Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Cortes Constituyentes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cortes Constituyentes. Mostrar todas las entradas

3492. El diputado de las Constituyentes que fue chófer hasta el 14 de abril

El diputado Juan Grau Jassans - Foto: Badosa


Al pié del volante de su "taxi"

Este diputado de las Constituyentes, alto, enjuto de carnes y rostro anguloso, tiene una mirada y un gesto que es todavía el del hombre que anduvo a la aventura por medio mundo, a mamporros con la vida. 

Los periódicos, esta vez, han descartado orígenes y antecedentes; se han detenido poco en lo anecdótico, en lo exterior de todos estos hombres que así aparecen como faltos de historia, cuando hay alguno, como este Juan Grau Jassans, que cuenta en su haber una vida repleta de accidentes, que le retenía, hasta el último momento, al píe del volante de su "taxi", en su oficio sencillo de chófer. Esto sí lo han dicho los periódicos: concejal, diputado luego, y por todo título, taxista. 

—¿Hasta cuándo estuvo usted ejerciendo su oficio? 

—Hasta la misma tarde del 14 de abril —nos responde. 


De Palermo en un barco francés

Juan Grau Jassans, diputado para las Constituyentes de la República, nos había dicho nuestro informador, guarda una historia que es un reportaje. Toda su vida está en la calle, entre las cajas de frutas de los muelles del Grao valenciano, hasta las avenidas internacionales del Broadway. 

—Soy hijo de una familia humilde —nos dice—. Mi padre era mecánico y mi madre trabajaba en una fábrica de tejidos. 

—¿Y su primera salida?

—¡Y casi única! Dejé la escuela apenas cumplidos los catorce años, para entrar de meritorio en una tienda de mercería. Aquel trabajo estaba tan reñido con mi naturaleza que, al primer choque serio de mi carácter, lo abandoné defintiivamente, a los tres años de aprendizaje, en que me entró un deseo invencible de andar y de correr.

Un día marché a Valencia, en un mal pasaje de tercera, que pagué con mis modestos ahorros. Pero esto no tiene la menor importancia. El aprieto fué ya en Valencia, donde al poner píe en tierra y hecho un buen arqueo, me hallé poseedor de la extraordinaria cantidad de sesenta céntimos. Yo, claro, no había medido bien las consecuencias de mi marcha; pero tampoco me preocupé mucho de la gravedad del caso, y menos se me ocurrió volverme atrás. 

Tenia escasos diez y siete años, un buen apetito y un anhelo insaciable de andar, de ver cosas, de ser libre. Pues nada, que había caído en Valencia en un tiempo excelente: los naranjos, rebosantes de fruta, me ofrecieron la posibilidad, por lo menos, de no morir de inanición. Viví en el Grao dos semanas así: me desayunaba con naranjas, almorzaba naranjas y cenaba naranjas.

El menú resultaba poco variado, pero no puede negarse que era sano. 

—¿Cómo resolvió usted aquella situación? 

—A decir verdad, aún lo ignoro. En mis horas de ocio —veinticuatro cada veinticuatro horas— tuve ocasión de relacionarme con gente de mar. Estábamos en plena conflagración mundial, y la marina atravesaba una crisis aguda de hombres. Una mañana, en que por hallarlas más a mano, decidí desayunarme con las naranjas de un cajón de los que había en el muelle para la exportación, en el momento mismo de apoderarme de una de ellas, una voz a mí espalda me recriminó: 

—Te vas a pasar una temporadilla a la sombra. ¡Eso no se hace! 

Volví el rostro y me encontré con un hombre imponente; un auténtico lobo de mar como esos que ya había visto en las ilustraciones de las novelas de Julio Verne y que tanta impresión me habían causado. No tardamos mucho en hacernos amigos. 

—Tú lo que quieres —me dijo— es comer. Tú tienes vocación de marinero. 

Me lo quedé mirando sin responderle nada, y a los dos días vino a mí encuentro, muy alegre, agitando al aire la documentación y el permiso de embarque para mí. 

—Ya he encontrado lo tuyo: una plaza de palero en un barco francés que hace el viaje a Inglaterra. Al principio, el trabajo es muy rudo, pero ya te irás acostumbrando hasta que pares en maquinista. 

Y así fué como me hice a la mar, con rumbo a Liverpool, la primavera del año 16, cuando ejercer el oficio de la marinería era una audacia y un heroísmo... 


Haciendo de camarero en La Habana 


—No sé si nací o no para marino. El hecho es que lo fui tomando el gusto, y hubo un momento en que lo confundí con mí verdadera vocación. Hice algunos viajes de Liverpool a Marsella, y siempre a la búsqueda de una nave en que enrolarme con rumbo a Norteamérica. La encontré al fín, pero cuando una mañana amarró en Boston nuestro trasatlántico, ¡adiós ilusiones! Resulta que no me dejaban desembarcar porque, según la Ley, el marinero termina su viaje en el puerto en que se enroló. 

—¿Y no desembarcó usted? 

—Eso no se pregunta —nos ataja con una sonrisa—. Desembarqué. Me valí de la noche, como ocurre en las novelas. Y me encontré en Boston, una ciudad desconocida, en una noche cerrada y sin un centavo en el bolsillo, porque los diez con que desembarqué tuve que abonarlos en el trayecto del puerto a la ciudad. Permanecí poco en Boston y emprendí rumbo hacia La Habana, en donde trabajé de camarero. El oficio no me interesaba. No era nada movido para una persona que, como yo, tenía entonces el alma de azogue. Lo dejé con una excusa banal, porque estaba muy bien considerado en la casa en que me hallaba. Todo consistió en un mal gesto que me hizo derribar la cafetera sobre la espalda de un cliente, y a mí que se me antojó no pasarle la mano por la espalda... 


Por tierras de Yucat

Por aquellos días se inició una corriente de emigración hacía el Estado de Yucatán, en donde se hacía la tala de la cimbara. Me enrolé, y me llevaron a Mérida con no sé cuantos emigrados más. Uno de los más ricos hacendados de esta población, que conocía Barcelona, se interesó y tomó mucho interés por mí al saberme barcelonés, y me contrató para su hacienda. 

Era un trabajo brutal, en una tierra cuajada de reptiles, árida, seca y desierta. Me nombraron segundo encargado, me armaron de un gran machete, me calaron un enorme sombrero y me hicieron dueño de un hermoso caballo. He dicho dueño por decir, ya que yo no sabía montar, y el caballo no era el más a propósito para aprender con él. 

Al irlo a tomar de las bridas el primer día, se dio a trotar tan desaforadamente que me llevó arrastrando como cosa de un kilómetro, imposibilitándome durante un mes y pico para todo trabajo. 


Acusado de un complot de intento de asesinato de Wilson

—Ai cabo de muy poco tiempo de vida normal, ya ardía de nuevo en deseos de ir a otra parte. Quería conocer de cerca la vida de los yanquis, y un día me encaminé hacia el puerto del Progreso y me enrolé en un barco como segundo cocinero. 

—¿También? 

—No. No se alarme usted. Yo no sabía de la cocina más cosa que comer. Así es que no pude extrañar que apenas llegados a Nueva Orleáns me tuvieran preparada la cuenta. Al fin y al cabo, no era otro mi deseo. Marché en tren a Nueva York, y ya en ese monstruo de ciudad comienza la parte más seria de mi vida, acusado en un complot absolutamente imaginario. Se trataba nada menos que de un intento de asesinato de Wilson. 

La víspera del regreso de Europa del presidente de los Estados Unidos, nos detuvieron a catorce españoles y nos metieron, sin más explicaciones, en un calabozo. Al siguiente día nos enteramos de las causas de nuestra detención porque todos los periódicos de Nueva York daban la noticia en primera página, con grandes titulares: "Catorce españoles detenidos cuando estaban preparando un complot para el asesinato de Wilson." Una cosa sería, como usted ve. Nos sometieron a un interrogatorio severísimo. 

"¿Dónde tienen ustedes las bombas? ¿Dónde han guardado las bombas? ¿De qué han llenado ustedes las bombas?" 

Todavía no sabemos de qué bombas se trataba, de qué complot ni de qué niño muerto. Pero el caso fué que nos costó nuestro disgusto y mucho trabajo que nos dejasen en libertad. 


Conspirando a ochenta kilómetros por hora

Y aquí tenemos a nuestro hombre, el hoy diputado a Cortes por la provincia de Barcelona Juan Grau Jassans, tostado por todos los soles de la tierra, facturado a Europa en un trasatlántico español.

—Traía pasaporte para Barcelona, pero me quedé en Cádiz, fui a La Línea y estuve trabajando en Gibraltar de dependiente de ultramarinos en un economato para la tropa. Un salto a Tánger, y más tarde, una épica entrada en las ramblas por esa puerta de la Paz que figura en todas las colecciones de postales barcelonesas para turistas. 

Necesitaba ganarme la vida. Trabajar. Pero ¿en qué? Pues... en lo primero que viniese a mano. Y aprendí a conducir un automóvil. Entonces, mi intervención en la vida política y social se hace más intensa. A pesar de todo, no dejo un momento mi trabajo. Conspiro trabajando: en mi coche y en los momentos más difíciles, se maduraban combinaciones revolucionarias, se conspiraba a sesenta, a ochenta por hora, en las barbas mismas de la Policía, sin despertar la menor sospecha. Y en mi coche me sorprendía el 14 de abril, y aquel día les salieron alas a los neumáticos ...


