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3427. Funerales a Mola

Entierro del general Mola en Burgos, 1936 - Foto. BNE


Magnífico día de primavera el domingo 6 de junio. No sabemos cómo emplearlo para dar rienda a nuestro dolor: estamos muy afligidos por la muerte de Mola. ¿Qué hacer para remediar nuestra desdicha? Nadie lo sabe; nadie tiene una iniciativa para calmar nuestro espíritu y llevar a nuestro corazón el consuelo necesario.

Ya está. Ha surgido una idea: vamos a celebrar un funeral por el alma del faccioso general. Inmediatamente se empiezan los preparativos para el acto. ¿Cuántos somos? ¿Quiénes somos? Quince, veinte... Todos somos artistas: el que no canta baila y el que no baila hace una ensalada; pues adelante.

Nos encaminamos a la calle de Londres, y en un hotel que hay bajando a la izquierda, comenzamos nuestra piadosa obra.

Contamos entre los reunidos siete cantadores, tres tocadores y varios bailadores; veinticuatro lechugas y media arroba de vino, y un plantel de chicas guapas, que dan un tinte de alegría al funeral. Aquí parece que se desea la muerte de todos los cabecillas traidores.

Ya estamos allí, y uno de los reunidos quiere amenizar la función con un discurso. Todos lo aprobamos, y el orador empieza:

Camaradas: una desgracia nos reúne en la tarde de hoy: ha muerto el traidor y criminal Mola y hoy nuestros pechos tienen que sufrir esa contrariedad, pues para todos nosotros hubiera sido una satisfacción el haber podido tomar café —que por cierto ya debe estar echado a perder el que él pensaba tomar en la Puerta del Sol-,y haberle hecho unas «caricias» al «simpático» general; pero la muerte traidora nos lo ha arrebatado sin concedernos ese placer, y todos estamos enfadados con la señora de la guadaña, a la que pedimos, con el puño crispado, que nos deje coger con vida al canalla de Franco, para que nos pague los crímenes que está cometiendo con el pueblo español.


Semanario Democracia Artillera
Brigada de Artillería de la 2ª División
21 de junio de 1937






2424. Romance del mulo Mola



El hijo de la gran Mula
por  Mola vino a las malas.
Como no tuvo soldados,
los hizo con las sotanas.
De lejos, el traidor Franco
solo promesas le manda,
y tomándolo por Muño
le anuncia tropas mulatas.
Ya están pidiendo madrinas
las tropas de las mejalas.
La media Luna ya tiene
protección de las beatas.
¡Cómo curan sus heridos,
cómo el moro les regala
sangrientos ramos de flores
llenos de orejas cortadas!
En mulas van hacia Mola
pidiendo e gritos la paga.
Mola los mueles con marcos,
ya caducos, de Alemania.
¡Fiero moro, te engañaron,
te van a engañar, te engañan!
De todas partes por radio
llegan las voces cascadas
de generales borrachos
diciendo botaratadas.
Mientras que contra los cuentos
que los fascistas levantan,
las hoces y los martillos
chocan sus verdades claras.
Las Milicias van cantando
su alegría en la batalla,
victoriosas de la muerte
que acecha a sus milicianas;
siempre poniendo los ojos
en donde ponen las balas.
Asoma la luz del día
enfrente de Guadarrama,
ensangrentando de albores
las luces de la esperanza.
Al otro lado del monte
está la muerte de España.


José Bergamín
El Mono Azul núm. 1, 27 agosto 1936









1730. Carta de Unamuno a Quintín de Torre




Sr. D. Quintín de Torre

Acabo de recibir, mi querido amigo y co-bilbaíno, su nueva carta y quiero contestarle arres (sic) y sin dejar que se me enfríe el ánimo.

Me dice usted que su carta, como todas las que escribe desde ahí, van abiertas, que así se lo recomiendan y es por la censura. Lo comprendo. Yo, por mi parte, cuando escribo calculo que esa censura puede abrir mis cartas, lo que naturalmente –usted me conoce– me mueve a gritar más la verdad que aquí se trata de disfrazar.

