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1950. Una generación amarga

Cuántos amigos comunes en aquel Madrid de los años 40. Hacía nada de la muerte de Miguel, al que tú -Antonio- viste en Porlier y yo casi lo encuentro en Ocaña. Por Madrid andaba tu compañero de instituto Ramón de Garciasol. Quizá nunca tuviste un incondicional más fiel. También José Romillo, poeta olvidado por todos; él me encargó que recogiera de las manos de un empresario que «no lo veía claro» el original de Historia de una escalera. Por mediación suya contamos con un palco en el subsiguiente estreno. Romillo me aseguraba que tu verdadero camino era el dibujo. Claro que lo abonaba con el retrato que le hiciste en el 41, tan bueno como el ya clásico de Miguel. Pero Garciasol, al que asimismo retrataste, apostaba seguro por tu talento teatral. Entre los sonetos que Romillo publicó dedicados a los amigos de entonces, hay uno a Charito Buero. El tema es sencillo e infantil, pero hubiera podido ser un tema tuyo, que siempre llevaste a tu estricta y rigurosa prosa la poesía de lo cotidiano y humilde. Tú también hubieras podido escribir un poema a la escoba como nuestro inolvidable Miguel Hernández, cuyo soneto alejandrino leíamos por entonces en copia filtrada entre rejas.

La sorda y asfixiante repetición existencial de la escalera nos angustiaba a todos, que éramos huéspedes de un tiempo sombrío. Después, vimos la realidad con los ojos de Ignacio, el ciego dilucidador de la oscuridad. La extraña mezcla de crueldad y ternura de El Concierto de San Ovidio nos conmovía, o lo aberrante del daltonismo hacía comprender lo subjetivo de los colores. Buero nos instala en sus personajes y todos pasamos entre bambalinas. Todos somos llamados a escena porque fuimos viajeros de enloquecidos trenes del éxodo posbélico. Fuiste a buscar seres que soportaban insuficiencias y fracasos, y quiénes no los soportan. La humanidad que se asoma a las ventanas de aquellas obras sólo en el arte, en la poesía encontrará ayuda en su espera de la justicia. Son los humillados y ofendidos, son las vidas sombrías, son los desterrados. Los años 40 se ponen en crisis y muestran sus lacras y miserias. También sus esperanzas.

Estábamos contigo, Antonio, y tú con nosotros. Fuimos una generación no amargada, pero sí amarga. No abatida, pero sí combatida. No enferma, pero sí grave.

Luego llegarían los reconocimientos. Los fastos y los homenajes. Pero lo que yo llamaría «mi» Antonio Buero es, ni más ni menos, la posguerra. Es ese período que falazmente se ha querido ver por algunos como desierto literario. Nada más injusto. Cómo se puede llamar erial a un lapso en que emergen el teatro de Buero con la poesía de Blas de Otero, por traer a colación sólo dos muestras. Buero, como otros, hubo de hacer su obra sin ayudas ni sosiegos. Es la suya una generación a la que no se le ha ahorrado ni un paso. Arma al brazo, día a día. Período difícil y oscuro, pero que se salva por un testimonio sacudidor e imborrable. Ahora, Antonio desaparece de entre nosotros. Como hombre de su generación, hoy me siento un poco mermado.


