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2628. Manifiesto de los católicos franceses tras el bombardeo de Guernika




La guerra civil española toma en estos momentos, en el País Vasco, un carácter particularmente atroz.

Ayer fue el bombardeo aéreo de Durango.

Hoy, por el mismo procedimiento, la destrucción casi completa de Guernica, ciudad sin defensa y santuario de las tradiciones vascas.

Centenares de no combatientes, de mujeres y de niños, han perecido en Durango, en Guernica y en otras ciudades. Bilbao, donde se encuentran en estos momentos millares de refugiados está amenazada por el mismo peligro.

Sea cual sea la opinión que se tenga sobre los partidos enfrentados hoy en España, está fuera de dudas el hecho de que el pueblo vasco es un pueblo católico y que el culto público no ha sido interrumpido un sólo instante en el País Vasco. En estas condiciones, todos los católicos, sin distinción de partidos, están en la obligación de levantar su voz los primeros, para evitar que el mundo sufra la masacre sin piedad de un pueblo cristiano.

NADA EXCUSA, CON NADA SE JUSTIFICA, EL BOMBARDEO DE CIUDADES ABIERTAS COMO GUERNICA.

Nosotros dirigimos un llamamiento angustiado a todos los hombres de corazón del mundo, para que termine inmediatamente la masacre de los no combatientes.


Praneois Mauriac
André Bellivier
Charles du Bos
Stanislas Fumet
Helene Iswolski
Georges Hoog
Olivier Lacombe
Maurice Lacroix
Jacques Madaule
Gabriel Marcel
Jacques Maritain
Eramanuel Mounier
Jean de Pange
Domenieo ílusso
Baris de Schloezer
Fierre van der Meer
Maurice Merleau-Ponty
Martin More
Glande Bourdet
Claude Leblond
Paul Vignaux
Jean Leroy, diputado
y un grupo de 29 alumnos de la Escuela Normal Superior


Nuestra España, 31 de Mayo de 1937








2460. El falso catolicismo de los facciosos




El sacrificio del sacerdote vasco D. Jacinto Aguirre Suárez es uno de los múltiples episodios significativos.


En la apacible tierra invadida

Muchos habitantes de aquellos caseríos cercanos a Sestao presenciaron los hechos, y los relatan con la prolijidad de detalles con que se recuerdan los sucesos insólitos.

Habían transcurrido unos veinte días desde que las tropas italianas, con la cooperación de la aviación alemana, habían invadido aquella zona del país vasco. Aquellas viviendas campesinas, diseminadas unas en los valles y semiocultas otras en las rugosidades de los montes, habían sufrido una ruda transformación en su existencia apacible. El paso de aquel ejército extranjero —como un rugiente huracán materializado en miles de rostros ceñudos, de expresión feroz, uniformes desvaídos por la lluvia, bosques de bayonetas de siniestro centelleo, fragoroso trepidar de la oleada férrea de los tractores, camiones y pesados armatostes de la artillería— había trastornado todos los parajes como en una mutación de catástrofe, apisonado los prados verdeantes, tronchado las débiles plantaciones de los huertos, removido la tierra y borrado las veredas.

Luego que se alejó aquella balumba, todo presentaba un aspecto de desolación silenciosa y fúnebre. La pavorosa inundación bélica había hecho desaparecer los ganados; había despoblado los corrales; habíase llevado hasta las cargas de leña, enseres caseros y los comestibles.

En las casas desmanteladas, gemían mujeres y ancianos, y temblaban de pavor los niños, con la mirada atónita, desamparados de los hombres jóvenes, que habían muerto en los combates pasados, o habían tenido que escapar ante la amenaza del fusilamiento.


