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2787. Caído el Gobierno Berenguer...

El señor Alcalá-Zamora redactó ayer en la cárcel la siguiente nota que, al parecer contiene el criterio de los presos políticos ante la situación actual:

«No queremos acogernos a la socorrida fórmula de que para juzgar a un Gobierno debe aguardarse a conocer su composición y sus actos. Sin perjuicio de atender éstos y de examinar aquélla, basta el carácter con que se anuncia al ministerio constituyente para considerarlo una primera etapa o victoria de la decisiva que obtuvo y completará la revolución, tan sólo a juicio de los miopes, vencida en diciembre.

La fuerza constituida por republicanos y socialista sigue inquebrantablemente unida y en marcha, sin que pueda entrar en el Gobierno trazado ni siquiera como fiscal presente. Actuará vigilando desde fuera para el triunfo inevitable de la República y el empuje revolucionario que mantiene y perfecciona, será el punto de apoyo único que encuentre la rectitud, la independencia y la resistencia del nuevo Gobierno, que, nombrado protocolaria y oficialmente por la Corona, sólo ha sido posible por la pujanza de la República, donde aquél encuentra su verdadero origen.

La situación teóricamente contradictoria e históricamente frustrada siempre de un Poder constituyente pleno, libre y sincero, coexistiendo con el resto o a la sombra siquiera de otro poder constituido, planteará dificultades y zozobras frente a las cuales viviremos en un alerta de organización y propaganda.

Seguros estamos de que unas elecciones verdaderas proclamarían legalmente la República, y resueltos también a que ninguna intriga o influjo de los poderes tradicionales arrebate nuestra victoria ni mediatice el poderío y el significado que quiera ostentar el futuro Gobierno. Sin duda, su ánimo presiente, y la realidad demostrará el máximo de sus esperanzas y los límites de su cometido honroso y patriótico: suavizar la transición y salvar el orden, pero deberá ser sordo a la sugestión de ningún otro aseguramiento y a la torcedura de medios y procederes para remediar el naufragio voluntario y ya virtualmente consumado.»


El Debate, 17 de febrero de 1931


*


Indecisiones, flaquezas, torpezas y deserciones del campo monárquico han traído esta situación que prologa la anormalidad peligrosamente y sin término previsible. La solución de la crisis ha caído en la gran aventura constituyente, de la que hoy, con más motivos que antes, con hechos nuevos, podemos decir que se traducirá en pura pérdida: no logrará nada útil, no remediará nada, y dejará mayores dificultades. Tal como se nos prometía, con los concursos, los atractivos y los efectos maravillosos que le imaginaban sus autores, la fórmula constituyente nos pareció siempre temeraria y azarosa. Hemos razonado copiosamente su inconveniencia y la ventaja de anteponer a todo plan de normalización la consulta regular y plenamente garantizada del sufragio, la convocatoria constitucional, porque con ella se podía ir y se iría mejor a todas las soluciones, a las más radicales, sin tener que andar y desandar malos caminos, que es, no lo probable, sino lo seguro en la aventura constituyente. Pero es que, además , la fórmula nace fracasada, y su fracaso no puede haber sorprendido a nadie. Iba a ser el cauce jurídico de todas las aspiraciones, la liquidación de todas las pugnas, tregua y paz, desistimiento de las tentativas revolucionarias. ¡Nada de esto! El señor Sánchez Guerra fue ayer a la cárcel a buscar ministros de la Monarquía entre los que por culpas penadas en la ley se hallan allí sujetos a la acción de los Tribunales -oh, la sagrada independencia judicial!- y no encontró el concurso que pedía, no se le aceptaron los nombramientos de la Corona, ni el cauce jurídico ni la paz. No hay que interpretar versiones ni referencias ambiguas. Aquí está el texto de los revolucionarios: «El Ministerio constituyente es la primera etapa o victoria de la decisiva que obtuvo y completará la revolución. La fuerza constituída por republicanos y socialistas sigue inquebrantablemente unida y en marcha, sin que pueda entrar en el Gobierno trazado ni siquiera como fiscal presente. Actuará vigilando desde fuera para el triunfo inevitable de la República. Mantiene y perfecciona el empuje revolucionario. El nuevo Gobierno, aunque nombrado por la Corona, sólo ha sido posible por la pujanza de la República, donde aquél encuentra su origen. Su cometido único es suavizar la transición y salvar el orden.»

Es decir, que renunciarán al desorden si no lo necesitan, si se les da la revolución: pero, si no, aplicarán el empuje revolucionario que mantienen y perfeccionan, que seguirán perfeccionando, porque no es la bandera blanca lo que ha de quitarles aliento y alegría. Lo dicen claro: si las elecciones no traen la República, no son la verdad; la batalla es inevitable. Habrá que afrontarla, en fin, y en peores condiciones cuanto más tarde. Nosotros vimos desde el primer momento lo inevitable y lo ineludible, lo que desde el primer momento se debió afrontar con la ley; pero enérgicamente, inexorablemente.

La fórmula pacificadora no somete a los revolucionarios al acatamiento del voto nacional. Todo lo que le dan por ahora es la expectación; quedarán a la expectativa de la República, mientras perfeccionan el empuje. ¿Y vamos a entrar en la aventura, que de todas maneras sería temeraria? Parece que sí, que se organiza, sólo con personal de los dos últimos Gabinetes del antiguo régimen, los del 23, y sin otras colaboraciones, el Gobierno constituyente. Y que ni siquiera nos cabe la esperanza de que apresure el ensayo, pues, aun teniendo con su presencia en el Poder la garantía esencial que reclamaba para las elecciones -la garantía de hacerlas él, con sus antecedentes-, les abre un plazo lento de revisiones legislativas y reorganización de Ayuntamientos y Diputaciones...


ABC, 17 de febrero de 1931







1845. Todo régimen político perece por suicidio

Niceto Alcalá-Zamora y Torres
(Priego de Córdoba, 6 de julio de 1877 - Buenos Aires, 18 de febrero de 1949)


Cuando un régimen político se derrumba, sus victoriosos enemigos presumen y presentan el acontecimiento como el resultado de sus esfuerzos y como el resultado de sus hazañas. Asistimos entonces a ese curioso espectáculo en el que se ve al vencido, sin compartir naturalmente la alegría de los vencedores, coincidiendo con ellos en la apreciación de las causas. Sin embargo esta doble y extraña concordancia de opiniones no es una garantía de exactitud: ilusión y orgullo de los vencedores queriendo exagerar su triunfo, sentimiento defensivo del vencido buscando no reconocer sus fallos.

Un régimen no será derribado más que por quien pueda y si alguien puede, entonces cualquiera que quisiera la estabilidad de la vida política sería aniquilado. Es una verdad, que para esta tarea de hundimiento, pueden más aquellos que no pierden nada: es decir, aquéllos que tienen el mayor interés en impedir la catástrofe. Y sin embargo la provocan y la empujan, cumpliendo de este modo la ley de la ética que golpea con sanciones inexorables.

Esta conclusión no es una sutil paradoja encerrada en un juego de palabras. Es la consecuencia lógica de la naturaleza de todo poder que tiene toda su fuerza en la posesión de las armas y de los medios, que está asociado a todos los grandes intereses, que se apoya en la inercia (aliado todopoderoso) y que está siempre alerta contra un ataque directo y frontal, inevitablemente débil, fácilmente dominado.

