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2301. El Puerto de Alicante

Puerto de Alicante, 1 de abril de 1939. Concentracion de tropas fascistas italianas


El puerto era un hormiguero.

Leo dudaba de que Emilio les pudiese encontrar entre tantos miles de personas; como pudo llegó al rompeolas y buscó un sitio lo más visible para que Emilio las viera. Por todas partes encontraba caras amigas. Había grandes grupos sentados en círculos, otros no podían permanecer inactivos y caminaban nerviosamente. A horcajadas, sobre el pretil del rompeolas se apiñaban cientos de personas mirando al agua, como obsesos.

La mayoría habían llegado el día anterior, procedían de toda la costa levantina, Orihuela, Elche, Valencia, y miles de castellanos y madrileños. Más de quince mil personas se hacinaban en el pequeño puerto.

Leonor se sentó en una piedra incrustada en la arena. Seguramente en lejanos tiempos fue una pequeña roca, ahora brillaba pulida por el continuo lamer de las olas. Dio de mamar al niño que cogió la teta con verdadera fruición. Lucía un sol espléndido y el olor salino del mar saturaba el aire.

Echados sobre la arena, con los fusiles de almohada y el rostro hacia el sol, se esperaba; no se hablaba, de vez en cuando se incorporaban para mirar al horizonte.

Leonor pensaba que ahora que todo estaba perdido, necesitaban hacer una suma de posibilidades de salvación por si los barcos prometidos no llegaban. “Emilio, sobre todo, se tendría que salvar a toda costa, en ello le iba la vida”. Miró a Laura que echada en la arena descansaba del infernal viaje. Se la veía pequeña, casi una niña, extremadamente delgada, no tenía más que ojos en la cara, sus largas pestañas sombreaban sus pómulos salientes. No
se quejaba, pero su estómago hundido revelaba la tortura de la falta de alimento. Tenía diecisiete años y hacía casi un mes que no ingería una comida sólida.

Un hombre se incorporó sobre un codo y las miró; había en su mirada la decepción de no esperar nada, el vacío de la desesperanza; dirigiéndose a Leo preguntó: “¿De dónde venís?”.

—De Madrid.

—¿Qué comes para amamantar a ese pequeño?

—Hasta ayer, naranjas y boniatos.

Metió la mano en el bolsillo de su sahariana, sacó un puñado de azúcar, y sin decir palabra se lo ofreció. Leo lo cogió y se llenó la boca; la mitad se la dio a su hermana. Algunos granos de azúcar habían quedado pegados en la palma de la mano, la acercó a la boca del niño y éste la lamió dejándola limpia.

—Allí, al otro extremo —dijo el hombre señalando con la mano— había sacos; campesinos que entraban ayer, traían víveres para embarcar.

 —¿Dónde? —preguntó Laura—. Se levantó y se dirigió donde el hombre la señalaba.

Con Laura venían tres compañeras de Madrid. Una traía un bote humeante en las manos, Laura un gran papelón de azúcar y un trozo de tocino.

—Hola Leo —saludaron—. Un grupo de Madrid, estamos en la parte baja de la playa, venid con nosotros.

—Estamos esperando a Emilio, él nos buscará aquí.

—Te hemos traído esto. Son lentejas que hemos hervido. Nos dijo Laura que no tenéis nada. Nosotras hemos sacado de por ahí lentejas y tocino; ya hemos improvisado hasta una cocina, cuando venga Emilio bajar con nosotros.

El hombre se dirigió a Laura:

—¿Qué, pequeña, encontraste azúcar?

—Ya lo creo, y hasta un trozo de tocino también. ¿Tiene una navaja?, le voy a dar un poco.

—No, para vosotras, cuando tenga hambre buscaré.

Se comieron las lentejas hervidas, estaban malas como rayos no tenían ni sal pero no dejaron ni una en el bote, después un trozo de tocino y un puñado de azúcar. Se quedaron tan repletas que parecía que nunca habían pasado hambre. Aún guardaron una parte para Emilio. Laura se llevó al niño al agua y Leonor se quedó esperando, no se atrevía a moverse de allí por temor de que Emilio no las encontrara.

Pasó la mañana y parte de la tarde y, cuando en el horizonte aparecieron los primeros tintes rojizos del crepúsculo y el puerto y la playa perdían la luminosidad del sol, cuando ya casi le ahogaba la desesperanza le vio aparecer. Corrieron el uno hacia el otro, se abrazaron estrechamente sin palabras; Ramón que venía con Emilio dijo:

—Bueno, ya está bien. ¿Y para nosotros no hay nada?

Ramón era alto y fuerte. Minero asturiano, luchó en Oviedo hasta la caída de la capital, por quedarse de los últimos pudo salir. Estuvo escondido y después pasó a la zona republicana. Era un tipo singular, macizo y pesadote; pero en la lucha se empequeñecía y embestía con la rapidez de un felino. Cogió a Leonor y a Laura y las levantó del suelo con su abrazo.

En el grupo también venía Juan. Le llamaban el “filósofo”; de cara angulosa y ojos y cabellos claros, enjuto; adivinábase en él voluntad y nervio. Simbolizaba a su raza celtíbera; había bajado de las montañas para unirse al ejército republicano. Por nada se inmutaba y para todo encontraba una “razón filosófica”.

—¿Qué noticias hay?, ¿vendrán los barcos? —preguntó Leonor.

La miraron sin contestar. Ella los miró también, y vio algo en ellos que la hizo temblar.

—¿Cuándo habéis llegado?

—Hace una hora.

—¿Habéis comido?, tenemos azúcar y tocino.

