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3119. Las víctimas inocentes de la guerra




Cerca de 4.000 niños recogidos por el Consejo de Protección de Menores 

En una de las residencias infantiles improvisadas atiende a los chiquitines la hija de don Indalecio Prieto.

Estos chiquillos recogidos hoy en conventos y residencias de Madrid, ¿qué saben de la tremenda lucha entablada entre los hombres de España? Corren y juegan los chiquillos sobre jardines, patios y terrazas, y cuando a uno se le pregunta dónde está su padre, la respuesta es, invariablemente, la misma: 

—Papá se quedó en casa. 

Y papá, a esa hora, estará luchando, o quizá cayó para no levantarse más, entre las jaras de la Sierra. 

Los chiquitines, en tanto, con su magnífica indiferencia infantil, juegan y ríen, trasladados de su hogar de siempre a un nuevo hogar. 

¿Qué saben ellos, felizmente, de esta fratricida lucha en que se está desangrando España?

No son sólo los hijos de los que marcharon al frente. Son, además, junto a ellos, los recogidos en la calle, y los que llegaron a Madrid desde los pueblos de la Sierra, y los que estaban en los conventos hoy incautados por las Milicias socialistas y comunistas, y los que recibían enseñanza en las residencias religiosas abandonadas por las monjas y los frailes al iniciarse la tragedia. Millares de niños y niñas a los que de momento, e inaplazablemente, hay que atender, para que su desamparo no sea total.

Toda esta labor la viene realizando el Consejo de Protección de Menores, bajo la entusiasta dirección de su presidente, Mariano Granados. Habitualmente, la gestión de este Consejo va, en forma de tutela jurídica y espiritual, hacia los niños delincuentes, hacia los que pueden ser peligrosos, hacia los que están abandonados moralmente. (Porque del abandono material entiende la Beneficencia pública). Pero al sobrevenir las actuales circunstancias, la realidad se impuso, con toda su terrible fuerza. Estaban los niños de los conventos, y los que llegaban de la Sierra, y los que tenían a sus padres en el frente y a sus madres en las organizaciones de retaguardia. De acuerdo con el ministro de Justicia, el Consejo se entregó a toda esta labor, que se salía de la suya peculiar; pero que era urgente e indeclinable. 

Si normalmente la acción del Consejo se extiende de un modo aproximado sobre algo más de un millar de chicos, hoy, muy pocos días después de haberse comenzado la nueva labor, alcanza ya a cerca de los cuatro mil niños. Y día a día llegan nuevas solicitudes y necesidades a las que poner remedio. Por fortuna, al mismo tiempo llegan en crecido número los ofrecimientos para ayudar en esa tarea de tan alto valor humano.

Esos millares de chicos están repartidos entre los establecimientos que eran ya propios del Consejo y los ahora habilitados para este fin. Así, hay chiquillos en la Escuela-Hogar de Vallehermoso, y en la Residencia de Estudiantes, y en el Noviciado de María Inmaculada, y en el convento del Santísimo Sacramento y en la Escuela Nacional de Puericultura. La mayor de todo esto ha tenido que improvisarse, y a fuerza de entusiasmo y de fervor se suple la organización que sólo da el tiempo. 

Quizá de todas las nuevas residencias infantiles instaladas, la más completa es la que hay desde hace unos días en el antiguo convento de San Blas, en la Travesía del Fúcar. Hay en él unas cuarenta niñas, procedentes, en su mayor parte, de conventos incautados o abandonados. Al frente de la residencia está un equipo de mujeres que voluntariamente realizan todas las faenas de la casa. La que lleva la parte directiva es la esposa del aviador Hidalgo de Cisneros. Cocinan, friegan y limpian, entre otras muchachas, tres profesoras del Instituto-Escuela. Allí hemos visto también, riendo mientras pelaba unas patatas, cuidaba de una paella o secaba una cacerola, a Conchita Prieto, la hija del ex ministro socialista.

Todos estos servicios de los que se han ofrecido a atender a los niños víctimas de la guerra civil son desinteresados, naturalmente. Pero el mantenimiento de los chiquillos exige un gasto de importancia, superior a los recursos habituales del Consejo de Protección de Menores. Para atender a ello se ha iniciado una suscripción, que sólo en dos días ha alcanzado ya una cifra de importancia, y a la que hay anunciadas nuevas y considerables aportaciones. Esta suscripción, por lo que en ella hay de noble emoción humana, tendrá, seguramente, la adhesión de muchos, que querrán así aliviar la situación de tanta víctima inocente de nuestra guerra civil. 

Mientras fuera, en la calle, la pasión se enciende, y más allá, en el campo y en la montaña, se lucha y se muere, aquí, en la paz de estas residencias improvisadas, los chiquillos corren, juegan y ríen. ¿Qué saben ellos, felizmente, de esta lucha fratricida en que se está desangrando España? 


J.M.A. 
Mundo Gráfico, 5 de agosto de 1936







2997. Primeras letras




Un día, lunes, cerca
del mar, sonó
la palabra. Era verano
entre las cañas
pacíficas
del trigo y nunca
la alucinante hoguera
de las furias
se propagó con tanta
iniquidad.

Vinieron
cargas de odios
en camiones, gritos
y sogas en camiones.
Ebrios de mosto
y esperma, bajaron
hasta el mar
adolescentes brunos,
ciegos
y reclutados
con los aperos de la felonía;
niñas de sangres
iniciales;
espantos y pancartas
al frente de los himnos.

Entre el despliegue
tortuoso, ¿quién
me llevó de la mano
a la frontera
fratricida? ¿Dónde
me desertaron de ser niño?
Oh qué terribles y primeras
letras letales
de la patria. Párvula madre
mía, ¿qué hiciste
de nosotros, los que apenas
pudimos aprender
la tabla de sumar de la esperanza?


José Manuel Caballero Bonald
Pliegos de cordel, 1963






2908. Cómo se educa a los hijos de los combatientes en el Hogar Infantil del 5° Regimiento




La visión más directa, dramática y espectacular de la guerra es la de los campos de batalla: las ametralladoras, las trincheras, las casas trágicamente mutiladas, la muerte entre un coro de cañonazos y de gritos. Pero hay también, callada y dolorosa, otra estampa de la Sierra: el dolor en la retaguardia, las hileras de viudas y de huérfanos, las familias deshechas porque el padre, o el hermano, o el hijo quedaron allá, sobre una tierra encharcada de sangre. 

Muchas instituciones acogen ahora en Madrid a los chiquillos cuyos padres combaten en los frentes o a los chiquillos que pudieron escapar de los lugares de lucha, en un éxodo sombrío. Esa es la guerra, vista desde la retaguardia, en sus estampas trágicas y silenciosas. 

Muchos de aquellos chiquillos son ya, sin saberlo ellos mismos, huérfanos. El padre marchó un día alegremente, fusil al hombro. Primero, unas cartas largas, con detalles menudos de la vida de campaña. Las cartas se fueron espaciando, y un día dejaron de llegar. Nada más. Aquel silencio largo del ausente era la muerte, era la orfandad. 

Uno de esos grandes hogares colectivos para chiquillos de los combatientes es este que el Socorro Rojo Internacional tiene establecido en lo que era hasta hace unos meses Asilo de Convalecientes, en la calle de Abascal. Es un edificio grande y claro, de enormes salas, de sobria decoración. Están recogidos en él unos doscientos setenta chiquillos, entre niños y niñas. Su edad varía entre los seis y los catorce años. De esos niños, la mayor parte tienen a sus padres combatiendo en los frentes; el resto son evadidos de los lugares de lucha.

