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3304. Bertolt Brecht y la "guerra civil española"

Berthold Brecht
Ausburgo, 10 de febrero de 1898 - Berlín, 14 de agosto de 1956)


«...no todos los que hablan la lengua alemana están a favor de los generales y envían bombas y tanques a su país Y esta carta la escribo en nombre de muchos alemanes, dentro y fuera de las fronteras alemanas, en nombre de la mayoría de los alemanes. De esto estoy seguro.» Bertolt Brecht, 1938


Uno de los acontecimientos de la historia contemporánea que concitó las mayores reacciones internacionales fue la Guerra Civil española: reacciones materiales y morales, económicas y políticas, ideológicas o culturales, que polarizaron a estados, políticos o intelectuales. 

Es bien sabido que los sublevados contra la legalidad republicana contaron con el apoyo material (militar y humano) de los estados fascistas Alemania e Italia, dispusieron de soldados marroquíes (los moros), en fin, fueron favorecidos por la política de No Intervención que adoptaron las potencias occidentales, principalmente Inglaterra y Francia. Es verdad que la República se sintió militar y políticamente desasistida en aquellos momentos decisivos. Sólo la Unión Soviética reaccionó ante esta situación internacional contribuyendo materialmente a su defensa, y fue, junto con el apoyo de las Brigadas Internacionales, un factor de cierto equilibrio. En cambio, abundaron los apoyos morales: se ha repetido muchas veces que muy probablemente haya sido la frustrada «revolución española» el acontecimiento histórico que mayores adhesiones despertó, especialmente en el campo intelectual. 

En efecto, fueron sobre todo algunos intelectuales franceses y anglosajones los que se destacaron en apoyo del régimen republicano. Pero también muchos escritores alemanes denunciaron la rebelión militar, aunque sus posiciones fueran menos conocidas en España. Quizás una de las causas sea la situación difícil en que se encontraba entonces la propia Alemania, y también, que los intelectuales alemanes que podían demostrar aquel apoyo estaban en los campos de concentración o viviendo difíciles condiciones en el exilio.

Uno de estos exiliados alemanes era Bertolt Brecht, cuyo interés hacia la España democrática era grande, pese a los problemas políticos y personales que atravesaba desde 1933 con la ascensión de Hitler al poder, lo que le obligó a abandonar su país y exiliarse en el extranjero(1). Pero Brecht siguió trabajando activamente contra el ascenso del fascismo en numerosas obras y escritos. Pues bien, entre sus actividades políticas y literarias que conciernen a la guerra civil española destacan, primero, el discurso para el II Congreso Internacional de Escritores, que tuvo lugar en Madrid y otras ciudades españolas en julio de 1937, y en segundo lugar, la obra de teatro Los fusiles de la madre Carrar, escrita en la primavera del mismo año. 


El Congreso internacional de escritores para la defensa de la cultura

El Congreso, que se inició en Valencia el 4 de julio de 1937, contó con la presencia de los más importantes intelectuales españoles y numerosos extranjeros, y, en todo caso, con la participación de muchísimos intelectuales europeos y americanos que enviaron mensajes o discursos al Congreso, lo que supone una reafirmación inequívoca del apoyo que los intelectuales y científicos dieron a la República española. 

Bertolt Brecht contribuyó con un largo escrito en el que denunciaba de manera clara y rotunda al fascismo. Brecht al analizar el paralelismo entre la situación alemana y española, pone de relieve principalmente el peligro que supone el fascismo para la cultura, una cultura que para el escritor alemán no es nada abstracta, y que significa, entre otras cosas, la permanencia de las conquistas económicas y políticas de los trabajadores y las libertades de expresión y participación política, atacadas por los fascistas y que hay que defender mediante medios materiales, porque también la cultura es algo material. 

Brecht opone a la reacción violenta de los fascistas la necesidad que tiene no sólo el pueblo sino también los intelectuales de «batirse». Es decir, su discurso trasciende la coyuntura histórica española -la guerra civil- para denunciar las consecuencias del peligro fascista en general.


