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3499. Indalecio González Gabriel


 

«
Ves en qué estado estoy, mañana ya no resistiré más, va a acabar conmigo, tengo que despedirme de ti, para mí se ha terminado. Si llegas a salir de este infierno, el mundo entero tiene que saber las atrocidades cometidas por los nazis… y por sus vasallos» (Indalecio González Gabriel)[1]

 

 

María Torres / 27 de enero de 2023

 

Hasta hace poco tiempo se creía que Indalecio González Gabriel había nacido en Santa Cruz de la Zarza, Toledo. Gracias a la investigación de Juan Crespo, de la Mesa de Deportados de Ocaña, y a las gestiones de Ana Esteban, ha sido posible conocer que la localidad natal de Indalecio es un municipio de Cuenca, Torrubia del Campo, que tristemente cuenta con otro deportado que pereció en Mauthausen: Ángel Espada Zamarra.

 

Con la esperanza de que más adelante se pueda ofrecer una completa biografía de Indalecio, y con el objeto de que vea la luz su historia en el Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto, trazo con urgencia la información disponible hasta la fecha, para recomponer la historia de un joven cuya corta vida se sitúa entre dos pueblos de Castilla-La Mancha, la Guerra de España y una Europa asolada por uno de los conflictos más terribles de todos los tiempos.

 

 

Indalecio de Torrubia

 

En Torrubia del Campo, el pueblo natal de mis antepasados, vino al mundo Indalecio González Gabriel el 1 de agosto de 1919. Nació en una vivienda de la calle Prior a las cinco de la mañana. Su padre Guillermo González Rodríguez, jornalero de 40 años, acudió raudo al Registro civil al día siguiente para dar constancia de su nacimiento. Su madre, Lauriana Gabriel García, tenía 39 años, y por ello es fácil suponer que Gabriel no era su primer hijo. Ambos eran naturales de Torrubia del Campo, al igual que los abuelos paternos (Bonifacio y Águeda) y los maternos (Isidoro y Celestina).

 

Más adelante, la familia se trasladó a Santa Cruz de la Zarza, posiblemente en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida.

 

Aunque a la espera de documentarlo, es posible que Indalecio tuviera, al menos, dos hermanos: Manuel[2] y Leocadio[3], éste último campesino y cabo del Ejército de la República, que desapareció en la Guerra de España.

 

Indalecio no realizó el servicio militar obligatorio. Hubiera entrado en la Caja de Reclutas en 1939, pero la Guerra y el exilio se lo impidieron.

 

 

Guerra de España

 

Tras el golpe de Estado de los generales traidores contra el legítimo gobierno republicano, formó parte de las milicias de la República hasta el 1 de abril de 1937, que ingresó en el Instituto de Carabineros con destino a las Brigadas Mixtas de Carabineros.[4] Juan Pedro Yunta, archivero municipal de Santa Cruz de la Zarza, afirmaba que en 1938 era miembro de la Unidad Móvil de Carabineros en Olot (Gerona)[5], dato que no ha sido posible confirmar.

 

Las condiciones para ingresar en Cuerpo de Carabineros durante la Guerra eran ser español, tener entre dieciocho y veinticinco años de edad, de un metro sesenta y cinco centímetros de alto como mínimo y presentar un certificado de buena conducta y otro de lealtad de una organización política o sindical del Frente Popular.

 

Lo cierto que pendientes de indagar y recuperar su periplo en la Guerra de España, hay una imagen que le sitúa en la ciudad de Valencia en 1937, con mono de miliciano, y acompañado de varios santacruceros: Emilio Sánchez Aráez, Félix Valdeolivas, Miguel Sánchez, "El Opera", Antolín Peña Torrijos, Jesús Izquierdo del Moral, Joaquín Arias Loriente, Vitorio Gallo Teruel, Sotero Sotero Piqueras Arribas y Julián Figeroa Valencia.[6]

 

 

Exilio

 

Desconocemos cuándo pasó la frontera francesa y creemos que estuvo en el Campo de Argelés, que se enroló voluntario en la 9ª Compañía de Trabajadores Extranjeros del ejército francés con base en Embrún y así pudo abandonar el campo con destino a los Altos Alpes. Para conocer su periplo, reproducimos lo relatado por José Marfil Peralta en su libro He sobrevivido al infierno nazi:

 

«Con los camaradas que se han alistado nos instalamos en el cuartel. Esta vez de manera correcta. Tenemos mucha necesidad de higiene y además esta estancia nos va a permitir recuperar algo de fuerzas.

