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1584. Una entrevista a Durruti en Bujaraloz

Marina Ginestá, Durruti y Mijaíl Kolstov en Bujaraloz, 14 de agosto de 1936 - Foto EFE



Bujaraloz está totalmente cubierto de banderas rojinegras, con decretos, firmados pro Durruti, pegados a las paredes o, simplemente, con carteles. "Durruti ha ordenado esto y lo otro". La plaza de la villa se llama "Plaza de Durruti". El propio Durruti, con su Estado Mayor, se ha instalado en la casita de un peón caminero, al pie de la carretera, a dos kilómetros del enemigo. Esto no es muy prudente, pero aquí todo se halla subordinado a hacer un alarde de valentía aparatosa. "moriremos o venceremos", "moriremos pero tomaremos Zaragoza", "moriremos cubriéndonos de gloria entre todo el mundo": Esto se lee en banderas, en carteles y en octavillas. 

El famoso anarquista nos ha recibido, al principio, sin prestarnos mucha atención, pero al leer en la carta de Oliver las palabras Moscú, Pravda, enseguida se ha animado. Ahí mismo, en la carretera, entre sus soldados, con el evidente propósito de atraer su atención, ha iniciado una fogosa polémica. Sus palabras están saturadas de pasión tenebrosa y fanática: 

- Es posible que tan solo un centenar de nosotros sobreviva, pero ese centenar entrará en Zaragoza, aplastara el fascismo, levantará la bandera de los anarcosindicalistas, proclamará el comunismo libertario... Yo seré el primero en entrar en Zaragoza, proclamaré allí la comuna libre. No nos subordinaremos ni a Madrid ni a Barcelona, ni a Azaña ni a Giralt, ni a Companys ni a Casanovas. Si quieren, que vivan en paz con nosotros; si no quieren, nos plantaremos en Madrid... Les mostraremos a ustedes, bolcheviques, rusos y españoles, cómo se hace la revolución, cómo se ha de llevar hasta el final. En su país, hay dictadura, en el Ejército Rojo tienen coroneles y generales, mientras que en mi columna no hay ni jefes ni subordinados, todos somos iguales en derechos, todos somos soldados, y aquí yo también soy un simple soldado.

Viste mono azul; lleva gorro confeccionado con satén rojo y negro; es alto, de complexión atlética, de hermosa cabeza, en la que apuntan tan solo las canas, autoritario; se impone a los que le rodean, pero hay en sus ojos algo excesivamente emocional, casi femenino, con una mirada, a veces, de animal herido. A mí me parece que le falta voluntad.

- Entre mis hombres, nadie presta servicio por deber, pro disciplina; todos han venido aquí movidos solo por el deseo de luchar, porque están dispuestos a morir por la libertad. Ayer, dos pidieron permiso para ir a ver a sus familias -les quité los fusiles y les dejé marchar definitivamente-; hombres así no me hacen falta. Uno dijo que había cambiado de opinión, que había decidido quedarse. No le admití. Así haré con todos, ¡Aunque nos quedemos una docena! Solo de este modo se puede formar un ejército revolucionario. La población está obligada a ayudarnos -no en vano luchamos contra toda dictadura, ¡por la libertad de todos!-. Al que no nos ayude, lo borraremos de la faz de la tierra. ¡Barreremos a todos cuantos obstaculizan el camino de la libertad! Ayer disolví el Consejo Municipal de Bujaraloz; no prestaba ayuda a la guerra, obstaculizaba el camino de la victoria.

- De todos modos esto huele a dictadura - he dicho-. Cuando los bolcheviques, durante la guerra civil, disolvían a veces las organizaciones infectadas de enemigos del pueblo, eran acusados de emplear métodos dictatoriales. Pero no nos encubríamos con palabras sobre la libertad universal. Nunca hemos negado la dictadura del proletariado y siempre la hemos fortalecido a banderas descubiertas. Además, ¿qué ejército pueden formar ustedes sin jefes, sin disciplina, sin obediencia? O no piensan combatir en serio o disimulan; Tienen ustedes cierta disciplina y cierta subordinación, solo que con otro nombre.

