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3152. Romance de Lina Odena

Por Granada, tropas moras.
Por Málaga, son leales,
y de Málaga a Granada
es de fieles el viaje.
Por ella va Lina Ódena
donde nunca fuera antes.
Va camino de la muerte,
va dirigiendo el avance.
Por allá va Lina Ódena,
donde nunca fuera antes.
Quiere avisarle el vigía
y no puede darle alcance.
El auto que la llevaba
sigue camino adelante.
¡Lina Ódena, Lina Ódena
ya nadie puede salvarte!
¡Ya no veremos tu risa,
tu estrella de comandante!

¡Ya tus palabras guerreras
no encenderán nuestra sangre!
¡Que falsas noticias tienes!
¡De qué camino fiaste!
Carretera envenenada
de negras flechas fatales.
Lina Ódena, Lina Ódena,
por qué traición te engañaste.
Ya no sonarán tus balas
de justicia en los trigales.
Sólo sonará tu cuerpo
cayendo en los olivares.



Sólo contra las arenas,
a luz sonará tu sangre.
Lina Ódena, Lina Ódena,
camarada de linaje claro,
de todos los héroes,
que sangrarán por vengarte.
¡Tú caíste, Lina Ódena,
pero no tus libertades!
Que de Málaga a Granada,
tierras, trigos y olivares,
y las novias y las madres
no temen ya a criminales.
¡Que de Málaga a Granada
los caminos son leales!
¡Que todo alberga alegrías;
sólo tu muerte pesares!


Lorenzo Varela
El Mono Azul, 15 de octubre de 1936








2924. Cien muchachas van a empezar a prestar servicio como cobradoras en los tranvías madrileños




Mientras los hombres toman puesto en los frentes, las mujeres, que cumplen así una misión de combatientes también, se aprestan a sustituirlos en la retaguardia. Las máquinas de las industrias no pueden quedarse paradas; los motores de los talleres no pueden dejar de zumbar; los servicios de transportes urbanos han de seguir prestándose regularmente... Y ahí, junto a las máquinas, junto a los motores, en los lugares de trabajo que el hombre abandonó, tienen las mujeres combatientes su puesto.

—Lina Odena —me dice un activo militante obrero— no puede ser la imagen que se repita frecuentemente en las mujeres, siquiera sean las de ánimo más resuelto y decididamente antifascista. Y así, su actuación resultará más eficaz en la retaguardia, en los servicios que el hombre hubo de desatender al tomar un arma para pelear en los frentes, que entre las unidades armadas empuñando un fusil... Un fusil pesa demasiado. Las armas, incluso las pistolas más pequeñas, pesan demasiado para las manos de las mujeres cuando estas mujeres no poseen, como Lina Odena, como algunas otras aguerridas muchachas que se han batido ya admirablemente, ese espíritu combativo excepcional. Y exigírselo a todas sería tan insensato como negarles a las que no lo poseyeran la posibilidad de ser también útiles en la lucha. 


Los batallones auxiliares femeninos 

A ese pensamiento responde la creación —por diferentes organismos y simultáneamente— de diversas unidades, como batallones auxiliares, constituidos solamente por mujeres. Uno de ellos, bajo la denominación de La Pluma, está dispuesto ya para cubrir aquellas vacantes provisionales de varones que se produzcan en los despachos de oficinas. Pero las oficinas actuales —con un espacio reservado para el espejito y la barrita roja perfumada en el primer cajón de la mesa de la máquina de escribir— habían empezado a dejar de ser, desde hace algunos años, un coto varonil, y a convertirse para las mujeres en su mejor ambiente, para ganarse risueñamente la vida. 

—Ahora no serán solamente mecanógrafas o escribientes —explican—. En La Pluma hay contables, y redactoras de correspondencia, y archiveras, y muchachas con capacidad suficiente para encargarse de cualquier organización comercial... 