Le agradezco las noticias que me dá, pero en cuanto a eso de que los rojos –color de sangre– hayan sacado los ojos, el corazón y cortado las manos a unos pobres chicos que cojieron no se lo creo. Y menos después de lo que me añade. Su “esto es cosa cierta” lo atribuyo, viniendo en carta abierta y censurada, a la propaganda de exageraciones y hasta mentiras que los blancos –color de pus– están acumulando. Sobre una cierta base de verdad.

Me dice usted que esta Salamanca es más tranquila, pues aquí está el caudillo. Tranquila? Quiá! Aquí no hay refriegas de campo de guerra, ni se hacen prisioneros de ellas, pero hay la más bestial persecución y asesinatos sin justificación. En cuanto al caudillo –supongo que se refiere al pobre general Franco– no acaudilla nada en esto de la represión, del salvaje terror de retaguardia. Deja hacer. Esto, lo de la represión de retaguardia, corre a cargo de un monstruo de perversidad, ponzoñoso y rencoroso, que es el general Mola, el que sin necesidad alguna táctica, hizo bombardear nuestro pueblo. Ese vesánico no ha venido –al revés de Franco– si no a vengar supuestos agravios de tiempo de la dictadura primoriberana y a satisfacer los odios carlistas de los que en las anteriores guerras civiles se ensañaron con nuestro Bilbao.

Ahora, sobre la base, desgraciadamente cierta, de lo del Frente Popular, se empeñan en meter en él a los que nada con él tuvieron –tuvimos parte– y andan a vueltas con la Liga de los Derechos del Hombre, con la masonería y hasta con los judíos. Claro está que los mastines –y entre ellos algunas hienas– de esa tropa no saben ni lo que es la masonería ni lo que es lo otro. Y encarcelan e imponen multas –que son verdaderos robos– y hasta confiscaciones y luego dicen que juzgan y fusilan. También fusilan sin juicio alguno. (Claro que los jueces carecen de juicio, estupidizados en general por leyendas disparadas) y “esto es cosa cierta” porque lo veo yo y no me lo han contado. Han asesinado, sin formación de causa, a dos catedráticos de Universidad –uno de ellos discípulo mío– y a otros. Últimamente al pastor protestante de aquí, por ser... masón. Y amigo mío. A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo que pretendió que yo diera un certificado de buena conducta. ¿A quien creerá usted? A Martínez Anido, el mesánico.

Qué cándido y que lijero anduve al adherirme al movimiento de Franco, sin contar con los otros, y fiado –como sigo estándolo– en este supuesto caudillo. Que no consigue civilizar y humanizar a sus colaboradores. Dije, y Franco lo repitió, que lo que hay que salvar en España es la “civilización occidental, cristiana” puesta en peligro por el bolchevismo, pero los métodos que emplean no son civiles, ni son occidentales sino africanos –el africano no es, espiritualmente, Occidente– ni menos son cristianos. Porque el grosero catolicismo tradicionalista español apenas tiene nada de cristiano. Eso es militarización africana pagano-imperialista: y el pobre Franco, que ya una vez rechazó –si bien tímidamente– aquello de Primo de Rivera de “los de nuestra profesión y casta”, refiriéndose a la oficialidad de carrera, que no es el ejército, como el clero no es la Iglesia, el pobre Franco se ve arrastrado en ese camino de perdición. Y así nunca llegará la paz verdadera. Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán.

Lo que le digo desde ahora es que todos los buenos y nobles y patriotas españoles inteligentes, que sin haber tenido nada que ver con el Frente Popular, están emigrados no volverán a  España. No volverán. No podrán volver como no sea a vivir aquí desterrados y envilecidos.
             
Esta es una campaña contra el liberalismo, no contra el bolchevismo. Todo el que fue ministro en la República, por de derecha que sea, está ya proscrito. Hasta a Gil Robles –figúrese, a Gil Robles!– le tienen desterrado. Unos días que pasó aquí, en su pueblo, hace poco, tuvo que estar recluido en casa de un amigo. Como yo estoy recluido en la mía.

Y basta.

Haga usted de esta carta el uso que le parezca y si el pobre censor de esa quiere verla que la vea y si le parece, que la copie.

Pobre España! y no vuelva a decir “¡Arriba España!” que este se ha hecho ya santo y seña de arribistas.