La obra de represión

Una noche, llegaron dos coches de turismo proyectando la poderosa luz de sus faros sobre aquellos tristes caseríos. Varios hombres, pistola en mano, descendieron de los vehículos y se dirigieron resueltamente a aporrear una puerta. Los vecinos atisbaron desde las rendijas de las edificaciones cercanas, y se extrañaron al pensar en la persona que vivía en aquella casa ante la que los recién llegados se manifestaban con llamadas apremiantes. Era la morada de don Jacinto Aguirre, el anciano sacerdote, respetado en toda la comarca por aquellas buenas gentes, para las que el pobre eclesiástico era como un símbolo del bienhechor humilde. Años y años de recorrer aquellos contornos, de decir misa en la pequeña iglesia de la ermita, de unir en matrimonio a los enamorados, de ayudar a los desvalidos y de inculcar las primeras letras a los pequeñuelos, habían rodeado de una popularidad sentimental a aquella débil figura, revestida con la raída sotana del mísero cura rural.

¿Qué querrían del señor Aguirre aquellos nocturnos visitantes, que se presentaban armados como si llamasen ante la guarida de un facineroso?


Dos requetés ante el hombre que los había librado del analfabetismo

La puerta se abrió, y ante ella, a la luz de un trozo de cirio sostenido por una mano temblorosa, se iluminó un rostro demacrado, cuyos ojos miopes miraron con alarma al grupo, pero que de pronto, se animaron con súbita expresión de alegría.

—¡Ah! Pero, ¿sois vosotros?

Y se dirigía hacia dos de aquellos individuos, a los que en este instante, reconocieron también los vecinos que contemplaban la escena desde sus casas.

Eran Eladio Arana y José María Urquiola, dos mozalbetes de unos caseríos próximos. ¡Verlos ahora, con aquellas boinas rojas y aquellos correajes de militar, sobre sus camisas campesinas! Lo inaudito para aquellas gentes era que también esos dos empuñaban pistola ante don Jacinto Aguirre, a quien debían querer y respetar, porque, como a tantos otros, los había bautizado y, años después, los había enseñado a leer y a escribir.

El señor Aguirre, como si no hubiera reparado en las armas, invitaba a los dos muchachos a que penetrasen en la casa en unión de sus compañeros; pero ellos lo repelieron bruscamente: no venían de visita, sino a llevárselo y a darle su merecido, porque era un "rojo" aborrecible.

El anciano aun tuvo la creencia de que todo aquello no era otra cosa que una broma de aquellos dos chicarrones, de desmesurada rudeza hasta en sus juegos, y les habló sonriente, como si, al tiempo de reconvenirles, los disculpara lo mismo que a dos niños que se excedían en sus travesuras.

—¡Que no hayáis de tener modales ni para divertiros!

Pero el acento iracundo con que le contestaron aquellos sujetos, le hizo fruncir el ceño.

—Usted es de los nacionalistas vascos y hemos de darle el castigo que se merece por eso.

Y le conminaron rotundamente:

—Conque, venga usted con nosotros.

Don Jacinto reaccionó con serenidad: 

—Pues si es así, no voy.

Ya no hubo otras palabras, sino un forcejeo violento, en el que Eladio Arana y José María Urquiola, ayudados por otros de la patrulla, abalanzados todos contra el cura, trataron de reducir la resistencia de éste. Rápidamente, uno de aquéllos golpeó con fuerza la cabeza de don Jacinto Aguirre, haciendo florecer una mancha roja sobre las canas. El agredido se tambaleó, indefenso, y fue arrastrado hasta el interior de uno de los coches. En seguida, trepidaron los motores y los dos vehículos se alejaron veloces.

Al día siguiente, el cadáver del sacerdote apareció ensangrentado en el fondo de una barrancada próxima.

Así relatan los vascos cómo el cura don Jacinto Aguirre Suárez, de una feligresía de Sestao, fué muerto por un grupo de esos requetés que se titulan "católicos" y que, para escarnio de la religión, van a la lucha con un escapulario en el pecho y el nombre de Cristo profanado en sus labios, entre gritos de odio y estímulos de crueldad homicida.


Facetas de la actualidad españolaLa Habana, mayo de 1938








2325. Árbol de Guernica




Volverá a ser verde y ancho
el roble, el roble nuestro.
Mordido de la metralla,
no del rayo de los cielos,
volverá a brotar contadas
una hoja por cada Euskaro
y será a la semejanza
nuestra y tierno.

Mientras, andamos errantes
sin criar roble en otros suelos,
con un gajo sollamado
que se aprieta contra el pecho.