 

Una vez equipados subimos hacía un pequeño pueblo situado a dos mil metros de altitud donde vamos a construir una carretera estratégica y un puente. ¡El paisaje es magnífico!»

 

«Durante la estancia en el cuartel nos enteramos de la declaración de guerra, con lo que ahora nos encontramos en guerra contra la Alemania nazi. El estado mayor nos pregunta si queremos alistarnos voluntariamente mientras que dure la guerra. Toda la compañía se alista, sabemos que vamos a luchar contra el fascismo, ese fascismo que ya conocemos de nuestro país.»

 

Más adelante la Compañía recibe la orden de dirigirse hacia la frontera belga. Allí ayudan al 22 Regimiento de Ingenieros a terminar un Blockhaus, ya que según José Marfil el lado belga no tenía ninguna defensa fortificada.

 

«Al poco tiempo de instalarnos, los bombarderos del Reich, lanzan bombas sobre nuestra línea de defensa mientras que el ejército de tierra invade Bélgica. Los acontecimientos se precipitan, ahora la única solución para nosotros es replegarnos hacía Dunkerque a lo largo de la frontera belga.»

 

 

Prisionero de Guerra

 

Tras la invasión de Francia, varias compañías de trabajadores extranjeros se retiraron hacia Dunkerque. Alrededor de 1500 hombres pertenecientes a las mismas quedaron atrapados junto al ejército británico. La mayoría murieron o fueron hechos prisioneros, ya que ni por un momento, dentro de la operación Dynamo, se plantearon rescatar a los españoles de las CTEs, al no considerarles miembros del ejército francés.

 

Indalecio fue capturado por la Wehrmacht el 4 de junio de 1940, el mismo día que partía el último barco de rescate repleto de soldados en dirección al Reino Unido. Su detención figura en la Lista oficial de prisioneros de guerra franceses núm. 46 publicada en París el 30 de noviembre de 1940.[7]

 

Primero fue confinado en el stalag XIII-A en Núremberg y poco tiempo después trasladado al stalag VII-A ubicado al norte de la ciudad de Moosburg (Baviera), uno de los campos de prisioneros de guerra más grandes del antiguo Reich, donde quedó registrado con la matrícula 65066. Según los registros de Moosburg, al menos 451 españoles fueron prisioneros en ese campo, de los cuales 32 pertenecían a la Comunidad de Castilla-La Mancha.

 

Del 5 al 6 de agosto de 1940 los mandos del Stalag VII-A recibieron la orden de deportar 392 prisioneros españoles al KZ Mauthausen. Indalecio fue uno de ellos y pasó a engrosar el primer convoy de españoles que llegó al campo el 6 de agosto. Según datos facilitados por el investigador Juan Crespo, que ha estudiado a fondo los listados de ingresos, de los 392 prisioneros españoles del convoy que llegaron a Mauthausen, perecieron un total de 277 hasta la fecha de liberación del campo en mayo de 1945. 

 

 

Mauthausen / Gusen

 

A su llegada al campo de los españoles es registrado como carpintero de profesión y se le asigna la matrícula 3297. Apenas cinco meses después, el 24 de enero de 1941 es trasladado al infierno de Gusen, donde la esperanza de vida apenas superaba los tres meses, y le reasignan otro número de matrícula, el 9307.