Reciba un abrazo de


Miguel de Unamuno
Salamanca, 13 de diciembre de 1936
Epistolario inédito II (1915-1936)








1547. Conversación telefónica entre Martínez Barrio y el General Mola

Diego Martínez Barrio


Manuel Azaña, encarga a Diego Martínez Barrio, presidente del Gobierno, haga lo posible por alcanzar un acuerdo que acabe con el riesgo de una guerra. Está dispuesto, incluso, a ofrecer carteras ministeriales a militares comprometidos. Martínez Barrio, telefonea al General Mola, gobernador militar de Navarra el 19 de julio de 1936. Tras la llamada y al comprobar la imposibilidad de un pacto, Martínez Barrio presenta la dimisión.


Martínez Barrio: Saludo a usted, general. Soy Martínez Barrio.

General Mola: ¿Don Diego Martínez Barrio? Le escucho respetuosamente.

Martínez Barrio: General, he sido encargado de formar Gobierno. Y he aceptado. Al hacerlo me mueve una sola consideración: la de evitar los horrores de la guerra civil, que ha empezado a desencadenarse. Usted, por su historia y por su posición, puede contribuir a esta tarea. Desconozco las ideas políticas de los generales, entre ellos usted, que están el frente del Ejército. Supongo que por encima de todo otro estímulo colocan su amor a España y el cumplimiento de su deber militar. En esta confianza me dirijo a usted, para excitarle que la tropa a sus órdenes se sostenga dentro de la más estricta disciplina y bajo la obediencia de mi Gobierno.

General Mola: Agradezco a usted mucho, señor Martínez Barrio, las palabras lisonjeras e inmerecidas que le inspiran mi condición y mis servicios. Con la cortesía y nobleza con que usted me habla voy a contestarle. El Gobierno que usted tiene el encargo de formar no pasará de intento; si llega a constituirse, durará poco; y antes que de remedio, habrá servido para empeorar la situación.

Martínez Barrio: Habría de tener las mismas desconfianzas que usted, que no las tengo, y la conveniencia  general me impondría el deber de aceptar la tarea. Lo que pido a todos es que como yo cumplo con el mío, cumplan con el suyo. España quiere tranquilidad, orden, concordia. Pasadas que sean las horas de fiebre, el país agradecerá a sus hombres representativos que le hayan evitado un largo periodo de horror.

General Mola: No lo dudo. Pero yo veo el porvenir de distinta manera. Con el Frente Popular vigente, con los partidos activos, con las Cortes abiertas, no hay, no puede haber, no habrá gobierno alguno capaz de restablecer la paz social, de garantizar el orden público, de reintegrar a España su tranquilidad.

Martínez Barrio: Con las Cortes abiertas y el funcionamiento normal de todas las instituciones de la República estoy yo dispuesto a conseguir lo que  usted cree imposible. Pero el intento necesita de la obediencia de los cuerpos armados. Ésa es la que pido, antes de ser poder, y la que impondré e intentaré imponer cuando sea. Espero que en este camino no me falte su concurso.

General Mola: No, no es posible, señor Martínez Barrio.

Martínez Barrio: ¿Mide usted bien la responsabilidad que contrae?

General Mola: Sí, pero ya no me puedo volver atrás. Estoy a las órdenes de mi general, don Francisco Franco, y me debo a los bravos navarros que se han colocado a mi servicio. Si quisiera hacer otra cosa, me matarían. Claro que no es la muerte lo que me arredra, sino la ineficacia del  nuevo gesto y mi convicción. Es tarde, muy tarde.

Martínez Barrio: No insisto más. Lamento su conducta, que tantos males ha de acarrear  a la patria y tan pocos laureles a su fama.

General Mola: ¡Qué le vamos a hacer! Es tarde, muy tarde.


Fuente: Diego Martínez Barrio “Memorias” 











1022. Bando del General Mola declarando el estado de guerra

Carabanchel, Madrid - 19 de julio de 1936


Don EMILIO MOLA VIDAL, General de Brigada y Jefe de las Fuerzas Armadas de la Provincia de Navarra, 

HAGO SABER:

Una vez más el Ejército unido a las demás fuerzas de la Nación se ve obligado a recoger el anhelo de la gran mayoría de los españoles.