J.D.B.
Estampa, 8 de agosto de 1931









3376. El diputado que antes fue marinero, pastor y lavaplatos

Galicia la tacita, la "choromiqueira" —como diría don Miguel de Unamuno recordando en epigrama de Curros Enriquez—, la de la estampa a dos tintas —verde de prado, gris de niebla—, de cartel para fomento del turismo, ha adquirido una fonación que constituye una sorpresa para muchos.

El informador podía dar noticias explicativas del porqué de este nuevo tono, de esta nueva prosodia gallega, que ha perdido los matices quejicones para adquirir el acento que mejor va a los anhelos regionales. Pero prefiere, por medio de una interviú, trazar esta biografía, pues que la vida de los hombres es el más exacto reflejo de la psicología de tos pueblos.

Entre los diputados gallegos a las Cortos Constituyentes hay uno, Suárez Picallo, que ya empieza a ser discutido, y alrededor del cual se hace un ambiente pasional, basado en cosas adjetivas, que es como la personificación de la Nueva Galicia. Picallo, que parece un héroe de novela gorkiana, es también la realización del espíritu democrático de la República. Su voz es la auténtica del pueblo. Para Galicia es la de los ''rumorosos da costa verdecente" a los que interroga el bardo celta Pondal. 

Suárez Picallo, pequeño, enjuto, rubio y pecoso. como marinero que fué de la Costa de la Muerte, nos dice: 

—Sí; soy hijo del pueblo. Fuí marinero y pastor, como todos los niños de esta población anfibia de la costa gallega. Mi padre también era marinante. Tuvo once hijos. Desde muy pequeño luché a brazo partido con la vida. 

—Naturalmente, será usted un autodidacto. 

—Sólo fui tres años a la escuela de instrucción primaria, aprovechando las clases nocturnas. Todo lo que sé lo aprendí leyendo ávidamente, sin sujeción a ninguna clase de disciplinas. 

—Y, como casi todos los gallegos, se fué usted a América. 

—A los catorce años. Me empujó el sino de la raza que nos hace ir por el curso del sol hacia ese "alén", que es la meta de la "saudade". 

—¿Es verdad que fué usted allí lavaplatos?

—Eso y otras cosas más. Mi primer empleo fué el de peón en una farmacia. Luego entré al servicio de una oficina. Por cierto que allí deseaban que el empleado supiera escribir a máquina. Yo no sabia tal cosa, pero como tenia hambre, arrostrándolo todo, me presenté como mecanógrafo. Y en tres días me impuse en el dominio del artilugio.

Más tarde, dominado por mis aficiones marineras, entré como marmitón de un barco de los que hacen la navegación a Tierra del Fuego.

Recorrí la Argentina desde los canales fueguinos al Chaco, misionero de las nuevas doctrinas sociales. No hice la América en el sentido que allí se da a esta frase, pero hice una América. Di conciencia al proletariado de un pueblo chauvinista que mira con recelo al gallego y al gringo. Mi anecdotario no cabe en el espacio de una interviú. Ya puede usted figurárselo. Considere la dificultad de la lucha en un medio donde hay hombres de la envergadura de uno de mis primeros patronos. 

—¿Quién era? ¿Qué hizo?

—Uno de tantos emigrantes. Un rapaz del Noroeste, que llegó a ser dueño absoluto de la Patagonia, la vasta soledad pavorosa a donde ningún europeo se atrevía a ir. Y él, tan grande como Cortés y Pizarro, pero sólo, la conquistó y domeñó. Para que se dé cuenta de su carácter, basta este rasgo: Por su cuenta erigió a Magallanes, en el estrecho que descubrió el gran nauta portugués, un monumento, y en el pedestal puso esta leyenda: A Magallanes, Menéndez.

—Así se llamaba.

—¿Pero usted también fué periodista? 

—Si; es uno de los avatares de mi vida. Después de una titánica lucha como obrero manual, que tiene que robar horas al descanso para hacerse una cultura, adquirida ésta, colaboré en numerosas publicaciones, principalmente de carácter societario, pues ya puede usted comprender que, por mí condición social, orienté siempre mi actividad hacia todo lo que redundara en beneficio y mejoramiento de la condición del hombre del pueblo. 

—¿En qué periódicos ha escrito usted? 

—En varios. Con otros jóvenes gallegos fundé y sostuve una publicación llamada Céltiga, que era, en el conjunto de las publicaciones españolas de Buenos Aires, el único vocero de las reivindicaciones democráticas de la colectividad hispánica. Trabajé como redactor en La Argentina y en La República.

—¿Quiere usted decirme alguna anécdota de su vida como periodista o colaborador en la prensa?

—Vera usted. En América el periodista tiene que ser omnisciente: ha de escribir de todo. En el periódico que le dije teníamos muy escasa información del Extranjero. Un día, un despacho de Londres nos anunciaba que Mc Donald había pronunciado un discurso con referencia a una huelga general. El director me preguntó si yo me comprometía a inventar el discurso del que es hoy "primer inglés", y así lo hice. Cuando los demás rotativos, como La Prensa y La Nación, publicaron el discurso integro de Ramsay, no difería del mío más que en algunos matices de forma. El director me regaló doscientos pesos. 

—Un discurso bien pagado. 

—Mejor que todos los que pronuncié en mi vida, alguno de los cuales me han valido la cárcel. 

—¿También estuvo usted preso? 

—Ya lo creo. Yo he hecho una gran labor societaria. Puede decirse que la organización de la gente de mar en la República Argentina es obra mía. 

—¿Es verdad que está usted nacionalizado en la Argentina? 

—Soy gallego. Nacido en Sada. En América no sólo trabajé por el bienestar moral y material de mis hermanos, los hombres del pueblo de todas las razas, sino que consagré también mis esfuerzos para que sean hacederas las reivindicaciones de Galicia. Para que se vea cómo es compatible el espíritu universalista con las aspiraciones de mi tierra. Cuando empezaron a concretarse éstas, que hasta hace algunos años no eran más que el balbuceo lírico, que es lo que sólo parece conocerce por aquí, otros jóvenes y yo empezamos a luchar por todo aquello a que Galicia tiene derecho como pueblo de definida personalidad étnica, histórica y geográfica. Fundamos El Despertar Gallego y Galicia e infundimos vida y aliento a la "Orga", a quien se debe, en buena parte, la proclamación de la República. Las entidades agrarias y societarias gallegas de Buenos Aires me delegaron con otros para representarlas en la asamblea de La Coruña, en que se ponía a discusión el Estatuto gallego. ¿Soy o no gallego? 

—Yo creo que si. 

—Pues aun hay más que abona mi galleguidad. Llegué a La Coruña el 4 de junio: el 10 me eligieron candidato, y el 28 era diputado. Para serlo me bastó hablar. Yo digo siempre lo que siento. Y lo que yo pienso y siento debe sentirlo y pensarlo hondamente el pueblo gallego, por cuanto me diputó sin titubeos para que hable en su nombre y diga sin ambages lo que quiere. 

En mi pueblo, Sada, de dos mil doscientos once electores, votaron en mi favor dos mil doscientos ocho. 

—¿Y es compatible lo que Galicia desea con lo que quieren y desean todos los demás españoles? 

—Sí. Nuestro regionalismo, que es cosa de corazón y la cabeza, está limpio del pecado del egoísmo, porque no se basa en una concepción materialista, puesto que nuestros problemas no son, principalmente, de orden económico. Tal es así que no pensamos presentar nuestro Estatuto hasta que no esté sancionada la Constitución española. 


Ribas Montenegro
Estampa, 22 de agosto de 1931












2859. Elecciones para las Cortes Constituyentes de 1931

La fachada de la Dirección General de Seguridad en laPuerta del Sol de Madrid, cubierta de carteles de propaganda política durante 
la campaña electoral a Cortes Constituyentes. Madrid, junio de 1931. EFE

Pórtico electoral de la República

El hecho diferencial de las elecciones de anteayer fue su pulso tranquilo. Amaneció en la calle de Alcalá, bajo las frescas guirnaldas de las mangas de riego, un día caliente y mecido en aires tempestuosos. Los unos y los otros la dejaron desde media noche sucia, con un carnaval de papeles. A las seis inicióse el combate. Por el Prado surgieron dos camionetas de comunistas. Cantaban torpemente; pero cantaban «Los sirgadores del Volga». Don Marcelino Domingo les agradecerá sin duda su hermosa diana. Ellos, sin demasiada vehemencia, distribuían sobre las soledades de asfalto paquetes y paquetes de literatura electoral. Y fue ésta, a lo largo de la jornada, la única vibración «de otros tiempos» que puso en las calles un poquito de espectáculo.

No se olvide en el índice a los jóvenes y a los «viejos» de la Acción Nacional. Con los comunistas rivalizaron en entusiasmos para imponer su propaganda; pero ni los unos ni los otros intentaron corromper la paz idílica del primer domingo electoral de la República. ¡El viejo marqués de Lema junto en línea de ataque con los mozos ardientes que sueñan con Moscú! Pero mientras los «stalinistas» empujaban a las urnas grupos de casi adolescentes, los emisarios de la Acción Nacional, en un trasunto de los postulados de San Juan de Dios, traían y llevaban generosamente en automóviles a todos los impedidos de Madrid.