 

Aquel 24 de enero de 1941, fue un día que quedó grabado en la memoria de los prisioneros de Mauthausen: «Ese día, un viernes, que se presentaba como una jornada más de sufrimiento en Mauthausen, los SS realizaron la primera gran selección entre prisioneros. El objetivo era hacer hueco para los dos grandes convoyes de republicanos que iban a llegar durante las siguientes 24 horas. Los oficiales nazis agruparon a los enfermos e inválidos en un extremo del campo. Después formaron al resto de los deportados para completar el cupo, cercano al millar, eligiendo entre los sanos a los hombres de mayor edad.» [8]

 

Cuando José Marfil, hijo de José Marfil Escalona, primer muerto español en Mauthausen, es transferido a Gusen el 21 de abril de 1941 se encuentra a Indalecio González Gabriel, al que no había vuelto a ver desde el repliegue hasta Dunkerque. A partir de su testimonio podemos recomponer una parte de la historia de Indalecio:

 

«Esta noche he visto a un detenido acercarse y con la mirada llena de tristeza decirme: “¡Marfil tú también!”. Es por su voz que lo he reconocido a este amigo de la Novena Compañía, con el que yo había tomado el hábito de salir el domingo en los tiempos del ejército. Físicamente no se puede reconocer, pertenece a la primera expedición del mes de julio y ocho meses de campo han hecho de él un despojo humano. El pobre me cuenta las peripecias que lo han traído aquí. Me describe los detalles, el fin trágico de nuestra compañía, todo esto me da un bajón, sobretodo porque hemos comprendido que nuestra estancia aquí se anuncia sombría. Por otra parte: ¿Se puede hablar aquí del futuro? El toque de queda suena y volviendo cada uno a su barraca prometemos reencontrarnos cada vez que sea posible en el mismo sitio.»

 

«Por la noche, después de pasar lista me encuentro con mi camarada de la Novena Compañía que me anuncia feliz que hace parte de los carpinteros del campo y que todas las tardes recibe una fiambrera suplementaria de sopa. “Mañana, me dice, vienes a buscarme y la compartiremos”. Estoy contento por él porque necesita recuperar muchas fuerzas. Al día siguiente, según lo convenido, voy a su encuentro. Veo de lejos que me espera con su fiambrera de sopa… pero el hambre es terrible y mientras me espera coge una cuchara de sopa, después otra y otra… sólo pude aprovechar las últimas cucharas. Esto dura así algunas semanas. Veo bien para él que desde que está en la carpintería todo ha cambiado a mejor evidentemente. Para mí también todo ha cambiado gracias a su amistad.»

 

José Marfil e Indalecio González hacen por verse cada vez que es posible. Y así describe el primero uno de sus últimos encuentros:

 

«Esta tarde es posible. Pero yendo a su encuentro lo percibo de lejos sin su fiambrera habitual. Al acercarme adivino en su mirada una inmensa tristeza casi con desesperación. Me anuncia que lo han echado de la carpintería. Estoy indignado de no poder hacer nada por él. “Ahora estamos los dos en el mismo barco” me dice él y añade: “Creo que debería inscribirme en el comando Asturias”. Le aviso que es muy arriesgado: “No te das cuenta que ese capo es un criminal, su comando es el peor que hay”. “Lo sé, pero te acuerdas que era mi mejor amigo, hemos hecho la guerra de España juntos en la misma unidad, los dos tenemos el mismo nombre y apellido aunque no seamos parientes. No creo que sea capaz de hacerme mal.»

 

La persona a la que se refiere es a Indalecio González González, apodado el “Asturias”, un minero asturiano que ejerció como kapo en Gusen. Fue condenado a muerte por crímenes de guerra y ejecutado en la horca en la prisión de Landsberg el 2 de febrero de 1949.

 

«Efectivamente ese Asturias era parte de nuestra Compañía y lo habíamos vivido como alguien muy amable. En esa época nos enseñaba a menudo la foto de su mujer y de sus hijos que estaban entonces en Francia. Un día que le dieron permiso, todos nosotros colaboramos para darle un poco de dinero. Con lágrimas en los ojos nos dio las gracias por nuestro gesto.

 

Mi amigo tenía razón no podía haber olvidado esa amistad. Confiando en ese recuerdo decide inscribirse en el comando de Asturias. Un poco inquieto voy a verle tres días más tarde. Habitualmente se encuentra cerca de nuestro punto de encuentro cerca del bloque. Como no le veo le pregunto a un camarada que me lleva junto a él. Está irreconocible. Ese capo desgraciado “su mejor amigo” ha decidido pura y simplemente eliminarlo.

