Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Huesca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Huesca. Mostrar todas las entradas

3348. Pilar Franco Sarasa, Matilde Paños Pachen y Lucía Estallo Ascaso

Pilar Franco Sarasa, Matilde Paños Pachen y Lucía Estallo Ascaso - Foto: Almazán


Los lobos andan sueltos por la montaña

Apenas regresamos del frente para descansar unas horas, cuando llega nuestro coche a los arrabales de Barbastro, buenos amigos nos vienen a buscar para ofrecernos el testimonio vivo de uno de los más trágicos relatos que de la barbarie desatada de los fascistas se comienza a conocer en estas tierras maravillosas del Alto Aragón, que siempre fueron solar de las más tradicionales hidalguías y bondades.

Hasta nosotros han llegado por diferentes conductos detalles de las salvajadas que por toda la reglón venían cometiendo las hordas fascistas con centenares de inocentes mujeres que no habían cometido más delito que ser hijas, hermanas o mujeres de ciudadanos que todo lo han sacrificado por su amor y lealtad a la República, pero no habíamos tenido ocasión de dar con testimonios personales de victimas de estas incomprensibles vergüenzas. 

Hoy ya no puedo decir lo mismo. Las he visto por mis propios ojos. Las he contemplado con la mirada perdida, como queriendo olvidarse de los dolores que las sometieron hombres sin conciencia ni humanidad. Sus rostros afilados, lívidos, nos decían de largas caminatas a través de sierras y barrancos en vigilias feroces, huyendo del martirio de tanta ignominia. Sus pobres cachorros escuálidos, temblorosos, de ojillos espantados, no sueltan las ropas destrozadas de las madres, como si presintieran nuevos tormentos para sus corazones infantiles.

Son tres pobres mujeres a quienes las cuadrillas de requetés armados que infestan el Pirineo Alto aragonés destrozaron sus hogares, apalearon a sus hijos y terminaron por raparlas los cabellos, haciéndoles la cruz trágica, que es la señal de que son, a plazo fijo, carne de cañón. 

Han logrado evadirse cuando ya faltaban pocas horas para que formaran en la fila dolorosa junto al paredón del cementerio de su pueblo. Apenas aciertan a contar todas sus congojas, todos sus martirios. Con ellas viene un anciano, típica figura de campesino de la comarca, que arrastra ya sobre sus arrugados pellejos más de "ocho docenas de años".

—En mí "juventud", cuando era un "mocé", soldado liberal fui y luché con carlistas en Valencia, Castellón, San Sebastián y Cuenca... Mucho atroces eran todos aquellos "creminales", que eran hombres... Estos no lo son, señor, no lo son... Por esas sierras, al filo de los ventisqueros, no hay hombres; son los lobos que andan sueltos por la montaña, olfateando sangre... Clavando las zarpas sobre ovejas inocentes... 


Y llegaron los ''boinas rojas" a La Peña. Los primeros atropellos. Seis asesinados y once cortes de pelo... 

Decían en el pueblo que por la comarca los fascistas no hacían más que asesinar montones de viejos, mujeres y niños. Los vecinos de La Peña, un lindo pueblecito enclavado entre Jaca y Ayerbe, no lo creyeron. No podían pensar que hubiera seres humanos de tan mala conciencia. Pero alguien advirtió el peligro, y del lugar, donde existen dos fábricas —una de carburo y otra de maderas, con gran número de operarios—, desaparecieron los dirigentes de las sociedades obreras y los más destacados militantes de las mismas. Pocas horas pasaron. A las cuatro de la madrugada, cuando empezaba a clarear, apareció en la plaza del pueblo un camión, y de él, enfundados en grises capotes, saltaron hasta treinta y cinco sombras. Sólo resaltaban las boinas rojas con que se cubrían todos y los fusiles con que iban armados. Pusieron guardias y se distribuyeron por las calles. Sabían a dónde tenían que detener sus pasos. Iban bien instruidos. Hicieron salir a la calle, casi desnudas, a nueve vecinas, entre ellas a estas pobres mujeres que ahora están con nosotros. 

Pilar Franco Sarasa, de veintidós años; Lucia Estallo Ascaso, de treinta, y Matilde Paños Pacheu, de treinta y cuatro años, que así se llaman, eran las mujeres de los obreros del Comité de la Confederación Nacional del Trabajo... A empujones las sacaron de las camas y las interrogaron: 

—¿Dónde están vuestros maridos? —preguntó uno que parecía el jefe. 

