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3345. Basilisa Fuentes Jiménez, la lavandera que quiere ser ingeniero agrónomo II

Mientras llega el apoyo oficial

Pocas semanas han transcurrido desde que el reportero dio a conocer a los lectores de Estampa el caso admirable de la humilde campesina de Zorita, cuya vida de sacrificio y estudio es conocida ya en toda la tierra cacereña. Se solicitaba al final del reportaje la atención de las esferas oficiales sobre las portentosas facultades de Basilisa Fuentes Jiménez; pero no ha llegado aún para esta moza, admirada en toda la provincia de Cáceres, el apoyo oficial, que éste requiere mucho expediente, consultas y comprobaciones. Sin embargo, el esfuerzo de Basilisa  Fuentes Jiménez está a salvo. La iniciativa particular, generosa y desprendida, ha acudido rápidamente a nuestro requerimiento, sin limitaciones ni cortapisas. A las doce horas de publicarse el reportaje de la campesina en Zorita en Estampa, entidades de tanta solvencia como la Residencia Internacional de Señoritas Estudiantes y España Femenina ofrecían por nuestro conducto a Basilisa Fuentes Jiménez toda la ayuda material y moral que precisara para lograr el título de ingeniero agrónomo, meta de sus aspiraciones... 

Espera el reportero que el apoyo oficial llegará a cristalizarse en algo positivo, pero, mientras este libro de las mil trabas burocráticas acude en auxilio de la humilde campesina de Zorita, ésta, sin perder momento, puestos sus cinco sentidos en los libros, sin agobios de hambre, olvidándose del río, de los rastrojos y de los olivares, que significan su pan de cada día, encauzará su afán de aprender y, al fin, ingresará en la Escuela Especial de Ingeniería.

Y esto se logrará, lector amigo, merced al entusiasmo que en tan simpática empresa ha puesto en nombre de España Femenina su presidenta, doña María Valle Mantilla de los Ríos.


En busca de la "perla" de Zorita

Hemos vuelto a cruzar los pardos campos de Castilla, y por la ruta de Guadalupe damos vista, en una luminosa mañana, al caserío zoriteño. 

Al llegar a los arrabales del lugarejo hay que dejar los automóviles. El vecindario de Zorita invade las pinas y estrechas calles, como si de fiesta mayor se tratara... Nuestra llegada es la iniciación de emocionantes extremos de alegría de estas sencillas y acogedoras gentes, que ven en todo ello la salvación de su "sabia", como cariñosamente nombran a la joven campesina que despertara con su saber el amodorramiento del terruño... 

—¡Que la Virgen de la Fuensanta te proteja! —grita una anciana... 

—¡Salud para hacer todo el bien que puedan! —exclama una zagala... 

—Nuestra Señora de Guadalupe les devolverá toda la alegría que vienen a damos! —añade un pastor, tirando su montera a los pies de las damas de España Femenina, que vienen a buscar a Basilisa Fuentes Jiménez... 

—¡Vivan las gentes de corazón! —gritan los mozos. 

—¡Estos sí que son señores! —dice una vieja 

Y así, envuelta en la gratitud de las gentes, avanzamos todos por el barrio Real de Arriba hasta el modestísimo hogar de la "perla" de Zorita, invadido en estas horas de la mañana por cientos de personas... 

Al llegar al portal de la casa, la escena, tan sencilla como emotiva, nos produce una extraña congoja...; Basilisa Fuentes Jiménez, pálida, desencajada, llega hasta doña María Valle Mantilla, le coge las manos, las besa con fervor y, con un hilo de voz que apenas se oye, le dice: 

—Gracias, señora; ¡no sabe usted el bien que me hace!... 

Al mismo tiempo, Ana Jiménez Holla, la madre de Basilisa, tan callada y medrosa siempre, se abalanza al cuello del reportero, lo abraza con inefable ternura y exclama, temblorosa: 

—¡A su buen corazón deberemos la felicidad de esta casa!... 

Al separarse la pobre vieja he sentido correr por mi cara las lágrimas de esta campesina, que no vive pensando en el porvenir de su hija... 


Popularidad

Por un momento hemos dejado la algarabía de la calle para penetrar en el humilde hogar donde si reina alegría ante el porvenir de Basilisa, reina también infinita tristeza por la hija que se va a luchar por la vida. Mientras las viejas platican sobre el fausto suceso y las mozas parlotean acerca del viaje de Basilisa, ésta, con el alma alborozada, enseña cosas realmente curiosas al reportero. 

—Desde que salió en Estampa este deseo mío de saber, no tiene usted idea la correspondencia que he recibido. Han pasado de mil cartas, tarjetas postales, versos; me salieron cuatro o cinco novios, han surgido diez soldados, que me solicitan como madrina. De toda España he recibido cariñosas invitaciones a perseverar en mi propósito. Y también me han mandado dinero. Un guardia civil de La Junquera, Pedro Barrio Franco, me ha enviado cien pesetas. Un metalúrgico de Bilbao, Rodrigo Estebarán, una cariñosa felicitación y diez pesetas todos los domingos. Un penado del Dueso, veinticinco pesetas, que ha ganado en tres meses haciendo canastillos. La dueña del Casino Principal, de este pueblo, me ha regalado el título de bachiller. El director del Colegio Nacional de Sordomudos, don Jacobo Orellana, me ofrece todos los libros de texto que necesite. Un soldado de la brigada de Infantería, de guarnición en Valencia, me ha girado las "sobras" de un mes... Un grupo de alumnas de los Institutos españoles de Bayona (Francia), me ofrecen el primer equipo de libros del preparatorio para mi ingreso en la Escuela de Ingenieros, y cientos de personas me han enviado sellos de correos y cantidades que oscilan entre una y cinco pesetas. Ya ve usted, señor, el bien que me ha hecho. Con todo el dinero, ahora que yo me marcho, podrá comer mi vieja casi todo el verano. Muchos testimonios he recibido... Hasta un farmacéutico de Robledo de Chavela me ha ofrecido la representación de unos específicos. 