—Sí, hemos comido, guardadlo bien —contestaron ellos—, hay que prepararse a pasar la noche, buscaremos un sitio para acomodarnos.

—En la playa está Paquita y un grupo de Madrid; nos han dicho que vayamos.

—Pues, en marcha.

Emilio cogió al niño y los cinco se dirigieron en busca de sus camaradas.

Cuarenta y ocho horas llevaban en esa faja de tierra, única ya de la que fuera la España Republicana que podían pisar. Pero tampoco era libre, la habían convertido en un campo de concentración. Habían rodeado el muelle y el trozo de playa en el cual estaban hacinados con una muralla de camiones y con ametralladoras mirando hacia ellos. No había retroceso, el mar o el plomo; los barcos salvadores o la prisión y la muerte.

El mar parecía insensible al ansia de los treinta mil pares de ojos que lo devoraban con la mirada. De tanto mirar los ojos se habían familiarizado con las gaviotas y se las envidiaba por tener alas. Los hombres arrastraban su impotencia y su rabia, callados y taciturnos; apretaban en su costado las pistolas que aún conservaban y limpiaban, los fusiles, como si aún les pudieran servir. Se pasaba hambre y se buscaba a los campesinos que habían entrado al puerto con zurrones de comida.

En la mañana del tercer día corrió la voz de que llegaban los barcos. ¡Los barcos!, corría la noticia de unos a otros. ¡Hurras y vítores!, salían de muchas gargantas. Una alegría desbordada se apoderó de aquellos hombres y mujeres porque creían tener ya al alcance de la mano su salvación. Se hacían cábalas de cuántos barcos llegarían; cómo se embarcaría; si serían ingleses o franceses y hasta se formó un Comité para organizar el embarque.

Alguien se subió a un pretil y reclamaba silencio. Se iban a dar las instrucciones del orden por el cual se tenía que embarcar.

“Lo harán primero los militares de mayor graduación; después los dirigentes políticos de mayor responsabilidad…”. Había voces preguntando si no había “Barcos para todos”, “tenemos que salir todos, nadie se puede quedar”.

En otro lado un militante comunista también hablaba a la multitud. “La Sociedad de Naciones, ¿cómo confiar en ella? Seamos realistas camaradas, no nos dejemos engañar por el deseo de salir de esta ratonera. La Sociedad de Naciones nos ha traicionado siempre, con su política de “no intervención” bloqueando a nuestro gobierno, a nuestro pueblo. Nos han embargado los envíos de armas, que aún están paralizados en la frontera francesa, con lo cual, de forma real han desarmado en buena medida al ejército republicano. Nos han aislado mientras permitían la ayuda masiva de Alemania e Italia a la zona fascista; nuestro gobierno cumplió el compromiso de que no quedaran en España fuerzas extranjeras y salieron de nuestra zona las Brigadas Internacionales; pero y ¡¿los fascistas lo cumplieron?! ¡NO!, y eso ha sido con el beneplácito de los “señores” que hoy esperamos que envíen barcos para salvarnos. Al otro lado de la frontera, están nuestros hermanos catalanes y buena parte de nuestro ejército metidos en campos de concentración. Alemania, estos días se ha engullido a Checoslovaquia, y Francia e Inglaterra no mueven un dedo. Sus concesiones miedosas ante el avance del fascismo en Europa cada día son mayores. ¿Cómo queréis que nos saquen de aquí? No son los pueblos inglés y francés quienes tienen los barcos, son sus gobiernos, y éstos no nos los mandarán, nos dejarán aquí. ¡Hay que buscar la salida como podamos camaradas y compañeros!…”.

Se levantó un murmullo y voces ¡derrotista!, ¡derrotista!, gritaban a la cara del orador. No podían ni querían creerle, eso era tanto como matar sus últimas esperanzas. La esperanza de su salvación, porque la Sociedad de Naciones sabía que de dejarles ahí, les entregaba a una muerte segura y eso no lo podría hacer. No, los barcos vendrían, había que tener paciencia.

Un barco se acercaba, ahí estaban, era verdad, llegaban los barcos. Muchas voces gritaron que eran barcos ingleses. La masa se apiñaba de todas partes para ver el barco…, estaban allí los ingleses…

Aquel barco llegó de vacío y de vacío se fue. Se llevó a bordo a unas señoras inglesas pero ni un solo republicano pisó su maderamen.

Juan sin inmutarse ni un músculo de su cara dijo al grupo:

—Habrá que buscar cómo salir de aquí, no vendrán barcos, tendremos que salir por el mar si no podemos por tierra.

—Sí, hay que buscarlo ya, mañana podría ser tarde —afirmó Ramón.

—Yo no puedo irme con vosotros, sería una rémora —dijo Emilio—, que se vaya Leo.

Hacía dos días que Emilio tenía 40 grados de fiebre y no podía tenerse en pie, la herida del pulmón se le había abierto por falta de alimento y el mucho trabajo de los últimos meses. Leo le acarició la cabeza y besándole le dijo: “no me iré, yo también sería una rémora con el niño, tú no estás en condiciones de quedarte con él”.

—Vete Leo, yo me quedo con el niño y Emilio —le pidió Laura.

—No hablemos más de ello, nosotros no podemos irnos, al menos de momento, si Emilio se pone mejor y no es demasiado tarde, encontraremos el modo de salir.