La conjunción republicanosocialista concurrió al combate serenamente. Y a las doce de la mañana puede decirse que el triunfo estaba resuelto. Madrid votaba, con un sentido de previsión inteligente, a los representantes del actual Gobierno. Así como en las elecciones del 12 de abril el héroe en las calles fue Alcalá Zamora, en éstas Lerroux arrastró en su breve paso por algunos distritos la simpatía de la multitud.

No hay en el «carnet» del reportero ni una nota que destaque del tono dichosamente gris de estas elecciones. Pero nunca como ahora fue más expresiva la actitud de un pueblo. Madrid vota tranquilamente -mejor dicho, serenamente- porque la República se consolide sin peligrosos funambulismos. Y es la conjunción quien le ofrecía tales garantías. Y a ella ha votado.

Después de esto, ¿para qué forzar dotes de observación en difíciles pintoresquismos? Tranquilidad, serenidad y sensatez. He aquí lo que dió de sí el pórtico electoral de la República.

Añadamos complementariamente: la Guardia civil paseó las calles con propósitos paternales..., y desde hoy, los acreditados «muñidores» electorales tendrán que vivir de los bonos de «sin trabajo». En Madrid, resumimos, hubo una elección toda pureza, y naturalmente, toda tranquila. Las viejas picardías del tingladillo electoral parecen idas para siempre.


F. L.

El Sol, 30 de junio de 1931









2658. El Estatuto de Cataluña III




Señores diputados: en la discusión de la totalidad del Estatuto expresé ya el sentir de nuestro grupo acerca de la mejor manera de repartir la facultad pedagógica entre el Poder regional y la gestión directa del Estado; pero ahora llegamos al punto en que el problema se nos plantea concretamente y tenemos que tomar una resolución. Yo había manifestado plena coincidencia con el texto primitivo del dictamen, que sigue pareciéndome la norma más discreta que, hoy por hoy, cabe adoptar. La enmienda que ahora presenta el señor Barnés conserva en su primer párrafo aquel texto que establece la permanencia de las instituciones pedagógicas actuales bajo la gestión directa del Estado y la posibilidad para la Generalidad, el Poder regional de Cataluña, de crear cuantos establecimientos docentes tenga a bien. Por añadidura, y juntado a aquel texto primigenio esta enmienda del señor Barnés, se advierte que el temor de divergencia queda reducido al orden universitario. Atengámonos, pues, a él.

Contra la solución que consistía en mantener dos Universidades, si es que la Generalidad se resuelve a crear la suya, pueden, sin duda, movilizarse no pocas objeciones fundadas en razones de orden técnico, pedagógico y administrativo y todas ellas se resumen en una evidente, que es ésta: la complicación. Pero esa objeción, de puro eficaz, se pasa y, aplicada a fondo, haría imposible el Estatuto íntegro, este u otro; haría imposible toda forma de autonomía. Los que somos partidarios de una organización autonómica de España, si bien somos irreconciliables enemigos de todo particularismo político, sabemos muy bien que autonomía quiere decir complicar las cosas; y si el único punto de vista que debiera inspirar nuestra mente en la organización de nuestro país fuese el de la mayor ventaja de orden técnico en cada una de las provincias de la Administración, claro que todos tendríamos que recaer, inexorablemente, en ser rigurosos centralistas. Pero el punto de vista de las ventajas técnicas y burocráticas, con ser muy respetable, con exigir que se le tenga siempre ante nuestros ojos, no puede ser el único, no puede tiranizar nuestra decisión. Por tanto, no es esa objeción suficiente, entre otras cosas porque sería utópico el emplear ese único punto de vista; de nada serviría que mantuviésemos una Administración supercentralizada, si la provincia, es decir, la periferia sometida a ese centrismo, gozase de escasa vitalidad. Ahora bien, lo que se ganase con mantener un aparato administrativo muy perfecto y muy sencillo, es decir, centralizado, se perdería por la dimensión más importante, por lo que es supuesto de todos, a saber: que bajo el centralismo el grado de vigor a que en la vida pública ha llegado la parte más importante de España, que es la provincia, ha sido, y sigue siendo, sumamente bajo: por tanto, no perdamos lo sustancial por lo formal; no tengamos ese terror a la complicación, esa complicación en este caso es inevitable y aceptarla no es sino colocarse en la verdad incontrastable de las cosas que es, a la postre, el lugar más cómodo en que se puede estar.

Ya veis, pues, cómo no me cierro a este tipo de consideraciones, pues creo que vienen, precisamente, a obviar toda una serie de posibles objeciones que a la solución de la doble Universidad pueden oponerse.

Pero hay encima de toda esta serie de consideraciones a favor de la solución biuniversitaria una razón decisiva, trascendente a todo este orden abstracto de consideraciones, y es que, complicada o no, se presenta como la solución más limpia, aquella que acepta dolidamente, humildemente, pero con plenitud de realidad, la existencia de dos aspectos culturales en divergencia: el particularista catalán y el integralista español. Con aceptar la realidad, señores, nunca se pierde nada.

La solución de la doble Universidad es, pues, complicación; pero no creo que la haya menor, sino en mayor grado, si se busca la otra de la única Universidad bilingüe. Nadie puede en serio afirmar que la Universidad bilingüe fuese una solución más sencilla, porque en este caso lo único que haríamos sería transferir a otro terreno la complicación; al fundir los dos Cuerpos universitarios en uno solo, lo único que habremos hecho es sembrar en éste la complicación mayor del mundo, que es la de un cuerpo donde vienen a tomar inquilinato dos almas divergentes; y no habría apenas dificultad que se pudiese prever entre las dos Universidades que no se repita potenciada en esa única universidad de Babel. Si, por ejemplo, se augura la posibilidad lamentable de que los estudiantes de una y otra Universidad se peleasen en la calle, se puede asegurar plenamente la emergencia no menos penosa de que en esa Universidad única los estudiantes se pelearían en los pasillos, que es lo que ha acontecido y acontece constantemente allí donde hay una Universidad bilingüe.

Creo, pues, que a esta solución biuniversitaria hay que acudir; ella es, como digo, la más limpia, y ese imperativo de limpieza que en proporción escrupulosa y hasta amanerada debiera inspirar todos los actos de la República, debe llevarnos a no olvidar y a hacer notar toda la profundidad y gravedad que este asunto encierra.

Han sido los catalanes quienes espontáneamente han dado a la cuestión de su lengua valor simbólico; estoy seguro –siendo esto así- que no pretenderán que el resto de los españoles se olviden de aceptar el simbolismo según les es presentado, y este simbolismo, señores, mueve en dos direcciones muy distintas: por un lado, los catalanes nos dicen: «Nuestra auténtica intimidad, uso de nuestra lengua; es ella el síntoma esencial de nuestro ser, de nuestras posibilidades, de nuestras esperanzas, porque lo es de nuestro pasado.» No voy a discutir ni un instante la verdad de esta afirmación, porque, aunque no la reconozca ni mucho menos, ni ahora, ni luego, ni antes estoy dispuesto a dejarme llevar a tratar cuestiones que sólo toleran un debate científico, sin la formalidad que esto requiere y que no es posible ni oportuno aquí.

Yo creo, efectivamente, que son erróneos casi todos esos tópicos habituales (El señor Campaláns: ¡Pido la palabra! –Rumores-) que alrededor del lenguaje se agitan. No creo que sean verdaderas esas maneras de pensar que aquí se han sostenido sobre la proximidad de la lengua al alma, sobre su papel en la Historia y sobre su significado político; sobre todos estos asuntos, principalmente sobre la significación política de las lenguas, me he ocupado en algunos escritos míos y a ellos remito a quien tenga alguna generosa curiosidad. Pero lo que digo es que yo ahora no me voy a hacer cuestión en absoluto de si es verdad o no lo es el contenido de esa afirmación; lo acepto como tal afirmación, como voluntad expresa de muchos catalanes, y con ello me basta a mí, y creo que a casi todos los españoles de aquí y de fuera de aquí les basta para dar satisfacción apresuradamente al deseo que esa afirmación implica.

Yo no creo, no recuerdo, que desde el advenimiento de la República nadie haya intentado coartar la libertad de los catalanes  para el uso de su lengua en todos los órdenes de su vida, privada o pública; si alguien quiere reclamarse del principio de libertad en este asunto, aunque a mí me parezca muy discutible tal reclamación, no tiene más que pedir. No entendía por esto la argumentación que hace un rato hacía el señor Sbert al afirmar que el punto de vista del dictamen primitivo limitaba la libertad de Cataluña, cuando en ese dictamen se dejaba franquía a los deseos catalanes en punto a educación en catalán. Ahora, si por libertad él entiende no sólo la de poder Cataluña regir sus instituciones en el modo que tenga a bien, sino, además, impedir ciertas intervenciones que existen en todos los Estados del mundo organizados autonómicamente, entonces tiene de la libertad una idea tan distante de la mía, que comprendo la antagónica posición de ambos.

Pero el hecho es que la libertad que hoy gozan y que van a gozar los catalanes -según el dictamen primitivo- para la enseñanza en catalán, es plena. Ese sentido del simbolismo lingüístico se ha resuelto, pues, radicalmente, sin escatimaciones, a satisfacción, según las aspiraciones que han expresado los señores catalanes. Mas cuando se ha logrado esto, el simbolismo, de pronto, cambia de rumbo y vuela hacia intenciones muy distintas de aquellas. Ya no se trata de que la vida catalana pueda influir, sin deformación y sin estorbo, en el dócil elemento de su idioma; ya no se trata de llegar, como a una ribera apetecida, al libre uso del catalán, sino que al revés: una vez logrado esto, se hace del libre uso del catalán una posición política firme que signifique un cierto rango jurídico del poder regional de Cataluña, y, además, de ese uso libre se hace un instrumento de polémica y de lucha histórica para ir desalojando el idioma español, y a este simbolismo polémico e institucional, que cabalga sobre aquel otro sentimental que nos parecería tan respetable, a eso es a lo que nos oponemos nosotros radicalmente. (Muy bien, muy bien.)

