Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Cultura Popular. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cultura Popular. Mostrar todas las entradas

1378. Alejandro Casona

Fotografía de José Suárez


«Un hombre vale por lo que construye»
Alejandro Casona


María Torres / 23 marzo 2015

Alejandro Rodríguez Álvarez, "el solitario" conocido como Alejandro Casona, fue un excelente dramaturgo y poeta de la Generación del 27. Maestro, hijo de maestros, nieto de un herrero, nació en Besullos, una pequeña aldea asturiana, perdida entre montañas, el 23 de marzo de 1906. Pasó muchas horas en una vieja casa solariega, la más grande de la aldea, llamada "La casona de los siete balcones", donde daba clases su padre. De ella adoptó el seudónimo por el que fue conocido.

El único juguete que tuvo en su infancia fue un castaño (la castañarona), al que su imaginación convertía en castillo, bosque o barco, e impregnaba de aventuras solo imaginables en la mente de un niño.

El trabajo de sus padres como maestros, con destinos separados, hizo que la infancia y juventud de Alejandro discurriera en distintos lugares, una veces con el padre, otras con la madre. Gijón, Palaencia, Murcia y León, formaron parte del periplo de ciudades que recorrió Casona.

La primera vez que presenció una obra de teatro no pudo dormir y le pareció lo mejor que había visto en su vida. La savia del Teatro ya había impregnado sus venas. Aún así, se formó como maestro, estudió Filosofía y Letras, música y declamación. En una ocasión se fugó de casa para hacer sus pinitos como actor en una compañía de San Pedro del Pinatar. Quería ser cómico y aunque la experiencia no resultó tan gratificante como esperaba,  la afición de actor le quedó para siempre.

En 1926 publica su primer libro de poesías, escribe su primer relato dramático y obtiene el título de Inspector de Primera Enseñanza. Dos años después es enviado a Lés, un pueblecito del Valle de Arán, donde crea con los alumnos el teatro infantil “El Pájaro Pinto”, realizado en dialecto aranés. En los tres años que permanece en el Valle, instala comedores, roperos y bibliotecas escolares y eleva el nivel cultural de la comarca. En la escuela de Lés aún se puede ver una placa conmemorativa con el texto: «En esta Escuela nacional de Lés ejerció su magisterio en calidad de inspector el poeta Alejandro Casona por los años 1928-1930 y desde aquí desarrolló una intensa y fructífera labor cultural por toda la tierra del Valle de Arán que él amó entrañablemente de la que recibió decisiva influencia su obra literaria».

En 1931 y por oposición obtiene una plaza en la Inspección Provincial de Madrid, donde se traslada. A esas alturas de su vida ya había escrito varias obras de teatro que a nadie le parecen suficientemente buenas para estrenar. En 1932 publica una serie de leyendas clásicas y medievales "Flor de leyendas", que le valieron el Premio Nacional de Literatura. En 1934 obtiene el premio Lope de Vega por "La Sirena varada". Su cuantía en metálico ascendía a diez mil pesetas de la época y el galardón llevaba implícito el estreno obligatorio de la obra en el Teatro Español.

Pero fue Manuel Barolomé Cossio, presidente del Patronato de las Misiones Pedagógicas, quien le encargó una de las mejores tareas de su vida: la dirección del Teatro ambulante o Teatro del pueblo formado por cincuenta jóvenes estudiantes universitarios de ambos sexos. «¿Tú no dices que te sacudió el teatro la primera vez que lo viste? -le preguntó Cossio- ¿No me contaste que aquella anoche en que viste la primera representación teatral no pudiste dormir?. A los campesinos debe producirles algo igual. Hay que hacerlo.» 

Y lo hizo. Pasó cinco años recorriendo más de quinientos pueblos y aldeas, desde Sanabria a La Mancha y desde Aragón a Extremadura, creando a su paso bibliotecas, distribuyendo fonógrafos y discos de música clásica y popular.

Decía Casona: «Si alguna obra bella puedo enorgullecerme de haber hecho en mi vida, fue aquella; si algo serio he aprendido sobre pueblo y teatro, fue allí donde lo aprendí. Trescientas actuaciones al frente de un cuadro estudiantil y ante públicos de sabiduría, emoción y lenguaje primitivos son una tentadora experiencia»

«Yo he llevado el Teatro del Pueblo, formando parte de las Misio­nes Pedagógicas, por más de 500 pueblos de España. Recuerdo cuando llegamos a Sanabria. Íbamos médicos, ingenieros, peritos agrícolas... Pintamos y decoramos la escuela. Aún recuerdo que pedimos trigo del Canadá y que los resultados fueron magníficos. Mi trabajo funda­mental era dirigir una compañía de teatro. Creo que las representaciones deslumbraban a las gentes más que todo el resto.»

En otoño de 1934, el Teatro llega a San Martín de Castañeda, un pequeño pueblo zamorano de apenas trescientos habitantes repletos de miseria y desesperanza: «Y una cincuentena de estudiantes, sanos y alegres, que llegan con su carga de romances, cantares y comedias. Generosa carga, es cierto, pero ¡qué pobre allí! El choque inesperado con aquella realidad brutal nos sobrecogió dolorosamente a todos. Necesitaban pan, necesitaban medicinas, necesitaban los apoyos primarios de una vida insostenible con sus propias fuerzas... y sólo canciones y poemas llevábamos en el zurrón misional aquel día»

«Que oigan en Madrid cómo vivimos; que sepa el Gobierno...» 
Casona entiende que antes que teatro lo que necesitan es ayuda: «...darles, junto a las normas higiénicas, la posibilidad de cumplir­las; llevarles abonos y semillas y enseñarles prácticamente las mejoras posibles de sus cultivos tradicionales; dotar a esas escuelas de material útil; fundar comedores y roperos; trabajar por estos niños, por estos campesinos, con la inteligencia y con las manos en comunión de ideales e intereses... Obra educativa siempre cen­trada en la escuela, con su carga de futuro sembrada en la infancia.»