Se trata de restablecer el imperio del orden, no solamente en sus apariencias externas, sino también en su misma esencia; para ello precisa obrar con justicia, que no repare en clases ni en categorías sociales, a las que ni se halaga ni se persigue, cesando de estar dividido el país en dos bandos: el de los que disfrutan del poder y el de los que son atropellados en sus derechos.

La conducta de cada uno guiará la de la autoridad, otro elemento desaparecido de nuestra Nación y que es indispensable en toda colectividad humana. El restablecimiento del principio de autoridad exige inexcusablemente que los castigos sean ejemplares, por la seriedad con que se impondrán y con la rapidez con que se llevarán a cabo, sin titubeos ni vacilaciones.

Por lo que afecta al elemento obrero, queda garantizada la libertad del trabajo, no admitiéndose coacciones ni de una parte ni de otra. Las aspiraciones de patronos y obreros serán estudiadas y resueltas con la mayor justicia posible en un plan de cooperación, confiando en que la sensatez de los últimos y la caridad de los primeros, hermanándose con la razón, la justicia y el patriotismo, sabrán conducir las luchas sociales a un terreno de comprensión con beneficios para todos y para el país.

El que voluntariamente se niegue a cooperar o dificulte la consecución de estos fines, será el que primero y principalmente sufrirá las consecuencias. Se respetarán todas las reivindicaciones obreras legalmente adquiridas. Para llevar rápidamente la labor anunciada, 

ORDENO Y MANDO:

Artículo l.º Queda declarado el Estado de Guerra en todo el territorio de la provincia de Navarra y, como primera providencia, militarizadas todas las fuerzas, sea cualquiera la autoridad de quien dependían anteriormente, con los deberes y atribuciones que competen a las de Ejército y sujetas igualmente al Código de Justicia Militar.

Artículo 2.º No precisará intimación ni aviso para repeler por la fuerza agresiones a las fuerzas indicadas anteriormente, ni a los locales y edificios que sean custodiados por aquéllas, así como los atentados y sabotajes a vías y medios de comunicación y transporte de toda clase y a los de servicios de agua, gas y electricidad y artículos de primera necesidad.

Artículo 3.º Quedan sometidos a la jurisdicción de guerra y tramitados por procedimientos sumarísimos: 

a) Los hechos comprendidos en el artículo anterior.

b) Los delitos de rebelión, sedición y los conexos de ambos; los de atentado y resistencia a los agentes de la Autoridad; los de desacato, injuria, calumnia, amenaza y menosprecio a los anteriores o a personal militar o militarizado que lleve distintivo de tal, cualquiera que sea el medio empleado, así como los demás delitos cometidos contra el personal civil que desempeña funciones de servicio público. 

c) Los de tenencia ilícita de armas o cualquier otro objeto de agresión utilizado o utilizable por las fuerzas armadas, con fines de lucha o destrucción. A los efectos de este apartado quedan caducadas todas las licencias de uso de armas concedidas con anterioridad a esta fecha. Las nuevas serán tramitadas y despachadas en la forma que oportunamente se señalará. 

Artículo 4.º Se considerarán también como autores de los delitos anteriores los incitadores, agentes de enlace, repartidores de hojas y proclamas clandestinas o subversivas; los dirigentes de las entidades que patrocinen, fomenten o aconsejen tales delitos, así como todos los que directa o indirectamente contribuyan a su comisión y preparación o tomen parte en igual forma en atracos y robos a mano armada o empleen para cometerlos cualquier otra coacción y violencia.

Artículo 5.º Quedan totalmente prohibidas las huelgas. Se considerará como sedición el abandono del trabajo y serán principalmente responsables los dirigentes de las Asociaciones o Sindicatos a que pertenezcan los huelguistas, aunque simplemente adopten la actitud de brazos caídos. 

Artículo 6.º Queda prohibido el uso de banderas, insignias, uniformes, distintivos y análogos que sean contrarios a este Bando y al espíritu que lo inspira, así como el canto de himnos de análoga significación. 