En una Universidad bilingüe, título que parece anunciar estricta paridad en el trato de dos idiomas, es evidente que la lengua española quedaría en desventaja, aun notando con la más absoluta buena fe en el cumplimiento de todas las ordenanzas, por el simple hecho de que el número de estudiantes de habla española en la Universidad de Barcelona representa sólo un 25 ó un 30 por 100 del contingente estudiantil, como hace días nos recordaba muy oportunamente el señor Guerra del Río, y espero que nadie al oír esto, no ya diga pero ni siquiera piense: «¡ah!, si es superior el número de estudiantes que prefieren la lengua catalana, entonces es justo que ésta prevalezca». No; ése es precisamente el planteamiento de la cuestión que no podemos aceptar: el Estado español, que es el Poder prevaleciente, tiene una sola lengua, la española, y ésta es, por ineludible consecuencia, la que  jurídicamente tiene que prevalecer; la Constitución que habéis hecho no nos permite echar a reñir, como si fuesen dos gallos, ambos idiomas y quedar nosotros como simples espectadores o tal vez haciendo apuestas sobre cuál será  el vencedor; en modo alguno. Muchas veces, escuchando los debates que en torno a las lenguas se han promovido aquí, me pareció que se malentendía el concepto de cooficialidad que a la lengua catalana se otorga dentro de la jurisdicción nacional, porque hay muchas clases de cooficialidad: el sentido, la extensión y el rango de la cooficialidad varían según varíe el oficio cuya es la cooficialidad. En un Estado que como tal fuese bilingüe, la cooficialidad se confundiría en extensión y en rango con el Estado mismo; pero es que en España no hay un Estado bilingüe en modo alguno, lo que hay es un oficio o poder secundario, que es el poder regional, el cual sí es bilingüe, y ésta es la confusión grave que se manifiesta claramente en el caso del idioma, pero que con menor claridad perturba íntegramente la aspiración jurídica del Estatuto; porque en Cataluña no existe sólo el poder regional con la órbita de bilingüismo que lo circunscribe, sino que en Cataluña permanece el Estado, como tal Estado, con su rango supremo, y ese Estado, repito, no tiene más que una lengua, que es la lengua española; por esta razón, aparte otro género de consideraciones o de imposición directa de la ley constitucional, el Estado no puede abandonar en ninguna región el idioma español; puede inclusive, si le parece oportuno, aunque se juzgue paradójico, permitir y hasta fomentar el uso de lenguas extranjeras o vernaculares, es decir caseras (eso es lo que significa la palabra), y conste que al decir vernaculares y al traducirlo en «caseras» no he pretendido, sería grotesco, disminuir en modo alguno todas las posibilidades futuras y toda la magnificencia pasada del catalán (lo digo por sonrisas como de penetración excesiva que me llegaban del lado de la izquierda); decía que puede el Estado permitir, facilitar, el uso de otras lenguas, pero que lo que no puede es abandonar el español en ninguno de los órdenes, y menos que en ninguno en aquel que es el que tiene mayor eficacia pública, como el científico y profesional; es decir, en el orden universitario.

También me hace fuerza –siento mucho que no se la haya hecho a los señores representantes de Cataluña y especialmente al señor Sbert- el argumento, de oriundez también legislativa constitucional, que adelantaba el señor Iranzo, cuando decía que en la Constitución se afirmaba el Poder del Estado para mantener instituciones pedagógicas de todo orden frente a las que cree el Poder regional. Ahora bien, una posición estatutaria, una prescripción de un Estatuto, en la cual se entregue la Universidad, sea al Poder regional, sea a una organización autónoma, y se haga, por tanto, una Universidad única que no es la que directamente depende del Estado, una de dos, o esta prescripción significa, como parece significar, que queda excluida la convivencia con otra Universidad del Estado, o no; si no hay incompatibilidad, entonces tenemos el dictamen primitivo, que expresa como debida la permanencia de las dos Universidades; pero si, como parece más lógico, interpretando el sentido directo de esa voluntad legislativa que algunos pretenden, se dice que la Universidad que habrá en Cataluña será una sola y ésa no del Estado, evidentemente parece que es que se excluye que el Estado pueda mantener o crear allí una Universidad; por tanto, tendríamos que el Estatuto amputaba una facultad del Estado, y como esto va pasando o puede pasar, en forma más o menos clara, en otros lugares del Estatuto, resultaría que éste sería como una tijera metida en la Constitución que dejaba a ésta, y sobre todo dejaba al Estado, lleno de muñones. No conviene, pues, falta de claridad en este punto.

Como veis, aparte la cuestión histórica, aparte cuanto se refiere al asunto íntimo de relación entre las lenguas y sus culturas anejas, es un intríngulis peligrosísimo lo que se manifiesta claramente en esta cuestión del idioma catalán, pero que con menos claridad existe en todo el resto del Estatuto y que nos impide, querámoslo o no, si somos un poco reflexivos, tratar la autonomía de Cataluña como si fuera una autonomía cualquiera. Insisto en esto, señores, porque he oído aquí una vez y otra, certeros argumentos en pro de la autonomía, no la del federalismo, sino de la estricta autonomía, que a todos nos parecían bien, pero que jugaban del vocablo, porque eran referidos al problema de Cataluña, y éste no es un problema exclusivamente de autonomía; ésta que vamos a conceder, la vamos a conceder a una porción de España que inmemorialmente lleva dentro de sí una tendencia al nacionalismo, al apartismo, tendencia frente a la cual nada importaría que unos cuantos, por motivos de estrictas ideologías o por filosofía de la Historia, se opusiesen, nos opusiésemos; pero ese problema convierte en un conflicto gravísimo que trasciende de las dimensiones de lo político para dilatarse en los tamaños de lo histórico, el pequeño detalle; merced a la virulencia de que frente a esa tendencia nacionalista y apartista, hay en los más hondos entresijos del resto del pueblo español una tendencia antagónica hacia un cierto unitarismo, bien que no hacia el centralismo. Si alguien conoce, dentro de Europa y fuera de Francia, un pueblo de espíritu más unitario que España, yo le agradecería sobremanera que me lo comunicase, porque de esta suerte yo aumentaría mi instrucción particular. Yo no lo conozco. Y esa contraposición de reflejos medulares históricos, porque nada menos que de esto se trata, esa contraposición es la efectiva sustancia, como varias veces he dicho, del llamado problema catalán, que es problema precisamente porque no es sólo catalán, sino divergencia grave entre el modo de sentir, respetabilísimo, de muchos catalanes y de la inmensa mayoría del pueblo español.

No se trata, pues, señores, de apreciar, de aforar si es grande o chica, si es intensa o laxa la opinión pública que durante la fecha en curso se manifieste en pro o en contra del Estatuto. Todo esto sería secundario ante la convicción que tenemos algunos de que es el modo de ser profundo del pueblo español el que rechazaría cualquiera solución que dejara herido este su modo esencial de sentir. No se puede hacer política viviendo al azar, bajo la anécdota de lo que en cada momento la opinión pública sostenga o no sostenga; todo eso hay que atenderlo, pero es menester ir a la política con un conjunto, por no decir pedantemente con un sistema, de convicciones firmes, siquiera sobre cómo es profundamente nuestro pueblo, porque sólo así se pueden prever sus graves reacciones.

Lo demás, lo de que en el azar del momento se haya producido o no, o tarde en producirse una manifestación de opinión pública, eso es sumamente secundario. Por tanto, yo no cometo la candidez de apoyarme en una presunta representación mía de la opinión pública, en primer lugar porque no pretendo representar nada, pero además, porque si pretendiera representarla, el Presidente del Consejo, o cualquier otro orador de la mayoría, me exigirían inmediatamente que exhibiese el título, y como la representación de esa poca cosa que es la opinión pública no puede estar escrita en ningún papel, podría afirmar el orador hostil que él también la representaba, y quedábamos empatados. De esta grácil manera quedaba eliminada de la vida política esa cosa que se llama la opinión pública. (Rumores.) No. Lo que yo expreso es una convicción larga, honda, seriamente meditada durante muchos años de cuál es el modo de sentir profundo del pueblo español, y por eso desde la primera vez que hablé, ya en el debate constitucional, os pedí, os rogué que tratarais este punto con suma delicadeza.

Pero se dirá que todo esto es un poco vano, porque la enmienda del Sr. Barnés sostiene que debe haber dos Universidades. ¿A qué, pues, todo lo que he dicho? (El señor Barnés pide la palabra) En efecto, el primer párrafo de la enmienda significa que la Generalidad podrá crear una Universidad, pero que, independientemente de ella, habrá otra Universidad del Estado. Muy bien. Lo grave del caso es que, tras ese párrafo, viene otro párrafo –y salto sobre las cuestiones de Hacienda y de grados, que son, por muchas razones que sabéis, secundarias en este momento-, otro párrafo, en el que se dice que si la Generalidad lo juzga oportuno, podrá proponer al Gobierno que esa Universidad del Estado desaparezca, que queda reducida la enseñanza universitaria catalana a una Universidad única, bilingüe y autónoma. Es decir, ni de la región, ni del Estado; una Universidad con una libertad casi interplanetaria, que sería como de nadie, pero que por de pronto no sería directamente del Estado, como en forma de posibilidad exige la Constitución.