- Nosotros tenemos la indisciplina organizada. Cada uno responde ante sí y ante la colectividad. A los cobardes y a los merodeadores, los fusilamos, los que juzga el comité.

- Esto aún no significa nada. ¿De quién es este automóvil?

Todas las cabezas se han vuelto hacia el lugar que yo señalaba con la mano. En una pista, junto a la carretera, había unos quince automóviles, en su mayor parte Fords y Adlers desvencijados, deslucidos, y entre ellos un lujoso Hispano-Suiza abierto, con incrustaciones de plata, con almohadas recubiertas de lujoso cuero.

- Es el mío -ha dicho Durruti-. He decidido tomar el más veloz para llegar antes a todos los sectores del frente.

- Muy bien hecho -he contestado-. El comandante ha de tener un buen coche, si es posible. Sería ridículo que los combatientes de filas fueran en este Hispano y que usted, entre tanto, fuera andando o en un Ford desvencijado. He visto sus órdenes, están pegadas en los muros de Bujaraloz. Empiezan con las palabras: "Durruti ha ordenado..."

- Alguien tiene que ordenar -ha replicado Durruti sonriendo-. Esto es una manifestación de la iniciativa. Esto es utilizar la autoridad que tengo entre las masas. Desde luego, a los comunistas no puede gustarles... -ha lanzado una mirada a Trueba, quien se ha mantenido aparte durante todo este tiempo.

- Los comunistas nunca hemos negado el valor de la personalidad y de la autoridad personal. La autoridad personal no es un obstáculo para el movimiento de las masas, a menudo las cohesiona y fortalece. Usted es un comandante, no finja ser un combatiente de filas, esto no da nada ni aumenta la capacidad combativa de la columna.

- Con nuestra muerte -ha dicho Durruti-, con nuestra muerte, mostraremos a Rusia y a todo el mundo lo que significa el anarquismo en acción, lo que significan los anarquistas de Iberia.

- Con la muerte no se demuestra nada -he replicado-, hay que demostrar con la victoria. El pueblo soviético desea con toda el alma la victoria del pueblo español, desea la victoria a los obreros anarquistas y a sus dirigentes con el mismo fervor que la desea a los obreros comunistas, socialistas y a todos los demás luchadores contra el fascismo.

Se ha vuelto hacia la muchedumbre que nos rodeaba y pasando del francés al español, ha exclamado:

- Este camarada ha venido para transmitirnos a nosotros, combatientes de la CNT-FAI, un caluroso saludo del proletariado ruso y sus votos para que alcancemos la victoria sobre los capitalistas. ¡Viva la CNT-FAI! ¡Viva el comunismo libertario!

- ¡Viva!- ha exclamado la muchedumbre. Las caras se han vuelto  más alegre y mucho más amistosas.

- ¿Cómo está la situación? -he preguntado.

Durruti ha sacado un mapa y ha mostrado la disposición de los destacamentos.

- Nos retiene la estación ferroviaria de Pina. El pueblo está en nuestras manos, pero la estación la tienen ellos. Mañana o pasado mañana, cruzaremos el Ebro, nos dirigiremos hacia la estación y la limpiaremos de enemigos (entonces nuestro flanco derecho quedará libre, ocuparemos Quinto, Fuentes del Ebro, y nos plantaremos ante los muros de Zaragoza. Belchite se entregará por sí mismo), quedará cercado en nuestra retaguardia. Y ellos -señaló con la cabeza a Trueba- ¿Siguen entretenidos con Huesca?

- Estamos dispuestos a esperar en Huesca para apoyar vuestro golpe desde el flanco derecho -ha dicho modestamente Trueba-. Desde luego, si el ataque es serio.