Años después Casona escribía que «algunos espíritus derrotistas pre­guntaban maliciosamente: ¿No estarán ustedes cometiendo un pecado de ingenuidad? Goya, Velázquez, Lope, ¿no son alimentos demasiado exquisitos para un pueblo sin libros?»  Y recordaba cuando en la primavera de 1936, el dramaturgo Henri-René Lenormand le acompañó a una actuación del Teatro de las Misiones Pedagógicas a Zarzalejo de la Sierra: «Lenormand, cuya alma de niño curioso contrasta inesperada­mente con la hosca amargura de su teatro, contemplaba asombrado el espectáculo de un pueblo campesino que subrayaba con su alegría inteligente y su aplauso oportuno los pasajes más felices de una farsa de Moliere, de un entremés de Cervantes y una jácara de Calderón: "Este público –me decía– es lo mejor del espec­táculo. Los estudiantes franceses, los Théofiliens de la Sorbona, también han tratado de resucitar el viejo teatro, pero con un sen­tido puramente áulico y de erudición, de espaldas al pueblo. Aquello es el arte por el arte; ustedes, en cambio, han emprendido el verdadero camino: el arte al servicio de la vida pública. He ahí la gran consigna".»

Ese entusiasta pueblo de Zarzalejo contemplaría pocos meses después el fusilamiento de obreros y campesinos en la misma plaza donde habían aplaudido los entremeses de Cervantes.

Las última representación del Teatro del Pueblo dirigido por Alejandro Casona tuvo lugar en julio de 1936, ya iniciada la Guerra, en el Hospital de sangre Giner de los Ríos de Madrid.

Hasta entonces,  Casona, abanderado de la República, vive un periodo de éxito y reconocimiento. Se convierte en uno de los autores más aplaudidos, pero la Guerra acaba con sus expectativas de futuro. Alguien dijo que si no se hubiera marchado de España hubiera acabado fusilado como Lorca, ya que no le hubieran perdonado la autoría de "Nuestra Natacha", una de las obras más progresistas de la época, estrenada en 1935. 

El 17 de febrero de 1937 abandona España. Antes fue testigo del traslado de los cuadros del Museo del Prado y del daño que les produjo los bombardeos: «Yo hubiera preferido verlos para siempre con sus cicatrices de guerra, compartiendo su suerte de pueblo. Porque también ellos, como el pueblo de España, sufrieron en su carne eterna el terror, la persecución y el destierro. Y junto a los heridos de los hospitales eran un buen símbolo fraternal esos dos heridos ilustres del Museo».

Refugiado en Francia, como director artístico de la compañía de Josefina Díaz y Manuel Collado, con quienes emprendería una gran gira por América del Sur, espera el encuentro con su mujer y su hija, quienes son rescatadas por la Cruz Roja Internacional. Una vez juntos, embarcan en el buque Cherburgo con destino a México.

El 13 de octubre de 1937 el Gobierno de la República le nombra vocal del Consejo Central de Teatro, organismo creado en agosto de ese mismo año y dirigido por Josep Renau. Unos meses después le encomienda la misión de propaganda cultural en América del Sur.

Desde tierras americanas Casona no es ajeno a la tragedia que se cierne sobre España: «Ahora estamos viviendo en su máxima intensidad la tragedia ini­ciada en tierra española, que pronto había de incendiar a toda Europa. Los jóvenes maestros de la República han pagado en carne y sangre el delito de educar a la nueva infancia para una ciu­dadanía de libertad y de cultura: unos han caído ante el pelotón, otros aguardan el nuevo amanecer en la desolada fatiga de los campos de concentración o en el hospitalario destierro de Amé­rica. Y los programas escolares de España han vuelto a reducirse a la estúpida estrechez de las «cuatro reglas», los silabarios y el cate­cismo cantados a coro, y la historia nacional «a partir del glorioso Movimiento». Pero la semilla no se ha perdido; el pueblo la conserva allá, bajo el frío silencio de su esclavitud, como la sembradura de trigo bajo la nieve. Conoce ya el fecundo valor social de la escuela, cuya ausencia actual es una de sus muchas hambres. Sabe que esta lucha universal, comenzada en las bardas de su aldea, además de sus postulados de libertad y de justicia, entraña un duelo a muerte entre las fuerzas de la barbarie y de la inteligencia. Y espera que un mañana próximo, sus maestros han de regresar, sus bellas escuelas volverán a abrirse tras las sangrientas vacaciones; y sobre el horizonte del trabajo y la paz, volverá a florecer la eterna prima­vera de la cultura.»

Desde México escribe a Luis Amado Blanco: «De España no sé que decirte; tengo fe en el triunfo final sí, a pesar de esta bárbara actitud alemana, que indica cómo el fascismo está dispuesto a todo. De todos modos, nuestra amable vida de allá ha terminado; me imagino un futuro Madrid de vida dura, áspera; un Madrid de volver a empezar. Y nosotros, jóvenes para nuestra vida de entonces somos ya viejos para eso. Nos han destrozado irremediablemente. Pero otra vida; la nuestra, ya pasó. ¡Y qué bonita era!, ¿te acuerdas? Para el futuro, teatro de combate, cine de combate, organización en masa, disciplina. Para los hijos, todo el horizonte; para nosotros, recordar un poco ¡ya! Y esfuerzo de adaptación. Sólo el consuelo de pensar que lo otro sería tan cien veces peor que ni podríamos respirarlo. Desde que empezó esto dedico media hora diaria a cagarme en Dios, y no me basta. ¿Con cuántas vidas podría pagarnos Franco lo que nos ha hecho? El resto de las horas se lo dedico a él».

Con la compañía de Josefina Díaz y Manuel Collado realiza una gira de dos años por México, Puerto Rico, Columbia, Venezuela y Perú. En julio de 1939 se establece en Buenos Aires, ciudad que durante la década de los cuarenta se convierte en la capital del teatro republicano español. Sigue escribiendo teatro, a la vez que realiza colaboraciones periodísticas, traducciones, adaptaciones, guiones, charlas radiofónicas y conferencias. Sus obras son representadas en varios continentes y cosecha un gran éxito internacional. Es el dramaturgo más representado del exilio español. "Los árboles mueren de pié", estrenada en 1949, permaneció en cartel hasta 1952.

Añora España y sus raíces, pero sus convicciones republicanas siguen inalterables. Se opone a las representaciones de sus obras en España, donde es prácticamente un autor desconocido, silenciado por el Régimen.

En 1956 pasa unas pocas horas en Barcelona para visitar a su padre. Seis años después recibe una invitación de José Tamayo para el reestreno de "La dama del alba" el 22 de abril en el Teatro Bellas Artes. Acepta la invitación y regresa a España temporalmente. Cuentan que el día del estreno en uno de los palcos se encontraba Carmen Polo, la esposa del dictador.

Su regreso definitivo se produce en 1963, tras veinticinco años de exilio. En octubre de 1964 estrena su última obra titulada “El caballero de las espuelas de oro”, sobre la figura de Quevedo. Su regreso produjo efectos contradictorios, el público lo recibió con entusiasmo y una parte de la crítica le trató con dureza.