Cuatro días, las noches eran húmedas y frías. Sucios y hambrientos. Ya no se miraba al mar. Había llegado la hora de contar con uno mismo, de individualizarse. El día 30, un día gris y frío los italianos al mando de Gambara tomaban el puerto. Los italianos subidos en los camiones les miraban; muchos de ellos vestían sus famosas “camisas negras” resaltando la calavera que simbolizaba su uniforme fascista. Se había perdido toda esperanza, por eso los movimientos empezaban a ser individuales, no cabía esperar la salvación de todos. Se trataba de saber si en el escaso tiempo —quizá sólo horas— en que aún podían disponer de ese trozo de tierra había posibilidad de zafarse de aquella ratonera. La evasión era ya difícil, había que salvar los reflectores para deslizarse como un reptil por algún hueco, contar con los propios nervios, con la propia habilidad para si la salvación era por mar nadar como un pez sin mover las aguas; había que darse prisa, nadie sabía por cuánto tiempo ese singular campo de concentración estaría considerado “zona neutral”.

De forma febril todos buscaban “algo”: ¿cómo?, ¿por dónde salir de allí?, pero también los había con tal desesperanza que su única huida, su auténtica evasión era la muerte. Sonó un disparo, los que estaban cerca vieron como un hombre vestido de uniforme se desplomaba en la arena con la cara destrozada, se había dado un tiro en la boca levantándose la tapa de los sesos.

Las ametralladoras enfilaron hacia donde había sonado la detonación; los amigos le echaron una chaqueta sobre la cara, “otro que no ha querido salir de aquí con vida” —dijo Emilio.

Este no era el primero que se quitaba la vida en el puerto.

Las detonaciones desde hacía dos días se sucedían con bastante frecuencia.

La noche anterior se habían marchado Ramón, Juan y Paquita. Abrazaron estrechamente a sus amigos. Una emoción que les impedía hablar les embargaba a todos. Durante tres años fueron juntos por el mismo camino y ahora se separaban sin saber si nunca más volverían a verse.

El abrazo fue largo, entrañable. Leo les vio partir y perderse entre la multitud con los ojos llenos de lágrimas. El primero de abril, fuerzas franquistas, junto a las tropas invasoras italianas, hablaron por los altavoces dando fin a la tregua. En ese momento acababa de perderse la última tierra de lo que fue la España republicana.


Juana Doña
Desde la noche y la niebla











2270. El éxodo



Valencia reventaba, la capital levantina era estrecha para albergar la riada que llegaba por la carretera procedente de Madrid. Camiones y coches que tenían que ir al paso de la multitud, desembocaban en la ciudad de noche y de día, incesantemente, sin parar, arracimados y compactos. A lo largo de la carretera las gentes extenuadas se quedaban en las cunetas para descansar. El aire estaba impregnado de olor a azahar y a tierra fértil. Las naranjas al alcance de la mano les servían de alimento.

En Valencia las casas estaban abarrotadas, no había hoteles ni pensiones, todo desbordaba. Valencia era el último baluarte, el punto de concentración. Su puerto y el camino abierto a los puertos de Alicante y Cartagena, eran las tablas de salvación de los vencidos. Allí estaba el mar y todos tenían esperanzas de poder embarcar. Ahora cuando todo estaba perdido, lo importante era salvarse, no dejarse atrapar.

Las calles valencianas tenían un colorido abigarrado: soldados con fusiles al brazo de todas las armas, de todos los cuerpos, caminaban de un lado para otro, buscando, indagando la forma de salir. Hombres y mujeres de todas las edades llenaban las calles; la Plaza de Emilio Castelar estaba invadida por una muchedumbre que no encontraba refugio a techo cubierto. Se repartían sacos de jugosas naranjas; miles y miles eran consumidas por los refugiados, toda la plaza amarilleaba sembrada de cáscaras.

A los domicilios de Partidos y sindicatos no se podía entrar; escaleras, pasillos y despachos estaban llenos de personas que querían saber dónde, cómo y cuándo iban a salir. Las gentes iban a la playa para descansar en sus aguas, los doloridos pies reventados por las ampollas.

Valencia, que había sido la gran ubre que amamantó a Madrid, que recibió en sus pueblecitos alegres y soleados a millares de evacuados madrileños y andaluces, ahora tenía que hacer el último esfuerzo: encajar el golpe de la avalancha, ayudar a sus hermanos en la activada final.

Seguían afluyendo huidos de Madrid que traían noticias del engalanamiento de la ciudad por la “quinta columna” para recibir a las tropas de Franco.

¿Qué pasaría, si aún estaban en la capital levantina esperando no se sabía bien “qué”, cuando ya Franco hubiese dado por terminada la guerra? ¿Cómo salvarse?… Se hablaba de la llegada de unos barcos de la Sociedad de Naciones que embarcarían a todos los que lo desearan…, pero ¿cuándo llegaban?, aquello no podía ser una ratonera, no podían dejarles allí. Miles y miles de personas pululaban por las calles. Sobraban manos. Se esperaba el momento de poder emplearlas en “hacer algo”, en organizar la salida definitiva.

Corrió la noticia como reguero de pólvora: “No llegaban los barcos a Valencia”. ¿Dónde ir entonces? “El puerto de Alicante”. Aquel puerto había sido declarado “zona internacional” por la Sociedad de Naciones. Se decía que ese trozo de tierra sería respetado para que esperasen allí los que querían embarcar. Los gobiernos francés e inglés enviarían barcos suficientes para las casi treinta mil personas que esperaban pudiesen abandonar España. Las noticias iban de boca en boca. A nadie se le ocurría pensar que no estaba su salvación en Alicante. Un movimiento de reflujo se produjo en todos. Se dejó de deambular y empezaron a moverse con actividad febril.