—No lo sabemos. Se marcharon hace días y no han dicho a dónde marchaban —contestó Lucía

—Mientes tú y tus amigotas. Sabéis dónde están y habéis de decirlo si no queréis morir —insistió el jefe. 

 —No lo podemos decir, porque nuestros compañeros nada nos advirtieron. Ahora, si quieren ustedes fusilarnos, qué le vamos a hacer... Paciencia—respondió enteriza Matilde. 

—Bien, bien. Ya hablaremos dé eso. Ahora vamos a poneros frescas—. Y el jefe ordenó a un cabo: 

—Anda; pélalas al cero. 

El "requeté" no se hizo rogar. Con unas afiladas tijeras cortó rápidamente los cabellos a las tres infelices. Se veía que tenia una triste práctica. Después les hizo una cruz con la propia tijera sobre el cabello, encima de la frente. Terminada la operación, los rebeldes penetraron en los hogares de las mujeres y comenzaron a destrozar muebles y cacharros. Los hijos, todos niños y niñas de corta edad, comenzaron a llorar, y aquellos hombres sin conciencia comenzaron a puntapiés con las pobres criaturas. 

Aquello fué la iniciación de los desmanes fascistas en La Peña. Aquella mañana los rebeldes, exasperados porque lo que ellos buscaban ya no estaba en el pueblo, cogieron a seis viejos y so pretexto de que eran simpatizantes marxistas, los fusilaron en el paredón del Cementerio. Once mujeres fueron rapadas, y durante siete días se las obligó a pasear por todo el pueblo, recibiendo insultos de los elementos de derecha de aldea. Al octavo día, Pilar, Lucia y Matilde fueron sacadas violentamente de sus casas y los requetés prendieron fuego a los modestísimos edificios. Aquella noche, las mujeres y sus hijos tuvieron que dormir en el corral de una paridera de ganado. 

El martirio de aquellas infelices duró quince días. Al cabo de este tiempo, alguien llegó de noche al lugar donde se guarecían y se las llevaron a través de los montes. Cincuenta horas estuvieron caminando sin parar. Fueron a salir a las inmediaciones del pueblo de Apiés, y nuestras fuerzas las recogieron y desde dicho punto fueron traídas todas a Barbastro donde son solícitamente atendidas.

 —Aquí estaremos hasta que vuelvan nuestros compañeros que luchan en el frente, y podamos volver a nuestro pueblo.

Era tiempo de escapar. Al día siguiente, en La Peña, los requetés fusilaron a las mujeres, enfurecidos por la fuga de las esposas de los dirigentes obreros.

(...)


José Quilez Vicente
Ahora, 9 de octubre de 1936








2945. El segundo aniversario del alzamiento de Jaca




El tiempo de los infundios

Todos los periódicos publicaron el día 13 de diciembre de 1930 una nota oficiosa, dando cuenta a la opinión de un levantamiento militar ocurrido en Jaca el día anterior. No se nombraba en aquella nota a los protagonistas del suceso, pero el Gobierno tenía interés en hacer resaltar que en el movimiento habían tomado parte activa unos jóvenes madrileños que se presentaron en Jaca haciendo creer al vecindario que iban a patinar a los Arañones.

Pocos días después, la Prensa monárquica comenzó a ensañarse en los llamados esquiadores. Un periódico dijo que estos muchachos estaban en combinación con el Gobierno de Stalin y que llevaron a Jaca gran cantidad de oro ruso para hacer la revolución comunista. Afirmaba también que al despedirse del hotel el mismo día de la revolución, habían abonado el importe de la cuenta en rublos. 

Otro diario aseguraba que no eran más que unos locos del Ateneo, influidos por las novelas rusas que estaba publicando por entonces una conocida editorial. 

Total, que alrededor de los esquiadores, el Gobierno y sus adláteres fantasearon cuanto les vino en gana, sin que a nadie de los que sabíamos la verdad nos fuera posible contestar. Pasó el tiempo, vino la República, y aún no se ha puesto en claro ante la opinión pública qué hicieron y a qué fueron a Jaca aquellos falsos esquiadores que, según la Prensa gubernamental de entonces, eran enviados de la URSS. 

Por eso yo, al cabo de dos años, voy a contarles a ustedes aquella historia.