—¿Y ahora? 

—Ahora, a Madrid, a dejarme los sesos sobre los libros, a no tener más amigos, confidentes y novios que los libros; a pasarme, del día a la noche, junto a ellos sin acordarme de otra cosa que demostrar a todos ustedes que soy acreedora al calor con que han acogido mi locura por saber. Si pensara en otra cosa, sentiría un hondo remordimiento al recordar las angustias y privaciones que mi pobre vieja va a pasar hasta que yo pueda liberarla de tantas hambres y tantas miserias. 

Por unos instantes las lágrimas corren silenciosas por el rostro de la humilde campesina. Pero no tiene tiempo ni para llorar. Las amigas la rodean, la besuquean, la animan con sus risas, y Basilisa olvida la pena y las responsabilidades que ella misma ha contraído, y ultima sus preparativos de marcha. 

Ha llegado el momento de abandonar el pueblo, de dejar la casa, de separarle de la vieja y del hermano bueno, que tuvieron para Basilisa sus más delicados cuidados. La joven campesina cacereña se despide de amigas y conocidos con nerviosos apretones de manos, con besos cortados, que suenan como latigazos. Después, en un rincón, calladamente, se abrazan a ella la madre y e! hermano. 

—Sé buena, hija mía —dice la madre.

—No te olvides de que quedamos muy solos —dice el hermano. 

Corta la escena, emocionantísima, doña Maria Valle Mantilla, que se encara con Basilisa y le dice, riñéndola con dulzura:

—Pero, alma de Dios, termine usted de vestirse. 

Basilisa pasa de la palidez al sonrojo más intenso; vacila unos segundos y exclama, temblando: 

—No tengo otra ropa, señora. Con esta bata y esta chaqueta que me regalaron tengo que ir con ustedes. 

La presidenta de España Femenina le tapa la boca y, llevándola abrazada, se dirige al coche. 

En medio de entusiastas aclamaciones parten, raudos, los autos.

Lector: la joven campesina de Zorita ya está en Madrid. Ya ha comenzado sus estudios para ingresar en la Escuela de Ingenieros Agrónomos. Ten un recuerdo cariñoso para esta admirable moza de Extremadura. 


José Quilez Vicente
Estampa, 23 de marzo de 1935









3344. Basilisa Fuentes Jiménez, la lavandera que quiere ser ingeniero agrónomo

Basilisa Fuentes Jiménez estudiando en casa, 1935 - Foto: Riesco


El prodigio de Zorita

Los periódicos de Cáceres han hecho mención, aunque muy sucintamente los pasados días, del verdadero prodigio descubierto por las autoridades pedagógicas en el pintoresco pueblo de Zorita.

La noticia ha corrido rápidamente, despertando el entusiasmo de estas gentes. 

El orgullo de esta parte de Extremadura se cifra en esta campesina de Zorita, alta, mimbreña, de tez bronceada, que se llama Basilisa Fuentes Jiménez. 

Ya dobló los veintidós abriles, y el caso peregrino y excepcional de esta criatura radica en que al cumplir los diez y nueve años apenas si deletreaba y escribía con imperfecciones gramaticales monstruosas. 

El milagro se ha hecho y nadie se explica cómo. 

Basilisa siente la comezón intelectual de improviso, disciplina su férrea voluntad, y al terminar el curso universitario de 1934 la joven campesina irrumpe en el despacho oficial del gobernador civil de Cáceres con un bagaje magnífico de matrículas de honor y sobresalientes, demostrativo de que ya es bachiller...

—Señor —exclama la muchacha—, todo este esfuerzo mío, todas las horas de angustia y de vigilia que para lograr esto me han consumido, será simiente sembrada en terreno baldío. Soy pobre, muy pobre. Tengo que ir a lavar a las casas, a recoger aceituna, al rastrojeo, a todo aquello donde se ganen unos reales para mal comer. ¿No habría fórmula para que yo pueda seguir estudiando sin ser una carga para mi madre y hermanos? 

Estas sencillas y emocionantes frases van volando por pueblos, villas y aldeas y ya se piensa en llegar hasta la dádiva individual para que no se malogre el prodigio intelectual que vio la luz en el simpático lugar de Zorita. 


"¡Las doce y sereno!" 

Hemos dejado atrás el nudo de carreteras que son ruta obligada al Santuario de Guadalupe y a las pardas tierras de Castilla, y enfilamos la recta que a los diez minutos nos deja en las primeras edificaciones del pueblo de la admirable campesina. 

Hay silencio en la aldea, pocas luces, calles pedregosas y algún que otro ladrido de mastín guardador de ovejas. 

Parpadea a lo lejos, en lo alto de la calleja, un farol que denuncia la presencia de un sereno. En el reloj de la iglesia la campana anuncia la hora de la medianoche. Una voz fuerte lanza el grito que tranquiliza a los vecinos: 

—¡Las doce y sereno! 

Nos acercamos al único ser que a esta hora hay por las calles de Zorita. Nos examina mientras nos dirigimos hacia su figura envuelta en amplia manta, le decimos quiénes somos y a lo que vamos, y nuestro hombre, pleno de entusiasmo, nos dice agarrotándonos los dedos entre sus forzudas manos: 

—¡Mucho, señor, mucho! ¡Así es como se honra a los pueblos! ¡Cuánta sabiduría tiene nuestra niña Basilisa! Sabe más que los catedráticos, que los maestros, que los notarios, que las gentes de justicia... ¡que ya es saber! 