El nuevo éxodo había comenzado. Ahora era Valencia la que se vaciaba; los que tenían medios enfilaron la carretera de Alicante; en los coches iban hasta encima de los “capots”; en los camiones se prensaban para no dejar un solo hueco; los que no disponían de esos medios acudían a los organismos oficiales, a los partidos y sindicatos; los más impacientes a pesar de su fatiga, seguían reventando los pies en el camino, con la esperanza de encontrar vehículo por la carretera.

A las tres de la madrugada Leo y Laura estaban esperando en la Casa del Partido su salida. Todo el local estaba lleno de hombres y mujeres esperando para poder salir. Leo tenía al niño dormido sobre sus piernas, Laura apoyada en su hombro dormitaba. Ella no podía dormir; llevada ocho días en Valencia y apenas había pegado los ojos. Su cara reflejaba las huellas del cansancio, grandes ojeras circundaban sus ojos y las mejillas estaban enflaquecidas y pálidas. Allí sentada pensaba en las muchas veces que en estos tres años había venido a Valencia: ¡qué distinto todo!, venía en misiones de trabajo, en viajes rápidos de tres y cuatro días; entonces Valencia le aparecía un emporio donde se podía encontrar Cernida con bastante facilidad. En la “Marcelina”, en la playa, cara al mar, se comían paellas con sabor a “tiempo normal”; no era una plaza asediada, había alegría, olor a flores, los naranjales perfumaban el aire. Sus gentes de tradición republicana luchaban en todos los frentes, trabajaban en los campos para abastecer a Madrid y su fértil tierra mantenía a todo lo largo de la provincia millares de refugiados.

Leo recordaba Minglanilla, entre Valencia y Madrid, pueblo en el cual todos los que iban o venían de Madrid se paraban a comer. Minglanilla se había hecho célebre por sus huevos gordos como puños, su vino tinto y sus patatas fritas con ajetes. Ahora veía a gentes de toda la región huyendo de sus ricos campos, dejando sus casas, llevando únicamente con ellos un pequeño bulto.

La atmósfera estaba cargada por el humo de los cigarrillos, se fumaba con fruición y nerviosismo; cigarrillos que se encendían con manos impacientes y muchos de ellos tirados a medio consumir, medios cigarrillos que otros días constituían un tesoro.

Leo sentía sed y, le escocían los ojos por la pesadez del ambiente. Les habían dicho que Emilio se reuniría allí con ellas y que saldrían antes del amanecer. Ya casi estaba clareando.

—Tengo frío —dijo Laura.

Leo se quitó la bufanda que llevaba al cuello y se la dio.

—¿Creéis que saldremos de aquí o nos quedaremos con el rabo entre las piernas? —preguntó una mujer que estaba a su lado.

—¡Vaya “estampía”!, yo hubiese seguido defendiéndome hasta con los dientes. ¡Es asqueroso estar esperando camiones para huir como conejos!

Leo calló. La amargura y desesperación se había apoderado del ánimo de muchos, todos los que estaban allí sabían que de quedarse les costaría la vida, pero era tremendamente doloroso marcharse así, en “estampía” como decía la mujer.

Alguien gritó: “¡Ahí están los camiones!”. Todos se levantaron y desapareció el sueño, los ojos brillaban, se recogían bultos, se arreglaban cinturones, todos querían alcanzar la puerta.

Un hombre joven subido a una silla extendía las manos pidiendo silencio. Empezó a hablar “han llegado cuatro camiones, no han podido enviar más de momento; primero saldrán las mujeres y los niños, les llevan a Alicante. En los próximos saldrán los hombres. No pueden llevar bultos, todo el espacio es poco hay que ir de pie y comprimidos”. Las mujeres y los niños se pusieron en fila.

—¿Y Emilio, nos vamos sin saber nada de él? —preguntó Laura.

—Nos iremos, él sabe que estamos aquí le dirán que hemos salido y nos buscará en Alicante, —contestó Leo con sequedad.

Leo estaba angustiada sin saber de Emilio, desde que llegaron a Valencia se habían separado, a él se le había incorporado a los Comités de Evacuación y sólo una vez se habían visto en aquellos días. Irse sin él era para ella angustioso pero no podía quedarse, esta era la única oportunidad de salir, Emilio las buscaría.

Los camiones se llenaban rápidamente, Leo miraba con ansiedad a la puerta de la entrada; de pronto le vio, iba abriéndose camino y buscándolas con la mirada.

—¡Emilio! —gritó.

Llegó hasta ellas, la cara le renegreaba por la barba que le cubría, los pómulos los tenía más acentuados. Al besarle Leo se dio cuenta de que tenía fiebre.

 —¿Te sientes bien? —preguntó.

—Perfectamente. ¿Y vosotras?, ¿tienes leche?, ¿qué habéis comido?

—Estamos bien, no te preocupes.

—Vosotras marchad ahora, yo iré detrás. Nos encontraremos en el puerto, alrededor del rompeolas…, un poco más y enseguida estaremos juntos.

Se besaron con un beso lleno de incertidumbre, los dos eran conscientes, de que de aquí en adelante, las cosas serían difíciles, muy difíciles. El niño reía y le acariciaba la cara, que encontraba extraña y áspera.

El trepidar del motor, los baches, el inmovilismo forzoso; ni un hueco quedaba para mover un pie, el aire azotaba la cara, era un viaje infernal. Iban prensados en el camión como sardinas en lata. Leo y Laura habían puesto al niño entre ambas, con sus cuerpos trataban de protegerle del viento y el polvo. El niño asustado por lo prensado que le llevaban y por los saltos del camión, miraba con los ojos muy abiertos sin atreverse a llorar. A Leo le cegaba el pelo y no podía retirárselo de la cara, no le era posible levantar una mano. 