Durruti ha permanecido un rato en silencio. Luego ha respondido de mala gana:

- Si lo deseáis, ayudad; si no lo deseáis, no ayudéis. La operación de Zaragoza es mía, en el aspecto militar, en el político y en el político militar. Yo respondo de ella. ¿Creéis que por darnos un millar de hombres, vamos a repartir Zaragoza con vosotros? En Zaragoza o habrá comunismo libertario o fascismo. ¡Tomad para vosotros toda España, pero dejadme a mí tranquilo con Zaragoza!

Luego ha suavizado el tomo y ha seguido conversando sin causticidad. Ha visto que hemos ido a visitarle sin malas intenciones, pero que a las palabras duras se les respondería con no menor dureza. (Aquí, pese a la igualdad universal, nadie se atreve a discutir con él). Ha hecho muchas ávidas preguntas sobre la situación internacional, sobre las posibilidades de ayuda a España, sobre cuestiones militares y tácticas, ha preguntado cómo se llevaba el trabajo político durante la guerra civil en Rusia. Ha dicho que la columna está bien armada y que dispone de muchas municiones, pero hay serias dificultades de dirección. El "técnico" solo tienes funciones consultivas. Todo lo resuelve él mismo, Durruti. Según propias palabras, Durruti pronuncia unos veinte discursos al día, y esto le agota. Ejercicios de instrucción militar, casi no se hacen; a los combatientes no les gustan, y el caso es que no tienen experiencia, solo han peleado en las calles de Barcelona. Es bastante elevada la deserción. Ahora quedan en la columna mil doscientos hombres.

De pronto ha preguntado si habíamos comido, nos ha propuesto esperar hasta que traigan la marmita. No hemos aceptado por no quitar raciones a los combatientes. Entonces Durruti ha dado una nota a Marina.

Al despedirme, le he dicho con toda sinceridad: 

- Hasta la vista, Durruti. Iré a verle a Zaragoza. Si no le matan aquí, si no le matan en las calles de Barcelona peleando con los comunistas, dentro de unos seis años quizás se haga usted bolchevique.

Ha sonreído y enseguida, volviendo sus anchas espaldas, se ha puesto ha hablar con alguien que casualmente se encontraba allí. 


Mijaíl Kolstov
Diario de la Guerra de España
Ed. Ruedo ibérico, 1963











819. Cuatro muchachas en el Frente




En el aniversario de su muerte, queremos recordar a Pablo de la Torriente Brau  con una de las extraordinarias crónicas desde España, en la que habla de Libertad Picornell, Soledad Soler, Marina Ginestá y Maruja. Entrevistó a las tres primeras en Barcelona y a Maruja el 3 de octubre de 1936 en Buitrago de Lozoya.


Maruja, Libertad, Marina y Soledad:

Cuatro muchachas en el frente que yo he conocido; que he hablado con ellas unas horas nada más, y que me parecen recuerdos antiguos e inolvidables.

¡Maruja, Libertad, Marina y Soledad!

Cuatro muchachas del frente. Cada una de ellas tiene una vida. La mayor apenas tiene dieciocho años.

Maruja es madrileña; Libertad, mallorquina; Marina y Soledad son catalanas. Maruja tiene dieciocho años. Es la mayor de todas, pero parece la menor. Es pequeña, casi rubia, de grandes ojos infantiles. Le mataron el novio y el hermano y cayó ametrallada en la sierra de Guadarrama. Morirá en la montaña vengando a sus muertos. Ella dice que es la única manera de recordarlos. Y no siente el temor de la muerte.La vio tan pronto y la ha visto tan pródiga, que para ella ha perdido el prestigio del misterio. Es una muchacha del frente. Más pequeña que su fusil. Morirá en la montaña vengando a sus muertos. Y, sin embargo, sobre la tierra, muerta, parecerá, tan frágil, tan bonita, una paloma que cayó.