Los fusiles de la madre Carrar

La obra de teatro Los fusiles de la madre Carrar(2) fue escrita en la primavera de 1937, en el primer año de la guerra civil española, durante el exilio en Dinamarca, sobre una idea del dramaturgo irlandés John Synge. Su estreno tuvo lugar en Paris este mismo año. Con esta obra de un acto, con «Terror y miserias del Tercer Reich» y, asimismo, con el escrito «Cinco diflcultades al escribir la verdad», Brecht interviene activamente en la discusión política de su tiempo. 

La obra describe la voluntad de la pescadora andaluza Teresa Carrar -cuyo marido falleció en los acontecimientos de octubre del 34 en Oviedo(3)- de mantenerse al margen del conflicto, impidiendo a sus hijos ir al frente para luchar contra Franco, hasta que la muerte de su hijo Juan, asesinado por los fascistas mientras pescaba, la empuja a la lucha. Para Brecht es un intento de «mostrar lo difícil que le resulta decidirse a incorporarse en esta lucha, como no coge las armas más que en extrema necesidad ...» (4)

En 1937, cuando Brecht escribió la obra, la guerra civil española había cobrado el aspecto de una guerra ideológica. Para las dictaduras alemana e italiana el conflicto español suponía, principalmente, poner a prueba la debilidad de las democracias occidentales, que prácticamente habían capitulado con la política de No Intervención. Pues bien, Bertolt Brecht participa con esta obra, abierta y comprometidamente, en el debate ideológico y político, invitando a una resistencia activa contra los generales, porque «la humanidad tiene que hacerse guerrera en estos tiempos que corremos para no ser exterminada.» (5) 

Naturalmente, para Brecht esta propuesta no se limita localmente a España o personalmente a Teresa Carrar. Porque además de resaltar la contradictoria actitud neutralista de la pescadora andaluza frente a los generales, la obra presenta una segunda lectura, a saber: Brecht estaría cuestionando también, a través de la señora Carrar, la política de No Intervención seguida por las potencias. Brecht explicita muy claramente su pensamiento cuando dice por boca del obrero: «Si usted participa de la No Intervención, aprueba en el fondo cada baño de sangre en que estos generales sumen al pueblo español». Y más adelante: «No combatir por nosotros ... no significa no combatir. Significa combatir por los generales»(6). Es decir, «Los fusiles de la madre Carrar» no es sólo una obra teatral sobre la guerra civil, sino principalmente una invitación a la lucha activa. 

Brecht reafirma así, una vez más, el carácter comprometido de su obra, ejemplo de la relación dialéctica entre historia/política y literatura. Porque efectivamente, como señala Ernst Schumacher(7), Brecht practicó en toda su obra literaria y teatral la necesidad no sólo de interpretar el mundo, sino de formarlo. Para servir más fielmente a este propósito transformador desde una literatura abiertamente militante, y también por su valor didáctico, Brecht trata fundamentalmente en su obra temas históricos o políticos, es decir, que se basan o en hechos y acontecimientos históricos (como Gallleo Galllei, Madre Coraje y sus hijos, La vida de Eduardo II de Inglaterra, Los días de la Comuna, etc.), o en acontecimientos políticos de su tiempo (Terror y miserias del Tercer Rech, La resistible ascensión de Arturo Ui, esta misma obra Los fusiles de la madre Carrar, etc.). En resumen, Bertolt Brecht pone su lucidez de escritor, su literatura, al servicio de los problemas que le tocó vivir. Y es que Brecht es uno de esos pocos hombres que, como dice J.A. Hormigón(8), «descubren con plena lucidez su naturaleza de seres históricos», viviendo «conscientemente ligado a la historia de su tiempo.»