 

Mi camarada me cuenta que se presentó a él con los brazos abiertos, confiando como con un antiguo amigo, con la esperanza de encontrar en su equipo un poco de protección en este infierno. Como respuesta, ese tipo repugnante lo previene sarcásticamente: “No cuentes conmigo, he decidido suprimir todos los testigos de mi pasado. Los alemanes van a ganar la guerra, tengo que hacerles ver que estoy con ellos: es la única forma de salir de aquí vivo, es la única manera de poder algún día ver a mi mujer y a mis hijos.”

 

Mi amigo desesperado al límite de su capacidad me dice, acurrucado en su colchón de paja: “Ves en qué estado estoy, mañana ya no resistiré más, va a acabar conmigo, tengo que despedirme de ti, para mí se ha terminado. Si llegas a salir de este infierno, el mundo entero tiene que saber las atrocidades cometidas por los nazis…y por sus vasallos.»

 

Esas fueron las últimas palabras de Indalecio González Gabriel. Era diciembre de 1941. El día 9, a las 04:40 horas fallece. Según los documentos nazis, la causa de la muerte se produce por «debilidad circulatoria». Su cuerpo fue cremado el 12 de diciembre. Tenía 21 años.

 

José Marfil, terminó este triste capítulo de la historia de Indalecio diciendo: «Escribo estas líneas pensando en él, es por él por el que hago este esfuerzo. Mi vida va ahora muy rápidamente hacía el final, pero si un día queda una sola imagen en mi memoria, será la de su sonrisa y su fiambrera tendida hacía mi hambre.»

 

En Memoria de Indalecio González Gabriel y de todas las personas que sufrieron la deportación.


¡Nunca más!


____________________


[1] Recogido en José Marfil Peralta: He sobrevivido al infierno nazi. Recuerdos, p. 54

[2] BDST-Guadalajara.  Caja 302956  - Expediente 66424

[3] CDMH. Pensiones: Muertos, desaparecidos e inválidos del Ejército de Tierra de la República. Caja 62, folio 362bis

[4] Gaceta de la República,  núm. 93  - 3 Abril 1937, p. 35

[5] Juan Pedro Yunta: En honor a la vida. Por la memoria de un santacrucero. 2013 Archivo Digital ACAME "Joaquín Arias")

[6] Fototeca de ACAME. Archivo visual de Santa Cruz de la Zarza

[7] Gallica. Biblioteca Nacional de Francia

[8] Hernández de Miguel Carlos: Los últimos españoles de Mauthausen, p. 208





2229. Lo que Dante no pudo imaginar IV. Stalag VII-A Moosburg/ Mauthausen




Este campo, a pesar de que fuimos maltratados y apaleados al principio, más tarde resultó ser uno de los mejores campos que estuvimos con respecto a la comida y trabajo.

Habían franceses, polacos, moros, senegaleses, etc. Se le llamaba el campo de los «perros» pues los S.S. patrullaban por el mismo constantemente con perros policías especiales que atacaban, en donde veían algunos grupos, en los que se intercambiaban objetos unos a otro,o bien, hombres que se dedicaban a buscar las peladuras de patatas para comer. Era entonces cuando soltaban los perros, y si eras alcanzado por falta de tiempo para meterte en alguna barraca, te mordían dejándote semidestrozado.

En el mismo día que entramos en el campo, observamos todos nosotros atónitos como un perro de estos salvajes, acometía ferozmente a un moro que andaba camino de su barraca: el desgraciado quedó muerto, después debatirse inútilmente de las garras de aquella fiera.

En este campo fue donde los españoles pudimos constatar la ferocidad que alimentaba la inteligencia de la raza alemana.

El amigo Telechea se trasladaba de una barraca a otra con un plato de comida para su hermano, con tan mal fortuna, que al salir tropezó con un guardia de la S.S., el cual le soltó el perro. El muchacho no tuvo tiempo di huir y al ser atacado se le vertió la comida. Fue mordido en la pierna derecha (muslo) cerca de sus partes.

Acto seguido, el guardia dio orden al perro de que abandonase su víctima.