—Mi padre hace ya cerca de tres meses que se marchó a la Sierra. 

—El mío está en Avila 

—Y yo vine con mi familia desde Talavera

Todos estos peques aquí recogidos —¿cuántos son ya huérfanos sin saberlo?— reciben al mismo tiempo asistencia y educación. Su jornada empieza pronto: a las siete y media de la mañana. Gimnasia, clases, recreo. Pronto habrá también talleres: zapatería, mecánica, carpintería... En ellos empezarán a forjarse para la vida futura los chiquillos mayores aquí recogidos. Los de ahora son, en su mayor parte, párvulos, peques entre los seis y los ocho años, más cerca de la escuela que del taller. 

Encargados de la enseñanza de los chiquillos están cuatro maestros y cuatro maestras. Hay, además, un equipo de cuidadoras, para vigilarlos en todo momento, para atender a los más chiquitines, a los que exclusivamente por sí solos no pueden valerse. Además, y con sujeción a un orden establecido, los maestros y maestras se turnan para, después de acabadas las horas de lección, seguir conviviendo con los chiquillos. Es decir: se busca que no exista una separación entre hogar y escuela, que ambos conceptos y ambos ambientes se fundan para esos niños en una misma vida, en un mismo fondo para sus horas.

El juego, el recreo. El juego en que, insensiblemente, van los muchachos mostrando y forjando su inclinación espiritual. Se les da, por ejemplo, plastilina para modelar cuantas figuras les sugiere su imaginación. Con ese barro de colores alegres hacen muñecos, carros, casas, muebles, bichos... Hay figuras que son verdaderas y pequeñas obras de arte, signo de una gran habilidad manual, promesa y temblor ingenuo de lo que quizá puede ser un día maestría escultórica. 

Muchos días, acabado el ritmo normal de la jornada, se dan conferencias a los muchachos. Se les habla, en un tono sencillo y fácil, asequible para ellos, de temas de cultura popular o de temas políticos. Ellos escuchan con una atención absorta las palabras que van abriéndoles mundos nuevos, que van haciendo surco en sus frentes para las ideas que serán más tarde su pasión de hombres.

Los chiquillos tienen su periódico. Es un periódico mural, pegado sobre la pared de un pasillo inmediato a uno de los amplísimos comedores. Los peques hacen para su periódico dibujos y textos. Dibujos, casi siempre, sobre figuras y temas de esta apasionada hora española de hoy. El texto es, igualmente, sobre motivos de actualidad. Así, por ejemplo, uno de esos breves artículos infantiles comienza de este modo: «Prepárame el desayuno, que me voy a marchar a una reunión que tenemos hoy los compañeros. Asistí a la junta con gran entusiasmo; hablamos de algunas cosas que teníamos que hacer. Al salir de la reunión, dije a un compañero; «Oye, Carlos, ¿qué representan las Milicias populares en España hoy para ti?» Y el compañero Carlos me contestó: «Hombre, pues los que han sustituido a los guardias de Asalto.» Yo me eché a reír, diciéndole: «Compañero, estás muy equivocado...» 

Seguramente el rasgo más nuevo y más interesante en este régimen de vida que siguen los acogidos en este Hogar del Hijo del Combatiente es lo que hay de autodeterminación y autoadministración en estos muchachos. Los distintos grupos tienen sus responsables, elegidos por los mismos chiquillos cuando éstos son ya mayores, o, si son pequeños todavía, designados por aquellos otros de mayor edad. Los muchachos celebran sus reuniones y hablan y discuten sobre problemas que afectan a su vida en la residencia. Observaciones, quejas, sugestiones... El responsable es el encargado de recoger todo esto y darle la tramitación correspondiente. Se educa de este modo a los chiquillos en el concepto de la propia responsabilidad y de la iniciativa propia. 

Esta es la vida que llevan esos centenares de niños y niñas acogidos en el Hogar del Hijo del Combatiente. Ese es el espíritu en que se va modelando su personalidad naciente, surgida a la vida en la hora más tensa de España. Ellos, aquí, juegan, corren y ríen. Estudian o se disponen a entrar en el taller. Sus padres, en tanto, luchan allá, en un duelo dramático con la Muerte. O quizá cayeron ya sobre la tierra enrojecida por la sangre. 


Mundo Gráfico, 21 de octubre de 1936









2896. La guerra en mis ojos. Los cuatro exilios de Ana

La guerra en mis ojos. Los cuatro exilios de Ana

Los autores almerienses Fran Martín (autor entre otros libros de memoria de la obra “Madre anoche en las trincheras. Dos hermanos de Serón en la guerra de España” y Sonia Cervantes, han documentado la biografía de una niña malagueña de la guerra de España. Su obra “LA GUERRA EN MIS OJOS. Los cuatro exilios de Ana”, editada bajo el sello de Editorial Círculo Rojo, narra las vicisitudes de la población no combatiente durante la contienda. Centrada en la historia real de la familia Pomares Ruiz, es Ana la que con sus recuerdos actuales, a la edad de 91 años, da forma y sentido a esta historia que a su vez lo es de toda su familia y de otros muchos más.

Representa la visión de una niña sobre su experiencia vital durante la contienda del 36. Los contextos espacio temporales que marcan la singladura de Ana Pomares van desde la Málaga de la dictadura de Primo de Rivera, el período republicano y la guerra hasta la toma de la ciudad que generó el primer gran exilio de Ana, la carretera de la muerte de Málaga a Almería. Los bombardeos aéreos, los refugios en las cuevas del Cerrillo del Hambre en la capital almeriense.

Segundo exilio a Orán en una traíña de pesca, travesías trascontinentales, Port Vendres, la Barcelona de enero de 1938, las bocas de metro, los refugios, la Barceloneta, la Aviación Legionaria Italiana, Valencia, el refugio infantil del Colegio Balmes con capacidad para 1.000 niños.

El tren en tiempos de guerra, del tranvía malagueño a los vapores, la solidaridad entre los refugiados, bombardeos y huídas de la sinrazón. El mar como elemento de subsistencia familiar, vida cotidiana de la población no combatiente, ejemplo de cómo la población civil tuvo que soportar la violencia y los desarraigos familiares. Todos estos son algunos de los temas que el lector conocerá de primera mano a través de los recuerdos de esta nonagenaria malagueña de nacimiento con raíces almerienses y que reside en Algeciras desde los últimos 70 años.

Conocer la singladura de los Pomares Ruiz supone viajar al pasado para acercarnos a cómo las familias se tuvieron que adaptar a las tristes y duras circunstancias de huir para sobrevivir. Los momentos del camino a ninguna parte, la zozobra de la desesperación y la incertidumbre de cómo poder seguir sorteando todas las vicisitudes y problemáticas derivadas de aquella incivil guerra.

Además, la obra cuenta con un “Epílogo final la opinión de los historiadores”, donde colaboran historiadores de reconocido prestigio contextualizando los exilios de Ana. Tal es el caso de Julián Casanova, Encarnación Barranquero Texeira, Eusebio Rodríguez Padilla y Mirta Núñez Díaz-Balart. Paul Preston también realiza una mención de la obra en la contraportada.

La obra cuenta con un importante archivo gráfico de la familia Pomares Ruiz que va desde instantáneas de 1917, los años 30 o la dura y posterior posguerra.

Fuentes hemerográficas, gráficos sobre bombardeos tanto en Almería como en Barcelona, documentos de un pasado que enlazan con las vivencias y sufrimientos de esta niña de la guerra que por suerte, aún todavía vive y ha decidido contar su historia para que el paso del tiempo no la sumerja en el más triste de los olvidos. Ana Pomares es el último bastión, el último testigo del tiempo de aquella increíble historia enmarcada en una guerra, la del 36.