Por el contrario, el poder no toma precauciones, y no encuentra alientos ni medios de luchar contra sus propias debilidades. No escucha nunca las advertencias de su propia amenaza que, para él, siempre es una sorpresa cuando estalla.

Si estudiamos las lecciones de la historia sobre el derrumbamiento de los regímenes, constatamos, por múltiples experiencias, la amarga verdad que acabamos de proclamar. Pero entre todas ninguna sobrepasa las de España.

El caso español es tan reciente que lo tenemos aún ante la vista. Además nos ofrece una doble lección, es decir, que presenta cambios opuestos: en un lustro hemos pasado de la monarquía dictatorial absoluta a la democracia republicana, para pasar poco después de la indiscutible República a la lucha entre dictaduras [...] Este aniquilamiento fue muy fácil teniendo en cuenta que se trataba más bien de cuadros de oligarquías que de fuerzas poderosas y resueltas. Incluso después de mayo de 1931, es decir en el momento de los primeros desórdenes e incendios, reproducidos en 1934 y 1936. La incapacidad de la dinastía y los recuerdos de su caída eran motivos suficientes para explicar que incluso una avivada oposición antirrepublicana no quiso declararse, ni ser monárquica. Un solo diputado entró con esta etiqueta en las Cortes Constituyentes, y se trataba además de un parlamentario a quien su larga carrera bajo la monarquía no le permitía adherirse a la República, pero por su espíritu sinceramente liberal y democrático no quería atacarla.

Sin embargo la república democrática constitucional agoniza en España entre los horrores de las dos dictaduras opuestas, que se disputan la victoria: o bien dictadura roja como la sangre que pierde, o bien dictadura negra como los ataúdes que la esperan para sepultarla. Ese peligro que sólo el azar, como un milagro, podría impedir, ha sido la obra de una demagogia intransigente y ambiciosa que ha favorecido los regresos de una reacción ciega. Ha sido necesario para ello concebir la política como el aplastamiento de los adversarios, las finanzas como el monopolio del presupuesto y el gobierno como la carencia de la autoridad.

Nunca podremos pedirle al amplio laboratorio de la experiencia histórica una demostración más completa, que permita, como la que acabamos de examinar, la aplicación de los métodos experimentales en el dominio de las ciencias políticas. Y llegamos a la conclusión de que la muerte, a la vez natural y violenta, de cada régimen, es el suicidio. Podríamos decir que, siguiendo cada uno su ruta, el poder autoritario va a precipitarse en la cuneta de la derecha y las democracias en el de la izquierda y que siempre los enemigos más peligrosos de cada régimen son los partidarios extremistas más ardorosos.


Niceto Alcalá Zamora y Torres
Diciembre de 1936 
Confesiones de un demócrata. Artículos de L'ére Nouvelle (1936-1939). 
Niceto Alcalá-Zamora, Obra Completa. Año. 2000. Ed. Parlamento de Andalucía, Diputación de Córdoba, Cajasur y Patronato "Niceto Alcalá-Zamora y Torres"










1539. Inauguración de las Cortes Constituyentes de la II República española

Sesión de apertura de las Cortes Constituyentes de la II República, 14 de julio de 1931. Fotografía de Luis Ramón Marín


El Señor Presidente del Gobierno provisional de la República
(Alcalá-Zamora)

¡Señores diputados!:

Anunciada espontánea y públicamente por el Gobierno la obligación de resignar sus poderes en fecha próxima ante la majestad única y soberana de las Cortes Constituyentes, es ociosa por ello la exposición de un programa para lo futuro: ansiada en nuestra alma la hora de rendiros cuenta de nuestra gestión, hubo instantes en los que pasó por el espíritu del que os habla la sugestión de no interrumpir con su discurso aquel instante, aquel tránsito en que desde la Mesa de edad, desde la ancianidad gloriosa y respetable y la juventud prometedora, polos y enlace de las generaciones, se hubiera de pasar al primer acto de soberano albedrío de la Cámara: a la elección de Mesa, en que se reflejara la expresión de legítimo predominio y la concordia de justas transacciones. Aparecía el acto tal como yo me lo imaginaba, con una grandeza sencilla que me atraía: el trabajo por rumor en la seguridad como ambiente; la prisa por ritmo, la impaciencia por impulso, la Constitución por objetivo, la certeza plena de vuestros poderes sin límites: un ceremonial sobrio, la solemnidad silenciosa, de emoción muda, en que se reflejara pura y escueta la austeridad republicana. Y, sin embargo, para abandonar esa idea tan atrayente, para venir a hablaros, precipitábanse en el alma, como hoy se agolpan en los labios, múltiples emociones. El recuerdo y la llamada de la Historia; la alegría que se desborda en nuestro espíritu; la emoción con la cual tenemos que saludaros; y como último e inesperado acontecimiento aquella impresión imborrable de la calle: el pueblo aclamando y fortaleciendo la República, que es él mismo. dándonos la sensación de una pujanza superior a cuanto fue nuestro ensueño y una recompensa infinitamente más alta que todo lo que pudimos merecer y todo lo que pudimos anhelar.

Si aquel primer consejo lo hubiera seguido, hoy, lejos de este ambiente, mañana en España misma se hubiera podido pensar que este Gobierno de hombres ilustres que tengo la honra inmensa de presidir, y el mismo humilde y modesto que os habla, no habían tenido la sensibilidad bastante para percibir el convencimiento, que me abruma, y la impresión, que me anonada, de que en el día de hoy se escribe con un intenso subrayado una página de la Historia. En el estrato histórico no hay hora perdida, ni hay minuto que su sensibilidad fidelísima no recoja; pero son unas horas, unos días, unos lugares de llanuras o accesos de cuestas; son pocos los días que constituyen divisoria, y la fecha de hoy es una alta, una suprema cima, una cresta de divisoria en la historia de España. Por un lado, todo el eco de nuestras luchas civiles, todo el esfuerzo gigantesco y sin igual entre el tesón democrático del pueblo y la obstinación incorregible de la dinastía, de otro, todo el horizonte que se abre con la promesa de una paz, un porvenir y una justicia que España jamás pudo prever como ahora.

Sería injusto que la República española, al nacer, se circunscribiera sus deudas, se limitara sus obligaciones de gratitud con los mártires que son sus hermanos, si creyera que cuando se escriban en esas lápidas dos nombres, que están en la memoria de todos nosotros que antes de grabarlos en el mármol los llevamos grabados en el alma, con el recuerdo y la protesta contra la iniquidad superflua, innecesaria y estéril que sumara dos mártires más en la cuenta de la libertad española... La República española, pagada esa deuda de justicia, todavía habría empequeñecido lo noble y antiguo de su ascendencia. Es toda la historia constitucional de España lo que evocamos hoy. La República española no es sólo la hermana de los mártires de la tragedia pirenaica; la República española es la nieta, la biznieta de Riego, de Torrijos, de cuantos sufrieron la muerte luchando contra las perfidias fernandinas. La República española, en su deuda de gratitud, al surgir potente, segura, sin temor a desaparecer, sin miedo a eclipses, tiene que pagar y paga, por la evocación que yo hago, la deuda que conserva con todos ellos. Gratitud inmensa a aquellos constituyentes ingenuos del 12, que en medio de toda su sencillez sentaban el dogma de la soberanía nacional y ponían límites a la potestad de la Corona; a aquellos constitucionales del trienio que tenían que calificar de vesania la maldad incurable del rey que se negaba a defenderse, porque defenderse era mantener la Constitución; aquellas Cortes del 55, en las cuales surgió ya la idea republicana como la única fórmula de salvación ante la reincidencia incorregible de la dinastía; a los constituyentes del 69, firmes en la defensa de la democracia, torpes en la esperanza de que aún era posible la implantación de una Monarquía extranjera; a los republicanos del 73, que dejan para la Segunda República dos guías que hacen imposible la perdición. Allí, en la altitud del espacio, luminarias de ideal y estelas de rectitud, y aquí. en los fragores de la tierra, los senderos del peligro amojonados con todas las amarguras de su dolorosa y abnegada exploración.