Gracias a una butaca…

Sí, lectores, gracias a una butaca me enteré de todo… En el Ateneo de Madrid había, y hay, unas magníficas butacas con orejeras que convidan a dormir la siesta. Tan grandes son que cuando están vueltas hacia la pared no es fácil averiguar si permanecen vacías o si hay alguien sentado en ellas.

Gracias a esto yo pude escuchar sin ser vista la conversación que voy a transcribir

Era el día 6 de diciembre, sábado. No se veía apenas a nadie por los salones del Ateneo. La gente estaba en el salón de actos escuchando a no sé qué orador radical socialista, el cual decía que era menester hacer la revolución. Yo, cansada de oír la misma canción todos los días, me había refugiado junto a un radiador en una de las salas que estaban vacías. De pronto noté que dos ateneístas se sentaban en el sofá colocado a mis espaldas y que empezaban a hablar.

No se si fue el hábito profesional o la curiosidad femenina lo que me hizo quedarme allí escuchando. Más bien creo que sería esto último, puesto que lo que menos me imaginaba yo es que de aquello saliera, al cabo de dos años, este reportaje. 

Al principio no oía bien. Solo llegaron claras a mis oídos las palabras movimiento, sublevación, pistolas, comité revolucionario, y otras no menos sugestivas. Los que hablaban eran Ramón Martínez-Pinillos, joven revolucionario, muy popular entonces en el Ateneo, y Fernando Cárdenas, un ingeniero amigo suyo. En seguida apareció otro joven, José Rico, al que habían mandado a buscar. 

—Oye, Pepe —dijo Pinillos al recién llegado—, es menester que salgamos mañana para Jaca. ¿Tú estás dispuesto? 

—¿Pero no habíamos quedado en que el alzamiento no sería hasta el quince? 

—Sí. Pero Galán ha escrito dando prisa y tenemos que irnos unos días antes. 

—¿Y no llamaremos la atención en aquel pueblo si estamos tantos días? 

—No creo, porque en el hotel, y ante la gente, pasaremos por alpinistas. En este tiempo eso es muy corriente en Jaca. Ya hemos hablado de esto con Maura y está conforme en que salgamos mañana. Nos ha dado quinientas pesetas. Con esto sobra para los primeros gastos. 

—Entonces, ¿dónde nos reunimos? 

—Lo mejor es que tú acudas a las seis de la mañana a casa de Alejo Fernández Flórez, que es quien está en contacto directo con el Comité. 

—Perfectamente —contestó Rico. 

—Tú, esta tarde te ocuparás de encargar a alguien de mucha confianza para que busque coches y paisanos dispuestos a presentarse en Jaca el mismo día del alzamiento. Galán opina que debemos ir de aquí los más posibles para que el movimiento no pueda parecer una militarada. Es preciso, por tanto, disponer de veinte o treinta paisanos o más para que vayan con el representante del Comité. 

—¿Y quién es ese representante? ¿Maura? 

—No. Maura es el que se entiende con nosotros, pero el que irá a Jaca es un gallego que forma parte del Comité Revolucionario. Es un hombre muy inteligente, aunque poco conocido aquí. Se llama Casares Quiroga.

Siguieron hablando, y poco después se separaron, sin sospechar que yo les había estado escuchando. Si en vez de ser yo es un policía de los que tanto abundaban entonces en el Ateneo, ¡cómo hubiera cambiado todo!…


A dónde fueron a parar los esquiadores

De todos los paisanos que salieron de Madrid, solo tres lograron pasar la frontera: Fernando Cárdenas, Ramón M. Pinillos y Graco Marsá. A los restantes los encontré sentados alrededor de una chimenea, en la vieja cárcel de Jaca, una noche del mes de enero siguiente, y gracias a la amabilidad del jefe de la prisión logré que me dejara sentarme entre ellos y conseguí que me contaran algo de lo que habían hecho en Jaca los esquiadores, tan traídos y llevados en las notas oficiosas.

—Nosotros salimos de Madrid el día 7 y llegamos a Jaca el día 8 —me dijo Pepe Rico. 

—¿Nadie les detuvo en el camino? 

—Nadie, ni siquiera para pedirnos la documentación. Eso sí, nos llevamos dos sustos respetables. El primero, a la salida de Zaragoza, cuando observamos que un hombre, con los brazos en alto, trataba de hacer que paráramos el coche. «¡Es un policía!», dijo Pinillos desde dentro. Cárdenas, que iba al volante, aceleró, pero al fin hubo de parar, porque aquel hombre estaba dispuesto a dejarse atropellar. 