Pero mientras La Pluma organiza su batallón de oficinistas, otras agrupaciones sindicales van encuadrando sus unidades, de las que habrán de salir las suplentes carpinteras, ebanistas, metalúrgicas, dependientas del comercio, peluqueras, vidrieras, pintoras y fabricantes de pan. 

—Se trata de que, si las necesidades de la guerra lo impusieran así, todo el trabajo, todas las actividades de la capital pudieran quedar entregadas en las manos de las mujeres—dicen. 


El servicio de tranvías, al cuidado de las mujeres 

Ahora se está reclutando el cuadro femenino que habrá de encargarse de los servicios de tranvías. Y centenares de mujeres acuden a solicitar su inclusión en ese cuadro, en los locales del Partido Comunista Español. 

—Muchachas del servicio doméstico, de las clasificadas en nuestras organizaciones sindicales como obreras del hogar, operarías de diversas industrias, actualmente en paro forzoso; jovencitas formadas en nuestros grupos de «pioneros», la mayoría. Pero no faltan entre las solicitantes estudiantes de formación burguesa, mujercitas de las que en su padrón de vecindad sólo podían hacer constar el vago concepto de «sus labores» en la casilla destinada a designar su profesión— advierten los camaradas encargados de este reclutamiento. 

Y funcionarías del Estado, prestando servicios en distintos departamentos ministeriales y que a la primera llamada del Partido Comunista, del que son afiliadas, acuden sin vacilación. Del Ministerio de Agricultura han respondido inmediatamente las compañeras Estrella Monreal, adscrita a la Secretarla del ministro; María Cruz López, de la Dirección de Agricultura; Dolores Zoilo, de la Secretaría de Seguros del Campo... Y del Ministerio de Instrucción Pública: Carmen Cristóbal, de la Dirección de Enseñanza, y Zulima Herrero, auxiliar de la Sección Central (sobre cuyas tareas en la oficina se acumulan todavía los cargos de responsable del taller instalado en el Ministerio), la vicesecretaría del Sindicato y la secretaría del Frente Popular de aquel departamento.

—Las condiciones que deberán reunir las aspirantes a este trabajo del servicio de tranvías —dice el responsable de esta labor previa de reclutamiento— son hallarse en la edad comprendida entre los veinte y los treinta años; saber leer y escribir y conocer las cuatro reglas elementales de la aritmética, y pertenecer a las organizaciones sindicales de la U.G.T. o C.N.T., o a los partidos integrantes del Frente Popular. Por de pronto, de entre todas ellas vamos a movilizar cien muchachas, que cubrirán otras tantas plazas de cobradores de tranvías. Pero más adelante, y a medida que las circunstancias lo hicieran preciso, movilizaríamos otras muchas más, para emplearlas también en la conducción o en otras actividades que tuvieran que abandonar los hombres y que no pudieran quedar paralizadas. 


Las primeras aspirantes a cobradoras del tranvía 

Las aspirantes a cobradoras del tranvía han comenzado ya a practicar y recorren apresuradamente el vehículo, cajetín del billetaje en la mano, simulando ágilmente la entrega del billete y el cobro de su importe a unos viajeros imaginarios. 

—Veremos —dice uno de los cobradores que van a ser sustituidos— lo que puede hacer una de estas chicas en un 49, cuando baja por Goya con los viajeros desbordando de las plataformas, para cobrar a todos antes de llegar a Colón. 

Pero las chicas no parecen muy desconfiadas de su propia capacidad. 

—Cada una hará lo que pueda... Pero todo lo que pueda. Y ese todo, ya es mucho— promete Julia Gallego, que ya tiene del todo posible una valiosa experiencia.

Antes de la guerra, Julia trabajaba en su oficio de guarnecedora. Su compañero era mecánico de Telégrafos. 

—¡Y lo que luchamos en Febrero, defendiendo las elecciones los dos!—recuerda.