El camión tenía que sortear mil obstáculos. Las gentes iban por las cunetas y algunos atravesaban los campos por atajos, alumbrándose con linternas, parecían un cortejo de luciérnagas. Pasaron los primeros pueblos, a la altura de Denia y Altea y a pesar de lo temprano de la hora, había gentes por las calles. Leo desfallecía, le pasó como pudo el niño a Laura y se apretó el vientre con las manos, un dolor intenso la hacía doblarse. Nadie hablaba, muchos llevaban cerrados los ojos enrojecidos por el insomnio y la fatiga.


Juana Doña
Desde la noche y la niebla








2154. Desde la noche y la niebla. Epílogo

Fue en el momento de sentarme en el banco de sucia madera de aquella placita de Alcalá de Henares cuando todo mi cuerpo desentumeciéndose tomó conciencia de que era libre. Puse la maleta muy cerca de mí, por miedo a perderla, en ella estaban apretados con cinta de colores una parte de mi vida; la menos negra de casi la mitad de mi existencia. Allí guardaba cartas que amarilleaban por el paso del tiempo, y también las de la semana anterior; largos años de esperanzas y decepciones; fotografías de toda una vida, de niños que nacieron durante mi prisión y de otros que se hicieron adultos; regalos de todos los cumpleaños llegados recorriendo caminos carcelarios. En todo ello se encerraba el cordón umbilical que me mantenía ligada a los míos a través del tiempo y las distancias.

De pronto mi pensamiento se embargó con el deseo palpitante de correr hacia ellos, besar, acariciar, hablar sin rejas ni controles. Rodearme de mi pequeña tribu, que habían seguido mis pasos sin una queja, llevando mi vida pegada a la suya. Sentí mis raíces muy hondas, muy dentro de mí, y también que eran mi atalaya en mi futura vida.

Y mi primera parada, en un taxi, con un taxista atónito, fue en la calle de Trafalgar nº 13, en Madrid, donde hacía algunos años que vivía mi hermana Alicia, la menor de las tres hermanas.

Había tomado el taxi en la misma placita de Alcalá, me acerqué al hombre del volante y le pregunté: “¿me puede llevar a Madrid?”, en el bolsillo llevaba cuatrocientas pesetas y el billete de tren pagado por la prisión, pero no tuve paciencia para esperar; el hombre me miró y me preguntó si venía de algún pueblo, le contesté, “no, acabo de salir del penal”, “¿¡cómo!?, no tiene usted cara de ladrona”; “no lo soy señor, soy comunista, he estado veinte años en prisión”. Pareció enloquecer, salió del vehículo agitado y con voz irritada me dijo: “no puedo llevarla, no puedo llevar a una comunista”, “bien, dígame por favor, donde hay otro taxi y si tendré bastante para pagarle con cuatrocientas pesetas”, “le sobra, le sobra con ese dinero”.

Cogí la maleta y cuando le daba la espalda me tocó en el brazo y musitó, “vamos, pero en mi coche no diga que es comunista, tampoco lo de la cárcel”. Cuando enfilamos la carretera hacia Madrid, temía que nos estrellásemos, su velocidad me parecía vertiginosa y no dejaba de mirarme por el retrovisor. Llegué a Madrid mareada por el olor a gasolina y el vértigo de la carretera. Al llegar, aquel hombre, que no me había permitido decir una palabra dentro de su coche por si le contaminaba, cobró su carrera y salió de estampida.

Este fue mi primer contacto con la calle y los hombres “libres”. Cuando arrancó el coche, me quedé parada en la acera, todo me era confuso, la hilera de árboles me tapaba el número de los edificios, no veía bien, no encontraba el nº 13, entonces no sabía muy bien si era porque tenía los ojos llenos de lágrimas o que el mareo me lo impedía, al fin lo vi, y entré llena de aprehensión en el portal. Sabía que vivía en un bajo, y busqué la escalera para bajar, cuando llamé a la puerta, el corazón me palpitaba con tal fuerza que le sentía en las sienes.

Mi hermana me miró en aquella penumbra de un pasillo estrecho, y cuando con una exclamación de inmensa sorpresa y alegría nos fundimos en un abrazo, ella sollozando decía; “¿te has escapado, verdad?, ¿te has escapado?”, y corriendo cerró la puerta detrás de mí. Su incredulidad era tanta que yo le explicaba: “¡estoy en libertad, hermanita, estoy en libertad!”. La conciencia de que no era fuga, sino que era libre, fue una explosión de alegría y amor, no podíamos separarnos, estábamos solas, y mi querida Alicia, en medio de toda su alegría, comenzó una actividad febril para avisar a la familia. Mi hermana Laura, mi hijo y mamá vivían en Barcelona; mis hermanos Joaquín y Andrés en Francia.

A las cuatro de la madrugada tenía a mi hijo en mis brazos, había viajado en el avión llamado el “golfo”. Es difícil traducir en palabras cuál es el sentimiento cuando te invade una ternura infinita, y no te deja liberarlo; esa especie de remordimiento, que has llevado durante tantos años contigo, y que se te hace tangible y doloroso, por todo lo que no le has dado; por tus ausencias a su lado, por sus añoranzas y las tuyas. Nos conocíamos mucho, y nos unía un cariño entrañable. Desde el primer momento supimos que siempre seríamos amigos, y ni un solo momento tuvimos de extrañeza, creo que ese fue el peldaño más firme para remontar el impacto.

Andrés, el menor de mis hermanos, aquel niño que con un aro en la puerta haciendo que jugaba iba avisando en aquellos últimos días de la guerra, burlando a la propia policía de la “Junta de Casado”, que estaba a la caza de comunistas, agazapados esperándoles en sus propios hogares. El niño Andrés, que por propia iniciativa se puso a rodar el aro enfrente del portal de nuestra casa que ya la había tomado la policía. Salvó avisándoles a unos seis dirigentes de una detención segura.