2889. Alberto Leiva. Cuatro días y cuatro noches andando hacia Madrid

Alberto Leiva (Fotografía de Vicente López Videa)


La odisea de un chaval de doce años. Cuatro días y cuatro noches andando hacia Madrid 

Alberto Leiva es un chaval de doce años, fuerte y vivaz, de rostro tostado y de ojos grandes y expresivos. Es suelto de ademán y rápido de gesto. Habla con un marcado acento cordobés, y hay en todo él la viveza de su tierra meridional. 

Es andaluz, y está ahora en Madrid, en una de las residencias para hijos de combatientes y de evadidos. Vive con centenares de compañeros. Otros chavales como él, que a lo largo de todo el día estudian o se divierten en el jardín y en las estancias de la enorme casona que les sirve hoy de albergue. 

Los chiquillos juegan y ríen, y nada en sus rostros delata el drama que pesa ya sobre sus pequeñas vidas. Entre esos dramas está el de Alberto Leiva. Doce años nada más, y ya sobre su espíritu la carga de un dolor, que irá haciéndose más grande a medida que los días pasen y que la conciencia adquiera todo su valor en la personalidad todavía balbuciente. 

Hoy, lo vivido sólo le parece aún a este muchacho como un sueño, del que le apartan los juegos y los amigos, del que le aparta, sobre todo, su escasa edad. Mas cuando el niño vaya muriendo y el hombre surja, el recuerdo de la tragedia —el mismo sombrío recuerdo en tantos otros niños españoles— se hará más patético en la frente de este Alberto Leiva del rostro tostado y los grandes ojos expresivos. 

Rápidamente, a saltos, como si no quisiera acordarse de ello, ha ido evocando sus horas malas. Parecía, mientras hablaba, que tiraban de él, más poderosos que el recuerdo de drama vivido, los juegos y las palabras de los compañeros que corrían cerca. 

Es de Montilla. Su padre era el presidente de la Sociedad de Carpinteros de este pueblo cordobés. Ardía la provincia en las llamas de la guerra civil. Un día, la lucha estalló allí mismo, en las blancas calles montillanas, ante las casas bajas, que se cerraban precipitadamente. Sonaban los fusiles y las ametralladoras. Se oían gritos. A trechos, un silencio impresionante. 

En casa de Alberto Leiva, los siete chiquillos del matrimonio se acurrucaban junto a la madre. Los tiros tejían un eco de tragedia sobre el hogar proletario. La hermana mayor —catorce años— sostenía en brazos al último de los hermanos: un chiquillo de un año nada más. 

Así, recluidos en el hogar, hubieron de estar muchas horas, sin poder salir. Cuando parecía ya extinguida la lucha pensaron en marchar de la casa, en huir del pueblo. El matrimonio y los chiquillos salieron. No había acabado aún el drama de Montilla. Allí mismo, casi a la puerta de la casa, quedó muerto el padre. Al escuchar los tiros, este Alberto Leiva, que está hoy en Madrid, echó a correr. Le pareció, en la huida, que los soldados detenían a su madre. No vio más. Dobló la primera esquina, Cruzó calles y calles hasta verse en las afueras del pueblo. Sobre su oído y sobre su corazón seguían resonando aquellos tiros que habían matado a su padre. Corría y Corría, anhelante, angustiado. Iban quedando lejos las casas blancas del pueblo. Ya Montilla era sólo un caserío perdido en la distancia. 

—Yo sólo pensaba en correr, en ir lejos de allí... —dice ahora, al recordar las horas de la huida febril a través de los campos cordobeses. 

Muchas horas así. Y no le fatigaba el andar. Cuando fue de noche y el sueño le venció, se tendió a un lado del camino. Pero su obsesión única era la de andar, la de alejarse de Montilla. Caminaba de día y de noche. Así llegó a Espejo. Después, a Villa del Río. Ya no recuerda los nombres de pueblos. Andaba y andaba, sin saber hacia dónde iba. 

De vez en cuando encontraba por la carretera patrullas de soldados. Le paraban, le preguntaban adonde iba. El decía que a Madrid, ignorando realmente si aquel camino llevaba en efecto a Madrid. Los soldados le dejaban seguir. 

—Bueno, muchacho, vete. 

Así, sobre los caminos, cuatro días con sus cuatro noches, en su corazón el recuerdo del padre muerto, de la madre y los hermanos distantes. Para él apenas existían el hambre y el sueño. Sólo aquel afán único de escapar, de llegar a tierra de paz. Cuando el sueño podía más que las piernas, se echaba a dormir a los lados del camino. Si el hambre le azuzaba, entraba en las huertas y cogía fruta. 

Al cabo de esos cuatro días con sus cuatro noches vio que un coche avanzaba por la carretera. El coche se detuvo ante el chiquillo. Unos hombres se bajaron e hicieron al muchacho unas cuantas preguntas.

Este coche era del Socorro Rojo Internacional. Subieron en él al muchacho. Unas horas después, Alberto Leiva estaba en Madrid, en una de las oficinas del Socorro. Al día siguiente ingresaba en la residencia en que ahora está, y en la que lleva ya un mes. Allí juega, estudia y se dispone a aprender un oficio.

No ha vuelto a saber nada de Montilla. Nada de su madre y de sus hermanos. ¿Está la madre en la cárcel? ¿Pudieron escapar, como él, y están en algún otro pueblo? Alberto Leiva, aquí, en Madrid, sin los suyos, se siente sólo, huérfano. 

Pero él prefiere no hablar de su drama, de su odisea. Es todavía un niño, y tiene ya un pasado. Como en un escape de esa realidad triste, prefiere hablar de su porvenir, del oficio que quiere aprender afanosamente. 

—¿Qué vas a ser?

—Carpintero. Como mi padre. 


J.M.A. 
Mundo Gráfico, 21 de octubre de 1936






2863. Juan Ramón Jiménez y su esposa han instalado un piso para atender a doce chiquillos abandonados

Fotografía de Vicente López Videa/Mundo Gráfico



Juan Ramón Jiménez y su esposa se ofrecieron hace unos cuantos días a los correspondientes organismos oficiales para hacer algo en favor de los chiquillos que ahora quedaban en Madrid desamparados por estar sus padres en el frente, por haberse tenido que marchar de su pueblo de residencia o por haberse interrumpido la vida en el convento en que iban formándose.

El poeta pensó que lo mejor que él podía hacer era atender directamente a unos cuantos de esos niños. Así lo hicieron su esposa y él. Alquilaron un piso en la calle de Velázquez, Instalaron en él, ofrecidas por algunos vecinos de la casa, unas cuantas camas infantiles. Dos mesas pequeñas, unas sillas y los útiles de cocina. Quedó así montada la residencia, sencillamente, improvisadamente, pero con esa íntima y suave emoción de hogar —trato directo sobre los chiquillos— que inútilmente quieren tener las residencias a base de muchos niños, en las que no es posible una acción tan directa y constante sobre los muchachos. 