Ahora bien; ese segundo párrafo quiere decir que, al día siguiente de promulgado el Estatuto, la Generalidad puede proponer eso al Gobierno y éste concederlo. De suerte que esta enmienda, que en su primer párrafo prescribe la existencia de dos Universidades, en el segundo se muerde la cola, se traga una Universidad y hace posible lo contrario de lo que en el primer párrafo dice. (Muy bien, muy bien.) Por lo tanto, yo quería dejar a mi espalda todos los razonamientos que se refieren al fondo del asunto, para hacer constar que queda aún otro de máxima eficacia, a mi juicio, y de carácter formal, del cual se prescinde: de qué sea lo que piense cada uno de los señores que van a votar sobre la cuestión misma. Penséis lo que penséis los que votéis esa enmienda, vais a votar en el primer párrafo lo contrario que en el segundo. (El señor Bello: En los dos casos es potestativo. No hay contradicción. – Rumores-. Un señor diputado: Podría prestarse a confusiones tremendas.) Perdone el señor Bello. La ley define un círculo de posibilidades, no sólo al decir «podrá», sino aunque no lo dijera:todas aquellas previsiones que van directamente expresadas por la ley. Cuando el legislador seriamente construye la fórmula de una ley tiene que anticipar, como realizadas, todas esas posibilidades, tiene que ponerse en el caso de ellas. Por lo tanto, la significación plenaria de su realización está ya preformada en la expresión ésa de mera posibilidad.

De suerte que el caso a que me refería antes sigue igualmente vigoroso después de la interrupción del señor Bello. Vais a votar la posibilidad de que eso pase, y como la posibilidad, a poco que ella se descuide, se convierte en realidad, vais a votar por anticipado esa realidad (realidad del segundo párrafo que se burla del primero), vais a votar la burla de vosotros mismos. Esto completamente aparte de que penséis de un modo o de otro; pero cuando se trata de cuestiones graves, cuando vamos a la confección de una ley estatutaria, con todo su rango, parece que debe haber una claridad, una pulcritud, un decoro en la forma y en la expresión del texto legal, que no es fácil de llevar a un caso como el presente. Tendríais que renunciar a ese afán de confundir las cosas y, como se dice tauromáquicamente «al revuelo de un capote», de una dificultad parlamentaria, dejarnos ahí un texto que no honra a la capacidad legislativa de la República. Nada más. (Aplausos en varios lados de la Cámara.)


José Ortega y Gasset
Discurso en las Cortes Constituyentes el día 27 de julio de 1932










2637. El Estatuto de Cataluña II




Señores diputados: sobre lo que me ocurrió decir al Parlamento hace dos semanas ha caído una lluvia de discursos, fértil como suelen ser las lluvias; pero que ha tenido el inconveniente de obligarme a hacer una rectificación; mas hubiera sido excesiva torpeza no demorar ésta, contribuyendo así a que continuase el proceso anómalo de esta discusión, en que se empleaban a lo mejor sesiones enteras discutiendo discursos como el mío, emanados de los grupos menores de la Cámara, cuando aún ignorábamos todos el parecer del Gobierno sobre el tema que discutimos. Debate tal no podía tener ninguna corporeidad; cuanto nosotros opinásemos y cuanto nuestros opositores contraopinasen podía aspirar cuando más, a ser una lucida anécdota, pero no a hacer avanzar un paso esta discusión. Era, pues, menester aligerarla, acelerarla, a fin de que pronto divisásemos la otra orilla, como por fin lo hemos hecho el viernes pasado al escuchar la palabra excelente del señor presidente del Consejo. Lo demás era conversación de Puerta de Tierra.

Al contestar a mis adversarios quisiera ser muy breve. Mas debe recordar la cámara que han sido muchos los discursos dedicados a desvirtuar, machacar y porfirizar mis razonamientos, y que, por tanto, no puedo contraerme, como quisiera, a unos minutos solos en esta rectificación. Ante todo, tengo que poner aparte y separado de todo lo demás, un ataque que no se ha dirigido a las opiniones expuestas por mí, sino que, perforando éstas, ha venido a prenderse en mi persona, aunque no sólo en mi persona. Me refiero a un ataque personal que, insinuado ya en el discurso del señor Xiráu, repercutido en la oración del señor Franchy, ha sido lanzado por el señor Hurtado tan a fondo y con tal amplitud, que vino a ocupar casi la mitad de su intervención. Yo espero, no obstante, en cuatro o seis minutos, afrontar esta embestida.

¡Curiosa actitud la del señor Hurtado! Había yo puesto toda mi alma y mis sentidos en el esfuerzo de presentar el problema catalán, no sólo peraltado sobre toda incidencia personal, sino libertándolo de todos aquellos detalles transitorios y enturbiadores que trae siempre la actualidad, presentándolo en su aspecto más puro y respetable, dignificado por la perspectiva y resonancia de una historia entera, de un destino multisecular. Había yo renunciado radicalmente a cuanto pudiera parecer fácil tergiversación y halago a cualquier pasión anticatalana y había podido hablar, durante hora y media, sin que una sola de mis palabras hubiese podido herir la epidermis más sensible de un catalán, hablando de su historia desde el fondo de ella misma; porque cuando pase esta lucha aguda de ahora, bien puedo asegurar –cierto estoy de ello- que una generación de jóvenes catalanes coincidirá al sentir y escribir su historia, con lo que yo insinué rápidamente en mis palabras. Y a todo esto respondió el señor Hurtado con un ataque personal, con una serie de argumentos ad hominem, de argumentos sobre el hombre; peor aún, porque tal vez por no encontrar argumentos sobre el hombre, fue más allá de él a buscarlos en la familia del hombre y, un poco hiena, se puso a escarbar en las tumbas. Y todo para someter a análisis mi sangre, y no sólo la mía, sino la de otros compañeros a los cuales no tengo por qué defender yo, e insinuar a la Cámara que sus ingredientes ancestrales hacían que la inexorable química de que nacen mis opiniones tuviera que ser fatalmente monárquica.

Señores, aunque yo no he aspirado nunca precisamente a poner los puntos al Cid, no me asustan los ataques personales. Llevo un cuarto de siglo en puro e incesante combate público, de cariz tal, por el modo de mis opiniones, que he recibido constantemente golpes de un lado y del otro, de suerte que no es fácil haya en mi persona cuadrante alguno que no presente callo. No me preocupa, pues, lo que el señor Hurtado haya dicho, ni que el señor Hurtado lo haya dicho: lo que me preocupa es otra cosa, porque eso dicho por él, lo que hubiera podido traer consigo a lo sumo es que, oyéndole, automáticamente se incorporase en mi mente yo no sé si un vago recuerdo o pura fantasía involuntaria de una fecha poco anterior al 15 de diciembre de 1930 y poco posterior a los días en que yo había publicado ciertos artículos en El Sol, que dieron algo que hablar; y en esa fecha una figura muy parecida a la del señor Hurtado, que viene a convencerme de que lo hecho por mí era una insensatez, que la República no vendría nunca a España y que lo que debíamos haber hecho, y hacer aún, era intentar un nuevo ensayo con la monarquía. (Grandes y prolongados rumores.)

Pero, repito, que esto no tiene importancia. Sea recuerdo vago o pura fantasía mía, no tiene importancia ni para mí ni para el señor Hurtado. Pero sí la tiene, no para la historia de España, ni para la República, sino para mi persona, la actitud que, mientras aquello se decía, adoptaba la Cámara; porque mientras el señor Hurtado echaba fuera de su pecho aquellos ataques personales, una gran parte de la Cámara aplaudía o mostraba, al menos, subrayada complacencia, y el resto, salvo muy pocos, no hacía alarde alguno de displicencia. Bien entendido que tampoco esto me ofende ni me irrita. Se trata de una cosa mucho más sencilla, clara, precisable, casi estoy por decir que de una simple operación de aritmética elemental. Porque yo me he presentado ante mis conciudadanos, y muy especialmente ante mis compañeros de Parlamento, como un hombre que duda mucho de que su intervención política pueda ser útil, porque me faltan para ello casi todas las condiciones, desde las físicas hasta otras más trascendentes y, por tanto, desde el día en que presenté mi candidatura de diputado –presentación que fue entonces un claro deber- es para mí una constante congoja de conciencia decidir si no podía yo con mayor certidumbre servir a mi país fuera o dentro de él en otras materias. Pero, claro, si yo tengo que defenderme de acusaciones de monarquismo, como tuvo el otro día que defenderse el señor Sánchez Román en párrafos de tonante irritación... ¡Ah!, el señor Sánchez Román es más joven que yo y tiene muchos más arrestos; pero yo no puedo defenderme, porque es evidente que si ahora o en cualquier otra ocasión, que lo mismo que ahora se pudiera presentar, tuviese que gastar esas pocas energías de que hago ostentación únicamente en ponerme a nivel de republicanismo, en ser admitido en el coro republicano, en suma, en hacer oposiciones a una republicana vacante, entonces es bien claro que mi intervención no puede sobrenadar en utilidad para mi país, y esa actitud de la Cámara aclara, en principio, mi situación interior. Conste, pues, que no se trata de una queja, ni mucho menos pretendo lo más mínimo rozar el albedrío de la Cámara que, en uso de su perfecto y libérrimo derecho, se comportó como lo hizo; pero a lo que no tendrá tanto derecho es a mostrar extrañeza o sorpresa ante eventuales resoluciones que, con respecto a mi propia y modestísima actuación, pueda yo adoptar en vista de ello. Y quede así concluso el asunto separado por un compartimiento estanco de todo lo demás. (Rumores.)