Libertad tiene dieciséis años. Se llama Libertad porque su padre es revolucionario. Su hermana se llamaba Aurora. Es elegante porque es costurera. Y es una linda muchacha de rico pelo negro. También es pequeña, pero ha oído los fusilamientos nocturnos y ha entrado en los conventos fortificados por los fascistas, en Tarragona, al asalto, con el pueblo furioso, asesinado, y de allá se trajo para banderas rojas de la Revolución, los mantos purpúreos. Allá, en Mallorca, bajo la presión fascista, sus padres y su hermana Aurora han sido fusilados, porque nacieron y vivieron, como ella, para la Revolución. Pero Libertad hace ahora comunistas en Barcelona. No tiene sino dieciséis años. Está preparando las listas de los hombres que irán más tarde a Mallorca, con ella, a fusilar a los que fusilaron a su hermana Aurora y a sus padres, dos viejos de la Revolución.

Marina tiene diecisiete años. Es delgada, fina, de lacio pelo negro que le sacude la frente como el ala de un pájaro imprudente. Todos los compañeros, hombres y mujeres, siempre la están buscando. Porque tiene la inteligencia en los ojos y la decisión en los gestos. En los días trágicos, peleó en las calles. Y ella recuerda: «No es nada agradable ver caer a los compañeros... pero tú sabes... las mujeres siempre somos un poco sentimentales.» Después, dominada Barcelona, se fue al frente de Aragón. Y trajo este recuerdo: «Nuestros combatientes son formidables. No combaten sólo por heroísmo, sino porque saben que deben combatir» Ni en las calles ni en el frente adquirió la noción del peligro. Piensa que nunca estuvo expuesta: «Sólo el peligro que corrían los demás compañeros.» Mas, aunque tiene el corazón de acero, un recuerdo siempre tiene para lo que vio en Barcelona, cuando estuvo en el asalto al cuartel de Atarazanas. Allí, una mujer del pueblo, a su lado, respondió el fuego de los rebeldes. Cuando vino la hora del asalto, la mujer, pistola en mano, entró al cuartel. Y la vio llorar, abrazada a un prisionero, un soldado que era su hijo... Marina es ya, a los diecisiete años, la secretaria de Organización del Comité Militar. Será un dirigente famoso. Y, si algún día la fusilan, morirá cantando La internacional.

Soledad tiene quince años. Tiene una cabeza estatuaria, llena de luz. Y, aunque su rostro tiene la seriedad majestuosa de la Revolución, su cuerpo tiene la intranquila vivacidad infatigable de la adolescencia. Sus padres, dos revolucionarios, consintieron que fuera a la expedición de Mallorca. Después, sin permiso, se fue al frente de Tardienta. «Se nos escapó...» Ella, que estuvo en los combates, dice: «Oh, mira, algo malo, pero en fin...» Y tuvo, sin embargo, una gran emoción que no recuerda sin alguna alegría infantil: «Un día, yendo para Huesca, equivocamos el camino. Íbamos cantando en el coche. De pronto, a medio kilómetro, cuando casi íbamos a entrar en un pueblo, nos ametrallaron. Fue terrible. Corrimos tanto por la carretera que nos estrellamos a ciento veinte kilómetros por hora. Fue casi en nuestras líneas ya. Todos estábamos heridos. Pero los nuestros nos hacían fuego creyendo que éramos rebeldes. Nos salvamos por una requetecasualidad.» Pero Soledad piensa que todo lo que le pasa es importante. Y ahora es la encargada de la oficina de reclutamiento de milicianos para ir al frente donde ella estuvo. Casi todos son jóvenes. Y si alguno quiere decirle algún piropo, Soledad le recuerda: «Mira, que ya yo estuve adonde tú vas ahora.» Y los jóvenes se van, avergonzados, a aprender a manejar el fusil, para ir «adonde Soledad estuvo ya».