Mi Andrés se presentó en doce horas de Lyon a Madrid. Quince años sin vernos, sólo por fotografías, los mismos que estaba viviendo en tierras francesas. Me asombró, Andrés era un hombre fascinante, de lenguaje fluido e inteligente, lleno de ideas, generoso y entrañable para la familia. Cuando la alegría le serenó, me miraba tan hondamente, como si buscase en mí todavía aquella joven veinteañera que era su hermana mayor, reidora y feliz.

Estuve cuatro días en Madrid, y uno completo se lo dediqué a Mariana, Adela y Paquita, ellas eran también parte consustancial de mi vida. Nos reunimos las cuatro en tierra de nadie. Elegimos la Casa de Campo, que tanto habíamos añorado. Alrededor de una mesita a la orilla del lago; nos dimos cuenta de cuánto nos necesitábamos. Yo, sólo llevaba cuarenta y ocho horas en libertad y tenía una borrachera de felicidad, pero algo me sorprendió en el talante de las tres. Pasada la euforia del encuentro, percibía casi tanta tristeza en sus ojos, que tan bien conocía, como en nuestros años de presidio. Ellas preguntaban sin parar, por las compañeras de prisión, en qué régimen se vivía en aquel momento, si me llegó “esto o aquello”, me di cuenta que a pesar de llevar dos años Paquita y Adela y cuatro Mariana en libertad, todavía estaban “dentro”, “¿qué pasa?”, me pregunté. Y como no hablaban de sí mismas, dije, “¿y vosotras, sois felices?”… Sí, ¡claro! que lo eran, pero… algo no marchaba. Su lenguaje era todavía un poco carcelario; me dijeron que no entendían muy bien a la gente; las modas eran un “poco horribles”; la sociedad competitiva que ya empezaba a despuntar las confundía; mantenían todos los tics de la cárcel, y tuvieron que hacer un esfuerzo para dejar de hablar de ésta porque cansaron a familiares y amigos. Donde mejor se encontraban era cuando se reunían las tres. Su trabajo, la familia y su actividad en la lucha clandestina las compensaba de su todavía desajuste con la sociedad. Sin embargo, la actividad política estaba dando sus frutos. La extensión de la lucha antifranquista que ya por los años 60 invadía grandes franjas de la sociedad; intelectuales, universitarios, profesionales y sobre todo el resurgir del movimiento obrero organizado. No me dijeron en qué sector de la clandestinidad estaban encuadradas, pero hablando de los avances se les iluminaban los ojos y parecían más jóvenes.

Fue un día feliz. Sentíamos las mismas sensaciones, ellas degustaban las pequeñas cosas de la libertad como el primer día de su salida. El aire, el sol, tomar un sendero elegido, beber agua sin medida, pagar con dinero contante y sonante, oír los pájaros, las voces a tu lado, abrazarte sin cortapisas. Hoy, después de treinta años de vivir fuera de la prisión, aún me emociona abrir un grifo de agua; apagar o encender la luz cuando lo deseo; abrir y cerrar mi puerta; elegir un libro…, todo aquello que pasa desapercibido cuando nunca has carecido de ello; y pido a mi memoria que nunca me lo haga olvidar.

Mis tres amigas no habían encontrado todavía el camino del amor. Mariana se consideraba una eterna solterona, era exigente y obstinada y se sentía incapaz “de aguantar las estupideces de los hombres”, y en ese argumento resumía toda su frustración. Adela aún mantenía vivo el recuerdo de su marido; yo la comprendía porque en cada esquina el recuerdo de Emilio, después de 18 años, se me agigantaba. Y Paquita, mi pobre Paquita, mantenía a su madre inválida; su hijo, desde que salió ella, se desentendió de la abuela y de la madre. Nos despedimos faltándonos aún muchas cosas por contar.

Sólo estuve cuatro días en Madrid y los viví como en una nube, y no recuerdo con nitidez más que la infinita pena que sentí, al despedirme de mi Alicia; ella por estar más cerca del penal, era la que me visitaba con mayor frecuencia; la tumba de Emilio, que la cubrimos de claveles rojos; y el día gozoso que pasé con mis tres amigas. Llegué a Barcelona, y mamá y Laura me esperaban consumidas de impaciencia.

Hice el viaje de Madrid a Barcelona en el coche de Andrés, con mi hijo y mis sobrinos, los dos hijos de Alicia; Luis y Eugenio.

La sorpresa e incredulidad de mi presencia fue dando paso a una realidad hermosa. Estaba allí, con ellos y entre ellos, y todo era solicitud a mi lado, mi hijo me acariciaba y miraba constantemente; él me había visto más detrás de las rejas que fuera, mi imagen no estaba distorsionada, su mirar era de asombro porque lo que creía imposible se había hecho realidad; pero mamá y Laura buscaban detrás de mi cara, la cara de aquella muchacha de abundante cabellera rubia, de ojos inocentes y la risa a flor de labios, aquella hija y hermana feliz y alegre. Ahora sólo veían una mujer de 44 años, de pelo grisáceo, con los ojos tristes y un gesto de amargura en la boca. Se esforzaban para que yo me “reinsertase”, pero una tristeza inexplicable, que no era consciente de ella, empezó a invadirme toda.

En aquellos primeros meses de libertad cayó sobre mí una desgracia mayor que la de la misma prisión.