Era una víctima del exilio que continuaba haciendo lo que mejor sabía hacer y como siempre lo había hecho: «En cuanto a la gente, me he tropezado, como es natural, con el enemigo resuelto -unas veces de frente, y otras embozado- dispuesto a la última calumnia y a la última vileza; pero de verdad mucho menos de los que esperaba. En general hay un ánimo dispuesto al diálogo, una actitud respetuosa y unas ganas evidentes de no hablar de aquello. Finalmente el público, aquí como en todas partes, cuando va al teatro va sólo a ver teatro, sin importarle la filiación del autor».

No se separó, por imperativo moral, ni un milímetro del lugar que siempre ocupó al lado de los ideales, los sueños, y la libertad.

«Yo vivo en el teatro. Cuando llegué de América me encontré con un problema. No podía hablar de una sociedad que apenas conocía la dramática de las contingencias. Hube de apoyarme en lo que es permanente y universal en el hombre. Por otra parte, yo estaba en casa ajena y no podía denunciar, instruir. Tenía que escribir el teatro de amor, del odio, de la venganza. Por eso me pueden acusar, con razón, de estar desligado del dato contingente, pero no del hombre».

Vuelve a emocionarse con los aplausos, regresa a las montañas asturianas, a Besullos y a la "Casona de los siete balcones".  Saborea los olores y aromas de su tierra y confiesa: «Hay una premonición de la muerte que es la voz de la sangre y llama hacia el rincón natal».

Tras varias intervenciones coronarias, fallece el 17 de septiembre de 1965. «Ha muerto uno de nuestros dramaturgos y poetas más notables en su regreso conmovedor a la tierra natal», decían los titulares de prensa.








1075. José Manaut Viglietti y «Cultura Popular»

La II República declaró principal función del Estado la enseñanza en todos sus niveles. Era su deber crear y difundir la cultura en todos sus ámbitos en beneficio del pueblo. Así creó nuevas escuelas primarias y secundarias y, junto a ellas, las Misiones Pedagógicas -formadas por maestros y estudiantes- para que recorrieran todas las regiones de España, llevándoles música y representaciones teatrales. Las nuevas escuelas levantadas eran en muchas poblaciones el mejor edificio que a veces superaba a la iglesia. En cuanto a la enseñanza universitaria, se hicieron reformas importantes en favor de su modernización: se creó, por ejemplo, en la Universidad de Madrid la Facultad de Pedagogía para mejorar la formación del personal docente. Pero la enseñanza sufrió un duro golpe con la Guerra Civil. Muchos de los estudiantes universitarios se vieron forzados a ingresar en los ejércitos de ambas zonas y numerosas escuelas no pudieron funcionar por falta de maestros. Los intelectuales -en la zona republicana- se agruparon en la «Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura» (AIADC). Los universitarios se agruparon en la FUE, en la FUHA y en «Cultura Popular», entidad que desde el comienzo de la contienda nació en Madrid para integrar en sí las funciones de las Misiones Pedagógicas y extender su obra a los frentes de batalla, a los hospitales de sangre, a las fábricas, a los centros obreros, etc. Su labor primordial era, sin embargo, dotar de prensa y pequeñas bibliotecas a combatientes y trabajadores, para su formación cultural, información o entretenimiento. «Cultura Popular» -con este propósito- atraía a intelectuales, poetas y estudiantes que no sólo distribuían libros y periódicos sino que celebraban recitales, charlas, actuaciones teatrales, danzas, etc. Establecida en el palacete Revillajijedo de la calle Sacramento, pasaron por «Cultura Popular» escritores como Ramón Sender, poetas como Rafael Alberti, Emilio Prados y Arturo Serrano Plaja, además de jóvenes que empezaban a escribir y a publicar. De manera constante, trabajaron por un tiempo José María Quiroga Pla, el profesor Emilio Gómez Nadal, junto a los maestros Justo Escobar y Enrique González. Muchos jóvenes de ambos sexos -«anónimos» hoy para mí- ayudaron en arduas tareas menores pero sustanciales.

En cuanto a los «fundadores» de «Cultura Popular», recuerdo a Teresa Andrés Zamora -bibliotecaria de Palacio-, Juan Vicens de la Llave y Tomás García. Ellos fueron los primeros en organizar esta institución que salvó bibliotecas -desde el comienzo de la contienda hasta el final-, ayudando culturalmente a defensores y víctimas del Madrid asediado por la guerra. Cuando abandonaron sus puestos, tomaron la dirección y asumieron sus responsabilidades la profesora Carmen Iglesias Fernández y el escritor -y también capitán del ejército republicano- Francisco Ribes, ayudados por nuevos jóvenes voluntarios de ambos sexos.

Cuando el cerco de la capital obligó al Gobierno a trasladarse a Valencia, «Cultura Popular» se sintió obligada a proseguir su labor en la nueva zona de levante y principalmente del frente de Teruel. Así abrió una nueva sede en la ciudad valenciana. Teresa Andrés Zamora -por entonces Secretaria de Bibliotecas del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico- y Tomás García -Secretario General de la sede madrileña de «Cultura Popular»- fundaron en el mes de enero de 1937 el nuevo centro de Valencia, que nació de modo diferente. Se procedió a invitar a los secretarios culturales de todos los partidos políticos, con el fin de que todo el Frente Popular colaborara en las labores de la institución, tan valiosa para la guerra como para la paz. La primera reunión se efectuó en un local de Izquierda Republicana y en el mes de enero de 1937. Cada partido político, la Alianza de Intelectuales y las asociaciones estudiantiles enviaron un representante al acto de fundación, presidido naturalmente por Tomás García. Se distribuyeron los cargos según la preparación y preferencias de los delegados. Fue elegido secretario general de la institución el representante de la Alianza de Intelectuales, José Manaut Viglietti, pintor y profesor de Instituto. No recuerdo el nombre de los otros miembros ni de las secciones que les otorgaron. A mí me correspondió organizar y dirigir la sección de Bibliotecas, representando a la Federación Universitaria Hispanoamericana (FUHA) por ser estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid y haber trabajado ya en la mencionada sección de bibliotecas de la sede madrileña. Se nos concedió para nuestras funciones un local abandonado de la calle de la Paz y fue difícil tarea ponerlo en condiciones. La labor de limpieza previa me correspondió a mí -como única mujer del consejo directivo- y a José Manaut la adquisición de un mínimo amueblado y utillaje para empezar a actuar, solicitando la cooperación de instituciones y autoridades. Ardua labor la suya y así empezamos con la mayor pobreza, salvo polvo y nicotina por todas partes. Cuando obtuve los primeros libros -donados por la Distribuidora de Publicaciones del Ministerio de Instrucción Pública, algunas editoriales, centros de cultura inactivos, «yacimientos» de bibliotecas destinadas al fuego de cocinas y estufas, etc., tuve que ordenarlos en cajas de cartón a manera de estantes... José Manaut se afanó en conseguir ayudas de toda índole, con una decisión y constancia heroicas. Al fin tuvimos estanterías de pino para el depósito de libros, unos pocos muebles usados y maltrechos -mesas y sillas- para las oficinas y, finalmente, mostradores y «decentes» librerías para la Biblioteca Circulante que se instaló en beneficio de la ciudadanía valenciana, carente de centros y programas culturales. Para favorecer esta biblioteca, José Manaut logró constituir después la «Asociación de Amigos de ‘Cultura Popular’», porque había cesado la aportación económica del Ministerio de Instrucción Pública, y había que encontrar nuevas fuentes para su sostenimiento.