Germán Ojeda y Lioba Simón
Tiempo de historia núm. 29

________________________

(1) Brecht recorrió, al alejarse del avance nazi, numerosos países en su largo exilio, desde que en 1933 salió hacia Praga hasta que en 1941 se instaló en EE. UU. Entretanto vivió en Viena, Zurich, Paris, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Unión Soviitica, volviendo poco después del final de la segunda guerra a Alemania Oriental. 
(2) Teatro Completo de Bertolt Brecht , Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1976. (3) Detalles como la alusión a la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias, la referencia a los discursos del General Queipo de Llano por la radio, la llegada de las brigadas Internacionales. la situación del frente de y de los combates, etc.
demuestran que Brecht tenía un conocimiento exacto sobre la situación española. 
(4) B. Brecht, «Kunst oder Politik», Schriften zur Literatur und Kunts, 1976, pg. 252. 
(5) Ibídem, pag. 252. 
(6) Los fusiles ... , Op. cit. pags. 131 y 142. 
(7) Ernst Schumacher, Brecht, Theater und Gesellschaf, Berlín, DDR, 1973, págs. 25 a 27. 
(8) Tiempo de Historia, núm. 23, pag. 66. 








3126. O todos o ninguno

Esclavo, ¿quién te liberará?
Los que están en la sima más honda
te verán, compañero,
tus gritos oirán.
Los esclavos te liberarán.

O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.

Hambriento, ¿quién te alimentará?
Si tú quieres pan, ven con nosotros,
los que no lo tenemos.
Déjanos enseñarte el camino.
Los hambrientos te alimentarán.

O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.


Vencido, ¿quién te puede vengar?
Tú que padeces heridas,
únete a los heridos.
Nosotros, compañero, aunque débiles,
nosotros te podemos vengar.



O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.

Hombre perdido, ¿quién se arriesgará?
Aquel que ya no pueda soportar
su miseria, que se una a los que luchan
porque su día sea el de hoy
y no algún día que ha de llegar.

O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.



Bertold Brecht
(Augsburgo, 10 de febrero de 1898 - Berlín Este, 14 de agosto de 1956) 







2992. Sobre la denominación de emigrantes

Refugiados españoles cruzando los Pirineos - Archivos South West - Georges Berniard 



Siempre me pareció falso el nombre que nos han dado: emigrantes.
Pero emigración significa éxodo. Y nosotros
no hemos salido voluntariamente
eligiendo otro país. Ni inmigramos a otro país
para en él establecernos, mejor si es para siempre.
Nosotros hemos huido. Expulsados somos, desterrados.
Y no es hogar, es exilio el país que nos acoge.
Inquietos estamos, si podemos junto a las fronteras,
esperando al día de la vuelta, a cada recién llegado,
febriles, preguntando, no olvidando nada, a nada renunciando,
no perdonando nada de lo que ocurrió, no perdonando.
¡Ah, no nos engaña la quietud del Sund! Llegan gritos
hasta nuestros refugios. Nosotros mismos
casi somos como rumores de crímenes que pasaron
la frontera. Cada uno
de los que vamos con los zapatos rotos entre la multitud
la ignominia mostramos que hoy mancha a nuestra tierra.
Pero ninguno de nosotros
se quedará aquí. La última palabra
aún no ha sido dicha.


Bertolt Brecht, Poemas y canciones









2782. Nuestras derrotas no demuestran nada

Madrid, 1936.- Una mujer herida en el transcurso de una manifestación es socorrida por los Guardias de Asalto. EFE


Cuando los que luchan contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad de los que están a salvo es grande.


¿Por qué se quejan ustedes?, les preguntan.
¿No han combatido la injusticia? 

Ahora ella los derrotó.
No protesten.

El que lucha debe saber perder
El que busca pelea se expone al peligro.
El que enseña la violencia no debe culpar a la violencia.


Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad? ¿Acaso somos
vuestros enemigos los que somos enemigos de la injusticia?

Cuando los que luchan contra la injusticia están vencidos,
no por eso tiene razón la injusticia.