Doce chiquillos reciben asistencia en este piso ahora alquilado para este fin por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. Doce chavales entre los cinco y los ocho años. Sólo uno tiene menos edad: Paquito García Abril. Dos años, un rostro mofletudo y un aire tranquilo y pacífico. He aquí los nombres de los otros once: José Nebrera Álvarez, Joaquín y Antonio Castillo Martínez, Jesús Álvarez Fernández, Juan Sanz Vallejo, Alfonso López Irazusta, Enrique Hernández Berguizez, Narciso Hernández Conde, José Antonio de la Fuente, Luis Alpenseque Martín y Manuel Colina Jiménez

Juan Ramón Jiménez me va enseñando el piso alquilado para recoger a estos chicos. Paredes blancas y desnudas, un comedor con dos mesas pequeñas, tres dormitorios, el cuarto de baño, en que la esposa del poeta, ayudada por algunas amigas, va bañando de dos en dos a los chavales. Sobre los muebles del comedor hay algunos juguetes. 

En el piso los chicos sólo duermen y comen. El resto del día lo pasan en el jardín de un palacio incautado ahora por el Estado, y situado en la misma calle de Velázquez, exactamente frente a la casa. Un jardín en sombra aun en las horas más violentas de sol, con un estanque, con unos árboles altos, con un musical temblor de pájaros. («Medita el ruiseñor, las penas son más bellas, y sobre la tristeza florece la sonrisa», escribió un día el propio Juan Ramón Jiménez). 

Los chiquillos comen a las doce y cenan a las siete. Se bañan antes de comer, y por la tarde, tras de la comida, hacen un poco de reposo. El resto del día, corriendo y jugando por el jardín. Maillots verdes y azules, caras soleadas, piernas infatigables sobre la arena. Cerca de ellos, la compañía afectuosa de Juan Ramón, de su esposa, de las amigas que les ayudan en la noble tarea. Palabras comprensibles para ellos, que vayan formando su sensibilidad y su inteligencia, que vayan siendo surco para el aprendizaje y la enseñanza de más tarde. Cerca de doce niños, esta labor se puede realizar eficazmente, con un resultado incomparablemente mejor que en una de esas enormes bandadas de chicos que hay en otras residencias. Esta ahora instalada por Juan Ramón Jiménez es como un hogar. Una casa de familia numerosa e improvisada, en que se puede conocer el nombre y el espíritu de cada uno de los niños. 

Sencillamente, silenciosamente, con esa honda sencillez y ese silencio luminoso que son toda su vida y toda su obra, ha creado Juan Ramón Jiménez esta residencia, alegre, bella e íntima. Sin gestos espectaculares, sin retórica. Mientras los chiquillos vuelven, en dos grupos, del jardín y empiezan a bañarse, cerca ya de las doce, el escritor va poniendo la mesa de los doce muchachos. Sobre el blanco mantel, la mano pálida del escritor pone el plato, el vaso, la cuchara, la servilleta. No puedo ver sin emoción la escena. Esa mano que lentamente, cuidadosamente, está preparando la mesa de doce chiquillos desvalidos, es la misma que trazó la emoción magistral de Platero y yo. 


J.M.A. 
Mundo Gráfico, 12 de agosto de 1936







2655. Duro tiempo


En un campo de refugiados, una madre española alimenta a su hijo durante la Guerra de España Española.
(Archivos South West. Georges Berniard
 )



Nuestra niñez no ha sido protegida
por canciones de nácar,
por símbolos de azúcar inefable
o guirnaldas de estaño.
Nuestra infancia sabía a hierba amarga,
a guerra fratricida,
sin fábulas azules ni leyendas.
Enseguida supimos que la vida
─aquel tallo inocente─
nacía de una entraña ensangrentada
que indicaba el camino
hacia la luz, entre la carne rota.
Que las madres guardaban
recuerdos prenatales en su vientre.
A esquirlas de metralla, a realidades,
nos sacaron del mundo
en que era fácil y feliz sin niño.
Con obuses, con bombas
conocimos la atroz mitología
que izaban la palabras
del lívido alarido de la herida.
Hicimos colección de balas viejas
usadas por la muerte.
Nana feroz nos daban en la noche
las sirenas de alarma
y el agujero del terror oscuro
del refugio antiaéreo
que jugaba por el día con nosotros.
Lo mismos que asexuales criaturas
inventábamos juntos
iguales violencias. (Una niña
alunas veces vino,
se me subió a los ojos lentamente
y lloró en mis pupilas
inexplicables ríos infantiles─)
Y ese ha sido el preludio,
la llegada a la tierra que vivo.
Los indicios apenas de la vida
repartida en dos seres
y desdoblada, separada, aparte.
La dura despedida
del otro ser que se quedó en la muerte.
Sin ser mujer, y sin tener infancia
allí, en tierra de nadie,
en tiempo neutro, en limbo sostenido,
la niñez compañera
era un capullo pálido, caído,
ahogado entre la sangre
en donde ser perdió la niña muerta.
Pero siguió la muerte su camino
y los hermanos eran
allá en el frente, dioses luminosos,
de guerreros antiguos
resplandeciendo a un lado de la lucha,
en el duro combate,
en la carne mortal, herida y nuestra,
mientras iba cayendo eterna lluvia
en la herida infectada
de acuchillados campos. En el hueso
innumerable y joven
del múltiple cadáver, y algo hembra,
mujer, madre del luto,
algo llamado España sollozaba.


María Beneyto
Vida anterior, 1962











2494. Las nanas infantiles

Hospital maternal de Barcelona, Julio 1936. (Foto: Chim)


Señoras y señores:

En esta conferencia no pretendo, como en anteriores, definir, sino subrayar; no quiero dibujar, sino sugerir. Animar, en su exacto sentido. Herir pájaros soñolientos. Donde haya un rincón oscuro, poner un reflejo de nube alargada y regalar unos cuantos espejos de bolsillo a las señoras que asisten.

He querido bajar a la ribera de los juncos. Por debajo de las tejas amarillas. A la salida de las aldeas, donde el tigre se come a los niños. Estoy en este momento lejos del poeta que mira el reloj, lejos del poeta que lucha con la estatua, que lucha con el sueño, que lucha con la anatomía; he huido de todos mis amigos y me voy con aquel muchacho que se come la fruta verde y mira cómo las hormigas devoran al pájaro aplastado por el automóvil.

Por las calles más puras del pueblo me encontraréis; por el aire viajero y la luz tendida de las melodías que Rodrigo Caro llamó "reverendas madres de todos los cantares". Por todos los sitios donde se abre la tierna orejita rosa del niño o la blanca orejita de la niña que espera, llena de miedo, el alfiler que abra el agujero para la arracada.

En todos los paseos que yo he dado por España, un poco cansado de catedrales, de piedras muertas, de paisajes con alma, me puse a buscar los elementos vivos, perdurables, donde no se hiela el minuto, que viven un tembloroso presente. Entre los infinitos que existen, yo he seguido dos: las canciones y los dulces. Mientras una catedral permanece clavada en su época, dando una expresión continua del ayer al paisaje siempre movedizo, una canción salta de pronto de ese ayer a nuestro instante, viva y llena de latidos como una rana, incorporada al panorama como arbusto reciente, trayendo la luz viva de las horas viejas, gracias al soplo de la melodía.

Todos los viajeros están despistados. Para conocer la Alhambra de Granada. por ejemplo, antes de recorrer sus patios y sus salas, es mucho más útil, más pedagógico comer el delicioso alfajor de Zafra o las tortas alajú de las monjas, que dan, con la fragancia y el sabor, la temperatura auténtica del palacio cuando estaba vivo, así como la luz antigua y los puntos cardinales del temperamento de su corte.

En la melodía, como en el dulce, se refugia la emoción de la historia, su luz permanente sin fechas ni hechos. El amor y la brisa de nuestro país vienen en las tonadas o en la rica pasta del turrón, trayendo vida viva de las épocas muertas, al contrario de las piedras, las campanas, las gentes con carácter y aun el lenguaje.