José Manaut también consiguió que Radio Valencia cediera a «Cultura Popular» un espacio radiofónico de una hora semanal para transmitir nuestros programas de información cultural, de arte y de literatura. Desde su micrófono, reivindicamos la figura de don Miguel de Unamuno -acusado de «franquista»-, comentamos la obra y personalidad de escritores progresistas de diversos países, recitamos poemas y comentamos textos clásicos y actuales, llevamos a Miguel Hernández -a su paso por Valencia- a leernos sus últimos poemas de Viento del pueblo, y aún recuerdo con emoción profunda su voz y gesto al leer la «Canción del esposo soldado», «El niño yuntero» y «Sentado sobre los muertos»

«Cultura Popular» ideó otras actividades en Valencia -no realizadas en Madrid a causa del asedio bélico-: la ya mencionada Biblioteca Circulante, «Cursillos Culturales para Obreros» y jóvenes no escolarizados, la publicación de pequeñas ediciones propias -aunque sólo pudimos sacar a luz un sólo libro (del poeta valenciano Miquel Durán de Valencia)-.Y llevamos cine y una biblioteca al batallón que combatía en Teruel y estaba acuartelado en Torija. Instalamos un rincón de cultura y Biblioteca en el Hospital de Sangre de Izquierda Republicana en el Camino del Grao, inaugurándola con un acto en el que participó José María Quiroga Pla, al ser uno de sus más distinguidos pacientes.

Al no estar cerca de las trincheras, no podíamos llevar a ellas los libros y prensa que requerían los soldados. Nos pusimos en contacto con los milicianos y Comisarios de Cultura de los frentes de Andalucía y de Aragón para solucionar el problema. José Manaut y la Sección de Bibliotecas sugerimos -lográndolo- fabricar unas pequeñas bibliotecas ambulantes y transportables por el miliciano o delegado de cultura -que actuaría como bibliotecario y velaría por la conservación de los libros-, consistiendo en un cajoncillo rectangular de unos 80 centímetros, tapa con llave que servía como pupitre, correa lateral para cargarla sobre los hombros y sillín plegable que servía de base o de asiento. El invento fue todo un éxito y pocos batallones carecieron de él. José Manaut consiguió el carpintero que los fabricó y la suma necesaria para la empresa.

José Manaut no sólo estuvo en contacto con el Ministerio de Instrucción Pública republicano -como pintor y profesor de dibujo- sino con la Dirección General de Bellas Artes, pues una de las misiones de nuestra institución era organizar exposiciones. Entre éstas, la más importante fue la presentación -en nuestro local de la calle de la Paz- de una estatua Pasionaria esculpida por Victorio Macho. Josep Renau presidió el acto de inauguración: él y José Manaut hablaron con encendida palabra tanto del artista como de Dolores Ibárruri. Con anterioridad, Renau había inaugurado en nuestro centro una Exposición de Dibujos Infantiles sobre el tema de la guerra, pronunciando adecuado discurso: José Manaut fue quien se encargó de la tarea de conseguir los dibujos en los centros escolares precarios entonces. Manaut simultaneaba sus clases en el Instituto con la dirección de «Cultura Popular» y actos en que era necesaria su representación. Otra labor nueva realizada por «Cultura Popular» en Valencia fue la presentación semanal de periódicos murales -que salían a la calle-, en los que se combinaban artículos de cultura general, información sobre las artes y las letras, con fotomontajes adecuados a los textos, o ilustrados con dibujos y viñetas en los títulos.

José Manaut -antes de incorporarse a filas- animó a nuestra entidad a participar en los trabajos de «recuperación», en la inmensa tarea de salvar el patrimonio artístico, especialmente en cuanto se refería a fondos bibliográficos. Nuestra participación fue muy positiva al rescatar valiosas ediciones y hasta manuscritos.

La actividad de Manaut nos pareció siempre ejemplar, estimulante y admirable, en circunstancias tremendamente difíciles. Su obra merece ser rescatada para la memoria histórica de España y, sobre todo, de su Valencia natal. Él -como todos los que colaboramos en su gestación y desarrollo- deseaba -«soñábamos»- que «Cultura Popular» se integrase como «biblioteca especial» dentro de la gran red de bibliotecas públicas de España -diseñada por doña María Moliner-, añadiendo por su parte sus diversas pero específicas y siempre actuales actividades culturales.


Concha Zardoya

Texto publicado en el catálogo de la Exposición "José Manaut: Óleos y dibujos desde la prisión, 1943-1944" editado por las Universidades Carlos III de Madrid y de Valencia en 2002.












1042. Cultura y Pueblo




Estos dos términos, cultura y pueblo, sobresalen de todas las voces que llenan el momento actual, destacándose con unánime impulso, con franca voluntad, o más bien forzosidad, de fusionarse. Qué último fondo intencional, qué vital interés y qué propósito guía a cada uno de estos elementos a aproximarse al otro, es lo que es necesario aclarar antes de seguir combinando los dos sustantivos con todas las preposiciones posibles, como es uso.

Nótese el prurito, a veces desconcertante, de cultura que desde el comienzo de la revolución se hace ostensible en todas las manifestaciones del pueblo. Teniendo por norma dudar cuanto se trata de la autenticidad de los hechos, podríamos temer que no fuese más que una iniciación sostenida por algunos intelectuales; pero si pensamos profundamente en las características de la revolución actual; si llegamos a comprender qué es lo que se salda en ella verdaderamente original y decisivo, tendremos que convenir en que es, precisamente, la posición del pueblo respecto a la cultura y de la cultura respecto al pueblo.