Artículo 7º. Se prohíben igualmente reuniones de cualquier clase que sean aunque tengan lugar en sitios públicos, como restaurantes o cafés, así como las manifestaciones públicas.

Artículo 8.º Quedan en suspenso todas las leyes o disposiciones que no tengan fuerza de tales en todo el territorio nacional, excepto aquellas que por su antigüedad sean ya tradicionales. Las consultas resolverán los casos dudosos. Seguirá en todo su vigor el actual régimen foral de la provincia de Navarra. 

Artículo 9.º Los reclutas en Caja y los soldados de 1.a y 2.a situación de servicio activo y los de reserva que sean acusados de delitos comprendidos en este Bando o en el Código de Justicia Militar, quedan sometidos a la jurisdicción de Guerra. 

Artículo 10.º Quedan sometidas a la censura militar todas las publicaciones impresas de cualquier clase que sean. Para la difusión de noticias se utilizará la radiodifusión y los periódicos, los cuales tienen la obligación de reservar en el lugar que se les indique espacio suficiente para inserción de las noticias oficiales, únicas que sobre orden público y política podrán insertarse. También quedan sometidas a la censura todas las comunicaciones eléctricas, urbanas e interurbanas

Artículo 11.º Queda prohibido por el momento el funcionamiento de todas las estaciones radioemisoras particulares de onda corta y extracorta, incurriendo los infractores en los delitos indicados en los artículos 3.º y 4.º 

Artículo 12.º Ante el bien supremo de la Patria quedan en suspenso todas las garantías individuales establecidas en la Constitución, aun cuando no se hayan consignado especialmente en este bando

Artículo 13.º A los efectos legales, este bando surtirá efecto inmediatamente después de su publicación. 

Por último, espero la colaboración activa de todas las personas patriotas, amantes del orden y la paz, que suspiraban por este movimiento, sin necesidad de que sean requeridas especialmente para ello, ya que siendo sin duda estas personas la mayoría, por apatía, falta de valor cívico o por carencia de una aglutinante que aunara los esfuerzos de todos, hemos sido dominados hasta ahora por unas minorías audaces, sujetas a órdenes de Internacionales de índole varia, pero todas igualmente antiespañoles.

Por todo esto termino con un solo grito, que deseo sea sentido por todos los corazones y repetido por todas las voluntades: VIVA ESPAÑA. 


Pamplona, a 19 de julio de 1936
El General, EMILIO MOLA










710. Discurso del General Mola el 15 de agosto de 1936





“Alguien ha dicho que el Movimiento militar ha sido preparado por unos generales ambiciosos y alentados por ciertos partidos políticos dolidos de una derrota electoral. Esto no es cierto. Nosotros hemos ido al Movimiento, seguidos ardorosamente del pueblo trabajador y honrado, para librar a nuestra Patria del caos, de la anarquía, caos que desde que escaló el Poder el llamado Frente Popular iba preparándose con todo detalle al amparo cínico y hasta con la complacencia morbosa de ciertos gobernantes.

De no haber salido nosotros al paso con tiempo y en fecha oportuna, la Historia de la humanidad hubiera conocido en pleno siglo XX la más sangrienta de las revoluciones, que nos hubiese llevado forzosamente a desaparecer del mapa de Europa como nación libre y civilizada.

Lo ocurrido en todos los lugares del territorio nacional en que los “rojos” han dominado es pequeño botón de muestra de lo que habría sido lo otro: lo que se proyectaba para el 29 de julio, bajo los puños cerrados de las hordas marxistas y a los acordes tristes de La Internacional. Sólo un monstruo, de la compleja constitución psicológica de Azaña, pudo alentar tal catástrofe; monstruo que parece más bien producto de las absurdas experiencias de un nuevo y fantástico doctor Frankenstein que fruto de los amores de una mujer. Yo, cuando al hablarse de este hombre oigo pedir su cabeza, me parece injusto: Azaña debe ser recluido, simplemente recluido, para que escogidos frenópatas estudien en él “un caso”, quizá el más interesante, de degeneración mental, ocurrido desde el hombre primitivo a nuestros días.