Nuestras derrotas lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.



Bertold Bretch
(Augsburgo, 10 de febrero de 1898-Berlín Este, 14 de agosto de 1956) 














2415. Para los de arriba

Niños en el Estadio de Montjuic, Octubre 1936


Hablar de comida es bajo.
Y se comprende porque
ya han comido.

Los de abajo tienen que irse del mundo
sin saber lo que es
comer buena carne.

Para pensar de donde vienen
y a dónde van,
están demasiado cansados.

Todavía no han visto
el vasto mar y la montaña
cuando ya su tiempo ha pasado.

Si los que viven abajo
no piensan en la vida de abajo,
jamás subirán.


Bertolt Brecht
Catón de la guerra, 1937-1938








2047. Discurso de Bertolt Brecht en el II Congreso Internacional de Escritores

Hace ahora cuatro años han tenido lugar una serie de terribles acontecimientos en mi país que señalaban que la cultura, en todas sus manifestaciones, entró en una zona de peligro mortal. El vuelco fascista despertó inmediatamenteen una gran parte del mundo las protestas más apasionadas, sus actos de violencia despertaron aversión. Aun para muchos de los que estaban llenos de aversión las grandes conexiones permanecieron completamente a oscuras. Algunos de estos sucesos, aunque percibidos, no han sido generalmente reconocidos en su significado elemental para el ser o no ser de la cultura.

Los monstruosos acontecimientos en España, bombardeos de ciudades y pueblos abiertos, matanzas de poblaciones enteras, abren ahora cada vez a más personas los ojos para el significado de los acontecimientos, en el fondo no menos monstruosos sino sólo aparentemente no tan dramáticos, que han tenido lugar entonces en países como el mío, donde el fascismo ha conquistado el poder. Ellos descubren más claramente ahora la terrible causa común de la destrucción de Guernica y la ocupación de las Casas Sindicales alemanas en mayo del 33. El grito de aquellos que son asesinados en plazas públicas, refuerza el grito imperceptible, anónimo, de aquellos que son torturados detrás de los muros de los sótanos de la Gestapo: las dictaduras fascistas han comenzado a aplicar ahora también al proletariado ajeno los métodos aplicados a su propio proletariado; tratan al pueblo español como si fuera el pueblo alemán o italiano. Si las dictaduras fascistas fabrican sus parques de aviación, el propio pueblo no recibe mantequilla y el pueblo ajeno recibe bombas. Por la mantequilla y contra las bombas estaban las casas de los sindicatos: han sido cerradas. ¿Quién puede dudar hoy todavía que la manera de las dictaduras de prestarse entre ellas los ejércitos, es una y la misma maltera que la de dar un gigantesco incremento al comercio con la mercancía fuerza de trabajo, dirigiendo hacia el capital a batallones de civiles con sus servicios voluntarios de trabajo?

Cuando se produjo el ataque general contra las posiciones económicas y políticas de los obreros alemanes e italianos, cuando se ahogó la libertad de coalición de los trabajadores, la libertad de opinión de la prensa y la democracia, con esto se efectuó el ataque general contra la cultura.

Ni inmediata ni directamente se consideró igual la destrucción de los sindicatos que la destrucción de catedrales y otros monumentos culturales. Y, sin embargo, se efectuó aquel ataque al centro de la cultura.

El pueblo alemán e italiano perdió toda posibilidad de producción cultural, cuando fue privado de sus posiciones económicas y políticas -el mismo Señor Goebbels se aburre en sus teatros-, el pueblo español, mientras defienda su tierra y su democracia con las armas, conquista y defiende su producción cultural: por cada hectárea de suelo un centímetro cuadrado de lienzo del Prado.

Si es así, si la cultura es algo inseparable de la productividad general de los pueblos, si una misma intervención violenta puede privar a los pueblos de la mantequilla y del soneto, si en efecto la cultura es algo tan material, ¿qué se ha de hacer entonces en favor de su defensa?