Basta tener en cuenta algunos puntos principales. Las últimas fórmulas de la ciencia social, han sido ya implantadas por la revolución rusa. Cierto que España lucha hoy día por alcanzar una madurez política y económica en todo semejante; pero una revolución no se repite por la misma razón que un ser no nace dos veces. Una revolución no se repite como un texto de historia en diferentes aulas; la vive un pueblo y ningún otro puede volver a vivir la misma. La revolución española carecería de razón vital si no tuviese un porqué inédito, si no tratase más que de implantar en nuestra patria las perfecciones ya logradas por otro pueblo. Y, en realidad, es difícil ver aún, entre todo lo que se manifiesta, cuál es nuestro proyecto genuino.

Hasta ahora, los grandes cambios sociales que pudiéramos repasar en los trazos más salientes de la historia, han tenido siempre por objeto establecer las últimas conclusiones del pensamiento humano. Era, precisamente, la madurez de una nueva creencia lo que hacía a los hombres derrocar las viejas jerarquías, y el encadenamiento de los hechos históricos se sucedía así con perfecta congruencia. Pero es preciso que consideremos el último movimiento social, esto es, el marxismo, como punto final en nuestro presente ideológico. Tanto es así –aunque no es esta la ocasión de demostrarlo– que el movimiento que naturalmente se le ha contrapuesto, el fascismo, tiene como principal, acaso como único sentido, el de ¡alto! El fascismo lo que propugna, aparte de su intolerancia con las transformaciones de la economía –que, más o menos, ha tenido que simular para poder subsistir–, es, ante todo, no avanzar en el derrotero tomado por el pensamiento, no continuar la especulación y sus albures disolventes, no asomarse al vacío de ese punto final que avalora el porvenir.

El pueblo español, hubiera buscado aún durante algún tiempo la fórmula de su revolución, y no por falta de adiestramiento en las disciplinas políticas, sino sólo por falta de ese aliento creador que lleva a los trances de vida o muerte. Pero ha bastado que pesase una amenaza sobre la independencia de su alma para que haya podido realizar su revolución, con una secreta consigna que no llega a aflorar en ninguna conciencia, continuar.

El pueblo, no puede sentir jamás la necesidad ni siquiera la conveniencia de la contención. Un pueblo que aceptase mantenerse en los límites morales, remontados ya por generaciones extinguidas, sería un pueblo sin vitalidad en su sentido moral. El pueblo, en cuanto pueblo, no puede llegar jamás a esa actitud por cultura; sí por relajamiento.

Lo propio de un pueblo que confía en sus reservas, que no siente agotadas sus venas creadoras, es exigir de la cultura –y exigirlo con toda incontinencia– que continúe su marcha hacia los posibles más arriesgados, pues como no puede medirlos de antemano, no le empavorecen.

Hay un solo punto de enlace real entre estas dos entidades de que nos ocupamos: la moral. Un conjunto de determinaciones ideales, lógicas, perfectamente congruentes y recíprocamente complementarias del sentir humano. En las estaciones –empleando este término por aludir a la madurez de las ideas– en que el pensamiento ha alcanzado grandes contenidos sustanciosos y concretos, el sentido moral ha rebasado sus mismos preceptos, informando la totalidad de la vida, difundiéndose por cauces insospechables, arraigando espontáneo en el puro campo intuitivo; sin olvidar las formas inferiores de contagio y hábito que no carecen de importancia. Pero el presente –recurriendo siempre a la brevedad de la metáfora– ha logrado todo su esplendor por eliminación; los últimos hallazgos del pensamiento no son más que exclusiones. ¿Cómo conectar éstos, que para la ciencia son puntos positivos, con el sentir natural que en el primer intento se extendería por ellos, notándose los vacíos y, por tanto, considerándose manco, disipándose en esta duda, en esta satisfacción?

Ese sentido, representado en la ocasión y lugar a que nos referimos por el pueblo, exige nutrirse de evidentes realidades que emanen, y a un tiempo recaigan, en su presente; de realidades que patentemente actúen en su sentir, y, en consecuencia, informen su actuar. Imposible retrotraerse al inmediato pasado cuya actualidad hemos visto morir. Lo que hay de positivo en el espíritu conservador requiere que las cosas tengan el prestigio de la muerte para proyectar sobre ellas su acción renacentista. Y todavía no es la hora de reactivar antiguos valores, ni siquiera de patentizar los nexos perdurables que ligan forzosamente a todo momento histórico con sus anteriores. La empresa del nuestro es afrontar el conflicto en que culmina hoy día el más elevado pensar, acogerle en el sentido entrañable, unirse a él y correr su suerte.

Esta es la decisión subracional que induce al pueblo hacia la cultura,  y no otra cosa que su propio conflicto es lo que lleva a la cultura a abrirse al pueblo.

La cultura, al haber relegado la idea de Dios a términos casi inaprehensibles para el conocimiento, busca entre las fuerzas anárquicas del pueblo el sentido latente, el inextinguible aliento que animó la vida de Dios.


*


Los párrafos anteriores no son más que un paso desalentado sobre puntos hartos sensibles y preciosos. Toda su complejidad queda esquivada, su verdadera demostración omitida; por tanto, el aproximado resumen que puedan componer, tiene que ser enteramente confiado a la rectitud del entendimiento que se disponga a suplir argumentos y entrever alusiones.

El propósito de este ensayo no es estudiar los hechos de que venimos hablando; los deducimos aquí brevemente de síntesis meditadas antes, que algún día tendrán desarrollo, y si, aunque sea con reservas, pueden darse por admitidos, afrontaremos el verdadero empeño que lo guía y que es dilucidar si el comercio entre pueblo y cultura, por sus vías y trámites actuales, delata una real y verdadera eficiencia, y si la parte a quien está confiada la actividad más explícita, la que ha de conducir al pueblo hacia lo que es su objeto, esto es, los creadores de cultura, los intelectuales, estamos en realidad cumpliendo con nuestro verdadero deber.

Ciertamente, la actividad que se desarrolla con este fin es grande; sólo falta saber si de modo acertado se complementan en esta ocasión sentido y forma.