Todos duermen y ella, como el hierro, en vela, sin vencerla el cansancio ni las privaciones. Vengan, vengan sus señorías y verán algo grande... 

Y el buen sereno nos conduce por un dédalo de vías tortuosas hasta una plazuela que se denomina barrio Real de Arriba. 

No hay más que una luz en un tabuco de una pobrísima edificación. El sereno me hace aproximarme al ventanillo. En el interior, acodada sobre una mesa abarrotada de libros, de plumas, tinteros y compases, "la sabia de Zorita" escribe afanosa. 

Los cabellos, negrísimos, caen desordenados sobre la amplia frente de la campesina. 

—Ahora —dice el sereno— no habemos de molestarla, no abriría la puerta. Que es doncella y honrada. Vengan al amanecer... 


A la orilla del río

Cordial y acogedora nos ha recibido esta viejecita, Ana Jiménez Ollas —un poco intranquila al ver todo el aparato de máquina y trípode—, madre de Basilisa... Apenas acabó de amanecer el día... 

—Ya salió, señor, que nuestra necesidad es muy grande y la jornada para ganar el pan muy corta. 

Media carga habrase lavado ya en el arroyo de Magacela este tesoro mío. ¿Acaso son ustedes del Gobierno? —pregunta ingenua la vieja. 

Hemos contestado con monosílabos. Corremos al coche con un experto de estos caminos y allá volamos hasta el el arrollo donde gana su pan la moza. 

Junto a la orilla, arrodillada sobre una ancha piedra, la joven bachiller golpea, jabón en ristre, la pieza que lava. 

Ha detenido su labor. Nos ve bajar por el sendero y queda un momento suspensa por la curiosidad. Cuando quiere hablar estoy a su lado y los fotógrafos ya cumplen su cometido. 

Su mirada es y serena adivina quiénes somos. Ríe pacienzuda...

—Esto no son los libros, señores —dice Basilisa—. Esta ea la realidad que veo todos los días. Hay que lavar la ropa de los señores si se quiere comer en mi casa. No me gusta lavar, ni zurzir para las vecinas, ni ayudar a preparar la levadura en el horno, ni ir al rastrojeo, ni a recoger la aceituna a los olivares. Y todo ello lo hago apesadumbrada, pero con la alegría de que es el pan de mi vieja y la ayuda que el hermano Juan precisa para poder vivir y para comprarme libros, que ¡si vieran ustedes lo caros que cuestan!

Mí ilusión por saber nació no sé cómo. Moza era ya y tan siquiera sabía leer de corrido. 

Mala letra, peor redacción. Absurda ortografía. Pero había en mí algo que me ahogaba, que me tenia sin sueño, sin aquellas ilusiones de las muchachas de mi edad. Veía con terror la vida del lugar, las privaciones, los ayunos, los hielos en el invierno y los sofocos del estío y el final humano, pero triste de los que desgraciadamente lo esperamos todo de la tierra. Y por la noche, muerta de sueño, quebradas las piernas por las largas caminatas al campo y por las rudas faenas de cada día, iba a la escuela y aprendí a leer y a escribir y las cuentas y la ortografía... No tenemos dinero; el hermano Juan, carboneando en los montes, trajo el pedazo de pan para que yo siguiera cultivando mi locura de saber, como decían todos; el maestro del lugar, el bueno de don Bernardo García Alonso, dirigió mis primeros pasos por los libros. Me dejaba éstos, me animaba, y así fui preparando mí cabeza para lograr mi deseo. En un curso hice el ingreso y los dos primeros años del bachillerato, en septiembre del 32 aprobé el tercero y parte del cuarto. En el 34 completé el cuarto y parte del quinto, y ahora, en enero, me he hecho bachiller. Tengo —este es raí pequeño orgullo—diez y nueve matrículas de honor y el resto sobresalientes y dos notables. 

Sí, señor; sobre todo, tengo voluntad. No he sentido el agobio del estudio. Solamente el latín fué mi tormento durante muchos días. Lo estudié con un seminarista. Al cabo de tres meses lo dominaba por completo. Exageradamente decía mi maestro que sabia más latines que el obispo de Coria. Lo aprobé, con matricula de honor. Ahora, para mayo, he de hacer la reválida y después... 


¿No habrá quien me ayude? 

El sol cae de plano sobre el llano por donde corre el arroyo de Magacela. 

En lo alto de la carretera, grupos de campesinos, que supieron de nuestra llegada al lugar, se esconden curiosos tras los mojones de la ruta. 

Basilisa deja el lavado para mejor ocasión, carga el cesto sobre su cabeza —mundo lleno de ilusiones— y a pie regresamos al lugar. Cuadrillas de campesinas, de mozas y viejos se cruzan con nosotros. Hay verdadera adoración por esta moza espigada y extraña. 

—¡Vaya con Dios el orgullo de Zorita y la compaña! —dice uno. 

—¡Que la Virgen de Guadalupe te guarde y te dé más saber del que tienes! —dice una vieja. 

—¡Que sus señorías pidan en la ciudad lo que aquí no podemos darte!—añade otra. 

—¡Ahi va la "mejor sabia" de la Extremadura! —dice un viejo cabrero. Y así hasta el barrio Real de Arriba. 

—Yo ya no puedo más —nos dice la campesina de Zorita—. Hice cuanto pude, logré en estos primeros estudios míos todas las matrículas. Ninguna me costó dinero... 

—Acá —dice saludándonos el bueno de Juan Fuentes Jiménez quitándose cortésmente la gorra— hemos hecho lo imposible. Semanas enteras me pasé abrasándome los ojos carboneando sin cesar para pagar esos derechos de examen de nuestra muchacha... 