¿Qué puede hacer ella misma? ¿Puede batirse? Se bate, luego puede. La lucha tiene sus distintas fases. Los diferentes productores culturales se oponen primero sólo de forma impulsiva a los terribles sucesos en su país. Pero ya la designación de la barbaridad como barbaridad significa: batirse. Entonces se unen contra la barbaridad, lo que es necesario hacer para batirse. Pasan de la protesta a la apelación, del lamento al llamamiento de lucha. No sólo indican con los dedos hacia la acción criminal, sino que llaman a los criminales por su nombre y exigen su castigo. Se dan cuenta que la condena de la opresión tiene que finalizar con la exterminación de los opresores, que la compasión con las víctimas de la violencia ha de convertirse en rechazo contra los agresores, la compasión en rabia y la aversión contra la violencia en violencia. A la violencia de la clase privilegiada se ha de contraponer la violencia, la violencia plena y destrozadora del pueblo.

Porque sus guerras ya no terminan. Las escuadras de aviadores italianos, que se han lanzado encima de la infeliz Abisinia, se elevaron al aire con petróleo todavía caliente y se unieron con las escuadras alemanas para lanzarse juntos encima del pueblo español. La batalla no se acaba de resolver ya se levantan escuadras aviadoras del Japón imperialista sobre China.

A estas guerras como a aquellas otras guerras de las que hablamos, ha de declararse la guerra y esa guerra ha de llevarse a cabo como guerra.

La cultura, durante mucho, durante demasiado tiempo sólo defendida con armas espirituales, pero atacada con armas materiales, ella misma no sólo es una cosa espiritual sino también y sobre todo una cosa material, ha de ser defendida con armas materiales.


Bertolt Brecht
París, 17 de Julio de 1937











2018. Discurso de Bertolt Brecht en el I Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura



El primer Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura tuvo lugar en el Palais de la Mutualité de París del 21 al 25 de junio de 1935 y contó con 230 delegados de 38 países. El Congreso pretendía demostrar la unidad cultural entre intelectuales en la lucha contra el fascismo.

La Alianza Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, dió lugar en España a la Asociación de Escritores Antifascistas, quien sería la encargada de celebrar en 1937, en plena guerra, el II Congreso Internacional. 

Os dejamos la intervención de Bertolt Brecht en el Congreso de París de 1935.


El escritor puede decir: Mi cometido es denunciar la injusticia, y puede dejar a cargo del lector el cuidado de acabar con ella. Pero luego el escritor hará una experiencia singular. Se dará cuenta de que la cólera, como la compasión, es algo masivo, algo que existe en cantidad y puede agotarse. Y lo peor del caso: se agota en la medida en que se hace más necesaria. Algunos camaradas me han dicho: cuando referimos por primera vez que nuestros amigos eran sacrificados, hubo un clamor de horror y se ofrecieron muchas ayudas. Entonces hubo cien muertos. Pero cuando fueron mil y la carnicería no tenía fin, cundió el silencio y cada vez hubo menos ayuda. Así son las cosas: Cuando los crímenes proliferan, se hacen invisibles. Cuando las penas se vuelven insoportables, ya no se oyen clamores. Un hombre es golpeado y el espectador de la escena se desmaya. Claro que es natural. Cuando llega el crimen, como la lluvia que cae, ya nadie grita entonces “alto”.

¿Cómo remediarlo? ¿No existe el medio de impedir al hombre que vuelva la cara ante la abominación? ¿Por qué vuelve la cara? Vuelve la cara porque no ve ninguna posibilidad de intervenir. El hombre no se detiene en el dolor del otro si no puede ayudarle. Uno puede detener el golpe, si sabe cuándo cae y hacia dónde y por qué, y para qué cae. Y si uno puede detener el golpe, si existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de detenerlo, entonces puede sentir compasión de la víctima. De no ser así, también se puede sentir compasión, pero no por mucho tiempo, en todo caso no durante todo el tiempo que silben los golpes sobre la víctima. Por tanto: ¿Por qué cae el golpe? ¿Por qué se arroja la cultura por la borda como un lastre, aquellos restos de cultura que nos quedan? ¿Por qué la vida de millones de seres, de la mayoría de seres, está tan depauperada, despojada, semi o totalmente destruida?