El amigo Telechea fue conducido a la enfermería, donde se le hizo la primera cura de urgencia; hecha esta operación, fue trasladado de nuevo a la barraca. Por la noche, a eso de las nueve horas, vino el guardia de la barraca preguntando por el español que había sido mordido por su perro, le trajo un poco de comida, añadiendo que le perdonase, pues él era uno de los guardias que se veía, precisado acatar y cumplir las órdenes emanantes del mando alemán.

Con esa explicación consideraban que sus crímenes estaban exentos de ulteriores juicios.

Digno de mención eran, también, los grandes y consecutivos disturbios que se producían en el campo, durante el intercambio de los objetos.

Muchas de las veces eran motivados por los mismos oficiales alemanes que, delante de todos, querían conseguir partes de ellos, sin ofrecer en cambio cosa alguna.

En este campo trabajé de pelador de patatas primero, y después de albañil.

Fue allí donde vi al compañero Pey que se encontraba en los Batallones de Marcha.

La estancia en el campo de Mobsburg [Moosburg] (Stalag VII-A) no fue tampoco muy larga: un mes aproximadamente.

Cierto día, como en los otros campos anteriores, se corrió el rumor de que los españoles íbamos a ser repatriados (se aseguraba que esto lo había manifestado un oficial alemán personalmente, en nuestra barraca).

Cuán no sería nuestro entusiasmo al correr estas manifestaciones.

No obstante, en ellas se ocultaban la verdad cruda.

Un día y con orden urgente, nos hicieron formar para partir.

Como siempre confección de listas de transporte, anotando como algo extraordinario; nombres, apellidos y oficio, preguntas que nos llenaron de incertidumbre, puesto que había diferentes rumores, en los que se afirmaba que partiríamos hacia Austria (alrededores de Linz) para trabajar en un campo, cada uno en su oficio o profesión y que después de tres meses de prueba seríamos liberados y trasladados hacia España.

El hombre siempre vive de esperanzas, y como es natural, la mayoría no pensábamos en un mañana peor.

La ilusión más optimista nos hacía vivir en aquellos momentos, intensamente. Consultaba yo con varios de mis amigos, entre ellos Busquets, Emilio y otros tantos, posibilidades verídicas que circulaban alrededor de nuestra situación.

Al fin, fuimos trasladados a la estación, esta vez más escrupulosamente guardados que de costumbre, haciéndonos entrar en vagones pestilentes, que servían o habían servido para traslado de animales porcunos.

Nos entregaron un pequeño trozo de pan con su correspondiente 60 a 75 gramos de salchicha, todo esto para 24 horas, teniendo que mantenernos con tan abundante comida durante dos días.

Por las rejillas de los vagones observábamos el paso de las estaciones, sin notar nada de anormal.

Al llegar a los alrededores de Linz, tuvimos la gran decepción al contemplar los trajes rayados que cubría miserablemente los hombres famélicos, que agotados marchaban obedeciendo a los cabos de vara que los conducían a trabajos forzados. Sus voces y sus gestos eran acompañados de duros y feroces golpes.

¡Qué emoción invadió nuestros corazones! ¡Qué impresión tan desmoralizadora nos causó la presencia de tanta víctima!

Nuestras ilusiones, nuestro optimismo, fue destrozado en mil pedazos en un solo instante.

En nuestro pensamiento buscábamos el contraste de todas nuestras vicisitudes, no encontrando parangón a lo que estábamos presenciando.

Seres humanos, la mayoría luchadores en pro de la libertad, hoy considerados como criminales penados a vivir muriendo, dejando tras sí la estela del dolor inconmensurable, en una esclavitud ignominiosa.

Los atributos de la inteligencia y virilidad, sinónimo de los hombres, quedaban postergados y anulados, ante otros hombres convertidos en bestias humanas.

Silenciosos en la contemplación, nuestra moral vitalizada por intensa rebeldía, cristalizaba en nuestros rostros, más que el temor, el espíritu de lucha.

Nosotros, luchadores en pro de una justicia más humana, sancionamos desde aquel momento el criminal sistema nacional-socialista, entronizado por la mente de un monocéfalo que impuso el crimen, como sistema y método, para eliminación de todo lo que representase conciencia libre.