—Las pocas gallinas, el cerdo y el pollino que teníamos —dice la madre de Basilisa— se vendieron para comprar libros a mi tesoro. 

No nos queda en el corral más que un pobre gallo cojo. Ella lo cura ahora, que se dañó en la cabeza con una rama seca. Ya no tenemos más. 

—¡Saldré adelante, madre; saldré adelante, aunque me quede ciega y los sesos se me vuelvan agua! No es justo que mi juventud se consuma por rastrojas y olivares, iQuiero estudiar, aprender más, saber más! ¿No cree usted fácil que el Gobierno, las entidades oficiales, los señores que pueden, me ayudan en este deseo mío? ¡Que me pongan a prueba! ¡Que me vigilen! ¡Que me den un pedazo de pan y unos libros y Basilisa Fuentes Jiménez, la hija del tío Sandingas —así apodaban a mi padre en estos contornos—, acabará en un manicomio o logrará el titulo de ingeniero agrónomo, como aprobó el latín y como se hizo bachiller. 

Aquí hemos dejado nuestra conversación. 

Basilisa abandona sus sueños culturales y marcha al horno a ganarse seis reales ayudando en su faena a la panadera. 

Después sacará agua, zurcirá para las vecinas y llevará las ropas lavadas a casa de los señores

Esta es la triste realidad de la moza mimbreña y enigmática, cuya fama de sabiduría corre por las tierras que fueron cuna de nuestros conquistadores en América... 


*


Señor ministro de Instrucción Pública: 

¿Hay algo más interesante en su departamento que este caso insólito de la campesina de Zorita? 

¿Puede concederse una beca con más justicia que ésta que precisa Basilisa Fuentes Jiménez? 

¿Es humano que pueda malograrse un cerebro tan excepcional como el de la rapaza extremeña? 

Esperemos confiados en que haya justicia y comprensión en las altas esferas oficiales. 


José Quilez Vicente
Estampa, 16 de febrero de 1935









3336. María Josefa Cerrato, la primera veterinaria española

A unos cinco kilómetros de Mérida está enclavado el pueblo de Calamonte, entre la carrcetera de Sevilla —a su derecha— y la de Badajoz —a su izquierda—, con la magnííica Sierra de San Serván como fondo. En este rincón moderno, tranquilo, aseado, ejerce, desde hace diez años su profesión de veterinaria —la primera veterinaria de España!— una mujer modesta y laboriosa, doña Maria Josefa Cerrato, cuya actuación prueba a diario que la mujer puede salir airosa del desempeño de todos los trabajos, aunque sean para una mujer tan difíciles y poco adecuados como éste. Tal apreciación me la confirma sin ambajes la propia señora Cerrato. 

—La carrera de veterinaria no se la aconsejo a ninguna mujer; me parece poco indicada para su temperamento. Sólo una parte de ella la creo acondicionada para las mujeres: el laboratorio, pero el resto, no. 

—Entonces, usted... 

—Yo me hice veterinaria debido a circunstancias muy especiales. 

Y, por modestia, calla. pero su marido, que asiste a la entrevista, interviene, dispuesto a destacar como se merece la decisión, la fuerza de voluntad y la capacidad de estudio de su esposa.

—Yo le explicaré a usted las cosas. El padre de mi mujer ejercía la profesión de veterinario aquí, en esta misma localidad. Cuando ella estaba a punto de dar fin a la carrera de Farmacia su padre falleció, llevándose consigo "la llave de la despensa". El momento era grave, las circunstancias económicas en que quedaba la familia apremiaban a obrar sin tardanza. Un hermano suyo, que conocía bien la profesión por haber trabajado al lado del padre, prosiguió la labor suspendida por el fallecimiento de éste, pero no tenia titulo y lo denunciaron. A ella le produjo tal coraje la delación, —en aquellas circunstancias —, que a pesar de ser ya maestra nacional y faltarle tan sólo una asignatura para terminar la carrera de Farmacia, lo dejó todo, se hizo veterinaria en menos de diez y siete meses y vino aquí, al lado de su hermano. 

—¿Su hermano le ayuda ahora a usted? —pregunto a doña María Josefa. 

—Sí. El lleva la parte ruda de la profesión. Ea decir: yo veo al animal enfermo, diagnostico la enfermedad y propongo los remedios. 

Mi hermano es, pues, en cierto modo —subraya con una sonrisa bonachona— mi brazo ejecutor.

—Es decir: que si no contara con la ayuda de su hermano es probable que no ejerciera. 

—Cuando la necesidad obliga, el valor viene sin esfuerzo. Por aquellas circunstancias hubiera tenido que arrimar el hombro, con brazo ejecutor o sin él. Por lo general, las mujeres son más humanas con las personas y más crueles con las bestias, al contrario del hombre; a pesar de ello, esta profesión de veterinaria no se la aconsejo a ninguna, es demasiado violenta. 

—¿En qué año terminó la carrera de veterinaria ? 

—En 1925. 

—¿Dónde? 

—En Córdoba. 

—¿Y las de maestra y farmacéutica? 

—También en Córdoba. La de farmacéutica la he dejado en suspenso por una asignatura.

—¿No le gustaba? 

—Sí, pero no me interesaba; tenía mucho a que atender. 

—¿No ha cursado usted estudios en otras capitales españolas?

—No. He realizado viajes de prácticas después de terminada la carrera de Veterinaria por varias provincias, sobre todo por Galicia, bajo la dirección del sabio profesor gallego Raf Codina. Por cierto que en aquellas excursiones figuró también un compañero de profesión, más tarde muy conocido, el ex ministro radical socialista señor Gordón Ordás. 

—¿Y las demás carreras, no las ejerce ? 

—La de maestra, si. 

—¿Qué edad tiene usted en la actualidad?

—Treinta y cinco años. 

