerzo la victoria, –si acepta la independencia de Cuba, –porque sus hijos declaran que sólo por la fuerza pertenecerán a España, y la República no puede usar del derecho de la fuerza para oprimir a la República, –no pierde nada, porque Cuba está ya perdida para España;–no arranca nada al territorio, porque Cuba se ha arrancado ya;–cumple en su legítima pureza el ideal republicano;–decreta su vida, como si no la acepta, decretará su suicidio;–confirma sus libertades, que no ha de merecer gozarlas quien niega la libertad de gobernarse a un pueblo que ha sabido ser libre;–evita el derramamiento de sangre republicana, y será, si no lo evitase, opresora y fratricida;–reconoce que pierde, y la pérdida ha tenido lugar ya, la posesión de un pueblo que no quiere pertenecer a ella, que ha demostrado que no necesita para vivir en gloria y en firmeza su protección ni su Gobierno, –y trueca, en fin, por la sanción de un derecho, trueca, evitando el derramamiento de una sangre virgen y preciosa, un territorio que ha perdido, por el respeto de los hombres, por la admiración de los pueblos, por la gloria inefable y eterna de los tiempos que vendrán.

Si el ideal republicano es el universo, si él cree que ha de vivir al fin como un solo pueblo, como una provincia de Dios, ¿qué derecho tiene la República española para arrebatar la vida a los que van adonde ella quiere ir?–Será más que injusta, será más que cruel, será infame arrancando sangre de su cuerpo al cuerpo de la nacionalidad universal. –Ante el derecho del mundo ¿qué es el derecho de España?–Ante la divinidad futura ¿qué son el deseo violento de dominio, qué son derechos adquiridos por conquista y ensangrentados con nunca interrumpida, siempre santificada, opresión?

Cuba quiere ser libre. –Así lo escribe, con privaciones sin cuento, con sangre para la República preciosa, porque es sangre joven, heroica y americana. –Cobarde ha de ser quien por temor no satisfaga la necesidad de su conciencia. –Fratricida ha de ser la República que ahogue a la República.

Cuba quiere ser libre. –Y como los pueblos de la América del Sur la lograron de los gobiernos reaccionarios, y España la logró de los franceses, e Italia de Austria, y México de la ambición napoleónica, y los Estados Unidos de Inglaterra, y todos los pueblos la han logrado de sus opresores, Cuba, por ley de su voluntad irrevocable, por ley de necesidad histórica, ha de lograr su independencia.

Y se dirá que la República no será ya opresora de Cuba, y yo sé que tal vez no lo será, pero Cuba ha llegado antes que España a la República. –¿Cómo ha de aceptar de quien en son de dueño se la otorga, República que ha ido a buscar al campo de los libres y los mártires?

No se infame la República española, no detenga su ideal triunfante, no asesine a sus hermanos, no vierta la sangre de sus hijos sobre sus otros hijos, no se oponga a la independencia de Cuba. –Que la República de España sería entonces República de sinrazón y de ignominia, y el Gobierno de la libertad sería esta vez Gobierno liberticida.


José Martí
Madrid, 15 de febrero de 1873