Leopoldo de Luis
La Razón, 30 de mayo de 2000









1894. Dos dibujos

Dibujos de Miguel Hernández realizados por Antonio Buero Vallejo y Eusebio Oca


Miguel, hermano ausente, no osaría 
oficiar de poeta 
cuando me atrevo a hablarte. 
Desde las lanzas de oro de tus versos 
perdona estas opacas retahilas. Oye sólo a mi alma 
no a mis pobres sonidos, 
tú, para siempre sordo. 
Sin bulto, sin colores, sin conciencia, 
el pálido ectoplasma de un dibujo 
me devuelve tu rostro. 
Hará treinta y seis años 
que lo tracé con pulso conmovido. 
Alentabas, vivías. 
sonreías a veces 
sentado en el petate 
e iban naciendo los rasgos de mi lápiz. 
Fueron tiempos insólitos. 
Hacinados en vasta galería 
la derrota y el hambre compartíamos 
en aquella antesala de la muerte. 
Las flechas de la luz, desde una reja 
incendiaron tus iris. 
No a mí, sino a esos hierros, 
siguen mirando sus dos leves chispas 
en el viejo retrato que contemplo. 
Cuando agobiado y triste 
vuelvo de mis inútiles afanes, 
reclino en un sillón la anatomía 
hastiada de mi cuerpo 
e interpelo a la esfinge 
de tu pena extinguida 
bajo el cristal que en mi pared te guarda. 
Estás vivo –medito-. Tus pupilas 
observan fijamente y yo imagino 
que se mueven un poco 
cuando la habitación se halla vacía. 
Entonces rememoro 
otro diseño anónimo
muy posterior al mío 
que mostró tu mandíbula sujeta 
por el pañuelo de tu despedida. 
Abatir no pudiste 
-el dibujo lo enseñalos 
párpados tenaces. 
Y yo sentí aquel día desde lejos 
cómo me traspasaba la sospecha 
de tus ojos pasmados, 
de tu entreabierto labio ya sin hálito 
semejante a otro párpado 
por donde avizoraran 
los dientes de tu boca enmudecida. 
Tu ocular claridad en mi retrato 
y esos ojos inertes que otro lápiz 
recogiera más tarde 
son, Miguel, sombra y luces 
que nunca nos abandonan. 
Tú ya lo habías dicho: 
Los muertos, con su fuego 
Congelado que abrasa 
Laten junto a los vivos 
De una manera terca. 
Sé que un día ignorado 
mi extinción o la injuria de la vida 
han de lograr cegarme 
para ser, de tu mano, 
definitivo hijo de la sombra. 
Tus espectrales dedos se detienen 
en mis cansados hombros 
si me pongo a escribir, porque no cantas 
y una agresión viscosa 
transformó en pardo magma 
los cristalinos globos 
con que oteaste el mundo. 
Quizá no los cerraras 
porque no era tu esposa quien lo hacía. 
Hasta el final los mantuviste alerta 
llamando a Josefina, 
buscando su sonrisa en la ventana 
crucificada que se ennegrecía. 
Yo me asomo tras ella desde entonces
a una indecible estancia en que reposas 
sin poder divisarte. 
Sin que tú me divises. 
me abalanzo y atisbo 
entre un espeso bosque de barrotes 
sin entrever siquiera el esqueleto 
del armonio callado 
donde tu voz reía o sollozaba. 
Ya la mía se quiebra por el ansia 
de tu clamor vibrante, 
de esa música honda que ha de oírse 
cuando ya no se escuchen 
mis inciertas palabras 
borradas por los soplos del olvido. 
Tal vez se me recuerde vagamente 
sólo por el retrato que te hice. 
Eso te deberé, eso te debo. 
Recíbenos, Miguel, en tu silencio. 
Espéranos a todos 
mientras el pueblo sueña con tu viento 
como un arpa que avanza 
bajo el radiante sol de tus estíos. 
Desde hace largos años 
comprendo que me aguardas 
pues noto que también amarillea 
el tiempo sobre mis fotografías. 
Dormiré un día al lado de tu sueño 
con un mirar absorto y detenido 
que irán trocando en cieno 
las fraternales larvas inocentes. 
Como tú, no podré decir mañana 
que mi escondido nombre es el del polvo 
pues ya no tendré lengua. 
Por eso me adelanto 
a susurrarlo ahora, 
Miguel, antiguo hermano que destellas 
en nuestro eterno barro.


Antonio Buero Vallejo
Dibujos de Miguel Hernández realizados por Antonio Buero Vallejo y Eusebio Oca








1650. En homenaje a Pablo Iglesias

Pablo Iglesias Posse
(Ferrol, 18 de octubre de 1850 - Madrid, 9 de diciembre de 1925)


En su libro, que es ya como un clásico ingenuo y transparente, Morato le llamó "el Apóstol". La calificación es acertada, y no ya en el sentido de propagador de una doctrina, sino en el del hombre excepcional a quien se venera tan devotamente como el creyente venera a un santo. Pues la redención de los trabajadores, además de fundarse en muy objetivas exigencias de justicia social y de requerir tenaces empeños organizativos, necesita siempre, y aún más en sus primeros pasos, el fervor y la ejemplaridad.

Pablo Iglesias supo recorrer sin desmayo y abrir a los demás oprimidos el penoso camino que va de la indefensión a la organización, de la ignorancia a la educación, de la debilidad a la fuerza obrera; pero no lo consiguió por el solo ejercicio de su capacidad y su lucidez, sino también, y aún más, con el ejemplo de su abnegación. Por una feliz fatalidad de su temperamento, su trayectoria moral es intachable. Y únicamente los hombres de tal índole son quienes pueden transformarse para los demás, de modo duradero, en verdaderos dirigentes. Pero no debe olvidarse que ninguna fatalidad, y menos la del carácter, impide la constante y libre elección de unas u otras vías. Iglesias tuvo que elegir de continuo, y en esas decisiones libres reside su grandeza. Las trampas, toscas unas veces, sutiles otras, del poder, no lo atrapan; si no bastara para evitarlas su aguda conciencia de clase, le sobraría con su firmeza ética para desdeñarlas. A un hombre despejado y voluntarioso como él no le habrían sido difíciles sustanciosos pactos, y no dejaron de serle brindadas ocasiones de aceptarlos. 