Algunos de nosotros responden a esta pregunta diciendo: por salvajismo. Creen estar viviendo una terrible erupción en una gran parte de la humanidad, cada vez mayor, un fenómeno horripilante sin causas aparentes, que aparece de repente y tal vez, es de esperar, desaparezca también de repente, el desbordamiento impetuoso de una barbarie largo tiempo sofocada o adormecida, de naturaleza instintiva.

Los que responde así, se dan cuenta, naturalmente, ellos mismos, de que tal respuesta no alcanza lo suficiente. Y también se dan cuenta de que no se puede dar al salvajismo visos de fuerza natural, de potencia invencible de los infiernos.

Hablan también de negligencia en la educación del género humano. Algo se desatendió en este sentido o no puede hacerse con las prisas. Ahora hay que recuperar lo perdido. Contra el estado salvaje hay que implantar la bondad. Hay que evocar las grandes palabras, los conjuros que ya en una ocasión prestaron ayuda, los conceptos imperecederos: amor a la libertad, dignidad, justicia, cuya eficacia está históricamente garantizada. Y emplean los grandes conjuros. ¿Qué sucede? A la alusión de que el fascismo es salvaje responde éste con el elogio fanático del salvajismo. Acusado de fanático, responde con el elogio del fanatismo. A la imputación de que conculca la razón, condena alegremente la razón.

También el fascismo encuentra la educación descuidada. Espera mucho de una influencia sobre los cerebros y un fortalecimiento de los corazones. A las brutalidades de sus sótanos de tortura añade las de sus escuelas, periódicos, teatros. Educa a la nación entera, y lo hace durante todo el día. No dispone de demasiadas cosas que ofrecer a la gran mayoría, y eso significa tener que educar mucho. Como no proporciona comida, debe educar para la autodisciplina. Como es incapaz de poner orden en su producción y necesita guerras, debe educar para el valor físico. Necesita víctimas, y entonces tiene que inculcar a la gente el espíritu de sacrificio. También ideales, postulados formulados a los hombres, algunos son incluso grandes ideales, grandes postulados.

Bien, sabemos para qué sirven estos ideales, quién educa y a quién será útil esta educación –no a los educados-. ¿Qué ocurre con nuestros ideales? También aquellos de nosotros que ven el origen de todos los males en el salvajismo, la barbarie, sólo hablan, como hemos podido comprobar, de educación, de intervenir en los espíritus –de ningún otro tipo de intervención, sin embargo-. Hablan de educar a la gente para la bondad. Pero la bondad no saldrá a fuerza de exigir la bondad, exigirla bajo todas las condiciones, incluso las peores, así como la brutalidad no puede salir de la brutalidad.

Yo, por mi parte, no creo en la brutalidad por amor a la brutalidad. Hay que defender a la humanidad contra la acusación de que sería también brutal, si esto no fuera tan buen negocio; es una tergiversación ingeniosa de mi amigo Feuchtwanger cuando dice: la villanía precede al egoísmo; pero no tiene razón. El salvajismo no viene del salvajismo, sino de los negocios, que sin él no podrían seguir haciéndose.

En el pequeño país del cual procedo, reinan condiciones menos alarmantes que en muchos otros países; pero cada semana son destruidas 5.000 reses de matanza. Es una cosa grave, pero no es una explosión repentina de sangre. Si lo fuera, la cosa sería menos grave. La destrucción de cabezas de ganado y la destrucción de la cultura no tienen sus causas en instintos bárbaros. En ambos casos se destruye una parte de bienes producidos no sin esfuerzo, porque se ha convertido en una carga. (…) En la mayoría de los países de la tierra tenemos hoy unas condiciones sociales en las que los crímenes de toda clase son altamente premiados y las virtudes cuestan mucho: “La buena persona está indefensa, y el indefenso es apaleado, pero con la brutalidad puede uno tenerlo todo. La villanía toma sus medidas para 10.000 años. La bondad, por el contrario, necesita una guardia de corps; pero no la encuentra”.