Volverá a ser en Euskadia
el abra, el árbol y el ruedo
del corro de manos dadas,
y el himno al Dios verdadero,
confesado y silencioso
como la encina sin viento.

Los heridos y aventados
y los que a mitad de ruta
dizque se quedaron muertos,
todos volveremos, todos,
el árbol, al ruedo.

Mientras tanto parecemos
casa en noche de saqueo.
Y desvariados que dicen
en refrán “Guernica” y “fuego”.

Sigue entero y da, mascado
en un brote verde
un sabor de salmuera que resbala
si lo muerden niño o viejo.
Y con él, caído el sol,
comulgan y esperan ellos.

Mientras tanto caminamos
tocando a puertas de acero
de los que han la libertad
y siguen sordos y ciegos.

Crece con nuestras fés y
voluntades y tuétanos.
Crece al día y a la noche
aunque le den pez y fuego
y aunque zumben su despojo
alguaciles y patán ebrio.

Mientras tanto le rezamos
sobre el jergón a dos leños:
el de Cristo y el de Ignacio
entrecruzados y ardiendo.

Por islas, por archipiélagos,
al asar pez y catar
vino bárbaro tenemos
sobre nosotros la sombra
del buen roble que da silbo y oreo.

Cortados como la sarta
y la madeja,
escupidos en la noche tártara
partida del bombardeo,
cada uno caminó
cargando flor y madero
cortado de él y llevándolo.

Mientras que cortamos el aire,
en la lengua sin orígenes
decimos el Padrenuestro
y el roble allá lo corea,
fiel, hirviendo y recto.


Gabriela Mistral











2303. Redoble fúnebre a los escombros de Durango




Padre polvo que subes de España,
Dios te salve, libere y corone,
padre polvo que asciendes del alma.

Padre polvo que subes del fuego,
Dios te salve, te calce y dé tu trono,
padre polvo que estás en los cielos.

Padre polvo, biznieto del humo,
Dios te salve y ascienda a infinito,
padre polvo, biznieto del humo.

Padre polvo en que acaban los justos,
Dios te salve y devuelva a la tierra,
padre polvo en que acaban los justos.

Padre polvo que creces en palmas,
Dios te salve y revista de pecho,
padre polvo, terror de la nada.

Padre polvo, compuesto de hierro,
Dios te salve y te de forma de hombre,
padre polvo que marchas ardiendo.

Padre polvo, sandalia de paria,
Dios te salve y jamás te desate.

Padre polvo que avientan los bárbaros,
Dios te salve y te ciña de dioses,
padre polvo que escoltan los átomos.

Padre polvo, sudario del pueblo,
Dios te salve del mal para siempre,
padre polvo español, padre nuestro.

Padre polvo que vas al futuro,
Dios te salve, te guíe y te dé alas,
padre polvo que vas al futuro.


César Vallejo
España, aparta de mi éste cáliz, 1939


El poemario España, aparta de mí este cáliz fue escrito por César Vallejo en 1937 y publicado después de su muerte.











1947. Bombardeo de Guernica. Repercusiones: proposiciones de paz de las dos Romas

Si Pearl Harbor fue un terrible golpe para los americanos, podrá figurarse el lector lo que significó para los vascos la destrucción de Guernica, símbolo viviente de todo lo que era más querido por ellos. Era dar en el corazón mismo de la pequeña nación vasca y en el corazón de todos sus hijos, aun en el de aquellos que vivían en las más apartadas regiones del globo. Pero entre Pearl Harbor -objetivo puramente militar- y Guernica -objetivo puramente civil existe una íntima relación, que se hace más palpable después de vividos los cinco años que los separan; ambos son jalones dolorosos de una nueva táctica bélica, salvaje y cobarde, pues si Guernica fue el primer ensayo de destrucción totalitaria, Pearl Harbor ha sido el último, principio y fin de un trágico eslabón de matanzas colectivas, perpetradas por quienes se valieron de la cobardía y egoísmo de las naciones poderosas, para atacar primeramente a los débiles, y por último a los fuertes.