Pero todos los horrores que el pueblo español ha padecido, y en algunos puntos sigue aún padeciendo, con ser muchos, no son lo más grave, lo que merece mayor castigo; el mayor castigo lo merece la parte que de tradición a España existe en ciertos manejos de los caudillos del Frente Popular: instigaciones a la desmembración de España; ofrecimientos de territorios isleños a cambio de materiales o morales apoyos, creyendo podrían vencernos; agitación en nuestra zona del Protectorado, para levantarla en armas, labor que ha venido realizando el experto capitán Araña señor Prieto [...] con tan mala intención como falta de éxito; y, por último, el saqueo del oro que se guarda en los sótanos del Banco de España, saqueo del tesoro nacional, caso sin precedentes en la historia de la civilización occidental. Pero, ¡ah!, todo esto se ha de pagar, y se pagará muy caro. La vida de los reos será poco. Les aviso con tiempo y con nobleza: no quiero que se llamen a engaño.

Hace unos días ha dicho una de más significantes figuras del Frente Popular -me refiero al señor Martínez Barrio- que no nos rendíamos, porque no sabíamos cómo hacerlo. No, señor Martínez Barrio, no. Nosotros no hemos pensado jamás en rendirnos, y mucho menos ahora, que tenemos la victoria en nuestras manos [...] le invito a venir a estas tierras en que nosotros dominamos, para que vea cuál es el orden que aquí impera, cuál es la moral y cuál es el sentir de estas gentes nobles; será bien recibido, se lo juro, y así podrá comparar la España que ustedes viven con la nuestra, con la que nosotros disfrutamos, y se dará perfecta cuenta [...] de quiénes son los vencedores en esta contienda cruel, pero necesaria.

¿Se nos pregunta del otro lado que adónde vamos? Es fácil y los hemos repetido muchas veces: a imponer el orden, a dar pan y trabajo a todos los españoles, y a hacer justicia por igual [...]. Y luego, sobre las ruinas que el Frente Popular deje -sangre, fango y lágrimas-, edificar un Estado grande, fuerte, poderoso, que ha de tener por gallardo remate, allá en altura, una Cruz de amplios brazos [...] sacada de los escombros de la España que fue, pues es la Cruz, símbolo de nuestra religión y de nuestra fe, lo único que ha quedado y quedará intacto en esta vorágine de locura [...]

En resumen: ni rendición, ni abrazos de Vergara, ni pactos del Zanjón, ni nada que no sea victoria aplastante y definitiva.”


General Emilio Mola
Discurso en Radio Castilla
Burgos, 15 de agosto de 1936












663. La muerte de Mola

El 3 de junio de 1937 fallecía Emilio Mola, el general encargado de organizar y coordinar el golpe militar en julio de 1936 contra el legítimo gobierno republicano.


Fallecía junto a cuatro militares más -el capitán Chamorro, el sargento Barreda, el teniente coronel Pozas y el comandante de Estado Mayor Senac- al estrellarse el Airspeed AS-6 Envoy en que viajaba, en un solitario cerro en las proximidades de Alcocero, Burgos, más tarde Alcocero de Mola. El avión había pertenecido al Ejército Republicano hasta que la deserción del piloto Fernando Rein Loring lo entrega a manos franquistas, convirtiéndose desde aquel momento en el avión que utilizaría siempre el general Mola para sus desplazamientos.

Fueron muchas las teorías vertidas sobre el accidente, entre ellas el sabotaje.

Son públicas las discrepancias entre Franco y Mola, sobre todo desde que el primero es nombrado Generalísimo en octubre de 1936. También es conocido el enfrentamiento de ambos generales por el bombardeo de Guernica que Mola nunca apoyó y por la forma en que el más tarde dictador gestionó la Guerra.

Trascribimos a continuación unos párrafos extraídos del libro “Serrano Suñer, conciencia y poder” de su biógrafo Ignacio Merino, que sin duda aportan luz sobre la relación de Franco y Mola.


 *


«A esas alturas, el único desafió a su autoridad era el general Mola. Muerto Sanjurjo en los primeros días de la guerra, fusilado Goded y recluido Queipo de Llano en su feudo sevillano, solo quedaba la sombra amenazante del Director, que aunque acató con nobleza la entronización de Franco, no veía con buenos ojos la excesiva concentración de poderes.