Y eso demás, de que tengo que hablar, no tiene ya carácter personal y se referirá, primeramente, a las argumentaciones que se han hecho contra mis opiniones o contra el dictamen de nuestro grupo, y luego, más brevemente, a lo que importa más: a la posición dibujada por el presidente del Consejo de Ministros; a su posición, no a sus doctrinas históricas, interesantes como no podía menos, viniendo de quien vienen, pero que me parecen demasiado discutibles y, por lo mismo, no conviene enzarzarlas en este debate, so pena de no acabar nunca.

Y he aquí, que quiéralo o no, para contestar a mis adversarios me veo obligado a hablar, una vez más, sobre el tema «soberanía», porque no puedo admitir que quede lastrado el Diario de Sesiones con las ideas sorprendentes, que se han opuesto a las mías, sin procurar dejar en él alguna compensación; pero no me importa hacer notar, ante todo, el hecho de que cuanto yo hablé de soberanía viene a desalojar en ese Diario cinco o seis líneas nada más y, sin embargo, esas líneas, pobres y pocas, han tenido la virtud de prolificar dilatadas disertaciones doctrinales sobre el tema.

Hablemos, pues, un poco de soberanía; pero advierto que entro en el tema con gran temor, porque, como en tantas otras, en materia de Derecho mi ignorancia es tal, que no es fácil hallarle las riberas; mas se trata de cuestión de tal modo elemental, que es ilícito no poseer idea clara sobre ella desde que se entra por esa puerta. Tomemos, por tanto, el problema de soberanía en la forma más clara, más concreta en que frecuentemente se suele presentar; esto es, cuando se habla del Poder soberano.

¿Qué se dice de un Poder cuando se le añade el atributo de soberano? Parece imposible que sobre el particular quepa duda alguna, porque la palabra soberanía presenta de sobra a la intemperie su musculatura etimológica y va, por decirlo así, gritando su significación. Ha de advertirse, ante todo, que cuando de un Poder se dice que es soberano, no se dice ni indica nada, rigurosamente nada, sobre si ese Poder puede mandar muchas o pocas cosas; no se dice nada sobre la extensión de ese Poder, sobre si es absoluto o no es absoluto, sobre si tiene límites o no los tiene. Se dice exclusivamente que un Poder es soberano cuando es el Poder supremo y fundamental del cual emanan todos los demás y que, por ser el primero, no nace a su vez de otro Poder anterior y previo, sino que nace de sí mismo, que es autógeno. Y si imaginásemos un Poder público, un Estado que pudiese mandar poquísimas cosas, no obstante, en ese Poder público tendría que haber Poder soberano del cual emanasen, en última competencia, esos poquísimos mandatos.

La idea de soberanía no alude, pues, para nada a la extensión mayor o menor del Poder, sino que significa exclusivamente el rango, primero o último, según queráis contar: en resolución, el rango supremo que a un Poder corresponde y la condición que éste tiene de nacer de sí mismo y no de otro. Esto es lo que, a vueltas de unas y otras confusiones, más teóricas que reales, ha significado soberanía siempre, invariablemente, a través de todos los cambios de ideas políticas; bien entendido, desde que existe noción de Poder público, de Estado, cosa que, como es sabido, no acontece en Europa sino hasta muy avanzada la Edad Media.

Lo que sí ha variado y mucho, a lo largo de los siglos, han sido, entre otras cosas, las respuestas a estas preguntas taxativas. ¿Quién es el soberano? ¿A quién corresponde ese atributo de soberanía? ¿Quién es el que con justo título tiene y ejerce ese Poder supremo? En la Edad Media y en los siglos XVI y XVII se daba esta respuesta: «El soberano auténtico es Dios, origen y fuente de todo y, por lo tanto, origen y fuente de todo Poder.» Dios unge, directamente o valiéndose, como intermediario, de la elección popular, a un hombre con la soberanía. Esa soberanía de origen divino es la del rey, y ésta es la soberanía por la gracia de Dios. Pero toda la edad contemporánea ha dado otra respuesta y ha dicho: el soberano, el que en última instancia manda, es el mismo que tiene que obedecer y, por tanto, el pueblo; y esto es lo que se ha llamado democracia. Pero ni al decir que el soberano es el rey por la gracia de Dios, ni al decir que el soberano es el pueblo, se alude ni insinúa nada sobre si ese Poder es más o menos extenso, tiene o no límite; porque ésta es una cuestión completamente distinta, ésta es una pregunta nueva, que suena así; sea quien fuere el soberano, ejerza quien ejerciera el Poder público supremo, ¿tiene o no límites? ¿Puede mandar todo lo que quiera, o ese Poder es limitado y, en tal caso, cuáles son sus límites? Y a estas preguntas se han dado también dos respuestas principales: una que dice: «El Poder público no tiene límites, pero no porque sea soberano, sino porque es Poder público, porque es Estado.» Por tanto, sea cualquiera su origen, el real o el popular, ese Estado es en esta opinión, que es la absolutista, un Poder sin límites. Pero en el siglo XVII los ingleses, y en la edad contemporánea todo el continente, dieron esta ilustre respuesta: «No; el Poder público tiene sus límites y  lo primero que ha de hacer el Estado al constituirse es reconocer esos límites, que son los derechos individuales.» Y esto es lo que se llamó, con un vocablo español, liberalismo.

De suerte, pues, que absolutismo y liberalismo son dos respuestas antagónicas a la misma pregunta sobre los límites del Poder; pero ni la una ni la otra tienen nada que ver con la pregunta de quién manda, que es la única que afecta a la soberanía.

Necesitaba yo decir esto, aun cuando haya sido un poco prolijo, porque, aunque me pareciera inconcebible, yo he oído con mis propios oídos decir al señor Franchy, textualmente, lo siguiente: «Hay de la soberanía una idea tradicional, que el señor Ortega y Gasset expuso aquí días pasados en estos términos: Soberanía es la facultad de las últimas decisiones, el poder de crear y anular todos los otros Poderes, cualesquiera que sean ellos.»

Y prosigue después de esta cita el señor Franchy:

«Salta a la vista que esta concepción de la soberanía es una fórmula del más puro absolutismo. ¿Se concibe, en efecto, un poder supremo, creador y anulador de todos los demás poderes, como no sea en las monarquías absolutas, donde la soberanía se confunde con el soberanismo y en éste reside todo principio de poder y de él emana toda facultad de mando?»

Sí, señor Franchy, se concibe perfectamente. No lo dude su señoría. Más aún, ese Poder soberano, de extensión ilimitada, es característico de la pura democracia, de la democracia que no es sino democracia y que por ser sólo democracia es antiliberal; ese Poder soberano ilimitado ha sido siempre lo constituyente de la pura democracia –que no es la nuestra: la nuestra es liberal-, lo mismo en tiempo de Pericles que del actual comunismo. En cambio, señor Franchy, lo que no se concibe –forzoso es decirlo, porque nos importa a todos que en las Cortes republicanas se viva constantemente en la atmósfera, en el elemento de la verdad- es ese Poder ilimitado en las monarquías de Europa; porque el absolutismo monárquico, en el sentido vulgar del término (por fortuna algo profundo de nuestro ser indica esto), no ha existido nunca como situación estable y formalizada en las regiones occidentales.

Y no digo más sobre este punto al señor Franchy, porque conociendo la ejemplaridad de su vida, la respeto hondamente y no estoy dispuesto a tratar al señor Franchy como el señor Franchy me ha tratado a mí. (Rumores.)

De esta manera vemos que es la soberanía la facultad de las supremas decisiones, el poder que crea y anula todos los demás poderes. Vemos también que dentro de nuestras propias convicciones democráticas esa facultad reside en la voluntad colectiva del pueblo. Esa voluntad colectiva del pueblo es, pues, quien en todo instante crea y recrea el Estado, el cual no es sino la organización de los poderes. Lo crea y recrea en todo instante, porque si un Estado existe y perdura es porque esa voluntad colectiva le está nutriendo y sosteniendo día por día; en suma, que le está incesantemente recreando con su adhesión.

Esa voluntad colectiva es precisamente la soberanía y es, por tanto, algo preestatal y prejurídico, es la raíz subterránea, la energía profunda y histórica –ya veréis después por qué digo esto-, la energía profunda histórica de que vive todo Estado y toda ley, porque ella lo lleva, lo alimenta y lo dirige constantemente.

En este punto no creo que haya discrepancia ninguna entre unitarios y federales, pero tras ello surge la cuestión que nos distancia, y esta cuestión que tras ello surge, no es, como seguramente se dirá de todo lo demás, que antes he expresado, no es mera lucubración, ni teoría, sino que es la sustancia misma política del enorme problema político que, queramos o no, tenemos hoy delante y en que estamos sumergidos. Porque decimos en nuestro caso: la soberanía es la voluntad colectiva española. Bien; pero ¿cuál es esa colectividad ¿ ¿Es el conjunto indiviso y compacto de todos los españoles, desde Finisterre hasta Málaga, desde la Maladetta hasta Calpe, desde Port Bou hasta Palos de Moguer? En efecto, ese conjunto, esa enorme masa enteriza y sólida para adoptar todas las resoluciones esenciales, en que históricamente se sienten juntos, resueltos a tener un destino común, favorable o adverso, alborozado o trágico, pero sin reservas, sin condiciones, es lo que la inmensa mayoría del pueblo español entiende, cuando sencillamente dice: «Nosotros los españoles.» (Muy bien.)