Los resplandores de Guernica arrasada anunciaron al mundo que había comenzado la conquista del continente europeo por la violencia totalitaria; los escombros ensangrentados de Pearl Harbor han sido el anuncio de la conquista de otras partes del mundo. Por muchas millas que separen Guernica de Pearl Harbor, ambas tienen la misma significación histórica, ambas han sido víctimas de los mismos errores suicidas, y ambas marcan con sus cicatrices palpitantes el camino que ha de seguir la humanidad si no quiere verse abyectamente subyugada en una nueva esclavitud. Los hombres de hoy tienen que aprender a leer en ruinas y cadáveres si han de adquirir la ciencia que enseña que tardar es perecer, y más si a la tardanza van unidas las contemplaciones. Muy lejos estaban Guernica y Pearl Harbor, de América o de la India, pero la mística de la historia las ha llevado hasta la puerta misma de todos los hogares. Para la injusticia no hay fronteras ni distancias, y cuando ésta se produce, sea donde sea, es preciso ayudar a extirparla a los que la padecen, pues nadie sabe quién va a ser víctima de su próximo brote. Si quienes debían hubiesen madrugado para no permitir que se perpetrase la inmolación de Guernica, es muy probable que los Estados Unidos no hubiesen tenido que contar los cadáveres de sus hijos asesinados en Pearl Harbor.

Quienes amaban la libertad y la veían amenazada, pronto se dieron cuenta de lo que significaba la destrucción de Guernica. La humanidad empezaba a reaccionar ante aquel aldabonazo macabro que anunciaba al mundo una era de dolor y de lágrimas. Y contemplaba con horror aquel espectáculo de espanto, que al mostrarlo al pueblo americano había hecho decir al senador Borah: "Aquí el fascismo presenta al mundo su obra maestra. Ha colgado en las paredes de la civilización un cuadro, que jamás será descolgado ni se borrará de la memoria de los hombres".

Aquel clamor de indignación que se levantó por doquier, hizo meditar y preocuparse a quienes se habían confabulado para terminar con la libertad en el mundo. El ensayo para perpretar sucesivos asesinatos colectivos les había resultado excesivo. Además, no hay que olvidar que Franco era el paladín de una cruzada que pretendía monopolizar la defensa del orden y la civilización cristiana en oposición al comunismo.

Por eso se produjeron entonces algunos hechos que, a pesar de su importancia, no han sido tratados hasta ahora en ningún libro. Como solamente los conocemos las personas que intervinimos en ellos, voy a permitirme relatarlos sucintamente.

Los actores principales son personas tan venerables como el actual Papa pío XII, y otras dos que, aunque menos venerables, son bastante conocidas: Mussolini y el Conde Ciano. Toda la documentación referente a estos asuntos se halla en uno de los archivos de la Presidencia del Gobierno Vasco en un lugar de Europa que no conviene mencionar. Pero mi memoria es lo bastante fiel para que la confrontación que en su día se haga sea tan exacta como han sido siempre mis afrrmaciones.

Hacia mediados de mayo de 1937, dos semanas después del bombardeo de Guernica, llegó a Bilbao por los aires una personalidad vasca. Nosotros teníamos organizada una linea se servicio aéreo, de un solo avión, que nos unia con el mundo civilizado a los vascos que luchábamos cercados por todas partes. Dicha persona era de mi absoluta confianza y podía prestar oído al enemigo sin comprometer nada. En aquella ocasión traía un encargo delicado y espinoso.

Un diplomático italiano, el Conde Cavaletti de Sabina, había llegado al sur de Francia, tal vez con el pretexto de descansar en alguno de aquellos deleitosos parajes tan codiciados por los italianos, pero en realidad con un encargo del Conde Ciano para mí como Presidente del Gobierno Vasco. Se trataba de una proposición que nacía del propio Mussolini y venía expresada en una nota verbal y en unas ampliaciones que serian ratificadas asimismo de palabra.