Pero, entre la cárcel y el medro personal, optó por sufrir persecución y prisiones; entre las sinecuras y la pobreza, prefirió mantenerse fiel a esta última, en la que había nacido y crecido. No era asimilable y, por no serlo, pronto se instrumentaría contra él ese cínico descrédito con el que se intenta manchar al adversario que no se deja intimidar ni sobornar. Quienes se consideran con el más sagrado derecho a usar abrigos de pieles, viajar en departamentos de primera clase, vivir ociosos de sus fincas y sus rentas, o pagar salarios de hambre y mandar al otro mundo a unos cuantos desdichados que piden, en manifestación pacífica, sólo un poquito de todo lo que se les roba, pondrán en circulación, con farisaico escándalo, los infundios de que Pablo Iglesias -¡él,no ellos!- vive de explotar a los obreros que le siguen; usa pieles y billete de primera, pero lo oculta; es propietario de hoteles... Tales infamias, dicho sea de paso, no han terminado hoy, ni acabarán en muchos años, de lanzarse contra ciertos representantes del pueblo: republicanos, socialistas y comunistas de nuestro tiempo han tenido y tendrán que soportarlas, aunque sus cuentas estén claras o mueran sin dejar fortuna. Hasta tal punto subleva (¡ay!, palabra terrible) y alarma a los privilegiados que los explotados reclamen justas nivelaciones.

Aquel gran dirigente socialista fue hombre de salud precaria, porque prefirió gastar sus energías en defensa de los trabajadores antes que en cuidarse. Pudo ser un moderado bien retribuido y aún próspero, pero, ya viejo, sus amigos y compañeros tenían que seguir ayundándolo. Pudo resignarse a la incultura y eligió el estudio. Pudo debilitar sus objetivos, pero el iluminador marxismo de su tiempo lo mantuvo tan inexorablemente combativo como eficaz. Y todo ello fue consecuencia, cierto, de una inconmovible ética personal. ¿De una fatalidad, en suma? Tal vez. Mas no olvidemos que siempre se puede elegir.

En esa dura y libre elección que es toda su vida veo yo su gran talla humana. Y en la luz proyectada por su inteligencia y su conducta brilla todavía la más imperiosa consigna, que aún no hemos sabido realizar hoy del todo: la de la unión de las izquierdas. Figura como la suya nos permiten alimentar esa esperanza; pues todos, independientes o adscritos a muy diversas familias políticas, podemos seguir llamando a este apóstol, con total veracidad, "el abuelo".


Antonio Buero Vallejo










1595. Lorca, hoy

Resulta difícil hablar hoy de Lorca. ¡Se ha escrito ya tanto de su obra! Aún más difícil es hablar de Lorca a extranjeros cuando se es español, porque el extranjero de cultura media ha convertido a Lorca en un mito. Los estudiosos de la literatura saben a qué atenerse, pero se hallan igualmente impotentes ante la fuerza del mito lorquiano. ¿Cuál es éste? En pocas palabras: Federico García Lorca es una cumbre -un gran poeta de todos los tiempos- en un desierto -la literatura española del presente siglo-. España tuvo a Cervantes, a Calderón... y a Lorca. Fuera de España, el hombre de la calle apenas reconoce unos pocos nombres más de nuestra realidad literaria y no les atribuye, cuando lo hace, categoría similar a la de los citados. Y cuando la reduce a nuestro siglo, la literatura española se salva para él porque puede vanagloriarse de un poeta y dramaturgo de primer orden.

Debo decir sin dilación que admiro a Lorca como a un poeta y dramaturgo de primer orden. Cualquier homenaje a su figura contará siempre con mi adhesión calurosa. Con mi gratitud de español también, pues gracias a la fama mundial de su obra nuestro planeta comprueba que mi país puede dar grandes escritores. Pero, de hecho, el planeta ignora que los ha dado, pues la obra de otros no transitó por él con resonancia y en la proporción conseguidas por la de Lorca; y, por consiguiente, el mundo conoce mal a Lorca. Aunque sea genial, a un escritor no se le conoce y aprecia bien cuando se le ve como una cumbre en un hipotético yermo, sino cuando se advierte la cordillera de montañas en que se encuentra insertado. Si no recuerdo mal, en un número de «Sipario» dedicado al actual teatro español María Luisa d'Amico formulaba esta pregunta: «¿Después de Lorca, qué» La pregunta podría completarse para el hombre medio con estas otras: ¿Antes de Lorca y cuando Lorca, qué? Pues el fenómeno -singularísimo, pero no absurdo, no surgido por generación espontánea- de la excepcional obra lorquiana mal puede entenderse si se ignoran, por ejemplo, las analogías y diferencias de su teatro con el de esa otra montaña que fue Valle-Inclán, a quien sin embargo se conoce poco en el mundo; o las analogías y diferencias de su poesía con la de Alberti, otro enorme poeta de su generación que hoy vive en Roma.

Con lo antedicho no se insinúa que el mito lorquiano sea falaz; gran parte de verdad encierra todo mito perdurable. El creador del Romancero gitano y de Poeta en Nueva York merece su mito; quede aparte la cuestión, compleja y oscura aunque otra cosa se crea, de por qué otros grandes escritores hispanos que también lo merecían no alcanzaron mítica universalidad.

Pero yo soy autor de teatro y es del dramaturgo, más que del poeta, de quien me cumple hablar, aunque ambas condiciones formen indivisible unidad en la dramaturgia lorquiana.

Al teatro de Lorca no le han faltado detractores. Siempre he pensado que quienes lo discutían, en ocasiones con argumentos de aparente solidez, no estaban a la altura de la obra que enjuiciaban. También ha tenido imitadores, y éstos tampoco le favorecen; el imitador trueca las formas cambiantes en forma fija y paraliza lo que se debe seguir moviendo. Ni imitador ni detractor, ante la cuestión de si debe considerarse a Lorca como un maestro del teatro respondo que sí: como a uno de los más grandes. No voy a detenerme en la fuerza y belleza de su lenguaje dramático, de sus personajes, de sus atmósferas; me limitaré a esbozar las dos principales razones que, a mi ver, determinan el permanente magisterio del teatro de Lorca.

1.ª En medio de la inacabada discusión acerca de la posibilidad de la tragedia moderna, Lorca realiza grandes tragedias modernas. Hoy no es el único, pero cuando las escribió la realidad trágica era bastante insólita en la escena y Lorca resulta un adelantado. Él y otros pocos advirtieron con clarividencia lo que después hemos visto todos: que nuestro tiempo, por ser trágico, necesita expresarse en la tragedia. La plenitud expresiva, la armonía entre forma y contenido, se encuentran muy pocas veces tan logradas, antes o después de él, en otros autores. Ello se discutió, no obstante, y aún se discute. Se dijo, por ejemplo, que los fragmentos poemáticos insertos en sus obras eran recursos de poeta que domina mal los secretos del oficio escénico, cuando su necesidad es tan profunda como la del antiguo coro griego. Se ha usado de criterios burgueses -aunque a veces, paradójicamente, se autoproclamasen antiburgueses- para juzgar un teatro poético que respiraba con el aliento de Sófocles. Todavía se lee, aquí o allá, que la reducción a uno solo de esos fragmentos poemáticos en La casa de Bernarda Alba, obra a la que se suele considerar como la más granada entre las suyas, denota un progreso, cuando no es sino una variante igualmente válida: otra variante de lo trágico. Difícil es la plenitud trágica en la escena; larga vigencia obtiene cuando se logra. Quienes consideran periclitado el teatro lorquiano morirán antes que él.

2.ª El poeta revela en su teatro la sutileza y hondura de los sentimientos primarios. Esto es admirable; esto distingue a un maestro auténtico. Su poesía no ignora los morbos que acechan al hombre, los «amores oscuros» que a veces le singularizan y degradan; pero, en su teatro, se asoma, mucho más que a cualquiera otro, al pozo de los amores y odios normales, de los celos, de las habituales frustraciones humanas, del tiempo que todo se lo lleva... A lo primario, que no es superficial sino igualmente profundo y alucinante en manos de un gran poeta. ¡Que no se hable de concesión, de miedo al público! Eso se queda para los comediógrafos chirles. En los grandes autores como Lorca la devoción por lo primario es, potencialmente, la sintonización con todos los hombres. Valle-Inclán llamaba mirada shakespeariana a ese entendimiento del teatro; el autor mira a los personajes -decía- desde su misma altura, o sea «en pie». Y, no obstante diputar a esa mirada como «la mejor», oponía a ella la mirada sarcástica de sus «Esperpentos»; la mirada de demiurgo que ve a los hombres, como ridículas marionetas, «desde el aire». Valle-Inclán creó obras teatrales tan grandes al menos como las de Lorca, pero quizá porque la mirada «en pie» se deslizó en ellas más de lo que la teoría del «esperpento» consintiera. A quienes hoy predican esa forma de teatro satírico por creerla más revulsiva y desdeñan a Lorca como a un estetizante sentimental, no vendrá mal recordarles el implacable magisterio, incluso para la revulsión, que puede entrañar una mirada shakespeariana.


Antonio Buero Vallejo
Obra completa. Tomo II: Poesía narrativa ensayos y artículos












1490. De vivos y de muertos

En porcelana de apagados oros
por negro terciopelo agavilladas
custodio algunas briznas de tomillo.

Lo arranque suavemente
diecisiete años hace
y era fragante como el pan más tierno.

Victoria iba a mi lado.
Estrenábamos vida, amor, futuro.
En él nos esperaban alegrías,
trabajos. Y los hijos. Pero antes
nuestros dos corazones desbocados
visitaron tu muerte.

Bajo la tierra húmeda
de un calvero sin lápidas
no lejos del murmullo de la fuente
oculto estabas cual insecto inmóvil
en un vasto hormiguero de osamentas.

La tarde era muy pura
y aspiramos olor de serranías.

Victoria dijo: ¿Oyes?
Nos llegaba un susurro de palabras
entre la canción tenue de las gotas.

O disparos lejanos.
O acaso tu gemido
de juventud al borde de la nada.

Aquí esta -nos dijeron- Federico.
Y yo robé las briznas
que habían sorbido sumos de frente.

Desde entonces las guardo
en un jarrrito antiguo
sobre mi estantería
al lado de otra efigie muy querida.

Han perdido su aroma
y hoy son alambres secos.

En las noches febriles
mientras duerme la casa y el bolígrafo
se resiste mi mano a sus oficios
miro tu carne vegetal y fósil
y pienso delirante
que tu también me observas.

Vagos remordimientos me acometen
porque soy casi viejo y he vivido.
Mi sangre joven afrontó unas balas
que al fin no me encontraron.

Arracimadas sombras de caídos
-la del retrato amado está entre ellas-
por el pasillo lóbrego
me acechan, y la tuya
parece abandonar el ramillete
para sumarse a la legión callada.

¿Por qué tu, padre mío?
¿Por qué tu y tu agonía, Federico?
¿Por qué ellos y no yo? Nadie responde.

En boca, vientre y ojos os clavaron
los proyectiles ciegos
y mis nervios soportan cada día
sus cirugía horrible.

Mi padre en su retrato se sonríe,
pero no me responde.

Desde el tomillo donde te imagino
nadie responde.

El bolígrafo vuelve a su tarea.
El corredor oscuro está vacío.

Yo sé que algunos de los asesinos
alientan todavía por las calles.
Decrépitos y asmáticos se alegran
con sus hijos y nietos,
aún beben rojos vinos,
babean sobre una puta
o se apresuran a llamar al médico
por un leve dolor en el costado
intentando el olvido
del tesoro infinito que abatieron.

Pero ellos están muertos. Dispararon
luego están muertos.

Y en mis adentros, padre, tu pervives.

Y tu, ya sólo fósforo de huesos
o ennegrecida hierba quebradiza,
tu, Federico, vives.

Y es inmenso el latido de la vida
que estalla en tus timbales.

Y eres la tempestad que anubla el cielo
de todos esos muertos que deambulan.


Antonio Buero Vallejo, 1976
"De vivos y muertos"
El crimen fue en Granada. Elegías a la muerte de García Lorca
Lumen, 2006



Antonio Buero Vallejo compone este poema en 1976 para el primer homenaje que se hace a Federico García Lorca en España en la revista Trece de Nieve de diciembre de 1976.







1438. Apunte autobiográfico

No voy a entrar en metódicos análisis de mi teatro. Fijaré aquí solamente el breve recordatorio de algunos de los acontecimientos y hallazgos que, a mi parecer, contribuyeron a determinar mi vocación escénica. Lejanos son bastantes de ellos, pues en la infancia está todo o casi todo. En ella está, por ejemplo, la primera lectura de una abreviada Odisea para niños, que me llevaría a leer traducciones completas años después y, aún más tarde, a elaborar La tejedora de sueños. Pero en mi niñez estuvieron, más que cualquier otra cosa, el dibujo y la pintura, abandonados al fin entre el azar y el desánimo de los años. Tan apasionada dedicación me condujo de muchacho a la Escuela de Bellas Artes. Cursé allí enseñanzas hasta que estalló la guerra civil que tantas cosas truncaría; dejó, no obstante, la pintura su huella en mis obras de madurez. Ficticios pintores han aparecido aquí o allá en ellas, y en dos de las más nombradas los no ficticios Velázquez y Goya. En opinión muy difundida, fueron motivadas estas últimas por agonías españolas del tiempo en que las escribí, expresadas mediante historias del pasado. Algo hay de ello, pero yo se que su embrión late ya en dibujos míos infantiles, donde aparece más de una vez Velázquez en líneas torpísimas y, en uno de esos croquis, situado incluso ante un gran bastidor como en el cuadro de Las Meninas. Otro dibujo curiosamente premonitorio, exhibido va en las exposiciones que me dedicaron en el Teatro Español y en la Biblioteca Nacional, presenta a Goya ante su caballete, contemplando alrededor muchas de las visiones que configuran su mundo pictórico. Lo tracé a mis quince años y, olvidadísimo cuando escribí El sueño de la razón, lo reencontré entre mis viejos papeles bastante después de estrenar la obra. Tampoco falta entre aquellos imperfectos dibujos, y también se presentó en las dos exposiciones mencionadas, otra escena casi teatral de 1934 donde los más notables personajes homéricos se agrupan, en las gradas de un peristilo griego, en torno a su creador. En lecturas primerizas de la niñez podría rastrearse asimismo sin dificultad el origen de bastantes obras mías. Del olvidado y sugestivo libro Amenidades científicas, de Vicente Vera, que mi padre poseía, procede el arpa eólica de La señal que se espera, obviamente, Casi un cuento de hadas proviene de mi infantil disfrute de los cuentos de Perrault; otros varios dramas esconden o muestran según la penetración de cada cual reminiscencias de Wells o del Quijote, que también contaron entre mis lecturas tempranas. Y tampoco carece la creación cervantina de su reflejo en dibujos adolescentes, pero el más antiguo es del todo infantil: lo realicé a mis nueve años y lo guardo en un álbum nunca exhibido.

¿Y la música? Salvo los inevitables tambores y trompetas de los chiquillos nunca llegué a tocar instrumento alguno, pero mi afición es remota. Sabido es que mi teatro usa de ella a menudo, y no como mero adorno de las situaciones sino como ingrediente dramático significativo, cuando no principalísimo. Pues bien, tampoco dejaron de asomar, en antiquísimos diseños, las veneradas efigies de Beethoven o de Mozart.

Si debo mi instintiva inclinación al arte y a las letras más cualificados a mi personal sensibilidad, la debo asimismo, en gran medida, a mi padre. Era él un ingeniero militar que gustaba de la literatura y de la pintura a través de espontáneas predilecciones, y en los libros y revistas de su biblioteca, nunca vetados a sus hijos, llegué muy pronto a gozar de Dumas, de Víctor Hugo, de Conan Doyle, de Maurice Leblanc y de otros, no menos que de numerosos libritos y catálogos de pintores antiguos y modernos. A veces traducía en alta voz del inglés, para mi hermano y para mí, en gratas sobremesas, La máquina del tiempo, o nos leía la reciente edición española del Nils Holgersson...

En aquellos años aurorales sentí que mi vocación era la pictórica, pero también leía incansablemente y hasta hilvanaba muy de tarde en tarde el comienzo de algún horroroso poema, por fortuna nunca terminado. Fui descubriendo hermosuras que me cautivaban: El Alcalde de ZalameaLa vida es sueño, Bécquer, el Romancero, algún inesperado diálogo de Platón que me subyugó como si fuera teatro; y no tardé en embeberme en Julio Verne, en Stevenson, en Dickens, en Swift, en Poc, en tantos otros, a los que pronto se sumaron los escritores del 98, alternados con Shaw o con Ibsen. Mi formación literaria iba creciendo así poco a poco. A ello contribuyeron, en el Instituto de mi ciudad natal, algunos inolvidables profesores. Menendez pelayista convicto era don Pedro Serrano, catedrático de Literatura, y nos reíamos a veces de aquella devoción suya; con afecto porque era ameno y sabía interesarnos. (Yo, claro, me gané mi sobresaliente.) Don José Albiñana y Mompó, de Latín, no logró aficionarnos a la asignatura lo que he lamentado después tardíamente, pero ¡cuántas ventanas supo abrirnos en las charlas a que su ingenuidad cedía fácilmente ante nuestras astutas instancias! El auxiliar de la misma disciplina, un cura de mente abierta llamado don Claudio Pizarro, estrechó relaciones con varios de nosotros, que nos congregábamos en su casa para discurrir de mil cosas o de escritores muertos y vivos. Vera, de Dibujo; Vergara, de Geografía e Historia; uno o dos más, fueron asimismo eficaces orientadores. Don Emilio Guinea, de Ciencias Naturales, loco por la Botánica, devotísimo de Baroja y pintor de acuarelas, me brindó entonces una amistad que ha durado hasta su reciente fallecimiento. Si los planes de estudio eran algo deficientes, tuvimos la compensación de estos humanos e ilusionados maestros. Entretanto y con algunas lecturas iniciales de Ortega y de Unamuno entre ellas, cómo no que los años completarían, fui adentrándome en esa aventura íntima que es la Filosofía. Y al tiempo, en la curiosidad por la ciencia: otra forma de la misma aventura interior para los que no nos entregamos al cultivo de ninguna materia científica. Mi padre sí lo había hecho: era profesor de cálculo en la Academia de Ingenieros. Desde pequeñín y durante muchos años he visto el grabado de Sir Isaac Newton colgado en la pared sobre su mesa de trabajo y, ante mi pregunta, de mi padre recibí la primera noción de la importancia de este sabio. Tendría yo diez u once años cuando le oí someras explicaciones acerca de cómo la teoría de Einstein jugaba con el tiempo y el espacio. Aquello me interesó tanto que, desde entonces, no he dejado de procurar informarme, con la apasionada y reverente ignorancia de un profano irremediable y forzosamente reducido a leer las vulgarizaciones escritas por físicos, biólogos o astrónomos, de cuanto se especula y se descubre acerca de los enigmas del cosmos y del hombre.

¿Qué diré del teatro? Sorprende considerar como la vocación definitiva nos trabaja también desde la niñez sin que reparemos en ello. El pintorcete que yo era había obtenido ya de los Reyes Magos, hacia sus nueve años, uno de aquellos preciosos teatritos de juguete, tan bobalicones en los libretos de sus comedias como en cantadores por su ingeniosa construcción y sus bellísimos decorados. Ayudado por mi hermano Paco o por amigos, dirigí en él ingenuas representaciones y ahuequé voces diversas para los menudos personajes de cartulina que me tocaban en el reparto. Pero en la biblioteca paterna tampoco faltaban ¡y en qué cantidad! textos teatrales. Aficionadísimo a la escena, papá nos llevaba a sus hijos a las funciones de las compañías que recalaban en las ferias de Guadalajara y, además, adquiría y encuadernaba algunas de las colecciones populares de aquellos tiempos: «la novela teatral» (significativo título que invitaba a entender el teatro como algo apto para ser leído), «Los contemporáneos», «El Teatro», «El Teatro Moderno», «Comedias»... (No coleccionó mi padre «La Farsa» y nunca he sabido la causa de tal omisión.) Desordenadamente leía yo cientos de aquellas obras, pues no sólo me gustaba divertirme con aquel teatro infantil a que me he referido sino leer comedias para mayores; síntoma, creo, del autor que llevaba dentro sin saberlo. De cómo esta vocación, ignorada por mí entonces, iba edificándose irónicamente a espaldas del pintor en ciernes se creía ser, podría escribir más páginas; recuerdo mi afición a recitar poemas, con no poco tino según decían y sin cantarineos, que tal vez me habría llevado con los años a la profesión de actor si no hubiera sido por mi corta capacidad de simultanear varias dedicaciones cultivando todas a fondo. Y hacia el teatro me encaminé ya a mis catorce y quince años, con pertinaz inconsciencia, a través de otros juegos que quiero recordar.

Por supuesto que había jugado antes, como cualquier niño, a encarnar personajes predilectos: «Yo era...» decía, «Y yo era...» decían otros chavales al comenzar nuestra fabulación. La peripecia se desenvolvía entonces, a veces, en barrios enteros de la ciudad, ante la sonrisa de las personas que nos veían correr y chillar. Pero pronto nos reunimos, varios amigos del Instituto, a jugar diariamente en casa de uno de ellos. Y después de algunos juegos elementales guerras de barquitos o entre diminutos soldados que nosotros mismos pintábamos fuimos desplegando paulatinamente crecientes esbozos de un «teatro total» o de cine en vivo. Nunca olvidaré aquellas singulares distracciones, con las que fuimos perfectamente felices. La preparación de cada uno de los juegos consumía bastantes días y no era lo menos divertido. Cada cual dibujaba y, coloreaba numerosos personajes: muñecos planos con peana o de otras formas y tamaños según cada juego. Construíamos al tiempo, con cartón o dibujando en planta la disposición y amueblado de las habitaciones sobre tacos de madera que formaban casas y calles, los distintos escenarios. Todo aquello se desplegaba en el cuarto de nuestro amigo y aun en la terraza contigua... Después, y hasta que empezábamos a soñar con la preparación del juego siguiente, desarrollábamos durante muchas tardes fantásticas historias tan imprevisibles como la vida misma. Pues si cada uno premeditaba parte de ellas para sus personajes, las aportaciones de todos se combinaban entre sí en insospechadas incidencias y el complejo argumento se iba enriqueciendo al hilo de los días. Eran verdaderas «creaciones colectivas» sin más público que nosotros mismos: a las personas mayores no se les permitía el acceso. Así nos entretuvimos ¿por cuanto tiempo?, ¿tal vez más de un año? con las más heteróclitas invenciones: la época de los mosqueteros, Napoleón y la suya, el mundo antiguo de griegos, romanos, egipcios y persas en disparatado sincronismo, el de una corte húngara dieciochesca colmada de intrigas y misterios, la encantada comarca de las hadas y los gnomos, los viajes interplaneratios cada jugador tenía su planeta y hasta el sol estaba habitado, por dentro la vida futura... No puedo recordar todas las fantasías lúdicas que ideamos; pero comprendo que, en mi caso, al menos jugaba ya al teatro, más libre. Éramos directores, actores, figurinistas, decoradores e improvisadores de diálogos; movíamos con las manos aquellas incontables figuritas, pero no veíamos nuestras manos. Fuimos, lo he dicho en otra ocasión, emocionados demiurgos.