—Usted habrá sido una de las primeras mujeres españolas que ha obtenido el título de veterinaria. 

—La primera. Formo el número uno del escalafón —dice sonriendo. 

—No serán ustedes muchas, claro está... 

—En total habrá en todo el país unas tres, incluida yo.

—¿No se extrañan a veces los campesinos de verla ejercer como veterinaria? 

—Los campesinos precisamente no, porque ya me conocen. Lo que sí ocurre muchas veces es que me confunden las casas de específicos en sus propagandas, pues a menudo me envían circulares dirigidas a nombre de don Mariano o de don José, e incluso don José María, como puede usted verlo en ese sobre. Mi verdadero nombre, María Josefa, les debe parecer una equivocación... 


J. Lorenzo Carriba
Estampa, de de junio de 1936











1993. Luis García Holgado

Luis García Holgado fue miembro del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. Concejal de Astorga durante la Segunda República, anticlerical y mason.

Nos cuenta la historia del que fue su tio abuelo, Inés García Holgado.


Nació en Lumbrales (Salamanca) el 8 de febrero de 1897, siendo el menor de los ocho hijos de Vicente García Quinoces (natural de Salamanca, Funcionario de Aduanas y Cónsul Honorario de Portugal) y Luisa Holgado.

Cursó estudios primarios y bachillerato durante nueve años en los jesuitas de Salamanca. A la muerte de su padre aprobó oposiciones a Oficial de Correos y obtuvo destino en La Bañeza. Por entonces hizo el servicio militar en Vitigudino y Salamanca. Viajaba con frecuencia a Astorga, donde conoció a Modesta Fuertes con la que se casó el 11 de septiembre de 1920, y con la que tuvo cuatro hijos: Félix, Carmen, Vicente y Luis (este último murió de forma prematura).

Algún tiempo después, por traslado, llegó a Astorga donde se afilió al partido socialista y comenzó su andadura política junto a Miguel Carro Verdejo y el doctor Cortés, entre otros.

Era Luis un hombre íntegro, brillante, culto, comprometido, republicano, anticlerical, socialista y masón. Ganaron las elecciones municipales de 1931 en Astorga.

Miguel Carro –ingenuo y cándido, hombre de muchos conocimientos- fue elegido Alcalde; y Luis García Holgado fue un concejal –cuyas contestaciones rápidas, punzantes y, a menudo, satíricas desconcertaban al contrincante político-(recogido en actas y en el libro titulado Memorias de un astorgano del autor Manuel Gerbasi Sierra) y fue, así mismo el alma de algunos proyectos que se hicieron realidad en Astorga, la creación de un Instituto y de una escuela elemental de trabajo.

En 1934 participó en mítines a favor de la Revolución de Asturias y, al término de ellos, fue detenido en Veguellina de Orbigo (León). A resultas de ello, fue castigado con el destierro. Se lo traslada a Hervás (Cáceres) como Administrador de Correos (por idénticas razones Miguel Carro fue trasladado a Cazorla).

Luis llegó a Hervás a principios de 1935 y se incorporó rápidamente a la vida sindical y política local. Dedicaba su vida al trabajo, su familia, pasear y leer en lugares simbólicos del pueblo, el partido, la charla con algún amigo, como Antonio Fournon “El Sevillano”, tonelero de origen andaluz, o Guillermo Herrero, presidente de la Casa del Pueblo.

Cuando llegaron las Elecciones Generales de febrero de 1936, Luis se unió a José Giral (posteriormente, primer ministro de la Segunda República y presidente de la misma en el exilio) para hacer campaña electoral en la provincia de Cáceres. Fue una campaña intensa, entusiasta y exitosa por lo que, a su término, fueron felicitados por Manuel Azaña. 

Tras el triunfo del Frente Popular, Luis García Holgado fue nombrado Administrador Principal de Correos de la provincia de Cáceres, por lo que tuvo que trasladarse con su familia a la capital, no sin antes dimitir como Teniente Alcalde de Hervás (cargo que ejerció desde el 1 de marzo hasta el 8 de mayo de 1936) y donar su biblioteca particular a la Casa del Pueblo.

Cuando se produjo el golpe militar, Luis estaba en Madrid y, desoyendo consejos de compañeros, tomó el último tren a Extremadura. Fue detenido en la estación de Plasencia, trasladado y encerrado en la cárcel de Hervás. Parece ser que un familiar falangista con cierta autoridad y Modesta, mujer de Luis, exigieron del alcalde provisional, Eduardo Cortés Amores, su liberación, y salieron en dirección a Valladolid. Una parte de la población hervasense protestó airadamente dicha puesta en libertad, por lo que un grupo de falangistas locales fue tras él, lo detuvieron y lo trajeron de nuevo a Hervás, mientras Modesta y sus hijos se refugiaban en Salamanca con unos familiares. Luis debió ser torturado durante el trayecto y ya en la cárcel de Hervás (denominada la perrera) intentó suicidarse.

El 21 de septiembre de 1936 fue sacado de la cárcel y asesinado por un grupo de cuatro o cinco matones en la carretera que une Hervás con Baños de Montemayor, en la curva del cementerio hervasense. Tenía 40 años.

Fue una muerte cruel, inhumana, espeluznante. Cuarenta y dos disparos, uno de ellos en la nuca, un carro pasándole por encima y varios días a la intemperie. Como colofón de aquella hazaña, uno de los protagonistas le quitó un reloj y otros, los zapatos. En días posteriores, los escolares fueron llevados al lugar para contemplar el cadáver.

En el Registro Civil de Hervás consta como causa de la muerte “heridas por arma de fuego”. (Su amigo Miguel Carro Verdejo, fue igualmente asesinado durante ese verano de 1936).