Cuatro muchachas del frente de España que yo he conocido y que no olvidaré jamás.

¡Maruja, Libertad, Marina y Soledad! Cuatro muchachas, bellas muchachas, sangre de la Revolución.


Pablo de la Torriente Brau









99. Marina Ginestá Coloma





María Torres / Diciembre 2011

La mujer de la imagen vestida con uniforme miliciano, fusil al hombro, henchida de orgullo y tan segura de sí misma es Marina Ginestá Coloma. Cuando se realizó esta fotografía desde la azotea del Hotel Colón, reconvertido en la sede de las Juventudes Socialistas Unificadas, Marina tan sólo tenía 17 años, un carnet de las juventudes socialistas unificadas en el bolsillo y un sueño revolucionario. No sabía que se convertiría en símbolo de la resistencia y espejo del espíritu de la II República. Era el verano de 1936.

Hacía tres días que había estallado la guerra. Antes del inicio de la contienda Marina y otros jóvenes compañeros preparaban una Olimpiada Popular como respuesta a los Juegos Olímpicos que ese mismo año organizaba la Alemania nazi. En pocos días aquellos jóvenes entendieron que se enfrentaban a una cruenta guerra que acabaría con sus sueños.

El 19 de julio de 1936, Marina junto a su hermano Albert y un amigo tomaron un fusil y se fueron a las barricadas de la Plaza de Colón de Barcelona. A las pocas horas el sueño de los tres se extinguía. El amigo caía muerto de cuatro tiros en el vientre. Su hermano Albert se marchó al frente de Zaragoza, y Marina comenzó a trabajar de mecanógrafa en el Comité de Guerra.

Marina vivió la guerra desde una retaguardia militante. Fue miliciana, traductora del enviado especial de Pravda, y periodista en la retaguardia. "Éramos periodistas y nuestra profesión era que no decayera nunca la moral, difundíamos el lema de Juan Negrín 'con pan o sin pan resistir'. Y nos lo creíamos".

De la mano del periodista ruso Mijail Koltsov asistió, como traductora de francés, a la entrevista que éste mantuvo el 14 de agosto del 1936 con Durruti en Bujalaroz. Koltsov era miembro del consejo editorial del diario Pravda y precisamente como corresponsal de este medio viajó a España para cubrir la contienda.

Uno de sus recuerdos más duros fue la visita a un hospital de Barcelona para reconocer cadáveres: "Es el recuerdo más terrible que guardo de la guerra. Por primera vez tuve una idea de la muerte. Vi a una mujer muerta con su hijo en brazos...Todavía hoy me viene a la mente ese recuerdo".

Acabó en el exilio, como tantos otros. En su intento por regresar a Francia, su país de nacimiento, pues era hija de inmigrantes españoles en Toulouse, perdió a su novio en el paso de Los Pirineos. Más tarde fue la llegada de los nazis a este país lo que la obligó a tomar un barco con destino a América.

"La juventud, las ganas de ganar, las consignas,... yo me las tomaba en serio. Creía que si resistíamos ganábamos. Teníamos la sensación de que la razón estaba con nosotros y que acabaríamos ganando la guerra, nunca pensamos que acabaríamos nuestras vidas en el extranjero".

De Marina Ginestá nunca más se volvió a saber, hasta que el empeño de un periodista de EFE, Julio García Bilbao, permitió encontrarla en París tras tres meses de investigación. Marina no conocía la fotografía del Hotel Colón que sirvió de portada para el libro 'Trece rosas rojas', de Carlos Fonseca, ni el simbolismo de la misma.

El autor de la famosa fotografía es Juan Guzmán. Su verdadero nombre era Johann Guttman, de nacionalidad alemana y había acudido a Barcelona para cubrir la olimpiada popular, alternativa a los juegos olímpicos de Berlín montada por los partidos antifascistas. En la actualidad la imagen pertenece al archivo histórico de EFE.