-Me alegro de tu nombramiento como generalísimo, jefe del estado y de ese partido tuyo, pero las labores de gobierno y de retaguardia exigen mayor dedicación, mi general.

Franco callaba molesto, y luego se desquitaba con su cuñado.

-Este Mola es un majadero. Claro, como es socialista, ya se sabe.

Había también diferencias de opinión en cuanto a la conducción de la guerra. A Mola le disgustaba la guerra de desgaste y aniquilación emprendida por Franco y su obsesión por tomar Madrid. Era más partidario de tomar el Norte a base de masivos bombardeos aéreos, pensando que Madrid caería por su propio peso. También quiso, al principio de la guerra, que se respetase el régimen republicano y la bandera tricolor.

A finales de Mayo tuvieron un encuentro en Burgos en el que Mola insinuó cierto reparto de poderes. Franco le atajó hablando de la importancia del liderazgo único y de la misión que la Historia le encomendaba. Al salir del despacho, Emilio Mola se encontró con Serrano Suñer. El general iba hecho una furia.

-¿Qué tal mi general?

-Mal Serrano, mal. El Caudillo ya no escucha. Ese coro de aplaudidores lo tiene cegado, pero yo ya estoy determinado. El próximo día que venga pienso proponerle oficialmente que me deje asumir la jefatura del Gobierno y que se quede con la del Ejercito, el Estado y el Partido. ¿Qué le parece a usted?

-Pues que no lo va a tener fácil.

-Bien, ya hablaremos, ahora tengo que irme. Hasta pronto



No volvieron a verse.»

«El 3 de junio, volando de Vitoria a Burgos, cuando con toda la cuestión iba a plantearle la cuestión a Franco, su aparato se estrelló contra el cerro del Alcocero. Las lenguas desatadas hablaron de sabotaje, el parte oficial lo atribuyó a la niebla y puede que hasta fuera alcanzado por algún caza nacional, pues el general viajaba en un Airspeed Envoy que había pertenecido al ejército republicano y que él confiscó a un desertor que se había pasado al bando nacional.

Serrano guardó las últimas palabras que le escuchó (a Mola) en un cofre sin fondo de lo que pudo ser y no fue, comprendiendo que el último escollo había desaparecido, que ya nada se interpondría a su cuñado. Su baraka no lo abandonaba.

En el cuartel general recibieron la noticia con consternación. Nadie se atrevía a dar la noticia al Caudillo, y tuvo que ser el militar de más edad quien le comunicara la trágica pérdida. El almirante Cervera entró nervioso y emocionado en el despacho de Franco, y ante la mirada de este, empezó a perderse entre circunloquios y lamentos. El Generalísimo, impaciente, corto en seco su agonía.

-Vamos, dígamelo de una vez!

-El… general… Mola ha… perecido en accidente de aviación cuando venía hacia el Cuartel General. Estamos anonadados. No… no sabe cuanto lo lamento, mi general.

Franco hizo un gesto mecánico de recoger un papel. No quería contemplar los ojos húmedos del anciano.

-¡Ah, es eso! Creí que iba usted a decirme que habían hundido el Canarias.

Era demasiado evidente que para él no era una pérdida sino un alivio. Su frialdad ante la noticia traspasó los muros de su despacho y llegó hasta los informes de los embajadores de Inglaterra y Francia. A Vegas Latapié le confió más tarde:

-Mola era un cabezota… Al fin y al cabo no es para tanto, un general que muere en el frente… bueno, pues es casi normal.

Pero quien se había muerto no era solo “un general”, sino la cabeza rectora de aquel Alzamiento, el Director, el hombre que, en definitiva debería haber compartido de alguna forma el poder y la gloria con él.



La memoria de Mola quedó diluida entre la multitud de mártires y caídos. Franco le otorgó el título de duque en 1947, con la tranquilidad de quien corona una cabeza que no puede levantarse y en un gesto inaudito de monarca hacia un vasallo leal. La presidencia del Gobierno, que Mola deseaba en persona distinta a Franco, se unió a los demás cargos que ostentaba el Caudillo y continuó así durante 36 años, hasta que Carrero Blanco -el monago oferente- consiguió, aunque por poco tiempo, el nombramiento.»