A principios de los años 50, los hijos de Luis, Félix y Vicente (por empecinamiento de este último) viajaron a Hervás, y con una estrategia basada en engaños, nocturnidad, complicidad de un sacerdote (que les devolvió otro reloj del depósito) y la colaboración de Julián Calzado Barbero (enterrador municipal) al que primaron con 500 esetas por el trabajo, pudieron recuperar los restos de su padre, los más cercanos a la superficie en una fosa común donde yacían (y aún yacen) los restos de otros seis asesinados. Introdujeron los restos de su padre en un maletín y los llevaron hasta Astorga, para depositarlos en el panteón familiar, con la misma discreción con la que fueron exhumados en Hervás.


Inés García Holgado


En la fotografía, la Junta de Protección de Menores y el Consejo de 1ª Enseñanza. A destacar: Miguel Carro Verdejo (Alcalde) 2º por 
la derecha, Luis García Holgado 3º por la izquierda y José Rebaque 1º por la izquierda, los tres socialistas







767. El genocidio franquista en Extremadura

Represión en Badajoz, 14 o 15 de agosto de 1936 (Hemeroteca de Lisboa/Dulce Simoes)


Antecedentes

Para que podamos calibrar la dimensión de lo ocurrido en Extremadura conviene que empecemos por el principio, que no es otro que la II República. Abril de 1931 supuso un punto de ruptura muy importante para toda España pero muy especialmente para la región extremeña. Y esto por dos hechos históricos de largo efecto: por las graves consecuencias que la llamada Guerra de la Independencia (1808-1814) tuvo para Extremadura, uno de los escenarios de aquella “maldita guerra”, como se refirió a ella el historiador británico Ronald Fraser, y por un proceso que tuvo lugar a lo largo del siglo XIX por el que las tierras de aprovechamiento común que poseían los ayuntamientos y las de la Iglesia pasaron a manos privadas. Me refiero a las diversas desamortizaciones que jalonaron el siglo.

Parte de esa inmensa masa de bienes pudo dedicarse a proporcionar un medio de vida a millones de personas, pero tal cosa no solo no se hizo sino que las dehesas municipales que aliviaban la vida de los más pobres fueron privatizadas y pasaron a manos de una burguesía local o foránea que no perdió la ocasión de enriquecerse a precios de saldo con tierras que antes beneficiaban a todos. La Iglesia, aunque se revolvió y llegó a excomulgar a quienes adquirieran tierras de su propiedad, no salió malparada pues consiguió que el Estado asumiese su mantenimiento (tal como todavía hoy sucede).

Los que sí quedaron en una lamentable situación fueron los campesinos sin tierra, ya que ahí está el origen de su proletarización o de la masa de jornaleros, braceros y yunteros con que se llegará al siglo XX. La prueba de que la situación social empeoró de inmediato es que es precisamente a mediados del XIX, en pleno proceso desamortizador y al compás de alguna de las guerras carlistas, cuando se creó la Guardia Civil, una fuerza al servicio de los propietarios cuya misión no será otra mantener el orden tradicional en la España rural.

La lucha por la tierra y por la mejora de las condiciones de vida se extiende desde ese tiempo hasta la llegada de la República. En medio, procesos revolucionarios abortados, la primera república, que no duró ni dos años y un montaje llamado Restauración por el que, además de restaurar la monarquía, se quiso simular que aquí había elecciones libres y partidos que se turnaban (como en Inglaterra). Se trata de la época dorada del caciquismo y de la extensión a nivel nacional de las redes clientelares y de la corrupción. Este sistema se prolongará durante el reinado de Alfonso XIII y subsistirá finalmente gracias al golpe militar de Primo de Rivera de 1923.


La Segunda República

De ahí, de este largo desgaste de más de medio siglo, viene que la República fuera tan bien recibida en 1931. Además, desde finales de s. XIX, con la ampliación de las libertades políticas y sindicales, se había creado un tejido social (las Casas del Pueblo, los Ateneos) que será básico para el funcionamiento de la República. En una región como Extremadura el gran sueño de la mayoría no era otro que la reforma agraria que debía de llevar un poco de justicia a un mundo donde tal palabra era patrimonio de una minoría que era la que controlaba el poder y la riqueza.

El primer contratiempo fuerte que tuvo que afrontar esta minoría en 1931 fue perder el control de los ayuntamientos, que pasaron en su mayor parte a manos de republicanos y socialistas. Esto, para una derecha acostumbrada a controlar el poder local como si fuera una tradición o un derecho adquirido, resultaba casi una afrenta. Podemos imaginar lo que pensarían al ver sentados en el salón de plenos a obreros con los que hasta entonces solo habían tenido relaciones laborales. Ese ascenso del mundo del trabajo a la cumbre del poder local no era fácilmente asimilable para muchos.

El segundo contratiempo vino del Ministerio de Trabajo que dirigía Largo Caballero y fue nada menos que la jornada laboral de 8 horas, con lo que esto suponía para las horas extras, y el decreto de laboreo forzoso, que obligaba a los propietarios a poner en cultivo tierras abandonadas. Para valorar la importancia de la tierra en el mercado de trabajo bastará con decir que el 90% de los jornales giraba en torno a ella.

Por su parte el Gobierno aprobó una ley de reforma agraria de carácter reformista que tardó demasiado en poner en marcha y a la que faltaron los medios y fondos que la empresa requería. A medida que la izquierda mostró su incapacidad para llevar a efecto una ley de este calado, la derecha fue envalentonándose, organizándose y adquiriendo experiencia en boicotear todo lo que llegaba de arriba (actitud que puede resumirse en el “acato pero no cumplo”).