La melodía, mucho más que el texto, define los caracteres geográficos y la línea histórica de una región y señala de manera aguda momentos definidos de un perfil que el tiempo ha borrado. Un romance, desde luego, no es perfecto hasta que no lleva su propia melodía, que le da la sangre y palpitación y el aire severo o erótico donde se mueven los personajes.

La melodía latente, estructurada con sus centros nerviosos y sus ramitos de sangre, pone vivo calor histórico sobre los textos que a veces pueden estar vacíos y otras veces no tienen más valor que el de simples evocaciones.

Antes de pasar adelante debo decir que no pretendo dar en la clave de las cuestiones que trato. Estoy en un plano poético donde el sí y el no de las cosas son igualmente verdaderos. Si me preguntan ustedes: "¿Una noche de luna de hace cien años es idéntica a una noche de luna de hace diez días?", yo podría demostrar (y como yo otro poeta cualquiera, dueño de su mecanismo) que era idéntica y que era distinta de la misma manera y con el mismo acento de verdad indiscutible. Procuro evitar el dato erudito que, cuando no tiene gran belleza, cansa a los auditorios, y en cambio, persigo subrayar el dato de emoción, porque a vosotros os interesa más saber si de una melodía brota una brisa tamizada que incita al sueño o si una canción puede poner un paisaje simple delante de los ojos recién cuajados del niño, que saber si esa melodía es del siglo XVII o si está escrita en 3 por 4, cosa que el poeta debe saber, pero no repetir, y que realmente está al alcance de todos los que se dedican a estas cuestiones.

Hace unos años, paseando por las inmediaciones de Granada, oí cantar a una mujer del pueblo mientras dormía a su niño. Siempre había notado la aguda tristeza de las canciones de cuna de nuestro país; pero nunca como entonces sentí esta verdad tan concreta. Al acercarme a la cantora para anotar la canción observé que era una andaluza guapa, alegre sin el menor tic de melancolía; pero una tradición viva obraba en ella y ejecutaba el mandado fielmente, como si escuchara las viejas voces imperiosas que patinaban por su sangre. Desde entonces he procurado recoger canciones de cuna de todos los sitios de España; quise saber de qué modo dormía a sus hijos las mujeres de mi país, y al cabo de un tiempo recibí la impresión de que España usa sus melodías para teñir el primer sueño de sus niños. No se trata de un modelo o de una canción aislada en una región, no; todas las regiones acentúan sus caracteres poéticos y su fondo de tristeza en esta clase de cantos, desde Asturias y Galicia hasta Andalucía y Murcia, pasando por el azafrán y el modo yacente de Castilla.

Existe una canción de cuna europea, suave y monótona, a la cual puede entregarse el niño con toda fruición, desplegando todas sus aptitudes para el sueño. Francia y Alemania ofrecen característicos ejemplos, y entre nosotros, los vascos dan la nota europea con sus nanas de un lirismo idéntico al de las canciones nórdicas, llenas de ternura y amable simplicidad.

La canción de cuna europea no tiene más objeto que dormir al niño, sin que quiera, como la española, herir al mismo tiempo su sensibilidad.

El ritmo y la monotonía de estas canciones de cuna que llamo europeas las pueden hacer aparecer como melancólicas, pero no lo son por sí mismas; son melancólicas accidentalmente, como un chorro de agua o el temblor de unas hojas en determinado momento. No podemos confundir monotonía con melancolía. El cogollo de Europa tiende grandes telones grises ante sus niños para que duerman tranquilamente. Doble virtud de lana y esquila. Con el mayor tacto.

Las canciones de cuna rusas que conozco, aun teniendo el oblicuo y triste rumor eslavo, pómulo y lejanía, de toda su música, no poseen la claridad sin nubes de las españolas, el sesgo profundo, la sencillez patética que nos caracterizan. La tristeza de la canción de cuna rusa puede soportarla el niño, como se soporta un día de niebla detrás de los cristales; pero en España, no. España es el país de los perfiles. No hay términos borrosos por donde se pueda huir al otro mundo. Todo se dibuja y limita de la manera más exacta. Un muerto es más muerto en España que en cualquiera otra parte del mundo. Y el que quiere saltar al sueño se hiere los pies con el filo de una navaja barbera.

No quiero que crean ustedes que vengo a hablar de la España negra, la España trágica, etc., etc., tópico demasiado manoseado y sin eficacia literaria por ahora. Pero el paisaje de las regiones que más trágicamente la representan, que son aquellas donde se habla el castellano, tiene el mismo acento duro, la misma originalidad dramática y el mismo aire enjuto de las canciones que brotan en él. Siempre tendremos que reconocer que la belleza de España no es serena, dulce, reposada, sino ardiente, quemada, excesiva, a veces sin órbita; belleza sin la luz de un esquema inteligente donde apoyarse y que, ciega de su propio resplandor, se rompe la cabeza contra las paredes.

Se puede encontrar en el campo español ritmos sorprendentes o construcciones melódicas llenas de un misterio y una antigüedad que escapa a nuestro dominio; pero nunca encontraremos un solo ritmo elegante, es decir, consciente de sí mismo, que se vaya desarrollando con serenidad querida aunque brote del pico de una llama.

Pero aun dentro de esta tristeza sobria o este furor rítmico España tiene cantos alegres, chanza, bromas, canciones de delicado erotismo y encantadores madrigales. ¿Cómo ha reservado para llamar al sueño del niño lo más sangrante, lo menos adecuado para su delicada sensibilidad?

No debemos olvidar que la canción de cuna está inventada (y sus textos lo expresan) por las pobres mujeres cuyos niños son para ellas una carga, una cruz pesada con la cual muchas veces no pueden. Cada hijo, en vez de ser una alegría, es una pesadumbre, y, naturalmente, no pueden dejar de cantarles, aun en medio de su amor, su desgano de la vida.

Hay ejemplos exactos de esta posición, de este resentimiento contra el niño que ha llegado cuando, aun queriendo la madre. no ha debido llegar de ninguna manera. En Asturias, se canta esto en el pueblo de Navia:

Este neñín que teño nel colloe 
d'un amor que se tyama Vitorio,
Dios que madeu, treveme llongo
por non andar con Vitorio nel collo.

Y la melodía con que se canta está a tono con la tristeza miserable de los versos.

Son las pobres mujeres las que dan a los hijos este pan melancólico y son ellas las que lo llevan a las casas ricas. El niño rico tiene la nana de la mujer pobre, que le da al mismo tiempo, en su cándida leche silvestre, la médula del país.

Estas nodrizas. juntamente con las criadas y otras sirvientas más humildes, están realizando hace mucho tiempo la importantísima labor de llevar el romance, la canción y el cuento a las casas de los aristócratas y los burgueses. Los niños ricos saben de Gerineldo de don Bernaldo, de Tamar, de los amantes de Teruel, gracias a estas admirables criadas y nodrizas que bajan de los montes o vienen a lo largo de nuestros ríos para darnos la primera lección de historia de España y poner en nuestra carne el sello áspero de la divisa ibérica: "Solo estás y solo vivirás".

Para provocar el sueño del niño intervienen varios factores importantes si contamos, naturalmente, con el beneplácito de las hadas. Las hadas son las que traen las anémonas y las temperaturas. La madre y la canción ponen lo demás.

Todos los que sentimos al niño como el primer espectáculo de la Naturaleza, los que creemos que no hay flor, número o silencio comparables a él hemos observado muchas veces cómo, al dormir y sin que nada ni nadie le llame la atención, ha vuelto la cara del almidonado pecho de la nodriza (ese pequeño monte volcánico estremecido de leche y venas azules) y ha mirado con los ojos fijos la habitación aquietada para su sueño.