—¿Y era un policía? 

—¡Qué va! Era el capitán Gallo, vestido de paisano, a quien no habíamos conocido, pero que estaba complicado también.

—¿Y el segundo susto? 

—El segundo nos lo dio un coche de la Policía de Madrid que se cruzó con el nuestro, ya cerca de Jaca. Al verle, ninguno dudó de que nos cazaban, pero no fue así. Por lo visto, iban a otra cosa.


El teniente que quería patinar de veras

¿Y qué hicieron ustedes aquí, en Jaca, los días anteriores al alzamiento? 

—Vinimos a parar al hotel donde estaba Galán, y aquí nos presentaron a algunos militares complicados: Salinas, Marín, Mendoza, Sediles, Manzanares…, y a otros a quienes aún no se les había dicho nada, pero que inspiraban confianza. Uno de estos, el teniente Díaz Merry, al enterarse de que habíamos venido a esquiar, se puso contentísimo y se ofreció a acompañarnos, porque también él amaba el deporte. Al día siguiente, muy temprano, se presentó en nuestras habitaciones, dispuesto a llevarnos a patinar por buenas o por malas. Hubo que confesarle todo, y entonces se sumó al grupo revolucionario.


El chófer que no sabía a dónde le llevaban

—El viaje de los primeros esquiadores, es decir, el nuestro — continuó diciéndome mi interlocutor—, fue relativamente feliz, porque veníamos en auto propio y con sobra de tiempo. Lo malo fue el de los otros paisanos que vinieron de Madrid y llegaron aquí el mismo día de la sublevación por la mañana.

—¿Qué les ocurrió? 

—Ellos mejor que nosotros pueden decírselo.

—Y ellos, ¿dónde están?

—En la ciudadela, porque aquí, en la cárcel, no hay sitio para tantos.

Abandoné la cárcel y me dirigí a la ciudadela, donde conseguí entrar, no sin grandes trabajos, por ser allí la vigilancia mucho más estrecha. Todo el patio estaba rodeado de ventanas con rejas, por las que asomaban las cabezas de los militares presos. 

—¿Y los paisanos de Madrid? — pregunté a un centinela.

—Allí enfrente están, pero solo puede usted hablar un cuarto de hora y por la reja. Aquí no hay tanta manga ancha como en la cárcel.

Llegué al sitio indicado y me costó trabajo reconocer a quienes buscaba. Unos se habían cortado el pelo, otros se habían dejado crecer la barba; todos, en fin, presentaban un aspecto de lo más impresionante.

—A mí —comenzó diciendo Manuel Valseca— me habían dicho que era preciso que estuviera en Jaca en la madrugada del día 12 con algunos otros paisanos de confianza. También me habían dicho que no se podía enterar de esto nadie, absolutamente nadie, más que yo.

¿Usted y los que le acompañaron? 

—No, yo solo. Busqué a unos amigos y les dije: «¿Estáis dispuestos a venir conmigo para hacer la revolución?» «Encantados» —me contestaron—. «Pues ni una palabra más. Mañana, a las diez de la mañana, os espero aquí, en el Ateneo.»

—¿Y acudieron? 

—¿Cómo no? Pero yo seguí sin decirles a dónde íbamos. Momentos antes de salir se nos planteó un problema de bastante importancia. ¿Cómo hacer el viaje? Andando no era posible. Mucho era nuestro entusiasmo por la República, pero… ya comprenderá usted…

—¿Y cómo no habían caído en ese detalle? 

—Cosas… Entonces, sin pensarlo más, salimos del Ateneo y nos dirigimos a la plaza de las Cortes. Allí hay una parada de taxis. Ocupamos dos, y yo le dije al chófer del primer coche que se dirigiera hacia Alcalá, y al del segundo que siguiera al primero. 

—¿Pero en Alcalá…?

—En Alcalá le dije que se me había ocurrido continuar hasta Guadalajara, y en Guadalajara que siguiera otro poquito.

—¿Y el chófer seguía de buena gana?

—¡Quia!… Empezó a escamarse en Alcalá, y cuando estábamos ya cerca de Zaragoza me planteó la cuestión de confianza. Si no le pagábamos por adelantado, nos dejaba en mitad de la carretera. Por fin, no sé qué cara debí ponerle, que siguió, aunque de mala gana. Como nos sobraba tiempo, porque yo no quería llegar a Jaca antes de la madrugada, le hice que nos llevara a Pamplona. Allí estuvimos recorriendo la ciudad el uno pegadito al otro. 