Y si me permitís en esta evocación de gratitud, de hombre que no reniega de su pasado, porque lo cree honrado y lícito, que lo recuerda antes de que nadie lo sugiera; deuda de gratitud de la República española, incluso con aquellos hombres que sin sentir jamás la apostasía de la forma republicana, pero subordinándolo todo al ensueño de la realidad democrática, ofrecieron a la Corona incorregible la última esperanza en aquella obligación que, por recíproca condicional y rescindible, era la fórmula en virtud de la cual los hombres que amábamos la libertad dentro de la Monarquía pudimos abandonarla en su traición, execrarla en su perjurio y hundirla en la sima a que le llevaban las faltas a que voluntariamente se entregara; Pero aquella vertiente del pasado, que la divisoria de hoy nos descubre y nos recuerda, es lo que fue: gratitud inmensa, esperanza máxima al otro valle, a la otra vertiente que desde la divisoria dominamos.

Para mi, señores diputados, para el Gobierno en su conjunto, la revolución triunfante es la última de nuestras revoluciones políticas que cierra el ciclo de las otras, y la primera, que quisiéramos fuera la única, de las revoluciones sociales que abre paso a la justicia. Es decir, que invocando ante el mundo una ley de compensación histórica, habiendo sufrido más que nadie por la libertad política, habiendo luchado por ella siglo y cuarto con una tenacidad de la que no hay ejemplo en el mundo, habiendo derramado la sangre a torrentes como ningún pueblo lo hiciera, habiendo redimido el nombre de la patria y de la raza, porque después de la tenacidad en la lucha supimos dar el ejemplo de paz y de revolución pacífica más maravilloso que la Humanidad contemplara, la fórmula de compensación a que aspiramos es que si fuimos los que pagamos más cara la transformación política seamos los que obtengamos mas fácil la transformación social.

Posible es ello, porque antes la libertad era la rebelde; le costó trabajo escalar el Poder; ahora la libertad es la gobernante y no tiene el derecho ni tiene el propósito de colocar una valía enfrente del dolor de los oprimidos para poner un dique a las reivindicaciones de justicia social.

Esta es la visión de la historia de una vida que no la vivimos: pero de la cual somos los herederos, y de la otra vida que no la viviremos, pero que constituye la esperanza del nuevo engrandecimiento de España.

¿Y la alegría nuestra? ¡Ah, señores diputados! No la podéis comprender ni la puede imaginar nadie que no haya compartido nuestras luchas y asociado su existencia a la misma nuestra.

Los espíritus que miden con el criterio del egoísmo creerán que el salto de la zozobra a la alegría y la curva ascendente de la satisfacción se mide desde la cárcel, el destierro o el refugio, hasta el Poder. No; se mide desde el triunfo hasta el día de hoy, el más grande de nuestra vida, el más soñado por nosotros, el anhelo de toda nuestra existencia ministerial. De mi, sé decir que haber llegado al 14 de julio, venir al Congreso y dirigiros este saludo es la cumbre que jamás pude soñar, tras la cual todas las aventuras de la tierra me parecerán el descenso desde el honor máximo que la Providencia me ha permitido gozar en esta vida.

Es, señores, que para resistir en la prisión o en el extranjero bastaba la fe inquebrantable que teníamos, nuestro sentido del deber y la energía y la asistencia del pueblo español; para llegar desde aquella jornada gloriosa del 14 de abril a ésta, de esplendor sin igual, del 14 de julio, hacía falta un acierto, que podía fallar, y una suerte, que pudo ser adversa. Por fortuna, se venció; ante vosotros estamos, señores diputados; ante vosotros, con el ansia paradójica de que tras la jornada de hoy, en que desaparece la plenitud ilimitada de nuestros poderes venga la de constitución, en que acabe la integridad total de nuestro mando. Es señores, que en estas horas no se puede medir con el criterio de la ambición, sino con el criterio del deber y con la noción de la responsabilidad. Por eso el Gobierno os pide que os acerquéis, no apresurada, pero si rápidamente, con pausa, al propio tiempo con impulso, al momento en que hayamos de resignar los poderes. Mientras tanto, ejerced una de tantas facultades que por la amplitud de su albedrío os abrumará: la convalidación o la repulsa de los mandatos.

Fue norma de gobierno que imponía la delicadeza antes de que la trazara su estructura, abstenerse de toda presión electoral; mas por esa misma conducta, jamás superada, y yo creo que nunca igualada, tenía el sistema el inevitable contrapeso de permitir otras audacias, otras imposiciones u otras ilegalidades.

Sed, señores, severos en el examen de vuestras actas. Podéis serlo, porque la fuerza de la República es tan grande que, por inexorable que fuese vuestro rigor, de cada fallo de severidad vendría un brote de nueva pujanza republicana. Podéis serlo; pero, además, debéis serlo, porque la reputación moral de la República española es tan incólume, está tan inmaculada, que sobre ella se dibuja y la afea cualquier mancha de concupiscencia o de flojera que haya en el cumplimiento del deber. Sed severos, porque vais a ser jueces, no sólo de nosotros, cuerpo de vuestra sangre y portavoz de vuestro ideario: tenéis que ser jueces o, al menos, acusadores para que en España no se pierda la santa noción de la responsabilidad, sin la cual las leyes no son nada y el pasado una audacia que puede volver; tenéis que ser jueces o acusadores de vuestros enemigos, y para poder serlo inexorables, sed severos con vuestros propios intereses.

Tal importancia atribuyo a eso que parece cotidiano y modesto, que por primera vez, y bajo ese aspecto, siento el dolor de lo que ha constituido mi orgullo: de no presentarme con medro electoral ante vosotros. Del propósito me apartó el desinterés; de la sugestión me hizo olvidar la delicadeza; pero tal magnitud tiene la justicia electoral de las Cortes, que yo quisiera presentarme con alguna codicia satisfecha y desmedida para ofrendarme, primero, a vuestra severidad, a fin de que la justicia electoral de las Cortes constituyentes sea un modelo al que nada se pueda reprochar. Y al término de esa revisión de mandatos encontraréis al Gobierno, que va a rendiros cuenta de su gestión. El detalle, entonces. La síntesis, hoy.

El Gobierno se presenta ante vosotros con las manos limpias de sangre y de codicia. Porque en la revolución fuimos tan abnegados, tan generosos con nuestros enemigos, y en el Poder hemos sido tan serenos en el mantenimiento del orden que la revolución española no tiene una mancha de sangre que pueda imputarse a los hombres que la hicieron y a los hombres que la han regido. Limpia de codicia, porque en el pleno goce de atribuciones de excepción, sin nadie que nos fiscalizara, al revisar una obra de arbitrariedad, de agio y de daño y al iniciar otra de encauzamiento, ninguno de nuestros actos administrativos despertó el recelo, apareció con sombras ni motivó la duda. Pero los hombres que se presentan ante vosotros con las manos limpias no las traen vacías, porque, como ofrenda de esta sesión, os aportan dos cosas: la República intacta y la soberanía plena.