Las elecciones de noviembre de 1933, que dieron la victoria a la derecha, pusieron fin al primer bienio republicano y, con él, a la débil y fugaz experiencia de la reforma agraria. La derecha no tardó en endurecerse y en iniciar una verdadera contrarreforma agraria, que fue pareja a la recuperación de decenas de ayuntamientos con el pretexto de la comisión de irregularidades administrativas. El empeoramiento de la situación en el campo dio lugar a la huelga general campesina de junio de 1934 y la entrada de la extrema derecha antirrepublicana en el gobierno provocó la huelga general revolucionaria de octubre de ese mismo año. Ambas fueron sofocadas violentamente. Pero observemos que, para acabar con la segunda, concretamente con la revolución de Asturias, la derecha recurrió a Franco, a Yagüe y al ejército de África. He aquí el antecedente de lo que ocurrirá en julio del 36.

En estas circunstancias se entiende que las elecciones de febrero de 1936 se convirtieran en el gran plebiscito que todo debía decidir. Y así fue como la izquierda acudió agrupada en el Frente Popular y ganó las elecciones. La particularidad de esta victoria y del programa entre cuyos puntos iba la reforma agraria es que en esta ocasión fueron los campesinos, la poderosa Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, los que decidieron llevar la iniciativa y animar así al gobierno a que cumpliera el programa.

También destacó otro hecho: la región más avanzada en esta lucha fue Extremadura, en cuya provincia de Badajoz el 25 de marzo de 1936, de madrugada, tuvo lugar un hecho histórico: miles de campesinos invadieron tres mil fincas indicando así al Gobierno cuál era el camino a seguir. Al mismo tiempo la izquierda había recuperado los ayuntamientos y orientó sus esfuerzos en poner de acuerdo a los gobernadores civiles con los técnicos del Instituto de Reforma Agraria y con los delegados de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra. Fue así como, por fin, en la primavera de 1936 se puso verdaderamente en marcha la reforma agraria, que –insisto– siempre tuvo carácter reformista (respectaba parte de la propiedad, compensaba lo expropiado, tenía en cuenta circunstancias especiales, etc.).


El golpe militar y la represión

La siguiente secuencia de esta historia que estoy contando nos lleva al verano, a julio del 36. Miles de campesinos habían sido ya asentados en tierras que les han sido cedidas por el Instituto de Reforma Agraria y han obtenido créditos para la adquisición de aperos, semillas, abonos, etc. Se encuentran trabajando a tope y son muchas las tierras, antes abandonadas por sus propietarios, que ahora se encuentran ya transformadas y en actividad. La noticia del golpe militar, que circuló por el país en la mañana del sábado 18 de julio, cogió a la gente en plena faena de verano. Los campesinos de Badajoz estaban disfrutando por fin de su viejo sueño y no estaban dispuestos a perderlo.

De inmediato los partidos del Frente Popular, republicanos, socialistas y comunistas, organizaron comités encargados de afrontar la nueva situación. Llama la atención la eficacia que dichos comités desplegaron en tareas de organización, control y vigilancia, almacenamientos de provisiones, etc. Siguiendo instrucciones del Gobierno Civil la derecha fue desarmada de inmediato y sus miembros más señalados fueron detenidos. Esto supuso en la región la detención de varios miles de personas, la mayor parte de los cuales no sufrió daño alguno. Es sabido que la provincia de Cáceres cayó en poder de los golpistas desde el primer momento casi por completo y que la de Badajoz controló el golpe y se dispuso a defenderse.

En los primeros días de agosto tres potentes columnas fascistas salieron de Sevilla en dirección a Madrid, donde llegarían tres meses después. Quiero decir con esto que no fue ningún paseo militar. Sobre todo teniendo en cuenta que unos eran las fuerzas de choque del ejército y otros campesinos mal armados y sin formación militar. De hecho, la base para la formación de las milicias que defendieron Badajoz y la provincia no fue otra que la Federación Nacional Trabajadores de la Tierra.

El sistema de avance de los golpistas siempre fue el mismo: bombardeo previo desde aire o tierra, moros y legionarios en vanguardia, ocupación tipo razzia, detenciones, saqueos y ejecuciones de carácter ejemplarizante. A veces, en Zafra por ejemplo, la fuerza exigía la entrega de un porcentaje (un 1% de la población) e iba sembrando de cadáveres la ruta hacia el pueblo siguiente; en otros casos se escogía una cifra simbólica: en Villafranca asesinan para empezar a 56 personas, el número de derechistas presos en la sacristía. Pero lo repito, en esta etapa, salvo algunas excepciones en que se producen algunas víctimas (Fuente de Cantos, por ejemplo), los derechistas son encontrados con vida. Otras veces, como en Almendralejo, los muertos (28) se producen en el momento de la ocupación. En otras ocasiones, como en Azuaga, son choques con la Guardia Civil, verdadera avanzadilla de la sublevación en todos sitios, los que provocan las primeras víctimas.

¿Cuántas víctimas causó el llamado terror rojo? Casi en su totalidad murieron en Badajoz y cabe cifrarlos en torno a 1.500 personas. En su mayor parte estos crímenes ocurrieron en la zona este de la provincia (La Serena, Siberia y parte de la Campiña Sur) y una vez que se tuvo noticia del modo de actuar de las fuerzas de Asensio, Castejón, Tella y Yagüe. De hecho, parte de esta violencia cabe adjudicarla a personas que pasaron a esa zona este huyendo del terror fascista de la otra. Era la cadena de violencia que buscaban los golpistas para justificar sus actos.

La represión franquista, por el contrario, tiene unas características que nos permite hablar de genocidio por causas políticas. El norte de África y el suroeste quedaron marcados por ser la ruta elegida para el ejército de Franco. El golpe se produce el 17 en la zona colonial y el 18 se traslada a la península instalándose en la ruta Cádiz, Algeciras, Jerez de la Frontera y Sevilla, que se convierte en centro de operaciones.