La nota verbal expresaba en primer término el deseo del Duce de llegar a una paz separada con los vascos, mediante la entrega -reza textualmente- de Bilbao, a sus tropas, verificada la cual, Italia garantizaba el cumplimiento de unas cláusulas muy humanas para tranquilidad del País Vasco, y de garantía para los miembros de nuestro Gobierno, jefes políticos y militares vascos. Terminaba la nota señalando el procedimiento a seguir para iniciar las negociaciones; yo, como Presidente Vasco, dirigiría a Mussolini un telegrama pidiéndole su intervención, basándome para ello en motivos puramente humanitarios. Se me ofrecia la clave oficial secreta italiana, que podria utilizar libremente.

-¿Qué sucede en Roma? -me pregunte extrañado; mi perplejidad hubiese aumentado de haberme enterado entonces, que al mismo tiempo que del Quirinal se me enviaba aquella proposición, salía telegráficamente del Vaticano un ofrecimiento de paz también dirigido a mi, por el Cardenal-Secretario de Estado monseñor Paccelli, en la actualidad Su Santidad Pío XII. De ello hablaré más adelante.

El amigo vasco me dijo:

-El Conde pide una respuesta lo más rápida posible.

A mí me extrañó que un diplomático interesase la urgencia en asunto tan trascendental, pero a pesar de ello di la respuesta a mi amigo inmediatamente:

-Conteste usted a ese señor -le dije- que los vascos no admitirnos ninguna proposición donde se mencione la palabra rendición.

Y mi amigo se marchó en el avión a Francia, y por el mismo conducto volvió a los pocos días. Vino a verme a la Presidencia.

-El Conde Cavaletti me ha pedido ser recibido por usted aquí -me dijo.

-¿En Bilbao? -le interrogué asombrado.

-Vendría en un avión italiano -continuó-, pero sin colores ni señales de ninguna clase.

-No, por favor -le interrumpí-, ya tenemos bastante con los aparatos italianos que nos bombardean todos los días. Si ese señor lo cree necesario, que venga, pero con usted, y en nuestro avión. Yo garantizo que no le pasará nada.

Tal vez extrañe a alguien esta complacencia mía con el enviado de un Jefe de Estado que nos atacaba sin que nosotros le hubiésemos hecho nada. Pero siempre ha sido norma mia no rechazar una plática, cuando en ella puedo oír algo interesante. Siendo el tema de importancia, acepto parlamento con personas de la más diversa condición. Como yo creo fIrmemente en lo que creo, no tengo miedo a las opiniones ajenas, y en más de una ocasión me han proporcionado útiles enseñanzas. Además, siempre suele quedar algo en el ánimo del contrincante con quien se conversa.

-La proposición italiana -me dijo mi compatriota- es más importante de lo que la nota refleja.

 -¿Más inportante que un ofrecimiento de paz separada? -le argüí.

-Sí -añadió el emisario-, el mismo conde me ha manifestado que, una vez enviado por usted el telegrama al Duce, podrán comenzar las conversaciones en las que se estudiará incluso la posibilidad de un protectorado italiano sobre Euzkadi.

-¡Pero si eso no lo consiguió ni la Roma de Augusto! -le dije sonriendo.

-Pues el Duce pretende intentarlo -continuó el amigo-, y el ensayo vasco le servirá para llegar a idénticas conclusiones con los catalanes, y luego a la paz con la República.

Soy hombre poco inclinado a expansiones de indignación, y como tampoco estaban las cosas para soltar carcajadas, opté por responderle lo más serenamente posible:

-Dígale al conde de mi parte, que mi respuesta anterior queda en pie, y que, en caso de que persista en su idea de venir a Bilbao, que mantengo con la misma firmeza las garantías para su seguridad personal.

Pero todo quedó en nada. Cavaletti de Sabina afirmó al intermediario vasco que le había impresionado la sinceridad de nuestra garantía, aunque él -le dijo- "no hubiera podido garantizarnos lo mismo". Y yo me quedé con las ganas de escuchar de labios del discípulo de Maquiavelo -supongo que lo sería-la explicación de la pintoresca tesis de un protectorado italiano sobre los vascos.