¡Guardémonos buenamente de pretenderla de los hombres! ¡Y ojalá no pretendiéramos nada imposible! ¡No nos expongamos al reproche de que también nosotros hacemos llamamientos a los hombres para cosas sobrehumanas, esto es que, a base de practicar virtudes sublimes, sobrelleven condiciones de vida horribles que, desde luego, es posible cambiar, pero que no van a cambiar! ¡No hablamos solamente en pro de la cultura!

Compadezcámonos de la cultura, ¡pero compadezcámonos primero de los hombres! La cultura estará salvada, si los hombres se salvan. No nos debemos arrastrar hasta el punto de afirmar que los hombres existen para la cultura y ¡no la cultura para los hombres! Haría pensar demasiado en la práctica de los grandes mercados, donde los hombres acuden para las reses, ¡no las reses para los hombres!

¡Camaradas, reflexionamos sobre las raíces del mal!

Muchos de nosotros, escritores, que viven el horror del fascismo y se horrorizan de él, no han comprendido todavía esta doctrina, no han descubierto aún las raíces del salvajismo que les aterra. Siempre existe en ellos el peligro de considerar las atrocidades del fascismo como atrocidades inútiles. Siguen aferrados a las condiciones de propiedad imperantes, porque creen que, para su defensa, no son necesarias las atrocidades del fascismo. Sin embargo, para el mantenimiento de esta situación son necesarias las atrocidades del fascismo. En esto no mienten los fascistas, dicen la verdad. Aquellos de nuestros enemigos que están tan horrorizados como nosotros de las atrocidades fascistas, pero quieren mantener las actuales condiciones de propiedad o se muestran indiferentes ante su mantenimiento, no pueden hacer una guerra lo bastante vigorosa y duradera contra la barbarie predominante, porque no son capaces de ayudar a sugerir y crear unas condiciones sociales en las cuales la barbarie sea superflua. Pero aquellos que, en la búsqueda de las raíces del mal, han dado con las condiciones de propiedad, han ido profundizando más y más, a través de un infierno de atrocidades cada vez más bajas, hasta llegar al lugar donde una pequeña parte de la humanidad ha anclado y establecido su dominio despiadado. Ha echado el ancla en aquella propiedad del individuo que sirve a la explotación del prójimo y es defendida a ultranza con uñas y dientes, abandonando una cultura que no se presta ya a defenderse o ya no es capaz de hacerlo, abandonando, en fin, todas las leyes de la convivencia humana, por las cuales la humanidad ha luchado desesperadamente tanto tiempo y con tanto denuedo.

¡Camaradas, hablemos de las condiciones de propiedad!


Bertolt Brecht
París, 23 de junio de 1935










1829. Las cinco dificultades para decir la verdad

Eugen Berthold Friedrich Brecht
(Augsburgo, 10 de febrero de 1898 - Berlín, 14 de agosto de 1956)


El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.

Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.   


I. El valor de escribir la verdad   

Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.

Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».

En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras

También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.


II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad

Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.

También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.

Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.


III. El arte de hacer la verdad manejable como arma   

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.

Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mí, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oír a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.

El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.


IV. Cómo saber a quién confiar la verdad

Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.

Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.


V. Proceder con astucia para difundir la verdad

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.

Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».

Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.

La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.

Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.

Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.

Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.

En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo.

Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.

Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.

Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.

Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.


Conclusión

La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué.

Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.

Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.

Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción. 


Bertolt Brecht, 1934   

"Escritos políticos". Traducción León Mames. Caracas.  Ed. Tiempo Nuevo, 1970