Perdí a mi madre. Fueron los primeros meses de mi alucinamiento, siempre llevaré en mi corazón el amor inmenso que siento por ella y la gratitud infinita que le debía por todo su sufrimiento. Cuando me vio fuera de aquellos muros, recuperando mi ser natural, se fue, y de nuevo y para siempre quedé incompleta.

Los dos primeros años de libertad fueron muy duros. Encontré un mundo desconocido y no supe adaptarme a él. Toda su fisonomía había cambiado, cuando nos privaron de libertad aún se palpaba la guerra en una posguerra que era una prolongación de la misma. Habían desaparecido los frentes, pero el hambre, los hombres y las mujeres huidos al monte, otros escondidos en las ciudades y los campos; las ciudades y los pueblos destruidos; la persecución, los lutos y las lágrimas. Todo configuraba una guerra sorda e inmisericorde, sin tregua. Los que se fueron huidos y los prisioneros llevábamos en la retina la pobreza y en la mirada de todos los vencidos la solidaridad. En los largos años de cárcel, encerrados y aislados, vivimos de los de fuera, a nosotros se nos paró la vida, y al chocar con una realidad de la cual ignorábamos muchas cosas, nos hacía sentir como intrusos. La mezcla que se había operado en la sociedad, la “normalidad” de la vida; el crecimiento de los míos, con sus identidades y familias propias, sus proyectos acorde con su tiempo, pero aún no era el mío. Todo me era extraño, retenía en la memoria aquellos casi niños y ni las cartas, ni las fotografías, ni el cariño fiel y hermoso que siempre estuvo vivo fueron capaces de situarme en la medida del tiempo que transcurría. Después he sabido que aún salía con una gran carga de ingenuidad y romanticismo.

Después… ese después largo, de escapadas, de convicciones quebradas, del canto del gallo, con muchas negaciones y menos afirmaciones. Aquel después del lejano año sesenta, lo hemos vivido a grandes trancos y pocas paradas.

Sin embargo, a través de más de treinta años, tantos como para hacerse adulta la tercera generación de los “vencidos de la guerra del 36”, a una gran mayoría de aquellos vencidos se nos hace comprobable que cuando la represión, en cualquiera de sus formas, se convierte en método de cotidianidad automática por la Ley de las Reglas hay que combatirla, aunque eso signifique volver a empezar.

Pero no es verdad, nunca se vuelve a empezar de nuevo, el cuerpo social es como el cuerpo humano, tienen sus resortes que funcionan igual que el organismo para combatir una enfermedad infecciosa. Los anticuerpos sociales son la lucha que nos precedió, la memoria que aunque se quiera, no puede enterrarse, el dolor de los que sufrieron que va dejando huella casi invisible. El forcejeo de aquellos “vencidos” fue largo. No pudimos ni quisimos olvidar, ni tampoco desertar; trabajamos en la clandestinidad durante los casi cuarenta años de dictadura y en esta democracia no hemos huido desencantados, aún tenemos mucho que hacer y decir. La deserción puede darse por múltiples causas, pero ninguna justifica enterrar en el olvido un pasado de ignominias.

¿Qué fue de las jóvenes veinteañeras, de la celda nº 9, 3.ª galería, de la Prisión de Ventas?

En el 1º de mayo del 93 sólo nos reunimos en la manifestación como desde hace tres años Mariana y yo. No quedamos más que las dos en Madrid de las once que convivimos apiñadas y solidarias en la celda 9, en la primera hornada, antes de que comenzaran las expediciones masivas para los penales repartidas por todo el Estado.

El vuelo de Julia y Carmen fue corto, las dos fueron fusiladas. Julia “la romántica” y Carmen, la vieja luchadora, que se quedó en la galería de condenada, de la que yo salí conmutada, ella tuvo peor suerte. Mary, Amalia y Josefina murieron de hambre en los penales de Saturrarán y Durango. La dulce Josefina, que era capaz de “amansar” a “la Veneno”, no pudo vencer su propia hambre. Mary, la rebelde, Mary que su quejido de hambre en la celda 9 era como un aullido, murió en Saturrarán y Amalia le siguió a los pocos meses.

Alcanzamos la libertad seis de las once. Nos reunimos dos veces con Berta y Carmela y fue en dos entierros; en el 72, Dña. Justa, nuestra directora de folklore regional en la prisión. Las dos vivían lejos de Madrid, Berta en Canarias y Carmela, la que lloraba por desamor, en Oviedo. Ambas casadas y retiradas de toda actividad aunque continuaban siendo militantes. El otro entierro que nos juntó fue el de Dolores Ibárruri, en noviembre del 89.

Yo volví a Madrid en el año 63. Mi hijo fue trasladado por su trabajo, y nos instalamos en casa de Alicia. Mis dos sobrinos, Luis y Eugenio, ya estudiantes. No éramos unos desconocidos, desde su nacimiento supieron de mí, y mi hijo era como un hermano más. Crecieron juntos, yendo a la cárcel a visitar a “tía Leonor”, y hasta que cumplieron catorce años, como anteriormente mi hijo, los tuve conmigo en el interior de la prisión dos veces por año por las festividades de la Virgen de la Merced y Reyes. Los tres muy niños, conocieron las prisiones por donde iba pasando, por “dentro”, y de ellos recibí muchas caricias, y el gozo inmenso de oír y ver su parloteo y sus risas, que llenaban impregnando las celdas carcelarias. La relación de confianza y camaradería que se estableció entre los jóvenes y nosotras fue un bálsamo para mí, y recuerdo aquel período como uno de los más apacibles de mi vida.

Mi hijo estaba a mi lado y éramos amigos.