Mauthausen

Durante cuatro años, los alemanes hicieron una verdadera ciudad de terror y de crimen, donde miles de hombres de todas las nacionalidades hallaron la muerte más espantosa.

El día 1 de agosto de 1940, a las once horas de la mañana, entrábamos los «primeros españoles» en el campo de Mauthausen.

Al llegar a sus puertas, nuestros ojos observaron un frontispicio, simbolizando la calavera en tibias cruzadas sinónimo de muerte.

Las famosas águilas imperiales, creación del espíritu monstruoso hitleriano, presidían el tétrico recinto.

Nuestra ascensión al campo la efectuamos por un camino tortuoso.

El rigor del verano era sofocante. Los rayos ardientes del sol quemaban nuestros cuerpos, y el sudor corría por las frentes y mejillas, reflejándose en nuestros rostros demacrados y extenuados, el cansancio agotador.


Amadeo Sinca Vendrell
Lo que Dante no pudo imaginar. Mauthausen-Gusen 1940-1945









2219. Lo que Dante no pudo imaginar III. Stalag XIII-A Nuremberg




Nos encerraron en dos barracas especiales, aisladas completamente del resto de los internados, pertenecientes a otras nacionalidades.

El Stalag XIII A, es el campo mayor conocido por mí. Su capacidad es inmensa, posiblemente, a juicio mió, puede contener más de un millón de seres humanos.


En el interior del campo existen largas avenidas que la vista no alcanza a ver su fin.


Innumerables alambradas circundan el campo. Pude constatar, en dicho campo, la existencia de campos de deportes, campos de aviación, varios hospitales, barracas grandiosas, o mejor dicho, tiendas de campaña de grandes dimensiones que albergaban cientos y miles de prisioneros civiles y militares que constantemente iban llegando. Además existían barracas de madera de carácter permanente.


Cada internado poseía una cama metálica con su colchoneta y una manta, pero nosotros, los españoles, como favor especial, se nos dio solamente una cama de hierro a cada uno, pero se nos suministraba una buena cantidad de té, dígase agua, y al mediodía se nos daba un litro de puré de patatas, con pequeños trozos de carne, y por la noche apenas doscientos gramos de pan, con su correspondiente salchicha de unos setenta y cinco gramos, o en su defecto, un pedazo de queso y unos gramos de mantequilla.


Después de tan suculento ágape se nos invitaba con un desnaturalizado café sin azúcar.


Las alambradas, además de circundar el campo, separaban unos grupos de barracas de otros, formando islotes tan reducidos y contenidos en su espacio, que no nos quedaba suficiente lugar para pasear.


Todos los días a las 18.30 horas, un pelotón de soldados alemanes nos obligaban a entrar en nuestras respectivas barracas, y el jefe del pelotón, después de ordenar fueran cerradas las ventanas con baldón, cerraba por sí mismo la puerta de salida de cada una de las barracas. En el interior de nuestro alojamiento habían colocado diversos recipientes que servían para deponer nuestras necesidades corporales.


Al siguiente día por la mañana, por riguroso turno, los internados limpiábamos dichos recipientes.


El control diario, que se ejercía como higiene en la barraca, era llevado personalmente por un jefe alemán excesivamente exigente y autoritario.


Dos veces a la semana, el mismo jefe acompañaba a los enfermos, juntamente con una guardia especial, hasta la enfermería.


Al cabo de quince días de rigurosa estancia, llegó un día el jefe alemán haciéndonos formar a todos, saliendo en dirección a la Comandancia alemana, dentro del campo.


Nadie sabía para qué éramos conducidos.


Llegados a las cercanías de dicha Comandancia, nos hicieron formar, tomándonos a todos la filiación personal, las huellas digitales, y por último nos fotografiaron, dándonos una pizarra en la cual iba inscrito el número de presidiario de cada uno de nosotros.


En esta labor pasamos toda una mañana, terminando a las tres de la tarde en cuya hora regresábamos, siempre estrechamente vigilados, a la barraca.