¿Sabéis lo que es la República intacta? Es la República segura, indiscutible, afirmada, puesta a prueba, sin esperanza posible de restauración, sin peligros que la perturben, sin desvío en la pausa y en el rumbo, veloz, acelerado o tranquilo, que en el goce de su soberanía se asigne.

La República española no ha sido planta de estufa que no conoció la inclemencia ni vio el ataque de los enemigos. Lo recibió a ratos por la derecha, preparado sórdida, callada, egoístamente, amenazando a la Hacienda española, cuyos apuros creara la Dictadura, con tenacidad de bloqueo, que a ratos era conato de asalto por un capital medroso con el que daba a una burguesía asustada el ejemplo desmoralizador del pánico.

Y otras veces sintió esos ataques por la izquierda con las impaciencias de extremismos que dejaron desfilar a la arbitrariedad dictatorial, como si fuera siempre en campo de llanura, sin preocuparse del flanqueo, y acecharon como desfiladeros cada garganta del dietario electoral que nuestro deber trazaba y nuestra voluntad seguía. Sin embargo, señores, la República ha vencido no con igual fuerza, con su fuerza acrecentada, porque cada conato de ataque, en su frustración, era confesión de impotencia y reconocimiento de nuestra firmeza. Esa es la República que os traemos.

Y la soberanía plena. Dirá alguno: plena es toda soberanía de Cortes constituyentes. En el papel, si; en la realidad, no. En la realidad, soberanía más plena que la de este Parlamento no la conoció ninguno.

Soberanía libre de toda influencia tutelar extranjera. El Estado español renace no como Estado satélite, sino como Estado soberano que es dueño de sus destinos; sin haber incubado el nido de la revolución fuera del territorio de la patria; permanece fiel a todas sus amistades, leal a todos sus compromisos y tratados, consecuente en la orientación de su política exterior; pero por actos de autodeterminación, de soberanía plena, sin que le impulse ningún compromiso de nacimiento que mediatizara la independencia del Poder con ingerencias de un Gobierno extraño.

La República española y vuestra soberanía nacen libres de otra influencia mediatizadora, la más frecuente y más innoble: la mediatización del capital usuario que acude a los focos de conspiración brindando un auxilio que representa la hipoteca económica del país, el compromiso de su orientación financiera. Malditos sean semejantes convenios, quizá preferibles en la forma de usura, a cabo santa, en cierto modo, porque es redentora, en la limitación numérica de compromiso; mil veces más execrable cuando comprometen la integridad de una renta, el trato de una industria, el goce de un monopolio, la concesión de un favor ilimitado. Y la República española nace tan libre y dueña de sus destino económicos, que a nadie debe nada ni prometió nada, porque fueron tan honrados todos que no necesitando comprar a nadie no necesitó venderse nadie, y la generosidad de los que colaboraban, con la modestia de los que otorgaron su concurso, hicieron el prodigio de que la República española no tenga empresario, banquero, ni capitalista, sino que sea entera del país la fortuna pública.

Libre, señores, la soberanía de todo caudillaje militar, que fuera el amparo indispensable, pero también la sombra amenazadora de todos los cantos liberales de nuestra historia. ¡Ah! El sabio extranjero que quiera definir la política española por diccionario tendrá ya que innovar la llamada que decía: Pronunciamiento: voz anticuada, despectiva, militar y española, sin traducción posible, y tendrá que decir: Pronunciamiento: voz moderna, civil, popular, de comicio legal, republicana, típica de España, sin traducción posible.

De suerte que, entendedlo bien, con el Ejército español, hijo del pueblo y alma del pueblo, la deuda histórica de gratitud, de herencia, que no renunciamos; la deuda reciente, porque hubo el martirio bastante para sellar la amistad, pero no ha sido necesario el concurso que engendrara el peligro del predominio. En el Ejército la República tiene soldados seguros; si llega la hora, servidores leales, héroes sin disputa, ¡ah!, pero protectores, innecesarios; dominadores, imposible; rebeldes, inverosímiles.

Por eso precisamente, porque la supremacía, no, la existencia única del Poder civil está afirmada ya, sin llegar al momento en que se afirme en la Constitución, porque Ejército y pueblo en España no admiten el distingo, cuando termine estas palabras, con la venia de la Mesa, con la protección de su alta autoridad, yo, en prueba de efusión, de abrazo de la representación nacional con las instituciones armadas, os invito a que desde la escalinata de este edificio presenciéis el desfile del Ejército, que viene a rendir honores a la única soberanía de la nación.

Soberanía libre de oligarquías políticas, porque en el juego espontáneo, tornadizo, voluble o constante de las fuerzas electorales no existe la simetría aritmética igualitaria de un cociente gubernativo entre las fracciones políticas; pero, ninguna es capaz de imponer a la Cámara el predominio de sus solas decisiones sin la voluntad de las otras. Y, por último, soberanía libre del caudillaje político, a veces más peligroso, por ser más invisible y más astuto que el caudillaje militar; porque este Gobierno que ante vosotros aparece es todo él heterogéneo, fundido por una cordialidad sin igual, por una concepción uniforme del espíritu del deber; pero incapaz de producir un caudillo, y fue no sé si un acierto, una bondad o una inspiración de la benevolencia de estos hombres insignes, cada uno de ellos es capaz de presidirme a mí, el que (para dar la idea exacta del Poder en la pirámide republicana, en que lo amplio y lo total es la base, y la jefatura del Poder, que se asienta en el cruce de las aristas, es lo más alto, pero lo más invisible, lo casi imperceptible) tuvieran la bondad, que me abrumará eternamente, de confiar la dirección a uno de los hombres más humildes, a uno que muchas veces se dice que la Naturaleza pudo con él ser más pródiga y la Providencia más espléndida en otorgarle facultades, porque todas las habría entregado al servicio de su país, sin que, fuera cual fuese la posición a que le exaltaran, sintiera la tentación del poder personal por parecerle la más absurda de las demencias y la más infame de las vilezas.

De suerte que ésa es la soberanía y ésa la República que os entregamos. ¿Como halago a vuestro albedrío lo he dicho? No; como recuerdo de vuestra responsabilidad, porque el fruto de nuestro trabajo es el capital de establecimiento de la Cámara, y esas facilidades con que vais a actuar son las que miden la posibilidad del acierto. Vais a ser escultores de pueblos, ¡obra inmensa! Escultores de pueblos como Costa los definía, y la escultura del pueblo español, que esculpirle es labrarle una Constitución, tiene que buscar sus derroteros, perdido el sentido de la continuidad histórica, extinguida con esas dos figuras que el Gobierno provisional no ha confundido con los últimos titulares de una realeza a extinguir. Desde esas figuras la escultura del pueblo español se detiene, se desvía, se aparta de su cauce, a las regiones que en la guerra de la Independencia, como ahora, afirman su voluntad de permanecer juntas porque quieren su autonomía indestructible, pero dentro de su efusión indisoluble, se las separa unas de otras con la soberbia de los Habsburgo que aporta el nieto de Maximiliano, y luego con la centralización y la egolatría que aporta el nieto de Luis XIV, y, sin embargo, fue tan grande la herencia de aquel primer período escultural de España que todavía produce la aventura de su hegemonía transitoria en Europa y de su influjo permanente en el Nuevo Mundo.