Esa es la soberanía unitaria, esa es la unidad de raíz histórica, la solidaridad absoluta (aquí sí que viene bien la palabra), la solidaridad absoluta de los españoles ante la vida y sus vicisitudes.

Pero esta voluntad compacta, unitaria, en que se toman las resoluciones esenciales, puede muy bien imaginarse que se divide y se quiebra en trozos y queda disociada en innumerables y pequeñas colectividades, cada una de las cuales resuelve por sí, aparte, independiente e insolidariamente. Este es el deseo del federalismo: que en vez de una raíz sola y total haya muchas raíces pequeñas, independientes, de las cuales la unidad nacional surge por un pacto subsecuente. Es decir, que la unidad nacional se forma por las ramas y no por la raíz. Frente a aquella unidad nacional, incondicionada y previa, los federales nos proponen una unidad nacional condicionada, contractual, paccionada, secundaria y por lo mismo problemática. Hay perfectamente derecho, hay estricta licitud a preferir esta última y proclamarse federal; pero aquí no se trata de si el señor Franchy o el señor Valle tienen ideas federales, ni de si yo tengo ideas unitarias; eso no interesa tal vez ni siquiera a nuestras respectivas familias. Lo que importa aquí, lo que constituye la última y decisiva sustancia del problema político que debatimos, aunque haya tanto empeño en difuminar su expresión auténtica, es averiguar si la inmensa mayoría del pueblo español sigue resuelta a ser esa voluntad unitaria, a convivir en soberanía indivisa con aquellos con quienes ha convivido hasta aquí, a resolver junto con ellos, con todos ellos, sus problemas esenciales, y si, por querer eso, no admite oscuridad, confusión y equívoco alguno en cuanto afecte o, aun de lejos, amenace a la unidad de esa soberanía. Esa es la posición. (Muy bien, muy bien.)

Y nosotros pensamos que eso es lo que acontece: que el pueblo español, en sus nueve décimas partes, no nosotros que no somos nada, no el señor Maura, ni el señor Sánchez Román, ni mucho menos yo y los otros que coinciden con nuestro sentido, piensa así, y lo que es menester es que vosotros, libérrimamente, aforéis qué cantidad, qué cuantía de españoles piensa de este modo. Eso es lo importante y lo que tenéis que determinar dentro de vosotros mismos. (Muy bien, muy bien. Aplausos.)

Y lo inconcebible es que, aprovechando distracciones de la Cámara, como de contrabando, se haya podido dar a entender aquí, según lo hizo el señor Hurtado, como si esa inmensa mayoría del pueblo español, representado en su Estado, quisiera mandar sobre los catalanes, cuando lo que quiere, con profundo y fraternal querer, es mandar con los catalanes, es que permanezca intacta esa fusión de raíz, es el seguir siendo una unidad profunda de destino histórico con ellos. Si se hubiera planteado la cuestión en forma tal que no existiese en este punto equívoco alguno, veríais qué poca discusión habría nacido y cómo el forcejeo hubiera sido nulo. Por eso yo os proponía que la planteaseis, no en términos de soberanía, sino en estrictos y puros términos de autonomía.

Porque, ¿cómo no va a pensar inquietamente esa incontrastable mayoría del pueblo español, si tras el dictamen de la Comisión, donde existen algunos artículos por lo menos amenazadores de esa unidad de soberanía, oye que el señor Hurtado se entrega a juegos de palabras, hablando de un extraño pacto entre la región autónoma y el Estado, pacto que, aparte la cuestión principal y como algunas de las otras cosas que el señor Hurtado dijo, parece completamente incomprensible? Porque el señor Hurtado dijo estas palabras: «Nosotros hablamos de un pacto entre la región autónoma y el Estado, dos organismos de Derecho, dos personalidades jurídicas, que pueden y que deben pactar y que, según la Constitución, son las que realmente pueden y deben pactar.»

Señores, repito que yo no sé una palabra de Derecho; pero sé, cuando llega la hora, quedarme atónito. (Risas.) Porque, señores, el Estado de que habla nuestra Constitución se compone de muchos organismos, entre ellos las regiones autónomas, las provincias y los municipios; y ahora resulta que la región autónoma, que es el Estado mismo en una de sus partes, que es una institución del Estado, bien que en la jerarquía de las instituciones de un orden segundo, se pone a pactar con el Estado, es decir, consigo misma, puesto que ella no es sino un elemento del Estado. Yo creía que para que dos pudieran pactar era menester por lo menos que fuesen dos y además que preexistiesen al pacto, y la región no existe antes de ser engendrada por el Estado; el Estado, al engendrarse, engendra las regiones autónomas. Lo que pasa es que nuestra Constitución, padeciendo a mi juicio un error, pero, en fin, siendo lo que hoy rige y lo que tenemos que acatar, nuestra Constitución, en vez de obligar a que se creen desde luego y fulminantemente las regiones, deja a las provincias franquía para acogerse a esta permisión que ella da de formarlas. ¿Y porque no obliga, y Cataluña y Andalucía son libres de constituirse o no en región autónoma, se llama al uso de esa opción legal un pacto? Esto es cosa que yo no entiendo; cómo se pueda llamar tal cosa un pacto. Yo creía que ya los antiguos juristas distinguían de la ley obligatoria la que ellos llamaban lex permisiva, en que se da a los ciudadanos la libertad de acogerse o no a ella; y a este acogerse a una ley y ejercitar una norma es a lo que el señor Hurtado llama pacto como podía haberle llamado rapsodia húngara. (Risas.) No, señores, no es concebible un pacto entre la región autónoma y el Estado. Es el libre acogimiento a una ley del Estado.

Pero nada de esto que digo ahora ni mucho menos lo que dije en el discurso a que me ha contestado permite que nadie nos presente a mí, ni a los que han coincidido con nuestro sentido más estrecho y próximo, como enemigos de las aspiraciones catalanas. Dejando a los demás señores para que lleven su camino por sus propios pies y su propia voluntad, que en los dos a que me refiero es magnífica, yo no voy sino a referirme a mí. ¿Se me puede presentar como un enemigo de las aspiraciones catalanas? Porque da la casualidad de que si se exceptúa a algunos diputados republicanos, al señor Osorio, no presente, y tal vez algún hueco, que dejo para que lo llene alguien en quien ahora no reparo, nadie hay en esta Cámara que desde más antiguo y con más intensidad haya estado defendiendo desde Madrid esas aspiraciones catalanas; y yo he escrito, he combatido, he publicado páginas y hasta un librete, que por cierto me excusa de lo que para mí sería un placer, de hablar y debatir con el señor presidente del Consejo sobre sus interpretaciones históricas, porque ese libro está dedicado principalmente a interpretar la historia de España en función del problema catalán, para aclarar las cabezas de los demás españoles con respecto a ese problema y hacer, en su hora, posible la solución; y ese libro ha rodado bastante por el mundo, pero por lo visto lo han olvidado los catalanes. La cosa no es extraña ni es nueva: la ingratitud tiene una historia tan larga como la historia misma. (Muy bien.)

No tolero, pues, que ni a mí ni a nadie se nos presente como enemigos de las aspiraciones catalanas, porque discutimos sobre el Estatuto catalán; pues acontece que, salvo algún pequeño rincón de la Cámara, en realidad aquí nadie ha discutido el Estatuto, sino que ha discutido sobre el Estatuto, tal o cual artículo del Estatuto. Pero lo que no vale es, ante este modo de colaborar, que es discutir, lanzar una razón tan difícilmente digerible como una que emitió el señor Hurtado en su discurso cuando decía: «Yo veo que aquí se levanta un señor y dice: Yo soy muy autonomista, pero tal función creo que no debe ser entregada a la región autónoma; y otro señor que se levanta, y añade: Yo también soy muy autonomista, pero tal otra función no debe ser delegada a la región»; y así, sumando las funciones que cada una de estas personas que intervienen iban restando al Estatuto, presenta el señor Hurtado un Estatuto vacío de funciones. Y ésta es una razón que cree el señor Hurtado que la Cámara puede haber oído, no diré con complacencia, sino con plena tranquilidad interior, cuando es una razón inferior que, para dicha así, implicaría una idea de las tragaderas de la  Cámara, como si ésta pudiese ingurgitar todo lo que se le echa, lo mismo el primor que lo inane. ¡Ah, no! ¡Naturalmente! Cada uno de los que aquí hemos hablado tal vez hayamos discutido una u otra función de las que implica el Estatuto; pero el señor Hurtado, en vez de haber sumado lo que cada uno de éstos que han hablado resta a lo que el otro restaba, ha debido haber presentado lo que cada uno de nosotros creemos que debe, en efecto, llevar Cataluña en su nuevo Estatuto y en su nueva vida.