La destrucción de Guernica y la execrable matanza de vascos que había sido perpetrada, tuvo derivaciones de una mayor trascendencia. Se trataba de un pueblo cristiano, de un pueblo ordenado y laborioso poseedor de una vigorosa constitución social, y de un tesoro de tradición democrática y de auténtica libertad. El mito de la Cruzada se venía abajo, amenazando dejar al descubierto a los muchos diablos que se escondían detrás de la Cruz. Había que evitar a todo trance tamaño desastre, que de ocurrir hubiese sumido en desprestigio, más que a los falsos cruzados, a quienes, por ayudarlos, resultaban cómplices de los crímenes de aquéllos. Y para ello, no había otra solución que hacer desaparecer la causa que podía originar el descalabro, lo que podía realizarse de dos maneras: exterminando al pueblo vasco, o apartándolo de la lucha.

El Vaticano, en un noble afán de pacificación, intentó la segunda solución. El Cardenal-Secretario de Estado redactó un mensaje telegráfico que iba dirigido a mí como Presidente Vasco, a juzgar por el tratamiento. Y esto no era de extrañar, por ser yo católico de profundas convicciones que a Dios agradezco.

Invocaba el documento la conveniencia de poner fin a la contienda en beneficio de los altos intereses espirituales comprometidos. La proposición de paz que se me hacia -a la cual calificaba el documento de generosa o humanitaria-, contaba con la aquiescencia de los generales Franco y Mola, según se hacía constar explícitamente en el preámbulo. Se exigia de nosotros la rendición y entrega de Bilbao y del resto del territorio vasco, tal como se hallaba, sin ser destruido. A cambio se nos prometía el respeto de vidas y haciendas para todos los vascos, y la salida al extranjero de los dirigentes políticos y jefes militares. "Las provincias vascas -decia el documento-, disfrutarán del régimen administrativo que tenga la provincia de España más privilegiada" (sic). Terminaba con unas reflexiones redactadas, como todo el documento, en términos pacificadores.

Para un jefe católico, de un país en su casi totalidad católico, la prueba hubiera sido dura, aun cuando la justicia de nuestra causa y nuestra firmeza y lealtad eran suficiente satisfacción para nosotros. Y digo "hubiera", porque yo no me enteré de la existencia de dicho documento telegráfico hasta mucho tiempo más tarde -nada menos que tres años más tarde-, cuando me hallaba en París en el exilio. Un violento artículo -falso desde el principio hasta el fin contra los vascos y concretamente contra mí, debido a la pluma del Padre jesuita J. de Bivort de la Saudee, aparecido en la "Revue de Deux Mondes", del 10 de febrero de 1940, nos descubrió su existencia, así como la de unos hechos absolutamente desconocidos para nosotros.

Lo relatado en el artículo era lo siguiente: Monseñor Valerio Valeri, Nuncio Apostólico en París, fue encomendado por el Vaticano de una misión extremadamente delicada: la de "favorecer unas negociaciones de paz entre el General Franco y el Gobierno de Euzkadi, en vista de que yo no contestaba a un mensaje que se me había enviado desde el Vaticano". "El Quai d'Orsay, así como varios miembros del cuerpo diplomático y algunas personalidades residentes en París prestaron su benévolo concurso. Entre ellas un antiguo jefe de Estado -el ex Presidente de Méjico señor de la Barra-jugó un papel de primer plano." Fue a fines de febrero y en el curso del mes de marzo de 1937, tiempo en que el Cardenal Gomá actuaba oficiosamente de Nuncio cerca del General Franco. Algunas semanas más tarde (por aquellos días Guernica fue arrasada) el Primado de España hizo cuanto estuvo de su parte para que el Generalísimo de los Ejércitos Españoles propusiera al Gobierno Vasco unas condiciones de paz aceptables, y elaboró con el General Mola un proyecto que fue sometido al General Franco.

Tres eran los puntos que se proponían al señor Aguirre para que la paz fuese aceptada: 1.º, se respetarían vidas y bienes a todos aquellos que depusieran sus armas; 2.°, se facilitaría la huida de los jefes; 3.º, serían sometidos a los Tribunales Militares Ordinarios únicamente los autores de crimenes de derecho común.