Vosotros tenéis que rehacer con rumbos nuevos, perdida la continuidad histórica, roto el hilo de la tradición, la escultura constitucional de España. Hacedlo, señores diputados. No olvidéis que la dificultad del esfuerzo consiste en que en esas esculturas no se maneja arena maleable ni barro que se preste al capricho del escultor: se talla sobre roca que ahonda en el suelo, que se eleva a las cimas y vive el transcurso de los siglos. Podéis, sí, con el martillo de la soberanía, hundir picos, ahondar resquebrajaduras, quitar ruinas, que caiga lo caduco o lo dañoso para esculpir con amplitud y con precisión los rasgos que se vean en todo el mundo de la traza que deis a la Constitución política en España.

Deseamos vuestra suerte más que la nuestra, vuestra gloria más que nuestra fortuna. En épocas normales, en momentos tranquilos, cuando la Humanidad siente el tirón de los bajos impulsos, las únicas emulaciones de la codicia, que en su embriaguez insaciable siente la sed en el momento en que está harta; de la ambición, que en su fantasía quimérica sueña grandezas que no existen por encima de las reales; de la envidia, la más baja de las pasiones, que siendo el reconocimiento de la superioridad ajena hace el castigo innecesario y la retorsión imposible; pero en la hora de los grandes momentos, cuando la conducta se rige por el deber, hay una emulación más veloz; más competidora que ninguna, y es la emulación de las abnegaciones. Tenemos, sin inmodestia, la conciencia tranquila del deber cumplido y de la fortuna lograda, y queremos que obscurezcáis nuestra obra con otra que perdure por encima de ella. Y así van a ser mis últimas palabras sin halago porque seréis nuestros jueces, sin tristeza porque vayáis a ser nuestros sucesores, sin altivez y sin abatimiento porque tenéis que regir nuestra conducta con vuestras inspiraciones: sed bien llegados, sentid el patriotismo por impulso, tened el acierto en vuestros designios y, como máxima recompensa, sed dignos de recibir la gratitud de la patria y de gozar la paz de la propia conciencia, néctar y sentido exquisitos del orden moral, que son el paladeo anticipado del eco de la inmortalidad y del sabor de la gloria.










1322. Lo absurdo de un Estado fascista español

Niceto Alcalá-Zamora y Torres
(Priego de Córdoba, 6 de Julio de 1877 - Buenos Aires, 18 de Febrero de 1949)


Viernes, 19 de noviembre de 1937

No voy a abrir aquí un proceso de tendencias doctrinales contra el fascismo. Se da por hecho que soy su adversario resuelto y absoluto, pero quiero ahora examinar si un régimen así, aunque fuese perfecto, es posible en España. 

El fascismo español auténtico y sincero sólo es una minoría notablemente más débil que lo era el partido monárquico. Sin embargo, hemos mostrado cómo los partidarios de la monarquía, incluso si estaban todos de acuerdo, serian siempre alcanzados y dominados por una mayoría republicana incontestable y aplastante: sólo había un diputado fascista al lado o frente a una treintena de monárquicos, en las Cortes derechistas, de diciembre de 1933 a enero de 1936. 

Los fascistas «puros» y «seguros» son reducidos, en la hipótesis más favorable para ese partido, al núcleo fundador, anterior a la guerra civil. Hubo después de éste un amplio crecimiento de la «falange» que no significa un crecimiento orgánico y definitivo: es un reagrupamiento circunstancial de fuerzas dispares, y opuestas unas a otras, donde se han incorporado sobre todo elementos considerables de partidos de izquierda que formaron antes el Frente popular español, y que permanecen, sin renegar, fieles a sus convicciones republicanas... o aún más avanzados, incluso demagógicos.

La incorporación masiva a «Falange» de gente de la izquierda republicana y de partidos obreros revolucionarios se explica por el hecho de la necesidad en que esas fuerzas de izquierda se han encontrado de buscar una bandera protectora en la zona nacionalista, y creyeron entonces que esa bandera era la «falangista» por su heterogeneidad desprovista del préstamo de las tradiciones, adornada de ambigüedades socializantes, y amantes de la violencia, que no disgustaba a los marxistas de todos los matices, a los sindicalistas y a los anarquistas. Ese hecho sorprendente es tan verdadero que el realismo y el espíritu del pueblo español, mostrándose incluso en la tragedia, han aplicado a «Falange» , en la zona nacionalista, un nombre de guerra bastante ingenioso.

No se ha dudado en tomar prestado a las letanías ese nombre, que es Refugium peccatorum. 

Se debe contar, contra el argumento del pequeño número de fascistas, con la objeción de que el fascismo es un sistema que puede pasar de la voluntad nacional, aunque sea también el que más presuma de representarla hasta el límite, inverosímil, de la unanimidad. Ciertamente, es un régimen de voluntades forzadas, suprimidas; pero si puede suprimir esas voluntades en tanto que libertades y derechos de los ciudadanos, está más obligado que cualquier otro régimen a tener en cuenta la voluntad colectiva, en tanto que posibilidad de fuerza, para establecerse, y mantenerse. 

Precisamente tal posibilidad es la que se puede discutir y negar totalmente en España; y la realidad se muestra siempre superior a la voluntad en un régimen de violencia autoritaria, aún más que en los otros

Un examen sereno, sin tomar partido, que huye del error, nos muestra pronto que el fascismo no puede ser aplicado racionalmente en España, quedando en la lógica de sus partidarios. En esa afirmación de la imposibilidad — fácil de constatar para todo espíritu abierto,— el verbo «ser» comprende sus dos acepciones fundamentales, que la lengua española traduce y diferencia por ser y estar: es decir, la cualidad permanente que corresponde a la esencia o a la naturaleza, y la situación actual, que es impuesta por las circunstancias del momento que vivimos. 

El pueblo español, por el conjunto de sus virtudes y defectos, no permite en absoluto formar la esperanza de obtener de él lo que el régimen fascista exige: bien la doctrina de una multitud borreguil, bien el orden espontáneo o fácil de una masa disciplinada. Será siempre —y ello, para trabar a menudo la acción de los gobiernos, al igual que para reemplazarlos a veces ventajosamente— individualista, desordenado, caprichoso y orgulloso de sus iniciativas. 

El momento actual sería claramente el más inoportuno para el ensayo de un régimen fascista, teniendo en cuenta la situación del pueblo español, que es no solamente diferente, sino absolutamente opuesta a la de Italia o a la de Alemania en el momento de la instauración de los métodos representados por el Duce y el Führer. Esos dos países acababan de salir de la crisis que une aún más a los ciudadanos: una guerra exterior con sus amarguras y sus glorias, sus ganancias y sus pérdidas, sus satisfacciones y sus deseos de revancha, en fin, con todos los lazos reforzados de la cohesión nacional. España por el contrario, se encontraría al término de una guerra civil, que es lo que destroza u oscurece más la solidaridad de las conciencias, impidiéndoles coexistir pacíficamente.