"¡Ya está ahí!", digo yo siempre, y, efectivamente, está.

El año de 1917 tuve la suerte de ver a un hada en la habitación de un niño pequeño, primo mío. Fue una centésima de segundo, pero la vi. Es decir, la vi... como se ven las cosas puras, situadas al margen de la circulación de la sangre, con el rabillo del ojo, como el gran poeta Juan Ramón Jiménez vio a las sirenas, a su vuelta de América: las vio que se acababan de hundir. Esta hada estaba encaramada en la cortina, relumbrante como si estuviera vestida con un traje de ojo de perdiz, pero me es imposible recordar su tamaño ni su gesto. Nada más fácil para mí que inventármela, pero sería un engaño poético de primer orden, nunca una creación poética, y yo no quiero engañar a nadie. No hablo con humor ni con ironía; hablo con la fe arraigada que solamente tienen el poeta, el niño y el tonto puro. Al hablar incidentalmente de las hadas cumplí con mi deber de propagandista del sentido poético, hoy casi perdido por culpa de los literatos y los intelectuales, que han esgrimido contra él las armas humanas y poderosas de la ironía y el análisis.

Después del ambiente que ellas crean hacen falta dos ritmos: el ritmo físico de la cuna o silla y el ritmo intelectual de la melodía. La madre traba estos dos ritmos para el cuerpo y para el oído con distintos compases y silencios, los va combinando hasta conseguir el tono justo que encanta al niño.

No hacía falta ninguna que la canción tuviese texto. El sueño acude con el ritmo solo y la vibración de la voz sobre ese ritmo. La canción de cuna perfecta sería la repetición de dos notas entre sí, alargando su duración y efectos. Pero la madre no quiere ser fascinadora de serpientes, aunque en el fondo emplee la misma técnica.

Tiene necesidad de la palabra para mantener al niño pendiente de sus labios, y no sólo gusta de expresar cosas agradables mientras viene el sueño, sino que lo entra de lleno en la realidad cruda y le va infiltrando el dramatismo del mundo.

Así, pues, la letra de las canciones va contra el sueño y su río manso. El texto provoca emociones en el niño y estados de duda, terror, contra los cuales tiene que luchar la mano borrosa de la melodía que peina y amansa los caballitos encabritados que se agitan en los ojos de la criatura.

No olvidemos que el objeto fundamental de la nana es dormir al niño que no tiene sueño. Son canciones para el día y la hora en que en niño tiene ganas de jugar. En Tamames se canta:

Duérmete, mi niño,
que tengo que hacer,
lavarte la ropa,
ponerme a coser.

Y a veces la madre realiza una verdadera batalla que termina con azotes, llantos y sueño al fin. Nótese cómo al niño recién nacido no se le canta la nana casi nunca. Al niño recién nacido se le entretiene con el esbozo melódico dicho entre dientes, y en cambio, se da mucha más importancia al ritmo físico, al balanceo. La nana requiere un espectador que siga con inteligencia sus accidentes y se distraiga con la anécdota, tipo o evocación de paisaje que la canción expresa. El niño al que se canta ya habla, empieza a andar, conoce el significado de las palabras y muchas veces canta él también.

Hay una relación delicadísima entre el niño y la madre en el momento silencioso del canto. El niño permanece alerta para protestar el texto o avivar el ritmo demasiado monótono. La madre adopta una actitud de ángulo sobre el agua al sentirse espiada por el agudo crítico de su voz.

Ya sabemos que a todos los niños de Europa se les asusta con el "coco" de maneras diferentes. Con el "bute" y la "marimanta" andaluza, forma parte de ese raro mundo infantil, lleno de figuras sin dibujar, que se alzan como elefantes entre la graciosa fábula de espíritus caseros que todavía alientan en algunos rincones de España.

La fuerza mágica del "coco" es precisamente su desdibujo. Nunca puede aparecer, aunque ronde las habitaciones. Y lo delicioso es que sigue desdibujado para todos. Se trata de una abstracción poética, y, por eso, el miedo que produce es un miedo cósmico, un miedo en el cual los sentidos no pueden poner sus límites salvadores, sus paredes objetivas que defienden, dentro del peligro, de otros peligros mayores, porque no tienen explicación posible. Pero no hay tampoco duda de que el niño lucha por representarse esa abstracción, y es muy frecuente que llame "cocos" a las formas extravagantes que a veces se encuentran en la Naturaleza. Al fin y al cabo, el niño está libre para poder imaginárselo. El miedo que le tenga depende de su fantasía, y puede, incluso, serle simpático, yo conocí a una niña catalana que. en una de las últimas exposiciones cubistas de mi gran compañero de Residencia Salvador Dalí, nos costó mucho trabajo sacarla fuera del local, porque estaba entusiasmada con los "papos", los "cocos", que eran cuadros grandes de colores ardientes y de una extraordinaria fuerza expresiva. Pero no es España aficionada al "coco". Prefiere asustar con seres reales. En el Sur, el "toro" y la "reina mora" son las amenazas; en Castilla, la "loba" y la "gitana", y en el norte de Burgos se hace una maravillosa sustitución del "coco" por la "aurora". Es el mismo procedimiento para infundir silencio que se emplea en la nana más popular de Alemania, en la cual es una oveja la que viene a morder al niño. La concentración y huida al otro mundo, el ansia de abrigo y el ansia de límite seguro que impone la aparición de estos seres reales o imaginarios llevan al sueño, aunque conseguido de manera poco prudente... Pero esta técnica del miedo no es muy frecuente en España. Hay otros medios más refinados y algunos más crueles.

Muchas veces la madre construye en la canción una escena de paisaje abstracto, casi siempre nocturno, y en ella pone, como en el auto más simple y viejo, uno o dos personajes que ejecutan alguna acción sencillísima y casi siempre de un efecto melancólico de lo más bello que se puede conseguir. Por esta escenografía diminuta pasan los tipos que el niño va dibujando necesariamente y que se agrandan en la niebla caliente de la vigilia.

A esta clase pertenecen los textos más suaves y tranquilos por los que el niño puede correr relativamente sin temores. Andalucía tiene hermosos ejemplos. Es la canción de cuna más racional. si no fuera por las melodías. Pero las melodías son dramáticas, siempre de un dramatismo incomprensible para el oficio que ejercen, yo he recogido en Granada seis versiones de esta nana:

A la nana, nana, nana,
a la nanita de aquel
que llevó el caballo al agua
y lo dejó sin beber.

En Tamames (Salamanca) existe ésta:

Las vacas de Juana no quieren comer;
llévalas al agua,
que querrán beber.

En Santander se canta:

Por aquella calle a la larga hay un gavilán perdío
que dicen que va a llevarse
la paloma de su nío.

Y en Pedrosa del Príncipe (Burgos):

A mi caballo le eché hojitas de limón verde
y no las quiso comer.

Los cuatro textos, aunque de personajes diferentes y de sentimientos distintos, tienen un mismo ambiente. Es decir: la madre evoca un paisaje de la manera más simple y hace pasar por él a un personaje al que rara vez da nombre. Solamente conozco dos tipos bautizados en el ámbito de la nana: Pedro Neleira, de la Villa del Grado, que llevaba la gaita colgada de un palo, y el delicioso maestro Galindo de Castilla, que no podía tener escuela porque pegaba a los muchachos sin quitarse las espuelas.