No solamente el General Franco dio su aquiescencia para que dichas proposiciones fuesen hechas al Gobierno Vasco, sino que en un gesto de magnanimidad añadió otras dos más: 1.º, las Provincias Vascas disfrutarían de los mismos privilegios económicos, políticos y jurídos que Navarra, la provincia más privilegiada de España; 2.º, las mejoras económicas y sociales de las Provincias Vascas serian respetadas y aplicadas siguiendo las directrices de la Encíclica Rerum Novarum, a medida que la situación financiera de España lo permitiese.

Si estas condíciones no eran aceptadas antes de la ruptura del cinturón de Bilbao, el ejército nacional entraría en esta villa en plan de conquista.

Este proyecto fue oficialmente comunicado al señor Aguirre. Una alta personalidad eclesiástica española partió inmediatamente para San Juan de Luz y Biarritz con intención de entrevistarse con el Canónigo Onaindia, cuya influencia sobre el Gobierno Vasco podía ser factor importante para la aceptación de las proposiciones. Después de quince días, éste (sic) pidió que dos cláusulas fuesen añadidas a las proposiciones del General Franco: 1.º, El Presidente del Gobierno de Euzkadi no sería considerado como un traidor, y 2.°, se guardaría un secreto diplomático sobre estas negociaciones y condiciones de rendición.

El General Franco respondió que él no trataba sino sobre condiciones generales de rendición y no de intereses particulares. Por otra parte, él había prometido actuar para favorecer la huida de los jefes. En respuesta a la segunda demanda se comprometía a guardar el secreto.

El señor Aguirre exigió todavía una condición más. Pretendía que todas las cláusulas fuesen garantizadas oficialmente por una potencia extranjera. Esta condición fue rechazada por los jefes nacionales como deshonrosa para ellos. Era ya el mes de mayo de 1937 ...

He aquí el relato que nos dejó petrificados. Estábamos ya en febrero de 1940, y yo, el principal personaje de todas estas supuestas negociaciones, nada sabía de todo ello. Llamé al Canónigo señor Onaindia. Tampoco él sabía nada. ¿Qué persona o grupo de personas habían cometido la incorrección de suplantar mi autoridad? ¿Quién les había autorizado a enviar unas contraproposiciones reñidas con mi dignidad y mi honor? O si no, ¿qué es lo que se tramaba en las sombras? ¿Quién había inventado toda esta burda historia?

Pero algo más importante había aún; era un telegrama que el Cardenal Paccelli me había enviado directamente a mí, en vista del fracaso de las mencionadas "negociaciones". Con el fín de aclarar la verdad, rogué al señor Onaindia visitara al Nuncio en mi nombre para pedirle una entrevista. Tenía verdadero empeño en desentrañar todo este misterio. El Nuncio contestó que "siendo yo para él una personalidad política oficiosamente reconocida en París", tendria que consultar al Vaticano antes de aceptar mi visita. Encargó también al señor Onaindia que me comunicara que creía en absoluto en mi ignorancia sobre el asunto en cuestión. Le mostró entonces el texto del telegrama dirigido a mí por el Cardenal Paccelli en los primeros días de mayo de 1937 del cual no quiso entregar una copia al señor Onaindia, quien lo retuvo en la memoria casi íntegro.

Hicimos toda suerte de averiguaciones para dar con el paradero del citado telegrama y al fin dimos con la explicación. Había sido enviado por el Vaticano a Barcelona vía Roma, en lugar de hacerlo, como supongo que sería su intención, por el cable submarino Londres-Bilbao, pues en Barcelona funcionaban los servicios telegráficos del Gobierno de la República Española. Además se trataba de un mensaje abierto, sin clave alguna, es decir, fácil de comprender por cualquiera que lo leyera. Cuando nos enteramos de ello -habían ya transcurrido tres años- no podíamos comprender que la diplomacia vaticana, siempre tan previsora y sutil, hubiese actuado tan ligeramente en un asunto de semejante transcendencia.