Desde el primer momento los golpistas ponen en práctica un plan de exterminio que acaba con la vida de cientos de personas allí por donde pasan. Y una vez que se han marchado las columnas, las fuerzas vivas locales continúan la purga bajo la dirección de la Guardia Civil hasta febrero de 1937, en que la maquinaria judicial militar se pone en marcha con los consejos de guerra para depurar lo que queda. El final de la guerra en abril del 39 no trae cambio alguno sino que por el contrario, en medio de una Europa a la que la Alemania nazi encamina ya hacia la guerra, la represión sigue como si nada hubiera pasado.


Conclusiones

Estamos pues ante un ciclo represivo que va de 1936 a 1943, si bien sus coletazos no terminan hasta los primeros años 50. Casi veinte años, primero el terror del golpe, luego la represión, después los años del hambre, el achuchón represivo de fines de los cuarenta… En realidad así se podría seguir hasta que, a causa de los cambios económicos tras el fracaso de la autarquía fascista (acuerdos con EEUU y Plan de Estabilización), se abre la puerta de la emigración y la gente puede pensar en rehacer sus vidas escapando de esas ollas a presión en que el franquismo había convertido los pueblos.

Según las investigaciones realizadas hasta la fecha la represión fascista en Extremadura afectó a más de 12.000 personas, unas 2.000 en Cáceres y unas 10.000 en Badajoz. Pero estas son cifras provisionales mínimas. Hay documentación del 36 que aún no hemos podido ver y hay documentos que los militares aún consideran secretos. Si además de esas 12.000 personas asesinadas tuviéramos en cuenta a los que pasaron por los tribunales militares y fueron condenados a prisión o a los que fueron condenados a pagar multas por los Tribunales de Responsabilidades Políticas la cifra de afectados por las diferentes modalidades represivas se triplicaría. Si pensamos en sus familias obtendríamos la geografía del sufrimiento, en la que sin duda hay que incluir a un alto porcentaje de la población extremeña. Y si además tuviésemos en cuenta el exilio y contásemos a los que tuvieron que emigrar en los 50 y 60 estaríamos sin duda ante el mayor proceso represivo sufrido por Extremadura en la época contemporánea, en la que sin duda hay que incluir un alto porcentaje de sus habitantes, que por casos que conocemos debió rondar un tercio de la población. La sensación que da es que se quiso borrar a Extremadura del mapa, como de hecho confirma la existencia de algunos mapas de la época en que de Castilla se pasaba a Andalucía.

¿Contra qué fueron los fascistas en Extremadura? Fueron contra todo lo que tuviera relación con la experiencia republicana, contra alcaldes y concejales, contra el movimiento sindical, contra los partidos políticos del Frente Popular, contra la clase media progresista y, sobre todo, contra todos los que de una forma u otra tomaron parte en la Reforma Agraria.

Como dije antes en España no hubo reforma agraria revolucionaria pero, sin embargo, sí hubo Contrarrevolución Agraria a medida que las columnas ocupaban el territorio. Miles de jornaleros fueron asesinados y las tierras devueltas a sus dueños con las mejoras realizadas. A partir de entonces el campo extremeño entró en el período más negro de su historia, que a su vez fue para algunos una época dorada para la acumulación de capital.

La venganza sobre los hombres que habían osado poner la propiedad al servicio de la mayoría fue inacabable y terrible. Pondré solo un ejemplo: el que fue alcalde de Ribera del Fresno, Ignacio Caña Exojo, uno de los responsables de la Reforma Agraria a nivel provincial, fue apresado al final de la guerra y condenado a muerte en Mérida. Pero se le reservó una muerte especial: fue asesinado a garrote vil en una plaza de la ciudad. Al espectáculo acudieron incluso derechistas de su pueblo que se desplazaron en varios coches a la ciudad.

No quiero terminar sin hablar de la mujer. No vaya a creerse que los fascistas aplicaron con las mujeres otro baremo diferente al que usaron con los hombres. Solo daré un dato: actualmente tenemos constancia de que solo en Badajoz, Huelva y Sevilla fueron asesinadas un mínimo de 1.500 mujeres. En vano se buscará nada parecido cuando esas provincias eran aún republicanas (estamos como siempre ante casos aislados en modo alguno comparables a esta masacre). ¿A quiénes mataron? A las mujeres más activas y conscientes, a las maestras más comprometidas (aquí intervino activamente la Iglesia), a algunas de las que guardaban algún parentesco con izquierdistas que se les escaparon y a las que protestaron y se rebelaron abiertamente contra la desaparición de sus familiares. Hubo casos en que desaparecieron familias enteras, sobre todo si tenemos en cuenta que también se asesinó a menores.

Concluyo ya recordando que todo esto que cuento fue ocultado por la dictadura y silenciado durante la transición. El esfuerzo para reconstruir lo ocurrido ha sido largo y trabajoso y aún no ha concluido. Parte de ese silencio y de estas dificultades se consiguieron obligando a la gente a emigrar. Estoy convencido de buena parte de la historia de Extremadura se fue a Alemania, Francia o Suiza o a Madrid, el País Vasco y por supuesto aquí a Cataluña y especialmente a Cataluña, a ciudades como esta que hoy nos acoge.

O sea que en definitiva lo que yo he hecho al venir aquí hoy es traer la historia allí donde la historia se fue, es decir, dirigirme a los hijos y nietos de aquellos extremeños que aún yacen en las cunetas, que tienen el mérito de haberse liberado del yugo que oprimió a las generaciones anteriores y de haber logrado rehacer sus vidas y las de sus hijos.


Francisco Espinosa Maestre
Cornellá de Llobregat
6 de octubre de 2012