Si buscamos los elementos prerevolucionarios en los campos prácticamente ajenos al movimiento social, esto es, en la poesía, literatura en general, filosofía, &c., encontraremos que acaso el más pertinaz y significativo sea la preocupación –manía llega a veces a constituir– por el folklore. No es esta la ocasión de citar un estudio de un malogrado escritor español sobre la aparición de las formas populares como anuncio de las revoluciones del dieciocho, pero conviene traer a la memoria cómo en ese momento histórico el nuevo sentido se anunciaba con cierta visualidad capciosa y conviene también comparar este hecho con el mayor cataclismo que la historia señala: la transformación del mundo antiguo en el cristiano, notando que en éste lo que de la nueva era se anticipaba, infiltrándose irresistiblemente en arte, filosofía y costumbres, era el estricto sentido nuclear de la teoría futura: la piedad. Todo lo que pudiera considerarse forma del anterior modo de vida fue relegado por los que adoptaban la nueva teoría o demolido por los propugnadores de ella sin sustituirlo con nada, porque el hombre en aquel momento se abismaba totalmente en el nuevo sentido y sólo en el sentido.

Por qué a través de tan largo lapso {Imposible aludir al Renacimiento, pues la más simple exposición, libre de tópicos, sería extensísima} las modificaciones de la vida material fueron tales y tales; por qué la repugnancia por las formas del orden acabado no fue después tan radical, sería conveniente estudiarlo largamente, pero tendremos que limitarnos a señalar sólo el motivo más clásicamente dilucidado: el hombre del XVIII, en contraposición con el cristiano, lucha por la felicidad en este mundo. Partiendo de esto, notemos la más simple diferencia: el cristiano concibe una nueva vida para todos los hombres; el revolucionario de la época de las libertades y derechos lucha por elevar el nivel material de la vida a ciertos hombres y el moral de los demás en la relación de unos con otros. Es decir, que, el tema, pasa de religioso a social, sin abandonar el acento mítico al tratar del hombre. Es en Rusia, en la Rusia que nos es tan próxima, pues todos más o menos la hemos visto nacer, donde la idea de pueblo, ya adulta desde entonces, logra adquirir su hegemonía, y de allí llega a nuestra España como acicate irresistible que pone en marcha los más enmohecidos resortes del alma nacional.

Y ahora, en medio de esta revolución que hace el pueblo por y para el pueblo, atrevámonos a preguntar: ¿qué es el pueblo para el pueblo?

El erudito podría, con autoridad, respondernos: el pueblo es ese venero de sabiduría, de poesía, de sentido que muestra en el folklore. Y sin autoridad, pero con aplomo, forman ya legión los instructores del pueblo que tal cosa propugnan. Pero, sostenerlo, en la hora del examen de conciencia, sería funesto error o impostura aleve.

El pueblo es, como dijimos en párrafos anteriores, ese yacimiento que hoy busca la cultura para vivificar sus raíces. En la madurez de las ciencias naturales fue cuando cobraron importancia las formas zoológicas primarias. Solamente cuando el conocimiento de la vida, en todas sus manifestaciones, hubo llegado a alcanzar alturas casi inmensurables, es cuando esos tiernos esbozos pudieron ser divisados en el conjunto, en la extensa perspectiva de la sabiduría humana. Sólo entonces pudieron ser consultados, superestimados, sus secretos. Así, para el sabio actual, para el que puede abarcar en su grandiosa fábrica la historia de la cultura, destacan hoy día esos puntos iniciales, esas tiernas intuiciones, esas nociones de tan simple e informe cuerpo, pero de tan precioso broche.

Puede servir para medir la capacidad de un hombre culto su aptitud para insertar las fórmulas del folklore en su debido lugar y para desentrañar la complejidad de su alcance. Si se busca un modo de conocimiento exangüe, zurdo, estéril, en una palabra, no se encontrará otro que llene mejor las condiciones que este de poner ante el pueblo formas populares. Bastaría notar que estos graciosos trazos, que hoy nos encantan, no nacieron en vista de modelos candorosos que ofreciesen problemas elementales. No; su elementalidad es mera cuestión ordinal. Es decir, que había que empezar por algo y se empezaba por lo primero. Pero, ¿con qué impulso? ¿A qué anhelo o pretensión apuntaba su eje o directriz? No es posible dudarlo: su meta es el límite de la posibilidad del hombre. Tanto los surgidos como leve balbuceo, antes que ninguna forma madura, como los creados por el hombre próximo a la tierra, privado de la sociedad culta, de frente a una cultura admirada u odiada, perseguido o inadvertido por ella; todos, en fin, tienen las medidas de los grandes cánones; todos aspiran, o acaso atentan, a la perfecta norma que lleva al hombre más allá de sí mismo.

Este es el argumento burdo que sale al paso nada más pensar en este tema, pero hay un número incalculable de otros más sutiles.

Otro derrotero de la corriente cultura-pueblo es el elemento romántico, en sus aspectos de evocación, añoranza, enajenamiento. Nótese la diferencia que existe entre estas dos actitudes de la cultura respecto a sus fuentes u orígenes. Una, busca sus ramales primarios para seguir su sentido a través del entramado de la experiencia; otra, evoca la frescura de sus primeros frutos, que añora desde la pesadumbre del conocimiento y que pueden servirla para renovar el panorama de la conciencia.

En el arte romántico la antigüedad es un lugar de fuga; la pintura y la música la abordaron desde la perfección de sus técnicas sabias sin afectar formas ingenuas. La poesía únicamente revivió el romance, pero siempre, claro está, situándole en una lejanía de acción en un decorado exótico en su tiempo.

Pensar que el pueblo pueda encontrarse jamás en una de estas dos posiciones es locura o ignorancia imperdonable. El pueblo, ni puede estudiarse ni puede añorarse a sí mismo. No puede desear para su expresión una vía más simple y elemental que lo que el tráfico de su alma actual requiere. Si todos estamos de acuerdo, y ha llegado a adquirir firmeza tópica «el arte es uno», es preciso reconocer que la técnica es una, y que una brigada motorizada no puede recitar su gesta en romance sin convertirse en el monstruo de anacronismo más anfibio. Esto no admite discusión: el romance y el pentamotor no pueden coexistir en una hora. El pueblo que ve volar sobre su cabeza las máquinas forjadas por sus manos, que sabe la cifra de las revoluciones de su hélice, y sabe cómo procede en su trayectoria el proyectil que le combate; el pueblo que conoce este admirable artificio de la técnica en todo el lujo de su retórica, ¿puede expresarse en el balbuceo poético que no tiene, bien mirado, más mérito ni encanto que los atisbos logrados en los ejemplares originarios?