—¿Y qué dijo al llegar a Jaca? 

—Figúrese. Nos encontramos antes de entrar en el pueblo a todos los militares y a los compañeros que habían venido de Madrid. Lo mismo él que los otros conductores, empezaron a sospechar que se trataba de algo gordo, pero no cesaban de pedir lo que marcaba el taxímetro.

—¿Y ustedes no se lo pagaron?

—Nosotros, a pesar de lo que decían del oro ruso, no llevábamos un céntimo. Yo se lo dije así y se fueron a ver al capitán Galán. Cuando este les dijo de lo que se trataba, uno de ellos empezó a dar voces diciendo: «Nos han traído a la guerra. Con lo a gusto que estaba yo en mi punto de la plaza de las Cortes.»

Ustedes, lectores, que tantas cosas han oído y leído de la sublevación de Jaca, sin duda no saben que el primero que dio allí su sangre por la República fue uno de estos esquiadores del Ateneo.

Pues sí, señores. Mientras el capitán Galán arengaba al pueblo de Jaca desde el balcón del Ayuntamiento, los militares y paisanos que estaban dentro trataron de arrancar un retrato colocado en la presidencia del salón de sesiones. El marco se rompió y un trozo de cristal hirió en una mano a Manuel Valseca. Aunque la sangre manaba abundante, todos lo tomaron a broma. El capitán Galán, pálido y sereno como estuvo hasta la hora de su muerte, se acercó a ofrecerle su pañuelo, y le dijo: 

—Bravo, chico; eres el primero que da su sangre por la República; ojalá seas el único. Los esquiadores siguieron a Galán hasta la derrota de Cillas, donde les dijo:

—Habéis cumplido como unos valientes. Ahora, marchaos. Es menester que los militares no nos mezclemos con vosotros porque acrecentaríamos vuestra responsabilidad.

Se separaron, y ahora, estos muchachos, desde el Ateneo, desde sus puestos de trabajo, que son los mismos de antes, porque ninguno ha medrado con la República, recuerdan con infinita pena aquella última vez que vieron al mártir, pálido, sereno, al parecer impasible, en medio de la carretera…


Josefina Carabias
Estampa, 10 de diciembre de 1932  









2850. Romance de guerra a la 43ª División

Antonio Beltrán y oficiales de la 43ª División en la Bolsa de Bielsa


43ª División, orgullo de los leales,
con aire de pueblo en armas
dejas vacíos los valles.
Por encima de la muerte
supo erguirse en los combates
y a los tres meses de lucha
sin asistencia de nadie
contra malvados sin patria,
contra riscos y breñales,
contra látigos de hielo
y contra cuchillos de hambre
sale de España la buena,
de España la buena sale.
Cruzando está la frontera,
los heridos van delante,
detrás los niños,
detrás caminan las madres,
detrás marchan los ancianos
y detrás los militares;
primero van los soldados,
les siguen los oficiales,
su teniente coronel
es el último que sale.
La muerte lleva en el alma,
la vida en el rostro grave,
serena la faz altiva
y espíritu indomable.
Las sierras del Pirineo
llenas de nieve y sangre,
asombradas de su gesta
las gargantas entreabren
para dejarles camino
por entre verdes pinares
y asomándose a los picos
al verles pasar, la tarde
discute con la mañana
porque no quiere marcharse.
Los valles de Bielsa gimen
“¡Quién pudiera acompañarles!”
Responde el jefe, Beltrán,
irguiendo el membrudo talle:
“¡Note apures, Aragón,
que yo volveré a buscarte!”
La voz de El Esquinazau,
pregón de guerra en el aire,
resuena como una trompa
de Bernardo en Roncesvalles.


Antonio Agraz
Publicado en CNT de Madrid, el 18 de junio de 1938 













2358. La gesta de la 43º División




Decidieron resistir. Era un golpe al enemigo en su avance hacia Cataluña que no se podía desperdiciar.

Y Beltrán, magnífico de energía rotundo de serenidad y decisión inquebrantable: —Resistiremos. Haremos una retirada militar, y con escaloñamiento de línea, sin perder ni una tabla de material, hasta las posiciones que es preciso cubrir y donde queden sólidamente nuestras líneas.