Rápidamente, porque el hambre mordía nuestros estómagos, comíamos el execrable condimento que se nos proporcionaba.


Pasaron unos días en relativa calma.


Al final se presentaron en nuestra barraca nuestros constantes guardianes, con unos ocho hombres elegantemente vestidos de civil, hablando correctamente el español.


Nos dieron la orden de salir de la barraca, formar y pasar a un llano no lejos de la misma; allí nos hicieron sentar en la hierba y fue donde hemos sufrido el registro más intenso y minucioso que hemos tenido durante todo el lapso de nuestro calvario.


Uno escribía a máquina, otro pedía la filiación total del individuo, y el resto hacían llamar hombre por hombre, ordenando que nos desnudáramos por completo, controlando la boca y todo el cuerpo.


Después nos hacían apartar de la ropa que habíamos dejado en tierra, inspeccionándola minuciosamente: bolsillos, costuras y todo lo que pudiese indicar motivo de secreto alguno.


Apartando documentación o papeles el que tenía, con suma atención.


Terminado este registro tan escrupuloso, se nos ordenó vestirnos de nuevo e incorporarnos a los grupos que ya habían terminado.


Este registro duró desde las siete horas de la mañana, hasta las 5.30 horas de la tarde, sólo para un total de unos doscientos hombres.


En este registro ocurrió un caso curioso a un español, mi amigo Juan Zamora.


Entre los papeles que llevaba en su ropa, encontraron un trozo de periódico alemán viejo, que lo recogió por si tuviese necesidad de usarlo. Este papel le costó a mi amigo Zamora varias declaraciones en la Comandancia alemana.


En cada una de ellas le acompañaban sus correspondientes palizas, y al fin de tantos interrogatorios, consideraron no darle importancia, porque verdaderamente no la tenía.


Transcurrieron 25 o 26 días, llegando un día la orden de formación general de todos los españoles y como consecuencia la partida.


Era hora ya, pues si llegamos a estar en aquel campo un mes más, la mitad hubiésemos quedado atrofiados.


Hicieron las listas del transporte, formamos entregándonos el racionamiento de un día, para el camino y partirnos hacia la estación, custodiados como siempre cual vulgares criminales. Tras dos días de ferrocarril, y en condiciones pésimas inimaginables, llegamos al campo de Mobsburg.



Amadeo Sinca Vendrell
Lo que Dante no pudo imaginar. Mauthausen-Gusen 1940-1945











2201. Lo que Dante no pudo imaginar II. Stalag Trier

Fue allí donde los españoles sufrimos las primeras y duras humillaciones de nuestro cautiverio.

Este Stalag era inmensamente grande, siendo una prueba de ello, el que había instaladas tres enormes cocinas, las cuales no daban abasto a tantos millares de prisioneros que allí nos encontrábamos encerrados y casi amontonados.


Estaba situado en la cima de una gran meseta, en los alrededores del pueblo antes mencionado.


Desde el campo observábamos perfectamente el pueblo y nos contentábamos, quizá con un poco de envidia, al ver cómo se paseaban sus habitantes en una aparente libertad.


A un lado del campo existía un gran palacio, donde residían los guardianes del Stalag.


Aquel edificio era la Comandancia nazi.


El campo estaba rodeado de una doble alambrada excesivamente alta y de trecho en trecho, se encontraban situadas unas torres de madera, con sus correspondientes centinelas armados con armas automáticas, impidiendo un posible intento de fuga.


Por otra parte, el gran control ejercido por los soldados alemanes, que constantemente daban vueltas por el interior del recinto, entrando y saliendo de las barracas, no nos dejaban un momento de tranquilidad, por lo que hubiese sido materialmente imposible intentar escaparse.


Diariamente entraban y salían grandes expediciones de prisioneros que inmediatamente se mezclaban entre nosotros.


Allí andábamos hombres revueltos de todas las nacionalidades y de todas las razas.


Allí no había distinción entre elementos militares o civiles: todos éramos prisioneros de guerra.


Cuando nuestra expedición llegó al Stalag Trier, se nos concentró en la plaza del campo y fuimos clasificados por nacionalidades, llevando cada una de ellas a barracas distintas.