La madre lleva al niño fuera de sí, a la lejanía, y le hace volver a su regazo para que, cansado, descanse. Es una pequeña iniciación de aventura poética. Son los primeros pasos por el mundo de la representación intelectual. En esta nana (la más popular del reino de Granada),

A la nana, nana, nana,
a la nanita de aquel
que llevó el caballo al agua
y lo dejó sin beber...,

el niño tiene un juego lírico de belleza pura antes de entregarse al sueño. Ese aquel y su caballo se alejan por el camino de ramas oscuras hacia el río, para volver a marcharse por donde empieza el canto una vez y otra vez, siempre de manera silenciosa y renovada. Nunca el niño los verá de frente. Siempre imaginará en la penumbra el traje oscuro de aquel y la grupa brillante del caballo. Ningún personaje de estas canciones da la cara. Es preciso que se alejen y abran un camino hacia sitios donde el agua es más profunda y el pájaro ha renunciado definitivamente a sus alas. Hacia la más simple quietud. Pero la melodía da en este caso un tono que hace dramáticos en extremo a aquel y a su caballo; y al hecho insólito de no darle agua, una rara angustia misteriosa.

En este tipo de canción, el niño reconoce al personaje y, según su experiencia visual, que siempre es más de lo que suponemos. perfila su figura. Está obligado a ser un espectador y un creador al mismo tiempo, ¡y qué creador maravilloso! Un creador que posee un sentido poético de primer orden. No tenemos más que estudiar sus primeros juegos, antes de que se turbe de inteligencia, para observar qué belleza planetaria los anima, qué simplicidad perfecta y qué misteriosas relaciones descubren entre cosas y objetos que Minerva no podrá nunca descifrar. Con un botón, un carrete de hilo, una pluma y los cinco dedos de su mano construye el niño un mundo difícil cruzado de resonancias inéditas que cantan y se entrechocan de turbadora manera, con alegría que no ha de ser analizada. Mucho más de lo que pensamos comprende el niño. Está dentro de un mundo poético inaccesible, donde ni alcahueta imaginación, ni la fantasía tienen entrada; planicie con los centros nerviosos al aire, de horror y belleza aguda, donde un caballo blanquísimo, mitad de níquel, mitad de humo, cae herido de repente con un enjambre de abejas clavadas de furiosa manera sobre sus ojos.

Muy lejos de nosotros, el niño posee íntegra la fe creadora y no tiene aún la semilla de la razón destructora. Es inocente y, por tanto, sabio. Comprende, mejor que nosotros, la clave inefable de la sustancia poética. Otras veces la madre sale también de aventura con su niño en la canción. En la región de Guadix se canta:

A la nana, niño mío, a la nanita y haremos
en el campo una chocita
y en ella nos meteremos.

Se van los dos. El peligro está cerca. Hay que reducirse, achicarse, que las paredes de la chocita nos toquen en la carne. Fuera nos acechan. Hay que vivir en un sitio muy pequeño. Si podemos, viviremos dentro de una naranja. Tú y yo. ¡Mejor, dentro de una uva!

Aquí llega el sueño, atraído por el procedimiento contrario al de la lejanía. Dormir al niño, habiendo un camino delante de él, equivale un poco a la raya de tiza blanca que hace el hipnotizador de gallos. Esta manera de recogimiento dentro de sí es más dulce. Tiene la alegría del que ya está seguro en la rama del árbol durante la turbulenta inundación.

Hay algún ejemplo en España, Salamanca y Murcia, en el cual la madre hace de niño, al revés:

Tengo sueño, tengo sueño,
tengo ganas de dormir.
Un ojo tengo cerrado,
otro ojo a medio abrir.

Usurpa el puesto del niño de una manera autoritaria, y, claro está, como el niño carece de defensa, tiene forzosamente que dormirse.

Pero el grupo más completo de canciones de cuna, y el más frecuente en todo el país, está compuesto por aquellas canciones en las cuales se obliga al niño a ser actor único de su propia nana.

Se le empuja dentro de la canción, se le disfraza y se le pone en oficios o momentos siempre desagradables.

Aquí están los ejemplos más cantados y de más rica enjundia española, así como las melodías más originales y de más acentuado indigenismo.

El niño es maltratado, zaherido de la manera más tierna: "Vete de aquí; tú no eres mi niño; tu madre es una gitana". O "Tu madre no está; no tienes cuna; eres pobre, como Nuestro Señor"; y siempre en este tono.

Ya no se trata de amenazar, asustar o construir una escena, sino que se echa al niño dentro de ella, solo y sin armas, caballero indefenso contra la realidad de la madre.

La actitud del niño en esta clase de nanas es casi siempre de protesta, más o menos acentuada, según su sensibilidad.

Yo he presenciado infinidad de casos en mi larga familia en los cuales el niño ha impedido rotundamente la canción. Han llorado, han pataleado hasta que la nodriza ha cambiado, con gran disgusto parte de ella, el disco y ha roto con otra canción en la cual se compara el sueño del niño con el bovino rubor de la rosa. En Trubia se canta a los niños esta añada, que es una lección de desencanto:

Crióme mi madre feliz y contentu,
cuando me dormía
me iba diciendo:
"¡Ea, ea, ea!,
tú has de ser marqués,
conde o caballeru";
y por mi desgracia
yo aprendí a "goxeru".
Facía los "goxos"
en mes de Xineru
y por el verano
cobraba el dineru.
Aquí está la vida
del pobre "goxeru».
"¡Ea, ea, ea!", etc., etc.

Oigan ahora ustedes esta nana que se canta en Cáceres, de rara pureza melódica, que parece hecha para cantar a los niños que no tienen madre y cuya severidad lírica es tan madura que más bien parece canto para morir que canto para el primer sueño:

Duérmete, mi niño, duerme, 
que tu madre no está en casa,
que se la llevó la Virgen
de compañera a su casa.

De este tipo existen varias en el norte y oeste de España, que es donde la nana toma acentos más duros y miserables.

En Orense se canta otra nana por una doncella cuyos senos todavía ciegos esperan el rumor resbaladizo de su manzana cortada:

Ora, ora, niño, ora;
¿quién vos hai de dar la teta
si tu pai va no monte
y tua mai na leña seca?

Las mujeres de Burgos cantan:

Échate, niño, al ron ron,
que tu padre está al carbón
y tu madre a la manteca
no te puede dar la teta.

Estas dos nanas tienen mucho parecido. La antigüedad venerable de las dos está suficientemente clara. Ambas melodías están escritas en un tetracordo, dentro del cual desenvuelven su esquema. Por la simplicidad y su puro diseño son canciones que no tienen par en ningún cancionero.

Es particularmente triste la nana con que duermen a sus hijos las gitanas de Sevilla. Pero no creo que sea oriunda de esta ciudad. Es el único tipo que presento influido por el canto de las montañas del Norte y que no ofrece la autonomía melódica insobornable que tiene cada región cuando logra definirse. Constantemente vemos en todos los cantos gitanos esa influencia nórdica a través de Granada. Está recogida en Sevilla por un amigo mío de gran escrupulosidad musical. pero parece hija directa de los valles penibéticos. El diseño tiene extraordinario parecido con este canto de Santander, muy conocido:

Por aquella vereda no pasa nadie,
que murió la zagala,
la flor del valle,
la flor del valle,
sí, etc.

Es una nana de este tipo triste en que se deja solo al niño, aun de la mayor ternura. Dice así :

Este galapaguito no tiene madre,
lo parió una gitana.
lo echó a la calle.