Y la consigna se clava en los valles verdes de torrentes bravios. La división no quiere ceder su pedazo de España. En el campo no se abandona ni un metro de hilo telefónico, ni un palo de camilla, ni una cincha de mulo, y mucho menos —¡no, no!— un fusil. Rebaños enormes de vacas son cargadas por los mismos combatientes a través de los valles y de los desfiladeros.

La resistencia rotunda, la fijación absoluta de la línea principia en últimos de marzo. Los primeros combates fuertes de esta etapa se encienden en Nabal y Compodearse. Los fascistas tienen muy en memoria la batalla de Biescas, donde atacaron dos divisiones de sus fuerzas y donde se dejaron más de 3.000 bajas entre las pidras y los matorrales.


El ultimátum

Con fecha 12 de mayo, desde los aviones italianos lanzaron los fasciosos unos flamantes impresos, en un paréntisis de descargas de bombas. Se daba dos días de plazo a los hoinbres de la División para entregarse íntegramente. "Una ocasión, que es la última, os ofrezco; si sois españoles y deseáis una vida digna, elegid".

¡Si sois españoles! Ya saben ellos si lo son o no los de la 43°. La respuesta fué para los primeros batallones que se acercaron a nuestros parapetos.

Pasaron los dos días, y los de la 43°, que son españoles, habían elegido luchar hasta la última respiración, porque no, no deseaban esa "vida digna" que se les ofrecía.


Visita del Jefe del Gobierno

El Presidente del Consejo, el Jefe del Gobierno legítimo español, vino a la avanzada de la 43º. Llegó inesperadamente, un día, con absoluta naturalidad. Había un orgullo recíproco del gobernante que visita a los soldados de la patria y los soldados de la patria que ven entre ellos al gobernante que rige el país que todos nosotros, crispadamente, queremos salvar. Muy cerca de allí un morterazo alcanzó a un sargento y le causó varias heridas. Entonces, el jefe del Gobierno quiso ascenderle, sobre el mismo campo donde había caído, a teniente con la emoción y el apretón de manos del jefe legítimo en nuestra guerra.


El periódico de la División

El periódico es una hoja que cada día tiene su cuerpo y su color, un hecho y una prueba de eficacia del Comisario de la División. Sin duda, lo que más vale de él, es su pié de imprenta. Ese "Imprenta en campaña de la 43º División". El almacén de tipos es muy limitado y hay que deshacer una forma para conseguir con los mismos tipos la otra página.

Lo fundamental es que la hoja diaria va a las trincheras con un resumen de lo que ocurre en España y en el extranjero y con una arenga encendida y siempre a tono. Leemos en esta hoja.

... "Y deíenderemos el monte y el cerro, la cota y el altozano, el bosque y el matorral, el río, el arroyo, el desfilarodo estrecho y el valle amplio, la cordillera riscosa y la llanura dilatada y uniforme, la iglesia y la ermita..."


El Jefe, Antonio Beltrán

Le llamaban el "esquinazau", era un obrero mecánico. En Jaca junto a Galán y a García Hernández, puso a prueba su valor y sus sentimientos limpiamente republicanos. Los jueces de los entorchados pidieron para él pena de muerte, y la circunstancia de no ser militar le libró de la muerte y le llevó a la cárcel hasta que vino la República y fué puesto en libertad. Luego permanece luchando con la vida en Francia, hasta que suenan los primeros tiros de la sublevación militar. Sin perder un día pone la proa a España y se mete en las milicias. Sus aptitudes de mando se acusan muy pronto. Organiza el batallón alpino de Sabadell. Después se confía al "esquinazau" el mando del batallón "Cíncovillas" que se formó en Caspe y es todo un capítulo de rancio historial dentro de nuestros dos años de guerra. Su primer mando de brigada lo tiene al hacerse cargo de la 72 hasta que el 26 ó 27 de marzo, por efecto de un acuerdo tácito y unánime se pone al frente de la División 43.

Un día se trataba de ocupar una cota de 2.000 metros. El enemigo contaba con buenos medios para defenderse. Beltrán aseguró tajante:

—Es preciso llegar arriba.
—Pero sino se puede...
—Es preciso llegar.

Y se puso a la cabeza, llevándose detrás, peña arriba, peña arriba, a toda la gente.


Gestas

En una de las cotas, 18 hombres mandados por el sargento Fajanés, lucharon frente a 7 compañías. Los facciosos subían, pero la ametralladora y los fusiles de arriba aprovechaban exactamente las ráfagas y los disparos. Llegaron muy cerca. Por eso después, agotada toda la capacidad de ataque, no pudieron aguantar allí, ni aún para retirar sus heridos.