Bien es verdad que el daño que tal prejuicio acarrea no recae sólo en el pueblo; los jóvenes intelectuales que se ejercitan en esto creyéndolo deber cívico, no hacen más que adulterar su escuela; la marcha propia que la poesía podría llevar por sí misma, no hace más que destruir las normas que le son consustanciales, esto es, el ser la expresión de las nociones más directas e inmediatas, degradándola hasta el plagio, hasta la mortal repetición y, por tanto, anulando los intentos juveniles de su genio que, en aquel que lo posea, se revelará algún día, tal vez arrastrando en su horror y repugnancia cosas valiosas que no debieron nunca someterse a esta prueba.

Esta intelectualidad joven, unida al pueblo en lo más puro y firme de su voluntad, sufre con él el espejismo de la pseudocultura, se disipa en la obsesión del teatro, en las interpretaciones históricas, frívolas, cuando no torcidas premeditadamente.

Sería preciso un estudio, sin límite de espacio ni esfuerzo, para encarecer el peligro de obtusidad, de ininteligencia, en que precipita al pueblo una interpretación errónea de la historia –hablo a los que creen en el pueblo– en este momento en que la historia es nuestro más poderoso caudal de conocimiento, porque esta hora en que el pueblo está en carne viva; y, simplemente, porque esta hora es inolvidable hará suyo todo lo que le sea coetáneo en ella.

La historia, ya en otras ocasiones, ha servido de estímulo para enardecer los ánimos; nuestros políticos del siglo pasado adobaban sus discursos sobre temas provinciales con la evocación de romanos y godos a cada paso, pero este juego no puede repetirse aunque ahora se le presente con mejor decorado. Los gritos revolucionarios no tienen que salir de la historia. Si no hay una realidad viva que lance esos gritos como única voz propia, no merecerán nunca ser escuchados.

Cuando llegue el reposo, cuando no nos inquiete ni irrite el presente hasta turbar nuestra razón, tendremos tiempo de mirar la historia con la profunda devoción que requiere, hasta comprenderla de tal modo que siempre creamos tenerla delante, porque disfrazando una cita harto gloriosa, el pasado está patente en el presente como el presente latente en el pasado.

Cuando esto sea realidad admitida, el presente volverá a tener sentido y el pueblo será oído nuevamente.

Hasta ahora el intelectual se empeña en dejar de ser dómine y convertirse en camarada, pero, ¿cómo se atreve a llamarse camarada el intelectual que es ciego a la vida de la calle, que no ha sabido crear nada profundamente arraigado en la realidad circundante? Camaradas del pueblo fueron los grandes novelistas del siglo pasado, los mejores escritores españoles del XVII. {Los prosistas: los grandes poetas, en su vena popular, son abominables. El error que ahora señalamos intenta ser cimentado en Góngora y Lope, pero entenderlo así es adulterar la verdad manifiesta} De esta camaradería –en su más puro sentido– no podemos dudar, porque con una escena, una frase, la descripción de un hombre o de una estancia, nos hablan de algo convivido. Hay en la gran literatura mesas que no pueden haber sido vistas desde la puerta, caminos que forzosamente han sido andados. El novelista es hoy día el único escritor que puede ser popular, es decir, llegar al pueblo sin disfrazarse de pueblo, y en España, desde Galdós hasta ahora, no ha habido ningún gran novelista {Si hiciéramos aquí crítica literaria señalaríamos una genial excepción}. Se ha dejado al pueblo corromperse en los espectáculos teatrales más anodinos y canallas, y a última hora, para redimirle, se le empieza a excitar con exotismos, en el menudo género de cancionistas, el prurito folk-lórico de atavíos antiguos y motivos sencillos; en la comedia socializante, nombres extranjeros; en los personajes, alusiones más o menos vagas a todo lo lejano y desconocido que, por tanto, puede albergar la más desarticulada teoría.

Este gran artilugio que pretende, en cierto modo, alcanzar un marchamo romántico, no logrará nunca el prestigio de aquella hirviente confusión que fue el romanticismo. Todo el que piense rectamente tendrá que reconocer que, enfocada hacia el pueblo, su ejemplaridad es nula, queda reducida a poner en juego unos cuantos resortes del alma colectiva que esquivan la aridez del verdadero esfuerzo con el halago de una actividad grata, pero sin objeto. En suma; una nueva pornografía, de la que el pueblo mismo se hastiará alguna vez. Esperemos que pronto.


*


Otras facetas de la relación del pueblo con la cultura tienen aún más importancia que la que hemos tratado, pero por su extensión tendrán que ser estudiadas en otro ensayo, habiendo dado a ésta un lugar primordial por ser la más fácil de apreciar, la más manifiesta y superficial en el complejo de los hechos presentes que, con paciencia infinita y voluntad inquebrantable, debemos discriminar si deseamos para España un clima moral concienzudamente puro.

Debo recalcar, por último, que sólo a esto, un tono moral vivo, real y propio, puede tender un estudio de este género. No niego que sirvan también otros puntos de vista para problemas prácticos, perentorios, ni que incluso existan perspectivas brillantes para construir un orden de exterioridades que pueda conducir a más o menos parcial prosperidad. Pero, como dije en un principio, hay algo único, genuino, que se salda aquí entre nosotros. Ningún español lo ha inventado, ninguno podrá hacerse responsable de sus consecuencias. Pero, este lugar nos señala el destino en esta hora histórica, y sólo significa esfuerzo, valor mental, tesón heroico para avanzar hacia la sombra. ¿Con qué esperanza? Con una solamente, muy lejana y dura de lograr. Realismo, anarquismo –esencias íntimas del alma hispana– integran el horizonte que se columbra en el pensamiento actual.

La palabra del futuro la dirá el pueblo que sepa hacer una sola de esas dos.


Rosa Chacel
Hora de España
Valencia, enero de 1937











951. ¿Qué son las Misiones Pedagógicas?




Es natural que queráis saber, antes de empezar, quiénes somos y a qué venimos. No tengáis miedo. No venimos a pediros nada. Al contrario; venimos a daros de balde algunas cosas. Somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo. Pero una escuela donde no hay libros de matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas, donde no se necesita hacer novillos. Porque el Gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos ante todo a las aldeas, a las más pobres, a las más escondidas, a las más abandonadas, y que vengamos a enseñaros algo, algo de lo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden, y porque nadie, hasta ahora, ha venido a enseñároslo; pero que vengamos también, y lo primero, a divertiros. Y nosotros quisiéramos alegraros, divertiros casi tanto como os alegran y divierten los cómicos y los titiriteros. Nuestro afán sería poder traeros pronto también un teatro, y tenemos esperanza de poder lograrlo.

Esta a modo de escuela recreativa es para todos, chicos y grandes, hombres y mujeres, pero principalmente para los grandes, para los que se pasan la vida en el trabajo, para los que nunca fueron a la escuela y para los que no han podido volver a ella desde niños,ni tenido ocasión de salir por el mundo a correr tierras, aprendiendo y gozando, lo cual constituye para ellos una grave injusticia, ya que los mozos y los viejos de las ciudades, por modestos que sean, tienen ocasiones fáciles de seguir aprendiendo toda la vida y también divirtiéndose, porque están en medio de otros hombres que saben más que ellos, porque sólo con oírlos y mirar se aprende, porque todo lo tienen a la mano, porque la instrucción y las diversiones se les entran sin quererlo por ojos y oídos, porque hasta los escaparates de las tiendas se convierten allí en diversión y enseñanza. Y como de esto se hallan privadas las aldeas, la República quiere ahora hacer una prueba, un ensayo, a ver si es posible empezar, al menos, a deshacer semejante injusticia. Para eso,nos envía a hablar con vosotros y ofreceros en estas reuniones, del modo mejor que sepamos, del modo que os sea más grato y que más os divierta, aquello que quisiéramos que vosotros supieseis y que, llegando a vuestra inteligencia y a vuestros corazones, os divirtiera y alegrara más la vida.

Con palabras que quisiéramos fuesen penetrantes y con imágenes y estampas atractivas hemos de ir enseñando por los pueblos cómo es la tierra, cómo son aquellas partes de la tierra donde no hemos estado; cómo es, sobre todo, España, nuestra nación, nuestra Patria: sus montañas, sus llanuras, sus ríos, sus mares, sus grandes ciudades. Cómo han sido los españoles de otros tiempos, cómo vivieron, qué grandes hechos realizaron.

Cómo es de verdad, no a la simple vista, lo que llamamos el mundo, el universo, el sol, la luna, las estrellas. Cómo son las piedras, y las plantas, y los animales, y el hombre, y la luz, el aire, el agua, el fuego, la electricidad y más y más todavía; es decir, todo lo que  sólo se conoce en general por fuera, todo lo que se utiliza, pero sólo se conoce en apariencia, y todo lo que —como la posibilidad de oír desde aquí la voz de nuestros hermanos de América— nos parece un misterio; todo lo que ha costado a los hombres siglos y siglos el conocer y descubrir por dentro.

También os traeremos las cosas que los hombres han hecho sólo para divertirse y divertir a los demás, o sea las cosas que llamamos bonitas, las cosas bellas, las que sirven tan sólo para darnos gusto, para darnos placer y alegrarnos, para divertirnos. Y asi veréis en grandes estampas luminosas, que se llaman proyecciones, los templos y las catedrales antiguas, las estatuas, los cuadros que pintaron los grandes artistas y que se guardan como tesoro de inmenso valor en los Museos. Y aun quisiéramos traer, más tarde, un pequeño Museo ambulante de copias, en lienzo y colores, de algunos cuadros célebres, para que estén unos días en cada sitio y vayan luego circulando a otros lugares.

Y oiréis leer hermosos versos, que se escogerán para vosotros, de los más gloriosos poetas castellanos. Escucharéis igualmente bellas canciones y piezas de música de aquellas que el público de las ciudades oye en los teatros y salas de concierto. Claro que no lo tendréis todo de una vez. De entre ello, se irá eligiendo, según el pueblo o las ocasiones, poco a poco. Pero con mayor frecuencia tendréis dos cosas: una conversación sobre nuestros derechos y deberes como ciudadanos, pues a la República importa que estéis bien enterados de ello, ya que el pueblo, es decir, vosotros, sois el origen de todos los poderes. La otra cosa es lo que más ha de divertiros, el cine, el cine instructivo y el de pura diversión y recreo.

Es posible y hasta probable que con todo ello, y mucho más, aprendáis poca cosa; pero si os divirtieseis algo y la Misión sirviese por lo menos de aguijón y estímulo en alguno de vosotros para despertarle el amor a la lectura, el fin que la República se propone al querer remediar aquella injusticia que antes dijimos, estaría en parte logrado. Porque esto es, lo que principalmente se proponen las Misiones: despertar el afán de leer en los que no lo sienten, pues sólo cuando todo español, no sólo sepa leer —que no es bastante —, sino tenga ansia de leer, de gozar y divertirse, sí, divertirse leyendo, habrá una nueva España. Para eso la República ha empezado a repartir por todas partes libros, y por eso también al marcharnos os dejaremos nosotros una pequeña Biblioteca.

Todavía queda lo más necesario para la implantación sólida y el éxito feliz de estas Misiones. Lo triste es que hemos de marcharnos y nadie sabe cuándo podremos volver, pues los pueblos son muchos y las fuerzas con que ahora contamos, limitadas. Y es preciso que esta Escuela ambulante sea casi continua. A ello hay que tender por todos los medios, y en ello se piensa. Para lograrlo no habría mejor manera que la de juntar alrededor de esta obra a los hombres de buena voluntad que en cada provincia, en cada partido, tienen algún saber y además saben divertir a los otros, especialmente a los jóvenes, en quienes siempre florecen los impulsos generosos. Hay que mover sus corazones, para que de vez en cuando den lo que les sobra y vengan en Misión a la aldea, como ahora nosotros, a enseñar y a divertir, pagando así con su propia persona, que es lo más preciado, la deuda de justicia que con la sociedad han contraído, como privilegiados del saber y de la fortuna, y cumpliendo además de esta suerte la obra evangélica, no sólo de enseñar al que no sabe, dando un poco de lo que ellos disfrutan, sino también la de consolar al triste, es decir, de alegrarlo y divertirlo noblemente, sin temor a competir en esto con el pobre saltimbanqui, a quien hay que admirar y querer cordialmente por esa hermosa función que cumple, las más veces con dolor y tristeza ,yendo peregrino por los pueblos más humildes y despertando emociones, suavizando las almas, divirtiendo y alegrando un instante la vida en hombres y mujeres, en niños,en mozos y en viejos.


_________________________________________

Palabras de presentación del Patronato, leídas en la primera Misión Pedagógica, celebrada en Ayllón (Segovia), en 1931, y en las Misiones sucesivas a modo de mensaje.  Publicadas en la memoria del Patronato de Misiones Pedagógicas, septiembre de 1931, diciembre de 1933, Madrid 1934, páginas 12-15. Este texto está citado en el libro Manuel B. Cossío. El maestro, la escuela y el material de enseñanza. Edición de Eugenio Otero Urtaza. Biblioteca Nueva. Ministerio de Educación y Ciencia. Madrid 2007.