Pero hay algo más todavía. Cualquiera creería que discutir la autonomía –y éste era el fundamento de lo que el señor Hurtado nos proponía pensar- implicaba no ser autonomista. Pues bien; yo quisiera que imaginásemos de pronto al señor Hurtado exento de toda hostilidad, de toda discrepancia por nuestra parte, sin que nadie le discutiese, solo, mano a mano, con el concepto abstracto y genérico de autonomía, a ver cómo de ese concepto abstracto y genérico podía él fabricar una figura concreta de autonomía sin discutir el señor Hurtado consigo mismo. Porque se encontraría con una cantidad ilimitada de funciones empíricamente reunidas, entre las cuales tendría que elegir para construir el perfil de una auténtica, plena, concreta autonomía. (Muy bien.)

No. Hay que discutir, porque sólo con la discusión puede intentarse una sincera coincidencia. El señor Presidente del Consejo mostraba el otro día su deseo de que ésta fuera amplísima, casi total en la Cámara. Por eso insisto en que deben expresar claro su pensamiento todos los partidos de ella, siempre que esta indicación mía no sea atribuida a habilidad parlamentaria, lo cual, aparte otros motivos, que espero no se me escatimen, es poco verosímil, porque mi andar por el área parlamentaria es tan tímido y tan torpe que bueno fuera que encima me diese yo el lujo de meterme en habilidades y malabarismos seudopolíticos. No; mi deseo está inspirado por la altitud del asunto y por el bien futuro de esos partidos. Me importa que conste especialmente esto último.

La cosa me parece tan evidente que no solamente creo que es necesaria una amplísima coincidencia parlamentaria sino algo más. Es preciso que el Parlamento, antes de resolver, averigüe muy precisamente cuál es el modo de sentir del pueblo español, porque se trata de un asunto hipernacional si los hay, porque es una operación que penetra muy hondo en la entraña misma y en el subsuelo nacional. Es menester que estemos ciertos de si el sentir del pueblo español está suficientemente maduro para la faena y es preciso que la solución coincida con la ecuación exacta que consientan, de un lado el deseo de Cataluña y de otro el grado de madurez de aquel sentir nacional. Si lo hacéis así, habréis hecho una gran obra; pero si no, sería funesto y sería ilusorio creer que se había resuelto el problema; antes bien, significaría no más que comenzar de nuevo angustias para España y, sobre esto, sería algo sumamente peligroso para el régimen. Y no vale salir al paso de esto que digo con vanos aspavientos, que son tan inútiles como insinceros.

Después de año y medio de vida republicana, conviene que hagamos balance sobre la situación moral del país con respecto al régimen. Yo lo vengo haciendo públicamente una y otra vez desde su advenimiento. Lo he hecho una y otra vez con insinuante cordialidad siempre, pero en tono progresivamente elevado, porque creo que lo requiere así la realidad y pienso que, casi desde el principio, la política republicana cometió un tremendo error, que es éste: hay una enorme masa de españoles que votaron la República, sin condiciones; por tanto que la votaron por ella misma y sin más, porque en el camino de su experiencia de la vida pública habían llegado al punto de pensar que sólo un cambio de régimen podría mejorar radicalmente la existencia nacional. Yo no voy a ser quien decida, sino vosotros quienes, por vuestra propia cuenta, íntima y pura, calibréis cuál es la cantidad y la calidad de esos españoles que han votado a la República sin condiciones. Pero he de decir que en el conjunto de la gobernación, en vez de haberse preocupado, desde luego y por lo pronto, casi exclusivamente de constituir esa República incondicionada, lo que se ha venido haciendo más bien, en muchos casos, ha sido arrojar pedazos de aquel entusiasmo colectivo, que trajo el régimen, a los grupos que habían puesto condiciones, y no voy ahora a enumerar cuáles pueden ser ellos, porque yo no vengo (Muy bien, aplausos.), porque yo no vengo a poner rencillas, sino todo lo contrario.

Se ha hecho una gobernación, en gran porción, particularista, para grupos particularistas territoriales o de otro género; no se ha hecho todavía a fondo, y puede y debe hacerse desde ahora, una gran política republicana nacional. (Muy bien.) Y por eso yo pedía en mi discurso que se aprovechase este tema enorme del Estatuto catalán para que el Parlamento regenerase su contacto con la opinión total del país. (Muy bien.) Y me ha complacido, oyendo al presidente del Consejo de Ministros, creer entrever –no sé si será ilusión óptica- los deseos del Gobierno de mostrar una gran flexibilidad en sus posiciones con respecto al problema del Estatuto.

Me complace vivamente, porque esto puede llevar a facilidades de acuerdo, a ese asenso, no sólo parlamentario, sino nacional, que tenemos que buscar para refundir, si fuese preciso, el Parlamento con la íntegra opinión del país; porque constantemente, como es perfectamente natural, como pasa en todas partes y en todo momento de la política, las instituciones del Estado, especialmente el Parlamento, unas veces adhieren más, otras, sin darse cuenta, se remueven y alejan en incoincidencia con la total opinión del país. Es, pues, preciso que venga este acuerdo. En no pocos extremos de la ponencia concreta que dibujaba el discurso del presidente del Consejo de Ministros habéis visto una coincidencia con nuestro voto particular; pero hay tres puntos, sobre todo, en los cuales yo creo que el Gobierno tiene que ejercitar ese máximum de flexibilidad, no porque a mí, al accidente de mi persona, le parezca mal, sino porque creo lealmente que el sentir del país no los admite, y por eso nosotros no los aceptamos. Estos tres puntos principales, no únicos, son: el bilingüismo universitario; la redacción del artículo 37, que se refiere a la reforma del Estatuto, y ese proyecto de dislocación de las haciendas, que súbitamente ha aparecido en el discurso del presidente del Consejo de Ministros.

Sobre el bilingüismo ya hablé, aunque convendría agregar que el bilingüismo, que yo sepa –es posible que acontezca en otro lugar-, que yo sepa como vigente –por lo menos en grande- en Bélgica, se ha reconocido por todo el mundo como un inmenso fracaso. No hace muchos días, creo que el 10 de mayo, abría yo el número de Manchester Guardian y me encontraba con un telegrama, que decía así: «La crisis belga y el bilingüismo –18 de mayo-. El Gobierno belga ha decidido dimitir, al parecer por la división que el problema de la lengua ha producido y que ha destruido tantos Gabinetes belgas desde la guerra.» En cambio, la solución de las dos Universidades nos parece, en un sentido profundo, histórico, mucho más limpia y, entre otras ventajas, tiene una, nada desestimable en España: la de favorecer la emulación. Esta es la solución que ha dado otro pueblo, que se encontraba en la misma situación que Bélgica; porque en Bélgica se trata de dos razas, de dos idiomas que, prácticamente, bien que más o menos diversificado uno y otro trozo de aquel país, significan la totalidad del país; son como dos totalidades superpuestas y cada una de ellas lucha por el triunfo absoluto sobre la otra. Lo propio acontece en el país que se va mostrando más discreto y sereno entre todos los actuales, en esa extraña, callada, pero sabia Checoslovaquia. Allí también hay dos razas luchando por la totalidad del país: los checos de origen eslavo y los tudescos; y lucharon en todas las formas, bravamente, enconadamente. Por cierto que una de las formas de lucha era a fuerza de procesiones, porque los tudescos tienen como representante y patrono de su raza en aquella región al protestante Juan Huss; los checos, que son católicos, tienen como representante a San Juan Nepomuceno, a San Juan Nepomús. Pues bien, esta solución, ¿por qué no la hemos de imitar?

En cuanto al proyecto de Hacienda, en el cual no voy a entrar, como es natural, ahora, he de decir una cosa. El señor presidente del Consejo, reiteradamente, con satisfactoria saturación, hablaba en su discurso de que el Estado español constituido es un Estado unitario; pero luego resultaba que al presentarnos el proyecto de Hacienda regional, tenía que reconocer que era precisamente el modo de dislocar las Haciendas característico de los países más federales. ¿Qué unidad de Estado es ésa? Sería un Estado unitario de piel y federalísimo de entrañas. Yo creo que éste es un punto en que el Gobierno debe aplicar esa flexibilidad que se nos anunciaba en las palabras de su presidente.

Es preciso, señores, que, al terminar esta discusión del Estatuto, podamos volvernos todos al país –todos: por tanto, no sólo vosotros, sino también nosotros- podamos volvernos todos al país y gritarle a voz en cuello, con esa plenitud de convicción que hace que las palabras llenen las gargantas: «Cataluña ha recibido la autonomía, una amplia autonomía, a la que tiene perfecto derecho, la cual, en lo esencial, y cualesquiera que fueren las dificultades que en una u otra ocasión se produzcan, será de gran fecundidad para España. Porque el problema catalán es un problema español, y España tiene que acogerlo con más entusiasmo, cuanto más nacionalmente sienta las cosas. Pero, pueblo español, como tú no entiendes, ni tienes obligación de entender de complicaciones jurídicas, y sientes, muy justificadamente, con certero instinto, inquietud por algo que te importa más que todo, por algo que es esa unidad de raíz, esa unidad de soberanía, de convivencia profunda con todos los pueblos españoles, nosotros te decimos que no hay equívoco, ni confusión, ni oscuridad ninguna en ese punto, sino que esa unidad de soberanía, esa comunidad de Estado entre todos los pueblos españoles queda intacta y como siempre.» Señores, que decir esto sea posible es lo único que  ardientemente deseo. (Muy bien. Aplausos en distintos lados de la Cámara.)


José Ortega y Gasset
Discurso en las Cortes Constituyentes el día 12 de junio de 1932