Quedamos sólo por distribuir los españoles que formábamos un grupo de unos ciento cincuenta hombres y que esperando nuestro turno, permanecimos formados y a pie firme durante largas horas, hasta que por fin, después de que todo el resto de la expedición estuvo distribuida en sus respectivas barracas, se acercó a nosotros un oficial alemán, elegantemente vestido, acompañado de un soberbio perro lobo.


Nos hizo formar en una sola fila, pasándonos minuciosa revista, deteniéndose frente a cada uno de nosotros y mirando fijamente nuestros rostros sin pronunciar una sola palabra. Al llegar a la altura del muchacho más joven del grupo, apellidado Flordelís, se detuvo y saliendo de su mutismo, preguntó la edad que tenía.


—Diecinueve años —contestó el muchacho.


—¿Comunista? —inquirió el oficial alemán.


—No, señor —respondió el muchacho.


Entonces el oficial soltó una carcajada estridente y sacando la pistola, haciendo ademán de ametrallarnos, nos dijo:


«Todos rojos, comunistas: todos muertos.»


Acto seguido desapareció, dejándonos formados en la plaza.


Momentos más tarde llegó la orden de controlarnos en una barraca dedicada exclusivamente a los españoles.


Los primeros días de permanencia en el Stalag Trier, nos obligó a organizamos para soportar nuestra vida y vivirla lo mejor posible.


El capítulo de humillaciones fue reservado para los españoles, o por lo menos, nosotros así lo consideramos.


En el interior del campo existía un pequeño bosquecillo donde los prisioneros cumplían sus necesidades, puesto que aun cuando existían recipientes, eran insuficientes para tantos miles de hombres allí acumulados. Había quien no podía esperar mucho tiempo el turno correspondiente, y por esta razón tan poderosa el bosquecillo era constantemente visitado.


Un día, uno de mis mejores amigos llamado Primitivo (muerto después de una manera trágica en el campo de Gusen) que pertenecía, como yo, a la 103 Compañía de Trabajadores Extranjeros, encontrándose en dicho bosquecillo, fue sorprendido por un soldado alemán que estaba de vigilancia y control en el campo; el guardia con un bastón que llevaba azotó varias veces a Primitivo, haciéndole recoger los excrementos con las dos manos y se los hizo pasear por todo el campo; después de más de media hora de paseo, le acompañó a uno de los recipientes y le hizo vaciar su maloliente contenido, llevándole más tarde, a una de las barberías del Stalag donde le hizo cortar el cabello en la mitad del cráneo, así como afeitar le media cara y medio bigote.


Debo señalar que este muchacho era privilegiado de una abundante barba y un majestuoso bigote, que guardaba desde nuestra guerra en España.


Ridiculizado de esta forma, fue paseado, nuevamente por todo el campo entreteniéndose y mofándose, algunos alemanes, sacándole fotografías.


Aproximadamente permanecimos unos veinte días en el Stalag Trier, aun cuando allí no se nos daba banquetes, por lo menos pudimos absorber algo caliente todos los días, y reponernos un poco del cansancio y fatigas producidas por las enormes marchas realizadas días anteriores.


Súbitamente, y cuando menos lo esperábamos, llegó una orden urgente del mando alemán, exclusiva para los españoles y, después de hacernos recoger nuestros equipajes y mandarnos formar, fuimos trasladados debidamente custodiados al exterior de Trier, donde se nos encajonó en grupos de cincuenta a sesenta hombres en unos vagones de mercancías, herméticamente cerrados, dejándonos sólo una pequeña obertura para la renovación del aire.


Dos días con sus correspondientes noches, pasamos en los vagones sin comer ni beber, haciendo nuestras deposiciones en el propio vagón, sin ver nada ni saber dónde nos conducían, y por fin, casi convertidos en guiñapos más que en hombres, nos hicieron descender en una estación próxima a Nuremberg.


Desde aquel momento fuimos custodiados por fuerzas de la S.S., armados con fusil y bayoneta calada y conducidos al campo de Nuremberg.



Amadeo Sinca Vendrell
Lo que Dante no pudo imaginar. Mauthausen-Gusen 1940-1945