Pero ahora, su compañero está en un frente, en la unidad de Transmisiones. Y ella, en su oficio, no tiene nada que hacer. Se movilizó voluntariamente apenas comenzó la guerra. Y donde creyó que podría ser útil, acudió. El domingo pasado estuvo trabajando en las obras de fortificación, portando, hasta donde se la ordenaba, sacos de arena. 

Otra aspirante a cobrador del tranvía es Dolores Cañizares, viuda de un tranviario, cuya vacante ninguna como ella merecería ocupar. Y otra, Carlota del Pino, movilizada desde los primeros días de la lucha. 

—Al principio, en los frentes, y luego, en Madrid, como sanitaria, con el 5.º Regimiento—puntualiza Carlota. 

Antes era estudiante. Con ella, en su casa eran cinco hijos. Tres chicas y dos muchachos. Los cinco están movilizados en la actualidad.

 —¿Y tú, ahora...? —la pregunto. 

—Ahora, a cobrar en el tranvía. Después, donde pueda rendir una utilidad. Mientras esto no acabe —esto es la guerra—, la vocación hay que dejarla a un lado. El deber es dejarse llevar. Tanto da ser tranviaria como estudiante, panadera o albañil. 

—Pero tú estudiabas... 

—Antes. Y acaso vuelva a estudiar después. Pero sólo después —responde, con voz tranquila, Carlota, 


José Romero Cuesta
Mundo Gráfico, 4 de noviembre de 1936








1083. A Lina Odena



A Lina Odena

Ni un terror en sus ojos
ni un temblor en su cuerpo.
Ante la muerte, tranquila,
tranquila y seria ante el misterio.
Bala tras bala volcó su pistola
sobre el fascismo siniestro.
Sólo una bala dejó en la pistola
para su pecho.
¡Ay, Lina Odena, tan tierna, tan niña,
y ya compañera del pueblo!
Porque eras espiga en el campo,
porque eras suspiro en el viento,
porque eras espuma en el mar
y rayo de luz en el cielo
¡ay, Lina Odena, se quejan y lloran
la tierra y el agua y el aire y el fuego!
Lina Odena, tan tierna, tan niña,
¡y ya compañera del pueblo!


Pedro Garfías
“Héroes del Sur. (Poesías de la Guerra)”
Editorial Nuestro Pueblo, Madrid-Barcelona 1938, pág. 19.











740. Lina Odena, in memoriam

El 14 de septiembre de 1936, junto al Pantano de Cubillas el chófer que conducía el coche en el que iba Lina se equivocó en un cruce y fue a dar directamente a un control de los falangistas.

Viéndose rodeada, Lina sin dudarlo dos veces sacó su revólver y se suicidó.


Ya no veremos tu risa,
Tu estrella de Comandante!
Ya tus palabras guerreras
no encenderán nuestra sangre.
Ya no sonará tu voz
por los soldados leales.
Sólo sonará tu cuerpo
cayendo en los olivares.
Solo contra las arenas,
a la luz sonará tu sangre.
Tu caíste Lina Odena
pero no tus libertades,
que de Málaga a Granada
tierra, trigo y olivares ...
Y las novias y las madres
no tienen ya criminales.

¡Que de Málaga a Granada

los caminos son leales!
¡Que todo alberga alegrías
solo tu muerte pesares!

Lorenzo Varela















154. Lina Odena

Paulina (Lina) Odena García, nació en Barcelona el 22 de enero de 1911. Los padres, José y Mª Dolores, eran dos modestos industriales que regentaban una sastrería en el Pasaje Lluis Pellicer s/n, sito en el barcelonés barrio del Eixample. Lina, todavía una adolescente, ayudó en el negocio familiar; primero como aprendiza y más tarde como sastresa. Ingresa muy joven en el PCE, tras romper con su familia de la que se emancipó, fue enviada a la URSS en julio de 1931 junto con otros varios jóvenes catalanes, en una estancia que duraría 14 meses, pasando allí a cursar estudios en la Escuela Marxista-Leninista de Moscú, escuela donde se formaban los cuadros y donde coincidió con Jesús Hernández, futuro miembro del Buró Político del PCE o con Enrique Lister Forján y Juan Guilloto León, más conocido por Modesto.