Ha seguido y sigue la pelea sin que consigan mellar moral, ni casi materialmente, el bloque de la 43º, los bombardeos desde el aire, el derroche diario y cuantiosísimo de proyectiles enemigos de cañón y mortero.

Son los hombres de la 43° División los que resistieron en la cota 423 el ataque de 2.000 hombres y una preparación de 1.500 cañonazos y 600 proyectiles de mortero.

Los ataques más fuertes fueron los del 14 y del 15 de Abril. El histórico día 14 estos enemigos de la República volcaron todo su esfuerzo para arrojar a los leales de sus peñascos. Por todas las barrancadas, por todas las gargantas, avanzaban serpientes de ejército. Los fascistas acosan a los españoles hasta sus parapetos. Llegan a poner el pie en las trincheras. Pero los defensores de la montaña luchan con sus bombas, con las manos, con la fiebre de las máquinas, con las culatas de los fusiles. Iruretagoyena, el jefe negro, antipatriota y oscurantista, maldice. Por la noche, los defensores del valle recogen sus heridos y entierran sus muertos. Son pocos, pero eran los mejores hijos de España.


El escenario de la lucha

Vamos para el buen tiempo y se olvidarán los días de gran temporal y de gran nevada. Hay que ver o que imaginar los convoyes de aprovisionamiento en los días así, para que nuestro espíritu de hermanos en la guerra acompañe suficientemnte a los soldados de la 43°.

Caravanas ondulantes de mulos. Hundiéndose, pisoteando el fangal de nieve chapoteada por animales sudorosos. Los soldados no tienen el esfuerzo físico de las bestias. No, en modo alguno; tienen también la voluntad de los valientes en la lucha. Por eso se les oye un "salud" sano y lleno de energía


La lucha

Un batallón y otro sitiaban a dos secciones nuestras en las alturas de Campodarbe. Los soldados españoles resisten clavados en las piedras. Resisten hasta el último peine, hasta la última bala y también hasta la sangre del último hombre. Nadie se entrega. Nadie retrocede. Hay un caso heroico de uno que murió en nuestras trincheras. Estuvo sentado en la ametralladora hasta que no quedaba un solo proyectil. Después, con calma rápida, la inutilizó y, abrazado a ella, para que no fuese nunca útil al enemigo, se lanzó por el despeñadero de un barranco.

España ha estado defendida y está defendida por hombres así.


Los hombres

El Jefe de la 130 es herrero, el de la 72 ferroviario y el de la 102, catedrático. Los Comisarios de las tres brigadas son: Lorenzo Berdala, maestro, Antonio Serrano, periodista, hombre de procedencia intelectual y Ramón Pérez Funes, secretario de un sindicato resinero. Una mezcla justa de actividades sindical-obrera e inquietudes intelectuales.

Ese que está ahí con su uniforme del Ejército Popular, capitán interino en la División, era uno de los muchos curas rurales que extendían su lección por toda España. Se paseaba con su sotana y decía su misa en el pueblo de Copernal. Vivió en contacto con el pueblo, por eso al empezar la guerra se apartó de los que se habían sublevado y se fué con los que se defendían contra la más injusta de las agresiones. Ambrosio Ayuso ha sido comisario y ahora es capitán interino. Está en actitud del hombre que no quiere ocuparse más que de ganar la guerra, porque comprende que puede hacerse una religión de esta defensa, de toda ética y toda justicia.


Los guerrilleros

Un día se agazaparon y pudieron disparar sobre la guardia civil. Otro hiceron fuego contra un grupo de jefes fascistas que llegaban a uno de los pueblos de la zona enemiga. Por dos veces se han metido en el pueblo de Jaca. Sin más ruido que el de las pisadas difíciles en el terreno de peñascos y cepos de maleza, van los hombres a quienes no les aprieta el corazón. A la mañana, el enemigo acusará un golpe de sorpresa.


La banda de música

La División tiene una banda, que va a tocar a los mismos parapetos. Tanto, que el otro día un cañonazo ha dejado a tres de ellos perdidos para siempre. La banda, después, interpretó, la más triunfal de sus partituras. Faltaban tres voces, pero los demás tremolaban la música de patria con brío y firmeza superados.


Facetas de la actualidad españolaLa Habana, Julio de 1938