Nos faltaba Laura y su núcleo. Tenía dos hijos preciosos todavía niños, Gema y Javier, tan extraordinariamente graciosos como despiertos, ya los jóvenes no llenaban su hueco. Y nuestro cuñado, que era mucho más que eso; y mis hermanos Joaquín y Andrés. Pero en veinte años la vida nos había dispersado. No sé si pudieron elegir, pero aquellos niños salidos de la “Córrala de Espino” habían remontado con tesón y éxito las penurias de los años del hambre.

Al fin me había centrado. Todos me ayudaron, el reencuentro en Madrid hizo el resto.

En ese tiempo mi hijo se casó con su novia de siempre, Marieta, una joven catalana, que yo conocía por fotografías. Tuvieron tres hijos, mis nietos: Alexis, Lina y Sonia; que ya viven sus propias vidas. Siendo la tercera generación de nuestras raíces, y pronto pondrán en pie la cuarta generación, ¡quién me lo iba a decir! Ya voy a ser bisabuela.

Mi hijo y mis sobrinos a mediados de los 60 se organizaron y al principio de los 70 sufrieron persecución y cárcel.

De nuevo Laura y Alicia volvieron a tocar el mundo de las prisiones. Por esa época yo estaba en Francia. Crucé la frontera clandestinamente y volví de igual forma a los dos años. Fue en París donde se me abrieron nuevos horizontes,
aprendí algo tan importante como sentir mi ser de mujer. Fueron las “petroleras” parisinas las que me abrieron un mundo de ideas nuevas. Y empecé a mirarme de forma distinta, y encontré que una parte de mi mente jamás había funcionado, y mil preguntas nunca articuladas, a pesar de haber vivido en un mundo de mujeres parte de mi vida, se agolparon y tuvieron respuesta. Y uní a los ideales de toda mi vida los ideales del feminismo, porque esa batalla será la más larga, dura y justa que ganará la mitad de la humanidad más oprimida de todos los tiempos.

Se lo expliqué a mis tres amigas, me miraron asombradas y se dijeron, “las mujeres comunistas ya luchamos por todos los oprimidos”, fueron tan rotundas que comprendí que aquella parte de su mente cerrada aún tenía candados.

A finales de los sesenta encontré de nuevo el amor, también Adela y Paquita; Mariana se ha quedado en “solterona integral”, le gusta hacer esta precisión.

Siempre fuimos las cuatro por el mismo camino; no fue rectilíneo, hubo separaciones y reencuentros, el cordón umbilical de nuestra solidaridad cimentada en la adversidad se mantuvo inalterable, por encima del tiempo y del espacio.

Adela y Paquita murieron en el 90; Paquita con sufrimiento y dolor; Adela unos meses más tarde encontró la muerte serenamente como siempre fue su vida. Una mañana fueron a despertarla y se había dormido durante la noche para la eternidad. También murió Carmela, en el 92, nos enteramos tarde de su muerte, fue una noticia escueta y casual. Berta sigue viviendo en Canarias rodeada de nietos. Y mi Mariana querida sale raramente, sus huesos no se lo permiten, pero sigue voluntariosa y obstinada.

Y… yo, hace muchos años que vivo independiente en Madrid, sigo siendo militante “integral”, como diría Mariana. Y aún me quedan muchas semillas en las manos. Como siempre, mi familia es mi refugio, mis mejores amigos y mi atalaya.

Pero también encontré amigos/as entrañables fuera de mi familia.

Leonor


Juana Doña
Desde la noche y la niebla
Epílogo de la segunda edición









1204. Carta de Eugenio Mesón a Juana Doña

Cárcel de Porlier (Madrid). 3 de Julio de 1941

¡Ánimo Juani querida! Estoy en capilla, aquí en la misma celda, Guillermo y Mingo. No llores, Aprieta el corazón como lo aprietan diariamente millares de muchachas soviéticas que pierden la ilusión personal de su vida en los territorios de la frontera soviética. Sé que eres valerosa, y sobre todo comunista.

Muero con la tranquilidad de haber sido feliz contigo y haber permanecido siempre fiel a tu cariño.

En la amistad, en el cariño de los amigos y en Kuki, encontrarás un bálsamo para curar la herida que hoy queda abierta tan profundamente en tu joven corazón. Ten la seguridad de que muero concentrado en un solo recuerdo, tu figura, la de nuestro querido hijito y la bandera del Partido, que se ofrece victoriosa en tiempos próximos.

Ayer nos decías que si queríamos flores enviadas por ti. Sí, llévalas allí, a la fosa común, donde caigan nuestros cuerpos, que es lo único que de nosotros pueden fusilar. Si llegas a tiempo, aunque esté frío dame un beso, ¿quieres? Yo ya me llevo la esperanza y ¡estoy más contentito!

A madre, Valia, Pepito, Cheli, Antoñín, Kuki, cúbreles de besos. No quiero lágrimas, ¡Acción, acción y acción!

Eso es lo que necesita la juventud y la clase obrera.

Para ti mis postreros besos, muñeca mía. ¡Que seas feliz!

Te quiere, Eugenio.



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Eugenio Mesón Gómez, secretario provincial madrileño de las Juventudes Socialistas Unificadas fue ejecutado al amanecer del 3 de julio de 1941 en las tapias del cementerio del Este, cuando aún no había cumplido 25 años. Dejó un manuscrito que los presos de la cárcel de Porlier entregaron al día siguiente de su fusilamiento a su compañera, Juana Doña.


Juana Doña Jiménez, la última mujer condenada a la pena de muerte por Franco. Gracias a la mediación de Eva Perón la pena fué conmutada por 30 años de prisión.  Estuvo 18 años presa.