A su regreso a España, pasó a formar parte de las Juventudes Comunistas de Cataluña del recién creado Partido Comunista de Cataluña (PCC) dirigido en aquel entonces por Ramón Casanellas. A la caída de Bullejos, secretario general del PCE, y con él Etelviro Vega, secretario general de la Federación Nacional de Juventudes, al celebrarse el III Congreso de las UJC, Lina pasó primero formar parte del Buró Nacional del PCE como delegada para Cataluña, más tarde, en febrero de 1933, sería nombrada secretaria general de las Juventudes Comunistas de Cataluña, pasando también a ser candidata al Parlamento de la República aquel mismo año.

Al producirse en Cataluña la sublevación de octubre de 1934, Lina Odena fue una de las pocas mujeres que empuñó el fusil, participando activamente en algunos combates que tuvieron lugar en la carretera de la Rabassada o en San Cugat. Al fracaso del movimiento Lina pasó a la clandestinidad formando parte del también clandestino Socorro Rojo Internacional, siendo detenida y fichada en Barcelona por la policía en agosto de 1935. Al mes siguiente Lina participó en el IV Congreso de la Internacional Juvenil Comunista (IJC) que tuvo lugar en Copenhague, formando parte de la delegación española que encabezaba Trifón Medrano y donde se produjo un importante giro político.

Consecuencia de aquel congreso, cuando se inició la unificación de las juventudes comunistas con las otras juventudes revolucionarias, Lina tuvo que abandonar Cataluña reclamada por el PCE pasando a residir en Madrid.

Al convocarse las elecciones generales de febrero de 1936, que concluirán con el triunfo del Frente Popular, Lina fue encargada de acompañar a Dolores Ibarruri, la Pasionaria, en los mítines que esta tuvo que dar en Asturias, Madrid, Sevilla o Córdoba. Temporalmente desplazada a Barcelona, participó en las últimas conversaciones que sellaron la unificación de las juventudes marxistas y que darían lugar en abril a la Unió de Juventuts Socialistas de Catalunya (UJSC).

Al iniciarse en julio de 1936 los trabajos previos al Congreso Nacional de Unificación, con congresos provinciales que culminarían con el nacional, a Lina le correspondió Almería, por ello el 18 de julio la sorprendería allí, participando en los combates que tuvieron lugar y donde jugaron un importante papel a favor de la República la llegada de dos compañías de aviación huidas de Granada, que unos días más tarde la nombrarían delegada y representante de la unidad en el Comité local. Como símbolo de su cargo, Lina lució con orgullo, sobre su mono de miliciana, las alas de la aviación desde aquel día y hasta su muerte, tal como atestiguan sus últimas fotografías.

La columna de la que formaba parte Lina, formada por milicianos junto con los antiguos soldados de aviación o marinos procedentes de Almería, fue asignada a la toma de Guadix y más tarde a la Motril. En aquella marcha Lina entabló amistad con Antonio Pretel, diputado comunista y jefe de otra segunda columna que tenía los mismos objetivos. Después de unos viajes relámpago a Madrid o Barcelona, acompañada por Pretel y con la misión de reunir armas, Lina regresó al frente andaluz.

El 14 de septiembre de 1936, junto al Pantano de Cubillas, cerca de Granada, Lina, equivocadamente al errar en un cruce el chofer que la acompaña, entró con su coche en un control falangista, y antes de caer prisionera del enemigo, sacando su pistola, se suicidó. El cuerpo de Lina reposaba hasta hace unos años en la fosa 122, Patio de la Ermita, del cementerio de Granada, pero al no ser reclamados por nadie sus restos pasaron a engrosar un anónimo osario. 


Antonio Gascón Ricao
Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores