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3497. Exequias de Federico García Lorca

Federico García Lorca en Radio Stentor de Buenos Aires. Marzo de 1934


No importa que hayan sido éstos
quienes de plomo llenaron tu boca,
quienes sellaron para siempre tus labios
con latigazo de blasfemia y pólvora:
Tus labios por los que la patria
nos amanecía en frescor y aurora
en todas tus mañanas estrenadas de versos,
Federico García Lorca.

No importa si han sido éstos
quienes condecoraron tu gloria
con laureadas de injuria y muerte
Federico García Lorca.

Que tú ya estabas asesinado
desde que Ignacio militó en Loyola.
Ya tu grito se alzó con los niños de Flandes
en las mismas hogueras y en idénticas horcas
(el Duque se atusaba rosarios y perillas
mientras el Santo Oficio quemaba tus estrofas).
Ya te han matado los encomenderos,
los golilas y corchetes, las caspas y las costras,
los memoriales y letras procesales,
los autos de fe y las sopas bobas.
Ya has muerto cuando otros miserables
firmaban otra muerte de España en Bayona;
y otra vez cuando la carlistada
soltó sus lobos, como ahora;
y otra con los fusilados de Torrijos,
y con las milicias decimononas;
y cuando te pusiste en el camino de las balas
que de Martí y Rizal buscaban la vena generosa;
y otra vez con los tísicos repatriados
que vomitaba Cuba. Y aún otra
en los barrancos de Marruecos,
donde un rey putrefacto y muy mala persona
jugaba un ajedrez de áulicas estrategias
con lo mejor de nuestra sangre moza.

¡Ya ves si has tenido muertes
Federico García Lorca!

Que a ti no te mataron un balazo aparente
sino con silogismos y jaculatorias,
con “ordeno y mando”, pragmáticas y mitras,
con inciensos y hieles, espuelas y coronas,
con olor a colillas de los cuartos banderas,
con caderas renunciantes de madres superioras,
con los entorchados de los rijosos coroneles,
con los furores de las reinas chulonas
con las hemofilias y los cánceres de oído
de la purulencia borbónica,
con los resecos tufos de conventos,
con novenas, trisagios y 40 horas,
con las majaderías enlevitadas
de las academias marañonas,
con mariconadas de los señoritos,
con hipocondrías provincianas y beatonas,
con las dispepsias de las clases pasivas,
con las letras de “El Debate” y de “Patria Española”...
Ya habían asfixiado tu aliento de malvas
todas las solfataras de las antiguas roñas
y ya te habían lapidado otras cien veces
con todos los vetustos cascotes de la Historia

¡Ya ves si estabas muerto antes de haber nacido
Federico García Lorca!

¡Qué piquetes de fusilamiento
qué ¡apunten! ni qué hostias!

¿Desde cuándo acá los fusiles
matan el aroma de las rosas?

¿Desde cuándo los generales verdugos
ametrallan el color de las amapolas?

¿Cómo podrían frailes, beatas y señoritos
sacarle al rubio Dauro tu nombre de la boca?

¿Y con qué flotilla de aviones nazis
van a matar en nuestra carne tu eucaristía portentosa?

Porque es ahí donde siempre has vivido
Federico García Lorca
y donde siempre seguirás viviendo,
hasta que empiecen y se acaben todas las horas
de esta España que arranca y se inaugura de tu sangre
por ti, para ti, de ti, hacia ti,
nuestro Federico García Lorca.


Eduardo Blanco Amor, 1937
(Fragmento)

(Poesía de Blanco-Amor, para el Recital poético de Mony Hermelo, en el Homenaje de Escritores y Artistas a García Lorca, Buenos Aires-Montevideo, 1937).

consellodacultura.gal









3494. La colonia gallega de Argentina hace un llamamiento de ayuda al pueblo español

Foto: Masferrer


La Agrupación gallega de ayuda al Frente Popular español, Constituida en Buenos Aires, ha dirigido un vibrante llamamiento para recabar la ayuda al pueblo español. 

"Las potencias fascistas —dice— quieren dominarle (al Frente Popular) para convertir a España en una colonia de sus apetencias comerciales y en un apartadero de sus intrigas militares. 

Con él ESTÁN TODOS LOS PUEBLOS DEL ORBE. Por sobre el abismo de maldades y miserias abierto por el fascismo, se ha tendido el puente espiritual de los pueblos que alientan y ayudan al pueblo español. NOSOTROS DEBEMOS ESTAR CON EL. 

Debemos ayudarle para que concluyan de una vez esas horribles "masacres" de seres indefensos, para que no lleven, cada día que pasa, más seres queridos del lado de los suyos y para que no reste al trabajo que eleva y produce brazos jóvenes y fuertes, que sólo el crimen y las apetencias de los privilegiados han arrancado de la paz para sumirlos en una guerra, que no es de hermanos, sino que es del PUEBLO ESPAÑOL CONTRA EL FASCISMO INTERNACIONAL. 

En cada rincón de la República la palabra de orden: AYUDA AL PUEBLO ESPAÑOL. 

Cada entidad debe constituir su grupo de ayuda. Cada gallego, cada hombre o mujer debe unirse a otros y formar grupos locales en la capital o en el interior para AYUDAR AL PUEBLO ESPAÑOL. 

Para sus hijos, para sus mujeres, para sus madres, para sus heridos todos debemos poner en esta campaña nuestro AMOR, NUESTRO PROFUNDO AMOR y lograr para nuestro pueblo lo que el crimen y el pillaje moral le quiere quitar tras la vida, que  le cercena día a día." 


Ahora, 4 de marzo de 1937








3490. Severino Chacón y su evasión de Galicia

Severino Chacón es el secretario general de la Federación Tabaquera Española. Ha conseguido llegar a Valencia, al cabo de un año de guerra. Estuvo escondido meses y meses, y varias veces intentó la evasión. Ahora lo ha conseguido junto con algunos otros compañeros. 

—... Yo salí —ha contado a su regreso— de Madrid el día 18 de Julio, a las siete de la tarde, ajeno por completo a lo que se estaba preparando. Fui a cumplir un deber de organización. Al enterarme de la sublevación, me presenté en el Gobierno civil. El 20 de Julio, por la tarde, estallaron los sucesos. Los obreros declararon la huelga, que duró ocho días. Vencida ésta, la del ramo de construcción duró todavía cerca de un mes. Por fin, los obreros hubieron de reanudar el trabajo. Naturalmente, muchos cayeron en la lucha. Otros quisieron escapar, y pocos lo consiguieron. Han sido muchos, muchos episodios de una gran emoción dramática. Hay uno, sobre todo...

Ahora, en Valencia, Severino Chacón ha recordado este episodio, que tiene un formidable valor trágico. Eran nueve camaradas que tenían en preparación la huida. Entre ellos, una mujer. Todo lo tenían organizado ya, y una barca pesquera les esperaba en Marín. Se embarcaron, y cuando ya se disponían a zarpar, fueron descubiertos. Iban ya a ser detenidos. Ellos, rápidamente, se dieron cuenta de la situación y concibieron, sin más palabras que las necesarias, un plan trágico. Se encerraron en la bodega y prefirieron morir a entregarse. La mujer, con la única pistola que tenían, mataría a sus compañeros. Así lo hizo. Uno a uno fueron cayendo. El último disparo fué para ella. Y cuando sus buscadores consiguieron penetrar en la bodega, ante ellos se ofreció un cuadro dramático. Los nueve cadáveres estaban en el suelo, confundidas las sangres de los cuerpos inertes. 

Tras una pausa de emocionado recuerdo a los camaradas caídos. Chacón habla de su fuga. 

—Por cinco veces intentamos la fuga. Sólo en esta última lo logramos. Salimos en cuatro barcos pesqueros. Después de tres días de navegación, llegamos a la costa de Francia. Y ahora, por fin, a Valencia, con nuestros camaradas... 


Fausto Lamata
Mundo Gráfico, 11 de agosto de 1937







3488. Unas palabras de Machado




Antonio Machado, el gran poeta y amigo de la juventud, nos ha dicho:

"A los que éramos hace treinta años jóvenes se nos hablaba de una revolución desde arriba. En el fondo de una transformación de España a cargo de los viejos yo no he creído nunca en ella, y en esto estuve siempre en desacuerdo con los jóvenes apolíticos de mi generación. La revolución es siempre desde abajo y la hace el pueblo. Una gran parte de la juventud española ha abrazado valientemente la causa popular, y España tiene hoy lo que hace mucho tiempo necesitaba: una juventud sana y enérgica, capaz de mirar serenamente al mañana; una juventud realmente joven." 

Agradece Machado el honor de ofrecerle un puesto al lado de las Juventudes Unificadas, y añade: 

"Yo no soy un verdadero socialista y, además, no soy joven; pero, sin embargo, el socialismo es la gran esperanza humana ineludible en nuestros días y que toda superación del socialismo lleva implícita su previa realización. Soy de los pocos viejos que no creyeron nunca en las falsas Juventudes. Siempre pensé que la renovación de nuestra vieja España comenzaría por una estrecha cooperación del esfuerzo juvenil férreamente disciplinado. Confío en vosotros, que sois la juventud con que he soñado hace muchos años. Con vosotros estoy de todo corazón."


Ahora, 14 de enero de 1937






3485. Un comandante de veintidós años

Uno de los comandantes más jóvenes del Ejército Popular está en la primera Brigada de choque. Se llama José Aliaga. 

Militante de la Juventud Socialista Unificada de Cartagena, marino de oficio, dejó la brisa de su gremio para oponerse a la sublevación. A través de la lucha en Cartagena, Hellin, Albacete, llega a Somosierra. 

Galán se encargó de nombrarlo alférez. Pasa a las órdenes de "El Campesino" y va ascendiendo hasta comandante. Fué en Majadahonda donde se portó como un discípulo de Coll. Los tanques venían contra nuestras lineas y Aliaga los esperó abrazado a la tierra. Ya próximos, se enfrentó con uno hasta destrozarlo con las bombas de mano. 

Salió herido de la pelea, pero ahora, con el galón de comandante, aprovechó la convalecencia para ir por una cartagenera y obligar al jefe de la Brigada a actuar de casamentero. Esta ha sido su última hazaña. 


Antonio Aparicio
Ahora, 10 de febrero de 1937






3481. Antonio Varela Berástegui, "el cura"

Un sacerdote, soldado del Ejército Popular

De sus veinticinco años, doce los ha pasado encerrado entre las frías paredes del Seminario de Pamplona. Nacido en un pueblecito perdido en la agreste Navarra —Villalba de nombre—, su niñez se desarrolló como la de tantos otros pequeños, hijos genuinos del montaraz vasco. A los once años la indiscutible autoridad paterna dispuso su destino: la de sacerdote. 

Y el que de niño entró en los claustros salió ya hombre, vistiendo las togas del sacerdocio. 

Fuera del contacto con la realidad, fue anidándose el afán de luchar por el bienestar de la humanidad. Ensimismado en sus libros, soñaba que el mundo cristiano había de estar en consonancia con sus escritos. Y al cumplir los veinticuatro años, sin más bagaje de experiencia que la aprendida en las páginas, salió hacia un mundo tan distinto al soñado.

Destinado al pueblecito de Navagalamella (Madrid), ejerció su ministerio en forma muy distinta a la que nos tenía acostumbrados el clero español. Se colocó junto a los necesitados. Y los umbrales del cacique no supieron de su presencia. Solamente los traspasó en determinada ocasión: setenta familias padecían los rigores del invierno en frías chozas. El sabía que si los ricos quisieran la situación se remediaría. Y recurrió a ellos. 

Se le oyó fría y despectivamente. Y al hacer hincapié en sus peticiones se le contestó con ira reconcentrada: 

—Parece mentira... Eso que nos pide lo hacen también los revolucionarios. Usted es un comunista.

 —Yo no soy sino sacerdote. Nunca me han interesado las luchas políticas. Pero reconozco que ellos coinciden conmigo. Quieren, como yo, un mundo más humano y justo. 

Y desde entonces la guerra de los ricos contra el nuevo sacerdote entró en periodo franco y abierto. 


Octubre 

En el Seminario de Pamplona la paz monótona y ritual fue rota en la mañana del 6 de octubre del 34. Los seminaristas, alarmados ante el tiroteo de fuera, corrían inquietos de celda en celda, inquiriendo noticias. Nadie se las dio. La curiosidad se estrelló ante el hermetismo del mayor. 

El tiroteo cesó días después. Nueva paz volvió a reinar en la mecánica vida de los alumnos. Pero algo se susurraba. Se decía que el pueblo había intentado sublevarse contra sus verdugos. Pero había que callar. 

Y así dos años más. Al terminar sus estudios se le entregó el nombramiento. Y al llegar al pueblo destinado, al formar las escuelas en favor de los hijos de obreros y campesinos, en sus clases, veía las huellas del hambre reflejadas en las caras infantiles. Y desfilaban en imagen los días de un octubre, para él misterioso, en que una rebeldía santa impulsó el levantamiento. 

Y sin perder la fe en sus doctrinas, cada día se acercaba más a los pobres. 


Y surgió el 16 de julio... 

En el pueblo, todos le querían y veneraban. El nombre de Antonio Varela Berastegui "el cura", era pronunciado con respetuoso cariño. Hasta que un día...

Un nuevo levantamiento surgió en España. Pero ahora era distinto. El era libre de elegir. Y consecuente con su línea, eligió. Se colocó al lado del pueblo. Y Navagalamella le amparó. Puso guardia en su casa para evitar que incomprensivos de fuera le ocasionaran disgustos. 

Pero "el cura" quería ser útil a la causa del pueblo. Y al hablar con él, me dice: 

—Yo continúo creyendo como antes. Fiel a la causa de los oprimidos, cambié mis ropas de sacerdote por la de miliciano. Esta decisión la tomé libremente. Nadie me forzó en esta resolución, sino mi voluntad. Yo podría vivir cómodamente en mi pueblo rodeado del cariño de mis amigos. Pero era preciso hacer algo por la victoria. Ayudarles a conseguirla. Y el 17 de agosto decidí enrolarme en el tercer batallón del primer regimiento de voluntarios de Asturias: "Solicito incorporarme en vuestro batallón. Soy sacerdote. Pero defensor de la causa del pueblo". 

Se acordó pedir informes a Navalagamella. Cuando llegaron se le admitió. 

Con orgullo me muestra su carnet con el número 61 del batallón. 


Yo no soy político 

—En el batallón —me dice— "los camaradas" me trataron con cordialidad y afecto. Se admiraban de que yo, sacerdote, pudiera comprender su lucha, que hice mía. En ocasiones se despertaba en alguno determinada curiosidad por saber mis ideas políticas. 

—¿Tú qué eres, comunista, republicano o socialista? 

—Sacerdote. 

Los "camaradas" me decían una verdad que yo comparto: 

—Nosotros, si perseguimos a los sacerdotes no lo hacemos por el mero hecho de serlo, sino por erigirse en enemigos de la clase trabajadora. Pero los que como tú han estado con nosotros... Quienes como tú saben de nuestras miserias y privaciones, no recibirán de nosotros daño alguno. Son hermanos nuestros.


Herido 

El 22 de enero ingresó en las Milicias Vascas. Pero antes fué herido. En los combates del 10 de noviembre en la Casa de Campo el ex sacerdote Antonio Varela Berastegui, como un miliciano más, estuvo en su puesto de combate. Un obús estalló cercano y le alcanzó. Recogido por sus compañeros comprobaron que estaba herido en las dos piernas. Diez casquillos en la derecha y cinco en la izquierda. 

Ingresó en el hospital. Restablecido, no se acobardó. El había de continuar su línea de luchar con el pueblo contra la amalgama de invasores, interesados en sojuzgar nuestro suelo, e ingresó en los batallones formados por sus hermanos de raza. 

Ahora el Gobierno vasco le reclama. Dentro de unos días el que ayer fué sacerdote, soldado hoy del Ejército popular, abandonará el invicto Madrid camino, de Euzkadi, después de haber mostrado ser un flel defensor de la causa del pueblo. 


Aurora
Ahora, 13 de abril de 1937








3473. Carrasco, el estudiante de medicina terror de los tanques enemigos

Un estudiante en las barricadas 

La historia es breve, pero apretada de heroísmo y de fervor por la causa del pueblo antifascista. Sus pocos años no le han permitido, a la hora de la biografía minuciosa, la exposición de largos capítulos vitales con dilatadas pausas de tiempo entre uno y otro. 

El era estudiante de Medicina. Y de la F.U.E. Poco más de veinte años, sanos y fuertes, cantándole cada día en el oído una romanza apretada de gritos reivindicadores. Estaba al final de la carrera y ya habían pasado delante de sus ojos los episodios de un film doloroso en el que era protagonista una España entregada a la dirección de sus enemigos, que hacían blanco de sus iras en la carne juvenil de los estudiantes, con un temblor viril de protesta a lo largo de las calles, vigiladas por guardias incondicionales de lo que la Dirección de Seguridad representaba entonces. Cuando Mola organizó el asedio y conquista de la Facultad de Medicina, planeada sobre mapas urbanos perfilados de odio, fue él uno de los que más alto pusieron su grito de protesta ante la granizada de plomo que caía en las salas de operaciones y la réplica contundente de la legítima defensa a la agresión injustificada. 

Luego, cuando ya le faltaba poco para dar el adiós a la vida estudiantil y recoger su título con el que irse, probablemente, a esconder sus sueños en un pueblo, donde tomar el pulso en habitaciones de adobe y mal cobrar la iguala anual, estalló la sublevación fascista. Cuando, en la noche del 18 de Julio, la voz ronca de la Radio arañaba la garganta de todos los altavoces con las últimas noticias de cada minuto, y el pueblo ponía un gallardete de gritos en el silenció de las calles expectantes, pidiendo armas con que oponerse a la traición, él dejó la habitación escueta, con montones de papeles revueltos, de la casa de huéspedes y se unió a la multitud. El amanecer del día 19 le cogió abrazado a un fusil y vigilando una calle. Pocas horas después, cuando los primeros camiones erizados de obreros con mono y gritos proletarios pasaron junto a él, buscó un hueco y se marchó a la Sierra, a rellenar con su pecho la barrera de pechos heroicos con que se paró en seco el avance del fascismo. 


La Sierra, Talavera... 

Después vienen los días largos de la Sierra, con vientos finos y sol alto, y una desesperación interior ante la pareja de fusiles para cada cinco hombres. El gesto heroico de cada miliciano, dispuesto a ser ejemplo de los demás y punto de partida para la columna apretada de nombres heroicos. Horas largas de aguzar la pupila y el oído para el descubrimiento de la traición solapada, acechando con rúbrica de paqueo certero, entre los riscos pelados del paisaje castellano. Después, las horas dramáticas de Talavera, frente a un paisaje barroco de moros sobre caballos caracoleantes corriendo la pólvora de los fusiles y de los gritos, ávidos del botín ofrecido. Y más tarde... 


Bombas de mano contra los monstruos de hierro 

Más tarde, una aurora roja de explosiones violentas, entre cuyas melenas de pólvora se grabó un nombre que pocas horas después había de correr toda la España leal entre rúbricas de admiración. El suyo. Este: Carrasco. Las vendas de los carteles sobre la frente herida de las esquinas pregonaron durante muchos días su nombre, como estímulo para los demás. Un día se tendió en un camino por el que avanzaban los monstruos de acero de los tanques fascistas, dispuestos a deshacer carne proletaria con las muelas rugientes de las ruedas en las trincheras leales. Carrasco no vaciló. Esperó con pulso firme la llegada de los monstruos, sin importarle la semicircunferencia de disparos que sobre el polvo del camino trazaban, cada vez más próximas, las ametralladoras de los tanques. Luego se levantó, jugó el brazo con la gracia deportiva de un discóbolo griego, y lanzó la primera bomba. Luego, otra, y otra, y otra... Así, hasta que rasgó el vientre de acero de tres tanques, mientras los otros volvían grupas apresuradamente para la huida, bloqueada de pánico. Muchos días siguientes se cuajaron en efemérides de nuevas hazañas. Aquel sector próximo a Madrid durmió tranquilo muchas noches con la garantía de la vigilancia de Carrasco. 


"Morir es lo de menos" 

—¿Y ahora, Carrasco? 

—Ahora sigo luchando. He recorrido todos los frentes próximos a Madrid. En ellos sigo aportando mi esfuerzo para ganar la guerra. 

—¿Cuál fué tu impresión cuando viste los tanques a pocos metros? 

—Figúrate... En esos instantes no se acuerda uno de nada. Ni de la hora en que se nació, ni de la familia, ni de nada. La impresión es de lo más grande y sublime que se puede recibir. 

No cuenta más. Es un hombre tallado en modestia. Que rubrica con estas palabras, sinceras y rotundas: 

—Lo importante es luchar. Morir es lo de menos. 


Antonio Otero Seco
Mundo Gráfico, 21 de julio de 1937





3472. Héroes del Tercer Reich

La Legión Cóndor en el Puerto de Vigo


Más de una vez los diplomáticos alemanes han asegurado: "En España no hay soldados nuestros; sólo algún que otro voluntario..." 

A mi lado está un fuerte muchacho. Frente estrecha, ojos de poca expresión, buena musculatura. Es Gunther Loning, sargento del Ejército alemán. El no es entusiasta ni fanático. El es un simple sargento. En los cuarteles de Gripwald mandaba: "Firmes". Bebía cerveza y gritaba "Heil Hitler". Luego vino la orden. A Gunther Loning, y con él a otros sargentos, tenientes y cabos los llevaron a Hamburgo. Los embarcaron en el "Niguea". El capitán ordenó rumbo al Sur: a la primera colonia del tercer Reich, a los puertos ocupados por Franco. 

El 27 de enero, "el Ejército nacional" del general Franco se completó con otro patriota español más: el sargento Gunther Loning empezó a defender las santas tradiciones del Cid y de Cervantes. Para esto le metieron en un "Junkers". Era ametrallador, y cuando tenía ocasión tiraba sobre las mujeres y niños españoles. El tenía ganas de encontrar a su madre.. ¡Qué magníficas palmeras crecen en las colonias alemanas! Pero el capitán Kauffmann dijo: "Se prohibe escribir a la familia; que os encontréis en España". 

Yo pregunto al sargento: "¿Su madre entonces no sabe dónde está usted?" 

Gunther Loning sonríe: "Lo presume". 

El sargento alemán no es tan tonto. ¿Dónde va a estar ahora sino en España "

El 23 de febrero el capitán Kauffmann ordenó bombardear a Puertollano. Cerca de Andújar el "Junkers" tuvo una avería. Perecieron tres alemanes. Gunther Loning se salvó con un sólo chichón en la frente. ¿Por qué ha bombardeado usted Puertollano? Contesta indiferente: "Hemos probado el efecto de las bombas tirándolas de distintas alturas. 

—¿Por qué ha venido usted aquí? 

—Yo soy soldado y obedezco al mando. 

—¿Es posible que no se haya preocupado usted para qué le han traído a España? 

Guniher Loning me mira extrañado: 

—Un soldado alemán nunca debe pensar. 

Tiene veintidós años. Le han enseñado a tirar. Pero a pensar no le han enseñado. En su libreta de notas tiene apuntados con letra gótica los nombres de los tenientes y sargentos. Después siguen las señas de un degenerado burdel de Sevilla. Gunther Loning recuerda con melancolía: "En Sevilla hay un establecimiento con clientela alemana y cocina alemana..." Resulta que los tenientes y sargentos comen, entre las palmeras, salchichas de Francfort. 

¿De qué hablan? ¿De la guerra, del pueblo español, de los ojos rabiosos de la ciudad, donde los fascistas han fusilado la mitad de la población? Gunther contesta ruborizado: "Hemos hablado de las muchachas". 

Se acerca un español. Pregunta al sargento: "¿Por qué hace usted la guerra contra nosotros?" Gunther Loning le miгa por debajo de las cejas. 

Es difícil creer que es un hombre vivo el hijo de un sastre de Hannover, que ha estudiado en un colegio, que tiene el pelo rizado. Todos estos datos son casuales y no tienen importancia alguna. El no es más que un sargento, y la ametralladora que él servía es mucho más viva, tiene más personalidad y es incluso más humana. Gunther es el representante ideal de esta nueva raza fascista que se fabrica ahora en el Tercer Reich. Es terrible y lastimoso al mismo tiempo. Francamente, asesinaba a los españoles sin molestarse en pensar qué daño había hecho esta gente a su infalible "führer". 

¿Qué le importa la vida ajena? En cambio, tiene un interés enorme por la suya propia. Continuamente pregunta: "¿Qué van a hacer de mí?" Y murmura: "Me tratan bien..." 

Llama el teléfono. Los bombardeos alemanes acaban de realizar un vuelo sobre Gandía. Hay nueve muertos, entre ellos dos niños. Gunther Loning mira indiferente a un lado...

Otto Winterer era soldado de Caballería. Es capitán del Ejército alemán. No es un novato. En España se encuentra desde noviembre. En noviembre los alemanes eran mucho más tímidos; a Otto Winterer le ofrecieron, antes de venir, firmar la petición de retiro. Gunther Lonning, que se marchaba en enero, ya no tuvo que firmar nada, ¿para qué estropear el papel en vano? 

Otto Winterer es más blanco y más inquieto que Gunther Lonning. Lleva una raya perfecta. Ha sido piloto en un Heinkel. El 24 de febrero tuvo que hacer un aterrizaje forzoso cerca de Navalmoral. Otto Winterer sonríe a todos: al guardia, a un marroquí preso, al retrato de Largo Caballero. El tiene cinco años más que Gunther. También repite eso de que el soldado alemán no piensa.

Pero tenía un pequeño pensamiento. Por ejemplo, quería ascender al grado inmediatamente superior. Tres abuelas del capitán le eran totalmente arias, pero la cuarta le fastidió. Al capitán no le ascendían; el 25 por 100 de la sangre impura resultaba ser una barricada infranqueable. El capitán calculó —con la sangre de las mujeres españoles podía arreglar su sangre—. Murmura sonriendo: "He calculado mal". Tenía haber pedido el retiro total. Le habían dicho que el vencer a los españoles era un juego, y resultó ser una guerra de verdad. 

Con un desprecio profundo habla del capitán, del general Franco y de los oficiales españoles. "Esto no es el Ejército alemán. No valen nada". 

Sí, no había contado con algunas cosas. No presumía que iba a caer en manos de los republicanos. "Realmente me he equivocado...". No le queda más remedio que regalar sonrisas amables. 

Esto son los héroes del Tercer Reich: el capitán con la raya perfecta, que soñaba con el ascenso, y el sargento que en su vida había conocido más que los discursos de su "führer" y las señas de diversos burdeles. 

Los escombros de Madrid; Cartagena, miles de cadáveres de mujeres y niños. ¿Por qué? 

"Un soldado alemán no debe pensar nunca." 


Ilya Ehrenburg  
Ahora, 11 de marzo de 1937