No hay duda ninguna de su acento nórdico, mejor diría granadino, canto que conozco porque lo he recogido, y en donde se traban, como en su paisaje, la nieve con el surtidor y el helecho con la naranja. Pero para afirmar todas estas cosas hay que andar con sumo tacto. Hace años, Manuel de Falla venía sosteniendo que una canción de columpio que se canta en los primeros pueblos de Sierra Nevada era de indudable origen asturiano. Las varias transcripciones que le llevamos afirmaron su creencia. Pero un día la oyó cantar él mismo y al transcribirla y estudiarla notó que era una canción con el ritmo viejo llamado epitrito y que nada tenía que ver con la tonalidad ni con la métrica típicas de Asturias. La transcripción. al dislocar el ritmo, la hacía asturiana. No hay duda de que Granada tiene un gran acervo de canciones de tono galaico y de tono asturiano, debido a una colonización que gentes de estas dos regiones iniciaron en la Alpujarra; pero existen otras infinitas influencias difíciles de captar por esa máscara terrible que lo cubre todo y que se llama carácter regional, el cual confunde y nubla las entradas de las claves, sólo descifrables por técnicos tan profundos como Falla, quien, además, posee una intuición artística de primer orden.

En todo el folklore musical español, con algunas gloriosas excepciones, existe un desbarajuste sin freno en esto de transcribir melodías. Se pueden considerar como no transcriptas muchas de las que circulan. No hay nada más delicado que un ritmo, base de toda melodía, ni nada más difícil que una voz del pueblo que da en estas melodías tercios de tono y aun cuartos de tono, que no tienen signos en el pentagrama de la música construida. Ya ha llegado la hora de sustituir los imperfectos cancioneros actuales con colecciones de discos de gramófono, de utilidad suma para el erudito y para el músico.

De este mismo ambiente que tiene la nana del galapaguito aunque ya más enjuto y de melodía más sobria y patética, existe un tipo en Morón de la Frontera y algún otro en Usana, recogido por el insigne Pedrell.

En Béjar se canta la nana más ardiente, más representativa de Castilla. Canción que sonaría como una moneda de oro si la arrojásemos contra las piedras del suelo:

Duérmete, niño pequeño,
duerme, que te velo yo;
Dios te dé mucha ventura
neste mundo engañador.
Morena de las morenas, 
la Virgen del Castañar;
en la hora de la muerte
ella nos amparará.

En Asturias se canta esta otra añada, en la cual la madre se queja de su marido para que en niño la oiga.

El marido viene golpeando la puerta, rodeado de hombres borrachos, en la noche cerrada y lluviosa del país. La mujer mece al niño con una herida en los pies, con una herida que tiñe de sangre las cruelísimas maromas de los barcos.

Todos los trabajos 
son para las pobres mujeres,
aguardando por las noches
que los maridos vinieren.
Unos veníen borrachos,
otros veníen alegres;
otros decíen: «Muchachos,
vamos matar las muyeres».
Ellos piden de cenar,
ellas que darles no tienen.
"¿Qué ficiste los dos riales?
Muyer, ¡qué gobierno tienes!!»
Etc., etc.

Es difícil encontrar en toda España un canto más triste y de más cruda salacidad. Nos queda, sin embargo, por ver un tipo de canción de cuna verdaderamente extraordinario. Hay ejemplos en Asturias, Salamanca, Burgos y León. No es la nana de una región determinada, sino que corre por el norte y el centro de la Península. Es la canción de cuna de la mujer adúltera que cantando a su niño se entiende con el amante.

Tiene un doble sentido de misterio y de ironía que sorprende siempre que se escucha. La madre asusta al niño con un hombre que está en la puerta y que no debe entrar. El padre está en casa y no lo dejaría. La variante de Asturias dice:

El que está en la puerta
que non entre agora,
que está el padre en casa
del neñu que llora.
Ea, mi neñín, agora non,
ea, mi neñín, que está el papón.
El que está en la puerta
que vuelva mañana,
que el padre del neñu
está en la montaña.
Ea, mi neñín, agora non,
ea, mi neñín, que está el papón.

La canción de la adúltera que se canta en Alba de Tormes es más lírica que la asturiana y de sentimiento más velado:

Palomita blanca que 
andas a deshora
el padre está en casa
del niño que llora.
Palomita negra
de los vuelos blancos,
está el padre en casa
del niño que canta.

La variante de Burgos, Salas de los lnfantes, es la más clara de todas:

Qué majo que eres,
qué mal que lo entiendes,
que está el padre en casa
y el niño no duerme.
Al mu, mu, al mu mu
del alma,
¡que te vayas tú!

Es una hermosa mujer la que canta estas canciones. Diosa Flora, de pecho insomne, apto para la cabeza de la víbora. Ávida de frutos y limpio de melancolía. Esta es la única nana en la cual el niño no tiene importancia de ninguna clase. Es un pretexto nada más. No quiero decir, sin embargo, que todas las mujeres que la cantan sean adúlteras; pero sí que, sin darse cuenta, entran en el ámbito del adulterio. Después de todo, ese hombre misterioso que está en la puerta y no debe entrar es el hombre que lleva la cara oculta por el gran sombrero, con quien sueña toda mujer verdadera y desligada.

He procurado presentar a ustedes diversos tipos de canciones que, con excepción de la de Sevilla, responden a un modelo regional característico desde el punto de vista melódico. Canciones que no han recibido influencia. melodías fijas que no pueden viajar nunca. Las canciones que viajan son canciones cuyos sentimientos permanecen en un equilibrio tranquilo y que tienen cierto aire universal. Son canciones escépticas, hábiles para cambiar el matemático traje del ritmo, flexibles para el acento y neutrales para la temperatura lírica. Cada región tiene un núcleo melódico fijo e insobornable y un verdadero ejército de canciones peregrinas que circulan por donde pueden y que van a morir fundidas en el último límite de su influencia.

Existe un grupo de canciones asturianas y gallegas que, teñidas de verde, húmedas, descienden a Castilla, donde se estructuran rítmicamente y llegan hasta Andalucía, donde adquieren el modo andaluz y forman el raro canto de montaña granadino.

La seguiriya gitana del cante jondo, la más pura expresión de la lírica andaluza, no logra salir de Jerez o de Córdoba. y, en cambio. el bolero, melodía neutra, se baila en Castilla y aun en Asturias. Hay un bolero auténtico en Llanes, recogido por Torner.

Los alalás gallegos golpean noche y día los muros de Zaragoza sin poder penetrarla y, en cambio, muchos acentos de muñeira circulan por las melodías de ciertas danzas rituales y cantos de los gitanos del Sur. Las sevillanas, que llegan intactas hasta Túnez. llevadas por los moros de Granada, ya sufren un cambio total de ritmo y de carácter al llegar a la Mancha, y no logran pasar del Guadarrama.

En las mismas nanas de que hablo, Andalucía influye por el mar, pero no logra llegar al Norte, como en otras clases de canciones. El modo andaluz de la nana tiñe el bajo Levante, hasta algún vou-vei-vou balear, y por Cádiz llega hasta Canarias, cuyo delicioso arroró es de indudable acento bético.

Podríamos hacer un mapa melódico de España, y notaríamos en él una fusión entre las regiones, un cambio de sangres y jugos que veríamos alternar en las sístoles y diástoles de las estaciones del año. Veríamos claro el esqueleto de aire irrompible que une las regiones de la Península, esqueleto en vilo sobre la lluvia, con sensibilidad descubierta de molusco, para recoger en un centro a la menor invasión de otro mundo, y volver a manar fuera de peligro la viejísima y completa sustancia de España.


Federico García Lorca
Conferencia en la Residencia de Estudiantes
Madrid, 13 de diciembre de 1928