Con esos juegos irrepetibles me despedí de mi adolescencia. El grupo se iba dispersando; nuevas amistades se contraían; preocupaciones adultas sustituían a las anteriores ensoñaciones. Empecé a comprender cómo aquellos entretenimientos habían sido el privilegio de chicos favorecidos por el relativo desahogo de nuestra modesta clase media y que el mundo no era, ni mucho menos, tan paradisíaco. La inquietud social y política me acercó al marxismo. Ingresaba así en la vida verdadera, con sus responsabilidades, sus luchas y sus peligros, y ello me llevó a la cárcel al terminar la guerra civil. Me sentenciaron a muerte, condena conmutada más tarde. Pasé años en diversos penales. Como Gorki, podría decir que esos años y lugares fueron también, en buena medida, «mis universidades». En el trance de elegir profesión yo había optado por la pintura y no por una carrera universitaria, lo que acarreó deficiencias en mi formación que sólo en parte he podido remediar a través de voraces lecturas. Pero las otras «universidades» a que he aludido también me formaron, y acaso los núcleos más consistentes de mi teatro posterior procedan de la experiencia y la reflexión en ellas acumuladas. Entregado en las prisiones a un trabajo político nunca interrumpido, no dejé, sin embargo, de dibujar retratos y de leer cuanto pude. Algunos pedíamos libros a nuestras familias y nos los pasábamos. Dábamos clases, o las recibíamos, de materias diversas. Si había biblioteca en la cárcel podíamos sacar de ella libros; así leí en El Dueso, entre otras obras, varios tomos de la Historia Universal de la Universidad de Cambridge y unas cuantas novelas de Galdós. Alucinado por el 98 y por corrientes literarias posteriores, lo había leído poquísimo antes de la guerra y con desfavorables prejuicios. En el penal vine a descubrir, con verdadero pasmo, su grandeza.

Había ganado yo, a mis catorce o quince años, un premiecillo literario convocado entre estudiantes arriacenses al que me presenté sólo por divertirme. Quizá para cualquiera, menos para mí, habría estado claro que yo iba para escritor de creación tanto al menos como para pintor. Pero yo ni lo pensaba siquiera; tampoco seguí escribiendo. No lo empecé a pensar hasta mi último año de cautiverio, e incluso imaginé entonces, cuando un compañero de prisión me habló del colegio donde se había educado un hermano suyo ciego, algo del posible argumento de la primera obra que escribí más tarde. En libertad condicional desde 1946, me puse a escribirla y a enfrentarme de nuevo con la pintura al óleo. Me hice socio del Ateneo, trabajé en su biblioteca para sacar adelante algún mísero encarguillo editorial, asistí con asiduidad a la inolvidable tertulia sabatina del Café de Lisboa, asomé por alguna otra del Gijón, me engolfé en la literatura y en el teatro. En 1949 el poeta Garciasol, amigo entrañable de toda la vida, me convenció de que me presentase al nuevamente convocado Premio Lope de Vega y lo obtuve. Se inició así una actividad dramática llena de dificultades y altibajos, mas no exenta de resonancia y éxitos. Pormenorizar todo ello desbordaría los límites de este escrito. He vivido, desde aquel año hasta hoy, mi intransferible búsqueda de logros escénicos y de personales formas teatrales, dentro de la denodada aventura de los escritores españoles del interior resueltos a crear una literatura crítica y renovadora sin dejarse falsificar o anular por el franquismo lo que muchos, por desgracia, no pudieron evitar, ni por tantos menosprecios sistemáticos de dentro y de fuera. Hablen otros de los resultados.

De la infancia procede, ciertamente, casi todo; pero también me he sentido estimulado, para mi realización artística, por los acuciantes conflictos propios o ajenos y por las tremendas experiencias de nuestro país y de nuestro siglo. Pues no todo lo que mueva la creación literaria está ni debe estar en la infancia.


Antonio Buero Vallejo
"Apunte autobiográfico"
(Guadalajara, 29 de septiembre de 1916 – Madrid29 de abril de 2000)