Entonces un régimen que multiplica —tanto por la naturaleza de los órganos como por la extensión de las funciones del Estado llamado totalitario— los enfrentamientos y los choques de los ciudadanos con la autoridad no sería, y no podría ser, más que la continuación tiránica, horrorosa, de la guerra civil, bajo una forma nueva, la más odiosa de excesos y de resistencias entre personas, que no se verían como funcionarios y súbditos, sino como enemigos que perseguirían la lucha sin la nobleza igualitaria de la batalla. Entonces no habría ni paz ni tregua. 

Es muy fácil prever que un fascismo español se convertiría en una serie incesante de abusos, de crímenes, de rebeliones y también de fracasos e impotencias. Se mostraría inevitablemente como la agravación horrible de las más grandes violencias a imitar, y también como la caricatura más despreciable de los peores retratos a copiar. Provocaría contra éï todas las fuerzas que pueden derribar un régimen y, para mejor armarlo, le proporcionaría el conjunto dificil y temible que completa las venganzas de la tragedia abominable con las risas de la parodia ridícula

Si reflexionamos dos veces —y bastaría con una— en Roma y Berlín, aconsejaríamos desde entonces el no establecer en España una imitación del sistema, para desacreditarlo completamente y para molestarlo hasta lo inconcebible. Cierto, pertenece al fundador del fascismo el ponerse de acuerdo consigo mismo hasta el punto de saber si se trata o no de un artículo fabricado para la exportación: pero admitiendo que sea adecuado para ésta, habría que reconocer que encontraría en España la barrera infranqueable de la aduana psicológica prohibitiva. El trabajo estaría entonces en buscar para la exportación otras salidas, que, desgraciadamente, no faltarían en otros sitios. 

Podríamos decir además que, incluso admitiendo que el establecimiento en España del fascismo sería nocivo para la propaganda fascista, eso representaría siempre la ventaja de aseguar una ayuda firme y duradera a las metas de política exterior. Esa esperanza, o ese temor, según el medio desde donde se mire la cuestión, es otro error, que convendría examinar. Podemos decir por adelantado que se mostraría, en el caso de fracaso, cargado de ilusiones sin futuro, y de miedos sin fundamento. Yo diré aquí solamente que querer dirigir los asuntos exteriores, permanentes y superiores, mediante unas consideraciones cambiantes, subordinadas y partidarias de política interior, es la más grande torpeza que pueda cometer un hombre de Estado, cegado por el sectarismo fanático. Ello conduce inevitablemente a fastidiar el presente y envenenar para el futuro las buenas relaciones internacionales, en detrimento de la propia patria, y ello es a menudo peligroso para la causa misma que quisimos favorecer. Esa convicción, bastante vieja en mi espíritu, no hizo más que reforzarse mirando desde aquí a España, su guerra civil, y el destino tan comprometido de la República española.


Niceto Alcalá-Zamora y Torres
"Confesiones de un Demócrata"


Artículos de L'ére Nouvelle (1936-1939). Niceto Alcalá-Zamora, Obra Completa. Año. 2000. Ed. Parlamento de Andalucía, Diputación de Córdoba, Cajasur y Patronato "Niceto Alcalá-Zamora y Torres".








1003. La tercera España

Niceto Alcalá-Zamora y Torres
(Priego de Córdoba, 6 de Julio de 1877 - Buenos Aires, 18 de febrero de 1949)


Miércoles, 12 de mayo de 1937

¿Existe una «tercera España», siguiendo la expresión y la idea tan querida para los hispanófilos, y notablemente entre ellos mi amigo, el distinguido colaborador de L'Ère nouvelle, B. Mirkine-Guetzevitch?

Ciertamente, ha existido esa tercera España que podría renacer, y hay en ella ahora un recuerdo y una esperanza, que debemos apreciar sin pesimismo y sin demasiadas ilusiones. Deseo hablar de ella porque he tenido el honor de representar a esa España democrática, incompatible con una dictadura roja o negra. Era una España constitucional y parlamentaria, que deseaba sin embargo curar al régimen de los defectos y de los peligros de un parlamentarismo sin medida, donde todos los vicios ya anticuados del sistema se encontraban aumentados.

Se trataba de una España cordialmente igualitaria, enamorada de la justicia social, dispuesta a avanzar en esa vía, sinceramente, con toda la rapidez conciliable con las fuerzas de la economía nacional, precisamente para alcanzar esa meta, odiaba la lucha de clases. 

Católica en su mayoría, pero sin formar un partido confesional, esa tercera España había condenado y desterrado la intolerancia y el fanatismo de la reacción. Censurando a la vez, incluso por sus elementos heterodoxos, librepensadores o no-practicantes, esa otra forma de ofensa a la libertad de conciencia que estalla en la masacre del clero y de las religiosas, o en los incendios de las iglesias.

Esa España con el legítimo orgullo de su historia y la clara conciencia de las realidades tenía su patriotismo, el cuál no miraba hacia atrás para la reconstrucción quimérica de una hegemonía caducada, y no conveniente incluso a su época. No se sentía tampoco dependiente internacionalmente de las patrias ajenas o de sentimientos que podrían minar la integridad de España. Queríamos asegurarle a ésta el papel de gran potencia moral, lo que le corresponde por pleno derecho que podría ser tan útil para la paz del mundo al igual que para el éxito pacífico de unas justas reivindicaciones nacionales.

Pero la piedra de toque para reconocer la tercera España era el problema de la guerra civil, esa herida tan peligrosa de la vida española. Mientras que las otras dos Españas deseaban la guerra civil y se preparaban para ello, la tarea de la tercera España era impedir esa guerra con la noble esperanza de hacer brillar en América la buena lección de una raza redimida de su debilidad mortal.

Esa tercera España, siendo la más razonable, era la más débil. Pero hubo un momento en que, derribada la reacción por sus pesadas faltas y sometida la extrema derecha a una necesaria tutela, la tercera España tomó la delantera.

Ocurrió en los gloriosos e inolvidables días del 12 y 14 de abril de 1931, los de la revolución pacifista y fecunda. Pero pronto, el 10 de mayo siguiente, una imprudente provocación de la extrema derecha fue de pronto aprovechada, no sin una minuciosa preparación, por la extrema izquierda, empujando hacia los desórdenes y los incendios. Bajo la influencia de esos acontecimientos, las derechas casi se abstenían y las izquierdas no guardaban ni practicaban la lealtad con respecto a los partidos republicanos moderados. Provocaron la elección de una Cámara constituyente donde la tercera España era aplastada; y ocurrió lo mismo en las Cortes ordinarias como resultado de un método electoral absurdo e injusto.

La tercera España, sin posibilidades de justicia electoral y no pudiendo reforzarse, se encontró pronto debilitada en su ala derecha por la debilidad o la deserción de sus elementos burgueses o rurales, asustados ante los excesos, y en su ala izquierda por la ambición por el lujo y las ventajas del poder monopolizado que empujó a una cierta parte de la élite intelectual hacia la puja demagógica más inconcebible. Hubo allí gente sin emoción democrática, fraternal, igualitaria, que han conducido al país y al régimen hacia su ruina por la carrera hacia los extremismos. Hubo unos «increíbles», verdaderamente increíbles, porque no estaban en absoluto dotados para jugar ese papel, que sin embargo arriesgaron todo el porvenir de la patria sin titubear delante de las lecciones de historia olvidada y cambiada; gentes que han permitido unas matanzas mucho más espantosas y numerosas que aquella gente de septiembre para gozar de los placeres refinados del Directorio.