Es fácil comprender lo que había sucedido con el telegrama. Tan pronto como llegó a Barcelona, el telegrafista que lo recibió dio cuenta de su contenido al Gobierno de la República Española, que a la sazón se encontraba en Valencia. Hubo consultas y hasta secreto jurado entre los miembros del Gabinete que conocieron su texto. Se reunieron secretamente con excepción del ministro vasco señor Irujo, el catalán señor Ayguadé, el señor Prieto, según me lo aseguró él mismo, y quizá algún otro ministro, por no haber sido convocados. Acordaron silenciar el telegrama sin darme traslado del mismo, colocándome en situación de conciencia en que me habían dejado quienes se comportaban de manera tan poco digna. Entre la desvergüenza de quienes se atribuyeron mi autoridad para tratar de unas condiciones de paz que yo desconocía, y la deplorable conducta de los que interceptaban telegramas dirigidos a personas de responsabilidad, consiguieron que los vascos y más concretamente yo, apareciésemos ante el Vaticano como un pueblo incivil, que ni siquiera tenia la cortesía de contestar, aunque no fuera más que para agradecer la intervención y rechazar las ofertas.

El Nuncio, Monseñor Valerio Valeri, que anteriormente había demostrado su afecto hacia los vascos en ocasiones de tribulación para éstos, no solamente aceptó nuestras explicaciones y reconoció la veracidad de las pruebas que le sometimos, sino que admitió también que en la visita que el ex Presidente mejicano señor de la Barra había hecho al Delegado del Gobierno Vasco en París, aquél se limitó a una exploración diplomática tan vaga que ni siquiera nombró a la persona que le enviaba, ni mostró documento alguno. Hizo lo que otras muchas personas de buena intención, que con autoridad o sin ella se acercaban a nosotros en aquella época, para hacernos preguntas de este tenor: "¿Pero no creen ustedes que ya es hora de que termine esta terrible guerra?". "¿Cómo podría llegarse a encontrar una fórmula de paz?", etc.

Herido en mis más íntimos sentimientos, redacté entonces un largo escrito dirigido al Cardenal Maglione, Secretario de Estado del Vaticano, para que fuese entregado al Santo Padre. En él hacía una historia documental de los hechos acaecidos, poniendo en claro la conducta correcta de los vascos, al mismo tiempo que pedía con apremio se me diesen los nombres de aquellas personas que habían suplantado mi personalidad, manchando mi honor de hombre y de vasco. Este escrito fue entregado en la Nunciatura de París el 7 de mayo de 1940. No hubo posibilidad de una respuesta, porque la catástrofe de Francia se produjo pocos días después, y, con ella, mi desaparición aparente del mundo de los vivos.

He traído conjuntamente a colación estos dos episodios en que intervienen las dos Romas, la cristiana y la pagana, para mostrar cómo ambas en competencia quisieron llegar a una paz con los vascos. La causa que motivó ambos intentos de pacificación fue la misma: la enorme repercusión que tuvo en el mundo la destrucción de Guernica. Pero las razones psicológicas eran diferentes: por un lado, un Duce que hacía la merced de brindar la paz a un pueblo injustamente agredido por él, y por otro lado, un Papa que percibe claramente todo el significado de la lucha de un pueblo que defiende su libertad aun cuando haya sido atacado en nombre de la civilización cristiana, siendo ese pueblo un pedazo auténtico de dicha civilización.

Las claras mentes del anciano Papa y del Cardenal Pacelli comprendieron con certera visión de futuro el drama de nuestro pueblo, pero mal pudo tener eficacia su afán de pacificación que, como queda expuesto, ni llegó siquiera a conocimiento del Gobierno de Euzkadi.

Fue tal vez providencial, además de ser ejemplar y edificante, que un pueblo auténticamente religioso, como es el vasco, se mantuviese en la lucha al lado de la libertad y la democracia, demostrando así a los recelosos y a los equivocados que la libertad y la fe caben juntamente en el corazón de los hombres. Para que la humanidad no olvide esta verdad, han luchado y siguen luchando los vascos. Toda la sangre y lágrimas que vertieron, todos los dolores y amarguras que padecieron y padecen los darán por bien empleados, si con ello han contribuido a que la fe y la libertad puedan vivir hermanadas en el alma humana, evitando así la destructora labor de quienes se arrogan la representación de Dios, al mismo tiempo que niegan a Cristo.


José Antonio Agirre
De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, 1942