La guerra civil desencadenada significó la derrota por adelantado de la tercera España. Esta ha sufrido, como víctima, odios en las espantosas operaciones de retaguardia. Tuvo que someterse a los jefes de cada zona, según una necesidad sin elección. No puede hablar más, y no se atrevería ni siquiera a pensarlo. Sus dirigentes deben llevar una existencia de sacrificio y de pobreza en el exilio,.. Y sin embargo, es esa tercera España, deshecha, esparcida, la única esperanza de renacimiento de la vida nacional que se le puede asegurar y permitir a todos los Españoles. ¿Podrá ésta conseguirlo? Es posible, aunque sea muy difícil.

Eso no será posible más que por la evolución, rápida o ralentizada, de la conciencia española, quizás por un repentino giro de ésta, persuadida por la locura de las soluciones extremistas.

Desde fuera de España, podemos y debemos favorecer el clima, el necesario ambiente para una tal solución, pero a la vez teniendo cuidado de no imponerla. Habrá que esperar, aunque la espera sea angustiosa y desesperada; y es necesario también no olvidar esta posibilidad.


Niceto Alcalá-Zamora
"Confesiones de un demócrata"



Artículos de L'ére Nouvelle (1936-1939). Niceto Alcalá-Zamora, Obra Completa. Año. 2000. Ed. Parlamento de Andalucía, Diputación de Córdoba, Cajasur y Patronato "Niceto Alcalá-Zamora y Torres".









843. Los comienzos del Frente Popular



«Las primeras siete semanas del «Frente Popular» fueron las últimas de mi presidencia, desde el 19 de febrero al 7 de abril de 1936, con el Ministerio Azaña. Durante cierto período, uno de los Poderes del Estado, el que yo ejercía, escapaba todavía al «Frente Popular». Durante los cien días que siguieron y que precedieron a la guerra civil, la ola de anarquía ya no encontró obstáculo. La táctica del «Frente Popular» se desdobló. En las Cortes se atrevió a todo; en el Gobierno quedaba débil, pero provocadora.

El «Frente Popular» se adueñó del Poder el 16 de febrero gracias a un método electoral tan absurdo como injusto, y que concedió a la mayoría relativa, aunque sea una minoría absoluta, una prima extraordinaria. De este modo hubo circunscripción en que el «Frente Popular», con 30.000 votos de menos que la oposición, pudo, sin embargo, conseguir diez puestos más en cada trece, sin que en ningún sitio hubiese rebasado en un 2 por 100 al adversario más cercano. Este caso paradójico fue bastante frecuente.

Al principio se creyó que el «Frente Popular» resultaba vencido. Pero cinco horas después de la llegada de los primeros resultados, se comprendió que las masas anarquistas, tan numerosas y que hasta entonces se habían mantenido fuera de los escrutinios, habían votado compactas. Querían mostrar su potencia, reclamar el precio de su ayuda: la paz y, tal vez, la misma existencia de la Patria.

A pesar de los refuerzos sindicalistas, el Frente Popular obtenía solamente un poco más, muy poco, de 200 actas, en un Parlamento de 473 Diputados. Resultó la minoría más importante, pero la mayoría absoluta se le escapaba. Sin embargo, logró conquistarla, consumiendo dos etapas a toda velocidad, violando todos los escrúpulos de legalidad y de conciencia.

Primera etapa: Desde el 17 de Febrero, incluso desde la noche del 16, el «Frente Popular», sin esperar el fin del recuento del escrutinio y la proclamación de los resultados, la que debería haber tenido lugar ante las Juntas Provinciales del Censo en el jueves 20, desencadenó en la calle la ofensiva del desorden: reclamó el Poder por medio de la violencia. Crisis; algunos Gobernadores civiles dimitieron. A instigación de dirigentes irresponsables, la muchedumbre se apoderó de los documentos electorales: en muchas localidades los resultados pudieron ser falsificados.

Segunda etapa: Conquistada la mayoría de este modo, fue fácil hacerla aplastante. Reforzada con una extraña alianza con los reaccionarios vascos, el «Frente Popular» eligió la Comisión de validez de las actas parlamentarias, la que procedió de una manera arbitraria. Se anularon todas las actas de ciertas provincias donde la oposición resultó victoriosa; se proclamaron Diputados a candidatos amigos vencidos. Se expulsó de las Cortes a varios Diputados de las minorías. No se trataba solamente de una ciega pasión sectaria, se trataba de la ejecución de un plan deliberado y de gran envergadura. Se perseguían dos fines: hacer de la Cámara una convención, aplastar a la oposición y asegurar al grupo menos exaltado del «Frente Popular». Desde el momento en que la mayoría de izquierdas pudieran prescindir de él, este grupo no era sino el juguete de las peores locuras.

De este modo las Cortes prepararon dos golpes de Estado parlamentarios. Con el primero, se declararon a sí mismas indisolubles durante la duración del mandato presidencial. Con el segundo, me revocaron. El último obstáculo estaba descartado en el camino de la anarquía y de todas las violencias de la guerra civil.
  

Niceto Alcalá Zamora
"Los comienzos del Frente Popular"
Editorial del " Journal de Généve" del día 17 de enero de 1937












647. El Presidente de la República, sobre los sucesos de Madrid

El Gobierno de la República, desde el primer instante de su advenimiento, ha querido comunicar con el país, enterándole de las noticias gratas y de los hechos adversos, de los motivos de satisfacción y de aquellos que hondamente le apenan.

El día de hoy, continuación de la jornada de ayer, el Gobierno lo lamenta, y está dispuesto a reprimir y a impedir la continuación de los sucesos. En la unanimidad esencial y completa del Gobierno, que representa diversas tendencias, no hay la menor diferenciación para condenar los hechos ocurridos; hoy, igual que los creyentes, los deploran, los condenan, los ministros que en la plena libertad espiritual que caracteriza y proclama este Gobierno tienen otra representación. Los hechos ocurridos hoy no son ni privativos de régimen republicano ni desconocidos en la Historia de España. Han tenido lugar bajo otras formas de Gobierno con mayor violencia, con otra intensidad, con repetición durante varios días y con excesos en las personas y en las cosas, de que se han visto libres los sucesos que han tenido lugar en el día de hoy en Madrid.

El Gobierno, que no ha perdido ni un momento la serenidad ni el dominio de los resortes que están a su alcance, aunque procurara sorprenderle el rumbo y la preparación de los acontecimientos, queda tranquilo de haber evitado días de luto, jornadas de sangre, aun cuando conserve el sentimiento de que en su batalla para defender el orden público no pudiera llegar con toda la eficacia de sus órdenes y de sus deseos a reprimir los excesos en propiedades, que todas son sagradas y que las atacadas lo son bajo otro aspecto que afecta a las creencias de muchas personas» El Gobierno afirma su inquebrantable propósito de utilizar para ello todos los resortes y los medios que la ley le dé y que están en su mano.

Con él no ampara un interés, no sirve una tendencia; defiende a la República y salva el interés nacional de España. En la culpa de lo ocurrido hay que destacar enemigos del régimen de una y otra tendencias. Hemos asistido al choque, que a veces es coincidencia y que en ciertas ocasiones, por absurdo que parezca, puede ser hasta alianza de enemigos que procuran flanquear a la República por la derecha y por la izquierda. Ha habido la torpe provocación de elementos monárquicos, que hicieron un cálculo aproximado, aunque deficiente, de toda la impopularidad de su significación y de toda la reacción que iban a provocar; ha habido también la temeridad de elementos extremistas, que queriendo desbordar la República en otra dirección, han aprovechado la indignación explicable y legítima del pueblo republicano, de la masa de los partidos republicanos y socialistas, para derivar la indignación por otros caminos.

El Gobierno, que sabe los inconvenientes de estar flanqueado por dos fuerzas enemigas, conoce también la táctica para seguir adelante y para desbaratar los planes de una y de otra. Más que la agresión de los adversarios monárquicos y de los adversarios extremistas, lamentaría la ofuscación de los elementos sincera y honradamente republicanos, que pueden perder la serenidad manejados por los unos o por los otros. A ellos y a los socialistas, de cuya disciplina estamos seguros, se dirigen para que no sirvan ninguna maniobra tortuosa, vuelvan al trabajo, vuelvan a la normalidad y deshagan el juego de cuantos son adversarios de la República.

En esta significación, quiere decir el Gobierno que así como fue el honor del régimen mantenido desde el primer instante, prolongado hasta el día de ayer que la República surgió, era sin un tumulto, sin la agresión al derecho de nadie, sin el ataque a la significación de ninguno, con los comercios abiertos y con todos los ciudadanos en la calle. La tristeza para ella es que ese espectáculo se perturbe, y la resolución del Gobierno de que como en régimen de democracia la calle es de todos, y para ser de todos no puede ser de los alborotadores, y en nombre del país, quien tiene que asegurar el libre disfrute de cada uno es el propio Gobierno.

El Gobierno, sin obedecer a presión alguna, desenvolviendo un plan perfectamente meditado antes de su constitución, ha ido adoptando y en el día de hoy ha tomado varios acuerdos que responden al ansia legítima de la verdadera opinión republicana del país. El Gobierno comprende toda la equivocación que ha podido inducir a la masa la maniobra intencional de ayer; el Gobierno se hace cargo de todo el daño que ha podido producir también la aquiescencia a aquellos hechos tristísimos de Huesca y de Jaca, que aún sangran en la conciencia del país, y ha tomado las determinaciones legitimas que satisfagan el verdadero espíritu republicano; la libertad que, con precipitación extraña, se concedió al general Berenguer, ha sido rectificada por medidas de gobierno, ingresando en Prisiones Militares en virtud de medidas legítimas y preparándose por el señor fiscal del Tribunal Supremo el ejercicio de acciones penales que desde hace varias semanas había empezado a redactarse y documentarse con la justificación necesaria contra todos los abusos de la Dictadura, sin olvidar ninguno de ellos, ni siquiera el atropello del Ateneo ni algún otro que en recientes despachos el celo del Gobierno y de sus subordinados descubrió como indicio de falsedad y de favoritismo en la obra del Gobierno; al propio tiempo, respondiendo a la significación que tiene el sentido de justicia civil, a la aspiración del país, el Gobierno ha decretado la unificación de fueros, reduciendo la justicia militar a los límites estrictos y disolviendo el Consejo Supremo de Guerra y Marina, que sobre no responder a una buena organización jurídica, no había sabido reflejar el sentimiento de la conciencia jurídica española; pero el Gobierno todas estas medidas las ha tomado y las toma dentro del cauce de la ley. Responsabilidades, sí; ante Tribunales de excepción, no; con toda la severidad de la ley restablecida, sí, con legislación de venganza retroactiva, no.

El Gobierno quiere salvar la República y no quiere deshonrarla ni comprometerla con arbitrariedades que lleven el sello de la venganza y la marcha de la imprevisión.

El hombre que habla al país se da cuenta de que por azares de la fortuna le acoge hoy y le ampara una popularidad máxima que no podía soñar. Pues bien: para merecerla tiene que comprometerla sirviendo su conciencia y no las voces de la populachería. Os he dicho y os repito que responsabilidades, sí; Tribunales de excepción, no; leyes preestablecidas, sí; venganza con efecto retroactivo, no, porque eso seria deshonrar a la República. Libertad de conciencia y ejercicio de cultos como conquista de la civilización jurídica, se incorporarán a nuestro Código fundamental; pero, en nombre de ellas mismas, amparo a todo lugar donde se eleve la oración de Dios, cuidando de evitar que allí se profane con la mezcla de otros intereses, de otras ambiciones o con la torpe adhesión a instituciones caedizas o caídas.

Pero todavía, al afirmar que la tranquilidad está restablecida; al dar esa sensación a España, el hombre que sabe que goza de popularidad y no tiene inconveniente en comprometerla para dejar a salvo la conciencia, previene a la opinión española contra todos aquellos que, a título de conquista democrática o de salvaguardia de la República, piden insensatamente el desarme de la Guardia Civil, no. Yo tengo el deber de hacer justicia a la Guardia Civil y de tributarle, no el elogio del halago, pero sí discernir la recompensa que merece. La Guardia Civil, contra lo que digan los agitadores, no era instrumento de la Dictadura, sino el medio en el cual inevitablemente se reflejaban las torpezas de aquel sistema de gobierno. La Guardia Civil tiene en su haber y en su gloria haber sido instrumento adicto al régimen constitucional y dispuesto incluso el 13 de septiembre de 1923, si hubiera habido decisión en los gobernantes, a aplastar a la Dictadura en su nacimiento y haber salvado el imperio de la Constitución. La Guardia civil ha sido el primer Cuerpo del Ejército que el día 14 de abril se puso a disposición del Gobierno republicano, y al mediodía, cuatro horas antes de tomar posesión del Poder, estábamos seguros de la lealtad y del concurso de aquel instrumento. La Guardia civil fue la que abrió las puertas de Gobernación y la primera que rindió honores y presentó sus armas ante el Gobierno revolucionario que en nombre del pueblo tomó posesión de aquel edificio; la Guardia Civil, en la jornada de ayer, ha dado el ejemplo más hermoso de disciplina, de adhesión la más leal, la más probada, resistiendo el insulto, resistiendo el ataque, serena en la confianza de su valor, siempre mostrado; abnegada en el heroísmo que pasivamente obedece, dispuesta a restablecer con prudencia el imperio de la ley cuando la necesidad lo reclame.

La Guardia Civil supo ser constitucional y ha sabido ser republicana; y yo, sea cual fuere la murmuración que contra mí dirija el odio de los agitadores, prevengo al pueblo de que la Guardia civil, leal al Gobierno, es un instrumento que sabrá defender y salvar la República de cualquier peligro que la aceche.

Y ahora, a todos. Al lado del Gobierno, respetando el derecho, volved al trabajo, dejad solos en las calles a los conspiradores monárquicos y a los agitadores que hacen su juego en extrema izquierda. La masa, apartada, tranquila, confiando en nuestra justicia; si la fuerza tiene que intervenir, que sea frente a quienes merezcan y motiven su empleo. Pocos enemigos y conocidos. Los inocentes, la masa general del país, que no se mezcle con ellos. La tranquilidad está restablecida; el Gobierno amparará el orden.

Jornadas en desprestigio de la República no se consienten. La gloria con que nació hemos de procurar que se conserve.


Niceto Alcalá Zamora
El Sol, 12 de mayo de 1931